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SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega Tomo II Traducción de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada


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1 ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821
SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega II. Acontecimientos de 1821 Traducción de Manuel Acosta Esteban
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1 ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821 1
SPYRIDON TRIKUPIS
Historia de la insurrección griega II. Acontecimientos de 1821 Traducción de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada 2021


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Memorias de los protagonistas del 1821 Directora de Serie Panagiota Papadopoulou Comité Científico Georges Contogeorgis, Dimitrios Drosos, Ioannis K. Hassiotis, Evanthis Hatzivassiliou, Christina Koulouri, Moschos Morfakidis Filactós, Encarnación Motos Guirao, Despoina Papadimitriou
DATOS DE PUBLICACIÓN Spyridon Trikupis: Historia de la insurrección griega Traducción: Manuel Acosta Esteban
No de la serie: 1. Tómo II pp.: 278 1. Historia de Grecia moderna. 2. Fuentes de la historia de Grecia moderna.
© Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas © Grupo de Investigación “Estudios de la Civilización Griega Medieval y Moderna” HUM728 © Manuel Acosta Esteban Maquetación: Jorge Lemus Pérez Contraportada: Detalle extraido de Grecia en las ruinas de Mesolongui de Eugène Delacroix Granada 2021 ISBN de la obra completa: 978-84-95905-47-5 ISBN del tomo II: 978-84-95905-50-5 Χορηγοί έκδοσης / Edición patrocinada por: Βουλή των Ελλήνων / Parlamento de Grecia Επιτροπή Ελλάδα 2021 / Comité Grecia 2021
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra sin la preceptiva autorización.


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A mis colegas de Filología Clásica que sintieron que Grecia no acaba en Demóstenes o Teodosio, sino abarca desde Foroneo hasta Alexis Tsipras, desde Pandora hasta la ex-reina Sofía.
…καταγόμενοι δὲ καὶ ἐκ μεγάλων προπατόρων, ὧν τὰ συγγράμματα καὶ τὰ ἔργα οὐδέποτε τοῖς ἦσαν ὁλοτελῶς ἄγνωστα, δὲν ἦτο δυνατὸν νὰ φανῶσι διόλου ἀνάξιοι τῆς λαμπρᾶς καταγωγῆς των.
‘...y, remontándose a grandes ancestros cuyos escritos y logros nunca les fueron completamente desconocidos, no podían mostrarse indignos del todo de su brillante origen.’ S. Trikupis, en el proemio de su Historia de la insurrección griega.


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ÍNDICE 1821 - CAPÍTULO XX Avance de los turcos en Grecia Oriental y toma de la plaza fuerte de Lebadea.- Combates en la zona.Incursión de Omer Pasha Vryonis en Eubea y el Ática.- Fin del asedio de la acrópolis de Atenas.Fracaso de la expedición de los griegos a Caristo.-......................................................................................15 1821 - CAPÍTULO XXI Concentraciones de tropas turcas en las afueras de Kushadasi y tribulaciones de los habitantes cristianos de esta ciudad y su comarca.- Expedición naval de los turcos contra Samos, con mal resultado.- Aparición de la escuadra griega en el brazo de mar entre Samos y Asia y quema de nueve cargueros turcos.Fracaso de la campaña turca.- Guerra entre Turquía y Persia.-...................................................................25 1821 - CAPÍTULO XXII Las relaciones entre Rusia y Turquía.- Partida del embajador del emperador Alejandro en Constantinopla.-.......31 1821 - CAPÍTULO XXIII Capitulación de Monemvasía.- Marcha de los turcos de Arkadiá a Neókastro y capitulación de ésta.-...........49 1821 - CAPÍTULO XXIV Tripolitsá y su asedio.- Batalla de Vasiliká.- Aparición de una escuadra turca en las costas del Peloponeso.Fin del sitio de Koroni.- Sucesos en Kalamata y en la comarca de Patras.- Desastre de Galaxidi.- Batalla naval frente a Zacinto.- Actitud del alto comisionado ante el pueblo de las islas Jónicas.- Toma de Tripolitsá.- Segunda irrupción de los turcos en Sfakiá y llegada a Creta de Michaíl Afendulis como coma ndante.-...........................................................................................................................................................55 1821 - CAPÍTULO XXV Expedición planeada y no llevada a cabo de Kolokotronis a Patras.- Retirada de las tropas turcas de Grecia Oriental.- Entrada de los griegos en la ciudad de Atenas.- El sistema de notables antes de la guerra.- Aléxandros Mavrokordatos, Theódoros Negris y otros griegos venidos del exterior.- Constitución de los gobiernos centrales de Grecia Continental y el Peloponeso.- Reunión de los delegados en Argos.La alianza greco-albanesa y su disolución.-..................................................................................................81 1821 - CAPÍTULO XXVI Nauplion y un infortunado intento de asalto.- Los sucesos de Patras.- Muerte de Andonis Ikonomu.Traslado de los delegados a Piada, junto a Epidauro.- Capitulación de Corinto.-.......................................95 1821-1822 - CAPÍTULO XXVII Influencia de los jefes políticos y los militares en las provincias y diferencias entre ellos.- El primer congreso nacional de Epidauro.- Sistemas políticos.- Gobierno representativo y establecimiento del mismo en Corinto.-.......................................................................................................................................103 1821-1822 - CAPÍTULO XXVIII Desgraciada campaña contra Caristia y muerte de Hilías Mavromichalis.- Partida de la escuadra otomana y desembarco de tropas en Patras.- Batalla naval en la bahía de Patras.- Lo que hubo entre el gobernador de las islas Jónicas y la escuadra griega.- Expedición para el asedio de Patras al mando de Kolokotronis.-...............................................................................................................................................113 1821-1822 - CAPÍTULO XXIX Catástrofe de Casandra.- Sometimiento de Hagion Oros.- Catástrofe de Nausa y de la causa griega en toda Macedonia.-..........................................................................................................................................129
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1822 - CAPÍTULO XXX Caída de Ali Pasha.- Preparativos bélicos de turcos y griegos.- Las matanzas de Quíos.- Éxitos de la flota griega.-.................................................................................................................................................137 1822 - CAPÍTULO XXXI Sobre las juntas regionales del Peloponeso y de Grecia Continental y sus relaciones con el gobierno.Campaña de Hypsilandis en Grecia Oriental.- Infaustos desmanes en la toma de Zituni y Patratsiki.Campaña de Mavrokordatos en Grecia Occidental.- Creta desde la llegada de Afendulis hasta mayo.Muerte de Baleste.-.......................................................................................................................................155 1822 - CAPÍTULO XXXII Conflictos entre el areópago y Odiseo.- Muerte de Nutsos y Palaskas.- Llamamiento de Hypsilandis.- Ira del gobierno contra Odiseo.-........................................................................................................................167 1822 - CAPÍTULO XXXIII Rendición de la Acrópolis de Atenas.-..........................................................................................................173 1822 - CAPÍTULO XXXIV Salida de los notables del Peloponeso para reclutar en las provincias.- Constitución de una comisión ejecutiva.- Bautismo de mahometanos.- Acuerdo sobre la capitulación de Nauplion.- Petición privada y en secreto de un protectorado inglés sobre el Peloponeso.- Fin del sitio de Patras.-.................................177 1822 - CAPÍTULO XXXV Expedición de albaneses contra Suli.- Su caída y bloqueo de Kiafa.- Campaña de Mavrokordatos hasta más allá de Makrynoros.- Destrucción de la pequeña fuerza naval al mando de Passano en el golfo de Ambracia.Batallas de Komboti, Plaka y Fanari y muerte de Kyriakulis Mavromichalis.- Batalla de Petas.-......................183 1822 - CAPÍTULO XXXVII Expedición de Mahmud Pasha Drámalis a Grecia Oriental y el Peloponeso y su fracaso.- Las operaciones en Eubea y Creta.-........................................................................................................................................195 1822 - CAPÍTULO XXXVII Grecia Occidental desde la batalla de Petas hasta el sitio de Mesolongui.- Capitulación de Kiafa.-............215 1822 - CAPÍTULO XXXVIII Enfrentamientos por tierra en las afueras de Nauplion.- Batalla naval en el golfo argólico y retirada de la flota turca.- Incendio de una fragata turca en Ténedos.- Capitulación de Nauplion.-............................223 1822 - CAPÍTULO XXXIX Situación de Odiseo.- Asamblea constituyente de Grecia Oriental tras el paso de Drámalis.- El areópago.Acusación contra Ioannis Logothetis, miembro del legislativo, por un delito político.- Nueva invasión de Grecia Oriental al mando de Köse-Mehmet Pasha y retirada.-...................................................................237 1822 - CAPÍTULO XL Mesolongui: descripción y asedio.- Fracaso de la expedición de Vryonis a Grecia Occidental.-..................245
Notas al final.-...............................................................................................................................................257
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Spyridon Trikupis Historia de la insurrección griega Segunda edición revisada y corregida Tomo II
“Se debe considerar como la mejor educación para la vida verdadera la experiencia recibida de la historia, pues ésta es la única que, sin perjuicio y en toda ocasión y circunstancia, establece criterios sobre lo mejor.” De las Historias de Polibio.
Londres 1860


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1821 CAPÍTULO XX AVANCE DE LOS TURCOS EN GRECIA ORIENTAL Y TOMA DE LA PLAZA FUERTE DE LEBADEA.- COMBATES EN LA ZONA.- INCURSIÓN DE OMER PASHA VRYONIS EN EUBEA Y EL ÁTICA.- FIN DEL ASEDIO DE LA ACRÓPOLIS DE ATENAS.- FRACASO DE LA EXPEDICIÓN DE LOS GRIEGOS A CARISTO.
Después de pasar ocho días en Graviá, los turcos se trasladaron a Vodonitsa; los de Odiseo ocuparon la aldea situada en el camino de Lebadea, Kastraki, porque hacia aquella zona se dirigían los pashás.
Como los griegos se proponían neutralizar esta expedición turca, juzgaron necesario que, mientras los de Odiseo mantenían Kastraki, los demás jefes de tropa atacaran por segunda vez Patratsiki y obligaran al enemigo a dar marcha atrás. Guras, Skaltsás y Safakas, jefe guerrillero de Kravvara, se concentraron con 1200 entre los tres en Aetós, emplazada en el Eta encima de Patratsiki, para caer desde allí sobre la ciudad, puestos de acuerdo con Mitsos Kondoyannis. Pero los turcos de Patratsiki, al enterarse de su llegada, salieron en pie de guerra por la noche inesperadamente; eran más de dos mil, al mando de Deli Hafez, y cercaron a los de Skaltsás y Guras. Al saberlo Safakas, que había acampado un poco apartado de ellos, disparando inesperadamente sobre ellos rompió el cerco y dio ocasión a los compañeros de salir ilesos. De esta manera se frustró el plan de diversión.
Tras pasar algunos días en Vodonitsa, los pashás salieron contra Lebadea.
Cuatro horas hay desde Vodonitsa a Kastraki, donde estaban los de Odiseo.
Los turcos, antes de avanzar, quisieron dispersarlos; ellos, al ver a los atacantes, se fueron sin luchar, pero antes Odiseo tuvo una conversación, en las afueras de Dadí, con un conocido suyo de Creta, Chatsí-Ahmet Aga, que había sido administrador de Lebadea y entonces iba acompañando a Köse-Mehmet Pasha. Este encuentro secreto llevó a algunos a cuestionar la actitud de Odiseo con respecto a la causa, cuando lo vieron alejarse sin luchar de Kastraki, donde disponía de buenas fortificaciones; pero su 15


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brillante resistencia en Graviá1 hacía ilógicas estas sospechas. En tanto los turcos, habiendo llegado a las afueras de Lebadea el 25 de junio, exigieron a los habitantes la rendición a cambio de una amnistía y, al no ser escuchados, cayeron al amanecer del día siguiente sobre la ciudad, se apoderaron de ella e incendiaron una parte. Al irrumpir los turcos, muchos oficiales y soldados de Odiseo que estaban en la ciudad subieron al castillo y quedaron sitiados; también huyeron allí muchos habitantes; los que no lo hicieron se rindieron y no fueron maltratados. Después de la toma de la ciudad por los turcos, Odiseo ocupó con mil hombres Surpi, la aldea ubicada sobre Lebadea, a la que llegó también Guras.
El avance de los enemigos en Grecia Oriental asustó al máximo a los del Peloponeso, pues corrió la voz de que se proponían invadir la península y subir hasta Tripolitsá para echar a los sitiadores. En evitación de este mal, se desgajaron de las tropas acampadas en el Peloponeso Hilías Mavromichalis y Nikitas. Éstos, habiendo llegado al Istmo y sabedores de que el enemigo estaba aún en Lebadea a causa de la resistencia del castillo, tomaron de entre los que sitiaban Corinto a los de Hydra, a los de Poros y a algunos de los de Dervenochori2 y partieron hacia Granitsa, aldea sita encima de Lebadea y más al este que Surpi. Osados y ávidos de gloria, los dos jefes peloponesios querían distinguirse desde el principio por alguna heroicidad; sin informar previamente a Odiseo, cayeron sobre las tropas enemigas de Lebadea y, en vez de causarles daño, fueron gravemente vapuleados por la caballería adversaria, que mató a 20 de los suyos, entre ellos a Kyriakós Duzinas; y habrían sido aún más castigados si Odiseo y Guras, al ver la refriega, no hubieran bajado desde la aldea donde acampaban para cubrirles la retirada. Después de este infortunado combate, los peloponesios se dirigieron a Surpi, donde habían ido también los de Odiseo y Guras. Al día siguiente, llegó otro refuerzo del Peloponeso al mando de Kyriakulis Mavromichalis y Tsalafatinos. Éste se instaló donde estaban los demás peloponesios, en tanto que Kyriakulis tomó Petra, que está a dos horas de Lebadea en la carretera desde ésta a Tebas, pero no pudo resistir al ataque del enemigo y retrocedió a Krekuki y Kokla, aldeas de Tebas. El plan de los griegos de fuera de Lebadea era ponerse de acuerdo con los del fuerte y caer de improviso sobre los 1 2
Ver tomo I, capítulo XIV, págs. 188-190.
Actual Derveni.
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enemigos que había en la ciudad, cada uno por su lado. En las filas de los turcos iba el jefe Christos Palaskas, en el cual tenían plena confianza tanto los griegos que estaban fuera de la ciudad como los que había en el fuerte; así pues, le revelaban sus planes, se comunicaban a través de él sin que los turcos lo supieran y recibían sus indicaciones sin sospecha alguna. Una vez que decidieron la noche en que se lanzarían todos de común acuerdo contra el enemigo, los del exterior se acercaron pacíficamente a la ciudad desde diversas partes y distribuidos en diferentes grupos, pero de repente sonaron disparos, sin saber nadie de dónde procedían. Este incidente aplazó la ejecución del plan de ataque hasta otra noche; pero los pashás, enterados al día siguiente de los sucesos de la noche, cayeron sobre Surpi antes del alba mientras los griegos dormían confiadamente, mataron a los centinelas situados delante de la aldea, entraron en ésta, dispersaron a los que allí estaban y los obligaron a refugiarse en la montaña que la domina.
A la misma hora en que los turcos atacaban la aldea, los soldados del fuerte, con hambre de varios días, aprovecharon la ocasión y salieron a la carrera; mientras los que se habían quedado –hombres, mujeres y niños– se entregaron por intercesión de Palaskas. De esta manera, los turcos se apoderaron del fuertea. Los expulsados de Surpi se refugiaron todos en el monasterio de San Lucas y se dispersaron desde allí; Odiseo tomó la ruta de Zituni, con el pretexto de obstaculizar los víveres provenientes de allá, y los del Peloponeso se trasladaron a Krekuki y Kaza y acamparon allí, con el temor de que el enemigo, después de la toma del castillo de Lebadea, avanzara hacia el Istmo. Debido a dicho temor, confluyeron en el Istmo otros ejércitos de la península, al mando de Panos Kolokotronis, Soliotis, Dikeos y Andonakis Mavromichalis; al poco se les unió Kyriakulis, dejando en Krekuki como vanguardia a su sobrino Hilías, a Tsalafatinos y a los recién llegados Petmezás Después de la entrega del fortín de Lebadea, los turcos tomaron la decisión de atraerse a los griegos comportándose benignamente, con la esperanza de apagar la llama de la revolución. Por tal motivo no castigaron a los que se prosternaron, restablecieron en la ciudad las Instituciones de siempre –el voivoda, el cadí y los notables– y repartieron amnistías por las aldeas de alrededor. La misma política siguieron con los habitantes de la provincia de Tebas. Al mismo tiempo, procuraban disolver los demás focos griegos existentes e impedir la formación de otros nuevos. Con este objetivo, pareció bien que Mehmet Pasha permaneciera en las provincias de 17


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Lebadea y Tebas y conservara franca la comunidad de aquellos distritos y los del exterior para el acceso libre de nuevas fuerzas y para abastecimiento, y que Vryonis fuera a Eubea para someterla y de allí a Atenas, para acabar con el asedio de la amenazada acrópolis. Siguiendo este proyecto, Mehmet envió tropas contra los griegos que ocupaban Kekrouki y los expulsó al primer asalto. Los griegos volvieron poco después al lugar, lucharon y, llenos de ánimo, bajaron en el ardor de la lucha hasta la llanura, donde la caballería enemiga los volvió a poner en fuga y mató a 27.
Pocos días después, los mismos turcos dieron un golpe de mano contra el monasterio de San Elías, frente a la ciudad de Tebas, retenido por los griegos, y fueron rechazados; después, incendiaron Vilia y mataron a los griegos de allí; luego se dirigieron contra el monasterio de San Melecio, en poder de los griegos. Setenta de ellos se habían encerrado en lo alto de un bastión y, puesto que la seguridad del monasterio dependía de la posesión de aquél, Hilías Mavromichalis, que ocupaba otra posición y combatía con fortuna, temiendo que los combatientes de dentro flaquearan, corrió daga en mano por en medio de los enemigos y saltó al baluarte; así se salvó el bastión, y los turcos se fueron después de prender fuego al monasterio; después de esto, los griegos también se marcharon. En tanto los del Peloponeso, al ver que quedaban pocos de ellos y los enemigos eran muchos y fuertes por disponer de caballería, retrocedieron hasta el Istmo, cerca de sus compañeros acampados allí; desde entonces, cesaron por aquellas zonas todas las confrontaciones entre turcos y griegos.
Estas fueron las acciones llevadas a cabo por el ejército que quedó en las provincias de Tebas y Lebadea al mando de Mehmet. Vryonis, por su parte, se trasladó a Eubea con dos mil hombres.
En el litoral de ésta y frente a la isla de Esciros está Kumi (Kimi).
Aunque lejos de las zonas rebeldes de Eubea, tomaron las armas tanto ella como las aldeas de su entorno en el momento en que se rebeló Limni. Por aquellos días recorría las islas del Egeo el obispo de Caristo, Neóphytos, reclutando hombres y aprestando una fuerza naval para el levantamiento de su sede episcopal. Los de Kumi, al enterarse de que Omer, bey de Caristo, se disponía a marchar contra ellos, escribieron al obispo para que les mandara un contingente. El obispo fue localizado en Andros, cuyas autoridades mantenían dos embarcaciones en el estrecho que separa su isla del cabo Cafireo, para impedir un eventual transporte de tropas turcas desde Caristo; a petición del clérigo, las dispusieron para llevar a Kumi 18


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algunos soldados que se encontraban en Gavriós, la localidad donde está el puerto de la isla; la mayoría eran andrios, y entre ellos había algunos monjes. Pero mientras navegaban hacia la villa en peligro bajo el mando del obispo, Omer Bey atacó a los kumiotas en Lépura, los venció y los puso en fuga, matando a su valiente jefe Yorgakis, hijo de Ioannis Papás, e incendió y saqueó Kumi; así, los que zarparon al mando del infortunado obispo regresaron a Gavriós sin conseguir nada.
Por su parte Vryonis, a los dos días de su incursión a Calcis, que fue el 15 de julio, marchó contra los que se habían hecho fuertes en Vrysakia.
Había allí muchos griegos pero, la víspera de la batalla, el comandante Anguelís seleccionó los 300 más bravos y los retuvo, mandando al resto a una posición menos peligrosa. Para reforzar Vrysakia, en el puerto había embarcaciones procedentes de Limni, entre ellas la del capitán Aléxandros Kriezís, de Hydra, de la cual se desembarcó un cañón. Esta posición era la más apropiada para la seguridad de los griegos siempre que hubiera naves porque, si el enemigo los superaba, podían huir hacia ellas; así, pese a ser tan pocos, permanecieron firmes e impávidos al ver la gran cantidad de enemigos que les atacaban, transportando cañones para la expugnación de las fortificaciones. Anguelís había dado ya muestras de su valor al figurar entre los héroes que por decisión propia se encerraron en la posada de Graviá; dispuso los preparativos de la batalla como convenía y, presente siempre donde el peligro era mayor, daba grandes ánimos e inspiraba buenas esperanzas. En medio de la lucha los sacerdotes, vistiendo sus hábitos y alineados entre los combatientes, oraban entonando a grandes voces el “Salva a tu pueblo, Señor”.
Los turcos no consiguieron hacer huir a los poco numerosos griegos y, como muchos de ellos eran muertos al exponerse y no mataban a ninguno de los griegos, ya que éstos estaban al amparo de las fortificaciones, después de combatir dos horas se retiraron fracasados, avergonzados y perseguidos, dejando dos cañones en el camino.
Los turcos de Atenas, desde que fueron sitiados en la acrópolis, vieron que la única esperanza de acabar con el cerco era la ayuda externa. Con este objetivo, 15 de los allí encerrados al mando de Mehmetakis, famoso por su valor, salieron a escondidas la noche del 15 de mayo, atravesaron sin problemas y sin sufrir daño las líneas del enemigo mientras éste dormía –no se habían establecido guardias nocturnas– bajaron a las Tres Torres y embarcaron hacia Caristo; de allí fueron a Calcis, donde comunicaron la 19


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apurada situación de la acrópolis y pidieron los medios para la salvación de sus defensores. La esperanza de ayuda exterior animó a los sitiados a resistir esforzadamente y a no hacer caso al enemigo, que les exhortaba a rendirse.
Comenzado el Ramadán el 27, los sitiados llevaron a cabo un acto humanitario: soltaron a 30 griegas y pidieron a cambio a sus parientes refugiados en los consulados. Pero no fueron oídos, porque los griegos atribuyeron la liberación a la escasez de víveres dominante en la acrópolis más que a la filantropía. El día 30, los turcos salieron para robar alimentos pero fueron rechazados, muriendo dos de ellos.
Hemos dicho que lo más decisivo para la caída del fortín de Atenas era el corte del agua que iba a un anexo de la muralla. Como el uso de los cañones se mostró inoperante, los atenienses excavaron bajo el anexo una mina y, el día en que habían decidido hacerla estallar –el 9 de junio–, toda la ciudad se concentró en el templo de Zeus Olímpico, debajo de la acrópolis, para ver la explosión; pero los griegos, novatos en tales obras, prendieron el fuego antes de excavarla lo suficiente y no se produjo la detonación. Ante el fracaso, intentaron construir otra. Se inquietaron mucho al enterarse de la incursión de las fuerzas turcas en Beocia, porque dentro de poco llegarían a Atenas; por lo cual, se afanaron con variados recursos en apoderarse cuanto antes de la acrópolis, para atrincherarse en ella.
Por aquellos días llegó a Atenas la gozosa noticia del desembarco de Dimitrios Hypsilandis en el Peloponeso.
Como hemos referido, fuera del Peloponeso Hypsilandis era visto como el “señor del país”. Aunque su infortunado hermano Aléxandros había sido encarcelado después de sus continuados percances, por doquier se decía confiadamente que había derrotado totalmente a los enemigos, que había provocado el levantamiento de los pueblos serbio y búlgaro, que había cruzado el Danubio y conquistado Adrianópolis y que estaba a las puertas de Constantinopla con decenas de miles de hombres. Este rumor, falso pero providencial en aquellas circunstancias, reforzó al máximo la lucha y el nombre de Hypsilandis creció como la espuma. Por estas razones, los atenienses no tardaron en enviar representantes a Dimitrios Hypsilandis, transmitiéndole su adhesión y pidiendo un delegado suyo como gobernador local. En aquellos momentos, el nombramiento de un gobernador era muy
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necesario, porque entre los atenienses y Chatsí-Meletis3 habían surgido disputas y divisiones de tal naturaleza, que existía el peligro de que provocaran un enfrentamiento zonal. La elección de Hypsilandis recayó en Liverios Liverópulos, que partió de Tríkorfa como plenipotenciario del plenipotenciario del consejo nacional del Mando Supremo y llegó el 29 al Pireo, donde acudieron a recibirle civiles y militares, que le condujeron a la ciudad investido con la banda de la legión sagrada, tal como la llevaban Hypsilandis y todos sus adeptos. Tan grande era entonces la autoridad ejercida en nombre de Hypsilandis que Chatsí-Meletis, el que un día antes había amenazado con matarlo y ejecutarlo, nada más recibir la orden de Liverios partió obediente en expedición a Tebas, a enfrentarse con el enemigo que avanzaba hacia el Ática.
Apenas habían transcurrido dos meses de bloqueo de los turcos en la acrópolis y ya se habían agotado la comida y bebida transportadas al comienzo del sitio. Sin conexión con el exterior y oyendo los faroles de los griegos, temían una injerencia extranjera y estaban acongojados al máximo. Tan grandes eran sus sospechas de que la lucha de los griegos era apoyada por los europeos que, al ver entre los sitiadores a muchos vestidos a la moda occidental, preguntaron por dos veces a los cónsules destacados en la ciudad si los reyes de Europa habían declarado la guerra a Turquía; a causa de su confinamiento, no sabían nada de los progresos de sus correligionarios en las proximidades. Privados de víveres y de información, salieron la noche del 2 de julio para rapiñar provisiones y apresar a alguien que les diera a conocer la situación, cayendo en primer lugar sobre los de Ceos, que ocupaban la posición artillera frente al teatro de Dioniso; después, sobre los de Egina y, finalmente, sobre los de Hydra, que estaban en la colina de Museo. Los de Ceos huyeron, perdieron la enseña y se dirigieron a Keratiá, enfrente de su tierra. Los eginetas también sufrieron y perdieron su estandarte, pero lo recuperaron y conservaron su posición. Los de Hydra fueron los únicos que vencieron y rechazaron al enemigo. En esta intentona fue muerto un árabe valiente y osado, cuya cabeza cortaron los griegos según la bárbara costumbre turca y la colgaron alegres en el Museo4; pero la alegría se transformó en duelo, porque los 3
Meletis Vasilíu, el iniciador de la rebelión en Atenas; pero previamente no le ha adjudicado el praenomen Chatsí-.
4 Forma abreviada para referirse a la colina de Museo, más conocida actualmente como de Filopapos, cf. Nota 137 del tomo I.
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turcos de la acrópolis, irritados por el espectáculo, en la misma hora sacaron de la prisión a los 10 cristianos que habían encarcelado antes, les cortaron la cabeza y las colgaron enfrente de los griegos. Éstos enloquecieron a la vista de lo sucedido y, no pudiendo decapitar a los que lo habían hecho con sus parientes y amigos, irrumpieron en la casa del cónsul de Austria, Gropius, cuyo humanitarismo guardaba ilesos a 15 turcos de ambos sexos confiados a él por los notables de Atenas al irrumpir los griegos. El noble e inteligente cónsul se mantuvo firmeb, llegó a tiempo Liverios y la multitud se tranquilizó al confirmar que los notables que habían sido confinados en su momento en el fortín no estaban entre los ejecutados.
La abominable práctica de la decapitación, y la aún más abominable de la teatral mostración de la cabeza cortada, habían provocado la injusta e impremeditada decapitación de 10 griegos y por poco provoca la de otros muchos inocentes.
El día 10 supieron los griegos que el enemigo había salido hacia Atenas.
Ante esta noticia hombres, mujeres y niños emprendieron el camino del Pireo, huyendo hacia tres barcos mercantes bajo pabellón holandés y uno con bandera griega que había en el puerto, siendo transportados unos a Salamina, otros a Egina. Igualmente, los voluntarios de Hydra trasladaron a su barco el cañón que estaba emplazado en el Museo y nadie hizo intención de oponerse.
Los hambrientos y sedientos turcos de la acrópolis veían el ajetreo, pero desconocían el buen suceso que les sobrevenía; temían que, aunque llegara ayuda exterior, no los cogería vivos; por ello, quisieron aprovecharse de las idas y venidas del enemigo y el 14, dos horas antes del mediodía, abrieron un postigo y salieron hacia la zona del Iliso hombres, mujeres y niños para robar víveres; los más de ellos se precipitaron a las eras junto al templo de Zeus Olímpico, donde estaban los montones de cereal; unos avanzaron hacia algún huerto de aquella zona, otros entraron en la misma ciudad. Los griegos, que se disponían a abandonarla, al ver que los turcos se reían en sus barbas, los atacaron con pundonor, les dispararon y los obligaron a volver por el mismo postigo al refugio de la acrópolis, a la cual muchos llevaron a hombros grano y fruta. Al mismo tiempo, los turcos incendiaron la iglesia de San Jorge, que estaba debajo del templo de Baco, y en ella carbonizaron a unos pocos guardianes, que prefirieron morir en medio del fuego antes que entregarse; en aquella jornada fueron muertos 30 turcos, la mayoría mujeres y niños, y 7 griegos, y fue herido en la pierna Dimos Vasilíu, que luchó con arrojo; murió en Egina, donde fue trasladado para su curación.
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Después de la batalla de Vrysakia, Vryonis no quiso perder tiempo en Eubea a causa de la desesperada situación de la acrópolis de Atenas y, con el refuerzo de Omer Bey, que había llegado a Calcis después de devastar Kumi, marchó contra Atenas el día siguiente de dicha batalla y el 17 llegó a Liatani, que dista 8 horas de Atenas, e hizo noche allí. Su aproximación provocó la huida de los griegos que defendían aquella posición. El mismo día, los eginetas tomaron su cañón y se retiraron a su isla. El 19 fue evacuada totalmente la ciudad, salvo por algunos ancianos de ambos sexos que no podían trasladarse debido a su avanzada edad. El 20, los turcos acamparon en Patisia, posición colindante con la ciudad, y enviaron jinetes a inspeccionar ésta, guiados por los turcos de Atenas que habían salido de la acrópolis y habían llegado a Eubea en busca de ayuda. Tras ellos entraron en la ciudad el pashá, el bey y todas las tropas, que ante la mirada de los jefes incendiaban todo desenfrenadamente, saqueaban y no respetaban ni los consulados, aunque ondeara en ellos la bandera de sus reyes.
Así terminó el primer asedio de Atenas, que había durado desde el 25 de abril hasta el 20 de julio; los atenienses huyeron a Egina y Salamina o fueron a los campamentos del istmo.
Durante la estancia de Omer Bey en Atenas, el incansable obispo Neóphytos zarpó de Gavriá para conquistar Caristo, acompañado de hombres suficientes; atracó en Aliveri, aldea a orillas del estrecho, entre Caristo y Calcis, y se unió a los kumiotas llevados allí y otros; fue en persona al campo de Vrysakia para deliberar, ordenando al ejército que se trasladara a Stura (Styra) y se fortificara allí hasta su vuelta. Pero Omer Bey, sabedor de sus movimientos, se dirigió con 300 soldados escogidos a Calcis, y de allí a Caristo. La noticia de su llegada disolvió por sí sola el ejército congregado en Stura con tantos esfuerzos por parte del obispo: los isleños subieron a los barcos y el resto se echó a los montes, pero al poco volvieron con pundonor al campo de batalla y los antes cobardes se mostraron, por inexperiencia, más valientes de lo debido pues, en vez de luchar resguardándose tras las piedras según la costumbre griega, se lanzaron disparando y vociferantes contra el enemigo que se acercaba. Éste los derrotó, los puso en fuga y los forzó a tirarse al mar y salvarse en las naves. De ellos murieron ahogados 30, y sólo 15 eslavones, parapetados como había que hacerlo, resistieron los embates y permanecieron indemnes hasta el final gracias a su experimentado jefe, el tuerto Rados. Esta derrota de los griegos tuvo lugar el 12 de agosto.
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1821 CAPÍTULO XXI CONCENTRACIONES DE TROPAS TURCAS EN LAS AFUERAS DE KUSHADASI Y TRIBULACIONES DE LOS HABITANTES CRISTIANOS DE ESTA CIUDAD Y SU COMARCA.-EXPEDICIÓNNAVALDELOSTURCOSCONTRASAMOS,CONMAL RESULTADO.- APARICIÓN DE LA ESCUADRA GRIEGA EN EL BRAZO DE MAR ENTRE SAMOS YASIAY QUEMADE NUEVE CARGUEROS TURCOS.-FRACASO DE LA CAMPAÑA TURCA.- GUERRA ENTRE TURQUÍA Y PERSIA.
Los audaces desembarcos de los de Samos en las costas asiáticas de enfrente y sus afortunadas incursiones a las comarcas del interior obligaron a la Puerta a movilizar tropas por tierra y por mar contra la isla porque, aparte de otras razones para someterla, los turcos de Asia llevaban a mal participar en campañas contra regiones más alejadas de Grecia si no se defendía antes su zona del temible enemigo ante sus puertas, que se hacía más temible cada día. Con este objetivo se concentraban muchas tropas en el litoral frente a Samos y estaba esperando la flota otomana.
A fines de abril Yoryos Logothetis –que en la Epanástasis cambió su nombre de pila por el de Licurgo– después de residir siete años en Esmirna, regresó a Samos, su tierra natal. Hombre activo y emprendedor, con conocimientos teóricos y prácticos, fue puesto de pronto al frente de sus paisanos y se ocupó en organizar la política y el ejército, nombrando fiscales y juzgados de paz en los pueblos y, en la capital, un consejo de representantes de toda la isla y tres fiscales generales que cumplían también las funciones de tribunal supremo; igualmente, organizó cuatro comandancias5. Con el objeto de impresionar al pueblo y suscitar la emulación entre los más bravos de los samios, dispuso que todos los oficiales lucieran insignias distintivas, y los comandantes charreteras doradas.
En tanto, en cumplimiento de la orden dada, fueron concentrados frente a Samos grandes contingentes para la campaña propuesta, a las órdenes 5
Traducción aproximada de χιλιαρχίαι, ‘unidades de mil hombres’.
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de Elezoglu, gobernador de la ciudad costera de Kushadasi y su comarca.
Queriendo inflamar aún más el fanatismo de los fieles y excitar su insaciable avidez y sed de sangre, la Puerta publicó –según se decía– la orden de matar a todos los varones samios mayores de ocho años e islamizar a todos los de esa edad y de reducir a esclavitud a todas las mujeres; pero la escuadra encargada de su ejecución tardaba en aparecer, mientras la desenfrenada multitud acantonada cometía toda clase de tropelías allí donde estaba concentrada, a pesar de que aquellas regiones dependientes de la Puerta se mantenían sin disturbios.
Entre los soldados concentrados en las afueras de Kushadasi estaban los malhechores trasladados después del cese de las fechorías en Esmirna.
Éstos se encontraron con que los allí reunidos eran gente de su misma calaña y cometieron delitos de toda clase en los pueblos de los alrededores: mataban, violaban, saqueaban y obligaban a todo el mundo a buscar la salvación en la huida. Lo mismo deseaban hacer en la ciudad y, al entrar en ella, insultaron y agredieron a los cristianos, matando a uno. Elezoglu, que era hombre justo y enérgico, castigó al punto al culpable con la pena capital. Los enemigos de la justicia tacharon esta justa acción de injusta y excitaron un clamor general contra él. Los infelices cristianos, víctimas día tras día de los abusos y viendo imposible recibir la protección solicitada al no tan fuerte como honesto gobernador, bien huyeron a las islas bajo bandera griega o bien se encerraron en sus casas. En el momento en que los turcos estaban tan soliviantados y los cristianos tan amedrentados, uno de éstos, hambriento, se atrevió a salir de su casa en busca de comida y quiso su mala suerte que tropezara con tres turcos, uno de los cuales le disparó al instante, pero no lo hirió; el cristiano entonces se arrojó sobre él, le quitó la otra pistola y lo mató; los otros dos turcos huyeron despavoridos pero, al huir, gritaban: “¡Los infieles están matando a los creyentes!” Al oírse esta voz, capaz de provocar la revuelta de toda la ciudad, los agitadores derribaron las puertas de las casas y de los talleres, arramblaron con las posesiones, mataron sin piedad a cuantos encontraron, esclavizaron mujeres y prendieron fuego a la ciudad, la cual a duras penas pudieron salvar los turcos residentes. La Puerta, al tener conocimiento de estos infaustos sucesos, amonestó y trasladó al ecuánime Elezoglu por haber provocado la ira de los fieles con el ajusticiamiento del asesino.
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El 3 de julio, el telégrafo6 de Samos comunicó la aparición de la armada otomana rumbo a la isla con 36 barcos, entre ellos 4 bergantines y 6 fragatas, al mando del vice-almirante Kara-Ali. Al acercarse, la flota capturó un esquife samio con una tripulación de tres marineros y el capitán; el vicealmirante envió a Samos a éste y a uno de los marineros con un escrito en que invitaba a las autoridades a sometérsele y a aceptar un agá y un cadí, si no querían que su tierra fuera destruida; retuvo a los otros dos y, en la tarde del mismo día, la armada entró en la rada delante de Chora7. La gente de Samos se acobardó al ver por primera vez una escuadra hostil y, para escapar del peligro, parte se echó al monte y otros al mar, rumbo a las islas próximas. Por el contrario, Licurgo y los mandos locales hicieron gala de extrema impavidez: transportaron frente a la flota el ejército preparado al efecto y lo dispusieron en orden de combate contra el enemigo, por si éste intentaba el desembarco.
Al día siguiente, la escuadra era posicionada ante las playas meridionales de Samos y cañoneaba violentamente para alejar al ejército samio. El primerizo ejército, aterrado, se quitó de en medio para cubrirse detrás de las casas cercanas y entonces los turcos, al ver que sus enemigos habían desaparecido, se dirigieron a tierra en los botes; pero Licurgo y los comandantes Stamatis Yoryadis y Manuil Melachrinós, junto con otros oficiales, resistieron en la playa y manejaron cinco cañones con tanta pericia, que casi todas las balas cayeron dentro de los botes, provocando una gran mortandad. Fue la única manera que tuvieron estos pocos hombres de impedir por aquel día el desembarco, porque Kara-Ali supuso que el ejército griego, que se había alejado de la playa por efecto del miedo, estaba aguardando para atacarles. Este temor infundado de los turcos animó a la apartada tropa samia a volver a donde estaban sus jefes y a permanecer impertérrita, a pesar de ser cañoneada día y noche por la escuadra, incesantemente pero sin provocar daños.
El día después desembarcaron unos 300 turcos en Hagía Paraskeví, donde sólo había ocho griegos de vigilancia, pues no esperaban un desembarco en aquella parte. Pero el comandante Yoryadis, al saber lo sucedido, tomó a cuantos vio más decididos y se lanzó el primero con 6
Se trata del telégrafo óptico, un sistema que emitía señales luminosas entre torres emplazadas al efecto.
7 La capital de la isla entonces; actualmente es Vathý.
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un puñado de acompañantes; detrás cargaron contra los desembarcados otros muchos con tanto furor, siguiendo el ejemplo de su valeroso jefe, que no dejaron casi ningún enemigo vivo. Compañeros de los samios en esta batalla fueron unos cretenses que aparecieron y participaron al mando de Chatsí-Yoryis Muriotis, que fue elogiado por su valor. Entre tanto se acercaron a la otra playa 40 botes con nuevos soldados, pero los griegos les dispararon con tanto arte y frecuencia, que los obligaron a virar. Entonces el salvaje y cobarde Kara-Ali, sediento de venganza, embreó a los dos infelices e inocentes tripulantes del esquife samio capturado, los colgó boca abajo de la nave capitana y los quemó delante de sus congéneres y compatriotas, para eterna ignominia de su infausta memoria. Después de este acto, envió nueve cargueros para transportar más tropas; los días 6, 7 y 8 la flota permaneció inactiva frente a Samos, esperando la llegada de los cargueros.
La noticia de esta expedición había puesto en movimiento a las tres islas navieras; el 4 de julio, zarparon los barcos de Hydra y Spetses y se unieron a los de Psará. Sumaban 90 entre todos, entre los cuales había algunos de Casos. Al principio no sabían por dónde navegaba la escuadra enemiga, pero al poco se enteraron de que había atravesado el estrecho de Quíos y enfilado hacia las playas frente a Samos. El día 8, en el brazo de mar entre Samos y Asia Menor, debajo de Tsianglí, vieron los nueve barcos en los que se transportaban las tropas; cayeron sobre algunos de ellos y los incendiaron, en presencia de la multitud enemiga que había confluido hacia la playa y de la escuadra hostil, que contemplaba tan de cerca la quema y no se atrevía a intervenir. Las masas se disovieron a la vista del incendio y también se alejó la armada; de esta manera fracasó la gran expedición con la que la Puerta, queriendo escarmentar a los rebeldes de Samos, lo que hizo fue conmocionar a los tranquilos vasallos de Kushadasi y su entorno.
Los griegos, al ver con sus propios ojos el prodigio de los brulotes en su última expedición naval, equiparon otros 4 en ésta. El 11 de julio se encontraron las dos escuadras en el brazo de mar entre Bodrum8 y Cos, pero no combatieron. También se encontraron dentro del estrecho la mañana del día siguiente; había calma chicha pero, al rato, sopló un fuerte viento y la griega, temiendo por su peligrosa posición de cara a él frente a la turca, se apresuró a salir de ella. La turca, con el viento a favor, al verla 8
Antigua Halicarnaso.
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huir cobró confianza y la embistió. De las naves griegas, las incendiarias eran siempre las de menos valor y velocidad, dado que estaban condenadas a ser destruidas; por ello, las 4 mencionadas habían sido dejadas atrás.
Cuando estaban a punto de caer en manos del enemigo, los tripulantes les prendieron fuego y llegaron sanos y salvos a bordo de las lanchas a las otras embarcaciones griegas; se incendiaron tres de ellas y la cuarta fue apresada antes de prender. La escuadra turca persiguió a la griega hasta que, por la noche, ésta se dispersó al sobrevenir una tormenta; una parte ancló en Calimnos, otra en Leros y Samos. La turca atracó entera en Cos, donde se le unieron una fragata y 13 barcos de guerra más pequeños de Mehmet Alí al mando de Ismail Gibraltar, con 800 albaneses para el desembarco. Ahí fue cuando se separaron las dos escuadras: la turco-egipcia zarpó hacia el Helesponto y la griega se concentró en Samos, adonde llegaron algunos notables de Hydra y Spetses para ver la situación de la escuadra y persuadir a continuar la expedición a los marineros, que querían volver a sus islas.
Mientras permanecía allí la flota, inesperadamente se presentó el patriarca de Alejandría, que había salido de su sede a causa de los disturbios con el objetivo de descansar en Patmos, su tierra. Gran alegría causó la aparición en medio de la escuadra cristiana de uno de los principales clérigos de la iglesia oriental, y los devotos marineros corrieron en masa a besarle la mano y obtener su bendición. El hombre santo estuvo varios días bendiciendo, confortando y dando ánimos para la lucha a los soldados de la libertad y la patria y, al ser las vísperas del ayuno del quince de agosto, permitió que lo rompieran los combatientes cristianos, así como todas las demás cuarentenas, mientras durase la guerra por la nación. El 9 de agosto, la flota griega volvió a zarpar hacia sus posiciones.
Las calamidades que injustamente y sin razón alguna soportaron los infelices habitantes cristianos de Kushadasi y su comarca obligaron después de estos sucesos a los que habitaban las aldeas de Domatia, Tsaklí, Aníkioi, Kelembesi y Yéronda –los más afectados–, a buscar refugio en otra parte por temor a que se repitieran; por ello llegaron a un acuerdo con sus vecinos de Samos, que habían desembarcado en la costa de enfrente para proteger a la colonia de los de su isla; en primer lugar fueron a Domatia, a dos horas de distancia del mar; poniendo en fuga a la guarnición turca del lugar, se dirigieron al resto de las aldeas, que distan entre sí de 5 a 8 horas, y de este modo fueron trasladadas indemnes a Samos 800 familias. Muchos de estos ex-habitantes, al ser agricultores, se alistaron en el ejército de Samos, 29


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que, aumentado por esta causa en 4000 efectivos, se desparramaba por el litoral de enfrente, invadía pueblos habitados por turcos, los saqueaba y transportaba a la isla sus provisiones. A causa de estas continuas y calamitosas incursiones, los turcos dejaron desiertas las villas costeras y, por motivos de seguridad, se alejaron al interior de Asia; de suerte que no quedaron turcos en aquellas costas, a no ser dentro de Kushadasi, que tenía una poderosa fortificación.
Por aquel tiempo ocurrieron nuevas conmociones en el imperio otomano, al movilizarse los vejavitas contra las ciudades de Medina y la Meca y tomar las armas los drusos y los maronitas, disturbios que se apaciguaron pronto. También había estallado una guerra entre Turquía y Persia en el verano de este año, y tropas persas habían atacado el suelo turco, pero como estas fuerzas eran pequeñas, también fue pequeña la que movilizó la Puerta hacia el frente de sus invadidas fronteras, por lo cual poco fue el alivio que encontró Grecia.
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1821 CAPÍTULO XXII LASRELACIONESENTRERUSIAYTURQUÍA.-PARTIDADELEMBAJADORDEL EMPERADOR ALEJANDRO EN CONSTANTINOPLA.-
La política de Rusia con respecto a la insurrección griega se mostraba contradictoria. Alejandro, como miembro de la Santa Alianza, condenaba abiertamente la causa griega porque, según los compromisos que había contraído, debía perseguir todo movimiento popular tendente a la subversión de lo establecido. Pero esta conflagración, aunque desaprobada, ayudaba muchísimo a la política rusa, contraria a la de las demás monarquías y tendente desde siempre al debilitamiento del Estado turco. El emperador tenía también tratados con la Puerta, tratados que ésta transgredía, y podía con razón castigarla por incumplirlos; no se lo impedían tampoco los acuerdos de 1814 y 1815 entre las cortes europeas, porque Turquía no estaba incluida en ellos y ni siquiera era mencionada, pero una represalia de ese tipo iba en contra de los principios políticos proclamados en Liubliana, y de ahí arranca la aparente contradicción de la política exterior rusa. Hay que tener en cuenta este condicionante, porque sólo él explica la inclinación del emperador Alejandro hoy por la paz y mañana por la guerra, deseada ardientemente por todo su pueblo. “Entre todos los rusos” –decía el zar– “soy el único que no aplaude la lucha de los griegos”. No deseaba la victoria de los griegos porque la veía como el triunfo de los movimientos revolucionarios, a los cuales combatía; pero tampoco quería su aplastamiento, porque lo veía como el aplastamiento de un pueblo al que le ligaban lazos celestiales. Contribuyó no poco a embrollar aún más la política exterior de Rusia la firme sospecha de la Puerta, no infundada en razón de los hechos, sobre la implicación de la corte rusa en la guerra de Grecia. La Puerta comprobó que los griegos miraban siempre a Rusia para sacudirse el yugo; que habían tomado las armas en cada guerra rusa contra ella; que Rusia intentaba defender a los griegos cuanto y cuando podía; que la sociedad revolucionaria había 31


