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SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega Tomo III Traducción de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada


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1 ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821
SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega III. Desde 1822 a 1826 Traducción de Manuel Acosta Esteban
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1 ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821 1
SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega III. Desde 1822 a 1826 Traducción de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada 2021


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Memorias de los protagonistas del 1821 Directora de Serie Panagiota Papadopoulou Comité Científico Georges Contogeorgis, Dimitrios Drosos, Ioannis K. Hassiotis, Evanthis Hatzivassiliou, Christina Koulouri, Moschos Morfakidis Filactós, Encarnación Motos Guirao, Despoina Papadimitriou
DATOS DE PUBLICACIÓN Spyridon Trikupis.: Historia de la insurrección griega Traducción: Manuel Acosta Esteban
No de la serie: 1. Tómo III pp.: 282 1. Historia de Grecia moderna. 2. Fuentes de la historia de Grecia moderna.
© Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas © Grupo de Investigación “Estudios de la Civilización Griega Medieval y Moderna” HUM728 © Manuel Acosta Esteban Maquetación: Jorge Lemus Pérez Contraportada: Detalle extraido de Grecia en las ruinas de Mesolongui de Eugène Delacroix Granada 2021 ISBN de la obra completa: 978-84-95905-47-5 ISBN del tomo III: 978-84-95905-51-2 Χορηγοί έκδοσης / Edición patrocinada por: Βουλή των Ελλήνων / Parlamento de Grecia Επιτροπή Ελλάδα 2021 / Comité Grecia 2021
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra sin la preceptiva autorización.


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A mis colegas de Filología Clásica que sintieron que Grecia no acaba en Demóstenes o Teodosio, sino abarca desde Foroneo hasta Alexis Tsipras, desde Pandora hasta la ex-reina Sofía.
…καταγόμενοι δὲ καὶ ἐκ μεγάλων προπατόρων, ὧν τὰ συγγράμματα καὶ τὰ ἔργα οὐδέποτε τοῖς ἦσαν ὁλοτελῶς ἄγνωστα, δὲν ἦτο δυνατὸν νὰ φανῶσι διόλου ἀνάξιοι τῆς λαμπρᾶς καταγωγῆς των.
‘...y, remontándose a grandes ancestros cuyos escritos y logros nunca les fueron completamente desconocidos, no podían mostrarse indignos del todo de su brillante origen.’ S. Trikupis, en el proemio de su Historia de la insurrección griega.


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ÍNDICE 1822-23 - CAPÍTULO XLI Muerte de Drámalis y últimas penalidades de los restos de su ejército en la región de Corinto.- Situación política de Grecia y Turquía.-Rebelión de los jenízaros y caída de Halet Efendi y sus seguidores.- Curso de la guerra turco-persa.- Los conflictos entre Rusia y Turquía y postura de las demás cortes.- Disposición de los participantes en el congreso de Verona con respecto a Grecia y Turquía y envío de una embajada griega a ellos y al Papa.- Actitud más favorable de la política inglesa con el ministerio de George Canning y política de las demás cortes.- Examen de la primera legislatura.-...................................................15 1823 - CAPITULO XLII Reunión del segundo congreso nacional de los griegos.- Traslado del nuevo ejecutivo a Tripolitsá.- Nuevas divisiones.- Partida de la nueva escuadra otomana.- Éxitos de los de Psará en Asia Menor.- Invasión de Grecia Oriental a cargo de Yusuf Pasha Perkóftsalis.- Catástrofe de la causa griega en toda Tesalomagnesia.-.......................................................................................................................................................35 1823 - CAPÍTULO XLIII Traslado de los miembros del legislativo a Salamina o a Patras.- La presidencia del ejecutivo y traslado de éste a Salamina.- Incursión enemiga al Ática y retirada.- Regreso del legislativo y el ejecutivo al Peloponeso.-.......................................................................................................................................................45 1823 - CAPÍTULO XLIV Expedición de Mustai, pashá de Skodra, a Grecia Occidental.- Llegada de Konstandinos Metaxás a Mesolongui como gobernador general.- Situación de Grecia Occidental; colonia de Suliotas en Zapandi.- Markos Bótsaris rompe su nombramiento de general.- Desembarco enemigo en Galatás y fracaso de la operación.- Intentona nocturna de los suliotas contra el campamento enemigo en Karpenisi y muerte de Markos Bótsaris.- Asedio de Anatolikón; su final.- Llegada de Mavrokordatos a Mesolongui como director general.- Capitulación de Corinto.- Expedición de Odiseo a Eubea.-.............................................51 1823 - CAPÍTULO XLV El campamento de Patras.- Ruptura entre el legislativo y el ejecutivo.- Destitución del ministro Perukas y el parlamentario Metaxás.- Disturbios y enfrentamientos civiles.- La cámara de los diputados es asaltada en Argos por una fuerza militar y los diputados se trasladan a Kranidi.- Nuevo legislativo.- Las relaciones entre Rusia y Turquía a lo largo del año.-...............................................................................................................61 1823-24 - CAPÍTULO XLVI Vuelta de la armada otomana a Constantinopla.- Salida de la flota griega.- Batalla naval.- Creta durante el gobierno de Tombazis.-...............................................................................................................................69 1823-24 - CAPÍTULO XLVII Préstamo exterior.- Legión alemana de apoyo a Grecia.- Sociedades filohelénicas.- Pacto para la restauración de la Orden de San Juan de Jerusalén.- Llegada a Grecia de Lord Byron y del coronel Stanhope.Intento de tomar Koroni.- Levantamiento del campamento griego en Eubea.-.............................................79 1824 - CAPÍTULO XLVIII Los dos legislativos.- Guerra civil.- Estancia de Lord Byron en Mesolongui; su muerte.- Proceso contra Karaiskakis por conspiración.- Situación de Grecia Oriental.- Capitulación de Nauplion y entrada del nuevo gobierno.-.............................................................................................................................................85 1824 - CAPÍTULO XLIX Envío a Grecia de parte del préstamo.- Partida de la escuadra otomana.- Planes del sultán y de Mehmet Ali, sátrapa de Egipto, para someter a toda Grecia.- Matanzas de Casos y de Psará.- Victorias navales de los griegos en Samos y desbaratamiento de las operaciones contra ésta.- Campañas en Grecia Continental.- Operaciones militares en el Peloponeso.-.............................................................................................................99


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1824 - CAPÍTULO L Éxito en Creta de la campaña de Ibrahim, pashá de Egipto.- Las batallas navales de dicha campaña.Preocupación del gobierno griego sobre la regularización del servicio por mar y por tierra.- Comienzo de la III legislatura.- Donaciones de Varvakis.- Sociedad Filantrópica Griega.-.......................................117 1824 - CAPÍTULO LI La Segunda Guerra Civil: diferencias con la primera.- Congreso de Grecia Occidental en Anatolikón.-............127 1824 - CAPÍTULO LII Política exterior con respecto a Grecia.- Conversaciones en San Petersburgo de los representantes de las cinco potencias sobre la cuestión griega y desacuerdo entre Inglaterra y Rusia.-......................................135 1825 - CAPÍTULO LIII Planes del gobierno griego contra el enemigo.- Desembarco de Ibrahim Pasha en Metona.-Expedición de Kunduriotis, presidente del legislativo.- Hechos de armas por tierra y mar y capitulación de Palionavarino y de Neókastro.- Quema de naves enemigas en Metona.- Batalla naval de Cafereo.-....................................141 1825 - CAPÍTULO LIV Fracaso de la expedición de Kunduriotis.- Amnistía de rebeldes.- Batalla en la posición de Maniaki.Movimientos de Ibrahim hacia el interior del Peloponeso y enfrentamientos.- Hamilton en Nauplion.- Infortunios de los griegos y vuelta de Ibrahim a Mesenia.- Fabvier, general del ejército regular.- Victorias griegas.- Intentona fallida para tomar Tripolitsá.- Intercambio de prisioneros.- Intento de asesinato de Ibrahim.-.......................................................................................................................................................155 1825 - CAPÍTULO LV Traición de Odiseo.- Su escapada hacia los griegos y su muerte.- Su gruta.- Operaciones turcas en Grecia Oriental.- La guerra se reaviva en Creta.- Intento de incendiar la escuadra enemiga en Alejandría.-..............169 1825 - CAPÍTULO LVI Sobre el segundo empréstito y Lord Cochran.- Aumenta la simpatía popular hacia la causa griega.- Sobre la proclamación de un rey.- Disposición de las grandes potencias para con Grecia y constitución de partidos con denominación extranjera.- División de los miembros de la Santa Alianza en las conversaciones de San Petersburgo y quiebra de la coalición.- Sobre la presidencia inglesa.- Conflictos entre Rusia y Turquía.- Muerte del emperador Alejandro.- Contactos de las cortes entre sí a su muerte.-...............................181 1825 - CAPÍTULO LVII Segundo asedio de Mesolongui: primera fase.-............................................................................................197 1825-26 - CAPÍTULO LVIII Segundo asedio de Mesolongui: segunda fase.-............................................................................................223 1825-26 - CAPÍTULO LIX Fracaso de las operaciones griegas para la toma de Tripolitsá y de Caristo y para el saqueo de Beirut.- Expedición a Eubea del ejército regular de Fabvier. Su fracaso.- Matanza de los jenízaros e introducción del servicio militar a la europea en el estado otomano.-...................................................................................247
Notas al final.................................................................................................................................................257


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Spyridon Trikupis Historia de la insurrección griega Segunda edición revisada y corregida Tomo III
“Se debe considerar como la mejor educación para la vida verdadera la experiencia recibida de la historia, pues ésta es la única que, sin perjuicio y en toda ocasión y circunstancia, establece criterios sobre lo mejor.” De las Historias de Polibio.
Londres 1860


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1822-23 CAPÍTULO XLI MUERTE DE DRÁMALIS Y ÚLTIMAS PENALIDADES DE LOS RESTOS DE SU EJÉRCITO EN LA REGIÓN DE CORINTO.- SITUACIÓN POLÍTICA DE GRECIA Y TURQUÍA.-REBELIÓN DE LOS JENÍZAROS Y CAÍDA DE HALET EFENDI Y SUS SEGUIDORES.- CURSO DE LA GUERRA TURCO-PERSA.- LOS CONFLICTOS ENTRERUSIAYTURQUÍAYPOSTURADELASDEMÁSCORTES.-DISPOSICIÓN DE LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO DE VERONA CON RESPECTO A GRECIAY TURQUÍAY ENVÍO DE UNAEMBAJADAGRIEGAAELLOS YALPAPA.ACTITUD MÁS FAVORABLE DE LA POLÍTICA INGLESA CON EL MINISTERIO DE GEORGE CANNING Y POLÍTICA DE LAS DEMÁS CORTES.- EXAMEN DE LA PRIMERA LEGISLATURA.-
Levantado el sitio de Mesolongui, los barcos griegos bloqueaban el golfo de Corinto, de manera que las tropas enemigas en la región corintia volvían a pasar hambre y la epidemia reinante segaba la vida de entre diez y veinte cada día. A finales de noviembrea cayó víctima de la peste y quizá de su pesar el infortunado Drámalis, en la flor de su edad. A la caída de Nauplion, la permanencia del ejército enemigo en la región de Corinto era inútil y, para evitar su completa aniquilación en poco tiempo a causa de la ya larga epidemia y del hambre declarada en último lugar, se decidió trasladarlo a Patras para cambiar de aires y encontrar alimentos. Los pashás supervivientes dejaron la guarnición necesaria en el Acrocorinto y marcharon por mar con 1000 hombres a Patras mientras el resto, unos 3500, tomaron sin miedo ni recelo el 4 de enero el camino de Patras, donde no había griegos que supusieran un obstáculo para su marcha, como en otras ocasiones; pero lo que no les ocurrió por la previsión del enemigo les pasó por accidente.
Hacía algún tiempo que Charalambis y los Petmezás, jefes militares en un mismo sector, rivalizaban en un conflicto de intereses provinciales y se habían enfrentado en una clara ruptura. Por aquellas fechas, Charalambis 15


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marchó al frente de 500 hombres contra los Petmezás que acampaban en el distrito de Chasá. Al saberlo, Asimakis Zaímis tomó consigo a cuantos pudo de los que había disponibles y corrió a impedir el enfrentamiento, interponiéndose con las armas en la mano. Con el mismo propósito digno de elogio se movilizaron Theocharópulos y Soliotis. El mismo día en que se reunieron las tropas a su mando en la meseta de Akrata, situada encima de Kalyvia, coincidió que iban hacia las partes bajas los turcos del párrafo anterior que, al llegar al río1, pasaron los unos y otros se quedaron, sin sospechar que los griegos estaban arriba, ni éstos que los turcos estaban abajo. Más allá del río por el lado de Vostitsa, en el camino de abajo, los griegos habían construido en el momento de la invasión de Drámalis al Peloponeso un muro y los turcos que habían avanzado hasta allí no creyeron necesario ocuparlo, desconocedores de que el enemigo andaba cerca. Pero los griegos, al verlos inesperadamente, pusieron sordina a sus rencores, se unieron y corrieron en línea recta a apoderarse de la muralla; igualmente, tomaron el estrecho pasaje sobre el costado del monte y lo vallaron. El 6 de enero, los turcos se lanzaron para franquearlo, pero fueron rechazados, muriendo algunos de ellos; insistieron y les pasó en el segundo ataque lo mismo que en el primero. No menos que los guerrilleros se expusieron al peligro los políticos, el anciano Zaímis y Charalambis. Los turcos, después de fracasar dos veces, retrocedieron y se encerraron en el recinto de la posada de Akrata, sin luchar ni ser hostigados. A los dos días llegó otra fuerza griega al mando de Andreas Zaímis, Londos y Odiseo, que venían desde Mesolongui al Peloponeso tras levantarse el asedio de la ciudad y habían sabido lo de Akrata mientras caminaban hacia Astros; la fuerza ocupó la parte de atrás. Los desventurados turcos ni se atrevían a luchar más ni consideraban seguro rendirse mediante un acuerdo; así que se quedaron allí muertos de hambre y sacrificando los caballos para comérselos, pero al poco tiempo hasta la carne de caballo resultó inservible, por la falta de leña para cocerla; tanta hambre pasaban, que los vigilantes griegos veían a unos caer a tierra mientras caminaban y a los otros abrirles el cráneo y sorberles los sesos. Tan miserable situación los obligó a entrar en negociaciones para entregar sus armas y cualquier otra cosa a cambio únicamente de sus vidasb. Cuando se conoció en Patras su triste estado, zarpó en su rescate la flotilla de Yusuf, pero no pudo aproximarse a aquel litoral, inabordable por 1
El río Krathis, que desemboca en el golfo de Corinto.
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el mal tiempo imperante, y regresó a Patras sin cumplir su objetivo. Zarpó por segunda vez cuando el mar estuvo en calma, compuesta de 15 barcos grandes y pequeños, entre ellos 3 mercantes europeos. Bajo su violento cañoneo respondido por el incesante fuego de los griegos, recogió a los supervivientes en el momento en que negociaban y los llevó a Patras.
Tal fue el fin de la tan sonada expedición de Drámalis, que hasta hacía poco se había supuesto capaz de reducir a esclavitud al Peloponeso.
Pero cuanto más gloriosas y felices eran las victorias de los griegos por tierra y por mar, tanto más triste era su situación política. Por todo el Peloponeso rivalizaban entre sí y se enfrentaban por el poder políticos y guerreros. En Grecia Oriental, Odiseo perseguía a muerte a algunos de los miembros del Areópago y, como hemos visto, animaba a los rivales de dicha institución a eliminarla y sustituirla por otra, en contra de las disposiciones del congreso de Epidauro y del dictamen del gobierno; de manera que en el otoño había dos poderes en Grecia Oriental –o mejor dicho, ninguno– persiguiéndose entre sí e intentando erigirse uno sobre las ruinas del otro.
Odiseo, enemigo irreconciliable del Areópago, no sólo era abiertamente opuesto al gobierno, que patrocinaba a dicha institución, sino que luchaba por su completa liquidación. La gerusía de Grecia Occidental se disolvió por sí misma tras la invasión de Vrionis, y las divisiones y rivalidades imperantes entre los poderosos de aquella zona eran tan enconadas, que por sí solas habían salvado al ejército enemigo de una destrucción total.
Los conflictos entre la gerusía del Peloponeso y el gobierno eran más lamentables aún. El gobierno se había refugiado en los barcos por temor a sus enemigos de tierra firme, mientras la gerusía dominaba y actuaba enérgicamente en las provincias del Peloponeso. El gobierno, que se daba cuenta de su precaria existencia, intentó maquillarla mediante un acuerdo con sus rivales, cuyo líder era Kolokotronis, pero los poderosos antagonistas le pedían el suicidio en prenda del acuerdo, pues exigían la exclusión de algunos miembros del legislativo y de ciertos ministros. Hubo también intentos de compromiso entre el gobierno y la gerusía del Peloponeso y, a causa del tenso y permanente enfrentamiento entre las dos instituciones, se propuso abolir la gerusía y meter a sus miembros en el ejecutivo. El gobierno, en su impotencia, asintió, pero la gerusía, poderosa, se negó a ello fundándose en todos los argumentos legales que le proporcionaba cuanto se legisló sobre ella en el congreso de Epidauro. Kolokotronis, que se oponía al gobierno desde que este se constituyó, apoyaba en último 17


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término su profunda aversión en el generalato que le había otorgado la gerusía pero no le había confirmado el gobierno, para no causar nuevos disturbios disgustando a Petrobey, que había asumido por otra parte dicha dignidad y provocado ya las protestas de Mani contra el nombramiento de Kolokotronis. Mientras, Kolokotronis se autoproclamaba generalísimo y firmaba como tal y, resentido contra el gobierno, lo trataba como si no existiera a la caída de Nauplion, disponiéndolo todo por propia iniciativa y nombrando jefe de la guarnición a Plaputas, con la sola aquiescencia de la gerusía.
El ejecutivo también se enfrentaba ásperamente a su presidente, Hypsilandis. Lo reclamaba en los barcos, mientras él lo reclamaba a ellos en tierra firme. Hypsilandis desobedecía las órdenes del ejecutivo, pero su desobediencia beneficiaba mucho a la patria, pues luchaba por ella.
El gobierno permaneció embarcado desde el 6 de julio hasta el 12 de agosto, día en el que empezó a desembarcar en los Molinos; ocho días después se trasladó a Hayannítika Kalyvia, en el golfo Argólico, donde se agregaron todavía algunos miembros ausentes del ejecutivo. También se fue de aquí el 1 de octubre y se trasladó a Hermíone (Kastrí), en el litoral del Peloponeso, frente a Hydra. La comisión del ejecutivo no cesó de llamar a sus miembros ausentes y a su presidente; como éste no le hacía caso, llegó a una clara ruptura con él y protestó. Se acercaba el fin del período anual del gobierno y todos deseaban un cambio, incluyendo el propio gobierno a causa del ninguneo en que había caído.
Por eso mismo se promulgó una ley de 9 de noviembre sobre elección de representantes y convocatoria de los mismos a finales de diciembre, en que el gobierno se ocuparía de iniciar una nueva legislatura y del establecimiento de un nuevo legislativo. Se puso el vencimiento, pero no se reunieron los representantes. El 12 de enero se publicó otra ley por la que se prolongaba por necesidad el final de la legislatura hasta el 15 de febrero y se urgía a la reunión de los representantes. El día 14 el vicepresidente del legislativo, el desprendido patriota Thanos Kanakaris, que hasta hacía poco vivía cómoda y desahogadamente, pasó a mejor vida sin tener ni donde caerse muerto, por amor a su patria. Al día siguiente, le sucedió Orlandos en la vicepresidencia. El día 18, el gobierno decidió trasladarse a Nauplion e instalar allí su sede provisional, promulgando una ley sobre el tema. El día 22 el Areópago, cuyos últimos días eran de dolor y agitación, envió al gobierno su abdicación desde Xirochori, 18


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donde residía. Antes de retirarse el gobierno a Nauplion, la comisión del ejecutivo hizo públicos dos agradecimientos: uno al presidente del legislativo, Mavrokordatos, elogiando su patriotismo, sus virtudes, sus servicios a la patria y especialmente su comportamiento en Grecia Occidental; el otro al Secretario, Negris, elogiándolo por su denodado esfuerzo, sus muestras de encendido celo por el interés común y por haberse hecho merecedor, con sus servicios, al favor y la estima de la nación; lo declaró igualmente “digno de reunir todos los títulos de los griegos de la Grecia libre”. Cuando tampoco a la segunda convocatoria respondieron los representantes, no hubo más remedio que decretar otra vez por ley la continuidad del gobierno. El 6 de febrero, los miembros del legislativo y de la comisión del ejecutivo subieron a la nave Páralos y arribaron el 9 al puerto de Nauplion, pero Plaputas no los admitió en la ciudad diciendo que su vigencia había acabado, puesto que ya había expirado la legislatura anual según la constitución de Epidauro. El gobierno se quedó en la embarcación negociando su entrada en la ciudad pero, cuando todas sus negociaciones resultaron infructuosas, pensó en trasladarse a Egina; convocó allí a los nuevos representantes para dar comienzo al segundo período y notificó a los diputadoss ausentes que fueran también allí.
Luego mudó de parecer y el día 28 marchó a Hayannítika Kalyvia, donde volvió a instalar su sede. Llegados finalmente los miembros ausentes del ejecutivo, la comisión remitió el 17 de marzo las actas, de acuerdo con la ley publicada en Argos el 5 de junio, y el ejecutivo al completo reanudó sus trabajos. Al día siguiente anunció públicamente su extrema complacencia con los miembros del comité ejecutivo y de la cámara legislativa por la prudencia y fortaleza de que hicieron gala en las difíciles circunstancias por las que atravesaba la patria, salvando al gobierno de la tormenta política, impidiendo la anarquía, velando por el apaciguamiento de los conflictos internos, preservando dignamente el carácter nacional ante los enemigos externos, guardando el tesoro de las leyes como a la niña de sus ojos y mostrándose fieles a los liberales principios de la constitución. El día 24 nombró una comisión de diputados para verificar las credenciales de los nuevos representantes. El mismo día tuvo lugar un edicto por el que se permitía a las seis provincias mayores –Karýtena, Mistrás, Corinto, Kalávryta, Gastuni y Arkadiá– enviar cada una dos delegados en vez de uno, como habían enviado hasta entonces. Todo el empeño se puso en iniciar velozmente los trabajos de los representantes.
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La mayoría de los miembros que constituyeron el primer gobierno gozaba de mucho respeto dentro del país y mostró la capacidad que se les exigía, pero lo que le hizo caer fue lo que derriba a cualquier gobierno, la falta de medios. Ni militares ni marinos ni políticos cobraban un sueldo, de ahí que le desobedecieran y no lo respetaran. El gobierno no soportaba los abusos militares que se derivaban de esta situación y ello irritaba a los malversadores; sin embargo, se hizo acreedor a todo tipo de elogios por su encendido patriotismo y su honesto celo en pro del interés común. Abandonado en medio de circunstancias críticas, desplegó el máximo de valor, salvaguardó su existencia hasta el final, aunque eso sólo fuera una palabra vacía de contenido, y con su débil escudo ocultó un poco la anarquía imperante. Hasta aquí el estado de cosas en Grecia en aquella época.
Turquía también tenía problemas internos además de los desastres exteriores.
El sultán meditaba desde tiempo atrás disolver el cuerpo de jenízaros y formar un ejército profesional. El descubrimiento de este plan alteró a los jenízaros, algunos de cuyos regimientos se rebelaron al final del ramadán y pusieron la capital patas arriba, destrozando viviendas y fábricas, raptando mujeres y haciendas, matando a cristianos y judíos, sin excluir a turcos que suponían contrarios a ellos, e incluso aterrorizando a las autoridades supremas. Aunque los demás batallones de jenízaros permanecieron tranquilos, el entonces gran visir no juzgó inteligente utilizarlos contra los sublevados, pues sospechaba que todos compartían los mismos sentimientos, pero trasladó a Constantinopla las tropas asiáticas al mando de Ibrahim Pasha estacionadas en Buyukdere2.
Entonces se desencadenó una horrible guerra intestina ante los ojos del sultán, que temía sufrir las consecuencias de la victoria de los rebeldes; pero al final vencieron los asiáticos y ahogaron la revuelta en la sangre de los revoltosos. Doscientos jenízaros fueron muertos en aquella lucha fratricida, decapitados muchos después de la batalla, arrojados al mar muchísimos, acantonados otros en Asia y se llenaron todas las cárceles de la capital. Desde entonces todo el cuerpo de los jenízaros que no se había alzado respiraba venganza contra las autoridades supremas por la desmedida crueldad que habían mostrado hacia los suyos, por la 2
Localidad al N. de la capital.
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desconfianza hacia ellos mismos y por el empleo de otras tropas contra los rebelados. Puesto que todo lo ocurrido se le imputó a Halet Efendi, muy querido por el sultán, los jenízaros al principio murmuraron mucho en contra suya y, al poco tiempo, clamaban sin temor. A mediados de octubre, los más distinguidos de entre ellos firmaron una petición al sultán diciendo que Halet Efendi y su camarilla eran los culpables de todos los males que se cernían sobre el imperio, por lo que reclamaban su caída. El sultán se asustó y atendió la exigencia; el día 28 destituyó al gran visir y al muftí, seguidores de Halet Efendi, y los sustituyó por personas favorables a los jenízaros; al día siguiente, Halet partió como exiliado a Prusa3; el mayordomo del sultán y otros oficiales de palacio fueron desterrados a Asia por haledistas. Habiendo salido triunfantes en su primera petición, los jenízaros se atrevieron más aún y solicitaron que el sultán aceptara representantes suyos en el consejo real; al ser atendidos también en esto, reclamaron que fueran condenados a muerte los instigadores de la matanza emprendida contra su corporación; también se hizo y, para propiciárselos, se pusieron sobre los pilares del palacio las cabezas, entre otras, de Halet Efendi, del gran visir y del jefe de la aduana. Esta simple y resumida exposición de los sucesos basta para mostrar que la situación interna de Turquía era igual de lamentable que la de Grecia, si no peor.
Mientras tanto seguía la guerra turco-persa y la Puerta había enviado tropas a la frontera la primavera anterior, pero los persas se anticiparon a la expedición; pasaron la frontera y se apoderaron de Kars. El 19 de junio, el heredero del trono partió en campaña desde Tabriz, atacó por el camino a los ejércitos turcos que iban a la frontera, los derrotó, se llevó sus tiendas y casi toda la impedimenta y los rechazó hasta Ezerum, regresando a Tabriz a causa de la mortandad imperante en el campamento. Pero esta guerra era menor como dijimos, ya que ocupaba a un ejército turco de apenas diez o doce mil hombres.
Además de estos infortunios internos y externos de la Puerta, sobrevinieron otros. El 17 de febrero se declaró un tremendo incendio en Constantinopla; ardieron doce mil viviendas, los cuarteles, los arsenales y muchas mezquitas, y miles de familias se vieron afectadas; como el incendio se limitó al barrio turco, los turcos interpretaron lo sucedido 3
Bursa en turco; ciudad al N. de Asia Menor.
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como un castigo de Dios. Un jeque dijo que, cuando estaba rezando sobre la tumba de Mahoma, vio al Profeta y recibió el encargo de acusar en su nombre a los creyentes de transgredir los divinos preceptos del Corán.
Esta visión produjo gran desánimo y, puesto que su conocimiento era políticamente útil, la Puerta se preocupó de difundirla por todo el imperio.
Hasta aquí lo referente a Turquía.
En aquella época había dos facciones rivales en la corte rusa y las dos querían la destrucción del imperio turco, pero una la quería rápidamente por medio de la guerra, la otra lentamente por su propia agonía natural.
Representaba en el consejo de ministros a la partidaria de la guerra Kapodistrias, a la pacifista Nesselrode. Al comienzo de las diferencias rusoturcas no estaba claro cuál prevalecería, pues el emperador dudaba; pero al final se impuso el temor a que se disolviera la Santa Alianza y triunfara el espíritu revolucionario y el belicista Kapodistrias, político honorable, se alejó de los consejos imperiales so pretexto de enfermedad, desdeñando contribuir al reforzamiento de una política que desaprobaba. Por su parte, el emperador buscaba una salida pacífica a sus diferencias con la Puerta por intermedio de sus aliados. Con este objeto diseñó un protocolo para que las Potencias, de común acuerdo, solicitaran a la Puerta la evacuación completa de los principados, el restablecimiento de su status, la pacificación de Grecia y el envío a alguna ciudad rusa de un plenipotenciario turco, para conferenciar con los delegados de las Potencias. Según el protocolo, se trataba de contemplar la cuestión de Moldavia y Valaquia como rusoturca y la griega como europea, lo cual significaba que la reivindicación griega fuera asegurada por la garantía de las grandes Potencias: éstas, en caso de no ser atendidas, interrumpirían sus relaciones con la Puerta o proclamarían que Rusia tenía derecho a exigir por las armas la aceptación de las cláusulas. Prusia firmó el protocolo sin reservas; Francia lo firmó con la condición de que lo refrendaran las demás; Austria e Inglaterra no lo refrendaron, pero dieron orden a sus embajadores en Constantinopla de apoyar las proposiciones rusas. Todas las cortes sin excepción se mostraron dispuestas a enviar plenipotenciarios a una ciudad rusa para la conferencia y a trabajar en pro de la pacificación de Grecia, para la cual publicó un plan Metternich, proponiendo en él hacer callar a Rusia y prorrogar por medio de las negociaciones la dolorosa lucha de Grecia por su liberación. El emperador Alejandro dio su visto bueno a lo que habían hecho y decidido los aliados a partir de sus propuestas y consintió en que los delegados se 22


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reunieran en Viena y, tras agregar al de la Puerta, se trasladasen a la ciudad rusa de Kamianets-Podilskii4.
Entre tanto, los embajadores en Constantinopla, siguiendo las directrices de las cortes, competían por llevar a la Puerta hasta la percepción del gran peligro al que se exponía, pero ésta no sólo no quería evacuar Moldavia y Valaquia, nombrar a las autoridades de dichos principados o no perturbar el comercio ruso y actuar según los términos del tratado, sino que exigía sin concesiones la entrega de los huidos a Rusia y el cumplimiento del artículo VI del Tratado de Bucarest5, según el cual Rusia debía devolver ciertas fortificaciones en la línea fronteriza de Asia conquistadas en la guerra6 y aún en su poder, sin recatarse en alabar su magnanimidad con respecto a Rusia. Sólo el 4 de julio anunció oficialmente que había llegado el momento de nombrar a los príncipes de Moldavia y Valaquia, pero no serían griegos como antes, sino del lugar: Ioan Sturdza en Moldavia, Gregorio Chica en Valaquia. Las necesidades políticas del momento justificaban suficientemente tal variación; el cambio iba contra los acuerdos con Rusia y la Puerta debía procurar el consentimiento de aquélla, pero ni siquiera se dignó informarla previamente; eso sí, reclamaba como antes, en el escrito por el que anunciaba el nombramiento a los embajadores, la entrega de los evadidos a Rusia y la devolución de las fortalezas de las que se ha hablado. Aunque puso por escrito que había ordenado la evacuación de los principados, solo licenció a parte de las tropas, de manera que el territorio no dejó de sufrir los estragos; los príncipes eran del todo impotentes en sus principados; los turcos residentes y los pashás que administraban Giurgiu, Silistra y Braila ejercían el poder de hecho sobre ellas. Otra irritación que provocó la Puerta a Rusia, mientras las Potencias hacían lo que podían por calmarla, fue la siguiente: Antes de la insurrección, no se permitía la navegación entre el mar Negro y el Blanco7 a cualquier buque: no obstante, los barcos de cualquier nacionalidad la hacían bajo ciertos pabellones privilegiados, sin que se les registrara. Después de la insurrección la Puerta, en la sospecha de que bajo algunos de los pabellones privilegiados navegaban barcos griegos, 4
Actualmente ucraniana.
Firmado en 1812 entre Rusia y Turquia.
6 La guerra ruso-turca de 1787-1792.
7 Como se ha dicho en otra nota al pie, así es llamado el Mediterráneo por los turcos.
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decretó una inspección general para distinguir a los que tenían o no tenían privilegio de paso. Como era notable el perjuicio que se causaba con ello al comercio por el mar Negro, los embajadores reclamaron enérgicamente la libre circulación como antes, pero no fueron atendidos, ni tampoco cuando solicitaron el envío de un representante suyo a la conferencia. “No me da la gana –dijo el arrogante sultán– de someter mis relaciones con los rayades al examen y la decisión de los demás, por lo tanto tampoco autorizo a que otro intervenga en mis discusiones con el emperador de Rusia”. Tal era la actitud de la Puerta con respecto a Rusia y las otras Potencias por aquellas fechas.
Por la época en que los aliados reunidos en Liubliana se despidieron, decidieron reunirse al año siguiente para examinar la situación de Italia y si era precisa la permanencia de tropas extranjeras para la represión del espíritu revolucionario, pero en el intervalo acaecieron otros hechos que merecieron igualmente su atención. Los acontecimientos de España atañían a la vecina Francia que, temerosa de que los vientos allí imperantes se transmitieran a ella, tenía el propósito de sofocarlos por las armas dentro de España. También perturbaban a las cortes los asuntos de Grecia, menos en sí mismos que en razón de la guerra ruso-turca, siempre inminente como consecuencia de ellos; por eso era cuestión de deliberar acerca de los mismos. Pero mientras monarcas y ministros partían para el lugar elegido, el ministro de Exteriores de Inglaterra, Londonderry, más conocido como Castlereagh, que iba a representar a su corte en la reunión, se suicidó imprevistamente y este suceso difirió el comienzo de los trabajos del congreso hasta el 8 de octubre.
Jamás hubo movimientos nacionales peor interpretados que los de Grecia. Los aliados, ya por malevolencia ya por obcecación, no cesaban de proclamar que las llamas de la insurrección griega habían desbordado su propio hogar y prendido en las demás penínsulas de Europa. El descubrimiento de que la Filikí Hetería no tenía nada que ver con los Carbonarios –cuyo mismo nombre era desconocido en Grecia–, los duros y variados acontecimientos hasta la fecha, Grecia tendiendo sus brazos suplicantes hacia ellos mientras las otras dos penínsulas los rechazaban, la constatación de que Grecia había empuñado las armas sólo en defensa de su subsistencia cristiana e independiente y de que aspiraba a tener un régimen monárquico aunque de filiación democrática, no modificaron en lo más mínimo la inflexible actitud de la Santa Alianza. Ésta, sorda a las patéticas voces de un grupo humano doliente y de la iglesia de Cristo 24


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ultrajada delante de sus embajadores, impasible ante el hecho de que el honor de sus signos fuera libremente pisoteado, despreocupada de la conculcación a los derechos de sus siervos, ciega e insensible al exterminio de tantos pueblos cristianos inocentes, seguía considerando el alzamiento de Grecia como una osadía insensata y sancionable. La desventurada Grecia, dándose cuenta de lo equivocada que era la idea de la Santa Alianza sobre su levantamiento y queriendo que la verdad resplandeciese, al tener conocimiento del cónclave de los reyes juzgó útil despachar una embajada o, como la llamó humildemente, una súplica; apoyaron la expedición de esta embajada eminentes compatriotas de fuera de Grecia. Se aprobó el envío y, después de muchos debates y enfrentamientos verbales, la elección recayó en Andreas Metaxás, que zarpó hacia Ancona el 18 de septiembre con dos cartas del gobierno redactadas por Sturdza8, filoheheleno al servicio de Rusia, y dirigidas respectivamente a todos los reyes congregados y al emperador Alejandro; esto decía la dirigida a los monarcas: “Dieciocho meses lleva Grecia luchando contra los enemigos de la fe cristiana. Todas las fuerzas mahometanas se han confabulado contra ella y la europea Turquía, Asia y África toman las armas, compitiendo entre sí por sostener la férrea mano que tanto tiempo ha oprimido a la nación griega y que sólo pretende exterminarla. Desde el comienzo de la guerra, Grecia ha elevado su voz por boca de sus representantes legales solicitando la ayuda de las Potencias cristianas, o al menos su neutralidad.
En el día de hoy, cuando en la península itálica se reúnen los poderosos para poner en orden los asuntos de Europa y deliberar a la vista de todos los grandes intereses de la humanidad, y en que todas las naciones esperan de ellos la conservación de la paz, la garantía del derecho de los pueblos y la impartición de la justicia, el gobierno griego incumpliría su deber si no expusiera de nuevo a los augustos monarcas aliados la situación de Grecia, sus derechos y sus legítimas aspiraciones, así como la firme decisión de todos sus ciudadanos de obtener justicia de las Potencias humanitarias, al igual que ellas han hallado gracia ante al Rey celestial que rige los reinos del mundo, o morir cristianos y libres. Ya se han vertido ríos de sangre, pero la enseña de la cruz ondea victoriosa por doquier en el Peloponeso, en el Ática, en Eubea, en Beocia, en Acarnania, en Etolia, en la mayor parte 8
Alexandru Sturdza (1791-1854), secretario de Kapodistrias durante el congreso de Viena, uno de los inspiradores de la Santa Alianza y autor de una obra sobre Grecia editada en 1821 (Vd. Bibliografía).
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de Tesalia y el Epiro, en Creta y en las islas del mar Egeo. Tales progresos ha hecho la nación griega y su situación es tal, que es evidente para todos los que tienen conocimiento de Turquía que los griegos no pueden deponer las armas antes de conquistar o antes de disfrutar las garantías de una existencia separada, independiente y nacional, en la cual y sólo en la cual encontrarán seguridad para su religión, su vida, sus propiedades y su honor; y, si para mantener la paz, Europa vota por negociar con el imperio otomano con el fin de incluir a la nación griega en el mismo sistema de paz mundial, el gobierno griego espera dejar manifiestamente claro por la presente que no aceptará acuerdo alguno, por muy ventajoso que sea en apariencia, a no ser que se reciba a los representantes enviados por él en defensa de su postura para exponer sus reivindicaciones y manifestar sus derechos, sus aspiraciones y sus más caros intereses. Si contra todo pronóstico se rechaza su petición, la presente declaración adoptará la forma de protesta formal puesta hoy por la Grecia suplicante a los pies del trono de la justicia celestial y dirigida confiadamente por una grey cristiana a Europa y a la gran familia de la Cristiandad. Si los griegos son abandonados a su suerte, en su debilidad pondrán sus esperanzas en el Dios de los ejércitos y, asistidos por su mano omnipotente, no inclinarán la cerviz ante la tiranía siendo cristianos y mártires, porque permanecemos fieles al Rey nuestro Señor y Salvador, y defenderemos hasta el último hombre su iglesia, nuestros hogares y las tumbas de nuestros antepasados.
Será una suerte para nosotros descender hasta donde están ellos, libres y cristianos, o vencer como hasta ahora hemos vencido, con la única ayuda del divino poder de nuestro Señor Jesucristo y su divina providencia.
En Argos, a 29 de Agosto de 1822, 2º año de la Independencia.” La carta al emperador Alejandro decía así: “El gobierno griego se atreve a acercarse al trono de Vuestra Majestad Imperial para trasmitirLe el agradecimiento de la nación griega por Su clemencia. Majestad: habéis dado asilo en vuestro Estado a nuestros pobres hermanos amenazados por la espada genocida del impío. La inagotable bondad de V. M. los salvó de la muerte y prolonga y conserva sus vidas.
Vuestro ilustre ejemplo es imitado por vuestros súbditos, unidos a nosotros por un vínculo celestial. Siendo hijos de la misma iglesia, se afanaron por auxiliar con amor fraterno a nuestros compatriotas diezmados por la espada, errantes, perseguidos por terribles recuerdos y abandonados por la misma esperanza. Pero habéis hecho algo más, Majestad: en vuestra 26


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magnanimidad, rechazasteis con desprecio las demandas de nuestros enemigos que, ahítos de sangre griega, osaron reclamar cuantas víctimas escaparon a la muerte. El reconocimiento de un pueblo entero, que está siempre frente a la muerte pero es fiel a la verdadera religión, es traído en su nombre a V. M. por el gobierno griego. Los sentimientos que han diseminado entre los griegos las buenas acciones de vuestros augustos predecesores y que se han transmitido hereditariamente de generación en generación han sido revivificados y nos dan la vida a todos para emplearla al servicio de la sagrada persona de V.M.; el agradecimiento de la nación griega no se extinguirá sino con ella. Dignaos, Señor, recordarlo en tan dura circunstancia y, cuando deliberéis con vuestros aliados sobre el destino de tantas naciones, tened en cuenta a Grecia y la Iglesia, cuyo sostén sois.
Grecia, en armas bajo la enseña de la cruz, tiene derecho a confiar en que el descendiente de tantos monarcas ortodoxos y liberador de los tanto tiempo oprimidos no deseará el exterminio y el deshonor de aquélla. Terminamos, Señor, invocando a Dios para que guarde a V. M. bajo su sagrado manto para la felicidad de Europa y la gloria de nuestra santa fe.
En Argos, a 29 de Agosto de 1822, 2º año de la Independencia.” Esto escribía el gobierno griego a los monarcas. Metaxás llegó con las cartas a Ancona el 12 de Octubre y, puesto que iba a hacer penitencia durante bastantes días y esperar allí las órdenes de los soberanos sobre su viaje, envió la dirigida al emperador Alejandro por su propia cuenta y la de los soberanos a través de la corte de Roma. El venerable Pío9, simpatizante de la causa cristiana y de los infelices griegos refugiados en sus feudos, se apresuró a echar una mano para contribuir al éxito de los objetivos de la misión griega, encomendando la carta a su representante en el congreso, el cardenal Spina, y solicitando a través de él un salvoconducto para Metaxás hasta el lugar de la reunión; pero si Pío contaba con el fervor cristiano profesado a sus predecesores del tiempo de las cruzadas, no tenía sobre los dirigentes de su época la misma fuerza que sus antecesores sobre los de la suya, por lo que su mediación no fue atendida en absoluto y, a los pocos días, Metaxás fue informado en Ancona por la corte de Roma de que se le prohibía el viaje.
Después de Metaxás llegaron a Ancona el Patriarca de Patras, Yermanós, y Yorgakis Mavromichalis, portadores de la siguiente carta al Papa:
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El papa Pío VII.
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“El gobierno griego testimonia a Vuestra Santidad su reconocimiento por el amor que habéis mostrado para con los hijos de Grecia. Muchos compatriotas nuestros, perseguidos por los impíos y refugiados en los Estados Pontificios, nos aseguran que os habéis dignado acogerlos con misericordia evangélica y paternal protección. Connaturales son estas virtudes a V. S.; el carácter apostólico de que habéis hecho gala en tan difíciles circunstancias es conocido en todo el orbe cristiano y, aunque las naciones de Europa se dividen en distintas confesiones, todas han coincidido en admirar y exaltar dichas virtudes, que dan gloria a la religión y a su divino fundador. Por ello nos atrevemos a dirigir a V. S. nuestra humilde súplica. Hemos sabido que los monarcas cristianos, la mayoría de los cuales son siervos de la iglesia de la que V. S. es cabeza visible, se reunirán para decidir sobre los intereses de Europa. Dignaos, santo padre, interceder por nosotros para que nos libremos de una vez por todas del lamentable estado en que nos han sumido los enemigos del nombre de Cristo, ayudados por los reyes de la cristiandad, cuando estamos luchando por sacudirnos el bárbaro y ominoso yugo del infiel. Mucho tiempo hemos padecido el martirio por la fe cristiana; cuatro siglos ya llevamos inmersos10 en lágrimas y oprobios. Brille por fin para nosotros el día de la dicha, bajo el patrocinio de V. S. Ese día será gozoso para todos los creyentes y sellará la gloria de Pío. Vuestra alma piadosa y noble, santísimo padre, os inspirará palabras misericordiosas que ablanden los corazones de los reyes cristianos, los cuales están predispuestos por lo demás a aliviar nuestras calamidades.
Confiados en la bondad y en la luz de vuestra santidad, os rogamos, santo padre, aceptéis nuestra veneración y reconocimiento y nos agraciéis con vuestras bendiciones.
En Argos, a 29 de Agosto de 1822, 2º año de la Independencia.” Al leer el Papa esta carta, se negó a recibir en su sede a los enviados, no por su voluntad, sino a causa de la oposición de Austria, a la que estaba sometido. El Patriarca de Patras, a propuesta de algunos prohombres y en aras del objetivo político, apuntaba a incluir la unión de las iglesias pero, al prohibírsele su llegada a Roma, no dijo ni emprendió nada de ello.
A causa de la hostilidad de la Puerta hacia Rusia, la amenaza de una guerra entre estas dos Potencias intranquilizaba continuamente a las demás. Éstas se esforzaban por introducir los argumentos de Alejandro 10
Hay una alusión al rito bautismal ortodoxo.
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antes que empezaran las sesiones del congreso. Alejandro, que creía que los principios de la Santa Alianza se debían mantener a toda costa y sabía que en el tema de la cuestión griega muchos no lo creían sincero, no ocultaba sus posiciones y, en su estancia en Viena camino de Verona para la inauguración de la conferencia, dijo lo que sigue al plenipotenciario de Francia, Montmorency: “No hay nada más beneficioso ni más deseable para toda Rusia que la guerra de religión contra Turquía. La ocasión la da la insurrección de Grecia, pero he pensado que en los disturbios del Peloponeso aparecía la bandera de las sociedades subversivas, por eso he desistido. ¿Qué no han intentado algunos para disolver la Alianza? Han querido picarme en el sentido del honor, me han ofendido impunemente. No me conocían bien si suponían que me muevo por vanidad o apasionamiento.
No, jamás me apartaré de los soberanos con los que me coaligué. Tienen mi permiso para aliarse en su defensa contra las sociedades secretas.” Esto dijo en Viena el emperador Alejandro pero, a pesar de que sus palabras lo mostraban como un guardián incondicional de los términos de la Santa Alianza, prevalecía la opinión de que se proponía solicitar en el congreso el visto bueno de los aliados frente a Turquía para el establecimiento de una semiautonomía para Grecia. Inglaterra, queriendo anticiparse a la propuesta de Rusia, ordenó a Lord Strangford, su embajador en Constantinopla, que trabajara de nuevo en la pacificación de Grecia para tranquilizar a Rusia.
Por pacificación entendían en aquel momento, tanto Inglaterra como las demás cortes, una simple amnistía bajo su garantía o supervisión. La Puerta objetó a esta propuesta que no había cesado de ordenar a sus funcionarios que gobernaran humanitariamente a los griegos y que en el transcurso de tres meses había expulsado de Constantinopla a miles de turcos rebeldes a esta disposición y condenado a muerte a quinientos, pero de ninguna manera ni de ninguna forma admitía una intervención extranjera entre ella y sus súbditos; y, para que se enterase el embajador de Inglaterra, acusaba al gobierno ruso de ser el instigador de las revueltas. El emperador Alejandro se indignó al saber que la Puerta no cesaba de inculpar a su gobierno, que tan claras pruebas había dado de su aversión por la causa griega, y reprochó con acritud al embajador de Inglaterra, que había venido de Constantinopla para el congreso, el no haber desdicho semejante calumnia; pero, en aquella circunstancia, la indulgencia de Alejandro venció sobre su ira.
Una vez trasladados los soberanos a Verona desde Viena, donde se habían reunido previamente, y comenzadas las sesiones, se planteó la 29


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cuestión de las diferencias entre la Puerta y Rusia y, el 9 de noviembre, se definió por medio de un protocolo la total e inmediata evacuación de los principados por parte de las tropas turcas, la notificación directa de la Puerta a Rusia sobre el ordenamiento de los principados, la cancelación de cualquier diferencia comercial entre los dos gobiernos, la consiguiente libre circulación por el Bósforo de cualquier embarcación bajo cualquier pabellón comercial y la simple pacificación de Grecia a través de la amistosa intercesión y con la garantía de las cortes reales; se decidió restablecer las relaciones diplomáticas entre Rusia y Turquía al cumplimiento de estas cláusulas. Sin tener en cuenta el desaire de Lord Strangford hacia él, Alejandro lo acogió favorablemente y le encomendó la negociación en Constantinopla de sus diferencias, diciéndole que lo consideraba como a uno de sus ministros.
Pero el emperador no creía suficientes las medidas tomadas sobre el contencioso grecoturco y reveló lo que pensaba interiormente en sus siguientes palabras a Lord Strangford cuando éste volvía a Constantinopla: “Estoy convencido –dijo– de que la opinión pública de Inglaterra obligará a su gobierno a ocuparse urgentemente de la situación en Grecia y de que la cuestión griega será contemplada por el pueblo inglés como la de la Humanidad. Por ello, en vez de proponer a mis aliados un plan para remediar la situación política de Grecia, prefiero esperar el de la corte inglesa. La idea de la independencia de Grecia es una quimera: como mucho, aspiro a que aquel territorio goce de un sistema de gobierno como el que impera en Serbia o en Moldavia y Valaquia.” Al término de los trabajos, el congreso emitió el 2 de diciembre un comunicado sobre sus decisiones y, atendiendo sólo a los principios de la Santa Alianza, desfiguró la verdadera naturaleza de la causa griega al proclamar lo siguiente: “A finales de nuestro último congreso (el de Liubliana) tuvo lugar el estallido de un importante conflicto. Lo que inició el espíritu revolucionario de las sociedades en la península más occidental y lo que intentó hacer en Italia, eso ha conseguido en el extremo oriental de Europa. Cuando ya se habían reprimido por la fuerza los levantamientos militares en el reino de Nápoles y en el de Cerdeña11 ha prendido la llama de la revolución en el interior del Imperio Otomano. La coincidencia de los hechos demuestra que su origen 11
Como se llamaba entonces el reino de Piamonte-Cerdeña.
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es uno y el mismo: el mismo mal, que reaparece en muchas partes según los mismos patrones, aunque bajo diferentes máscaras, revelando el foco de donde procede. Los dirigentes de lo que nos ocupa esperaban encontrar la ocasión propicia para sembrar la discordia en las deliberaciones de las Potencias y así neutralizarlas, pues nuevos peligros las reclamaban en otras partes de Europa, pero se han equivocado. Los mandatarios han tomado la firme decisión de sofocar el inicio de la revolución, esté donde esté y adopte la forma que adopte, y se han apresurado de común acuerdo a castigarla. Inamovibles en la consecución de sus afanes comunes, han rechazado todo lo que podía desviarlos de su camino; pero a la vez, escuchando la voz de su conciencia y la de su sagrado deber, han deliberado sobre las víctimas del descabellado y reprochable intento. Las muchas y amigables relaciones diplomáticas de las cinco cortes entre sí a lo largo de este período, uno de los más significativos de su alianza, las han llevado a un consenso en la cuestión de Oriente: incumbía al congreso de Verona consagrar y confirmar los términos. Las cortes aliadas con Rusia esperan que gracias a los esfuerzos colectivos se allanen los obstáculos que hasta ahora se han opuesto al cumplimiento de sus deseos.” Si bien se impuso entre los aliados este espíritu tan desfavorable para la causa griega, fue una felicísima circunstancia la inesperada ascensión de George Canning al sillón ministerial de Asuntos Exteriores de Inglaterra, tras el suicidio de Londonderry. Inglaterra no era miembro de la Santa Alianza ni compartía sus principios. Enorme revuelo provocó durante su ministerio Lord Erskine en una carta abierta al primer ministro Liverpool12 en favor de los sufridos griegos; al mismo tiempo, algunos parlamentarios pronunciaron encendidos discursos en su defensa; muchos diarios eran partidarios de los griegos, pero ninguno obtuvo éxito frente a los oídos sordos de los ministros. Canning, cuyo credo político era “libertad política y religiosa para todos los pueblos”, dejó claro desde el mismo día de su nombramiento que se proponía modificar la política exterior de su nación, ya que al preguntarle el rey en su primera entrevista si pensaba seguir los pasos de su predecesor, respondió: “Mi predecesor está muerto.” Ya en su adolescencia, siendo escolar, compuso una elegía a Grecia cautiva titulada La esclavitud de Grecia13, que reveló desde entonces su filohelenismo. Sus 12
Robert B. Jenkinson, conde de Liverpool, primer ministro del Reino Unido desde 1812 a 1827.
The Slavery of Greece. Traduzco comparando el original en inglés con la versión que hace nuestro autor.
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últimos versos decían: “Tus hijos (¡triste cambio!) lloran hoy bajo ominoso yugo; nadie los consuela en su aflicción, nadie los llora en su muerte; su miserable vida se consume en los duros trabajos de galeras o en las oscuras galerías de la mina. La luciente tiranía de los hijos de Otmán, el horroroso fasto que circunda sus tronos ha hundido sus espíritus serviles en el miedo; tus hijos, Grecia, picados por la espuela, tiemblan y doblan la rodilla. Los días de esclavitud, las tristes noches en vela, los hirientes azotes de un poder arbitrario, el sangriento terror del afilado alfanje, el palo que penetra, la rueda del tormento y (¡lamentable opción!) la soga o el veneno debilitan sus fuerzas y su alma embrutecen. ¡Destino infausto! Las lágrimas inundan nuestros ojos, hondos suspiros salen de las almas cuando miramos tu esplendor pasado y el oprobio presente y sus horrores. Cual piedra en el profundo, cuyo seno se yergue desde lo hondo y clama al inclemente cielo, en cuya vasta cima rompen los diluvios y a sus pies ruge el proceloso mar, su gigantesca mole con consciente orgullo contempla majestuosa la tormenta hasta que, rota por la edad, se desmorona y el ímpetu del agua desgasta su base; y se desploma y, al caer, hunde la tierra y forma alrededor un torbellino de destrucción.” Tales eran los sentimientos de Canning sobre Grecia en su edad juvenil y, en el desempeño de su cargo, vio lo que no querían ver los políticos de la Santa Alianza: vio que el decadente imperio otomano era por naturaleza incapaz de levantarse y que corría sin retorno hacia su propia destrucción, en beneficio de otra potencia dominante y en perjuicio del equilibrio europeo; vio que, para remediar estos males, surgía providencialmente del seno de ese Estado que se derrumbaba un nuevo poder digno de sucederle por su pasado histórico, su espíritu, su cultura y su inclinación hacia Europa. Consideró una buena noticia este hecho y quiso, en contra de la política imperante y de los prejuicios comunes de las cortes, echar una mano favorable y animar a este pueblo que iba de la nada al ser. Por ello, mientras la Santa Alianza maldecía la causa griega, él reconocía los bloqueos que hacía Grecia de los territorios bajo bandera turca o, lo que es lo mismo, reconocía a Grecia como Potencia beligerante. El gobierno griego había decretado el 13 de marzo de este año el bloqueo de todos los puertos turcos en el Egeo, en Creta y en la zona de Tesalónica hasta Epidauro, pero el anuncio no había sido tenido en cuenta por las Potencias, de manera que hasta aquel día se ponía en libertad a cualquier barco bajo cualquier pabellón cristiano que, llevando víveres y suministros de 32


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guerra a las plazas fuertes excluidas, era apresado por los griegos. Cada vez que los griegos tomaban una carga para uso propio, indemnizaban a los propietarios a petición y muchas veces bajo la amenaza de los que seguían las rutas marinas del Egeo. Buques de este tipo fueron prendidos y descargados en el golfo de Corinto, en aguas de Calcis, de Nauplion y de otras plazas excluidas, pero fueron indemnizados hasta el último céntimo; a veces incluso eran condenados los captores. Desde entonces, gracias a la política de Canning iba a someterse a juicio y confiscarse los barcos aprehendidos bajo pabellón inglés que intervenían en este negocio, fuera quien fuese su propietario. Así justificaba Canning su política con respecto a Grecia: “El gobierno inglés debería contemplar a los armadores griegos como piratas o como beligerantes; y toda vez que no se puede considerar pirática a una nación entera alzada contra su autoridad, es necesario de toda necesidad tenerla por beligerante, en tanto respete las reglas y actúe dentro de los límites admitidos para la circunstancia”.
Con esta política hacia Grecia, Canning luchaba al mismo tiempo por apaciguar la inclinación de Rusia a la guerra y por reconducir a la insensata Puerta por el camino de la moderación, siempre con espíritu conciliador y sin intervención armada. Tres eran las condiciones indispensables según él para una intervención armada: “que la guerra sea justa, que Inglaterra pueda inmiscuirse justamente en esta guerra justa y que dicha guerra justa y originada con justicia no lesione los intereses de nuestra patria.” Tachaba de iluso al político que despreciara esta última condición. Canning soñaba con el éxito de la causa griega, siempre que dicho éxito lo consiguiera por sus propios medios, y estaba dispuesto a aportar toda contribución pacífica a él, pero no quería que ni su patria ni ninguna otra Potencia intervinieran por las armas bajo ningún pretexto. Tal era la política inglesa hacia la causa griega siendo ministro Canning.
La de Rusia era por aquella época igual que antes: no deseaba el completo triunfo de la causa griega, pero tampoco toleraba la completa esclavización de los griegos. Francia y Prusia aprobaban esta política que, no obstante, vista la moderación de la misma, resultaba irrealizable de manera pacífica.
Austria quería el sometimiento completo de Grecia y veía como un factor para la consecución de sus deseos la prolongación del conflicto greco-turco, pues con ella se agotaban los escasos recursos de los griegos y se aniquilaban sus pequeñas fuerzas en medio de los padecimientos, 33


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mientras se iban cumpliendo los objetivos finales de Turquía; pero, necesitada de atraerse a Rusia, no rehusaba en apariencia lo que ésta proponía para Grecia, siempre que pudiera traer un aplazamiento y no una resolución. Tales eran las perspectivas interiores y exteriores de Grecia en el momento de reunirse los delegados de los griegos en Astros, tras la reiterada convocatoria del gobierno.
Llegados ya al final del primer gobierno, vamos a echar un rápido vistazo a cuanto hemos desarrollado extensamente hasta ahora.
Al comenzar su guerra, Grecia no tenía ni ejércitos, ni escuadras ni disponibilidades militares o económicas. Un gran imperio como era el otomano, en posesión de todos los puntos fortificados, movilizó contra ella por tierra y mar unas fuerzas en consonancia con su poderío; y por si no bastaban dichas fuerzas para el exterminio de los griegos, los aliados se apresuraron a dar a este imperio unánime apoyo moral, maldiciendo y excluyendo a la causa griega, y algunos no dudaron en prestarle ayudas efectivas. Y a pesar de ello este pequeño pueblo, débil y abandonado, habiendo pasado en los dos años anteriores a través del fuego y la sangre y de una destrucción masiva en algún caso, contra todo pronóstico abochornó a escuadras muy superiores, destruyó grandes ejércitos, conquistó fortalezas inexpugnables y aguantó impávido los dardos envenenados de la Santa Alianza, estropeando sus planes. Y todo ello en medio de la más completa pobreza, indefensión, indisciplina, división y anarquía.
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1823 CAPITULO XLII REUNIÓN DEL SEGUNDO CONGRESO NACIONAL DE LOS GRIEGOS.TRASLADO DEL NUEVO EJECUTIVO A TRIPOLITSÁ.- NUEVAS DIVISIONES.PARTIDA DE LA NUEVA ESCUADRA OTOMANA.- ÉXITOS DE LOS DE PSARÁ EN ASIA MENOR.- INVASIÓN DE GRECIA ORIENTAL A CARGO DE YUSUF PASHA PERKÓFTSALIS.- CATÁSTROFE DE LA CAUSA GRIEGA EN TODA TESALOMAGNESIA.-
Según lo legislado en Epidauro y las múltiples convocatorias del gobierno, los diputados provinciales debían reunirse para inaugurar el segundo gobierno. Se decidió de común acuerdo reunir antes una segunda asamblea nacional, para revisar la constitución y las leyes en vigor.
Todo era irregular, desordenado y alarmante en este congreso. Antes de enfrentarse los partidos dentro de él, ya se habían enfrentado en las provincias durante las elecciones, sin que se respetase la ley electoral.
Los partidos en conflicto enviaron diputados por duplicado; asistieron a la asamblea algunos poderosos autonombrados en representación de sí mismos; también había enviados de las provincias por otros criterios; muchos no representaban a la población, sino a combatientes (“las cuadrillas”); también fueron aceptados los cesantes del ejecutivo y los del legislativo; de manera que, con tantos tipos diferentes, los que constituyeron el segundo congreso eran el triple de los que constituyeron el primero, pero sólo tenían voto los diputados y los enviados de las provincias que no habían mandado diputados, en sustitución de los mismos. El segundo congreso fue tan turbulento como pacífico había sido el primero. En el primero, el partido de los militares no tenía fuerza, pero los éxitos conseguidos en el tiempo transcurrido lo habían vigorizado, si bien los militares no estaban tan unidos en éste como en el anterior: los procedentes de Grecia Occidental, influenciados generalmente por Mavrokordatos, se decantaban como antes hacia los políticos; con algunos de ellos, como 35


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Zaímis y Londos, los más importantes tenían amplios contactos. Del partido de los políticos eran también algunos guerreros del Peloponeso, como Petmezás, Anagnostarás y los Yatrakos. Los líderes del partido de los combatientes eran Kolokotronis en el Peloponeso y Odiseo en Grecia Oriental; en este partido militaba siempre Hypsilandis.
Éstos se dirigieron en primer lugar a Nauplion; los del partido de los políticos, a Astros, siguiendo la convocatoria del gobierno. Tras muchas polémicas sobre el lugar de las sesiones, convinieron todos finalmente en Astros por la fuerte presión de los representantes de las islas navieras, que se decantaban por los políticos, como en el primer congreso; pero por motivos de seguridad se formaron como dos campamentos, porque se rumoreaba de asechanzas y conspiraciones de un partido contra el otro. Cuando se congregaron todos en Astros, los políticos ocuparon por precaución Hayannítika Kalyvia14 y los combatientes Melingótika; los dos emplazamientos estaban separados por un arroyo. Como los políticos eran más numerosos y fuertes, los trabajos del congreso tuvieron lugar en el sitio donde ellos estaban, siendo comunicados a los otros por medio de comisiones. No hubo en este congreso, como tampoco en el de Epidauro, discusión sobre los cargos políticos; sí la hubo, y mucha, sobre intereses personales o, mejor dicho, partidistas. Los políticos, que tenían influencia en sus provincias, hacían levas y llevaban arma blanca al cinto; esto, como se ha dicho antes, molestaba a los cabecillas, que los consideraban insaciables y usurpadores de sus privilegios; lo que los bandoleros querían era, como en el congreso de Epidauro, que se limitaran a sus deberes políticos y, principalmente, a aprovisionar a los ejércitos con los recursos de las provincias. Cual suele suceder en las revoluciones –es decir, en tiempos en que no impera la ley–, las que hablan mejor son las armas; así los combatientes querían poseer en exclusiva las armas y tener a los políticos a su servicio.
Una vez que todos fueron admitidos en las sesiones preliminares según la ley orgánica de Epidauro, con sólo ciertos límites en función del servicio militar, y una vez que organizaron el reglamento de las sesiones como en Epidauro, el 30 de marzo juraron ante el prelado eclesiástico y, en cumplimiento de las cuestiones de orden, a puerta cerrada nombraron 14
‘Cabañas de Hai-Yannis (San Juan)’, un paraje montañoso cercano, de donde procedían los medievales fundadores de Astros.
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presidente a Petrobey, vicepresidente a Theodóritos, obispo de Vrésthena, secretario a Negris y comandante de la plaza a Yatrakos; los cuatro eran del partido de los políticos, de forma que desde los comienzos se mostró la preeminencia de dicho partido. Hecho esto, el congreso suprimió las instituciones centrales del Peloponeso y de Grecia Oriental y Occidental, invalidó el título de comandante en jefe que ostentaba Kolokotronis y nombró comisiones para supervisar la constitución y las otras leyes, para el ordenamiento penal y para redactar el presupuesto anual; ordenó a Kolokotronis que entregara Nauplion y ciertos escritos, enviados desde el exterior a las autoridades griegas, que obraban en su poder. Kolokotronis devolvió los escritos, pero se negó a entregar la plaza con el pretexto de que el congreso no era el gobierno y la conservaría hasta que éste se formara. El 11 de abril se presentó el presupuesto. El día 13 se confirmó la constitución de Epidauro, revisada y con algunos cambios de poca importancia, y se votó absurdamente que los gobernadores provinciales se establecieran o se revocaran por común acuerdo del ejecutivo y el legislativo. El 14, se publicó un decreto sobre venta de edificios públicos; también hubo conversaciones sobre venta de terrenos, pero no se aprobó al alborotarse los soldados, que creían que iba a ser en provecho de los políticos y los poderosos; como muestra evidente de su desagrado, algunos fusilaron en presencia de los delegados la parte del papel donde ponía “venta de tierra”.
El día 17 se reglamentó sobre las indemnizaciones a las islas navieras; se presentó una selección de leyes penales, que se remitió al parlamento; se añadió la revisión de la ley sobre juzgados y, así, el congreso suspendió sus trabajos el día 18, tras determinar que se convocaría un tercero dentro de dos años para una revisión de la constitución y tras alabar los éxitos de los griegos en el trienio15, proclamar reiteradamente la existencia política de la nación y su firme decisión de morir libre antes que vivir esclava y dar gracias públicamente al ejército, la armada y los miembros del gobierno cesante, de las dos gerusías y del itinerante Areópago. Acabó igual que empezó, o sea, bajo la influencia del partido de los políticos; por ello, los miembros del nuevo legislativo fueron elegidos de entre los militantes de dicho partido, a saber: Charalambis, Zaímis y Metaxás, bajo la presidencia de Petrobey y siendo secretario Mavrokordatos, a cuyo encuentro salió el congreso para honrarlo por su actuación en Mesolongui; la elección del 15
1821-1823 (cuenta inclusiva, como es común en la época clásica)
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miembro que faltaba para completar el legislativo quinquemembre fue encomendada a las tres islas navieras. Hecho esto, el nuevo gobierno se trasladó a Tripolitsá por resolución del congreso.
Entregado todo el poder a los políticos, los decepcionados militares se indignaron y meditaron la revocación de las votaciones por medios legales e ilegales. El carácter de un congreso como aquél proporcionaba de por sí bastantes asideros para disentir, y los perdedores partían de ahí para clamar que los ganadores habían admitido como miembros a cuantos no debía y rechazado a los que no debía haberlo hecho. Contra todo pronóstico, quedaba fuera del tema Negris, a pesar de haber colaborado como secretario del congreso con los vencedores políticos. Este hombre tan activo y orgulloso no soportaba la inactividad ni el ninguneo a que había sido sometido por sus amigos; se unió a los opositores, organizó más estratégicamente la oposición –por algo era más sabio que ellos– y no se turbó al denunciar la irregularidad e ilegalidad de las medidas que un día antes por propia iniciativa había redactado y firmado como legales y justas. Bajo su magisterio, ya que esperaba mejor suerte al lado de sus rivales de ayer, y bajo la guía de Kolokotronis la oposición se reunió para celebrar otro congreso en Silimna, una aldea de Karýtena, y les siguieron muchos integrantes del de Astros, decepcionados en sus expectativas. Pero el nuevo gobierno actuó hábilmente y disipó la nube de Silimna antes de que llegase a estallar. Aún estaba vacante el quinto puesto del legislativo: cubrió la plaza con el nombramiento de Kolokotronis como miembro y vicepresidente y, así, arrebató de entre sus adversarios al propio dirigente del partido.
Pocos días antes se habían reconciliado las familias, hasta entonces enemistadas, de Diliyannis y Kolokotronis; para confirmar su reconciliación emparentaron, prometiendo el hijo de éste de apenas nueve años, Konstandinos, a la hija única de Kanelos Diliyannis, que tenía la misma edad. Por medio de este matrimonio político, que se disolvió más tarde, Kolokotronis aspiraba a quebrantar al patriciado del Peloponeso y los Diliyannis a fortalecerse con el enlace.
Entre tanto, la Puerta preparaba la destrucción de los griegos. La experiencia había mostrado la falta de operatividad guerrera de sus gigantescas naves en el mar griego, lleno de enclaves estrechos. Debido a ello, la Puerta dispuso para zarpar no ya navíos de línea, sino fragatas y otras más pequeñas; tras destituir al indigno almirante Mehmet Pasha, 38


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nombró en su lugar a Hüsrev Mehmet Pasha, conocido también por Topal (el Cojo). Dispuso también que muchas tropas invadieran el Peloponeso, unas por Grecia Oriental al mando de Yusuf Pasha Perkóftsalis, el antiguo pashá de Braila que había tomado Galati y Iasi el primer año de la guerra16, otras por Grecia Occidental al mando de Mustai Pasha, príncipe de Skodra17. Encomendó también a Yusuf Pasha, que estaba en Patras, enrolar tropas en Albania y trasportarlas por mar hasta el Peloponeso. Creta la confió al gobernador de Egipto, Mehmet Ali.
El gobierno griego decidió levantar dos campamentos para neutralizar estas dos campañas, uno en la Megáride para hacer frente a la invasión enemiga de Grecia Oriental, el otro en los alrededores de Patras para proteger los lugares de la costa norte del Peloponeso y enviar ayuda militar por Grecia Occidental en caso de necesidad. Para el éxito del plan decidió transferir el mando de los campamentos al legislativo –el de la Megáride al presidente, al vicepresidente y a Charalambis; éstos incorporaron al secretario general al equipo táctico de la fuerza militar legislativa; el de Patras, a Zaímis y Metaxás–; que los ministerios permanecieran en Tripolitsá, junto al ejecutivo; y que sólo dos miembros del ministerio trimembre de la guerra acompañaran cada uno a uno de los ejércitos. Se votó una colecta en todo el Estado de un millón de grosia para sufragar los campamentos y movilizar la flota. Mientras el gobierno griego se afanaba en estos preparativos, la armada enemiga, compuesta de 15 fragatas, 13 corbetas, 12 bricks y 40 buques de carga, zarpó del Helesponto al mando de Hüsrev el 11 de mayo; a su paso por Moschonisia y Çesme tomó diez mil asiáticos y, acompañada por la flotilla argelina, que encontró a la altura de Quíos y Mitilene, el 23 echó el ancla frente a Caristo.
Desde que se fueron de allí los areopagitas, los habitantes cristianos de Eubea constituyeron una administración local y mantenían dos campamentos: uno en la parte norte al mando de Diamandís para el asedio de Calcis, otra en el este al mando de Kriezotis para el sitio de Caristo.
Este jefe puso freno a las continuas y no impedidas salidas de los sitiados en el castillo de Caristo; el 5 de mayo entabló una batalla de tres horas en Vatisi, venció y envió a Atenas 50 cabezas y 3 prisioneros, que los atenienses lapidaron hasta la muerte. A partir de entonces, los enemigos se 16 17
En Moldavia y Valaquia.
O Shkodër, la antigua Skutari, capital del reino de Iliria. Actualmente en Albania.
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enclaustraron en el castillo y estaban a punto de rendirse por hambre, pero la aparición de la armada los libró de las apreturas y frustró las medidas de Kriezotis, ya que desembarcaron cuatro mil hombres que con su presencia en la fortaleza desbarataron el campamento griego, dieron víveres a los sitiados y, mientras unos se desplegaban por las aldeas en tierra firme, los demás circunnavegaban la costa incendiando, matando y haciendo prisioneros.
Enviaron a los de Calcis comida y suministros de guerra en 14 cargueros, pero el ejército al mando de Diamandís permaneció sin disolverse.
La escuadra, después de cumplir su objetivo, atravesó tranquilamente el estrecho entre Hydra y el Peloponeso, se detuvo frente a Koroni y Metona, abasteció dichas plazas y, separada una parte que navegó hacia Creta, el resto –46 barcos de guerra y numerosos cargueros– ancló el 6 de junio delante de Patras; la flota griega no se le opuso en toda la travesía porque, en la suposición de que los turcos tenían como objetivo arribar a Samos o Psará, navegaba hacia aquella zona; al saber que había llegado al Peloponeso, regresó rumbo a sus bases.
Los turcos que había en Patras, una vez levantado el cerco a cargo de Kolokotronis, recorrían toda la provincia confiadamente e incluso llegaban a las vecinas, Kalávryta y Gastuni. Tampoco eran acosados por mar y recibían de fuera sin impedimento alguno todo lo que les hacía falta. Así, la escuadra que había arribado allí no lo hizo para ir en su ayuda, pues no tenían ninguna necesidad de ella, sino para transportar a los dos ejércitos al Peloponeso, desde Grecia Occidental y Oriental respectivamente.
En el momento de arribar la escuadra a Patras, 3800 marinos y soldados que habían embarcado en 110 barcos de Psará grandes y pequeños, 15 de ellos provistos de cañones, desembarcaron en las playas de Jonia frente a Samos asaltando Arapi Çiftlik y Ali Bey Çiftlik, poblados costeros que albergaban entre las dos 2000 habitantes y 1000 soldados, y los saquearon; luego navegaron a la costa frente a la punta oeste de Mitilene, donde se asienta la ciudad de Çandarli18, con 4500 almas y 2000 soldados de guarnición, y la asaltaron e incendiaron matando, haciendo prisioneros y saqueando; se apoderaron de la torre y prendieron a la mujer del gobernador, Kara-Otmán Oglu, que fue después rescatada por sus parientes por 90.000 grosia; se llevaron nueve cañones; fueron a Moschonisia, de donde se llevaron otros dos; bordearon la costa de Mitilene apoderándose de cinco sacolevas turcas 18
Error. Çandarli se asienta en una bahía al S.E. de Lesbos; así pues, sería en todo caso la punta Este.
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y anclando frente a Erisós; sacaron las anclas y otras cosas del bergantín incendiado allí el primer año de la guerra; finalmente regresaron a sus casas. Tanto era el miedo que sembraban en todo aquel litoral, que los cónsules en Esmirna les rogaban abstenerse de exacciones en el golfo en consideración a ellos, al comercio y a los habitantes cristianos. “Dejamos tranquilo el lugar, pero sometido a tributo”, respondieron arrogantemente los psarianos. En esta expedición fueron muertos 17 griegos y heridos 70. Los turcos, no pudiendo vengarse de los que tanto daño les hacían, descargaron su ira contra la inocente población cristiana de Magnesia y Pérgamo, a la que esclavizaba y asesinaba.
Mientras la armada del sultán luchaba contra la Grecia liberada, marchaban también contra ella sus ejércitos de tierra. Aún duraba el falso acuerdo entre Mehmet Pasha y Odiseo y una tregua basada en dicho acuerdo.
Al acabar el plazo y no cumplir Odiseo su compromiso, salió una expedición de 6000 turcos al mando de Perkóftsalis antes que los griegos llegaran para organizar sus tropas por culpa del congreso de Astros, que desviaba hacia los temas políticos la atención que se debía a los bélicos. Seguía a Perkóftsalis con 4000 hombres Selik Pasha, príncipe de Adrianópolis. Los dos ejércitos, al encontrar desprotegidos los difíciles accesos a Grecia Continental, avanzaron hacia Tebas y Sálona, respectivamente. El que iba a Sálona plantó sus tiendas en Mánesi, un lugar a orillas del Cefiso; el 7 de junio se puso en marcha hacia el monasterio de Jerusalén, a los pies del Parnaso; aquí había 150 soldados de Odiseo al mando de Yannis Kombotaditis; al principio resistieron, pero finalmente fueron puestos en fuga; los turcos se adueñaron del monasterio, lo quemaron y volvieron a Mánesi. El día 10 salieron contra Aráchova, donde encontraron resistencia, pero la superaron; se apoderaron de la aldea y la incendiaron. Al día siguiente prendieron fuego a Kastrí19 y las cabañas de Aráchova y cayeron sobre Chrysón, pero fueron derrotados y sólo quemaron dos o tres viviendas; el día 12 bajaron a Desfina, a orillas del golfo de Corinto, volviendo desde allí a Mánesi, donde permanecieron tranquilos.
El otro ejército turco, el que había caído sobre Beocia, tampoco encontró al enemigo. Los escuadrones griegos de aquí y de allí se retiraron, incapaces de resistir debido a sus escasos efectivos; algunos, al mando de Papá19
Población situada sobre el solar de Delfos. En 1893 se trasladó a su ubicación actual, al O., y retomó el nombre antiguo.
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Andreas y otros, ocuparon los desfiladeros de Fondana para obstaculizar las comunicaciones enemigas entre Zituni y Lebadea. En tanto, toda la región por la que pasaban los turcos se vaciaba; la población huía; unos iban al Peloponeso, otros a las islas del Egeo y otros a las cimas de las montañas. El miedo invadió también a los habitantes de Atenas quienes, suponiendo que el ejército venía a someter a asedio a la ciudad, trasladaron las familias y enseres a Salamina y Egina. Odiseo, en quien confiaba Grecia Oriental, encontrándose durante esta invasión en Atenas, marchó hacia Beocia el 11 de junio, después de obligar a los atenienses a pagarle 500 soldadas por esta campaña de un mes; pero tampoco él solucionó nada.
Numerosas tropas del Peloponeso se dispusieron a atravesar el Istmo, pero sólo Nikitas, siempre presto a ir en expedición a Grecia Continental, se dejó ver por Mégara; tampoco él, debido a la escasez de acompañantes, fue capaz de correr contra el enemigo.
Tras la evacuación de Grecia Oriental, los ejércitos turcos tenían la misión de atravesar el golfo de Corinto y caer sobre el Peloponeso con la ayuda de la escuadra, que bordeaba las costas norteñas del mismo con este fin; pero a propuesta del caristio Omer Bey, que había venido desde su tierra natal, Perkóftsalis aplazó este objetivo y, tomando la mayor parte del ejército, se fue a Eubea a mediados de julio guiado por Omer Bey, para someter de una vez la isla, dejando el resto de las tropas en las inmediaciones de Tebas, al mando de Selik Pasha.
Después de levantar el campamento para el asedio de Caristo, quedaba intacto en Vrysakia, como hemos dicho, el integrado por ochocientos combatientes de elite al mando de Diamandís, pero el campamento estaba casi paralizado. Los éforos de la víspera perseguían a la administración local, bajo cuya jurisdicción estaba. Odiseo, enemistado con Diamandís, manejaba contra él desde la distancia a los caudillos locales –Tomarás, Chalkiás y Verusis–. Tan bien le salían las intrigas, que dichos jefes hicieron lo que sólo los turcos podían hacer: asaltaron como enemigos Xirochori con el objetivo de raptar allí a la mujer de Diamandís, pero éste la salvó llevándosela antes.
En tanto los turcos desembarcados, después de sumarse a los del lugar, elevaron el puente sobre la bahía y trasladaron a Vrysakia siete barcos turcos. Al verlo, los tres griegos que bloqueaban Calcis huyeron y, con su fuga, el campamento abandonó la posición de Vrysakia y se retiró al monte que los dominaba, el Pagondas. Los turcos, al ver que los griegos 42