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adquirido el ser en Rusia; que el primero de los sublevados, Hypsilandis, estaba al servicio del emperador Alejandro y había proclamado que se levantaba bajo el patronazgo ruso, y por esta razón llamaba a la rebelión a toda Grecia; que Michaíl Sutsos y otros muchos desterrados habían hallado asilo y protección en suelo ruso; y que, apoyados sólo en la connivencia de Rusia, los griegos habían iniciado y prolongaban su guerra nacional. Todos estos motivos eran más que suficientes para cerrar los oídos de la Puerta a las sinceras reafirmaciones de paz de la embajada rusa en Constantinopla y para provocar la duda en las demás potencias.
La guerra entre griegos y turcos tenía un doble carácter político y religioso: en cuanto al primero, la Puerta podía sin duda actuar en uso de su plena soberanía y tan independientemente de Rusia como de cualquier otra potencia; no así en el plano religioso, porque según el tratado de KüchukKainardja de 10 de julio de 1774, se obligaba a proteger la religión cristiana y sus iglesias; por lo tanto, las persecuciones del clero hasta la muerte –y una muerte ilegal e ignominiosa–, las profanaciones, los despojos, las demoliciones de iglesias, las pintadas en las sagradas imágenes en los cruces de calles de la misma capital y los disfraces con hábitos sacerdotales eran flagrantes transgresiones del tratado, de las cuales la Puerta tenía que responder ante Rusiac.
Pero, si la Puerta no tenía obligaciones políticas con Rusia con respecto a Grecia, sí las tenía por los tratados referentes a los dos principados y, según éstos, debía oír la voz de Rusia en su defensad.
Cuando estalló el levantamiento en los principados, el emperador Alejandro contribuyó en gran medida a que éstos volvieran a estar sometidos a la Puerta, porque reprendió a Hypsilandis, tachó de falsas sus proclamas y dejó libre a la Puerta para enviar tropas a ellos. Pero cuando la guerra cesó totalmente, Rusia exigía que fueran restablecidos como antes y que se licenciara el ejército turco, cuya irrupción, como hemos expuesto en otra parte, produjo infinidad de malese, sin que el sultán concediera audiencia alguna. Aparte de estas causas principales, la Puerta dio otros motivos de discordia: Por disposición suya, como se ha dicho, se prohibía a todo barco de cualquier bandera admitir a nadie que sin su permiso intentara huir de sus ignominiosas garras manchadas de sangre, y se impuso la incautación a todo barco cuyo capitán mostrara su desobediencia a dicho decreto. La Puerta también reclamó el permiso de registro para prender a sus súbditos 32


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escondidos, considerando delito de asesinato la simple fuga, incluyendo a las mujeres. Hemos dicho que los embajadores de todas las Potencias en Constantinopla no sólo lo consintieron, sino también contribuyeron a las apetencias de la Puerta por medio de las circulares que editaron para los cónsules de todo el imperio otomano, y que el embajador de Rusia, Strogonof, fue el único que no avergonzó a su corte con su aquiescencia.
Pero la Puerta no tomó nunca en consideración sus objeciones y protestas y holló todos los pabellones, sin distinción e indiscriminadamente. Incluso ocurrió que por aquellos días un banquero de Bucarest, Sakelarios, ordenó a Emmanuil Danezis de Constantinopla el pago de cierta cantidad al recién nombrado virrey de Valaquia, Skarlatos Kalimachis, que aún residía en la capital; pero al poco tiempo escribió, quizás a causa de la situación política del principado, que no lo hiciera efectivo y, por este segundo mensaje, Danezis suspendió el pago; se trataba de una transferencia de esta cantidad a la cuenta de la Puerta. Aunque siempre el emisor de una letra de cambio es el responsable y nunca quien no la recibe, la Puerta exigía el reembolso a Danezis. Éste era el banquero de la embajada de Rusia en Constantinopla y, como tal, estaba bajo la protección de dicha nación; pero había nacido en Creta y, como tal, era rayás. Los rayades en misiones diplomáticas gozaban en todas partes de la inmunidad de la embajada, pero estas prerrogativas habían sido abolidas cierto tiempo antes, de manera que el embajador ruso no pudo proteger diplomáticamente a su banquero y el bueno de Danezis, asustado, pasó a la clandestinidad. La Puerta sospechó de él; lo veía como conjurado que transfería fondos a los rebeldes y, cuando supo sus relaciones bancarias con la embajada rusa, que siempre estaba en su punto de mira, se figuró que Rusia sostenía económicamente la lucha de los griegos por mediación de él. Por tan infundadas sospechas de carácter político, más que por el reembolso de la letra de cambio, la Puerta buscaba prender a Danezis; el embajador ruso, confiado en su fuerza, persuadió a éste a que se mostrara sin miedo, prometiéndole su decidida protección. El 20 de abril, Danezis se presentó espontáneamente a la Puerta acompañado por el intérprete de la embajada pero, contrariamente a las previsiones del embajador, fue detenido y encarcelado. Al día siguiente, el embajador exigió su puesta en libertad por su condición de súbdito ruso y banquero suyo, pero el Reis Efendi rechazó abruptamente la petición alegando que Danezis era un rayás. Fue enviado entonces al Reis Efendi el consejero de embajada Daskof, acompañado por dos intérpretes. El Reis Efendi lo hizo 33


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esperar mucho tiempo y cuando al fin lo recibió, le dijo que Danezis era un rayás y que no lo dejaría libre. Daskof tenía el encargo de no volver a la embajada sin Danezis; por lo cual, permaneció con el Reis Efendi y envió a uno de sus acompañantes para informar al embajador del fracaso de su misión. Indignose el embajador y ese mismo día fue a ver al Reis Efendi; ante la imposibilidad de conseguir su demanda, visitó al gran visir, pero también fracasó ante él y se le dijo que la Puerta consideraba a Danezis no sólo rayás, sino también reo de alta traición, y que tenía pruebas de su culpabilidad, aunque no mostró ninguna. El embajador, al ver que Danezis estaba en peligro por haber confiado en sus animosas palabras, se limitó a pedir por favor su liberación, pero tampoco así se le atendió; entonces rogó al gran visir que elevase una petición de su parte al mismo sultán, pero de nuevo fue rechazada su solicitud, por lo que el embajador regresó a su residencia sin haber conseguido nada y de pésimo humor. Al día siguiente, volvió a insistir a través de su intérprete Fondonis ante el Reis Efendi, con la esperanza de que éste aceptara su petición al sultán, pero también el Reis Efendi hizo oídos sordos. Entonces Fondonis se apostó en el camino por donde el sultán volvía habitualmente de rezar en la mezquita, elevó la petición como un vulgar rayás y, contrariamente a la dignidad de su corte, le gritó en turco: “Súplica del embajador extraordinario y ministro plenipotenciario de Su Majestad el emperador de todas las Rusias a Su Majestad el sultán Mahmut.” Repitió por dos veces estas palabras sin que el sultán le prestara atención y, a la tercera, éste le lanzó una mirada feroz, ordenó que tomaran la instancia y ese mismo día desautorizó por escrito la petición; así que fueron vanos los intentos de la embajada en este asuntof.
Por aquellas fechas se dio otro motivo de discordia más serio, que afectaba a los intereses comerciales en el mar Negro. La Puerta, so pretexto de una hambruna en la capital a causa de los disturbios imperantes en Moldavia y Valaquia, desde donde se enviaba regularmente gran cantidad de alimento, detuvo todos los barcos que bajo pabellón ruso transportaban dicho cereal desde el mar Negro al Blanco9, requisó el cargamento de muchos de ellos contra la voluntad de sus capitanes y fijó a su antojo el precio. Esta arbitrariedad era una clara transgresión del acuerdo comercial de 10 de junio de 1783, por el cualg la Puerta debía dar las obligatorias órdenes del sultán para la libre navegación y el libre transporte, prohibiéndose explícitamente 9
Nombre que se da al Egeo, por oposición al mar Negro.
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el desvío de los cargamentos por la fuerza hacia Constantinopla o cualquier otra parte. Por dicha razón el embajador juzgó el hecho como arbitrario y contrario al acuerdo; protestó y declaró a la Puerta responsable ante el emperador y ante los comerciantes sancionados, pero ésta tuvo en tal desprecio sus amenazas que ni las consideró dignas de respuesta. En realidad, si la Puerta temía una carestía, podía en efecto incautar para su uso los alimentos transportados bajo pabellones extranjeros, pero en tal caso debía indemnizar tanto a los propietarios como a los capitanes, y no fijar arbitrariamente los precios; y es que, según se vio después, la Puerta no tenía tanta necesidad de vituallas como ganas de impedir, según se delató por sí misma, el transporte de éstas a los lugares rebeldesh.
En tanto, el embajador Strogonof previó que no sólo sus relaciones con la Puerta serían interrumpidas, sino que él mismo tendría que marcharse, en vista de que se violaban los acuerdos, se ultrajaba la bandera del emperador y su propia vida corría peligro. El histerismo de las fanáticas masas era tal, que la Puerta se vio obligada, a petición del embajador, a enviar otro escuadrón de jenízaros para proteger la embajada. Por estas circunstancias Strogonof hizo traer desde el mar Negro hasta Büyükçekmece, donde residía, una pequeña nave de guerra bajo bandera comercial rusa.
La novedosa e insólita aparición frente a la capital, sin conocimiento de la Puerta, de un buque de guerra extranjero, aun pequeño, era por supuesto contraria a los tratados y capaz de provocar malentendidos en una ocasión como aquélla, y de irritar a la Puerta y a las turbas. Y de hecho produjo una conmoción pública y nuevas conversaciones entre ésta y el embajador, que, indignado tanto por los motivos anteriores como por este último, le anunció que ponía todo el asunto en manos del emperador y que cortaba toda comunicación hasta la respuesta de éste.
La Puerta se asustó ante este anuncio, tanto más cuanto supo que tropas rusas se concentraban cada día en el Prut y se apresuró a enviar el 27 de junio, sin conocimiento del embajador, un escrito al Secretario de Estado del emperador, Nesselrode, con la firma del gran visir. Publicamos este escrito dejando al margen lo no fundamentali y omitiendo, para evitar reiteraciones, otros anteriores de la misma índole entre el Reis Efendi y el embajador en aquel momento de crisis y tanteos.
“De todo el mundo es sabido que la Puerta se ha mostrado siempre leal a los tratados con las demás cortes, y en especial con la corte imperial rusa; y que estima en tanto sus relaciones exteriores, que en muchos 35


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casos es más benévola de lo que exigen los tratados. Su comportamiento con el embajador de la corte rusa es una de las muchas muestras de su benevolencia, porque no sólo le ha rendido los debidos honores, sino que a menudo ha contemplado con mirada tolerante muchos actos a los que lo exponían su impulsividad y una personalidad obcecada, en contra de los deberes en favor de la paz como funcionario de una potencia amiga.
El objetivo de tan amistosa disposición de la Puerta para con el embajador era el mantenimiento de la paz entre los súbditos de ambos imperios. La Puerta nunca ha dejado de castigar a los insumisos y nunca deja de considerar como un sacro legado los diversos pueblos bajo su control, defendiéndolos y beneficiándolos más allá de su deber y haciéndoles gracia, en lo que respecta a la religión, de cuanta libertad concede nuestra sagrada ley. Pero mientras la Puerta esperaba no sólo que las potencias extranjeras no la reprobasen por la necesidad en que se ve de reprimir el general e inesperado levantamiento de los griegos, promovido por la mala voluntad, sino que la elogiaran, sobre todo cuantas de ellas se coaligaron en Liubliana en defensa de la paz mundial, se admira al ver que sucede justo lo contrario; y, puesto que está claro que los motivos del conflicto son los informes del embajador Strogonof a esa corte para justificar su incalificable conducta, la Puerta ha creído conveniente notificar directamente a la corte imperial lo sucedido, dando clara muestra de su interés por el mantenimiento de la paz entre las dos Potencias.
La desagradecida nación griega ha concebido antes de tiempo un proyecto de secesión por encima de sus posibilidades y basado en vanas esperanzas. A la muerte del ex-gobernador de Valaquia, Aléxandros Sutsos, el súbdito ruso Tudor Vladimirescu osó por primera vez con ocultas intenciones levantar la bandera de la revolución y, tras él, el pérfido general del ejército ruso e hijo de Hypsilandis, partiendo de allí, penetró en Moldavia y dio muerte injustamente a todos los musulmanes de la capital de dicho principado. Y el otro traidor, Michaíl Sutsos, a la sazón príncipe de Moldavia, mató igualmente a muchos musulmanes en Galati. Dichos malhechores se atrevieron a proclamar que los griegos, prestos a poner en práctica el viejo proyecto de defección, tenían por objetivo alzarse todos a una en todas las provincias del imperio otomano y que la corte rusa aprobaba y patrocinaba el plan. Estas maquinaciones fueron puestas en conocimiento de la Puerta, además de por otros conductos, por el propio embajador de Rusia, que había reconocido muchas veces en un rasgo de sinceridad que su corte las desaconsejaba porque veía a Tudor y a Hypsilandis como 36


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delincuentes –y por ello degradó a éste–, que la Puerta debía movilizarse al punto y con fuerzas suficientes para castigar a los dos rebeldes y a sus seguidores y que Rusia estaba dispuesta a prestarle toda la ayuda moral, ya que la Puerta no quiso aceptar la física. Pero mientras se aprestaban fuerzas suficientes para la eliminación de los sediciosos, el metropolita y los dirigentes de Valaquia unas veces proyectaron movilizarse contra Tudor con las fuerzas locales, otras consideraron ventajosas las reivindicaciones de éste. El cónsul de Rusia en la zona obstaculizó también en mucho la intervención de las tropas con diversas razones y ganó tiempo para el reforzamiento de los rebeldes. Mientras las tropas de la Puerta luchaban, el embajador de Rusia buscaba el perdón de la falta de Hypsilandis y propuso, a cambio del cese de los disturbios, que se autorizara a los dos cabecillas de la rebelión y sus secuaces salir de los principados; decía que el rechazo de esta moción era tan perjudicial como la irrupción de las tropas. La Puerta se ocupó en responder debidamente a estas cuestiones y significar que, si Hypsilandis y los suyos quedaban impunes, no volvería la paz a las provincias perturbadas. También el embajador de Austria anunció que jamás permitiría dicha Potencia que los sediciosos invadiesen sus territorios y que, en caso de caer en sus manos, los condenaría a la horca.
La Puerta cree ante todo necesario que, respetando los tratados, le sean entregados Michaíl Sutsos y cuantos al principio de la revolución huyeron de Constantinopla a Odesaj, porque la salida de los malhechores de Rusia y su refugio en la misma alteraron y alteran los espíritus de los musulmanes; de suerte que, si bien la Puerta no desconfiaba de la sinceridad de Rusia, era imposible, mientras existieran las mismas circunstancias, apaciguar a la nación musulmana; por ello, la Puerta espera la entrega de los fugitivos y, ya que el embajador anunció que su corte estaba dispuesta a prestar toda clase de ayuda, la Puerta ve como más productiva que cualquier otra el cumplimiento por parte de la corte rusa de los tratados y la entrega de los fugitivos según sus términos.
Debido a lo acuciante de las circunstancias, la Puerta trasladó tropas suficientes a los principados, al mando de dignos militares, y no dejó de informar amistosamente de sus actividades al embajador, conservando siempre inviolados los privilegios de dichas zonas. Pero el mencionado embajador, siempre díscolo, no cesó de desfigurarlo todo y dar con su conducta motivos para ser visto como partícipe en la defección de los súbditos de la Puerta.
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Una nación no se moviliza hasta el levantamiento general si no es por instigación secreta o patente de sus dirigentes, o al menos con su consentimiento. La Puerta disponía de todos los derechos y todos los medios para exterminar a la raza entera de los griegos pero, tan compasiva entonces para con sus súbditos como se mostró siempre, publicó un decreto atrayendo la atención del patriarca hacia la peligrosa posición de toda la nación griega y dando a conocer que, si los griegos permanecían leales, no tenían nada que temer por lo que proyectaron contra Ella y no llevaron a efecto. Sabido es que el pueblo griego acoge benévolamente todo lo que dice el patriarca; por ello, fue conminado a excomulgar a todos los secesionistas del imperio otomano y a aconsejarles que volvieran a la anterior obediencia.
El patriarca respondió que así lo había hecho y, sin embargo, los vasallos de la provincia de Kalávryta en el Peloponeso, tierra natal del citado patriarca, hicieron defección al poco tiempok y mataron a los musulmanes, y también se separaron todas las demás provincias del Peloponeso y las islas del Egeo, y botaron sus malhadados barcos y asesinaron estos por mar y aquellos por tierra a un gran número de musulmanes, que cayeron en sus manos víctimas de la fatalidad, y profanaron igualmente los lugares sagrados. Por ello, la Puerta se movilizó para acabar con los facinerosos por tierra y por mar. Si los condenados a la última pena no hubieran sido probadamente culpables, ni los demás griegos habrían llegado a hacer los males que hicieron ni la Puerta se habría encontrado en la necesidad de castigarlos. La Puerta no dejó desde el principio de dar consejos salvadores al patriarca y, por su mediación, a los metropolitas y demás cabecillas del pueblo. El patriarca, aun no siendo conjurado, no podía desconocer la execrable conjura y, en correspondencia a los grandes favores recibidos de la Puerta, debía haber reconducido a su nación a la obediencia mediante sus admoniciones eclesiales y acabado con la conjuración antes de que estallara, pero no sólo no predicó a su pueblo como era debido, sino que él resultó el principal conjurado. Por ello la Puerta, habiendo investigadol y demostrado su culpabilidad a través de cuantas informaciones obtuvo tanto dentro como fuera de Constantinopla, lo castigó como correspondía al delito cometido, y no por motivos religiosos. Este delito era el más grave de todos, el de conjura revolucionaria; y todos los reos de tal delito, ya sean grandes o pequeños, son igualmente merecedores de la pena. Por ello, los instigadores de insurrecciones han sido castigados implacablemente en todas partes y cuantos han leído la historia de Rusia saben que, el año 38


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1715 de la era cristiana, el emperador Pedro depuró y condenó a muerte al clérigo que era entonces patriarca de Rusia como cómplice de la conjura de su hijo, aboliendo desde entonces el patriarcado. La pena de horca para el patriarca y otras de aquella jornada no se contaron como atentados a la religión. Así es como han sido castigados justamente tanto los metropolitas como los demás notables de la nación por los escritos revolucionarios que se les han intervenidom. Todas las potencias reconocen que es de la incumbencia de todo gobierno independiente hacer lo que cree bueno dentro de sus fronteras, y no consiente que un gobierno extranjero patrocine a súbditos separatistas de otro Estado, so pretexto exclusivamente de profesar la misma fe. El embajador no cesa de decir que la condena del patriarca fue un ultraje a la religión capaz de provocar la ira de todos los reyes de la cristiandad; pero la Puerta le ha asegurado que los embajadores de las demás cortes han reconocido que tenía razón en hacer lo que hizo; él es el único que no acepta convencerse por sistema, haciendo oídos sordos a nuestras amistosas explicaciones y dando pie con su conducta a que todo el mundo piense que, sobre este asunto, ha mandado a su gobierno escritos que no debía.
Después del descubrimiento de la conjuración, los musulmanes han tomado las armas por necesidad, pero no han importunado ni a la embajada ni a los comerciantes bajo protección rusa; por el contrario, han velado por ellos, de acuerdo con los tratados. Pero el embajador, exagerando lo insignificante, enojaba a la Puerta y preconizaba la huida de los comerciantes bajo protección rusa y de los vasallos, a los cuales defendía, provocando al tiempo dificultades cuantas veces la Puerta trataba de impedirles la fuga. El embajador dice que ha ordenado a los cónsules de su corte que se comporten como exige la amistad entre las dos Potencias y que ha enviado a un subordinado a visitarlos portando tales directrices después de la secesión de Moldavia y Valaquia, pero parece que el envío y las visitas, así como las instrucciones, no han producido otro resultado que la propagación de la insurrección –cunde el rumor de que cuenta con el apoyo ruso– y la huida de los cónsules junto con los rebeldes. La conducta del cónsul en Patras atenta sin dudar a la amistad existente entre los dos imperios, porque en el momento de entrar en la ciudad las tropas para castigar a los insurrectos, ninguno de los demás cónsules se movió y sólo el de Rusia condujo a los fugitivos a los esquifes e izó la bandera rusa.
Todos los cónsules a lo largo del imperio otomano siguen las instrucciones 39


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de sus respectivos embajadores; por ello, la conducta descrita del cónsul en Patras y la huida de algunos otros, como si se hubiera declarado la guerra, se remiten con seguridad a las directrices del embajador. Estas circunstancias han provocado justificadas sospechas sobre las intenciones de Rusia por parte de los musulmanes y de las Potencias. El embajador no sólo no ha dado a la Puerta la ayuda moral que prometió, según exige la justicia y la amistad entre las dos Potencias y por medio de la cual podía haber apaciguado las crecientes sospechas; y no sólo no ha hecho gala de un aire amistoso y pacífico, sino todo lo contrario porque, como se ha dicho antes, ha animado a huir a súbditos de las dos Potencias y ha fingido que ni él mismo estaba seguro; la Puerta se apresuró a tranquilizarle enviándole otro escuadrón para proteger la embajada. Además, el embajador ha hecho venir de Odesa un buque de la flota rusa; preguntado acerca de él, respondió que lo habían enviado sus amigos de Odesa al enterarse de los disturbios, pero que tenía la intención de devolverlo; añadió que su corte deseaba contar con veleros rápidos entre Constantinopla y el mar Negro y que uno de ellos, viniendo a Büyükçekmece, estaba cerca del estrecho. La Puerta respondió oficialmente que estaba prohibida la travesía de cualquier barco extranjero no mercante, que el embajador podía corresponder de otra forma a los deseos de su corte, que la Puerta temía que la aparición de tales naves soliviantara al pueblo y, por ello, se veía obligada a no consentirlo; pero el embajador dio con la manera de traer uno de ellos delante de su residencia. La Puerta estaba en su derecho de hacerlo volver por la fuerza, pero juzgó más apropiado, en gracia al embajador, que fuera él quien lo hiciera sin causar molestias. Sin embargo el embajador, despreciando estas razones, embarcó en él pertenencias suyas y lo visitó repetidas veces, dando la impresión de que estaba aguardando viento favorable para zarpar. La Puerta reiteró su petición; coincidieron otras circunstancias por la cuales el embajador se mostró enojado e informó a la Puerta que remitía todo el asunto a su corte e interrumpía toda relación hasta recibir respuesta.
Tal es la actitud del embajador, al que la Puerta nunca ha dejado de tributar los honores debidos; pero sean cuales sean sus comunicados, la Puerta, basándose en la prudencia de la corte rusa y en el deseo de ambas de conservar las amistosas relaciones, tiene el convencimiento de que el emperador no las escuchará y que dará más crédito a los hechos en sí y al imparcial testimonio de amigos fiables. También Ella ha querido dar a conocer la verdad mediante la presente exposición; de forma que, si la corte de Rusia la cree y por análogos 40


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procedimientos reconduce a su embajador, causante de tan innecesarias diferencias diplomáticas, hacia los deberes propios del ministro de una Potencia amiga, el emperador se ganará más aún la estima de la Puerta. Por el contrario, si aprueba su comportamiento, entonces la Puerta, que nunca se ha alejado de su franqueza y sinceridad, declina toda responsabilidad de incumplimiento y, puesto que siempre confía en la ayuda divina –fuente de su poder–, la actual circunstancia no es bastante a perturbarla.
La Puerta reitera una vez más que, aunque no suscribió el acuerdo por la paz internacional refrendado por todas las potencias europeas, comparte en la práctica el mismo deseo. Y tal como hasta hoy procuró, procura siempre conservar los lazos de paz con todas las Potencias aliadas en general y con la amiga y vecina Rusia en especial, honrándolas debidamente y gobernándose según los tratados. Los preparativos obligados y, principalmente, la unánime movilización y toma de armas de todos los musulmanes que, de habitar en ciudades, han pasado a hacerlo en campos de batalla, han ocurrido y ocurren porque nuestros súbditos no están unidos como los de las demás Potencias, sino dispersos por todas las provincias del imperio, y viven mezclados con los no musulmanes, sobre todo con los griegos, en quienes no confían.
Todas estas conmociones afectan sólo a nuestra política interior y no a las relaciones exteriores, sólo a los griegos y no a los inocentes súbditos de otras nacionalidades, y en nada a la religión. Consecuentemente, ni la corte de Rusia ni las demás Potencias darán crédito a lo que propala la mala intención en perjuicio de sus relaciones con la Puerta, ni lo que sea escrito por otros mientras el embajador de Rusia ignore los derechos de la Potencias y subestime los deberes de un pacífico embajador”.
Este era el contenido, sin que lo supiera el embajador Strogonof, de la fantasiosa y amplísima nota de la Puerta a la corte de Rusia. El 6 de julio, el embajador rompió el silencio después de la ruptura de relaciones.
Habiendo dado a conocer el escrito anterior a la corte de Rusia de manera resumida, pero suficiente para la plena comprensión de las diferencias entre los dos imperios según el punto de vista de la Puerta, juzgamos necesario dar a conocer del mismo modo el que el embajador dirigió a la Puerta, para una plena comprensión de las mismas diferencias según el punto de vista de la corte rusa.
“Apenas surgieron los primeros síntomas de la secesión en Moldavia y Valaquia, no tardó Rusia en anunciar públicamente cuánto reprendía a los instigadores y en recomendar a la Puerta que pusiera término al mal con 41


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su esclarecimiento. El comienzo y los progresos del mismo parecían igual de temibles. La Puerta no podía ignorar las causas de tal política. Rusia veía la existencia del imperio otomano como uno de los factores para el mantenimiento y consolidación de la paz en Europa; por ello, debía castigar toda iniciativa tendente a provocarle daño, y debía hacerlo más aún como Potencia siempre transparente y siempre desinteresada hacia un Estado al que hace cinco años invitaba a rodearse de las garantías que proporcionan la rigurosa observación de los tratados y el abandono de todo motivo de disputa. Rusia se apresuró también a ofrecerle su amistosa colaboraciónn, de indudable utilidad, cuyo resultado habría sido contener inmediatamente la plaga de la insurrección y prevenir los grandes infortunios que sufrió el pueblo moldavo-valaco, que no ha dejado de dar muestras de inocencia y lealtad. Según la opinión de Rusia, la fuerza de las armas era la única capaz de librar a los dos principados de los que perturbaron su paz interna, pero dicha fuerza debía tener como objetivo la salvación: debía servir para el reforzamiento de la ley y ser puesta al mando de una dirección conducente a la recuperación de la zona y del imperio de los pactos sobre los que se asienta el derecho público de Moldavia-Valaquia, y nunca bajo las enseñas del fanatismo, sino debía haber culminado en la curación de las pasiones provenientes de él. Grande fue el dolor de Rusia, porque la Puerta despreció sus propuestas sobre el tema, mostrando no darse cuenta de cuán fácil le era acabar con los disturbios de una vez por todas y no previendo que, a través del sistema que había aceptado, movilizaría a favor de los que atacan su autoridad los sentimientos por los que son respetados todos los pueblos: los sentimientos religiosos, patrióticos y humanitarios que inspira toda nación abocada al último grado de la desesperación. Lo que más temía el emperador era que la Puerta, reafirmando con su actitud el plan de los instigadores de la revuelta, legitimara la oposición, necesariamente armada, a la total aniquilación del pueblo griego y de la religión que profesa. Los temores del emperador se han visto confirmados. Las provincias en que han surgido recientemente los primeros movimientos bélicos contra la autoridad turca fueron ya otras veces escenario de tales operaciones, pero nunca el gobierno movilizó contra los habitantes de esos lugares a todos sus súbditos musulmanes en defensa de su religión. Peligros no menos terribles han amenazado otras veces a la Puerta, sobre todo en tiempos en que guerras exteriores hacían más temible aún su posición; sin embargo, en el imperio otomano jamás ha recaído una proscripción general sobre toda 42


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una nación, ni tan afrentosamente ha sido ultrajada la religión cristiana. No existía, por fortunañ, precedente de que un patriarca de la iglesia oriental sufriera tan horrible muerte en el lugar donde oficiaba y en un día que venera todo el mundo cristiano y, sobre todo, habiendo el santo pastor colmado la medida de la lealtad y sumisión a la autoridad turca. En ninguna otra ocasión ha visto la afligida Europa a todos los príncipes espirituales y ecuménicos de una nación cristiana muertos a manos del verdugo –y menos habiendo prestado grandes servicios a la Otomana Puerta– sus cadáveres profanados, sus familias obligadas a huir de una tierra de calamidades y las propiedades destruidas. No ha visto en cuatro siglos declarar la guerra contra la religión de Cristo mediante la muerte de sus ministros, el arrasamiento de sus templos y un sin fin de ofensas a los símbolos de su divina fe. Fácilmente puede la Puerta sentir las consecuencias de tales procedimientos si continúa con ellos y no corrige sus aciagos resultados: se encontrará, inevitablemente y pese a la buena disposición para con ella de todas las Potencias europeas, en situación de guerra contra el mundo cristiano. Esta verdad, que el emperador se apresura a manifestar, es tanto más incontrovertible cuanto que también la han sentido los predecesores del sultán actual. Ellos, que conquistaron tierras en Europa y decidieron asentarse en ellas, se mostraron convencidos, por los acuerdos que firmaron con las potencias cristianas, de que la instalación no tenía que ser bandera de guerra y de escarnio a la religión de las mencionadas Potencias, ni augurio de aniquilación de un pueblo unido por todos los lazos de la religión, la moral y la memoria. Hoy se exige algo más: que la Puerta contribuya a la consolidación de las relaciones existentes entre todos los Estados europeos y que procure hacer tales relaciones más firmes y estrechas día tras día por medio del acuerdo. Pero si se da el caso de que continúan los desórdenes o son imposibles de reparar, Rusia no sólo no verá como garantía de paz la permanencia del reino otomano, sino que se hallará obligada a defender la religión afrentada, los acuerdos conculcados y a sus correligionarios perseguidos. La Puerta ha quedado enterada inequívocamente, por las notas diplomáticas unánimes que ha recibido, de que el supuesto contemplado por Rusia es el supuesto de toda Europa.
Los monarcas cristianos no pueden pasar por alto las humillaciones que ha padecido su fe si no se da una satisfacción pública. Documentos oficiales condenan a castigos y a la muerte a un pueblo protegido hasta hoy por acuerdos explícitos y por el silencioso pero insoslayable respeto a los 43


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demás pueblos de Europa. Es superfluo hacer un recuento de los edictos del sultán que confirman lo dicho; es un hecho, por desgracia, que la Puerta no persigue únicamente a los agitadores y a sus secuaces, sino a toda la nación griega, como también a todas las fuentes de su existencia y de su renacida identidad, y que está forzando a la cristiandad a elegir entre una de estas dos opciones: o no permanecer como impasible espectador de la masacre de un pueblo cristiano, o tolerar un estado de cosas tendente a la perturbación de la paz, que tantos sacrificios ha costado. Convencida Rusia de que sus demandas son justas y segura de haber persuadido a todos sus aliados sobre la sinceridad de sus intenciones, no ha querido hasta ahora, anteponiendo la defensa del interés general, mencionar las particulares obligaciones de la Puerta para con ella, en las cuales podía apoyar sus movilizaciones. Sin embargo, sí son de su incumbencia las cláusulas del tratado de Kainardja y el derecho contraído en él de amparo de la religión griega en todo el Estado turco, pero Rusia quiere en el día de hoy atraer toda la atención de la Puerta hacia unas observaciones de naturaleza más elevada, observaciones sobre los deberes mutuos de todas las Potencias cristianas para conservar la unidad y el entendimiento entre sí.
Cuanto se ha hecho hasta el día de hoy no puede ser considerado sino como consecuencia de la libre voluntad y un plan premeditado de la Puerta, o de un sistema al que abocan al gobierno turco contra su voluntad las circunstancias y el fanatismo de algunos malintencionados. El emperador espera que esta última sea la única interpretación correcta, pero intenta asegurarse. Si los males que aquejan a la religión y al humanitarismo se cometen contra la voluntad de la Puerta, el emperador desea que demuestre su capacidad para cambiar un sistema que no permite a las Potencias cristianas negociar o pactar con ella. Si es así, que se restauren las iglesias demolidas o despojadas y vuelvan a ser aptas para su sagrado servicio; que la Puerta devuelva lo que debe a la religión cristiana, protegiéndola y conservándola incontaminada como antes y consolando de tal suerte a Europa por la muerte del patriarca y por las profanaciones ocurridas; que haya una criba prudente y justa de los inductores de los disturbios, de sus secuaces y de cuantos por su inocencia no son condenables, y que se abra así un futuro de paz y tranquilidad gracias a los griegos que quieran en términos explícitos volver a la obediencia a la Puerta; comoquiera que ello sea, que se distinga al inocente del culpable; y en muestra de su cambio de actitud, que acepte la Puerta las condiciones antes existentes, a saber, que 44


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Rusia contribuya también, según el espíritu de los tratados, a la pacificación de los principados de Valaquia y Moldavia. Que haya sólo la preocupación de asentar sobre bases estables el orden público y la paz de aquellas partes; en una palabra, que el ejemplo de los principados sea tal, que vuelva a traer a la obediencia a los griegos que aman sinceramente a su patria. El emperador no cree cierto el presupuesto inicial; pero si, en contra de su creencia, el gobierno turco pone en práctica manifiestamente y sin trabas los males a que hemos hecho referencia, entonces no tardará en ser informado de que es declarado abiertamente enemigo de todo el mundo cristiano, que está legalizando la protección a los griegos, los cuales combaten para escapar a su inevitable destrucción, y que Rusia, a causa de la índole de la lucha, está obligada a prestarles asilo por ser perseguidos y ayuda porque les debe asistencia junto con toda la cristiandad, en la idea de que no puede dejar a sus hermanos en Cristo a discreción de un ciego fanatismo. Con esta nítida exposición, el emperador cree haber cumplido perfectamente sus obligaciones para con la Puerta. Quizá Rusia podía haberse aprovechado de la intentona de los insurrectos si su política fuera algo menos sincera. El emperador ha condenado abiertamente sus argumentos; si sus intenciones no fueran francas, se habría limitado a la condena, pero al mismo tiempo ha mostrado la forma en que el gobierno turco podía haber prevenido los progresos y las consecuencias de los disturbios; y ha demostrado que era leal a los tratados y que deseaba sin doblez el mantenimiento del Estado turco, porque no sólo le ha señalado la forma de salvarse, sino también ha mostrado su deseo de que colabore a su propia salvación.
Hoy da una nueva prueba, pues hace saber a la Puerta los únicos recursos por los cuales puede evitar su completa perdición y le advierte que, si persiste en llevar a cabo su destructivo plan, obligará a Rusia o a cumplir sus deberes o a descuidarlos, siendo indudable la alternativa que elegirá en tal circunstancia. Quiere la respuesta para dentro de ocho días. Si el gobierno turco atiende todas sus peticiones y colma todas las expectativas del emperador aceptando sus condiciones, se le dará un nuevo plazo para que muestre por sus actos que no sólo acepta los términos antedichos, por los que da fe de su vuelta a principios más sensatos, sino que también se da prisa en cumplirlos; y que no sólo no desea ningún mal, sino que incluso es capaz de encontrar la manera de evitarlo. No habiendo sucedido esto, se informa que el embajador ha recibido la orden de retirarse con toda su embajada imperial.” 45


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Esta fue la notificación del embajador por mandato impuesto. Toda Europa interpretó la nota, y con razón, como una predeclaración de guerra; en realidad, Rusia le decía a la Puerta: o es voluntariamente como persigues a la Iglesia de Cristo y rompes los tratados y cometes tales atropellos, o es involuntariamente; si es voluntariamente, yo movilizo mis fuerzas contra ti, porque no te dejaré destruir a mis correligionarios los griegos ni ultrajar su religión; si es involuntariamente, muéstralo mediante otros hechos tuyos y mediante la reconstrucción de los templos cristianos demolidos, porque de otro modo yo movilizaré igualmente mis fuerzas contra ti.
Suicida es el gobierno que confiesa que, arrastrado por sus indisciplinadas masas, actúa contra su propia voluntad, aunque de hecho sea así. Pero en la circunstancia de que se trata, Rusia pretendía que la fanática Puerta hiciera lo que iba abiertamente en contra de su religión, esto es, reedificar los templos arrasados. Rusia puso en claro sin lugar a dudas que buscaba lo imposible con la máscara de la justicia; por eso, todos creyeron que había decidido declarar la guerra y Europa se conmocionó. Los embajadores de las demás cortes en Constantinopla, a los cuales el de Rusia había comunicado las órdenes de la suya, intentaron por todos los medios y más aún, en evitación de la inminente tormenta, hacer más comedida la actitud de la Puerta; temían que, por mor del fanatismo, sufriera un percance el propio embajador de Rusia y se diera un nuevo y grave impulso al enfrentamiento; pero la Puerta no modificó ni sus maneras ni su lenguaje. Pasado el plazo de ocho días y en vista de que no había respuesta, Strogonof subió al barco ruso atracado frente a su palacio, pero no zarpó inmediatamente, debido a que imperaba un viento adverso. En tanto, los embajadores de las otras cortes persuadieron a la Puerta a que diera una respuesta; dio la respuesta, pero como fue dada fuera de plazo, el embajador no la aceptó y, el 29 de julio, al soplar un viento favorable, zarpó sin impedimento ni traba alguna, llegando felizmente el 1 de agosto a Odesa, desde donde partió al encuentro del emperador; con él había viajado toda la embajada. Los cónsules de Rusia también abandonaron el imperio turco, considerándolo un lugar hostil. La Puerta, en vista de que el embajador no había admitido su respuesta, se la envió a Nesselrode, a quien también escribió directamente el gran visir. En el escrito al embajador reiteraba lo que había manifestado anteriormente, a saber, que nunca había mediatizado las manifestaciones religiosas de los cristianos, que no había hecho nada para aniquilar su fe, que no había derribado ninguna iglesia y que los excesos contra éstas eran 46


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actos de incontrolados; celebraba su rectitud política para con las cortes en todas las ocasiones y en todos los supuestos y su magnanimidad y piedad para con sus ingratos vasallos cristianos, y sostenía que tanto el patriarca como todos los condenados a muerte merecían el castigo; refería la muerte de otros patriarcas y volvía a aducir la del de Rusia por conjura, en la época de Pedro el Grande; sobre los principados decía también que mantenía sus tropas en ellos porque aún no se habían librado de los malhechores, pero que no pensaba ni alterar lo establecido ni pisotear sus prerrogativas; y que tenía el propósito de enviar a los gobernadores una vez que aquellos lugares se librasen de los facinerosos y una vez fueran entregados o castigados los huidos a Rusia, para que tomaran buena nota de ello los representantes de ésta; justificaba la movilización y entrega de armas a los musulmanes por la salida de los separatistas desde Rusia, por la retirada de los mismos a Rusia y su no devolución y por el peligro interior del Estado; lamentaba con tristeza la actitud del embajador Strogonof y, calificando de falsas las notas del mismo a la corte rusa, traía a colación a los restantes embajadores, que reconocían que la Puerta tenía razón en hacer lo que hacía y ejercer la política que ejercía; y, por último, negaba haber contravenido el tratado de Kainardja con el argumento de que éste protegía a la religión cristiana –a la que nadie perseguía–, pero no a los criminales.
La nota a Nesselrode pedía excusas por el retraso de la respuesta al embajador, culpando a los intérpretes de la embajada de haber ido la víspera del octavo día a recogerla, a pesar de haber sido llamados; comprometía también a los embajadores de las demás cortes diciendo que, según el parecer de éstos, esta actitud no podía dañar las amistosas relaciones con la corte de Rusia y que, si su embajador se había retirado, otro le sucedería.
Si las palabras de Rusia a la Puerta eran belicosas, tampoco las de la Puerta a Rusia eran apaciguadoras porque, mientras Rusia exigía en tono de amenaza la aceptación de todas sus condiciones, la Puerta no aceptaba ninguna y exigía otras a cambio; apenas si, por instigación de las embajadas instaladas en la capital, que en nombre de las cortes le aconsejaban una conducta más moderada, consintió en editar órdenes del sultán para la protección de los inocentes, como si el fanático, el bárbaro y el sediento de sangre pudiera distinguir al inocente del culpable y como si no ahorcara ni decapitara ella misma dentro de la capital a los inocentes como si fueran culpables. Por orden de la Puerta, el nuevo patriarca publicó también encíclicas exhortando a los griegos al arrepentimiento 47


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y la sumisión y glorificando, en vista del ahorcamiento de su antecesor, la infinita indulgencia y la magnanimidad sin precedentes de la Sublime Puerta.
El emperador Alejandro, habiendo hecho partícipes a sus aliados de cuanto a través del embajador había comunicado a la Puerta y remitiéndose a su política sin dobleces hacia ellos, solicitó en compensación tres puntos: el apoyo de sus condiciones a la Puerta, la cooperación de éstas en todo lo que estaría obligado a hacer ante la negativa de ésta y una conferencia internacional para la pacificación de Grecia. Prusia acogió favorablemente los tres y lo mismo hizo Francia, pero Inglaterra y Austria sólo aceptaron el primero y no apoyaron ante la Puerta sino algunas de las condiciones rusas. Estas dos cortes veían como dogma de fe política la independencia e integridad del Estado otomano y, para salvaguardarlas, se reunieron en Hannover Metternich y Castlereagh y, habiendo deliberado sobre la causa griega, decidieron impedir toda ingerencia rusa. Disgustose Alejandro por la no aceptación de sus propuestas por parte de todos sus aliados y pensó en un principio ocupar Moldavia y Valaquia para forzar a la insumisa Puerta, pero finalmente se persuadió a aceptar la intervención de los aliados, con la condición de que no adquiriese el carácter de mediación; a instancias de ellos, respondió a las notas de la Puerta negando la entrega de los fugitivos y diciendo que, si tomaba las medidas pertinentes para el exacto cumplimiento de los tratados, para la observación del respeto debido a la iglesia ortodoxa y para la no persecución de sus correligionarios, no haría lo que hasta entonces su actitud le había obligado a hacer. Pero no se tuvo en cuenta ni la enérgica voz del emperador ni los amistosos consejos de las cortes aliadas.
En tanto, la mayor beneficiada era Grecia, porque sólo el temor a la inminente guerra con Rusia tenía parados a poderosos ejércitos turcos en las regiones danubianas.
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1821 CAPÍTULO XXIII CAPITULACIÓNDEMONEMVASÍA.-MARCHADELOSTURCOSDEARKADIÁA NEÓKASTRO Y CAPITULACIÓN DE ÉSTA.
Los turcos del Peloponeso pasaban hambre, como consecuencia de los asedios y bloqueos a que eran sometidos en las ciudadelas, desprovistas de víveres. Los de Monemvasía fueron los primeros que sintieron los males derivados, porque casi desde el primer día de la insurrección eran sitiados sin descanso por tierra y por mar.
Esta plaza fuerte, ciudad y acrópolis, se encuentra sobre un islote conectado por un puente en su extremo oeste a la costa de Laconia; de ahí su nombre de Monemvasía, porque tiene un solo y único acceso10 por tierra. Inexpugnable por su posición natural, esta plaza fuerte es también difícilmente accesible por mar. La ciudad está rodeada de murallas; sobre una roca cortada a pico pende la acrópolis, que cuenta con un solo y único camino hacia arriba, por lo demás abrupto y bajo el fuego de la fortaleza.
Los asediados turcos, al ver que venían de fuera multitud de maniatas y prastiotas, se asustaron tanto que, después de algunas escaramuzas inofensivas, cortaron el puente y se aislaron, utilizando sólo la artillería.
Tanto éstos como los turcos de las restantes fortalezas del Peloponeso esperaban ayuda exterior para romper el sitio. Las esperanzas de los de Monemvasía echaron a volar de tal modo cuando se enteraron de la exitosa invasión de Tripolitsá a cargo del kiaya bey, que los 150 más osados de ellos marcharon a escondidas por la noche a la vieja Monemvasía, con el propósito de caer de repente sobre los griegos por detrás y levantar el asedio ayudados al mismo tiempo por sus compañeros de la acrópolis; pero el plan fue descubierto a tiempo y los sitiadores, habiendo ocupado previamente 10
Μον-εμβασία.
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la ciudad antigua, cercaron a los que tan desprevenidamente llegaban, los capturaron y dieron muerte a muchos de ellos. Los incautos turcos de la acrópolis retuvieron a sus convecinos cristianos y así fue como, por conducto de éstos, sus planes y situación eran delatadas a sus enemigos y las vituallas se agotaban con más rapidez. Hasta un determinado momento, la comunicación entre los de la ciudad y los de la acrópolis era libre pero, a causa del aumento diario del peligro y de la incertidumbre sobre la ayuda exterior, los turcos más preeminentes, en uso de su poder, tomaron la mayor parte de los víveres, subieron a la acrópolis, donde residía ya el comandante de la plaza, y se encerraron en ella, dejando fuera a los de la ciudad baja. Abajo dejaron también a sus vecinos cristianos, que por dicha circunstancia de compartir la suerte confraternizaron estrechamente con aquel grupo de turcos, siendo bien acogidos por ellos, quienes temían que la rendición no podía tardar mucho y esperaban un trato favorable gracias a su intercesión. Pocos días después de dividirse los turcos, los de abajo se vieron obligados por la carencia de alimentos a entrar en negociaciones con los sitiadores; pero, desconfiando al ver la multiplicidad de mandos, les dijeron que se entregarían si venía un griego de los principales a tomar posesión de la ciudadela. En respuesta a esta oferta fue enviado por consenso general Aléxandros Kandakuzinós, que había bajado a Grecia acompañando a Dimitrios Hypsilandis y era hermano de Yoryos, el que había participado con Aléxandros Hypsilandis en la marcha sobre Valaquia y Moldavia. Hypsilandis, que quería actuar como gobernante supremo del lugar, propuso que se entregara la plaza a su nombre. “No, no.” –gritaron los griegos– “A nombre del pueblo griego.” Kandakuzinós, cuya presencia ante Monemvasía fue muy útil por su actitud inteligente y honorable, encontró a los turcos de abajo enfrentados con los de arriba –aquéllos querían rendirse, éstos no– porque los unos tenían comida y los otros morían de hambre; por ello, les dijo que no aceptaba si no se ponían de acuerdo todos los sitiados; al mismo tiempo, trató de atemorizarlos con algunas acciones armadas, que resultaron vanos intentos. La necesidad encuentra medios: los turcos de abajo, no pudiendo convencer a los de arriba para que se entregaran, los engañaron con el siguiente ardid: les comunicaron que Kandakuzinós había accedido a negociar con ellos y que el acuerdo había sido puesto por escrito, pero que, para cumplirlo con independencia de los de arriba, pedía que ellos lo aprobaran también por escrito. Ellos dieron su conformidad y abrieron la puerta para que entrasen los que traían el escrito 50


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a su firma. Éstos eran siete y, justo al entrar, mantuvieron la puerta abierta por la fuerza e hicieron entrar de abajo a otros que estaban al acecho. Al ver esto los de arriba, que no disponían de víveres suficientes para todos y tampoco querían enzarzarse en una lucha intestina, suscribieron todos el acuerdoo el 21 de julio con las siguientes cláusulas: garantía de vida y honor, entrega de las armas de todo tipo, conservación de sus bienes muebles y de los engastes de plata de las armas de su propiedad y traslado gratuito a Citera o a la costa asiática. Según estas capitulaciones, el 23 los turcos entregaron la ciudad, la acrópolis y todas sus armas y subieron a las embarcaciones sitiadoras, casi sin daños, pero despojados de sus bienes de más valor, que les fueron arrebatados en contra de los términos del pacto.
Fueron desembarcados sanos y salvos en una isla cercana al litoral de Asia, desde donde llegaron a Kushadasi.
Muchos arkadios, como ya hemos dicho, habían huido con mujeres e hijos a Neókastro en el momento en que el pánico dominó a todos los turcos del Peloponeso. Tenían el propósito de dejar a salvo sus familias y volver a Arkadiá el día siguiente. Por ello, habían dejado una guarnición provisional de 100 hombres armados en la antigua fortaleza, para guardar la ciudad hasta su vuelta, y muchas de sus pertenencias muebles en las casas. Pero los dirigentes cristianos que se habían quedado en la ciudad después de la huida de los turcos difundieron hábilmente la especie de que ejércitos rusos habían llegado a Kalamata y, en pocas horas, pusieron en fuga a la guarnición sólo por el miedo.
Cuando de esa manera tan inesperada fue evacuada toda la ciudad de Arkadiá, los aldeanos se precipitaron en masa al saqueo de los domicilios, corriendo cada uno a la casa de su agá, la cual consideraban su propiedad particular con el pretexto de que había sido construida y equipada con su sudor.
Al día siguiente (27 de marzo) llegó a Arkadiá con una escolta armada Dikeos, en compañía de Anagnostarás y Kefalas. Después de pedir en vano como representante del procurador general del Mando la devolución para uso público de los bienes pillados, nombró jefes militares y políticos y volvió con su escolta a Fanari y, de allí, a Karýtena.
El 29, los cristianos marcharon contra Neókastro. Los turcos, al ver venir la vanguardia, salieron y hubo enfrentamientos en Solinari, pero se retiraron al caer la tarde. Salieron otra vez al día siguiente, lucharon, pusieron en fuga en un principio al ala izquierda de los griegos y a punto estuvieron de rodearlos y aniquilarlos, pero los del centro se opusieron 51


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valientemente y los rechazaron, matando e hiriendo a algunos de ellos.
Después de esta batalla, los griegos se apoderaron de Mesochori, a una hora de Metona, para aislar a ésta. Al día siguiente llegó al campamento en visita a los alrededores de Metona el obispo de la provincia, Grigorios, que había enrolado por el camino un centenar de campesinos, y fue nombrado comandante general. Pasados unos días, se unió a la lucha con un centenar de maniatas, y también Konstandinos Pierakos Mavromichalis.
Mientras tanto, los turcos de Neókastro no cesaban de salir continuamente a guerrear. Con motivo de la proximidad de las celebraciones de Semana Santa, los campesinos encargados del asedio abandonaron sus puestos durante la noche y se dispersaron por las aldeas, quedando sólo los jefes y algunos más. Al saberlo los turcos, atacaron con todos sus efectivos el Lunes de Pascua (11 de abril) a esos pocos, pero no los derrotaron por haberles llegado refuerzos de la guarnición que ocupaba Mesochori.
Pasados los tres días de Pascua, volvieron los campesinos a sus puestos y se fortificó de nuevo el campamento. No obstante, como la mar estaba abierta y la comunicación por mar entre Neókastro y Metona era libre, la fuerza terrestre de los griegos servía más para proteger los lugares de un ataque rival que para hacer daño al enemigo.
Cuando a mediados de mayo quedó establecido un bloqueo por mar, comenzaron los pesares de los turcos, porque a la pérdida del agua potable por corte del acueducto y al consumo de la amarga procedente de los pozos sucedió el hambre. Desde entonces cesaron sus salidas por tierra y se interrumpió la comunicación con Metona, de donde antes traían víveres por mar; con el intenso calor del verano, casi se agostaron los pozos; al poco tiempo llegaron a pasar tanta hambre, que apreciaban en mucho hasta la carne de animales impuros. El gemido de los hambrientos y sedientos y el llanto de las mujeres y niños aumentaban día tras día y obligaron en julio a los jefes a abrir dos veces la puerta de la ciudadela, para que salieran y se entregaran al enemigo los que querían librarse de los rigores del asedio; salieron 185, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, de los cuales unos fueron dispersados por los campos y otros trasladados a Chelonaki11, isla desierta dentro del puerto, bajo promesa de entrega diaria de alimentos hasta la rendición de la fortaleza; otros 16 hombres de entre ellos fueron 11
Más bien un islote. Actualmente guarda el cementerio de los ingleses caídos en la batalla naval de Navarinο.
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recluidos en el antiguo castillo de Arkadiá, pero por la noche se estrellaron arrojándose todos desde lo alto. Entre los que salieron estaban los del círculo de Mehmet Aga Kastrinós y el mollah Halil, amigos íntimos antes de la guerra del obispo de Metona, que hallaron humanitaria acogida en su casa. El 8 de julio, los sitiados llevaron de noche a dos de los más osados detrás de la fortaleza y los enviaron por mar hacia Metona en busca de alimentos e información sobre la esperada armada turca. Los de Metona les llenaron de comida un velero que encontraron en el puerto, embarcaron a 150 hombres armados y lo botaron la noche del 22. Los tripulantes dieron muestra de destreza marinera y de gran valentía en su travesía, pero se impusieron la habilidad náutica y el valor de los marinos griegos, no más de 80, que les dieron la réplica a bordo de un barco pesquero y de los botes. Los turcos sufrieron graves daños y los infligieron a los griegos en menor medida, matando o hiriendo a 15, pero fueron derrotados y volvieron a Metona sin conseguir nada. Una vez más, el 31, zarparon cinco barcos enemigos de Metona escoltando el mismo velero; mas, al salirles al encuentro las embarcaciones griegas de Chelonaki, volvieron también a Metona sin éxito.
Habiendo fracasado por mar, marcharon con todos los efectivos en auxilio de sus compañeros. Se les opusieron los griegos y los derrotaron, pero perdieron a dos aguerridos hombres y magníficos luchadores: Konstandinos Pierakos Mavromichalis y Mitros Chalazonitisp; persiguieron a los enemigos hasta las puertas de Metona y asaltaron algunas viviendas de los suburbios, donde fue muerto uno de ellos por una bala de fusil lanzada desde el fuerte. El muerto era hijo único, de la población de Muriatada.
Su octogenario padre, al llegar al campamento y recibir las condolencias, respondió: “Váyase mi hijo con mi bendición y dadme sus armas, yo tomaré su lugar.” En tanto, aumentaban los rigores del asedio y no se veían ni se oían los refuerzos. Por tales motivos, los del fuerte se vieron obligados a buscar a alguno de los dirigentes de Tríkorfa para un arreglo, según el ejemplo de Monemvasía. Con este fin habían llegado de allí Yoryos Kozakis Typaldos como representante de Hypsilandis y Nikólaos Ponirópulos en representación de la gerusía peloponesia, pero las negociaciones no prosperaron en un principio por el desacuerdo en las cláusulas y por un pacto preexistente entre los sitiadores por mar y los sitiadores por tierra según el cual, a la caída del fuerte, las propiedades turcas debían repartirse 53


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en tres a beneficio de los marineros, los soldados y los civiles. Debido a ello, los griegos se dispusieron al asalto; pero finalmente se produjo un acuerdo oral: los sitiados entregarían el fuerte y las armas y los sitiadores los llevarían a todos sanos y salvos y sin flete con sus enseres, a unos a Egipto y a otros a Túnez, alimentándolos hasta el desembarco. Typaldos fue también a Kalamata para fletar dos embarcaciones heptanesias que había en el puerto y, en su ausencia, habida una segunda conversación, se firmó un acuerdo el 7 de agosto en los mismos términosq. Firmadas las capitulaciones, entraron en el puerto los dos barcos bajo bandera griega que lo vigilaban y el zacintio de Dendrolívanos para recoger a los que se rendían, 734 almas en totalr. Los turcos abrieron el postigo que daba al mar, embarcaron sus pertenencias y salieron del fortín a esperar las lanchas para su transbordo.
Los sitiadores normales de las fortalezas de Neókastro y Metona eran unos dos mil doscientos, entre ellos 180 zacintios al mando de Merkatis, pero su número se incrementó con la esperanza de saqueo al aproximarse la capitulación de Neókastro. Mientras los turcos estaban esperando las lanchas de embarque, algunos griegos, en contra de lo acordado, empezaron a cachear a dos o tres de ellos que llevaban objetos de mucho valor. Al ver esto, la mayoría los imitó y los sobrepasó; primero se pusieron a despojarlos de lo que llevaban, al poco emprendieron una matanza general de varones y hembras de todas las edades; a los que se habían librado de las implacables cuchilladas los raptaron como botín de guerra, excepto unos pocos a los que salvó de la muerte y la esclavitud la humanitaria intervención de los prohombres griegos. Además, el hambre y la sed aniquilaron a los más de 60 turcos que habían sido confinados en Chelonaki antes de la rendición del fuerte, cruelmente abandonados.
Después de estas execrables contravenciones de lo pactado, los capitanes de navío que asistían al bloqueo hicieron venir al obispo de Metona y al protosýnguelos Frantsís para repartir los bienes de los turcos y zarparon precipitadamente ante el temor de que se presentara la esperada escuadra enemiga y encerrara los barcos dentro del puerto.
Habiéndose rendido Neókastro, terminó también el asedio de Metona.
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1821 CAPÍTULO XXIV TRIPOLITSÁ Y SU ASEDIO.- BATALLA DE VASILIKÁ.- APARICIÓN DE UNA ESCUADRA TURCA EN LAS COSTAS DEL PELOPONESO.- FIN DEL SITIO DE KORONI.-SUCESOSENKALAMATAYENLACOMARCADEPATRAS.-DESASTRE DE GALAXIDI.- BATALLA NAVAL FRENTE A ZACINTO.- ACTITUD DEL ALTO COMISIONADO ANTE EL PUEBLO DE LAS ISLAS JÓNICAS.- TOMA DE TRIPOLITSÁ.-SEGUNDAIRRUPCIÓNDELOSTURCOSENSFAKIÁYLLEGADA A CRETA DE MICHAÍL AFENDULIS COMO COMANDANTE.
En la parte central del Peloponeso, la antigua Arcadia, concretamente la que linda con la Argólide, las en otro tiempo Tegea y Mantinea, donde casi toda Grecia concurrió en armas con ocasión de la lucha entre Tebas y Esparta por la hegemonía12, se encuentra hoy Tripolitsá, la capital del Peloponeso durante la Epanástasis, en lo alto de una meseta plana y desnuda, a 2152 pies sobre el nivel del mar y rodeada por las cimas del Ménalo, el Partenio y el Artemisio. La ciudad es toda ella de nueva construcción; fue llamada Trípolis, vulgo Tripolitsá, en calidad de sucesora de tres polis: Tegea, Mantinea y Amiclas (Muchlí) o Paladio; antes del alzamiento estuvo circundada de murallas y contaba con siete puertas. Su muralla tenía catorce pies de alto, una anchura de seis en la parte de abajo y tres en la de arriba, un perímetro de dos mil; al extremo oeste, sobre una posición más elevada y dentro del recinto, había una extensión llamada Megali Tapia, parecida a una acrópolis.
Con torres a cada tramo, contaba con troneras dobles, aptas para el fuego de fusilería, y 30 cañones, pocos de ellos de manejo fácil. La ciudad, después que al principio de la guerra huyeran hacia ella los turcos que habitaban diversas partes del Peloponeso y entraran los llegados al mando del kiaya bey, albergaba 30.000 almas, incluyendo cristianos en escaso número y hebreos en cantidad todavía menor. Los hombres de armas eran diez mil y procedían 12
Se refiere a la batalla de Mantinea (362 a.C.)
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de Albania, de Asia y del Peloponeso. A causa del llamamiento en marzo para una asamblea general por parte de los prohombres cristianos y turcos, se hallaban en la ciudad los turcos más importantes de todo el Peloponeso, entre los cuales destacaban Mustafa Bey, vecino de Patras, conocido también como Anapliotis, por ser natural de Nauplion; el defterdar13; Kiamil Bey de Corinto y Sheik Negib Efendi. La ciudad, al comienzo de la guerra, estaba bajo el mando inmediato del kaimakam y del kiaya bey14 y la influencia de la mujer de Hurshid, cuya desgracia no había aminorado su genio; tenía pocas provisiones, debido a la estación del año y a la inesperada concurrencia de tanta gente; y aunque se rumoreaba mucho sobre la secesión en marcha, no hubo ninguna preocupación a tiempo por los víveres. Los griegos cortaron los acueductos, pero la ciudad tenía agua freática potable en abundancia. Tal era la situación de Tripolitsá.
Los del Peloponeso habían ganado mucha confianza desde que pusieron en ridículo a sus enemigos en las batallas de Valtetsi y Dolianá y, al llegar más cerca de Tripolitsá, tomaron posiciones en las montañas.
Los turcos apacentaban habitualmente a sus caballos fuera de Tripolitsá.
El 24 de mayo, unos cuantos griegos al mando de Kaliakudas de Alonístena se apoderaron de algunos en una emboscada. Salieron los turcos a perseguirlos e hirieron a Kaliakudas; bajaron entonces muchos griegos y, en Hagios Vlasis, a media hora de la ciudad, se entabló un tiroteo general, al que puso fin la noche. En esta refriega ganaron los griegos, luchando fuera de sus bastiones. El 26, los turcos salieron con todas sus tropas, confiando en que la sola presencia de tanta caballería e infantería armadas haría huir a los griegos, como otras veces; pero sus esperanzas fueron vanas y se volvieron sin combatir. Volvieron a salir el 5 de junio, día en que hubo algunos muertos de los dos bandos, entre ellos Kostas Buras. A partir de entonces, los griegos de los alrededores de Tripolitsá acamparon en la pendiente de Tríkorfas.
Muchas eran las tropas congregadas y al mando de diversos jefes, pero todas conformaban cuatro grandes cuerpos de ejército con figura de semicírculo. El ala izquierda tenía 2500 hombres y estaba al mando de Kolokotronis; el ala derecha, 1500 al mando de Yatrakos; el centro contaba con 1000, a las órdenes de Anagnostarás; la retaguardia, que iba detrás del centro y el ala derecha, era mandada por Petrobey y eran 1500. Hypsilandis 13 14
Tesorero.
Gobernador y lugarteniente, respectivamente.
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tenía su tienda encima de los de Anagnostarás. Se vigilaban también las carreteras a Argos y Leondari por 300 y 150 hombres, respectivamente.
Se producían continuas refriegas, provocadas principalmente por las reiteradas incursiones de los sitiados contra los sitiadores y, de resultas de ellas, homicidios. Los griegos, cada vez que marchaba contra ellos la infantería enemiga, bajaban con arrojo y combatían en la llanura, a menudo al descubierto; y cuando era la caballería, se retiraban a los pies de la montaña y se protegían detrás de las peñas del ataque de los caballos, que no podían subir a las posiciones rocosas; de esta forma causaban más daño del que sufrían. La última correría de los asediados tuvo lugar en agosto y vale la pena referirla, por sus circunstancias y resultado.
Por aquellos días se propagó la voz de que Kiamil, bey de Tripolitsá, estudiaba ir a Corinto para reforzar aquella guarnición en peligro. El despierto y hábil Kolokotronis ordenó cavar un foso para una emboscada en Mýtikas, a una hora de distancia de Tripolitsá. La voz difundida resultó falsa, pero el hoyo sirvió, y he aquí cómo: el 10 de agosto salieron más de cuatro mil turcos de infantería y caballería, se repartieron por las aldeas del contorno para llevarse frutos y, topándose en la aldea de Lukás con Dagrés y su gente, los dispersaron y mataron a algunos de ellos; poco faltó para que apresaran también al comandante, encerrado con otros cuatro en una gruta y rescatado por el auxilio de otros griegos que venían de otra parte. En el regreso a Tripolitsá la mayoría, que conducía gran cantidad de bestias de carga, dieron con la fosa y no la creyeron diseñada para usos militares, confundiéndola con la linde de un campo particular. Cuando llegaron confiados al borde, fueron tiroteados de repente por los griegos de guardia que estaban escondidos dentro de ella, teniendo muchas pérdidas por su torpeza e imprevisión; los restantes se salvaron: los de infantería cruzando por la parte no excavada contigua al pie de la montaña, los jinetes saltando por encima del foso, que no era muy ancho. Cayeron en manos de los griegos todos los animales que portaban los víveres, tan necesarios aquellos días para uso de los hambrientos turcos. Lo sucedido aquel día llevó la desmoralización a los sitiados por la pérdida de los alimentos y animó a lo griegos a levantar los acostumbrados baluartes a 900 brazas15 de la ciudad asediada.
Desde el comienzo del sitio, los sitiadores tenían algunos cañones, pero después de la rendición de Monemvasía trasladaron de allí tres morteros; no 15
En realidad, ὀργυῖαι. Esta antigua unidad de longitud equivale aprox. a 1,92 m.
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obstante, desconocían su funcionamiento. Pululaba por el campamento un italiano, Tassi, charlatán más que primer artillero, como él se proclamaba.
Este asumió su manejo y los colocó contra los pies de la montaña, a 700 brazas de la ciudad. Preparado uno de ellos, se congregó sobre las lomas cercanas una gran multitud de sitiadores para contemplar la novedad, pero el mortero, en vez de obrar los esperados prodigios, explotó, dejando en ridículo al artillero.
Del trabajo del ignorante Tassi, que desapareció muerto de miedo, se encargó el francés Raybaud, que sí tenía nociones sobre tales temas. A 200 brazas de la ciudad por la parte de Megali Tapia hay unas estribaciones de la cordillera. Raybaud colocó en el centro de ellas los dos morteros, pero también fue inútil, aunque gracias a su pericia demostró su manejabilidad.
A izquierda y derecha se dispusieron dos baterías también cómodas, pero igualmente inservibles; detrás de las estribaciones tomaron posiciones 800 hombres al mando de Yatrakos, disparando sus fusiles diestramente por entre los cañones y perturbando al enemigo. Frente a la puerta de Argos colocaron otra batería, que resultó igualmente de escasa utilidad, pero los turcos se dejaron ganar por la inactividad y, el 24 de agosto, 500 griegos se acercaron tanto por la parte de Megali Tapia, que se apoderaron de algunas casas incendiadas delante de una de las puertas de Tripolitsá y las conservaron con éxito durante dos horas, peleando desde su interior; pero salió de otra parte de la ciudad un destacamento de caballería que los atacó por detrás, les causó daños y los obligó a alejarse.
A los pocos días llegó a Tríkorfa el escocés Thomas Gordon16, trayendo desde Marsella a bordo de su barco a griegos y filohelenos, con tres morteros y seiscientos fusiles para ponerlos al servicio de Grecia, por la cual venían a luchar él y los suyos. Los griegos recibieron con cordialidad y agradecimiento a este noble amante de Grecia, que se encargó de organizar a sus expensas un cuerpo de regulares compuesto de griegos y filohelenos.
Entretanto, la situación de los turcos empeoraba día tras día, no sólo por la escasez de víveres, sino también por la falta de pastos porque, al no atreverse como antes a sacar a los caballos de la ciudad para que pastaran, no podían servirse como al principio de ellos, muy debilitados por el hambre.
Los asedios muy duraderos, con la consiguiente falta de higiene de los asediados, la mala calidad de la alimentación, el malestar y hacinamiento 16
Autor de History of the Greek Revolution (1832).
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de muchos hombres y animales dentro de un espacio reducido, suelen provocar epidemias, una calamidad que no tardó en sumarse a los demás males de los sitiados; las mismas víctimas de la epidemia la alimentaban a su vez. Estando así las cosas, Hypsilandis creyó que era el momento de llegar a un acuerdo para la entrega de la ciudad en términos ventajosos, pero su propuesta fue despectivamente rechazada.
Temiendo los griegos que la demora trajera refuerzos a los sitiados, quisieron intentar un asalto y se ordenó al jefe de artillería echar abajo la muralla, pero todos los esfuerzos resultaron vanos, debido a la nulidad del fuego de los cañones. Mientras la caída de la ciudad se aplazaba de un día a otro, el 26 llegó la noticia de que la escuadra otomana había sido avistada desde las costas del sur del Peloponeso.
Hemos visto que las dos flotas se separaron después de los sucesos de Samos y que la griega regresó a sus bases, mientras que la turco-egipcia puso rumbo al Helesponto. Ésta era la que algunos días después marchó contra Grecia.
Pocos días antes se había reunido un ejército turco en la provincia de Zituni, con el objetivo de entrar en Grecia Oriental, unirse a las tropas turcas que les aguardaban e invadir el Peloponeso para rescatar Tripolitsá con el apoyo de la escuadra, que, después de avituallar a los reductos de Mesenia, intentaba penetrar por el golfo de Corinto.
Al enterarse los cabecillas de Grecia Oriental de esta nueva campaña al mando de cuatro pashás –Beyram Pasha, el general en jefe; Chatsí-Bekir Pasha, Memis Pasha y Siahi Ali Pasha–, se reunieron en Eryini, aldea de Vodonitsa, donde juzgaron la posición de Fondana como la más adecuada para rechazar al enemigo. Sólo estaba en contra Dyovuniotis, que propuso tomar sin dilación Vasiliká, en la carretera a Lebadea, pensando con razón que tantos pashás no consentirían en dejar la posición más ancha de Vasiliká y atravesar la más estrecha de Fondana. Prevaleció la opinión de Dyovuniotis, que gozaba de la consideración de hombre experto en la guerra, así que los griegos marcharon a Vasiliká y, mientras Papá-Andreas Kokovistianós se emplazó oculto con otros 300 dentro del espeso bosque junto a la entrada del valle, Andonis Kondosópulos y Kostandís Kalyvas ocuparon con 600 lo más profundo del bosque. Dyovuniotis y su hijo, junto con Nakos Panuryás y Guras, se posicionaron con 1100 ante la salida del valle.
Excepto Chatsí-Bekir, que había muerto de repente en Zituni, el 24 de agosto los pashás llegaron con siete mil soldados de infantería y 59


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caballería a Plataniá, donde pernoctaron. Al día siguiente enviaron dos mil de a caballo en descubierta, los cuales avanzaron hacia donde vigilaban Kondosópulos y Kalyvas. Estos les hicieron frente, solos en un principio, y conservaron la posición hasta que llegaron en su auxilio los de la salida del valle; entonces, rechazaron todos juntos al enemigo, matando o hiriendo a 50 y capturando 15 caballos. Al día siguiente, que era el 26, Beyram Pasha dejó una guarnición en Plataniás para vigilar los enseres, marchó con todo el ejército y, habiendo avanzado hacia la llanura junto a la entrada del paso, ordenó que leyesen el acostumbrado rezo para antes de la batalla y que hicieran funcionar los cañones y fusiles. Hecho esto, el ejército se lanzó al grito de guerra contra los de Kondosópulos y Kalyvas; corrieron en su auxilio los Dyovuniotis, Panuryás y Guras, llegó también Busgos con otros 300 y se entabló feroz lucha. Como la posición era estrecha, boscosa y abrupta, no fueron útiles ni el elevado número de los de infantería ni la mucha caballería del enemigo, de manera que, pese a ser tantos, al no poder desplazar a los griegos ni abrir un pasillo, volvieron las espaldas.
Entonces se lanzaron los de Papá-Andreas, que estaban ocultos entre los árboles, y ocuparon la entrada, de manera que el enemigo era hostilizado por delante y por detrás. Todos los comandantes griegos brillaron aquella jornada, y Papá-Andreas persiguió a los enemigos hasta que se ocultó el sol. Aparte de los heridos, cuyo número se desconoce, cayeron más de mil enemigos, entre ellos Memis Pasha a manos de Guras, según se decía, y 100 fueron hechos prisioneros; de los griegos, fueron muertos 10 y heridos 30, entre ellos Kondosópulos. Muy abundante y rico fue el botín caído en manos de los griegos; por ejemplo, 800 caballos, 2 cañones y 18 enseñas.
Después de la batalla, los enemigos volvieron a concentrarse en Plataniás, hicieron noche y, al día siguiente, retornaron a Zituni, tan asustados que cortaron en la huida el puente sobre el Esperqueo. Los griegos salieron contra ellos al día siguiente, pero no los alcanzaron y acamparon en Damasta17. Los enemigos incurrieron en tanto desorden en su huida, que los griegos saqueadores encontraban a hombres y bestias deambulando los días siguientes a la batalla. Así fue como fracasó esta expedición contra el Peloponeso.
La escuadra enemiga, después de aprovisionar Metona, enfiló hacia Koroni.
17
El monasterio donde fue capturado Diakos, cf. tomo I, cap. XIV, pág. 187.
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Koroni era sitiada por tierra desde que los maniatas concentrados en Kalamata se repartieron desde ahí por diversas partes el Peloponeso; también llegó a la provincia de Koroni Andonis Mavromichalis, en calidad de comandante del asedio; detrás de él llegó su hermano Yannis, conocido también por Katsís; se agregaron los del lugar y otros vecinos de las cuadrillas de los hermanos Karapavlos y de Yoryis Dariotis y, el 25 de marzo, ocuparon todos a una Vunaria, posición a una hora de distancia del fuerte, y ese día hubo escaramuzas con los turcos, que salieron contra ellos a la altura de Charokopión. Después de la refriega, los griegos llegaron más cerca de la plaza fuerte y, en primer lugar, tomaron las aldeas de Hagios Dimitrios y Tseférogli y, después, cayeron sobre la misma ciudad de Koroni; permanecieron diez días y regresaron a sus casas el viernes santo para celebrar las fiestas, volviendo el lunes de Pascua y tomando la posición de Makrýs Ammo, donde hicieron prisioneros a 10 turcos en una emboscada y los mataron; entraron por segunda vez en la ciudad y la conservaron a costa de frecuentes choques con los de la acrópolis, pero huyeron al aparecer la escuadra enemiga; acabó el asedio y los turcos incendiaron la ciudad para que los griegos no la ocuparan a su vuelta; se animaron tanto al ver la flota, que decapitaron al obispo de Koroni, Grigorios, y de entre los notables a Konstandís Lachanás y Yoryis Tsapópulos, habitantes de la ciudad a los que habían llevado a la acrópolis en la primera invasión de los griegos, y arrojaron sus restos por la muralla.
La escuadra enemiga, después de aprovisionar Koroni, navegó hacia Kalamata el mismo día. El terror invadió a los de allí y, bajo el imperio del miedo, los aproximadamente cien turcos que se entregaron cuando la toma de Kalamata18, enviados a Mani por motivos de seguridad, fueron masacrados por el camino con la excusa de que podían tomar las armas a la llegada de sus compatriotas.
Días antes, se organizaba allí un cuerpo de ejército, reunido por primera vez en Vérvena bajo el patronazgo de Hypsilandis con el armamento que trajo de Trieste y los escasos fondos que se procuró; la mayor parte de este cuerpo de ejército se componía de refugiados de Kydonies19; era entrenado por el italiano Gubernati, tenía oficiales griegos y filohelenos y estaba al mando de Baleste, nombrado coronel por Hypsilandis.
18 19
Ver tomo I, cap. V, pág. 73.
Ver tomo I, cap. XV, pág. 196-197.
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Este coronel, de nacionalidad francesa, sirvió militarmente a su patria hasta la paz de 1814; a partir de entonces marchó a Creta, donde permaneció seis años cerca de su padre, que ejercía el comercio, y allí le dio por aprender la lengua y conocer las costumbres griegas; a causa de lo cual, y más aún de sus cualidades militares y sociales, prosperó amado y apreciado por todos. Se encontraba casualmente en Trieste cuando Hypsilandis marchó desde ella hacia Grecia y lo acompañó como combatiente. El día en que la flota enemiga navegó hacia Kalamata, contaba con apenas 250 soldados, y aun éstos novatos, pero incluso con tan pocos y tan poco duchos no dudó en apostarse impávidamente en la costa frente al enemigo, que planeaba el desembarco; tenía también dos cañones y un centenar de maniatas y gente del lugar como refuerzo. Al amanecer, se acercaron a tierra unos barcos de la flota para el desembarco proyectado, pero los turcos, al ver la formación de este destacamento y oír el sonido de las trompetas, desconocedores quizá de su exiguo número, se volvieron sin hacer nada.
Por aquellos días, las dos embarcaciones de Spetses que poco antes bloqueaban Neókastro se encontraban en el puerto de Kytriá, dentro de la bahía de Kalamata. La escuadra las encerró y cañoneó con la esperanza de apresarlas y quemarlas, pero los marineros desembarcaron los cañones, resistieron valientemente, conservaron en su poder los barcos y los condujeron indemnes a su isla aprovechando un momento favorable.
La armada enemiga, después de pasar una semana frente a las costas de Mesenia, volvió a Patras.
Difundida esta noticia, se difundió al mismo tiempo que la flota llevaba diez mil hombres para el desembarco, entre ellos unos mil albaneses.
La noticia conmocionó a los sitiadores de Tripolitsá, porque temían que estas tropas desembarcaran en cualquier playa del Peloponeso y marcharan a rescatar la ciudad en peligro; se juzgó necesario que parte del ejército sitiador saliera en expedición hacia Patras. Se ofreció voluntario Hypsilandis, que marchó con los militares al mando de Baleste, que habían venido de Kalamata a Tripolitsá, y 500 hombres de Kolokotronis al mando de su sobrino Apostolis y sus dos hijos: Panos, llegado hacía pocos días desde el Istmo, y el Valiente.
Entretanto, la escuadra enemiga ancló frente a Zacinto, fue recibida muy amistosamente por la autoridades del lugar, que eran neutrales, se abasteció de víveres y volvió el 7 de septiembre a Patras, donde habían llegado para unírsele algunos de los barcos que había en las costas del continente, de 62


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los que hemos hablado, y otros argelinos; su número ascendía a 60 en total, entre ellos tres bergantines y siete fragatas.
Los infortunados caudillos de Acaya, después de sus primeros descalabros en Patras, se apresuraron a reclutar y a tomar diferentes posiciones, si no para dañar, al menos para presionar al enemigo, reforzado por los laliotas llevados allí y por otros 1500 albaneses enviados por Hurshid al mando del jefe artillero Aslanakis20. Los turcos de Patras fueron siempre dueños de los alrededores de la ciudad y salían libremente a traer animales y leña; a menudo avanzaban hasta donde estaban vigilando los griegos y se les enfrentaban, quedando siempre vencedores; en estas escaramuzas destacó Panayotis Karatsás, el más osado de los jefes griegos de aquel sector, que no sólo combatía a los turcos en lugar llano, sino incluso hacía incursiones de noche a la ciudad. Patras no podía caer a no ser por el hambre, como habían caído por hambre las otras fortalezas; pero su bloqueo, siempre insuficiente por tierra, era más inefectivo aún desde que se potenció tanto su guarnición; por mar, sólo a intervalos y escasamente era bloqueada, de manera que no sólo se proveían abundantemente de alimentos, sino también de comodidades.
No vale la pena reseñar las múltiples refriegas después de los primeros acontecimientos en Patras, pues ni consiguieron resultados ni se distinguieron por algún suceso curioso, salvo algunas muertes. Tan poco incomodados estaban los turcos habitualmente, que el 28 de junio fueron a prender fuego al monasterio de Omblós, a tres horas de distancia de Patras. El 3 de julio avanzaron hasta los de Mavra Vuná y golpearon la bien fortificada dependencia grutesca, pero los poquísimos soldados y monjes rodeados no se dejaron amilanar por las bombas y proyectiles que les lanzaron ni por la incesante y prolongada fusilería de dos mil quinientos hombres. A mediados de julio, los griegos se situaron más cerca de Patras y comenzaron desde entonces a inspirar temor cuando iban al combate contra el enemigo: el más mortífero tuvo lugar la noche del 2 de agosto y el día siguiente, y en él participaron Grivas y Karatsás. Estos dos aguerridos jóvenes, mientras los griegos estaban acampados en la aldea de Glykada, cayeron de improviso la citada noche sobre los enemigos que retenían el monasterio de Yirokomíon21, que está muy cerca de la ciudad. Al oír los 20 21
‘Leoncito’.
‘Asilo’.
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disparos, los turcos salieron todos de ella para auxiliar a sus hermanos en apuros; también cargó el ejército griego entero desde Glykada y, así, se libró una batalla general durante todo el día, en la que los griegos persiguieron a los atacantes hasta los límites de la ciudad. Se decía que en aquella batalla perdieron la vida 100 turcos y también 20 griegos, entre los cuales figuraba el valiente guerrero Kalavrytinós Benizelos.
Los turcos, decididos a alejar a los griegos de la ciudad, igual que antes, salieron en masa el día 5 bajo la dirección de Yusuf Pasha, remolcando cuatro cañones y un mortero, y acamparon en las afueras del Yirokomíon.
Los griegos poseían entonces la aldea de Romanós y el lagar de Husein Aga y los alrededores. Tres días con sus noches guerrearon los turcos contra los del lagar de Husein Aga con la intención de dispersarlos, pero fueron derrotados gracias a los que se encontraron allí: Grivas, Fokás, Guendilinis y Karatsás; abandonaron la posición del Yirokomíon y entraron en la ciudadela avergonzados. Entretanto, la mar estaba abierta y llegaban víveres a Patras sin trabas y, como aún no estaba reconocido el bloqueo de los griegos, barcos de guerra europeos escoltaban abiertamente a los que suministraban provisiones y navegaban bajo pabellón de los mismos reyes. Además, la relativamente buena situación de los griegos en tierra duró muy poco a causa de las nacientes discordias y divisiones entre los notables y los jefes militares. En aquellas fechas fue asesinado el excelente Karatsás, y este primer y execrable crimen de la Epanástasis, perpetrado en el monasterio de Omblós el 4 de septiembre por sus rivales los Kumaniotis, disminuyó la mutua confianza, suscitó temores y contribuyó a la disolución parcial de los ejércitos griegos en la zona. Tal era el estado de los que acampaban en torno a Patras cuando la escuadra enemiga se dejó ver delante de la ciudad.
Lo que habían empezado la discordia y la muerte en pro de la disolución de los ejércitos griegos lo remató la llegada de la flota.
El 9 de septiembre los turcos de Patras, asociando a algunos de los albaneses desembarcados por la escuadra, marcharon en número de mil contra los que dominaban las tres posiciones lejanas: la de Saravali, en posesión de los Petmezás y los Kumaniotis, la de Purnarókastro en la de Zaímis y la del recinto de Omblós, en la de Sisinis. Los que estaban en Saravali habían huido todos la noche anterior al ver la escuadra, y los de Purnarókastro también se retiraron sin luchar; tampoco se les enfrentaron los del recinto, que, abandonando la impedimenta y los dos cañones, 64


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subieron a las partes más montañosas, perseguidos incluso allí por los turcos, que a punto estuvieron de hacer prisionero a Sisinis en su huida.
A los pocos días la mayor parte de la escuadra, al mando de Gibraltar, llevando a Yusuf Pasha con 700 albaneses, llegó a Vostitsa, que encontró totalmente desierta, y la volvió a incediar, aunque ya fue incendiada, como vimos, cuando pasó el kiaya bey con los suyos; el enemigo se repartió por toda la provincia de Vostitsa para llevarse botín y animales. El 19, la escuadra navegó a la costa opuesta del Golfo, cañoneó Vetrinitsa sin causar daños y fondeó frente a Galaxidi.
Esta población se encuentra en la punta oeste de la bahía de Crisa o de Sálona, llamada así porque un poco más al interior se hallan la antigua ciudad de Crisa y la más moderna de Sálona. En la época de la Epanástasis tenía 700 casas y 40 barcos que recorrían todo el Mediterráneo, y otros muchos más pequeños; dispone de un puerto digno de mención.
Los habitantes, recelando un ataque por tierra, habían fortificado con cañones el islote exterior a la bocana del puerto, para proteger las embarcaciones y la villa, y resistieron felizmente a la escuadra, que cañoneaba sin cesar. Había también 200 soldados en tierra para impedir el proyectado desembarco pero, al llegar la noche, desaparecieron. Al día siguiente, fueron depositados en tierra 1000 turcos que se apoderaron de las embarcaciones, 13 de las cuales tenían armas, de la batería de cañones del islote en la parte exterior de la bocana del puerto y de la misma villa; degollaron a cinco o seis ancianos de ambos sexos que se habían quedado –pues los habitantes habían huido hacia el interior–, incendiaron la población, tomaron 34 naves, las más grandes y marineras –entre ellas las dos de las Islas Jónicas que habían traído al Peloponeso a Metaxás y Merkatis con los suyos–, quemaron todas las demás, grandes o pequeñas, y volvieron por mar a Patras.
La flota tuvo éxito en esta travesía, porque abasteció los reductos de Metona y Koroni, disolvió con su aparición los campamentos griegos que cercaban Koroni y Patras y destruyó toda la fuerza naval griega del golfo de Corinto, que ponía en aprietos a las fortalezas de la zona. Su objetivo principal era facilitar el traslado de las tropas turcas desde Grecia Continental al Peloponeso, pero la misión se frustró en la batalla de Vasiliká; por esta razón y porque se acercaba la estación invernal, durante la cual los turcos –poco duchos en el mar– prefieren descansar en puertos seguros, la escuadra zarpó de Patras llevando a remolque las embarcaciones tomadas 65


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en Galaxidi y, los días 24, 25 y 26, volvió a navegar completa hacia el puerto de Zacinto, donde las neutrales autoridades la recibieron muy bien, como la primera vez.
Hypsilandis, al cruzar por Kalávryta, incorporó a mil hombres al mando de Charalambis, los Petmezás y Soliotis, pero no llegó hasta Vostitsa antes que zarpara la escuadra enemiga; en su camino por la costa hacia el Istmo, al llegar al monasterio de Santa Irene, que dista pocas horas de Vostitsa, presenció el incendio de Galaxidi; el 22 de septiembre llegó a Vasiliká (Sición).
Mientras la flota enemiga surcaba aguas griegas haciendo estragos, la griega permanecía inactiva. Los barcos eran mercantes y consiguientemente lentos, pero el gran peligro que corría la patria impulsó de nuevo a los generosos isleños a nuevos desembolsos de dinero, gracias a los cuales salieron 35 bien avituallados hacia el oeste del Peloponeso para enfrentarse al enemigo; participaba por primera vez Andreas Vocos, también llamado Miaúlis, como simple capitán. La escuadra enemiga permaneció poco en Zacinto y zarpó enfilando hacia Constantinopla, mientras la griega navegaba hacia el golfo de Corinto. Al llegar a la altura de Zacinto, los jefes enviaron un oficial a la oficina de seguridad para obtener información sobre el enemigo, pero las autoridades despidieron hostilmente al enviado, prohibiéndole toda entrevista y toda actividad comercial con los de tierra.
Esta actitud del gobierno anglo-jónico era una flagrante contravención de la neutralidad de que hacía gala: si había acogido por dos veces a toda la armada otomana, ¿cómo es que expulsaba a una sola lancha griega?
Estando entre Zacinto y Cefalenia, supieron por unos marineros lo que querían saber y se volvieron para Spetses e Hydra, temiendo que el enemigo las atacase al pasar. Pero éste se había encontrado con un viento en contra tan fuerte, que no tuvo más remedio que virar hacia Zacinto. Por culpa del vendaval, se distanció un bergantín argelino de 20 cañones, que se encontró con la flota griega y, luchando a diestro y siniestro, resistió al principio valerosamente; pero, al no ver otro medio de salvación y perseguido por las naves de Sachinis y Rafaliás, se lanzó medio en llamas hacia un lugar en el sur de Zacinto llamado Hypsólithros y se rompió. De sus tripulantes, 20 fueron muertos o heridos y 40 escaparon ilesos.
Ya hemos referido cuánto se había inflamado el espíritu de los heptanesios al empezar la guerra; no habían podido extinguir su entusiasmo por ella ni la indisimulada actitud proturca ni la mano de hierro del entonces alto 66


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comisionado, Thomas Maitland, hombre valioso pero tan autoritario, que sus compatriotas lo apodaron “el sultán Thomas” (King Tom). En vano este gobernador declaraba la neutralidad y velaba por su no contravención en favor de los griegos, en vano confiscaba pertenencias y condenaba al extrañamiento: los cefalenios y los zacincios pisoteaban sus proclamas, despreciaban sus castigos, se reían de sus intimidaciones y apoyaban la lucha de los griegos por todos los medios, incluidas las peticiones multitudinarias en las iglesias bajo el atronador sonido de las campanas para hacerse oír por el poder hostil.
Así las cosas, es fácil presumir cuánto se había inflamado el pueblo de Zacinto, apasionado por naturaleza, al ver no sólo ondear la bandera nacional, sino también a su oprimido hermano azotar en Hypsólithros al tirano de otra raza y otra fe. Aldeas enteras se vaciaron y sus habitantes corrieron en armas a donde había naufragado la nave turca; simultáneamente, corrieron al mismo lugar 20 soldados ingleses, para mantener las medidas de seguridad. Al principio, se produjo una fuerte discusión entre el oficial inglés y algunos de los aldeanos. El oficial intentó conducirlos de vuelta a sus aldeas pero, al no ser obedecido, propinó un latigazo a uno con la fusta que llevaba para el caballo. Entonces los enfurecidos lugareños siguieron el impulso de disparar contra la patrulla, matando a un soldado e hiriendo a dos y al oficial; la patrulla respondió al fuego, pero sus escasos efectivos eran incapaces de resistir por mucho tiempo contra el elevado número de los campesinos, por lo cual se retiró a los reductos cercanos, pero aún allí los acosaron los lugareños durante la noche.
Mientras tales sucesos ocurrían en la costa de Zacinto, unos barcos de la escuadra griega que navegaba rumbo a Hydra y Spetses estuvieron en peligro al caer en la oscuridad de la noche en medio de la flota enemiga entre Zacinto y Glarentsa, pero Miaúlis, que se hallaba allí, se mostró como un navegante nato: llevó los barcos lo más cerca que pudo del litoral del Peloponeso, ordenó costear y de esa manera las voluminosas embarcaciones enemigas, al no poder navegar por aguas de poco calado, cañonearon en vano desde lejos toda la jornada. A la noche siguiente, las griegas escaparon sin daños. Sólo se perdió la de Theodorís G. Mexis, de la que se apoderaron los enemigos extinguiendo el fuego que le habían prendido sus tripulantes al bajar a tierra sanos y salvos.
Después de esta refriega marítima, la escuadra otomana puso rumbo de nuevo al puerto de Zacinto, recogió a los tripulantes de la nave argelina que se habían salvado y zarpó el 3 de octubre. Después de hacer destrozos 67


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en Samotracia, que no había dado ningún motivo, arribó a Constantinopla el 12 de noviembre, exhibiendo las naves apresadas en Galaxidi y habiendo colgado de los mástiles a 30 pobres marinos que, según decían los de la flota, habían sido hechos prisioneros en Galaxidi; pero como no se encontró ni un alma en el desembarco en la villa, se creyó que los ahorcados eran desventurados cristianos pertenecientes a la equipación de la propia escuadra. Kara-Ali fue ascendido al grado de capitán pashá por el abastecimiento de los reductos y la destrucción de Galaxidi.
El suceso de Hypsólithros obligó al jefe militar de Zacinto a poner algunas aldeas bajo la ley marcial. El vicegobernador Adam no sólo aprobó lo hecho, sino que aplicó la ley por toda la isla. Para ejecutarla, fue a Zacinto e hizo cundir el pánico. Cinco aldeanos fueron ahorcados como instigadores de los sucesos de Hypsólithros: Theódoros Petas Glafos, Dionysios Kondoninis, Panayotis Rumeliotis, Andonis Zukas y Yannis Kladianis; sus cuerpos fueron expuestos en urnas colocadas en lo alto de los montes que rodean la ciudad y el puerto, para ejemplo de quien los contemplase; todos los habitantes de la ciudad fueron despojados de sus armas y unos cien de todas las clases sociales, incluyendo sacerdotes, fueron encarcelados como acusados, como sospechosos o como desafectos.
También el prefecto de Citera tuvo la iniciativa de imponer la ley marcial en la aldea de Kavana; al poco tiempo fue declarada vigente en toda la isla.
En Kavana se declaró porque sus moradores, llevados de su entusiasmo en pro de la causa griega, apresaron a 50 turcos –hombres, mujeres y niños– en travesía hacia Creta que hicieron escala casualmente en la isla y los masacraron implacablemente y sin motivo, a unos matándolos y a otros tirándolos al mar; también hicieron frente a los funcionarios enviados a prender a los culpables; por esta razón, muchos aldeanos fueron detenidos y dos de ellos ejecutados, pero los instigadores huyeron al Peloponeso. Por la misma época fue declarada en vigor la ley marcial tanto en Cefalenia como en Hagía Mavra22 y en la capital, la isla de Corfú; en Cefalenia, según confesión del vicegobernadort, fue declarada no porque la población hubiese hecho lo mismo que la de Zacinto, sino porque era probable que lo hiciera en similar circunstancia; en Santa Maura, porque esta isla, separada del continente por una franja estrecha y practicable, era susceptible de servir de base para incursiones piratescas; en Corfú porque, aunque permanecía 22
Santa Maura, nombre de Léucade en la época.
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tranquila y sumisa, no era lógico excluirla de la norma general. Por tales razones fueron desarmados por aquellos días todos los heptanesios, culpables o inocentes, revoltosos o pacíficos. Pocos días después de estos hechos, concretamente el 17 de octubre, se publicó otro bando diciendo que desde dicho día no serían admitidas en los puertos de la República Jónica naves beligerantes, ni otomanas ni griegas, a no ser en caso de tempestad; que sólo mediante licencia de las autoridades competentes se permitía la comunicación con dichas embarcaciones y que todo residente en la República Jónica que intentara contactar con las susodichas naves sin autorización sería considerado como reo de abierta desobediencia y tratado como tal. Tal era la actitud del comisionado para con los heptanesios y tal su disposición para con la causa de los griegos, bajo la falsa apariencia de rigurosa e imparcial neutralidad.
Vamos ya a asistir a la toma de Tripolitsá.
Grande y magnífico era el kiaya bey en Tripolitsá mientras ganaba batallas, pero nadie lo veneraba ni obedecía desde que dejó de ganarlas. Como suele suceder en las desgracias, surgieron entonces muchos cabecillas, divididos en tres partidos principales: el de los turcos nacidos en el lugar, liderados por Kiamil Bey, Mustafa Bey, el defterdar y Sheik Negib Efendi; el del kiaya bey y del kaimakam, o sea el de los asiáticos, y el de los albaneses que habían venido con el kiaya bey, al mando de Elmas Bey. La primera facción quería seguridad, la segunda honor, la tercera dinero; y las tres veían toda resistencia inútil, pues creían firmemente que los correligionarios venidos en su auxilio habían sido derrotados en Vasiliká. Con todo, los del kiaya bey opinaban que no había que fiarse de un precario acuerdo, sino salir de noche en masa con las familias al completo, cruzar las líneas enemigas y refugiarse en Nauplion (los que sobrevivieran). Si atrevida era esta opción, era la única que ofrecía esperanzas de salvarse. Por el contrario, los albaneses sabían que, si se separaban de sus compañeros, tratarían fácil y provechosasamente con los griegos; por lo cual, como hombres codiciosos que eran, no consentían en arriesgarse en beneficio ajeno. Llegaron a tal grado de desvergüenza, que acapararon todos los alimentos que quedaban y, a menudo, vendían incluso la misma agua que había en la ciudad; reclamando con intimidaciones los sueldos atrasados, encerraron al propio kiaya bey en su palacio y los cobraron por la fuerza. Pero los turcos nativos tenían otras razones para desaprobar el proyecto de éxodo del kiaya bey: no querían exponer al peligro a sus familias y, teniendo relaciones con los notables del Peloponeso como 69


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paisanos suyos, confiaban en todo momento en una negociación salvadora.
Tal era la disensión que reinaba en Tripolitsá, haciendo su situación mucho más apurada. La proximidad de la expugnación traía frente a la muralla tal cantidad de hombres armados con la esperanza de botín, que los últimos días ascendían al menos a 15.000; imperaban en el campamento tanta indisciplina y falta de vigilancia, que ciertos especuladores, amparados en la oscuridad de la noche, vendían subrepticiamente comida a los sitiados.
Informado Kyriakulis de que algunos se habían acercado con sigilo a los pies de la muralla con este fin, tomó a varios de los suyos y corrió a disolverlos y escarmentarlos, pero los defendieron los de dentro con fuego de fusilería y muchos de ellos se lanzaron a castigar a los que se habían prestado a acabar con tan ilícita compraventa; entonces acudieron muchos griegos al oír los disparos, incluso el mismo Kolokotronis y, tras una pelea de dos horas, se obligó a los atacantes a refugiarse en la ciudad con gran quebranto.
Entretanto se hizo preponderante el plan negociador, pero nadie se atrevía a proponerlo abiertamente. En tales ocasiones, suele imponerse entre los otomanos el sexo femenino. En Constantinopla es frecuente que, en caso de carestía, la multitud de las mujeres se manifieste con insolencia e impunidad contra las autoridades; los de Tripolitsá que querían negociar tomaron ejemplo e incitaron a las otománides. El 6 de septiembre se concentraron en masa bajo el palacio y llorando decían a voz en grito que se estaban muriendo de hambre y de sed y reclamaban en nombre de Dios y del sultán una inmediata negociación con los sitiadores, como único medio de escapar al exterminio total. Corrieron entonces los dirigentes hacia el palacio y, en presencia del kiaya bey, que no pudo oponerse por más tiempo, se aprobó entrar en tratos con los griegos a través de los prelados y notables La vida de estos hombres en Tripolitsá era un martirio. Al principio vivían simplemente vigilados, aunque siempre en medio de amenazas y peligros, pero esta situación apenas les duró un mes.
A comienzos de abril, el poder desarmó y encadenó a 18 hombres que le habían acompañado a Tripolitsá como guardias de corps; el 16, el populacho llevó a presencia del poder a un cristiano de Tripolitsá con el pretexto de que lo habían sorprendido fuera de la ciudad, enviado a los sitiadores para revelarles un plan de guerra turco. Por su testimonio fueron decapitados el sobrino de uno de los notables y uno de sus fámulos, acusados de ser los que mandaron el prisionero a los griegos. Hecho esto, se oyó una voz decir: “¿Por qué matamos a los criados y dejamos a los amos?” Y a esta voz, la multitud se lanzó a degollar 70