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huían sin que nadie les hiciera frente, incendiaron las cabañas de Vrysakia y el día 22 se lanzaron en masa contra los que se habían retirado a la montaña, entablando una batalla que duró mucho. Los griegos, en posesión de un emplazamiento fuerte, obtuvieron una brillante victoria y obligaron al enemigo a volver humillado a Vrysakia; pero por la noche, aun habiendo quedado vencedores, desertaron a causa de la discordia entre su jefe y los lugartenientes locales y, en su huida, se reunieron al día siguiente en Megalo Derveni, entre el Pagondas y Mandudi. Decididos a resistir, se apostaron unos dentro de los desfiladeros y otros a la derecha, algunos a la izquierda; pero al ver que los turcos atacaban se diseminaron, resistiendo únicamente los que estaban a la derecha de los desfiladeros; estos también se retiraron al morir su jefe, Liakos.
Los turcos franquearon los desfiladeros la tarde del día 23 e hicieron noche en Mandudi, prosiguiendo hasta Xirochori sin que nadie les saliera al paso. La infeliz gente, los soldados, su jefe, todos desmoralizados y en peligro de caer en manos del enemigo, huyeron a la isla de Skíathos y otros lugares vecinos. También se refugió en Skíathos el nuevo gobernador provincial, Kolettis, que había llegado a Eubea tres días antes. Igualmente huyó Odiseo, que había pasado a la isla como refuerzo en esta debacle; al poco, renovó su fechoría de Drakospiliá con un nuevo crimen: mató a Aléxandros Michalis, un notable de Talandi. Con la retirada del ejército griego fue sometida la isla entera, y esta desgracia conllevó otra.
Al narrar los sucesos de Tesalomagnesia, dijimos que la antorcha de la insurrección ardía sólo en la punta Este de la península. Casi un año vivieron los tesalomagnesios en armas allí establecidos en paz e independientes; pero convencidos los turcos de que sus esfuerzos eran infructuosos mientras no se extinguiese aquella hoguera, marcharon contra ellos al mando de Kütahi y, el 1 de mayo, atacaron la vanguardia griega que permanecía en la aldea de Lechonia y la obligaron a huir hacia Alatás, un islote en la bahía de Milina.
Tras esta batalla destruyeron Lechonia, Hagios Lavrendios, Hagios Yoryos, Pinakates y Vysitsa y avanzaron hacia Tríkeri. Poco antes los trikeriotas habían incorporado a sueldo, para defender su tierra, a dos mil del Olimpo y de Casandra, aparte de otros de diversos lugares al mando de Karatasos, Gatsos, Basdekis, Liakópulos y Binos, y habían reforzado la posición de Panagía20 con ellos y algunos del lugar trasladados allí desde Alatás, donde 20
Es decir, el monasterio de la Virgen.
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acababan de refugiarse. Kütahi llegó el día 14 y, como de ello dependía la perdición o salvación de Tríkeri, la batalla fue encarnizada. Los turcos se retiraron después de sufrir muchas bajas, ya que arremetían al descubierto contra los griegos, mientras estos luchaban desde dentro de los baluartes; pasados unos días, cayeron sobre la misma posición por segunda vez y por segunda vez se fueron derrotados. Ese mismo día sufrieron los turcos otro revés: los griegos abandonaron Alatás y los turcos la tomaron y apostaron una guarnición de 250 hombres, mas los de Gatsos les atacaron y obligaron primero a recluirse en el monasterio y después a entregarse por falta de víveres, a cambio de sus vidas; pero violaron el acuerdo y los mataron a todos, a unos en tierra firme y a otros en el mar, al que se habían lanzado.
Sólo respetaron a los tres más importantes, enviándolos a Skíathos con la esperanza de cobrar un rescate. Los griegos, vencedores y animosos, irrumpieron días después contra la parte de Tríkeri que tenían enfrente, la posición de Gatsía en posesión del enemigo, y se llevaron de ella diez cabezas, dos prisioneros y un cañón; pero por más gloria que alcanzaran, sufrían todo tipo de pérdidas. La comarca donde guerreaban estaba aislada del exterior y tampoco bastaba para las necesidades de cada día: los barcos dejaban el agua para uso del ejército a diez millas, no disponían de molinos, los oficiales y la mayoría de los combatientes estaban mal pagados y la zona no tenía con qué pagarles. Todo esto lo aguantaron mientras resistió Eubea pero, caída ésta, cesó toda esperanza de proteger Tríkeri. Kütahi intentó un acuerdo, prometiendo entre otras cosas la liberación de algunos familiares de Karatasos en el plazo de tres semanas. Las mal pagadas tropas aceptaron el armisticio y se retiraron. Los desventurados trikeriotas, sometidos por ellas al pago de una tasa so pretexto de satisfacer los sueldos atrasados, quedaron desamparados y se prosternaron. Tras esto, quedó bajo dominio otomano la península del Pelion al completo.
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1823 CAPÍTULO XLIII TRASLADO DE LOS MIEMBROS DEL LEGISLATIVO A SALAMINA O A PATRAS.LA PRESIDENCIA DEL EJECUTIVO Y TRASLADO DE ÉSTE A SALAMINA.INCURSIÓNENEMIGAALÁTICAYRETIRADA.-REGRESODELLEGISLATIVOY EL EJECUTIVO AL PELOPONESO.-
Sobre el 20 de junio, como se había decidido previamente, partieron de Tripolitsá los miembros del legislativo, unos a Mégara y otros a Patras; pero Metaxás, llegado a Kalávryta, siguió a los que habían ido a Mégara.
Por aquellas fechas surgieron terribles disputas entre los enviados y los naturales de la provincia de Corinto; por ello, los del legislativo que iban camino de Mégara se llegaron a Klimendokéssari, donde se quedaron tres días y, después de enderezar la mala situación, fueron a Sofikós; allí emplearon también cierto tiempo y, a finales de julio, se recluyeron en Salamina, estableciéndose en el monasterio de la Faneromeni21.
Aunque se había enrolado a muchos peloponesios para ir en expedición a la Megáride, sólo eran dos mil los allí congregados para la campaña del legislativo; de vez en cuando tenían escaramuzas con los de Selik Pasha que quedaban en Beocia, pero no hacían nada meritorio debido a la escasez de sus efectivos.
Mientras tanto, la situación del gobierno era dramática. La composición del legislativo –cuatro peloponesios y un heptanesio, de manera que no estaban representadas en él ni las islas ni Grecia Oriental– había dado pábulo al clamor popular. Aparte de este clamor general, las tres islas navieras se quejaban en particular porque la plaza dejada vacante para ser ocupada por un isleño, según sus condiciones, había sido dada a Kolokotronis sin conocimiento ni permiso de ellas. Pero el colmo de las desventuras para el gobierno fue la elección del presidente del 21
Asunción.
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ejecutivo. Para compensar a las islas navieras y buscando su aprobación, se decidió nombrar presidente del ejecutivo a Yoryos Kunduriotis, ya que su hermano mayor, Lázaros, había rechazado el puesto; pero como también Yoryos declinó el ofrecimiento, fue designado presidente Orlandos, emparentado con ellos. Esta designación desagradó a Spetses y Psará, así como al partido rival de los Kunduriotis en Hydra, que se oponía a la primacía de la familia; tanto cundió el descontento, que Orlandos se vio obligado a dimitir. Pero si los adversarios consiguieron su caída, no lograron sustituirlo como deseaban: para evitar toda contienda, establecieron a regañadientes que la plaza vacante no la ocupara un isleño; pero fue peor el remedio que la enfermedad. A la caza del puesto iba Anagnostis Diliyannis, miembro del legislativo en la primera legislatura y del ejecutivo en la recién estrenada; tenía como cooperador a su reciente consuegro Kolokotronis, que había vuelto días antes de Salamina a Tripolitsá para acelerar la previamente decidida expedición de las provincias, para recaudar el dinero y para acabar con ciertos disturbios cruentos y mortíferos en Tripolitsá entre los de Mistrás y Arkadiá a cuenta del traslado desde allí a los campamentos. Mas el ejecutivo volvió los ojos a Mavrokordatos, que residía aún en Tripolitsá y se disponía a partir para Salamina. Después de todo el barullo que suscitó esta elección, el 10 de julio se votó a los dos candidatos, saliendo elegido Mavrokordatos por amplia mayoría. Diliyannis se enfadó mucho por su caída, se dejó arrastrar por palabras inconvenientes dentro del ejecutivo, fue reprendido severamente por éste, se marchó en mitad de la sesión seguido únicamente por el otro diputado de su provincia, sublevó la ciudad y amenazó con recurrir a las armas para anular la elección; Kolokotronis coincidía en todo con él y seguía sus pasos, acusando públicamente en nombre del legislativo a Mavrokordatos de haber intrigado en la elección y de maquinar el asalto al legislativo a través del ejecutivo para satisfacer su ambición. Era indudable que Mavrokordatos estaba contento con su elección, ya que así se alejaba del legislativo, cuya política ni veía bien ni esperaba que cambiase, y adquiría como presidente del ejecutivo el poder que no tenía como secretario del legislativo; pero también preveía que su elección provocaría la ruptura abierta entre ambos órganos y lo expondría a él a un gran peligro; por ello, renunció al puesto con el argumento de que perjudicaba a la patria más de lo que la favorecía.
Pero el legislativo, celoso de su dignidad y queriendo demostrar que no 46


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cedía a las presiones de nadie, permaneció firme en lo que había votado; también Mavrokordatos persistió en su renuncia y sólo consintió cuando el ejecutivo le acusó de insumiso en nombre de la nación.
Mientras tanto, estalló la tormenta política que había previsto y anunciado Mavrokordatos. Kolokotronis, obedeciendo tanto a su propio impulso como a las instancias de su despechado pariente, actuando como representante suyo en ausencia del legislativo, que rechazaba la elección, clamaba contra Mavrokordatos. El ejecutivo, que quería bajar los humos al revoltoso, hizo caso omiso de sus amenazas y le comunicó que la elección era irrevocable, pasara lo que pasara. Por el contrario Mavrokordatos, temiendo lo que pudiera pasarle, dimitió contra la voluntad del ejecutivo después de dos días en la presidencia y huyó a Hydra con nocturnidad.
El ejecutivo, imperturbable en su decisión, trataba a Mavrokordatos como presidente a pesar de su renuncia y no lo sustituyó; mas como en el momento de su renuncia faltaba el vicepresidente, sentó provisionalmente en el escaño presidencial, hasta la vuelta del vicepresidente, a Panutsos Notarás, por ser el miembro de más edad. Pero la herida siguió sin cicatrizar a pesar de la renuncia de Mavrokordatos y, desde entonces, los dos cuerpos gubernativos se separaron a las claras. La indecisión, el apasionamiento y las miras particulares arrastraron al legislativo de Salamina y a sus partidarios en Tripolitsá a la situación irregular de que se habla. El derecho del ejecutivo para elegir presidente a quien quisiera era a todas luces inviolable, sagrado e incontestable, y los del legislativo lo pisotearon descaradamente con el pretexto de que el ejecutivo se estaba desviando de sus obligaciones, ya que deseaba arrebatar del seno del legislativo a uno de sus servidores, como si éste no fuera libre de quedarse o no en el servicio para el que se le reclamaba. Tal actitud, que atentaba contra la independencia del ejecutivo y acababa con la libertad del ciudadano, ofendió a la opinión pública. Las islas navieras, indignadas contra el legislativo, se enfrascaron en esta contienda, acogieron muy bien a Mavrokordatos, dieron la espalda al legislativo y, a partir de entonces, sólo creyeron digno de confianza al ejecutivo. Hubo otros males a causa de la alianza entre Kolokotronis y Diliyannis: de aquel se distanció la mayor parte y más conocida de sus amigos y parientes políticos, los que odiaban al clan Diliyannis; también se le opusieron muchos de su provincia de Karýtena por instigación de Plaputas, que se había enfadado más que nadie por la alianza, y levantaron las armas contra él cuando venía a apaciguarlos; también las alzaron contra Dikeos, ministro del interior y 47


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partidario de Kolokotronis, los de su distrito de Leondari, que proferían terribles amenazas contra la misma Tripolitsá por la mortífera disputa entre Mistrás y Arkadiá, y el ejecutivo allí residente también corrió peligro, pues contra él maquinaban los indignados por la elección de Mavrokordatos. De tal modo expuesto a las asechanzas de sus enemigos, tanto a las claras como secretas, unas veces pedía para su protección un aumento de la guardia, otras veces pensaba en trasladarse a Nauplion y, al final, decidió irse a Salamina junto al legislativo: el 28 de julio, interrumpió sus trabajos en Tripolitsá y las reanudó en Salamina el 24 de agosto. Tal era la situación en el país y las provincias en aquel momento y el legislativo, con su insensata actitud, la empeoraba cada día más.
En la época en que el legislativo se mudó a Salamina, así estaba la situación en Atenas: En ausencia de Odiseo, era Guras el comandante de la guarnición. Celoso de su autoridad, que veía cuestionada por algunos del lugar, cargó la mano contra ellos tomando como pretexto cierto disturbio que ocurrió, como si hubiera sido perpetrado contra él, maltratando a muchos y diezmando a los notables. Por aquellos días de violencia llegó la noticia de que Perkóftsalis desde Eubea, con el recién nombrado pashá de ésta, Omer de Caristo, venía contra Atenas. Ante tal noticia los ancianos, las mujeres y los niños huyeron a Salamina y Egina como en otras ocasiones, quedándose los capaces de portar armas, unos 800; gracias a las gestiones del gobierno se envió a otros 200 desde Salamina; y dentro de la acrópolis había 400 a sueldo, así que los defensores de Atenas frente a esta incursión eran 1400.
El 31 de junio salió Guras hasta los confines del Ática, dejando como comandante de la guarnición a su primo Mamuris, y el día 17 volvió a Atenas y ordenó a los campesinos que abandonaran sus hogares y huyeran a las montañas.
El 25 de agosto se desparramaron los turcos por el Ática recolectando, saqueando y haciendo prisioneros. El mismo día llegaron quinientos a caballo hasta cerca de la propia ciudad y capturaron a 40 agricultores, pero fueron derrotados y se retiraron; volvieron los dos días siguientes y mataron a 12 griegos, pero a su vuelta sufrieron al toparse con los de Dimitris Lekkas. No se sabía cuál era el objetivo de esta expedición; Guras supuso que iban a sitiar Atenas, por lo que subió a la acrópolis los víveres que había en la ciudad. Como los turcos no tenían tal intención, según se vio, regresaron con todo el ejército el 1 de septiembre a Kálamos, llevando 48


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esclavizadas gran cantidad de mujeres; su campamento fue disuelto por la epidemia imperante; los de Omer Pasha pasaron a Eubea y los de Perkóftsalis, con éste enfermo, se retiraron penosamente a Zituni. Les precedieron los invasores de Beocia al mando de Selik Pasha. Al retirarse el enemigo, volvieron a sus casas los atenienses que se habían refugiado en las islas y los del resto del continente. Así concluyó la campaña de ese año contra Grecia Oriental.
Después de la retirada enemiga, el gobierno dispuso una expedición a Eubea al mando de Odiseo, que había ido a Salamina a entrevistarse con los miembros del legislativo; tras recaudar algún dinero por medio de contribuciones para que zarpara la flota, decidió volver al Peloponeso, pues con el regreso del enemigo a sus bases se había cumplido el objetivo del viaje; así, el legislativo volvió a Nauplion el 25 de septiembre, mientras el ejecutivo interrumpió sus tareas el 17 de octubre y marchó a Argos.
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1823 CAPÍTULO XLIV EXPEDICIÓN DE MUSTAI, PASHÁ DE SKODRA, A GRECIA OCCIDENTAL.LLEGADA DE KONSTANDINOS METAXÁS A MESOLONGUI COMO GOBERNADORGENERAL.-SITUACIÓNDEGRECIAOCCIDENTAL;COLONIA DESULIOTASENZAPANDI.-MARKOSBÓTSARISROMPESUNOMBRAMIENTO DE GENERAL.- DESEMBARCO ENEMIGO EN GALATÁS Y FRACASO DE LA OPERACIÓN.- INTENTONA NOCTURNA DE LOS SULIOTAS CONTRA EL CAMPAMENTOENEMIGOENKARPENISIYMUERTEDEMARKOSBÓTSARIS.ASEDIO DE ANATOLIKÓN; SU FINAL.- LLEGADA DE MAVROKORDATOS A MESOLONGUICOMODIRECTORGENERAL.-CAPITULACIÓNDECORINTO.EXPEDICIÓN DE ODISEO A EUBEA.-
La armada otomana navegó este año hasta la bahía de Patras con la misma misión que el año anterior, es decir, el transporte de tropas desde Grecia Oriental y Occidental al Peloponeso.
Vimos como las tropas que hollaron Grecia Oriental al mando de Perkóftsalis volvieron a sus lares sin resultados. Tampoco tuvo éxito Yusuf de Patras con su reclutamiento en el Epiro porque los enrolados, una vez concentrados en Vónitsa y mientras aguardaban los barcos para su transporte al Peloponeso, se lanzaron al desenfreno por los tejemanejes de Vrionis, que no deseaba el éxito de la operación: derribaron vociferantes la tienda del general, cobraron por anticipado el sueldo de tres meses con sus amenazas y exabruptos, desertaron en masa y regresaron a su tierra por Makrynoros, sin ser molestados para nada por los griegos en su marcha.
Fracasada esta incorporación a filas, sólo era inminente la expedición al mando del pashá de Skodra22, Mustai, con muchos más efectivos y más temible que las demás, ya que se componía de 16.000 hombres, entre ellos 13.000 de Skodra, Genka y Mirditë al mando del pashá, y el resto de 22
Shkodër, en Albania, como otras localidades que se mencionan a continuación.
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albaneses, al de Vrionis; es decir, todos tenían experiencia en guerras. Su misión era irrumpir en Grecia Occidental –los que conducía el pashá, por Ágrafa; los de Vrionis por Karvasarás– y reunirse ante Mesolongui, sitiada por mar desde que arribó la escuadra a la bahía de Patras.
Después de la marcha de Mavrokordatos, Grecia Occidental se regía por un comité de tres miembros que había constituido aquél y revalidado el gobierno; pero el nuevo legislativo, por desconfianza hacia los simpatizantes de Mavrokordatos, cesó al comité y nombró el 5 de junio gobernador general de Etolia y Acarnania al entonces comandante del batallón de Cefalenia, Konstandinos Metaxás, y por una disposición de 13 de junio le dio el mando militar en toda Grecia Occidental. Por aquellos días él estaba con los soldados a su mando en la provincia de Patras y su incorporación a Mesolongui parecía un peligro, por el bloqueo marítimo a que estaba sometida la ciudad; pero dos barcos armados de Mesolongui cruzaron sin sufrir daños al litoral peloponesio de enfrente y volvieron con él, sin sufrir daños bajo el fuego enemigo.
En el momento de sobrevenir este peligro, la situación de Grecia Occidental era desastrosa. La mayoría de sus batallones la recorrían viviendo del saqueo; unos pocos, al mando de Markos Bótsaris, los Tsavelas, Makrís y Tsongas, estaban dentro de Mesolongui y Anatolikón y eran alimentados por los civiles debido a la total bancarrota, lo cual originaba un gran descontento, con graves y constantes disturbios. En casi toda la región imperaba la discordia entre militares y políticos. Los suliotas pretendían establecerse en Zapandi, una aldea de propiedad estatal cercana a Vrachori, y el gobierno hizo bien en disponer que se les dieran todas las tierras de dicha aldea, pero la mayoría de los políticos y militares de aquella zona y los habitantes en general se opusieron y desoyeron la orden del gobierno, queriendo que se privatizaran las tierras en cuestión. Gran obstáculo para toda la campaña contra el enemigo parecía la confrontación en este asunto. Para enderezar el entuerto y movilizar las tropas, el gobernador general convocó nada más llegar una asamblea política y militar en las cabañas de Kerásovo; allí, después de mucho discutir sobre la catastrófica situación de la zona, sobre las disensiones reinantes y sobre la necesidad de un consenso general, acordaron todos, en primer lugar, luchar para conservar libre el territorio sobre el que se cernía la amenaza enemiga y, luego, solucionar en amor fraterno el problema de la coloniac. Hecho esto, se constituyeron dos 52


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consejos para asistir al gobernador general, uno militar y otro civil, y se decidió de común acuerdo que los suliotas y los de Karaiskakis, Yoldasis, Sadimas, Kitsos y otros caudillos se concentrasen en Karpenisi, para enfrentarse a los enemigos que venían por aquella ruta, y los de Tsongas y Makrís entre otros en Laspi, para enfrentarse a los de Vrionis, que venían por Karvasarás.
Cuando se prosternó Varnakiotis, se nombró en su lugar a Markos Bótsaris capitán general de Grecia Occidental. El nombramiento hirió el orgullo de los cabecillas de la zona. Ninguno de ellos discutía los méritos militares de Markos, pero tampoco querían darle la primacía. El gobierno, bien para humillar a Markos –pues lo veía como amigo de Mavrokordatos–, bien para contentar a los alterados y levantiscos cabecillas, que reivindicaban el mismo honor, expidió para algunos el título de general. Markos se tomó el envío de estos diplomas como un ultraje y una degradación y, sin aceptar ser igual que los demás, lleno de rabia rasgó su diploma delante de muchos jefes diciendo: “El que lo merezca, que tome el diploma pasado mañana delante del enemigo”. Dicho eso, partió al día siguiente con los suyos.
Detrás de él salieron las restantes tropas.
Hüsrev, que estaba en Patras, viendo que la provincia de Mesolongui y Anatolikón estaba vacía de tropas, alargó a los pocos días su línea marítima desde Naupacto a Kandyla, incendió Neochori y Galatás y desembarcó bastantes soldados y marineros en el litoral próximo a ésta, levantando un campamento en aquel lugar; pero los del lugar, vecinos de Mesolongui y Anatolikón, salieron al mando del gobernador y, habida batalla, vencieron y obligaron a los desembarcados a regresar a sus barcos.
A finales de julio, el pashá de Skodra avanzó en su marcha por Ágrafa hacia Karpenisi, devastando la región. Ningún jefe griego de Aspropótamon o Ágrafa le salió al encuentro; unos huyeron hacia la retaguardia, otros hicieron como que se sometíand.
El 5 de agosto la vanguardia enemiga –unos 5000– al mando de Çeleledin Bey llegó a la villa de Karpenisi y acampó en Kefalóvryson; el ejército ocupó los prados de las afueras y otras zonas llanas. Seis días antes de acampar allí el enemigo, los que habían salido de Mesolongui y otros al mando de Yoldasis y Sadimas se unieron por el camino y llegaron a Sovolaku. Allí encontraron a Karaiskakis muy enfermo y retirado a Prusós para curarse. Al saber dónde estaba acampada la vanguardia enemiga, acamparon cerca ellos, que eran 1200, unos con Markos en Mikrón 53


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Choríon, otros en Megalon Choríon con los Tsavelas y el resto de los cabecillas, entre ellos Veikos y Kitsos Tsavelas.
Markos y los demás consideraban imposible luchar con éxito, siendo en campo abierto y cuerpo a cuerpo tan pocos contra tantos. Su única esperanza parecía ser un arriesgado ataque nocturno. Con este objeto, la noche del 7 de agosto se introdujeron para espiar el campamento enemigo Dusas, Bairaktaris y Kutsonikas entre otros y, vestidos como los enemigos y hablando la misma lengua, se pasearon por él tranquilamente y lo observaron todo, volviendo la misma noche a Mikrón Choríon y refiriendo cuanto visto habían. Habido un consejo al día siguiente, se decidió caer sobre el campamento enemigo esa noche, 5 horas después de la puesta de sol: los de Markos por la parte llana y el resto desde la montaña, por el lado de Hagios Athanasios; los 350 de Markos, suliotas en su totalidad, al ser dado el trompetazo acordado para el ataque, fueron los primeros en asaltar el campamento, un cuarto de hora después del momento fijado; encontraron a los enemigos dormidos y los fueron matando en su recorrido, pero sólo unos pocos al mando de Kitsos Tsavelas irrumpieron por el otro lado, ya que el resto desobedeció. Al principio, los atacados fueron sorprendidos y muertos por lo inesperado del ataque y muchos, abandonando sus posiciones, se dieron a la fuga en busca de seguridad; y si alguno tomaba las armas, no sabía si era contra el amigo o contra el enemigo. En medio de esta refriega, Markos fue herido en la ingle pero, como la herida era leve, no le prestó atención y siguió adelante con algunos de los suyos, llegando a un terreno rodeado por un muro, donde había muchos enemigos alojados en sus tiendas; el muro tenía la altura de un hombre. Markos asomó la cabeza por encima del muro para mirar, siendo alcanzado por una bala en la región frontal, encima del ojo derecho, y cayendo muerto. En un principio los suyos ocultaron su muerte y siguieron luchando pero, después que también cayó herido gravemente el corneta del batallón y pronto amanecería, decidieron retirarse con orden. Entonces se alejaron todos del campo de batalla, con Dusas llevando a la espalda el cuerpo de Markos y los demás a los heridos graves y, sin ser hostigados ni lo más mínimo en todo su trayecto, llegaron a Mikrón Choríon con un botín de 690 fusiles, 1000 pistolas, dos banderas y muchos caballos y mulos, entre otras cosas. Fácil es deducir de aquí el gran número de enemigos muertos, mientras que de los griegos murieron 36 y fueron heridos 20. El 10 de agosto se trasladó el cadáver de Markos a Mesolongui, donde se le 54


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rindieron solemnes honras fúnebres; gran dolor provocó por toda Grecia su muerte, considerada con justicia como una desgracia nacional.
Muerto Markos, los suliotas que comandaba se pusieron por propia iniciativa a las órdenes de su hermano Kostas y, en pago de los sufrimientos padecidos en la batalla, bajaron a Vlochós y pusieron sus tiendas junto al puente de Alai Bey. Los demás –los de Yoldasis, Sadimas y los Tsavelas– continuaron en la provincia de Karpenisi y ocuparon la posición de Kaliakuda23. Mientras tanto, el ejército otomano en pleno se concentró en Karpenisi y no se juzgó lógico proseguir sin acabar con el puesto de Kaliakuda. A este campamento acababan de llegar otros 300, enviados por Londos al mando de Rodópulos, y también había llegado Nikolós Kondoyanis con otros 1000, de manera que eran 2000 en total. El lado sur de dicha posición es abrupto e inaccesible; por ello, se situaron todos al norte, más llano, enfrente del enemigo; solo había unos 100 ocupando el lado sur, al mando de Sadimas.
El 28 de agosto el enemigo atacó en masa cuatro veces, saliendo derrotado y con muchas bajas, sin poder desplazar ni a uno de los griegos en sus acometidas; pero en el transcurso de la batalla se desgajaron 400 enemigos y, llenos de arrojo, ganaron la espalda de los griegos por el lado sur; apareciendo de repente, pusieron en fuga a los de allí y se adueñaron de su posición. Entonces los griegos, siendo hostigados por delante y por detrás, se lanzaron esperando huir por en medio del ejército enemigo, ya que no había otra salida. Murieron 150, entre ellos los caudillos Ziguris Tsavelas y Nikolós Kondoyanis, célebres por sus hazañas. Después de esta matanza, los vencidos se dispersaron y el miedo y el terror se apoderaron de todos los demás; ya no quedaba ningún campamento en parte alguna y el ejército del pashá de Skodra descendió hasta Mesolongui sin impedimento.
Mientras, el de Vrionis penetró por Laspi y se posicionó en Lepenú, sin ninguna oposición a pesar de ser menos numeroso. Los habitantes de las zonas por las que pasaba el enemigo se echaban al monte, o bien se diseminaban o bien, principalmente las mujeres y los niños, se escondían en los islotes que hay en las lagunas de Vrachori y Lesini, y la mayoría en Anatolikón y Mesolongui.
Las tropas del pashá de Skodra se unieron por el camino con las de Vrionis y llegaron al litoral de Etolia sin encontrar oposición; el 20 septiembre se apoderaron de Paliosáltsena, a tres horas de Anatolikón, y acamparon allí.
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Un monte al S. de Karpenisi.
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Esta acampada hizo sospechar a los griegos que el enemigo pretendía sitiar Anatolikón. En realidad, Mesolongui se consideraba inexpugnable a causa del fracaso de la expedición contra ella el año anterior y de la ya muy nutrida guarnición de que disponía, ya que la mayor parte de los batallones que habían huido ante el enemigo se había agrupado allí.
La pequeña ciudad de Anatolikón se emplaza en una isleta dentro de la laguna de Mesolonguie. Esta pequeña isla se extiende por el mar y dista por el este un cuarto de milla y por el oeste media milla de tierra firme, con la que se comunicaba entonces por medio de los llamados transbordadores24, y seis millas de Mesolongui. En la ciudad había dos mil personas, 500 de ellas con armas, entre ellas 150 soldados al mando de Kitsos Kostas y Apostolis Kusurís; estaba sin fortificar y era totalmente inapropiada para resistir un asedio; no tenía fuente ni cisterna y tomaba del exterior todo el agua que necesitaba para uso de sus vecinos.
Los turcos, una vez acampados por Paliosáltsena, tomaron por la noche las localidades de Bochori y Galatás, enfrente de Patras, para transportar desde esta ciudad con escolta militar lo necesario para el campamento.
Mientras los turcos permanecían donde habían acampado, los griegos no estaban seguros sobre cuál de las dos ciudades iban a sitiar. Deseosos de enterarse con exactitud de sus intenciones y viendo que cada día venían enemigos frente a Anatolikón a observar las posiciones, la noche del 2 de octubre desembarcaron algunos de sus defensores en el litoral de enfrente y se emboscaron. Al día siguiente 200 a caballo, entre ellos algunos ingenieros, cayeron incautamente en la emboscada, muriendo o siendo heridos algunos, entre ellos el general Abdulah Bey, y capturados 7. También fueron heridos tres griegos y murió el oficial Vasilis Suliotis.
Los griegos, tras confirmar por los prisioneros que el enemigo pensaba asediar Anatolikón, se apresuraron a levantar baterías, con la supervisión del ingeniero griego Kokkinis y el artillero inglés Martin, y a emplazar seis cañones traídos desde Mesolongui. A su vez los sitiadores elevaron sobre la playa tres puestos artilleros, colocando en el primero dos morteros y, en los otros dos, cuatro cañones y, el día 5, empezaron a bombardear la ciudad; como también tenían que cortar las comunicaciones de Anatolikón con tierra firme, construyeron en una posición elevada un cuarto puesto de artillería, adjudicándole dos cañones. Pero los griegos daban en el blanco 24
En realidad eran barcazas impulsadas por pértigas sobre unos raíles de madera.
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mejor que los turcos y al tercer día los obligaron a abandonar, quedando así sin interrumpir la comunicación por vía marítima. Al comenzar el asedio, los cañones de los griegos eran de pequeño tamaño y, en consecuencia, poco letales; pero al poco tiempo recibieron uno de 48 libras que les envió Ignacio, arzobispo de Pisa, y con él alejaron al enemigo de la costa.
Después de algunos días, los sitiadores intentaron un acuerdo, pero los sitiados lo rechazaron. El enemigo, viendo imposible conquistar la ciudad sin una fuerza marítima, pidió la ayuda de los barcos otomanos que había en Patras, pero a causa de los bajos fondos sólo tomaron de allí madera para reparar los esquifes. Apenas habían arreglado dos, cuando aparecen diez barcos griegos de guerra delante de ellos. Se asustaron los albaneses al ver la inesperada flotilla griega y por la noche incendiaron los esquifes reparados, frustrándose así tal intentona.
Entre tanto el asedio se prolongaba y los sitiados, si bien no sufrían por falta de víveres porque se los mandaban por mar, sí que echaban de menos el agua, pues la enviada desde el exterior era siempre insuficiente.
Un día cayó una bomba enemiga sobre la iglesia del Arcángel San Miguel y, después de traspasar el techo y romper el pavimento enlosado, hizo brotar agua potable para sorpresa y alegría de los sitiados y reafirmación de los devotos, que tomaron el hecho por una señal divina. En esto, al observarse que las provisiones para uso del ejército enemigo y todo lo demás que hacía falta era traído principalmente de Patras a Bochori y de allí transportado al campamento, el 17 de noviembre por la noche salieron de Mesolongui 300 soldados y 50 vecinos al mando de Kitsos Tsavelas y ocuparon Skalí para robar los víveres que se enviarían el día siguiente, ya que la senda desde Bochori hasta Anatolikón discurre entre dicha loma y una marisma; mas, avisados por los vigías apostados de que venía un tropel de caballería e infantería no de Bochori, sino del exterior del campamento de Anatolikón, cambiaron de objetivo y permanecieron ocultos; cuando el enemigo llegó incauta y despreocupadamente al camino, situado a un nivel inferior, atacaron de repente matando a muchos y dispersando a los demás, algunos de los cuales cayeron a la laguna, volviendo al día siguiente a la ciudad con caballos, botín, una bandera y las cabezas de los muertos.
Al ver el pashá que afrontaba demasiados obstáculos para cumplir su objetivo y que el invierno avanzaba, decidió levantar el sitio; quemó las tiendas, envió los cañones y los morteros a los buques que bloqueaban el puerto de Mesolongui, donde habían sido apostados al principio del 57


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asedio y, como si temiera un asalto, se marchó precipitadamente con todo el ejército la noche del día 30, que era lluviosa y con viento, regresando a sus hogares unos por la carretera de Vónitsa y otros por los desfiladeros de Makrynoros. Así se libró un año más Grecia Occidental; en esta campaña murieron 2000 enemigos, en su mayoría de enfermedad, y cayeron prisioneros 190; también murieron 200 griegos, de los cuales 23 en el asedio, y hubo 9 prisioneros. Anatolikón sufrió pocos daños, aunque se lanzaron 2000 bombas.
Antes de levantarse el asedio, para romperlo los etoloacarnanios habían pedido a Mavrokordatos como gobernador y una fuerza marítima.
Mavrokordatos aceptó el ofrecimiento y el gobierno estuvo de acuerdo, pero era complicado botar la flotilla por la dificultad de financiarla. Al final zarparon 14 barcos de Hydra y Spetses, pero no arribaron al puerto de Mesolongui hasta el día 30, o sea, una vez superado el peligro. Los barcos llevaron a Mesolongui al nuevo gobernador y, durante la travesía, sucedió lo que sigue: Entre Skrofés25 e Ítaca se encontraron con un barco de guerra enemigo que iba de Préveza a Patras y llevaba dinero para las soldadas. Algunos de la escuadrilla lo hostigaron y dañaron, sin poder hundirlo ni apresarlo.
El capitán, en su desesperación, lo arrojó contra una roca de Ítaca y los tripulantes que pudieron se tiraron al agua. Entonces los griegos corrieron a apoderarse de él, pero algunos de los que habían llegado sanos y salvos a tierra dispararon sus fusiles contra los que abordaban el buque, matando a uno e hiriendo a dos. Entonces los griegos, desobedeciendo a sus capitanes, saltaron a la tierra neutral y mataron a todos los enemigos que habían escapado del naufragio hasta que, llegada una tropa local, volvieron a los barcos después de robar el dinero que había en el buque estropeado; y como no se ponían de acuerdo sobre su reparto, las embarcaciones de Hydra que tenían el dinero se fueron de repente seguidas por las demás, de modo que el puerto de Mesolongui volvió a estar desprotegido.
Dos días antes de que fuera violado el territorio neutral de Ítaca, también fue hollado el territorio neutral de Léucade.
Un barco con bandera griega se topó junto a Léucade con otro enemigo de pasajeros, lo persiguió y obligó a éstos a refugiarse por motivos de seguridad en tierra firme; los perseguidores bajaron, matándolos o haciéndolos prisioneros.
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Bancos de arena al S. de la punta S.O. de Acarnania.
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Finalizado el congreso de Astros, se adjudicó el mando de la provincia de Corinto a Ioannis Notarás. Pero la conexión entre el Acrocorinto y Patras por medio de barcos enemigos no se interrumpió, por lo que los de la acrópolis no sufrían carencia de víveres. A mediados de junio el gobierno, para reforzar el asedio, envió a Staikos Staikópulos. A principios de julio, enterado de que Hüsrev, que estaba en Patras, pensaba enviar gran cantidad de barcos escoltados por navíos de guerra y llevando víveres para abastecer el Acrocorinto, despachó a Corinto para frustrar el plan a 450 combatientes al mando de Yenneos, Cheliotis y Chatsí-Yannis, que tomaron los depósitos en la playa y se fortificaron para impedir el desembarco de las provisiones. Los de Staikos y Notarás –unos 800– ocuparon las posiciones de Rachias y Longos, para contribuir a evitar la salida del enemigo desde la fortaleza. Las naves esperadas llegaron el 11 de julio, encontraron la playa ocupada y empezaron a bombardear, pero no pudieron desplazar a los ocupantes; simultáneamente salieron al ataque los de la fortaleza, pero también fracasaron y fueron rechazados. Después de intentarlo inútilmente dos días seguidos, las naves se volvieron con la carga. Frustrados los planes enemigos, los sitiadores cobraron tanta confianza que ningún sitiado se atrevía a asomarse por la puerta. Los cercados, con tantos apuros y sin ninguna esperanza de auxilio exterior, probaron negociar. Informado el gobierno, se apresuró a encargar entre otros a Kolokotronis y, mediante ellos, llegó a un acuerdo y recibió la fortaleza el 26 de octubre, a cambio de trasladar a los sitiados a Tesalónica con sus armas y vestidos personales.
Estos términos fueron escrupulosamente respetados gracias a la supervisión de los jefes y del allí presente Nikitas, que condujo sanos y salvos hasta Kalamaki26 a los que se habían rendido, 300 hombres y 60 mujeres que fueron embarcados en dos buques con pabellón austríaco y en uno con pabellón jónico y desembarcados en Tesalónicaf. Cheliotis recibió el nombramiento de comandante provisional de la guarnición de Acrocorinto.
La expedición dispuesta en Salamina contra Eubea al mando de Odiseo necesitaba un apoyo marítimo. Este servicio fue aportado por los de Psará con el acuerdo de que serían exonerados de la contribución de su isla y se les haría gracia de tierras del Estado en Eretria para su repoblación.
El gobernador de Eubea en la época de esta expedición era Kolettis. Éste reunió de aquí y de allá 500 soldados y los llevó a Atenas; los entregó 26
En Zacinto.
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a Odiseo y se fue a Ceos para un nuevo alistamiento; y de allí a Psará, para acelerar la salida de la flotilla. A principios de noviembre, arribaron seis barcos psarianos, con él a bordo y cuantos pudo reclutar, al puerto de Prasias (Porto Rafti)27, donde aguardaba Odiseo, ya que iba a concentrar allí los contingentes militares y navales de la campaña de que estamos hablando. El 9 de noviembre arribó Odiseo desde el Pireo, con 1000 soldados que iban en 20 lanchas armadas; después llegaron por tierra otros combatientes procedentes de Atenas. Desde Nauplion se enviaron 8 cañones, un mortero, 150 bombas y balas de cañón y una cantidad suficiente de plomo y pólvora. El día 16 se hizo a la mar la flotilla y, bajo la dirección del comandante de la expedición, desembarcó 3000 hombres en Aliveri, a donde llegaron otros 600 eubeos al mando de Kriezotis, el que se había echado al monte. El ejército se dividió, ocupando unos los arrabales y huertos de Caristo y otros Kakí Skala, que está situada entre el mar y las rocas. El día 23 cayeron sobre los que mantenían esta posición 700 turcos de entre los que había en Calcis, siendo repelidos con apoyo del fuego lanzado por los barcos; volvieron a atacar otros 500 mandados por Omer Pasha el día 25, siendo rechazados también tras cruenta y larga batalla; murieron 40 enemigos y fueron capturados 5, siendo muertos también 5 griegos y heridos 2. Después de esta batalla, los ocupantes de la posición se trasladaron a Vrysakia, donde levantaron el campamento, mientras que los que asediaban Caristo fracasaron en todos sus intentos. Odiseo trajo de Atenas 20 zapadores, pero tampoco consiguió nada por medio de éstos y se limitó, sin más remedio, a un estrecho cerco de la plaza.
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En la costa egea del Ática, cerca de Laurion.
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1823 CAPÍTULO XLV EL CAMPAMENTO DE PATRAS.- RUPTURA ENTRE EL LEGISLATIVO Y EL EJECUTIVO.-DESTITUCIÓNDELMINISTROPERUKASYELPARLAMENTARIO METAXÁS.- DISTURBIOS Y ENFRENTAMIENTOS CIVILES.- LA CÁMARA DE LOS DIPUTADOS ES ASALTADA EN ARGOS POR UNA FUERZA MILITAR Y LOS DIPUTADOS SE TRASLADAN A KRANIDI.- NUEVO LEGISLATIVO.- LAS RELACIONES ENTRE RUSIA Y TURQUÍA A LO LARGO DEL AÑO.-
Como comandante de la expedición a Patras, bajo la supervisión superior de Zaímis, fue nombrado Yatrakos, que acampó en el monasterio de Omblós. Esta campaña resultó irrelevante desde el punto de vista militar, pero muy importante por las divisiones políticas que provocó.
Aunque se había ordenado a los contingentes armados de muchas provincias del Peloponeso reunirse en este campamento, sólo acudieron los que dependían de Zaímis, Londos, Yatrakos, Agnostarás y algunos más; no aparecieron los mandados por Kolokotronis, Diliyannis, Sisinis y sus partidarios. Kolokotronis quería, como siempre, ser nombrado general con plenos poderes de esta campaña, como rival político de Zaímis y Londos; como sus reclamaciones no fueron atendidas, se dedicó a actuar abiertamente para disolver el campamento. De aquí que se exasperasen las pasiones de los dos partidos peloponesios y que las divisiones provocasen incluso enfrentamientos militares dentro de ciertas provincias. Y debido a la parquedad del ejército frente a Patras, los enemigos de aquella zona no eran molestados, causando estragos más que padeciéndolos, y Grecia Occidental, sometida a la invasión del pashá de Skodra, y las ciudades de Anatolikón y Mesolongui, que estaban en peligro, sostuvieron todo el peso de la lucha sin ayuda. Sólo quedaba en pie prácticamente el asedio de Anatolikón cuando el campamento en cuestión, formado para auxiliar a dichas regiones, se levantó por las intrigas de los adversarios políticos y Yatrakos partió para sus lares. Pero si Kolokotronis consiguió perjudicar a 61


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sus enemigos, no logró beneficiarse a sí mismo. Esperaba unas cosas de la vicepresidencia y fueron otras las que obtuvo: su ascendiente disminuyó en vez de aumentar, pues hasta sus allegados se indignaron con su cambio de militar en político y le abandonó la mayoría de sus amigos. Su opinión prevaleció en el legislativo, pero no en el ejecutivo y, cuanto más lo estimaba aquél, tanto más lo rechazaba éste. Éstas fueron las razones que le llevaron, entre otras, a renunciar a la vicepresidencia.
Pero aunque personalmente se excluía del legislativo, no lo hacía políticamente. Era partidario y colaborador de él en la vicepresidencia y así permaneció incluso después de su dimisión; sólo se oponía a su camarada Zaímis, al cual se oponía ya anteriormente antes de su dimisión, pero ésa era también la actitud de los restantes camaradas del legislativo con respecto a Zaímis.
Por otra parte, la cámara ejecutiva sólo a Zaímis apreciaba y apoyaba de entre los legislativos. Tenía a sus colegas por facciosos y los rechazaba como a tales, sospechando de ellos; por eso no quiso establecerse en Nauplion a su vuelta de Salamina, porque dicha ciudad estaba sometida a su influencia, y fijó su sede en Argos, con plena reafirmación de su independencia.
Mientras tal era la situación política, ocurrieron los siguientes hechos, que empujaron a los dos órganos de gobierno a una clara ruptura y prepararon fatalmente la guerra civil: Charalambis Perukas era ministro de economía. Éste, a pesar de que el artículo V de la ley orgánica no permitía la imposición o percepción de contribuciones más que por ley, impuso en el Peloponeso el monopolio de la sal por una simple disposición suya, dada el 4 de septiembre. Ante esta clara arbitrariedad, el airado ejecutivo actuó según la ley y destituyó al ministro el 24 de noviembre. El legislativo, informado oficialmente, consideró ilegal la destitución con el pretexto de que la resolución no estaba en forma: no encabezaba como hasta entonces sus declaraciones con “al ejecutivo”, sino con “a los miembros del ejecutivo en Argos”. En efecto, los que asistían a las sesiones en aquella circunstancia no llegaban a los dos tercios de los miembros del ejecutivo, como requería el artículo XXIX de la constitución para la validez de las sesiones; no se alcanzaba el quórum exigido por la ausencia de algunos que estaban de permiso y la deserción de once por instigación del legislativo; éstos tenían por líder a Diliyannis, fallido presidente electo del ejecutivo; habían sido llamados en 62


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vano muchas veces y al final fueron destituidos. Pero los mismos diputados había cuando la condena del ministro y cuando la cámara asumió en Argos sus funciones, que el legislativo consideraba legales; el fondo de la cuestión, no obstante, era que la actuación del ministro resultaba ilegal e injustificada.
Mientras esto se hacía donde residía el gobierno, en las provincias llegaban a su culminación los males intestinos.
Sisinis no es que no acatara las disposiciones de Zaímis, es que hacía a las claras lo contrario. Por ello, se preparó un contingente de dos mil hombres al mando de Zaímis y Londos contra él. Informado, el legislativo envió fuerzas al mando de Kolokotronis, Plaputas y otros para hacerles frente, de modo que la guerra civil parecía inminente; pero antes de que estas fuerzas llegasen a Gastuni, se marcharon de allí los movilizados contra Sisinis, que eran los que habían dado lugar al estallido; Zaímis fue a Kalávryta y Londos a Vostitsa.
En el momento en que Plaputas marchaba para reforzar a Sisinis, se reunió en Dimitsana mucha gente de la provincia de Karýtena para la subasta de los bienes que se privatizaban. Entablada una discusión, un adepto de Plaputas disparó sobre Anastos Diliyannis y lo dejó herido. En reacción a este atentado, los Diliyannis mataron al culpable, raparon a su mujer y, sin que el gobierno lo supiera, cercaron la aldea de Palumbas, donde vivía la familia de Plaputas que, al enterarse, corrió en auxilio de sus parientes en peligro y entabló batalla con los partidarios de los Diliyannis en Ákova.
En el ínterim llegó al campo de batalla Kolokotronis que, en calidad de pariente y viejo amigo de Plaputas y consuegro y nuevo amigo de los otros, intervino para apaciguar los ánimos. El legislativo se alteró al conocer el suceso de Ákova, porque habían llegado a las manos dos familias de su partido, y se dio prisa en enviar a Metaxás a enderezar el entuerto, pero al encomendarle esta misión cometió un gran error: no pidió la autorización del ejecutivo, como se requería; después del envío sólo quedaron en Nauplion dos miembros del legislativo, cuando la ley exigía que hubiera siempre un número de al menos tres; los dos miembros que quedaban siguieron actuando como antes, cuando toda actuación por su parte era ilegal. De ahí que el ejecutivo, con toda la razón, aplicase la legalidad, como en el caso del ministro Perukas: el día 25 proclamó a Metaxás fuera de la ley y rebelde a la ley orgánica y lo destituyó, poniendo en su lugar a Kolettis. Igual de culpables y merecedores de la misma pena eran los otros 63


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dos colegas de Metaxás, pero el ejecutivo no los destituyó. Sin embargo, de nada sirvió su moderación. Los componentes no destituidos del legislativo ni aceptaron a Kolettis ni consideraron cesado a Metaxás. Temiéndose su propia caída, declararon que los diputados de Argos actuaban fuera de la ley, al faltarle el quórum requerido. Al día siguiente mandaron a Argos al comandante de la guarnición de Nauplion –Panos Kolokotronis–, a Nikitas y a Tsokris para que disolvieran el ejecutivo y detuvieran a los instigadores, por soliviantar a los demás diputados contra el legislativo. Se consideraba instigadores al vicepresidente –el obispo de Vrésthena–, a Asimakis Fotilas y a Anastasios Londos. Los enviados fueron a Argos en compañía de 200 soldados, asaltaron el buleuterion28 durante las sesiones, se llevaron los archivosg y disolvieron a los diputados con arrogancia, amenazas y la mano levantada contra algunos de ellos; igualmente, por la noche asaltaron casas de los diputados y, al no encontrar a sus moradores, las desvalijaron.
No obstante, lo que debían impedir a toda costa los que tan impunemente violaron la ley era la concentración de los desperdigados diputados, de la cual provendría su caída, pero no lo hicieron y los diputados afectados partieron hacia Kranidi por tierra o por mar; prefirieron dicha localidad por su ubicación en el Peloponeso y a la vista de Hydra y Spetses, cuyos habitantes eran de su misma tendencia. Cuando se reunieron de aquí y de allá en la mencionada villa, denunciaron oficialmente lo sucedido en Argos y las causas por las que se trasladaban. Las islas navieras acogieron encantadas la declaraciónh y los animaron a no dejar inconclusa su tarea: que revocaran a los demás miembros del legislativo por su actuación ilegal y eligiesen a otros. Los diputados, confortados por esta opinión expresada públicamente por los influyentes isleños y viendo que todo intento de acuerdo era inútili y que se había esfumado toda esperanza de que los del legislativo volvieran a sus obligaciones, el 6 de junio de 1824 recusaron al presidente Mavromichalis y a uno de sus miembros, Charalambis.
Después de recusar a los del legislativo y proponer que se constituyese un gobierno fuerte, el ejecutivo llamó a los isleños para esta tarea y nombró a Yoryos Kunduriotis presidente del legislativo, tras la renuncia de su hermano mayor Lázaros, y miembros a Panayotis Bótasis y Nikólaos Londos, manteniendo a los dos que militaban en su misma facción, Zaímis 28
Sede del buleutikón o ejecutivo, al que también se llama popularmente Bulé, como en el escrito que le dirigen los notables de Spetses en la nota h (notas al final).
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y Kolettis; y así, después de completar el legislativo quinquemembre con personas de su misma tendencia, convocó a las provincias cuyos diputados habían sido apartados y destituidos a que eligieran y enviaran a otros. En Nauplion los del legislativo, al enterarse de su revocación, incorporaron a los diputados partidarios suyos que allí había y convocaron a su vez elecciones en las provincias representadas por los diputados de Kranidi para que enviaran otros en lugar de aquéllos y se votara un nuevo ejecutivo; el resultado fue que se instituyeron dos gobiernos, uno con sede en Kranidi y otro en Tripolitsá, que se llamaban ilegal el uno al otro. Tal era por entonces la situación en la zona.
Nada más volver a Constantinopla desde Verona, Lord Strangford, a quien el emperador Alejandro había encomendado la solución de sus contenciosos como vimos, se ocupó con gran celo del encargo, pero encontró a la Puerta sorda, reclamando más que transigiendo. La magnanimidad de Alejandro, el rechazo de las reivindicaciones griegas por las Potencias y la total negativa de éstas a tomarse en serio aquéllas aumentaron la ya crecida arrogancia de la Puerta; pero al decir y repetir el embajador una y otra vez en nombre de la buena disposición de su gobierno para con ella que la generosidad del emperador no era inextinguible, que se cernía sobre ella el peligro de una guerra por sus dilaciones y desatención, que ya era hora de abrir los ojos y que los aliados no tenían otro interés con sus consejos que llevarla por el camino de la salvación, la Puerta empezó a prestar oído a sus palabras y el 23 de febrero anunció directamente al gobierno de Rusia el envío de los príncipes, expresó su deseo de reanudar las relaciones diplomáticas entre los dos imperios y prometió la evacuación completa de los principados sin más dilación. Para solucionar la cuestión ruso-turca y reanudar enseguida las anteriores relaciones diplomáticas, se omitió por el momento el artículo que figuraba en el protocolo de 9 de noviembre sobre la pacificación de Grecia, a propuesta de Austria y con la aquiescencia del emperador Alejandro. El tono de la carta turca al gobierno de Rusia era de lo más amistoso, pero la propia Puerta echó a perder todo lo que se podía haber avanzado a partir de ahí, al notificar simultáneamente a los representantes de Inglaterra y Austria en Constantinopla que seguía reclamando a Rusia la entrega de los exiliados y la devolución de las fortalezas en la línea fronteriza de Asia, de acuerdo con el tratado de Bucarest. Tan abrupto y arrogante era el tono de la misiva a estos representantes, que el de Inglaterra comunicó a la Puerta que la daba por no recibida; pero la corte de Rusia 65


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tuvo conocimiento de ella a través de la embajada austríaca y, montando en cólera, aplazó su respuesta. La Puerta no se dio por aludida; al contrario, después de la amistosa misiva a Rusia, se llevó raptado de Bucarest por concusión, por intermedio del pashá de Silistra y sin que lo supiera el señor de la región, a uno de los nobles locales, Vilarás, que había vuelto a su tierra a instancias de Austria, a donde se había exiliado; además, favoreció a su propia marina mercante con excepcionales privilegios para descargar en Constantinopla, en perjuicio de otros pabellones y en un mal momento para el comercio ruso; se incautó de cuatro barcos con bandera rusa; igualmente, retuvo cuatro barcos de propiedad griega bajo pabellón ruso, sin consultar previamente a la Potencia bajo cuya bandera iban protegidas sobre si eran ciertas sus sospechas. Tan en serio se tomó el conciliador embajador de Inglaterra la ofensa a la bandera rusa, que escribió a la Puerta el 13 de mayo que “parecía que los ministros del sultán tuvieran en mucho los intereses de los enemigos del imperio otomano, pues no podían haber hecho nada mejor para favorecerlos que lo hecho contra la marina rusa; ni 40 barcos que se sumaran a la flota de los insurrectos perjudicarían más los verdaderos intereses del imperio otomano que el apresamiento de esos 4 bajo bandera rusa.” Tales osadías perpetraba la Puerta contra Rusia, mientras las Potencias se esforzaban por apartarla del camino de su perdición. Casi a mediados de julio llegó a Constantinopla la respuesta de la corte rusa, escrita en un tono de ira: reclamaba como condiciones para reconsiderar sus planes la libre navegación por el mar Negro, la abolición de todo privilegio en beneficio exclusivo de la bandera otomana, la liberación de Vilarás y la completa evacuación de los principados por los ejércitos turcos; advertía también que la Puerta debía poner especial cuidado en el apaciguamiento de Grecia.
Al recibir esta respuesta y tras repetidas exhortaciones del embajador de Inglaterra, la Puerta, en comunicado oficial suscrito también por el embajador de Inglaterra en nombre de la corte rusa, accedió a lo que reclamaba Rusia en lo referente a su marina y al comercio, pero dejó pendientes las otras tres cuestiones: la evacuación total de los principados, la puesta en libertad de Vilarás y la pacificación de Grecia. La cuestión esencial de entre las aplazadas en el congreso de Verona era la de la travesía, a la que se añadió la igualmente importante del transporte.
Resueltas felizmente estas dos, los aliados se aplicaron a presionar al emperador Alejandro para que lo considerase suficiente y enviara un 66


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embajador a Constantinopla, prometiéndole su decidida colaboración en la resolución de las demás. Pero Alejandro, que estaba entonces en Chernobil con el emperador Francisco dialogando sobre sus mutuas diferencias para encontrar una forma satisfactoria de pacificar Grecia, no tuvo a bien enviar un embajador, con el pretexto de que aún no se habían limado todas sus asperezas con el sultán; no obstante, mandó como supervisor de los asuntos comerciales y marítimos al consejero imperial Mintsiakii, aunque este envío, fuera cual fuese su carácter, sirvió para borrar los temores de guerra imperantes.
El embajador de Inglaterra, incansable defensor de los intereses otomanos, medió en el conflicto turco-persa antes de intervenir en el rusoturco; gracias a sus buenos oficios, se firmó el 16 de julio el tratado de paz en Ezerum, así que en lo sucesivo la Puerta, libre de temor con respecto a Rusia y de preocupación con respecto a Persia, tenía la oportunidad de emplear todas sus energías exclusivamente contra Grecia.
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1823-24 CAPÍTULO XLVI VUELTA DE LA ARMADA OTOMANA A CONSTANTINOPLA.- SALIDA DE LA FLOTA GRIEGA.- BATALLA NAVAL.- CRETA DURANTE EL GOBIERNO DE TOMBAZIS.-
El nuevo capitán pashá no se mostraba ni más belicoso ni más decidido que su antecesor. Al arribar a Patras, la escuadra a su mando fue reforzada por las flotillas de Argelia y Túnez, llegadas hacía poco, pero no consiguió ni intentó nada notable. Como hemos visto, fracasó el desembarco en Galatás, fracasó el transporte de víveres a Corinto, se dirigó dos veces contra Vostitsa y fracasó las dos, no pudo prestar ninguna ayuda al ejército que sitiaba Anatolikón a las órdenes del pashá de Skodra y el mismo bloqueo por mar de Mesolongui no servía ni para cortar la comunicación entre dicha ciudad y las otras zonas ni para impedir el suministro de provisiones. Lo que por lo visto tenía el capitán pashá como prioridad al asentarse en Patras era dar permisos de circulación bajo bandera neutral a precios elevados, para la exportación de productos del golfo de Corinto.
Tras una estancia de dos meses y medio en Patras, durante la cual fueron a visitarle el almirante en jefe inglés en el Mediterráneo y el vicegobernador de las Islas Jónicas, zarpó el 25 de agosto dejando tres fragatas y otros doce barcos de guerra más pequeños al mando de Yusuf Pasha, que ya era comandante de las fuerzas navales y terrestres otomanas en Patras, Naupacto, Río y Andirrio.
Los barcos griegos no se hicieron a la mar en toda la primavera y todo el verano por falta de dinero. Los notables de las islas navieras se habían cansado de aportar sus caudales y las arcas de la nación estaban completamente exhaustas. Grecia Continental, asolada por el enemigo, no tenía nada que aportar; las rentas del Peloponeso se utilizaban en mantener las tropas o eran despilfarradas por algunos de los jefes locales; las del Egeo eran escasas; la colecta votada para uso de la flota era difícil 69


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de recaudar; aumentaron las tasas sobre la importación y exportación de los artículos y, sin embargo, poco era el provecho que se sacaba de ello a causa de la inseguridad y el desorden imperantes. Pero fuera cual fuese la situación económica del lugar, todos sentían que la inmovilidad de las naves causaba un mortal perjuicio. Finalmente, se envió algún dinero por parte del gobierno para su movilización y se decidió no aplazar más la salida. El 10 de agosto llegaron a aguas de Hydra 15 barcos de Psará y, al no hallar preparados a los demás, navegaron ellos solos hacia la escuadra otomana que recorría el Egeo. Débiles e indefensas, las islas se sometían dondequiera que aparecía la armada enemiga y agasajaban a su jefe. La única que no lo hizo fue Tenos, donde la escuadra fondeó un día entero por culpa de los vientos contrarios; muy al revés, la desafió a una batalla al repique de campanas de las iglesias, bajo la bandera de la libertad y con el fuego de cañones y fusiles. Hüsrev permaneció impasible ante la osadía de los tenios: “Son niños; que jueguen”, dijo riendo a sus oficiales, que le pedían permiso para castigarlos. La flota arribó el día 23 a Dryós, puerto de Paros, pero zarpó el 26 al aparecer los 15 barcos de Psará, arribando a Mitilene. Al mismo tiempo arribaron las naves psarianas a Psará, a donde habían llegado días antes las de las demás islas, y fue entonces cuando todas juntas –40 de guerra y 6 brulotes– zarparon al mando de Miaúlis y, encontrando a las enemigas fuera ya de Mitilene y en dirección al Helesponto, las siguieron. El día 14, con mar gruesa, los griegos se desperdigaron entre Lemnos y Hagion Oros29 y, al día siguiente, al encontrarse las de Miaúlis, Sachturis, Skurtis y Kalafatis y un brulote en medio de cuatro fragatas, dos corbetas y un brick del enemigo, combatieron siendo dañadas, corriendo especial peligro la de Skurtis, pero escaparon las cuatro y se prendió fuego al brulote para atemorizar al enemigo. A eso del mediodía, las mismas naves se vieron en medio de toda la flota enemiga, pero la atravesaron indemnes con la ayuda del viento. Por la tarde se reunieron todas las naves griegas en aguas de Lemnos y, al no aparecer al día siguiente el enemigo, volvieron a Psará para proveerse de agua y hacer reparaciones.
La escuadra otomana, después de navegar hacia Mitilene y desde allí al golfo de Volos, se apostó el 9 de octubre delante de Skíathos. Los 29
El Monte Sacro, es decir, el Athos. En el original griego se escribe de nuevo Lemnos con iota, en vez de con eta (a partir de ahora, corregimos la ortografía).
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habitantes de esta isla, que por temor a las incursiones de los olimpios tras la caída de Eubea y Tríkeri se habían trasladado en masa a la fortaleza con sus mujeres e hijos, enviaron delegados para rendirse al capitán pashá, solicitándole que los ayudara con suministros de guerra para expulsar a los olimpios. El capitán pashá les dio de buena gana suministros y el mismo día llevó su flota al puerto, iniciando al día siguiente un denso bombardeo. Al aparecer la escuadra, muchos de los olimpios que estaban en la isla corrieron al monasterio de la Anunciación, a una hora de la fortaleza, para poner a salvo a las mujeres y los niños; así que, mientras bombardeaba la escuadra, solo había 400 combatientes en la playa. Después de una hora de fuego ininterrumpido, el capitán pashá intentó transportar tropas a las posiciones de Megas Ammos y Anemómyli30. Como reinaba una bonanza extrema y no se disipaba la densa humareda, los enemigos se acercaron sin ser vistos ni sufrir bajas a donde querían desembarcar pero, al hacerse visibles, sufrieron un fuerte tiroteo; los pocos que llegaron a desembarcar murieron y el resto volvió a los barcos sin conseguir nada. Frustrado el plan de desembarco, después de mediodía la escuadra zarpó hacia el golfo de Volos. Al día siguiente apareció de pronto la flota griega dentro del golfo, arrojando a la vanguardia enemiga hacia el cabo Artemision y lanzando dos brulotes, pero sin fruto. Después de este choque incruento salió del golfo, echando el ancla en el puerto de Skíathos y ocupándose en preparar rápidamente otros dos brulotes. Al día siguiente salió la escuadra otomana y regresó al Helesponto, donde permaneció todo un mes, poniendo luego rumbo al Cuerno de Oro, sin importarle remolcar como muestra de sus proezas navales 15 pequeñas embarcaciones, todas de carga, que había cogido en diferentes sitios. Algunas naves de guerra se quedaron en el Helesponto.
La flota griega salió de Skíathos tras la otomana y, a la altura de Horei31, encontró saliendo del golfo los diez barcos de guerra a cuyo mando estaba el pashá de Tesalónica –uno de tres palos, ocho de dos y una goleta– que llevaban prisioneros hechos en la caída de Eubea. Al verlas desde lejos, los turcos tomaron a las naves griegas por turcas y navegaron hacia ellas; pero al acercarse, se dieron cuenta de su error y dieron la vuelta hacia tierra para salvarse. Los griegos se apoderaron sin lucha del barco de tres 30 31
‘Gran Arena’ (aunque en rigor debía ser Megali Ammos) y Molinos de Viento, respectivamente.
En la parte N. de Eubea, a orillas del canal que la separa de Ftiótide.
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mástiles y de cuatro de dos, encontrando en ellos 150 presos; la goleta se prendió fuego al no querer entregarse; las otras cuatro se lanzaron a tierra en Stilida32.
En aquel momento sucedió un hecho notable: el almirante austríaco capturó a 22 griegos como piratas y los entregó al gobernador de Esmirna, el cual los envió escoltados por tierra a Mundaniá33, para desde allí mandarlos a Constantinopla. Estos hombres fueron llevados a Mundaniá atados a la cola de los caballos de sus guardias y allí embarcados en un barco con 17 marineros turcos, siendo encerrados en la bodega; pero cuando dormía casi toda la tripulación, los maniatados subieron de pronto a cubierta, se quitaron unos a otros las ligaduras, robaron armas, mataron o arrojaron al mar a los tripulantes y se pusieron sus ropas, cruzaron el Helesponto sin impedimentos, evitaron hábilmente las naves enemigas allí atracadas y arribaron a Psará sanos y salvos.
Una vez defraudadas, como queda dicho, las esperanzas que concibió Hasan Pasha de obtener en Creta la sumisión de la gente por la persuasión, intentó lograr el objetivo por la fuerza haciendo víctimas, esclavizando, devastando y escudriñando hasta en las cuevas y las entrañas de la tierra. Dos mil almas, entre ellas 300 combatientes, se refugiaron en una gruta junto a Milatos, en la provincia de Myrámbelos34, y no cesaron de defenderse durante quince días con sus noches. Muchos corrieron al exterior para salvarse, pero fueron dispersados; los encerrados se rindieron al fin, desesperados y sedientos, y ninguno alcanzó misericordia. No pudiendo resistir más, los cristianos de aquellas zonas doblaron la rodilla ante el vencedor; sólo unos pocos combatientes merodeaban por las montañas.
Hasan Pasha, después de asolar y subyugar todas las provincias orientales, volvió a Pediadas35 avanzado ya el invierno, para que sus tropas descansaran, y allí murió de una caída del caballo.
Mas cuanto peor era la situación de aquellas provincias tras la llegada a ellas de Hasan Pasha, tanto mejor les fue a los apostados ante las fortalezas de Chaniá y Rethymni al alejarse el enemigo; ya que, al recuperar los cristianos las posiciones que tenían antes, no dejaban de hostigarle y dañarle 32
En el fondo del golfo Malíaco.
En turco Mudanya, pequeño puerto en la costa asiática del mar de Mármara.
34 Al S. de Megalo Kastro.
35 Al E. de la anterior.
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cuando éste hacía incursiones, tendiéndole emboscadas y persiguiéndolo hasta las puertas de los recintos. No obstante, también ellos cayeron en una celada en las proximidades de Ármeni36 y perdieron al curtido en cien batallas y excelente persona Yoryis Diliyannis.
A comienzos de octubre, período en el cual arribó a Suda la escuadra otomana que había pasado lo suyo en el golfo Argólico, embarcó a dos mil de los marineros en Kalyves para saquear la provincia de Apokóronas, pero fueron rechazados, pasaron penalidades, muchos cayeron al mar para salvarse y la escuadra se fue sin éxito a los pocos días. Mientras tanto, aumentaba la discordia entre los cretenses y Afendulis. Éste, mientras gozó del apoyo de los de Sfakiá, mantuvo la autoridad; pero cuando fue malquisto de ellos, sufrió el abandono de todos y fue injuriado, desposeído y degradado, zarpando ileso hacia Malta. Despedido él y habiendo asumido provisionalmente la administración local el secretario general Nikólaos Ikonomu a primeros de diciembre, se agruparon cinco mil cristianos y, a principios de febrero, cayeron sobre las provincias de Kísamos y Sélino, pusieron en desbandada a los turcos que había, destruyeron a fuego las torres, se llevaron su ganado y pertrechos de guerra, devastaron la tierra y acorralaron a todos los de la provincia de Kísamos en la fortificación y a los de Sélino dentro de Kándanos, asediando a unos y a otros. En estos hechos murió de enfermedad el excelente y arrojado patriota Iosif Konstandudakis, conocido popularmente por Sífakas o Sifis.
Tras el congreso nacional de Astros el gobierno, a petición de los naturales, nombró harmosta37 general de Creta a Manolis Tombazis, capaz de remontar la lucha por su prestigio, sus méritos y su competencia marinera. Como el gobierno no tenía medios de proveer lo necesario para la campaña, contribuyeron algunos de los cretenses que estaban en el Peloponeso, poniendo también de su bolsa el harmosta, y con ese dinero se enroló en Nauplion a 1200 combatientes no regulares y a algunos artilleros de Kranidi al mando de Hastings; zarparon con el gobernador en ocho barcos de guerra y de carga y llegaron el 22 de mayo a Drapaniá, el puerto de Kísamos cercano a la fortaleza. Sitiadores y sitiados tomaron a los barcos recién llegados por otomanos y los segundos salieron muy 36
Al N., en la bahía de Suda Gobernador militar, pero se emplea la denominación dada a los jefes de guarnición en la antigua Esparta.
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animados, cayendo sobre los sitiadores y alejándolos pero, al hacerse visible la bandera, se supo la verdad; los asediados volvieron al castillo y los sitiadores a su posición, bloqueando al enemigo como antes. Entre tanto desembarcaron los de Tombazis y el mismo día instalaron la batería de 15 cañones, 8 de los cuales habían sido enviados por Kaleryis desde Rusia.
El harmosta pensó en atacar directamente Chaniá, pero recapacitó que el fuerte de Kísamos era fácil de conseguir por medio de un acuerdo, así que aguardó para proponer a los defensores que se rindieran. Sus condiciones fueron atendidas; intercambió rehenes y ocupó el castillo tres días después del desembarco, el 25 de mayo; luego envió a Chaniá, a bordo de dos embarcaciones bajo pabellón jonio, a los 1500 defensores con sus armas, sin daños y sin que sufrieran saqueo; el hambre en la fortaleza debilitaba a tantos cada día, que murieron 50 durante el embarque. A la entrega del fuerte, se acordó que los de Chaniá pusieran en libertad a ciertas familias cristianas; como no lo hicieron, los de Tombazis se negaron a soltar los rehenes turcos en su poder. La posesión del puerto de Drapaniá era muy valiosa, pues abría un nuevo punto de contacto con el resto de Grecia y era por entonces el único de Sfakiá apto para la comunicación.
El harmosta, después de dejar organizado el gobierno de Kísamos, irrumpió el día 30 en Sélino, cuna de los turcos más belicosos de Creta, con el objeto de caer de improviso sobre Kándanos, a donde habían confluido todos los habitantes de dicha provincia, entre ellos 100 combatientes, llevando sus ganados y todos sus bienes muebles; pero los turcos de allí fueron informados previamente y se hicieron fuertes dentro de una torre situada al oeste y de dos baluartes, levantado el uno en el centro y el otro en el flanco norte del pueblo; tendieron una emboscada en el camino y mataron y capturaron a 30 griegos del continente que desconocían el lugar.
El harmosta acampó a las afueras del pueblo con 5500 nativos y de otros lugares y, tras emplazar 4 cañones, después de alguna que otra escaramuza en la que murieron algunos por cada lado, mandó la toma al asalto de los dos baluartes. Obedecieron la orden mil quinientos hombres; pero al llegar a tiro de pistola, los turcos atacaron antes de que les atacaran, los pusieron en fuga y mataron a 110 e hirieron a otros tantos, aunque los vencedores perdieron a 30. También en otras salidas quedaron victoriosos los seliniotas pero, aun venciendo, tenían dentro del pueblo a un enemigo invencible, la devastadora e implacable peste. Este azote les bajó los humos, previamente subidos por sus afortunadas correrías; estando todos en peligro y animados 74


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por la elogiable actitud del harmosta con respecto a la entrega de Kísamos, accedieron a su proposición de retirarse a Chaniá sanos y salvos y en posesión de todos sus bienes; pero para su seguridad reclamaban un intercambio de rehenes, pues aunque no desconfiaban del harmosta, sí que lo hacían siempre del ejército del lugar. En realidad, tanto en lo referente a la rendición de Kísamos como en la negociación entablada, algunos nativos querían una tregua-trampa más que un seguro para el enemigo; y, puesto que no fueron atendidos en la entrega de dicha fortaleza, pedían ya insistentemente llegar a un acuerdo superficial sólo con los de Kándanos38, con el objeto de atentar contra ellos cuando estuvieran cruzando los desfiladeros; alegaban que el interés de la causa nacional exigía el sacrificio de aquellos turcos por medios morales o inmorales, pues eran los más rudos y belicosos de entre todos. El harmosta rechazó indignado esta odiosa petición, ningún griego se ofreció como rehén al descubrirse el traicionero objetivo y el acuerdo se puso difícil. En esto, ocurrió algo que allanó la dificultad existente: durante la negociación se había impuesto una tregua y, en ella, un seliniota mató a un soldado griego cuando éste intentaba quitarle del cinturón la pistola laminada de plata. El matador fue prendido y enviado al harmosta para que lo castigara, pero fue absuelto en el acto sin cargos, con el argumento de que el turco había matado al griego justamente. Esta decisión del harmosta le fue de tanta ayuda entre sus enemigos que al día siguiente, suspendidas todas las hostilidades gracias al alto el fuego, los turcos aceptaron el acuerdo sin rehenes, con la simple firma del harmosta, ya que confiaban en su honradezj. Pero los nativos contrarios al acuerdo, al saber lo sucedido, ocuparon los desfiladeros sin que se enterase el harmosta, para llevar a cabo sus pérfidos planes. El 2 de junio, tres horas después del mediodía, los turcos emprendieron la marcha con sus enseres y ganado. Por el camino algunos indicios les hicieron sospechar algo, pero no podían volver a su aldea porque, mientras algunos de entre los malhechores corrieron a ocupar los pasos, otros iban detrás de ellos. Al precipitarse en los desfiladeros, les sobrevino la catástrofe. Menos mal que los de Chaniá habían sido informados del plan de ruta y acudieron a su encuentro para protegerlos.
Gracias a ello se redujeron algo los infortunios de los de Sélino, pero murió buena parte de ellos, se cautivó a muchas mujeres y niños y se robó gran cantidad de enseres y ganado. Los malhechores no se conformaron con 38
Llamada Kándakon en la extensa nota-polémica a, a la que remite a continuación.
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este acto delictivo e incurrieron en otro aún más inhumano: alegando que propagaban la infección, quemaron a 200 enfermos de peste que dormían dentro de la mezquita de Kándanos, acondicionada como hospital. Esta conducta echó por tierra la buena opinión que se habían formado los turcos sobre el harmosta.
Por aquellas fechas se reforzó el enemigo, muy debilitado hasta entonces, pues la sección de la escuadra otomana que se separó en MetonaKoroni llevó a Chaniá víveres y 300 artilleros y, al poco tiempo, 43 barcos al mando del vicealmirante Mehmet Ali Gibraltar desembarcaron a 5000 combatientes en Megalo Kastro.
En este momento poco faltó para que prendiera la guerra civil al ser ejecutados en Mylopótamos dos gamberros de Sfakiá. El harmosta apaciguó a las partes enfrentadas, pero no consiguió reconciliarlas.
Una vez liberadas las dos provincias de Kísamos y Sélino, se juzgó lógico reorganizar la isla política y militarmente y reglamentar el servicio militar. Con este fin, a primeros de junio y convocados por el harmosta, se reunieron en Arkúdena, localidad de la provincia de Rethymni, los delegados de las diferentes provincias; pero los de Sfakiá, en vez de enviar delegados como los demás pueblos de Creta, bajaron en masa armados, con el pretexto de que no confiaban en mandar sólo delegados, enfrentados como estaban a los de Mylopótamos.
Hasta entonces, todos los mandos de las tropas provinciales de Creta eran de Sfakiá. Los de las demás provincias veían este privilegio como un desprecio y reclamaban en el congreso que, en adelante, compartieran el mando los jefes de todas ellas. Prevaleció esta opinión y los sfakianos se fueron ofendidos, porque les habían quitado los mandos; pero volvieron a instancias del harmosta, que prometió satisfacerlos y expulsó para agradarlos a algunos de sus rivales; colaboraron y suscribieron el nuevo reglamento, que fue ratificado por el harmosta el día 15k.
Mientras los cretenses se dedicaban a adaptar sus particularidades regionales al nuevo reglamento, los combatientes venidos con el harmosta permanecieron ante Chaniá entablando escaramuzas. El 12 de julio a mediodía, hora en que los turcos dormían la siesta, cayeron de improviso sobre Taratsos, un pueblo a un cuarto de hora de Megalo Kastro, y se apoderaron de él. Los turcos lucharon por reconquistarlo: atacaron en gran número por ambos lados y los cristianos, al no poder conservarlo, al final lo incendiaron y se fueron.
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En el congreso se creyó necesario reavivar la llama de la lucha en las provincias más orientales, donde la presencia del enemigo la había extinguido. Con este fin se dispuso que diversos jefes hicieran la guerra en sus provincias y se reunieran todos en Amuryeles, al pie del Ida y a cinco horas de Megalo Kastro.
Mientras el harmosta se dedicaba a planificar la campaña, arribó de nuevo a Creta la flota egipcia al mando de Gibraltar, con cincuenta barcos de carga que traían tropas, provisiones, suministros de guerra y a Husein Bey, yerno de Mehmet Ali y sucesor de Hasan Pasha.
Aunque el enrolamiento en que se afanaban los cristianos se preveía rápido y numeroso, apenas se reunieron en Amuryeles a mediados de agosto dos mil hombres, que fueron puestos al mando de Rusos para satisfacer el amor propio de los de Sfakiá; también llegó Tombazis con otros mil. Sobre ellos cayeron con todos sus efectivos de infantería y caballería diez mil turcos, siendo rechazados tras realizar muchos ataques y sufrir muchas bajas, pero al final quedaron vencedores. Esta batalla, en la que se perdió a 300 griegos, arruinó la causa y frustró todos los intentos de una nueva leva por parte del harmosta.
En medio del infortunio y el desánimo, los griegos pusieron su atención en la toma del castillo de Gramvusa, que está situado en un islote rocoso en la punta oeste de la isla y tenía una guarnición poco numerosa y muy indolente. El 11 de diciembre, al caer la noche, dos mil participantes en una operación al mando de Dimitris Drámalis subieron a los muros de la fortaleza con la esperanza de conquistarla; entraron sin obstáculo y mataron al centinela, que estaba durmiendo, pero se produjo un alboroto al desplegarse por el interior y los oyeron los turcos que, empuñando las armas, ocuparon las posiciones fuertes y replicaron, sin saber en la oscuridad imperante quiénes eran amigos y quiénes enemigos. En el combate nocturno fue herido Rafaliás, capitán de la goleta Terpsícore, y otros cuantos que fueron sacados de la fortaleza. Difundida la falaz especie de que habían perecido todos los que iban delante, cundió el pánico en el resto, que en su mayoría saltó para escapar. Cuando amaneció, había en el fuerte 40 y, de ellos, sólo se salvaron saltando Anagnostis Panayotu y Chatsí-Yannis Vardikakis. Yoryis Papadakis, de Rethymni, se partió las piernas y no pudo correr, siendo muerto al día siguiente por los turcos cuando salieron.
Mientras tanto, Husein Bey entró en octubre con su ejército en Avlopótamos, causando estragos y destruyendo. Quinientos cristianos, en 77


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su mayoría mujeres y niños, se ocultaron en una gruta en el lado sur de un rocoso monte en la zona N.O. de Melidonion, una localidad de la provincia.
Tres meses resistieron defendiéndose del asedio. Como no podía someterlos de ninguna forma, Husein Pasha abrió un orificio en el techo de la gruta, amontonó materiales inflamables y les prendió fuego cuando hubo un viento propicio, circulando el humo por el interior y asfixiando a casi todos.
Decidido este hombre a acabar de raíz con la resistencia, irrumpió en Apokóronas a finales de febrero, invadió y sometió a principios de marzo la propia Sfakiá y, bajando desde allí, hizo llamamientos a la población para que entregara las armas y modificara su actitud a cambio de conservar sus bienes y de una total y completa amnistía de todas las faltas políticas; halló un instrumento de sus planes en el vicecónsul austríaco de la zona, Derkulis, que iba de pueblo en pueblo llamando a todos a la sumisión a cambio de la amnistía y, el 12 de abril, publicó una circular a los griegos en la que se jactaba de que “si los turcos le engañaban, los pondría en evidencia y emplearía toda su influencia en dar satisfacción a las víctimas.” Mientras resistieron los de Sfakiá, había entre los demás esperanzas de un restablecimiento de la causa; pero en tal circunstancia, los cabecillas más poderosos se negaron a luchar. Cuando se supo esto, cundió el desánimo y, entre la fuga o la sumisión, los que podían optaron por la huida. Hubo muchísimos que, sin poder escapar ni querer prosternarse, subieron a las zonas empinadas del Ida con la esperanza de un refugio seguro; tampoco dejó de haber una numerosa resistencia; también hubo algunos que, en aquel estado de general desesperación, deseaban poner su patria bajo la protección inglesa. El infortunado harmosta, perseguido por todas partes y temeroso de ser prendido y entregado al enemigo por los conspiradores contra la causa griega, huyó al puerto de Sfakiá, donde prendió fuego a los almacenes de víveres y avíos de guerra, exhortó a los cretenses a resistir en armas por medio de un bando de 6 de abril y, tras disponer que las naves de Hydra arribadas por aquellos días en apoyo de las acciones militares tomaran a cuantos cupiesen y los trasladasen a Monemvasía, embarcó el día 12 en el Terpsícore.
Poco después de que los cretenses depusieran las armas, los jefes que se habían rendido recibieron el premio que merecían: se reunieron ingenuamente en Chaniá a instancias de las autoridades turcas y fueron arrojados a la sombría mazmorra.
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1823-24 CAPÍTULO XLVII PRÉSTAMO EXTERIOR.- LEGIÓN ALEMANA DE APOYO A GRECIA.SOCIEDADES FILOHELÉNICAS.- PACTO PARA LA RESTAURACIÓN DE LA ORDENDESANJUANDEJERUSALÉN.-LLEGADAAGRECIADELORDBYRONY DELCORONELSTANHOPE.-INTENTODETOMARKORONI.-LEVANTAMIENTO DEL CAMPAMENTO GRIEGO EN EUBEA.-
Casi tres años habían pasado desde que Grecia se levantó en armas contra el opresivo dominio extranjero y todo este esfuerzo de tres años se consumía tanto por tierra como por mar, por lo escaso de sus recursos y de las contribuciones de los ciudadanos. Los ejércitos, provinciales y baratos, podían mantenerse así en lo sucesivo, pero no la flota. Desde el comienzo mismo de la guerra, los griegos sentían la necesidad de obtener un empréstito exterior y, el año anterior, se publicó en Corinto una ley sobre el asunto; pero, para conseguirlo, era condición indispensable que hubiera, si no seguridad, al menos firme expectativa de devolución; de la existencia de tal expectativa dependía inexcusablemente la existencia política de Grecia. En los primeros compases, el éxito de la insurrección griega se mostraba no sólo incierto, sino improbable; no obstante, después de tres años de encarnizados y victoriosos combates, las esperanzas sobre el futuro de Grecia se consolidaron y, con ellas, la consecución del préstamo.
Sobre estas bases se publicó en mayo del año anterior otra ley para la obtención de cuatro millones de dístila.
Cuanto más desfavorables eran las cortes a la causa griega, tanto más favorables a ella se mostraban los pueblos. Desde el principio hasta el final, la opinión pública no vio en ella, como en el caso de las cortes, un símbolo de destrucción, sino de reconstrucción de las comunidades, y corrieron a apoyarla con todos los medios a su alcance.
Primero vinieron en su auxilio los intelectuales de Alemania, empezando por Thiersch, que tomaron la iniciativa de fundar y enviar a Grecia una 79