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a los señores, pero fue rechazada por la guardia. Esa misma tarde se decidió encarcelar a los prelados y notables, para calmar al pueblo, y la decisión fue puesta en práctica el día siguiente. Los únicos no encarcelados fueron Kýrilos de Corinto, Sotiris Notarás, Mitros Rodópulosu, Andreas Kalamogdartis y Anastasis Mavromichalis; los dos primeros eran avalados por Kiamil Bey, el tercero y el cuarto por Mustafa Bey, y Mavromichalis por el kaimakam.
Al día siguiente tuvo lugar un tumulto y mataron a los 18 guardias de corps aprisionados anteriormente. Los prelados, los notables y los criados, 38 en total, fueron hacinados en una sola y la misma prisión, la de los delincuentes, que tenía una superficie de apenas 150 codos y un ventanuco; salvo dos de los criados, todos estaban enlazados entre sí por el cuello, los señores con una cadena y los servidores con otra; de manera que, al levantarse uno, tenían que levantarse los demás; se les daba una alimentación de subsistencia y viveron esta dolorosa vida drante cinco meses; sólo dos veces durante este tiempo fueron sacados del encierro, pero a los pocos días fueron vueltos a llevar.
Cuando se tuvo a bien que los sitiados manejaran a estos hombres como instrumentos para sus fines, los sacaron de la cárcel, donde habían muerto ya Chrýsanthos de Monemvasía y un diácono; iban todos harapientos, malolientes, infestados de piojos, medio muertos de hambre y fatiga, sombras más que hombres. Seis murieron en un solo día después de la excarcelación, entre ellos tres prelados: Grigorios de Nauplion, Yermanós de Christianúpolis y Filótheos de Dimitsana; dos notables, Theódoros Diliyannis y Ioannis Perukas, expiraron de camino a su casa. Una vez que los turcos halagaron a los que hasta ayer habían estado torturando y se justificaron diciendo que los habían encarcelado para salvarlos de los ímpetus del populacho, les ordenaron escribir a los sitiadores una carta que les dictaron. Era conminatoria más que conciliadora, pues en ella les reprochaban su enorme ingratitud para con un poder tan benévolo y les decían que se fueran a sus hogares, que reconocieran su error, que depusiesen las armas y que impetrasen la piedad del muy misericordioso sultán, que dominaba los dos tercios del mundo y que podía destruirlos con una sola maldición; si desobedecían, les hacían saber que se arriesgaban a ser vendidos a tres grosia cada uno, al igual que lo fueron en otro tiempo sus semejantes los serbios; al final les preguntaban qué pedían. La carta fue arrojada por encima de la muralla y los sitiadores respondieron que se perdonaba la vida a los sitiados, se les garantizaba el honor y se les permitía la salida para otro lugar; recriminando a los remitentes su turcofilia –como 71


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si hubieran sido dueños de poner lo que quisieran–, les aconsejaban irse con sus amigos. Los turcos propusieron una entrevista de delegados de ambas partes y se les concedió; hubo una tregua y una multitud de mujeres y niños se desparramó fuera de la hambrienta y sedienta ciudad, exponiéndose a un peligro evidente. En el momento de la salida, los desalmados y codiciosos albaneses se apostaron delante de los accesos y les quitaron lo que llevaban.
Por aquellos días, como hemos dicho, confluyeron numerosas tropas delante de la ciudad y hasta el mismo campamento griego casi pasaba hambre. A causa de ello, y para angustiar más a los enemigos de dentro, después de recibir a los primeros que salieron, no quisieron recibir a los que venían en segundo lugar y les dispararon mientras salían, pero los turcos los rechazaron, disparándoles desde lo alto de la muralla. Entonces los griegos no tuvieron más remedio que acogerlos; los pusieron detrás del campamento junto a la carretera de Kalávryta y les dejaron alimentarse como y donde pudieran.
El día 15 se levantó una tienda en el llano a igual distancia de la ciudad y el campamento, a la altura de Hagios Athanasios y, dos horas antes de mediodía, salieron de la ciudad a caballo los delegados con plenos poderes de los tres partidos y se sentaron dentro de la tienda; al poco llegaron los de los griegos. Se levantaron los turcos al ver llegar a los griegos, fueron saludados como iguales y comenzaron las conversaciones. Los griegos, al preguntárseles qué querían, contestaban repitiendo lo que habían puesto por escrito. Los turcos prometieron dar una rápida respuesta tras consultar a los de la ciudad y así se acabó la primera entrevista; hubo otra, en la que los turcos propusieron que se les dieran 1800 bestias para transportarlos a ellos y sus pertenencias a los Molinos de Nauplion y 40 embarcaciones europeas para cruzar a Esmirna u otro lugar de Turquía, llevarse sus armas y ser alimentados por los griegos desde el día en que se firmara el acuerdo hasta el embarque en los buques. Los griegos ofertaron a su vez llevarlos sanos y salvos hasta los barcos, pero desarmados; les dejarían íntegros sus bienes, pero reclamaban 50 millones de grosia en compensación por toda la ruina que habían causado en el Peloponeso y como indemnización de guerra. Los turcos estimaron estas condiciones duras e irrealizables, aplazando la respuesta para otra entrevista; pero en esta tercera no hubo acuerdo, se rompió el alto el fuego y se reanudaron las hostilidades.
Mientras, los griegos fomentaban la división existente entre los enemigos, mostrándose más inclinados hacia los albaneses, por el siguiente motivo: los suliotas, nada más recuperar su patria, se habían declarado, 72


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como vimos, partidarios de Ali Pasha y aliados de los albaneses, que tenían la misma postura; difundida la noticia de que Tripolitsá estaba en las últimas, integrantes de esta nacionalidad enviaron a los sitiadores de la ciudad unos mensajeros que intercedieran por los albaneses en peligro dentro de la misma, ya que eran del mismo sentir. Los sitiadores acogieron bien esta embajada y trataron de distanciar más aún a los albaneses de los demás, pues así desgajaban a la fuerza más poderosa del resto de la población. Los albaneses también se mostraron complacientes, porque apartándose aseguraban sus intereses materiales, aunque sacrificaban su honor. Por estas razones, Elmas Bey trataba exitosamente por separado con los griegos y, en una entrevista con Kolokotronis, manifestó que los albaneses estaban dispuestos a marcharse con la condición de llevarse sus armas y todas sus posesiones y también a las mujeres de los pashás, al kiaya bey, al kaimakam, al bina eminem23, al cadí y a algunos turcos más no peloponesios, y de que se les dieran seguridades sobre su traslado al Epiro; también prometieron que combatirían a su lado contra la Puerta a su regreso a casa. Los griegos aceptaron las condiciones, mas los turcos locales, al ver que salían perdiendo con la deserción de los albaneses, no repararon en medios para mantener la unidad. Pero al ver que los albaneses hacían oídos sordos y los griegos rehusaban sus propuestas, se dividieron entre sí y buscaron su salvación particular, negociando individualmente o por comunidades. Entretanto los albaneses, una vez que según su acuerdo particular por escrito con los griegos mandaron sus cosas a la tienda de Kolokotronis, se dispusieron a partir el 23 de septiembre. Ese mismo día, los demás turcos intentaron de nuevo entrar en conversaciones con los griegos. Mientras, el éxodo de los albaneses puso en movimiento desde muy temprano a toda Tripolitsá. Algunos griegos repararon en que, por esta causa, la batería de cañones anexa a la Puerta de Nauplion quedaba sin vigilancia y, tres horas antes del mediodía, sin ninguna premeditación, preparación ni aviso a los jefes, formaron velozmente una torre humana de 50 miembros subidos uno encima del otro –entre ellos estaba Panayotis Kefalas– saltaron a la muralla, abrieron aquella puerta desguarnecida y sin tapiar, introdujeron a los compañeros que estaban más cerca e izaron la bandera griega. Los turcos, al ver lo sucedido, corrieron en tropel contra los asaltantes, dando y recibiendo tiros. Los de fuera vieron en contra de 23
Tesorero.
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toda expectativa la bandera de Grecia sobre la muralla, oyeron los disparos y se lanzaron de todos lados, subiendo a la muralla y abriendo otras puertas bajo el violento tiroteo y cañoneo del enemigo. Los albaneses, temerosos de implicarse, se congregaron en la explanada del palacio como acogidos al pacto y allí reclamaban su cumplimiento, si no para todos, al menos para sí mismos; pero los griegos, a causa de la forma en que se produjo la toma de la ciudad, querían que el acuerdo se diera por disuelto; sin embargo, Kolokotronis y los demás jefes prometieron seguridad únicamente para los albaneses y, mientras griegos y turcos luchaban dentro de la ciudad, dejaron ir a los 1800 conducidos por Plaputas, que era rehén suyo junto con otros desde el día en que tuvieron lugar las negociaciones. Los albaneses salieron sin sufrir daño ni ser importunados, tomaron indemnes sus pertenencias con la garantía de Kolokotronis, hicieron noche en las tiendas de éste, soltaron a petición del mismo a cuantos nativos habían incorporado en su salida, se fueron al día siguiente y, dirigidos por los griegos que los condujeron hasta Vostitsa, cruzaron sin problemas rumbo a Trizonia24 y marcharon al Epiro.
Cuando un pueblo se sacude un prolongado y ominoso yugo, siempre se revuelve ferozmente contra sus amos. El pueblo griego en armas estaba aún más sin control en aquellos días, porque ni había gobierno, ni se daba paga, ni se distribuían los alimentos ordenadamente, ni se mostraba seguro el porvenir, ni se castigaba la indisciplina o se premiaba el buen comportamiento. Por eso, el día en que cayó la capital del Peloponeso fue un día de destrucción, fuego, pillaje y sangre. Hombres, mujeres, niños, todos moríanv, unos asesinados, otros lanzados a las hogueras encendidas en la ciudad, otros aplastados por los techos y pisos de las casas ardiendo; la sed de venganza acallaba la voz de la razón. En las calles, en las plazas, en todas partes sólo se oían cuchilladas, incendios, ruido de casas arrasadas en medio de las llamas, accesos de cólera y gritos de agonía; el suelo se cubrió de cadáveres y los de a pie o a caballo no pisaban más que muertos o agonizantes; parecía que los griegos querían vengarse en un día de las injusticias de cuatro siglos. Los judíos de Tripolitsá fueron masacrados con el pretexto de la mala conducta de sus correligionarios contra los cristianos en Constantinopla y otros lugares, unos a hierro, otros a fuego, 24
Vostitsa está en la parte central de la costa norte del Peloponeso, Trizonia justo enfrente, al otro lado del Golfo de Corinto.
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salvo los del grupo de Janés, que era conocido por su bondad. Unos pocos turcos decidieron vender cara su vida luchando y ocuparon Megali Tapia y algunas casas. También destacaron entre los demás ciertos derviches que se encerraron en la Escuela Turca y combatieron hasta el último aliento.
Los griegos se apoderaron ese mismo día de todas las casas que habían ocupado los enemigos, excepto dos. A eso de medianoche se vio de repente arder el palacio, en el cual estaban las mujeres de los pashás, que habían quedado a cargo de Petrobey cuando la caída de la ciudad. Declarado el fuego, estas mujeres fueron llevadas por la noche a la recién adquirida y lujosa mansión de Mustafa Bey, siempre bajo la protección de Petrobey.
Al día siguiente se tomó una de las dos casas sin tomar el día anterior; la otra fue incendiada y ardieron todos los que había en ella. Los ocupantes de Tapia, sin comida ni bebida, se entregaron el 26 a cambio de la vida.
Tres días duraron los horrores de que tratamos. Al tercer día se ejecutó fuera de la ciudad a los que habían salido de ella por hambre y por sed antes de la expugnación. Los griegos caídos en el fragor del combate fueron doscientos; diez mil, de todas las edades, los otomanos de ambos sexos y los judíos muertos; los que quedaban fueron hechos prisioneros; sólo 40 hombres armados escaparon de manos de los griegos, huyendo a Nauplion sin ser perseguidos. Los más importantes de los prisioneros eran el kiaya bey, el kaimakam, Kiamil Bey, Mustafa Beyw, Sheik Negib Efendi, el defterdar, el bina eminem y las mujeres de los pashás, protegidas por Mavromichalis. El botín fue inmenso y muy valioso, si bien fue todo él arrebatado sin el más mínimo provecho social, aunque se esperaba mitigar con él las apremiantes necesidades de la patria. Tan grande fue el saqueo, que la mayoría de las casas fueron despojadas incluso de su maderamen.
De ningún modo intentamos justificar las atrocidades de los griegos en la toma de Tripolitsá porque fueron crueldades que cometieron los nuestros; recordamos sólo que la historia de todos los pueblos, incluso los más nobles, contiene páginas de inhumanidad. Aún en nuestros días Jaffa, tomada por los franceses, fue abandonada al saqueo y la matanza por espacio de 30 horas, y todos los habitantes fueron muriendo a punta de espada. Los hechos de Jaffa no fueron cometidos por gente tiranizada contra sus opresores, como en Grecia, ni contra el parecer de los mandos, como en Tripolitsá, sino por orden expresa del mismo Napoleón, que los
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calificó, según el elocuente Thiers, de “usos bárbaros en países bárbaros”25.
Hypsilandis se enteró de la toma de Tripolitsá mientras estaba en Vasiliká; los no regulares que iban con él se apresuraron a volver para participar en el saqueo de la conquistada ciudad mientras él, con sus tropas regulares, avanzó hasta Corinto y, tras proponer la rendición a los que eran sitiados en la acrópolis por Konstandinos Petmezás y no ser atendido, subió hasta el Yeranio26 y de allí volvió el 10 de octubre a Tripolitsá, donde los expugnadores lo recibieron exultantes y con salvas.
Vamos ya a narrar los hechos en Creta hasta el fin del primer año de la guerra.
Los turcos, tanto por la angustia que sentían como por la vergüenza ante los continuos fracasos y por miedo a otros posibles males, decidieron concentrar grandes fuerzas de todas partes y atacar de nuevo Sfakiá. El 29 de julio, el pashá de Megalo Kastro vivaqueó a la altura de Episkopí, donde también lo hizo el de Rethymni; unieron sus fuerzas y el 5 de agosto, con fuego de artillería y proyectiles, pusieron en fuga en Harmyrós a los rebeldes cristianos y mataron a su jefe, Papayannis Muriotis, que cayó luchando valerosamente, y a algunos de su cuadrilla. Al unírseles también los de Chaniá, invadieron Apokóronas el día 6, entregándolo todo al hierro y al secuestro; en total eran más diez mil. Dentro de Chaniá, verdadero nido de piratas, había dos turcos con escrúpulos e influyentes, Çurun Aga y Kasim Aga, de los cuales el primero lideraba a los de Sfakiá antes del conflicto y el segundo se oponía al exterminio de los cristianos; los dos fueron condenados a muerte por sus tendencias políticas y filantropía, pero se les conmutó la pena por el alistamiento; obedecieron pero, por el camino, Kasim Aga no se fiaba y desapareció; Çurun Aga fue ahorcado a la vista del ejército. Hecho esto, se seleccionó a tres mil de Kastro, que avanzaron sin oposición atacando Thériso e incendiándola, lo mismo que Lakki, y el 13 de agosto acamparon en la llanura de Homalós, saqueando y arrasando las aldeas de alrededor, abandonadas por sus moradores, y esperando que los cristianos vinieran a someterse. Pero la misma noche, unos quinientos rebeldes de Sfakiá y Riza reuniéronse en Xirókambos desde todos los lugares por donde andaban dispersos, los unos mandados por Daskalakis, 25
Sucedió en marzo de 1799, durante la campaña de Egipto. Jaffa está situada al S. de la actual Tel Aviv y en aquella época formaba parte del Imperio Otomano.
26 Una montaña situada en el Istmo de Corinto.
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los otros por Anagnostis Panayotu, y cayeron de mañana desde todos lados sobre el enemigo, que no esperaba nada parecido y, como estaba acampado en un llano, les causaron daños disparándole y no los sufrieron.
Los numerosos turcos, sorprendidos por el repentino ataque, luchaban con tres cañones para batir con nutrido fuego a sus escasos enemigos, pero éstos conservaron impávidos sus posiciones, fueron reforzados en el transcurso del combate por otros que vinieron como auxilio desde otros lugares y tanto quebrantaron y atemorizaron al enemigo, que lo pusieron en vergonzosa retirada. Mientras unos los perseguían por detrás, otros, cruzando por un camino más abrupto y escarpado, aparecieron por delante y los acorralaron dentro de una angostura. Fiando los turcos en su número, probaron a pasar, pero cayeron en montón bajo el fuego de los de Sfakiá y Riza, que disparaban sembrando la muerte desde detrás de las rocas; al ver los turcos el número de los que les infligían tan casi total aniquilación, igual si avanzaban de frente como si volvían hacia atrás, muchos trataron de salvarse huyendo de mala manera a las rugosas elevaciones del flanco oriental del desfiladero, dejando en manos del enemigo impedimenta, municiones y hasta los caballos, que no podían escalar aquellos empinados montes. Perdieron la vida en esta expedición más de doscientos; unos pocos, hambrientos y sedientos, y otros pululando huyeron a casas cristianas en las montañas esperando piedad, pero los despiadados no encontraron compasión en parte alguna. La sangre inocente y sagrada de los hermanos en la fe, implacablemente derramada hacía tan poco, clamaba venganza hasta en los corazones de las mujeres, más blandos por naturaleza, y encontró venganza; incluso los sacerdotes, los ministros del Dios de misericordia, se mostraron como ministros del Dios de la ira; todos cuantos por una u otra circunstancia cayeron en manos de los cristianos –hombres o mujeres, seglares o clérigos– todos murieron a punta de espada; también hubo que lamentar la pérdida en la batalla de veinte griegos, entre ellos Stéfanos Chalis.
Enloquecidos por los horrores sufridos, el día 29 salieron en campaña con todas sus fuerzas hacia Sfakiá. Dos mil cristianos se concentraron en Askyfos para cerrarles el paso; pero el día 31, cuando examinaban cómo caer sobre ellos, vieron enemigos acercarse por detrás y, temiendo encontrarse entre dos fuegos, subieron a los montes. Los turcos entraron en Askyfos sin lucha, la quemaron junto con otras aldeas y arrasaron la misma Anápolis sin que nadie se lo impidiera. El miedo y el espanto se 77


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apoderaron entonces de los cristianos y, mientras unos se escondían en las cimas de las montañas, los más corrieron al puerto y, subiendo a los barcos, se refugiaron en Gavdon, una isla desierta cercana, y algunos hasta en Citera. Además, coincidieron en Lutrón muchos turbulentos desertores que, sin escrúpulos ni reparo alguno, imponían tasas a los impotentes prófugos. Los turcos recorrieron toda Sfakiá sin encontrar a ningún habitante. Sólo encontraron a una anciana que, interrogada sobre el paradero de los vecinos, respondió que les había oído decir que iban a bajar a la orilla del mar para llevar a los impedidos a Gavdon y, desde allí, iban a zarpar hacia Masará a cargar en los barcos el trigo y a incendiar las aldeas, aprovechando la ausencia de los turcos. Al oír esto los turcos y ver que habían aplastado la insurrección con el aplastamiento de Sfakiá, como además sufrían carencia de alimentos, regresaron a sus bases. También volvieron a sus hogares los cristianos dispersos por aquí y por allá que, animados por algunos convecinos y otros compatriotas llegados de fuera por aquellos días para participar en la guerra, ocuparon al poco diversas posiciones; muchos de ellos se apostaron cerca de Chaniá y cortaron el suministro de agua, obligando a los encerrados en el fuerte a abrir pozos; pero el agua que manaba de ellos era de mala calidad y morían a razón de 15 por día; tanto se acercaron los de Daskalakis, que incendiaron algunos talleres cercanos y robaron las bestias del pashá, dentro del radio de acción de los fusiles. Mientras tanto, la situación política empeoraba día tras día: imperaban la confusión, el desorden y la anarquía y parecía imprescindible la presencia de un mando político y militar. Esta necesidad la habían sentido a tiempo los cretenses y, apenas se enteraron de la llegada de Hypsilandis al Peloponeso, enviaron a los compatriotas Nikólaos Ikonomu, Anagnostis Panayotu y Chatsí-Nikolós Benizelos a pedir un jefe militar y suministros de guerra. Hypsilandis envió lo que tenía, es decir, suministros escasos y, como general, a Michaíl Afendulis o Afenduliev, o también Komninósx, nacido en Rusia de padres griegos. Este general arribó el 25 de octubre a Lutrón, puerto de Sfakiá, y el mismo día publicó un llamamiento a los cretenses por el que justificaba el retraso hasta entonces del envío de un jefe militar, les decía que se alegraba de pisar la tierra en otro tiempo floreciente bajo las sabias leyes de Minos y que tenía la misión de colaborar en su renacimiento político; para darles ánimos, les mencionaba las entregas de Monemvasía y Neókastro, la toma de Tripolitsá y las victorias por tierra y por mar de los griegos; apelaba a la concordia, la obediencia y el buen 78


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comportamiento y les exhortaba, en nombre de la guerra por la patria y la fe, a resignarse noblemente en las adversidades para disfrutar de los bienes celestiales y terrenales; emitió también un bando militar, apropiado sólo para los militares regulares y asalariados. Los cretenses se alegraron y entusiasmaron con la llegada del representante de Hypsilandis y lo invitaron a unirse a ellos en las montañas, proponiendo salir en campaña bajo su supervisión, pero él difería su marcha por una razón u otra.
Después de su llegada a Creta, se animó el comercio y atracaron en Lutrón buques de varios lugares de Europa, con los víveres y municiones cuya falta era hasta entonces un plausible impedimento para cualquier empresa militar.
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1821 CAPÍTULO XXV EXPEDICIÓN PLANEADA Y NO LLEVADA A CABO DE KOLOKOTRONIS A PATRAS.-RETIRADADELASTROPASTURCASDEGRECIAORIENTAL.-ENTRADA DE LOS GRIEGOS EN LA CIUDAD DE ATENAS.- EL SISTEMA DE NOTABLES ANTES DE LA GUERRA.- ALÉXANDROS MAVROKORDATOS, THEÓDOROS NEGRIS Y OTROS GRIEGOS VENIDOS DEL EXTERIOR.- CONSTITUCIÓN DE LOSGOBIERNOSCENTRALESDEGRECIACONTINENTALYELPELOPONESO.REUNIÓN DE LOS DELEGADOS EN ARGOS.- LAALIANZA GRECO-ALBANESA Y SU DISOLUCIÓN.-
La toma de Tripolitsá causó tanto miedo a los turcos de Patras que, al oírla, centenares de ellos corrieron a la orilla del mar para huir en los barcos, sin que nadie los persiguiera. Todos los albaneses que había allí desertaron y atravesaron a la costa de enfrente; sólo los laliotas ocuparon la acrópolis y contrarrestaron tanto deshonor, de manera que obligaron a Yusuf Pasha, disgustado por tal actitud, a bajar a Río; y a los turcos locales que se habían quedado sin hogares, a huir a Andirrio, de forma que casi los únicos residentes eran 2500 laliotas, de los cuales 800 con armas. Notificados estos hechos a los de Tripolitsá, Kolokotronis, por común acuerdo, partió hacia Patras; como mantenía viejas relaciones con los laliotas de allí, estaba seguro de que se confiarían a él antes que a ningún otro, y más aún desde que se supo que, gracias a sus desvelos, se habían mantenido indemnes los albaneses cuando salieron de Tripolitsá, en medio de la horrible refriega. Sólo disponía de 20 guardaespaldas porque, el día en que partió, el grueso de los combatientes había subido a las provincias para dejar a buen recaudo el botín y los prisioneros; antes de llegar a Magúliana, a siete horas de Tripolitsá, se habían agregado a sus órdenes 1200 y, al llegar a Gastuni, sus adeptos se cifraban en cuatro mil, pues la reciente victoria en Tripolitsá infundía ánimos y el previsible botín atraía a mucha gente. Pero a los mandos nativos de Acaya que asediaban 81


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Patras no les agradó esta expedición y la impidieron, enviando una carta a los de Tripolitsá; a la llamada de éstos, Kolokotronis volvió a dicha ciudad sin hacer nada.
En el intervalo, los pashás que estaban en Grecia Oriental, Mehmet y Vryonis, al ver que la campaña en la que participarían había fracasado en la batalla de Vasiliká y que se había perdido Tripolitsá, cuya liberación era el principal objetivo de dicha expedición, decidieron volver a sus bases. Contribuyó a esta decisión la llamada por aquellos días de Vryonis a Ioánnina, ya que Hurshid quería aprovechar la ascendencia de este hombre para atraerse a los albaneses partidarios de Ali Pasha. Por estas razonesy, Vryonis se fue de Atenas el 28 de septiembre con la mayor parte de su ejército y su deli bashi27 marchó detrás con el resto. Los dos pashás unieron sus fuerzas en Tebas; hubo escaramuzas con la vanguardia griega a la altura de Mégara y, agregando la guarnición otomana de Lebadea, tomaron la carretera de Talandi, la única abierta por estar las demás en poder de los griegos, y llegaron a Tesalia y, desde allí, a Ioánnina.
Durante la estancia de Vryonis en Atenas, los turcos acabaron como dueños indiscutibles de toda Ática. Sólo dos veces en sus rondas chocaron con cristianos que habían penetrado hasta Dragomán, y los atacaron y rechazaron; en el último choque estaba el pashá, al que le disparó un cristiano llamado Dimos Rombesis y a punto estuvo de matarlo, pero fue él el que murió; con él murieron otros dos, y hubo tres prisioneros; también murieron turcos y se encontró en el suelo una valiosa espada, que se dice pertenecía al pashá.
Al retirarse Vryonis de Atenas, la ciudad y la acrópolis, rebosantes de vituallas, quedaron a cargo de los turcos locales y de los escasos albaneses que había antes. Los cristianos, diseminados por las islas próximas, se reunieron para liberar a su tierra natal e invadieron en masa el Ática.
El 3 de noviembre, los turcos salieron y cayeron sobre algunos griegos que paseaban desprevenidamente por el olivar de Maratón, apresando a varias mujeres y tres hombres; a ellas se las llevaron, a ellos les cortaron la cabeza; volvieron a salir el día 4 y se encontraron con griegos en Chalandri, donde, habido enfrentamiento, los griegos pusieron en fuga a los turcos y los persiguieron hasta las murallas de la ciudad, matando a 22. A su vez los turcos mataron a uno y cogieron vivo a Anastasis Lekas, 27
Comandante de la caballería.
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al que torturaron y ejecutaron sin piedad. Los griegos, al notar que los enemigos por la noche subían todos a la acrópolis y de día bajaban a la ciudad y que durante todo el día tenían abierta la puerta de la acrópolis por la necesidad de estar en contacto, proyectaron entrar de noche en la ciudad, que estaba desierta, y aguardar hasta el alba debajo de la acrópolis, con el objeto de irrumpir de improviso en ese momento y apoderarse de la puerta, abierta a esa hora según lo acostumbrado. El plan era osado pero no del todo irrealizable, debido a la conocida incuria e indolencia de los turcos. Para llevarlo a efecto, se acercaron sigilosamente a la ciudad la noche del 4, saltaron algunos a la parte interior de la muralla sin ser vistos, abrieron la puerta e introdujeron a los demás. Pero los turcos oyeron ladridos en la ciudad fuera de lo normal, recelaron y no abrieron la puerta de la acrópolis al amanecer, y así se frustró la expectativa. Los griegos se quedaron en la ciudad, cercaron al enemigo y emprendieron el segundo sitio de la acrópolis.
Según la decisión que tomaron los griegos a la llegada de Hypsilandis, había que mantener la gerusía del Peloponeso hasta la expugnación de Tripolitsá y, después, conducir a los griegos a un sistema de gobierno más reglado y nacional. Puesto que ya se había cumplido el primer término y se sentía la necesidad del segundo, estando el Peloponeso en la situación idónea, se juzgó conveniente reunir cuanto antes la asamblea nacional.
La situación de las islas del Egeo y de Grecia Continental dentro de sus límites actuales28 era aún más favorable. Las islas permanecían en la guerra, sin ser perturbadas en aboluto por el enemigo excepto Samos, e incluso ésta venció al ser atacada. La parte oeste de Grecia Continental seguía fuera del alcance adversario después de la batalla de Makrynoros, y la oriental se había librado últimamente de él también, de modo que en el continente no había enemigos a mediados de octubre desde Makrynoros hasta las Termópilas, a no ser en Vonitsa, Naupacto, Andirrio y Atenas, pero estas guarniciones apenas eran capaces de hacer frente a los embates griegos. Previa convocatoria de los representantes, Hypsilandis mandó a las provincias mensajes y editó circulares en que se consideraba a sí mismo jefe de la nación y defensor de la ley, y a los notables como iguales a los turcos y objetos del odio del pueblo oprimido. Tan feroz ataque exasperó a los notables y aumentó al máximo su oposición contra él.
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Los límites de Grecia treinta años después de la guerra seguían siendo la línea Arta-Volos.
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Antes de elegir más o menos en regla a los delegados, había que ordenar el territorio.
El Egeo, después de dar comienzo la insurrección, permanecía organizado como antes y prácticamente no tenía necesidad alguna de una organización nueva. En cambio, en el Peloponeso y Grecia Continental, desde que las instituciones turcas fueron derribadas, sólo sobrevivían las influencias locales de ciertos griegos que gobernaban provincialmente con el nombre de notables o capitanes, porque la gente, acostumbrada a verlos en una posición superior, les profesaba espontáneamente respeto y obediencia. Mucho se ha escrito y dicho contra estos dos estamentos.
Indudablemente, el de los notables tuvo sus fallos, que fueron los que el poder corrupto transmite a sus servidores, y el de los jefes guerrilleros tenía las formas navajeras propias de su educación; pero la lucha de Grecia en cuanto a la guerra en tierra firme es principalmente obra de estas dos clases sociales, porque ellas, trayendo y llevando al pueblo a su antojo, por suerte utilizaron su poder en beneficio de la patria en la mayoría de los casos; hoy está demostrado que no sólo ninguno se enriqueció, sino que muy pocos obtuvieron suficiente para vivir y muchos desahogados acabaron casi pobres; los abusos de poder de que se les acusa, a menudo con razón, eran temporales y no tan graves como por lo general se ven, mientras que la liberación nacional, conseguida gracias a su entusiasta participación, no tiene precio y permanece.
Antes de que avancemos hasta la exposición del nuevo ordenamiento, conviene que examinemos los deberes administrativos de los griegos bajo el poder turco y cuáles eran sus conocimientos prácticos y teóricos al comienzo de la guerra.
El Peloponeso estaba organizado en comunas o demos; para su elección, los dimoyérondes29 se distribuían por ciudades, villas y aldeas. No había diferencia entre electores ni elegibles, de manera que todos los pobladores podían elegir y ser elegidos, pero en la práctica se prefería como elegibles a los más pudientes, cumpliéndose así la disposición de Solón que decía que los pobres elijan y los ricos sean elegidos30. Los dimoyérondes generales de cada provincia, llamados kotsambasides o notables, se tomaban de entre 29
Etimológicamente, “ancianos del demo”.
Otra referencia a la Historia Antigua. Solón, elegido mediador en Atenas (599 a.C.) para solucionar el conflicto entre los aristócratas y el pueblo, elaboró una constitución timocrática, es decir, que distribuía el poder en función de la riqueza.
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los habitantes de la capital de provincia; los dimoyérondes de las demás circunscripciones se reunían en la capital y participaban con los habitantes de ésta en la elección de los dimoyérondes generales. Las elecciones eran inapelables. La autoridad turca del lugar era simplemente informada sobre ellas y aceptaba la votación de la comunidad. Las elecciones eran oficialmente anuales, pero se diferían abusivamente y los mismos hombres eran notables muchos años o de por vida; el tesorero, no obstante, rendía cuentas anualmente.
Un día fijado del año los dimoyérondes generales, o sea, los notables de todo el Peloponeso, subían a Tripolitsá y reunían la asamblea general, que colaboraba con la autoridad turca en delimitar el gasto anual de la satrapía31; pero únicamente los notables distribuían el presupuesto ajudicado entre las diferentes provincias, observando ciertas reglas para tal distribución, que ellos mismos imponían en base a la población de la provincia y sus ingresos. De vuelta a sus respectivas provincias, llamaban a la capital a los dimoyérondes de las demás circunscripciones y, una vez dada a conocer la parte del presupuesto general del año adjudicada a la provincia, con su colaboración y asentimiento le sumaban el provincial y distribuían el total entre los demos de la provincia observando ciertas reglas, al igual que en la distribución general; volvían los dimoyérondes a sus demos y tomaban como ayudantes a los convecinos más distinguidos; sumando los gastos particulares del demo, distribuían el montante del gasto anual entre las familias del demo proporcionalmente a la posición de cada cual, que conocían debido a la pequeñez de estos núcleos de población; ningún ciudadano de cualquier clase o condición estaba exento de la contribución: eran los mismos dimoyérondes quienes recaudaban los impuestos. De esta forma, la contribución anual se determinaba en común por la autoridad turca y los griegos que ejercían cargos, y la de cada provincia y cada demo sólo por los griegos. Únicamente a los griegos correspondían las obras y su adjudicación, la distribución y percepción de todos los impuestos de que hablamos y, en consecuencia, las fuentes de los ingresos locales.
Este sistema del Peloponeso funcionaba también en Grecia Continental pero, a falta de centralización, sólo por provincias. Toda provincia del Peloponeso –excepto Mani– y de Grecia Continental tenía un gobernador 31
Nombre dado a las demarcaciones territoriales del antiguo Imperio Persa, que adoptó también el Imperio Otomano.
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otomano, aunque la comunidad era la que fijaba el montante del poder ejecutivo y nombraba a su líder; el gobernador debía emplear el poder de que hablamos para el mantenimiento del orden, la seguridad de los ciudadanos, la recaudación de impuestos y el cumplimiento de los fallos judiciales, pero no tenía la facultad de usarlo para otra cosa sin el consentimiento de la comunidad; de manera que cada vez que el gobernador sobrepasaba los límites de su poder legal, el jefe del poder ejecutivo no le debía obediencia.
Toda provincia tenía su cadí, pero muchas veces los litigantes recurrían al arzobispo, a las autoridades municipales o incluso a mediadores. Bien es verdad que este sistema tan envidiable y tan liberal no se mantenía limpio de la injerencia y el abuso arbitrario de la autoridad otomana, o de la influencia, a menudo dañina, de algunos de los notables sobre los poderosos, pero no lo es menos que los griegos, al colaborar así en el gobierno, se entrenaban cada día en la política local y salían reforzados ante la autoridad turca.
Las islas del Egeo tenían un sistema aún más civilizado y provisto de más poder, porque era más autónomoz.
Los griegos que recibían educación aprendían principalmente gramática o medicina, pocos filosofía y ninguno leyes porque, donde imperaba el Corán y juzgaba el cadí, la ciencia del derecho no valía. Los griegos llamados fanariotas, a causa de su status político ante a la Puerta y el desempeño de los virreinatos de Moldavia y Valaquia, que les pertenecía32, entraron en posesión de conocimientos políticos más generales, pero incluso éstos no eran las más de las veces muy profundos, pues los tales no eran útiles en un Estado en el que los motores de la política eran la intriga, la corrupción y la influencia de un copero o un barbero y en el que los destacados tenían siempre a la vista la soga, el puñal, el veneno, el destierro o la confiscación.
Dos fanariotas, Aléxandros Mavrokordatos y Theódoros Negris, fueron de utilidad en la improvisada organización del territorio.
Mavrokordatos vivía en Pisa de Toscana cuando estalló el alzamiento griego y, al oír lo ocurrido, subió a un barco en el puerto libre de Livorno armas y equipamientos comprados a sus expensas y, con la contribución de otros compatriotas, navegó a Marsella, donde añadió más suministros, tomó una tripulación de griegos y filohelenos y llegó sin contratiempo 32
Sobre los fanariotas, así llamados porque residían en el barrio del Fanar en Constantinopla, vd.
nota 19 del tomo I.
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el 20 de julio a Mesolongui, donde fue recibido cordialísimamente por el renombre de su familia, por las ayudas que llevaba y porque la gente de Grecia, confiando en cuanto difundían los apóstoles de la Sociedad, esperaban que su salvación vendría de los llegados de fuera; fue invitado a capitanear aquella zona, totalmente desorganizada y en plena anarquía, aunque Hypsilandis había mandado hacía poco como organizador a Ivos Rigas, hombre bondadoso pero de escasa capacidad, al que los etoloacarnanios ni estimaban ni escuchaban. Mavrokordatos no rehusó ni aceptó la jefatura; quería conocer de cerca los asuntos generales y los hombres más destacados de Grecia, en particular a Hypsilandis; por ello, partió algunos días después para Tríkorfa con la promesa de volver en poco tiempo y desembarcó en Monodendri, pertenenciente al litoral de Patras.
A los pocos días de la llegada de Mavrokordatos a Mesolongui, arribó a Neókastro el hijo del ex-señor de Valaquia Ioannis Karatsás, que se llamaba Kostakis y vivía en Pisa; y poco después recaló en aquellas costas desde Tríkorfa Theódoros Negris, que había llegado a Grecia antes que ellos dos; venía de Constantinopla como ministro residente de la Puerta ante el gobierno francés, pero en el camino prefirió la lucha nacional; estaba muy contrariado por la caótica situación, por las disputas entre Hypsilandis y los peloponesios, por la división entre guerrilleros y notables y por la insistencia de Hypsilandis en gobernar Grecia en nombre de un Mando inexistente. Karatsás y él, al saber la arribada de Mavrokordatos a Mesolongui, fueron allí para encontrarlo y desde allí a Monodendri, esperando adelantársele. Mavrokordatos, que subía ya hacia Tripolitsá, volvió a Monodendri a su llamada y, una vez reunidos, emprendieron los tres el viaje a Tripolitsá, encontrando en Kalávryta a Neóphytos, obispo de Talandi, y a Konstandinos Sakelionas, que iban a la misma ciudad con el objeto de pedir a Hypsilandis tropas, provisiones y un gobernador en nombre de algunas provincias de Grecia Oriental. Negris y Karatsás se quedaron por el camino en Výtina, y Mavrokordatos llegó el 14 de agosto a Tríkorfa, donde se entrevistó con Hypsilandis y, al ver que ni siquiera tras la derrota de su hermano quería renunciar a sus pretensiones sobre el Mando superior de Grecia, al comprobar que Kandakuzinós se oponía a Hypsilandis con indignación, al oír de las peleas entre los notables y los jefes guerrilleros del Peloponeso y al visitar en Hagios Ioannis a los prohombres de Hydra, que habían ido allí por aquellos días con la esperanza 87


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de constituir un gobierno nacional y no habían podido conseguir nada debido a las circunstancias, se cercioró de que su presencia en Tríkorfa era del todo inútil.
También esperaban unas cosas de Hypsilandis y encontraron otras el obispo de Talandi y Sakelionas cuando se presentaron ante él, trayendo consigo a otros de distintas provincias de Grecia Continental.
Decepcionados en sus expectativas, decidieron regresar al continente griego en compañía de Mavrokordatos, Kandakuzinós, Negris y Karatsás, para organizarlo como fue planeado en su entrevista de Kalávryta; pero, por la adhesión que Hypsilandis inspiraba en el pueblo, había que contar con su consentimiento, al menos en la superficie; sin embargo, éste recelaba de los cuatro, considerándolos hostiles a su persona y conspiradores contra el poder que representaba; por ello, cuando los citados representantes le dijeron: “Danos por jefe a Mavrokordatos”, respondió: “No procede”.
“Danos a Kandakuzinós”. “Tampoco es el adecuado”. “¿Y Karatsás?” “Es igual que ellos”. “Pues que venga Negris”. “Es el peor de todos”. Así, los del continente, sin esperar nada de Hypsilandis, volvieron indignados a Výtina, donde esperaban Karatsás y Negris y a donde llegaron al poco Kandakuzinós y Mavrokordatos. Tras deliberar, decidieron ocuparse entre todos de la organización de Grecia Continental, marginando desde entonces la autoridad que representaba Hypsilandis. Con este fin editaron desde allí circulares convocando en Sálona para el 14 de septiembre a los delegados de la parte oriental de Grecia Continental, para constituir un Mando regional. Éste fue el primer y decisivo golpe al ascendiente de Hypsilandis en Grecia Continental, donde hasta entonces sólo estaban en vigor sus disposiciones.
Al llegar a Kalávryta, encontraron a Yoryos Praídis y Christos Kolettis, enviados a Mavrokordatos por los etoloacarnanios, que le exhortaban a ir inmediatamente como organizador y jefe. La región de Etolia y Acarnania, dividida en capitanatos33 independientes entre sí y, por ello, sometida a un mando múltiple, o mejor dicho a la anarquía, sentía más que ninguna la necesidad de un jefe único que fuera ajeno a las mutuas rivalidades y, no obstante, con capacidad y renombre. Mavrokordatos no se separó de sus compañeros de viaje y todos juntos bajaron hasta Vostitsa, cruzaron a Galaxidi y desde allí fueron a Sálona, donde encontraron a algunos de los 33
Dominios de los capitanes o jefes guerrilleros.
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delegados, que habían acudido según las circulares. Faltaba Odiseo, que no podía abandonar su campamento; se decidió que Negris y Karatsás fueran junto a él y hablaran además con otros guerrilleros sobre el tema, y que Mavrokordatos fuera a Mesolongui atendiendo la reiterada petición de los habitantes, en compañía de Kandakuzinós, que al llegar a Mesolongui se marchó lejos de Grecia: eran los días en que la escuadra enemiga apareció en la bahía de Patras y destrozó Galaxidi.
Después de Mavrokordatos y Kandakuzinós, llegaron a Mesolongui Negris y Karatsás, impresionados por la ruina de Galaxidi, que había provocado la dispersión de los congregados en Sálona. Cuando la flota enemiga se marchó del golfo de Corinto, Karatsás fue a Patras, a donde llevaba dos cañones pequeños para uso del ejército allí estacionado; Mavrokordatos se quedó en Etolia y Negris volvió a Sálona. El principal objetivo de Mavrokordatos y Negris era dedicarse ambos a la constitución de sendos gobiernos centralizados para toda Grecia Continental por elección de compromisarios, según el modelo de la asamblea que se iba a reunir en el Peloponeso, ya que no (por el momento) un congreso nacional.
Propuesto Mavrokordatos para constituir el gobierno central de Etolia y Acarnania, propuso en el mismo reafirmar aún más los lazos existentes entre los griegos y los albaneses partidarios de Ali Pasha. En alivio de Grecia, era necesario que se extendiera lo más posible la hostilidad entre la Puerta y Alí. Para conseguirlo, Grecia debía apoyar al más débil, y el más débil era éste; de forma que la alianza entre los albaneses y los griegos para la prolongación del conflicto era una política sensata. Había dos razones capaces de unir contra los griegos a los turcos que guerreaban entre sí, una religiosa y otra política. Los griegos habían ocultado muy bien desde el principio que alimentaban la esperanza de liberar la nación, y los albaneses hacían la vista gorda sobre lo que sucedía en Grecia; dominaba la idea de que era Alí el que fomentaba los disturbios. Pero cuando oyeron lo que les decían los congéneres que habían vuelto de Tripolitsá, no albergaron dudas sobre las auténticas intenciones de los griegos; sin embargo, no veían conveniente romper los pactos de alianza, mirando siempre a la salvación de Alí y no esperando conseguirla sin la intervención de los cristianos; también fueron llamados como coautores de esta empresa los jefes guerrilleros de Etolia y Acarnania, que habían respondido. Ahora bien, los albaneses querían el triunfo de Alí, pero no la consecución del objetivo nacional de los griegos. Por su parte, los etoloacarnanios hechos 89


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venir deseaban la prolongación del conflicto turcoalbanés, pues convenía a sus intereses nacionalistas, pero no el triunfo de Alí, ya que conocían muy bien el carácter y la política de éste; así que la alianza, sincera al principio, se tornó engañosa al final y, tal que así, no era posible que durase. En virtud de la alianza se proyectó una expedición conjunta contra Arta, para distracción del ejército real que sitiaba a Alí.
Mavrokordatos, después de editar circulares convocando en Mesolongui a los delegados de las provincias de Etolia y Acarnania para constituir una Autoridad centralizada, envió a Praídis hacia Markos Bótsaris, que estaba en la provincia de Arta, para exhortarle, y a través de él al resto de los suliotas, a que considerasen como muy provechosa la prolongación de la guerra entre albaneses y turcos, pero como catastrófica la emancipación de Alí. Praídis encontró a Markos en la aldea de Petas, a donde iba para reconciliarse con su mortal enemigo Gogos, el que en otro tiempo había matado a su padre34, porque la expedición conjunta hacía necesaria la reconciliación. El encuentro tuvo lugar en presencia de mucha gente. Markos llamó padre a Gogos, Gogos llamó hijo a Markos y lo recibió en sus brazos; el padre besó al hijo en la cara y el hijo besó la mano del padre, olvidando por amor a la patria en qué sangre estaban bañadas aquellas manos.
A los pocos días llegó la expedición contra Arta y los albaneses, suliotas y acarnanios coaligados entraron en pie de guerra en la ciudad, la conquistaron y saquearon y obligaron a los que eran enemigos a hacinarse dentro de algunos edificios sólidos y unas pocas casas bajo la acrópolis.
En tanto, se reunieron en Mesolongui los representantes de las diferentes provincias de Etolia y Acarnania y, bajo la presidencia y dirección de Mavrokordatos, constituyeron la asamblea, llamándola “Asamblea de Grecia Continental Occidental”, porque Grecia Continental, o Grecia del Norte35, se había dividido en dos según el proyecto de Mavrokordatos y Negris: el conjunto de las provincias al oeste de la de Sálona se llamó Grecia Occidental, y el de las provincias del Este incluyendo la de Sálona, Grecia Oriental. La asamblea inició las sesiones el 4 de noviembre y las concluyó el día 9 del mismo mes; hizo lo que aconsejaban las circunstancias y demandaba el interés nacional; sólo fue una Institución local provisional para conservar la seguridad y paz sociales, para planificar y sostener la 34 35
En 1809, por orden de Ali Pasha.
El autor sigue condicionado por la situación de su tiempo, vd. nota 28.
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guerra y para ir preparando un gobierno de la nación. Esta Institución regional se llamó Gerusía y estaba compuesta de tantos miembros elegidos anualmente cuantas eran las provincias representadas en la asamblea, las cuales instituyeron sus Organismos siguiendo las directrices de aquélla, que debía rendir cuenta de sus actos a la asamblea nacional. De esta Gerusía fue nombrado presidente Mavrokordatos.
La asamblea de la zona oriental de Grecia Continental terminó también sus tareas el día 20, bajo la presidencia y dirección de Negris, y estableció un gobierno regionalaa; pero todo lo que su hermana de la parte occidental avanzó en el objetivo principal, lo dilató ésta. El cuerpo de leyes regional, llamado “dispositivo legal”, es un cajón de sastre, cuando no una mescolanza política. La asamblea no se conformó con la importuna acumulación de toda clase de órdenes y disposiciones, legislando incluso sobre la tolerancia de todas las lenguas dentro de su territorio (como si las lenguas hubieran sido objeto de persecución, al igual que las religiones en otros tiempos y lugares) y reconociendo el griego como lengua predominante (como si eso estuviese en duda), y extendió tanto los límites de su poder que, cuando definió las funciones del futuro gobierno de la nación, no vaciló en apropiarse arbitrariamente unas y restringir otras según su capricho: incluso concedió a la institución regional creada la facultad de introducir en Grecia ejércitos foráneos sin el consentimiento del gobierno de la nación; pero cuando concluyó sus sesiones, renunció en parte a sus usurpaciones políticas mediante un anexo. Dado que los guerrilleros hacían y deshacían en aquella zona de Grecia Continental, se perdonaba cualquier concesión ilegal que se les hiciera por mor de las circunstancias; pero las desviaciones políticas de que hablamos no provenían de eso, ni tendían a ese fin, por ello no puede uno enjuiciarlas ni siquiera como fruto de la necesidad.
Tan convencido estaba Negris de que su obra era inmejorable que, al no haber nadie que contradijera su opinión, se ocupó de que constara en las actas de la asamblea que la propuesta de ley mencionada fue presentada a instancia suya. La institución regional contó con catorce miembros y estaba dividida en dos secciones: la política y la judicial; la duración del cargo se fijó en doce meses, la de los presidentes en cincuenta días36; se eligió presidente de la sección política a Negris, de la judicial al obispo de Talandi; la Institución fue llamada Areópago, aunque sus tareas principales 36
Es evidente la influencia de la antigua Bulé.
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eran políticasab, pero un reglamento inadecuado tenía que llevar también un nombre impropio37.
Mientras la Grecia Continental se organizaba, el Peloponeso se orientaba hacia el mismo objetivo. Tripolitsá, aunque evacuada por las tropas, no era el lugar idóneo para la reunión de los compromisarios de la nación, debido a las secuelas del asedio y la expugnación. Por aquellos días llegaron unos enviados de las islas navieras proponiendo que la asamblea nacional se celebrara en alguna zona costera cercana a Hydra y Spetses, votándose Argos por unanimidad; se hicieron las convocatorias pero, antes del establecimiento del gobierno central de la nación, había que constituir una Gerusía local en el Peloponeso, según el ejemplo de Grecia Continental. Con este fin, cada provincia eligió a seis éforos generales, y a uno de los seis como miembro de la Gerusía. Pero estos miembros de la Gerusía aún no constituida fueron invitados a redactar el reglamento de la misma, con lo que definirían sus propias atribuciones. Era posible que de ahí se derivasen grandes abusos, pero felizmente se dieron el inteligente ordenamiento de la Gerusía de Grecia Occidental, con algunas disposiciones más. Al constituir su Gerusía, los peloponesios ofrecieron la presidencia a Hypsilandis, deseando no tanto honrarlo como alejarlo con disimulo de los asuntos generales de la asamblea nacional, pero él rehusó la propuesta y fue elegido para el puesto el obispo de Vrésthena, Theodóritos.
Las decisiones sobre el reglamento de esta Gerusía comenzaron en Argos el 1 de diciembre y concluyeron en Epidauro, donde fueron rubricadas el 27 del mismo mes.
Después de los sucesos de Arta, los aliados grecoalbaneses que la habían invadido consideraron necesario enviar hacia Mavrokordatos a Tahir Abas, uno de los mandos albaneses, para conversar y que aquél le hiciera partícipe de las ayudas que aportaba para reforzar la lucha. Se le dieron también plenos poderes con el sello de sus compatriotas albaneses para ir al Peloponeso en calidad de representante suyo ante la asamblea nacional, o designar a otro en su lugar.
Aunque este sujeto conocía por lo que le habían dicho sus congéneres regresados tras la toma de Tripolitsá cuál era el verdadero fin de de los movimientos armados de los griegos, no por eso dejó de conturbarse 37
Ya que el Areópago de la antigua Atenas quedó reducido a tribunal para delitos de sangre (pero sólo a partir de la reforma de Efialtes).
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e indignarse, mientras cubría la larga distancia entre las cimas de Makrynoros y la extremidad de Mesolongui, al oír himnos a la libertad de Grecia y ultrajes a la Turcocracia y al ver en todas partes alzados los símbolos del nacionalismo griego, derribadas las altas torres de sus correligionarios (minaretes) y holladas las bien construidas casas; observó también la caótica situación y la pobreza de los que luchaban, a los cuales era fama que se habían enviado donaciones ricas en extremo; no obstante, disimuló y desempeñó hábilmente la misión encomendada; evitó el ir a la asamblea nacional como pensaba, nombrando en su lugar, para no infundir sospechas, a Markos Despotu, cuyo nombre escribió en el salvoconducto; tomó suministros de guerra y volvió con seguridad y sin contratiempos a su tierra, a contar a sus hermanos en el apoyo a Ali Pasha todo lo que había visto, oído, averiguado y sentidoac. Al oír éstos sus palabras y ver a los legitimistas cada día más fortalecidos e inevitable y cercana la caída de Alí, llamados a cambio de sustanciosas retribuciones a ponerse bajo la bandera real al lado de su hermano de raza Vryonis, que al principio era de Ali Pasha y después se pasó al sultán, se reunieron para deliberar qué hacer sin que lo supieran sus aliados cristianos y, habiendo decidido someterse, enviaron una embajada secreta a Hurshid prometiendo fundamentar su cambio de orientación política en una estrecha colaboración contra el disidente Alí y los disidentes griegos; simultáneamente propusieron que se enviaran tropas con la intención oculta de recuperar Arta, pero en apariencia para volver a someter Etolia y Acarnania; por medio de este engaño pensaban obligar a sus coexpedicionarios de dicha región, como realmente hicieron, a volver a sus hogares para defenderlos. Hurshid acogió favorablemente la reverencia de los albaneses pro Ali Pasha, les prodigó sus favores y envió tropas según su propuesta.
Los suliotas no creyeron los rumores sobre la traición de sus aliados albaneses. Al ver que las tropas enemigas se habían acercado a Arta, salieron de la ciudad por la noche temerosos de ser bloqueados y tomaron posiciones en el monte contiguo, confiados en que sus aliados albaneses les seguirían, en consonancia con los acuerdos de antes de la partida; pero ellos no les siguieron y, al día siguiente, les anunciaron que hasta entonces eran servidores de Alí y aliados suyos con el objeto de liberarlo, pero siempre que permanecieran todos bajo el cetro del sultán; al cerciorarse de que los suliotas y el resto de sus hermanos de fe luchaban por su libertad y religión con la ayuda de Alí para sus propios fines, juzgaban necesario 93


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informarles de que eran mahometanos y fieles vasallos de su poderosísimo rey, y que daban por concluida su alianza para los restos; y les aconsejaban amigablemente que se retiraran cuanto antes.
Al oír lo que no se esperaban, los suliotas se retiraron a sus lares en el mismo instante; y así acabó el pacto, que había durado un año.
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1821 CAPÍTULO XXVI NAUPLION Y UN INFORTUNADO INTENTO DE ASALTO.- LOS SUCESOS DE PATRAS.-MUERTEDEANDONISIKONOMU.-TRASLADODELOSDELEGADOS A PIADA, JUNTO A EPIDAURO.- CAPITULACIÓN DE CORINTO.
En el fondo del golfo Argólico, entrando a la derecha, se proyecta hacia el mar una lengua de tierra maciza y estrecha que forma hacia el norte una pequeña y serena ensenada dentro del gran golfo de Argólide, batido por las olas; en la bocana de esta rada hay un islote rocoso de pocas brazas de perímetro, casi al nivel del mar, y sobre él una torre, comúnmente llamada Burtsi38, para defender la entrada; la lengua se corta en el istmo por un foso ancho y seco y está unida a tierra firme por un puente colgante; es escarpada e inaccesible por su lado sur, el que mira a la salida del golfo Argólico; al norte hay una pequeña extensión de tierra llana; sobre ella y el declive del mismo lado se encuentra la ciudad de Nauplion y, sobre la terraza que domina este lado, su acrópolis o Acronauplia, comúnmente llamada Itskalés.
La ciudad y la acrópolis están circundadas por una y la misma muralla, pero la ciudad se extiende extramuros hacia el norte por la orilla del mar.
La distancia entre ella y la torre marítima es menor que un tiro de cañón; las aguas, profundas y navegables, pero las del lado de la atalaya son poco hondas y no aptas para las embarcaciones; hacia el borde del foso en la parte de tierra se yergue hasta a 750 pies sobre el mar un monte cónico, rocoso, desnudo y abrupto, accesible sólo por la cara este; en la cima del monte se halla el Palamidi, un castillo inexpugnable que tiene, aparte del acceso natural y público por el este, otros dos hacia la ciudad: el uno tallado en la piedra y abovedado, pero angosto y difícil, para comunicarse en caso de guerra; el otro, a su lado, a cielo abierto, para usarlo en tiempo de paz.
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Torre en turco (burç).
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Esta imponente fortaleza domina tanto la ciudad como la acrópolis, debido a su elevada posición. Al principio de la Epanástasis, se estimaba en más de trescientos los cañones de todo tamaño, útiles e inútiles, que había en Palamidi, Acronauplia, la torre marítima y repartidos por la ciudad. Los pobladores antes de la insurrección eran casi todos turcos; al estallar ésta, huyeron allí los de Argos, como hemos dicho, por lo que en aquel momento el total de turcos bloqueados ascendía a 6000 entre naturales y exiliados; de ellos, 1200 armados.
Hemos visto que Nauplion fue sitiada desde el comienzo de la guerra y que el asedio se levantó por la exitosa incursión en la Argólide del kiaya bey, de paso para Tripolitsá. Entonces, los turcos se movían a su antojo por los llanos circundantes; pero en la época de la recolección se congregaron de nuevo los de Kranidi, Argos y otros lugares para reanudar el asedio y tomaron distintas posiciones; salieron en incursión los turcos llevando cañones y cayeron sobre una torre en posesión de la partida de Tsokris; éstos, aunque eran pocos, resistieron y, con la ayuda de otros que atacaron por atrás, los rechazaron matando e hiriendo a algunos de ellos y liberando a unos pocos cristianos detenidos dentro de Nauplion, que llevaban consigo los turcos como a bestias de carga para el transporte de los frutos.
A partir de entonces, los sitiados sólo salían a los aledaños del castillo, para recoger todo lo que encontraban, y eran tiroteados. Los griegos, por su parte, carecían de máquinas de asalto y aguardaban que el hambre les entregara el fuerte; por ello, se limitaban a un estrecho bloqueo por tierra y mar. Pero cuando parecía cercano el momento de la caída, un buque maltés burló la vigilancia de los que cercaban por mar y llevó abundantes víveres a los sitiados. Este hecho frustró las expectativas de los griegos.
El capitán de caballería Dania, de Génova, un filoheleno muy valeroso, sugería por entonces la toma de Nauplion al asalto. Aunque al principio se consideraba la propuesta irrealizable, finalmente fue aprobada; Hypsilandis tomó a Kolokotronis y otros que estaban en Argos y los llevó al campamento de Nauplion, donde se celebró una segunda reunión y se decidió definitivamente la acometida. Se juzgaron como partes más posibles de asaltar la fachada al mar y la del puente; para arrastrar a la mayoría de efectivos enemigos a otras zonas, de manera que los que fueran a poner pie en la muralla hallasen menos resistencia, se consideró necesario que, a la hora fijada, navíos griegos dispararan sus cañones contra la torre marítima
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y la batería de los cinco hermanos39 –situada en la muralla enfrente de la torre–, que contingentes al mando de Kolokotronis intentaran a la vez un asalto simulado disparando sobre el Palamidi y que vinieran otros barcos de Hydra y Spetses y abundantes lanchas rápidas de Kranidi y Kastrí, además de suficientes guerreros de aquellas zonas, para el ataque a la muralla que da al mar; para tomar el Palamidi se dispuso la mayoría de los regulares y los filohelenos; éstos eran pocos.
Mientras se preparaba el asalto según la forma enunciada, Voutier40, un oficial francés al servicio de Grecia, observó que los ocupantes de la torre marítima eran siempre pocos, porque la mayor parte se marchaba a la ciudad de mañana y volvía por la tarde; que delante fondeaba el buque maltés que transportaba las vituallas, con sólo unos pocos marineros; habiendo observado esto, proyectó tomar a medianoche 70 hombres, entre soldados y filohelenos, zarpar en dos barcazas desde los Molinos de enfrente de Nauplion, trasladarlos inesperadamente a la embarcación fondeada ante el fortín y, una vez reducidos al silencio el capitán y la tripulación, pasar la noche él y los suyos a bordo sin ser vistos y sin armar alboroto; que, al llegar el día, a la hora en que los guardianes salían a la ciudad según lo acostumbrado, algunos de los suyos se pusieran las ropas de los marineros del buque, desembarcaran como si fueran la tripulación, se apoderasen de la torre sin infundir sospechas y sin peligro e hicieran entrar a los restantes compañeros, que estaban a bordo. El plan de Voutier se aprobó y, realmente, era ingenioso y realizable, debido a la habitual dejadez de los turcos en estos menesteres; pero a la hora de ponerlo en práctica no tuvo éxito porque, cuando las barcazas al mando de Voutier estuvieron cerca del buque, no se guardó el conveniente silencio y disimulo por parte de los tripulantes, quienes, al ver luz sobre la cubierta y creer que se habían percatado de su aproximación, volvieron a los Molinos infructuosamente.
Entretanto, se congregaron muchos hombres armados en las afueras de Nauplion y llegaron 15 barcos de Hydra y Spetses y muchas planchas de Kranidi y Kastro con 600 combatientes, para el proyectado asalto al lienzo de muralla que daba al mar; a ellos se unieron con el mismo fin algunos de los congregados. Se decidió que la noche del 3 de diciembre, dos horas después de medianoche, se pusieran todos sincronizadamente 39 40
Cinco cañones largos de bronce, de calibre entre 36 y 48.
Se le atribuye el descubrimiento de la Venus de Milo (Melos), en 1820.
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en movimiento. Al llegar la hora, partieron los que habían sido entrenados para el asalto, pero los que abrían la marcha tiraron las escalas al suelo y desaparecieron, quedando sólo el jefe, Nikitas, con unos pocos.
Kolokotronis, siguiendo el plan, subió al Palamidi con otros muchos, entre ellos algunos regulares. Dada la señal, comenzó la batalla pero, por culpa del viento en contra, pocas naves se acercaron a disparar a la torre marítima, y las que traían combatientes para desembarcarlos no pudieron aproximarse, de manera que ni llegó a intento el proyectado desembarco ante el muro cara al mar. Tres horas estuvieron luchando y disparando los cañones valerosamente los filohelenos, los regulares y algunos otros, con la esperanza de que a la flotilla le quedara poco para arribar en alas de la habitual brisa de tierra y trasladara a los kranidiotas y demás a la orilla del mar. Pero cuando se frustró toda esperanza de desembarco por culpa del viento en contra, que no dejaba de soplar, se dio la señal de abortar la operación y los combatientes se retiraron abandonando las escalas. Murieron 20, entre ellos el abanderado filoheleno Dorat y el capitán Lichting, éste con las dos piernas seccionadas, y fueron heridos 40, entre ellos Gubernati, Persat y un suboficial peloponesio, Gelberís, el cual fue llevado al fuerte con una pierna cortada y, entregado a unos judíos, murió en el tormento; la mayoría de los muertos y heridos eran regulares y filohelenos. Después de este fracaso, los de Hypsilandis volvieron a Argos y Nauplion siguió siendo asediada de igual forma que al principio.
Los jefes guerrilleros de Acaya, después de impedir la llegada de Kolokotronis a Patras, intentaron conquistar la ciudad, considerando adecuado el momento por los sucesos que se produjeron en ella después de la expugnación de Tripolitsá41; con más de tres mil efectivos, tomaron en primer lugar el Yirokomíon el 21 de octubre; a eso del amanecer, cayeron en tromba sobre la ciudad y forzaron a sus ocupantes a huir a la acrópolis, después de mucha resistencia y poco derramamiento de sangre.
Los griegos permanecieron en la ciudad todo el día, luchando contra los de la acrópolis y los que ocupaban algunas casas debajo de ella. Tanto miedo tuvieron los laliotas que entraron en negociaciones, pero los soldados, sin que lo supieran los que pernoctaban en el Yirokomíon, salieron por la noche de la ciudad y se dispersaron por los campos en busca de botín; sin embargo, como dejaron luces encendidas en sus viviendas, los laliotas 41
Vd. comienzo del capítulo XXV.
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no se dieron cuenta de su salida nocturna y no bajaron a adueñarse de la ciudad. Los jefes que estaban en el Yirokomíon, al saber lo sucedido, reunieron a todos los disponibles y, tomando además el contingente de 300 de Andreas Londos, que había llegado hacía pocas horas, salieron la misma noche hacia la ciudad y ocuparon la parroquia de San Jorge, pero Yusuf, que estaba asentado en Río, mandó un destacamento y derrotó a los que ocupaban la posición de la aduana; envió luego otro y tomó los altos de Halonia y él, el 22 de noviembre a mediodía, se lanzó contra la ciudad con 400 de caballería e infantería; salieron simultáneamente los del fuerte y cayeron desde ambos lados sobre los griegos que ocupaban la ciudad, que no esperaban el repentino ataque y, confundidos, huyeron después de oponer escasa resistencia, perdiendo muchas vidas y pertenencias.
Los enemigos incendiaron la ciudad para que los griegos no encontraran baluartes al entrar.
Por aquellos días se supo que Andonis Ikonomu, encarcelado pocos meses antes en el convento de San Jorge42, se había evadido e intentaba pasar a Hydra desde Argos. El odio del pueblo hacia sus líderes es tan inconstante como el amor, y a menudo ama al ausente al que odia cuando está presente. También el pueblo de Hydra se arrepintió de haber abandonado a su líder en la caída y deseaba verlo otra vez a su lado: por su parte, Ikonomu43 deseaba vengarse de todo lo que había sufrido. Por estas razones, los notables de Hydra veían en peligro sus propias vidas.
Entre los delegados reunidos en Argos estaban también los de dicha isla, que se alteraron mucho por la noticia, previendo grandes desgracias a la vuelta de Ikonomu a su tierra; a petición de ellos, fue enviado desde Argos un destacamento militar al mando de Xydis, lugarteniente de Londos, para prender a Ikonomu y encarcelarlo en Mega Spíleon44; Xydis tenía órdenes de emplear contra él incluso las armas en caso de insumisión y resistencia. Al llegar a Kutsopodi, la fuerza enviada encontró a Ikonomu a caballo y escoltado por algunos paisanos suyos; conminado a entregarse y no haciéndolo, fue disparado y muerto; sus acompañantes llegaron ilesos y sin obstáculos a Argos y desde allí atravesaron hasta su isla natal, donde 42
Vd. tomo I, págs. 191-193.
En esta ocasión se mantiene invariable el apellido en genitivo y se marca la función con el caso del artículo.
44 Es decir, en (el monasterio de) la Gran Gruta, en Kalávryta.
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no hubo ningún disturbio, pues los había prevenido la muerte de su líder.
Tal fue el fin de Andonis Ikonomu, que por su gran osadía se había elevado por encima de la todopoderosa aristocracia de su tierra y fue el primero en conducir con gran magnanimidad e intrepidez en la lucha por la libertad y la gloria a un pueblo que, gracias a sus hazañas, renovó las ancestrales victorias de Salamina y Mícala.
Entretanto, se congregaron en Argos todos los delegados y empezaron sus sesiones preliminares, pero la concentración de tantas tropas en la Argólide, los desórdenes diarios en la ciudad, las incitaciones por parte de algunos al estamento militar contra los gobernantes y el extendido rumor de conspiración contra ellos obligaron a los representantes a buscar otro lugar más tranquilo y seguro para sus sesiones; así que se eligió como tal el pueblecito costero de Piada, a donde se trasladaron cambiándole el nombre por Epidauro, por estar cerca de la Epidauro de la Antigüedad. El traslado coincidió con lo siguiente: La mayoría de los militares que había en Argos, entre ellos Hypsilandis y Kolokotronis, fueron por aquellos días a Corinto con la esperanza de apoderarse de dicha plaza fuerte. Al saber los turcos de Nauplion por un prisionero evadido que los ejércitos griegos se habían alejado de Argos y cerciorados de que los combatientes que quedaban eran pocos, tomaron la decisión de asaltar de improviso la ciudad y, con este fin, salieron el 14 de diciembre unos 600, portando dos cañones; pusieron en fuga a los escasos soldados griegos apostados en el camino y amedrentaron a los que había en la ciudad de Argos pero, gracias al valor de Nikitas y algunos griegos y filohelenos que se encontraban allí, se vieron obligados a retroceder sin asaltarla. Puesto que esta acción tuvo su origen en la delación del cautivo evadido, todos los prisioneros que se hallaban en Argos fueron considerados culpables por la masa y ejecutados; formaban parte de los que habían sobrevivido a la toma de Tripolitsá.
Entre estos supervivientes estaba, como hemos visto, el corintio Kiamil Bey. Los griegos lo llevaron a Corinto y, a través de él, intentaron persuadir a los enemigos a entregar el Acrocorinto. Pero sus palabras a su madre, su mujer y a los demás asediados siguiendo las pautas de los griegos no fueron atendidas porque los sitiados, aunque apreciaban sus términos, encontraron que proponía todo lo que le sugerían sus captores.
Los griegos se obstinaban aún más en apoderarse del Acrocorinto porque creían que allí estaba almacenado el tesoro de Kiamil Bey, al que toda 100


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Grecia consideraba muy rico. Los defensores eran nativos, albaneses y algunos laliotas, 600 en total, llenos de esperanza en que dentro de poco la ofensiva otomana en Grecia Oriental al mando de Vryonis y Mehmet, aún en curso según pensaban, llegaría allí y terminaría con el asedio.
Mientras tanto, sitiadores y sitiados intercambiaban un continuo fuego de artillería y los primeros, habiendo trasladado desde Hydra y emplazado en Pendeskufiad dos cañones, impedían con ellos toda salida de los segundos y les causaban molestias con sus proyectiles hasta dentro de sus casas; pero ellos, aunque al principio eran profanos en el manejo de los cañones, por los días de la llegada de Hypsilandis y los demás se mostraron más hábiles y mortíferos, por lo que los griegos se inclinaron a sospechar que Kiamil Bey había enviado a la acrópolis por aquellos días un consumado artillero en vez de un simple correo. Con todo, el azote del hambre aumentaba y hacía sufrir a los cercados, algunos de los cuales desertaban al campo de los griegos; a proposición de Kolokotronis, también se pasaron a él sin ser maltratados los pocos laliotas que había en el recinto y, después de esto, hizo acto de deserción un derviche, que fue castigado al ser sorprendido como espía.
Al convencerse los bloqueados de que toda esperanza de ayuda exterior era vana, los albaneses, propensos a separarse por interés de sus iguales en la fe, como hemos visto ya en otras ocasiones, se alejaron también en la presente circunstancia y, con la colaboración de Plaputas y la mediación de Panuryás, que era conocido suyo y estaba en Corinto, llegaron a un acuerdo por separado y salieron unos 150 el 10 de enero con las armas, los bagajes y mil grosia cada uno; se fijó esta cantidad no porque los griegos pensaran apropiarse el resto de sus bienes, sino para que ellos no se quedaran con los de los demás cercados; embarcaron en cuatro esquifes griegos para pasar al otro lado del Golfo, pero apenas se salvó la mitad; los demás fueron arrojados por la borda o asesinados, en contra de los acuerdos. Perdida toda esperanza, los turcos que quedaban entraron en negociaciones con los enviados desde Epidauro para tal fin, sobre la base de que entregaran la acrópolis, todas las armas y todos los bienes muebles, menos los dos vestidos más pobres y una pequeña cantidad de dinero para su uso personal, para ser trasladados bajo pabellón neutral a Asia Menor. Después de esta capitulación, entró en la acrópolis el destacamento
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regular al mando de Baleste con la bendición del obispo de Damalá45, allí presente. Kolokotronis, marchando al frente con una bandera griega en las manos, hizo la señal de la cruz con ella en la puerta y la colocó encima de las almenas; después, los que estaban en el fuerte fueron desarmados, entregaron sus bienes, que fueron saqueados, entregaron también el dinero y las piedras preciosas que les sirvieron para pagar el pasaje y bajaron a la ciudad a esperar el barco para su traslado, pero la mayoría fue masacrada algunos días después, en contra de lo estipulado, y el resto se desparramó por aquí y por allá o fue sometido a esclavitud. Kiamil Bey, con la excusa de que no quería revelar el paradero de sus riquezas, ocultas según la creencia general, sufrió muchos males, pero no la muerte, en la esperanza de que lo revelaría más tarde.
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Trezén.
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1821-1822 CAPÍTULO XXVII INFLUENCIADELOSJEFESPOLÍTICOSYLOSMILITARESENLASPROVINCIAS Y DIFERENCIAS ENTRE ELLOS.- EL PRIMER CONGRESO NACIONAL DE EPIDAURO.- SISTEMAS POLÍTICOS.- GOBIERNO REPRESENTATIVO Y ESTABLECIMIENTO DEL MISMO EN CORINTO.-
Antes de la Epanástasis había una clase fuerte en el Peloponeso, la de los políticos; no existía una clase de militares: dicha clase fue promovida y acrecentada en la época de la guerra por la misma naturaleza de los hechos. En Grecia Continental la clase militar, que era la única fuerte antes de la guerra, se volvió más poderosa al estallar ésta; la clase política, débil antes, se hizo más débil en la época de la Insurrección, porque en aquel tiempo prevalecían las armas. Donde hay dos estamentos rivales, hay diferencias; las diferencias entre los partidos son graves al máximo, porque tienden no sólo a remover a las personas, sino también a subvertir los sistemas. Al principio de la Epanástasis, en el Peloponeso se hacía lo que querían los líderes políticos, pero el feliz resultado de las acciones bélicas dio enseguida fuerza a los militares, como es natural. La división entre los políticos del Peloponeso e Hypsilandis desde el mismo día en que llegó entre ellos, el uno reclamando para sí todo el poder y los otros no consintiéndolo, redundó más aún en reforzamiento de los jefes militares.
Todos ellos lo favorecían como contrario a sus oponentes naturales, pero pocos eran los que deseaban su preeminencia; hasta Kolokotronis entró al principio en tratos con él porque le era útil la relación con una persona de renombre, pero no fue nunca secuaz suyo; es más, en las discusiones entre los notables y él antes de la caída de Tripolitsá sobre la organización general del Peloponeso –o lo que es lo mismo, sobre el reparto del poder– se alineó con los arcontes contra el plan de aquél; en una palabra, Kolokotronis reforzaba a Hypsilandis porque deseaba bajarles los humos a los políticos, pero no lo quería como “señor” del lugar.
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Los políticos, opuestos a Hypsilandis, se propusieron desde el principio acoger en su seno a Mavrokordatos, porque lo veían como rival de aquél y sin poseer los títulos de superioridad de aquél, que los intimidaban; sin embargo, querían aprovecharse de sus conocimientos políticos, tan necesarios como escasos en aquella época. Estos dos próceres discreparon ya, como vimos, en su primera entrevista en Tríkorfa. Mavrokordatos le dijo a Hypsilandis que los plenos poderes dados por el representante general del Mando, ya caído, no podía utilizarlos en apoyo de sus pretensiones de poder en Grecia, y que sólo la voluntad nacional podía otorgar el poder legítimo; pero él sostenía que todo poder debía abrevarse en el Mando, que era quien había puesto en marcha la insurrección, y que él no podía conculcar los derechos de su hermano. Discrepantes desde el principio e inclinado el uno hacia los políticos y el otro hacia los militares, siguieron discrepando y enfrentándose hasta el final.
Al comenzar el congreso nacional, el partido político era el más fuerte sin comparación, porque tanto el poderoso cuerpo de los obispos como la porción más fuerte de las tres islas navieras estaban a favor de él. Lo que querían las islas navieras lo quería también todo el Egeo, ya por elección propia ya por necesidad; también favorecía a este partido toda la Grecia Occidental, que estaba bajo la influencia de su organizador y presidente de la Gerusía, Mavrokordatos; y engrosaba sus filas gran parte de la Grecia Oriental. Los jefes de bandas armadas de Grecia Continental, aunque fuertes, no se ponían de acuerdo entre sí ni con sus homónimos del Peloponeso y, por ello, el ejército de Grecia no tenía casi sistema. Por estas razones, el resultado de la asamblea nacional fue el previsible para todos desde sus preliminares: el deseado por el partido de los políticos. Éstos se oponían a los jefes guerrilleros del Peloponeso porque querían movilizar a las provincias contra el enemigo al lado de ellos, y ellos reclamaban la guerra como una actividad exclusiva suya y consideraban que la labor de sus oponentes era procurar las cosas necesarias para las campañas.
Por culpa del caos imperante en toda Grecia, de lo novedoso del hecho y de la falta lógica de cualquier ley electoral, no era posible que las elecciones de los delegados, llamados entonces “representantes” resultaran ordenadas. Excepto Casos, Skópelos y las tres islas navieras, ninguna de las del Egeo envió delegados a la Asamblea. Entre los concurrentes de las otras partes no se guardó ninguna proporción respecto a su número. Mientras el conjunto del Peloponeso envió 20 delegados, Grecia Oriental envió 26 104


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ella sola, y la Occidental sólo un tercio. Lo que multiplicó el número de los miembros de Grecia Oriental y diferenció la representación de dicha zona fue la extraña inclusión en la asamblea, junto con los representantes de las provincias, de otros con el nombre de sinégoros, con voz y voto como los representantes provinciales, pero enviados no por las provincias, sino directamente por el Areópago. Comoquiera que sea, la asamblea fue considerada legítima en todo momento por toda la extensión de Grecia y por todos los órdenes de ciudadanos; inició sus tareas bajo la presidencia de Mavrokordatos el 20 de diciembre, escribiendo primero su reglamento, por el cual dispuso que sus sesiones no fueran de conocimiento público y que no se publicara todo cuanto se dijera a no ser con su aprobación; aunque los diputados eran iguales y representaban todos al pueblo, se les dividió en cuatro categorías según los cuatro distritos de Grecia: el Peloponeso, las Islas, Grecia Oriental y Grecia Occidental; se sentaban así distribuidos y votaban y firmaban según el orden asignado por sorteo a cada categoría; entre ellos asistía a las sesiones, votando y firmando, el representante de los albaneses, aunque el pacto greco-albanés estaba ya disuelto. La asamblea nombró una comisión de doce miembros –tres por cada una de las cuatro categorías– para la redacción de una ley constituyente sobre la base de un sistema democrático y, el 1 de enero, dio a conocer el siguiente breve y expeditivo bando: “En el nombre de la Santísima e Indivisible Trinidad: “La nación griega, sometida al cruel poder otomano, no pudiendo soportar el ominoso y opresivo yugo de la tiranía y habiéndolo sacudido con grandes sacrificios, proclama hoy ante Dios y los hombres, por medio de sus representantes legales reunidos en congreso nacional, su existencia e independencia políticas.” El Congreso, habiendo tomado en consideración el proyecto de ley constituyente elaborado por la comisión, en cuya redacción y posterior organización de las secretarías fue de gran ayuda el experto italiano Gallina, aprobó una completa tolerancia religiosa e igualdad ante la ley en la percepción de impuestos: proclamó a todos los griegos iguales ante la ley y beneficiarios de los servicios del Estado; aseguró las vidas, honras y haciendas de cada uno bajo el imperio de la ley; abolió la esclavitud, la 105


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tortura y la confiscación; dispuso que todo encarcelado fuera informado en un espacio de 24 horas sobre la causa de su encarcelamiento y juzgado en un espacio de tres días; votó una organización militar; concedió privilegios a los epidaurios; estableció un gobierno con dos cuerpos, el ejecutivo46 o de los diputados y el legislativo; dispuso que después se delimitara el número de los miembros del ejecutivo y la manera de elegir y ser elegido; autorizó a los diputados a presentar proyectos de ley a través del presidente; declaró públicas las sesiones ordinarias y extraordinarias del ejecutivo y secretas sólo a petición de cinco de sus miembros; limitó a cinco el número de miembros del legislativo elegidos por el ejecutivo aparte de los suyos; dio al legislativo la facultad de movilizar las fuerzas de tierra y mar, de presentar proyectos de ley ante el ejecutivo, de convocar sesiones extraordinarias, de ejecutar las leyes, de deliberar sobre la seguridad, de adoptar medidas extraordinarias en caso de traición –pero justificando su actuación ante el ejecutivo al cabo de dos días–, de presentar ante él proyectos de ley sobre recomendación de distinciones y sobre uniformes y salario de funcionarios políticos y militares, de nombrar ocho ministros con el deber de cumplir sus deberes bajo su propia responsabilidad –el primer ministro del Estado, el de Exteriores, el de Interior, el de Economía, el de Justicia, el del Ejército, el de Marina, el de Religión y el de Policía–; fijó la duración de las dos cámaras en un año; reglamentó sus cometidos, las relaciones entre ambas y las competencias legislativas; invistió a ambas de la facultad de declarar la guerra y firmar la paz, pero sólo al legislativo de la de acordar treguas de pocos días; confió al legislativo lo relativo a promoción en el ejército y recompensas por servicios a la patria con la aprobación del ejecutivo, a éste de la votación a principio de año del presupuesto de gastos e ingresos presentado por el legislativo y la aprobación de rendición de cuentas al final del ejercicio económico, a excepción sólo del primer año, en que el ejecutivo tuvo que aportar lo necesario sin presupuesto ni aplazamiento alguno y el legislativo dar cuenta de la gestión a final del año; encomendó al legislativo acuñar moneda a partir de y como dispusiera el ejecutivo, a comprar y vender bienes nacionales con la aprobación del ejecutivo y prohibió a ambos órganos cualquier práctica tendente a la supresión de la existencia política de la nación. En caso de acusación política contra algún 46
El término griego, buleutikón, recuerda otro semejante de la antigua Atenas y es responsable de que a sus miembros se les denomine a veces con el nombre de buleutas.
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diputado, dictaminó que se nombrara una comisión de siete miembros del ejecutivo para la investigación, si la acusación era admitida, y para informar por escrito de la sentencia al legislativo; y si el imputado era declarado culpable por dos tercios de los votos, se le desposeía de su cargo y se le enviaba como simple ciudadano al Tribunal Supremo de la Nación para ser juzgado y sancionado según las leyes, pero sin ser encarcelado antes de la deposición. Por el mismo procedimiento se imputaba y juzgaba a los ministros si caían en la misma acusación; los miembros del legislativo eran también acusados ante el ejecutivo en tales casos de culpabilidad, pero controlados por una comisión de nueve miembros; y si después del control eran condenados por los cuatro quintos de los votos del ejecutivo, eran desposeídos del cargo y enviados al Tribunal Supremo de la Nación, como los parlamentarios y ministros, pero tampoco ellos eran encarcelados antes de su degradación. Si todo el legislativo firmaba un pacto contra la existencia política de la nación o incurría en otra acusación de ilegalidad, entonces, desde el momento en que se probara la acusación, era desposeído en primer lugar el presidente y, después de su sustitución, eran acusados los miembros uno por uno de la forma descrita y castigados si eran hallados culpables. El gobierno debía, según prescripción del congreso, socorrer a las viudas y huérfanos de los caídos por la patria y a los mutilados de guerra, premiar a los héroes y a los leales servidores y compensar a los que contribuyesen a satisfacer las necesidades de la nación.
El Congreso, después de fijar todo lo relativo al ejecutivo y al legislativo, deliberó también sobre la rama judicial y determinó que se estableciesen tribunales: supremo donde residiera el gobierno, de apelación en la sedes de las administraciones centrales, y de primera instancia en cada provincia, sin jurisdicción criminal, confiada sólo a los de apelación y al supremo; dispuso también en cada comunidad y en cada aldea un juzgado de paz y la aplicación del derecho bizantino para lo civil y lo criminal y el francés para el mercantil, hasta que se confeccionaran códigos nacionales. Cuando se hubo estructurado así el gobierno provisional, puso a sus órdenes a las dos Gerusías y al Areópago y suprimió los símbolos y las banderas de la Filikí Hetería; y acogió como figura del escudo nacional a Atenea, y como bandera nacional la de las nueve franjas horizontales alternando blancas y azules. La abolición de los símbolos de la Sociedad era necesaria. Los griegos trataban de atraerse la simpatía de las cortes; pero las cortes, como hemos visto, sentían aversión por las sociedades secretas, que se 107


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la tenían jurada. Aunque la Filikí Hetería no tenía relación con otras sociedades secretas, la declaración de la Santa Alianza en Liubliana la incluía en esta categoría; por ello, el interés de Grecia exigía borrar lo que superficialmente la inculpaba. Pero Hypsilandis se indignó y enfadó en particular con Mavrokordatos, al que veía, con razón, como instigador de este hecho. A partir de ahí creció más aún la discordia entre los dos.
Dispuestas así las cosas, el congreso pasó a la formación del nuevo gobierno y eligió miembros del legislativo a Mavrokordatos, como presidente; al más democrático de los notables, Kanakaris, que ejerció de vicepresidente; a Anagnostis Papayannópulos (Diliyannis), a Ioannis Orlandos y a Ioannis Logothetis. Los delegados del Peloponeso y de Grecia Continental, que tenían no sólo el mandato de constituir el congreso, sino también la capacidad de formar parte del gobierno, quedaron como miembros del ejecutivo si no habían sido incluidos en el legislativo; los de las islas, a los que no se les había dado la misma licencia, no figuraron en el ejecutivo, pero las islas participantes y otras enviaron sus miembros para éste poco después; se designó a Corinto sede provisional del nuevo gobierno y así se disolvió el congreso el 15 de enero, después de trabajar pacífica y ordenadamente todo el tiempo que duró y manifestando al finalae que la guerra de Grecia contra los turcos no se basaba en principios demagógicos, partidistas o interesados, sino que tenía como meta sacudir el cruel yugo extranjero e igualar políticamente a los griegos con los restantes pueblos cristianos o, de fracasar, su total aniquilación, preferible a pasar la vida bajo tan vergonzosa esclavitud. El manifiesto refería también las causas por las que hasta entonces se había diferido el ordenamiento nacional y, después de dar a conocer lo sucedido, llamaba al pueblo a la concordia, a la observación de las leyes y a la sujeción al gobierno como únicos medios conducentes al asentamiento de su independencia.
El alzamiento de Grecia no fue un conflicto sobre sistemas políticos, sino con el fin de sacudir el yugo otomano y despertar el nacionalismo griego; por ello, cuando los griegos se reunieron en Epidauro, no incurrieron en enconados debates sobre el poder.
De entre los tres regímenes –monarquía, oligarquía y democracia–, el monárquico era sin discusión el más grato al pueblo en Grecia. “¿Cuándo llegará el rey?” preguntaban los griegos de un extremo a otro de Grecia; las islas navieras en sus documentos y la Grecia Oriental en su congreso veían oficial y unánimemente la monarquía como el colmo de sus deseos. Hubo 108


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algún griego que, beneficiado por tal sentimiento de todas las clases sociales del pueblo griego, pudo ser investido monarca. Se sugería a Hypsilandis para tal puesto, pero la parte predominante del congreso nacional era del todo contraria a él; por ello, fue derribado más que elevado.
Quizás habrían podido entronizar el sistema oligárquico los notables, que eran los más fuertes en la asamblea, pero ni siquiera lo intentaron: el principal objetivo de éstos era la no elevación de Hypsilandis y el no reforzamiento del ejército; pensaban que la usurpación del poder nacional iba en contra de este objetivo. En realidad tal régimen, no grato en general, era capaz de desplazar a muchos políticos amigos suyos e instalarlos en las filas de sus enemigos, de unir en su contra a los ejércitos de Grecia Continental y del Peloponeso, no unidos hasta entonces. Contribuyeron también contra la implantación de la oligarquía las siguientes razones: Grecia, habiendo asumido la terrible lucha y apoyándose en la justicia y santidad, porque toda lucha nacional contra una potencia extranjera es justa y sagrada, esperaba ayuda exterior y, en el exterior, había sólo dos regímenes que tenían defensores: el monárquico y el democrático; el primero regía las cortes reales, el segundo los pueblos; así que el oligárquico perjudicaría más que aprovecharía a Grecia desde el exterior, pues era desasistido por las cortes y odiado por los pueblos; pero nosotros, conociendo de cerca a los notables del Peloponeso y habiendo participado en la lucha, debemos concederles el respeto que sin duda alguna merecen reconociendo que, si nunca mostraron disposición a entronizarse como dueños de la patria usurpando la soberanía nacional, no fueron influidos sólo por intereses políticos, sino también por elección patriótica y libertaria. Todos estos motivos contribuyeron al establecimiento en Epidauro de un gobierno democrático cuando el elemento democrático era muy débil, porque sus únicos adeptos eran los escasísimos jóvenes que estudiaban en Europa.
Para que la entonces todopoderosa Santa Alianza no se conturbara con el establecimiento de un gobierno democrático, dicho gobierno fue tildado de provisional y dejó la puerta abierta a cambios políticos fundamentales.
De cuanto hemos dicho en nuestro recorrido por los trabajos del congreso, queda claro que el ejército del Peloponeso fracasó, pues todo el poder fue dado a sus rivales, y que Hypsilandis perdió ascendencia, pero nadie contradijo ni se opuso a las decisiones de la asamblea. El propio Hypsilandis, que pasó disgustado en Corinto todo el tiempo que duró el Congreso, al ver que el Mando de la Filikí Hetería era sepultado 109


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en Epidauro por el nuevo símbolo, Atenea, y por la bandera bicolor, y que se enterraba con él todo el poder que dimanaba, aceptó la presidencia del ejecutivo, que se le dio como muestra de consideración por la estima social que se le guardaba, pero ni aún entonces se trasladó a Epidauro, donde desempeñaba las funciones de la presidencia Petrobey, en calidad de vicepresidente.
El mismo día de su constitución, el legislativo nombró a los secretarios, a los que llamó ministros: secretaría de Estado, Asuntos Exteriores y presidente del consejo de ministros, Negris; de Interior, Ioannis Kolettis; de Economía, Panutsos Notarás; del Ejército, Notis Bótsaris; de Marina, un comité trimembre; de Justicia, Theódoros Vlasis; de Religión, el arzobispo de Andrusa, Iosif, y de Policía, Lambros Nakos; al día siguiente, anunció la inauguración de sus sesiones.
La primera preocupación del nuevo gobierno fue conseguir fondos para la constitución y conservación de los campamentos y para la movilización de la flota. A tal fin se votaron préstamos y contribuciones generales, pero fue de poca utilidad por culpa de las circunstancias. Se habló mucho también en la reunión sobre embajadas en las cortes europeas, pero el gobierno, al que se le encargaba la tarea, no consideró razonable emprender nada en aquellas circunstancias, porque estaba clara la predisposición en contra nuestra de las cortes y, con arreglo a ella, el rechazo de las embajadas era seguro. Las dos cámaras gubernamentales siguieron trabajando en Epidauro, la ejecutiva hasta el 23, la legislativa hasta el 28; después se trasladaron a Corinto, donde reanudaron sus interrumpidas sesiones el 31, la ejecutiva bajo la presidencia de Hypsilandis, la legislativa bajo la vicepresidencia de Kanakaris, porque el presidente Mavrokordatos había ido desde Epidauro a Hydra a la partida de la flota y a investigar un rumor sobre una conspiración para someterla; pero esta intriga, si de verdad existió, se diluyó sin provocar daño ni perturbación.
El gobierno, por los días en que se encontraba en Epidauro, no tardó en votar la acuñación de medallas con la imagen por una cara de Atenea y, rodeándola, la leyenda “Grecia agradecida” y, por la otra, “Congreso Nacional. MDCCCXXII”47; se acuñaron estas medallas en agradecimiento a los que en Epidauro suscribieron el ordenamiento político pacíficamente, en seguridad y concordia, y a los colaboradores en su redacción. Los 47
Ἡ Ἑλλὰς εὐγνωμονοῦσα y Ἐθνικὴ συνέλευσις. αωκβ′, respectivamente.
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miembros del gobierno eran a su vez miembros del congreso, así que se otorgaron a sí mismos estos honores como liberadores de la patria, olvidando a sus verdaderos libertadores en la guerra.
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1821-1822 CAPÍTULO XXVIII DESGRACIADA CAMPAÑA CONTRA CARISTIA Y MUERTE DE HILÍAS MAVROMICHALIS.- PARTIDA DE LA ESCUADRA OTOMANA Y DESEMBARCO DE TROPAS EN PATRAS.- BATALLA NAVAL EN LA BAHÍA DE PATRAS.- LO QUE HUBO ENTRE EL GOBERNADOR DE LAS ISLAS JÓNICAS Y LA ESCUADRA GRIEGA.- EXPEDICIÓN PARA EL ASEDIO DE PATRAS AL MANDO DE KOLOKOTRONIS .-
Por la época en que el Congreso de Epidauro redactaba la Ley Fundamental, marchó a Atenas como jefe del sitio de la acrópolis Hilías Mavromichalis, a propuesta de los naturales y con la aquiescencia de los de Epidauro.
La primera desgraciada expedición contra Caristo, sobre la cual hemos hablado en otra parte, no desilusionó a los que luchaban por apoderarse de ella. Se atribuyó el fracaso a la anarquía imperante entonces en el ejército, a la inexperiencia de los soldados y principalmente a la falta de un jefe digno y que inspirara respeto. El infatigable obispo de Caristo, que había organizado la primera campaña, intentó una segunda: marchó a Hydra, de aquí a Tríkorfa, volvió a Hydra, visitó Kea siempre enrolando, recaudando y procurándose municiones y vituallas y, el 16 de noviembre, arribó a Eretria, donde estuvo algún tiempo, porque Omer Bey rondaba por las aldeas de alrededor de Kumi acopiando y guardando víveres en Stura. Al alejarse éste, el obispo marchó a Vrysakia con 50 hombres al encuentro de Anguelís; pero, al llegar al campamento, apareció el enemigo, que venía de Calcis y sabía de sus viajes; abierto el fuego en el llano de Kastela, enfrente del campamento, los turcos perdieron dos combatientes y volvieron al fuerte. A los tres días, el obispo se dirigió a Eretria llevando consigo, con la aquiescencia de Anguelís, a Kriezotis y su partida como combatientes, para liberar Caristo. Comenzado el Ramadán, Omer Bey descansó en Caristo y los demás turcos en Stura.
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Entonces los notables de las aldeas se reunieron en Aliveri sin ser importunados y acordaron, antes de intentar nada contra Caristo, traer de fuera un jefe importante y capaz, con suficientes soldados curtidos en la guerra; la comisión enviada a la busca de este jefe, de la cual formaba parte el obispo, encontró a Hilías Mavromichalis en Atenas, llegado allí por aquellos días; lo persuadió a no asumir el asedio de la acrópolis, lo eligió por votación jefe de todas las tropas contra Caristo y le dio licencia para alistar tropas a sueldo. Pero mientras la comisión hacía esto, los subjefes del ejército de Eubea, formado por unos 700 naturales del lugar y extranjeros, desaprobando el envío de la comisión, nombraron jefe a Vassos Mavrovuniotis, que había llegado en agosto de Esmirna a Kumi y sucedido por común acuerdo de los kumiotas a su difunto jefe, Papás.
Así pues, el ejército se encontró con dos jefes en vez de uno.
El 3 de enero llegó Hilías a la aldea del Ática que está enfrente de Eubea, Kálamos, guiado por su tío Kyriakulis y acompañado por 600 hombres, y el día 5 cruzó con todos sus efectivos donde el resto del ejército. Al mismo tiempo llegó una carta de Odiseo al obispo diciendo que él también iba con unos dos mil. Al llegar Hilías, se recibían constantemente en el campamento griego cartas de los de Stura rogándoles que los liberaran de los turcos anidados entre ellos, que los tiranizaban. Las reiteradas súplicas obligaron al valeroso Hilías y a los demás a marchar hacia Stura sin esperar las fuerzas anunciadas por Odiseo y, con este fin, se encaminaron todos a Mesochoria, a dos horas de Stura, y esperaron allí, deliberando acerca de la operación emprendida. Hilías y Vassos llegaron a un acuerdo para ser considerados ambos como jefes, se abrazaron como hermanos y juraron ante el obispo y sobre el Evangelio ayudarse en caso de necesidad y guardar la disciplina entre los hombres bajo su mando.
Trescientos turcos escogidos residían por aquellos días en Stura, donde estaban los silos. Antes de atacar los griegos, sus dos jefes planearon enviar 150 hombres cada uno a ocupar Diakoftion –un desfiladero entre Stura y Caristo– con el objeto de impedir toda ayuda proveniente de Caristo y, el día 11, partieron ellos de Mesochoria y tomaron dos pequeñas localidades, a media hora y un cuarto de hora de distancia de Stura respectivamente; Vassos se situó en la más cercana e Hilías en la más alejada. El día 12, al clarear la mañana, aparecieron fuera de Stura los turcos, desafiando a los griegos a un duelo a la manera homérica.
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Aunque no se habían enviado los 300 a ocupar el paso según el plan, los de Vassos se lanzaron sin esperar a los de Hilías pero, comenzada la batalla, se añadieron éstos y, combatiendo juntos valerosamente, rechazaron al enemigo hasta la aldea y, al mediodía, lo arrinconaron dentro de unas pocas casas fortificadas. Hecho esto, Vassos y Kyriakulis tomaron algunos hombres y fueron a ocupar el paso de Diakoftion; pero mientras ellos iban, venía de allí Omer Bey, que había sido informado la víspera de los movimientos del enemigo. En inferioridad de condiciones, los de Vassos y Kyriakulis retrocedieron y se alejaron de los que bloqueaban al enemigo en Stura, los cuales no se esperaban ningún ataque externo, porque suponían ocupado el paso; pero al saber de repente que venía Omer Bey y oír el tiroteo, huyeron unos a los barcos, otros a las aldeas lejanas.
Salió entonces Hilías de la aldea con sólo 7 compañeros que lo adoraban y le seguían siempre y, tomando un molino de viento desvencijado en lo alto de una loma, llamado vulgarmente Kokkinómylos48, animó desde allí a los demás a resistir, pero vanas fueron sus exhortaciones patrióticas: cuando Omer Bey estuvo cerca de Stura, salieron los turcos de dentro de las casas fortificadas y, persiguiendo por un lado y por otro a los griegos en fuga, vinieron a parar al Kokkinómylos, donde se concentraron todos luchando. Entonces Hilías y los suyos, viendo que se habían quedado solos, trataron de pasar sable en ristre por en medio de los enemigos pero, excepto dos que se salvaron, murieron todos, entre ellos el muy agraciado y valiente Hilías, que tuvo una vida gloriosa y una muerte más gloriosa aún. Omer Bey, al saber que una de las bajas era este joven oficial, le cortó la cabeza y la envió a Constantinopla.
Después de esta derrota, se reunieron los notables políticos y militares en Aliveri para intentar conservar el campamento. Mientras deliberaban sobre una segunda acción, llegó Odiseo con 300 y les infundió ánimos; a finales de enero, marcharon todos contra Caristo, donde se concentraron también todos los turcos, entre ellos los que ocupaban Stura en la primera batalla. Odiseo, con los 300, tomó la posición de Plakotá y cortó el agua corriente a la fortaleza; Kyriakulis, Kriezotis y Vassos tomaron los jardines, confinando a los turcos dentro del fortín y teniendo enfrentamientos cada día. Debido al bombardeo artillero, se desplomó una parte vetusta de la fortaleza y los turcos, recelando que los griegos se les colaran por allí 48
‘Molino Rojo’.
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de improviso, salían poco desde entonces. Pero cuando el asedio parecía progresar, Odiseo se fue inesperadamente a toda prisa con sus secuaces a Melissonas, a dos horas de distancia de Caristo. Al irse él, el enemigo cayó inmediatamente sobre los que quedaban y los persiguió hora y media hasta Katseroni, donde estaban anteriormente los griegos y donde una vez más pasaron la noche. Por la mañana los jefes, desconcertados con razón por la repentina huida de Odiseo, le enviaron un jinete con una carta en la que preguntaban el motivo de su inopinada fuga y pedían opinión sobre qué hacer. El correo encontró a Odiseo en fuga hacia Stura, después de dejar en Melissonas los enfermos y los víveres, pero no obtuvo respuesta. Al llegar a Stura por la tarde, encontró allí al obispo y a los notables de las aldeas e, interrogado sobre su fuga, aplazó la respuesta hasta el día siguiente; mientras, ordenó a sus huestes ir a Vrysakia y pasar por donde habían venido a la costa de enfrente y él mismo, sin dar ninguna justificación de su partida, cruzó enfrente con 50 desde el puerto de Stura y, desde allí, se fue a Lebadea. Este comportamiento de Odiseo fue interpretado como traición.
Avalaban este supuesto los regalos de tabaco que le había enviado Omer Bey poco antes de su espantada. La idea de traición no se ha borrado aún, apoyada sobre todo en su actuación posterior. Otros más condescendientes atribuyeron su huida al viaje por aquellos días a Grecia Oriental de Hypsilandis y Nikitas, con quienes tenía estrechas relaciones y quería contactar en Lebadea a su llegada. Pero en cuanto a la conducta posterior de Odiseo para explicar la anterior, se equivoca todo el que quiere encontrar siempre a priori una línea coherente de comportamiento en los hombres destacados a lo largo de toda su carrera en la época de la Epanástasis. Las revoluciones, por su violenta dinámica, alteran las cosas, desvían a menudo del objetivo propuesto de partida y, llevadas por los avatares políticos y bélicos, arrastran de ordinario a los hombres y modifican su pensamiento, sometidas a diferentes fases. Odiseo, engrandecido y elevado después de la batalla de Graviá, el más destacado y fuerte de los capitanes de Grecia Oriental en la época de su espantada, no tenía entonces ninguna intención de traicionar. Nosotros, espigando en algunos documentos conservados del Areópago, hemos encontrado una carta de Odiseo en la que explica que fue dicha Institución la que le ordenó volver. La editamos aquí, aunque no justifica la forma de su huida sin conocimiento de sus compañeros.
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“A vuestros pies, aeropagitas.
“Conforme a vuestra orden, no dejé en cuanto recibí vuestra eminente carta de cruzar a este lado. Sin embargo, estoy detenido aquí a causa del mal tiempo, no pasaron todos los hombres y los estoy esperando aquí. Sin embargo, si hay necesidad, escribidme para que llegue inmediatamente sin retraso; estoy listo para cumplir vuestras órdenes. Espero.
Ordí Kapandriti, 15 de febrero de 1822.” Tras la huida de Odiseo de Caristia, los restantes capitanes consideraron su permanencia por más tiempo allí del todo inútil, por lo que a excepción de Kriezotis, nativo del lugar, que se quedó y se echó a los montes de Eretria y Kumi, todos se fueron, entre ellos el obispo, y así la segunda expedición para liberar Caristo terminó peor que la primera. Quedaba, como antes, el otro ejército de Eubea en Vrysakia, pero también éste sufrió al poco una tremenda desgracia al morir en una refriega en Kastela por el mes de marzo su jefe más cualificado, Anguelís, hermano de Anagnostis, y Kotsis.
Después de este desastre fue nombrado jefe del campamento Tomarás.
Por la misma época, en pleno invierno la Puerta, en contra de su habitual manera de actuar, preparó una operación por mar y tierra contra el Peloponeso. La fuerza marítima, bajo la dirección del capitán bey, que tenía a sus órdenes al vicealmirante de Egipto, Gibraltar, y algunas naves de Argel, Túnez y Trípoli, se componía de 3 fragatas, 4 corbetas y 8 navíos de dos mástiles; participaban muchos otros cargueros que llevaban para su desembarco hasta 4000 soldados asiáticos al mando de Kara-Mehmet Pashaaf, anteriormente artillero mayor, y equipamientos militares de todo tipo. Esta fuerza marítima apareció el 27 de enero cerca de Hydra, donde fondeó e izó algunas banderas. La aparición de estas banderas dio nuevo impulso a considerar real la conspiración sobre la que hablábamos antes, pero no hubo aparentemente respuesta y la escuadra navegó hasta Metona, la avitualló y, sabiendo que Neókastro estaba casi desguarnecido, se dispuso a atacarlo de improviso y, el 30 de enero, se aproximaron una fragata con la enseña de Gibraltar, una corbeta y un bergantín, llegando también turcos por tierra desde Metona. Se encontraban allí unos 40 filohelenos, al mando del general Normann, que habían llegado poco antes de Marsella. Estos 117