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legión germánica. El Areópago mandó a Th. Kefalás a Alemania, dándole poderes para obtener un préstamo con el que enviar rápidamente esta legión y comprar suministros; en Zurich se firmó un acuerdo sobre el transporte de seiscientos hombres, algunos de los cuales llegaron a Grecia desde Marsella; pero la situación local no permitía el cumplimiento de los términos del acuerdo, por lo que no se llevó a cabo el viaje de la mayoría y los reclutados se volvieron.
Con el paso del tiempo la santidad de la causa, la desigualdad de fuerzas, la crueldad de los turcos, la fortaleza de los griegos en las adversas circunstancias y las reminiscencias históricas llevaron a la fundación de sociedades filohelénicas por renombrados prohombres, enfrentados en la tribuna política pero unidos por vínculos fraternales a favor de Grecia.
Tales sociedades se constituyeron en primer lugar en Zurich y Ginebra, poco después en Alemania. La de Gran Bretaña surgió con motivo de la catástrofe de Quíos y Edimburgo fue la primera en aportar su contribución, tras la convocatoria del afamado M’Crie. Casi al mismo tiempo y no menos que Europa, también se movilizó América. El primero en alzar su voz a favor de la causa griega fue el ilustre político y helenista Everett, y dicha voz resonó en los oídos de los pueblos libres del continente. Desde que se conocieron las matanzas de Quíos, la Hermandad de los Amigos, tanto en Inglaterra como en América, siempre alejada de toda intencionalidad política y al frente de toda intención humanitaria, no dejó de auxiliar al grupo humano que sufría por causa del salvajismo turco. A finales de marzo de 1823, se fundó en Londres la esperada sociedad filohelénica, en la que participaron eminentes personalidades. Esta sociedad fue de gran ayuda gracias a su influencia en la opinión pública y a la influencia de la opinión pública en el gobierno inglés; también colaboró lo suyo en la obtención de los fondos solicitados.
Desde hacía tiempo, Andreas Luriotis recorría Europa con esta finalidad; después de visitar Inglaterra, volvió a Grecia acompañado por Edward Blaquiere. Este inglés observó la situación de Grecia y volvió a su patria en un barco griego, cuya nunca vista bandera entusiasmó a los amantes de la libertad. Llevaba también diez niños griegos cuya educación costearon a sus expensas diversos ingleses. Hallando constituida la sociedad filohelénica, preparó el camino, por medio de las informaciones que le suministró, para obtener los créditos solicitados y arribó por segunda vez a Grecia para acelerar el envío de las personas con la capacidad requerida 80


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para su negociación. Fueron designados como tales Orlandos, Luriotis y Ioannis Zaímis. Los dos primeros partieron en noviembre y el tercero, más tarde. En el transcurso de esta embajada aconteció o que sigue: El francés Jordan había acompañado a Metaxás en su misión en Verona y, al fracasar ésta, fue a París por encargo suyo con la esperanza de encontrar financiación con la ayuda de la junta directiva de la orden de San Juan de Jerusalén, con sede allí. Puesto que los dirigentes de esta orden en París y el propio Jordan, miembro de ella, tenían como meta fundamental la restauración de la orden a través de la causa griega y no el éxito de la causa griega a través de la orden, fingieron estar dispuestos a aportar 4.000.000 de francos en concepto de ayudas al gobierno griego, pero reclamaron en compensación el dominio sobre las islas que estuvieron en otro tiempo bajo el control de la orden: Rodas, Skárpathos y Astypálea; y hasta tanto fueran conquistadas y se les cedieran, la posesión provisional de Syra y de parte de las islas desiertas en el lado suroccidental del Peloponeso. Como la orden no disponía de fuerza militar ni encontraba financiación en su nombre, Grecia debía darle de inmediato un ejército para la defensa de las islas mencionadas y consentir que en su nombre la orden recibiera no sólo la cantidad antedicha para uso de Grecia, sino otros seis millones para uso de la propia orden; en una palabra, en vez de ser ayudada por la orden como esperaba, Grecia tenía que ayudarla y llevarla de la nada al ser.
Según estos disparatados términos Jordan, autodesignado plenipotenciario de Grecia, firmó con sus colegas, los dirigentes de la orden, un tratado el 18 de junio en París; incluso llegó a Grecia un embajador de la orden; pero los griegos, tomándose a broma lo sucedido, rechazaron el tratado y despidieron al embajador.
Mientras la orden esa trataba de resucitar de entre los muertos con la ayuda de Grecia, ésta halló un gran defensor de su causa en Lord Byron, que se distinguía por su filohelenismol. Este genial poeta, que había cantado exaltadamente la esclavitud de Grecia, decidió tomar las armas para ayudarla a levantarse, y poner su propia vida en peligro por ella. Apoyaba el designio del lord la recién constituida Sociedad Filohélénica de Londres, que lo nombró su representante al saber que planeaba ir a Grecia. Al fundarse ésta, el lord se encontraba en Génova, de donde zarpó el 1 de julio para arribar a Argostoli a primeros de agosto; le acompañaban el conde Gamba y el doctor Bruno, italianos, y los ingleses Trelawny y Browne. A la llegada del Lord a Cefalenia, reinaban en Grecia desórdenes y disturbios civiles, por 81


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lo que mandó a sus dos acompañantes ingleses hacia el gobierno griego, comunicándole en la carta a él dirigida sus objetivos filohelénicos y los de la sociedad fundada en Inglaterram. Les encargó también recorrer el resto de Grecia para que vieran la situación, mientras él se quedó en Cefalenia, pasando seis semanas a bordo del barco. Después, zarpó hacia Metaxata, a siete millas de Argostoli, con el objeto de estar allí hasta informarse con exactitud sobre Grecia y ver dónde y cómo dirigir sus pasos.
Las expectativas provocadas por la venida de Byron conmocionaron a toda Grecia. Mientras el gobierno lo llamaba donde estuviera, la oposición y otros griegos destacados, por medio de cartas y mensajeros, trataban de atraerlo y ponerlo en contra de sus rivales; pero el lord no cesaba de exhortar a todos al apaciguamiento de los ánimos y a la concordia. Indeciso algún tiempo sobre el rumbo a tomar, decidió ir a Mesolongui, donde había arribado Mavrokordatos; zarpó el 15 de diciembre en un barco bajo pabellón jónico, visitó Zacinto para proveerse de fondos por medio de su banquero en la isla, volvió a zarpar el día 17 y, en la madrugada del siguiente, pasó cerca de una fragata otomana y a punto estuvo de ser apresado. Escapó del peligro con ayuda del viento y se puso a salvo en Skrofés, para caer en otro después: sobrevino un temporal y estuvo tres días con sus noches luchando contra las olas hasta que, al saberse en Mesolongui sus aventuras, enviaron en su auxilio unos cuantos barcos de guerra y el velero Leónidas y, gracias a su ayuda, llegó felizmente el día 24 a Mesolongui, donde lo recibieron llenos de alegría, entusiasmo y esperanzas.
Al mismo tiempo, el conde Gamba y otros compañeros del lord viajaban a bordo de un barco bajo bandera jónica. Dicho barco avistó al amanecer del día 18 a la misma fragata; la tomó por austríaca y no se alejó, siendo capturada; como los turcos creyeron que era un brulote, la habrían hundido con todo su contenido si el capitán otomano no hubiera sido informado a tiempo de que la mandaba Valsamakis, que lo había salvado y recogido una vez en el mar Negro. El barco fue remolcado hasta Patras, donde los pasajeros y tripulantes fueron interrogados, quedando libre porque dijeron que Gamba lo había alquilado para ir a Kálamos a encontrarse con unos ingleses y hacer juntos un viaje por la Turquía europea. El barco llevaba, entre otras cosas, 8000 dístila.
La recién fundada sociedad filohelénica de Inglaterra, antes de conocer las intenciones de Lord Byron con respecto a Grecia, había enviado en representación suya al coronel Stanhope a petición propia, para reforzar la 82


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lucha y conocer la situación con exactitud. Este hombre noble y honesto, después de visitar las sociedades filohelénicas de Alemania y Suiza, para mayor éxito de su misión prohelénica se entrevistó en Cefalenia con el lord, al que consideraba como otro representante de la asociación inglesa, y de allí partió el 30 de noviembre para Mesolongui, donde se dedicó a reunir los restos de la legión alemana, dispersos por el Peloponeso, para abrir una fábrica de maquinaria y aumentar los conocimientos bélicos de los griegos; pero, debido a los padecimientos y la debilidad de los componentes de la legión, fueron muy pocos los que se encontraban con fuerzas para trabajar.
Se unieron algunos griegos y fueron puestos todos al mando del mecánico inglés Parry, al que envió la Sociedad con esta misión y acompañando obsequios, pólvora, balas de cañón, un mortero, once cañones ligeros con los medios para su movilidad y uso, una excelente fragua y los especialistas necesarios, todo ello sufragado por sus miembros; la alcaldía de Londres había aportado mil libras. Stanhope se esforzó también por fundar una imprenta y, gracias a su celo y contribución, se editaron diarios por primera vez durante la guerran. Mas con motivo de su edición surgieron disputas entre él y Byron, pues el fundador profesaba los principios políticos de Bentham39 y procuraba difundirlos por medio del diario; mientras que el lord, que consideraba más útil el triunfo en la guerra que la introducción de ideologías, se mofaba de tales teorías por inoportunas. Enemistado con el lord, Stanhope acusó a él y a Mavrokordatos de antidemócratas y se marchó disgustado a Atenas el 9 de febrero, aunque sin dejar de estar sinceramente comprometido en el surgimiento de la nación griega.
Lord Byron permaneció en Mesolongui, donde se congregaban bajo su protección diferentes filohelenos llegados de distintas partes de Grecia.
Hacía algún tiempo que los griegos se dedicaban afanosamente a la toma de Koroni. Unos pocos naturales del lugar, junto con doscientos búlgaros a sueldo y griegos del continente al mando de Servos y Grivas, todos ellos bajo la dirección general de los Mavromichalis –Andonis y Konstandinos– intentaron el asalto la noche del 28 de febrero, que era oscura y tormentosa. Los 52 oriundos fueron los primeros en llegar; subieron a la muralla utilizando escaleras y, no encontrando enemigos en las almenas debido al mal tiempo, se arrojaron dentro; pero en aquel crítico momento, los de Servos y Grivas estaban reclamando las pagas. Los 52 39
Padre del utilitarismo.
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intentaron salir, ya que les habían dejado solos y no podían culminar lo que habían planeado por su escaso número, pero los turcos los descubrieron y cayeron sobre ellos; unos pocos descendieron sanos y salvos por las escalas, otros se tiraron y los restantes 16, acorralados dentro de una casa fortificada, no quisieron rendirse y fueron quemados vivos.
Mientras tanto Odiseo, que permanecía en Eubea, al enterarse de la anunciada visita a Atenas de Stanhope y sin esperar de su expedición lo que esperaba al principio, se fue con la promesa de volver dentro de poco.
Todavía estaban allí las tropas y las naves pero, el 24 de abril, arribaron inesperadamente a Calcis 24 embarcaciones otomanas con víveres y dos mil jenízaros; entonces se marcharon las de Psará y se levantó el campamento, que estaba en mala situación. La nave de Kútavos, que participaba en el bloqueo, fue hundida al no poder escapar.
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1824 CAPÍTULO XLVIII LOS DOS LEGISLATIVOS.- GUERRA CIVIL.- ESTANCIA DE LORD BYRON EN MESOLONGUI; SU MUERTE.- PROCESO CONTRA KARAISKAKIS POR CONSPIRACIÓN.- SITUACIÓN DE GRECIA ORIENTAL.- CAPITULACIÓN DE NAUPLION Y ENTRADA DEL NUEVO GOBIERNO.-
La instalación del nuevo legislativo, en coexistencia con el que había sido depurado, era un anuncio de guerra civil. Sin duda, la legalidad estaba de parte del ejecutivo, pero la fuerza que iba a prevalecer y la de la misma ley se mostraban inciertas. Grecia Continental era indiferente, las islas navieras apoyaban al nuevo gobierno y el Peloponeso, campo de batalla de la guerra civil, estaba dividido: parecía más influenciado por el partido de Kolokotronis y las fortalezas estaban en manos de los secuaces del legislativo declarado en rebeldía.
Hubo intentos de conciliación entre los dos partidos antes y después de que se produjera la ruptura, pero no fructificaron. Intervino incluso Hypsilandis, que siempre había odiado los enfrentamientos civiles, yendo a Kranidi desde Tripolitsá, donde se había establecido hacía poco para alejarse de la política, con la esperanza de reconciliar a los dos partidos dispuestos a la guerra; pero también fracasó.
Los principales partidarios del nuevo gobierno dentro del Peloponeso eran Zaímis, Londos, Notarás, Yatrakos, Múrtsinos y Tsanetakis. Zaímis, el cabecilla del partido en el Peloponeso a pesar de ser afín al legislativo, presentó su dimisión en éste porque era más útil fuera que dentro; le sustituyò Anagnostis Spiliotakis y, al mismo tiempo, fue nombrado vicepresidente un miembro del mismo, Panayotis Bótasis.
El gobierno destituido estableció su sede en Tripolitsá y dio desde allí sus disposiciones; le siguieron sus ministros, pero el más conocido, capacitado y veleidoso de ellos, Dikeos, que lo era del Interior, se fue pocas noches después y se unió a los de Kranidi. Esta deserción hizo mucho daño 85


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al gobierno de Tripolitsá. Ni siquiera los habitantes de ésta le eran todos fieles, e incluso algunos conspiraban en armas contra él.
Se fundó en la ciudad una sociedad secreta, pretendidamente para protegerse contra los desmanes de la soldadesca, pero en realidad en contra del gobierno allí establecido; se llamaba La Hermandad. Tenía cuatrocientos miembros a principios de febrero, cuando su jefe, Botaítis, decidió movilizarlos a la siguiente señal: dos de sus devotos recorrieron los talleres portando unas andas con la imagen de San Demetrio y diciendo: “San Demetrio es tu salvador”. Entre los socios, la frase quería decir: “Cierra el taller y toma las armas.” Así, los socios fueron informados, tomaron las armas y corrieron a ocupar la gran batería y las viviendas cercanas.
Encontrando por el camino a la guarnición, la atacaron y dispersaron, se apoderaron de la batería y durmieron tranquilamente en las viviendas contiguas, sin preocuparse de tomar las puertas de la ciudad. Mientras ellos descansaban, los otros, apenas amaneció, llevaron a la ciudad gran cantidad de aldeanos de Tripolitsá y Karýtena. Los de Botaítis, que eran en su mayoría artesanos e inexpertos en la guerra, se atemorizaron al verlos y 150 huyeron como un solo hombre, mientras el resto tiraba las armas y volvía a sus quehaceres habituales sin ser hostigados.
Mientras sucedían estas cosas los de Kranidi, decididos a dejar aquel confín del Peloponeso y volver a la Argólide, designaron como sede del nuevo gobierno a Nauplion; embarcaron en dos naves al mando de Miaúlis y arribaron el 6 de marzo a los Molinos, frente a Nauplion; dispersaron a los de allí a cañonazos y, al día siguiente, ordenaron al comandante de la guarnición, Panos hijo de Kolokotronis, que dispusiera los alojamientos necesarios. El comandante no hizo caso, que era lo esperado por todos, y el gobierno lo destituyó por rebelde y enemigo de la nación, disponiendo igualmente el bloqueo de Nauplion por tierra y por mar. Simultáneamente movilizó fuerzas contra otros lugares y, sobre todo, contra Tripolitsá y Acrocorinto.
Por aquellas fechas guardaba el Acrocorinto Cheliotis, de la facción de Kolokotronis. Éste, no queriendo traicionar a sus compañeros y no pudiendo resistir a los enemigos, se marchó subrepticiamente con algunos de sus fieles, porque los que estaban con él reclamaban las pagas atrasadas y amenazaban con entregarlo, junto con la fortaleza, en manos de los adversarios; los que se quedaron la entregaron el 21 de marzo.
Cuando el nuevo gobierno movilizó sus fuerzas, en Tripolitsá estaban no sólo los miembros del gobierno revocado, sino también Kolokotronis, 86


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Yenneos, Grivas, Nikitas y Kanelos Diliyannis; contaban con mil hombres y ocupaban posiciones dentro de la ciudad. Sólo los de Grivas y un centenar de soldados mantenían algunas casas extramuros, junto a la puerta de Nauplion. La fuerza invasora contaba con tres mil hombres al mando de Londos, Yatrakos, Notarás y Kefalás. Tomó diversas posiciones fuera de la ciudad y le puso sitio. La noche del 1 de abril se aproximaron algunos y ocuparon los arrabales de Basakos y Sechos; al día siguiente comenzó un tiroteo entre ellos y los de Grivas. Al poco, se acercaron las demás tropas y salieron de la ciudad Yenneos y Nikitas por la puerta de Leondari, entablándose el tiroteo; ocurrió que en aquel momento llegaron mil hombres de Arkadiá y Karýtena en auxilio de los de Tripolitsá; iban al mando Papatsonis, Pétrovas y Plaputas. Con razón temían muchos que en aquella batalla moriría un centenar de combatientes, pero aquella sensacional jornada sólo vio un caído, ya que los rivales no tenían ninguna gana de verter sangre fraterna. Dos veces salieron los de dentro y se enzarzaron con los de fuera, pero fueron en vano las salidas y los enzarzamientos. Finalmente entraron en negociaciones: los de la ciudad, llamados en general rebeldes, acordaron retirarse para dejar en paz a la gente inocente que padecía en la ciudad y se marcharon el 15 de abril sin ser molestados. Pero, por desgracia, se fueron con el propósito de perturbar de nuevo al Estado con otra guerra sin mando, pues los miembros del legislativo depurado no establecieron una autoridad alternativa cuando salieron de Tripolitsá y se repartieron para reclutar.
A los pocos días, cuando terminaron el enrolamiento, los de Kolokotronis regresaron a las afueras de Tripolitsá para bloquear a los que ayer les habían bloqueado; los de Plaputas y Yenneos salieron en auxilio de Nauplion, que peligraba por la falta de víveres y por las diarias deserciones entre los soldados que la defendían. Al llegar con 500 hombres a Kandyla40, encontraron a 120 hombres de Yannis Notarás, cayeron sobre ellos de improviso y los capturaron. En camino hacia Buyati, a dos horas de Kandyla, encontraron a Nikitas guardando la posición; lo hicieron prisionero y, al anochecer del mismo día, 8 de mayo, llegaron a Kutsopodi41, partiendo al día siguiente la mayoría hacia Nauplion. En las afueras, por orden del nuevo legislativo, acampaba Chatsí-Christos, que acababa de abandonar a 40 41
O Kandila, todavía en Arcadia.
Al S.O. de Micenas.
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los rebeldes con su caballería de búlgaros. Éste, al ver a los de Plaputas camino de Nauplion, corrió a su encuentro. También salieron desde Nauplion a recibirlos los de Panos y Tsokris, con la esperanza de levantar el asedio cogiendo a los sitiadores en el medio; el mismo día hubo choques por Delamanara42 y Kutsi43 y, al siguiente, en Tirinte; en el transcurso de esta batalla llegaron en auxilio de los gubernamentales los de Makryyannis, que se había pasado a ellos hacía poco, y los de Nikitas a reforzar a los rebeldes. En las dos refriegas hubo entre éstos 20 muertos y heridos, 8 entre los gubernamentales; en la última, uno de los heridos fue Tsokris.
Después, los ejércitos se separaron. La tarde del día 11 salió por segunda vez Panos e introdujo en el recinto a su hermano Yenneos con su contingente.
Al día, siguiente, 250 tsakones44 del partido de los rebeldes y el búlgaro Chatsí-Stefanís con unos cuantos, venidos del distrito de Hagios Petros, amanecieron en la parte de fuera de los Molinos en frente de Nauplion, con la intención de tomarlos inesperadamente, desguarnecidos como estaban.
Avisados de su llegada, sus camaradas Plaputas y Nikitas, que se habían quedado por Kutsopodi después de los encuentros antes mencionados, se pusieron en marcha simultáneamente con la misión de entrar en Argos para capturar a los diputados, que habían desembarcado en Kyveri a la llegada de los barcos al golfo Argólico y se habían trasladado a Argos, una vez que supieron que Tripolitsá se había vaciado de rebeldes; pero esta doble operación terminó vergonzosamente para sus participantes. Los tsakones y los de Chatsí-Stefanís, bombardeados por los barcos que estaban frente a los Molinos, se alejaron de la orilla sin conseguir nada, ascendieron al monte próximo y se encerraron en el fuerte abandonado de la cima. Al saberlo, los búlgaros que se encontraban en Argos y algunos kranidiotas al mando de Skurtis hicieron una incursión contra ellos y los obligaron a deponer las armas; prendieron a Chatsí-Stefanís y los suyos e hicieron retirarse a los tsakones. Los movilizados contra Argos también lo pasaron mal: reclutados todos ellos en confuso revoltijo, no estaban acostumbrados a la guerra; les salieron al encuentro los de Grecia Continental que había en la ciudad, al mando de Yoannis Notarás y Makryyannis, los pusieron en desbandada, corrieron detrás, les cogieron las monturas con los capotes y se llevaron 42
Entre Argos y Nauplion.
Al N. de Nemea.
44 Establecidos en Cinuria, su principal ciudad era Prastós.
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también la correspondencia de Nikitas. Después de esta derrota, los cuerpos rebeldes se disolvieron y los progubernamentales subieron a Tripolitsá. En el intervalo hubo enfrentamientos en Mesenia entre los de Petrobey, cuya casa en Marathonisi fue saqueada, y los progubernamentales de Múrtsinos, pero con pocas bajas. Kolokotronis previó que a los cuerpos bajo su mando les pasaría lo mismo que a los de la Argólide y, el día 22, ordenó por escrito a su hijo Panos que rindiera Nauplion a Zaímis y Londos, que habían llegado pocos días antes a Tripolitsá, con la condición de que el gobierno pagase a la entrega 25.000 grosia, en concepto de sueldos a los soldados que estaban en la fortaleza; él se retiró a Karýtena y los Andreas (así llamaban en común a Zaímis y Londos) bajaron a Argos para dar cumplimiento a los acuerdos.
Mientras en el Peloponeso rugía la guerra civil, Mavrokordatos se ocupaba en establecer el orden en Grecia Occidental.
El soldado es indisciplinado cuando no come ni cobra con regularidad.
Los soldados de Grecia Occidental terminaban bajo los jefes de las distintas provincias, mantenidos por sus recursos, o servían al bando de cabecillas que no tenían provincias, que eran los suliotas. Éstos eran los más pobres de todos, porque habían perdido su tierra y gastado lo que tenían en el Heptaneso, donde se habían refugiado. Tras las batallas de Karpenisi y Kaliakuda, fueron todos a Mesolongui, donde eran alimentados por el pueblo y reclamaban las soldadas atrasadas. De ahí se originaron descontentos, antipatías y, a veces, trifulcas entre ellos y los ciudadanos. A la llegada de Mavrokordatos, la ciudad parecía más una residencia de enemigos que de compatriotas. Toda Grecia Occidental estaba revuelta por los abusos de unos y otros militares y por las peleas y diferencias entre guerrilleros y notables. Tales fueron los motivos que obligaron a Mavrokordatos a convocar a unos y a otros en Mesolongui y decirles al comienzo mismo del congreso (23 de diciembre) lo que reclamaba el interés común de toda Grecia y, en particular, de la Occidental. En siete sesiones, los asistentes al congreso reconocieron unánimemente que la culpa de los disturbios y los abusos la tenían la incursión anual del enemigo, la desbandada subsiguiente, con el despojo de los pobladores, y la pesada carga de la paga al ejército; buscaron de común acuerdo diversos medios de solución y los suscribieron todos los jefes. Los políticos enviaron una relación al gobierno en apoyo de las medidas adoptadas en el congreso, la principal de las cuales era la paga a tres mil suliotas y otros sempiternos combatientes. Estas medidas se pusieron por escrito como siempre, pero no se llevaron a efecto. Entre 89


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tanto, debido a las necesidades militares de la zona y principalmente para tranquilidad de Mesolongui, que peligraba a causa de los disturbios, era necesario que los suliotas hicieran una expedición, pero éstos reclamaban como condición indispensable para su marcha el sueldo atrasado de nueve meses; como las arcas de Grecia Occidental estaban exhaustas, todas las miradas se volvieron hacia Lord Byron. El ilustre poeta, que había venido a Grecia con el propósito de invertir todas sus rentas anuales en la lucha, donó 20.000 dístila en concepto de préstamo para el pago de parte de las soldadas y provisión de otras necesidades militares. Contrató a 500 suliotas y aspiraba a llevarlos al combate, inflamado de ardor guerrero; pero al poco se enfadó con ellos debido a sus continuas y graves faltas de disciplina y los dispensó de su servicio, tomando a otros griegos de diversas procedencias y preparando la siguiente expedición: La guarnición de Naupacto se componía principalmente de albaneses.
Indisciplinados, pendencieros y no pagados, planeaban desde hacía algún tiempo entregar el castillo a los griegos a cambio de los sueldos atrasados.
Los mandos lo discutían en secreto con ciertos grupos de Mesolongui; pero éstos no eran más ricos que aquéllos, y se aplazó el asunto hasta la llegada del lord, que había asumido pagar el contrasueldo indicado y dirigir la operación. Pero mientras se procedía a la traída del dinero desde el exterior y a los indispensables preparativos bélicos, Yusuf Pasha descubrió en Patras los planes y los desbarató, trasladando a Río con hábiles pretextos a los jefes albaneses conchabados y enviando a otros guardianes más fiables al fuerte en peligro.
Fracasado este plan, los griegos se propusieron como objetivo potenciar y abrir otro frente más allá de Etolia-Acarnania, para levantar a los pueblos cristianos de la vecindad. Era un objetivo útil y a primera vista parecía realizable, pues ni allí había enemigo ni de aquí se preparaba una expedición; pero, mientras todos competían para el buen logro del objetivo y Byron más que nadie, el 3 de febrero se vio afectado por epilepsia y una enfermedad menor. Se restableció y volvió a ocuparse en los preparativos de la expedición; pero los desórdenes de los suliotas, que aún estaban en Mesolongui protestando por el apartamiento de su servicio y reclamando las pagas que quedaban, inquietaban sin descanso a la ciudad y perturbaban la cabeza y el corazón del sufrido lordñ.
Un suliota quiso entrar en el arsenal, donde estaba la fragua; como no tenía permiso, el guardia se lo impidió, pero él no se fue y se puso a dar 90


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voces. Intervino el oficial Sassos y, surgida una discusión, no atendió a razones y propinó un puñetazo al suliota; éste mató al oficial con su pistola y fue prendido por asesinato. Toda la ciudad se conmocionó por este suceso: los suliotas empuñaron las armas reclamando que se dejara en libertad a su paisano y amenazando con saquear, si no eran atendidos, la construcción donde estaba la fragua y el propio domicilio del lord al mando del establecimiento.
Tomaron también las armas sus rivales en defensa del arsenal y del domicilio del lord, apostando cañones en las entradas. Al final se soltó al asesino y se restableció la paz, pero el lord se indignó tanto, que dijo abiertamente que, si no se iban los suliotas, se iría él al Heptaneso. Los suliotas seguían reclamando obstinadamente las soldadas. Entonces los notables, aterrados por los males que se cernían sobre la ciudad, le pidieron al lord tres mil dístila, se los dieron y los alejaron. Tras ellos salieron en expedición los militares que había en Mesolongui y se reunieron todos en Xirómeron hasta nueva orden; pero la rencilla en cuestión trajo un nuevo problema: los obreros del metal de Parry se marcharon y la herrería quedó inutilizada. En medio de tantas preocupaciones y disgustos, el lord tenía una sola diversión: cada día montaba a caballo. En una de estas cabalgadas, el 28 de marzo, llovió torrencialmente y quedó empapado; al poco cogió una violenta fiebre; postrado en la cama, no accedió a ser sangrado a tiempo y, con una temperatura desbocada, expiró la noche del 7 de abril, lunes santo. “Me tomaré, –dijo al médico que esperaba para sangrarlo después de ser rechazado en un principio– me tomaré las medicinas, pero no derramaré ni una gota de sangre tumbado en la cama; estoy presto a verterla toda en el campo de batalla.” La gran fama de este hombre, su desprendimiento para reforzar la lucha en medio de tanta incertidumbre, los males que soportó por amor a Grecia y los proyectos que parecía próximo a llevar a la práctica bastan para mostrar la gran pérdida de los griegos y el pesar por su muerte. Cada uno de los griegos sintió como propia esta desgracia de la patria y lloró copiosamente.
“Días de duelo, –dijo el organizador de sus honras fúnebres45– días de duelo son para todos nosotros estos gozosos días de Semana Santa,” y dijo verdad.
Todos olvidaron la Semana Santa teniendo delante la muerte de tal persona.
Al amanecer del día después de su muerte, 37 cañones, uno por cada año con los que contaba el finado, anunciaron la infausta desgracia. Al mismo tiempo se dio la orden de cerrar durante tres días todos los establecimientos 45
El propio autor de esta obra.
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de servicio público y todos los trabajos, suspender todas las celebraciones musicales, corales y festivas acostumbradas en esas fechas, hacer funerales en todas las iglesias de la ciudad y guardar un luto de tres semanas. Una vez embalsamado el cadáver, tuvo lugar la conducción el día 10, con todo el clero de la ciudad y las aldeas, las autoridades, el estamento militar y el pueblo acompañando en su recorrido por la ciudad al féretro, portado a hombros por generales griegos y por allegados del lord y llevado a la iglesia de San Nicolás, adosada a la muralla, donde se ofició el acostumbrado funeral, se pronuncio el discurso fúnebre y se le dio el último adiós. La intención era darle sepultura donde estaban enterrados Markos, Kyriakulis y Normann; pero, al saberse que era su deseo que sus restos fuesen trasladados a la patria y se le enterrase en el panteón familiar, se conservó el cuerpo unos días en el templo, a donde estuvieron viniendo de los pueblos a darle la despedida; después fue transportado a Zacinto y, de aquí, a Inglaterra.
Las honras fúnebres rendidas en el lugar de su muerte se repitieron en toda Grecia por orden del gobierno y por voluntad del pueblo. La gente tenía a la vista su acendrado filohelenismo, con el consiguiente beneficio material y moral a la patria, y no sabían cómo mostrar su agradecimiento. Desde el momento en que pisó el suelo de Cefalenia, el lord no cesó de hacer bien a los griegos: sació a los hambrientos de Patras que se habían refugiado en la isla tras el desastre de su ciudad natal, vistió a los desnudos y pagó a los suliotas que estaban sin trabajo, enviándolos en socorro de Mesolongui cuando el ataque del pashá de Skodra. Humanitario para con todos, defendió, prodigó cuidados y envió a Préveza y Patras a las mujeres turcas sometidas a esclavitud con sus hijos, provocando con esta acción el estupor de aquellos a quienes venía a combatir. La ciudad de Mesolongui, que en muestra de agradecimiento por las buenas acciones en su favor lo había nombrado ciudadano, se quedó con los órganos del cadáver y los depositó en la iglesia de San Espiridón. Byron era un poeta romántico, pero su romanticismo era tan profundo como su poesía. Profunda e inteligente fue su política en Grecia: no divagaba como muchos filohelenos, no soñaba sistemas democráticos o antidemocráticos, consideraba importuna a la literatura periodística y creía lo más esencial de todo la liberación de Grecia; por eso preconizaba la concordia mutua y el respeto a las cortes extranjeras. La regularización del ejército y la obtención de recursos para su mantenimiento eran su principal preocupación. Era ambicioso, pero no vanidoso: rechazó la jefatura militar de Grecia Continental, que le habían ofrecido el gobierno y la población.
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Detestó en general los temas políticos y evitó incluso las controversias de su país. Sus ídolos fueron siempre las Musas, Eros y Ares. Y Grecia fue a menudo alimento espiritual de su musa poética.
En vida aún de Byron, el gobierno local de Grecia Occidental concibió contra Karaiskakis serias sospechas de conspiración.
Se encontraba este guerrillero en el congreso de Mesolongui y, a su terminación, se desplazó enfermo a Anatolikón y estuvo en ella para curarse después que los demás jefes marcharan en expedición. Parecía descontento por el escaso número de los efectivos a él asignados y había sido castigado a menudo por los desórdenes diarios de la gente a su mando. El 19 de marzo dos barqueros de Mesolongui, después de tener unas palabras con su sobrino, que volvía de Mesolongui a Anatolikón, lo apalearon y desaparecieron. Al día siguiente, Karaiskakis envió soldados a Mesolongui para encontrarlos y prenderlos. Al no encontrarlos, los soldados cogieron a dos notables y los llevaron a Anatolikón. Al mismo tiempo, Karaiskakis envió a otros soldados suyos a ocupar inesperadamente por la noche Vasiladi, en cuyo puerto había siete naves enemigas llegadas de Patras hacía pocos días. Simultáneamente salieron de Naupacto trescientos turcos que avanzaron hacia Kakí Skala y la policía descubrió que Konstandinos Vulpiotis, de acuerdo con Karaiskakis, había ido a ver a Vryonis en Ioánnina y vuelto poco después. Estas coincidencias provocaron fundadas sospechas de conspiración y, para evitar cualquier suceso infausto, la administración tomó medidas y de inmediato fueron incautadas las baterías de la ciudad como si hubiera guerra, se reforzó la guarnición, se apresó a los hombres que había en Mesolongui pertenecientes a la banda del caudillo bajo sospecha, se enviaron barcos de guerra al asedio de Vasiladi, se reclamó al ejército que estaba en Xirómeron y se ordenó a Karaiskakis que dejara en libertad a los notables apresados; él los liberó e hizo venir a los que en su nombre habían tomado Vasiladi; también fueron puestos en libertad los hombres suyos que habían sido apresados en Mesolongui. Hecho esto, fue aprehendido Vulpiotis; Mavrokordatos y los jefes estacionados en Mesolongui se trasladaron a Anatolikón y, a los dos días, entraron en dicha ciudad todas las tropas de Xirómeron, en número de 1500. Karaiskakis fue puesto a disposición judicial y se nombró una comisión con poderes de consejo de guerra para juzgarlo por un delito de traición. La comisión, concluida su investigación, emitió el 2 de abril un auto por el que se condenaba a Karaiskakis por conspiración y traición a la 93


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patriao. Tras la emisión del auto los Tsavelas, únicos jefes que apoyaban al acusado, lo abandonaron. Él se fue enfermo de Anatolikón e irrumpió en Aspropótamon saqueando algunas aldeas. Desde allí envió un mensajero a los turcos solicitando el grado de capitán pero fracasó, al ser tomado por enemigo secreto de ellos. Perseguido por los cabecillas de aquella zona por orden de la autoridad turca, pasó a Ágrafa. Expulsado también de allí, huyó a Karpenisi y se encerró en la iglesia de San Atanasio, a dos horas de la capital de la provincia, pero también allí fue excluido. Alejado de allí y combatido por todas partes, escribió a Mavrokordatos, justificándose por cuanto había hecho y solicitando el perdón. “No sé –escribía– si he enfermado otra vez por el mucho frío o por las exclusiones de que me habéis hecho objeto. Te pido por favor que me perdone la administración y todos los cristianos, y me envíen una bula de perdón del arzobispo.” Su petición no fue atendida; expulsado también de aquella provincia, recurrió al guerrillero Iskos de Valtos y, finalmente, al propio gobierno, que, teniendo necesidad de sus servicios por los disturbios civiles de entonces, lo perdonó y lo trató bien. Una vez que Karaiskakis se alejó de Anatolikón, salieron los batallones de griegos occidentales que habían entrado por su causa; después se retiraron los de los suliotas, tras pagárseles las soldadas atrasadas, y fueron unos a Gastuni y otros a Sálona.
Por la época en que el caso Karaiskakis ocupaba a Grecia Occidental, la Oriental estaba también sumida en una conmoción política. Negris, después de no formar parte del 2º gobierno y no figurar tampoco tras de los sucesos de Silimna, se retiró del Peloponeso, se dirigió hacia Odiseo, su mortal enemigo, obtuvo su perdón y se adhirió a él como consejero particular, con todo el celo de un arrepentido. Queriendo restablecer y aumentar el poder e influencia de su jefe le propuso, en vista de la división del Peloponeso entre el legislativo y el ejecutivo, trabajar por la unidad de toda Grecia Continental a través de una convocatoria de delegados para de esta manera reforzarse y, en pro siempre de la reconciliación y los intereses nacionales, convertirse en imprescindibles para uno u otro de los partidos rivales. Odiseo acogió favorablemente la opinión de Negris y se afanó en su realización. Ambos odiaban a los políticos del Peloponeso, a quienes tachaban de oligarcas, y amaban a sus oponentes, pero no querían dejar entrever qué se traían entre manos antes de que se supiera el resultado de la guerra civil. Mientras meditaban tales cosas, tuvo lugar la llegada a Grecia de Byron y Stanhope; entonces revolvían en su mente cómo atraerse a 94


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ambos. Por aquel tiempo, como se ha dicho, recorría Grecia Trelawny por encargo del lord. Este inglés tenía cuerpo y alma de atleta y disfrutaba vistiendo y comportándose como los palikaris griegos. Odiseo, que estaba en su punto de mira, lo fascinó y entusiasmó por su vida y carácter.
Algo después, Odiseo recibió en Atenas a Stanhope. Como dijimos, este hombre amaba la disciplina, la regularización del servicio, la fundación de instituciones educativas y humanitarias, la consolidación en Grecia de los hábitos democráticos y la existencia de una prensa libre. El agudo observador y astuto Odiseo, al ver sus inclinaciones, se lo atrajo fingiéndose amante del arte, defensor de los derechos del pueblo, amigo de la libertad de prensa, irreconciliable enemigo de las monarquías, disciplinado y desinteresado. Stanhope, ignorante de la psicología y de las verdaderas intenciones del sujeto y dispuesto a contribuir a lo que consideraba como útil a la nación, convenció a Byron para asistir al congreso, al que fueron convocados igualmente Mavrokordatos y los griegos occidentales; pero Mavrokordatos, que conocía a Odiseo y a Negris, con los que se llevaba muy mal y bajo cuya influencia se reunía la asamblea, postpuso el viaje en cuestión por diferentes motivos. En tanto, el 18 de abril tuvo lugar la apertura del congreso y al día siguiente fueron enviados a Mesolongui Trelawny y otros dos con cartas a Byron y Mavrokordatos, para acelerar su llegada; pero Byron acababa de fallecer y Mavrokordatos rechazó la invitación, por estar ocupado en solucionar los problemas derivados de la muerte del lord, del asunto de Karaiskakis y de la entrada de las tropas en Anatolikón. Mientras, el gobierno se imponía en todas partes; la segura y próxima consolidación de los asuntos del gobierno anuló la disimulada intención del congreso de Sálona, que, con la asistencia de dos tercios de los delegados de Grecia Occidental, concluyó sin perturbaciones sus trabajos el día 28, después de aprobar medidas militares para proteger de las invasiones a Grecia Continental durante el año, regular por escrito la política interior de la región –principalmente la economía y el derecho–, definir los deberes de los políticos y los militares, condenar a los rebeldes y a los simpatizantes de los turcos y decretar sobre la gobernación y la consolidación de las leyes. Hasta aquí los sucesos de Sálona.
El día 24, dos barcos de guerra con bandera francesa –una corbeta y un bergantín– llegaron al golfo Argólico. La corbeta ancló frente a los Molinos, el otro velero puso proa a la ciudadela de Nauplion. Esta nave traía al vicecónsul francés y a un banquero armenio. El gobierno de los 95


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Molinos sospechó –y sus sospechas eran ciertas– que trataba de rescatar sin su conocimiento a los pashás cautivos en Nauplion. Seis cañonazos le largó al aproximarse la nave capitana griega, que estaba enfrente de los Molinos, para avisarla de que no forzara el bloqueo, pero el barco no hizo caso y echó el ancla al pie de la Acronauplia. El gobierno pidió explicaciones de esta desobediencia al capitán de la corbeta, que intentó justificar la arribada con el pretexto de que el capitán tenía la intención de reclamar a Panos, comandante de la guarnición, una deuda contraída con un francés por el legislativo derrocado, representado en Nauplion. El gobierno desaprobó por escrito toda comunicación entre los sitiados y los barcos sospechosos, prohibió terminantemente el rescate de los pashás y elevó una protesta; pero no hubo enfrentamiento ni la nave sospechosa se marchó. Como no esperaba que la carta surtiera efecto, para impedir la liberación de los prisioneros envió hacia Nauplion a Odiseo, llegado por aquellos días a Argos; pero el problema se resolvió inesperadamente por otro conducto: a la noche siguiente, los partidarios de Kolokotronis que guardaban la torre marina hicieron defección, deponiendo al comandante Kavadías y entregando el fortín al gobierno; por orden de éste se hizo cargo de él Rodios, que conminó al capitán francés en nombre del mismo a retirarse de inmediato; si no, abriría fuego. Zarpó el bergantín y, después, la corbeta, sin cumplir su proyecto; pero tampoco Panos consintió en la entrega de los prisioneros.
Al enterarse el comandante de la guarnición de todo lo que había hecho su padre con respecto a la fortaleza, lo aceptó de buena gana y lo puso en práctica, sabiendo que había cesado toda oposición al gobierno en el exterior y encontrándose él mismo en un gran apuro a causa del cerco de la ciudad por tierra y por mar y de la rendición de la torre marina. El día 4 de junio, con el permiso del gobierno, salieron Andreas Metaxás y Charalambis Perukas, simpatizantes y colaboradores suyos, que se habían quedado en la ciudad durante el asedio; el día 7, el mismo Panos acompañado por su hermano. Al día siguiente entraron una comisión del gobierno y una fuerza militar, que ocuparon las fortificaciones. A los tres días, se trasladaron allí los del ejecutivo que estaban en Argos. Los del legislativo, que habían pasado todo ese tiempo embarcados, entraron el 12, en compañía de 350, al fragor de las salvas disparadas por los cañones de las fortalezas y de la nave capitana. Al día siguiente, proclamaron oficialmente lo sucedido, glorificando a la Suprema Providencia y anunciando que habían cesado los 96


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disturbios, que se había restablecido el orden y que los intereses nacionales habían sido puestos bajo la protección de las leyes y bajo la dirección del gobierno. Mientras tanto, todos los rebeldes depusieron las armas y cada día iban llegando sus peticiones de perdón. El gobierno hizo gala de gran indulgencia y buena disposición y decretó el 2 de julio una amnistía general; todo quedó en calma y, a decir del legislativo, bajo el imperio de la ley. Pero ni imperaron las leyes ni se pacificó el Peloponeso.
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1824 CAPÍTULO XLIX ENVÍO A GRECIA DE PARTE DEL PRÉSTAMO.- PARTIDA DE LA ESCUADRA OTOMANA.- PLANES DEL SULTÁN Y DE MEHMET ALI, SÁTRAPA DE EGIPTO, PARA SOMETER A TODA GRECIA.- MATANZAS DE CASOS Y DE PSARÁ.VICTORIAS NAVALES DE LOS GRIEGOS EN SAMOS Y DESBARATAMIENTO DE LAS OPERACIONES CONTRA ÉSTA.- CAMPAÑAS EN GRECIA CONTINENTAL.OPERACIONES MILITARES EN EL PELOPONESO.-
La comisión enviada a Londres para obtener el préstamo tuvo éxito.
Orlandos y Luriotis emprendieron el viaje el 14 de enero y, el 12 febrero, firmaron un acuerdo con los banqueros Longman y O’Brien por un préstamo de 800.000 libras esterlinas, con pago efectivo del 59% a un interés del 5% a partir del 1 de enero sobre el capital nominal y con la hipoteca de todas las tierras de la nación y, en especial, de los ingresos de aduana, pescadería y marinería. Cuando se publicaron poco después informes desfavorables sobre Grecia, se puso la condición de enviar el dinero a Káisaras Logothetis, natural de Zacinto, y al comerciante inglés del lugar Samuel Barff, y que no lo entregaran al gobierno griego a no ser con el consentimiento de Byron, Stanhope y Lázaros Kunduriotis. Dicho préstamo, una vez vencieron los intereses anuales y la amortización a un año de ocho mil libras y se pagaron las demás deudas, generó 280.000 libras líquidas. La primera remesa, de 40.000, llegó a Zacinto el 12 de abril bajo supervisión de Blaquiere, que había llegado a Grecia el día 3. Stanhope acudió a Zacinto a requerimiento de éste y, a su zaga, llegaron Emmanuíl Xenos y Nikólaos Kaleryis con la conformidad autorizada de Lázaros Kunduriotis para hacerse cargo del dinero en nombre del gobierno griego. Pero Stanhope se opuso porque ya no vivía Byron, cuya conformidad era necesaria; por ello Logothetis y Barff no dieron el dinero y esperaron nuevas órdenes. A los pocos días llegó a Zacinto la segunda remesa de igual cantidad, pero también fue guardada intacta por los mismos motivos. Entretanto había muerto Maitland y su sucesor, el alto comisionado Frederick Adam, interpretó el depósito para 99


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uso de uno de los contendientes como contrario a la política de neutralidad mantenida por el gobierno insular y publicó un decreto de 7 de junio prohibiéndolo severamente, so pena de exilio y confiscación de los bienes de los infractores; pero cuando hacia el 20 de julio llegaron de Londres las órdenes requeridas, se envió a Nauplion todo el dinero depositado en Zacinto sin que nadie fuera exiliado ni privado de sus bienes.
La Puerta, convencida por su experiencia de tres años de que era incapaz de aplastar por sí sola la lucha griega, decidió humillarse ante su poderoso valí Mehmet Ali, invocando su colaboración no ya para el sometimiento de Creta, sino de Grecia entera.
Este sátrapa, ascendido gracias sólo a su capacidad desde la nada al ser, moldeador de un lugar sin forma, creador de ejércitos regulares y fabricante de flotas, que había encontrado recursos para conservar y aumentar unos y otras, se comprometió a movilizar sus fuerzas según el deseo de su soberano para apoyar el vacilante trono de éste y a enviar como jefe de aquéllas a su hijo Ibrahim Pasha, con el nombramiento de príncipe del Peloponeso. Se decía y creía que se acordó someter a su autoridad todos los territorios renegados que sometiera y deportar a Egipto o a otros destinos a los habitantes cristianos prisioneros, para repoblar dichos lugares con egipcios y otros mahometanos.
Se planeó que las tropas egipcias cayeran sobre el Peloponeso con el apoyo de la escuadra y las fuerzas navales de la Puerta, con los ejércitos de Asia, sobre el Egeo; y que las tropas de Rumelia46 se desplegaran sobre las regiones continentales en rebeldía, para que Grecia se encontrara combatida al mismo tiempo por todos lados, tanto por tierra como por mar. En estas, Mehmet Alí fue afectado por un tremendo accidente: el 10 de marzo se declaró un repentino incendio en la ciudadela de la capital y las llamas se extendieron a unos polvorines, destruyendo el depósito de armas y matando o hiriendo a la mayoría de los artilleros, a gran cantidad de guardias de corps y a más de tres mil vecinos; poco faltó para que causaran estragos en la propia ciudad.
Según se dijo, este accidente se saldó con la pérdida de un millón de táleros, lo que influyó sin duda en la campaña.
En sus preparativos contra Grecia, Mehmet Ali juzgó necesario conservar inamovible la sujeción de Creta, porque consideraba con razón a la isla como el puente para conducir sus fuerzas desde Alejandría hasta el Peloponeso; pero veía a su vecina Casos, bajo bandera griega, como una 46
Nombre dado por los turcos a Grecia Continental.
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fuente de perturbación para Creta y decidió someterla, pues dicha isla le infundía miedo, a pesar de la pequeñez de su flota, y podía provocar nuevos disturbios perjudicando a los turcos que ocupaban las fortalezas de Creta y, con ello, infundir ánimos a los luchadores griegos. Mientras la flotilla al mando de Gibraltar permanecía en el puerto de Suda, en mayo llegaron desde Alejandría otras naves de guerra y, en el mismo mes, se hicieron ver frente a Casos algunas, que entablaron combates y regresaron a Creta sin nada decisivo; pero el 6 de julio llegaron ante Casos 45, portadoras de cuatro mil hombres al mando de Husein Bey.
La isla en cuestión está a 37 millas de Creta; tiene cuatro núcleos de población: Hagía Marina –la más importante–, Arvanitochori, Panagía y la Ciudad. Dichas zonas se sitúan hacia la parte Este y distan poco entre sí; tenía en total 5000 habitantes, entre los que había 500 marineros y 300 combatientes cretenses. A causa de su escarpado relieve, sólo hay un acceso de tres millas de largo en la parte que da a Grecia; sobre esta línea se situaban 20 cañones y había vigías por otros sitios. Está desprovista de puertos y sus barcos acostumbraban a fondear en Skárpathos47, pero por aquellos días estaban apilados en Avlaki48 a causa del verano. Al llegar, las naves otomanas anclaron ante el cercano islote de Makryá y emplearon dos días inútiles en bombardear Hagía Marina, siendo respondidos a su vez desde tierra. La noche del día 7, veinticuatro buques de carga con tropas de desembarco navegaron hacia la punta rocosa de difícil acceso que mira a Creta, pasada Hagía Marina. Simultáneamente, algunos barcos de la escuadra, con otros cargueros llevando tropas, bombardeaban y abrían fuego de fusilería hacia el otro extremo de la isla, con el fin de atraer la atención del enemigo y conseguir de esta manera el desembarco proyectado en la otra punta. Sólo había siete defensores en dicha posición –su abrupta naturaleza parecía protegerla por sí misma– pero estos siete eran sumamente despreocupados. Las tropas enemigas, amparadas en el novilunio, desembarcaron de noche sin ser vistas y tomaron sin lucha las cuatro poblaciones, pues los combatientes de la isla, que estaban en la playa donde esperaban el desembarco, no se dieron cuenta de lo sucedido hasta que no amaneció.
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Kárpathos. La s líquida es influencia de su nombre en italiano, Scarpanto.
Una punta al S.O. de Casos.
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Markos, uno de los capitanes de la marina de Casos, destacó por su arrojo y justificó en esta crítica circunstancia la estima que se había ganado.
En medio del desánimo generalizado por lo inesperado del hecho, reunió a unos cuantos que escucharon su patriótica voz y permaneció con sus armas defendiendo su tierra y dando grandes muestras de valor. Se dice que mató él solo a 30 enemigos. Capturado vivo y conducido con las manos atadas hasta Husein Bey, culminó ante él sus hazañas de gloriosa manera: rompió sus ligaduras, arrebató la daga del cinturón a uno de los que le rodeaban y mató a dos de los guardianes, cayendo él bajo los golpes de los demás.
Tras la toma de las aldeas, se acabó la resistencia. Muchos hallaron la muerte, mujeres y niños fueron reducidos a esclavitud, algunos huyeron al monte y el resto se prosternó. De las embarcaciones del lugar, sólo a una le dio tiempo de zarpar y librar a algunos de lo que sufrieron los demás, atravesando por entre la armada enemiga. Los turcos saquearon los lugares, se llevaron los cañones que había en tierra e izaron su bandera.
Husein Bey, tras establecer a un administrador turco en la isla a petición de los falsamente sometidos, zarpó hacia Alejandría para llevar a los cautivos y los barcos apresados; para el servicio de la flota, tomó a ciertos marineros que se pasaron por propia voluntad, con la esperanza de rescatar a sus familiares esclavizados. En Creta lo recibió su sobrino Mustafa Bey.
Sólo el día 17 partió la flota de Hydra al mando de Sachturis en socorro de Casos y no se enteró de su caída hasta el 21, cuando echó el ancla frente a ella. Al divisar las naves griegas, el agá se refugió en Kárpathos y los casios pseudosometidos corrieron hacia la orilla, saludaron a los griegos y, vertiendo copiosas lágrimas, volvieron a izar en su isla la arriada bandera griega, pero no pudieron levantar del mismo modo su destrozada tierra.
A finales de abril zarpó de Constantinopla una nutrida escuadra, al mando de Hüsrev Bey, con algunos batallones de jenízaros. En el golfo Termaico incorporó a otras tropas agrupadas desde numerosos lugares y, a principios de junio, llegó a Mitilene, donde tomó todavía más.
Como vimos durante los dos primeros años de la guerra, las costas de Asia habían sufrido mucho a costa de los de Psará y Samos. El tercer año también pasaron lo suyo las islas de Mitilene, Lemnos49 y Tasos, en las que desembarcaban los de Psará y robaban, incendiaban, cautivaban y 49
Como se ha dicho en notas anteriores, Mitilene designa en esta época a toda la isla de Lesbos, mientras que Lemnos está escrito en el original con iota, no con eta (que sería lo correcto).
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mataban. Los habitantes de aquellas zonas se quejaban de su indefensión ante estos ataques y la Puerta proyectó la caída de Psará y de Samos, contra las que ya otras veces había movilizado fuerzas fracasando en la empresa.
La ciudad de Psará se sitúa en la parte sudoriental de la isla; delante está el puerto; arriba se conservaba una vieja muralla y, dentro del recinto, un templo dedicado a San Juan. Los naturales sumaban 7500, pero se calculaba en 25.000 los refugiados de diversas procedencias, aunque los más abundantes eran de Kydonies50 y de Quíos. Había, además, 1000 tesalomacedonios a sueldo. La isla poseía a su servicio 150 cañones; algunos de ellos habían sido enviados desde Rusia por Varvakis51; de esos 150, 24 estaban sobre la muralla.
El 18 de junio aparecieron barcos turcos frente al puerto y al día siguiente pusieron proa a Mitilene, donde esperaba la escuadra al completo. Los de Psará asumieron que los barcos habían ido en misión de vigilancia y que se acercaba la hora de la operación proyectada contra su tierra. Reunidos en asamblea, unos eran de la opinión de ir al encuentro del enemigo lejos de la isla, otros de esperarlo en ella. Prevaleció la segunda opción.
Desembarcaron los marineros y ocuparon diversas posiciones. Dejaron sólo los brulotes dando vueltas delante del puerto, figurándose que tres mil combatientes podrían defender toda la isla, que tiene un perímetro de 18 millas. El día 19 arribó la escuadra enemiga; llegó antes de mediodía, por detrás de la ciudad, enfrente del monasterio de San Nicolás y de Xirókambos, y abrió un fuego muy denso. Las embarcaciones llegadas eran 176, entre grandes y pequeñas, de guerra y de transporte; había 3 bergantines de dos y tres palos, 6 fragatas y 10 corbetas, con doce mil infantes de marina. Los griegos, con aquella playa bien fortificada, resistían y respondían al fuego con valentía. Durante todo el día y la noche que siguió, reinó el intercambio de cañonazos y los combatientes permanecieron inmóviles en sus posiciones. A eso de la salida del sol, en medio del cañoneo y al amparo de la nube de humo que se había formado a causa del tiempo bonancible, quinientos enemigos al principio y otros a la zaga desembarcaron sin ser vistos en la posición de Prioni, donde había una batería con tres cañones a cargo del jefe olimpio Kotas y 50 de su cuadrilla. Los servidores de la batería, sordos a la voz de su jefe, huyeron 50 51
Vd. tomo I, págs. 196-198.
Se hace una pequeña biografía de él al final del capítulo L.
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al ver cómo se les abalanzaban los enemigos; en la desbandada, Kotas fue capturado y muerto. Al mismo tiempo, otros enemigos desembarcaron en Fteliós. Allí encontraron una enconada resistencia y se derramó mucha sangre pero, siendo muy numerosos, vencieron y se apoderaron de la posición. Desde allí avanzaron sin obstáculo hasta la ciudad, ascendieron a los montes cercanos y colocaron las banderas. Al verlas los de la isla, así como a los enemigos que descendían en masa hacia la ciudad, corrieron a los barcos. Hombres y mujeres se arrojaban al mar para buscar la salvación en ellos, pero los barcos no sólo estaban anclados sino que, excepto unos pocos, no tenían ni el timón, pues el día anterior se los habían quitado a petición de los mercenarios tesalomacedonios, para que los nativos no huyeran al llegar el enemigo y dejaran solos a los forasteros que estaban luchando por ellos. Esta circunstancia costó a casi todos la muerte o la cautividad; sólo los que lograban llegar a barcas o jabeques escapaban a las garras del enemigo, pues la escuadra tardó en llegar a la bocana del puerto, con lo que estas embarcaciones se alejaron sin peligro del lugar de las matanzas y el cautiverio; el resto se ahogó o fue hecho prisionero. Únicamente consiguieron huir 19 embarcaciones, mientras todas las demás –100 entre grandes y pequeñas– fueron capturadas al llegar la escuadra. Una de ellas, la de Dimitris de Asimina, con mujeres y niños a bordo, fue incendiada a propósito para evitar los sufrimientos de la esclavitud turca; la de Chatsí-Anguelís se libró al ser confundida con un brulote, pues llevaba un fanal encendido sobre la cubierta. El enemigo incendió la ciudad y, apoderándose de la totalidad de la isla, cercó y atacó la muralla, única posición que conservaban los griegos tras el victorioso desembarco de los enemigos. Muchos eran los bloqueados, entre ellos 600 tasalomagnetes al mando de Lambros Kasandreas, Gulas y otros; también se encontraba allí Slavos Rados, destacado luchador en Eubea.
Dos días con sus noches resistieron valerosamente pero, por efecto del nutrido fuego de artillería, se rompió la única cisterna que había en el interior y, debido a la pérdida del agua y de la esperanza en cualquier ayuda exterior, al tercer día los sitiados decidieron morir honrosamente.
El mismo día habían decidido los enemigos ascender al muro daga en ristre. Dentro de él había una gruta, la Fondana, que se utilizaba como polvorín y como refugio de las familias. Los sitiados cumplieron en primer lugar con los preceptos que dispone la religión para antes de morir y, habiendo aguardado el momento en que los enemigos subían en 104


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masa por todas partes, arriaron la bandera griega sobre la muralla, izaron una blanca con las palabras “Libertad o muerte” y prendieron fuego al polvorín. La isla entera se estremeció por la explosión y la muralla voló por los aires, quedando todos los de dentro enterrados bajo las ruinas y, con ellos, más de dos mil asaltantes. Pequeña fue la cifra de prisioneros en el desastre de esta isla y enorme la de muertos. De los 7500 naturales se salvaron 3500, entre ellos 150 que se escondieron en la parte donde fue el desembarco y fueron recogidos por la fragata francesa Isis, que se encontraba por allí en el momento de la devastación; así que, si se calcula por esta proporción los que se salvaron de los 25.000 refugiados, que no disponían para sobrevivir de tantos medios como los nativos, el número de todos los muertos y cautivos sobrepasa los diecisiete mil.
Asolada la isla, los sanguinarios conquistadores cortaron las cabezas de los pobres cristianos y las llevaron a la nave almirante. El exultante capitán pashá, sentado en su piel de león, las recibió amontonadas ante sus ojos y dio recompensas a los decapitadores, según la detestable costumbre turca.
Por aquellas fechas fondeaba frente a Psará el bergantín inglés Alacrity.
Su capitán, Yorkp, sabiendo que habían llevado como prisionero a la nave almirante otomana a un archimandrita52 amigo suyo, se llegó a rescatarlo y, fingiendo que deseaba saludarle, rogó al pashá que dispusiera su subida a bordo; en respuesta, el pashá habló en privado con uno de los presentes y, al poco rato, se le trajo una cabeza barbuda recién cortada y aún goteando sangre. Sonriendo satánicamente ante el espectáculo, el pashá dijo al capitán señalando la cabeza: “Aquí está tu amigo.” Este pashá era uno de los hombres más inteligentes y cultos del imperio.
Desde el punto de vista militar, la catástrofe de Psará no se parece a la de Kydonies, Nausa, Casandra o Quíos: representó la pérdida de gran parte de la fuerza naval griega y la aniquilación de su punta de lanza, la extinción del fuego que incendiaba cada año las costas enemigas de Asia y, muchas veces, deshacía sus expediciones. La muerte de Psará fue considerada la vida por la población asiática vecina, que daba gracias a Dios al ver en sus mercados la venta de las mujeres e hijos de los hombres ante el sonido de cuyos nombres temblaban ayer. Se dijo que la isla fue tomada por traición y que la batería fue abandonada por Kotas, pero esta acusación es del todo insostenible: Kotas fue capturado y muerto por los enemigos.
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Dignidad eclesiástica inferior a la de arzobispo.
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Mientras Psará estaba siendo destruida, las escuadras navales de Hydra y Spetses estaban inactivas por falta de lo necesario. Como dijimos, hacía tiempo que habían llegado la primera y segunda tandas del préstamo a Zacinto y, de no haber intervenido los impedimentos de los que hemos hablado para su envío al gobierno griego, quizá la salida a tiempo de la escuadra habría impedido la caída de Casos y Psará. Mientras tanto, la catástrofe en cuestión perturbaba a los griegos y les infundía el temor de que Hydra sufriera lo mismo que Psará y toda la lucha se fuera al traste con ella; por ello, se trasladaron a toda prisa a la isla tropas y barcos, se echó mano de lo que había y, unidos a los psarianos supervivientes, zarparon al mando de Miaúlis hacia Psará, en la esperanza de adelantarse a la caída de la muralla que resistía, según se decía. Se dispuso igualmente que la flota mandada por Sachturis, que había acudido en ayuda de Casos y no había llegado a tiempo, navegara hacia aquella zona, a donde puso proa también la de Spetses.
Tras derribar el muro, la escuadra y los ejércitos enemigos arribaron a Mitilene. Solo quedaban dos mil soldados y 35 buques de guerra de segunda y tercera categoría, la mayoría chalupas, para el traslado de los cañones que había en la isla; había también mil voluntarios para saquear y, el 12 de junio, habían sido enviadas a Constantinopla como trofeos y expuestas sobre los pilonos del palacio 50 cabezas, 1200 orejas, 35 banderas griegas y 200 cautivos.
El día 3 amaneció la flota de Miaúlis frente a Psará, al pie del promontorio de Limenari; simultáneamente, llegaron la de Sachturis y la de Spetses.
Sumaban todos los barcos 56: 34 de Hydra, 13 de Spetses y 9 de Psará, desembarcando el mismo día bastantes infantes de marina. Al verlos desembarcar, los enemigos que quedaban abandonaron todas las partes de la isla y corrieron a los barcos del puerto con tanto terror, que algunos de ellos se ahogaron; unos doscientos que no consiguieron escapar fueron acorralados dentro de cuatro casas. Igual de aterradas, las tripulaciones de los barcos que había en el puerto cortaron las amarras y se hicieron a la mar; salieron en su persecución las naves griegas y abrieron fuego; una goleta se rindió y otra embarcación fue incendiada; perseguidas, viraron hacia Quíos; en su desesperación, los de a bordo las hicieron encallar en tierra y las quemaron; sólo se salvaron cuatro, y en mal estado; al día siguiente, los griegos estrecharon el cerco sobre los de las casas y los bombardearon por tierra y por mar, pero fue en vano. Fueron heridos mientras luchaban 106


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en tierra firme cuatro marineros y el bravo capitán Lázaros Panayotas; en ausencia de cirujano, fueron trasladados a Hydra.
Tras la destrucción de la flotilla enemiga y la muerte de muchos de sus tripulantes, las naves griegas regresaron a Psará y sacaron a la superficie muchos cañones arrojados al mar por los enemigos y no hundidos del todo.
El 7 de julio, al ponerse el sol, apareció una nave enemiga por el lado de Quíos; inmediatamente salieron en su persecución tres de las de Psará, pero poco después comunicaron mediante señales que venía toda la armada enemiga; entonces todos los marineros que había en tierra recibieron la orden de embarcar y, hecho esto, zarparon todos los barcos, pero sólo 14 de Hydra pusieron proa a Quíos; las demás viraron hacia el cabo Cafereo53. Ya que tan pocas no eran enemigo para escuadra tan grande, no combatieron, sino atracaron el día 11 bajo el promontorio de Samos y volvieron desde allí a su tierra. En ninguna otra expedición hasta entonces se encontraron los griegos tan desprovistos de suministros. En tanto, la armada enemiga arribó a Psará, recogió a los que habían sido acorralados y los cañones que quedaban, demolió las casas que aún estaban en pie y, tras terraplenar el puerto, volvió a Mitilene.
Así terminó la catástrofe de Psará. El gobierno asistió como pudo a los psarianos supervivientes y les dio a petición suya Monemvasía como residencia provisional y el Pireo como definitiva por decreto, pero éste no se cumplió, instalándose la mayoría en Egina.
Según el plan de la Puerta, a la catástrofe de Psará había de seguir la de Samos, pero el poco aguerrido Hüsrev, en vez de atacarla inmediatamente –cuando estaba desprevenida, desprotegida por la flota griega y abrumada por el desastre de Psará– se aposentó ocioso en Mitilene un mes entero.
La situación interior de Samos en aquel mes era lamentable. Había cuatro facciones: una quería huir, otra pedir el protectorado británico, la tercera llegar a un acuerdo y la cuarta resistir hasta la muerte. Afortunadamente prevaleció la última, al llegar a tiempo la noticia de que habían sido librados los fondos depositados en Zacinto y que de ellos habían sido destinados 90.000 dístila a botar una escuadra para socorrer a la isla.
El 24 de julio zarparon de Spetses 15 barcos de guerra y un brulote al mando de Kolandrutsos y anclaron el día 27 en Kolones, de donde partieron a los tres días; al poco, su número se incrementó a 28. El 27 de julio se 53
Al sur de Eubea.
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hicieron a la mar 27 brulotes y naves de guerra de Hydra, que formaban la primera flotilla, al mando de Sachturis; la segunda, al mando de Miaúlis se disponía a salir a toda prisa. El día 30, la de Sachturis amaneció en aguas de Icaria, donde vio dirigiéndose a Samos 40 barcos pequeños bajo bandera turca, de los que 20 eran sacolevas, con dos mil hombres para desembarcarlos en la parte de Karlovasi. Tres naves de esta flotilla y dos de Spetses, que iban en vanguardia, cayeron sobre las enemigas aparecidas, hundiendo dos sacolevas y capturando otras dos, a cuyos ocupantes pasaron a cuchillo. Luego llegaron las demás y, entonces, todas las embarcaciones enemigas se vieron obligadas en su huida a precipitarse hacia la tierra más cercana o a refugiarse en otras costas. En este enfrentamiento murieron 5 griegos y fueron heridos 9. Al día siguiente, la flotilla navegó con viento a favor hasta el litoral donde, según sus informes, diversas embarcaciones estaban recogiendo tropas; pero la información no era cierta. Desde allí pasó junto a la entrada del estrecho a la altura de Mícala, donde fondeó; pero tardó poco en irse, al divisar en los montes y costas de enfrente multitud de tropas y, dentro de dos desembarcaderos, montones de lanchas listas para transportar dichas tropas a Samos; había entre ellos dos bricks que, nada más ver la embestida de las naves griegas, levaron anclas y corrieron al abrigo de la gran flota que fondeaba detrás de la isla desierta que hay a la altura de Hagía Marina. Al avanzar más adentro, la flotilla vio más barcas atracadas y más tropas dispuestas al embarque, concentradas en las costas y lomas cercanas. Entonces se aproximaron a tierra tres de los barcos y uno de ellos lanzó un cañonazo, huyendo al instante los enemigos que había en la playa y subiendo a las colinas. A continuación, viró la flotilla y al día siguiente echó el ancla en el mismo lugar que anteriormente. Cuando el enemigo constató que, mientras los barcos griegos ocuparan aquella posición, era difícil la operación de embarque, a la hora 4ª salieron contra ellos 18 naves de la primera fila. Sachturis ordenó que combatieran las ancladas a su alrededor. Así lo hicieron después del mediodía, según la forma que él dispuso. Hubo muchas andanadas por ambas partes, pero sin ningún resultado. Por la tarde, cuando los dos brulotes de Rombotsis y Tsapelis se lanzaron respectivamente contra una fragata y una corbeta, el enemigo se amedrentó y alejó, volviendo al día siguiente. Los griegos lo recibieron anclados, como la víspera. Estuvieron combatiendo tres horas y de nuevo hubo un fuerte cañoneo sn ningún resultado, hasta que levaron anclas cuatro brulotes; nada más ver su acometida, los enemigos se marcharon; y así 108


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acabó la segunda batalla naval. El 2 de agosto llegó el arzobispo de Samos, con Licurgo y otros notables, a saludar al contraalmirante; éste les devolvió la visita en tierra, donde fue recibido con grandes honores. Al atardecer siguiente fueron donde estaban los barcos de Hydra, los 28 de Spetses y el único de Psará. El día 4 navegó la escuadra enemiga por tercera vez contra la griega; disparó contra ella y, a la vez, contra las baterías de la isla, siendo respondida. Mientras, salieron 17 de las naves de guerra griegas y se ordenó moverse a los brulotes, pero no se movió ninguno, culpando los capitanes a las tripulaciones, y éstas a aquéllos. En vano corrió el contraalmirante de brulote en brulote llamando al ataque a sus ocupantes. Afortunadamente, llegó en aquel momento Kanaris, que obedeció alegremente y, entonces, su brulote y los 17 buques de guerra de Hydra y Spetses irrumpieron en medio de la formación enemiga y no viraron de a bordo hasta obligar a todas sus naves a distanciarse. Este tercer enfrentamiento naval duró cinco horas. Mientras, las multitudinarias tropas sobre tierra sufrían el oprobio de ver con sus propios ojos a su magnífica flota perseguida, huyendo y acobardada. La infeliz escuadra salió por cuarta vez al día siguiente contra la griega; parte de sus barcos, al soplo de un viento del Este, intentaron atacar por el paso entre el promontorio oriental de Samos (Kolones)q y Hagía Marina, guardado por los de Spetses; los restantes por la parte izquierda, vigilado por los de Hydra. Por suerte, aquel día todos los incendiarios estaban dispuestos a lanzarse valerosamente. Primero atacó Tsapelis a una fragata grande que navegaba entre la punta de Samos y Hagía Marina. Este incendiario se emparejó con ella a tiro de pistola, a pesar de que sobre su brulote llovían la metralla y los proyectiles de la fragata. Mientras estaban en la operación de pegarse, algunos marineros, al ver que los enemigos disponían sus lanchas para remolcar a la fragata y creer que venían a por el bote, se acobardaron y, subiendo a todo correr en él, abandonaron al capitán, que empuñaba el timón en el brulote, y amenazaron con quemarlo junto con el barco si no los seguía. El pavor dominó a los marinos tan en contra de lo acostumbrado, que el barco habría caído en manos del enemigo de no haberlo incendiado antes el capitán a toda prisa, por lo que sufrió quemaduras en las manos y en el rostro; pero lo que no logró el valiente aunque frustrado Tsapelis lo consiguió una hora después el habilísimo Kanaris. Éste, en el momento en que la fragata se afanaba por doblar el cabo, le opuso su brulote de forma que a aquella le era imposible avanzar sin escapar a sus llamas; para evitar el desastre, volvió la proa al 109


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litoral de Asia y, perseguida por el brulote, se vio obligada a dirigirse hacia el acantilado más cercano; pero el brulote la alcanzó y enlazó antes de que se precipitara sobre aquél. La fragata acabó sin rumbo y sus tripulantes nadando en el mar; mientras, las llamas se propagaron a ella llegando en poco tiempo a la santabárbara y, en la explosión, salieron despedidos hacia los aires cañones, mástiles, antenas, proyectiles, maderas y hierros, cayendo muchos de estos objetos en medio de las tropas desplegadas en tierra, matando a unos e hiriendo a otros. También murieron dos marineros del brulote, alcanzados por los disparos de fusil que les lanzaban desde la costa; los que se quedaron en la fragata o murieron víctimas del fuego o, llevados por las olas, fueron capturados y masacrados. El enemigo, aunque aturdido por estas pérdidas, no se desesperó y viró de a bordo, pero le salió al encuentro el ala izquierda de la formación de Spetses, entre los cuales se distinguió el barco de Anárgyros Lembesis. Por la tarde, Vatikiotis enlazó su brulote con un bergantín tunecino de 20 cañones y lo incendió, siendo capturado un pashá tunecino que iba en él y se arrojó a tiempo al mar.
Tras dos horas otros incendiarios –Dimitris Rafaliás y Lekkas Matrozis– contactaron sus brulotes con otra fragata y la incendiaron. Después se lanzaron otros dos, pero ardieron sin llegar a establecer contacto. Al final, la escuadra enemiga perdió el ánimo y se alejó a eso de la una de la noche hacia Agathonisi54. Parece que las pérdidas que sufrió aquel día y el posterior oprobio provocaron el abandono del desembarco en Samos; se reagruparon las tropas, la escuadra enfiló a Patmos y Karena y, a los pocos días, entró en el puerto de Cos, donde aguardaba la egipciar.
Esta brillante y providencial batalla naval llenó de moral los corazones griegos y los consoló de la catástrofe de Casos y Psará. De los éxitos obtenidos por la escuadra griega en la defensa de Samos se infiere que quizás Psará no habría sido destruida si hubiera sido protegida por mars.
Por el tiempo en que la escuadra se movilizó contra Psará y Samos, se expidieron tropas hacia Grecia Oriental. Abdul Abud, el terrible gobernador de Macedonia, no adquirió buena fama como valí de Rumelia55 y sólo se distinguió por su crueldad. El sultán lo destituyó al comenzar la primavera de este año y puso en su lugar a Dervish Pasha. Se le ordenó que hiciera un reclutamiento de 30.000 hombres, pero no pudo reunir ni la mitad; tenía 54 55
Al S. de Samos.
Gobernador de Grecia.
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a su mando a Yusuf Pasha Berkóftsalis56 y a Abas, pashá de Dimbra. A mediados de junio, salió con todo el ejército hacia Lianokladi con malos augurios. Dos o tres días antes había enviado allí, bajo guardia armada, muchas cajas de municiones para uso del ejército; pero por la noche cayó un rayo sobre la torre donde se guardaban los suministros, carbonizándolos y, con ellos, a varios de los vigilantes.
En camino hacia Lianokladi, Dervish Pasha envió a Graviá, después de algunos días, seis mil infantes y mil jinetes al mando de los otros dos pashás, para que irrumpiesen en Sálona por aquella ruta; del mismo modo, ordenó a Omer pashá de Caristo y a Vryonis, que estaba en Préveza, que entraran al mismo tiempo en el Ática y en Acarnania respectivamente y, una vez reunidas en Naupacto, llevaran todas las tropas a donde las acciones lo requiriesen. Pero los planes de los turcos eran como los de los griegos, sobre el papel más que en la realidad.
Por las mismas fechas, los turcos de Río, Andirrio y Naupacto –unos quinientos– fueron al distrito de Lidoriki y, al hallar parte del ejército de dicha provincia en la aldea de Omer Efendi al mando de Triandáfylos, lugarteniente de Skaltsás, entablaron combate y, no pudiendo seguir, volvieron atrás después de matar a 6 griegos y herir a 11.
Conocido el plan de la incursión a Sálona, por orden de Panuryás se levantaron 10 potentes baluartes a la altura de Ámbliani, entre Sálona y Graviá; pero el batallón de Panuryás era poco numeroso para lo que se precisaba. Afortunadamente se reunieron en dicha posición otros batallones a las órdenes de Yorgakis Drakos, Yotis Danglís, Diamandís Zervas y Perevós. Además, Londos envió 200 soldados al mando de Panayotis Notarás y, por un precio de diez mil grosia, contrató para que se agregaran a la posición a los de Kitsos Tsavelas, que en marcha desde Mesolongui al Peloponeso pasaban por Sergula; los defensores eran novecientos en total.
El 8 de julio, una parte del ejército enemigo, compuesta por albaneses y al mando de Abas Pasha, asoló la provincia de Lidoriki57, arramblando con ocho mil cabezas de ganado y un centenar de caballos y enzarzándose en Munitsa con el batallón de Skaltsás, reforzado por algunos de Kravvara al mando de Safakas, tras lo cual regresó a su campamento. La noche del día 13 56
Era jefe de la guarnición de Braila cuando la expedición de Aléxandros Hypsilandis y participó en la batalla de Galati, pero allí (capítulo VIII) es llamado Perkóftsalis.
57 En la Fócide.
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salieron todos los de Graviá, llevando consigo dos cañones, y amanecieron en la tumba de Sandalis, a una hora de Ámbliani, cayendo a tercera hora del día sobre los griegos que ocupaban aquella posición. Combatieron con artillería al principio y poco después espada en ristre, para dejar expedito el camino que los griegos se habían anticipado en obstruir con troncos de árbol. Los griegos defendieron valientemente sus posiciones, desbarataron las continuas acometidas del enemigo y lo rechazaron, pero éste no cedía y la batalla estuvo indecisa hasta el atardecer, en que llegó un refuerzo al mando de Chalmukis que cayó sobre el ala izquierda enemiga, poniéndola en confusión y haciéndola huir, gracias a la enérgica colaboración de los suliotas que combatían en aquel sector. La huida del ala izquierda provocó la del centro, resistiendo sólo la derecha, que ponía estrecho cerco al baluarte donde estaba Nakos Panuryás, hasta el anochecer, en que también ésta huyó al no poder aguantar sola. Los griegos persiguieron al enemigo y se apoderaron de los dos cañones, gran número de armas, suministros, caballos, banderas y la tienda de Berkóftsalis. Murieron o fueron heridos 37 griegos y muchísimos turcos, de los cuales bastantes se arrojaron por los precipicios que jalonaban su huida al tiempo que eran hostigados y respondían, prefiriendo la muerte a la esclavitud. La prueba del gran quebranto que sufrió el enemigo es que sus tropas no intentaron una nueva incursión después de su regreso a Gavriá. Una de las bajas de aquel día fue la del conocido bey de Tracia, Suleymán.
Como había sido planeado, por aquellos días Omer de Caristo partió hacia Oropo y se puso a saquear las zonas contiguas con tres mil efectivos, de los cuales dos mil eran los jenízaros destacados en Eubea. Guras, nombrado hacía un mes por el gobierno comandante de la guarnición de Atenas, salió el 3 julio con 600, ocupando al día siguiente la vieja fortificación que domina la llanura de Maratón. El día 5 hubo escaramuzas a la llegada del enemigo y, entablada la batalla el día 6, los turcos lanzaron 50 balas de cañón y atacaron hasta dos y tres veces, siendo rechazados.
En tanto, llegó un auxilio al mando de, entre otros, Evmorfópulos, y entonces cayeron todos sobre el enemigo, lo pusieron en fuga y enviaron a Atenas en señal de victoria 30 cabezas y 2 banderas. Tras esta batalla, los griegos regresaron a la ciudad y los turcos se trasladaron a Kapandriti, dedicándose a saquear y hacer prisioneros. El día 20 llegaron al pie de la ciudad 600 de caballería y los griegos se lanzaron contra ellos bajo el fuego de artillería procedente de la acrópolis, obligándolos a retroceder 112