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aguerridos y expertos artilleros, con la colaboración de los griegos que se habían quedado –porque, al mostrarse la fuerza enemiga, la mayoría de los que había en el fuerte habían huido– respondieron con éxito a las andanadas de las naves enemigas, obligándolas a alejarse sin conseguir nada; fueron heridos tres de los defensores y también recibieron heridas o murieron algunos otomanos. Después de este fracaso, la flota zarpó entera y el 2 de febrero entró en la rada de Zacinto, donde el gobierno neutral la recibió bien, mientras que, como vimos, había despedido hostilmente al barco griego que entró en el puerto poco antes, sin dejarlo anclar siquiera.
A causa de los vientos desfavorables, la escuadra permaneció allí hasta el 13, zarpó y, sin encontrar ningún obstáculo durante toda su travesía, llegó a Patras, donde fueron desembarcados los suministros de guerra, entre ellos 20 cañones de tierra y los cuatro mil soldados con su jefe, Mehmet Pasha.
Mientras la escuadra enemiga surcaba los mares griegos, las tres islas navieras preparaban sus barcos. Veintisiete de Hydra al mando de Miaúlis, sucesor del dimitido almirante Yakumakis Tombazis, veinte de Spetses al mando de Guikas Tsupis, dieciséis de Psará al mando de Nikolís Apostolis y dos brulotes se concentraron en aguas de Hydra, zarparon el 8 de febrero y echaron el ancla en aguas de Mesolongui el día 16; el 17 y el 18 navegaron hacia Patras, pero viraron a causa de un fuerte viento en contra; zarparon de nuevo el 20 tres horas antes de amanecer, siempre con viento contrario; zarparon también los barcos enemigos que estaban en el puerto de Patras. Las dos escuadras pugnaban: la turca para pasar sin lucha, la griega para dañar a la turca a su paso. Hasta entonces la griega, cada vez que se enfrentaba al enemigo, acechaba sus movimientos en vez de atacar, intentando dañarla sólo con los brulotes, pero el nuevo almirante, el valerosísimo Miaúlis, cambió la forma de combatir: dio la señal de luchar cuerpo a cuerpo y, aunque el imperante viento en contra se hizo más fuerte, se lanzó el primero por entre dos fragatas, sorprendiendo al mismo enemigo por su tremenda audacia. Detrás de él llegaron Manolis Tombazis, Sachturis, Andonis Kriezís, Guikas Tsupis, el almirante de Psará –Konstandinos Kotsiás–, Kosmas y Lambros y pusieron patas arriba a toda la flota enemiga. Unas cinco horas duró la batalla naval, en condiciones casi de tempestad. Murieron tres griegos y fueron heridos diez, siendo muy dañados los barcos. No se saben las pérdidas de la flota enemiga, pero su terror fue manifiesto porque, al separarse las dos al atardecer, huyó en desbandada como a un refugio al puerto amigo de Zacinto, de manera que 118


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dos navíos cayeron de noche en los bajíos junto al lazareto; los restantes a punto estuvieron de sufrir de manos amigas más de lo que sufrieron de las enemigas, porque tanto miedo tuvieron los barcos de guerra ingleses y austríacos que se hallaban en el puerto de Zacinto de que se precipitaran sobre ellos navegando desordenadamente en la oscuridad, que les dispararon como si fueran hostiles. Las naves turcas temían a las griegas que las acechaban fuera del puerto de tal modo que, en su desesperación, estaban dispuestas a abrir fuego sobre la ciudad si no eran acogidas. Una vez que la escuadra griega circunnavegó dos días alrededor de Zacinto, bajó a Katákolon a surtirse de agua.
El día 23 llegó a ella un barco inglés atribuyendo al mal tiempo la no expulsión de la flota turca del puerto de Zacinto y prohibiendo severamente todo choque entre ella y la griega dentro del mar Jónico.
Ante esta información, la escuadra griega volvió el mismo día al puerto de Mesolongui y la turca salió de Zacinto al atardecer; pero al amanecer del día siguiente desapareció, pues mientras simulaba por la noche navegar hacia Patras con la idea de ocultar sus verdaderas intenciones, como se averiguó después, y evitar de esta forma las nuevas acometidas de los griegos, cambió el rumbo en la oscuridad de la noche y se refugió en Alejandría donde, sobrevenida una tempestad, se fue a pique una de las fragatas. La escuadra griega navegó hacia Patras para apoderarse de los cargueros que se habían quedado allí, pero estos buques, al ver la bandera griega, cortaron las amarras y se refugiaron dentro de los fortines del golfo de Corinto, donde se acogieron a seguro. El 27 de febrero se retiró a sus bases la flota griega, quedando en el puerto de Mesolongui sólo ocho barcos al mando de Miaúlis.
Quedaban en Murtos, de la flota turca que navegó hacia allí en otra ocasión, una fragata, una corbeta y cuatro navíos de dos mástiles. Miaúlis, queriendo apoderarse de ellas o quemarlas, envió en primer lugar las otras siete a Riniasa, frente a Andípaxos, a tomar allí 200 hombres de la guarnición suliota que combatieran por tierra para el buen éxito de la operación, y él las siguió, llevando municiones desde Mesolongui para uso de los soldados. El 6 de marzo zarpó la flotilla de Riniasa; cuando estaba a diez millas de Murtos, llegó un barco inglés anunciando que no se le daba permiso para navegar al islote de Murtos junto a la costa del continente, porque se halla en el estrecho entre Corfú y el Epiro. El almirante Miaúlis envió seguidamente a Corfú el Terpsícore, un barco de su flotilla, a quejarse ante el alto comisionado por 119


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la inesperada prohibición y regresó con sus restantes barcos a Mesolongui, esperando allí la respuesta. El día 9 llegó el Terpsícore ante Corfú y el capitán, llevando la carta, entró en el puerto a bordo de su bote dejando fuera el barco al pairo, en disposición de dirigirse hacia el almirante cuando volviera con la respuesta. Pero, en su ausencia, el gobierno llevó el Terpsícore al puerto sin que él lo supiera y arrió su bandera. Hecho esto, informó al capitán sobre lo que había hecho diciendo que no se adueñaba del barco por enemigo, sino porque las tripulaciones de otras embarcaciones griegas habían asaltado la tierra de Hagía Mavra y robado reses, y por eso el barco debía permanecer en el puerto de Corfú hasta dar la conveniente satisfacción por la violación de un territorio bajo bandera neutral y pagar la indemnización por el robo del ganado; también ordenó que desamarraran las velas del barco. El capitán, que esperaba unas cosas y encontró otras, se opuso al desamarre de las velas y amenazó con que, si lo obligaban, prendería fuego a la santabárbara del barco e incendiaría junto con él a las demás embarcaciones que había en el puerto, pero al día siguiente obedeció y las soltó. La violación de tierra neutral y robo de ganado de que se trataba eran ciertas, y el comisionado tenía razón en reclamar la satisfacción y la multa, pero ¿cómo podía incautarse de un barco inocente enviado a él de buena fe por otro motivo? La represalia es justificable cuando el malhechor niega la satisfacción debida, pero ¿acaso el gobierno griego la había negado o podía negarla alguna vez? ¿Y acaso los turcos no habían hecho las mismas cosas y peores contra la bandera inglesa?
¿No habían raptado hacía poco en un barco con pabellón anglojónico no reses, sino hombres y muchachas, la familia de Apostolis Perukas de Patras?
Y sin embargo, los ingleses ni retuvieron ningún barco turco ni ofendieron la bandera turca y se contentaron con liberar a los cautivos, y casi desnudos. Y todo esto lo hacía el gobernador para deshonrar la bandera griega delante de un barco de la flotilla turca, que se encontraba por aquellos días en el puerto de Corfú.
Después de haber sido así retenido hasta el día 21, el Terpsícore fue soltado a instancias del almirante inglés, que llegó por aquellos días y desaprobó la conducta de Maitland; fue a Mesolongui la noche del 22 y allí lo esperaba Miaúlis quien, al ver que no se autorizaba el proyectado ataque contra las naves enemigas en Murtos, se retiró a sus reales el 24 con todos los barcos.
Entretanto, el alto comisionado envió a Hydra la fragata Cambria al mando de Hamilton y, a bordo de ella, al intérprete del gobierno, Petridis, 120


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y notificó que reclamaba cuatrocientos dístila como indemnización por el robo del ganado en Hagía Mavra y satisfacción por el allanamiento de un territorio neutral; que por precaución sanitaria prohibía a las embarcaciones bajo pabellón griego acercarse dentro de un radio de 4 millas a las costas jónicas y navegar hasta el canal de Corfú; que el islote de Murtos pertenecía al Heptaneso y, como tal, era inabordable; y que el gobierno griego debía informar por anticipado al alto comisionado cada vez que la flota griega tuviera la intención de atravesar el mar entre las Islas Jónicas y la costa griega.
Al saberlo, el gobierno griego se apresuró a enviar hacia el comisionado a Spaniolakis y le encomendó que entregara en mano la carta que llevaba y le dijera que el gobierno griego estaba dispuesto a pagar los cuatrocientos dístila reclamados; que se ocuparía de encontrar a los culpables y castigarlos; que un alejamiento de las naves griegas a una milla de la costa jónica le parecía igual de efectiva a efectos higiénicos que un alejamiento de cuatro; que si el gobernador consideraba el islote de Murtos como una dependencia del Heptaneso y por tal razón excluía de su puerto a las embarcaciones griegas, según la declarada neutralidad debía alejar también a las otomanas; y que el gobierno griego, aunque se perjudicaban sus intereses mediante la revelación de sus objetivos, consentía en informar previamente al gobernador sobre la travesía proyectada cuando las embarcaciones que fueran a atravesar el mar Jónico llegaran a Glarentsa.
Con estas lógicas y conciliatorias instrucciones, Spaniolakis salió de Corinto pero, apenas el barco que lo llevaba arribó al puerto de Corfú, el alto comisionado le ordenó echar el ancla en un apartado rincón y lo rodeó de guardias y soldados que vigilaban severamente, no fuera que la tripulación entrara en contacto con los habitantes de la ciudad; confinó en el buque al enviado de Grecia y, el 16 de abril, le envió la siguiente respuesta, firmada en su nombre y por orden suya, por su consejero Frederick Hang: “Señor, El Lord Alto Comisionado de las Islas Jónicas ha recibido unas misivas diciendo ser remitidas por ciertas personas que se autodenominan “Gobierno de Grecia”, por conducto de un enviado que se encuentra por el momento en este puerto y al que se le ha encomendado por el autodenominado “gobierno” en cuestión entrar en negociaciones con el Lord Alto Comisionado.
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Su Excelencia desconoce por completo que exista un gobierno provisional en Grecia, por lo cual no puede reconocer al tal enviado y sólo la necesidad de observar los principios de la más rigurosa neutralidad, como los ha observado siempre, le mueve a afirmar haber tomado en consideración algunos de los puntos contenidos en las misivas; así pues, tiene a bien mostrar que no desea mantener relaciones con una Potencia nominal que no conoce, y que su decisión es en resumen la siguiente: El barco llamado griego, que navega bajo pabellón no reconocido y no aceptado en lugar alguno, queda excluido de los puertos jónicos.
Su Excelencia no debe discutir con una Potencia no reconocida lo que juzga razonable hacer; dice no obstante que el islote de Murtos depende del Estado jónico y que el rey de Inglaterra es su único protector. Además, Su Excelencia considera todo el canal entre Murtos y Kasiopía de Corfú como puerto virtual de Corfú. El gobierno jonio, impulsado por los principios de la antedicha neutralidad, que ha observado siempre con respecto a los beligerantes, deplora la loca presunción de quienes han llevado los asuntos a la situación actual.
Su Excelencia vería con buenos ojos que se marchara cuanto antes de este puerto.” Por medio de esta carta, el gobernador prohibía a los barcos griegos la travesía entre Corfú y la costa del continente y su acceso a los turcos fondeados en el puerto de Murtos, porque consideraba el paso como puerto en la práctica de Corfú y el islote de Murtos bajo el exclusivo patronazgo de Inglaterra. Antiguos tratados entre Venecia y Turquía prohibían de hecho poner proa hacia el paso a naves hostiles turcas, así como la erección de defensas en la costa turca del canal, pero el sentido de lo que se fijó entonces era, como es obvio, la seguridad de la isla de Corfú frente a un posible desembarco turco; al pasar la soberanía de las islas de Venecia a otros, la cláusula se contemplaba como inexistente, pero si el alto comisionado quería aplicarla, ¿por qué entró en contradicción consigo mismo permitiendo a los barcos turcos entrar en el canal prohibido y acogerse a seguro dentro de él? Y si pretextaba que los recibía basándose en la secesión de Alí, ¿por qué los mantuvo después de la derrota de éste, en contradicción con su proclama? ¿No decía en ésta que no se admitía a barcos turcos ni griegos dentro de los puertos jonios? ¿No debió expulsar 122


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a los turcos ya que no recibía a los griegos? La parcialidad del gobernador en perjuicio de Grecia era tanto más reprochable cuanto quería camuflarla siempre con el nombre de rigurosa neutralidad. El tono de la misiva, indigno de un señor que ocupaba tan elevada posición, basta por sí solo a mostrar sus sentimientos para con la causa griega.
Kolokotronis, aunque se le había impedido ir en expedición a Patras después de la caída de Tripolitsá, tras el Congreso de Epidauro fue nombrado por unanimidad jefe del asedio y desplegó suma actividad en los preparativos de la campaña. En primer lugar fue a Tripolitsá, donde había enviado en nombre del gobierno sus disposiciones sobre reclutamiento a muchas provincias del Peloponeso y, habiendo dejado a su hijo Panos como alcalde, se trasladó a Karýtena y de aquí a Gastuni, donde empleó unos días en aprestar lo necesario para la guerra.
La división entre los notables y los capitanes del Peloponeso en ningún lugar era tan sensible ni tan perjudicial como en la provincia de Karýtena, pues en las demás prevalecía un partido sobre el otro, pero en ésta los oponentes, los Diliyannis y los Kolokotronis, eran parejos en fuerza. En vano trataron los de Epidauro de reconciliarlos: orgullos, rivalidades e intereses echaban por tierra cualquier compromiso. Los Diliyannis querían conservar la preeminencia que tenían en la provincia antes de la insurrección, Kolokotronis quería dirigir él todos los efectivos militares.
En la actual circunstancia, puesto que las dos partes valoraban mucho la expedición, se pusieron de acuerdo en alistar cada partido a los suyos y en que los de Diliyannis no acamparan donde los de Kolokotronis. Cuando los diferentes cuerpos marcharon desde las respectivas provincias a Patras –1500 de Karýtena al mando de Plaputas, 800 de Gastuni al mando de Konstandinos Petmezás y otros tantos de Tripolitsá, Fanari y Pirgos al de Yenneos y otros jefes– se emplazaron en la aldea de Alí-tselepís, a 8 horas de Patras; a los pocos días, se trasladaron a la villa más cercana de Achaiá, a 4 horas de Patras. Los de Kalávryta, unos 1000 al mando de Zaímis entre otros, y los de Patras, unos 500 al mando de los Kumaniotis, se situaron al principio en Nezerá, y al poco ocuparon también Chalandritsa. Se unieron también los llegados después de Karýtena al mando de Kanelos Diliyannis, unos 800, y los 600 de Tripolitsá al mando de, entre otros, Sékeris y Levidiotis. Ocuparon también Selá unos 300 al mando de Londos.
Kolokotronis acampó en la aldea de Alí-tselepís; a principios de marzo, los expedicionarios sumaban 6300.
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Los turcos de Patras, reforzados por los que acababan de desembarcar allí, eran suficientes no sólo para la defensa, sino también para la ofensiva.
El 25 de febrero salieron en masa bajo la dirección del recién llegado Mehmet Pasha y pernoctaron en la aldea de Tsukalás. Al día siguiente, marcharon dos mil por Achaiá y una cantidad menor por Chalandritsa.
Estas dos aldeas distan entre sí cuatro horas y media; los de Patras que ocupaban Chalandritsa, que eran pocos, huyeron, y el enemigo incendió la villa; los mandados por Plaputas, Yenneos y Petmezás, al ver Chalandritsa en llamas y saber por los de vanguardia que atacaban los turcos, fueron sin miedo a su encuentro. Era ésta la primera vez que los peloponesios iban a una batalla con los anatolios, a los que por la vestimenta y la forma de guerrear llamaban en son de burla kaklamanos y a Mehmet Pasha, Kaklamán-pachá; pero los kaklamanos, aunque no hábiles en manejar los fusiles, tampoco eran cobardes, y sí que eran diestros con la daga.
En este encuentro los griegos los pusieron en fuga, los persiguieron y los arrinconaron en la loma de Tsukalás. Esta batalla duró casi hasta el atardecer; por la noche volvieron los turcos a Patras y los griegos a Achaiá.
Murieron en la batalla 4 griegos y 30 turcos, entre ellos el comandante que, rodeado por Apostolis Kolokotronis y otros tres griegos y con dos heridas, cercenó primero la cabeza de uno de los que le rodeaban y cayó muerto después por los golpes que le infligieron los demás.
Después del choque referido, Kolokotronis llevó las tropas más cerca del enemigo y él y las de Plaputas ocuparon Saravali; las de Yenneos y Tsannetos Christópulos, Paleópyrgos; y las de Petmezás, Yannakis Kolokotronis y Papastathópulos, Ovriá; 700 de Kalávryta recibieron la orden de tomar el Yirokomíon. Antes de que fuera el contingente en pleno a ocupar dicha posición, se adelantaron 60 de ellos. Simultáneamente, salieron de Patras algunos turcos para ocupar la misma posición y la encontraron ocupada previamente por los 60 griegos. Entraron los demás kalavrytenses en el Yirokomíon y, hecho esto, salieron dos mil turcos contra aquella posición.
Entonces Kolokotronis envió en auxilio de los del Yirokomíon a Yenneos por la parte superior derecha del Kynigós y a Plaputas por el llano. El plan dio resultado y los griegos pusieron en fuga a los turcos, entrando en su persecución hasta la misma ciudad y matando a 30. Destacó por encima de cualquier otro el alférez Karachalios quien, herido en la cabeza a la primera embestida de los de Plaputas contra el enemigo, quedó inconsciente y cayó, pero al poco se levantó, asió la bandera y precedió a todo el ejército.
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Después de esta batalla, ocurrida el 2 de marzo, los griegos volvieron a sus posiciones por orden de Kolokotronis, que no aprobó que permanecieran en la ciudad. Al día siguiente bajó de Nezerá el resto de los griegos y los de Tripolitsá, mandados por Sékeris, ocuparon el lagar de Said Agá; los de Patras, mandados por los Kumaniotis, la posición del Kynigós, junto al Yirokomíon; por último, los de Diliyannis se emplazaron por Purnarókastro y Zaímis, con algunos kalavrytenses, en el monasterio de Omblós.
Mehmet Pasha, tras fracasar tanto en la primera como en la segunda incursión y ver al enemigo entrar en la mismísima ciudad, frunció el ceño, se puso en el lugar de Yusuf, que estaba en Río y al que había despreciado hasta entonces, y buscó su colaboración y la de los de Andirrio. A su petición fueron despachados a Patras unos 8000 hombres, que marcharon bajo la dirección de los dos pashás y, cayendo en primer lugar sobre el Kynigós, pusieron en fuga a los de Patras que ocupaban la posición al mando de los Kumaniotis, mataron al alférez e izaron su propia bandera.
Muchos griegos de los que estaban en el Yirokomíon y el lagar de Said Agá salieron en auxilio de los perseguidos, pero también ellos fueron derrotados y no pudieron ni volver a sus posiciones. Kolokotronis puso en movimiento los contingentes de Plaputas, Yenneos, Diliyannis, Tsannetos Christópulos y Petmezás, pero los turcos derrotaron también a éstos e incluso pusieron sitio al Yirokomíon. Entretanto, Yenneos salió con unos pocos hacia el lagar de Sait Agá, donde encontró a muy pocos tripolitsiotas con su jefe Sékeris, porque la mayoría de los que quedaban allí habían huido al ver lo que pasaba. En una palabra, los turcos derrotaron a todos los griegos y los obligaron a huir al monte, excepto a los del Yirokomíon y el linar, a los que cercaron y combatieron, y a los de Plaputas, que se hicieron fuertes en el llano. En esta desbandada, Zaímis estuvo a punto de caer prisionero: hallándose en Omblós a la salida del enemigo, se dirigió con algunos soldados al Yirokomíon, donde estaba la mayor parte de los de Kalávryta, y en el camino, durante la huida de los griegos, cayó en medio del enemigo; perseguido, llegó cabalgando al borde de un arroyo, que vadeó a pie tras bajar del caballo y, así, escapó a las manos del enemigo, que se quedó a este lado del arroyo.
En la desbandada Kolokotronis, que esperaba en Saravali, salió solo hacia Paleópyrgos, sin saber ni él a qué iba. Por el camino encontró a Lechoritis, enviado como mensajero por Zaímis, y lo llevó consigo; se acercó a Paleópyrgos y vio encima de él una pequeña bandera griega y 15 125


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griegos sentados y mirando lo que pasaba “¿Quién es vuestro jefe?” les preguntó. “Vanguelis Kumaniotis”, respondieron. “¿Sabéis quién soy yo?” les volvió a preguntar. “No”, respondió Kumaniotis. “Soy Kolokotronis –repuso– “Seguidme, vive Dios.” Bajaron los quince, lo acompañaron y fueron 17 en total; durante la marcha llegaron a 50 al agregar por el camino a Paraskevás Plaputas. “Planta aquí tu bandera, Vanguelis”, dijo entonces Kolokotronis. “Y tú, Paraskevás, ve y toma el horno de cal que hay delante de la bandera de Vanguelis.” “El terreno está al descubierto. Moriremos”, replicaron los de Paraskevás. “No temáis, –repuso Kolokotronis– no os dejaré morir; os enviaré refuerzos.” El nombre de Kolokotronis era un baluarte: hicieron lo que decía y ocuparon el horno. Delante de él había 60 turcos a caballo que se lanzaron contra los griegos, pero éstos resistieron y mantuvieron la posición. Kolokotronis observó que el centro enemigo era fuerte y débiles sus alas; por ello, después de animar el pequeño contingente, fue con el portaestandarte Karachalios y su ayudante Fotakos a la otra parte, la ocupada por los turcos hasta el manantial, y gritó dirigiéndose a los griegos que estaban en los montes: “¡Abajo, griegos, abajo, aquí está Kolokotronis!” Al oír su voz de trueno y su nombre, empezaron a bajar a la parte donde estaba y a luchar; muchos fueron hasta donde estaban Vanguelis y Paraskevás, al ver que allí también había griegos, y así se trabó el combate. Mientras tanto, los del Yirokomíon y los del lagar luchaban sin cesar y resistían valientemente, a pesar de las balas de cañón y las bombas que les arrojaban los de fuera; igualmente, destacaban los que combatían en el llano al mando de Plaputas. Kolokotronis empleó felizmente el siguiente ardid: subió a una posición elevada desde la que veía con sus anteojos a los combatientes de ambos lados, batió palmas y vociferó: “¡Los turcos han perdido, han perdido! ¡A ellos, griegos, a ellos!” Los turcos no habían perdido, pero los que luchaban en un lado no veían qué pasaba en el otro; por ello, tanto turcos como griegos creían la voz que decía “los turcos han perdido”, suponiendo los de un lado que en verdad habían perdido los del otro, así que al poco tiempo convirtieron en verdad la mentira que había dicho Kolokotronis. Los griegos atacaron por todas partes y todos los turcos se volvieron, siendo perseguidos hasta la ciudad. Dieciocho de ellos, entre los que estaba el kiaya de Mehmet Pasha, no pudieron llegar y fueron encerrados en un vallado, donde irrumpieron Plaputas y algunos de los suyos y los mataron. Se estima en doscientos los turcos muertos en esta batalla; fueron muertos o heridos veinte griegos. De esta manera, 126


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Kolokotronis convirtió en victoria la derrota del 9 de marzo. Hecho esto, se retiró a Corinto dejando como lugarteniente a Plaputas, al cual confiaba siempre el mando del campamento en su ausencia.
Al terminar abril salieron los turcos, unos al Yirokomíon y otros a Saravali, pero retrocedieron tras sufrir muchas bajas. Simultáneamente algunos de ellos montaron en una barca y navegaron hacia el río de Achaiá, para salir por detrás de los griegos; pero también ellos fueron rechazados valerosamente gracias a Nikolós Búkuris y no pudieron desembarcar.
Salieron otra vez, pero tampoco entonces culminaron con el éxito su ataque.
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1821-1822 CAPÍTULO XXIX CATÁSTROFE DE CASANDRA.- SOMETIMIENTO DE HAGION OROS.CATÁSTROFE DE NAUSA Y DE LA CAUSA GRIEGA EN TODA MACEDONIA.-
La guerra en la zona de Macedonia no iba bien, pero se mantenía: ni Yusuf Bey tenía fuerzas suficientes como para someter a los de Casandra, ni éstos eran bastantes como para reducir a aquél. La Puerta, para reforzar sus operaciones militares, envió como príncipe a Tesalónica con el título de comandante general de Macedonia a Abdul Abud Pasha, hombre activo, valiente y de gran capacidad que, según las circunstancias, hacía gala unas veces de la crueldad de su alma bajo la piel de león y otras de la astucia de su carácter bajo la del zorro. El nuevo mariscal, al llegar a Tesalónica en septiembre, publicó un bando en el que celebraba la generosidad del sultán para con los rayades, condenaba la ingratitud hacia éste de los que soñaban con el restablecimiento del ancestral Imperio y ordenaba que se armaran todos los musulmanes de 16 a 60 años; que los de menos de 50 corrieran a los campos de batalla de la mano del Profeta y el resto mantuviera la paz interna. Tras esta proclama, Abdul Abud salió personalmente en campaña hacia Casandra.
Ya hemos dicho que los hombres en armas congregados en aquella península a fines del pasado junio eran 2700 y que, después, llegó un refresco de 400 olimpios49; pero en el momento de la expedición del pashá, apenas llegaban a 600 en total, porque el resto se había ido debido a la falta de medios, las enfermedades que se declararon y las discordias entre los notables. El pashá intentó al principio convencer a los de Casandra de que se rindieran por medio de grandes y reiteradas promesas pero ellos, aun siendo tan pocos, rechazaron sus condiciones. Cuando supo de su situación 49
Tomo I, capítulo XII, pág. 161.
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de debilidad, se decidió el asalto. El 30 de octubre, antes del amanecer, se lanzaron jinetes e infantes contra la línea del foso50 y, al encontrar una parte completamente desguarnecida, la colmataron echando leña y otros materiales; la caballería fue la primera en pasar a la península y, detrás, la infantería; pusieron en fuga a los ocupantes de las otras zonas del foso, mataron a muchos, avanzaron hacia el interior sin oposición, asesinaron o esclavizaron a los pacíficos habitantes –de los que sólo se salvaron los que tuvieron la suerte de subir a unos barcos de Skíathos y Skópelos que encontraron– e incendiaron casi todas las aldeas. Se calculó en diez mil el número de hombres y mujeres de toda edad muertos o esclavizados.
Tras el completo aplastamiento de Casandra, el pashá volvió su atención al monte Atos.
Hemos relatado antes como muchos monjes de Hagion Oros combatieron bajo la enseña de la Cruz y a las órdenes de Emmanuíl Papás, y volvieron al Promontorio tras ser derrotados y batidos.
Esta península, la antigua Acte, es la más oriental de las tres paralelas de la Calcídica; tiene 35 millas de largo desde el canal de Jerjes en el istmo –de dos millas de ancho– hasta su punta meridional; contiene monasterios fortificados y no carecía durante la Insurrrección de piezas de artillería, armas ligeras o municiones. Como la guerra tenía un carácter no sólo político, sino también religioso, los monjes fueron presa de un gran entusiasmo y más de dos mil de entre los más jóvenes tomaron las armas; también llegaron de fuera muchos seglares como aliados, de forma que todo parecía favorable a una larga y exitosa resistencia, pero los hegúmenos y abades no estaban de acuerdo y, en su mayoría, buscaban seguridad donde no podían encontrar más que exterminio: en la sumisión. También les atemorizó la calamidad de Casandra y, en lugar de armarlos, los desarmó; y les engañó la doblez del pashá, a pesar de que a la vista tenían los efectos de su brutalidad. Cuando prevaleció la opinión favorable a la sumisión, muchos de los padres, desaprobando cualquier acuerdo, se embarcaron cargando con los utensilios sagrados de algunos monasterios y sus santas reliquias.
Uno de los que zarpó fue Emmanuíl Papás, que enfermó durante el viaje, murió a bordo y fue enterrado en Hydra. Después de la marcha de éstos, los de Hagion Oros hincaron la rodilla, siendo desarmados y amnistiados; entregaron rehenes y 2.500.000 grosia y recibieron una guarnición turca, 50
El foso excavado en la parte más estrecha del istmo, para aislar a la península.
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comprometiéndose a proveer a su manutención. Esta guarnición de tres mil hombres ocupó el Promontorio el 15 de diciembre y, con sus exacciones, hizo arrepentirse amargamente a los agioritas que prefirieron la sumisión a la resistencia; permaneció entre ellos nueve años.
Abdul Abud, una vez eliminadas las dos sedes insurreccionales de Casandra y el Atos, pidió por seguridad rehenes de otras ciudades y de Nausa, a causa de sus muchos habitantes cristianos, y tenía la intención de enviar una guarnición de 500 hombres. Estaba al frente de dicha ciudad Zafirakis Theodosíu, conocido también por Logothetis, cuyo hijo pidió el pashá como rehén, entre otros. Este notable dio muestras de gran devoción a los intereses de la Puerta antes de estallar la insurrección griega, pues por su cooperación fue asesinado a principios de 1821 Hýpatros, apóstol de la Hetería que pasó por Nausa y al cual nos hemos referido ya51, y se envió a la Puerta la carta caída en sus manos en que se desvelaban los fines de la Sociedad. No participó en este asesinato en calidad de conspirador contra la Filikí Hetería –pues ignoraba hasta su existencia–, sino porque Hýpatros, no estimando oportuno revelarle el verdadero objetivo de su misión, le dijo sólo que iba a instigar a los griegos a apoyar a Ali Pasha, al que Zafirakis temía como a su más encarnizado enemigo; la Puerta quedó tan complacida por su actitud, que se lo agradeció mediante un firmán, pero en la actual circunstancia olvidó sus significados servicios y lo obligó a escoger entre levantarse en armas o renunciar a su hijo y aceptar una guarnición turca en su tierra natal, lo que equivalía a entregarse con sus convecinos a discreción de los que parecían fieras más que hombres, a juzgar por la toma de Casandra; por ello, Zafirakis consideró menos perjudicial la resistencia que la sumisión. De la misma opinión eran tanto Gatsos, un guerrillero de Vodiná, como Karatasos, otro jefe de Berea52.
La ciudad de Nausa, por la cantidad de sus habitantes cristianos de nacionalidad griega y búlgara, por sus recursos y por sus murallas parecía una excelente base de las operaciones insurreccionales de aquella zona; así pues, se refugiaron en ella por seguridad muchas e importantes familias, entre las que se encontraban las de Karatasos y Gatsos, y entraron las tropas de ambos bajo la bandera de la Insurrección. Como primera medida mataron al gobernador y a los pocos turcos de su séquito, los únicos que encontraron 51 52
Tomo I, cap. II, págs. 41-42.
Ciudad de Macedonia Central, famosa en la Antigüedad por ser la cuna de los Antigónidas.
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en la ciudad; luego se desparramaron por las aldeas de Vodiná53 para alzar a los campesinos no adeptos y hasta incendiaron tres poblados cristianos: Episkopí, Óslani y Dresílovon; fueron luego a Katranitsa y Grammatikovo, donde había turcos; los mataron y, partiendo de allí a la ciudad de Berea, le prendieron fuego hasta los cimientos. Hecho esto, Karatasos ocupó con 200 hombres el monasterio de la Virgen en Dovra, mientras Gatsos y Zafirakis patrullaban por otros puntos. Por entonces estaba en Berea Abdul Abud, que inmediatamente envió fuerzas contra Karatasos y lo cercó en el monasterio, pero llegaron de fuera Gatsos y Zafirakis y lo rescataron. Dos días después, el pashá salió en expedición hacia Nausa con 15.000 hombres. Al principio encontró valerosa oposición fuera de la ciudad, donde había bastantes griegos acampados al mando de Tsamis, el hijo de Karatasos, pero al final venció y dispersó aquel campamento; tras llamar a los de la ciudad a la sumisión y no ser escuchado, atacó el 6 de abril y, después de una minúscula resistencia, la redujo, la incendió y, de los vecinos, mató a unos y esclavizó a otros.
Después del asalto enemigo contra la ciudad, Karatasos ocupó la antigua iglesia del Theólogos, Gatsos el monasterio del Pródromos, edificios ambos cercanos a Nausa, y Zafirakis el Paleópyrgos (Kulia)54, al extremo de la ciudad. De fuera del Paleópyrgos concurrió una gran multitud, por considerarlo lugar más seguro. Los turcos bombardearon primero el Paleópyrgos, obligaron a huir a Zafirakis y cogieron a casi todos los que se habían refugiado allí. Gatsos y Karatasos, al ver que no podían aguantar, subieron a la aldea próxima a la ciudad, Seli; pero luego perdieron la esperanza y huyeron completamente de Macedonia, cruzaron hacia Aspropótamon55 y alcanzaron la Grecia liberada, tras acordar con los turcos de los diferentes lugares por donde pasaban no causar daños ni sufrirlos. Zafirakis se internó en la zona pantanosa cercana a Berea con sólo diez acompañantes y uno de los hijos de Karatasos. Al saberlo, los turcos de Berea partieron contra ellos y los mataron a todos, después que lucharon valientemente sin querer entregarse a cambio de sus vidas.
Grandes fueron los sufrimientos de los pobladores y grande el desastre de aquella zona. Cinco mil fueron muertos o sometidos a esclavitud en Nausa y otros tantos cayeron en manos de los enemigos en Paleópyrgos; se 53
Ha recuperado su antiguo nombre de Edesa.
Torre en turco. En griego, Paleópyrgos significa Torre Antigua.
55 Provincia que recibe su nombre del río Aqueloo, vd. nota 198 del tomo I.
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torturó a muchos prisioneros sin piedad, se arrojó a muchas mujeres a las llamas, se hizo abortar a las embarazadas, se degolló a niños delante de sus padres, se colgó a muchos bebés del cuello de sus madres; jóvenes y madres con sus hijos en brazos se tiraron por propia iniciativa a la laguna próxima a Paleópyrgos, la Mavro Neró56, ahogándose y librándose así de la deshonra y la tortura: tan salvajes se mostraron los vencedores. Muchísimos judíos, en armas y sedientos de sangre cristiana, acompañaron al ejército turco en calidad de verdugos voluntarios; arrastraban fuera de la ciudad a los cristianos, los apaleaban y, una vez caídos a tierra, los degollaban como a bueyes. Las mujeres de Karatasos, Gatsos y Zafirakis fueron trasladadas a Tesalónica, donde la de Gatsos se convirtió al Islam por miedo a la tortura y las otras dos, que no apostataron, fueron crucificadas una frente a la otra, de pie en la pared de una sala del palacio del salvaje visir, y murieron sometidas a toda clase de tormentos; los desgraciadísimos cristianos supervivientes no tenían a dónde volver la mirada, porque ciento veinte villas, aldeas y pedanías de la zona fueron reducidas a escombros.
Unos meses antes, los olimpios habían enviado una embajada a Hypsilandis, que estaba entonces en Tripolitsá, en petición de avíos de guerra y un jefe para movilizarse contra el enemigo, ocupar algunas posiciones apropiadas e interponer una barrera entre los turcos de Tesalia y los de Macedonia.
Hypsilandis nombró a su edecán Grigorios Salas, nacido en Besarabia de padres griegos y que había renunciado poco antes a su carrera militar en el ejército ruso, y dispuso que le acompañasen algunos oficiales griegos y filohelenos. El 25 de noviembre, el general este zarpó de Los Molinos, enfrente de Nauplion, pero se mostró tan indigno de su misión, viajando y disfrutando de la vida por las islas del Egeo cuatro meses enteros, que la mayoría de su séquito lo abandonó en Miconos; así que apenas arribaron el 22 de marzo a Eleftherochori él, el polaco Lexinskii, el maestro Theófilos Kairis y pocos más, con cuatro cañones y escasas municiones.
Aguerridos se mostraron siempre y fama de tales tenían los hombres de aquella zona; el monte Olimpo, el antiguo asiento de los dioses, se convirtió en los tiempos de la Turcocracia en guarida de Papá-Thymios, Liakos y otros rebeldes que, llamados a la sumisión por los pashás y visires, respondían:
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‘Agua Negra’.
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“Yo no hago caso del visir, al pashá no obedezco; por pashá tengo a mi fusil, por visir a mi espada.” Pero la tardanza y lo exiguo de la ayuda tanto tiempo esperada y, especialmente, las grandes desgracias ocurridas por aquella zona extinguieron el ardor y frustraron los planes de muchos; cuando se esperaba contar con un refuerzo de muchos miles, apenas llegaban a doscientos los hombres puestos a las órdenes de Salas al desembarcar y, además de esta pequeña cantidad, los jefes guerrilleros no se ponían de acuerdo, pues el fracaso no sólo provoca desánimo, sino también disensión.
No lejos de Eleftherochori está la aldea de Kolindrón, donde había mil turcos para la vigilancia de aquella zona. Al enterarse del desembarco de los griegos, bajaron el mismo día a Eleftherochori y los hostigaron, pero fueron batidos y regresaron a su anterior posición. Salas, que era disipado pero también valiente, queriendo animar al asustado ejército, penetró hacia el interior después de la batalla y acampó en Kastaniá, cerca de Kolindrón, de forma que los dos cuarteles estaban uno frente al otro, con lo cual se producían frecuentes encuentros armados; como había el temor de que llegaran otros contingentes desde Tesalónica, se ordenó a varios cabecillas del Olimpo que ocuparan los accesos; pero no los ocuparon y unos mil turcos enviados por Abdul Abud para reforzar el campamento de Kolindrón, al encontrarlos totalmente desguarnecidos, los cruzaron sin pegar un tiro y el 29 de marzo cayeron sobre los griegos de Kastaniá, los derrotaron y obligaron a abandonar el lugar, yendo unos a Miliá57 y Diamandís Nikolau a Eleftherochori en una maniobra de diversión; pero éste, al no poder conservar la plaza, subió poco después a Miliá. Después de la batalla de Kastaniá, los turcos persiguieron a los griegos, incendiaron a su paso las aldeas y entraron a fuego en Miliá el 2 de abril. Los griegos, a pesar de que el enemigo los superaba en una proporción de diez a uno, se aprestaron al combate y, mientras los de Salas y Gulas fueron acorralados en la fortificación del lugar, otros se quedaron fuera de la aldea al mando de Diamandís y Tolios para rechazar a los atacantes, pero se dispersaron nada más divisarlos; de manera que únicamente los de la torre, no más de 60, permanecieron combatiendo desde la una de la tarde hasta la medianoche, momento en que, tras prender fuego al edificio, salieron sable en ristre y 57
En las proximidades de la antigua Díon, capital religiosa de Macedonia.
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amanecieron en una hondonada en Pieria; como el enemigo los perseguía, se fueron de allí y, buscando refugio, se encaminaron por en medio de los riscos y la nieve a la parte alta del monte y, así, escaparon milagrosamente a una muerte cierta. Incapaces de seguir con la lucha debido a su escaso número, a la falta de víveres y al terror que se extendía por todos lados, se separaron el día 14; los macedonios permanecieron por el momento en aquellos parajes, vagando al encuentro de sus compatriotas escondidos aquí y allá, mientras Salas, Lexinskii, Kairis y otros, caminando de noche con guías de confianza y ocultándose de día, sufriendo hambre, penuria y calamidades y con la muerte siempre rondándoles, contra toda esperanza llegaron salvos a Corinto a primeros de mayo. El bandolero Diamandís y algunos allegados leales, huyendo también en pésimas condiciones y llevando la mayor parte a sus mujeres e hijos, fueron a parar por la noche al frondoso bosque que está debajo de Miliá, “el Rumaní del palacio58”.
Los turcos que iban en su persecución dieron con el mismo bosque por la noche y siguieron su rastro; se acercaron tanto a los de Diamandís, que oían sus ayes y sus pasos. Varias de las mujeres, entre ellas la de Diamandís, llevaban en brazos a sus bebés lactantes y, cuando temieron que sus vagidos los delatarían, los asfixiaron para no morir todos ellos.
Así terminó la lucha en Macedonia, que fue causa de tanta sangre y desastres: cayó y no volvió a ponerse en pie. Después de la catástrofe, los capitanes y hombres en armas fieles a la causa se congregaron en Skíathos y Skópelos, a excepción de Karátasos y Gatsos, que habían ido con los suyos a Aspropótamon, como queda dicho.
Mortalmente dañó a aquella zona el movimiento armado, al no estar coordinado ni sincronizado ni sometido a un plan. Sólo después de ser devastada Casandra y sometido el Monte Atos, entonces se levantó Nausa y no premeditadamente, sino por necesidad; también entonces se sublevaron algunas aldeas del Olimpo, pero tampoco a la vez, a causa de la división y la rivalidad entre los jefes. De este modo, aquellos lugares fueron arrasados uno tras otro.
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Es decir, el bosque venía a ser el jardín de una suntuosa mansión.
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1822 CAPÍTULO XXX CAÍDADEALIPASHA.-PREPARATIVOSBÉLICOSDETURCOSYGRIEGOS.-LAS MATANZAS DE QUÍOS.- ÉXITOS DE LA FLOTA GRIEGA.-
Tras la disolución de la alianza grecoalbanesa Alí, abandonado por los albaneses de su bando y por todos los demás, como suelen serlo en su debilidad los tiranos previamente endiosados cuando son fuertes, se entregó en manos de sus enemigos con la promesa de perdón para sus delitos, pero fue ajusticiado en enero; así desapareció la causa de la división para las fuerzas turcas en el Epiro, lo que las mantenía alejadas de los griegos. Éstos, sobre todo los de Grecia Continental que estaban a las puertas del Epiro, sintieron todo lo abrumador de la inminente lucha. Al ser el renombre de Alí tan grande y temible, en igual proporción su caída glorificó a su vencedor Hurshid y Albania, indecisa hasta entonces entre él y Alí, se puso enteramente a sus órdenes y todo el Epiro, que durante muchos años estuvo respetando menos la autoridad del sultán que un simple gesto de Alí, cayó y se postró ante Hurshid; sólo resistía Suli a causa de la insegura y torpe política de su antecesor Paso Bey, pero también dudaba.
Después de la aniquilación de Alí, Hurshid volcó toda su atención en la insurrección de Grecia. El Peloponeso era la zona que provocaba su ira más que ninguna otra. Con la toma de Tripolitsá, le habían sido arrebatadas sus riquezas y esclavizadas sus mujeres. Esta última pérdida, encendiendo los típicos celos otomanos en tales asuntos, perturbaba su espíritu e irritaba su corazón. Mientras tales eran los sentimientos de Hurshid contra los griegos a nivel personal, el sultán, considerándolo como un gran apoyo a su vacilante poder tras la caída de Alí, le dio total libertad y le colmó de todo lo que parecía tender a la ruina de la causa griega.
Graves y variados frentes de guerra tenía el sultán el año anterior y, por ello, no podía lanzar grandes fuerzas contra Grecia. Tenía la guerra contra Alí, el conflicto con Persia, el de Moldavia y Valaquia y se cernía el temor 137


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a una guerra con Rusia. Pero al empezar el segundo año, se vio libre de las amenazas anteriores. Se había sofocado totalmente la insurrección de Moldavia y Valaquia y conjurado el temor a la inminente guerra con Rusia, pues el emperador Alejandro, dando sin cesar muestras de su decidido alineamiento a favor del sistema de paz, fió la solución de sus diferencias políticas con la Puerta a la intervención de las demás Potencias, que no deseaban la guerra y se aplicaban atenta y exitosamente a un avenimiento por medio de sus embajadores en Constantinopla. Quedaba sólo la guerra de Persia, pero era poca cosa y dependía de la Puerta detenerla en el momento en que quisiera; a modo de tregua y en espera de un acuerdo, se interrumpieron incluso las pequeñas hostilidades turcopersas. Por todas estas razones, el año que comenzaba se intuía como el del derrumbamiento total de la causa griega y Grecia parecía al borde del abismo a ojos de todo el mundo. De hecho, la prensa pro-turca de Europa celebraba sus funerales, la pro-griega lamentaba su desgracia.
Grandes y temibles eran los preparativos bélicos contra Grecia por tierra y por mar. La aguerrida Albania, a la que mueve el lucro, se movilizaba en pleno. Los gobernadores de todas las provincias europeas del imperio otomano recibían órdenes de reclutamiento, en los muelles se disponía a zarpar una gran escuadra. El proyecto era que tropas muy numerosas invadiesen Etolia y Acarnania y otras Grecia Oriental y, con la colaboración de la gran flota, que navegaría hasta el Golfo de Corinto, trasladar el grueso del ejército al Peloponeso y extinguir de esa forma el foco de la insurrección griega. Afortunadamente, había ya en Grecia un gobierno constituido que, sólo con ser denominado así, era de enorme utilidad, porque servía como centro de todas las divididas y autónomas partes de Grecia. La muerte de Alí ocurrió en invierno, con lo que las siempre lentas operaciones de los turcos se retrasaron más aún y no les fue posible realizar sus estudiados planes de destrucción antes del verano.
Grecia, aunque tenía mucha decisión, contaba con medios insignificantes.
El éxito de un año de guerra inspiraba buenas esperanzas para el futuro, pero la guerra “necesita dinero, y sin éste no se puede disponer de nada de lo que hace falta”; la caja de Grecia estaba exhausta, pero aconteció que los griegos recibieron ayudas económicas del propio enemigo, Hurshid, las cuales, si bien pequeñas, eran grandes para los que nada tenían y hacían grandes cosas con pocos recursos. He aquí cómo las obtuvieron: hemos visto que en la toma de Tripolitsá fueron hechas prisioneras las mujeres 138


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de Hurshid y Mehmet, así como el kaimakam, el kiaya bey y otros. Desde tiempo atrás se negociaba entre Hurshid y los griegos el canje de estos prisioneros por los rehenes suliotas de Alí, caídos a la derrota de éste en poder de su vencedor, Hurshid: la mujer y los hijos de Markos Bótsaris, su hermano Kostas, Nastulis Danglís, Kostas Tzavelas, Kitsos Koliodimitris y el notable de Lebadea Nikólaos Nakos. Cinco meses duró la negociación y terminó en abril por la intermediación del alto comisionado de las Islas Jónicas; al producirse el intercambio, el tesoro griego recibió 80.000 dístila en concepto de rescate. El gobierno griego dictó diversas leyes sobre créditos del exterior, sobre contribuciones, sobre tasas y sobre incautación de los objetos de oro y plata de las iglesias y monasterios y sólo exceptuó los que se empleaban en la ceremonia de los sagrados misterios y los adornos de oro y plata de las imágenes, pero de poco sirvió debido a las circunstancias; de modo que, mientras sus necesidades eran grandes, sus ingresos monetarios eran siempre minúsculos. Así estaban las cosas en este apartado.
Vamos ahora a relatar los sucesos de Quíos del año en que estamos.
Y ya que esta isla tenía justa fama por sus bellezas naturales, su sistema administrativo y por su feliz situación, introducimos por ahí el tema.
Frente a la Jonia59, a cinco millas y media por el sur del promontorio llamado en la Antigüedad Argeno y actualmente Cabo Bianco, se extiende Quíos con 37 millas de largo, una anchura máxima de 24 y un perímetro de 120. El paso, de boca estrecha, se va ensanchando al cuádruple mientras se curva hacia el interior y culmina al norte en algunos islotes que dejan dos accesos fácilmente navegables, con un ancho de cinco millas y media el que da a la Jonia y una y media el que da a Quíos. La isla es en general escarpada y montuosa, pero dispone de tierra fértil, florida y arbolada; su clima es templado, dulce y saludable. Numerosos y altos naranjales, limonares y otros cítricos, junto con variados vegetales y árboles, embellecen la isla y encantan por su frondosidad y aroma incluso a los que la bordean por el mar. La ciudad se emplaza en pendiente en el lado oriental costero de la isla, frente a Eritras60, una de las doce ciudades jónicas, más al norte de la actual Çesme, y se divide en tres barrios: Haplotariá, Engremós y 59
Nombre antiguo del litoral egeo de Asia Menor, llamado así por la preponderancia de las colonias jónicas.
60 Actualmente se alza en su emplazamiento la ciudad de Idir.
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Paleókastro; hay también una fortaleza junto al mar; a la derecha de la entrada al puerto de la ciudad y del fuerte se eleva una torre fortificada (burtsi) y, a la izquierda, un faro para guiar a los que arriban. La ciudad acogía 30.000 habitantes, un hospital, leprosería, biblioteca, imprenta y un magnífico centro escolar frecuentado por jóvenes de muchas partes de Grecia, que acudían a las clases de los sabios maestros que se fueron alternando: Adamandios Rosios, Athanasios de Paros, Dorótheos Proios, Konstandinos Vardalachos, Ioannis Tselepís y Neóphytos Vamvas. La isla tenía 66 aldeas en total, entre ellas las 24 del sur, productoras de la famosa goma (almáciga), superior a la arábiga y la índica, según Plinio61; tenía también siete monasterios masculinos, dos femeninos y un gran número de iglesias y capillas; los habitantes de la isla ascendían en total a 120.000, entre ellos 2000 turcos que vivían en la ciudad en tiempo de paz, 70 judíos que habitaban siempre el castillo y 2000 seguidores del rito occidental, pobladores unos del campo y otros de la ciudad. Esta isla, floreciente por encima de cualquier otra, estaba en su cénit en la época de la guerra y ya en los tiempos de Homero era llamada lustrosísima, es decir, riquísima.
Riquísima y mejor gobernada que cualquier otra polis griega, después de Esparta, era considerada también por Tucídides62. Su constitución era aristocrática, tanto en nuestra época como en la antigüedad, como antiguo y tradicional era su comercio, reforzado aún más por la baja producción agrícola.
En la capital tenían su sede el muteselim y el cadí, pero eran enviados desde Constantinopla por mero formalismo; los verdaderos gobernantes y jueces eran los cinco notables elegidos cada año, que administraban la comunidad de la manera siguiente: el 3 de febrero se reunían en el templo de San Focio unos 40 de entre los más distinguidos y, una vez que los notables cesantes anunciaban que era llegado el momento de las elecciones y pedían públicamente perdón si habían ofendido a alguien, permanecían ellos con 20 de los que habían sido notables anteriormente –8 de Haplotariá, 8 de Engremós, 2 de Paleókastro y 2 occidentales–. Los notables salientes repartían por suerte dieciséis fichas, todas selladas, de las cuales sólo cuatro estaban escritas con la palabra “quédate”: ocho, con dos escritas, a los de Haplotariá, y el resto a los de Engremós; quienes obtenían 61 62
Naturalis Historia XII 36.
VIII 24, 4.
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las no señaladas se retiraban inmediatamente, quienes recibían las válidas –2 de Haplotariá y otros 2 de Engremós–, con los 2 de Paleókastro, los 2 occidentales y los notables cesantes –13 en total–, se quedaban como electores; cerradas las puertas, los notables cesantes leían en voz alta las listas de los candidatos, de los cuales se elegía como notables a cinco, cuyos nombres eran dados a conocer inmediatamente al cadí, se inscribían en el códice y se hacía la ratificación (hotseti); después se abrían las puertas del templo y se proclamaban los nuevos notables; al día siguiente los cesantes convocaban a los electos en la alcaldía, llamada Mezás, y les precedían hasta las autoridades turcas y, después, hasta el obispo; una vez que recibían la bendición de éste, volvían todos a la alcaldía, precediendo ahora los electos entre las aclamaciones del pueblo, y los salientes rendían cuentas de su actuación el mismo día.
Los notables tenían mucho poder, recibían muchos honores y cumplían variadas funciones; se reunían cada día en el ayuntamiento y eran los representantes de los cristianos de la isla en cualquier contacto con los turcos de la misma, que se guardaban con temor de maltratarlos, pues en Constantinopla había delegados que velaban por los intereses de su comunidad cristiana y, en virtud de la fuerza que obtenían de los poderosos merced a continuos sobornos, podían castigar a los que no se portaran bien con los cristianos de la isla y no respetaran las leyes y costumbres del lugar. De este modo los notables, al defender a sus conciudadanos, se aplicaban con celo a allanar las mutuas diferencias en un espíritu de equidad y justicia según las normas tradicionales, dimanadas sobre todo del derecho bizantino; los conflictos comerciales los elevaban a cinco jueces específicos llamados protomástores, los navales a tres, llamados diputados; los notables en persona examinaban los restantes, o nombraban ex profeso a otros de entre los más entendidos para su resolución; también estaba en pleno uso la elección de juez. Ahora bien, este poder de los notables, dictatorial por así decir, era moderado al convocarse a las deliberaciones unas veces a 40 o 50, otras a 15 u 8 de los más distinguidos, según la naturaleza de los asuntos; la decisión de los convocados era inapelable.
Tan exacta, desapasionada y honorablemente cumplían sus funciones los notables, que jamás ninguno fue acusado de concusión y todos recibían en la rendición de cuentas el agradecimiento de la comunidad por su elogiable desempeño de la Magistratura popular. Fuera de los que estaban en ella, ningún quiota tenía permiso para visitar a las autoridades turcas del lugar.
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No toda la isla estaba bajo la jurisdicción de la Magistratura popular de la ciudad; de sus 66 aldeas, los Mastichochoria63 tenían su propio gobierno turco y popular; también lo tenían otras 3 aldeas que debían restaurar a sus expensas los conductos de agua de la capital y, por ello, estaban exentas de contribuciones: Dafnonas, Vasiliónikon y Kariés; el resto tenía también su consejo de ancianos, pero estaban sujetos a las autoridades turcas y cristianas de la ciudad.
Salvo los tributos a las autoridades turcas, Quíos tributaba del modo siguiente: doce ciudadanos respetados, elegidos cada seis años por sus conocimientos personales y del lugar, establecían los impuestos bajo ciertas condiciones y sin intervención de nadie más, según la estimación de los bienes muebles e inmuebles de cada cual, procurando no gravar excesivamente al pueblo humilde, y remitían sellado el libro de tasas a los notables, los cuales, con la colaboración de otros cuatro de la clase alta, evaluaban a los doce tasadores. Como la isla se surtía de fuera la mayor parte del año, los productos alimenticios se introducían libres de impuestos; esta exención, la contribución proporcionalmente pequeña de las clases bajas y la total inmunidad de las más bajas eran vistas como compensaciones a su no participación en las instituciones populares.
Así es como se administraba Quíos; a esta inteligente forma de mandar y obedecer, y a la inclinación de sus ciudadanos al comercio y los viajes, se debía el alto nivel de vida, el buen gobierno y el saber por los que la isla era considerada en el Este como la nueva Isla de los Bienaventurados.
Hemos narrado ya como la escuadra de Hydra que arribó el año anterior a la Fontana del Pashá para sublevar a Quíos regresó sin éxito, porque la isla era próspera y los pueblos comerciantes e industriales son poco belicosos, y la Filikí Hetería apenas tenía prosélitos en ella; ahora bien, después de la intentona referida, los turcos se mostraron más precavidos que de costumbre. Pocos días después de confinar en el castillo a algunos de los notables de la ciudad y al obispo, prendieron a algunos de Mastichochoria y quitaron a todos los habitantes de la isla las armas que les fueron encontradas en sus casas; tras dar a conocer a Constantinopla sus temores externos e internos, pidieron auxilio para su seguridad. Respondiendo a la petición, fueron desembarcados en la isla mil combatientes, entre ellos muchos cretenses, cuya indisciplina iba en aumento cada día y que robaban 63
Productoras de goma.
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y mataban impunemente en la ciudad y en el campo. Poco después arribó a la isla con plenos poderes Vehit Pasha con cien artilleros, para moderar a estos insubordinados. Después desembarcaron otros mil soldados al mando de Elezoglu, al que ya hemos visto comportarse humanitariamente con los cristianos de Kushadasi; pero ahora estaba a las órdenes de un pashá con alma de fiera, que obligaba cada día a los cristianos a reparar el fuerte, vigilando las obras y forzando a los cristianos que estaban en los cargos a alimentar a la horda que había irrumpido en la isla con las espadas en la mano y a atender por medio de costosas contribuciones su insacialbe codicia, si querían librarse del expolio, la esclavización y el derramamiento de sangre.
Hypsilandis ordenó, cuando acampaba en Tríkorfa, una expedición a Quíos bajo la dirección de Licurgo Logothetis, bajo su propia autoridad según el ordenamiento imperante, pero revocó la orden al ver que la masacre se detenía. Una vez asentado el gobierno, iban llegando desde Quíos a la Grecia rebelde algunos hombres poco influyentes, tratando de llevar a su pacífica tierra la revolución sin que lo supieran los ciudadanos importantes y en contra de la opinión de éstos; como el gobierno no les hacía caso, pues veía que la isla iba derecha a una catástrofe, recurrieron a otras instancias para conseguir su objeto. Entre éstos se distinguía un tal Antonios Burniás, de Parpariá, un pueblecito de Quíos; en otro tiempo había servido entre los franceses como capitán.
Al exponer lo sucedido en Samos, dijimos que en el litoral de enfrente no quedaban turcos salvo en Kushadasi, que tenía un poderoso castillo.
Como allí se agrupaban a menudo tropas turcas, convenía que esta guarida desapareciera para seguridad y tranquilidad de Samos; por ello, habida una deliberación general, los samios decidieron preparar una expedición para tomar el fuerte. Mientras se dedicaban a ello, llegó Burniás en compañía de sus paisanos a proponer a Licurgo, el jefe de la expedición, que postpusiera el plan que se traía entre manos y marchara contra Quíos, pues la fortaleza de Kushadasi era difícil de conquistar, mientras que la de Quíos era fácil y todos los quiotas estaban dispuestos a levantarse nada más vieran a los samios entre ellos, y de la adquisición de esta rica isla derivarían grandes beneficios económicos para la causa común; le entregó además una persuasiva carta de un hacendado de Mastichochoria. Licurgo aceptó con agrado esta propuesta y se encargó de completar rápidamente la fuerza expedicionaria hasta unos tres mil, sin pensar en absoluto a qué empresa se 143


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arriesgaba y qué responsabilidad estaba contrayendo al mover a rebeldía un lugar tan populoso y próspero en contra de la voluntad del propio lugar, sin permiso del gobierno de la nación, privado de la colaboración de las islas navieras, contra el parecer de Hypsilandis, al cual consideraba su jefe después de la constitución del gobierno, y en el momento en que comenzaba la primavera –el tiempo más inoportuno– y estaban listas tantas tropas turcas para la campaña, tan gran flota para zarpar y tantos notables quiotas como rehenes en el castilloag.
Una vez que se supieron en Constantinopa los preparativos de Samos, la Puerta se apresuró a pedir para sí rehenes a fin de asegurarse la fidelidad de Quíos; se envió a tres de los notables –Pandelís Rodokanakis, Michaíl Skylitsis y Theódoros Ralis–, que fueron encarcelados al llegar. A partir de entonces, los turcos de Quíos vigilaron más estrechamente a los del castillo, impidiéndoles hablar como antes con sus allegados. Por orden del pashá, el arzobispo y los notables enviaron misioneros y predicadores a las aldeas de la isla pidiendo a los habitantes que permanecieran en calma y leales a la Puerta, y a Samos observadores de la rumoreada expedición, con la misión de que intentaran obstaculizarla si era verdad que se preparaba.
La primera semana de marzo se propagó por la ciudad de Quíos la noticia de que 18 samios habían desembarcado en Peramás, aldea del norte de la isla. El pashá, suponiendo con razón que los recién llegados tenían como objetivo sublevar a los aldeanos, envió soldados a capturarlos y, al no conseguirlo, pidió que los prendiera la comunidad de Quíos. La comunidad envió algunos hombres a donde se suponía que estaban escondidos pero, mientras los buscaban, el día 9 se vio llegar a muchas naves.
Con el fin de que los quiotas confinados en el castillo no sufrieran todo el tiempo y se desocuparan de sus asuntos, se había doblado su número y se iban intercambiando cada mes, subiendo la mitad al fuerte y bajando la otra mitad a la ciudad; el obispo era el único que no alternaba, por ser irreemplazable. Pero el pashá, al oír que venían las naves que se ha dicho, para mayor seguridad encerró con los demás a los que tenían que estar en la ciudad, de manera que duplicó el número de los encarcelados y fueron 72 en total.
El día 10 por la mañana, las naves aparecidas la víspera fondearon a la altura de Hagía Heleni y, al poco, la mayoría navegó hasta Kondari, mientras otras avanzaron hasta ponerse enfrente del cementerio turco; eran 8 bricks y
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30 sacolevas64 y llevaban en total 2500 combatientes al mando de Licurgo, que desembarcaron antes de mediodía y, cayendo sobre los enemigos que había en la costa, mataron a unos, hicieron prisioneros a otros y, poniendo en fuga al resto, entraron en la ciudad e incendiaron la aduana y algunas cafeterías turcas y quitaron el techo de plomo a dos mezquitas. Los turcos, creyendo que los desembarcados eran cinco veces más, tuvieron tanto miedo que 300 que guardaban la loma de Trulotí65 salieron corriendo al ver a sólo 50 yendo hacia ellos; el resto abandonó cobardemente las demás posiciones, encerrándose todos en la fortaleza; 40 de ellos, a los que no les dio tiempo para entrar, fueron acorralados dentro de Kamenos Pyrgos66 y de algunas viviendas turcas y se entregaron poco después a los de Licurgo, de manera que a las tres horas no había turcos, salvo dentro del castillo y la torre marítima.
Los cristianos de la clase superior que había en la ciudad, aterrados por la invasión, sin saber qué hacer al estar del todo desprevenidos y temiendo por la suerte de sus notables y familiares dentro del fuerte, no salieron de sus casas en todo el día. Como nadie se ocupaba de los desembarcados, estos forzaron y saquearon las tiendas de comestibles e hicieron lo mismo con algunas casas turcas. La tarde del mismo día llegaron a la ciudad unos pocos desde las aldeas productoras de goma; al día siguiente se juntó gran cantidad de aldeanos, la mayoría armados de palos al no disponer de armas; entonces se les unieron los de la ciudad y a las tres de la tarde se entonó un Te Deum y hubo por toda la ciudad una procesión multitudinaria bajo la enseña de la patria y entre vivas, gritos, desórdenes y sustos. El mismo día entró Licurgo en la ciudad y se alojó en el palacio arzobispal, donde también lo hizo su hasta entonces lugarteniente y desde aquel día rival, Burniás, luciendo en su visera la bandera revolucionaria popular de la República Francesa; como natural del lugar, quería ser igual en rango a Licurgo, si no superior. Licurgo destituyó ese día el consejo de notables y nombró un eforado de siete miembros; emplazó también tres puestos artilleros: uno en Trulotí, desde donde se disparaba al castillo; otro en la colina del Asómaton y el tercero en la playa, pero los cañones eran tan pequeños que no producían ningún destrozo, mientras que los defensores del castillo dañaban la ciudad con sus 64
Embarcación a vela típica del Egeo. Su principal característica es un palo cruzado en diagonal con el mástil y que soporta la vela principal.
65 O Turlotí, al N.O. de la capital, hoy integrada en ella.
66 ‘Torre Quemada’.
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cañonazos. Al no verse posibilidad alguna de rápida caída del castillo por asedio, ya que estaba bien aprovisionado, el eforado, previendo los futuros disturbios debidos a la amenaza de desembarco enemigo y a la anarquía y el desorden interiores, envió mensajeros al gobierno pidiéndole su ayuda para una rápida expugnación de la fortalezaah; también llevó municiones y fletó seis barcos desde Psará.
Licurgo, envalentonado por el éxito de su desembarco, envió una carta al pashá por medio de un prisionero, en la que exigía la entrega del castillo con la amenaza de aniquilar a toda la guarnición si no obedecía; al no obtener respuesta, se empeñó en cumplir su amenaza y ordenó cortar árboles y rellenar con ellos el foso de la fortaleza para tomarla al asalto pero, al reparar en que el enemigo podía quemar de un golpe la inflamable madera amontonada, revocó la orden.
Mientras tanto, dentro de la ciudad la anarquía llegaba a su apogeo y la gente bien intentaba huir; Burniás, queriendo impedir su fuga, en vez de suprimir las causas escribió una conminatoria misiva a los éforosai y metió en prisión a notables y mujeres dispuestos a fugarse.
Cuando se conoció en Constantinopla el desembarco en Quíos de los samios, el sultán dispuso que la escuadra permanentemente preparada navegara al punto hacia allí y que las autoridades de Asia trasladaran sin tardanza tropas a Çesme y las transportaran a Quíos bajo la protección de la flota; siguiendo su sistema de castigar indiscriminadamente a culpables e inocentes, ordenó prender a los quiotas conocidos que se encontraban en Constantinopla. Se apresó hasta a 60 no por culpables, sino por quiotas, siendo degollados unos y ahorcados otros; igualmente fueron ahorcados los tres rehenes, que no habían hecho nada ni ellos ni sus representados.
Jamás se cumplieron las órdenes del sultán con tanta diligencia como las dadas para esta campaña. La enorme cantidad de cristianos desarmados, pacíficos e indefensos de la isla; la gran riqueza de ésta; los encantos de sus mujeres; el insaciable deseo de destruir toda ciudad cristiana y la inextinguible sed de sangre cristiana, vaciaron de golpe todas las regiones próximas habitadas por turcos; ingentes masas se congregaron en Çesme a la espera de la escuadra otomana para su traslado a la isla con seguridad; muchos derviches dejaron sus casas de oración y, siguiendo a la expedición, prendían el fanatismo y excitaban más aún los ya excitados corazones sanguinarios; varios de ellos, contra la costumbre, recorrieron con este fin las calles de Esmirna en procesión religiosa.
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El día 30, que era Jueves Santo, apareció frente a Quíos la escuadra al mando del capitán pashá Kara-Ali, con 46 naves, entre ellas 6 barcos de línea y 9 fragatas y corbetas; el resto eran bricks y cañoneras; llevaba también siete mil combatientes. Al avistarse la flota, huyeron las escasas naves de Psará que protegían el puerto; el capitán pashá se condujo precavidamente al principio y ni siquiera izó su bandera, porque no conocía bien el estado de la ciudad ni el del castillo; pero al caer la noche, después de enterarse de que los griegos de tierra firme habían matado a la tripulación de una pequeña embarcación turca que encalló en los arrecifes cercanos a la costa, empezó a disparar cañonazos y proyectiles sobre la ciudad y, en el momento culminante del cañoneo, desembarcó a los siete mil combatientes.
Al mismo tiempo salieron sable en ristre los de la fortaleza y atacaron por ambos lados a los samios; estos huyeron todos de la ciudad y los turcos entraron, la incendiaron y, con ella, las aldeas cercanas –Vasiliónikon y Neochori–, y se entregaron a la matanza, al saqueo y a la esclavización.
Al día siguiente aparecieron innumerables esquifes trayendo turcos desde la zona continental de enfrente. Dado que ante la invasión enemiga la mayoría de los cristianos de la ciudad se habían alejado hacia las partes interiores de la isla para escapar al peligro y otros muchos se habían refugiado en los consulados, no hubo mucho derramamiento de sangre, pues los turcos, aun siendo tantos, no avanzaron enseguida hacia dentro en persecución de los cristianos, dedicándose principalmente a saquear la ciudad. El Domingo de Resurrección (2 de abril), marcharon contra el monasterio de San Menas, a una hora y media de distancia de la ciudad.
Este monasterio era extenso y cercado de murallas; dentro de su recinto amurallado se habían refugiado 3000 quiotas, considerándolo un lugar seguro. Los atacantes les conminaron a rendirse, pero ellos vieron que se entregarían en manos de piratas y asesinos y no hicieron caso, aunque no tenían esperanza de resistir con éxito. Entonces los turcos, cayendo desde todas partes contra la muralla y echándola abajo, penetraron blandiendo las espadas después de cierta resistencia, prendieron fuego al monasterio y masacraron a los encerrados salvo unos pocos, a unos a hierro y a otros a fuego. Al día siguiente partieron contra la aldea de Hagios Yoryos. En ella había bastantes combatientes samios, entre ellos Licurgo, que habían ido allí en su huida con la esperanza de resistir; resistieron al principio, pero al final huyeron; los turcos se apoderaron de la aldea y entregaron a todos los que allí había a la muerte o al cautiverio. Valientes se mostraron ante 147


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el ataque del enemigo los de Vrontisi, los de Eritras y algunos samios que se habían retirado a esas aldeas, pero también ellos fueron dispersados.
Después de estas derrotas, los de Licurgo abandonaron por completo la isla y navegaron hacia Psará, volviendo desde allí indemnes a sus casas y dejando a los desgraciados quiotas a merced de la proverbial inhumanidad de los enemigos, a quienes los que ahora huían habían armado contra ellosaj.
Después de estos hechos el capitán pashá, teniendo en mente, como luego se demostró por los hechos, el total exterminio de los quiotas y buscando sólo la manera más expeditiva, convocó a los cónsules y, una vez que les comunicó que por disposición superior concedía una amnistía general, los exhortó a recorrer la isla, llevando la noticia de la misma e inclinando a los habitantes a la sumisión. Stiepevich, cónsul de Austria, y Digeon, representante del vicecónsul de Francia que acababa de ausentarse, tomaron consigo a dos cristianos del lugar y asumieron la misión, creyendo sincero lo que habían oído; fueron por las aldeas portando ramas de olivo y llevando, además de las promesas de perdón, cartas del mismo tenor del arzobispo y los notables retenidos y dando garantías de seguridad por su cuenta, de buena fe. Los quiotas no se fiaron de la amnistía, por falsa, ni de las cartas que les dirigían el arzobispo y los notables, por haber sido escritas bajo la amenaza de la daga turca; pero confiaron en las garantías de los cónsules y, entregando cuantas armas les quedaban, volvieron a la ciudad y a los campos con sus mujeres e hijos o se quedaron tranquilos y obedientes en las aldeas; incluso enviaron a 70 de ellos al capitán pashá para expresarle el reconocimiento general por la amnistía concedida; sin embargo, muchos desconfiados huyeron de la isla, al hallarse por fortuna muchos esquifes en las playas y algunas embarcaciones de Psará, que habían sido enviadas tras la aparición de la flota para salvar a los cristianos que vagaban por la isla. Los turcos, cuando se cercioraron de que no tenían nada que temer y viendo que los infelices quiotas, después de aceptar la amnistía y confiados, venían hacia ellos sin albergar sospechas, se esparcieron por la isla y, con la aquiescencia de los jefes, comenzaron una matanza y esclavizamiento generales.
Cuando son los propios mandos quienes inducen al delito a un ejército bárbaro y fanático, es fácil concluir los terribles desmanes de dichas tropas. Fácil es figurarse, aunque difícil describir, cuán terribles males padeció el indefenso pueblo de Quíos, dejado por completo en las manos asesinas de 30.000 fieras con figura humana, que cayeron sobre la isla con 148


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la intención de matar, saquear y someter a cautividad. Leales o no leales al sultán, todos fueron considerados igual y todos entregados a la muerte o a la esclavitud; inútil fue toda resistencia y letal toda sumisión; los perseguidos buscaban refugio en todas partes y en ninguna lo encontraban.
Monasterios de hombres y mujeres fueron asolados y saqueados, y sus moradores muertos o esclavizados; aldeas enteras, como Anávatos y Thymianá, fueron destruidas; las restantes fueron abandonadas, excepto las productoras de goma, que estaban bajo la especial protección de los sultanes; incluso los enfermos internados en el hospital y el lazareto fueron exterminados en su totalidad; familias enteras eran emparedadas sin comida ni bebida en tumbas o sótanos; alguno salía subrepticiamente amparándose en la oscuridad de la noche para conseguir algo de comer y de beber; ni las montañas o grutas a donde huían los muy castigados quiotas ofrecían segura esperanza de salvación; muchas veces, al otear el mar, confundían la espuma de las olas con naves que venían en su auxilio; millares de hombres y mujeres amontonados en alguna playa frente a Psará en espera de embarcar cayeron en manos de sus verdugos y se vertió tanta sangre, que el mar contiguo se tiñó de rojo; ni el puñal, ni el arma de fuego, ni la soga ni el nudoso palo eran suficientes para saciar la sed de sangre.
Los muy desalmados idearon una nueva forma de matar: prendían fuego a los vestidos de las desgraciadas mujeres y las quemaban, atormentándolas inhumanamente; se mostraron implacables ante cualquier ruego de piedad y sordos a cualquier palabra de respeto; llenaron las plazas de las grandes ciudades de prisioneros conducidos como rebaños y revendidos de un mercader de esclavos a otro; convirtieron los brillantes edificios de la ciudad en montones de escombros, la biblioteca en cenizas y los floridos y saneados campos en tierra nauseabunda y putrefacta. Los únicos no maltratados fueron los del rito occidental, sólo se respetó a los consulados y, de los que se quedaron en la isla, solamente se salvaron los acogidos a éstos, si bien en su mayoría fueron expoliados por sus salvadores. En esta salvaje horda armada, los más salvajes fueron los jefes. La noche del 22, el capitán pashá colgó de los mástiles de las naves, como a malhechores, a los 70 inocentes campesinos que se habían presentado acogiéndose a la amnistía; al día siguiente, sacó de la prisión y ahorcó en la nave capitana a 8 de los rehenes confinados en aquélla y, el mismo día, el alcaide ahorcó en Vunakion a todos los demás, entre ellos al venerable y culto arzobispo Platón, les cortó y desolló las cabezas, rellenó las pieles de paja y las mandó 149


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como trofeos a su soberano en Constantinopla, arrojando los restos al mar por medio de los judíos; no cesaron los turcos en muchos días de asesinar, esclavizar, saquear, destruir y hasta de cavar la tierra en busca de cosas.
Los cristianos que había en la isla el 30 de marzo ascendían a ciento trece mil, en agosto quedaban 1800; en el intervalo fueron masacrados 23.000, 47.000 vendidos como esclavos según el registro de la aduana y el resto se salvó con dificultades de una forma u otra. Así fue como la famosa Quíos, la isla del lujo, la riqueza y la superpoblación, se convirtió en un lugar de desolación y lágrimas; su horrenda devastación, catástrofe entre las catástrofes, es la demostración más palpable del frenético salvajismo turco no contra combatientes, enemigos o renegados, sino contra la cristiandad y la humanidad.
Pero si la sufriente isla no benefició a la causa estando viva, sí la sirvió en su caída, porque ante su horrible destino se levantó y se indignó todo el mundo cristiano y vio con sus propios ojos que los turcos habían jurado la aniquilación de la raza griega, que su amnistía era una añagaza y su humanitarismo un engaño, y que ni la inocencia ni la lealtad al sultán podían desviar su afilada daga.
Aunque el riesgo de Quíos era evidente incluso antes de la hecatombe, los barcos griegos tardaban, por falta de medios, en zarpar en su auxilio y en evitación de los ulteriores planes de la armada enemiga. Sólo el 27 de abril se reunieron en el puerto de Psará 56, entre ellos 8 brulotes; los de Spetses iban al mando de Kolandrutsos, los de Psará al de Apostolis y los de Hydra al de Miaúlis, bajo cuya autoridad estaba toda la escuadra.
El día 28 salió la misma rumbo a Çesme, donde, según se decía, fondeaba el enemigo; pero al no encontrarlo, costeó Quíos recogiendo a todos los pobres quiotas que hallaban vagando y escondidos; para encontrarlos y llevarlos con seguridad a los barcos, se desembarcó a marinos armados.
El 1 de mayo llegó la flota a Psará y se supo que la turca había vuelto no hacía ni dos días a Quíos, donde el capitán pashá, pavoneándose de sus éxitos, se daba la gran vida en espera de otros barcos procedentes de Constantinopla. El día 10 comenzaba el ramadán. Como durante él los turcos tienen la costumbre de descansar, el capitán pashá decidió no zarpar hasta el bayram67, pero los mandos de la flota griega, considerando que un mes sin hacer nada les perjudicaba porque se agotaban los escasos 67
Festividad turca en que se celebra el fin del Ramadán.
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recursos, decidieron golpear cuanto antes a la escuadra enemiga dentro del puerto de Quíos. Con este fin zarparon el día 8, pero no llegaron ese día al estrecho; el día 14, unas pocas naves se acercaron a los accesos norte del paso y se enfrentaron a algunas fragatas y corbetas, volviendo a donde estaban las demás con la caída del sol. La tarde del 19, quince buques de guerra y tres brulotes al mando de Miaúlis entraron en el paso por la entrada norte, mientras el resto esperaba fuera formando una línea que iba desde la punta norte de Quíos hasta las costas de Asia; al verlo a tiempo la vanguardia enemiga, situada en la entrada del canal, dio la alarma con un cañonazo e inmediatamente zarpó toda la armada turca, pero con tanta prisa y confusión, que muchos de los barcos lanzaron el ancla al mar; en cuanto estuvieron las dos flotas a tiro de cañón, cuatro naves griegas –las de Miaúlis, Sachturis, Skurtis y Tsamadós– rodearon a la enemiga capitana y la hostigaron; también se lanzó contra ella un brulote, pero no la contactó. Tras este fracaso, las naves griegas se retiraron, con las turcas detrás persiguiéndolas y disparándoles toda la noche, pero en vano; al día siguiente, ambas escuadras intercambiaron cañonazos fuera del estrecho sin causarse daños, al igual que la víspera, volviendo las griegas a Psará y las turcas al puerto de Quíos. Entre tanto, llegó una nueva fuerza naval para el capitán pashá desde Constantinopla, a la que se añadió otra procedente de Egipto. Los griegos meditaban continuamente cómo dañar al enemigo, antes que se reforzara aún más, y no tenían otro recurso que usar los brulotes.
La noche antes del bayram –la del 6 de junio– fueron a la nave almirante muchos de los mandos de la flota turca a celebrar una fiesta; era una noche oscura, de novilunio, y los barcos de la flota estaban totalmente iluminados a causa del aún vigente ramadán; destacaban entre todos, por la luz que difundían, los dos buques de línea, la nave almirante y la vicealmirante.
Tres días atrás dos brulotes griegos, uno al mando de Andreas Pipinos de Hydra y otro al de Konstandinos Kanaris de Psará, zarparon de noche de esta última isla hacia la parte norte de Quíos, pero fueron sorprendidos por una calma chicha que duró los tres días. Simultáneamente zarparon cuatro buques de guerra, dos hacia la zona sur del estrecho y los otros dos hacia la zona norte, con la misión de recoger a las tripulaciones de los brulotes después del incendio de éstos. El día 6 empezó a soplar un viento del norte y, a la caída del sol, los dos brulotes bordearon bajo enseña extranjera el Karamburnús, ocultos por su mole; en cuanto se hizo de noche, entraron en el estrecho tranquilamente y sin infundir sospechas, pues a causa de 151


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la fiesta del bayram había echado el ancla hasta la nave guardiana, y se pusieron a navegar en medio de la escuadra enemiga; se acercaron tanto a uno de los barcos, que no tuvieron más remedio que distanciarse a los gritos de los vigías, para no dejarse ver. Después de medianoche, volvieron a toda vela al centro de la escuadra y, ayudados por la brisa que soplaba desde tierra, el brulote de Psará cayó de improviso sobre la proa de la nave almirante y, enlazado a ella, le transmitió al punto sus llamas, mientras que el de Hydra se lanzó contra la proa de la vicealmirante, donde quedó enganchado; pero se despegó antes de transferirle su fuego y, ardiendo, daba bandazos aquí y allá, sembrando el terror y la confusión en medio de la escuadra. Los valientes capitanes y marinos de los dos brulotes, 43 en total, una vez terminado su cometido, embarcaron en las lanchas y salieron todos indemnes del canal por la entrada sur y por en medio del enemigo, salvándose en los barcos dispuestos para recogerlos; al regresar a Psará, corrieron hacia la iglesia acompañados por el pueblo, que los aclamaba, y dieron gracias a Dios por haber bendecido su acción contra el enemigo; tenían la resolución de quemarse todos si veían que no podían escapar a las garras de aquél y, con este fin, llevaban material de ignición en los dos botes. Dentro de la incandescente nave almirante había no sólo muchos turcos importantes, sino también cautivos cristianos; todos perecieron salvo unos pocos, pues los cañones se inflamaron e impidieron a los botes de las demás naves aproximarse, por el peligro que implicaba. Dos lanchas de la nave almirante se fueron a pique por la gran cantidad de los que se amontonaban en ella. El capitán pashá subió a su bote particular pero, cuando se alejaba, se le desplomó encima uno de los mástiles, haciendo zozobrar el bote y fracturándole el pecho; unos nadadores se lanzaron al mar y lo salvaron mientras era arrastrado por las olas, llevándolo medio muerto a tierra, donde expiró al poco tiempo. El fuego que devoraba a la nave almirante se propagó en menos de una hora al depósito de pólvora; entonces, se elevó una columna de fuego que llegaba al cielo, iluminando el amplio y vasto horizonte en medio de aquella noche sombría. Antes del mediodía siguiente enterraron al capitán pashá en la fortaleza, pero en los funerales enloquecieron de nuevo los sanguinarios turcos de Quíos y la contemplación de un capitán pashá víctima del fuego de los griegos les dio nuevo impulso para trasladarse el mismo día, hasta unos doce mil, a las aldeas productoras de goma, que no habían sufrido nada hasta entonces, con el pretexto de castigar no a los aldeanos de la comarca, sino a los de 152


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otros poblados que habían huido a ellas, principalmente a Zoló Potami68, aunque estaban al amparo de la amnistía. Guardaba dichas aldeas Elezoglu, un hombre cabal que con el objeto de protegerlas entregó, quieras o no, a los habitantes refugiados de otros lugares; pero no pudo, como esperaba, proteger a la mayoría mediante el sacrificio de los menos. Desde el mismo momento en que la turba sedienta de sangre se apoderó de todos cuantos quisieron y los hubieron pasado a todos a cuchillo, en el mismo día asaltaron las propias aldeas espada en ristre, matando, cautivando y destruyendo; esta catástrofe tuvo como resultado el abatimiento de toda la isla.
El día 8, la escuadra turca abandonó Quíos y arribó a Mitilene el día 10.
Ese día, zarpó la griega de Psará y llegó a Ériso el día 10. El 15, cuando los griegos tenían preparados dos brulotes contra la flota enemiga, ésta marchó a Moschonisia y de allí a Ténedos, mientras la griega pasó el canal de Quíos y abrió fuego contra el castillo; siendo respondida, fondeó al siguiente día frente a Psará; de allí partió el 23 y arribó el mismo día ante Quíos, desconociendo los movimientos de la flota turcaak. El 24, al saber que se dirigía al Helesponto, volvió a sus bases, siendo aclamada y admirada por sus osados y felices logros contra la escuadra enemiga.
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‘Río Turbio’.
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1822 CAPÍTULO XXXI SOBRE LAS JUNTAS REGIONALES DEL PELOPONESO Y DE GRECIA CONTINENTAL Y SUS RELACIONES CON EL GOBIERNO.- CAMPAÑA DE HYPSILANDIS EN GRECIA ORIENTAL.- INFAUSTOS DESMANES EN LA TOMA DE ZITUNI Y PATRATSIKI.- CAMPAÑA DE MAVROKORDATOS EN GRECIA OCCIDENTAL.- CRETA DESDE LA LLEGADA DE AFENDULIS HASTA MAYO.MUERTE DE BALESTE.-
Hemos visto que el congreso de Epidauro, al constituir el gobierno de la nación, respetó las juntas regionales –la gerusía del Peloponeso y de Grecia Occidental y el Areópago de la Oriental– y puso a las tres a las órdenes del gobierno pero, según los reglamentos de dichas entidades, nada podía hacer el gobierno en las provincias sino a través de estas juntas.
La gerusía del Peloponeso estableció su sede en Tripolitsá y actuó con presteza y éxito pero, aunque debía obediencia a las decisiones del gobierno, no tardó en objetarlo impidiendo durante bastante tiempo la legislada percepción de un grosi por persona (el psicógroso), porque las disposiciones del gobierno eran enviadas directamente a las provincias; después derivó hacia una manifiesta reacción y oposición. El congreso se equivocó al permitir poderes dentro del poder. No era difícil abolirlos, pues nadie se oponía a sus decisiones, pero los griegos no tenían aún por maestra a la experiencia.
La Gerusía de Grecia Occidental, la más dócil entre las juntas regionales, tenía su sede en Mesolongui y hacía lo que podía dentro de su radio de acción. El Areópago tenía un carácter peculiar: era un organismo itinerante, iba de provincia en provincia. Como las islas no tenían junta de gobierno, se les enviaron harmostas69 para su organización. El gobierno, queriendo integrar a todas las partes de Grecia en una organización 69
Otro nombre inspirado en la Grecia Clásica: los harmostas eran gobernadores enviados por Esparta a las polis o islas bajo su dominio.
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uniforme, promulgó una ley por la que dividía el territorio en provincias, las provincias en distritos de primera y segunda clase y éstos en comunidades, delimitando las funciones de cada institución subordinada y las relaciones de éstas entre sí y con el gobierno. Todo esto se hizo de común acuerdo entre el ejecutivo y el legislativo, que actuaban en armonía, como en armonía actuaban los que votaban, y según la Asamblea de Epidauro.
Sólo disentía el presidente del ejecutivo, Hypsilandis, pero no se oponía abiertamente. El puesto político que se le había dado no le complacía a él ni beneficiaba a la patria. Hypsilandis era más un militar que un político: valeroso, firme y amado de la soldadesca por su carácter belicoso; él mismo veía que la posición que ocupaba no era la más conveniente para él y, puesto que el teatro de operaciones de la inminente y peligrosa guerra parecía que iba a ser Grecia Continental, deseaba marchar a ella en expedición. Los miembros del legislativo y algunos del ejecutivo opuestos a él, deseando alejarlo de la sede del gobierno, se mostraron dispuestos y se decidió en principio que fuera a Grecia Occidental y, a los pocos días, que a la Oriental; pero el Areópago –muchos de cuyos miembros habían empezado, como hemos visto, a posicionarse en contra de Hypsilandis desde que lo vieron en Tríkorfa– no lo quería en un lugar de mando; lo que quería era una expedición de peloponesios sin él, porque sospechaba que mantenía contactos con aquéllos a los cuales el Areópago se oponía; además, lo consideraba capaz de apropiarse de la autoridad regional; por eso reaccionaba contra la campaña de tal hombre a aquella zona. El legislativo tuvo en consideración las razones del Areópago y se mantuvo en que Hypsilandis fuera enviado a Grecia Occidental, como se había decidido previamente, pero al final cedió a la opción del ejecutivo y a la insistencia del propio Hypsilandis, que partió para Grecia Oriental desde Corinto, el 20 de febrero. Como presidente interino, para desempeñar en su ausencia las funciones de presidente, fue elegido Charalambis. Se decidió que fueran a sus órdenes en la expedición tres mil peloponesios, pero apenas cruzaron el Istmo 700, mandados por Nikitas y Panayotis Zafirópulos. En la campaña, Hypsilandis enarboló la bandera de la Sociedad, en contra de las leyes de la nación, que había aceptado y según las cuales había sido nombrado presidente del ejecutivo y enviado a esta campaña. Esta actitud, reprochable e irrelevante para sus objetivos, proporcionó al Areópago un justificado motivo para hablar y escribir mil acusaciones contra él como rebelde al orden establecido. El gobierno dio 156