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por Kyfisía. El 3 de agosto volvieron a acercarse los jinetes y entonces salieron los griegos, unos a pie y otros a caballo, entablando combate junto a los restos del templo de Zeus Olímpico y volviendo a hacer retroceder al enemigo. A los tres días los griegos hicieron una salida y, sorprendiendo al enemigo cuando iba camino de Kálamos, pusieron en desbandada a la infantería y cogieron vivas algunas bestias de carga; pero huyeron al volver la caballería y a punto estuvo de caer prisionero Guras.
Aquella noche los turcos se retiraron a Eubea, enfermos a causa de una grave disentería que se había declarado en el ejército por la ingestión de frutos sin madurar. En esta expedición, que duró cinco semanas, fueron muertos o heridos 30 griegos. Omer, al volver a sus lares, despachó hacia Volos a los levantiscos jenízaros.
Mientras Grecia Oriental se encontraba a la defensiva, la Occidental se hallaba en una posición ofensiva.
A finales de mayo se encontraron casi todos los guerrilleros de Grecia Occidental en la provincia de Valtos, en Megali Fteri, donde, en una reunión de estado mayor sobre una expedición a Arta, decidieron hacer antes una incursión en Radovitsi para sublevar a los pueblos cristianos próximos. Tras tomar esta decisión, el 1 de junio llegaron a los límites de dicha provincia mil soldados escogidos, al mando de los generales Tsongas y Rangos y los comandantes Anagnostis Karayannis y Dimos Tselios. El guerrillero aborigen Dimitris Bakolas, hijo y sucesor del famoso Gogos, que había fallecido, no estaba preparado para oponerse ni dispuesto para unirse; corrió a pedir a Tsongas que no prosiguiera hasta que él liberara a su hermano de las garras de los turcos de Préveza y prometió su colaboración para entonces. Tsongas atendió su petición creyéndola sincera pero él, en vez de liberar a su hermano, trajo turcos y tomó con ellos Skulikariá de improviso. Al comprobar que habían sido engañados, los de Tsongas y Rangos se lanzaron contra ellos el día 3, poniendo en fuga a los turcos y a Bakolas, y nombraron jefe a Kostas Ikonomu. Divididos en dos cuerpos de ejército, progresaron hacia Tsumérika, predio del guerillero Kutelidas, con la intención de levantar aquella provincia; pero mientras ellos avanzaban, los turcos se adueñaron de Skulikariá, expulsaron al nuevo caudillo, Kostas, y el día 9 marcharon a Xodáktylos en busca de Tsongas, entablando batalla y obligando a todos a regresar a Valtos sin haber conseguido nada, al no encontrar colaboración ni en Radovitsi ni en Tsumérika.
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A mediados de julio llegó la noticia de que los turcos se estaban concentrando en Komboti para una invasión de Acarnania a cargo de Vryonis, según había dispuesto Dervish. Para contrarrestar la amenaza, los de Mavrokordatos decidieron formar un campamento nacional que equipase y reforzase la fortificación de Mesolongui, dispusiera un lugar para la seguridad de mujeres y niños y atacara antes las defensas del enemigo. Consideraron Ligovitsi como lugar adecuado para el asentamiento y encargaron las obras de fortificación de Mesolongui a Kokkinis, suministrándole todo lo necesario. Como lugar seguro dispusieron, bajo una guarnición de prusiotas al mando de Guvelis, Apoklistra; situada entre Apókuro, Kravvara y Karpenisi, es capaz de albergar diez mil almas en caso de necesidad y está defendida por roquedales abruptos, con un único acceso por el N.O., que reforzaron vallando su entrada de seis pies.
Sobre el día 20, cinco mil albaneses de caballería e infantería partieron hacia Karvasarás bajo la dirección de Vryonis y transportando dos cañones; pero este hombre, que nunca cejó y siempre fracasó en las campañas anuales del pashá contra Grecia Occidental, no tenía ni fuerza ni voluntad para avanzar y, además, iba preocupado por los sucesos de su patria, Albania, dominada por disturbios civiles, y tenía miedo de que, en su ausencia, peligrara su poder; así que no hizo ningún reclutamiento ni emprendió la expedición hasta que no se le ordenó repetida y severamente, por temor a ser castigado por desobediencia.
Los griegos, acostumbrados a hacer frente a ejércitos enemigos mucho más numerosos, corrieron animosos a donde se les ordenó; unos ocuparon Ligovitsi, a donde llegó el día 31 Mavrokordatos; otros, Vérsovon, y los demás cayeron de nuevo sobre Radovitsi y Tsumérika en una maniobra de distracción. Nada digno de mención sucedió entre los dos ejércitos hasta el 26 de agosto, fecha en que los turcos, tras una marcha nocturna, cayeron de improviso sobre Vrachori y robaron bestias, esclavizaron a 25 mujeres, decapitaron a 40 hombres desarmados y, de regreso a su base, enviaron a Dervish las cabezas cortadas, como si fueran de enemigos armados. El 23 de septiembre, los que marcharon hacia Radovitsi y Tsumérika –unos mil– atacaron al enemigo cerca de Vulgareli, los pusieron en fuga y los persiguieron hasta la aldea, matando a 20; de los griegos fueron muertos 2 y heridos otros dos. Mientras tanto, en vista de que las operaciones de Dervish y Omer de Caristo no estaban saliendo bien y los disturbios civiles de Albania iban en aumento y se transmitían al campamento de Karvasarás, 114


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donde cada día se producían enfrentamientos y deserciones, y además se echaba encima el mal tiempo, el 6 de noviembre se levantó el campamento de Vryonis, regresando las huestes a sus bases a través de Makrynoros sin ningún enfrentamiento, debido a las angosturas del camino. Nunca hubo un ejército enemigo que se mostrara tan poco belicoso y tan inactivo.
Había pasado un mes entero desde la batalla de Ámbliani sin que hubiese habido ningún choque entre los dos ejércitos que se encontraban en la zona. Confiados en la inactividad del enemigo, doscientos epirotas al mando de Lambros Veikos, entre otros, partieron el 12 de agosto con el objetivo de caer de improviso sobre sus fortificaciones en Graviá, pero los turcos se dieron cuenta de su llegada, por lo que no consiguieron nada. En su huida nocturna, amanecieron a las afueras de Zituni, junto a las Cabañas, donde había una casa fortificada y en ella un centenar de turcos armados protegiendo a los enfermos y heridos que eran atendidos allí; dentro de la aldea había gran cantidad de ganado. Los griegos se escondieron durante el día y, llegada la noche, mientras Veikos y algunos de los suyos rodeaban el fortín, los restantes saquearon la población. Los de la casa hicieron una intentona para salir, siendo batidos y cayendo algunos de ellos. Una vez que los saqueadores se alejaron del lugar llevándose las reses, los que cercaban la torre se retiraron luchando, siendo muertos 3 y heridos 11.
También se vertió sangre enemiga dentro del pueblo.
El 14 de septiembre se entabló batalla en Panásari, no lejos del campamento enemigo. Este lugar lo habían ocupado los griegos, junto a otras posiciones hasta Skala de Varyani, con el objeto de provocar al enemigo a la pelea. Ellos respondieron saliendo y, en la lucha, pusieron inesperadamente a los griegos en gravísimo peligro, del que los libró Vasilis Danglís al matar en el combate al jefe enemigo, ya que después de este hecho los antes vencedores huyeron y fueron perseguidos. Fueron muertos cinco griegos y heridos otros siete; murió también a consecuencia de sus heridas el comandante Guiokas Chormovitis. El día 30 se trasladó el campamento enemigo a las Termópilas y se disolvió a los pocos días. El sultán achacó el fracaso de esta expedición a la impericia de Dervish, así que lo destituyó y lo mató al poco tiempo. Esto fue lo que pasó en Grecia Continental hasta fin de año. En el Peloponeso la situación era distinta.
Los turcos de Metona asolaban con frecuencia los alrededores en busca de alimentos, por lo que algunos espartanos y mesenios les prepararon una emboscada el 26 de agosto. Salieron los turcos según su costumbre 115


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sin sospechar nada y, al ser atacados de improviso por los griegos, se encerraron aterrorizados dentro de una casita. Ese mismo día salieron en su auxilio los restantes congéneres y volvieron al fortín al caer la noche, sin conseguir nada. Al día siguiente llevaron al combate dos cañones, mas tampoco entonces consiguieron lo que se proponían, regresando al fuerte como el día anterior. Al atardecer de ese día, los griegos prendieron fuego a la casita, la destruyeron en parte y siguieron combatiendo a los del interior; éstos, al ver que ya no había ayuda de fuera, salieron amparados en la oscuridad de la noche y se refugiaron en el fuerte. Murieron 5 griegos y el triple de enemigos, siendo hechos prisioneros otros tres.
Los turcos de Patras salían sin miedo a las órdenes de Deli Ahmet Pasha, que permanecía junto a Yusuf Pasha, y saqueaban no sólo la provincia, sino incluso las aldeas cercanas a Gastuni. El 12 de julio, cuatrocientos jinetes cayeron de improviso sobre Lechená, matando y haciendo un gran número de prisioneros; aunque les atacaron doscientos suliotas al mando de Kostas Bótsaris y otros doscientos nativos a las órdenes de Krýsanthos Sisinis, regresaron llevándose los prisioneros. El 20 de septiembre asaltaron Markópulon, pusieron en fuga a los atacantes, estuvieron a punto de matar a Sisinis y volvieron a Patras con mujeres y niños, a quienes redujeron a esclavitud. En noviembre llegaron hasta la misma ciudad de Gastuni, donde hicieron víctimas, apresaron y saquearon. Mientras tenían lugar estos sucesos, había un ejército griego asediando Patras al mando de Londos, en el que se invertían los ingresos de las provincias cercanas, pero este campamento dormitaba. El 14 de octubre se decretó un bloqueo de Patras y se enviaron navíos para su ejecución.
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1824 CAPÍTULO L ÉXITO EN CRETA DE LA CAMPAÑA DE IBRAHIM, PASHÁ DE EGIPTO.- LAS BATALLASNAVALESDEDICHACAMPAÑA.-PREOCUPACIÓNDELGOBIERNO GRIEGO SOBRE LA REGULARIZACIÓN DEL SERVICIO POR MAR Y POR TIERRA.-COMIENZO DE LAIII LEGISLATURA.-DONACIONES DE VARVAKIS.SOCIEDAD FILANTRÓPICA GRIEGA.-
Aunque ese año el sultán había destruido Casos y Psará, sin embargo habían fracasado todas las demás operaciones por tierra y por mar; pero contra Grecia acababa de hacer su aparición una fuerza nunca vista, la de Mehmet Ali, más temible que la del sultán; la dirigía su hijo Ibrahim Pasha, un militar belicoso y arriesgado. A finales de junio estaban dispuestos en el puerto de Alejandría para la campaña en cuestión 54 navíos de guerra, entre grandes y pequeños, y más de trescientos de carga, 86 de ellos bajo bandera neutral. Se embarcó a doce mil soldados regulares de infantería, dos mil de caballería, dos mil albaneses, quinientos artilleros, doscientos hacheros, 150 cañones de campo y abundantes víveres y pertrechos. Los regulares, nacidos todos en los dominios de Mehmet Ali, eran hombres menudos y no espectaculares, la mayoría con afecciones en los ojos; pero pacientes, bajo una severa disciplina y bien ejercitados en el uso del armamento y en las maniobras sencillas. Los oficiales eran casi todos turcos; los preparadores y médicos, europeos. Destacaba en el ejército el renegado francés Sève, que había cambiado su nombre por el de Suleyman Bey, en otro tiempo edecán del mariscal Ney y entonces coronel de uno de los tres regimientos que componían el ejército. El 7 de julio zarparon de Alejandría todos los navíos en cuestión, tanto de guerra como de carga, y llegaron a Cos con dificultad a mediados de agosto, debido al régimen de fuertes vientos etesios58. El gobierno griego supo en su momento y con exactitud de esta 58
Popularmente llamado Meltemi.
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expedición y también que, para su uso, se habían fletado por astronómicas sumas barcos mercantes bajo pabellón neutral; así, el 27 de mayo publicó un bando diciendo que cuantos navíos europeos habían sido fletados para uso de esta expedición contra Grecia no serían considerados neutrales, sino enemigos, y como tales serían combatidos, incendiados y hundidos con sus tripulaciones. Se equivocó el gobierno al considerarlos excluidos de toda protección por ley y las potencias europeas se escandalizaron con razón.
Inglaterra reclamó la anulación del bando a través del alto comisionado y, al no ser atendida, ordenó a sus fuerzas navales en el Mediterráneo que detuvieran a cualquier nave de guerra griega que encontraran. Tal medida, de haber sido llevada a la práctica, habría supuesto de golpe la paralización de toda la marina griega en activo; por ello el gobierno griego invalidó a su pesar un decreto que era más duro de lo debido.
Hemos dicho que la armada de Bizancio59, ridiculizada ante Samos, navegó hasta Cos mientras la flotilla de Sachturis costeaba Anatolia para observar sus movimientos. Entre tanto se dispuso también la flotilla de Miaúlis, que partió de Hydra el 10 de agosto y llegó el mismo día a Sunion; se le unieron el 14 navíos de Spetsest y, el día 21, anclaron todos juntos al amparo de Lipsós, junto a Patmos. El 23 se reunieron en aquellas aguas todos los barcos, a saber: las dos flotillas de Hydra, la de Spetses, mandada por Kolandrutsos, y la de Psará, mandada por Apostolis. El 24 toda la flota, unificada bajo el mando de Miaúlis, puso rumbo a Cos y Bodrum (Halicarnaso), donde fondeaban las escuadras bizantina y egipcia, compuestas de un bergantín, 25 fragatas, otras tantas corbetas y entre 50 bricks y goletas; acompañaban a las dos escuadras muchísimos cargueros, con armas o sin ellas; sumaban todas quinientas, entre las de guerra y las de carga, grandes y pequeñas, armadas o no. Se decía que transportaban 80.000 marineros y soldados y contaban con más de 2500 cañones. Las griegas eran sólo 70, con unos 5000 marineros y 850 cañones.
Una vez arribada la flota griega a su destino, Miaúlis ordenó que avanzaran en vanguardia 24 embarcaciones, entre ellas 6 brulotes, mientras el resto iba detrás. Una hora antes del mediodía, la vanguardia atacó a una fragata delante de Bodrum y la puso en fuga. Entonces salieron a mar abierto las dos escuadras enemigas, mientras que la griega se aproximó entera 59
Siguiendo la tradición de los historiadores bizantinos, así llama ahora Trikupis a Constantinopla (nunca Estambul).
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hasta donde se oye un cañonazo y comenzó una batalla naval generalizada entre Cos y Bodrum. Estrecho era el campo de batalla y soplaba un fuerte viento, por lo cual se produjo una gran confusión, ya que tanto las naves enemigas como incluso las griegas se movían desordenadamente, y hubo muchas colisiones entre embarcaciones de una y la misma escuadra. La bizantina se mostró incapaz, siendo tanta la inepcia de sus tripulantes que ponían más empeño en no perjudicar a los propios que en causar daño al enemigo. Incluso la nave almirante, que sin discusión tenía a su servicio los marineros más diestros, lo pasó mal dando bandazos, debido a su ineptitud.
Ninguna tripulación se mostró combativa, salvo la de una fragata cuyo capitán y muchos marineros fueron muertos en la batalla. En cambio, la armada egipcia se distinguió tanto por su arrojo como por su habilidad náutica: dos veces atravesó Gibraltar con su fragata la línea de naves griegas, dando y recibiendo cañonazos, y el propio Ibrahim destacó por encima de cualquiera; pero la angostura era tanta, que una nave de Hydra se precipitó en oblicuo sobre un brulote de Psará, le rompió el mástil y obligó al capitán a incendiarlo, ya que iba a caer en manos del enemigo. A eso de la 1 de la noche, cuando las escuadras se estaban separando, un disparo de cañón procedente del fortín de Cos impactó en otro brulote, derribando el mástil, y los marineros, al no poder gobernarlo, le prendieron fuego antes de huir, pero la mecha se apagó y los enemigos se apoderaron del brulote sin que hubiese ardido. La escuadra griega se distanció y amaneció en Tsátala, anclando en Yérondas60 al ponerse el sol. El día 26 enviaron algunos barcos a observar al enemigo y el 28 se oyeron andanadas por la parte de Cos, ya que algunas de las naos enemigas dispararon sobre las enviadas en misión de observación; al oírlo, todas las griegas se hicieron a la mar. Al atardecer, fueron avistadas al ataque las turcoegipcias en número de 97. Al día siguiente, amanecieron las tres flotas en Tsátala, cayendo la griega en una calma chicha, mientras las otras dos enfilaban hacia la griega con viento escaso. Así empezó la segunda batalla naval. Nueve barcos griegos, entre ellos la nave almirante y dos brulotes, encontraron viento a favor y se dirigieron a Yérondas. Su situación era difícil. En su auxilio se lanzaron otras naves griegas que pillaron viento a favor, entre ellas el brulote de Dimitris Papanikolís. Este incendiario contuvo el impulso de las dos fragatas, atemorizándolas al dirigir su embarcación ora contra una, 60
Localidad de Leros –otra isla de la zona– por cuyo nombre se conoce la decisiva batalla naval.
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ora contra la otra. Mientras tanto, sobre el casco caían cual granizo los proyectiles y la metralla, perforándolo y causándole otros desperfectos; pero él, a pesar de tales daños, no cejó hasta que el brulote fue reducido a la impotencia y, entonces, lo incendió. Simultáneamente, otros brulotes rondaban por en medio de las dos escuadras enemigas, ayudados por el incesante bombardeo de los barcos de guerra. El incendiario Matrozis lanzó su brulote contra un bergantín, conectó con él y le transmitió el fuego, pero los marineros del bergantín despegaron el brulote y sofocaron las llamas.
Mientras ardía esta embarcación y el bergantín en peligro huía, Pipinos enfiló hacia él su brulote pero, al ser seriamente herido, los marineros se acobardaron y, metiéndole fuego antes de engancharlo, lo abandonaron.
Un tercer brulote se lanzó contra el mismo navío, mas también ardió para nada. El fallo de tres brulotes animó a los buques enemigos que huían a enfrentarse a los griegos. Dos fragatas, tres corbetas y cinco bricks rodearon el barco de Sachturis quebrándole las antenas, rasgándole las velas y partiendo por la mitad el palo mayor, pero sin hundirlo, pues la embarcación viró de a bordo y se libró del gran peligro. Poco después, las mismas naves enemigas trabaron combate contra las nueve griegas, que las acosaban guiadas por el viento. En el transcurso de esta batalla, Pappandonis lanzó su brulote contra una de las fragatas de 44 cañones, lo enganchó al obenque derecho del mástil delantero y le prendió fuego; pero como el fuego progresaba con lentitud y podía ser sofocado, Vatikiotis pegó su brulote a la parte de babor, con lo que la fragata ardió en media hora.
Fueron muertos dos marineros de Pappandonis y heridos cuatro, él entre ellos; de los que iban en la fragata pasto de las llamas, muchos cayeron al agua y, de ellos, fueron recogidos y aprisionados 22 regulares en la nave de Tsamadós y otros 15 en la de Andonis Kriezís. Se supo que la fragata incendiada era la del comandante tunecinou, que dos de los prisioneros eran él y un comandante de Mehmet Ali, que la fragata contenía 500 marineros y 800 regulares y que el objetivo enemigo en esta operación era la destrucción de Samos. Tras este suceso, las flotas enemigas retornaron a Cos y los griegos, después de pasar la noche en el lugar de la batalla, se acogieron por la mañana al puerto de Yérondas.
Durante unos días, las escuadras no se enfrentaron ni alinearon una frente a la otra. El 6 de septiembre fueron avistadas las dos enemigas delante de Tsátala, con rumbo a Samos. Hacia la misma zona zarpó la griega y, tras alcanzar a las enemigas, se colocó delante de la isla desde Marathókambos 120


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hasta el cabo de Hagía Marina, dispuesta al combate. Las dos enemigas se aproximaron pero, al caer la noche, se retiraron hacia Arkii61. Sobre las dos de la madrugada, se oyeron andanadas por aquella parte y, poco después, se encendieron fanales sobre los mástiles de las naves enemigas. Toda la noche se oyeron voces de vigías en diversos sectores de la isla y se vieron fuegos en lo alto de los montes, causados por el miedo a un desembarco nocturno. Apenas despuntó el alba, sobrevino una lluvia torrencial y un impetuoso viento de Levante. Las escuadras enemigas permanecieron en torno a Arkii hasta el 9, día en que pusieron proa a Icaria. Hasta allí las siguió la flotilla de Miaúlis y también allí se aprovisionó. Al frente de la formación iban la nave almirante y cinco más. Un gran número de naves enemigas las atacó y combatió violentamente durante dos horas sin ponerlas en fuga ni infligirles daños. Entretanto llegaron las restantes naves griegas y el enemigo, que se había lanzado poco antes como un león, huyó como un conejo al divisarlas. Al día siguiente, las griegas volvieron a Marathókambos, donde aguardaba la flotilla de Sachturis protegiendo Samos. Miaúlis, informado de que la escuadra bizantina se había separado de la egipcia y navegaba entre Naxos y Miconos, zarpó el 14 y supo por el camino que el capitán pashá había ido a Miconos, donde buscó gente de mar sin encontrarla, que los notables habían ido a rendirle pleitesía, que 150 enemigos que desembarcaron en Naxos para saquearla habían sido todos muertos y que una corbeta de 26 cañones había encallado y naufragado en tierra entre Quíos y Çesme. Entre tanto, se reunieron las escuadras bizantina y egipcia frente a Mitilene; el 21, toda la griega hizo lo mismo frente a Volissós62. El capitán pashá, tras haber fracasado en su intento contra Samos a pesar de la ayuda de la escuadra egipcia, partió hacia Constantinopla dejando 14 fragatas y otros barcos a las órdenes de Ibrahim, que a su vez se desentendió definitivamente de Samos y no tuvo otra preocupación que escapar a las llamas de los griegos y llegar sano y salvo a Creta.
Al atardecer del día 22, la flota griega zarpó en busca del enemigo y lo avistó el 24 antes de mediodía a la altura de Mitilene; lo abordó a las dos de la madrugada y entabló la batalla entre Quíos, Karaburná63 y Mitilene. Los 61
Pequeña isla al S. Samos, al N. de Lipsí (Lipsós para Trikupis) y al N.E. de Patmos.
En la bahía del O. de Quíos.
63 Karaburun, ‘Punta Negra’, pequeña península en la provincia turca de Izmir. Lesbos (Mitilene en 62
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brulotes iban en vanguardia y se dirigieron hacia un bergantín; dos de ellos se pusieron a su lado, a estribor el de Theofanis y a babor el de Kaloyannis, y abordaron uno frente al otro; el primero fracasó y ardió en vano, mientras el segundo acertó; el bergantín se inflamó y las llamas se propagaron hasta la santabárbara. Al mismo tiempo, ardió también inútilmente el brulote de Filippengos, que estaba a punto de ser capturado. Tres horas después de la medianoche, el incendiario Nikódimosv se lanzó contra una corbeta, clavó hábilmente el brulote y le prendió fuego. Al amanecer fue Rombotsis quien lanzó su brulote contra otra corbeta por estribor, pero el viento venía de babor e impedía transmitir las llamas. Se rescató del mar a buen número de tripulantes de las dos embarcaciones enemigas incendiadas; el bergantín que fue pasto de las llamas tenía 12 cañones, la corbeta 20 y, aparte de los marineros, llevaban 75 y 180 regulares, respectivamente. Uno de los prisioneros era un tal Kírtsalis, hombre intrépido con dos heridas sanguinolentas en la cabeza y cicatrices anteriores, que ni aun cautivo se acobardó ni suplicó. Los griegos admiraron su nobleza y su sinceridad pero, irritados por su altanería hacia ellos, lo ahorcaron al día siguiente.
Tras estos hechos, la armada enemiga partió hacia Mitilene y algunos días después se trasladó a Cos, donde subió a bordo las tropas, desembarcadas en Bodrum para descansar desde el día en que arribó allí la flota egipcia.
En el intervalo, la flota griega se dispersó y permaneció inactiva por falta de brulotes, ya que sólo quedaba uno pequeño. El 13 de octubre apenas llegaban a 24 las naves de guerra mandadas por Miaúlis y Sachturis, pero al día siguiente llegaron otras 5 de Psará y dos brulotes.
El 19 llegaron otros 2, uno a cargo de Kanaris. El 20 se agregaron las de Spetses y 5 de Psará y, al día siguiente, enfilaron unas hacia Leros y otras a Lipsós, donde al día siguiente aparecieron en una lancha turca 13 hombres de Casos evadidos de la armada enemiga en Cos; con ellos iba un turco de Creta. La escuadra griega permaneció hasta el 28 dentro de los dos puertos citados. En este espacio de tiempo zarparon de Bodrum y de Cos todos los navíos del enemigo, tanto de guerra como de carga, con las tropas a bordo y rumbo a Creta. Los de carga navegaban rodeados por los de guerra.
La escuadra griega, formada por 52 embarcaciones, se enteró a tiempo de la travesía enemiga hacia Creta por los tránsfugas casios y también por la época) queda al N. y Quíos al O.
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una carta enviada por Ibrahim a dicha isla bajo pabellón neutral y que cayó en manos de Miaúlis, así que partió el mismo día que el enemigo. Las dos escuadras se encontraron el 29 entre Astipalea y Kéfalo, apresando los griegos un carguero bajo pabellón español con 24 caballos y 38 soldados.
Durante todo ese día y los dos siguientes las dos escuadras se miraron sin intercambiar cañonazos, por culpa de la imperante calma chicha, que era extrema. Sólo después de la medianoche del día 30 abrieron fuego los enemigos contra los brulotes, que precedían a los de guerra, con intención de echarlos a pique, pero no les causaron el más mínimo daño debido a la distancia. La mañana del 1 de noviembre sorprendió a las escuadras en el mismo lugar que la víspera; al poco comenzó a soplar un viento del norte.
Las escuadras entraron en zafarrancho de combate y pugnaron por ponerse con el viento a favor. Lo consiguió la griega y atacó el ala derecha dando y recibiendo cañonazos a diez millas de Megalo Kastro (Creta). A eso del mediodía, Theodorakis Vokos enfiló su brulote hacia una fragata egipcia, pero sufrió graves daños al recibir descargas de fusilería y cañonazos. Los de Vokos, impertérritos, no sólo no cejaron, sino que se acercaron tanto a la proa, que subieron al bote para inflamar y lanzar el brulote, pero de improviso muchos turcos de los que iban en la fragata lo abordaron, con el objetivo de apoderarse de él antes de que lo incendiaran, y al mismo tiempo una lancha enemiga corrió a adueñarse del bote. Al verlo los de Vokos, volvieron a su embarcación, matando o arrojando al mar a los asaltantes; después atacaron también a los de la lancha y les infligieron los mismos males, hasta que se apoderaron de la lancha. Tras estas pérdidas, la fragata se alejó y el brulote quedó sin arder. Dos horas después, Rombotsis dirigió su brulote contra otra, pero un proyectil enemigo impactó en la santabárbara y lo incendió antes de que se adhiriese a ella. Poco después Kanaris se lanzó hacia otra, pero no la alcanzó en su huida. Entre tanto, el ala derecha de la armada enemiga se alejó, quedando interrumpida la batalla. A la puesta del sol llegó el ala derecha con Ibrahim y se reanudaron las hostilidades, cayendo las doce fragatas que componían dicha ala sobre los barcos griegos, tan impetuosamente como si se tratara de hundirlos de una vez por todas. Los griegos no se arredraron y formaron frente a ella, quedando en todo momento por encima de la escuadra enemiga en las andanadas que se intercambiaban. Así cayó la noche y los turcoegipcios encendieron fanales, mientras los griegos circulaban amparados en la oscuridad; sólo tenía luz la nave almirante. Entre los enemigos cundió el 123


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temor de chocar de improviso contra los brulotes griegos, de manera que la fragata en que iba Ibrahim apagó las luces. Una hora antes de medianoche, un brulote cayó sobre un brick enemigo, pero no lo enganchó y ardió en vano; otro brulote se arrojó contra el mismo, se pegó, pero fue despegado y también ardió inútilmente. En esto las llamas de los dos brulotes, que ardían a la deriva en medio de la noche impulsados por un fuerte viento del norte, si bien no causaron daños, sí atemorizaron al enemigo y, a causa del pánico, se rompió la alineación y, como se supo al día siguiente, Ibrahim izó una señal diciendo a los suyos que se salvara quien pudiese.
Entonces los navíos huyeron en todas direcciones: unos a Rodas, otros a Kárpathos, otros a Alejandría y el resto a Spinalonga64. Después que esta escuadra tan numerosa se dispersó de tal manera, la griega puso proa a Casos. Al llegar el día, el bosque de arboladuras que había la víspera se había vuelto invisible. Sólo se avistaron en el mar a la altura de Kárpathos 5 embarcaciones enemigas que, en medio de una fuerte borrasca, fueron acosadas por los griegos, quienes se apoderaron de cuatro con caballos, soldados y equipamientos de guerra. No obstante, si el enemigo sufrió tales estragos, tampoco las griegas quedaron indemnes: en especial las de Lembesis y Sachturis se vieron envueltas en la tempestad y fueron dañadas gravemente. Además, la campaña de los griegos se prolongaba más de lo acostumbrado y los víveres estaban a dos velas. Por estas razones los navíos griegos regresaron a sus lugares de origen, en tanto que los enemigos se fueron reuniendo poco a poco en Rodas y Marmari, zarpando el día 23 y, sin encontrar obstáculo debido a la retirada de los griegos, llegaron a seguro en el puerto de Suda, donde desembarcaron las tropas, toda vez que la guerra y la pertinaz epidemia habían dado al traste con la cuarta parte.
En cuanto a la batalla naval de que se ha hablado, en la que los brulotes griegos –su auténtica fuerza– ardieron todos sin fruto, brilló sobre todo el arrojo y la habilidad de los que pusieron en evidencia a una escuadra tal y al destacado varón que la mandaba.
Poco antes el gobierno había fijado su atención en la redacción del reglamento del ejército regular y, en julio, dictó un bando llamando a filas a los soldados del que había sido disuelto, suspendió de su cargo –mal hecho– al ducho militar italiano Gubernatiw nombrando en su lugar general en jefe a Rodios, envió oficiales a diversas partes de Grecia y en 64
En el N.E. de Creta.
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particular a las islas para un nuevo alistamiento, aprobó el vestido griego en vez del europeo e introdujo cierto orden en el servicio de las tropas no regulares. Como se había originado un gran clamor popular a cuenta de las represalias griegas contra las embarcaciones bajo pabellón neutral, el gobierno reglamentó en la medida de sus competencias las circunstancias del servicio para reducir los abusos en el mar.
Estando próxima la conclusión del II período de gobierno, se convocó al pueblo por diversos medios para el envío de representantes a la apertura del III. Pero aunque el año de gobierno terminaba en abril, el número de representantes exigido no se reunió en Nauplion hasta septiembre, mientras el nuevo ejecutivo no comenzó las sesiones preliminares hasta el 1 de octubre. La víspera de la inauguración, el ejecutivo del II período anunció oficialmente su cese y, subrayando algunos hechos internos y externos ocurridos durante su período de vigencia, elogió el espíritu respetuoso de la ley y amante de la independencia de los griegos, elevó plegarias al Altísimo, dio las gracias a los gobernantes y a los que habían luchado con valor por tierra y por mar y rezó por la buena marcha de la santa y justa causa. El 3 de octubre, antes de la elección por parte del ejecutivo del III período de sus presidente, vicepresidente y secretarios, bajo la presidencia provisional del diputado más anciano, se votó a los cinco miembros del legislativo, saliendo elegidos por unanimidad Yoryos Kunduriotis como presidente y Panayotis Bótasis como vicepresidente y, por mayoría, Asimakis Fotilas, Anagnostis Spiliotakis y Kolettis. El día 9 se eligió presidente del ejecutivo a Panutsos Notarás y vicepresidente al arzobispo de Vrésthena. Hecho esto, el ejecutivo cesante promulgó un bando de 10 de octubre lleno de saludables principios y paternales exhortaciones.
Antes del final del II período, llegó a Grecia procedente de Rusia Ioannis Varvakis, un octogenario nacido en la isla de Psará que se estableció como comerciante en Rusia después de la guerra de 1796 entre ésta y Turquía y se hizo muy rico. Gran parte de su fortuna la invirtió, antes de la insurrección, en el mantenimiento de la escuela de Quíos, en la protección de muchos compatriotas necesitados y en favorecer a su tierra natal. Durante la insurrección, como vimos, sostuvo la lucha con el envío de cañones y abundante material de guerra, prodigó ricas dádivas a sus paisanos cuando la isla fue aniquilada y se mostró muy generoso con toda la nación al donarle un millón cien mil rublos para la fundación de establecimientos
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de utilidad pública65. Este hombre, ya por propia iniciativa a causa del estado de las cosas, ya por delegación como algunos suponían, propuso en Nauplion a Ioannis Kapodistrias como jefe del Estado, sin que se le hiciera caso, ya que en ese momento Grecia se inclinaba más hacia Inglaterra que hacia Rusia; pero su idea iba a dar fruto. Murió el 12 de enero de 1825 en Zacinto, donde estaba de viaje, mientras cumplía su cuarentena. La patria agradecida elevó a Dios públicas preces por él.
En medio de los tumultos y de las convulsiones políticas, se había constituido a principios de agosto, por contribución voluntaria de los ciudadanos, una sociedad filantrópica de asistencia a indigentes, enfermos, viudas y huérfanos. La sociedad prosperó y fundó un hospital en Nauplion, transformándolo posteriormente en una escuela de método alelodidáctico66 la educación de huérfanos y menesterosos, que tenía como objetivo transmitir estos beneficios a otras ciudades de Grecia. A ello se oponían las dramáticas circunstancias de la patria, pero incluso a pesar de ellas la sociedad permaneció operativa más de dos años y medio.
65
En las proximidades de uno de ellos, el instituto (gimnasio) Varvakeion, se halló posteriormente la famosa copia romana de la Atenea Pártenos, llamada por ello Atenea Varvakeion.
66 Método de enseñanza que consistía en implicar a los alumnos más aventajados como ayudantes del profesor para la educación de todos.
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1824 CAPÍTULO LI LASEGUNDAGUERRACIVIL:DIFERENCIAS CON LAPRIMERA.-CONGRESO DE GRECIA OCCIDENTAL EN ANATOLIKÓN.-
La primera guerra civil, al terminar, había esparcido las semillas de la segunda. Kolokotronis y los Andreas, los rivales en discordia, se reconciliaron en el momento en que la guerra estaba acabando y acordaron entregar Nauplion al gobierno, pero con una guarnición formada por peloponesios. La unidad de los contrarios conllevaba la división de los aliados. El legislativo no consentía una guarnición peloponesia y tampoco era de su agrado que los Andreas no se mostraran con Kolokotronis tan duros como convenía; además, los acusaban de corruptos en el poder que se les había dado, aunque no lo eran. Los Andreas, tras vencer a los contrarios al gobierno, se creían merecedores de su reconocimiento y su confianza y llevaban mal la actitud que tenía para con ellos; de mala gana y con resentimiento, dejaron el fortín en manos del legislativo. Y soportaron aún más desaires: rogaron a sus miembros que no echaran a Bubulina, consuegra de Kolokotronis, de una casa estatal en donde vivía, pero ni en esa petición fueron atendidos; pidieron una pequeña compensación por lo que habían gastado en la guerra civil y no percibieron ni un óbolo. Y por último sufrieron que el legislativo, proponiéndose debilitarlos, separase a su pariente y aliado, Ioannis Notarás, de su lugarteniente Makryyannis y a Londos de Nasos Fotomaras, un suliota al que nombraron jefe de la guarnición del Palamidi. Por todo ello, los Andreas se fueron de Nauplion llenos de ira contra el legislativo. En cambio, mientras el legislativo se comportaba ingratamente con ellos, el ejecutivo les resarcía considerándolos los mejores patriotas, buenos y afortunados luchadores por la consolidación de la ley y dignos del reconocimiento de la nación. Tanto estimaba a Zaímis que, al morir el miembro del legislativo Nikólaos Londos, lo nombró su sucesor; pero él, 127


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como otras veces, no aceptó y el ejecutivo puso en su lugar el 14 de julio a Panutsos Notarás, que compartía ideología con él.
El legislativo siguió su camino y, una vez que vio a los de Kolokotronis humillados a través de Zaímis y Londos, quería humillar igualmente a éstos a través de aquél, atrayéndose –o mejor dicho, neutralizando– a Plaputas. Los Andreas se daban cuenta de todo lo que maquinaban contra ellos y, más enojados aún, se dispusieron a crear nuevos disturbios civiles. Su considerable fuerza militar estaba por Patras, donde acampaba Londos y, a su lado, los amigos y partidarios suyos y de Zaímis: Ioannis Notarás, los hijos de Kolokotronis –Panos y Yenneos–, los Diliyannis y los Petmezás; tenían en total dos mil hombres. Kolokotronis y Zaímis estaban aparentemente tranquilos en sus provincias, pero en realidad utilizando su influencia para predisponerlas contra el legislativo. Así las cosas, bastaba un pequeño impulso para la completa ruptura y fueron los de Arkadiá los primeros en darlo, al oponerse al pago de los impuestos y ultrajar al gobernador. Ante esta actitud, el legislativo envió el 22 de octubre 500 stereoeladitas al mando de Dikeos, que era además ministro del Interior.
Al enterarse, los que cercaban Patras disolvieron el campamento por propia iniciativa so pretexto de que escaseaban los víveres y, mientras los demás iban a otras provincias para instigar algaradas, los Diliyannis y Kolokotronis partieron a las claras para ayudar militarmente a sus secuaces los arkadios. En tanto, ya que tenían que justificar su marcha bajo la apariencia de legalidad, acusaron al gobierno de desobediencia a la ley – cuando eran ellos los que la desobedecían– y, tergiversando el apartado VI de la Ley XVII, pretendían que no se permitía elegir dos veces a los mismos miembros para el legislativo y reclamaban la inmediata convocatoria de un congreso nacional de acuerdo con los términos fijados en Astros. El ejecutivo, aunque estaba implicado en la ilegalidad imputada al gobierno, ya que había elegido a los miembros del legislativo, al principio se puso indulgentemente de parte de sus acusadores y, tratando de calmar al legislativo, sólo les dio la espalda cuando los vio levantar las armas.
Mientras tanto, Dikeos llegó con los suyos a Lakki de Mesenia y los arkadios sorprendieron a los Konstandinos y estuvieron combatiendo durante dos días. Al llegar los de Diliyannis y Kolokotronis, las tropas del gobierno se dieron a la fuga y su jefe, Dikeos, volvió a Nauplion sin resultado.
Por las fechas en que los griegos luchaban en Mesenia, murió en Nauplion 128


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el vicepresidente del legislativo y excelente ciudadano Panayotis Bótasis, víctima de la grave epidemia que reinaba desde tiempo atrás. También el 22 de noviembre murió a manos de la enfermedad Negris, retirado de la política e ignorado en Nauplion. A la muerte del vicepresidente, el presidente Kunduriotis estaba enfermo en Hydra, por lo que fue llamado a la presidencia provisional el tercer miembro del legislativo, Fotilas; pero, como simpatizante de los contrarios al gobierno, disentía de las medidas que se tomaban contra ellos; no pudiendo obstaculizarlas, huyó el 8 de noviembre y, al día siguiente, se leyó en el legislativo un escrito suyo diciendo que rehusaba porque ya se había opuesto muchas veces, sin ser atendido, a las acciones del gobierno que incitaban a la guerra civil.
Su espantada dejó al organismo sin quorum e incapaz de actuar. Para completar el número exigido, se necesitaba elegir a un nuevo componente y el gobierno, para reafirmar su posición, quería incorporar a uno de los Mavromichalis, pero Petrobey, el jefe del clan, estaba incurso desde hacía algún tiempo en la grave acusación de mantener correspondencia secreta con Mehmet Ali, por lo cual lo rechazaron tanto el gobierno como la oposición. Tras la investigación, la acusación se reveló falsa y el legislativo se impuso al ejecutivo en la elección del nuevo miembro y tomó a Konstandinos Mavromichalis como colega.
Aunque la guerra civil había comenzado ya, a mediados de noviembre y por disposición del ejecutivo –movido en todo momento por un espíritu conciliador– se enviaron negociadores de paz a Zaímis, pero volvieron sin obtener resultado. Después de Mesenia, la manzana de la discordia entre el gobierno y los rebeldes era Tripolitsá. El gobierno retenía esta ciudad y los contrarios a él intentaron atraerse a sus habitantes y neutralizar su guarnición y a los griegos del continente bajo su órbita, a los que escribieron una carta en la que consideraban el Peloponeso como tierra propia y no común a todos los griegos, o al menos a los griegos combatientes, y la guerra civil como un conflicto de intereses entre ellos y los miembros del gobierno; los calificaban de forasteros, les prevenían de entrometerse en los asuntos del Peloponeso y les amenazaban con castigarlos si no hacían casox.
Despreciados por la gente del lugar y objeto de burla para los stereoeladitas, enviaron a Nikitas a Kutsopodi y ellos, llenos de cólera, se levantaron en armas para apoderarse de Tripolitsá; desvalijaron a unos comerciantes en las afueras de la ciudad y ocuparon algunas posiciones colindantes, pero la
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guarnición stereoeladita salió y entabló batalla en Hagios Sostis y Kamari67; venció completamente en Hagios Sostis haciendo 60 prisioneros que envió a Nauplion –entre ellos Staikos–, y matando a Panos Kolokotronis, que había ido en auxilio de Staikos y, puesto en fuga, se había refugiado en la aldea de Thanas; y en Kamari los dispersó. El día 22 dispersó también a los de Nikitas en Kutsopodi. El 28 subieron a Tripolitsá en ayuda de los gubernamentales Chatsí-Christos y Vassos, que al día siguiente atacaron en Vrysaki a los contrarios, persiguiéndolos en su huida hasta Partheni y no dejándolos agruparse más en aquel sector. Se dice que murieron más de cien en estas lamentables luchas fratricidas.
Pero el gobierno, aunque victorioso, barruntaba el peligro si se limitaba a sus solas fuerzas en el Peloponeso. Esta segunda guerra civil no se parecía a la primera, cuando luchaban peloponesios contra peloponesios.
En ésta, casi todo el Peloponeso era del mismo parecer y el gobierno no podía debilitar a sus enemigos sino a través de soldados de otra parte: con el dinero del préstamo, tenía tantos mercenarios del continente como quería. Los oponentes no tenían y eran despojados incluso de los que estaban a su mando. Es inexplicable cómo unos hombres con las prendas de Kolokotronis y los Andreas emprendieron esta contienda en medio de tales circunstancias. Por estos motivos el gobierno, sin cejar en su empeño de supremacía, vio necesario traer al Peloponeso tropas a sueldo y llamó a las de Grecia Oriental. Todos obedecieron y, el 22 de noviembre, desembarcaron en el Istmo las de Guras y Karatasos antes que las demás.
A partir de entonces comenzaron las grandes debacles de los rebeldes y del Peloponeso.
Desde pocos días antes cercaban el Acrocorinto Londos y Ioannis Notarás con 800 stereoeladitas escogidos pero, al desembarcar los mencionados, huyeron hacia Kutsomadi, donde encontraron a su amigo Nikitas. En éstas llegó a Corinto como director general Kolettis, miembro del legislativo, y los siguió en su marcha hacia Kutsomadi. Allí lucharon los rivales; se derramó sangre, vencieron los gubernamentales y los antigubernamentales huyeron con dificultad, retirándose Londos a Acaya mientras Notarás y Nikitas ocupaban Hagios Yoryos. Hasta aquel pueblo marcharon los gubernamentales pero, como era un lugar fuerte, fueron batidos y murieron 50. Maltrechos y fracasados, trajeron tres cañones de Nauplion; entonces los 67
Ambas al S.E. de Tripolitsá.
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antigubernamentales se desmoralizaron y huyeron en la noche. Corrieron tras ellos los leales al gobierno y llegaron a Tríkala, donde se había refugiado Ioannis Notarás; se apoderaron de ella incruentamente y él fue abandonado por sus mercenarios, que se pasaron a las filas del gobierno; se entregó, fue conducido bajo guardia a Nauplion y terminó quedándose junto a su tío, presidente del ejecutivo y no participante en la rebelión, que lo reclamó y respondió de él. Y mientras las tropas de Guras y Karatasos se imponían en la región corintia, a comienzos de diciembre cruzaron desde Sálona en dirección a Vostitsa las de Karaiskakis, Tsavelas y otros, llegando a Kalávryta, donde también llegó Kolettis. El día 13 marcharon a Kerpiní, donde estaban Zaímis con su padre, Londos y Nikitas y, en la guerra que siguió, vencieron, se adueñaron del lugar, lo saquearon y cometieron otras muchas fechorías; los defensores huyeron maltrechos. En todas partes sufrieron las mismas debacles los antigubernamentales y todos sin excepción depusieron las armas, apelaron a la magnanimidad del gobierno cada uno a su manera y la mayoría se entregó por propia iniciativa en sus manos desertando en Nauplion, porque ni estaban seguros en sus provincias, que habían sido holladas en su totalidad por las tropas gubernamentales, ni eran bien recibidos en el Heptaneso, de donde habían sido expulsados Sisinis y su hijo Chrýsanthos cuando se refugiaron allí. De esta manera, concurrieron en Nauplion Kolokotronis, los Diliyannis –Anagnostis, Kanelos, Dimitrakis y Nikólaos–, los Notarás –Ioannis y Panayotis–, Grivas, Anastasópulos, Mitropétrovas, Papatsonis, Krítsalis y Katsarós, esperando la suerte que les tenían reservada sus enemigos. El 6 de febrero el gobierno los envió a todos a Hydra y ordenó su reclusión, hasta ser juzgados, en el monasterio del profeta Elías, en la cima del monte. A los cuatro días envió allí a Sisinis y su hijo Crýsanthos, que también habían ido a Nauplion después que ellos para entregarse. Los Andreas y los demás que habían huido de Kerpiní se refugiaron primero en Divri pero, al saber que en su persecución venían los de Guras, se fueron también de allíy y, al no ver ningún refugio seguro dentro del Peloponeso, bajaron a Kunupeli68, donde encontraron tres embarcaciones bajo pabellón jonio y navegaron a Grecia Occidental.
Insignificante fue la primera guerra civil, insignificantes las causas que la motivaron y de poca monta sus fines. La manzana de la discordia era el poder y éste, a su vez, era efímero, pues efímeros eran tanto el ejecutivo 68
Frente a Cefalenia.
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como el legislativo, con un año de duración. Es más, el legislativo de este período, como sustituto del anterior, no tuvo una vigencia ni de cuatro meses. Ninguno de los en liza tenía un ansia de poder que se prolongara más allá del término o de los límites de la autoridad establecida; y este poder se dividía entre muchos, y estaba en todo momento refrenado por la severa mirada del ejecutivo. En la primera guerra civil lucharon peloponesios contra peloponesios y sus relaciones mutuas les hicieron conducirse moderadamente, aun siendo una guerra. Como vimos, hubo poco derramamiento de sangre, ninguna intención de destruir o robar, pasiones suavizadas; los enemigos de ayer se convirtieron en amigos y el enfrentamiento en cuestión parecía más una lucha de partidos que una guerra. Pero la segunda guerra civil resultó cruel y luctuosa en exceso, porque no se trataba de un poder efímero como en la anterior, sino de la destrucción y el aniquilamiento de los poderosos del Peloponeso. Por ello, llegó a tal grado de envilecimiento, que la invasión del Peloponeso por parte de las tropas de más allá del Istmo, entregadas al pillaje y al desenfreno, trajo a la memoria de los que la padecieron todos los males que sufrieron sus padres con la invasión de los albaneses69. El resultado de esta guerra elevó a Kunduriotis y, con él, a su compañero en el poder y colaborador, Kolettis.
En el transcurso de la expedición a Grecia Occidental, Mavrokordatos cayó enfermo y fue trasladado a Anatolikón. Poco tiempo antes había sido llamado a desempeñar la función de secretario general del legislativo, pero la situación de Grecia Occidental y su enfermedad lo obligaron a aplazar su llegada a Nauplion. Una vez repuesto él y levantado el campamento enemigo, decidió retirarse y convocó a los representantes y los caudillos de las provincias a un congreso regional con el objeto de poner orden donde imperaba un caos total, es decir, en el servicio militar. Se reunieron los representantes en Anatolikón y el 17 de diciembre comenzaron sus trabajos bajo la presidencia del general Tsongas, el guerrillero más poderoso de aquellas zonas. Sometieron a examen los mismos asuntos que en el anterior congreso regional y adoptaron las mismas disposiciones que entonces para corregir los desórdenes, pero no hicieron nada en la 69
Después de la rebelión de Orlov, oleadas de albaneses invadieron el Peloponeso, siendo exterminados finalmente por una coalición de turcos y kleptes (1779). Muchos de los escasos supervivientes recalaron en Lalas (cf. tomo I, pág. 223).
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práctica. Como en el Peloponeso estaba en su apogeo la segunda guerra civil, juzgaron su deber expresar públicamente sus pareceres sobre los asuntos generales, condenando y deplorando todo movimiento armado contra el gobierno, fuera cual fuese el desencadenante del movimiento y fuera cual fuese el promotor, proclamando su consagración a lo establecido y ofreciendo sus brazos en apoyo del mismo; y también expresaron en el congreso su profundo reconocimiento al gobernador general y su pesar por el alejamiento del mismo y lo nombraron ciudadano honorario, tanto a él como a sus acompañantes Praidis y Polyzoidis.
En el congreso se pretendía ante todo que algunos de los guerrilleros, principalmente Makrís de Zygós, donasen para uso común el grano de las provincias, que se les había dado a ellos como provisiones para su propio uso; pero ellos no se dejaron persuadir. Mientras estaban dedicados a controlar los impuestos a las provincias y discutían sobre el tema en el templo de la Virgen –que era donde celebraban las sesiones–, hubo un terremoto tan fuerte que se vinieron abajo algunas casas. Sabido es cómo influyen estos fenómenos de la naturaleza en los espíritus más simples.
Uno de los delegados aprovechó la ocasión para levantarse después del seísmo y, tras disertar sobre otros temas, dijo lo siguiente: “Pero ¿acaso ha reinado entre nosotros la justicia? ¿Hemos sido dignos de la ayuda de Dios, de la que tan claramente disfrutamos? ¡No, seguro!
Y no os lo digo yo; os lo acaba de decir Dios con su terremoto. Esta señal es la manifestación de su cólera; su cólera, que ha sacudido –lo veis– los mismos cimientos de la tierra. Sabedlo, la airada voz de Dios dice que Él ha decidido liberar a su pueblo no sólo de manos de los turcos, sino también de las de los cristianos que aman la ilegalidad y la injusticia. Dios se irrita por igual contra todos los delincuentes y sin ley, sea cual sea su religión. Temblad cuantos incumplís la ley y amáis la injusticia. El Dios de los cristianos es el Dios de la ley y de la justicia, y es el Dios de la venganza ¡Temblad los malvados e injustos!” Los guerrilleros, impresionados por el terremoto y por la interpretación dada del mismo, empezando por Makrís, se dispusieron a dar cuanto hasta entonces no habían vacilado en apropiarse.
El 23 de diciembre, durante el transcurso del congreso, los Andreas y su séquito arribaron a Prokopánistos, un islote a tres horas y cuarto de Mesolongui, y ya al día siguiente Zaímis escribió a los asambleístas una cartaz diciendo que, a pesar de ser perseguido a muerte, había jurado morir 133


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por la patria luchando a favor de ella y que pedía asilo hasta la celebración del congreso nacional, al que estaba dispuesto a dar cuenta de sus actos.
Los Andreas eran muy queridos en Grecia Occidental. Jamás negaron su ayuda cuando su tierra estuvo en peligro. Amigos suyos eran muchos de los más notables, entre ellos el mismo gobernador general, Mavrokordatos.
Por ello, todos se mostraron comprensivos con sus problemas pero, sin querer señalarse frente al gobierno triunfante, respondieronaa que estaban dispuestos a recibirlos y mediar por ellos ante el gobierno, pero que los consideraban en todo momento bajo el poder de la ley. A esta respuesta los Andreas marcharon con los demás a Anatolikón, donde fueron bien recibidos, y se trasladaron a Katochí, un pueblo de Xirómeron, con la garantía de los generales Tsongas, Makrís, Rangos y Vlachópulos, pero más especialmente bajo la vigilancia y el cuidado de Tsongas, a cuyo mando estaba la población.
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1824 CAPÍTULO LII POLÍTICAEXTERIORCONRESPECTOAGRECIA.-CONVERSACIONESENSAN PETERSBURGODELOSREPRESENTANTESDELASCINCOPOTENCIASSOBRE LA CUESTIÓN GRIEGA Y DESACUERDO ENTRE INGLATERRA Y RUSIA.-
Aunque la Puerta no se dignó responder a la propuesta de Rusia sobre Grecia, Rusia no sólo no desistió de su plan de paz, sino que trataba de dirigir por buen camino con más empeño aún la atención de las cortes, que estimaban en mucho el mantener la paz y ganarse su colaboración. No cesaba de decir y repetir que, incluso aunque se conciliaran las posiciones entre Rusia y Turquía, mientras durase la guerra en Grecia, debido a sus características, peligraba la paz en Europa. Al comenzar el presente año, transmitió confidencialmente a las cortes un memorándum en apoyo de sus mociones, en el que comunicaba claramente los términos que contemplaba como correctos y necesarios para la pacificación de Grecia, proponiendo que se constituyeran tres principados sujetos al sultán: el de Tesalia, Beocia y el Ática –o Grecia Oriental–; el del Epiro y Acarnania –o Grecia Occidental–, y el del Peloponeso y Creta –o Grecia del Sur–; que las islas se administraran por consejos de notables como hasta entonces y el patriarca, con residencia permanente en Constantinopla, fuese contemplado como representante de la nación griegaab.
Hemos dicho que la política de Rusia aspiraba desde siempre al debilitamiento del imperio otomano y su paulatina descomposición, motivo por el cual era ésta la propuesta política de dicha Potencia; por lo mismo, tampoco toleraba ante sus umbrales y sobre las ruinas de aquél el resurgir del Estado Bizantino, o sea, un imperio fuerte que poseyera las llaves del mar Negro; apoyaba sólo el surgimiento de pequeñas naciones tributarias de la Puerta y sometidas a la influencia y patronazgo de ella. Fruto de esta política era el proyecto en cuestión, indigno del nacionalismo de los griegos, ya que 135


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rompía su unidad, sobre la que debe pivotar toda política sana, y quebraba su independencia, para la cual se había emprendido la más cruenta de las guerras.
Tras dar a conocer este memorándum a las cortes, Rusia las convocó a una conferencia en San Petersburgo para su plasmación. Las cortes de Francia, Austria y Prusia consideraron correctos los términos del memorándum, ya que eran intermedios entre la total independencia según la reclamaba uno de los beligerantes y la completa sujeción según pretendían los otros, y los aceptaron de buena gana, pero siempre con un espíritu de apaciguamiento.
Idéntica opinión expresó la corte de Inglaterra, pero puso como condiciones ineludibles el previo envío del embajador ruso a Constantinopla como muestra de conciliación con la Puerta y que se designara como sede de las sesiones no San Petersburgo, sino Viena. La corte de Rusia, que ya desde un principio había considerado como condición sine qua non al envío de su embajador la completa evacuación de los principados, se opuso. En estas circunstancias, la misma Puerta, gracias a las reiteradas demandas de las cortes representadas en Constantinopla, solucionó aparentemente el problema al prometer la total evacuación de los principados a finales de abrilac; también puso en libertad a Vilarás, a petición del embajador de Inglaterra.
Despejados estos obstáculos, Rusia nombró embajador junto al sultán a Ribopier, pero no lo mandó inmediatamente y ascendió a funcionario de la embajada a Mintsiakii, que residía ya en Constantinopla como encargado de los asuntos comerciales y marítimos. Como Inglaterra no insistió en el lugar que había propuesto para las negociaciones, se reunieron en San Petersburgo los representantes de las cortes allí destacados el 5 de junio en primera instancia, aprobando los de Austria, Francia y Prusia los términos del memorándum en nombre de sus respectivas cortes y anunciando que estaban dispuestos a recomendar a sus colegas en Constantinopla lo que se definía en estas conversaciones. El de Inglaterra en cambio dijo que su corte, aunque disentía en algún punto, aceptaba las bases del acuerdo, pero no remitía por el momento instrucciones para actuaciones posteriores. En realidad el embajador, Charles Bagot, informado por su colega en Constantinopla de que la Puerta había prometido oficialmente la total evacuación de los principados y por la corte de Rusia de que había nombrado embajador junto al sultán, consideró que se habían cumplido los términos exigidos y actuó sin expreso mandato de su corte.
En la segunda conferencia, celebrada el 24 de junio, el dignatario de Rusia propuso que se ordenara a los embajadores de los aliados junto al 136


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sultán que, en uno y el mismo escrito, firmado también por el encargado de negocios de Rusia, propusieran la mediación de las cortes y el cese de las hostilidades en Grecia en los términos del memorándum y que se anunciaran los mismos a los griegos; y que, durante el armisticio, se reunieran en Constantinopla los embajadores de los países aliados y los representantes de los contendientes, para el estudio de un acuerdo definitivo. Pero los participantes pidieron tiempo para solicitar nuevas instrucciones.
Entre tanto, las estrechas relaciones mantenidas hasta entonces entre Inglaterra y Turquía se deterioraron inesperadamente. La fundación en Londres de una sociedad filohelénica, la suscripción por parte de la alcaldía de esta metrópoli de mil libras en favor de la causa griega, el préstamo, el envío a Grecia de suministros bélicos y otras ayudas, la llegada de ingleses para participar en la guerra –en especial la de Lord Byron, que tuvo una amplísima repercusión debida a su fama– y el cambio en la actitud de las autoridades del Estado Jónico en un sentido más justo y favorable a Grecia –como consecuencia de la política de Canning, más justa y favorable para Grecia– predispusieron al máximo a la Puerta en contra de Inglaterra. El embajador de ésta en Constantinopla, que tanta confianza y estima había suscitado antes, fue mal visto; en vano exponía cuáles eran los límites de la autoridad del gobierno inglés sobre los ingleses. La Puerta, ignorando y despreciando la forma de ejercer la política en las naciones libres, no lograba distinguir entre gobernantes y gobernados y culpaba a aquéllos de las ofensas de éstos.
Con tal mentalidad, al verse injuriada, dirigió al embajador de Inglaterra durísimas palabras sobre la política de su paísad.
Nada más comenzar agosto, el gobierno griego tuvo conocimiento del plan ruso para la solución del conflicto grecoturco y le sentó muy mal. No menos mal le sentó a la Puerta, que montó en cólera más aún debido a la ingerencia de las cortes en el conflicto entre ella y los levantiscos vasallos, tal como se infería de los términos. Bajo tales augurios se dio a conocer el plan de paz ruso y se constituyó en San Petersburgo el grupo negociador, sin que ninguno de los beligerantes reclamara o aceptase ningún acuerdo de los que proponía el proyecto. Así pues, las potencias trabajaban en una moción de Rusia para una paz entre griegos y turcos en contra de la voluntad de unos y otros.
El gobierno griego, decidido a boicotear dicho plan, consideró necesario protestar oficialmente y, en refuerzo de su protesta, juzgó obligatorio apelar 137


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al visto bueno de una de las cortes. La más favorable a Grecia de todas era sin duda por entonces la de Inglaterra, y a ella remitió el 12 de agosto una protestaae tachando de vergonzoso el acuerdo propuesto, invocando su ayuda a los griegos para la recuperación de la libertad, poniendo en parangón sus derechos con los de de los pueblos recién separados de su metrópoli en América Latina y sosteniendo que el interés de Europa y principalmente el de Inglaterra exigía la existencia política de Grecia.
Nada más recibir esta carta el ministro inglés el 11 de octubre, respondió con fecha de 11 de noviembre diciendoaf que consideraba favorable a los griegos la política de Rusia y que el plan en cuestión contenía cláusulas correctas; que Inglaterra no se opondría a su realización si se proponía a tiempo, pero no decidiría nada sin el consentimiento de los contendientes; que si alguna vez Grecia considerara conveniente solicitar la mediación de Inglaterra y la Puerta lo aceptaba, no descansaría hasta que diera su fruto; y que, en la dura pugna entre Turquía y Grecia, Inglaterra había mantenido la misma extrema neutralidad que con la habida entre España y sus colonias de América Latina. “Ni directa ni indirectamente han impulsado éstos a los griegos a iniciar su rebelión, ni tampoco pusieron ningún tipo de obstáculo para su desarrollo; nadie tiene derecho a suponer que Inglaterra, teniendo a la vista las amistosas relaciones y los viejos tratados entre sí misma y la Puerta, que la Puerta no ha transgredido, puede asumir una guerra de ninguna manera provocada por ella y hacer propio un conflicto ajeno.” Tal es la correspondencia mantenida sobre estas cuestiones entre el gobierno griego y el inglés. En ella el inglés fue el primero entre todos los gobiernos que denominó al griego “gobierno provisional” por primera vez.
Mientras tanto y contra todo pronóstico, se alteró la misma armonía entre las cortes. Inglaterra, ya fuera para tranquilizar a la Puerta, que reprobaba las deliberaciones de las cortes en San Petersburgo, ya celosa con Rusia porque manejaba la alianza a su antojo en la cuestión debatida mientras griegos y turcos sólo tenían ojos para Inglaterra, o bien influida por la protesta de Grecia, desautorizó las gestiones de su embajador en San Petersburgo, Bagot, acusándole de intervenir y actuar en la conferencia sin su permiso. Después de trasladarlo a otra embajada y nombrar sucesor a Stratford Canning70, comunicó a las cortes que, habiendo propuesto desde el principio un acuerdo voluntario entre los beligerantes, como potencia 70
Primo de George Canning.
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neutral consideraba su deber no intervenir mientras los contendientes rechazaran cualquier acuerdo; rechazaba también la presunta intervención en caso de que Rusia enviase embajador a Constantinopla. Rusia se alteró e irritó por este inesperado cambio de rumbo del gobierno inglés y replicó que a partir de entonces cesaba toda deliberación entre las dos, en relación tanto con el conflicto ruso-turco como con el greco-turco. Todas las demás potencias, incluida la más favorable a Turquía de todas, Austria, lamentaron la vuelta atrás de Inglaterra.
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1825 CAPÍTULO LIII PLANESDELGOBIERNOGRIEGOCONTRAELENEMIGO.-DESEMBARCODE IBRAHIMPASHAENMETONA.-EXPEDICIÓNDEKUNDURIOTIS,PRESIDENTE DELLEGISLATIVO.-HECHOSDEARMASPORTIERRAYMARYCAPITULACIÓN DE PALIONAVARINO Y DE NEÓKASTRO.- QUEMA DE NAVES ENEMIGAS EN METONA.- BATALLA NAVAL DE CAFEREO.-
Mientras el dinero público se gastaba en pasiones partidistas y pequeñas ambiciones personales en perjuicio del pueblo cuando tan próximo estaba el traslado desde Creta al Peloponeso del temible enemigo de Grecia, Ibrahim Pasha, nadie se preocupaba de la necesaria protección y seguridad de aquellas zonas. Así, incluso la guarnición de Neókastro estaba desprovista de lo necesario y desprovista siguió hasta el final, como si estuviera destinada a caer en vez de a resistir.
El presidente del legislativo andaba a la caza de una reputación militar sin riesgos. Así parecía proporcionársela la situación de Patras.
Desde hacía algún tiempo, la ciudad era asediada estrechamente por mar y su caída parecía próxima. Para su toma, a Kunduriotis no lo movía sólo el deseo de una gloria sin peligro, sino también la rivalidad contra los Andreas.
Excluido el breve mando de Kolokotronis, se les había encomendado a éstos la supervisión y la suerte del asedio desde el comienzo de la insurrección hasta ese momento; no les faltaron circunstancias favorables para conquistarla; no obstante, nada bueno habían hecho, dando alas muchas veces a la acusación de que no se apoderaban de ella más por indolencia que por impotencia; así que, en el caso de que Kunduriotis obtuviera la gloria, estos dos rivales suyos sentirían vergüenza, y con razón. Los turcos de Patras pasaban hambre y estrecheces debido a los rigores del asedio y parecían con ganas de marcharse, por lo que pedían la comparecencia del presidente, en la convicción de que tenía voluntad y poder para hacer observar los términos del acuerdo referentes a su seguridad. Éstos fueron 141


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los motivos que animaron a Kunduriotis a estrechar aún más el cerco por mar y a hacer votar una expedición muy numerosa, asumiendo él mismo el mando de la campaña. Pero mientras el feliz desenlace de la acción dependía de una acción inmediata, pues el enemigo estaba a las puertas, no se desplegaba la diligencia requerida.
Mientras, el expeditivo Ibrahim llegó al puerto de Suda y no quiso siquiera pisar tierra sino que, después de un descanso de quince días sin salir de las naves, zarpó con la escuadra rumbo a Rodas y Marmari y recogió a otros cinco mil hombres enviados por su padre, a los que añadió cargamentos enteros de víveres y suministros de guerra para uso del ejército y, volviendo a Creta, reclutó a bastantes nativos y zarpó en pleno invierno.
Aplicábase el gobierno griego a los preparativos de la expedición al mando de su presidente, cuando supo que 50 embarcaciones enemigas de guerra y de carga habían arribado entre el 11 y el 12 de febrero a Metona y desembarcado a Ibrahim con cuatro mil soldados de infantería y cuatrocientos de caballería, y que estas tropas habían acampado en la llanura contigua a Metona. La expedición no había encontrado ninguna oposición durante toda la travesía, porque las naves griegas se estaban reequipando después de los desperfectos sufridos en los últimos combates. Sólo cuatro de ellas estuvieron listas y pusieron proa a aguas de Patras, para reforzar el sitio.
Tras desembarcar las tropas, la escuadra egipcia volvió a Suda y, el 5 de marzo, regresó a Metona sin ser hostigada y transportando a otros siete mil hombres, entre los que había cuatrocientos de a caballo. Al conocerse la crítica situación de Patras, bloqueada por mar, Ibrahim envió a liberarla tres fragatas, dos corbetas y seis bricks. Esta flotilla se encontró en Zacinto con diez barcos de avituallamiento bajo bandera neutral dispuestos a navegar hasta Patras; los escoltó, puso en fuga a las naves griegas que hacían guardia y, de este modo, desembarazados los de la ciudad del hambre y los rigores del bloqueo, frustraron los brillantes planes de la expedición griega que se preparaba. Después de estos sucesos, Kunduriotis decidió ir en expedición a Mesenia.
Todavía se hallaban en el Peloponeso las tropas de Grecia Continental traídas contra los rebeldes, a las que se ordenó concentrarse en Mesenia.
También fue dispuesto que se les unieran allí otras del Peloponeso y, el día 16, salió el presidente en un gran desfile y al fragor de los cañones que había en las fortalezas, con el título de “jefe militar del asedio de Patras y de los campamentos entre el golfo de Mesenia y el litoral occidental del 142


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Peloponeso”. Le acompañaba Mavrokordatos, recién llegado a Nauplion desde Grecia Occidental, que había asumido las funciones de secretario general del legislativo. Mal jinete, llegó en tres días a Tripolitsá, donde había mucho que hacer, y desde el principio de la campaña inició una serie de disparates. Por orden suya, se reunió en Mesenia un auténtico ejército de cuatro o cinco mil efectivos que ocupó la aldea de Kremmydi, a dos horas de Metona. Los jefes de este ejército eran Karatasos, Karaiskakis, Drakos, Kostas Bótsaris, Tsavelas… es decir, los que figuraban entre los más famosos capitanes de Grecia; pero el presidente puso por encima de ellos a su amigo y paisano Dimitris Skurtis, excelente persona y experto marinero, aunque bisoño en las campañas por tierra. Tanto se molestó Karatasos, que se negó a acampar donde Skurtis y, por decisión propia, ocupó con los suyos la aldea de Schinólakas.
Al llegar a Tripolitsá, Kunduriotis se puso enfermo y no salió hasta el 5 de abril, provocando la censura tanto del ejecutivo como la del pueblo, por tanta lentitud. Aún así, en vez de ir hacia el ejército acampado en Kremmydi para animarlo según el insistente ruego de los jefes de guerrilla y las necesidades de la misión, se dirigió a Skala, una aldea junto al río Pámisos que dista 10 horas de Kremmydi, estableciendo allí el cuartel general y enviando a Mavrokordatos al campamento para tranquilizar a los jefes, que murmuraban por su no comparecencia.
Los egipcios desembarcaron en el Peloponeso, irrumpiendo en primer lugar en la provincia de Koroni. Las tropas griegas situadas delante de dicha plaza fuerte se retiraron a Vunaria y Kastelia, donde residía el gobernador; al poco tiempo huyeron también de allí y fueron a Kalamata, yendo de allí a Mani la mayoría. El enemigo se apoderó de las dos desiertas aldeas, las incendió, se desplegó por toda la provincia entregándose al pillaje y al fuego y, después, volvió a Metona. Abiertas así las comunicaciones entre Metona y Koroni, se asentaron el 9 de marzo ante Neókastro y entablaron refriegas por primera vez con los de dentro. Acababan de llegar unos cuantos para defenderla, entre ellos Ioannis Mavromichalis, hijo de Petrobey. Este valiente y aguerrido joven, rondando el día 14 por la muralla para animar a los griegos, fue herido en el brazo derecho en la primera escaramuza y, trasladado a Arkadiá para su curación, murió a los pocos días por falta de un cirujano competente.
El día 16, un batallón de egipcios cayó sobre los de Karatasos. Los macedonios de este jefe eran selectos guerreros, tan dignos de él como 143


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él de ellos; así, entablada una violenta batalla, estos pocos vencieron en solitario sin que acudieran en su ayuda los de Kremmydi, pusieron en fuga al enemigo y, recogiendo más de 100 fusiles con bayoneta arrojados en el campo de batalla, los enviaron a Tripolitsá. El 6 de abril llegó a Kremmydi Mavrokordatos, según el encargo del presidente; hubo una reunión en la que se decidió trasladar las tropas esa misma noche a otra posición, para cortar la comunicación entre Neókastro y Metona, pero el enemigo se adelantó y atacó con unos tres mil de a pie y cuatrocientos de a caballo, llevando además cañones. El campamento griego tenía tres posiciones en forma de semicírculo: en el ala derecha, situada en las lomas de alrededor de la aldea, estaban los suliotas y Chatsí-Christos; en la derecha, que era la población, los de Karaiskakis y Tsavelas; y en la hondonada del centro, el general Skurtis. Mientras los de la aldea y los de las lomas tenían las fortificaciones habituales, los de la hondonada estaban al descubierto, con la sola protección de sus pechos, según la expresión de su jefe. Aparte de los 2500 de Grecia Continental, había 500 de Hydra, Spetses y Kranidi y 250 de Hagios Petros al mando de Panayotis Zafirópulos; de forma que, el día en que salieron los 3400 enemigos, el campamento entero de Kremmydi se componía de 3250 griegos. Los egipcios observaron las posiciones y vieron cuán desprotegida estaba la de Skurtis, así que avanzaron hacia aquella parte. Con la intención de impedir la ayuda de los de la localidad, enviaron a unos pocos contra ellos y, emplazando los cañones, los hostigaban. Aunque poco a poco, los de Skurtis se dieron cuenta del peligro y pidieron ayuda a los asentados sobre las lomas. Bajó Bótsaris seguido por 150 suliotas y se situó frente al enemigo que llegaba, fortificándose con lo que tenía a mano.
Dio inicio a la batalla la infantería, siendo rechazada con arrojo por los suliotas; pero, al prolongarse la lucha, la caballería del enemigo subió a unas zonas que habían sido desatendidas por los griegos al considerarlas inaccesibles para las cabalgaduras, se precipitó por detrás de ellos y los cogió entre dos fuegos. Los griegos, hostigados a vanguardia y a retaguardia, no tenían más medio de salvación que la fuga; pero tampoco ésta era posible a no ser a través de la caballería enemiga. Así pues, con la muerte rondándoles, se lanzaron por en medio de la caballería y sufrieron una horrible masacre. Murieron más de quinientos, entre ellos Mitros Botaítis, Thymios Xydis, Vasilis Chormovas y Kostas Petrópulos, y muchos fueron hechos prisioneros, entre ellos Zafirópulos: Bótsaris 144


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estuvo a punto de ser apresado debido a su lentitud, siendo salvado gracias a la devoción que le profesaban algunos de sus compañeros, que lo sacaron de allí llevándolo en brazos.
Después de esta masacre, las tropas que aún quedaban de Grecia Continental, murmurando contra el presidente por haberlas confiado a un general de formación naval, no quisieron quedarse en el Peloponeso y volvieron a su tierra.
Había zarpado ya la primera flotilla de Miaúlis y, en una búsqueda vana del enemigo por el litoral del Peloponeso, había llegado hasta Creta.
Durante la travesía se declaró una fuerte tormenta, en la que quedaron dañadas muchas de las naves y se fue a pique el brulote de Kanaris al chocar con la capitana, salvándose todos los tripulantes excepto uno. El 30 de marzo, la flotilla capturó dos buques austríacos que llevaban víveres a Préveza y los mandó a Nauplion; el 2 de abril ancló en Neókastro, donde permaneció tres días, zarpando el día 5 y dejando 5 embarcaciones en el puerto, entre ellas la Ares, cuyo capitán era el comandante del grupo, Anastasis Tsamadós. El 7 enfilaron hacia Vátika71 y, al día siguiente, al enterarse de que la escuadra enemiga estaba lista para zarpar, corrió a su encuentro y, a causa de los vientos en contra, arribó el día 9 a Avlémonas de Citera, de donde partió esa misma noche en dirección a Suda, llegando ante ella el 11 antes de mediodía y encontrando a toda la escuadra egipcia dentro del puerto; sólo atrapó fuera a un brick, al que hizo encallar en tierra. Una hora después de que llegara la flotilla griega, salió del puerto la escuadra enemiga en orden de batalla, pero arreció tanto el viento que rompió el elevado mástil de una fragata, obligando a replegarse hacia Suda a los barcos enemigos y a los griegos a dirigirse hacia el norte. Estos barcos se encontraron cerca de Kameni72 con uno bajo pabellón ruso y otro bajo pabellón austríaco que, con salvoconductos falsos según confesión de los capitanes, llevaban vituallas desde Constantinopla hasta Corfú, y los desviaron hacia Nauplion. El día 14 echaron el ancla en Vátika, zarpando al siguiente y amaneciendo el otro frente al promontorio de Spathí73; eran 11 barcos de guerra y 5 brulotes; después del mediodía, vieron 95 barcos enemigos de guerra y de carga navegando hacia el Peloponeso; había 2 71
En Laconia.
‘Quemada’, islote volcánico pertenenciente al archipiélago de Sandorini.
73 En Ceos.
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bergantines, 12 fragatas y 9 corbetas. Los hostigaron en la mañana del 17 lanzándoles 3 brulotes, pero su quema fue vana. El 19, la flota enemiga llegó intacta a Metona; la flotilla griega, no pudiendo causar daño al enemigo debido a su exiguo número, pasó junto a las fortalezas de Mesenia.
Después de su misión en el campamento disuelto, Mavrokordatos volvió a donde estaba el presidente y partió de nuevo el 24 de abril, con el objetivo de entrar en Neókastro en funciones de inspección; lo acompañaban Yorgakis Karatsás, Stamatis Levidis y el francés Édouard Grasset. Al día siguiente llegó a Gargaliani74 y, al siguiente, tomó doscientos arkadios y emprendió la marcha hacia Palionavarini. A mitad de camino, en el momento en que se habían alejado de las estribaciones de la cercana cordillera, apareció de pronto la vanguardia retrocediendo desordenadamente y se oyó una voz que decía: “¡Atrás, atrás, caballería a la vista!” Entonces, volvieron todos atrás y cada uno según sus facultades corrió al monte para protegerse de la caballería que ocupaba los olivares, pero la caballería no tardó en transformarse en una bandada de cuervos que echó a volar. Burlándose unos de otros después de haberse precipitado al monte presas del pánico, volvieron a la ruta y llegaron al atardecer a Palionavarini, en poder de Grigorios, obispo de Metona, y de Chatsí-Christos, Tsokris, Tsanetos Christópulos y Sotiris Chotsamanis.
Mientras, Ibrahim ponía toda su atención en la toma de Neókastro.
Esta plaza fuerte se halla en el extremo sur de un puerto muy amplio: enfrente está Pilos, llamada vulgarmente “Viejo Navarini”75 por la tribu eslava que habitó la zona en otro tiempo, los avarinos. Palionavarini es hoy una fortaleza abandonada y desierta, y el mar que lo baña es de bajíos. A la boca del puerto se extiende el islote de Esfactería, largo y estrecho. El puerto tiene dos accesos: el más estrecho por Viejo Navarini, el más ancho por Neókastro, que posee igualmente una acrópolis, en cuyas murallas había 40 cañones, pero sólo uno con cureña; también eran escasas las balas de cañón y los víveres y, para proveerlo, el gobierno envió por aquellas fechas a Konstandinos Metaxás a Zacinto. El agua en la cisterna de la fortificación era otra cosa que escaseaba, siendo llevada sin interrupción por dos esquifes. Los defensores eran 1500, al mando de Yatrakos, Yorgakis Mavromichalis, Makryyannis, Stavros Sachinis y Dimitris Sachturis, que 74 75
Al N. de la bahía de Pilos.
Οἱ παλαιοὶ Ναβαρῖνοι, en pl.
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era el jefe de la guarnición; había también 80 artilleros regulares al mando de Manolis Kaleryis y unos pocos cefalenios al mando de Spyros Panás, que se había distinguido en la batalla de Petas; colaboraba también el italiano Collegno. Tales eran la situación y los efectivos de la fortaleza.
Para expugnarla, como primeras medidas Ibrahim cortó el suministro de agua, emplazó dos baterías de largo alcance, añadió morteros y cañones y resquebrajó la muralla con denso fuego de artillería, pero los sitiados rellenaron al momento la raja. El enemigo reparó en que la toma del fuerte dependía de la toma de Esfactería, y ésta exigía la colaboración de la escuadra; pero dentro del puerto estaban los barcos griegos, por lo que era obligado aplazar la ocupación hasta la llegada de la flota. Ésta zarpó, tras desembarcar cuatro mil soldados y bastantes avíos de guerra en Metona; sus barcos más voluminosos se alinearon el día 26 frente a los griegos, mientras los más pequeños navegaban hacia la bocana del puerto de Neókastro con la misión de desembarcar algunas tropas en Esfactería.
Ese mismo día, un escuadrón enemigo llegó por tierra a las cercanías de Viejo Navarini, tomó Petrochori76 y combatió. Sobre las 9 del mismo día Mavrokordatos, que estaba en Navarini, subió a la nave de Tsamadós, que se hallaba en el puerto de Neókastro para ir a Esfactería en viaje de inspección y entrar luego en el fuerte de Neókastro para completar su misión. Tsamadós, convencido de que el enemigo no se atrevería a intentar el desembarco que proyectaba en el islote mientras durase el fuerte viento reinante, persuadió a Mavrokordatos para que se quedase a desayunar con él; pero, mientras estaban desayunando, llegó la noticia de que los primeros barcos de la armada enemiga se habían aproximado al islote, así que desembarcaron en él para observar; con ellos desembarcaron muchos marineros para defenderlo. Se situaron en la punta sur, donde estaban antes de su llegada sus paisanos Sachinis y Sachturis con los suyos, mientras la parte frente a Viejo Navarini la defendían unos búlgaros del séquito de Chatsí-Christos; entre ellos estaban los de Fanari y Andrusa. En total los efectivos sumaban apenas 800, cuando si los jefes hubieran contado con todos los que el gobierno calculó, habrían sido el cuádruple: Anagnostarás por ejemplo, que tenía con él a 18 nativos, había recibido el encargo de reclutar a 700. Sobre el islote había también tres baterías con 8 cañones y un mortero. Tsamadós y Mavrokordatos desembarcaron y fueron al sur 76
En la parte N. de la bahía de Pilos.
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y al norte, respectivamente. Mientras inspeccionaban las posiciones, las observaba también una goleta enemiga que pasaba y abría fuego de vez en cuando. Después, la goleta se dirigió hacia la nave almirante; ésta izó una bandera e inmediatamente fueron lanzados al mar numerosos botes que se llenaron al instante de soldados y, escoltados por los disparos de los barcos que iban detrás, navegaron a eso del mediodía hacia Esfactería, unos hacia las posiciones de la derecha y otros hacia las del centro. Cuando los escollos impidieron el paso de los botes, los árabes se tiraron al agua. Entonces los que ocupaban la posición de en medio, al ver que venían hacia ellos, les dispararon todos a una con sus fusiles y se dieron a la fuga en una misma operación. Una vez que estas posiciones fueron poseídas por el enemigo, a los demás los dominó el miedo, así que todas las restantes fueron evacuadas y ya no se trataba de ganar la batalla, sino de salvarse; los marineros que habían llegado de refuerzo volvieron a sus embarcaciones en los botes o nadando y el resto se tiró entre las rocas para cruzar hasta el continente o se escondió en las grutas de la isla. Mavrokordatos corrió hacia el mar, donde los esperaba a él y a Tsamadós el bote del Ares. El lugar es abrupto y el lento Mavrokordatos estuvo en un tris de caer en manos de los enemigos que iban en pos de él. En buena hora que se encontró por el camino con dos de sus soldados, que lo llevaron en brazos hasta la orilla y lo dejaron a salvo en el buque. El bote regresó a la playa para recoger a Tsamadós, pero Tsamadós no aparecía. Entre tanto los árabes se aproximaron para rodear al bote, disparando sus fusiles. Como el peligro era inminente y además se corrió la voz de que Tsamadós había muerto, el bote recogió a los que podía contener de entre los que se habían amontonado en la playa y los llevó al barco. En este desastre murieron, entre otros muchos, Tsamadós, honrado con justicia por su patriotismo, ponderación y valor; el íntegro e irreprochable Sachinis; Anagnostarás, uno de los más distinguidos jefes guerrilleros del Peloponeso, que además había trabajado y arriesgado mucho como enviado de la Filikí Hetería; y el italiano conde de Santa Rosa, que había sido exiliado tras el fracaso de los últimos movimientos para cambiar el régimen político en su país; hombre de honor, cuyos duros sacrificios en pro de la libertad inflamaron aún más su encendido celo por ellaag. Cayeron prisioneros el jefe de los guardias de corps de Mavrokordatos, Katsarós, enviado a buscar a Tsamadós, y Konstandinos Zafirópulos, que acompañaba a Mavrokordatos para negociar a través de él la puesta en libertad de su hermano, apresado en la batalla de Kremmydi.
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Los demás barcos griegos, una vez recogidos sus marineros, cortaron las amarras y zarparon sin daños antes de que el puerto quedara herméticamente cerrado. El Ares se retrasó, en la esperanza de salvar a Tsamadós; en tanto, los barcos enemigos bloquearon el puerto agrupándose compactamente.
En el Ares había diversidad de pareceres sobre la manera de pasar al otro lado: unos eran partidarios de hacerlo bordeando la costa, para evitar el fuego de muchos barcos enemigos que, por su peso, no podían acercarse a donde las aguas eran poco profundas; otros –entre ellos Dimitris Vokos, que había asumido la dirección de la nave, y su segundo Sachturis– querían alejarse de la costa y enfilar la embarcación hacia la bocana, no fuera a ser que dejara de soplar el viento favorable y entonces, caídos en la calma chicha, cayeran a su vez en manos de los numerosos enemigos que había en la playa. Tras un acalorado debate, prevaleció la segunda opinión, que se mostró como la única posibilidad de salvación, ya que el viento favorable no tardó en amainar. En cuanto los marineros del barco cortaron la amarra y desplegaron las velas para salir por entre medio de la escuadra enemiga, subieron al puente entre salmos la imagen de la Madre de Dios y la pusieron en el cabrestante; entonaba la plegaria un sacerdote de tierra firme que se había refugiado en la nave. Los marineros rodearon la imagen, la saludaron y cada uno depositó lo que ofrecía para dorarla si los salvaba del inminente peligro. Uno de ellos, al aportar su óbolo, dirigió su mirada a la imagen y dijo a grandes voces: “Virgencita, si no nos salvas, será también tu perdición.” Después de la oración, el sacerdote no dejó de orar a lo largo de toda la duración del peligro y los marineros, después de darse los últimos abrazos, dijeron: “Buen viaje al más allá” y ocuparon sus posiciones, llenos de moral por la hábil dirección de Vokos, intrépidamente de pie sobre la cubierta de la nave para animar a la tripulación, y por la asistencia del noble Sachturis. Pero lo que temían que les pasase a manos del enemigo estuvo a punto de pasarles por una mano amiga. El grumete del barco, inconsolable por la muerte del capitán, subió a donde estaba el iconostasio, cogió la candelería que alumbraba a lás imágenes y, blandiéndola en llamas, gritaba: “¿Para qué queremos vivir, si hemos perdido a nuestro capitán?” Y se fue directo a arrojarla en la santabárbara. Menos mal que los marineros lo agarraron y ataron como a un loco. Mientras, el Ares en su avance llegó a la bocana del puerto, la entrada misma del infierno, e inmediatamente fue rodeado por una fragata, una corbeta y tres bricks, que lo cañoneaban por delante, por detrás, por la 149


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derecha y por la izquierda. Él respondía al fuego sin tregua, se defendía, avanzaba y, tras muchos desperfectos, escapó al peligro de los barcos, pero no tardó en caer en medio de otros muchos. Tres horas estuvo luchando en medio del enjambre y en la terrible refriega perdió todo el velamen de popa, le agujerearon las velas, le trituraron el timón y le cortaron las cuerdas; los marineros recorrían la cubierta y pisaban las balas y la metralla ardiendo, disparadas sin interrupción desde las naves enemigas y esparcidas por toda la cubierta del Ares. Esta era la situación, cuando un bergantín con marineros europeos y soldados egipcios se aproximó a tiro de pistola del Ares y preparó el abordaje. Los del Ares, al ver este nuevo peligro y pensar que, con ellos extenuados, el enemigo tendría fácil el abordarlos y someterlos, ordenaron a dos ancianos que tuvieran dispuestas las pistolas para disparar a la santabárbara en cuanto el barco fuera asaltado. Sin embargo, los enemigos les adivinaron la intención a los griegos al ver sus movimientos y, puesto que ellos también arderían si la llevaban a cabo, se separaron y, en consecuencia, el Ares se libró. Entre tanto se iba haciendo de noche y un barco enemigo salió ardiendo por casualidad. Este suceso causó gran turbación en el resto de los barcos enemigos y, ayudado por ella, el Ares pasó y escapó al peligro como de milagro. Sólo fueron muertos dos de sus marineros y heridos siete, entre ellos Sachturis.
A la toma de Esfactería siguió la caída de Viejo Navarini. El día 29, el enemigo se lanzó por tierra y por mar y entabló batalla. Los griegos no esperaban ayuda exterior y muchos decidieron huir el día siguiente atravesando de noche las líneas enemigas –pues otro medio de huir no lo había– e informaron previamente a los griegos de Ligudisti y les pidieron que abrieran fuego de fusilería en una maniobra de distracción. Salieron al hacerse de noche, pero de nada les sirvió, ya que los de Ligudisti no abrieron fuego y ellos fueron descubiertos al caer en medio de la caballería enemiga, retrocediendo unos, muriendo otros y siendo apresados los demás, entre ellos el obispo de Metonaah, su hermano, Chatsí-Christos, Anagnostis Kanelópulos, Anastasis Dariotis y Várvoglis. Al día siguiente se rindieron bajo acuerdo los que se habían quedado en la antigua fortaleza y se fueron todos libres e inmunes, pero sin armas ni dinero; eran 786. Sólo fueron hechos presos los capturados en la fuga, como no incluidos en los términos del acuerdo. La cuadrilla de Sotiris Chotsamanis no se resignó a entregarse y huyeron sable en mano por en medio de los enemigos, salvándose la mayoría.
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El mismo día en que capituló Viejo Navarini, la flotilla de Miaúlis, que merodeaba por la costa entre Koroni y Metona sin poder hacer daño a la enorme flota enemiga, entró al atardecer en el puerto de Metona, donde permanecían algunos barcos enemigos de guerra y de carga; lanzó cinco brulotes uno tras otro e incendió una fragata de gran tamaño, tres corbetas, otras tres de guerra y otras tres de carga. También resultó incendiado un depósito de víveres.
Tras apoderarse de Esfactería y de Viejo Navarini, Ibrahim reclamó a los de Neókastro que se entregaran, por intermedio del obispo de Metona y de Chatsí-Christos, sin ser atendido. Pasados dos días, envió a tres de sus oficiales turcos con la esperanza de llegar a un acuerdo, pero ni aún así fue escuchado. Finalmente levantó otras dos baterías de largo alcance contra la fortaleza, llevó cerca 11 fragatas y corbetas y 5 bricks y, el 3 de mayo, la hostigó por tierra y mar. Tras tres días de combate sin tregua, los griegos aceptaron lo que acababan de rechazar y, el día 6, firmaron en la tienda de Ibrahim un acuerdo para entregar las armas, excluyendo de tal obligación a 30 oficiales, y ser trasladados todos gratuitamente a Kalamata bajo bandera neutral; pero, una vez firmado el acuerdo, sospecharon una insidia y no se entregaron. Mientras se negociaba la entrega del castillo, un temerario chipriota que había entre los defensores nadó bajo el fuego de los egipcios hasta una fragata inglesa que había aparecido a la entrada del puerto y puso en manos del capitán una carta de los sitiados en que solicitaban la llegada de un barco de guerra y una intervención extranjera para su segura extradición. En respuesta a esta petición, llevada a Esmirna de parte del capitán, arribaron la goleta francesa Amarante y la austríaca Arethusa, por cuya intercesión se llevó a cabo el acuerdo, siendo transportados sanos y salvos hasta Kalamata 1180 en total. Sólo a dos de entre ellos, Yorgakis Mavromichalis y Yatrakos, retuvo Ibrahim en contra del acuerdo, con el pretexto de que los griegos habían contravenido lo acordado a la caída de Nauplion, al retener a los dos pashás. Pero los pashás no figuraban en los términos, ya que no quisieron firmar el documento. En la fortaleza rendida se encontró comida para diez días y bebida para cuatro. Su posesión benefició muchísimo al enemigo, porque conllevaba el dominio de un puerto de lo más amplio y protegido, tan útil para el arribo de una escuadra como para el traslado de tropas y todo tipo de suministros desde Egipto y Creta. A la caída de Neókastro, la flota enemiga regresó a Suda sin haber sufrido daños ni hostigamiento.
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Poco después, la marina griega se reivindicó en el Cafereo, un cabo de Eubea que se alza frente a Andros.
El gobierno supo a tiempo que se disponía a zarpar desde Constantinopla la sección bizantina, al mando del capitán pashá, y a su encuentro salió la segunda de los griegos, compuesta de 20 navíos de guerra y 8 brulotes, al mando de Sachturis, Kolandrutsos y Apostolis. Las dos escuadras se avistaron el 16 de mayo entre Ténedos y Lemnos y se inició la refriega. La bizantina se componía de 3 fragatas, 10 corbetas y 38 bricks y goletas con cañones; la acompañaban otras naves de carga. Tras la escaramuza entre Ténedos y Lemnos, ambas flotillas navegaron hacia el oeste tanteándose mutuamente. El día 20 amanecieron en aguas de Andros y, tres horas después de la salida del sol, combatieron entre esta isla y el Cafereo. La batalla se mantuvo indecisa durante bastante tiempo, pero al final los griegos desbarataron la flotilla enemiga al romper su ala derecha. En el desorden consiguiente, Sachturis observó que una fragata iba a merced del viento y lejos de las restantes naves, con la arboladura rota, y se dirigió hacia ella acompañado por dos brulotes, los de Matrozis y Musiós. Las tres embarcaciones encontraron en su camino la oposición de una fragata y una corbeta, pero las sobrepasaron y, llegando a la altura de la fragata accidentada, los dos brulotes embistieron y la incendiaron. Dicha fragata, con 66 cañones y la de más tamaño de la flota, era la almirante, pero el capitán se encontraba a la sazón en otra embarcación; llevaba almadías para la toma de Mesolongui, numerosísimos avíos de guerra y el cofre de caudales. Se partió a los diez minutos de incendiarse y perecieron todos los que iban en ella, entre ellos 150 artilleros; perecieron también 3 de los incendiarios y fueron heridos 4. Poco después, los barcos griegos rompieron también la otra ala de la flotilla enemiga y el incendiario Butis enfiló con destreza su brulote contra una corbeta de 34 cañones y la incendió por completo; entonces se desperdigaron los barcos enemigos de una y otra ala y algunos, entre ellos el que llevaba al capitán pashá, llegaron indemnes a Suda el día 27, mientras otros se refugiaron al amparo de Caristo; una corbeta, perseguida por dos bricks griegos, cayó en los escollos de Syra y fue incendiada por los que iban en ella; el capitán se entregó con su tripulación –unos 200, entre los que había 25 europeos– a los habitantes de Syra quienes, con más miedo del que infundían a una gente que se refugiaba allí con bandera blanca esperando salvarse, salieron a su encuentro. El populacho maltrató a los europeos y mató a algunos turcos, siendo los 152


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restantes trasladados a Hydra. En esta batalla naval fueron capturados 5 cargueros que, bajo pabellón austríaco, llevaban pólvora, cañones y otros productos bélicos para uso de los sitiadores de Mesolongui. Los barcos griegos, cuando iban persiguiendo a los enemigos, se encontraron el día 23 en Melos con los de Miaúlis, se saludaron, se unieron todos y entraron el mismo día en el puerto de la isla, en número de 70. Esta victoria por mar fue brillantemente celebrada en Nauplion el día 24.
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1825 CAPÍTULO LIV FRACASODELAEXPEDICIÓNDEKUNDURIOTIS.-AMNISTÍADEREBELDES.BATALLA EN LA POSICIÓN DE MANIAKI.- MOVIMIENTOS DE IBRAHIM HACIAELINTERIOR DELPELOPONESO Y ENFRENTAMIENTOS.-HAMILTON EN NAUPLION.- INFORTUNIOS DE LOS GRIEGOS Y VUELTA DE IBRAHIM A MESENIA.- FABVIER, GENERAL DEL EJÉRCITO REGULAR.- VICTORIAS GRIEGAS.-INTENTONAFALLIDAPARATOMAR TRIPOLITSÁ.-INTERCAMBIO DE PRISIONEROS.- INTENTO DE ASESINATO DE IBRAHIM.-
Los continuos éxitos de Ibrahim aterraron en gran medida a los griegos.
Las tropas de Grecia Continental se retiraron en masa del Peloponeso; el Peloponeso no se movía, las provincias reclamaban a sus jefes encarcelados en Hydra y los más influyentes de ellos, al ver que el avance enemigo repercutiría en su liberación, no lo llevaban mal. Su mortal enemigo Kunduriotis no había conseguido nada con su expedición y ya no era una amenaza para sus rivales como antes, sino que ni siquiera su posición era segura. Estacionado en Skala, descubrió que unos allegados de los rebeldes planeaban raptarlo, para liberarlo sólo a cambio de la liberación de los suyos; incluso mataron a algunos de su guardia. Tanto se asustó al descubrir estos proyectos, los cuales no eran falsos pero sí dispersos, que se trasladó inmediatamente a Kalamata, donde subió a un barco y huyó a Nauplion, dejándolo todo en confusión y desánimo. Pero cuanto más desesperada era la situación de la gente del Peloponeso por la ausencia y persecución de sus líderes, tanto más se aplicaba el legislativo a aniquilarlos. Habían escapado a sus manos sus dos enemigos más peligrosos, los Andreas, y teniendo en mucho su sumisión antes de castigar a los demás, ordenó a Tsongas que los llevara a Nauplion con una escolta segura; pero él desobedeció la orden, pues tenía sus propios planes con respecto a ellos, y les facilitó los medios para huir a Kálamos, pretextando que ya no tenía para darles de comer, ni a sus cien secuaces. Esta razón, si bien era cierta, no eximía a Tsongas de su responsabilidad, ya que los recibió con la condición 155


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de guardarlos y enviarlos al gobierno cuando fueran reclamados; si no podía alimentarlos, debió haber informado a las autoridades de Grecia Occidental o entregarlos, pero lo que hizo fue confiar en su espada y poner en práctica lo que le dictaba su corazón, contraviniendo sus deberes para con el gobierno.
Éste, al enterarse de lo sucedido, se apresuró a pedir al gobierno jónico que expulsara a los refugiados en su territorio. Se les invitó a irse pero ellos, llenos de confianza, fueron por propia iniciativa al Peloponeso y, sin desvelar su lugar de residencia, escribieron al ejecutivo que estaban dispuestos a colaborar en la lucha contra el implacable y victorioso enemigo de la patria; por el momento se retiraron a una apartada aldea cerca de Lalas. Allí, en una conversación sobre el desembarco de hacía dos meses de Ibrahim y sobre el inminente peligro, Zaímis reiteró, para justificar su llegada, lo que ya había proclamado antes en su carta dirigida al congreso de Grecia Occidental, que “había jurado morir en su amada tierra luchando por ella.” El gobierno se turbó al oír que sus mortales enemigos se habían atrevido a hollar el suelo del Peloponeso y ordenó a sus funcionarios en aquellas provincias que los arrestasen dondequiera que se hallaran y los enviasen en seguridad al gobierno, pero los sucesos de la guerra se impusieron a su orden y los así aleccionados no sólo no los arrestaron, sino que todo el mundo, en las sucesivas desgracias de los griegos, acusaba a los gobernantes de incapaces, veía en los perseguidos a los salvadores y, con el progreso del mal, se elevó un clamor en su defensa de un extremo a otro del Peloponeso. Se impuso la voz del pueblo en el ejecutivo, que siempre había sido indulgente con los Andreas; se impuso al fin la voz del ejecutivo en favor de ellos ante el legislativo y, el 18 de mayo, se firmó una amnistía general y completa, se liberó a los de Hydra y, con asistencia de ellos, de todos los miembros del gobierno y de una multitud de gente, el día 19 se entonó un tedeum en Nauplion, se pronunció un discurso sobre la concordia, se leyó el decreto de amnistía y, al día siguiente, Kolokotronis fue nombrado comandante en jefe del Peloponeso; tomó a cuantos encontró en Nauplion dispuestos a acompañarle y, al día siguiente, salió a reclutar en las provincias. De este modo, los hasta entonces proscritos y perseguidos a muerte como destructores de la patria fueron vistos como sus salvadores y quedaron avergonzados los del legislativo que los habían perseguido, ellos que se habían engrandecido mediante el despilfarro del tesoro público.
Mientras tanto Ibrahim, antes de penetrar hacia el interior del Peloponeso tras la caída de Neókastro, juzgó necesario no dejar enemigos detrás de sí y, sabiendo que había muchos griegos en la posición de Maniaki, entre 156


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Arkadiá y Neókastro por el este, se dirigió contra ellos. En efecto, en aquella posición se habían reunido muchos, procedentes de diferentes zonas del Peloponeso, a instigación de Dikeos; pero, al ver próximo el peligro, apenas quedaban seiscientos; los mandaban él, Kefalas, Kapitanakis y Voidis. El día 19, tres mil egipcios de caballería e infantería al mando de Ibrahim tomaron Skárminga, una aldea cercana a Maniaki, y al día siguiente se lanzaron contra las trincheras de los griegos. Como leones lucharon los escasos griegos, derribando por tierra a más de trescientos enemigos, pero acabaron siendo totalmente aniquilados, muriendo ellos y sus cuatro comandantes. Ibrahim, admirado del valor de los cuatro jefes y, en especial, del de Dikeos, dijo cuando llevaban su cabeza ante él: “¡Qué error perder a un capitán así!” En muchos aspectos recordaba este guerrero el carácter incoherente de Alcibíades: de la noche al día pasaba del lujo a la miseria y en todos los demás rasgos secundarios de su personalidad era como Alcibíades, excepto en que amaba más a su patria.
Al siguiente día de la batalla, otro escuadrón de egipcios entró a saqueo en Arkadiá, pero muy pocos de sus habitantes fueron capturados o muertos, pues habían huido todos con sus mujeres e hijos, por mar o por tierra, al enterarse de la matanza de Maniaki. El ejército enemigo volvió a los cuarteles, pero un grupo de jinetes se desplegó por Mesenia y llegó hasta Mikromani, entregándose al incendio y al pillaje. A los pocos días, Ibrahim salió en expedición hacia Kalamata. En ella había dos mil hombres en armas, en su mayor parte maniatas, que la abandonaron y huyeron en masa.
Después de apoderarse sin lucha de la ciudad, le prendió fuego; también tomó e incendió Nisí, Kytriés y Harmyrós, regresando luego a Metona.
Mientras tanto, a finales de mayo se concentraron en Makryplayi tres mil hombres armados, siguiendo las consignas que había hecho públicas Kolokotronis. Se reunieron otros mil en Tsamí, posición a una hora de distancia de las gargantas de Leondari; su misión era impedir a los egipcios el avance hasta Tripolitsá. Una vez fortificadas estas posiciones, Kolokotronis se dirigió a Palianí, para adelantarse a tomar la impracticable y abrupta carretera de Soroka; pero los egipcios llegaron antes y la siguieron el 4 de junio, apoderándose de Palianí. Sucedido esto, a requerimiento de Kolokotronis las tropas de Makryplayi se congregaron en Ákovo, que está a una hora de Palianí, y ocuparon Dirrachi y la posicición fortificada de Drambala. El 6 de junio salieron los egipcios contra los de Drambala; acudieron en su auxilio los de Dirrachi y lucharon todo el día, durante el 157


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cual los de Lacedemonia se dieron a la fuga cuando fue herido en el rostro su valiente jefe, Yorgakis Yatrakos; pero los demás no dejaron de combatir en toda la noche. Al día siguiente el enemigo emplazó cañones, venció, se apoderó de la fuente de la que se surtían los griegos y los forzaron a retirarse por la noche, bien a Turkolekas77, bien a Karýtena. En el transcurso de estos dos días de lucha murieron 30 griegos y fueron heridos 70; las víctimas turcas fueron más, ya que atacaban al descubierto a gente dentro de unas defensas. Al día siguiente los egipcios avanzaron sin impedimento, incendiando a su paso, y llegaron el 10 a Tripolitsá, donde no encontraron un alma. Los griegos tenían la intención de prender fuego a la ciudad, pero lo repentino de la invasión no les dejó tiempo ni para llevarse sus pertenencias más imprescindibles.
Una vez descansó la tropa, Ibrahim marchó hacia Nauplion tras dejar en Tripolitsá una guarnición suficiente. La campaña conmocionó al gobierno griego. Desde hacía unos días se rumoreaba que Nauplion sería entregada a traición; además se capturó a un turco disfrazado de griego cuando entraba en Nauplion y se le encontró encima una carta sin señas y sin firma en la que se pedía información sobre el estado de las fortificaciones. Se sospechó de ciertos comerciantes de Syra como espías de Mehmet Alí y, principalmente, de Yoryos Orfanidis de Nauplion, y se les encarceló; pero, juzgados y vueltos a juzgar, fueron declarados inocentes. Incluso Kolettis, miembro del legislativo, resultó arbitrariamente implicado por sus estrechas relaciones con Orfanidis. Repleto de sospechas, el ejecutivo se encargó de la seguridad de la plaza y se dividió en varias secciones: a unos miembros se les encomendó la provisión de los suministros de guerra y la reparación de las infraestructuras, que yacían en un estado lamentable, y a otros la protección de las puertas de la ciudad y la vigilancia de las baterías; tres de ellos fueron destinados junto al legislativo, para supervisarlo rigurosamente y llevar sus actividades en la dirección decidida por ellos. El legislativo aguantó estoicamente esta muestra de desconfianza por parte del ejecutivo y, ante la moción sobre seguridad pública de los tres diputados, que proponían ante todo asegurar el Palamidi, trasladaron allí el día siguiente a Rodios, con 200 regulares. De este modo, más o menos reforzadas las defensas y realizada también una inspección sobre la seguridad de Los Molinos frente a Nauplion, llegaron como voluntarios para defender la 77
En el interior de Arcadia.
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plaza Konstandinos Mavromichalis, Makryyannis e Hypsilandis; este último llevaba mucho tiempo inactivo, pero siempre estaba dispuesto a arrostrar peligros. Ellos tres, tomando a unos 300 hombres de entre los disponibles, situaron a unos en los almacenes y a otros dentro del recinto de los jardines. La posición de Los Molinos era necesaria para proteger a Nauplion, ya que allí había una enorme cantidad de víveres, se molía allí el grano para el consumo de la ciudad y de allí se llevaría el agua si eran cortadas las conducciones.
Por aquellas fechas atracó frente a Los Molinos la nave almirante francesa, y el almirante de Rigny y otros oficiales deliberaron con Hypsilandis sobre la actualidad del momento. A uno que dijo que la lucha emprendida era muy desigual, “hoy venceremos o moriremos”, respondió el noble Hypsilandis. Pero la lucha no era tan desigual, porque Los Molinos estaban a la orilla del mar y había baterías griegas emplazadas, que podían ayudar a los griegos combatientes, y un lugar donde retirarse si eran vencidos. Mientras, el enemigo descendía desde Tripolitsá, llegando a Los Molinos el 13 de junio a mediodía; mientras una parte progresó ese mismo día hacia Argos, otra parte se quedó para tomarlos. Cargaron contra los defensores primero a caballo y luego a pie, con Ibrahim a la cabeza, pero fueron rechazados. Los atacantes eran pocos, pues las impracticables marismas cercanas obstaculizaban la carga de muchos a la vez. En el transcurso de la batalla, el enemigo derrribó parte del muro del jardín y penetraron algunos en él; pero mientras otros se disponían a entrar por la brecha, quince griegos y filohelenos mandados por Makryyannis arrojaron al suelo los fusiles y, desenvainando las espadas, se lanzaron gritando contra los asaltantes, poniéndolos en fuga y conservando la posición. En el transcurso de la batalla llegó de refuerzo desde Naxos el escuadrón de evzones de Karpos y otros no regulares, y así se decantó la hasta entonces indecisa pelea; la batalla terminó a eso de la puesta del sol y el enemigo, chasqueado, emprendió el camino de Argos. En 50 se estimaron los muertos y heridos; de entre los griegos murieron 4, uno de ellos filoheleno, y fueron heridos 4 o 5, entre ellos Makryyannis en el brazo derecho; trasladado a la nave francesa, fue objeto de todo tipo de atenciones. El enemigo pernoctó en Argos, lo incendó al día siguiente, junto con las aldeas cercanas, y al otro día algunos de a caballo llegaron a tiro de cañón de Nauplion. La confusión y el estupor de la población eran indescriptibles. Era tal la cantidad de refugiados que se apretaba dentro y tal la escasez de agua y comida, que 159


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el enemigo se habría apoderado de la ciudad en pocos días de haberla asediado por mar y por tierra. Al ver al enemigo desde la muralla, salieron a su encuentro 70 hombres a lomos de los caballos de propiedad particular que había en Nauplion. Se les agregaron unos cuantos cretenses de a pie e iniciaron una refriega en Tirinte, donde se encontraron; pero los egipcios no habían venido preparados para el asedio, confiados quizá en lo que se decía y se aseguraba sobre la traición, y regresaron infructuosamente por la tarde a Argos.
El mismo día que Ibrahim bajó a la Argólide, se entregó al secretario general del legislativo, Mavrokordatos, una carta sin señas y con la firma de Hamilton que decía: “Je viens (ya llego)”. La entregó Andonis Milios, correo del barco mandado por Hamilton, y dijo que el jefe de flotilla inglés estaba navegando a la altura de Spetses cuando se enteró de lo de la Argólide y, como la fragata no podía llegar pronto debido a la falta de viento, había enviado la carta por delante para anunciarse. Y en efecto, a los pocos días llegó a bordo del Cambria y en compañía de otra fragata y una corbeta.
Este hombre se ganó el corazón de los griegos desde el inicio del conflicto, gracias a su actitud filohelénica. De pocas palabras pero ponderadas, de carácter grave pero íntegro, de conducta llena de comprensión hacia los griegos, sus aportaciones fueron providenciales.
Bien se alegraron los griegos de ver en medio de ellos a un amigo así en tan críticos momentos. Imperaba la idea, falsa pero útil, de que tenía la orden de izar la bandera inglesa en el Palamidi en caso de peligro. Hamilton llevó sus barcos al interior del puerto de Nauplion para proteger desde él a la ciudad, salió en compañía de muchos oficiales, pronunció misteriosas palabras de ánimo y aseguró al gobierno que no se iría mientras la ciudad estuviera en peligro; después fue a entrevistarse con Ibrahim a las afueras de Nauplion y volvió al puerto. El comportamiento de Hamilton fue un gran consuelo para los griegos.
Ibrahim pasó la noche en Argos y volvió el día siguiente a Tripolitsá al frente de su ejército. Kolokotronis tomó posiciones para hacerle frente en Partheni y Gyros, pero se retiró al verlo aproximarse y los egipcios entraron en Tripolitsá el día 17 sin pegar un tiro.
Mientras tenía lugar esta incursión enemiga, los turcos de Patras repararon en que la carretera de Vostitsa había quedado sin guardia y despacharon 250 jinetes a dicha ciudad; al mismo tiempo se avistaron por 160


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aquellos parajes marinos unas cuantas naves turcas. Los habitantes y los escasos soldados que allí había, sorprendidos al no haber sido informados por los vigías apostados en el camino, se dieron a la fuga los que tuvieron tiempo. Los turcos entraron sin lucha y mataron a algunos e incendiaron casas, retirándose al caer el sol con prisioneros y botín.
En tanto, una vez que los egipcios volvieron a Tripolitsá, los griegos se reunieron desde todas partes del Peloponeso para bloquear los accesos a la ciudad. Los de Karýtena ocuparon Chrysovitsi y Piana; los de Argos y Tripolitsá, Tsipianá; los de Kalávryta y Vostitsa junto con los corintios y los de Nikitas, Levidi; los de Ándrusa, Makryplayi; los de Hagios Petros y Monemvasía y los laconios se quedaron en Vérvena con Hypsilandis. Eran en total unos diez mil. Mientras mantenían estas posiciones con vistas al asedio de Tripolitsá, supieron que una nueva fuerza enemiga se disponía a ascender desde los cuarteles de Mesenia hasta la ciudad y, a instancias de Kolokotronis, decidieron echar a la que ya estaba antes de que llegara la otra. Zaímis, Londos, Nikitas y Notarás se encargaron de posicionarse en Chrepa de Arriba, junto a Kolokotronis; Yenneos, Diliyannis y Papatsonis, donde las viejas fortificaciones de Tríkorfa; Plaputas y Krítsalis, en Valtetsi; los de Vérvena también fueron informados sobre el plan y, la noche del 23 de junio, se fueron todos a sus posiciones. Esa noche Ibrahim, al ver muchas hogueras por la parte de Chrepa de Arriba, se temió algo y mandó sin tardanza un escuadrón al romper el día, para que tomase los reductos de Tríkorfa, tomando sólo uno, porque Yenneos y Papatsonis se adelantaron y ocuparon los otros dos, mientras alzaban otros sobre las lomas con lo que tenían a mano; a la izquierda se desplegaron los de Notarás y, detrás de ellos, los de los Petmezás, Lechuritis y Soliotis.
Comenzada la batalla en Tríkorfa, Ibrahim llevó todo su ejército a dicha zona, emplazó un mortero y dos cañones y machacó sin cesar los dos reductos mayores. Los griegos resistieron en ellos heroicamente, en espera de auxilio. Acudieron en su defensa los de Valtetsi, pero fueron derrotados por la caballería y volvieron atrás. Mientras, los defensores seguían luchando sin ayuda y rechazando a los asaltantes enemigos, matando a muchos de ellos. Ibrahim, al ver que era imposible apoderarse de los reductos al asalto, tomó el grueso de su ejército, subió por detrás y se expuso temerariamente, en medio del fuego de los reductos en cuestión, por abajo, y el de los de Kalávryta por arriba. Esta audaz operación enemiga salió bien. El primero en huir despavorido fue un jefe de guerrillas de 161


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Royí –provincia de Kalávryta–, Yannis Roídis, y tras él huyeron los demás paisanos suyos; a éstos los imitaron los de Notarás y el resto de los que mantenían las fortificaciones más elevadas, que fueron ocupadas por el enemigo. Al ver entonces Yenneos y Papatsonis que, una vez perdidos los puestos situados arriba, peligraban todos ellos, decidieron huir; pero la huida no era segura, pues habían sido rodeados por el enemigo. El primero que lo intentó fue Papastathópulos Langadinós, mas pereció en el intento; tras él, huyeron todos lo demás. Los egipcios los persiguieron en su fuga, matando en aquella batalla a 200 griegos, entre ellos a Papatsonis, que había sido herido en el reducto antes de emprender la huida, a Yoryos Dimitrakópulos, a Nikolós Tamvakópulos y a otros subjefes. Kolokotronis sobrevivió a duras penas, montado sobre un mulo de carga que encontró por el camino mientras huía.
Después de esta mortífera derrota, los egipcios se desplegaron por los alrededores de la ciudad, fortificaron los molinos de Daviá, Piana y Zarákova, y posicionaron tropas en cualesquiera otros lugares convenía para conservar los molinos y la libre comunicación entre éstos y la ciudad.
Sus enemigos se reunieron en Alonístena y, dejando allí 500 hombres como guarnición, pasaron a Dimitsana, y de allí a Magúliana, donde también se hicieron fuertes.
En el intervalo Hypsilandis y los suyos, al observar que los enemigos recorrían sin temor el llano, en la noche del 7 de julio ocuparon Rizes y Pialí y se pusieron a acechar. Al día siguiente salió el enemigo, según su costumbre, y cayó ingenuamente en la emboscada; hubo 30 prisioneros y casi el mismo número de muertos, muriendo también entre los griegos los cabecillas Guengas y Polychronis. Dos días después, 200 egipcios que merodeaban en busca de botín avanzaron hasta Alonístena sin saber que allí había griegos y se dieron de bruces con ellos; murieron unos cuantos y cuatro fueron hechos prisioneros. El día 15 salió Ibrahim al frente de su ejército contra los que ocupaban Alonístena y Magúliana y los hizo huir a todos nada más oírle, estando a punto de ser atrapado el mismo Yenneos. Ibrahim prendió fuego a aquellas aldeas y algunas otras, entre ellas Langadia; se apropió rebaños, esclavizó mil almas, volvió a Tripolitsá y mandó otro cuerpo de ejército muy numeroso a recoger los cereales de la provincia de Karýtena y hacer prisioneros. El contingente llegó hasta las aldeas de montaña de Dragomano, Karyá y Krombovós, pero fue rechazado y sufrió bajas. Se plantó también en Isari; cien de sus 162


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habitantes se encerraron en la iglesia y combatieron durante todo el día y, a la medianoche, salieron espada en ristre y resultaron ilesos, salvo un muerto y un herido. Al día siguiente, el enemigo quemó el lugar y volvió al llano de Karýtena rapiñando y destruyendo.
El día 27, Ibrahim salió al frente del ejército contra los de Vérvena, los disolvió con sólo el sonido de los clarines, regresó al día siguiente a Tripolitsá y, dejando una guarnición suficiente al mando de Husein Bey, que había traído hacía poco tropas de refresco de Creta a los fuertes de Mesenia y desde allí hasta Tripolitsá, se retiró el 1 de agosto a Mesenia, saqueando y devastando por el camino. A su paso por el distrito de Leondari, dejó tres mil hombres en Isari para vigilar.
A los pocos días de su llegada a Mesenia –era el tiempo de la recogida del higo– más de tres mil griegos reunidos desordenadamente cayeron sobre Nisí, donde estaban asentadas tres compañías enemigas, y mataron a casi todos, muriendo 50 de ellos y volviendo a sus casas después de recoger la cosecha de higos.
Los constantes reveses de las tropas irregulares en sus enfrentamientos con regulares demostraron con toda claridad que a los griegos les era imposible triunfar, no sólo por la superioridad de los bayonetistas, sino también por la disciplina, el orden y el ahorro que representaban. Por aquellas fechas llegaron a su culminación la rebeldía, la indisciplina y el despilfarro del ejército griego a causa de las guerras civiles, que arrastraban a los implicados a toda clase de excesos; por lo que el legislativo lo calificó de ruina de la patriaai.
Con esta situación militar en Grecia, el gobierno puso todo su empeño en traer un ejército extranjero mercenario y dio órdenes al comité de Londres para obtener un crédito especial de quinientas mil libras para un rápido envío de cuatro mil regulares foráneos, provisión de suministros y pago y mantenimiento. Pero el peligro estaba a las puertas, mientras la ayuda era lenta e insegura, por lo que se aplicó por enésima vez a aumentar su propio estamento regular, que no prosperaba debido a la reacción de algunos de los irregulares, ni era tratado como se debía; pero sufriendo se aprende, y los que ayer abominaban de él se convirtieron ahora en sus defensores.
Desde hacía tiempo residía en Grecia el coronel francés Charles Fabvier, que en tiempos de Napoleón había servido gloriosamente a las órdenes del general Marmont. De incógnito y con otro nombre, al principio visitaba 163


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los campamentos griegos en privado como voluntario, para conocer las costumbres y la psicología de los hombres junto a los cuales proyectaba afrontar desinteresadamente apuros y peligros hasta el fin. En el sitio de Koroni, a falta de artillería, intentó sin éxito quebrantar la muralla con unos cohetes de su invención. A finales de junio, el gobierno griego nombró a este hombre general del ejército regular y reglamentó los empleos según su propuesta, designando jefe de la caballería a Regnault de St. Jean d’ Angely, notable por sus virtudes militares, e intendente general al conde Porro, de Milán, merecedor de elogio por sus conocimientos y sus sacrificios en pro de la libertad de su patria, dominada por una nación extranjera. Dio al general licencia para promover las dignidades, reformar el colectivo según su propio criterio y trasladarlo donde quisiera para formarlo; el 11 de septiembre promulgó una ley sobre censo; desde entonces el ejército mejoró.
Al marcharse Ibrahim de Tripolitsá, los peloponesios tomaron la decisión de recluir dentro de los límites de la ciudad a los egipcios que quedaron en ella. Para ello se reunieron de nuevo; unos en Vérvena, a donde el gobierno había enviado un comité de tres miembros para provisión de suministros y pagar a los soldados mercenarios; otros en Alonístena y, el resto, en Chrepa de Arriba. La tarde del 12 de agosto, a una señal de Kolokotronis, que estaba en Alonístena, los de Vérvena, con 30 jinetes al mando de Chatsí-Michalis Talianos, partieron hacia Tríkorfa, en poder de los turcos desde que echaron de ella a los griegos; los de Alonístena lo hicieron hacia Piana. Éstos cayeron de repente sobre las defensas enemigas y mataron a algunos, incendiaron un molino y volvieron a Alonístena. Los otros, yendo en cabeza la exigua caballería de Chatsí-Michalis, que pasaba por turca, comenzaron el combate capturando y matando a 5 enemigos; con lo que tenían a mano, levantaron tres trincheras una al lado de la otra en medio de los enemigos y los hostigaban. Iniciadas las hostilidades, llegaron en ayuda de los egipcios algunos de Tripolitsá, también bajaron en ayuda de los suyos los griegos que retenían Chrepa de Arriba y, a las dos de la tarde, prendió la guerra por todas partes. Ganaron los griegos, pusieron en fuga al enemigo, mataron e hicieron prisioneros a bastantes y, al caer la tarde, fueron unos a Valtetsi y otros volvieron a Vérvena. Al día siguiente fueron a Zaráchova y quemaron los molinos. Encima de los molinos se conserva una vieja muralla; en ella se atrincheraron los egipcios para resistir, después de la quema. Corrió en su auxilio la caballería a través de Piana y, al ver que los griegos se habían alejado del llano, avanzó con más confianza, pero al 164


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caer sobre ellos los de Chatsí-Michalis, con él al frente y espada en ristre, huyeron, aunque en la refriega estuvo a punto de ser hecho prisionero el propio Chatsí-Michalis, al ser derribado su caballo. Huida la caballería enemiga, los griegos derrotaron a los ocupantes de la antigua muralla, mataron a bastantes, cogieron 8 tambores y, al apoderarse del recinto, encontraron en él muchas bestias y diferentes cosas abandonadas por los egipcios. Mientras se luchaba en aquella zona, se combatía también por Piana y Daviá, donde igualmente se impusieron los griegos, que quemaron todos los molinos de Daviá y los que habían sido abandonados en Piana.
Los guardianes fueron acorralados dentro de otra vieja fortaleza enfrente de los molinos de Daviá y no sufrieron el destino de los demás porque, al ponerse el sol, llegó la noticia de que Ibrahim, en su vuelta a Tripolitsá, había llegado a Sinanu, a 5 horas de Daviá, y ante esta información los griegos cesaron en su lucha, se aprovisionaron en Vérvena y se trasladaron a una posición más fuerte, Hagios Petros, que está a dos horas de Vérvena.
Aquel día, en que fueron muertos bastantes enemigos, también fueron muertos o heridos 15 griegos de infantería y 4 de caballería. Grande fue el arrojo de la pequeña caballería griega y digno de admiración se mostró Chatsí-Michalis por su coraje.
De vuelta Ibrahim en Tripolitsá, acorraló dentro de un fortín de Trínisa a 70 hombres al mando de Kostas Suliotis, se adueñó de él mediante un acuerdo y dejó ir a los defensores, tras desarmarlos y saquearlos en contra de lo pactado. Al mismo tiempo, bloqueó a los que habían huido a la gruta de la aldea de Vrondamás; como no querían rendirse, abrió un agujero en el techo y arrojó dentro pólvora y otras sustancias combustibles, con lo cual los quemó a casi todos.
El 15 de agosto entró en Tripolitsá y, a los pocos días, salió al frente del ejército hacia la provincia de Mistrás, devastó a su paso la de Helos incendiando, saqueando y haciendo prisioneros y avanzó en dirección a Marathonisi; por el camino hubo pequeñas escaramuzas. El 23, irrumpió en la provincia de Monemvasía, cautivó en Kyparisi 800 almas en una cueva y mató a algunos varones. Los griegos de Hagios Petros, sin atreverse a combatir de frente al enemigo, se dividieron en varios grupos y les seguían y observaban, practicando la guerrilla.
Por los días en que Ibrahim hacía la incursión, como la guarnición que había dejado en Tripolitsá era poco numerosa, los acampados entonces en Tríkorfa en torno a Londos juzgaron la ocasión propicia para tomar la 165


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ciudad al asalto y pidieron para ello la colaboración de los regulares que había en Nauplion. El 5 de septiembre, llegó de noche a Tríkorfa Fabvier, con 400 armados de bayoneta y dos cañones de montaña; reflexionó con los de allí sobre la operación proyectada y, a la noche siguiente, fue sin ser visto bajo las murallas de la ciudad, hacia la parte norte, aguardando la hora fijada en que Londos con los suyos simulara un asalto por el sur con el objeto de atraer la atención del enemigo, para que los regulares aprovecharan la ocasión y se lanzasen dentro. Pero, llegada y sobrepasada la hora decidida, ni se veían ni se oían, ya que habían desobedecido las órdenes del comandante; de manera que los regulares tuvieron que retirarse infructuosamente. El día 10 volvió Ibrahim de su merodeo destructivo y, dos días después, salió de nuevo al frente de su ejército hacia Mesenia y, causando estragos por el camino sin sufrir él daños, entró el día 14 en la ciudad de Arkadiá, incendió la iglesia y algunas casas, tomó preso a Anastasis Katsarós, prendió fuego a Filiatrá, Gargaliani y Lygudisti y volvió a los cuarteles de Mesenia. Comenzando octubre, envió a Tripolitsá bajo nutrida escolta 800 bultos de suministros de guerra y alimentos.
Algunos escuadrones de caballería asolaron la provincia de Pirgos y unas cuantas aldeas de Gastuni, matando y esclavizando a alguna gente, y volvieron indemnes al cuartel general. A partir de ahí cesaron las razzias y expediciones de Ibrahim.
Finalizando el mismo mes, fueron liberados por mediación de Hamilton los dos pashás prisioneros en Nauplion y, así mismo, los dos retenidos en la toma de Neókastro, Mavromichalis y Yatrakos, junto con otros prisioneros.
También Kolokotronis soltó a los dos hijos de Sij-Nedçip y otros parientes del mismo por un rescate de cincuenta mil grosia.
Durante su cautiverio y para ganar tiempo, grandes esperanzas hizo concebir Mavromichalis a Ibrahim de someterle Mani y todo el Peloponeso, y se le dio crédito. Cuando fue rescatado, tras desvelar al gobierno griego sus relaciones de entonces con Ibrahim y obtener permiso para no interrumpirlas, en beneficio de la patria en peligro, meditó su asesinato a traición y se ofreció para llevarlo a cabo, junto con Panayotis Chrysanthópulos, también llamado Kaklamanos. Hallándolo dispuesto a participar con la única condición de que el Estado mantuviera a su familia después de su muerte, lo proveyó de una carta a Ibrahim, en la que le prometá el sometimiento de Mani y la parte aún no subyugada del Peloponeso, y lo mandó a Metona. Kaklamanos proyectaba asesinar a 166


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Ibrahim al sacar la carta pero, como no se le dio permiso para llevar armas en su presencia, le entregó simplemente la carta y regresó sin hacer nada.
Otros proyectaron lo mismo y sus planes se vieron igualmente defraudados ¿Es que está permitido el asesinato de un enemigo de la patria? Entre los antiguos estaba permitido el del enemigo de la patria y el del que gobierna la patria en contra de las leyes establecidas, o sea, del tirano. Pero hoy día se considera con justicia un hecho así como un crimen.
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1825 CAPÍTULO LV TRAICIÓN DE ODISEO.- SU ESCAPADA HACIA LOS GRIEGOS Y SU MUERTE.SU GRUTA.- OPERACIONES TURCAS EN GRECIA ORIENTAL.- LA GUERRA SE REAVIVA EN CRETA.- INTENTO DE INCENDIAR LA ESCUADRA ENEMIGA EN ALEJANDRÍA.-
La campaña turca de este año en Grecia Oriental presenta un nuevo aspecto: tiene por apasionado defensor y guía a su en otro tiempo encarnizado oponente, Odiseo. De poca monta eran los motivos que transformaron al brillante campeón de Graviá en perjuro y en renegado a su nación, pero incluso éstos eran consecuencia de su forma de actuar. Quien haya leído atentamente cuanto hemos dicho sobre él, habrá observado que su política se medía siempre por sus intereses. Viose privado de la acrópolis de Atenas, arrebatada por su pariente Guras; no salieron bien sus planes militares en Eubea, donde esperaba mangonear; no se pagó en ninguna ocasión a sus soldados, al contrario que a los de otros bandoleros; no se le llamó, como a los demás, para ir contra los rebeldes, pues el gobierno tenía sospechas de su complicidad con ellos. Tales son las razones por las que planeó traicionar a la patria, que no le había hecho nada; pero descubrió que, si se declaraba en contra de ella, tendría pocos secuaces; así que, tras prestar un misterioso juramento al sultán a cambio de la promesa de recibir en su momento la jefatura general de Grecia Oriental, ejercía de griego ante los griegos a sabiendas de los turcos, a los que decía que de esa forma saldrían bien sus planes a favor de ellos; para su puesta en práctica, consideró apropiado el momento en que los jefezuelos de Grecia Oriental estaban en el Peloponeso luchando contra los rebeldes y encontró un pretexto para su operación conspirativa en la siguiente circunstancia: como otras veces, reclamó al municipio de Atenas 15.000 grosia alegando que los había gastado en proveer a la fortaleza de lo necesario; reclamó igualmente la liberación de cierto cirujano aficionado turco que se encontraba en Atenas, amenazando 169


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con quemar los olivares y las semillas de los atenienses si no era atendido.
Los atenienses le dijeron, tanto en otras ocasiones como a la recepción de la carta, que pidiera al gobierno lo que les pedía a ellos, ya que la acrópolis era del gobierno y el médico turco reclamado, de la guarnición. Al recibir tal respuesta, Odiseo decidió devastar el Ática, como un enemigo cualquiera.
Escribió a los de Dervenochori, a los cuales quería neutralizar, que estaba realizando una operación contra Atenas; a sus subalternos les dijo que la operación iba contra dos o tres habitantes de Atenas; y, tras predisponer así los espíritus, la noche del 2 de marzo envió un batallón de 300 cristianos y turcos y causó daños en las aldeas que hay en la frontera con Beocia.
Guras, al saber esto cuando se hallaba aún en el Peloponeso, corrió hacia Atenas ante el reiterado llamamiento de los atenienses; el día 11, salió al frente de los suyos contra Odiseo, llegando el 14 a Lebadea. A su salida fue nombrado por el gobierno general en jefe de Grecia Oriental. Odiseo acampaba ese día en Queronea, teniendo a su mando 600 cristianos y 400 aliados turcos; al día siguiente, en el que se habrían enfrentado en batalla los contendientes, huyó de noche con los suyos y ocupó Livanates, su aldea natal78, que está a la orilla del mar en el distrito de Talandi.
Entre tanto se reunieron otros contingentes del gobierno al mando de Kriezotis, Rukis y otros jefes de guerrillas y marcharon todos contra Odiseo el día 27. Tomaron unos la posición del Profeta Elías y otros la colina situada sobre el monasterio de Velivós, a media hora del campamento enemigo. En dicho monasterio se encerró Odiseo con bastantes turcos, siendo atacados el 1 de abril. Cuando los enemigos que había en Livanates vieron que los del monasterio estaban en peligro, se lanzaron contra los atacantes, poniéndolos en fuga y sacando fuera a Odiseo; y al ver venir hacia ellos a Kriezotis con los suyos, volvieron al pueblo en compañía de Odiseo. Una vez que el enemigo se alejó del monasterio, los griegos volvieron a rodearlo; a la salida de los demás quedaban el hermano de Odiseo, Yannakis, y 70 soldados, los cuales se entregaron al día siguiente por falta de víveres; Yannakis fue enviado al campamento griego con la esperanza de que hiciera recapacitar a su hermano. Los griegos, después de adueñarse del monasterio, pusieron sitio a Livanates.
Antes de la pelea en el monasterio, Odiseo había escrito a los enemigos que estaban en Zituni, Abas Pasha y Mustan Bey, que era el momento de 78
De ahí procedía su familia, aunque parece ser que él había nacido en realidad en Ítaca.
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invadir Grecia Oriental; pero, después de la pelea, pensó en echarse atrás, ya fuera porque no se fiaba de ellos o porque sus amigos y parientes más cercanos lo habían abandonado al verle alzar las armas contra la patria; sin duda tenía sus esperanzas depositadas en la protección de Guras, ya que confiaba en las antiguos lazos entre ambos y en lo que le dijo en su nombre el hermano que le había enviado. Por estas razones, el 7 de abril tomó a los cristianos que iban con él y, simulando que iba a vigilar unas posiciones, se escapó y se entregó a Guras. Los turcos de Livanates, seguros de que Odiseo iba a engañarles, dieron muerte a los pocos cristianos que con ellos estaban.
Odiseo, suspicaz como nadie, pensó mientras mandaba el castillo de Atenas en un escondite en caso de necesidad y eligió Coricio en el Parnasoaj, una gruta muy amplia y apropiada; emplazó cañones en lo alto; introdujo víveres, suministros de guerra y todo lo necesario; almacenó todas sus pertenencias, instaló a su familia una vez meditada su traición y confió la cueva en su ausencia a Trelawny, que se había casado con su hermana menor. Guras, sucesor de Odiseo, quiso recibir también la gruta y lo llevó allí para que diera la orden sobre su traspaso, pero Trelawny se negó a obedecer alegando que debía entregarla a quien dijera el gobierno, aunque en realidad pensando quedarse con ella.
Odiseo, tras una estancia sin molestias en el campamento de Guras, fue enviado al monasterio de Dombós, en la ladera del Helicón, y de allí trasladado a la acrópolis de Atenas, encarcelado en la torre, torturado para que desvelara su patrimonio y estrangulado y arrojado muerto desde lo alto de la torre, la noche del 4 de julio. Su cadáver fue hallado al día siguiente sobre el pavimento del templo de la Victoria Áptera. La ejecución precisaba ser ocultada, por lo que los autores tergiversaron la verdad, difundiendo que se había partido la cuerda por la que se descolgaba para escaparse mientras sus vigilantes dormían, y que había muerto al caer. Intentaron justificar sus palabras con una autopsia, pero tampoco se sacó nada en claro de ella para el esclarecimiento del crimen.
Mientras aún vivía Odiseo, el gobierno trató de incautar su gruta, pero este tema le produjo particulares quebraderos de cabeza, pues su ocupante, Trelawny, no sólo hizo oídos sordos cuando se le reclamó su entrega, sino que era acusado de mantener contactos con los turcos para una conspiración.
Residía en Grecia Fendon, un escocés que prometió arrebatársela y entregarla al gobierno a cambio de una recompensa, por medios legales o ilegales. Lamentablemente el gobierno hizo caso y el facineroso se atrajo 171


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para sus delictivos fines al ingenuo Vitcomb, un joven inglés de buena familia, y se metió en la cueva como amigo de Trelawny, acompañado de su cómplice. Un día en que los tres estaban jugando con pistolas, Vitcomb, embriagado y por instigación de Fendom, le disparó por detrás y lo derribó a tierra. Entonces uno de los soldados extranjeros de Trelawny, al no ver al que había hecho fuego, respondió disparando a Fendom, creyendo que era él el asesino, y lo mató. Vitcomb huyó pero, capturado fuera de la gruta, fue vuelto a meter y, maniatado, lo confesó todo. Trelawny se curó contra todo pronóstico y, llevado por la generosidad, perdonó al prisionero, considerándolo un simple instrumento de la ajena perfidia; tomó a su mujer y salió pacíficamentre de la cueva por intercesión de Hamilton, mudándose a Cefalenia. Después de estos hechos, el gobierno se hizo cargo de la gruta y absolvió sin cargos a los familiares de Odiseo que estuvieron en ella.
Mientras tanto, los turcos de Abas Pasha y Mustan Bey en Zituni oyeron con gusto el llamamiento de Odiseo antes de pasarse a los griegos y cruzaron el Esperqueo el 5 de abril. Eran dos mil, entre infantes y jinetes, y llevaban dos piezas de artillería. Al enterarse de su llegada, los griegos que sitiaban Livanates después de la deserción de Odiseo dejaron a unos pocos en el asedio y la mayoría partió con Guras al frente y entabló dos batallas –una el día 7 en Davlia y la otra el 11 en Turkochori– en las que quedaron vencedores, y les impidieron avanzar hasta Sálona –como tenían previsto– apostándose en Ámbliani y forzándolos a hacerse fuertes en Paliochori, donde se quedaron mucho tiempo. En el ínterim se terminó el sitio de Livanates porque los turcos de allí, al ver que los que habían quedado para el asedio eran pocos e impotentes, se lanzaron por entre medio de ellos y salieron indemnes.
Mientras sucedía esto en aquella zona de Grecia Oriental, otros turcos al mando del kiaya bey del Rumeli Valesi79 cayeron de repente desde Grecia Occidental sobre Sergula, una población de Malandrinos, sin que nadie hubiera previsto tal incursión. Notable de aquel distrito era el pope Yoryos Politis. Debido al total bloqueo por mar de Mesolongui, a menudo las autoridades de Grecia Occidental y el gobierno se intercomunicaban a través de él y, a través de él, se enviaban suministros de guerra y otros materiales a Grecia Occidental. Para llevarse tales artículos y leer la documentación, cayeron los enemigos como del cielo sobre aquel lugar el día 17, entraron en el 79
O sea, el lugarteniente del gobernador de Grecia Continental.
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torreón de Papapolitis, lo desnudaron, lo quemaron y cautivaron, entre otros, a sus tres nietos; después subieron por Kravvara, fueron atacados en Papadiá por la banda de Safakas, quedaron vencedores, volvieron a Malandrinos e incendiaron Vitrinitsa. Mientras, vino a ellos la mayor parte de la guarnición de Naupacto y todos, a pie o a caballo, unos tres mil, partieron el 4 de mayo para adueñarse de Sálona. Al enterarse los combatientes de esta ciudad de la inesperada vuelta del enemigo a Vitrinitsa y temerse su proyectada ascensión a Sálona, corrieron a ocupar la aldea de Pendori, que está en la carretera a tres horas de aquélla pero, antes de instalarse y fortificarse como se debía, les atacaron los turcos, poniéndolos en fuga y causándoles graves daños. Hubo 160 entre muertos, heridos y prisioneros. Tras estos reveses de los griegos, los turcos avanzaron sin trabas y entraron en Sálona. Los desventurados habitantes, sin esperarse nada parecido y dedicados a sus trabajos cotidianos, se quedaron atónitos al ver al enemigo y, los padres buscando a sus hijos, éstos a sus padres y todos dejando abandonadas sus pertenencias, corrieron precipitadamente para escapar a la muerte o la esclavitud, unos a los montes, otros a las playas, aunque los más a Lutraki, donde se había refugiado la comisión enviada hacía algún tiempo a Sálona por el gobierno para administrar Grecia Oriental. Murieron 150, cayeron en cautiverio 300 mujeres y niños y fue saqueada la ciudad.
A los pocos días de la toma de Sálona, los turcos expedicionaron al distrito de Lidoriki; simultáneamente salieron hacia aquella zona las tropas de Abas Pasha y Mustan Bey, cautivando por el camino a 150 mujeres y niños de Mavrolitharites e incendiando la capital de la provincia; hecho esto, volvieron los unos a sus lares tras caer sobre Grecia Oriental desde Grecia Occidental y Naupacto, en tanto que los de Abas Pasha y Mustan Bey, después de asaltar el pueblo, Lefkaditi, para someter a esclavitud a los que se habían refugiado allí y donde encontraron seria resistencia, sufrieron bajas y regresaron el 17 a Sálona, donde permanecieron.
La pérdida de Sálona aterrorizó a los pobladores de Grecia Oriental; unos se echaron al monte o a las grutas y cavidades de la tierra, otros a las islas próximas. En medio del pánico de la huida, la llegada de algunos saqueadores turcos a las playas del Ática que miran a Eubea conmocionó a los atenienses, huyendo a Salamina las mujeres, los niños y los hombres no aptos para la guerra. El gobierno, ya que Guras estaba ocupado hostigando a los turcos en Sálona, puso a mil soldados a las órdenes de Vassos para proteger la ciudad.
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El día del incendio de Vitrinitsa, llegaron a Vostitsa los griegos que tras la derrota de Kremmydi volvían desde el Peloponeso a Grecia Continental que, al no encontrar barcas para cruzar, siguieron la ruta costera a Corinto y, llegados a Lutraki, pasaron a Dístomo el 9 de mayo al mediodía. Ese mismo día salieron de Sálona mil turcos para devastar y saquear las comarcas cercanas: incendiaron Kesfina y prosiguieron hasta Dístomo, donde se asombraron al ver contra todo pronóstico a las tropas stereoladitas, que suponían aún en el Peloponeso. No menos se admiraron éstas al ver ante ellos al enemigo sin la más mínima información previa.
Quedaron inmóviles durante cierto tiempo griegos y turcos, dudando qué hacer. Al poco los griegos, viendo que los turcos se disponían a hacerse fuertes, los atacaron y obligaron a retirarse corriendo a Kesfina; como los griegos los siguieron, no se quedaron allí, sino que regresaron a Sálona. En la persecución murieron 7 griegos y fueron heridos 2. Una vez reunidos los jefes recién llegados con los de Grecia Oriental, habiendo deliberado sobre las medidas a adoptar, Kriezotis y Vassos fueron al Ática para proteger la provincia contra la incursión de los turcos de Eubea, y Karaiskakis y Tsavelas a Grecia Occidental; todos los demás permanecieron en Sálona, donde estaba el enemigo: Guras se aposentó con los suyos en el monasterio del profeta Elías, que domina la ciudad, y los suliotas en el huerto del monasterio y en el monte que hay sobre él, para vigilar y limitar algo al enemigo.
Tras el choque de Dístomo pasaron más de dos meses sin que cristianos y turcos llegaran a enfrentarse. Ahora bien, cuando se supo que el número de cristianos había disminuído al separarse los de Karaiskakis y Tsavelas de los de Vassos y Kriezotis, y que muchos de los que se habían quedado vagaban sin protección por los pueblos de los alrededores en busca de alimentos a causa de su escasez, los turcos de Sálona decidieron caer por sorpresa con todas sus huestes sobre las fortificaciones cristianas divididos en tres cuerpos, pues eran tres las posiciones ocupadas por sus enemigos; salieron el 17 de julio antes del amanecer, los unos contra el monasterio, los otros contra los repechos de encima y unos pocos contra el huerto.
De estos últimos se separaron otros por el camino para ir de noche a Kolovates80 y colectar fruta. Con el mismo fin fueron esa noche a la misma población la mayoría de los que ocupaban el huerto y las trincheras de 80
Aldea cercana a Sálona.
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encima del monasterio, sin sospechar la incursión de los turcos. Por esta razón se encontraron inesperadamente en el lugar griegos y turcos y se llegó al enfrentamiento. El tiroteo alertó a los demás griegos de que los turcos andaban por allí, y a los demás turcos que su imprevisto ataque había sido descubierto.
Mientras, los griegos ausentes del huerto volvieron a tiempo y se lanzaron contra los turcos antes de que éstos lo hicieran, combatiéndolos y alejándolos. Habitualmente eran trescientos los que guardaban las defensas de encima del monasterio, pero en el momento en que vinieron los turcos eran sólo 70, pues a los que habían ido a por la fruta no les había dado tiempo a volver. Así pues, los turcos las tomaron con facilidad matando a 11 griegos y haciendo prisioneros a 4, entre ellos Yoryis Kosmás; los restantes se salvaron amparados por el fuego de sus compañeros en el monasterio.
Incesante y dura era la pugna también en la posición del monasterio, donde se concentró el ataque de los turcos; tanto se acercaron éstos, que se adueñaron de la viña cercada que tenía delante y hostigaban a sus enemigos desde ella, enarbolando ante ellos sus banderas; pero, al caer la noche, se desgajaron 170 de los suliotas que estaban en el huerto, corrieron en ayuda de los acosados en el monasterio y, llegando cerca de los enemigos apostados en los parapetos de la viña, gritaron: “¡Quitaos, que nos ponemos nosotros!” Los turcos respondieron con exabruptos y los suliotas se enardecieron, dispararon sus fusiles y les atacaron guiados por Drakos, digno jefe de guerreros como ellos; las sombras de la noche y los hábiles recursos de los suliotas para la guerra nocturna ocultaban su exiguo número. Los turcos, asustados por esta embestida tan inesperada como impetuosa, agarraron sus banderas, se retiraron y, aunque eran incomparablemente más, subieron a los parapetos de encima del monasterio. Así, los suliotas desbarataron el cerco del monasterio y salvaron a sus camaradas del peligro que se cernía sobre ellos. Hecho esto, 40 de los suliotas con Drakos al frente planearon caer esa misma madrugada sobre otras trincheras enemigas situadas debajo del monasterio, siempre que otros quisieran agregárseles; 150 de los de dentro del monasterio, entre ellos el comandante Guras, se arriesgaron a acompañarles, pero desistieron al ver de cerca la magnitud del peligro.
Sólo atacaron los 40 temerarios de Drakos: asaltaron cinco puestos enemigos uno detrás de otro y pusieron en fuga a sus ocupantes; pero los del sexto, al darse cuenta de que los atacantes eran tan pocos, resistieron y, luchando y reprochando a grandes voces a sus congéneres que huyeran 175


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frente a tan escaso número, les infundieron ánimos, devolvieron a muchos a las posiciones y, ante ese regreso, los griegos lo dejaron. Esa noche los turcos volvieron a Sálona; los griegos del monasterio abandonaron la posición por peligrosa y los suliotas conservaron la del huerto junto con otros más, 1200 en total. Los caídos griegos en las refriegas del día 17 fueron 35 en total y 3 los prisioneros; éstos se evadieron a los pocos días y llegaron al campamento del huerto. Después de estos sucesos, los turcos no se movilizaron contra los griegos, pero éstos no permanecieron inactivos, dañando al enemigo con emboscadas. En aras de la brevedad callaremos las demás, de poca monta, y referiremos la siguiente: los turcos conservaban, entre otras, la posición de Topolia y, amaneciendo el día del bayram, en que el comandante de la guarnición iba a ir a Sálona a saludar al pashá, Thanasis Dusas tomó unos pocos paisanos y bajó a la plana entre Topolia y Sálona hacia el paraje donde se elevan dos rocas sobre el camino, ocupando el molino en ruinas que hay allí y otro de enfrente, orientado a Topolia. Era por la mañana cuando el comandante de dicho puesto, vestido de plata de la cabeza a los pies y marchando con brillante séquito, cayó en la trampa y fue muerto y despojado. Al saber lo ocurrido, la guardia de la aldea de Topolia se movilizó contra los asesinos de su comandante, pero éstos regresaron sanos y salvos a su base antes de la llegada de aquéllos.
A mediados de octubre los de la granja, al saber que los de Sálona estaban esperando víveres de Zituni, ocuparon Skala; pero en vez de animales de carga, llegaron el día 23 doscientos turcos de los que guardaban Ámbliani con la misión de pasar a Sálona y, cayendo de improviso sobre la vanguardia de los griegos, mataron al oficial Kolokythas e hicieron huir a los demás; pero más adelante encontraron tenaz resistencia y corrieron de vuelta a Ámbliani, volviendo también a sus puestos, tras el encontronazo, los que se habían apostado en Skala. Solían los turcos, en todas las expediciones hechas hasta entonces, retirarse a sus bases sobre el día de San Demetrio y, durante la guerra, se entonaba con júbilo por toda Grecia el tropario del santo, “Te ha encontrado grande en los peligros”, como una celebración de la marcha del enemigo, igual que se entonaba con pena el de San Jorge porque, en ese momento, se movilizaban las fuerzas terrestres y marítimas contra Grecia. Siguiendo la inveterada costumbre, los turcos se retiraron de Grecia Oriental el 25 de octubre de ese año, pero con tanta prisa, debida a ciertos bulos alarmantes, que al marcharse dejaron en Sálona dos cañones y parte del equipaje; ni siquiera 176


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tuvieron tiempo de avisar a sus congéneres de otros lugares, por lo que 56 de ellos, que habían salido de Naupacto, desembarcaron totalmente ajenos el mismo día 25 en el puerto de Sálona y, de ellos, fueron muertos 4 y el resto cayó en poder de los griegos que había allí.
De ninguna manera justificó Guras las expectativas del pueblo en esta campaña. Como comandante en jefe de Grecia Oriental, se encargó de enrolar seis mil hombres y proteger con ellos Grecia Oriental de toda incursión enemiga; pero el buen resultado de la campaña se les debe a los suliotas.
Mientras Grecia Oriental padecía con el enemigo en su seno, los cretenses intentaron reavivar por toda la isla la llama de la insurrección, apagada desde hacía dos años, y a fines de julio unos 600 reclutados por la jefatura general de Kaleryis fueron transportados desde Nauplion a Monemvasía, donde se les completó hasta llegar a 1300, que zarparon provistos de lo necesario en 18 embarcaciones y en la Terpsícore, la goleta de Tombazis, para desembarcar de improviso en el litoral N.O. de Creta y tomar los fuertes de Gramvusa y Kísamos; pero sobrevino una tormenta, los barcos se separaron y lucharon contra los elementos dos días con sus noches.
Un cretense llamado Michaíl Aretás traía habitualmente hasta estas playas víveres desde el Peloponeso para su venta y, por ello, era conocido por el comandante de la guarnición de Gramvusa. Algunos de los cretenses que se habían refugiado en Citera, al enterarse de estos contactos de su compatriota, lo convencieron para que les sirviera de espía por el bien de la patria y, así, sabían cómo iban las cosas en Gramvusa. Un día, Aretás arribó a aquellas playas mareado, pues en la travesía había habido mar gruesa, y pasó la noche en casa de su conocido el comandante de la guarnición. Al observar que los guardias eran muy pocos, preguntó la causa; era el último día del mes. Sin sospechar nada, el comandante le dijo que sólo había 60 y se relevaban cada mes, pero ni se iban ni venían todos juntos; que su número iba en proporción a las fases de la luna: cuanto más disminuía esta, menor era su número, hasta llegar a 5 o 6 en novilunio. Al saber esto los de Citera y ver el 31 de julio los barcos griegos atravesando el mar en dirección a Creta, zarparon el mismo día, 17 en total, capitaneados por Anagnostis Panayotuak, amanecieron en la costa de Creta y aguardaron sin ser vistos todo el día. A la puesta de sol volvieron a largar vela y, una hora antes de que saliera, llegaron con bien a Hagios Suzos, frente a Gramvusa.
Ya de día, desembarcaron y vieron ante sí a un hombre al lado de una tienda de campaña “¿Quién eres –preguntaron– y qué es esta tienda?” “Yo 177


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soy cristiano –respondió el hombre– al servicio del jefe de la guarnición; como ayer se vieron barcos y la fortaleza no tiene guardianes, el jefe se ha asustado, ha escondido a su mujer en esta tienda y me ha ordenado que me quede junto a ella haciéndole de criado.” “¿Y por qué no hay guardianes en el fortín?” volvieron a preguntar los desembarcados. “Porque es final de mes –respondió el esclavo– y se han ido, según su costumbre, y los del relevo todavía no han llegado.” Después de oírle fueron hasta la tienda y dieron los buenos días a la mujer, que les devolvió el saludo. “¿Dónde está el bey?” le preguntaron. “Allí enfrente –respondió– en Gramvusa; me ha dicho que, cuando llegarais (los tomaba por los del relevo), os diga que hagáis dos disparos y él vendrá a recogeros”. Hicieron dos disparos y el comandante subió a su barca y fue en ella a recogerlos. Mas al acercarse y mirar, no reconoció a ninguno de los llegados y empezó a sospechar y preguntarles quiénes eran. “¿No nos conoces? –respondieron los interpelados– Ya sabes que el pashá envía el relevo cada mes, ¿qué preguntas?” El comandante se acercó más y, dudando de nuevo, dijo: “¿Sois romiós?” “¡Qué sacrilegio!” –gritaron algunos en turco y haciéndose los indignados– “¡Nos has llamado romiós! Trae aquí la barca.” Estos cretenses iban vestidos y armados como turcos y, para que los oyera el comandante, se llamaban entre sí Alí o Hasán. El comandante se acercó más y dijo: “No os conozco y tampoco os creo. Orad como turcos y, entonces, os creeré.” Entonces uno, Andrulis Pachýs, muy ocurrente y algo versado en la lengua turca, comenzó a hablar en turco lleno de sentimiento, por habérsele puesto en duda su fe mahometana. El comandante, engañado, decidió recogerlos y, cuando estaban embarcando, uno de ellos resbaló y casi volcó la barca.
“Yannis, calamidad, eres un patoso” –le espetó otro olvidando su papel–.
Al oír uno de los dos remeros turcos cómo el que se hacía pasar por Hasán era llamado Yannis, empuñó su pistola, pero Yannis Rúkunas lo apuñaló antes de que disparara. El pusilánime comandante se puso a temblar al ver lo ocurrido. “Siéntate tranquilo –le dijeron los cristianos– maneja el timón y no tengas miedo.” Llegada la barca a la isla de Gramvusa, bajaron a la playa a recibir a sus congéneres los seis turcos que habían quedado en el fuerte y ellos pusieron pie a tierra y los redujeron a todos. Gritó entonces el comandante: “Cristianos, no nos matéis y os daremos las llaves.” Los cristianos desarmaron a los turcos, el comandante entregó las llaves de la fortaleza y, con su fatalismo y aceptación del destino propios de los musulmanes, dijo impasible dirigiéndose a los cristianos: “Alegraos, es la 178


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voluntad de Dios”. Los griegos tomaron el castillo y no mataron a ninguno de los guardias. En esto, llegaron al día siguiente algunas embarcaciones de la expedición y, al otro, las demás. Esta comedia se representó el 2 de agosto. El mismo día, los griegos se adueñaron del fuerte de Kísamos, que estaba totalmente descuidado y desprovisto de todo, ya que sus defensores habían escapado. La guerra se reavivó en Creta. Mustafa Bey, que ya había ascendido a Mustafa Pasha, al saber lo ocurrido y temiendo que de nuevo hiciera defección Sfakiá, salió con su ejército, trabó combate en Kalyvaki y recuperó el castillo de Kísamos, que había sido abandonado por los que acababan de tomarlo; al echarse encima el invierno, volvió a Chaniá.
Mientras tenían lugar estos sucesos en Creta, los de la marina hicieron una intentona ambiciosa y audaz: incendiar la escuadra de Mehmet Alí en Alejandría. El 23 de julio zarparon de Hydra dos barcos de guerra, al mando de Manolis Tombazis y de Andonis Kriezís, respectivamente, y tres brulotes al mando de Kanaris, Andonis Th. Voku y Manolis Butis; el 29, a eso de las 5 de la tarde llegaron a la entrada del puerto de Alejandría y los brulotes penetraron bajo pabellón neutral –iba en cabeza el de Kanaris, por ser el más maniobrable–, con el encargo de que cuidaran de no dañar ningún barco bajo bandera neutral, mientras los barcos de guerra rondaban afuera para recoger a tiempo a los marinos de los brulotes. Kanaris retuvo en su barco al inspector que había venido de tierra y largó velas con viento a favor hacia el palacio del sátrapa, donde atracaban cuatro fragatas y la nave almirante; pero cuando estuvo cerca, comenzó a soplar un viento en contra. Kanaris hubo entonces de volver su brulote contra otro grupo de barcos, le prendió fuego a las seis y media y se quitó de en medio en el bote con sus marineros; pero el brulote quedó a merced del viento y ardió en vano. Los otros dos no ardieron, izaron la bandera griega y salieron del puerto; lo mismo hicieron los de Kanaris en su bote, bajo el fuego artillero de, entre otros, un brick de guerra francésal que se encontraba en el puerto, y llegaron a salvo a los dos barcos de guerra griegos. Muy alterado al ver lo sucedido, Mehmet Alí envió al punto unas fragatas a perseguir a los griegos. Éstos, en su navegación hacia Hydra, tropezaron al día siguiente con 5 naves de guerra enemigas que escoltaban a 45 de carga desde Atalea81 hasta Alejandría; incendiaron con su fuego de artillería una de las de guerra con 16 cañones, pues ardió la santabárbara, y capturaron 81
De Atalo, el rey de Pérgamo que la fundó; en turco, Antalya: ciudad en la costa sur de Turquía.
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a 45 marineros y 36 soldados que se debatían entre las olas. Fuera de sí al ser burlado por segunda vez, Mehmet Ali salió en persona en una corbeta a castigar a los insolentes y encontró a sus propias fragatas merodeando frente a Alejandría, pero no a lo griegos, volviendo a su capital a los dos días. Entre tanto los griegos, en su ruta hacia Hydra, se encontraron a la altura de Atalea un barco enemigo con una carga de leña y 190 hombres entre marineros y soldados; estos hombres resistieron valientemente, matando a dos griegos e hiriendo a nueve –Kriezís también recibió heridas leves–, pero al final arriaron la bandera. Los griegos se adueñaron de la embarcación y desembarcaron sanos y salvos en Kekova82 no sólo a los tripulantes, sino también a los náufragos rescatados del barco incendiado y al inspector retenido, llegando con bien a Hydra el 13 de agosto. De cuanto hemos expuesto se deduce que, si fracasó esta magna intentona de los griegos, no fue por falta de profesionalidad ni de temeridad.
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Isla turca cercana a la anterior localidad.
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1825 CAPÍTULO LVI SOBRE EL SEGUNDO EMPRÉSTITO Y LORD COCHRAN.- AUMENTA LA SIMPATÍAPOPULAR HACIALACAUSAGRIEGA.-SOBRE LAPROCLAMACIÓN DEUNREY.-DISPOSICIÓNDELASGRANDESPOTENCIASPARACONGRECIAY CONSTITUCIÓNDEPARTIDOSCONDENOMINACIÓNEXTRANJERA.-DIVISIÓN DE LOS MIEMBROS DE LA SANTA ALIANZA EN LAS CONVERSACIONES DE SANPETERSBURGOYQUIEBRADELACOALICIÓN.-SOBRELAPRESIDENCIA INGLESA.- CONFLICTOS ENTRE RUSIA Y TURQUÍA.- MUERTE DEL EMPERADOR ALEJANDRO.- CONTACTOS DE LAS CORTES ENTRE SÍ A SU MUERTE.-
El éxito del primer préstamo animó al comité de Londres a pedir permiso para negociar otro. Además, el gobierno vio que la cantidad conseguida era exigua y grandes las necesidades de la patria, por lo que el 31 de julio de 1824 se votó un nuevo crédito de quince millones de dístila a cargo de los bienes nacionales y a un interés del 5%. Se fijó la negociación del conjunto a 60 centésimas, de los dos tercios a 55 y del tercero a 50. El comité, queriendo hacer entrar en competencia a los banqueros de Londres y París, trató en ambas capitales de la consecución del préstamo; finalmente, el 26 de enero de 1825 llegó a un acuerdo con los Ricardo de Londres a un interés fijo de dos millones de libras a 55 ½, a pagar en doce mensualidades iguales. Se autorizó a los prestamistas a disolver el acuerdo después de la tercera entrega, perdiendo lo que hubieran adelantado. Algunos griegos, animados por el descubierto de estos préstamos nacionales, pidieron préstamos locales para la guerra, unos del Epiro, otros de Chipre, a cargo de tierra completamente bajo el control del sultán, y por poco los obtienen.
Tan inclinados a invertir estaban los banqueros en aquel momento y tan precaria veían la situación del imperio otomano.
El gobierno dio el permiso para la obtención de un segundo empréstito y ordenó al mismo tiempo la compra y el rápido envío a Grecia de fragatas 181


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de tamaño medio; reiteró la orden ya dada sobre un préstamo especial y el envío de un ejército extranjero. El comité encaró muchos obstáculos para poner en práctica tal expedición y finalmente dimitió.
Simultáneamente, se aplicó a la compra de fragatas en Inglaterra y otros países de Europa, pero no encontró lo que quería; y ya que por entonces los astilleros estaban muy ocupados y ninguno aceptaba la construcción de naves en poco tiempo como exigía la delicada marcha de los acontecimientos, decidió fabricar o comprar dos en América del Norte, donde sabía que se construían con rapidez tal tipo de naves para uso de los nuevos Estados de América del Sur. Se juzgó el lugar más apropiado Newark y se envió con una sustanciosa retribución para la compra o fabricación de ellas al general Lallemand, ya que antes se había enriquecido allí y era amigo de muchos políticos –pero no la persona adecuada para el trabajo–. Se le dieron 155.000 libras del segundo préstamo para que las invirtiera en ello.
En el otoño de 1824 volvió a Inglaterra Hastings tras su meritoria misión de dos años en Grecia y, por recomendación suya, el gobierno ordenó la construcción de un barco de guerra con motor a vapor. Acordado el segundo empréstito, el comité se apresuró a llevar a buen puerto todo lo que se le había encomendado, adelantando diez mil libras con la condición de que estuviera todo dispuesto en un plazo de tres semanas.
En julio de 1825 volvió a Inglaterra desde América del Sur Lord Cochrane, hombre con reputación de temerario y brillante estratega marino, que había destacado en las batallas navales por la independencia de Brasil y otros jóvenes Estados. Los Ricardo y otros filohelenos lo consideraron providencial para Grecia y propusieron al comité incorporar este hombre a su servicio, e incrementar la marina mediante la inversión de parte del préstamo y ponerla a sus órdenes. El comité accedió de buen grado, tomó al lord al servicio de Grecia hasta el fin de la guerra por una cantidad de 57.000 libras, de las cuales adelantó 37.000, y dispuso 113.000 para la compra o fabricación de otros cinco barcos de vapor, con el acuerdo explícito de que el lord zarparía dentro de dos meses y medio con la flotilla. Pero mientras se trabajaba en la obtención de barcos de vapor aptos para un rápido uso, de repente la comisión fue informada de que los Ricardo habían ordenado sin su conocimiento la construcción de naves; aún se quedó más estupefacta al saber que la construcción de los motores se le había encargado a Galloway quien, tras asumir la fabricación de la maquinaria para el primer vapor, el Kartería, ni siquiera la tuvo 182


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dispuesta dentro del plazo. Hubo mucha discusión entre el comité y los Ricardo sobre la arbitrariedad que habían cometido, pero al final se decidió no interrumpir el trabajo ya comenzado a cambio de la reiterada promesa de una rápida conclusión. Pero Galloway, habiendo aceptado el trabajo para Grecia, estaba trabajando también para Mehmet Ali, y su propio hijo estaba pasando una temporada en Egipto. De ahí que surgieran dificultades y suspicacias cada día y, por una u otra razón, los trabajos se retrasaban de semana en semana y de mes en mes. Los Ricardo ni se preocuparon de fijar una penalización por el incumplimiento de las condiciones y, a pesar de que la flotilla entera que se aprestaba en Inglaterra debía llegar a Grecia antes del final de 1825 según el acuerdo existente, a duras penas llegó el primer barco de vapor en septiembre de 1826, el segundo un año después y el tercero un año después de éste; y los tres restantes se perdieron en los astilleros de Londres por falta de dinero para terminarlos.
Mientras tanto, los griegos depositaban todas sus esperanzas en este refuerzo marítimo, considerándolo como milagroso. También lo presentaba así Cochrane, ya que escribía que, aunque a su llegada a Grecia no quedara en poder del gobierno griego nada más que el suelo que pisara, era suficiente para reconquistar el territorio griego dominado por el enemigo; y por milagroso lo tenían ciertos miembros de la sociedad progriega, que aseguraban que dentro de pocas semanas el comandante de esta fuerza incendiaría las escuadras turcas dentro del puerto de Constantinopla y libraría a Grecia de sus enemigos. Bajo el manto de tan falaces afirmaciones y jactanciosas fanfarronadas se dilapidó tan gran cantidad de dinero en Inglaterra. El pueblo inglés puso el grito en el cielo, la prensa se hizo amplio eco del asunto y los prestamistas ordenaron una investigación de las cuentas, así como de las causas del retraso, pero ni Grecia ni sus inocentes fiadores fueron satisfechos.
No menos escandaloso fue el affaire de la construcción en América de las dos fragatas. Como hemos dicho, se enviaron 155.000 libras para su fabricación y acabamiento, pero no bastaron y se pidieron 50.000 más.
El comité, privado de todo recurso y viendo la enormidad del gasto, se apresuró a enviar a Aléxandros Kondóstavlos a América, encargándole de todo el asunto. Él, al llegar a Newark y ver que ambas fragatas estaban a punto de perderse por la mala gestión de los mandatarios y por falta de dinero para terminarlas, viajó a la capital y, tras vencer muchas dificultades y gracias a sus tenaces gestiones ante los que detentaban el poder y los 183


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cargos políticos, consiguió salvar una de las garras de los especuladores y terminarla a través del reembolso de la otra, que compró el gobierno de Estados Unidos gracias al voto del congreso y el senado, que apreciaban en mucho la causa de la Grecia oprimida y en armas.
Mientras tanto, cuanto mayores eran los infortunios de los griegos, tanto más cundía entre las naciones la solidaridad hacia ellos; por todas partes se fundaban sociedades filohelénicas, a más de las que hemos referido; se hacían colectas para los griegos hasta en la India, e incluso un grupo de chinos de paso en Calcuta contribuía, movido a simpatía por lo que oyó; en Westfalia, por ejemplo, el rabino Elving hizo un llamamiento a los judíos para que aportaran algo. Al comienzo de 1825, se fundó una sociedad filohelénica en París, cuyos miembros eran muchas de las personalidades más notables de la ciudad, entre ellos el duque de Orléans y el magnánimo y elocuente Chateaubriand. Las provincias siguieron el noble ejemplo de la capital, contribuyendo generosamente a favor de Grecia. Todas las sociedades de Europa Continental se aliaron para una más eficaz gestión de las ayudas y, tras depositar las generosas cuotas en una sola cuenta, confiaron su uso a un ferviente e incansable luchador suizo por los intereses griegos, Eynard. La sociedad de París, principal de entre las del continente, deseosa de ser lo más eficaz posible, envió después de constituirse al general Roche, encargándole de observar in situ las necesidades locales, hacer un informe, asistir al gobierno griego con su saber, experiencia y fuerza, enviar a París ocho hijos de luchadores griegos para ser educados a expensas de la Sociedad y, ante todo, abstenerse de hacer política. Pero este señor, que llegó a Nauplion a mediados de abril, recorrió el camino inverso al de este último encargo.
Como se ha dicho, desde el principio de la guerra Grecia entera pedía un rey y, a menudo, se dedicaba a escoger uno. Entre los primeros aspirantes a serlo se proponía a Miguel, hermano del rey de Portugal, y a Jerónimo Bonaparte. Hubo conversaciones para enviar a Europa una delegación con este objetivo y se diseñó una constitución para que la firmara el rey, pero no se llevó a término. A mediados de 1824am llegó a Mesolongui, donde residía entonces Mavrokordatos en calidad de administrador de Grecia Occidental, George Vitale; le traía una carta del parlamentario francés Villevêque y el coronel Roumine, edecán y consejero íntimo del duque de Orléans, en que se exponía la necesidad de que Grecia se constituyera en monarquía, proponía como rey al segundo hijo del duque y calificaba esta 184


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elección como providencial y causa de grandes bienes. En la entrevista, Mavrokordatos estuvo de acuerdo en la necesidad y el deseo del pueblo griego de ser gobernado por un rey y dijo que, si bien no veía dificultades internas para la elección propuesta, sí las veía del exterior, sobre todo de Francia, por la conocida enemistad entre la rama reinante de los Borbones y los Orléans, y que consideraba necesario que se soslayara dicha dificultad.
Roumine respondió que no existía tal dificultad y, en apoyo de sus palabras, transmitió a Mavrokordatos el registro de la entrevista sobre el tema entre el duque de Orléans y el primer ministro Villèle. Mavrokordatos envió su réplica al entonces presidente del gobierno, Kunduriotis, quien la notificó a algunos notables de Grecia sin hacer nada más. Cuando Roche llegó a Grecia, dijo en confianza a Kunduriotis, Mavrokordatos y dos o tres amigos de éstos, que tenía la misión secreta de apoyar el plan en cuestión y que veía adecuado para su puesta en práctica el momento en que los exitosos progresos de Ibrahim después de la derrota de Kremmydi y la caída de Navarini, Esfactería y Neókastro habían arrojado a los griegos en brazos del desánimo y el abatimiento. Ya que el propuesto como rey –llevaba su retrato en indumentaria griega– era menor de edad, afirmó que su padre estaba dispuesto a tutelarlo, si los griegos querían; prometió además ayuda militar y una aportación económica acorde con las necesidades de Grecia. Los espíritus de los griegos estaban predispuestos al cambo del gobierno republicano por otro monárquico y, como la constitución vigente prohibía con pena severísima la abolición del régimen existente, los miembros del ejecutivo y el legislativo, para evitar la responsabilidad, empezaron a reunirse en privado para deliberar sobre el tema, a veces con el parlamento a puerta cerrada, no como parlamentarios sino como simples ciudadanos, pero cada uno con los plenos poderes otorgados por sus votantes provinciales para hacer lo debido en cada momento. Ahora bien, aunque era ferviente y sincero el deseo por parte de todos de proclamar la monarquía, muchos disentían de la moción del general, por la inseguridad acerca de la protección del gobierno francés y por el temor, dominante entonces, de ofender al inglés. Al entonces poderoso Kunduriotis se le notificó oficialmente por parte de su más poderoso hermano Lázaros que procurara no ser engañado para consentir tal proyecto. Roche, al comprobar que Kunduriotis, Mavrokordatos y los amigos de éstos no aceptaban su propuesta si no se les confirmaba la aquiescencia de Inglaterra o la protección manifiesta y efectiva de Francia, volvió su vista 185


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a otros griegos, exhortándolos a manifestarse en la plaza del Plátano, en Nauplion, para proclamar al rey; llevaba además variados obsequios, que distribuyó entre algunos. Debido a la mala situación de la patria, el asunto resultó serio y peligroso, dividió a los políticos e hizo nacer por primera vez un partido francés en Grecia. Después de muchas reuniones para esto con la participación de Roche, que aseguraba sin convencer que, según las informaciones de que disponía, Canning aprobaba la elección, se decidió enviar a alguien para preguntar al gobierno de Inglaterra.
Hemos visto que al principio todas las Potencias europeas sin excepción se opusieron a la causa griega, bien condenándola bien por reacción. La corte rusa quería y cuidaba a los refugiados griegos en el imperio pero, como hemos mostrado, desaprobaba y ponía en tela de juicio su lucha; dentro de Grecia mantenía una incuestionable neutralidad en público y en privado; y mientras los convoyes franceses, ingleses o austríacos surcaban el mar griego y sus dirigentes trataban de influir en los griegos y en su gobierno, en esos seis años ni se vio una bandera rusa ni nadie se entrometió en su política, por lo que entonces no existía en Grecia un partido ruso.
Austria tiene subyugados a pueblos de diversas etnias y lenguas y los gobierna despóticamente: considera, pues, un pernicioso ejemplo para ellos el levantamiento de cualquier otro pueblo caído bajo dominación extranjera. Profesando tales principios, desde siempre se mostró antigriega y puso en manos de los verdugos –y verdugos turcos– al renombrado Rigas, el encendido defensor de la patria que entusiasmaba a sus hermanos con sus himnos nacionalistas. A los mismos verdugos entregó a todos sus seguidores. La misma política antihelénica apreciaba en la guerra del momento. Llamaba a los griegos rayades y renegados y consideraba al sultán su legítimo señor. Con estos principios políticos, creía lícito lo que no lo era bajo el imperio de la justicia: la neutralidad, la hermandad en Cristo y el amor a la humanidad. Los griegos eran zaheridos, su bandera pisoteada, sus bloqueos violados y su lucha combatida y perseguida de muchas formas y maneras. En junio de 1822 Buratowitz, un capitán de la armada de guerra austríaca, dio escolta a un barco comercial austríaco con víveres para el golfo de Corinto, bloqueado por ocho naves griegas. A finales del mismo año Armen, capitán de una fragata austríaca, escoltó hasta el mismo golfo a un navío austríaco de tres mástiles con aparejos náuticos para uso de los navíos turcos que se encontraban en él; al bergantín lo interceptó y llevó al puerto de Mesolongui la flotilla griega que cerraba el golfo; pero, 186


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por orden del entonces dirigente de Grecia Occidental, Mavrokordatos, lo devolvió a Armen, que había dado su palabra de honor de sacarlo del golfo; y no sólo no lo retiró, sino que le dio escolta; este comportamiento tan indigno y desvergonzado molestó tanto a Mavrokordatos, que lo impulsó a estigmatizarlo por escrito como infiel a su palabra. Ese mismo año, otra vez Armen rompió por la fuerza el bloqueo de Calcis e introdujo en su puerto barcos con alimentos, en los días en que la fortaleza iba a rendirse por falta de víveres. Barcos de guerra bajo el mismo pabellón no cesaban de transportar, desde Esmirna y otras procedencias, diversos productos para uso de los enemigos de Grecia en los fuertes de Mesenia. A finales de 1824, cuando la Inglaterra dominadora de los mares reconoció los bloqueos griegos, Austria ordenó lo mismo de mala gana, pero con serias restricciones; con todo, la conducta de su armada con respecto a Grecia se mostró aún entonces falsa y abyecta; por estas razones, el pueblo entero de Grecia no albergaba más que odio para con Austria.
En cuanto a Francia, la actitud de la gente sobre la causa griega era distinta a la de su gobierno. Favorable y colaborador se mostró el pueblo desde el principio de la lucha, y se entusiasmó después de la fundación en París de la asociación filohelénica; el gobierno, en cambio, era compasivo con los sufridos y aherrojados griegos por medio de sus cónsules y sus oficiales de navío, pero tan hostil a la causa que a menudo los gobernantes griegos lo tachaban abiertamente de pro-turco, y nunca replicó. El general Sebastiani, miembro de la sociedad filohelénica, lanzó el rayo de su oratoria contra el primer ministro Villèle en una de las sesiones del parlamento: “Dios –dijo– ha oído los lamentos de miles y miles de cristianos masacrados en el este, y los fríos cálculos de una política despiadada juegan con un pueblo intrépido, inflamado por el doble milagro de engendrar mártires y héroes. Los griegos no tenían patria y luchan por reconquistarla, porque no es patria un territorio cuyo gobierno no asegura la libertad de opinión, la propiedad y el honor. Algunas potencias de Europa, temerosas de que Rusia llegue en su expansión hasta Constantinopla –y al mismo tiempo abriéndole las puertas con su incomprensible abandono de los griegos–, se unen en vano para apuntalar al tambaleante y ya desfalleciente imperio otomano. Si la política de las grandes potencias fuera dirigida por hombres de amplias miras, se organizaría un Estado grande e independiente en el solar de la Turquía europea, gobernado no por los decadentes mahometanos, sino por un pueblo cristiano joven; así, se pondrían barreras contra la barbarie y 187


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contra el coloso ruso y se aseguraría para siempre la actualmente en peligro paz en Europa. Mas en lugar de estos grandiosos planes, ¿cuáles son los de los ministros de Francia? Mezquinas relaciones con un pashá cuya efímera existencia recuerda la inconstancia de la arena del desierto que le rodea.” En otra sesión, al preguntar el mismo orador si era verdad que un barco de guerra bajo pabellón francés llevaba las pagas del ejército egipcio desde Alejandría a Neókastro y si en los astilleros de Marsella se estaban botando fragatas y corbetas para Mehmet Ali, Villèle no lo negó. Al ser ésa la actitud del gobierno Villèle –una actitud opuesta al sentimiento común de los franceses–, los griegos desviaron con razón su mirada de él.
También el pueblo británico se mostró en todo momento más liberal que sus liberales hombres de Estado, y el más simpatizante con la causa griega. Desfavorable a ella era el gobierno durante el ministerio de Castlereagh, y la disposición del gobernador de las Islas Jónicas, Maitland, era totalmente contraria tanto a la causa como a los mismos combatientes; pero con Canning en el ministerio cambió a más tolerante, empezando por el reconocimiento de los bloqueos griegos. A partir de entonces el gobierno griego, lleno de ánimo y confianza en esta política, no tardó en recurrir, a mediados de 1823, a la comisión que negociaba el préstamo en Londres para un estrechamiento de los lazos políticos y económicos con Inglaterra.
Contribuían más aún a ello la temprana fundación de la asociación prohelénica en la capital, la franca y benévola conducta de Hamilton, la noble consagración a la lucha de Lord Byron y la oposición de los demás gobiernos contra los griegos. En tal estado de cosas, Grecia entera era filoinglesa hasta que se formó por primera vez un partido francés cuando lo de Roche. Con la cuestión de la elección de rey, puso como otras veces su mirada en el mismo gobierno y, el 11 de junio de 1825, envió a Londres a Spaniolakis como miembro añadido de la comisión –revocando a Ioannis Zaímis como integrante de ella por la implicación de su hermano en la guerra civil–, pero sobre todo para que expusiera a Canning la situación del país, la insoslayable necesidad de una monarquía constitucional y su disposición a aceptar a quien propusiera Inglaterra como rey; se le instó especialmente a insinuar como tal a Leopoldo, duque de SajoniaCoburgo; pero no fue atendido, al insistir Canning en que la política de Inglaterra en el contencioso entre Turquía y Grecia era de neutralidad, que su intervención en cualquier sentido ocasionaría conflictos y que, en la creencia de que para Grecia era útil un acuerdo de paz, estaba dispuesta a 188


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cooperar si Grecia solicitaba su colaboración para ello. Esta fue la respuesta que Grecia obtuvo de Inglaterra.
Dicha Potencia, tras desligarse del encuentro diplomático de San Petersburgo sobre pacificación de Grecia de la forma y por el motivo que hemos expuesto en otro pasaje, intentó disolverlo separando de él a Austria, pero fracasó; porque Austria, como ya hemos observado en otras ocasiones, a causa de sus implicaciones en favor de Turquía, valoraba en mucho la ineficacia de las negociaciones y desaprobó la retirada de Inglaterra. Con la exclusión y el desagrado de ésta se reunieron de nuevo en febrero los representantes de los demás aliados a deliberar; Rusia solicitó que los cuatro aliados propusieran unánimemente a los contendientes un alto el fuego de cuatro meses para negociar una paz, sobre la base de autonomía interna para Grecia y bajo la dependencia del sultán; pero en vista de que, según las informaciones que recibía desde Constantinopla, consideraba probable el rechazo de la propuesta de los aliados, para el buen encaminamiento de los objetivos de éstos y para satisfacción de su honor quería que reaccionaran ante la desobediencia de la Puerta y propuso que se informase a ésta de que, en caso de despreciar su propuesta de paz, los aliados estudiaban la retirada de sus embajadores y el apoyo a sus proposiciones por otros medios de disuasión. Los miembros de la conferencia consideraron esto como una declaración de guerra y no lo aceptaron, insistiendo en que se hiciera sólo lo que se había decidido antes, y sin amenazas. Alejandro consintió de mala gana y peor genio, la propuesta quedó como querían los representantes de los aliados y Turquía, como había previsto el emperador, la rechazó de manera despectiva.
Alejandro consideró el rechazo como una arrogancia insufrible, acusó a los aliados de no hacerle caso y les reprochó su conducta, al no apoyarle en sus diferencias con la Puerta y no permitirle hacer por sí mismo en Turquía lo que él les permitió hacer por sí mismos en Nápoles y en España. Tras una nueva propuesta de hacer obedecer a los reacios turcos, que tampoco fue atendida, disolvió la conferencia y proclamó a continuación que los que la aprobaban debían reflexionar que no era sólo la cuestión griega la que dividía a Rusia y Turquía; y si hasta entonces Rusia había sido desatendida, el infortunio de Grecia daba un renovado impulso a la fuerte insistencia de Rusia en la solución del problema de aquélla; para terminar les dijo que en lo sucesivo no consultaría, en los contenciosos suyos con la Puerta, sino los particulares intereses del imperio y el honor de su corona; lo mismo 189


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hizo saber a las cortes a través de sus embajadores. Estas duras palabras, aunque dirigidas a todas, se referían principalmente a Austria, que era la que más empeño ponía, por todos los medios a su alcance, para desbaratar los proyectos rusos. Más aún se enfureció el emperador Alejandro contra ella al enterarse por aquellos días de que Metternich no dudaba en presumir de estar educando al emperador con su hábil diplomacia.
Mientras dialogaban los plenipotenciarios de las cuatro cortes en San Petersburgo, llegó Stratford Canning como embajador ante el emperador Alejandro, mas no se le concedió ninguna audiencia sobre la cuestión grecoturca, ya que Nesselrode dijo que le estaba vetada toda aproximación al tema. Después el emperador recapacitó y el embajador expuso las razones por las que su gobierno no creyó oportuno participar por el momento en las conversaciones precedentes por considerarlas infructuosas, pues ni griegos ni turcos estaban de acuerdo con ellas; no obstante, anunció que estaba dispuesto a cooperar en la pacificación si los beligerantes solicitaban o aceptaban la mediación de alguna de las cortes, pero consideraba condición sine qua non la renuncia a toda violencia. Al no aceptar Nesselrode esta última condición, Canning se marchó después de tratar algunas otras diferencias entre los dos gobiernos sobre la zona costera del Noroeste de América.
Austria, al enterarse de las amenazadoras y belicosas palabras del emperador Alejandro contra los plenipontenciarios y queriendo suavizarlas, propuso reconocer la independencia de Grecia, aun contra la voluntad de Turquía, igual que unos meses antes Inglaterra había reconocido la de las colonias españolas de América en contra de la voluntad de España.
Esta inesperada propuesta de Austria fue considerada como una jugada engañosa y estratégica. Austria había descubierto que el emperador Alejandro consideraba quimérica la independencia de Grecia y que no la aceptaba porque socavaba las bases de la Santa Alianza, contradecía toda su actuación desde la fundación de ésta hasta entonces y arruinaba la política de Rusia, tendente siempre, con respecto al imperio turco, a la erección de nacionalidades subyugadas y débiles, pero no independientes; en cambio, todo el mundo conocía la actitud de Austria de principìo a fin para con los griegos: luchar sin descanso para abatir al nuevo Estado desde sus cimientos. Lo que deseaba e intentaba dicha corte de principio a fin era la represión de la insurrección griega por todos los medios lícitos e ilícitos; en la época de la expedición egipcia, esperaba el aherrojamiento 190


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de Grecia de una vez por todas y Metternich, desasosegado por el auge del espíritu filohelénico en Francia, que era cada día mayor, viajó a París para reforzar una actitud que se había vuelto tibiaan. Lo único que podía salvar a Grecia en aquellas críticas circunstancias era que Rusia entrara en la guerra; pero Austria se proponía impedir esta intervención a toda costa y por cualquier medio, para dar tiempo a Ibrahim Pasha de conseguir su máximo objetivo, y no tenía reparos en reconocer la independencia de Grecia, ya que –reflexionaba– el simple reconocimiento formalista no salvaría a un Estado griego indefenso ante tan potente amenaza, mientras una intervención rusa en la guerra sí lo salvaría; no se resistió a poner el ejemplo de América del Sur, con respecto al cual aún resonaba la pertinaz voz de Austria contra la política de Inglaterra, a la cual condenaba abiertamente no hacía mucho y denunciaba ante las demás potencias por violar los salvadores principios del derecho divino y de la legitimidad con el reconocimiento de la independencia para aquellos nuevos Estados, y dar alas al espíritu revolucionario, abatido por la Santa Alianza gracias a tantos sacrificios y peligros; por tales motivos no se consideró digna de atención ni recomendable en aquellos momentos la propuesta de Metternich, que ni aun así cesaba de pregonar que consideraba a los griegos merecedores del mayor desastre, en beneficio de la salvación de Europa y la consolidación de los principios de la Santa Alianza. Pero el distanciamiento surgido entre Austria y Rusia tuvo como más importante resultado el de quebrar el férreo yugo de la Santa Alianza sobre la libertad de los pueblos. Ésta a la que estamos asistiendo es la escena final en la vida de dicha coalición.
Mientras, circuló inesperadamente entre los griegos un panfleto que, tras unas prolijas consideraciones, concluía: “La nación griega, en virtud del presente procedimiento, deposita voluntariamente su sagrada libertad, independencia nacional y superviviencia como Estado bajo la exclusiva protección de Gran Bretaña”añ.
La aparición de este panfleto, con sintaxis extranjera y mal traducido al griego, dejó estupefactos a la mayoría de los políticos, que no sabían ni su procedencia ni sus intenciones.
Una vez que la política exterior inglesa cambió en un sentido más favorable a Grecia, unos patriotas de Zacinto –Romas, Stéfanos y Dragonas– constituyeron en su tierra un comité y trabajaban como podían para ayudar a la patria en peligro. Quien sepa cómo se administra el Heptaneso no tiene necesidad de persuadirse de que no es posible constituir una junta así sin el 191


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pleno consentimiento del gobernador general, ni puede poner en duda que éste lo veía todo y muchas veces dirigía sus actividades. Parece que fue la junta la que había redactado el panfleto en cuestión y, a finales de junio de 1825, despachó otros dos semejantes, uno al Peloponeso por medio de Christos Zachariadis y otro a Hydra por medio de Panayotis Leondaritis, con el encargo expreso de que los firmasen, sin la más mínima alteración, los griegos que estaban respectivamente bajo la presidencia de Miaúlis y Kolokotronis, como el único medio de salvación. No se juzgó lógico enviarlos directamente al gobierno porque, como tal gobierno, no podía admitir el escrito por las razones constitucionales que hemos señalado.
El encargo expreso del comité de Zacinto no se apoyaba tanto en estos manifiestos como en el peligro inminente que corría la patria. Pero, aun existiendo tal peligro, había división de opiniones entre los notables del Peloponeso con quienes se encontró Zachariadis en Alonístena sobre suscribir o no el escrito de la manera en que estaba redactado; sin embargo, una vez que Ibrahim los arrolló tanto en Alonístena como en Magúliana, cundió la desesperación y, en una reunión ampliamente mayoritaria en Langadia después de la huida, aceptaron el hecho como un mal necesario y firmaron y añadieron los nombres de los ausentes. Suscribieron el escrito los de Hydra, que estaban de acuerdo, los del resto de las islas, los de Grecia Continental, los miembros del ejecutivo y del legislativo, todo el clero superior y absolutamente todos los notables de Grecia, a excepción de Hypsilandis, Kolettisao, Kunduriotis, Guras y dos o tres diputados. Estos escritos fueron enviados a Londres con fecha de 24 de julio de 1825 por orden del comité de Zacinto en el Cimón, un barco al mando de Dimitris Miaúlis, hijo del almirante. Por aquella época era tanta la impotencia de los griegos y tan grande el desánimo del propio ejército, que el gobierno solicitó infructuosamente de las autoridades de Malta y del Heptaneso licencia para reclutar lo que fuera dentro de dichos lugares y la salida hacia Grecia del aguerrido inglés Napier, gobernador de Cefalenia, para elevar la moral de la soldadesca. Estos escritos enfurecieron a Roche, pues desbarataban todos sus planes. Él y un americano autoproclamado gerente de las sociedades filohelénicas de América, Townsend Washington, llegaron incluso a enviar el 16 de julio una importuna y pueril protesta a los miembros del legislativo, pero la asociación filohelénica de París denunció oficialmente el proceder de su gerente Roche por contravenir sus indicaciones. Hay que reparar en que dicho gerente, al tiempo que intrigaba para subvertir el sistema 192


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político vigente en Grecia mediante la proclamación de un rey, acusaba de conspiración a los demás. Los griegos simpatizantes del partido orleanista se indignaron con la operación del protectorado inglés e intentaron poner en ejecución su proyecto y hacer fracasar el del protectorado por medio de idas y venidas a París entre persecuciones, encarcelamientos y exilios.
El gobierno inglés recibió la oferta en cuestión y la rechazó contra todo lo esperado por los griegos, escribiendo a los remitentes, Miaúlis y Kolokotronis, que su aceptación implicaría una guerra, de todo punto injustificada, con Turquía; y proponía, como en otras ocasiones, su amistosa mediación para un acuerdo ¿Para qué, entonces, había promovido la moción que luego rechazó?
La intención del gobierno inglés al lanzar esta propuesta entre los griegos por medio del gobernador general era doble: desbaratar el proyecto de proclamar rey al hijo del duque de Orléans y disuadir a Rusia de cualquier iniciativa sobre la cuestión griega en contra de su opinión. Hemos visto que, desde el inicio de la guerra, Inglaterra temía la intervención armada en solitario de la corte rusa en el conflicto. Si bien aparentaba estar convencida de los objetivos pacíficos del emperador Alejandro, siempre recelaba de la tendencia general rusa a la guerra contra los turcos, en defensa de sus oprimidos hermanos de religión; además, la intranquilizaba la grave disensión surgida hacía poco con el emperador en las conversaciones de San Petersburgo y el cese para los restos de toda deliberación conjunta entre los dos gobiernos sobre la cuestión grecoturca. Es verdad que los griegos no aceptaron la propuesta en favor del hijo del de Orléans y buscaron los consejos de Canning, pero cuando se promovía esta iniciativa, el gobierno inglés desconocía el rechazo de la propuesta y el envío de Spaniolakis y, a su vez, el comandante inglés promotor de la misisón de Spaniolakis desconocía la iniciativa del protectorado.
¿Hizo bien o mal Grecia al pedir el protectorado inglés? El tiempo demostró que hizo bien. Muchos griegos temieron que Inglaterra se adueñara de Grecia en virtud de esta operación y, de este modo, se echara a perder la independencia; pero este miedo irracional no dominó a los más perspicaces de los griegos; estos vieron que, si Inglaterra hacía algo así, provocaba con razón la animadversión en su contra, quizá incluso una declaración de guerra por parte de todas las potencias europeas y el odio de todos los pueblos. Algunos reprocharon a los griegos que, obligados a recabar protección externa, no la recabaran de Europa en conjunto ¿Acaso 193


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no habían enviado suplicantes a los soberanos reunidos en Verona, que ni siquiera se dignaron recibirlos? ¿No invocaron la mediación de la corte de Roma ante las demás cortes sin ser escuchados? Era una necesidad política preferir a quien se encontraba en mejor disposición para con ellos; y ése era, como hemos dicho, el gobierno inglés. Los griegos, al tentar la generosidad de este gobierno, provocaron al mismo tiempo la envidia de sus rivales y, así, a Grecia no sólo no le pasó nada por pedir la protección sola y exclusivamente de él, sino que sacó el mayor beneficio de los esfuerzos de él y de los demás.
Inglaterra, intentando suavizar la tensión con la irritada Puerta y como nueva muestra de neutralidad, publicó un decreto de 18 de septiembre prohibiendo todo reclutamiento para servir en el extranjero (el de Cochrane) y toda exportación durante un semestre de material de guerra para uso de los contendientes (los griegos); pero el decreto ni perjudicó a los griegos, porque no se cumplió, ni calmó a la Puerta, que veía cómo no se hacía lo que se predicaba.
A la llegada de Mintsiakii a Constantinopla, la Puerta dejó de temer a Rusia por belicista y empezó a despreciarla por pacifista. Tanto se confió, que ni siquiera se molestó en responder a un duro escrito de este representante para la urgente conciliación de las diferencias ruso-turcas, aún no resueltas. Se enfureció el emperador por el silencio, se reprochó a sí mismo su indulgencia, mostró tendencia a cambiar su política por otra más belicosa, encargó a sus representantes en Londres, París, Viena y Berlín que investigaran las reacciones de las cortes donde tenían las sedes y ordenó a Mintsiakii protestar por la actitud de la Puerta. Protestó Mintsiakii y, una vez más, su protesta quedó sin responder. El emperador, indignado por tal desprecio tanto contra la coalición, que no le daba su apoyo, como contra la Puerta, que lo ninguneaba, y convencido por propia experiencia de que luchaba en vano en la negociación, salió de San Petersburgo para pasar revista a su numerosísimo ejército, que ansiaba una guerra contra Turquía, e inspeccionar las provincias meridionales, que sufrían más que las del resto del imperio a causa de la desfavorable actitud de la Puerta contra su comercio marítimo. Las cortes y los pueblos interpretaron con razón estas idas y venidas como un anuncio de la inminente guerra, pero el emperador enfermó en el camino y murió en Taganrog el 19 de noviembre.
Nunca quizá habían sido tan irregulares las relaciones de las cortes entre sí como en vísperas de este trascendental suceso. La Santa Alianza, 194


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como vimos, se quebró como una pompa de jabón y sus miembros no se ponían de acuerdo como antes: el pacifista Alejandro, exasperado por la mala disposición de los demás monarcas contra sus decisiones, beligeraba y ordenaba a sus embajadores que no hablaran de política en los encuentros diplomáticos; Austria, intranquila, trataba con ahínco de calmar al emperador Alejandro y de prolongar la guerra en perjuicio de los griegos, guerra que el emperador Alejandro quería hacer cesar; con este objeto sugería nuevas negociaciones, inútiles e inadmisibles; Francia se empeñaba en avivar las divergencias; sólo Prusia defendía a Rusia y acusaba a las demás cortes de provocar la guerra más que de evitarla con su actitud hacia aquélla, pero tampoco se ponía de su parte; Inglaterra llevaba a mal su aislamiento: estaba más perturbada que nunca porque veía a Rusia dispuesta a la guerra, que quería evitar por todos los medios, y deseaba una salida honrosa a su solitaria posición por medio de un entendimiento con ella, la única con la que pensaba trabajar en adelante para solucionar el problema grecoturco, convencida de que las demás cortes lo apoyarían o no se opondrían. El embajador de Rusia en Londres prestaba oídos a los conciliadores términos de Canning, se reconciliaron las dos cortes y Lord Strangford, que gozaba de la estima del emperador Alejandro y había venido hacía poco desde Constantinopla a Londres con un permiso, fue enviado como embajador ante él en una clara muestra de reconciliación.
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1825 CAPÍTULO LVII SEGUNDO ASEDIO DE MESOLONGUI: PRIMERA FASE.-
La Puerta, atribuyendo los hasta entonces reiterados fracasos a la incompetencia de sus generales, nombró este año Rumeli Valesi a Reshid Mehmed Pasha, conocido también por Kütahi. Como hemos visto, este hombre se distinguió por su energía e intrepidez en la batalla de Petas y en el primer sitio de Mesolongui, durante el cual la ciudad habría caído si se le hubiera hecho caso. La Puerta le dio plenos poderes y medios ilimitados en esta expedición, trasladó a su rival Vryonis desde la satrapía de Berat a la de Tesalónica y le dijo en su nombramiento: “O Mesolongui o tu cabeza.” El nuevo general en jefe llegó a Larisa en enero y de allí a Ioánnina, donde se dedicó a poner freno a los disturbios de Albania y a reclutar por una soldada abundante y fija.
Hemos descrito la muralla de Mesolongui al narrar el primer asedioap.
Desde entonces se había fortificado y adquirido nueva forma gracias al incansable desvelo de Kokkinis; el foso había sido también limpiado, ensanchado y ahondado. Este ingeniero, orgulloso, informaba oficialmente a Mavrokordatos, gobernador de Grecia Occidental, que “la obra era suficiente para resistir a todo asalto enemigo y que los ingleses lo habían examinado, quedando admirados y perplejos.” Realmente, nada tenía esta obra capaz de maravillar o provocar asombro al visitante entendido; ni siquiera estaba bien construida la muralla; y si la ciudad no fue tomada por el enemigo hasta el día en que los defensores la abandonaron pese a toda su imperfección, fue porque “la ciudad son los hombres, no las murallas83.” Al principio de este asedio, la muralla tenía forma heptagonal. Hacia el centro, la fachada que mira al norte, estaba el bastión de Bótsaris; al oeste 83
Tuc. VII 77, 7.
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del centro, sucesivamente el torreón de Korais84, el baluarte de Franklin85, la batería de Lord Byron, los torreones de Guillermo Tell y de Kotsiukos y la batería de Kyriakulis. En la misma fila, pero sobre el islote adyacente de Marmarú, se situaba la batería de Sachturis; al este del centro estaban el baluarte de Makrís, el cerramiento en forma de media luna de Guillermo de Orangeaq, las baterías de Rigas y de Andonios Kokkinis, el reducto en forma de cangrejo de Montalembert86 y las baterías de Siefeld, Kanaris y Skender Bey87. En el perímetro había 48 cañones de hierro de un calibre de hasta 48 libras y 4 morteros, de los cuales dos tenían un diámetro de 10 dedos y los otros dos, 5 y 4 con 2/5 respectivamente.
Al tenerse noticia de esta expedición enemiga, el gobierno se apresuró a enviar, para tomar el mando de Grecia Occidental, a una comisión trimembre formada por los diputados Ioannis Papadiamandópulos, Yoryos Kanavós y Dimitrios Thémelis. Esta comisión llegó a Mesolongui el 12 de abril y se dedicó afanosamente a cumplir la tarea asignada.
La administración local ya había dispuesto tropas al mando de Notis Bótsaris y Tsongas, entre otros, para hacer guardia en Karvasarás, Vónitsa y los desfiladeros de Makrynoros; los contingentes cumplieron las órdenes pero, cuando el enemigo se dirigió en masa hacia Makrynoros, los defensores de aquellas posiciones desertaron; también abandonó el resto en la margen derecha del Aqueloo, de manera que el enemigo cruzó Makrynoros el 23 de marzo sin oposición y cayó sin nadie enfrente sobre Valtos y Xirómeron.
Los desdichados habitantes volvieron a huir, pero esta vez encontraron un refugio dispuesto y seguro: el islote de Kálamos, bajo jurisdicción del Estado del Heptaneso. El enemigo no encontró resistencia ni al vadear el río Aqueloo ni más allá pues, conforme avanzaba, los griegos retrocedían hacia las ciudades de Mesolongui y Anatolikón y así, el 11 de abril, llegó una nutrida vanguardia sin haber pegado un tiro frente a Anatolikón y, el día 15, se vió a parte de ella a extramuros de Mesolongui. Al aparecer, salieron algunos de dentro, provocaron una escaramuza y regresaron a la 84
Adamandios Korais (1748-1833), académico y humanista griego, célebre por sus estudios sobre lengua y literatura griegas modernas.
85 Benjamin Franklin (1706-1790), político y científico estadounidense, uno de los Padres Fundadores de los EE.UU, igualmente conocido por ser el inventor del pararrayos.
86 Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés especializado en fortificaciones.
87 Héroe nacional de Albania en su resistencia frente a los turcos (siglo XV).
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ciudad. Salieron al día siguiente y hubo otra refriega, como el día anterior.
En estas dos jornadas murieron dos alféreces, uno por parte griega y otro por parte turca, y hubo ocho heridos griegos y otros tantos enemigos. Al día siguiente, los griegos tendieron una emboscada en Kefalóvryson y mataron a seis de los enemigos que lo estaban atravesando.
Al narrar el sitio de Anatolikón de 1.823 dijimos que aquel islote no tenía agua dulce y que los residentes la extraían para su uso de una fuente en tierra firme. Dicha fuente estaba guardada por los griegos cuando llegó el enemigo, pero el día 17 fue abandonada y cayó en poder de éste y, desde entonces, la falta de agua se hizo notar mucho en la ciudad. El día 18 un soldado que vivía en una casa de la orilla se dio un baño de mar frente a ella; tragó un poco de agua por casualidad y le supo dulce contra todo pronóstico. Fue a decirlo por la ciudad; la gente corrió a la orilla del mar, la probó, vio que sabía dulce y llenó todos sus recipientes. El agua siguió siendo dulce dos días más. Unos atribuyeron el fenómeno a causas naturales, diciendo que había caído de las sierras próximas y flotaba sobre la capa salada por ser menos densa, pero los más devotos creían que se trataba de una alteración provocada por la mano del Altísimo, la misma que en los tiempos de Moisés había transformado el agua amarga en dulce y saciado la sed de su pueblo.
El día 23 se cerró estrechamente el cerco sobre la ciudad de Mesolongui.
No es claro el número exacto de los enemigos, pero si se distribuían 50.000 raciones a los auxiliares, se calcula en 35.000 los combatientes; también venían 3.000 cavadores y albañiles cristianos. De entre los combatientes, 2.000 ocuparon Makrynoros; 3.000 Laspi, Machalá y Karvasarás; 3.500 Guriá, donde estaban los almacenes; 4.000, el este y oeste de Anatolikón; 2.500 Sálona y Petrochori; y 20.000 rodeaban la ciudad de Mesolongui, donde permanecía el general en jefe. En caso de necesidad se trasladaba a otros guerreros desde otros lugares para reforzar el sitio y, a menudo, se intercambiaban entre las diferentes posiciones. Los componentes de este ejército procedían de Asia, Rumelia y Albania del Sur y del Norte88. Tales eran las fuerzas y la nacionalidad del enemigo.
Las de los griegos dentro de la ciudad al comenzar el asedio eran unos tres mil combatientes al mando de los cabecillas Sturnaris, Makrís, 88
Hay dos grupos étnicos en Albania: los toscos, al S., y los guegues, al N. y en Kosovo. Al hablar de albaneses, el autor suele referirse a los primeros.
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Notis Bótsaris, Tsongas, Diliyorgópulos, Yannakis Razokótsikas, Iskos, Liakatás, Sukas y otros. Al principio se hallaba también en ella Nikitas, que permaneció hasta fines de julio. La ciudad era fácil de defender, tenía abundancia de víveres y suministros de guerra y las tropas eran veteranas y entregadas; el mar le era accesible y por él traía de fuera lo que necesitaba.
También Kütahi tenía abiertas las comunicaciones con Naupacto y Patras, que abastecían sus necesidades.
Nada más acampar, el enemigo comenzó a hacer obras delante del bastión de Bótsaris. Con el objeto de protegerse de los embates procedentes de dentro, abrieron, a 300 brazas89 de la muralla, un foso que iba desde el dique en forma de cangrejo hasta la batería de Kyriakulis y, el día 25, se metieron en él e izaron banderas; pero el foso no fue excavado lo suficientemente hondo y, por eso, murieron unos al cañonearles los de dentro y otros muchos se alejaron. La tarde de ese día, 36 de los suliotas que estaban en Anatolikón al mando de Kitsos Paschos salieron por la parte de Profeta Elías con un asistente y una cureña, tendieron una emboscada y mataron e hirieron a seis, mandando una cabeza a Mesolongui. El 26, los turcos construyeron de noche dos reductos (fosas cuadradas) a 250 brazas de la muralla por la parte de la derruida iglesia de San Demetrio, con el fin de atacar desde allí el bastión de Franklin, los torreones de Guillermo Tell y de Kotsiukos y la batería de Kyriakulis. Esa misma noche, instalaron una batería con troneras muy amplias para los cañones y una contravalación enfrente del reducto. A la siguiente noche levantaron un dique enfrente de la batería de Rigas, detrás del foso. El día 28 después de mediodía emplazaron un mortero frente al cangrejo y lanzaron por primera vez cinco bombas, sin provocar daño alguno. Por la noche dio comienzo un bombardeo por ambas partes que duró desde las dos hasta las ocho, pero ni aún entonces sufrieron daño alguno en la ciudad. La madrugada siguiente se reanudó la pugna artillera desde las dos hasta las siete, pero resultó de nuevo incruenta. Volvió a reanudarse el día 30 antes del amanecer y, ese día, sí corrió la sangre por primera vez en el interior de la ciudad, con un muerto y cinco heridos. Por la tarde se lanzaron cinco proyectiles por ambas partes. Ese día desertó del ejército enemigo Mitros Vayas, con ocho soldados. El 1 de mayo, los enemigos dañaron con sus andanadas el torreón de Guillermo Tell y el de Kotsiukos. Ese mismo día hicieron 89
1 ὀργυῖα o braza = 1,92 m.
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entre el bastión de Makrís y la batería de Rigas otra casamata con troneras y lanzaron por la noche cuatro bombas contra la ciudad, pero los de ésta respondieron con más. Hasta aquel día, el enemigo sólo tenía en uso tres cañones y un mortero de 6 dedos, de manera el que fuego de artillería fue escaso; no cesaba de trabajar en toda la noche y, por la mañana, aparecían ante la muralla unas veces fosos y otras contravallados o bastiones. De ello se deducía que el enemigo se preparaba para un estrecho cerco, aunque sus espaciados bombardeos y descargas mostraban aún escasez de municiones artilleras. El día 3, los griegos empezaron a levantar parapetos para protegerse de las granadas. Los peces gordos enemigos, para escapar al alcance de los griegos, trasladaban sus tiendas más allá de los olivares, al pie de las montañas. Al otro día el enemigo, trabajando sin cesar, llegó a 40 brazas de la media luna por medio de un reducto abierto por la noche; después de mediodía retumbó de nuevo el cañón y murió una mujer.
El puerto de Mesolongui estaba abierto, pero a menudo zarpaban de Patras dos bricks, un jabeque y un místikon90 al mando de Mahmud y hostigaban las embarcaciones de los mesolonguitas. Días atrás, dichos barcos habían zarpado, llegaron hasta Kálamos persiguiendo a las barcazas con bandera griega y, de vuelta, fondearon en el puerto de Mesolongui el día 4, alejándose a las pocas horas. El día 5, el enemigo traía otro mortero, más pequeño que el anterior, y otro cañón grande; hizo otros reductos triangulares y llegó más cerca de la muralla. La noche del 7 disparó con más puntería y derribó parte del baluarte grande. Esa misma noche levantó nuevas empalizadas y fosos. Esa noche salieron algunos griegos a espiar el campamento enemigo, entre ellos el mesolonguita Rutsos, que fue hecho prisionero. El día siguiente, los griegos pusieron en uso otra batería, montada entre el bastión de Franklin y el torreón de Guillermo Tell, y la llamaron Tokelis. El día 11, amanecieron otras trincheras y bastiones más cerca de la muralla y el enemigo, cañoneando diestramente el bastión de Franklin, derribó parte del muro y se acercó por aquel lado a 80 brazas de la muralla.
Mientras, los griegos montaron otra batería con el nombre de Normann entre el bastión de Franklin y el torreón de Korais. El 16 por la noche, el enemigo invadió Plóstena, una pequeña isla entre Mesolongui y Anatolikón, y se llevó caballos. La misma noche el enemigo hizo otro muro frente al bastión 90
El místikon (pl. místika) es la variedad griega del jabeque, un velero con tres palos, de casco largo y poco calado, que llega a alcanzar una prodigiosa velocidad.
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de Franklin, donde pensaba emplazar sus vigías. El 19 arribó al puerto de Mesolongui el barco griego Leónidas, con víveres y provisiones. A la noche siguiente, el enemigo puso pie en una isla desierta y se llevó los rebaños que pastaban en ella, después de matar a los dos pastores que los cuidaban; de aquí avanzaron hasta Klísova, pero aparecieron dos embarcaciones griegas y los espantaron. El 21 derribaron a cañonazos la parte baja del bastión de Bótsaris, pero los griegos construyeron de noche otro tabique y rellenaron la parte derribada. En aquella ocasión, una bala de cañón enemiga le partió la cabeza al jefe artillero del bastión y ciudadano íntegro Dimitris Sideris. Ese mismo día zarparon de Patras las cuatro naves enemigas y aparecieron en aguas de Mesolongui. Salió a su encuentro el Leónidas, pero no entablaron combate por la calma reinante. El 23, el enemigo levantó otro parapeto delante del bastión de Franklin, a apenas 15 brazas de la muralla. Al día siguiente a primera hora aparecieron otra vez los barcos enemigos cerca del puerto. Los enfiló el Leónidas y los obligó a retirarse a la costa peloponesia de enfrente; al otro día entablaron combate naval y salieron tan dañadas las unidades enemigas, que tuvieron que volver a Patras y no zarpar más.
Al día siguiente, los cañones enemigos lanzaron peñascos a falta de balas; hasta aquel día, el enemigo tenía en uso ocho cañones y cinco morteros. El 28, se puso en funcionamiento una nueva batería enemiga a 80 brazas de la de Normann. Ese día fondeó fuera de Mesolongui una corbeta inglesa. Al siguiente, los de la ciudad se alegraron mucho al ver siete barcos griegos al mando de Yoryis Nengas, con la misión de bloquear el golfo de Corinto. El mismo día, el capitán de la corbeta inglesa, Abbot, visitó la muralla y fue recibido amistosamente y con todos los honores. El 31 salieron 20 griegos a coger bueyes por la parte de la muralla de Anatolikón, pero volvieron sin conseguirlo. El 3 de julio festejaron la batalla naval del cabo Cafereo y, al día siguiente, terminaron una nueva batería en el lado oeste de la muralla y la llamaron Miaúlis. El mismo día terminaron los enemigos otra, a 200 brazas de la batería de Rigas.
La noche del día 6 descubrieron el acueducto y lo cortaron, pero los sitiados suplieron la falta de agua corriente abriendo muchos pozos de poca profundidad, de los que brotaba agua potable. El día 7, a la puesta de sol, cayó una granada enemiga sobre la batería de Normann y atravesó la tronera, inflamando el cañón emplazado y derribando el área cercana al hueco. El 8, dos horas después de la medianoche, se oyeron pasos en la parte del mar donde se hace pie, junto al lado oeste de la muralla, y los 202


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que estaban de guardia en la baterías de Kyriakulis y Sachturis empuñaron las armas; eran 300 turcos de infantería que se habían echado al mar y se estaban acercando a las posiciones dichas pero, al llegar a tiro de fusil sin ser hostigados hasta entonces, fueron tan diestramente tiroteados por las baterías y por la guardia del islote de Marmarú, que volvieron las espaldas muy maltrechos. Por la mañana salieron algunos de los servidores de las baterías de Kyriakulis y Sachturis a la playa que está enfrente del islote y encontraron armas y otros objetos tirados a tierra por los enemigos en su huida. Ese día llegaron a la ciudad el oficial artillero Stilzemberg y algunos otros filohelenos. Simultáneamente, entraron con algunos conmilotones Alexakis Vlachópulos, Mitsos Kondoyanis y Yannakis Rangos; y al día siguiente, Lambros Veikos. El enemigo, con el fin de impedir en adelante toda incursión de los guardianes del Marmarú y la batería de Kyriakulis, alzó el 17 una batería enfrente.
Como los de la guarnición habían sido reforzados por combatientes venidos del exterior, decidieron caer sobre el campamento enemigo; alumbraron un túnel excavado hacía algunos días hasta las empalizadas delanteras del enemigo y el día 20 se lanzaron desde el centro y los dos costados sincrónicamente, mientras los cañones lanzaban obuses sin cesar.
Murieron cien de los enemigos que vigilaban aquellos reductos y cinco fueron hechos prisioneros, mientras el resto se diseminaba; se robaron siete banderas y se obtuvo gran cantidad de armas y enseres; pero también fueron muertos tres griegos, y heridos levemente otros cuatro.
Hasta ese momento, la forma tortuosa y laberíntica de las obras disimulaba por qué parte de la muralla pensaban atacar los enemigos en su momento, pero desde entonces se les vio dirigirlas preferentemente hacia el frente, entre la batería de Rigas y el bastión de Franklin; por lo cual, los griegos se afanaron en reforzarlo. Los enemigos acumularon montículos en aquella parte por espacio de muchos días; los acercaban tanto al borde del foso, que se vio aún más claro –y lo confirmaron algunos tránsfugas– que el enemigo planeaba terraplenar mediante ellos aquella parte del foso para el asalto. Al día siguiente, llegaron desde el Peloponeso, para reforzar a los sitiados, Kitsos y Yoryis Vayas; a fines de junio, el número de hombres armados dentro de la ciudad se completó hasta los 4.500. Kütahi bombardeaba y metrallaba cada día a intervalos, pero no podía conseguir nada importante por la escasez de lo necesario para la poliorcética y el asalto; tendría abundancia después de la llegada de la flota bizantina. Poco daño provocaron las balas y bombas 203


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lanzadas sobre la ciudad desde el principio del asedio hasta finales de junio: los muertos apenas llegaban a 40, y los heridos a otro tanto. Las bajas eran tan pocas porque la bombas caían sobre la blanda arena de la ciudad y pocas veces explotaban; más castigo soportaban los turcos; el ataque griego del día 20 causó más del doble de muertes y daños. Pero los más afectados eran los pobres zapadores cristianos, ya que estaban más al descubierto que el resto, aunque los defensores de la ciudad trataban de no herirlos, por ser hermanos suyos de raza y religión.
La escuadra bizantina arribó, como hemos dicho, a Suda, a donde había llegado antes la egipcia. Los jefes de las flotillas griegas que estaban en el puerto de Melos, al saber por Zakas –que había sido enviado en misión de espionaje– que todas las naves enemigas estaban en confuso montón y sin vigilancia detrás del castillo de Suda, tomaron la decisión de quemarlas dentro del puerto y, con ese fin, zarparon las dos flotillas el 29 de mayo.
Con ellos navegaba Jacob Emerson, un inglés que luchaba al lado de los griegos. La tarde del 31 llegaron ambas a aguas de Suda y se toparon con una vanguardia de quince; las atacaron y forzaron a refugiarse en el puerto, pero encontraron a las naves enemigas en formación, divididas en cuatro secciones; una de ellas se desplazaba sobre la punta del puerto por fuera del castillo, las otras dos en una y otra entrada al islote, a derecha e izquierda, la cuarta en el puerto exterior del islote. Los griegos dudaron al ver inesperadamente el orden y el movimiento de los bajeles enemigos y lo atribuyeron a la siguiente causa misteriosa: En el momento de zarpar la flota griega hacia Melos, se encontraba allí la goleta francesa Amaranto. Su capitán fue a visitar al almirante Miaúlis y le dijo que había echado el ancla para surtirse de agua y que iba rumbo a Hydra o Nauplion. En efecto, la goleta se fue el mismo día que la flota griega pero, contra todo pronóstico, se encontraba dentro del puerto de Suda cuando llegaron allí los griegos. De ahí tomó impulso la fundada sospecha de que el capitán, al descubrir los planes griegos, corrió a comunicarlos al capitán pashá. Sobre este asunto hubo una gran controversia en Grecia; también lo consideró culpable el gobierno, que, aun mostrando su reconomiento a la nación gala, exhortó a su neutral gobierno a evitar en lo sucesivo tales irregularidadesar.
Los griegos, a pesar de encontrar al enemigo preparado, entraron el 2 de julio en el puerto exterior de Suda, donde había 40 naves, y lucharon. En el transcurso de la naumaquia, lanzaron tres brulotes, uno tras otro, contra 204


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una y la misma corbeta; el primero falló, pero los otros dos se pegaron a ella y la incendiaron. Al poco, Politis lanzó el suyo contra otra que estaba a la sombra del castillo, pero erró. Cuando los incendiarios embarcados en el bote luchaban por salir de allí, llegaron 30 lanchas enemigas y lo rodearon, pero el valor y la experiencia de Politis hundieron una de ellas, con lo que las demás se apartaron y todos los suyos escaparon al peligro y fueron salvados por los que iban en el barco de Sachinis, que por ellos se expusieron al nutrido fuego procedente de la fortificación. Tras este suceso, los barcos enemigos enfilaron hacia el interior del puerto y los griegos hacia el cabo Melachi, donde permanecieron toda la noche. La corbeta incendiada tenía 24 cañones y 200 marineros, de los cuales sólo se salvaron tres y el resto se ahogó, o fue pasto de las llamas o muerto sobre las olas. Murieron en la acción 10 griegos y casi otros tantos fueron heridos.
Al día siguiente, las naves enemigas volvieron al puerto exterior de Suda pero, al ver la nueva embestida de las griegas, se metieron después de un pequeño cañoneo, durante el cual encalló en tierra un brick enemigo. Al otro día y al siguiente sopló un viento tan fuerte, que las unidades griegas se desperdigaron y a duras penas se reunieron 18 el 9 en Vátika91 al mando de Miaúlis. El día 12 ardió de repente la santabárbara del barco mandado por Thanasis Kriezís de Hydra; explotó el barco y murieron el capitán, su hermano y 62 marineros, que es tanto como decir toda la tripulación, excepto dos que cayeron al mar. Uno de estos dos náufragos rescatados refirió que el capitán tenía un joven servidor turco que, furioso por las bofetadas con que fue castigado ese día por desobediencia, arrojó fuego a la santabárbara. La noticia de este suceso llegó a Hydra el día 13. Enloqueció la gente, pues muchos habían perdido a parientes y amigos; abrieron las celdas del monasterio donde se guardaba a los turcos recién apresados en Syra y, como si hubieran sido ellos los culpables, los apuñalaron a todos, sin que ni los notables ni la gente de bien pudieran impedir esta inhumana y sacrílega acción. No contento con la cifra de los que estaban en prisión, el populacho reunió en el lugar de la matanza a todos los demás cautivos que encontró al servicio de las casas o los barcos y degolló en este caso a doscientos infelices, es decir, a todos cuantos tenía como criados. Algunas personas humanitarias escondieron a unos pocos y los entregaron después 91
Bahía en la parte interior de la península de Malea, la más oriental de las tres del Sur del Peloponeso.
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a un barco inglés enviado por Hamilton para salvarlos. Los prohombres de Spetses, ante el temor de que en su isla pasara lo mismo, tuvieron la iniciativa de entregar en el mismo barco a todos los cautivos que había en ella. Al juzgar con justa ira los excesos de las masas, debemos aclarar que el gobierno griego era caritativo y trataba siempre de inspirar en la comunidad sentimientos humanitarios para con los prisioneros, no sólo con disposiciones y reprimendas, sino también predicando con el ejemplo, pues daba a unos cautivos como criados y dedicaba a otros a labores cómodas, autorizando que se dedicaran incluso a ejercicios militares para distraer a la gente; en cambio, los egipcios que había en las fortificaciones de Mesenia trataban de otra manera a los prisioneros, con la aprobación de Ibrahim: vendían en pública subasta, como si fueran animales, a los jóvenes presentables de ambos sexos y mantenían encadenados a los demás, excluidos los destinados a intercambios o rescates, haciéndolos trabajar diariamente a golpes de látigo y reposar de noche en tenebrosas y húmedas mazmorras bajo tierra, hasta que eran llevados a Egipto y dedicados de por vida a trabajos forzados.
La flota enemiga en Creta tomó tres mil soldados de infantería, seiscientos de caballería y mil doscientos zapadores y obreros y zarpó el día 13 para desembarcarlos en Neókastro. Se componía de 80 naves bizantinas, egipcias y argelinas de diferente calado. El mismo día se hicieron a la mar las 18 griegas y amanecieron el día siguiente a la altura del cabo de Malea.
Al ver al enemigo en movimiento, se aprestaron al combate a pesar de ser tan pocas contra tantas; entablaron batalla naval por la tarde y sufrieron daños. El incendiario Bunduris se dirigió contra una corbeta enemiga, pero súbitamente se inflamó la pólvora en la embarcación y toda la tripulación fue víctima de las llamas. Matrozos, a su vez, acercó su brulote a otro barco enemigo pero, mientras sostenía la mecha aguardando el momento justo para conectarla, recibió un tiro de fusil en la frente y cayó muerto sobre la cubierta, resbalando de sus manos la mecha sobre la pólvora de ésta y ardiendo el brulote para nada. Sufrieron daños otros barcos de guerra griegos, el que más el de Sachinis, cuyo mástil de en medio estuvo a punto de romperse. Por la tarde cesó la batalla y los griegos, que no tenían más brulotes –activo principal de la armada griega–, se dirigieron a Citera, mientras la escuadra enemiga llegó indemne a Neókastro y desembarcó las tropas. Tras el desembarco zarparon 55 barcos, entre ellos 8 fragatas, y el día 28 se presentaron ante Mesolongui, forzando a irse a sus casas a los 206


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navíos griegos que bloqueaban la bahía de Patras. La flota enemiga reforzó el asedio aportando al campamento turco abundantes víveres, suministros bélicos de todo tipo y trescientos marines nativos muy expertos. Los sitiados no se desanimaron y, el día en que apareció la escuadra enemiga, prendieron fuego a una pequeña galería, esperaron el momento en que los turcos se precipitaban fuera de los hoyos al escuchar la explosión y les dispararon con fuego de fusil y con metralla, matando a un buen número.
Kütahi, enfurecido por este revés, bombardeó la ciudad con cañones y morteros más de lo habitual, desde la tarde hasta la medianoche.
Después de arribar la flota enemiga, el asedio cobró un carácter más serio. Sitiadores y sitiados duplicaron sus habituales tareas, unos para el asalto y los otros para impedirlo. El enemigo levantó una batería frente al costado este de la muralla, la armó con cañones de 60 pulgadas y, a los pocos días, llegó más cerca del lienzo donde estaba el bastión de Franklin.
La altura de los terraplenes era de diez brazas y el enemigo empezó a echar tierra y ramas de olivo en el antefoso de la izquierda. No trabajaban menos los de dentro para defenderse; pusieron en funcionamiento una nueva batería y, lanzando desde ella bolas de fuego y metralla al parapeto de las trincheras enemigas más cercanas en primera línea, lo desbarataron e hicieron pedazos quemando las vallas y obligando al enemigo a retroceder hacia la segunda línea, paralela a las trincheras. Esta batería fue llamada “el Rayo”, por lo que lograron gracias a ella.
El enemigo, dispuesto al asalto y proponiéndose rellenar el foso de delante del bastión de Bótsaris y los demás, volaron la tarde del 2 de julio, por medio de un subterráneo, los cimientos frontales del bastión y, a causa de este socavamiento, cayó mucho material en el foso. A esta explosión siguió un griterío de guerra y un duro tiroteo desde dentro y desde fuera, como si se tratara de un asalto, y una batalla a pedradas, participando incluso los niños en el lanzamiento de piedras.
Los turcos, que hostigaban la ciudad por tierra, trataron de hostigarla también por mar al llegar la escuadra. Aparte del acostumbrado acceso a la laguna de Mesolongui por Vasiladi, hay otro menos profundo y menos utilizado por Prokopánistos, un islote que está más al oeste. Los turcos, después de fracasar tras dos o tres intentos de apoderarse de Vasiladi, al ser rechazados también en la operación para adueñarse de Prokopánistos, donde se apostaba una guarnición griega, desembarcaron albañiles y material para construir una batería en el islote de Aisostis (San Salvador), entre Vasiladi 207


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y Prokopánistos y a dos horas y cuarto de la ciudad. El día 8 cargaron a hombros embarcaciones ligeras y las transportaron a la laguna a través de la corta de Vasiladi. Los de la guarnición de Prokopánistos, desprovistos de víveres y fortificaciones y temiendo que, debido a la introducción de estas embarcaciones enemigas, se cortara la comunicación entre ellos y la ciudad, de donde recibían lo necesario para vivir, huyeron al día siguiente y los enemigos, después de ocupar la posición, introdujeron por el acceso de aquella zona otras embarcaciones de más calado, entre ellas chalupas y místika. El total de las barcas enemigas en la laguna ascendía a 36 que portaban armas y algunas que podían lanzar bombas; las mandaba Mahmud.
Al ver los de la ciudad que la laguna había caído en sus manos, prepararon con rapidez 7 baterías junto al mar en diferentes puntos de la ciudad y pusieron en movimiento 6 embarcaciones con cañones que combatieron dos o tres veces, aunque su número era desproporcionado. Una vez que ciñeron la ciudad por tierra y por mar, los turcos enviaron a los sitiados embajadores, entre los cuales estaba Tahir Abas92, diciendo que, dado que todo estaba listo para el asalto y era segura la toma de la ciudad y la matanza de los ciudadanos, impulsados por la vieja amistad hacia ellos habían persuadido al generalísimo a decantarse por un acuerdo, con la esperanza de que ellos, en respuesta, no harían oídos sordos, al menos por lástima hacia los miembros más debiles de la ciudad; y les proponían unos términos de vergüenza. Pero los sitiados los echaron a una sola voz y sin ningún debate con la contrapropuesta: “¡Guerra!” A los dos días, el almirante de la flotilla enemiga reiteró la propuesta de un acuerdo. “El único acuerdo entre griegos y turcos es el de las armas”, respondió entonces la guarnición.
Los turcos, después de dos intentos fallidos, decidieron el asalto. Habían cavado ya el foso frente al bastión de Bótsaris; hicieron una galería bajo él y la incendiaron el 16 después de mediodía. Tembló la tierra, hubo un ruido subterráneo y se rajó el bastión de Bótsaris. Hecho esto, los turcos se lanzaron gritando contra la muralla por todos lados, entraron por la brecha y pusieron banderas en lo alto. Imperturbables, los griegos defensores de aquella zona les hicieron frente con valor, los derrotaron, quitaron las banderas, apilaron los cadáveres y cerraron la raja con lo que tenían a mano, colchones y almohadas. Doscientos enemigos murieron en el asalto y no pocos fueron heridos. También fueron muertos 6 griegos, de los cuales 3 92
Cf. tomo II, págs. 90-91.
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eran obreros que estaban cavando para encontrar el subterráneo del enemigo y fueron aplastados por el desprendimiento de tierra. Y cayeron heridos Yotis Guionis y Dimos Riniasas, que murió a los pocos días. Los turcos, sin acobardarse por el fracaso y la mortandad, atacaron al día siguiente por el mismo sitio y colocaron banderas como el día anterior, pero de nuevo fueron rechazados y sufrieron pérdidas; prendieron fuego a los colchones y almohadas para abrirse paso a través de la raja tan rudimentariamente cerrada, pero los griegos apagaron enseguida el fuego echándole tierra y agua. Aquel día murió el general Yannis Sukas. El día 18 Kütahi, vencido, intentó un nuevo acuerdo por dos veces, con cláusulas más moderadas. Al siguiente repitió su propuesta, limitando sus exigencias a la entrega de la ciudad. Como los griegos aplazaron la respuesta hasta el día siguiente, dio por supuesto que cederían y a medianoche les escribió para que entregaran por el momento dos baterías y una de las puertas, hasta que se firmara el pacto, pero oyó en respuesta que ni Mesolongui se iba a conseguir por medio de un armisticio ni se iban a conquistar sin lucha las baterías y las puertas.
Con el consentimiento de la guarnición, Lambros Veikos mandó una carta a Tahir Abas, que aconsejaba como amigo la entrega; la carta decía que, si rendían una plaza provista de todo lo necesario, Dios se irritaría contra ellos, el mundo entero los condenaría y él mismo como amigo se burlaría de ellos; le exhortaba a decir al generalísimo que Mesolongui no se tomaba sino a hierro, y le enviaba bebidas para que las tomaran los portaestandartes durante el ataque. Montaron en cólera los turcos al recibir la respuesta de la guarnición y la carta de Lambros pero, cuando vieron las bebidas para el asalto, enloquecieron por el escarnio e hicieron fuego por tierra y mar como nunca. Al atardecer llevaron muchas escalas a sus vanguardias y parecían predispuestos al asalto. La guarnición veló con buen ánimo toda la noche.
Cuando empezó a clarear, los de los bastiones de Franklin, Bótsaris y Makrís y los de la tenaza vieron al enemigo moverse y hacer los preparativos para el asalto y se aprestaron al son del clarín de guerra. Al amanecer, el enemigo prendió fuego por debajo del bastión de Franklin a la galería preparada anteriormente y, después de la explosión, los portaestandartes lanzaron el grito de guerra mientras subían a dicho baluarte, a los de Bótsaris y Makrís y al reducto y colocaban las banderas. La vista de tantas enseñas enemigas indicaba que la ciudad había sido conquistada, y en toda la línea del recinto amurallado no se oía por dentro y por fuera más que fuertes detonaciones de cañones, morteros y fusiles.
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Después de izar las banderas, los enemigos luchaban para dominar las posiciones sobre las que las habían izado pero los griegos, que se lo esperaban y habían levantado por dentro otros pabellones, combatían valerosísimamente a su resguardo y desde lo alto de las murallas, a ambos lados de las zonas afectadas. Durante dos horas y media, la batalla se mantuvo indecisa pero, finalmente, el enemigo cedió y desaparecieron las banderas izadas sobre las murallas. Se arrojaron al foso y otros lugares quinientos cadáveres adversarios, se oían en el campamento enemigo los lamentos de los heridos y agonizantes y, durante todo el día, permanecieron mudas las baterías del rival e inmóviles todas sus tropas. Kütahi, fuera de sí por el fracaso, decapitó ese mismo día a Rutsos y otros prisioneros, que no tenían nada que ver.
Mientras transcurría la batalla por tierra, la flotilla enemiga se lanzó contra la ciudad; iba por delante una embarcación envuelta en llamas y echando humo, para que la flotilla avanzara invisible tras la humareda.
Mas ésta era pequeña y muchos los barcos, de modo que no quedaban tapados y fueron obligados por el fuego de las baterías a alejarse de la ciudad, después de haberse acercado a una distancia de diez brazas. Aquel día fueron muertos o heridos veinte defensores.
Tanto en esa circunstancia como en otras anteriores, la guarnición demostró que no temía ni el número ni el arrojo de los enemigos; sólo temía la falta de vituallas. La carencia existía, y no se remediaba sino por mar. Afortunadamente, a los tres días del triunfo relatado aparecieron en Mesolongui 40 barcos al mando de Miaúlis, Sachturis, Kolandrutsos y Apostolis. Los cuatro turcos pequeños que había en el puerto se hicieron a la mar y penetraron en el golfo de Corinto nada más avistar a la vanguardia griega; ésta corrió tras ellos y, de los cuatro, dos consiguieron resguardarse en Naupacto, el tercero escapó por sí solo y el cuarto, a punto de caer en manos de sus enemigos, fue hecho encallar en tierra, subiendo los tripulantes a los botes y huyendo hacia el tercer barco, que no corría peligro. Sólo quedaron once en el barco encallado, pues no cabían todos en los botes. Éstos, al aproximarse los griegos, arriaron la bandera otomana y se entregaron sin que les pasase nada. Los griegos se apropiaron de la embarcación y, no pudiendo remolcarla, la vaciaron y quemaron y volvieron a aguas de Mesolongui, donde encontraron a las demás naves griegas. Aquel día, la escuadra turca en pleno navegaba a la altura de Cefalenia y, al siguiente, se dirigió contra la griega y, con el sol en el cénit, se acercó presta para la 210


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lucha. Doce corbetas al mando de Riale Bey componían el ala izquierda, los barcos de dos mástiles la izquierda y 9 fragatas y algunas goletas el centro, donde estaba el capitán pashá. Los griegos, al ver el ataque del enemigo, se lanzaron llenos de arrojo, entablaron batalla naval entre Mesolongui y Papas y lanzaron tres brulotes contra la nave almirante. Se acobardó Topal, enfiló hacia el sur y toda la flota se enfrascó en una infamante huida al ver huir a su jefe. Una corbeta, cuatro bricks, cuatro goletas y veinte cargueros escaparon hacia el golfo y todos los demás siguieron al desertor capitán pashá, perseguidos vergonzosamente hasta Cefalenia. Según el testimonio de los griegos, nunca los turcos, tan cobardes y asustadizos en el mar, se mostraron tan asustadizos y cobardes frente al enemigo.
Durante la persecución, cinco barcos de Spetses al mando de Kyriakós se separaron del resto de la escuadra, anclaron por la tarde delante de la ciudad sitiada y desembarcaron cuantos víveres y suministros bélicos traían para la guarnición. Al día siguiente volvió toda la flota al puerto e introdujo por Vasiladi 20 embarcaciones armadas en la laguna, para destruir con su ayuda la flotilla enemiga y los barcos locales. Esta flotilla, desde el día en que se avistó la escuadra griega, se aproximó a tierra por la parte donde estaba acampado el enemigo. El día en que hubo peligro, llegaron a aquella playa mil hombres de caballería e infantería para defenderla, pero las embarcaciones griegas atacaron con tanto denuedo, que en un cuarto de hora se apoderaron de siete, mientras las restantes escapaban al amparo de la batería enemiga situada en el área de enfrente. En este encuentro naval murieron siete griegos y fueron heridos cuatro. Allí fue mortalmente herido de bala de cañón en la pierna Manthos Trikupis, muriendo al día siguiente con dieciocho años, y en el mismo barco luchaba con él su hermano Temístocles, más joven aún93. A los dos días, visitó la guarnición Miaúlis y al día siguiente se hizo a la mar, dejando 8 barcos para mantener el bloqueo de los golfos de Corinto y de Ambracia y del litoral de Tesprotia94 hasta Sibota95.
El repetido fracaso de los asaltos enemigos animó a los sitiados a contraatacar. Desde días antes deambulaban con sus cuadrillas por las cercanías de Mesolongui, para incordiar al enemigo, los caudillos 93
Eran hermanos menores del autor.
En Epiro, colindando con Albania.
95 Pequeñas islas entre Corfú y Tesprotia.
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desperdigados del campamento de Grecia Oriental, que se habían trasladado a la Occidental tras la batalla de Dístomo el 9 de junio: Karaiskakis, Tsavelas, etc. Se pusieron de acuerdo con ellos en que caerían sobre los sitiadores por delante y por detrás y, el día en que fue derrotada la flotilla enemiga, a eso de las tres de la madrugada, se dio la señal y 500 hombres se precipitaron sobre las tiendas enemigas plantadas en las estribaciones del Zygós y otros 1.000 selecionados de la guarnición atacaron poco después por el costado Este y por el centro; la vanguardia, sin más armas que la daga, cayó de improviso sobre las trincheras enemigas. Los que iban detrás vaciaron por dos veces sus fusiles y se lanzaron también sable en ristre, tomando cuatro baterías y algunas trincheras de la misma línea. Los enemigos, espantados, abandonaron los baluartes del lado Este y se incorporaron a los del oeste y el norte. Los griegos iban recorriendo el campamento enemigo y acuchillaban, se llevaban muchas banderas y armas y terminaron volviendo a la ciudad con algunos trabajadores cristianos de los turcos. En más de trescientos se calcularon los enemigos muertos o heridos; de los nuestros, fueron muertos 17 y heridos 13. Después de la batalla, los turcos trasladaron las tiendas de al pie de las montañas a la explanada más cercana a la muralla y las colocaron alrededor de la tienda de Kütahi, que se distinguía de las demás porque era la única de color verde.
Las continuas derrotas y humillaciones no doblegaron el indómito espíritu de este hombre, aunque el número de sus soldados y en especial de sus obreros disminuyó velozmente. Frustrado en todas sus intentonas, dedicó todo su empeño y limitó casi exclusivamente sus obras de guerra a elevar la plataforma por encima del baluarte de Franklin. En vano pugnaron los griegos, lanzando balas de cañón y metralla a los trabajadores, por derribar la montaña de fabricación casera que surgía de la nada y se extendía en forma de dique, se ensanchaba y se elevaba por superposición de mimbres y sacos terreros; en vano atacaron el día 27 los defensores del bastión de Franklin con la esperanza de ponerlos en fuga, muriendo 7 de ellos y siendo heridos 9; la obstinación de Kütahi superó todos los obstáculos y el día 29 sobrepasó al bastión esta montaña artificial, que recordaba la de Arquidamo en el sitio de Platea y la que mandó construir Alejandro para la toma de Tiro96. En el frente y los costados se elevaron plataformas, a través de las cuales el enemigo se apoderó del baluarte de Franklin y desde ahí esperaba 96
Tucídides II 75-77 y Arriano, Anábasis de Alejandro Magno II 18, 3ss.
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entrar en la ciudad, pero se vio frustrado en sus expectativas. Los griegos, desde el momento en que se dieron cuenta de que para eso se elevaba este montículo –al que a partir de ahora llamaremos, siguiendo a su constructor, Dique de la Unión– incomunicaron aquel sector peligroso horadando unos doscientos pasos más adentro otro foso que empezaba en el mar, iba paralelo al anterior y conectaba con él cerca de la Luneta. Detrás de este nuevo foso elevaron un muro y emplazaron sobre él nuevas baterías; así que el enemigo, en vez de encontrarse en la ciudad después de tomar el bastión, como esperaba, se encontró fuera de ella, como antes, y más sitiado que sitiando, ya que estaba situado entre dos fuegos: el procedente del muro y el de los cañones junto al bastión de Franklin. Cuanto más elevaban los enemigos la plataforma sobre la cima del Dique de la Unión, más subían los griegos el muro. Pero el terco e incansable Kütahi, viendo que no obtenía el resultado que esperaba, trató de elevar otro Dique de la Unión igual al de fuera dentro del bastión de Franklin para adueñarse del muro y abrió tres fosos y tres ventanucos, por los que introducía la tierra acumulándola en el lado derecho del foso envolvente, pues tenía la intención de cegarlo. Empeñado en estas obras, dispuso una batería en el costado izquierdo del Dique de la Unión, emplazando dos cañones para castigar el torreón de Korais, que molestaba y dañaba al máximo a los que trabajaban en el acarreo de tierra; pero las obras de ahora en el interior progresaban menos que las de antes afuera, pues los que trabajaban en la elevación del nuevo dique estaban expuestos al fuego en oblicuo de las baterías griegas. Para desbaratar las obras, se lanzaron 30 hombres de la guarnición del muro contra los baluartes del Dique de la Unión, derribaron parte, dispersaron el montón de tierra y obligaron a recular a los guardias, espantados por su osadía. Pero no pudieron consolidar la posición abandonada; después de media hora de luchar a pedradas, volvieron a sus puestos y los turcos recuperaron sus bastiones y empezaron otra vez a acarrear materiales. En esta refriega murieron 4 de los atacantes, entre ellos Spyros Kondoyanis y el filoheleno Rosner; hubo 6 heridos.
No menos que los turcos se afanaban los griegos en terminar las trincheras interiores; emplazaron una batería camuflada hacia Kutsoneika, poniendo en ella tres cañones y un mortero; trabajaban los de dentro y los de fuera bajo un continuo cañoneo, víctima del cual murió Pandoleon Platykas. Viendo los griegos que el enemigo, a base de amontonar tierra, había llegado al borde del foso, dieron con un medio de socavarlo, de forma que era como si los enemigos, por más que trabajaran, echaran 213


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agua en un vaso agujereado; al tiempo que escarbaban, los griegos, bajo la dirección del muy experto en estas técnicas Panayotis Sotirópulos, abrieron un subterráneo y embutieron tres gruesas bombas; el día 19 a mediodía, prendieron fuego a la mina y, en un abrir y cerrar de ojos, se vinieron abajo aquellas obras que tantos días de trabajo habían costado; se alejaron los enemigos temblando y, refugiados en sus trincheras exteriores, arrojaban desde ellas una lluvia de proyectiles de hierro y de vidrio sobre los griegos, que atacaban tras la explosión de la galería. Entre tanto, los griegos se hicieron dueños de todas las trincheras enemigas dentro del bastión de Franklin y luchaban por apoderarse del bastión en sí. Al verlo Kütahi, temiendo que consiguieran malograr de un solo golpe todas sus laboriosas obras, corrió a la cima del Dique de la Unión para animar a sus combatientes y, para hacer notar su presencia, puso sobre ella su enseña de gobernador, pero con malos augurios; porque, nada más izarla, una bala de fusil griega cercenó la punta del asta de madera, la que está encima de la bola. Tan cerca estaban griegos y turcos, que combatían a pedradas y a palos, y los turcos lanzaban a mano bombitas de vidrio que los griegos les devolvían rodando antes de que explotaran. En éstas, los griegos echaron al enemigo del bastión de Franklin y, tras demoler las obras de encima y aplanarlo, atacaron y expugnaron la cima del Dique de la Unión. Los turcos entonces se encerraron dentro de los bastiones más apartados en la cima y, metiendo la cabeza, blandían las espadas desnudas por encima de ellos, amagando pero no dando. Los griegos, sin verlos, les arrojaban piedras y palos y hasta los niños los apedreaban. La batalla duró hasta medianoche, momento en que algunos turcos tuvieron que huir tras el Dique de la Unión y los griegos quedaron amos indiscutibles del bastión y de la parte superior del Dique, la que lo unía con el baluarte. Murieron 20 griegos y fueron heridos 45, entre ellos Yoryis Tsavelas, Dangas y Yannakis Razokótsikas, siendo naturales de Mesolongui 8 de los muertos y 14 de los heridos. Los turcos cargaron a 100 bestias de cadáveres y se llevaron otros sobre los hombros.
Kütahi consideró como una herida mortal la pérdida del bastión por el que tanto había luchado. Cubrió su rostro la tristeza y la cólera volvió salvaje su corazón; temía la ira del sultán, al que había prometido someter Mesolongui antes del Bayram, es decir, antes de ese momento. Resonaban en sus oídos las palabras del sultán cuando su nombramiento: “O Mesolongui, o tu cabeza”.
Además, razonaba que sus municiones escaseaban y se acercaba el verano; 214


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y estaba intranquilo sabiendo que cuadrillas de griegos deambulaban por Etolia y Acarnania, robando a menudo los víveres enviados para uso del ejército, y temía ser bloqueado por tierra y por mar. Los soldados no dejaban de desertar cada día y de quejarse por no cobrar las soldadas y por comer pan de cebada y no de trigo. En una palabra, todo indicaba que el ejército estaba en disolución y peligraba la cabeza del general. Mientras todo esto atormentataba la mente y el corazón de Kütahi, cayeron dos bombas cerca de su tienda: una, al explotar, derribó la parte alta de la tienda y rajó el revestimiento de otra de su grupo; la otra no hizo explosión y Kütahi, al ver que procedía de la fundición de Constantinopla, exclamó: “¡Gracias a Topal, los infieles me combaten con los proyectiles que me ha enviado la Puerta para combatirlos yo a ellos!” La bomba era de las que se llevaron los griegos en la batalla naval del cabo Cafereo, muchas de las cuales fueron arrojadas contra los sitiadores.
Después de esta batalla, Kütahi se empeñaba en volver a fortificarse en la mitad del Dique de la Unión, a 40 brazas de la parte conquistada por los griegos, y levantar una batería a 150 brazas del muro, enfrente del lienzo entre el bastión de Franklin y el torreón de Korais, y los griegos, siendo los trabajadores los mismos que combatían, perforaron otro subterráneo bajo el Dique de la Unión, lo incendiaron la noche del día 22, destruyeron las trincheras delanteras del enemigo y obligaron a éste a, expuesto al fuego, fortificarse más lejos. Se calculó en doscientos los muertos o heridos por la explosión de la mina, y formaban parte del grupo que seleccionó Kütahi para conquistar el bastión.
Gran daño infligía con sus tres cañones y su mortero la batería invisible emplazada en Kutsoneika, de la que estaba al mando el hábil artillero Konstandinos Tsirigotιs, después de haber prestado otros muchos servicios. Kütahi empleó todos los medios para silenciarla; cuando vio que sus esfuerzos eran inútiles y que las bombas lanzadas por ella caían a menudo en el mismo campamento, volvió a trasladar la mayoría de las tiendas al pie de la montaña.
Los cabecillas que deambulaban por Grecia Occidental, después de hacer huir a Agos Vasiaris y los suyos de Petrochori al campamento general con su sola aparición, fueron a Acarnania. El 2 de septiembre, la junta de gobierno de Grecia Occidental recibió una carta de ellos diciendo que el 28 habían llegado a Machalá, atacado al enemigo, matado y apresado a muchos y tomado mucho botín, y que se les habían unido los habitantes 215


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de Acarnania y Valtos que se quedaron durante la invasión enemiga. Al recibir esta venturosa noticia y con la intención de reforzar y aumentar este recién nacido ejército, la junta envió a Dragamesto97 víveres, municiones y una fuerza naval y editó una circular a todos los griegos occidentales que habían huido al extranjero, invitándoles a volver a la patria y unirse a la lucha contra el enemigo común, como antes.
Por aquellas fechas, el gobierno nombró a Karaiskakis general en jefe de las fuerzas de Grecia Occidental. Al saberlo, la comisión con sede en Mesolongui se apresuró a comunicarlo a los griegos occidentales, recordándoles sus deberes para con la patria, llamando a los ausentes a la guerra nacional, dando ánimos a los que se exponían a nuevos riesgos alrededor de Karaiskakis y dedicando la alabanza debida a la guarnición de la ciudad.
A Kütahi, al darse cuenta de que la situación de los griegos mejoraba día a día mientras empeoraba la de los turcos, se le metió en la cabeza probar un nuevo asalto; pero tan poco dispuesto estaba el ejército, que apenas encontró a dos mil que se animaran. Los griegos fueron informados a tiempo sobre los preparativos y, llenos de regodeo, esperaron la puesta en práctica; al ver que pasaban los días y los enemigos estaban siempre a punto de asaltar pero no lo hacían, les dijeron sarcásticamente desde las almenas que dejaran de trabajar inútilmente y que atacaran de una vez.
Como los turcos se hacían los sordos, los griegos decidieron provocar el proyectado asalto de otra manera.
Días atrás, habían excavado un gran túnel, bajo la trinchera del bastión de Franklin, que iba paralelo al Dique de la Unión; poco antes, excavaron otro más pequeño y tenían la intención de, a través de él, obligar a los turcos a agruparse sobre el dique. La tarde del día 9 explotó la galería pequeña y, simultáneamente, comenzó un denso tiroteo de cañones y fusiles desde todo el lienzo de muralla entre el torreón de Kotsiukos y el bastión de Bótsaris.
Los turcos respondieron frenéticamente: enjambres de albanos y asiáticos salieron de las tiendas en la ladera y fueron empujados hacia las partes bajas bajo el látigo de los jinetes. El propio Kütahi abandonó su tienda y, acompañado por su guardia, bajó a una de las baterías más cercanas a la muralla. Prendió la batalla ante sus propios ojos y, en el apogeo de la misma,
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Un archipiélago junto a la costa.
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los albaneses y guegues98 escogidos se lanzaron contra la muralla, pero fueron rechazados con grandes pérdidas. Después, cesó dentro el tiroteo en el frente de la muralla, excepto la parte sobre el bastión de Franklin, y no se veía ni se oía a nadie en aquel sector. Kütahi, suponiendo que la guarnición entera se había concentrado en el bastión y dejado vacíos los demás puestos, ordenó a los situados delante del bastión de Makrís, de la batería de Rigas y del cangrejo que ascendiesen a la muralla. Cumplieron la orden pero los griegos, escondidos y en silencio a propósito detrás de aquel sector, tras dejarlos acercarse, se levantaron todos a una, los aterrorizaron al mostrarse de repente, los derrotaron valientemente y los obligaron a volver atrás y refugiarse en sus trincheras. Entretanto, el tiroteo se mantenía incesante por dentro y por fuera del bastión de Franklin y muchísimos turcos luchaban de pie sobre el Dique de la Unión, bajo el cual se extendía el subterráneo grande.
En éstas, se inflama dicho túnel grande, tiembla de repente el suelo, estalla la tierra, surge de su seno un humo negro que oscurece el aire, caen luego de arriba piedras, terrones, cabezas, piernas, brazos, pies… baja la nube de humo oscuro, envuelve y asfixia a todos cuantos no ha despedazado la mina en su explosión, se expanden de aquí y de allá la metralla, las balas de cañón y de fusil, se dispersan los turcos de mala manera, los persigue el puñal de los griegos hasta sus trastornadas trincheras y sólo los hoyos que ha abierto la detonación, sólo los escombros que ha amontonado contienen el impulso de los griegos hacia delante. Los turcos, muy maltrechos, volvieron a las ruinas del Dique de la Unión abandonadas por los griegos y, blandiendo las espadas desnudas, galleaban amenazando a los vencedores, que estaban de pie a los lejos y se reían de su fanfarronería y sus bravuconadas y, sin querer dispararles compadeciendo su miedo e inexperiencia guerrera, les arrojaban únicamente palos, piedras, pellas de barro… y seguían saqueando. Cuando cesó el saqueo, los zapadores bajaron a la mina y, removiendo tierra para nivelar agujeros y elevaciones, desenterraron a dos trabajadores cristianos vivos entre muchos cadáveres turcos. Más de quinientos murieron ese día, entre ellos muchos oficiales, como se deducía del armamento y los trajes del botín. No está claro el número de heridos; lo fueron Sévranis99 y Aslan Bey. También murieron 15 de la guarnición y fueron heridos 35, entre ellos Kostandís Tsavelas, Thanasis Zervas y el joven de dieciséis años Andonis 98 99
Albaneses del Sur.
Un albanés de la zona de Skrapar.
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Bakas, que ya había destacado en el asalto del 21 de julio arrebatando dos fusiles de manos del enemigo.
Las grandes pérdidas de los turcos ese día fueron vistas como el fin de toda la campaña; así, cesaron los acostumbrados gritos de guerra, aumentaron considerablemente las deserciones y la consternación en el campamento, la mayoría de los acampados en Anatolikón y las riberas del Aqueloo y algunos en las afueras de Mesolongui quemaron sus cabañas y se fueron, y los que se quedaron ni se preocuparon de levantar parapetos ni de montar baterías. Desechando cualquier tipo de operación contra la muralla, interrumpieron de golpe las obras para dañarla y, dedicándose sólo a las que servían para su propia defensa, intentaron transformar en un pequeño fortín la batería de la iglesia de San Atanasio. Sus víveres y municiones también estaban en las últimas. Patras y Naupacto, donde se aprovisionaban antes, sufrían escasez debido al bloqueo reinante por mar. Ni siquiera eran seguros los corredores por tierra desde Préveza y otros lugares por los cuales se les enviaban. Los sitiadores ponían todas sus esperanzas en la llegada de la escuadra, pero ésta no aparecía. Los sufrimientos y la epidemia hacían crecer más aún la desolación del ejército a causa de los reiterados desastres y la alimentación, escasa y de mala calidad.
Mientras esta era la situación de los turcos, la de la guarnición griega era excelente. El 7 de agosto llegaron por mar desde Kryoneri a la ciudad sitiada Kitsos Tsavelas, Yorgakis Valtinós y Kostas Fotomaras con los suyos, para reforzar la guarnición; y el 13 de septiembre, los de Sadimas, Patsis, Chatsí-Petros y Yannakis Stratos, con lo que se suplió en la ciudad la falta de efectivos humanos debida a bajas, enfermedades, desgracias o muerte natural. El 21 de agosto había arribado al puerto la nave de Bruskos; el 25, llegó la de Lalechós y, a los pocos días, la de Miseyannis; las tres traían víveres y repuestos de guerra. La huida de la escuadra otomana al aparecer la griega hacía esperar que, aunque la flota enemiga se dejara ver por segunda vez, por segunda vez se volvería a ir impotente.
Pero por mala que fuera la situación del ejército turco, su general, que no se parecía en nada a Vryonis, su predecesor en el sitio de Mesolongui, se empeñaba por todos los medios y maneras en impedir su disolución y, puesto que consideraba no sólo inútil, sino incluso peligrosa la conservación de los puestos cercanos a la muralla, meditó hacer una nueva acampada en las faldas del monte y volver a entablar los combates para daño de la guarnición, al aparecer la escuadra. Los griegos se dieron cuenta de lo 218


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que planeaba el enemigo y, el 19 de septiembre, se reunieron políticos y militares en la iglesia de San Pantaleón, para deliberar sobre lo que había de hacerse si Kütahi persistía en el asedio durante el invierno; todos por unanimidad decidieron resistir hasta el fin. Los hechos demostraron que no tenían nada que temer sino el hambre, pero el temible enemigo amenazaba en aquel momento más a los enemigos que a ellos.
El 21, se arrojó al cangrejo desde fuera una carta por medio de la cual los turcos pedían unas conversaciones. La carta fue devuelta hacia las trincheras enemigas y en respuesta se dijo que “los griegos no tenían nada que hablar con los turcos a no ser con las armas.” Tres días después de tal respuesta, los griegos incendiaron una mina excavada por Sotirópulos que comenzaba en la brecha del bastión de Bótsaris y llegaba a las trincheras enemigas y, mediante ella, destrozaron las excavaciones que aún quedaban y a muchos de sus guardianes. Mataron también a algunos que había dentro de las trincheras junto a la galería, después de la explosión de ésta, lanzando metralla y balas de fusil. Los turcos, teniendo en mente la argucia de los griegos en la anterior batalla y temiendo que les pasara lo mismo, retrocedieron no sin matar a dos griegos y herir a tres.
El ejército recién formado en Acarnania, que iba creciendo de día en día, ambicionaba imitar en parte los logros de la guarnición de Mesolongui.
Además de otras pequeñas incursiones exitosas, sus componentes cayeron de improviso el día 28 sobre los turcos acampados en Karvasarás. Según su carta a la guarnición de Mesolongui, murieron trescientos enemigos y los demás se arrojaron al mar, ahogándose algunos. En el campamento enemigo había 200 camellos, para el transporte de los víveres que se enviaban desde Préveza y Arta; de ellos murieron 70 y el resto, con 80 mulos y caballos de carga y 30 de carrera, cayeron en manos de los vencedores.
La incansable guarnición perforó un nuevo túnel bajo la parte que quedaba en pie del célebre Dique de la Unidad, con la colaboración técnica del célebre minador Kostas, llegado a la ciudad unos días antes.
Amaneciendo el 1 de octubre, la guarnición comenzó a disparar con fusiles y cañones por todo el flanco derecho de la muralla. Las descargas procuraban hacer volver al enemigo a sus posiciones. Al poco cesó el tiroteo y, al salir el sol, los griegos incendiaron la mina. La explosión originó poco ruido, pues se dividía en varios focos, pero provocó grandes daños, porque tenía un esquema alargado y llegaba hasta un café turco donde había muchos enemigos. Se vino abajo la mitad del ala izquierda del dique, 219


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la única que quedaba en pie, destrozando a los que había sobre él y siendo enterrados muchos por la nube de barro que se levantó y les cayó encima.
Tras la explosión, los griegos iniciaron fuego de cañón, mortero y fusil; al ver que los turcos abandonaban sus trincheras y corrían hacia arriba, saltaron desde la muralla, los persiguieron hasta 300 brazas y volvieron trayendo cabezas, armas, trajes y banderas, aunque 3 griegos murieron y fueron heridos 16; también murieron en la ciudad 4 mujeres, al caer una bomba de 60 libras. La noche del día 5, con lluvia torrencial y un profundo silencio a lo largo del campamento enemigo, se lanzaron granadas contra los baluartes contrarios; se oyeron gritos al estallar la primera, pero nada al hacerlo la segunda y la tercera. Los griegos, desconcertados por ese silencio no habitual, saltaron fuera y, al hallar vacías las fortificaciones enemigas en contra de toda previsión, prendieron fuego a los parapetos de madera, derribaron los bastiones y se llevaron toda la leña que encontraron.
Parece que, a causa de lo sucesos del 1 de octubre, el enemigo se desesperó y abandonó los bastiones, las trincheras y las dos baterías frente a los extremos de la muralla y trasladó el campamento a la falda del monte.
Se quedaron unos pocos como avanzadilla, vigilando las baterías instaladas a 300 o 400 brazas de la muralla. Así se levantó el estrecho cerco que había durado seis meses y los griegos, que desde entonces paseaban libremente por fuera del recinto, sacaban a pastar sus bestias a la vista del fanfarrón Kütahi, consolidaban sus defensas, perforaban el foso y reparaban la muralla. Cuando el enemigo se alejó, el estado de ésta era penoso. He aquí lo que dice el ingeniero Kokkinis sobre el asunto a la junta de gobierno de Grecia Occidental el día siguiente al traslado del campamento.
“He salido hoy, en cumplimiento de mi inexcusable deber, para supervisar el estado de las defensas y dar un informe exacto y preciso de los medios con los que el enemigo, despreciando toda oposición, intentó tantas veces conquistar nuestras murallas al asalto. Así pues, en el reducto de Bótsaris el enemigo ha abierto una brecha por la que se puede pasar (brèche praticable). En el mismo estado se encuentran las baterías que lo rodean: las de Korais, Ignatios, Kokkinis y Makrís. El lienzo de muralla (courtine) entre las baterías ha sufrido igualmente un castigo extremo, del cual resalta claramente que el frente del recinto ha experimentado el mayor daño. Por el lado oeste todas las acciones del enemigo se dirigieron contra la batería de Franklin, llamada el Rayo, a través de la colosal obra del Dique de la Unidad. Igualmente por el lado este se construyó un pasaje 220


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para el asalto general (la descente) por el relleno de los fosos delante de las baterías de Makrís, Rigas y Montalembert100.” Y he aquí lo que refería el mismo ingeniero sobre las obras de los turcos, después de visitarlas: “Por cuanto puede observar cualquier perito, las trincheras de los turcos no siguen ningún orden regular (por todas partes percibo el plan de atacar las murallas según las más asombrosas invenciones de los mecánicos). Es verdad que el enemigo ha manejado las líneas helicoidales, las paralelas, las laterales a las baterías, pero todo estaba diseñado sin la menor proporción; el complejo de las gigantescas obras no es otra cosa que un laberinto turco, trabajos en distintas fases, añadidos, sobreañadidos, trincheras, contratrincheras, realizaciones sin armonía, construcciones sin razón… en resumen, todo es confusión y mezcla en todos los sentidos.
En cuanto a la elevación fortificada (la digue d’ union), se aprecia desde el interior un ancho de tres brazas por un lado y de cuatro a cinco y media por el otro. A una distancia de ochenta brazas se dobla en un ángulo de unos 120 grados y junto al bastión (saillant) de la batería la línea derecha está perforada y con travesaños (traverses). Esta es la única obra digna de cierta atención, puesto que para su construcción no hicieron otra cosa que excavar unos tres pies y toda la tierra necesaria para la construcción de tal clase de subterráneos se trajo de fuera. Realmente es curiosa esta obra, y sin embargo es de turcos.” Tal era el estado de las forticaciones de sitiadores y sitiados en el momento en que acabó la primera fase del asedio.
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Es el llamado otras veces “(reducto en forma de) cangrejo”.
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1825-26 CAPÍTULO LVIII SEGUNDO SITIO DE MESOLONGUI: SEGUNDA FASE.-
La escuadra otomana, tras desaparecer en julio de delante de Mesolongui, puso proa directamente a Alejandría, donde Mehmet Ali preparaba una nueva expedición contra Grecia y organizaba desde antes otros ejércitos regulares bajo la dirección de los generales franceses Voyer y Livron. Se difundió la especie de que esta nueva campaña iba dirigida contra Spetses e Hydra, por lo cual los notables de las dos islas pusieron todo su empeño en reforzarla trayendo tropas de fuera.
Cuando todo estuvo preparado en Alejandría, zarparon los días 5, 6 y 7 de octubre 145 barcos al mando del capitán pashá. De ellos, 79 eran de guerra: bizantinas había nueve fragatas, nueve corbetas, diez bricks y tres goletas; argelinas, dos fragatas, dos corbetas y una goleta; de Trípoli, una corbeta, un brick y dos goletas; y egipcias, dos fragatas, una corbeta, dieciséis bricks, nueve goletas, un barco de vapor con tres cañones y diez brulotes. El resto eran cargueros, 36 egipcios y 30 bajo pabellones cristianos. Tomaron diez mil soldados: ocho mil regulares árabes recién reclutados, ochocientos turcos irregulares y mil doscientos de caballería.
Llevaban abundantes víveres y suministros de guerra. El 24 de octubre, la expedición llegó sin problemas al puerto de Neókastro.
La venida de esta nueva fuerza enemiga animó al ambicioso y belicoso Ibrahim, cuyo prestigio ascendía por el feliz resultado de sus empresas en el Peloponeso, a intentar en lo más crudo del invierno lo que no pudo lograr en pleno verano el más capaz generalísimo del sultán, la toma de Mesolongui; dejó una guarnición suficiente en Tripolitsá y en las fortalezas de Mesenia y movilizó el resto de las tropas con dicho objetivo, enviando por mar parte de ellas, así como la artillería, bajo la dirección de la escuadra y llevando consigo el resto por tierra. Zarpó la escuadra de Neókastro los días 3 y 4 de noviembre y apareció el 6 a la vista de Mesolongui, y él pasó 223


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sin ser hostigado por Klidí101 y llegó el 8 a Agulinitsa, donde, tras saber que habían huido a las islas de la laguna muchos habitantes de las zonas cercanas, ordenó su ocupación; cabalgando al frente de la caballería, se lanzó a la laguna por un lado, mientras por el otro lo hizo la infantería.
Al ver los de las islas lo que sucedía, embarcaron en muchas canoas y se enfrentaron con valor tanto a los jinetes como a los infantes, matando a muchos de ellos; la batalla duró casi todo el día; los de caballería llevaron la peor parte, pues los animales se quedaban atorados en el barro del fondo y ellos tenían que desmontar. El propio Ibrahim salió despedido y fue salvado por la asistencia de sus guardias. Después de la batalla se hallaron en la laguna 127 cadáveres enemigos y 80 caballos; cayeron 140 griegos, unos muertos en combate y otros presos, y muchas mujeres y niños se arrojaron a la laguna por propia iniciativa y se ahogaron para evitar la ignominia y la apostasía. Al día siguiente, los enemigos cruzaron el Alfeo e incendiaron Pirgos. Simultáneamente, salió de Patras Yusuf, al frente de sus tropas, las cuales cayeron el mismo día por dos partes sobre la ciudad de Gastuni, encontrándola vacía e incendiándola, y se diseminaron por el resto de la provincia quemando, saqueando, asesinando y esclavizando. No obstante, encontraron cierta resistencia; ante todo en Vartholomió, donde unos pocos asaltantes fueron expulsados por los naturales. Éstos, aprovechando el momento en que se habían ido, llevaron sus mujeres e hijos a Chlumutsi102, quedándose allí algunos de ellos; pero otros, llenos de confianza a causa de su éxito, regresaron esa misma tarde a guardar el pueblo, por si volvía el enemigo. Al día siguiente volvió el enemigo con muchos más efectivos y los cercó y combatió. Al saberlo los de Chlumutsi, enviaron inmediatamente 150 de elite para ayudar a los acosados; pero, al llegar a los olivares de la aldea, fueron rodeados por los enemigos y murieron casi todos peleando con valor, sucumbiendo con ellos 56 de los de dentro del pueblo, después de luchar todo el día; el enemigo sufrió también un duro castigo.
El día 17, Ibrahim llegó en su avance hasta el estrechamiento del golfo de Corinto entre Río y Andirrio, donde acampó. Él cruzó a encontrarse en Naupacto con el capitán pashá y Kütahi, que le esperaban allí, y ordenó a Husein Bey volver al distrito de Gastuni, llamar a los habitantes a la 101
Cf tomo I, pág. 58 (Cap. IV).
O Chlemutsi, fortaleza franca del siglo XIII que actualmente se encuadra dentro del municipio de Kastro-Kilini (antigua Cilene, llamada antes Glarentsa).
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sumisión y apoderarse por la persuasión o por la fuerza de las posiciones aún en posesión de aquellos. Yusuf, que había luchado durante cuatro años en Patras con éxito, se despidió por aquellos días del Peloponeso, llamado a la satrapía de Magnesia; le sucedió Deli Ahmet Pasha Siete días después de aparecer la escuadra enemiga en aguas de Mesolongui, se dejó ver la griega al mando de Miaúlis, que iba a bordo del Temístocles porque su barco había colisionado con otro y, dañado, fue enviado a reparar a Hydra. Mientras los navíos de guerra otomanos eran 90, entre ellos muchas fragatas y corbetas, los griegos eran 2 bergantines y 25 bricks y goletas, todos de Hydra, que esperaban día tras día a los de las demás islas. Pero, aun siendo tan desproporcionado el número, los griegos se lanzaron el día 13 contra los otomanos cuando iban a lo largo del cabo de Papas y entablaron batalla, durante la cual estalló uno de los cañones del Temístocles, hiriendo a 11 marineros. La noche siguiente, paró en Skrofés el barco de Zakas, pero volvió a salir con ayuda de los botes de la escuadra. Al día siguiente se reanudó la batalla, durante la cual Butis dirigió su brulote contra una corbeta pero, antes de encenderlo, los enemigos derribaron su arboladura a cañonazos. El día 15, al enterarse Miaúlis de que los refugiados en Chlumutsi al pasar Ibrahim eran víctimas de un estrecho cerco, envió un barco para trasladarlos a Kálamos. Ese día supo también que la guarnición de Mesolongui carecía de víveres y, después de comprar a sus expensas y de los capitanes, pugnó por llevarlos a la ciudad; pero el enemigo también luchaba para impedir su objetivo y ocupaba los accesos a la laguna: el 17 se lanzó contra los griegos cerca de Skrofés y luchó con viento a favor, pero se alejó sin resultado; al día siguiente volvió a enfrentarse en el mismo punto y se alejó igual de inefectivo a la puesta del sol; esa misma noche ardió para nada, por error, el brulote de Dimamás. El 20 se introdujeron en Mesolongui los víveres comprados a través de Petalás103, en los botes de los diferentes barcos. La mañana del 21 navegaban las embarcaciones griegas junto al archipiélago de Dragamesto, cuando la escuadra enemiga, encontrando viento a favor, embistió después de mediodía con los brulotes en cabeza. Comenzó la batalla. El lugar era estrecho y varios barcos griegos tuvieron que pasar entre las islas para entrar en la formación. Uno de los brulotes enemigos iba hacia la nave de Lalechós; corrieron los botes de los barcos griegos 103
Una de las pequeñas islas que salpican la laguna.
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para tomar o destruir el brulote y los cobardes y bisoños marinos de éste, al ver el peligro, lo abandonaron sin incendiarlo y huyeron subiendo al bote, mientras el barco incendiario encalló en un islote, donde lo quemaron los griegos. En este combate murieron dos capitanes de la flota enemiga y fueron heridos varios marinos griegos y el capitán Lázaros Pinotsis, en el muslo. El día 23 se introdujeron de nuevo algunos víveres en Mesolongui por Petalás. El 25 se oyeron muchos disparos por Glarentsa. Se acercó Miaúlis y, al saber que había en la playa muchos habitantes del distrito de Gastuni que querían pasar a Zacinto para su seguridad y estaban a punto de ser capturados, envió los botes y salvó a muchos de ellos. Mientras los marineros se disponían a desembarcar para perseguir a los perseguidores, apareció la escuadra enemiga. Se llamó entonces a los marinos y comenzó al atardecer una batalla en la que uno de los incendiarios, Theodorakis Vokos, cuando manejaba el brasero en el bote, bajo la popa de su brulote y arrimado a una fragata enemiga, cayó al mar y se ahogó, después que una bala de cañón le seccionara los brazos; su brulote cayó en manos del enemigo en la misma operación al cortar otro cañonazo la cuerda que lo remolcaba, pero se salvaron todos los marineros. Por la noche sobrevino una tempestad y se separaron las dos armadas. Por exiguo que fuera el número de los barcos griegos, por escasa que fuera su fuerza, el arrojo de sus tripulaciones se mostró admirable en esta acción. De tal forma despreciaban no sólo los barcos, sino incluso las propias lanchas, a un enemigo crecido por su cantidad y el tamaño de sus navíos; así fue como en el choque del día 22 estuvo presente el esquife del comandante Konstandinos Trikupisas104, que se acercó a la nave enemiga y empezó a cañonear su popa. Mientras, ni la flotilla de Hydra tomaba víveres ni recambios de guerra por las adversas circunstancias reinantes, a pesar de que habían sido enviadas con tiempo desde su isla, ni aparecían los barcos de Spetses por la misma razón, aunque habían zarpado; así que Miaúlis se vio obligado a volver a casa y dejar la ciudad de Mesolongui sometida a un estrechísimo cerco. A los pocos días puso rumbo a su tierra la flotilla argelina en Patras al mando del capitán pashá y, al poco, sobrevenida una horrible tormenta, se hundieron dos corbetas enfrente del Papas.
Mientras, Husein Bey recorría la provincia de Gastuni blandiendo 104
Otro hermano del autor.
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en una mano el alfanje y en la otra los indultos, en cumplimiento de las órdenes que había recibido de Ibrahim; pero los indultos no obtenían nada y su única fuerza parecía el alfanje. Aparte de los que se habían refugiado en Chlumutsi al paso de Ibrahim, Yoryis Mitsu ocupó Skafidiá con unos pocos. El 3 de diciembre los enemigos fueron a desalojarlos, volviendo atrás con más daños que los que infligieron. Otros pocos hicieron incursiones: un grupo a Frangopídima, poniendo en fuga a los griegos que había allí, y otros a Pyryí, donde pendieron fuego a una embarcación de Zacinto y mataron a los tripulantes, considerándolos aliados de los griegos.
Ibrahim, después de conferenciar con el capitán pashá y con Kütahi en Naupacto, penetró en el golfo de Corinto hasta Galaxidi y Sálona acompañado por una sección de la escuadra; destruyó 30 esquifes, desembarcó sin avanzar hacia el interior, volvió a Patras el 27 de noviembre y envió el resto de la infantería a Kryoneri. La mayor parte de la caballería pasó el invierno en Patras y Gastuni a las órdenes de Deli Ahmet, que asoló durante la estación fría las provincias de Gastuni y Pirgos llegando hasta Karýtena. El 12 de diciembre se trasladó Ibrahim a Kryoneri, donde instaló su cuartel general. Al día siguiente por la tarde aparecieron los árabes por primera vez ante Mesolongui, al son de la música y al redoble de los tambores, con la artillería en cabeza, la infantería detrás y la caballería cerrando la formación; acamparon separados de los demás y dedicaron dos semanas a ejercitarse.
Nada digno de interés histórico sucedió en todo el tiempo transcurrido entre la mudanza de Kütahi y la llegada de los árabes. Se oía con frecuencia el tronar de los cañones y hubo una escaramuza por la zona de San Atanasio, cuando unos cuantos al mando de Veikos salieron de la ciudad a luchar; pero lo que más se notó en este intervalo fue la crueldad del bárbaro Kütahi: el 8 de diciembre capturó a unos cristianos desarmados en Venétikon105, los empaló y dejó clavados delante de sus baterías a la mirada de todos a un sacerdote y dos mujeres; también empaló a unos niños menores de edad para escarmentar a sus padres.
El día 26 llegó Ibrahim frente a Mesolongui y emplazó su tienda cerca de la de Kütahi, tras dejar parte del ejército en Kryoneri al mando del intendente general Vilal Aga, guardando los víveres. La llegada de esta nueva fuerza desagradó hasta el colmo a Kütahi y con razón, pues si el asedio terminaba 105
Cerca de Naupacto.
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bien, Ibrahim se llevaría toda la gloria y él sería considerado un inútil. Le molestaba además su comportamiento altanero para con él, pues en su primera entrevista, pavoneándose de sus recientes victorias en el Peloponeso, le dijo que no entendía cómo con tantas tropas y en un tiempo de ocho meses no había podido hacerse dueño de “ese vallado” (señalando a Mesolongui), cuando él en pocos días había conquistado la plaza fuerte de Neókastro.
Sobrevenida una tremenda discusión entre ellos, Ibrahim le propuso que eligiera una de dos: o comprometerse a tomar la ciudad sin su ayuda en el plazo de un mes o renunciar, que él se encargaría dentro de 15 días. El orgulloso Kütahi, fuera de sí por la insolencia de su rival, pidió tiempo para pensarlo y, tras convocar a sus mandos más conocidos a un consejo, les comunicó con muy mal humor lo que había oído y les conminó a no dejarse avergonzar y no avergonzarlo a él permitiendo que otro les arrebatara su honor. “El general árabe –respondió Tahir Abas por boca de todos– piensa que estamos combatiendo con hombres iguales a aquéllos que él ha combatido en el Peloponeso. Nosotros hemos probado los de Mesolongui, hemos reconocido lo que valen y no queremos probarlos otra vez. Que los pruebe Su Alteza, si así lo desea, y entonces los juzgará más correctamente.” Al oír esta opinión, Ibrahim asumió gustoso él solo el desafío, pero pidió que se alejaran las tropas de Kütahi y éste también. Él consintió con la condición de que le eximiera de toda responsabilidad ante el sultán. Accedió Ibrahim y envió a Constantinopla las relaciones necesarias para ello.
Tras la retirada de Kütahi, Ibrahim transportó dos compañías a donde estaban las baterías y, al día siguiente, tomó bajo su autoridad el ala oriental. Pronto experimentó el valor de los guardianes del “vallado” porque, mientras los árabes descargaban su impedimenta, salieron unos pocos de la ciudad y robaron 8 camellos ante sus ojos y bajo sus disparos.
Antes de comenzar las hostilidades –el 1 de enero– Ibrahim propuso a la guarnición que enviara a negociar con él a algunos que hablaran otras lenguas, además del griego, y ofreció enviar a cambio unos rehenes para seguridad de los demandantes. “Nosotros –respondió la guarnición– somos analfabetos, no sabemos lenguas, sólo sabemos luchar.” Después de esta réplica, comenzó el fuego de artillería.
El capitán pashá, que ya había propuesto el pasado julio una negociación a la guarnición de Mesolongui a través del comandante de la fragata austríaca Hebe, quiso repetir lo mismo después de la aparición de los árabes. Con este fin, el comandante de la corbeta británica Rose 228


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envió el día 15 a la guarnición una carta diciendo que el capitán pashá le había propuesto hacer saber a las autoridades de Mesolongui que todos los preparativos para el asalto terminaban en 8 días y, para evitar el derramamiento de sangre, deseaba saber si la guarnición consentía en una capitulación y en qué términos; añadía el capitán que él no daba su opinión ni se hacía garante del pacto propuesto. La guarnición contestó a la recepción de la carta que los griegos habían soportado daños incalculables y vertido sin tasa su sangre, sus lugares se habían vaciado y no les satisfacía nada más que la libertad y la independencia; y tenían un gobierno sólo al cual correspondía negociar la paz o la guerra y en obediencia al cual tenían la obligación de luchar hasta morir.
Mientras la flotilla de Hydra regresaba a su puerto, la de Spetses navegaba hacia Mesolongui y, al llegar a la altura de Skrofés, daba vueltas esperando a las demás, obligada por su poca fuerza a desistir del cruce de la laguna de Mesolongui y separarse de la flota enemiga. Miaúlis estaba impaciente por volver a la lucha. Los marineros no pedían los sueldos, pero les faltaban alimentos y repuestos bélicos. La caja estaba vacía y la única esperanza era la contribución voluntaria; esta esperanza se vio colmada. Primero los del ejecutivo, los del legislativo y los ministros dieron un ejemplo digno de elogio aportando 144.000 grosia. Su ejemplo lo imitaron, entre otros ciudadanos, los comerciantes de Syra con una contribución de 30.000; y así, el 19 de diciembre zarpó la flotilla de Hydra al mando de Miaúlis, con 20 naves, a la que se agregaron 4 de Psará.
Esperaban encontrarse con las de Spetses en Mesolongui, pero éstas se habían ido; sólo tres de ellas se encontraron con Miaúlis y volvieron animosamente. Una gran tempestad se declaró el 5 de enero por la noche, cuando la flota griega navegaba frente a Zacinto, y se hundió el brulote de Pipinos, pero se salvó toda la tripulación. La guarnición de Mesolongui tuvo una gran alegría al recibir carta de Miaúlis diciendo que la flota griega había llegado a Skrofés y que traía víveres y municiones para ellos.
Los de la guarnición sufrían por aquellos días tal escasez de alimentos que, después de comerse todos los animales que había en la ciudad, reducían el pan de cada día a 50 dramia106 por persona, y luego a 30. El día 9 ancló la flota griega en el puerto de Mesolongui pero, mientras se dedicaba a desembarcar los alimentos y los avíos de guerra y los barcos se 106
El drami (del turco dram) –1/400 de la oká- equivalía a unos 3,20 gramos.
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agitaban sobre dos anclas a causa de la terrible tormenta que aún seguía, aparecieron saliendo del golfo y a toda vela con viento a favor en dirección a las del puerto 14 fragatas y corbetas y 2 bricks. Miaúlis, pensando que el enemigo trataba de alejar los barcos griegos e impedir la introducción de alimentos, decidió presentar batalla anclado. El 10 a mediodía, dos fragatas enemigas se aproximaron a tiro de pistola de la pequeña nave almirante griega y lanzaron sus garfios; los marineros se asustaron y cortaron las anclas sin que el capitán lo supiera; siguiendo su ejemplo, los marineros de los demás barcos cortaron también la amarras y así la flota griega salió entera al mar, rompiendo la línea enemiga bajo el intenso fuego de ésta, y arribó a Skrofés en su huida. Varios barcos griegos fueron dañados, incluso se partió el mástil de uno. Una vez alejados, supo Miaúlis que en las rocas de Prokopánistos había encallado una corbeta bizantina de 26 cañones; enfiló hacia aquellas aguas y, el 15 por la noche, la incendió el brulotier Politis; los 300 turcos de la tripulación y 30 cristianos, enrolados a la fuerza según lo acostumbrado, se quemaron o ahogaron, aunque algunos subieron a los botes y atravesaron desesperados por en medio de la flota griega, salvándose unos pocos de ellos. Entretanto, la vista del incendio y el trueno de la explosión atemorizaron tanto al enemigo, que 20 barcos que pasaban por el cabo de Papas, en vez de arremeter contra los griegos, emprendieron vergonzosa huida dentro del golfo. La mañana del 16 zarparon de nuevo de Patras y Kryoneri 60 embarcaciones enemigas. La flota griega, navegando frente a Mesolongui a la espera de encontrar buen tiempo para descargar los víveres, corrió a su encuentro y, con el sol en medio del cielo, comenzó el cañoneo. Dos brulotes enemigos se acercaron a la flota griega; los griegos embarcaron en sus botes y se dirigieron hacia ellos, y los marinos del uno, aterrorizados, lo abandonaron intacto en manos de los griegos; el otro se libró huyendo. Por la tarde se separaron las dos flotas; la turca se dirigió al puerto de Patras y la griega al de Mesolongui; levó anclas y mandó a la ciudad cuantos víveres y suministros de guerra traía para uso de la guarnición y siete mil koila de maíz que había recogido en la isleta de Petalás. Así fue como la guarnición se aprovisionó de comida para apenas dos meses. El día en que la escuadra griega estaba lista para volver a sus puertos tras haber cumplido con éxito su cometido –el 23–, zarpó la del enemigo. Lo hizo también la griega y se alineó frente a ella. La batalla duró poco; se separaron las dos flotas y la griega regresó a Hydra, como se proponía, llevando a los cabecillas 230


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Iskos, Veikos, Zervas, Milios y Kusurís, enviados al gobierno de parte de la guarnición de Mesolongui para las necesidades suyas y del lugar.
Murieron cinco griegos y fueron heridos trece en las batallas de esta campaña. Cuatro de los muertos y nueve de los heridos eran tripulantes de la corbeta Temístocles, víctimas de la segunda explosión de uno de los cañones durante la batalla. El día 30, partieron de Patras hacia Metona 45 barcos enemigos y desembarcaron a enfermos y heridos.
Ibrahim se ocupaba en levantar parques de artillería, reparar y hacer esquifes y transportar municiones. A falta de carros y caminos transitables, los árabes transportaban las balas de cañón a mano desde Kryoneri; después de pasar Fídaris y tomar un camino pedregoso unas veces y pantanoso otras, con tiempo lluvioso y una distancia de 12 millas, los pobres porteadores caían enfermos por la fatiga y la penalidad y algunos de ellos morían; también resultaban causantes involuntarios de frecuentes incendios en la llanura, pues encendían muchas y grandes hogueras para calentarse. Entre tanto los de Ibrahim, trabajando sin pausa, levantaron el 6 de febrero tres baterías a menos de cuatrocientos pasos de la muralla: una frente al lado derecho, otra frente al izquierdo y la última delante de la parte frontal, cada una con siete troneras; entre ellas se elevaron bastiones.
Finalizados éstos, se hizo una fortificación circular con túmulos detrás de la batería del medio, a 600 brazas del bastión de Bótsaris, para emplazar morteros. Y puesto que con estos nuevos focos de artillería y pabellones el enemigo se había acercado mucho a la muralla, tenían lugar frecuentes escaramuzas, aunque de poca monta. Después, los enemigos levantaron otra batería mirando a las playas de la Aspri Haliki, frente a la isleta de Skyla. Hicieron estas baterías pesadas, de manera que no las traspasaran las pequeñas balas de los griegos. Una vez armadas, al amanecer del día 13 dio comienzo contra la muralla y la ciudad un denso fuego de artillería, que se prolongó día y noche sin cesar y con gran violencia hasta el día 15. El 14 estaban en uso 40 cañones y morteros y se arrojaron 8.000 balas de cañón, bombas y granadas. Las bolas eran de 60 libras y de enorme tamaño las bombas y granadas. Al mismo tiempo, castigaba la batería instalada en la isleta de Marmarú. Intrépidos y arrojados, los de la guarnición, disparando sin cesar cañones y fusiles, dieron muestras de no temer a los nuevos sitiadores, aunque sus artilleros eran más diestros que los otros y causaban gran destrucción, si bien no mucho derramamiento de sangre, porque los sitiados habían aprendido de sus padecimientos anteriores cómo protegerse.
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El día 15 el enemigo moderó su fuego y se aplicó a levantar antemurales más cerca de la muralla, entre el bastión de Franklin y la medialuna. Tanto se aproximaron, que en algunas zonas hicieron algunos a sólo 20 pasos.
Así preparados, emprendieron el planeado asalto.
A las dos de la madrugada del 16, bajo un denso fuego de artillería y fusilería y en una noche sin luna, los enemigos que estaban más cerca arremetieron contra el pabellón de Bótsaris arrojando granadas de mano hacia el interior del recinto. Ocuparon el túmulo elevado como protección delante del bastión y empezaron a disparar febrilmente desde allí; tampoco descansaba el fuego de los morteros. Comenzó entonces desde dentro un fuertre fuego de artillería y fusiles y, en la oscuridad de la noche y dentro de la densa humareda provocada por la pólvora, no se distinguía sino el destello del incesante disparar y de las bombas y granadas que explotaban. Generalizada la lucha, llegaron ocho batallones de árabes en ayuda de los que luchaban en el baluarte y las hostilidades duraron toda la noche. Al salir el sol, cambió la posición de los combatientes. Poseída de ardor guerrero, la guarnición salió de la plaza, cayó espada en ristre sobre los enclaves contrarios y los enemigos amontonados detrás del bastión, cubrió de cadáveres enemigos la zona, hizo algunos prisioneros, se llevó banderas, innumerables útiles de fortificación, multitud de armas y otros instrumentos, alejó a todos los enemigos y volvió triunfante y cargada de botín. Ibrahim, al ver lo que ocurría, salió de su tienda en la ladera y bajó al campo de batalla, confiando en que sus desmoralizadas tropas atacaran de nuevo; atacaron y tomaron el bastión, pero los griegos encendieron un pequeño túnel preparado de antemano y mataron a muchos; los que se libraron huyeron aterrados, pero la guardia del sátrapa no sólo obligó a volver a los en fuga a golpe de látigo, sino que llevó a más desde otros sectores al campo de batalla. Así fue como se volvieron a amontonar por tercera vez los enemigos en el bastión; pero, al ponerse el sol, los griegos efectuaron una nueva salida y cayeron sobre el montón matando, dispersando y persiguiéndolos hasta sus atrincheramientos; unos, en la oscuridad de la noche, fueron juntos y disparando hasta la segunda paralela; otros derribaron las obras de los enemigos más cercanas al fuerte, volviendo a la ciudad habiendo acopiado de nuevo cantidad de armas con bayoneta, municiones y botín variado. El enemigo, tembloroso por todo lo que le había pasado, dejó de cañonear, mientras del otro lado los nidos de artillería griega no paraban en toda la noche. Los árabes, como súbditos 232


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y regulares que eran, desplegaron suma obediencia a sus mandos, pero en el combate se mostraron muy cobardes: a menudo, aterrados sólo por los alaridos con que los griegos acompañaban el asalto, entregaban sus fusiles con bayoneta gritando: “¡Amán, capitán!”. No está claro el número de víctimas enemigas, pero fue elevado. De los griegos murieron 17 y fueron heridos 11, entre ellos el jefe bandolero Sultanis.
Terminada la batalla Kütahi, que contemplaba plantado a lo lejos con regocijo lo que sucedía, hizo una visita a Ibrahim: “¿Piensas hoy –le dijo– lo mismo que pensabas ayer sobre el vallado?” “Hoy he aprendido –respondió Ibrahim– que era verdad lo que dijiste, y hago votos por que podamos cumplir unidos lo que no podemos ni tú sin mí ni yo sin ti.” “Estoy dispuesto a colaborar –repuso Kütahi– si escribes a Constantinopla que tienes necesidad de mi colaboración.” Obedeció solícito Ibrahim y, desde entonces, los dos ejércitos actuaron juntos en la toma de la ciudad.
Concurrieron en la reconciliación dos personalidades importantes, enviadas para ello desde Contantinopla una vez conocido el desacuerdo.
Entre tanto, el fracaso de las operaciones enemigas por tierra obligó a Ibrahim a concentrar toda su atención en la laguna y, con tal objetivo, el 17 de febrero se botaron en ella 32 esquifes de muchos remos y sin velas, todos de construcción ligera a causa de la falta de profundidad de las aguas, y esta flotilla se lanzó contra la isleta de Skyla, cubierta por la batería emplazada en la ribera de enfrente. En la misma fecha, los 45 barcos que habían zarpado días antes hacia Metona volvieron a Patras con tropas y vituallas. El 19, la flotilla dio una vuelta por Prokopánistos y volvió el mismo día a Skyla. Al día siguiente, unos esquifes bombardearon Vasiladi, otros sondaron las aguas de Klísova. El 22 salió de la bahía de Patras el barco a vapor del enemigo remolcando balsas y lanchas y, la tarde del mismo día, entraron por el Corte de Prokopánistos cinco balsas y nueve lanchones. Al día siguiente entraron otras tres balsas y nueve lanchones, cerrando con ellas estrechamente todos los pasos de la laguna, en la que permanecía la flotilla enemiga.
Una vez que Ibrahim dispuso de este modo lo referente al mar, ordenó a Husein Bey, recién llegado de la provincica de Gastuni al campamento enemigo frente a Mesolongui, que se movilizara para tomar Vasiladi. Allí había 14 cañones, 2 de ellos de 18 libras y el resto de 12. Los defensores eran 80: 60 fusileros a las órdenes de Spyros Petaludis y 20 artificieros al mando de Anastasis Papalukás y del italiano Giacumuzi. El 25 por la 233


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noche, 40 esquifes tomaron tropas en Aspri Haliki y amanecieron frente a Vasiladi, guiados por dos balsas; cada una de las lanchas llevaba un cañón ligero y 30 combatientes árabes, y cada una de las balsas un mortero; simultáneamente, por fuera de la laguna pusieron proa a Vasiladi 18 botes de la escuadra y una chalupa llevando a bordo un mortero. Dio comienzo la batalla y duró hasta la tarde, cuando cayó una bomba sobre Vasiladi y se incendió el saco de cartuchos para los cañones. La confusión se apoderó de la guarnición y los árabes, viendo la ocasión propicia y empujados por los oficiales, pusieron pie en el islote; unos defensores murieron, entre ellos Petaludis, Spyros Razís y Asimakis Zorpás, y otros se arrojaron al mar, siendo aprisionados cuatro; también hubo muchas bajas turcas.
Tras apoderarse de Vasiladi, el enemigo volvió su atención a Anatolikón.
Esta ciudad era frecuentemente atacada durante el sitio de Mesolongui, pero una vez que el enemigo decidió controlar la laguna, la guerra contra ella se volvió más dura y tropas enemigas ocuparon distintas posiciones enfrente.
El 26, el enemigo se movilizó por tierra y por mar para adueñarse de Dolmás, un islote de una milla de perímetro a una hora de distancia de Anatolikón y a media hora de Finikiá. Frente a él, al este hacia la posición de Finikiá, instaló el enemigo tres baterías y, sobre ellas, 18 cañones y morteros que disparaban sobre Dolmás. En aquella posición se reunieron dos mil hombres para desembarcar en el islote, pues la distancia es apenas de veinte pasos y las aguas, vadeables. En Dolmás había sólo una batería y 200 combatientes al mando de Liakatás. Mientras el islote era combatido desde Finikiá, también era cañoneado por los esquifes enemigos. Los defensores dieron grandes muestras de valor, luchando todo el día y rechazando los embates enemigos por mar y tierra; en trescientos se calculó el número de enemigos muertos o heridos; allí murió el conocido Sévranis. Pero casi todos los griegos murieron en la lucha, y los enemigos poseyeron la isla por la noche. El día que era hostigado Dolmás, salieron de Mesolongui en un movimiento de diversión 500 al mando de Tsavelas, mas fueron rechazados y volvieron a la ciudad con la cabeza de un europeo y la de un comandante turco.
Habiendo caído Dolmás, no quedaba esperanza de salvación para Anatolikón. Felizmente, el enemigo creía que esta ciudad tenía, como antes, suficiente guarnición, aunque tenía muy poca. Habiendo entrado los esquifes al interior de Dolmás, los enemigos marcharon al día siguiente contra Anatolikón, unos por mar otros por tierra. Cuando se acercaban, vieron a gente navegar desde la ciudad portando bandera blanca; al enterarse 234


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de que venían para un acuerdo, los condujeron hasta Ibrahim y no siguieron avanzando. En un principio, Ibrahim ofreció garantía de vida y honor a todos salvo uno (sin nombrarlo), pero al final consintió en que cada uno conservase 100 grosia de sus bienes y su vestido más caro. Ratificó estas condiciones después de acceder a que los de Anatolikón fueran trasladados a Arta y prometer que los alimentaría durante un mes. En estos términos, que fueron respetados, fue entregada Anatolikón. A la salida de los acogidos al pacto, los enemigos ocuparon el embarcadero y los iban cacheando y despojando de lo que llevaban que no fuera lo acordado. Mientras hombres y mujeres –tres mil en total– fueron saliendo sin sufrir vejaciones, una bella joven fue rodeada de repente en el momento de salir y llevada a la tienda de Ibrahim. Esta joven era la persona excluida del acuerdo. Además, Kütahi mantuvo consigo a algunos notables de aquellas zonas y los trató bien.
La caída de Vasiladi, que había resistido con éxito durante toda la guerra, vaticinaba el negro futuro de Mesolongui. Como hemos visto, el capitán pashá había pedido la mediación de un capitán inglés para un acuerdo con la guarnición de Mesolongui. Adam, alto comisionado de las Islas Jónicas, suponiendo que el capitán pashá tenía aún entonces la misma disposición y en la seguridad de que en adelante era vana toda esperanza de resistencia con éxito por parte de la guarnición y de que un acuerdo honroso era el único medio de salvación, fue por propia iniciativa a Kryoneri después de la caída de Anatolikón, pero no encontró tan buena acogida como entonces en el capitán pashá, pues éste veía que, cortada toda comunicación entre la laguna y el mar, la caída de la ciudad era inminente. Habiendo regresado el alto comisionado sin lograr nada, Kütahi e Ibrahim, después de evitar cualquier entrevista con él, enviaron un hombre a los sitiados conminándoles de palabra a prosternarse. “Moriremos antes que prosternarnos”, replicaron ellos. Al recibir esta respuesta oral, los pashás les propusieron de nuevo por escrito, el 21 de marzo, entregar la plaza y retirarse todos sin armas o, si lo preferían, quedándose los naturales conservando sus propiedades.
“Ocho mil armas ensangrentadas no se entregan”, respondieron entonces por escrito los sitiadosat.
Una vez caído Anatolikón, el enemigo volvió sus fuerzas contra Klísova.
Este islote, de 300 pasos de perímetro, está a media hora de Mesolongui por el sur. Posee una iglesia con la advocación de la Santa Trinidad; los griegos habían erigido baluartes en círculo en la azotea; levantaron un dique sobre la isla y emplazaron en él cuatro cañones. Cien fusileros y veinte artilleros eran 235


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los defensores y cumplía las funciones de jefe Panayotis Sotirópulos; también defendía el islote una pequeña embarcación mandada por Konstandinos Trikupis. Una vez que conferenciaron los dos pashás sobre la operación planeada contra Klísova, asumió la lucha Kütahi y, el 25 de marzo por la mañana, llevó personalmente en botes delante del islote a dos mil osmanlíes y albanos. Antes que ellos llegó Kitsos Tsavelas con 11 soldados; así que los defensores de Klísova en tierra firme eran en total 131 y, por mar, la tripulación de la embarcación de Trikupis. Tras la llegada de Tsavelas, se cortó toda comunicación entre la ciudad y la isla. Los enemigos, cuando llegaron a donde las aguas no eran navegables, se tiraron al mar y, parapetados detrás de los esquifes, los empujaban hacia delante disparando los cañones y fusiles.
De esa forma pusieron pie en el islote y, luchando, obligaron a los del dique a abandonarlo y a concentrarse dentro de y sobre el tejado de la iglesia; pero desde allí la fusilería era tan mortífera entre el enemigo, que los desembarcados tuvieron que dejar el dique, batido por el fuego procedente del tejado de la iglesia, y arrojarse al mar. En vano intentaron los oficiales, por la persuasión o por la fuerza, encorajinar a los soldados y hacerlos volver al islote. Incluso el orgulloso Kütahi se arriesgó, para animarlos, y fue herido en la pierna; pero sus soldados, sordos a su voz y ciegos a su ejemplo, embarcaron en los esquifes, se alejaron y volvieron al campamento.
Rebosante de alegría por el fracaso de su rival, Ibrahim asumió la lucha, dio órdenes e inmediatamente subieron en esquifes tres mil árabes; llamó a Husein Bey, el conquistador de Vasiladi, y le dijo: “Llegó la hora de demostrar cuán superiores somos a los demás”; y, dicho esto, lo abrazó y le encomendó la misión. Husein Bey rodeó con los suyos todo el islote; los defensores tuvieron que abandonar de nuevo el parapeto y hacerse fuertes dentro de la iglesia y en la azotea. Dado su escaso número estaban a punto de ser barridos, pero los salvó un disparo magistral de Sotirópulos. Éste, observando que los enemigos obedecían y temían en especial a uno de los oficiales, hizo dos disparos sobre él y lo mató; el muerto era Husein Bey y, caído él, los enemigos quedaron perplejos y, mientras unos se refugiaban en los esquifes, otros los empujaban y ponían a flote, huyendo hacia Klísova; contraatacaron entonces desde la iglesia y el tejado y, yendo al frente Tsavelas, cuya espada partió en dos al poco rato un sablazo enemigoau, tomaron la batería y destrozaron a los enemigos a tiros de cañón o fusil.
Cerca de mil cadáveres se bamboleaban entre las olas.
Todo combatiente de Klísova se portó sencillamente como un héroe: 236


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la lancha de Trikupis, que llevaba un único cañón de tres libras y luchaba en medio de tantas cañoneras enemigas, fue hundida a cañonazos, pero los tripulantes, caídos al mar y bajo el chaparrón de las balas enemigas, nadaron hacia la isla. En el transcurso de esta horrible pugna, en Mesolongui hubo muchos que se atrevieron a correr en ayuda de la pequeña guarnición de Klísova pero, por culpa del cerco al que sometía a la isla la flotilla enemiga, sólo pudieron pasar dos canoas con víveres y municiones, la de Rápesis y la de Petros Galiotos; la primera llegó bien, pero la de Galiotos la partió en dos un cañonazo cuando estaba apunto de llegar y los que iban en ella se tiraron al agua y se salvaron, entre ellos Kostas Drosinis y Yoryis Konstandinu Valtinós; en esta aventura sólo perdió la vida Galiotos.
Tanto en esta batalla como en muchas otras, según hemos visto, se mostró irreductible el valor y la resolución de la guarnición de Mesolongui, pero el hambre, que doblega todo valor y resistencia, empezó a dar muestras de todos sus estragos. Mirando al mar, por el cual esperaban como otras veces el remedio del mal, los sitiados no veían más que enseñas enemigas y sólo revivían confiando en la rápida llegada de la flota griega; pero no había dinero para movilizar la flota ni para la compra y envío de vituallas y municiones.
Debido a esta acuciante necesidad y a petición de los cabecillas enviados por la guarnición de Mesolongui, se publicó una ley de 16 de febrero sobre venta de bienes nacionales, es decir, de tierra cultivable o no, viñas, viñedos, olivares, huertas y árboles de todo tipo, por un valor de 800.000 dólares españoles107. Pero hacía falta tiempo para cumplir dicha ley, mientras que el peligro apremiaba. No había compradores dispuestos, por el peligro general que corría la patria y la no legalidad de la venta. Por todo ello, los recursos eran escasos, y gobernantes y gobernados fueron convocados a una contribución voluntaria. Se escuchó la voz del peligro, el tesoro nacional dio todo lo que tenía y así, el 19 de marzo, salieron algunos barcos de Hydra al mando de Miaúlis y, tras ellos, otros de Spetses y Psará. La flotilla, de 30 barcos, llevaba también a los enviados de la ciudad, a los que se había dado 230.000 grosia para las necesidades de aquélla. Pero nunca zarpó una flotilla griega tan desequipada: muchos de los barcos no tenían más de 20 marineros. Mientras tanto la armada enemiga, informada por sus vigías a la altura de Zacinto de que la flotilla griega había aparecido el 31 de marzo por aquellas zonas, salió del golfo y estuvo circulando entre las Equínades y el 107
Moneda de a 8 reales, lo que se viene llamando dístilon (pl. dístila).
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Papas. Los griegos navegaron al día siguiente hacia Petalás.
Aunque el enemigo dominaba todos los accesos conocidos a la laguna y los vigilaba día y noche, había uno sin vigilar, estrecho y oculto, por el que pasaban a veces pequeñas embarcaciones procedentes de Petalás. Por él fue llevado el 1 de abril, desde la ciudad a la nave capitana, el ex-jefe de la guarnición de Vasiladi, Papalukas; era portador de una carta para Miaúlis en la que la junta de gobierno explicaba la cruda situación de los sitiados por la falta de alimentos y le proponía enviar todos los que traía por este acceso, guiado por Papalukas. Se cargaron los víveres en seguida y los botes que los portaban se pusieron en movimiento a la noche siguiente; salieron también los barcos que había en Petalás, unos hacia el cabo Papas y otros hacia Mesolongui; pero, en mala hora, los botes se encontraron inesperadamente en el paso con una guardia enemiga, lucharon, perdieron y volvieron a sus barcos con las vituallas. El 3 de abril, 20 de los barcos al mando de Miaúlis y 65 enemigos, entre éstos 15 fragatas y corbetas, entablaron combate; murieron o fueron heridos 30 griegos y ardió un brulote, pero todo en vano: la batalla naval, los caídos griegos y el brulote. Miaúlis, teniendo a la vista la crítica situación de la guarnición, no se acobardó por el escaso número, la impotencia y el fracaso de la flotilla, ni se alejó del campo de batalla, pero sus tentativas no prosperaron. Aunque hubiera abierto el puerto, habría necesitado muchas embarcaciones para dispersar las 70 del enemigo que transitaban y vigilaban por la laguna, cuando no tenía más que los botes de su flotilla; así que todo eran estrecheces. ¿Cómo podría el historiador no lamentar la imprevisión de los gobernantes de Grecia en ese momento? No era la falta de alimentos la que llevaba a la guarnición de Mesolongui al último extremo de abatimiento, sino la falta de previsión del gobierno. Durante el sitio de Mesolongui, hubo tres expediciones por mar para socorrerla, cuando bastaba una sola y sólo para llevarle lo necesario.
Hemos visto que se abrió y permaneció abierto mucho tiempo el puerto de Mesolongui, de manera que todo lo que se gastó para nada en la segunda y en la tercera expedición marítima, sólo eso habría bastado para proveer por mucho tiempo todas sus necesidades, si lo hubieran enviado en la primera, y toda la fuerza en contra de Grecia se habría consumido ante las puertas de la ciudad, porque la guarnición, gracias a su valor invencible, sólo temía al hambre; la lucha de esta ciudad habría decidido por sí sola el destino de la guerra nacional; e Ibrahim, el destructor del Peloponeso, habría sido el destruido. Sabemos que este audacísimo sátrapa, a su vuelta a Neókastro 238


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tras la caída de Mesolongui, dijo a de Rigny, que había venido a visitarle para preguntarle sobre su campaña: “¿Ves cómo se funde aquella nieve? –y señalaba un pico nevado– Pues de la misma manera nos habríamos diluido nosotros si la guarnición de Mesolongui hubiera tenido comida para tres semanas más.” Tan mal lo pasaron los enemigos en la batalla de Klísova y tanto habían desesperado de apoderarse de la ciudad, a no ser por el hambre.
Veamos ahora el último acto de esta gran tragedia.
La comida habitual se había agotado hacía días, y afortunados se consideraban los que en la ciudad encontraban carne de animales repugnantes. Los cangrejos y otros ejemplares de la fauna lacustre se adquirían muchas veces a cambio de sangre, por culpa de las embarcaciones enemigas que merodeaban junto a la ciudad. Los sitiados –en harapos, famélicos, resecos y en los huesos por el hambre y las privaciones– estaban irreconocibles y, muchos, fantasmales. A menudo caían al suelo desmayados, a causa de la inmundicia de la comida o de la completa privación de ella; enfermos y heridos carecían de toda atención médica; los cadáveres yacían en las calles y los vivos aspiraban su hedor. Aun con tantos sufrimientos, se resignaban con la esperanza de que la flota griega les ayudara abriendo una vez más el definitvamente bloqueado puerto de la ciudad. Pero cuando se cercioraron de que toda su lucha era inútil y de que tampoco estaba abierto el canal desconocido de la laguna, porque los enemigos lo habían descubierto, perdieron toda esperanza y, decididos a salir espada en ristre, enviaron de noche a dos hombres vestidos de albaneses y albanoparlantes hacia los caudillos de fuera, que estaban entonces en Plátanos de Kravvara, informándoles de que planeaban salir la noche del 10 de abril, por lo que pedían que les cubrieran la retirada. Solícitos con la petición de sus camaradas, los cabecillas respondieron que, para que saliera bien su intentona, en la noche señalada quinientos de ellos estaban dispuestos a caer sobre el campamento de Kütahi en los Molinos, otros quinientos sobre el de Ibrahim en Trilángada y otros quinientos a esperar en Chilia Spitia llevando muchas reses para los enfermos, los heridos y los débiles. Advirtieron que no salieran antes de que ellos atacaran los dos campamentos enemigos. La guarnición recibió la respuesta y se preparó para el éxodo; hizo tres plataformas anchas de madera y, tras perforar la muralla, las colocó sobre el foso, delante del cangrejo y los baluartes de Bótsaris y Makrís; el enemigo no las veía porque las tapaba el antefoso.
Por aquellos días había más de nueve mil almas en la ciudad, pues 239


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después del traslado del campamento de Kütahi se creía que el sitio había terminado y muchas familias que se refugiaron en Kálamos al empezar el asedio habían vuelto, lo cual motivó además que se acabaran antes las reservas. De entre los que se hallaban en la ciudad, los combatientes eran dos mil quinientos, muchos de ellos en malas condiciones; el resto eran trabajadores, mujeres, niños, ancianos y enfermos. Todos ellos, portadores o no de armas, teniendo ante sí la muerte, habían cumplido con todo lo que la religión prescribe para el trance final y quemado muchas cosas de las que no podían llevar consigo.
Por fin llegó el 10 de abril. Muchos estaban postrados en la cama; de ellos, los que no podían moverse se veían obligados a esperar la muerte por degollamiento en el lecho, y los más fuertes –dentro de lo que cabía– se atrincheraron en las casas más resistentes, donde había municiones, con el objeto de luchar hasta el último aliento y después prenderles fuego.
Junto a ellos se quedaron muchos parientes cercanos que no soportaban la separación y prefirieron morir luchando a su lado. Entre los que se quedaron, también los había que, animados por las victorias habituales durante el sito, esperaban que aquella intrépida guarnición, atacando en masa todos a una, haría huir a los sitiadores y libraría a la ciudad de su horrible destino.
Al ponerse el sol, se oyeron descargas de fusilería en la cima del Zygós, por la parte de San Simeón. Este tiroteo quería decir que ya había llegado la ayuda exterior y puso en movimiento a la guarnición para la fuga, pero también alertó al enemigo, que al mismo tiempo supo lo que planeaban por un desertor extranjero. A eso de la segunda hora de la noche, dada la señal, se reunieron la guarnición y la gente, sin hacer ruido en la medida de lo posible, donde habían extendido poco antes las plataformas; la mayoría de las mujeres iban vestidas y armadas como hombres; también empuñaban armas todos los niños que podían llevarlas; aquella noche, la luna iluminaba claramente el horizonte. Los reunidos se dividieron en tres grupos bajo la dirección, respectivamente, de Notis Bótsaris, Kitsos Tsavelas y Makrís; mientras, se hacía el cambio de guardia según lo acostumbrado, para engañar al enemigo. En primer lugar salieron mil de la guarnición y se apostaron en silencio bajo el antefoso; después salieron los no combatientes, pero empujándose con tanto desorden sobre los puentes, que muchos cayeron dentro del foso; finalmente salieron los demás combatientes; pero muchos mesolonguitas tardaban en salir a causa de sus parientes gravemente 240


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enfermos que se quedaban, a quienes daban y de quienes recibían el último adiós; a algunos ni siquiera les dio tiempo. Reunidos ya fuera de la ciudad, se mantuvieron quietos y esperando el comienzo del ataque por fuera, como se había planeado. Después de las descargas a la caída del sol, no se había producido ninguna otra por allí y los turcos, calculando que ya habían salido los griegos y estaban esperando detrás del dique, dieron comienzo al fuego de artillería y fusilería. Batidos por los disparos, se tendieron boca abajo para evitar el fuego que les arrojaban; pero cuando, después de un buen rato, vieron que no se hacía lo que estaban aguardando y que estaban siendo víctimas de un fuego mortífero, se levantaron y gritaron: “¡Adelante, adelante!” y avanzaron dando alaridos y animándose unos a otros. El grupo de Bótsaris tomó el camino de Bochori, el de Makrís el de Anatolikón y el de Tsavelas el de en medio; la idea era que se reunieran los tres grupos en las estribaciones del Zygós, en el viñedo de Razokótsikas, que está en el camino al monasterio de San Simeón, en lo alto del monte y a dos horas de Mesolongui; pero apenas habían avanzado, cuando de repente se oyó una voz diciendo: “¡Atrás, atrás!”; a esta voz, los mesolonguitas que cerraban la marcha –hombres, mujeres, niños y algunos forasteros, como Yorgos Tsavelas– dieron la vuelta, pero los demás siguieron avanzando como al principio y ni las dobles y triples trincheras y fosos del enemigo ni el incansable fuego contra ellos pudieron contener su impulso. Los turcos se veían forzados a retroceder ante su empuje y griterío. A media hora de la plaza, cayeron en medio de la caballería enemiga: los de Makrís y Tsavelas, en medio de la de Kütahi, formada detrás de su campamento; los de Bótsaris, en medio de la de Ibrahim, que había acudido desde Bochori para la ocasión. Los de Bótsaris y Tsavelas sufrieron pocas pérdidas, los de Makrís muchísimas. Una vez que pasaron, llegó cada grupo por su lado al pie del Zygós, es decir, a la posición que veían como punto final de la aventura, con el fuego de los griegos que aguardaban para protegerlos; pero en vez de amigos, encontraron gran cantidad de albaneses al mando de Musta Bey y sufrieron lo indecible, perseguidos hasta la misma montaña.
En la fuga murieron quinientos de la guarnición; todas las mujeres que iban, menos siete, y todos los niños, menos tres o cuatro, murieron o fueron presa del enemigo, unos durante el paso por las trincheras y por en medio de la caballería, la mayoría en las laderas; en el transcurso de la aventura no encontraron ninguna ayuda externa; sólo 50 soldados al mando de Drakos y Panomaras les llevaron a medianoche algo de comida.
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Los de Bótsaris, Tsavelas y Makrís marcharon de noche y amanecieron en la cima de la montaña, muy maltrechos a causa del sufrimiento, el hambre y el cansancio. Al día siguiente llegaron los más a Dervékista, aldea de Apókuro, donde no encontraron a ningún habitante para un mínimo auxilio; sólo algunos pequeños grupos de Kostas Bótsaris y otros cabecillas, que se justificaban de no haber podido correr a ayudarles por sus escasos efectivos y la aparición del enemigo. Los supervivientes se quedaron en la aldea todo el día; al siguiente se trasladaron a Plátanos de Kravvara, donde permanecieron 8 días, esperando a los que iban llegando de aquí o allá; después fueron a Sálona. Si estaban mal antes del éxodo, después del éxodo habían sufrido tanto y habían muerto tantos en el camino de hambre o fatiga que, hecho un recuento al llegar a Sálona, se halló que en total había 1300 supervivientes, cuando sólo los de la guarnición eran 2.500 en el momento de la fuga.
Peor y más mortífero fue lo que les pasó a los que se quedaron en la ciudad y a los que volvieron. Mientras salían de ésta la guarnición y sus acompañantes, entraban los enemigos. Cuando estaban entrando, toparon con los que en ese momento volvían al oír el grito de “¡Atrás, atrás!”; mataron a los hombres e hicieron prisioneros a mujeres y niños; sólo Yorgos Tsavelas y los suyos acertaron a salir por segunda vez por la carretera de la playa y, cayendo en medio de la caballería enemiga cuando regresaba a Bochori, murieron unos y sobrevivieron otros. Aquel grito letal para los que dieron la vuelta no fue proferido por labios malintencionados. Algunos de los que iban al frente en la salida creyeron obstáculos insalvables en su avance los atrincheramientos curvos del enemigo, como tumbas abiertas; por ello, prefiriendo como más gloriosa la muerte sobre la muralla en sus puestos artilleros, gritaron “¡Atrás, atrás!” y volvieron ellos también.
Al irrumpir en la ciudad, en primer lugar los enemigos volvieron el fuego de la muralla contra las casas y después se diseminaron para saquear, matar y hacer prisioneros. Toda la noche se oyeron disparos, gritos, lamentos, puñaladas y descargas. El gran polvorín debajo del baluarte de Bótsaris, primero en ser encendido por los griegos, derribó el pabellón matando a muchos enemigos; así mismo se hizo estallar el que daba al mar por el oeste, que destruyó hasta los cimientos la vivienda de al lado, donde había expirado Lord Byron; también volaron las casas en que se habían encerrado las víctimas y, en la explosión, saltaron por los aires griegos acorralados y enemigos intrusos, en confusa mezcolanza. Toda la ciudad fue ocupada 242


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aquella noche, excepto el Anemómylos (Molino de Viento), en el islote adyacente, donde se custodiaba gran cantidad de pólvora y que permaneció entero hasta el día 12, en que fue volado también por una chispa griega.
Después de los estragos que les infligieron los griegos en su agonía, los de Ibrahim y los de Kütahi se enfrentaron entre sí, matándose por los despojos, hasta que los de Ibrahim quedaron como únicos dueños de la ciudad y expulsaron a sus rivales, los de Kütahi. Los fallecidos más ilustres en la salida fueron: de los nativos, Anastasios Palamás, Petros Gulimís, Yoryos Farandos, Konstandinos Karpunis, Konstandinos Trikupis y Athanasios Razokótsikas, que ostentaba el mando general entre sus conciudadanos y se distinguió enormemente por su gran capacidad, inquebrantable valor e incansable celo; entre los demás, los cabecillas Sturnaris y Sadimas, el ingeniero Kokkinis, el suizo Maïer –redactor de las crónicas griegas–, los filohelenos alemanes Stilzemberg108, Dittmar; Deloney, Lutsov, Klemb, un polaco llamado Sipan y el obispo de Royí, Iosif. Este clérigo, que se distinguió durante todo el asedio por su ardiente patriotismo, no llegó a salir y, tras llegar a la muralla en el momento en que entraban los enemigos, echó un tizón a un contenedor de cartuchos que había por allí, se arrojó a él mientras ardía y fue decapitado a medio quemar. También murió en el éxodo Papadiamandópulosav. En el momento en que peligraba la ciudad, se había trasladado a Zacinto en procura de víveres; poco después el peligro llegó al máximo y sus amigos le aconsejaron no regresar, pero él volvió con sus compañeros y dijo a los que intentaban convencerle: “Me salvaré o moriré junto a ellos.” También es admirable el comportamiento durante la fuga y el fin de Christos Kapsalis, uno de los notables de la ciudad: la mañana de aquel día vio expirar a su compañera después de padecer una larga enfermedad, la abrazó sin verter una lágrima y, volviéndose hacia su hijo, que lloraba, le dijo: “No llores, hijo mío; más bien alégrate, porque tu madre ha muerto sin sufrir los rigores de la esclavitud a manos de los turcos. Escucha ahora las últimas palabras de tu padre: vete esta noche con los demás, intenta salvarte y no te preocupes por mí. Yo soy débil y de edad avanzada, no tengo ninguna posibilidad de sobrevivir en la aventura y prefiero morir en la ciudad a ser hecho prisionero en la huida”. Dicho esto, le dio un abrazo de despedida. El hijo se separó llorando del padre y se salvó en el éxodo. El padre, apoyándose en su bastón, recorrió las calles 108
Artillero mencionado al principio del capítulo LVII.
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llamando a los enfermos y ancianos para que lo acompañasen; muchos obedecieron, se encerraron juntos en el almacén de pólvora y, entonando marchas fúnebres o patrióticas, se inmolaron en holocausto cuando penetraron los enemigos.
Pero la ciudad de Mesolongui, que tanta gloria dio en vida a Grecia, iba a resucitarla en su caída porque, al demostrar a todo el mundo que griegos y turcos eran para siempre incompatibles e irreconciliables, aceleró el feliz término de la insurrección gracias a la intervención salvadora de las tres Potencias.
En mil novecientos se contaron los muertos por diversas causas en el sitio de Mesolongui. No está claro cuántos murieron a las órdenes de Kütahi porque, como antes dijimos, en los ejércitos irregulares no se observan listas, viniendo unos a su antojo y yéndose otros sin licencia; pero los combatientes regulares de Ibrahim, contados tras la toma de la ciudad resultaron 3.500, cuando los que fueron al asedio con él eran 8.000 según unos y 10.000 según otros. De tal cifra se infiere a qué precio se adquirieron las ruinas de la ciudad y de qué pasta se mostraron sus defensores.
Vamos ahora a un resumen de los sucesos.
Al irrumpir Kütahi en Grecia Occidental, todo el mundo doblaba la rodilla ante él. Sólo en Mesolongui alzaban la cabeza sin inclinarla por encima de la débil muralla, provocando más que temiendo al enemigo. Ante la ciudad confluyeron tropas de todas procedencias, numerosas y curtidas en la guerra; ensayaron formas variopintas y trabajosas de tomarla; con este fin fabricaron una alta montaña; atacaron intrépidamente la muralla muchas veces y por todos los medios y subieron a su misma cima espada en mano; pero siempre se encontraron con una guarnición imbatible y no consiguieron nada; después de magnos y terribles combates y sin reparar en derramamiento de sangre, resultaron derrotados y reinstalaron más atrás el campamento. La Puerta, desistiendo de cumplir el objetivo sólo con sus fuerzas mandadas por Kütahi, llamó en su auxilio a Ibrahim. Éste, ufano por lo que había logrado en el Peloponeso con su ejército regular y apoyándose en la ciencia poliorcética de los suyos, corrió solícito con mucha fuerza a donde fue requerido y, menospreciando en su orgullo a sitiadores y sitiados y llamando jocosamente valla a la muralla que había resistido con éxito los reiterados ímpetus de su rival Kütahi, se comprometió a tomarla él solo en quince días; pero, después de muchos intentos, mucho valor y muchos sinsabores, descubrió que la valla, defendida por tales hombres, 244


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era inexpugnable. Se unieron entonces los dos generales y unieron sus dos ejércitos, dejando a un lado sus rivalidades frente al enemigo común; desengañados de someter la muralla y a sus defensores incluso juntos, pusieron todo su empeño en adueñarse de la laguna y lo consiguieron en gran parte con una escuadra bien surtida y creando una pasable flotilla de embarcaciones ligeras. Pero 140 hombres, en un islote sin murallas ni foso ni provisiones, dejaron en ridículo a todas las fuerzas atacantes y llenaron las playas de cadáveres. Todo griego se enorgullece al pensar que la guarnición, llamada muchas veces a entregar las armas, siempre respondió: “Moriré, pero no entregaré mis armas bañadas en vuestra sangre”; y demostró con lo que hizo hasta el final que sentía lo que decía.
Entonces sobrevino el hambre, pero ni tan terrible enemigo pudo humillar su determinación y llevarlos al sometimiento. Para escapar a un exterminio seguro y para conservar su honra sin tacha, llevaron a cabo la acción más arriesgada y gloriosa: a la luz de la luna llena y bajo un fuego incesante, hombres, mujeres y niños espada en ristre atravesaron zanjas, trincheras, líneas de artillería y tropas regulares e irregulares que sabían de su salida y se habían agrupado para aniquilarlos.
La firmeza de estos hombres, inquebrantable en los rigores de un asedio de doce meses; su empuje irrefrenable en los ataques; su valentía insuperable; y la decisión de morir antes que rendirse, maravillaron y atemorizaron a sus propios enemigos, que reconocieron que sus ejércitos se habrían disuelto de mala manera si el asedio hubiera durado tres semanas más. Así fueron los héroes cuyas proezas, las más gloriosas de todas a lo largo de la guerra y no inferiores a ninguna de las cantadas en los asedios de la Antigüedad y en los posteriores, fueron dignamente celebradas por el verso de los poetas, la elocuencia de los oradores y la aclamación de los pueblos.
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1825-26 CAPÍTULO LIX FRACASO DE LAS OPERACIONES GRIEGAS PARA LA TOMA DE TRIPOLITSÁ Y DE CARISTO Y PARA EL SAQUEO DE BEIRUT.- EXPEDICIÓN A EUBEA DEL EJÉRCITO REGULAR DE FABVIER. SU FRACASO.- MATANZA DE LOS JENÍZAROS E INTRODUCCIÓN DELSERVICIO MILITARALAEUROPEAEN EL ESTADO OTOMANO.-
Mientras Ibrahim se afanaba en la toma de Mesolongui, Kolokotronis hacía lo mismo en la de Tripolitsá, donde quedó poca guarnición.
Para observar la situación real de la ciudad, a finales de noviembre de 1825 entró arriesgadamente en ella Ioannis Filimon, so pretexto de doblegarse; fue bien recibido, permaneció dos días y, con la excusa de instigar a otros al sometimiento, salió ileso y refirió lo que había visto.
Una gran movilización militar había sacudido todo el Peloponeso para la consecución de este objetivo y, a finales de año, se reunieron ante Tripolitsá cinco mil peloponesios que, divididos en tres cuerpos, marcharon hacia la ciudad a medianoche del 27 de diciembre, llevando escaleras para la subida; esperaban que el asalto fuera imprevisto, pero se equivocaron, pues los turcos habían sido informados previamente y estuvieron en vela haciendo rondas por las almenas mientras se aproximaba el primer destacamento, mandado por Plaputas y Nikitas; les gritaron: “¡Os hemos visto, romiós!” y los hicieron volver atrás al primer grito. Sólo se quedaron los aproximadamente 250 vecinos de Tripolitsá, a los que sorprendió el día cerca de la ciudad; salieron contra ellos 300 a caballo y a pie y los pusieron en fuga después de matar a 28 y hacer prisioneros a 3. Los victoriosos perseguidores siguieron hasta la aldea de Mantsarás, donde había algunos del segundo cuerpo, el de Yenneos y Tsokris, espantándolos también, y poco faltó para que cogieran vivo a Agalópulos, que estaba con ellos y cayó del caballo. Después de este fracaso, dos mil peloponesios a las órdenes de Nikitas, entre otros, ocuparon Makryplayi para obstruir el paso de víveres 247


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desde las fortalezas mesenias hasta Tripolitsá.
Cierto tiempo antes había llegado hasta el gobierno griego un enviado del emir-visir del monte Líbano para establecer relaciones con Grecia, pero no tenía forma de demostrar su misión, porque en el camino había pasado por muchas peripecias y perdido su salvoconducto, según decía. Con este motivo, el gobierno envió hacia el emir a Grigorios, prelado de Eudokia, para informarse sobre este envío y animarlo a separarse de su soberano. El emir recibió amistosamente al clérigo y prometió hacer una expedición si el gobierno griego mandaba una fueza naval a las costas de Siria; pero, a causa de las terribles circunstancias de Grecia, la fuerza no se envió y el plan no se puso en práctica.
Comenzando marzo de 1826, Chatsí-Michalis fletó algunos barcos a sus expensas, agregó a sus filas a Vassos y Kriezotis y, zarpando los tres con 800 hombres rumbo a las costas de Siria, no para conseguir una alianza sino para piratear, irrumpieron de improviso en Beirut, siendo derrotados y obligados a salir sin fruto y maltrechos. Mientras estaban acampados fuera de la ciudad y planeaban probar fortuna en otra parte, bajó de repente una gran fuerza del emir con la misión de alejarlos, si venían como piratas, o tenderles la mano si venían como aliados según el plan anterior. ChatsíMichalis respondió que venían como aliados pero, por lo que habían hecho, no fueron creídos y tuvieron que zarpar como malhechores; desembarcaron en Chipre y, luego de causar daños en aquel lugar, volvieron a Syra.
Mientras tanto, el ejército regular griego aumentaba y mejoraba gracias a la colaboración del gobierno y la incansable dedicación del nuevo general, Fabvier. Este filoheleno, a causa de la enfermedad reinante en Nauplion entre otras razones, trasladó el cuerpo a Atenas el 5 de octubre de 1825 para entrenarlo, dejando un batallón en Nauplion como guardia del gobierno.
Fabvier fue objeto de un excelente recibimiento por parte de los atenienses y del general Guras, alistándose muchos vecinos como reclutas; el propio Guras recibió un instructor y se puso el traje de simple regular.
Siguieron su ejemplo otros cabecillas que estaban allí, como Makryyannis, Mamuris y Rukis. Diariamente acudían reclutas de otros lugares, principalmente de las islas del Egeo, a los cuales prefería Fabvier antes que a los ya veteranos, pues decía que era mejor inscribirlos en limpio que en una ficha ya emborronada. No habían pasado tres semanas desde su llegada a Atenas cuando, por apremiante orden del gobierno, fue trasladado a Spetses, donde se decía que Ibrahim planeaba un desembarco. Permaneció 248


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allí 40 días y, cuando se extinguió toda sospecha de desembarco, volvió a Atenas. Tanto había aumentado su ejército, que a finales de 1825 contaba con 3.700. Además del estamento regular, Fabvier organizó bajo la dirección de Mamuris, Dimitris Lekkas y Stefos Servos unas pequeñas unidades llamadas de los cruzados, porque los soldados llevaban una cruz cosida sobre el pecho; sólo debían estar presentes en la revista general de la tropa regular. Mientras quedaban remanentes del empréstito inglés, el gobierno los empleaba solícitamente en la subsistencia y mantenimiento de las tropas de Fabvier, pero este ejército corría el riesgo de ser disuelto o convertirse en irregular. Para evitar este mal y beneficiar a la patria, el general decidió hacer una campaña, procurándose por medios externos lo necesario para subsistir; y, después de meditar ampliamente sobre el lugar más adecuado, salió en expedición hacia Eubea el 12 de febrero, ya que muchos sostenían que allí era muy fácil obtener alimentos y la isla se podía tomar bien. La fuerza acompañante estaba formada por el primer batallón, dos escuadrones de caballería, 80 jinetes sin montura, una columna de artillería con cuatro cañones de montaña y 120 artilleros, y 700 cruzados; así pues, los expedicionarios eran 2.750 en total. Este ejército pernoctó el 14 en Aniforiti; el general fue por la noche a inspeccionar Kara-Baba, con la esperanza de tomarla de improviso; pero, convencido de que no era realizable lo que deseaba, renunció a su plan y, al día siguiente, trasladó su ejército a Oropo, el otro a Kapandriti y el siguiente a Maratón y Vranás, donde permaneció 15 días esperando los barcos que habían de transportar las tropas. Mientras estaba allí, publicó el 20 un bando por el que se bloqueaba el litoral de Eubea y Volos y envió para reforzarlo la goleta al servicio de los regulares, que trajo al poco tiempo un rico botín. Durante la estancia de quince días, el ejército sufrió física y moralmente por falta de alojamientos y otras necesidades en tiempo de invierno, y por la insalubridad de la región; enfermaron muchos, murieron unos pocos y desertaron bastantes. Fabvier hizo traer a otros de Atenas para completar y, como no aparecían los barcos que se aguardaban y perder más tiempo era perjudicial, embarcó su ejército en cuantos esquifes encontró cabotando por las costas del Ática y lo desembarcó el 2 de marzo en Stura, donde pasó la noche sin hallar la acogida que esperaba. Los vecinos de aquellas zonas habían padecido mucho en las campañas anteriores y se diseminaron, temiendo volver a sufrir lo mismo. Al día siguiente dejó allí dos compañías y salió hacia Caristo, guardada por 600 turcos, tomando los huertos que distan un 249


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cuarto de hora de la fortificación. El primer batallón se posicionó en la parte sur de ésta, el resto del ejército al oeste del arrabal. El 5 de marzo, cuatro compañías de infantería y los cuerpos ligeros se aproximaron a la puerta de la ciudad y la cañonearon, pero al poco tiempo se partieron los ejes de las cureñas y el general ordenó la retirada. Animados por ello, los enemigos se lanzaron a apoderarse de los cañones y sembraron la confusión entre los soldados, pero gracias a la presteza del capitán Verentier, fracasaron y acabaron maltrechos. Entre tanto Fabvier, observando que el fortín no era tan fácil de expugnar como esperaba y que se necesitaba un asedio regular, emplazó una batería frente a él en lo alto de una loma en la parte sur y, como no disponía de cañones de asedio, colocó dos pertenecientes a un barco y adecuados para su objetivo. La primera compañía se quedó donde estaba, el resto del ejército se hizo fuerte en la cercanía del arrabal.
Dos compañías se situaron en la parte norte de la fortaleza, de forma que ésta era sitiada por todos lados; también se cortó el agua corriente. Para un asedio más estrecho, Fabvier ordenó la toma al asalto de todo el arrabal y, el 12 al despuntar el día, Andrietis con la IV compañía, Verentier con la VI y Karpos con las tropas ligeras atacaron el suburbio y se adueñaron de sus casas, excepto las contiguas a la fortificación; pero sucesivos ataques de dos horas contra las casas dominadas por el enemigo y protegidas por el fuego de la fortaleza no sólo concluyeron en nada, sino que además causaron un grave daño. Las dos primeras compañías perdieron la mitad de sus efectivos y a casi todos sus oficiales y suboficiales: fueron heridos los capitanes Andrietis, Verentier y el subteniente Karatsás, muriendo el capitán Pissa; graves pérdidas sufrieron también los batallones de cruzados, siendo herido su capitán, Stefos; y mucho soportaron también los batallones venidos como auxiliares. Después de estas calamidades, los enfermos y heridos fueron enviados a las islas, para ser curados, y el resto se trasladó a Lykórrema, una posición costera frente al islote de Petalii donde había antiguos atrincheramientos, popularmente llamados fuertes de Kriezotis109 y que habían servido muchas veces de refugio. Pero la trabajosa marcha por impracticables lugares y la carencia de medios aumentaron los desastres que habían provocado el 12 la paralización del ejército, no acostumbrado a tales pruebas a causa de su bisoñez. Llegado a Lykórrema a eso de medianoche, el ejército empezó a equipar aquellas antiguas fortificaciones; 109
Se trata de una colina cerca de Calcis.
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su infatigable general, después de establecer diversos puestos de guardia, iba y venía radiante entre los decaídos soldados, animándolos y trabajando con ellos; pero apenas se elevó el sol del día 13, apareció de pronto la caballería enemiga y, atacando a la vanguardia, que estaba durmiendo, destrozó a siete lanceros y al suboficial y avanzó contra el campamento griego, con el refuerzo de algo de infantería. Fabvier, al observar el escaso número de este pelotón enemigo, ordenó a tres compañías y a las secciones ligeras que cargaran y, tras un corto tiroteo, hicieran como que se retiraban; y a la caballería que se emboscase detrás de una pequeña loma y no cayera sobre el enemigo hasta que llegara a cierta vaguada, en persecución de los que huían. La infantería cumplió exactamente las órdenes, pero algunos de la caballería se lanzaron antes que los enemigos bajasen a la vaguada. Esta acción a destiempo delató la estratagema y los enemigos no siguieron avanzando, sino que se quedaron en lo alto de una colina abandonada por los griegos y se hicieron fuertes en ella; al poco llegó Omer Pasha con todo el ejército. Eran dos mil infantes y cuatrocientos jinetes. Los de a pie acamparon enfrente de las trincheras griegas y al poco tiempo atacaron, pero sufrieron daños y fueron rechazados por los cuerpos de infantería, que por orden del general salieron de los fosos y cargaron valiente y victoriosamente contra el enemigo; la caballería había recibido la orden de no moverse, ya que no era decisiva por su escaso número; pero, al ver que los enemigos eran rechazados y se retiraban, atacó desordenadamente y, conducida por el oficial Imbrochoris (en ese momento no estaba el jefe de la caballería), no dejaba de perseguirlos. Los turcos, al observar que los caballos no llegaban a 100, dieron la vuelta y los rodearon. Entonces se entabló un duro combate ecuestre. Mientras, el jefe se había incorporado y, al ver que los suyos peligraban, atravesó al galope la línea enemiga y llegó a donde la batalla para animar a sus escasos jinetes. Como la caballería enemiga era superior en todos los sentidos, ordenó la retirada y la llevó a feliz término, en medio del peligro y gracias a su destreza táctica y su sangre fría. Cayeron veinte jinetes griegos y cayó en manos del enemigo una preciosa bandera, bordada por jóvenes parisinas que la habían donado a la caballería de Grecia. Entre tanto la infantería enemiga, que no había participado en la batalla ecuestre más que con escaramuzas, se dedicaba a rodear con empalizadas el campamento griego. Al ver esto, Fabvier ordenó a todas las unidades griegas que volvieran a los atrincheramientos para reforzarlos.
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Mientras la comunicación por mar era libre, el ejército, aunque sitiado por tierra, no carecía de comida; pero el 20 aparecieron ante Lykórrema 11 barcos turcos armados procedentes de Calcis y obligaron a unas embarcaciones griegas que estaban atracando allí a retirarse antes de descargar los víveres que traían; el enemigo llegó y desembarcó cañones, que fueron emplazados en diversas posiciones elevadas y propicias. De esta manera el ejército regular, carente de alimentos, sitiado y batido a tiros de cañón por tierra y mar, se sumió en el colmo del desaliento y la desesperación: los soldados no obedecían a los oficiales y éstos realizaban los trabajos propios de aquéllos; sólo la presencia del general los animaba algo en medio de los desastres que les rodeaban, pero la falta de alimentación se hacía notar de día en día: se mantenían con carne de caballo y legumbres y hasta el agua la obtenían frecuentemente a precio de sangre. Por fortuna, al ser conocido el peligro que se cernía sobre ellos, la junta de Psará en Egina envió apresuradamente cuatro barcos en auxilio de los amenazados; después llegaron dos de Hydra, los comerciantes de Syra dispusieron el envío de víveres y así se alejaron los barcos enemigos y se entregaron las provisiones. Al poco llegaron otros tres navíos con 500 soldados mandados por Kriezotis y Vassos, que a su vuelta de Beirut se habían enterado de la difícil situación de los regulares; y fue entonces cuando el enemigo se alejó del todo de las costas, se estableció la comunicación entre el ejército griego y los barcos y, la noche del 21, los de Fabvier subieron a las naves, desembarcando las tropas ligeras en el Ática y las regulares, muy maltrechas, en Kea, Andros y Tenos. Los regulares que habían permanecido en Nauplion, informados de las vicisitudes de sus compañeros y su jefe, corrieron espontáneamente al cuartel y, empuñando las armas, formaron en la explanada de delante pidiendo a grandes voces que los oficiales los condujesen a Petalii para rescatar a sus hermanos; y, al no ser atendidos, salieron de Nauplion bajo el mando de un cabo; pero, cuando al día siguiente supieron del salvamento de sus compañeros en peligro, volvieron al cuartel de Nauplion.
Este año (1826) contempló un cambio en el sistema militar del imperio otomano.
Hacía mucho que el sultán Mahmud anhelaba, como hemos dicho en otros pasajes, reformar el imperio a la europea y, ante todo, introducir el servicio militar regular, pues desde su juventud consideraba a los jenízaros un azote divino y tenía desde entonces el propósito de exterminarlos, pero las vicisitudes sufridas por su antecesor, Selim, y las ideas preconcebidas 252


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de la nación le obligaron a ocultar mucho tiempo su pensamiento y a ejercer de filojenízaro. Decidido este año a poner en práctica su arriesgado plan, se ganó en primer lugar al cuerpo de artillería y, después, trajo de fuera numerosas tropas provinciales y las situó a una y otra orilla del Bósforo, al mando respectivo de Husein Pasha y de Mehmet Pasha, para asegurar desde allí la capital y enviarlas contra los disidentes. Tras hacerlo, llamó a los magnatesaw a un consejo en el que se estimó necesaria la introducción del servicio militar vigente en Occidente como único remedio para defender al imperio en peligro. Hecho esto, se leyó un edicto real legalizando la reforma militar y una extensa disposición desarrollando las excelencias del servicio regular occidental, reglamentando las cuestiones accesorias, respetando benévolamente las prebendas de los jenízaros y prescribiendo que se enrolaran como regulares 7500 de ellos, a razón de 150 por cada regimiento de Constantinopla. Para justificar y dar fuerza de ley religiosa a la introducción del servicio regular, el muftí leyó una fetua diciendo que el estudio de la ciencia militar era un deber sagrado para los creyentes. Con la bendición de los presentes, se sometió a severas penas a los insumisos y revoltosos y se publicaron los artículos. El reemplazo se llevó a cabo sin oposición, pero a la hora de dar comienzo la instrucción con el desfile y el uso del fusil con bayoneta, se elevó una gran protesta. El 2 de junio por la tarde se reunieron muchos jenízaros en los cuarteles, gritando sin contenerse y tachando a la reforma militar de transgresión de las normas de Dios; acusaban de instigadores de la misma, entre otros, al gran visir, al Jenizar Aga y a Nezip Efendi, tutor de Mehmet Ali; a eso de la medianoche irrumpieron en sus casas y, al no encontrar a ninguno, las saquearon. El gran visir, el agá y Nezip se refugiaron en Hale Kösk, donde al hacerse de día acudieron otros grandes señores del Estado y, desde allí, se trasladaron a Arslan Han. Los jenízaros abandonaron los cuarteles, se congregaron en el hipódromo –unos veinte mil–, llevaron sus calderos, como es costumbre en los motines, y pronunciaron discursos subversivos y contra el propio sultán, quien, al enterarse de lo ocurrido, volvió desde Besiktas a palacio.
Mientras los jenízaros gritaban, la Puerta sacó del parque de artillería a los artilleros fieles, desembarcó también a los marinos, llevó a la ciudad los ejércitos del Bósforo, trasladó la bandera sagrada a la mezquita de Sultan Ahmet y convocó alrededor de ella a todos los fieles, como si peligrara el imperio. Siguieron a la sagrada enseña hasta dicha mezquita el gran visir y los demás señores, permaneciendo allí. Por orden del sultán, los amotinados 253


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fueron llamados tres veces a ponerse bajo la bandera sagrada y obedecer a su general y tres veces rehusaron, pidiendo a grandes voces la abolición del ejército regular y las cabezas del agá, del gran visir, del capitán pashá y de Nezip, entre otros. Lleno entonces de cólera, el sultán exclamó en tono despectivo: “Exterminad a los impíos.” E inmediatamente se lanzaron contra los impíos que llenaban el hipódromo los artilleros y marinos, mandados por el capitán pashá, y el resto de las tropas, a las órdenes de sus generales Husein Pasha y Mehmet Pasha. También confluyó una gran muchedumbre contra los jenízaros a la vista de la sagrada enseña; corrió la sangre a raudales y los jenízaros, derrotados, abandonaron el hipódromo y volvieron a los cuarteles; pero también allí fueron perseguidos, pasados en gran cantidad por las armas y los cuarteles incendiados. Al día siguiente viernes, el gran visir, el muftí y otros personajes influyentes, sentados en la gran sala al ala izquierda de la mezquita mencionada, emitieron órdenes de detención, juzgando y condenando. Al día siguiente fue a la mezquita escoltado no por los jenízaros como siempre, sino por los de artillería, y luciendo por primera vez una vestimenta occidental. Al día siguiente publicó un edicto suprimiendo el cuerpo, el nombre y el atuendo de los jenízaros, asegurando sin embargo la paga de aquellos cuya actuación dentro y fuera del palacio no fue condenable; al mismo tiempo dispuso la demolición de los cuarteles hasta los cimientos y la fundición de los calderos. Después de esto, la tarde del mismo día se trasladaron al palacio real el gran visir y los demás, plantando sus tiendas en el patio entre Babi-Jumayú y Orta-Kapu, implacables siempre con los jenízaros perseguidos. Volvieron a izar allí la sagrada bandera y ordenaron a la gente de Constantinopla, estremecida e invisible durante tres días, que reanudara sin miedo sus ocupaciones; pero cuando parecía que renacía la calma, de repente el 19 de agosto se declaró un incendio en Bagtse-Kapusu que duró 36 horas y se propagó tanto a causa del fuerte viento del Norte, que ardieron seis mil viviendas, según se decía. El incendio, que estalló primero en una panadería, imputado a los jenízaros e interpretado como señal de disturbios, excitó de nuevo la cólera asesina del sultán, durando las persecuciones, exilios, estrangulamientos y degollinas hasta el 20 de agosto, en que, al no haber peligro, se guardó la sagrada bandera en el almacén y se disolvió el cuartel general en el patio de palacio. El sultán sospechó en octubre que se maquinaba una disidencia para abolir su nuevo sistema y que muchísimos jenízaros habían ingresado subrepticiamente en las corporaciones incitados por los ulemas y santones, 254


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que se arrepentían de haber colaborado en la extinción. Verdadera o falsa, esta sospecha dio pie a un nuevo y abundante derramamiento de sangre, y esta vez, se mezcló en él la sangre de los servidores de la ley.
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Notas al final
NOTAS AL CAPÍTULO XLI a
El 16 del mismo mes se perpetró un horrendo crimen en el Peloponeso. Un notable de Mistrás, Kravvatás, fue asesinado camino de Kastrí, en Kakí Skala, perteneneciente a su provincia. Dos hombres normales, uno de los cuales era su asistente, fueron convictos del asesinato y se sospechó que instigados por otros, pero nada de eso confesaron en el interrogatorio. Uno de ellos fue condenado a muerte.
b
Odiseo negoció por su cuenta con los enemigos, con permiso de sus acompañantes, siendo acusado de tratar ocultamente en la entrevista acerca de su no rendición, por enemistad con los peloponesios: tomó de noche a dos de ellos y los llevó libremente a Lebadea; a uno lo dejó libre mediante un rescate y mató al otro.
NOTAS AL CAPÍTULO XLIV c
En aquella crítica ocasión se le regaló a Markos el llamado saray de Mesolongui, donde se alojaban antes de la insurrección los sucesivos gobernadores.
d
Es decir, inclinaron la cabeza, según la expresión corriente. Esto fue frecuente durante la Epanástasis.
e
Vd. todo lo referente a la laguna en cuestión en en el capítulo XL de la presente Historia, donde he narrado el primer asedio de Mesolongui.
f
He aquí el acuerdo literalmente:
“Los turcos que han estado en el castillo de Korthos, forzados por la falta de víveres y por el hambre y sin esperanza de rescate, se ven obligados a entregar el castillo de arriba a la autoridad de la administración griega; por ello, los arriba citados y los plenipotenciarios de la administración griega por igual han acordado como sigue: 1º La administración griega se compromete ante ellos a conservar la vida y honor de todos los turcos, y enviarlos en seguridad por barco a Tesalónica.
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Spyridon Trikupis 2ª Los turcos se comprometen a dejar el castillo con todas las armas y municiones, y a dejar todas sus cosas y parades, salvo sus vestidos, y salir con sus armas a dar y tomar rehenes para su seguridad, y ser cacheados al salir y, el que sea cogido escondiendo algo, sea castigado sin ser separado de los demás.
3º Los rehenes se intercambiarán cuando los turcos hayan sido embarcados.
4º El flete del barco y el mantenimiento en el viaje correrá a cargo de la administración griega.
5º Cuantos cristianos se encuentren en la fortaleza, ya sean hombres o mujeres, sean libres y entregados.
6º Los turcos se compromenten a dar al capitán un certificado (ilami) de la autoridad local y juzgado de Tesalónica a su llegada, para que lo lleve como prueba.
Para confirmación de este acuerdo se han hecho dos iguales, que han sido firmados por la dos partes para que cada una cumpla lo suyo, y para que tengan vigencia y poder en todo criterio de justicia.”
NOTAS AL CAPÍTULO XLV.
g
Theódoros Zacharópulos, alcalde de Argos y cuñado de Nikitas, le arrancó hábilmente de las manos los archivos y los devolvió al ejecutivo que, agradecido, le hizo donación de un sable.
h
“Tendréis por colaboradores en vuestra empresa –escribían los notables de Hydra a los diputados– en primer lugar a Dios, en segundo al pueblo de Grecia y finalmente a nosotros que, tras sacrificar nuestra posición en aras de la amada patria, defenderemos frente al enemigo, hasta derramar la última gota de nuestra sangre, la inviolabilidad del ejecutivo, al cual confió la patria sus sagrados derechos. Pero hace falta para ello movilizar contra el enemigo fuerzas por tierra y por mar; y no se pueden movilizar fuerzas mientras los ingresos de la patria estén en manos de insaciables especuladores, mientras esos ladrones retengan las fortalezas nacionales y mientras no tengamos un ejecutivo legal”.
“Ten valor, madre, –escribían a la Bulé los notables de Spetses– no te asalte la duda ni el temor, pues has de ver reunidos en torno a ti a tus queridos hijos, con la resolución inquebrantable de vivir o morir. En tus pocos miembros está la esencia de la nación; nuestras manos son las vuestras.” i
Antes del allanamiento del buleuterion hubo un intento de acuerdo en una reunión de los enfrentados habida en Mírpaka, pero fue en vano.
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Historia de la insurrección griega NOTAS AL CAPÍTULO XLVI j
De otra forma refiere el suceso el Sr. Kritovulidis en sus memorias, criticando de paso otros de los que refiero en la Historia sobre Creta. Para aclaración a mis lectores y esclarecimiento de la verdad, he creído conveniente insertar aquí la carta al director que editó Pandora en el número 218 y añadir al final algunas matizaciones.
“Me pregunta Vd. si he leído las recientemente publicadas memorias del Sr.
Kritovulidis, y qué opino en lo que atañen a ciertos hechos acaecidos en Creta referidos en mi Historia.
Mi respuesta es que las he leído en parte y he aquí mi opinión sobre lo que se refiere a algunas de mis aportaciones sobre Creta en mi Historia.
Habiendo descrito apasionadamente todas las vejaciones que soportaban los cristianos de Creta como mucho peores que las que sufrían los de otras partes de Grecia en el capítulo XII de mi Historia, al que remito, y habiendo narrado más apasionadamente aún sus grandes sufrimientos al comienzo de la guerra, no entiendo cómo el Sr. Kritovulidis malinterpreta mis cálidas y manifiestas simpatías hacia estos oprimidos hermanos y, leyendo lo que no se dice, polemiza –ignoro por qué– para cambiar en mal sentido lo que dije en el bueno, como se demuestra claramente de mis palabras en dicho capítulo y en el resto.
Injusto –dice el Sr. Kritovulidis– es mi reproche a los cretenses cuando digo que ‘aunque la insurrección se extendió por todo el Peloponeso y se propagó al Egeo, aunque en las costas de Creta aparecían barcos con bandera griega, los habitantes cristianos no se movieron en lo más mínimo’. No niega el Sr. Kritovulidis la inmovilidad de los cretenses, sino que la justifica diciendo que “Creta quitó de en medio a turcos valientes y aguerridos combatientes.” Pero ¿es que yo no justifico esta inmovilidad cuando digo en el capítulo XII de mi Historia que los arzobispos pusieron todo su empeño en mantener la paz a lo largo de la isla editando encíclicas, porque veían que todo movimiento subversivo tendía a la aniquilación de los cristianos? ¿Por qué el acusador oculta esta frase de mi Historia?
Al exponer cuántos males soportó Creta durante la larga dominación sarracena, digo la verdad histórica, que ‘hubo conversiones en masa al islam de sus habitantes, que volvieron a la religión de sus padres cuando su tierra volvió a ser del Imperio Bizantino’. El Sr. Kritovulidis reconoce que algunos cambiaron de religión, ‘pero es injusto –añade– enjuiciar a la totalidad por unos pocos.’ Pero yo no dije todos, dije en masa; es más, añadí que muchos creían ocultament en Cristo, que su fe paterna estaba enraizada en sus corazones.
Comparando la conducta de los olimpios en las Espórades del Norte con los de Gramvusa durante la erradicación de la piratería en el año 1828, dice que tergiverso 259


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Spyridon Trikupis la verdad cuando digo: ‘Miaúlis, habiendo sido encargado de erradicar la piratería en las Espórades del Norte, no tuvo que soportar lo que los cazapiratas de Gramvusa, pues los olimpios refugiados en aquellas islas, dueños de casi todas las embarcaciones dedicadas a la piratería, se las entregaron voluntariamente, en un número de 80.’¿Qué oposición hicieron los cretenses? Ninguna, respondo. Es más, en el capítulo LXXIII digo que la gente de Gramvusa prometió entregar al comandante inglés el castillo y los barcos, pero se negaron a la entrega de los doce que buscaba el oficial como delincuentes con la excusa de que ninguno de ellos se encontraba en la fortaleza. No me conformo con esto, sino que además censuro al oficial inglés por no aceptar dicha condición, que era conforme al espíritu de la directrices de la Alianza, y lo califico de hombre más apegado a la letra que al espíritu de las normas por esta interpretación, errónea a mi parecer.
El Sr. Kritovulidis dice que, según yo, los anglofranceses en Gramvusa corrían el peligro de ser aniquilados una noche determinada por medio de una mina. Lo que yo digo en el mismo capítulo es que el comandante de la flotilla fue informado de que los anglofranceses que estaban en tierra corrían el peligro de ser aniquilados una noche determinada por medio de una mina y que con este soplo, el comandante Strangeways corrió al lugar señalado. Es lo mismo que viene a decir el Sr. Kritovulidis cuando dice: ‘El jefe de la guarnición, Strangeways, difundió por malevolencia que los griegos planeaban iniciar un fuego para quemar a los oficiales galos que vivían en la casa.’ Explico en el capítulo XLVI que los que sitiaban Kándakon contravinieron los acuerdos y mataron a los turcos de Sélino apostándose en los desfiladeros por los que tenían que pasar camino de Chaniá; pero el Sr. Kritovulidis niega que los turcos se rindieran mediante acuerdo, como yo digo, y dice: ‘Sólo yo refiero esto y ningún cretense lo sabe’.
Si se abre la Historia de Gordon, se encontrará que refiere el suceso con más detalle, diciendo entre otras cosas que los filohelenos que iban con Tombazis, Hastings y Hans, se indignaron con esta traición y no se prestaron a ella, culpando al propio Tombazis de consentirla, en tanto yo lo exonero de toda culpa basándome en el testimonio de Spaniolakis, que iba con él. Véase que no soy el único que refiere esto.
Igualmente, el Sr. Kritovulidis se equivoca al decir que ningún cretense sabe que los turcos de Kándakon capitularon mediante un acuerdo. Tengo en mi poder desde hace tiempo las memorias del Sr. Anagnostis Panayotu, uno de los más prominentes jefes de partidas de Creta, al cual se refiere a menudo el Sr. Kritovulidis elogiosamente; pues bien, este distinguido señor dice literalmente en sus memorias lo que sigue: ‘El harmosta, después de nombrar un gobernante del castillo (de Kísamos), fue a Kándakon, donde también había turcos concentrados. Éstos se entregaron igual de los de Kísamos y, yendo por tierra, llegaron a la fortaleza de Chaniá.’ He aquí el testimonio fidedigno de un cretense sobre la rendición de los de Kándakon, al igual que la de los de Kísamos. Que los de Kísamos capitularon mediante un acuerdo y 260


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Historia de la insurrección griega marcharon sin sufrir daño a Chaniá no lo niega el Sr. Kritovulidis. Y por último el Sr. Nikólaos Kaleryis, que asistía a Tombazis en aquella ocasión, preguntado por Vd.
a instancias mías sobre su conducta según Gordon en la capitulación de Kándakon, respondió desde Syra en una carta dirigida a Vd. en francés de fecha 18 de enero de 1859, la cual me trasladó Vd., lo que sigue: ‘Sobre la entrega (reddition) de Kándakon, que siguió a la de Kísamos, hubo realmente una historia sobre un malentendido que aprovecharon los enemigos de Tombazis para sugerir su nombre, pero debo asegurarle en conciencia que ni yo ni otras muchas personas igual de imparciales podemos atribuir a Tombazis la más mínima responsabilidad en tan escandaloso hecho.’ Considerando la gloriosa lucha en Creta como un blasón de Grecia, rindo a menudo en mi Historia el merecido elogio al patriotismo, el valor y la firmeza en la adversidad de los cristianos de Creta, que tan desigualmente peleaban contra el enemigo, y me refiero a menudo elogiosamente a los capitanes Tselepís, Anagnostis, Sífakas, Melidonis, Protopapadakis y demás; pero, elogiando lo que es digno de elogio, critico también lo criticable, al igual que cuando es el caso en Grecia.
Considero esto suficiente para el esclarecimiento de la verdad que reclama ante todo la historia y para muestra de la valía de las memorias en cuestión. Se desprende de ello que el Sr. Kritovulidis, al intentar refutar lo que menciono más arriba, lo certifica por medio de su narración, salvo una sola circunstancia, el traslado de los seliniotas a Chaniá, pero desearía según eso que tuviera más razón que yo.
Londres, 13/25 de marzo de 1859.” Después de publicadas la memorias del Sr. Kritovulidis y mi carta en Pandora, se publicó el opúsculo del Sr. Spyridon Andoniadis La guerra en Grecia. He aquí como su autor, cretense de cuna, narra el suceso en cuestión: “Los turcos de Sélino se trasladan mediante un acuerdo con sus familias, bestias y bienes a la fortaleza de Chaniá; en el camino mueren muchos de ellos a manos de los griegos, que se vengan así de su crueldad.” k
Sobre el ordenamiento de Creta, vd. el fascículo III de la colección de constituciones y leyes griegas de Mámukas.
NOTAS AL CAPÍTULO XLVII También se mostró como un gran y distinguido filoheleno el conciudadano de este célebre poeta, Frederick North, conde de Guilford: invirtió gran parte de sus rentas anuales en la educación de griegos, que se convirtieron en su mayor parte en profesores de la Universidad de las Islas Jónicas, fundada y mantenida para bien l
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Spyridon Trikupis de Grecia por su incansable celo, y difundieron sus provechosos conocimientos en vísperas de la guerra nacional.
Este hombre, al que Grecia agradecida coloca con justicia en el coro de sus benefactores, sobresalía por su amor para con los extranjeros y era estimado por todos a causa de sus virtudes sociales.
m
He aquí la carta de Lord Byron al gobierno:
“Han llegado aquí diversas y encontradas noticias de nuevos disturbios y enfrentamientos dentro de la administración griega, incluso del comienzo de una guerra civil. Deseo de todo corazón que sean falsas, o al menos exageradas, ya que no puedo imaginar desgracia más terrible para Grecia. He de comunicaros mi opinión sincera: si no se establece cualquier tipo de orden y unión, es vana toda esperanza de empréstito y se aplazarán y quizá se impedirán por completo todas las ayudas que podía esperar Grecia de las demás naciones y que, desde luego, no serían ni escasas ni despreciables. Lo peor es que las grandes potencias de Europa, ninguna de las cuales es contraria al establecimiento de un Estado griego independiente, serán informadas de que los griegos no son capaces de gobernarse por sí mismos y no hallarán medio alguno de poner fin a vuestras desavenencias, con lo cual se perderán todas las venturosas expectativas que los amantes de Grecia tenemos depositadas en vosotros.
Permitidme añadir de una vez por todas que no deseo más que el bien de Grecia y que intentaré asegurarlo por todos los medios; pero tampoco consiento ni consentiré jamás que el pueblo y los ciudadanos de Inglaterra desconozcan la realidad de la situación griega. El resto, señores, de vosotros depende. Habéis luchado con gloria, así que comportaos honrosamente ante vuestros compatriotas y ante el mundo y nadie podrá decir en lo sucesivo, como se ha dicho a lo largo de dos mil años, que Filopemen fue el último de los griegos.
No toleréis la afrenta (y reconozco que es difícil evitarla en una guerra tan ardua) de que, cuando llegue la paz, se pueda igualar al patriota griego con el sátrapa turco derrotado en la guerra.
Os ruego que aceptéis esta sincera opinión mía como señal de adhesión a vuestros auténticos intereses.” n
Lo único editado durante el primer año de la guerra habían sido dos o tres hojas en Kalamata con el nombre de El clarín de Grecia.
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Historia de la insurrección griega NOTAS AL CAPÍTULO XLVIII ñ El 5 del mismo mes, a siete millas de Mesolongui, encalló un barco de guerra turco pero, antes de que los griegos se movilizaran para apoderarse de él, llegaron desde Patras dos buques enemigos y recogieron su armamento y lo incendiaron.
o
He aquí la sentencia de la comisión:
“Puesto que desde un principio Yoryos Karaiskakis fue tenido por leal compañero de armas en la sagrada lucha por la libertad, la patria lo honró con dignidades. Conocido es de todos su comportamiento en la campaña de Skondras.
No obstante, la patria disimulaba sus faltas para no distraerlo de su misión. Llegó a las dos villas so pretexto de enfermedad y lo recibieron amistosamente, pero él no se condujo como patriota y como cristiano, antes bien osó empuñar las armas en contra de la patria: hizo una expedición contra Mesolongui y tomó el castillo de Vasiladi, echando de él a su guarnición; sus hombres hicieron prisioneros a dos notables de la ciudad, a la vista de la administración, y los condujeron de noche ante él, que se hallaba en Anatolikón. Además, ha dicho a muchos que tiene la intención de introducir turcos en el lugar.
Por ello, la administración concibió sospechas y tomó las medidas pertinentes creando una comisión con poderes de consejo de guerra, compuesta de generales y coroneles que, tras investigar todos los cargos que cada día han hecho aumentar las sospechas en su contra, han hallado que Karaiskakis mantenía correspondencia secreta con los enemigos de la fe y de la patria; que pidió a Omer Pasha un nombramiento para convertirse en capitán de Ágrafa; que prometió al enemigo tomar Tatárena con mil hombres y le aconsejaba que el renegado Varnakiotis marchara con otros mil hacia Xirómeron; que prometió al enemigo atraerse a generales y coroneles griegos en contra de la patria; que, mientras esto ocurría en Mesolongui, simultáneamente salió de Patras la escuadra enemiga, arribando a Vasiladi, y tuvo lugar una expedición secreta de los turcos de Kastelia y Naupacto contra Mesolongui, la cual no tuvo éxito porque unos pocos griegos firmes les hicieron frente y los batieron en Kakí Skala, haciéndoles retirarse. Finalmente, la comisión ha obtenido muchos datos que lo confirman como conspirador y traidor a la patria.
No obstante, puesto que la patria ama a sus hijos y procura con magnanimidad librarlos del error y llevarlos al arrepentimiento por el que reconozcan sus deberes cristianos, ha decidido, por medio de la comisión nombrada al efecto y con la aquiescencia de todos los jefes militares y políticos presentes, ordenar al encausado su inmediata marcha de este lugar, aun estando enfermo; su partida ha tenido lugar hoy.
En caso de verdadero arrepentimiento y vuelta a sus deberes griegos y cristianos, la patria obtendrá el reconocimiento de haberlo ganado para su causa; 263


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Spyridon Trikupis en caso de persisitir en su obcecación, se verá.
Compatriotas, por la presente quedáis informados de que Karaiskakis es desterrado y no goza de ningún poder emanado de la administración, antes bien ha sido privado de todos sus grados y dignidades por malhechor. Cuantos le hayan seguido por error son conminados a dar marcha atrás y unirse a los caudillos defensores de la patria; y todos los demás griegos deberán alejarse de su compañía y tratarlo como enemigo en tanto no se arrepienta e incurra en el perdón de la nación buscando la reconciliación.
Generales Coroneles N. Bótsaris.
G. Liakatás.
M. Sturnaris.
A. Karayannis.
G. Tsongas.
S. Katsarós.
A. Skaltsás.
A. Vlachópulos.
Capitanes
D. Makrís.
K. Vlachópulos.
G. Yoldasis.
G. Sultanis.
NOTAS AL CAPÍTULO XLIX p
Actualmente conde de Hardwicke, de quien escuché este espeluznante relato.
q
Se llama Κάβο-Κολόνναις a causa de las columnas del templo de Hera que allí se conservan.
r
A mediados del mes, los de Hydra hundieron unas barcazas en el estrecho de Eubea.
s
Ya que el Sr. Anárgyros Andreu Ch. Anargyru dice en Spetsiotiká que mi relato sobre los combates en defensa de Samos faltan a la verdad, incluyendo lo relativo a Yérondas, informo al lector que he recopilado el material, además de en otras fuentes, especialmente en los diarios conservados de Sachturis y Sachinis, presentes ambos en dichas acciones. Es cierto que, según el recuento del Sr. Anargyru, los barcos de Spetses ante Samos fueron 28 y que en la impresión de este pasaje de mi Historia se me pasó por negligencia la primera de las dos cifras, resultando la cantidad de 8; tal lapsus es comprensible y ha quedado corregido en esta segunda edición.
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Historia de la insurrección griega NOTAS AL CAPÍTULO L t
El Sr. Anárgyros, autor de Spetsiotiká, protesta porque limito a 14 el número de las naves de su isla en Halicarnaso. Se equivoca. He aquí lo que digo: “se le unieron el 14 navíos de Spetses y, el día 21, anclaron todos juntos al amparo de Lipsós” (Vd.
tomo III pág. 116); de manera que el Sr. Anárgyros confunde la fecha con el número de naves.
u
Los griegos trataron bien en un principio a este comandante, pero luego lo mataron, al sospechar que planeaba la fuga.
v
Los barcos de Psará habían abandonado ya la escuadra y sólo quedaba el de Nikódimos. Preguntado sobre el porqué, respondió que obedecía a la voz de la patria antes que a la de su jefe de flotilla.
w
Justamente ofendido, Gubernati marchó a Egipto y entró a su servicio, pero con la condición de no luchar contra Grecia.
NOTAS AL CAPÍTULO LI x
He aquí literalmente la impertinente carta: “Muy nobles capitanes rumeliotas:
Nosotros, porque tenemos derechos e interés por nuestra tierra del Peloponeso, nos hemos levantando en contra de la tiranía de ciertas personas y, como somos patriotas, no deseamos ensarzarnos entre nosotros en una guerra civil. Por lo cual, si sois griegos y patriotas, no deberíais meteros en los asuntos del Peloponeso, sino quedaros al margen; si tenéis algún derecho, ya se os dará a su debido tiempo. Pero si os mezcláis en nuestros asuntos del Peloponeso, ateneos a las consecuencias; nosotros no tenemos la culpa.
Anagnostis Diliyannis, Th. Kolokotronis.” y
Fotilas se refugió en las montañas de Divri cuando los suliotas irrumpieron en Kalávryta; después se puso a disposición del gobierno y le dieron permiso para quedarse en su casa sin ser molestado; se intervinieron unas cartas que implicaban en la revuelta al diputado Anastasios Londos, por lo que fue excluido del ejecutivo.
También fue detenido Yermanós, obispo de Patras, simpatizante de los Andreas, que fue perseguido, despojado y sometido a vejaciones y todo tipo de atropellos por los de Guras; después de estos padecimientos, se le permitió quedarse en Gastuni sin ser encarcelado.
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Spyridon Trikupis z
He aquí el contenido: “Hermanos:
Me persiguen a muerte por los motivos que juzgará imparcialmente la Historia y que yo os expondré de palabra cuando me reúna con vosotros; así que vengo hasta aquí en busca de cobijo, y eso después de haber jurado morir luchando por mi amadada patria y de tener gran cantidad de amigos entre los más importantes políticos y militares de Grecia Occidental, que me conocen muy bien. No vengo con otro objeto que entregarme en vuestras manos para dar cuenta de mis actos a un tribunal imparcial, el congreso nacional, si es que la nación quiere reunirlo, ante cuya decisión inclinaré la cabeza sin decir palabra. Por favor, no me respondáis que acuda a vuestro encuentro. Desearía ir solo, pero mis compañeros no se separan de mí. Los he tomado conmigo. Son unos cien.
En el barco, a 21 de diciembre de 1824.
Vuestro hermano, Andreas Zaímis.
Yo también os amo fraternalmente y voy también a vuestro encuentro Nikitas Stamatelópulos.
aa
He aquí la respuesta: “Señor,
Hemos recibido su carta de 21 de los corrientes remitida desde el barco, que hemos presentado a la asamblea regional, toda vez que en ella estábamos.
Lamentamos sus infortunios y, puesto que no hemos olvidado sus anteriores servicios, en particular a nuestra tierra, tenga la seguridad de que deseamos mitigar sus penalidades en la medida de lo posible, pero esta medida se ve muy limitada por la ineludible obligación de todo ciudadano de acatar la ley y someterse al gobierno que tuvo a bien darse la voluntad de la nación; y puesto que desde el comienzo mismo de nuestro congreso hemos deplorado y condenado todo movimiento armado contra la administración, no podemos dar por bueno ninguno de los principios que hemos condenado públicamente. De ello debe Vd. concluir que no podemos prometerles más que una mediación por Vds. ante la respetable administración. No sabemos cuándo se celebrará el congreso nacional y, por ello, si deciden venir aquí desde donde se encuentran, pueden hacerlo, pero siempre sabiendo que, de ser reclamados por la administración, deberán obedecer. Si no duda Vd. de la buena disposición de los griegos occidentales ni de su prontitud en hacer lo que les sea posible –siempre que esté permitido por las leyes– para aliviar sus tribulaciones, no le disgustará su sincera explicación, la única que los dispensa de los sagrados deberes a los que la ley somete a todo buen ciudadano.
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Historia de la insurrección griega Si decide venir en esas condiciones, deberá respondernos antes por escrito.
En Anatolikón, a 21 de diciembre de 1824.” NOTAS AL CAPÍTULO LII.
ab
He aquí el memorándum:
“Tras el cese de los disturbios en el sur de Europa, que tan peligrosa evolución han tenido, el emperador piensa que ha llegado la hora de pacificar Grecia. El cese de los disturbios de ésta es necesario, pues por culpa de ellos se perjudica gravemente el comercio de Rusia en la zona y se paraliza la industria de gran parte de las provincias del imperio ruso.
Gracias a los buenos oficios de Lord Strangford, la Puerta ha admitido las reivindicaciones de Rusia y, al ser admitidas, el emperador ha enviado a Constantinopla al consejero de Estado Mintsiakii. Poderosas razones ha tenido para no nombrar embajador: la presencia del embajador habría sido tomada por los turcos como un triunfo sobre los griegos: si vencieran los griegos, la Puerta vería con suspicacia al embajador, sospecharía un complot de él con los separatistas y su posición se parecería a la del barón Stroganov durante la censurable operación del príncipe Hypsilandis, obligado a marcharse de Constantinopla al no ser atendidas sus razones. Y si por el contrario vencieran los turcos, ¿cómo podría el embajador de Rusia permanecer impasible ante las inevitables atrocidades de un pueblo bárbaro? Su presencia habría dado motivo a calumnias, como la de que el emperador buscaba poner a los griegos bajo una autoridad descontrolada y salvaje, o la de que consideraba a los mahometanos igual que a los cristianos. Además, es necesario que las potencias que han hecho cesar las revoluciones de Italia y España procuren que la causa griega no sufra la influencia de los revolucionarios procedentes de los lugares en que se ha reinstaurado la estabilidad. Sólo con la decidida colaboración de los aliados es posible prevenir nuevas desgracias y acabar con una efusión de sangre que ya dura tres años. Y, según todos los pronósticos, la campaña de este 4º año no hará cesar la lucha. La Puerta, confiada en sus victorias de otros tiempos, quiere reconstruir su extinto poder absoluto sobre los griegos.
La solución al problema se encuentra en medio de los dos extremos. La corte de Rusia propone como término medio el siguiente plan de paz, que ofrece a los unos las necesarias garantías y a la otra utilidades prácticas, en lugar de una soberanía que se tambalea. En conclusión, piensa que, siguiendo el ejemplo del propio Estado turco, se deberían constituir en Grecia Continental tres principados sujetos a la Puerta: el de Tesalia, Beocia y el Ática –o Grecia Oriental–; el del Epiro y Acarnania, o Grecia Occidental, perteneciente en otro tiempo a los dominios marítimos de Venecia, a excepción de la zona bajo soberanía austríaca; y el del 267


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Spyridon Trikupis Peloponeso y Creta, o Grecia Meridional. Las islas que se administren por consejos de notables, como hasta ahora. En el año 1465 Turquía conquistó Valaquia y la convirtió en principado bajo su soberanía, prohibiendo la entrada de tropas turcas.
En el año 1536 Suleyman I derrotó a los moldavos y les concedió los mismos privilegios. Dichas prerrogativas fueron modificadas, aumentadas con el paso del tiempo y puestas bajo la garantía de Rusia. En el año 1774, Mustafá III deseó instaurar un principado en el Peloponeso; por desgracia, murió el mismo año y su plan no se llevó a efecto. Quizás arguyan las potencias que la Puerta siempre se mostró reacia a toda mediación extranjera en las negociaciones finales pero, según las crónicas de los tiempos pasados, aceptó otras veces la mediación extranjera, tanto en el año 1774 con la paz de Kainardja como en los años 1779 y 1802. Rusia piensa que las reivindicaciones de los griegos se encuadran razonablemente dentro de estos términos, porque dentro de ellos serían libres ellos y libre por completo su comercio bajo su enseña nacional. El patriarca de Grecia residirá en adelante en Constantinopla y representará de alguna forma a la nación. Se establecerán guarniciones turcas sólo dentro de algunos enclaves en un cinturón determinado, pero no se enviará ningún pashá ni gobernador turco. Los principados pagarán un tributo proporcional a su extensión y sus recursos. Una segunda conferencia de las potencias reglamentará el régimen interior de los principados. Este acuerdo es de verdadera utilidad: la campaña de este año no será previsiblemente más exitosa que las precedentes, en tanto que el acuerdo que se propone asegura la paz, la quietud y los ingresos regulares de la Puerta a través de la satisfacción de las contribuciones por parte de los distintos principados. Hasta el día de hoy, los pashás desleales perturbaban sin cesar la paz de la Puerta y se apropiaban de las riquezas del país; cesarán estas revueltas y las exacciones de los insaciables y levantiscos pashás.
Mohamed II declaró a las islas simplemente tributarias. Este proyecto es tanto más susceptible de ser aceptado por los aliados cuanto que garantiza la salvación de Grecia y queda dentro de los límites de la política aliada, sin reforzar aparentemente las multitudinarias reivindicaciones independentistas de los griegos.
En conclusión, Rusia propone: A) Que las potencias acepten las medidas contenidas en este memorándum. B) Que sean dadas análogas directrices a sus representantes en Constantinopla. C) Que se les den los plenos poderes solicitados para la negociación de los términos en él. D) Que se notifiquen al sultán de común acuerdo y punto por punto todos los términos de este plan de paz. E) Que las cortes comuniquen a sus representantes que aprecian en mucho el consentimiento, por parte del sultán, de mediación de las cortes. F) Que hagan ver al sultán que la construcción de tres principados divide las fuerzas de Grecia y, puesto que se le confiará a él la ordenación de los principados, hacia él mirarán las más ilustres familias de los griegos.”
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Historia de la insurrección griega ac
Rusia confiaba en que Moldavia y Valaquia se verían pronto libres de las tropas turcas, según las repetidas promesas del sultán. A partir de entonces se retiraron casi todas las tropas, pero la evacuación no se llevó a cabo hasta julio en Valaquia y hasta fin de año en Moldavia, y ni siquiera entonces fue completa.
ad
“Nuestro amigo el embajador –decía la Puerta al embajador de Inglaterra el 28 de marzo– no cesa de reiterar a la Sublime Puerta que las leyes de su país prohíben a la corte impedir a los ingleses que ayuden a los separatistas griegos y combatan a los musulmanes, y que no tiene capacidad para castigar tan injustas prácticas. Si esto lo dijera cualquier otra persona menos inteligente que nuestro amigo el embajador, creeríamos que desea saber nuestro grado de ingenuidad. Es de lo más absurdo mantener que un gobierno, sean cuales sean sus leyes de política interior, no tiene capacidad para impedir a sus súbditos que emprendan a su antojo acciones de guerra y violen los tratados entre su gobierno y otra Potencia. Las leyes internas de Inglaterra afectan sólo a los ingleses, y no se puede justificar, so pretexto de las disposiciones particulares de un Estado, el atropello de los súbditos de una Potencia contra otra. Esta conducta hay que reglamentarla según el derecho público, base de todas las relaciones entre naciones y gobiernos, y no según las leyes y usos particulares de un lugar. Supongamos –lo cual no suceda– que súbditos de la Gran Bretaña se alzaran contra su rey y que súbditos de otro rey que tiene relaciones de paz y amistad con Inglaterra –digamos de la Sublime Puerta– les enviaran públicamente ayudas de todo tipo, como suministros de guerra, víveres, dinero y, para colmo, oficiales al servicio de la Puerta ¿Se daría por satisfecha Inglaterra si la Puerta le dijera que no tiene capacidad para vigilar estas reprobables prácticas de sus súbditos porque, según las leyes del país, todo musulmán puede de pleno derecho hacer la guerra contra cualquiera que no sea de su religión?
Si admitieran tal respuesta, ¿cuál sería la posición de las naciones entre sí? La paz mundial, de la que Inglaterra tanto se preocupa según afirmación propia, no dependería ya de los tratados y de los principios del derecho internacional, sino que se dejaría totalmente en manos de los caprichos y pasiones de la gente. Cualquier gobierno consideraría entonces haber hecho todo lo que de él depende si conserva la amistad según la apariencia, y haber cumplido todas sus obligaciones si dice a su vecino: “Soy tu desinteresado amigo, estoy totalmente consagrado a ti; agradece tu acuerdo conmigo y no me acuses de dejar que mis súbditos corten el cuello a los tuyos”. ¿Acaso nuestro amigo el embajador nos considera tan imbéciles como para creer que su gobierno no tiene autoridad para vigilar el comportamiento de sus súbditos? Seguro que el gobierno inglés tenía poder y ganas de ejercerlo cuando de lo que se trató fue de impedir a los barcos ingleses que llevaran un poco de harina para alimento de las guarniciones otomanas que estaban muriendo de hambre y tenían al menos su confianza en la humanidad del viejo amigo. Tal poder tuvo entonces el gobierno inglés y la dolorosa muerte de tantos musulmanes es una clara muestra de su insensibilidad. Si estamos en paz con Inglaterra, tenemos razón para pedir a su corte que no deje a sus súbditos combatirnos. Y si desaprueba la actitud belicosa de 269


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Spyridon Trikupis sus súbditos contra nosotros, ¿por qué no les dice de una vez por todas: “La Puerta es amiga nuestra desde hace siglos, no tenemos queja alguna contra ella, no es pues justo que le demos motivos de queja contra nosotros. Cumple sus tratados con nosotros, es justo que nosotros también los cumplamos”? ¿Por qué no emplea este lenguaje con sus súbditos? ¿Por qué no les dijo nunca una palabra amistosa en favor nuestro?
¿Se sorprende nuestro amigo el embajador de que no oigamos sus consejos? ¿De qué se admira? No deja de hablarnos con buenísimas palabras, pero ¿piensa quizá que no nos hemos dado cuenta de que sus compatriotas se suman a la lucha en perjuicio nuestro? ¿Cómo armonizan sus razones con el proceder de aquéllos? Viendo tales contradicciones, en verdad no comprendemos qué ocurre. La Sublime Puerta reclama lo que tiene derecho a reclamar y lo que Inglaterra no tiene derecho a negar: la prohibición de que los ingleses emprendan acciones de guerra contra los musulmanes, ya sea acudiendo en persona ya sea mediante el envío de dinero y suministros –como es el caso ahora– y de que conspiren contra los intereses de éstos ante los ojos del gobierno jónico. Es evidente que el gobierno inglés puede impedirlo, si quiere, y ya va siendo hora de que lo haga.” ae
Carta del gobierno griego al inglés.
“Los griegos, que desde hace cuatro años confían inquebrantablemente en la providencia divina, defienden con éxito el solar de sus antepasados; y digo que defienden el solar porque poco les importan las ciudades y pueblos, las casas y haciendas; esto ha sido suficientemente demostrado en las diversas represalias de sus enemigos, durante las cuales los griegos han sacrificado con gran nobleza y magnanimidad sus bienes más queridos y preciosos, prefiriendo la libertad, alojados en tiendas levantadas en los valles y en las cimas de las montañas, a las lujosas residencias de la esclavitud. Esta notable circunstancia de la historia de la guerra de independencia de Grecia, ¿debe infundir en las almas cristianas el convencimiento de que los griegos, al emprender la lucha para adquirir sus derechos y sacudir el ominoso yugo, sólo tenían ante los ojos la sagrada misión de salvar su fe, su patria, sus sagrados templos, los monumentos de sus antepasados y sus mujeres e hijos, y no aquellos fines políticos que perturbaban entonces a Europa, pues estamos muy alejados de ellos? Antes bien, guiados por tales principios en la lucha en la que se han visto implicados, no han dejado de suscitar la compasión de sus hermanos en Cristo, pero la política europea, al asumir otras ideas sobre los principios de nuestra ruina, ha decidido reducirla a la nada. Mas los griegos, al no ver cumplido su deseo, se han visto obligados a consagrarse sin ayuda de nadie y con fe en sí mismos a la defensa de sus sacrosantos derechos, dejando que el tiempo aclare sus principios y razones.
A pesar de lo cual la nación griega, así como su gobierno, del cual tengo el honor de ser portavoz, expresando su reverencia a Su Majestad Británica con todos los respetos, proclama públicamente que prefiere una muerte honrosa 270


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Historia de la insurrección griega al oprobioso yugo en el cual quieren hacerlo sucumbir. Es inverosímil que Su Majestad Británica, que tan humanitaria disposición mostró para con los pueblos de América del Sur, permita que los griegos sean borrados de la lista de las naciones independientes, como si no merecieran contarse entre ellas antes incluso de constituirse como nación. Por contra los griegos, en relación a su legitimidad, se hallan en una posición más favorable que los pueblos de América Latina: han deshonrado y humillado a la incapaz administración turca, demostrando que son dignos de la libertad; no luchan contra la madre patria, sino contra una raza que robó y aniquiló sus lares, utilizando a sus hijos como esclavos. Los griegos se han sacudido el yugo bárbaro para gran asombro de Europa y de todas las naciones; han emprendido la guerra sin tener medios para hacerla, en la convicción de que no podían gozar de la independencia sino a costa de inmensos sacrificios; han conquistado fortalezas, ciudades y un gran número de posiciones que se encontraban en manos de sus salvajes amos; han derrotado en diversas batallas y con algunos barcos mercantes a la potente y temible flota turca; han creado leyes iguales a las de los pueblos cultos y han formado un gobierno a cuyas disposiciones se han sometido ¿Puede alguien tener dudas al día de hoy de que los griegos merecen la libertad? Quizá Su Majestad Británica haya reparado en que una Grecia liberada, por el espíritu que alienta en su pueblo y por su emplazamiento geográfico, puede ser útil a los intereses de Gran Bretaña. El comercio es el principio vital de los pueblos civilizados y ¿en qué otro lugar puede gozar de más seguridad que en el brazo derecho de Europa, que es en cierta forma el que forma Grecia? ¿Qué otro punto de apoyo más útil para la conservación del equilibrio europeo puede encontrar Inglaterra que las fortificaciones naturales entre las cuales está situada Grecia? Son verdades irrefutables, que el tiempo se encargará de desvelar.
Es por estos motivos por los que Grecia tiene legitimidad ética y política, creo, para esperar todo tipo de ayuda y sostén de la nación inglesa, tan amante de la humanidad, y especialmente de Su Majestad Británica, cuyos loables sentimientos todo el mundo conoce. Por ello no cabe duda de que, si la independencia de Grecia está de acuerdo con los intereses de las naciones europeas, esta circunstancia constituye un potente acicate para que el pueblo griego no pierda sus sagrados derechos. Inglaterra, cuya influencia en el equilibrio político de Europa es unánimemete reconocida, no permanecerá impasible ante el deplorable espectáculo de un aplastamiento tan indigno como injusto de la humanidad.” af
Respuesta del gobierno inglés al gobierno griego.
“Su carta de fecha 24 de agosto no ha llegado a mis manos hasta el 23 de octubre. Contiene reflexiones del gobierno provisional de Grecia sobre un escrito divulgado por los diarios europeos como un plan de la corte rusa para la paz en Grecia. Es indudable que esta publicación se ha hecho sin autorización y desconozco si tiene carácter oficial alguno. El gobierno inglés piensa que todo 271


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Spyridon Trikupis plan del gobierno ruso tendente a la pacificación de Oriente no puede dejar de ser bienintencionado para con los griegos, y que dicho gobierno no ha pretendido dar la razón a ellos o al gobierno turco. Su Majestad el emperador de todas las Rusias, sea cual sea el plan que contemple, juzgaría preciso comunicarlo a sus aliados antes de proponerlo a los beligerantes. En realidad, el emperador les ha comunicado cierto plan por medio del cual se trata de proponer una tregua simultáneamente tanto a la otomana Puerta como al gobierno provisional de Grecia, con el objeto de dar tiempo a una mediación amistosa. El gobierno inglés no se opondría si dicho plan se propusiera en tiempo y forma. No ha de ocultarse que el escrito que ha suscitado tanta indignación en el gobierno griego ha provocado otra similar en el otomano. Mientras los griegos se muestran inflexibles con cualquier acuerdo que no descanse en su independencia nacional, la Puerta rechaza igualmente cualquier forma de reconciliación que no califique al griego de vasallo. Ante tal estado de los ánimos, es indudable que poca esperanza existe de una mediación bien acogida.
Si Rusia hubiera propuesto tal acuerdo antes de hallarse las reclamaciones del uno y el otro donde están en el día de hoy, si lo hubiera propuesto en el momento en que las alternativas de la guerra parecían dar pie firme para un acuerdo de manera amistosa, ni Rusia ni ninguna otra potencia se habrían mostrado reticentes, al considerarlo digno de estudio. Este escrito, visto como un memorándum ruso, contiene elementos de pacificación, aunque estos elementos no posean los títulos adecuados para someterlos a la consideración de los beligerantes. Si el dominio de la Puerta sobre Grecia no debe reanudarse sin más, si la independencia de los griegos no debe ser reconocida sin más (y estos dos son los términos que se oponen al acuerdo), si los mediadores no pueden decidir sin el consentimiento de los contendientes, no queda sino modificar tanto el dominio de la Puerta como la independencia de Grecia, y debatir entonces la clase y el grado de las modificaciones. Las partes en conflicto podían sin duda invalidar el acuerdo con sus protestas, por muy razonables que sean los principios que lo inspiran o por muy imparciales que sean sus cláusulas. Y nosotros creemos que ambos beligerantes se empeñan en rechazar cualquier clase de acuerdo, por lo que en el presente parece vana la esperanza de éxito para cualquier mediación.
Sobre la protección inglesa, que Vd. invoca a favor de los griegos para la consecución de su independencia, comparando sus derechos con los de los países de América del Sur que se han separado de su metrópoli, debo hacerle notar que, en la pugna entre estos países y España, Inglaterra ha proclamado y mantenido una estricta neutralidad. Lo mismo ha hecho con respecto a la calamitosa guerra de Grecia, respetando en todo momento el derecho a la guerra de los griegos. Si hace poco se vio obligada a impedir los abusos de este derecho, espero que no se vuelva a encontrar en la misma necesidad. Esté seguro el gobierno provisional de Grecia de que el gobierno inglés observará en lo sucesivo la misma neutralidad y no intentará forzar a los griegos, so pretexto de pacificación, a acepar un proyecto de acuerdo en contra de sus deseos, si se da ocasión para ello. Pero si los griegos 272


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Historia de la insurrección griega creen conveniente solicitar nuestra mediación ya en el presente ya en el porvenir, se la ofreceremos al sultán y, en caso de que la acepte, no descansaremos hasta que dé fruto con la colaboración de las demás potencias, cuya concurrencia facilitará el acuerdo y asegurará su observancia. He aquí lo que, según nuestro criterio, puede solicitar Grecia de los ministros ingleses. Ni directa ni indirectamente han impulsado éstos a los griegos a iniciar su rebelión, ni tampoco pusieron ningún tipo de obstáculo para su desarrollo; nadie tiene derecho a suponer que Inglaterra, teniendo a la vista las amistosas relaciones y los viejos tratados entre sí misma y la Puerta, que la Puerta no ha transgredido, puede asumir una guerra de ninguna manera provocada por ella y hacer propio un conflicto ajeno. Espero que mis palabras despejen toda sospecha, fruto del desconocimiento o de la malevolencia, y toda acusación de que el gobierno inglés está predispuesto en contra de los griegos, y que éstos verán en mis palabras la limpieza de nuestros pensamientos, que no dudamos haber expresado con sinceridad.” NOTAS AL CAPÍTULO LIII ag
Mientras me ocupaba en la impresión de este III tomo, se editó la obra en dos tomos del Sr. Finlay sobre la insurrección griega.
Dicho historiador me reprocha en la página 69 del tomo II no hacer mención alguna del conde de Santa Rosa en el discurso fúnebre que pronuncié en la iglesia en honor a los caídos en Esfactería. Incurrí en este reproche por ciertas palabras aparecidas en el diario del italiano Sr. Collegno.
Nunca pronuncié un discurso fúnebre para los caídos en Esfactería. El discurso al que se refieren el Sr. Collegno y el Sr. Finlay es el que pronuncié el 10 de mayo de 1825, día en que se promulgó la amnistía general. El tema del discurso era la concordia. Se alude al desastre de Esfactería de pasada, pero no se menciona por su nombre a ninguno de los allí caídos, ya fueran griegos o filohelenos. Sin embargo, hace ya muchos años que hice la mención elogiosa que merecía el excelente hombre y devoto filoheleno que fue Santa Rosa, en el texto de este capítulo de mi Historia.
Dice el Sr. Finlay en la página 180 del tomo I que, como rara vez cito las fuentes en que bebo, me tomo la libertad de copiar a los historiadores cuando son griegos y de traducirlos letra por letra cuando son extranjeros. Pone como ejemplo una frase de dos líneas extraída de las memorias del recordado Yermanós que dice: “Simultáneamente, otros de Kalávryta mataron a dos cipayos de Tripolitsá en la aldea de Livartsi, y otros en Feneós a los giftorrecaudadores de impuestos.” Los que escribieron antes que yo narraron los sucesos a que se refiere esta frase; son conocidos de todos e incontestables, y no hay necesidad alguna de testimonio para dejar establecidos unos hechos tan unánimemente sabidos y aceptados. Pero es 273


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Spyridon Trikupis significativo que el Sr. Finlay desconozca el significado del término gyftocharatsides.
Esta palabra en la frase antedicha no significa, como él equivocadamente supone tanto en este pasaje como en la introducción de su obra, que los charatsides eran llamados así por chanza, sino que cobraban tasas a los gitanos que deambulaban de acá para allá con su casa a cuestas. A esta clase pertenecían los asesinados. Charatsides sin más eran llamados los que recaudaban los impuestos a los habitantes de ciudades y aldeas.
¿Por qué razón el Sr. Finlay, en página 335 del tomo I, a propósito del asunto de Varnakiotis y ansioso por encontrar un motivo de censura contra Mavrokordatos y contra mí, dice: “Mavrokordatos y Trikupis (léase Ioannis Trikupis –mi padre–, según corrección del propio Sr. Finlay al final del tomo) conocían las intrigas de Varnakiotis y las fomentaban con la vana esperanza de aprovecharse de la fingida traición, pero se vieron envueltos por sus sórdidas maquinaciones”?
Es extraño que el Sr. Finlay no se contenga en calificar de sórdida maquinación esta estratagema para retrasar la invasión enemiga que se cernía sobre Etolia-Acarnania en aquellos duros momentos. Si fuera así, también es sórdida maquinación la de Markos Bótsaris contra Agos Vasiaris, en el primer sitio de Mesolongui, y muchas otras.
Peor que éstas, según el Sr. Finlay, es la de Temístocles contra los espartanos en la construcción de los Muros Largos.
De nuestras respuestas a las críticas antedichas del Sr. Finlay se deduce clarísimamente que lo de mi discurso sobre los caídos en Esfactería, cuyos silencios son calificados por el Sr. Finlay como flagrante muestra de la ingratitud nacional de los griegos para con los extranjeros, es una flagrante falsedad, así como su corrección sobre los gyftocharatsides una clara hipercorrección, y las palabras sobre Varnakiotis puro disparate.
Confieso que he incorporado o, si quiere el Sr. Finlay, he traducido literalmente pasajes de la Historia de Gordon; no he querido parafrasearlo, como han hecho otros historiadores, porque considero infantil este recurso. Esta es la razón por la que callé premeditadamente de dónde los tomé.
Una cosa es historiar los hechos del pasado y otra los contemporáneos. En aquéllos, el testimonio del que se nutre el tema es irrenunciable, en éstos es imposible, porque se obtiene de muchas bocas y la veracidad resulta incontrolable, pues las palabras vuelan; la principal garantía de los hechos descritos es el carácter del historiador. Pero cuando el historiador contemporáneo toma algo a otro historiador contemporáneo, no debe hacerlo sino después de contrastarlo con testigos presenciales y los que les oyeron, en la medida en que esto sea alcanzable, o con la autoridad de los periódicos del momento o los escritos dignos de crédito. Esto es lo que yo he hecho habitualmente: acopiar mucho y de las mismas fuentes en donde han bebido mis colegas contemporáneos.
Basten estas consideraciones para una justa apreciación de algunas minucias del Sr. Finlay sobre mi Historia. Digo minucias porque, de todas maneras, no la ataca 274


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Historia de la insurrección griega en nada esencial, aunque parece dedicado a la búsqueda de microscópicos errores.
Y he de añadir con pesar que quien recorra su libro no puede dejar de verlo como un cúmulo de inexactitudes, mala disposición y sentimiento innoble hacia los héroes de la Independencia.
ah
El obispo de Metona, denunciado como inductor de las injustas matanzas a la caída de Neókastro, fue torturado y terminó sus días en una sombría celda, víctima de la peste.
NOTAS AL CAPÍTULO LIV ai
“Nuestro ejército –escribía el legislativo al comité de Londres el 11 de juniono es que haya resultado caro, es que es la ruina de la patria. Sus concusiones son indescriptibles; para que os hagáis una idea, bastará con que os digamos que muchas veces se nos escapa la victoria y peligra la patria porque mientras la administración cree que tiene cinco mil soldados en una posición, cuando hay que enfrentarse al enemigo no se encuentran ni mil; y éstos rara vez están de acuerdo, regalando en muchos casos el triunfo al enemigo con su división ¿Y quién va a impedir estos abusos? Los que emplea el gobierno son de la misma pasta y, si le prestan algún servicio por medio del cual la administración debilite a sus rivales, se vuelven peores y quieren dar leyes, y la administración se ve obligada a prescindir de ellos. El descontrol de nuestros militares ha agotado la mayor parte del préstamo sin ningún beneficio para la patria y, frente al actual peligro, no cuenta ni con medios ni con soldados que oponerle.” NOTAS AL CAPÍTULO LV aj
“La gruta Coricio excede en tamaño a las mencionadas y se puede recorrer en su mayor parte sin antorchas; el techo se eleva expedito desde el piso y hay agua que mana de las fuentes y, en mayor cantidad, destila del techo, de forma que se muestran en el suelo por toda ella vestigios de las gotas…. Desde Coricio es difícil ya, incluso para un buen caminante, llegar a la cima del Parnaso…. De las grutas que he visto, esta me parece la más curiosa”.
PAUSANIAS.
“Todo el Parnaso es sagrado y tiene grutas y otros parajes venerados como sacros; el más conocido y hermoso es Coricio, la gruta de las ninfas.” ESTRABÓN.
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Spyridon Trikupis “Honro a las ninfas de la gruta Coricia, honda, refugio de aves, reposo de los dioses.”.
ESQUILO.
ak
Como el Sr. Kritovulidis dice en la página 331 de sus memorias que he desfigurado los hechos de la toma de Gramvusa, manifiesto para acreditar mi narración que, al escribirla, tuve a la vista, además de otras fuentes, el informe manuscrito, que cité y aún obra en mi poder, de don Anagnostis Panayotu que, por cierto, asistió en calidad de protagonista a la toma de la fortaleza, y no estuvo ausente como dice el Sr. Kritovulidis. Dicho informe narra también el fracasado asalto de Tombazis a Gramvusa y otros sucesos. La exposición de estos dos paisanos y cronistas difiere en muchos puntos; con todo, es preferible la del testigo presencial y distinguido político y militar.
al
El contralmirante de Rigny, queriendo investigar sobre el arbitrario proceder del capitán, envió la corbeta Victorieuse a Hydra y la goleta Estafette a Egina y supo por Tombazis, Kriezís y Kanaris que el brick francés en cuestión lanzó en efecto cuatro proyectiles sobre el bote de Kanaris.
NOTAS AL CAPÍTULO LVI am
El mismo año fue enviado a Baviera Reyneck, con el encargo particular de Mavrokordatos de preguntar a Eugenio de Beauharnais, entonces residente allí y apreciado con razón por su personalidad y sus cualidades, si aceptaría el trono de Grecia; pero éste murió antes de la llegada del enviado.
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Cuando Meternich estaba en París, Grandville, embajador de Inglaterra, preguntó a su ministro de Asuntos Exteriores, Canning, qué le decía. “Primero entérate –le respondió Canning– que considero a Metternich el hombre más villano y falso de Europa y casi de todo el mundo civilizado.” – George Canning y su tiempo.

He aquí el contenido del panfleto:
“ El clero, los representantes, los mandos políticos y militares de la nación griega por tierra y por mar 1º comprobando que por los irrenunciables derechos de la propiedad y la soberanía, por los principios religiosos y de libertad que en él predominan y por la inclinación natural a la conservación y seguridad de la propia existencia, los griegos se han armado con las armas de la justicia y, en el transcurso de más de cuatro años, han resistido decisiva y firmemente contra las fuerzas terrestres y marítimas de Asia, Africa y Egipto y, en todos estos peligros, han destruido o 276


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Historia de la insurrección griega superado las colosales fuerzas del enemigo; y finalmente, privados de todo medio adecuado a tan sublime proyecto, han consagrado con sangre sus preciados derechos y dado al perplejo mundo no tanto muestras comunes cuanto de lo que es capaz un pueblo nacido por naturaleza para vivir libre y que ya ha podido romper los nudos de una opresiva esclavitud más que duradera; 2º observando por los resultados de una contienda tan desigual que los griegos han obtenido la incontrastable decisión de darse un status político; 3º considerando que los agentes de ciertas Potencias, aunque cristianas, no han mantenido unas directrices coherentes con los principios que ellos mismos sostienen, sino por su parte no han cesado de hacer circular continuamente contradicciones políticas de variopinta esencia y carácter, 4º comprobando que ciertos de estos agentes están actuado a través de sus enviados dentro de Grecia, a fin de insertar en algunos griegos la inclinación a constituir nuevos sistemas políticos acordes con el espíritu y los fines de dichos agiotistas; 5º observando que el movimiento legítimo y táctico de la marina griega soporta no pocas perturbaciones y transgresiones por parte de los poderes marítimos de ciertas monarquías que infringen de todas formas posibles los deberes de neutralidad proclamados por sus cortes en los tratados de Liubliana y Verona; 6º observando con gran aflicción que los propios cristianos toman las armas contra los paladines del Evangelio para ayudar al Corán, de manera que, en contra de todos los principios de verdad política y ética, soldados europeos se afanan en instruir, organizar y conducir las huestes bárbaras que se dirigen a devastar la tierra sagrada que cubre mezclados y confundidos los inmortales huesos de los Cimones, los Tsamadós, los Leónidas, los Bótsaris, los Filopémenes, los Nikitareos y los Colieos, impidiendo los progresos del sagrado asentamiento de Grecia; 7º comprobando que el gobierno de Gran Bretaña, feliz de administrar un pueblo libre, es el único que ha observado hasta ahora una limpia neutralidad, absteniéndose de imitar las presiones a las claras o los turbios manejos que sin cesar se han practicado y se practican por parte de otros en Grecia, Constantinopla y Egipto; 8º considerando que la indiferencia británica no basta para contrarrestar la ya crecida persecución exterior en perjuicio de Grecia; 9º teniendo en cuenta que Grecia, no por carencia de fuerzas ni por falta de decisión, no ha podido hasta la fecha emprenderse, sino por las razones antedichas y principalmente la que dimana de no haberse dado un régimen por encima de las pasiones y relaciones personales; 10º teniendo en cuenta que los griegos deben salir vencedores en tan ardua batalla o ser totalmente aniquilados, ya que no hay ningún medio que pueda librarlos de la decisión que ha resultado inevitable por la marcha de la guerra y del tiempo; 11º teniendo en cuenta en conclusión, que si por superior designio de la Providencia, las fuerzas británicas se encuentran desplegadas junto a nosotros, en su presente situación Grecia debe aprovechar la ocasión como es de esperar de la rectitud y humanidad de su fuerte gobierno; por lo cual, para asegurar los sagrados derechos de la libertad de la nación y de una existencia política suficientemente amplia, Grecia, por el presente procedimiento popular define, decide, decreta y desea la siguiente Ley: 277


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Spyridon Trikupis PRIMERO: La nación griega, en virtud del presente procedimiento, deposita voluntariamente su sagrada libertad, independencia nacional y superviviencia como Estado bajo la exclusiva protección de Gran Bretaña.
SEGUNDO: El presente procedimiento instrumental se dirige con doble memorándum sobre el tema al respetable gobierno de Su Majestad Británica en Londres, y al mismo tiempo se envía por intermedio de Su Excelencia el Sr.
Gobernador General de S.M. en las Provincias Unidas de las Islas Jónicas.
TERCERO: Los presidentes de los consejos extraordinarios del Estado por tierra y mar harán cumplir la presente ley.
En….. 1825 ao
Kolettis refiere las causas por las que no suscribió el escrito en una de sus epístolas a su tío Turturis, insertada en la obra del protsosýnguelos Frantsís sobre la guerra de independencia de Grecia. Kunduriotis no lo suscribió porque el escrito fue firmado bajo la presidencia de Miaúlis y de Kolokotronis, no la de él NOTAS AL CAPÍTULO LVII ap
Vd. capítulo XL.
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Este recinto en forma de media luna se hizo a expensas de Lord Charles Murray, hijo del duque de Atholl, un valioso joven que había venido a Grecia a luchar y murió en Gastuni el 30 de julio de 1824.
Kokkinis, el constructor de la muralla, puso los nombres a las diversas partes del recinto según su capricho.
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Vd. los números 121, 122, 125 y 126 del diario El amigo del Pueblo.
NOTAS AL CAPÍTULO LVIII
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Una hazaña parecida narra el diario de Mesolongui en su nº 88:
“Siete barcos enemigos que salieron ayer (31 de octubre) de la bahía de Patras se encontraron hoy frente al cabo de Papas con tres pequeñas embarcaciones armadas nuestras, al mando de los capitanes Konstandís Trikupis, Chrýsanthos Moraitakis y Dimitrios Panayotis, entablando un combate que duró aproximadamente dos horas. Por increíble que pueda parecer, la victoria en este desigual combate naval se inclinó del lado de nuestra exigua flotilla y las naves enemigas, compuestas de 278


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Historia de la insurrección griega una corbeta, dos bricks y cuatro goletas, rompieron su línea y tuvieron que volver, para oprobio suyo, al amparo de las fortalezas de Patras, haciendo fuego por la popa.” at
He aquí el último intercambio de misivas, literalmente transcrito: “Ibrahim Pasha, valí de Tsedá y Morea y serasker.
Mehmet Reshid Pasha, valí de Rumelia y serasker.
A todos cuantos se encuentren sitiados en Mesolongui, pequeños o mayores: en respuesta al ragi que trajo el hombre enviado de vuestra parte, os manifestamos y de esta forma se ha hablado varias veces y han pasado varios días. Sin embargo, el ragi que pedís requiere otro, de la misma manera que os declaramos arriba: Primero: entregad las armas de modo que nadie se quede ni con un cuchillo pequeño. Segundo: habitaréis en la parte de Turquía que queráis; y a los nativos de Mesolongui si quieren ir a otra parte con vosotros, les damos permiso; y si quieren quedarse en su lugar, seréis libres de quedarse en sus casas y huertos, y a todos se os respetará honor y vida y no seréis importunados lo más mínimo. En esto os aseguramos. Y si os inclináis por esto, os damos el ragi, y esta es la última respuesta nuestra y tal. En el campamento, a 21 de marzo de 1826.” La carta da por supuesto que los sitiados fueron los primeros en pedir una negociación, pero esta premisa se muestra falsa por la respuesta que sigue: “A los altísimos visires valí de Morea y valí de Rumelia: Estáis equivocados. Nosotros no os hemos pedido que hablemos, habéis sido vosotros quienes lo habéis pedido.
Hemos visto vuestro balbuceante escrito y agradecemos que nos escribáis la verdad desnuda, porque de vuestros hombres no hemos podido informarnos hasta ahora, pues nos lo decían todo embrollado. No esperábamos que se os pasara por la cabeza la ocurrencia de pedir ocho mil armas chorreando sangre y que os las entregáramos con nuestras manos. Tales armas se corresponden con la vida. Por lo cual, como vemos vuestra intención y la decisión que hemos tomado, sucederá lo que Dios haya decidido, lo cual no sabéis vuestras altezas ni lo sabemos nosotros, y cúmplase la voluntad de Dios.
Mesolongui, 21 de Marzo de 1826.
Los jefes militares de Mesolongui.
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La espada partida en dos fue colgada como ofrenda en el templo de Klísova, después de la liberación de Mesolongui.
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Spyridon Trikupis av
De los otros dos miembros del comité directivo de Grecia Occidental, Themelis había muerto durante el asedio y Kanavós no estuvo en él.
NOTAS AL CAPÍTULO LIX aw
He aquí en resumen el discurso que pronunció el gran visir en esta reunión de personalidades. Lo consigno para mostrar cuánto había perturbado y humillado a la orgullosa Puerta la guerra contra los griegos.
“Gracias a la protección del Altísimo y al valor de nuestros soldados, el imperio otomano ganó en épocas pasadas los laureles de la victoria y anonadó a sus enemigos; pero los tiempos que corren no son los mismos: los soldados se han desviado de sus obligaciones, se han vuelto peores y, dirigidos por indignos o cobardes, huyen frente al enemigo ¡De qué lamentables pensamientos es responsable el espectáculo de los griegos de hoy, esos rebeldes, débiles como cañas, que han desbaratado hasta ahora todos nuestros esfuerzos! El incontenible empuje de los valientes musulmanes debería haberlos destruido en un instante ¡Y sin embargo, aún no hemos podido extinguir la llama de su rebeldía! La Historia nos explica hasta qué punto despreciaban los musulmanes de otras épocas la vida y la hacienda por la fe, y cuánto brillaban en el campo de batalla, en especial los jenízaros; pero sus batallones no son ya lo que eran: insensiblemente se han ido introduciendo en sus filas aventureros que han echado a perder su estructura; completan sus levas con nombres de jenízaros mercenarios, pero si se busca a combatientes, casi no se encuentra a ninguno; si se ordena a alguna compañía que salga para la guerra, se alista a excrementos que actúan como espías del enemigo, sobre todo a griegos que alimentan un odio sin tregua contra el Islam y se introducen transformados de diversos modos, encendiendo pasiones para que el ejército se paralice. Los jenízaros son incapaces de distinguir lo verdadero de lo falso y, desviados del recto camino, mantienen que la guerra contra los griegos no era necesaria, que tenía por objeto la aniquilación de los jenízaros y que han sido los ministros del sultán quienes, sobornados, han entregado las provincias del país a los enemigos ¡Qué absurdo suponer que un gobierno emprende una guerra con el objetivo de destruir su propio ejército, o sea, los miembros de su propio cuerpo, y que reparte sus caudales con el objeto de entregar sus provincias al enemigo! Tal calumnia es una auténtica locura. No, las verdaderas causas de la decadencia del ejército son la disminución del sentimiento religioso y la infracción de las ordenanzas militares: el soldado de hoy no interioriza sus deberes religiosos, desconoce que es un campeón de la fe y que por ley divina debe obediencia ciega a la voz de sus mandos. Que observe quien quiera el funcionamiento del ejército de jenízaros con los primeros sultanes y verá que en el día de hoy no se conserva: en la época de Suleyman I, los jenízaros se hacían duchos en todo tipo de armamentos en uso entonces y sus filas no se nutrían con advenedizos ¿De 280


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Historia de la insurrección griega dónde viene tal cambio? Si el sueldo o las raciones no fueran suficientes, la Puerta tiene abundantes recursos y está dispuesta a aportarlos. Sabéis cuál es la fuerza y cuál el objetivo de los enemigos del Islam; sabéis qué indisciplina reina entre los jenízaros; mareos le dan a uno al describirla. A vosotros, pues, corresponde decidir hoy qué hacer para remediar el mal. Se trata de abatir la insolencia del enemigo, de limpiar el oprobio de nuestras desdichas. Expresaos libremente, mostrad el camino y estamos dispuestos a seguirlo; estrechamente ligados por los lazos de la sagrada ley, colaboremos de consuno en el esplendor y la prosperidad del Imperio” --Texto de Asad Efendi, historiador del Imperio Otomano.
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Memorias de los protagonistas del 1821