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muestras de patriotismo y prudencia en tan crítico momento, limitándose a amonestarlo y aconsejarle que hiciera lo correcto. Hypsilandis aceptó la enseña nacional en vez de la otra pero, apenas pisó el territorio de Grecia Oriental, dio un nuevo motivo de disensión: envió directamente órdenes a los éforos de las provincias, cuando debía dirigirse al Areópago según el protocolo existente. El Areópago elevó al gobierno nuevas y justificadas quejas contra él y el gobierno exigió por escrito a las partes en pugna que llegaran a un acuerdo; además, envió a Grigorios Konstandás, que los apaciguó pero no los reconcilió.
A finales de mayo se reunieron en consejo militar bajo la presidencia de Hypsilandis los jefes guerrilleros más importantes en Pralos, en la zona montañosa de Dóride, donde con la intención de reforzar la insurrección en las regiones más septentrionales planearon tres campañas simultáneas: una a Patratsiki, otra a Zituni y la tercera a cortar toda comunicación entre los enemigos ocupantes de ambas localidades; decidieron que Odiseo, Dyovuniotis, Nikitas y Zafirópulos pasarían con 3000 hombres a Hagía Marina, en el golfo Malíaco, y avanzarían desde allí para tomar el castillo de Zituni, y que Mitsos Kondoyanis, Kaltsás y los destacamentos provinciales de Kravvara, de Karpenisi y de Apókuro, 2500 en total, castigarían Patratsiki; Nakos Panuryás se situaría en Kombotades. Se decidió que las tropas con destino a Hagía Marina cruzaran el golfo la tarde del Jueves Santo y la atacaran el Viernes Santo. Este plan fue suscrito el día 26 por los que se hallaban en el consejo pero, en vez de la noche del Jueves Santo, las tropas cruzaron el golfo la noche del Viernes Santo; la mañana del Sábado Santo –el 1 de abril– Dyovuniotis y Nikitas desembarcaron en Achinós, para ir por tierra hasta Stilida70, y Odiseo en Hagía Marina. Al avanzar los de Dyovuniotis y Nikitas hacia Stilida, se encontraron con los turcos, que venían de allí contra ellos; inicialmente retrocedieron y fueron perseguidos, pero después les hicieron frente poniéndolos en fuga y entraron en Stilida, matando e hiriendo a más de 50 e incendiando algunas viviendas. Al poco llegaron más turcos de refuerzo desde Zituni, pero también estos sufrieron una derrota; en estos combates se distinguieron por su valor los peloponesios. A la noche siguiente, los griegos abandonaron Stilida y, bajando hasta la costa, se dirigieron a Hagía Marina, donde se unieron a los de Odiseo. El mismo día llegaron allí los turcos, todos en unión contra los 70
O Stylida, en la parte norte del golfo, muy cerca de Hagía Marina.
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griegos reunidos, y combatieron. Pero mientras los de esta zona se habían movilizado, no lo habían hecho el mismo día los de las demás zonas como se había proyectado, pues estuvieron esperando a Mitsos Kondoyanis; al no aparecer éste, Panuryás salió de Kombotades con sus tropas hacia Patratsiki el Domingo de Resurreción, o sea, el 2 de abril; con él iban Kaltsás y Safakas, los ocupantes de la parte alta de la ciudad; llegó también Kondoyanis y así marcharon contra la ciudad, intercambiando hostigamientos. Fueron muertos 11 griegos y heridos 3, muriendo un número mayor de turcos; fueron incendiadas todas las casas de Bogómyla y muchas de la ciudad.
Seis días estuvieron los griegos en ella y al séptimo se retiraron, sin lograr el objetivo por el que la habían invadido.
Trece días duraron las refriegas en Hagía Marina y, a partir de entonces, la campaña cambió de forma: planeada por los griegos como ofensiva, se convirtió en defensiva a causa del gran número de enemigos llegados para la ocasión, ya que los turcos no dejaron a los griegos avanzar y se apoderaron de la aldea situada encima de Hagía Marina, Avlaki, apostando en ella 4 cañones y causándoles grandes daños. Los griegos vieron que su posición era insostenible mientras los turcos conservaran Avlaki y, ya que era de todo punto necesario expulsarlos o retirarse, decidieron atacarles de noche.
Al dar la hora, Dyovuniotis y Nikitas se pusieron en movimiento pero Odiseo, aunque estaba conforme antes de la acción, cambió de parecer en aquel instante al ver segura la derrota de los griegos. Dyovuniotis y Nikitas aceptaron esta decisión de Odiseo, que les fue comunicada en el momento de partir, y regresaron con él al campamento. Como no se había cumplido el objetivo, no quedaba más remedio para salvarse que la evacuación del campamento griego. En el puerto estaban las embarcaciones de todo tipo que habían transportado el ejército; en la de Visvizis, comandante de la flotilla, estaban el vicepresidente del Areópago –el organismo se encontraba entonces en Lithada, una villa de Eubea– y el areopagita Drosos Mansolas, que se habían trasladado aquí para observar las acciones bélicas y proveer lo que hiciera falta. Los cabecillas les anunciaron la decisión de retirarse y les pidieron que organizaran su traslado en las naves hasta la parte opuesta del golfo, pero su petición no fue atendida, porque los areopagitas estimaban que el ejército debía permanecer. Entonces Odiseo tomó consigo a Nikitas y fue al barco donde estaban los areopagitas para justificar la retirada en proyecto, pero tampoco prevalecieron sus razones. Esta expedición contaba con muchos recursos gracias al incansable celo del Areópago, que 158


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había arramblado de todas partes en beneficio de la patria, pues se habían fletado 30 barcos para uso de ella y se había aprestado todo lo necesario en abundancia; por ello parecía decepcionante a los areopagitas –y lo era, en efecto– que todos los esfuerzos y los grandes gastos invertidos en la campaña resultaran baldíos. Los areopagitas a bordo del barco reconocían que era impensable la toma del castillo de Zituni, para lo cual se había hecho principalmente la expedición, pero querían que el campamento mantuviese la posición que ocupaba por los cristianos de Macedonia y el Olimpo, que recobrarían ánimos al oír que en dicho emplazamiento había un ejército acampado. El objetivo era sin duda de interés común, pero estaba abocado al fracaso; Odiseo se mantenía firme y ponderado en sus términos en nombre de los demás jefes para obtener lo que habían decidido, cuando incurrieron en una violenta discusión y Odiseo, totalmente fuera de sí, prorrumpió en improperios contra la guerra; sus palabras, dichas en presencia de muchos que estaban a bordo, aunque eran fruto de la ira, encolerizaron a todos los tripulantes contra él por conspirador y traidor, y a duras penas lograron apaciguarlos las patrióticas consideraciones del vicepresidente del Areópago. En el transcurso de la discusión, comenzó en tierra firme un tiroteo entre turcos y griegos; entonces, abandonando las diferencias, subieron todos a cubierta para ayudar a sus hermanos que combatían en tierra; al observar un pelotón de infantes enemigos sobre una loma a tiro de cañón y, delante de ellos, a un hombre con estola dorada a lomos de un caballo con arnés de plata, blandiendo una vara en su mano derecha y animando a los soldados a la lucha, lanzaron contra el grupo un cañonazo que mató e hirió a algunos y dio por tierra con el desconocido jinete. A la caída de éste cesó la lucha y los enemigos recogieron el cadáver y se retiraron; era, según se supo después, el general del ejército enemigo.
Entretanto los areopagitas accedieron, quieras o no, a la moción de Odiseo y, al caer la noche, embarcó el ejército y fue transportado enfrente en los barcos, que se guiaban por la luz del fuego en la torre del lugar, llamada de Halil Bey. De esta forma, las operaciones bélicas en torno a Hagía Marina, que comenzaron el 1 de abril, se prolongaron hasta el 15, período en el que fueron muertos 50 griegos y heridos 90, a los que se llevó para ser atendidos a Eubea, donde murieron 15 de ellos; los muertos y heridos turcos fueron más, debido a que combatieron sin esperarlo.
Tras la retirada los que habían fallado en Patratsiki, a los que se unió Nikitas, arremetieron de nuevo contra dicha ciudad, tomando e incendiando 159


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parte de ella, pero fueron obligados a retirarse por segunda vez; fueron muertos en acción el conde de Quelen, danés, y el prusiano Heyneman. Así fue como fracasaron estas campañas.
Entretanto, tras la marcha de Hypsilandis, en Corinto el gobierno se dedicó sin pausa a enrolar tropas en el Peloponeso con destino a Grecia Continental.
A la caída de Corinto, el ejército regular estaba descansando, por falta de suministros y por la dimisión de su competente general Baleste, que quería ir a Creta. El gobierno, sintiendo la gran utilidad de este cuerpo, procuraba conservarlo y aumentarlo, por lo que promulgó una ley regulando su organización y medidas conducentes a su subsistencia y crecimiento: nombró comandante al filoheleno italiano Tarella, hombre notable por sus conocimientos militares, decisión y valentía, y dispuso que se encuadrasen en ella oficiales y soldados extranjeros; ya que habían llegado muchos oficiales filohelenos de todas las nacionalidades y no encontraban puesto en el ejército, el gobierno promulgó otra ley por la cual todos ellos, unos como oficiales y otros como simples soldados, constituyeron un batallón propio llamado “batallón filoheleno”. Tenía prioridad sobre todos los demás cuerpos de ejército y, para honrarlo, el presidente del legislativo recibió el grado de coronel honorario del mismo; se nombró coronel efectivo al italiano Dania, que se había distinguido por su valor en el asalto a Nauplion. También dispuso el gobierno un reclutamiento general en la provincia del Peloponeso, con vistas a engrosar el ejército regular. Mientras se ocupaba en estos menesteres, llegó una embajada de Grecia Occidental pidiendo que fuera allí como jefe político y militar el presidente del legislativo, Mavrokordatos, quien, como hemos dicho, se había atraído durante su estancia en la zona el afecto y la estima de los griegos occidentales y había sido nombrado por unanimidad presidente de su Gerusía en base a sus trabajos para constituirla. La embajada fue atendida y se publicó un decreto de 11 de mayo por el que se daba permiso de un mes a Mavrokordatos para visitar Grecia Occidental y, en caso de necesidad, también la Oriental, y se le encomendaba la dirección general de los asuntos políticos y militares en la zona. Se decidió también el envío de numerosas tropas para acompañarle y de una fuerza naval para trasladarlas a la otra orilla y apoyar las operaciones militares en tierra.
El presidente salió de Corinto el día 17 y llegó a Mesolongui el 23, pero contaba sólo con 400 regulares, 120 filohelenos, otros tantos heptanesios 160


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al mando de Spyros Panás y 400 peloponesios mandados por Yatrakos, Diliyannis y Kyriakulis. Iba también con 180 Markos Bótsaris, llegado hacía poco a Corinto para invocar la ayuda del gobierno a su tierra en peligro y solicitar el rescate de sus paisanos, que estaban bajo el poder de Hurshid. También había ido a Grecia Occidental el 12 de marzo Yenneos, enviado con 250 por su padre, que estaba de campaña en Patras, a petición de los de Grecia Occidental, que le habían enviado como embajador para este asunto al ex-arzobispo de Arta, Porfyrios; en consecuencia, toda la fuerza trasladada desde el Peloponeso hasta Grecia Occidental ascendía a 1500 hombres, entre regulares y no regulares. El 8 de mayo habían cruzado hasta Mesolongui 8 embarcaciones griegas.
La llegada de Mavrokordatos a Grecia Occidental no se pareció a la de Hypsilandis a la Oriental, pues contra éste reaccionaba abiertamente el Areópago y se oponía con buenas maneras el gobierno, mientras que a Mavrokordatos le hacía caso la Gerusía y el gobierno le apoyaba; por lo cual, si para el progreso de las actividades de Hypsilandis había dificultades insuperables, no ocurría así para el encauzamiento de la misión de Mavrokordatos.
Así estaba la situación en Grecia Occidental por aquella época.
Al reseñar la situación en Creta hemos dicho que Afendulis, representante de Hypsilandis, llegó a Lutrón a finales de octubre. Así encontró las cosas allí: la insurrección no se había extendido aún a toda la isla; llegaba sólo desde el límite occidental hasta Rethymni. Dos mil cuatrocientos cretenses al mando de Daskalakis, Anagnostis Panayotu, Protopapadakis y Sífakas acechaban Chaniá, los pasos de Sélino y Kísamos y la zona contigua a Suda; tres mil, al mando de Rusos y otros capitanes, ocupaban los pasos del territorio de Rethymni, excepto la costa que conduce desde Rethymni hasta Megalo Kastro; y Melidonis se emboscaba al pie del Ida con otros mil, de manera que todas las fuerzas combatientes de Creta por aquellos días se reducían a seis mil quinientos hombres. Los turcos en armas eran cuatro veces más y poseían muchas zonas fortificadas y las tres ciudades con murallas: Chaniá, Rethymni y Megalo Kastro; no sitiados por mar sino a intervalos por algunas naves de Casos, no sufrían falta de suministros; sin embargo, eran diezmados por la peste, declarada poco antes entre ellos.
A principios de diciembre, 1500 al mando de Daskalakis y Anagnostis Panayotu irrumpieron en la provincia de Sélino, se adueñaron de algunas poblaciones y obligaron a los turcos de dicha provincia a concentrarse 161


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desde todos los puntos en las torres de la capital. Algunos de ellos ocuparon como zona de seguridad la aldea contigua, Stavrós, donde los cristianos los cercaron y los habrían hecho prisioneros unos días después, privados de víveres como estaban, si Daskalakis, al no soportar tardanza alguna, no hubiera lanzado a sus soldados al asalto, donde él mismo se arriesgó y destacó, pero fue alcanzado mortalmente por una bala de fusil dentro de una casa, dejando un glorioso recuerdo de sus brillantes hazañas por la patria y de su amable talante, por el cual era llamado Tselepís71. Al morir él, sus compañeros de armas abandonaron las posiciones y le sustituyó en el mando Sífakas en la zona de Malaxa72. El día 20 hubo de nuevo enfrentamientos en las afueras de Chaniá, que se recrudecieron el 24, en que fueron derrotados los enemigos, muriendo finalmente 35 y siendo heridos más; tras la derrota, la emprendieron contra los cristianos en el fuerte, matando a 25 aldeanos que traían aceite para uso de sus amos sin recelar nada. El 23 de enero se entabló un encarnizado combate en las afueras de Rethymni, en el cual los griegos derrotaron de nuevo a los enemigos, con la intervención y actuación destacada de Melidonis. Le siguió otra batalla igual de encarnizada y exitosa, al mando de Deliyannakis. El 5 de febrero, los griegos tomaron posiciones muy cerca de las dos fortalezas y aplastaron a los que salieron por dos veces de Chaniá bajo la dirección del propio pashá para dirigirse a Rethymni. A estos repetidos fracasos de los enemigos les siguió el disturbio y la anarquía dentro de Chaniá, encerrando la guardia al pashá en su palacio y obligándole a pagarles parte de los sueldos. Al comenzar marzo, los cristianos cortaron por segunda vez el suministro de agua, restablecido hacía pocos días, y rechazaron a 1200 que salieron poco después, matando a 30.
Pero cuanto más éxito tenían las acciones de los griegos frente a Chaniá y Rethymni, tanto más infortunadas eran las de los emplazados a los pies del Ida. Las fuerzas turcas de Kastro eran mucho más numerosas que las de otras fortalezas, y sus oponentes eran inferiores en efectivos a los desplegados en las otras dos; por ello, no podían conservar por mucho tiempo su posición; los de Kastro salían y acampaban sin molestia en Furfurá, una aldea de la provincia de Amari, en las estribaciones occidentales del Ida. Se les unieron de otros lugares y sumaban unos 4000, con la misión de invadir todas las zonas libres colindantes. Para repelerlos, 71 72
Un empalagoso dulce turco.
Localidad al pie de Lefká Ori, a unos 10 Km. al S.E. de Chaniá.
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se acampó en los pueblos de la provincia –Monastiraki, Mérona y Amari– a la mayor parte de los que había en Rethymni y a los de los contrafuertes del Ida, todos puestos al mando general de Rusos.
El día diez del mes, los turcos pasaron en masa el río entre los dos campamentos, se lanzaron contra los griegos y los combatieron con el objeto de dispersarlos, pero fracasaron y, al llegar la tarde, volvieron a sus cuarteles más ofendidos que ofensores. Conservaban bajo guardia sus víveres y enseres en Vathyakós, aldea de la misma provincia, dentro de la mezquita. Tres noches después de la batalla, sin que lo supieran los demás jefes, Melidonis y otros osados compañeros suyos irrumpieron de improviso en el poblado, mataron a la guarnición, saquearon la mezquita y volvieron sin problema al campamento griego. Completamente alterados al saber lo sucedido, los turcos de Furfurá, creyendo que llegaba otra fuerza por detrás y que el lugar era retenido aún por los griegos, levantaron el campamento y regresaron a la fortaleza.
Algunos de los jefes envidiaban desde un principio a Melidonis, al que el pueblo estimaba sobre cualquier otro por su ferviente patriotismo y su valentía. Su última correría, por más que suscitó el elogio de la comunidad, en la misma medida colmó la envidia de sus opositores y provocó su asesinato por mano de Rusos, so pretexto de no haber sido informado, como general, de la peligrosa incursión; Afendulis se irritó con esta muerte y degradó al matador, pero debido a ello perdió la benevolencia de los sfakianos. Esta indigna impiedad hizo que se levantara el campamento.
El día 20 del mismo mes desembarcó en Lutrón Baleste con algunos oficiales europeos y combatientes samios, trasladándose a Haiyoryis73, una aldea en la provincia de Chaniá donde residía Afendulis. Las cualidades de Baleste animaron a los cretenses y al comandante, que había recelado en un principio que se le enviaba como espía de sus actividades, a poner a sus órdenes el cerco de Rethymni. Sagaz y experimentado en la guerra, a la primera ojeada vio que los triunfos de los cretenses eran infructuosos, por cuanto no tenían ninguna plaza fuerte, ya que hasta el gobierno del lugar iba de aquí para allá, el centro bélico era el remoto Lutrón y no había refugio en caso de necesidad. Por dichas razones resolvió tomar Rethymni y se puso a preparar, junto con los que tenían el mando, un reclutamiento en masa. Después de visitar a los acampados junto a Chaniá, el 28 fue al 73
‘San Jorge’.
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campamento frente a Rethymni, donde encontró sólo 800 combatientes.
A los dos días, habiendo aumentado el número hasta 1200, tomó la villa de Kástelon, a dos horas de Rethymni, y las dos aldeas cercanas, Epano Malaki y Kato Malaki74. El 8 de abril salieron los de Rethymni hacia Kástelon e irrumpieron en el llano, pero se retiraron después de un encarnizado combate. Murieron 20 turcos, un número mayor fue herido y cayeron dos banderas en manos de los griegos. Éstos, animados por la victoria, se prepararon para una ofensiva general.
El día 14, Baleste los concentró a todos en Kástelon (eran unos cuatro mil por aquellos días) y propuso que unos cuantos atacaran a los quinientos enemigos que ocupaban dos posiciones elevadas fuera de la ciudad, una de las cuales contaba con cañones; que los provocaran a la lucha y, entablada ésta, se retirasen para que los enemigos los persiguieran y, en la persecución, cayeran otros sobre la retaguardia del enemigo; y, hecho esto, aprovecharan la ocasión los demás y, empezando por el jefe, se precipitaran hacia la ciudad, que sería fácil de tomar por estar acampada fuera de ella la mayor y más aguerrida parte de la guarnición; y que, al mismo tiempo, se aproximaran las naves de Casos que rondaban por allí y abrieran fuego de cañón contra la ciudad; propuso el día siguiente para el asalto. El plan era arriesgado y difícil de llevar a la práctica, tanto más cuanto habían llegado ya en ayuda de Rethymni más de dos mil de Kastro, que estaban acampados al lado; pero no se desechó, sino que se aplazó por necesidad al saber el comandante que el campamento andaba escaso de municiones y enviar sobre la marcha a por ellas y por víveres a unos hombres a Lutrón, donde estaban los depósitos, y a Armyró, donde estaba entonces Afendulis; pero los retimnios se les adelantaron, bajaron ese día a la llanura y, precedidos por la artillería, se lanzaron sobre los griegos. Hasta cierto momento la batalla aparecía indecisa, pero de repente se apoderó de ellos el pánico y todos se dispersaron de mala manera. En vano Baleste porfiaba por animarlos: enfermo y corpulento, a punto estuvo de caer prisionero, pues no podía correr; dos sfakianos de la banda de Deliyannakis se turnaron para llevarlo a hombros pero, al ver que los enemigos se aproximaban y temiendo ser capturados, lo dejaron en una maleza de mirto y laurel y huyeron, a la espera de volver por la noche y rescatarlo. Los turcos, merodeando en busca de cautivos, llegaron al bosquecillo y cortaron la cabeza y la mano 74
‘Malaki de Arriba y Malaki de Abajo’.
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derecha de Baleste, llevándolas a la fortaleza; igualmente capturaron con él a un oficial quiota del ejército regular, llamado Kókkinos, que no quiso dejarlo solo debido a su devoción por él.
Así terminó su carrera militar a los treinta y dos años de edad el eficaz y lleno de buenos sentimientos Baleste, habiéndose ganado el cariño, la estima y el perpetuo recuerdo de los griegos.
Cuanto más horrible era el sufrimiento de los cristianos en torno a Rethymni, tanto más favorable les era la guerra en las demás zonas. A finales de abril los cristianos atacaron las provincias de Avlopótamos y Amari, derrotaron a los enemigos, que se encontraban dispersos por las aldeas y lo pasaron mal, los confinaron en Megalo Kastro y transportaron víveres a sus hambrientas familias; pero regresaron al saber que más de trescientos habían salido de su base en Kastro y ocupado una casa fortificada en la aldea de Episkopí y los cercaron, mientras dispersaban a otros que habían ido con ellos de refuerzo. Los sitiados, bajos de moral por ello y carentes de agua, convinieron en abandonar la casa, entregar las armas y volver indemnes al castillo; pero sospecharon una encerrona y se negaron a ser desarmados al salir, y sólo unos pocos de los que habían llegado a las manos por este motivo entraron en el fuerte sanos y salvos. Mientras en aquellos lugares se hacían estas cosas, tuvo lugar una mortífera batalla junto a Chaniá, donde los turcos tomaron posiciones desde los arrabales hasta la aldea de Makróticho y los cristianos frente al río Kladissós, estando éstos sometidos al fuego de la fortaleza y aquéllos al de los buques de Casos, al mando de Kandartsís. En esta batalla fueron muertos y heridos 40 cristianos y 100 turcos, entre ellos el famoso Kara-Guiulés75; después de ella, los turcos abandonaron las posiciones y entraron en el fuerte cubiertos de oprobio, pero al día siguiente, en el momento en que los casios entonaban animadamente cantos de victoria y disparaban salvas, la muerte arrebató al glorioso y entusiasta luchador Kandartsís, al explotar uno de los cañones de la capitana y herirlo mortalmente. El 12 de mayo, los cristianos intentaron destruir a fuego a los del fortín de Kunupidiná, junto a la plaza fuerte de Chaniá; al principio sufrieron bastante pero, con la ayuda de Sífakas, los enemigos huyeron perseguidos hasta Chaniá y los cristianos derribaron el edificio.
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En turco, Karagözlük. Es un apelativo que hace alusión al protagonista del teatro de sombras turco, adoptado por los griegos como Karaguiosis.
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1822 CAPÍTULO XXXII CONFLICTOS ENTRE EL AREÓPAGO Y ODISEO.- MUERTE DE NUTSOS Y PALASKAS.-LLAMAMIENTODEHYPSILANDIS.-IRADELGOBIERNOCONTRA ODISEO.-
Los desacuerdos preexistentes del Areópago con Hypsilandis y Odiseo llegaron a su auge tras el fracaso de la expedición a Zituni. Ciertos areopagitas, sin tener en cuenta los usos militares o las circunstancias, no cesaban de atribuir el mal resultado de la campaña a la actitud de Odiseo, acusándolo a las claras y tachándolo de reo de alta traición. Según la opinión de los caudillos que habían participado, este clamor era injusto, porque el ejército se retiró de Hagía Marina de común acuerdo, y no sólo por la voluntad de Odiseo. Al ser acusado tan dura e injustamente, éste se indignó y el 16 de abril mandó al Areópago, que se encontraba en Lithada, una renuncia por escrito a todo servicio a la patria, alegando como pretexto circunstancias familiares. El Areópago, sin reparar en lo que demandaba el momento y suponiendo sincera la dimisión, la aceptó, le respondió altivamente y nombró a tres capitanes para que asumiesen provisionalmente el mando de su unidad; entonces Odiseo, en sendas cartas de fecha 17 y 18, pidió al gobierno que enviase como sucesor suyo al frente de la huérfana unidad a Christos Palaskas, que se había unido a los combatientes hacía poco76 y residía en Corinto. La petición de Odiseo era un acto de cólera y malevolencia, no fruto de madura y sincera reflexión. El solicitante, que se daba cuenta de su valía, quería con este acto poner a la opinión pública en contra de los miembros del Areópago que eran rivales políticos suyos; por lo cual, después de la petición se quedó en Dadí, donde residía antes de la misma, relacionándose, comiendo y consultando con Hypsilandis, que también vivía allí. El Areópago, que desde el principio era contrario 76
Vd. capítulo XX, pág. 15.
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–como vimos– a la salida de Hypsilandis hacia Grecia Oriental, se apoyó en lo sucedido después de la infortunada campaña a Zituni para indignarse más aún contra él, pues lo veía halagar y animar a sus adversarios, y para escribir al gobierno el 22 de abril, quejándose de haber propuesto muchas veces que lo revocaran y no haber sido atendido; de que su estancia en Dadí, su correspondencia con los jefes guerrilleros y su buena disposición hacia Odiseo trastornaban todos los planes para la toma de Zituni; de que Odiseo conspiraba contra la patria y el orden establecido y era necesario que su muy amigo Hypsilandis fuera revocado, que Yatrakos emprendiera la expedición, que Palaskas fuera enviado a hacerse cargo de la unidad huérfana y que Nikitas fuera apartado de Odiseo.
El gobierno, al recibir las cartas del Areópago de 17 y 18 de abril, envió a Grecia Oriental a Alexis Nutsos y a Palaskas, no para sustituir a Odiseo como solicitaba el severo Areópago, sino para apaciguar a los rivales; se esperaba el éxito de esta misión por el ascendiente de Nutsos, que tenía viejas relaciones con Odiseo y lo había salvado de la muerte, gracias a su amistad con Alí, cuando incurrió en la ira del tirano.
Al llegar a Lebadea los enviados y convocar a los jefes guerrilleros a una asamblea, a la que asistieron dos miembros del Areópago, dijeron en presencia de todos las medidas que se les habían encargado para conseguir la pacificación. Parecieron prevalecer las razones de éstos y los oficios de paz de los jefes asistentes para con los enfrentados; los enviados, en nombre del ejecutivo, instaron entonces a Hypsilandis a volver al Peloponeso; como esta disposición no había sido puesta por escrito, no fueron atendidos y volvieron a Corinto a principios de mayo, pero no llegaron a tiempo de informar al gobierno de que habían puesto paz entre los rivales y éste recibió demandas de ciertos guerrilleros secundarios, fomentadas sin lugar a dudas por los enemigos políticos de Hypsilandis y Odiseo, diciendo que no querían servir a las órdenes de ninguno de ellos. El gobierno, al ver que resultaba inútil toda forma de apaciguamiento, envió por segunda vez a Nutsos y Palaskas, a éste para que asumiera el mando de la unidad de Odiseo, a aquél para que supervisara con el Areópago la venta de las rentas y el reembolso de algunas obligaciones del Estado e instalara a Palaskas en su nuevo mando militar, utilizando su influencia entre los jefezuelos que envidiaban el puesto. Hypsilandis fue reclamado por escrito por el ejecutivo, y Odiseo instado a comparecer ante el gobierno y perdonado de las acusaciones que había contra él. Con el fin de que se realizara 168


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felizmente la transmisión a Palaskas de la unidad de Odiseo, se consideró conveniente mantener en secreto la disposición, pero se descubrió nada más ser firmada y, sin saberlo el gobierno ni los enviados, su contenido fue revelado a Odiseo antes de que éstos llegaran a Grecia Oriental; también se le comunicó a Odiseo lo que no era cierto, a saber, que el Gobierno había ordenado a los enviados que lo asesinaran. Afectado por tales impresiones iba a recibir a Nutsos y Palaskas Odiseo, un hombre formado en la infecta corte de Ioánnina, donde sólo se apreciaba y estimaba el crimen y donde se contemplaba como sacrosanta razón de Estado el homicidio por una simple sospecha. Los enviados partieron de Corinto el 14 de mayo y se dirigieron a Velitsa, donde estaba entonces Hypsilandis, con el cual trataron de su revocación. Por aquellos días, el cuartel general de Grecia Oriental estaba asentado en Patratsiki y las tropas de Odiseo en Drakospiliá. Los enviados juzgaron razonable ir al cuartel general y, después de incorporar a los jefes de allí y una fuerza suficiente, pues sólo tenían una escolta de 50 soldados, marchar a Drakospiliá para hacer públicas las disposiciones del gobierno sobre el cese de Odiseo en su mando militar y su traslado a la capital, pero algunos de sus amigos los disuadieron diciéndoles que era innecesario cumplir todo lo que habían dispuesto tan precavidamente, porque la soldadesca entera al mando de Odiseo estaba soliviantada al máximo contra él y dispuesta a entregarlo. Con tales perspectivas, Nutsos y Palaskas salieron y llegaron a las proximidades de Dadí el 24 sobre el mediodía y, después de informarse de que Odiseo estaba dentro, no entraron y se instalaron fuera, sin entrevistarse con él. Odiseo, sabiendo la misión que traían, iba a hacer antes con ellos lo que creía que ellos planeaban hacer contra él, asesinarlos; había dejado el resto –más de 1000– en Drakospiliá, pero tenía consigo 50 de los suyos. Nutsos y Palaskas, sabiendo que Odiseo estaba lejos de su campamento y sin sospechar que había descubierto el encargo que traían y que creía lo que no era verdad, al oír que iba a Velitsa al encuentro de Hypsilandis, vieron la circunstancia propicia para ir en su ausencia hacia el campamento de Drakospiliá, suponiéndolo dispuesto, por lo que oían, a cumplir las órdenes que llevaban. Con este fin emprendieron el camino, pernoctaron en Glunitsa y, al día siguiente –el 25– continuaron hacia Drakospiliá. Odiseo, observando sus pasos, se volvió y marchaba sin ser visto detrás de ellos. Yendo Nutsos y Palaskas en dirección a Drakospiliá, se oyó atrás una inesperada descarga de fusilería y, después, delante de ellos: los que dispararon por detrás fueron los de Odiseo, los 169


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que lo hicieron por delante los de su ejército, ya que al partir les había encargado que lo hiciesen cuando le oyesen disparar. Nutsos y Palaskas, comprendiendo entonces que Odiseo conocía los detalles de su misión y que habían sufrido una emboscada y corrían peligro, sin poder cambiar de dirección a causa de la posición en que se encontraban, siguieron de frente quieras o no hacia el campamento, sin dejar de ser tiroteados, y se refugiaron en la iglesia de San Jorge, que estaba delante y tenía el tejado de madera, y allí se encerraron con otros seis de su escolta, mientras los demás se dispersaron aterrorizados. Entonces los de Odiseo rodearon la iglesia, abrieron fuego por todas partes contra sus ocupantes e incendiaron el techo y la puerta. Apareció Odiseo y les conminó a rendirse, asegurándoles que no les haría daño. Nutsos no receló de Odiseo, confiado como estaba en su vieja amistad con él y los favores de otro tiempo y, con el consentimiento de Palaskas, salió el primero de la iglesia con su hijo adoptivo, esperando por su mediación salvar también a Palaskas, al que Odiseo odiaba porque iba a ocupar su puesto. Odiseo recibió benévolamente a Nutsos en su choza, le dio confianza y, a través de él, animó a Palaskas a entregarse. Los de fuera pusieron pólvora en un cubo con objeto de lanzarlo por encima del techo incendiado, para quemar así a los de dentro de la iglesia si no se rendían.
Los cercados acabaron rindiéndose y Palaskas fue a la cabaña de Odiseo, donde estaba Nutsos. Entonces Odiseo ordenó que se leyeran ante todos los soldados las disposiciones contra él, de las que eran portadores y ejecutores Nutsos y Palaskas; después de la lectura dijo, inflamando a los soldados, que Nutsos era enviado como rey y Palaskas como general; que a él le daba igual tanto la realeza del uno como el generalato del otro, porque su deseo era, como lo había mostrado en su petición, volver a Ítaca como súbdito de un Estado extranjero y vivir oscuro y en paz en el seno de su familia; pero a ellos incumbía pensar si era honroso y útil aceptar a otro después de haber roto el yugo turco; al comprobar que los soldados se enardecían al máximo con estas palabras, les preguntó a grandes voces: “¿Queréis a éstos, o a mí?” “A ti, a ti”, gritaron todos. “Pues entonces, –respondió– castigad a los enemigos vuestros y míos”, y se fue de la cabaña. Los soldados sacaron a Nutsos y Palaskas fuera la cabaña y los mataron la tarde del mismo día (25 de mayo). Este asesinato, atroz en sí mismo, se mostró peor aún por la condición pública de los asesinados y porque anunciaba otras muertes por orden de Odiseo, en medio de la discordia imperante; por lo cual, cundió el pánico entre sus rivales, que se diseminaron por todas partes en busca de 170


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cobijo. Hypsilandis, de vuelta al Peloponeso en respuesta al llamamiento, se enteró en Dístomo de lo ocurrido el 25. Se encontraban allí importantes familias de Lebadea que, aterrorizadas, corrieron hacia la costa y subieron a los barcos; en su huida hacia la salvación, recibieron un total y sincero apoyo por parte de Hypsilandis. Los areopagitas que se encontraban en aquella zona también se esfumaron.
El día 31 el Areópago, al saber lo ocurrido, escribió al gobierno y le envió a uno de sus miembros en apoyo de las siguientes mociones: 1ª Que el gobierno ordene a los guerrilleros de Grecia Oriental prender a Odiseo y enviárselo para esclarecimiento de su conjura con Hypsilandis; añadía que, según las informaciones de que disponía, todos los guerrilleros de aquella zona, indignados por el nefando crimen, estaban dispuestos a reparar la honra del gobierno y a asegurar el interés de la patria mediante el castigo del infame Odiseo. 2ª Que Nikitas sea trasladado a Grecia Occidental o al Peloponeso, o se le ordene imperiosamente ponerse de acuerdo con los demás jefes guerrilleros de Grecia Oriental y dejar de defender por las claras a Odiseo. 3ª Que Guras asuma el mando del ejército de la provincia de Lebadea. 4ª Que, por lo acuciante de las circunstancias, el presidente del legislativo se traslade de la Grecia Occidental a la Oriental.
El gobierno, que por aquellas fechas se había trasladado a Argos para evitar la insalubridad de Corinto, por motivos de seguridad debidos a la amenaza de invasión enemiga desde Grecia Continental al Peloponeso y por la inminente caída de Nauplion, al ver cuán gran ofensa se le había inferido con este asesinato, se encolerizó al máximo y, el 3 de junio, promulgó un decreto por el que degradaba a Odiseo por atentar contra el gobierno, pisotear las leyes y bañarse las manos en sangre inocente, lo condenaba a muerte y ofrecía una recompensa de 5000 grosia. No contento con eso, al día siguiente dispuso para los naturales de la provincia de Lebadea, de los cuales se nutría principalmente el campo de Odiseo, que lo capturaran vivo o le dieran muerte; dictó severas penas para los que no desertaran de él y declaró cómplices y reos de la misma pena a todos sus parientes. El mismo día el arzobispo de Andrusa, Iosif, ministro de Asuntos Eclesiásticos, arrojó los rayos de la excomunión sobre la cabeza de Odiseo, y de los suyos si no lo abandonaban, excluyéndolos de la Iglesia; pero nadie movió un dedo contra él y los guerrilleros de Grecia Oriental, dispuestos a revocar a través del Areópago o directamente las duras medidas del Gobierno contra él, no se mostraron dispuestos a 171


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cumplirlas; Odiseo, aterrorizado y fuera de sí, se refugió en Korykion, una gruta del Parnasoal; el ejército junto a Patratsiki se disgregó; por todos lados imperaron la anarquía y el desorden y no existía ninguna precaución, en un momento en que la irrupción enemiga era inminente; y todo esto era causado por la inoportuna, impolítica y desmesurada dureza del Areópago contra uno de los más importantes caudillos de aquel territorio, dictada por un patriotismo más fogoso que reflexivo.
Antes de apartar la vista de la luctuosa escena de Drakospiliá, debemos condenar como falsa y sin fundamento la especie difundida entonces de la culpabilidad de Hypsilandis en las injustas muertes de Nutsos y Palaskas; Hypsilandis deseaba inequívocamente subvertir lo establecido e instaurar su sistema, que era el de su gobierno personal, y teniendo a la vista el izado de su bandera y de su enseña después del establecimiento del gobierno nacional el mismo día en que cruzó el Istmo, no albergamos dudas de que sus contactos con Odiseo y otros tendían a dicho propósito; pero tampoco dudamos de que de ninguna manera participó en la maldita acción de Drakospiliá; valga como prueba suficiente de inocencia su honradez, reconocida por todos.
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1822 CAPÍTULO XXXIII RENDICIÓN DE LA ACRÓPOLIS DE ATENAS.
Se ha dicho ya que, al retirarse Vryonis de Atenas, los griegos se apoderaron de la ciudad y asediaron la acrópolis por segunda vez. Pero, antes de que se retirara, los turcos del lugar llevaron a ella muchos víveres, por lo que no temían pasar hambre, a no ser tras un largo asedio. Lo que no tenían era una fuente de agua: había muchas cisternas, pero sólo dos fáciles de usar; y puesto que era invierno, ni siquiera se preocuparon de llenarlas, pues esperaban que lloviera. Dentro del recinto amurallado contiguo a la acrópolis (Serpentsé) había tres pozos, como dijimos, de los cuales sólo uno tenía agua potable. Los griegos decidieron adueñarse de este bastión, aunque la intentona era muy peligrosa, a causa de los albaneses que lo guardaban y de su posición bajo el fuego de los de arriba. El 13 de noviembre de madrugada los griegos subieron al bastión, tomaron el fumadero de opio que había dentro, entraron en el café y se hicieron dueños de todo el baluarte, donde encontraron alimentos y otras mercancías, siendo muertos o heridos 40 griegos, entre ellos el jefe Dimitrios Lekkas; se distinguió por su valor Yoryis Glytsis, de Salamina, quien, herido de gravedad, preguntó mientras agonizaba: “¿Hemos entrado?”; al oír que sí, expiró exultante.
Fueron muertos 15 turcos y el resto, unos 30, salieron ilesos ocultándose en las grutas de debajo de la acrópolis. Al amanecer, los vieron los de la acrópolis y descolgaron un baúl oblongo, hondo y abierto por arriba y los elevaron uno a uno tendidos en él, sin que fueran heridos a pesar de ser tiroteados desde abajo. El mismo día los impetuosos griegos se lanzaron contra la propia acrópolis, conquistando la primera y la segunda puerta y penetrando en el edificio de dentro, conocido como el mechtepi. Con la apropiación del baluarte, los griegos privaron al enemigo del agua de los pozos; con objeto de inutilizar dichos pozos si eran rechazados, arrojaron a ellos los cadáveres de los turcos muertos de manera que, en caso de 173


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sequía, se entregaran los de la acrópolis por falta de agua. Unos y otros eran conscientes de la necesidad de poseer el reducto y se empleaban a fondo, ya para desalojar a los ocupantes lanzando bombas sobre el techo abovedado del fumadero que les servía de abrigo, ya para reforzar la bóveda por dentro. Al mismo tiempo, los griegos instalaron un cañón de 12 libras sobre la colina del Areópago y el 3 de diciembre encontraron una galería subterránea, que conducía a la izquierda de los Propileos, y trataron de introducirse ocultamente, pero se volvieron atrás por el cúmulo de cantos y cascotes que había en su interior. Tras dos días intentando apoderarse de la tercera puerta de la acrópolis, que estaba forrada en hierro, la quemaron en parte pero, como se habían amontonado escombros detrás, no la derribaron y se fueron tras matar a cuatro y herir a cincoam. Tampoco fueron más afortunados los turcos al hacer una incursión el día 16, de la que volvieron tras matar a dos hombres. Los griegos, perdida la esperanza de adueñarse del fortín al asalto, se limitaron los dos meses siguientes a observar un estrecho asedio, durante el cual tampoco los turcos emprendieron ninguna salida. A intervalos caían balas de cañón y de fusil, casi siempre inocuas, y los griegos cobraron tal ánimo, que arreglaron sus casas en la ciudad y trajeron de vuelta a sus mujeres e hijos. A finales de febrero corrieron rumores sobre una ofensiva enemiga y temieron que sus esfuerzos fueran vanos por segunda vez, por la gran duración del asedio; por ello, pidieron y obtuvieron del gobierno 2 morteros y 200 proyectiles. Los morteros se emplazaron sobre la colina del Areópago, a 300 brazas de la acrópolis y bajo la dirección de Voutier, que comenzó a bombardearla el último día de febrero, aunque sin causar daños. Acudieron combatientes capacitados de todas partes: eginetas, salaminios, cefalenios y 30 filohelenos; al mismo tiempo llegó el ingeniero de minas Kostas Chormovas, que empezó a zapar hasta la tercera puerta y, la mañana del 18 de abril, después de 33 días de trabajo, encendió la mina, por medio de la cual echó abajo parte del muro junto a la puerta y mató a 10 turcos que guardaban el puesto. En el momento de prender la mina, se lanzaron griegos y filohelenos, pero fueron rechazados, muriendo 4 griegos, el filoheleno Skalemberg y 8 turcos, y siendo heridos 12 griegos y 3 filohelenos. El minador comenzó a abrir una nueva galería el día 22. A comienzos de junio se agotó casi por completo el agua en las cisternas de la acrópolis; afligió no poco a los sitiados la epidemia que cunde habitualmente en los asedios y ni siquiera se enteraron de la invasión turca proyectada desde el exterior, que podía haberles subido 174


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la moral. Por todo ello y, sobre todo, por la sequía imperante durante muchos meses en Atenas, considerada por los turcos una calamidad, ya que veían caer la lluvia lejos de la ciudad, dos de ellos subieron a las almenas (el 2 de junio) y propusieron una capitulación bajo la garantía de los cónsules.
Los cónsules no asumieron la responsabilidad, pero se comprometieron a emplear toda la atención posible en vigilar el cumplimiento. Hacía algunos días que estaban en Atenas Andreas Kalamogdartis y Aléxandros Axiotis, el uno como delegado del gobierno y el otro del Areópago, para recepcionar la fortaleza y hacer el inventario de su contenido. La presencia de éstos alegró a los turcos, que temían con razón una violación de los tratados, y también les dio confianza el juramento hecho sobre los Evangelios delante del metropolita por los hombres fuertes griegos; así, el día 9 se firmó un pacto en el consulado de Austria por petición expresa de los turcos y delante de los cónsules, aunque no con su garantía. Las cláusulas del acuerdo eran: la entrega de la fortaleza y de todas las armas públicas y privadas; la seguridad de vida y honor de los turcos; el permiso para habitar en la ciudad o ser trasladados gratuitamente a Asia bajo pabellón neutral; el reparto a partes iguales entre ellos y los griegos de todo objeto de oro, plata u otro material valioso; la completa devolución de todos los bienes griegos, y la transmisión de propiedad de todos los bienes inmuebles al Gobierno de Greciaan. Al día siguiente de alcanzado el acuerdo, una hora antes de la puesta del sol, subieron al fuerte los notables del lugar y la tropa, al mando de Panayís Chtenás, precedidos por el metropolita; los turcos sitiados les salieron al encuentro y, habiendo entregado el comandante de la plaza las llaves y dicho: “Cúmplase la voluntad del Altísimo”, bajaron todos el mismo día a la ciudad, donde les facilitaron habitaciones; había 1160 almas, de las cuales apenas la sexta parte era capaz de empuñar las armas; todos estaban enfermos a causa de las privaciones y 60 murieron a los pocos días. Los griegos izaron su bandera en la fortaleza con estrépito de cañones, pero una tristeza ensombreció pronto esta alegría popular, pues en medio de las andanadas explotó inesperadamente un cañón y alcanzó de lleno al destacado ciudadano y valiente guerrero Panayís Chtenás, que era el comandante de la plaza a excepción de la fortaleza.
Valientes, infatigables y perseverantes se mostraron los cristianos de Atenas en todo el transcurso del sitio, durante el cual murieron unos doscientos de ellos; grande fue también la resistencia de los turcos, famélicos y sedientos en la estación de los rigores veraniegos; pero salieron 175


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de la agonía de la sed para caer en las brasas de la deslealtad. Por desgracia, durante la entrega no se previó con el debido tiempo que estuvieran en el Pireo las embarcaciones necesarias para el transporte y en el ínterim, difundido el rumor de una invasión enemiga, cundió el pánico entre la población. El gobierno, temiéndose lo que no tardó en suceder, dio órdenes y, el día 25, se fletaron dos barcos con bandera europea que estaban en el Pireo para transportar a los rendidos; dichos barcos los recogerían el día 29, pero entre tanto las reiteradas malas noticias sobre la incursión del enemigo y su campaña contra Tebas y Atenas aumentaron tanto el miedo de los atenienses, que por segunda vez las mujeres y los niños se refugiaron en Salamina y los combatientes que se quedaron en la ciudad, de entre los cuales había muchísimos habitantes de las localidades afectadas, sedientos de revancha por sus recientes padecimientos y exasperados ante los nuevos peligros, el día 28, en medio del tumulto, el éxodo, la anarquía y el imperio del terror, alzaron ignominiosamente sus sacrílegas manos contra los turcos acogidos a la tregua, frente a la oposición de los éforos y el resto de los notables. Fueron masacrados cuatrocientos; los demás huyeron a los consulados, donde encontraron asilo. Afortunadamente, el 3 de julio arribaron al Pireo dos barcos de la Armada Real francesa y los capitanes corrieron al rescate de los injustamente tratados y, defendiéndolos con buenos términos, con amenazas o sacando las armas, llevaron indemnes a 325 hasta las naves y los trasladaron a Esmirna; el resto se quedó en las embajadas, siendo enviados después ellos y otros más a intervalos a las costas de Asia Menor en buques europeos, con lo que el total de los que se entregaron y fueron trasladados fuera de Grecia fue de 550; de los que no fueron masacrados o deportados, unos murieron víctimas de la infección contraída durante el asedio y otros se quedaron voluntariamente en Grecia y se repartieron por aquí o por allá de mala manera.
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1822 CAPÍTULO XXXIV SALIDA DE LOS NOTABLES DEL PELOPONESO PARA RECLUTAR EN LAS PROVINCIAS.-CONSTITUCIÓN DE UNACOMISIÓN EJECUTIVA.-BAUTISMO DE MAHOMETANOS.-ACUERDO SOBRE LACAPITULACIÓN DE NAUPLION.PETICIÓN PRIVADA Y EN SECRETO DE UN PROTECTORADO INGLÉS SOBRE EL PELOPONESO.- FIN DEL SITIO DE PATRAS.-
La siempre necesaria expedición de los peloponesios a Grecia Continental se hizo más que necesaria con la orden de busca y captura de Odiseo, porque ésta conllevó la disolución de los ejércitos, junto con el desorden y la anarquía en aquellas zonas. Puesto que no se atendían las constantes disposiciones del gobierno sobre el asunto en las provincias del Peloponeso, se creyó razonable emprender los reclutamientos a través de las personas influyentes en cada provincia; y ya que los más representaban a sus provincias ante el gobierno como miembros del ejecutivo, el 5 de junio, bajo la presidencia de Hypsilandis, que había llegado a Argos el día 1 y a los dos días había vuelto a asumir su tarea en el organismo, se promulgó un decreto diciendo que desde aquel día una comisión de miembros del ejecutivo no inferior a cinco, sobre los doce que prescribía la ley, asumía las funciones del ejecutivo en pleno y que sus decisiones tenían todo el poder y la fuerza; su vigencia se fijó hasta la vuelta de dos tercios de los componentes. El plan era enrolar proporcionalmente por todo el Peloponeso 17.600 hombres, de los cuales 6.100 fueran enviados en expedición a Grecia Occidental y 6.350 a la Oriental, y quedasen 3.300 en el sitio de Patras, 600 en el de Koroni, 1000 en el de Metona y 150 como guarnición de Neókastro. Una vez elaborada la lista de reclutamiento, los notables salieron de Argos el día 8 y con ellos fue también el vicepresidente Charalambis, al que suplió Vasilis Buturis.
La armonía entre el ejecutivo y el legislativo constituía la fuerza del gobierno en aquellas tremendas circunstancias, en que éste carecía de 177


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todo recurso financiero y la gerusía del Peloponeso daba un escandaloso ejemplo de manifiesto desacato a sus disposiciones. Pero esta armonía pasó por un mal momento a la vuelta de Hypsilandis, pues el legislativo, que lo veía con malos ojos por todo lo que pasó en Grecia Oriental durante su campaña, no comunicaba al ejecutivo sus planes como al principio, no porque temiera su influencia, sino porque no quería que conociera lo que se estaba proyectando; así que, a partir de entonces, actuó en muchos casos sin que lo supiera el ejecutivo. A éste, acostumbrado a saberlo todo y deliberar sobre todo, le desagradaba la novedosa muestra de falta de confianza hacia él por parte del legislativo.
Pocos días antes había surgido la siguiente cuestión cultual: muchos griegos, movidos por celo religioso, bautizaban quieras o no a gran cantidad de prisioneros desde el principio de la insurrección. El gobierno y la gerusía del Peloponeso, al enterarse, prohibieron el bautismo a la fuerza; tenía que ser un acto de libre elección. Poco después, la gerusía quiso permitirlo como acto humanitario, ya que en medio de tanta efusión de sangre que todo griego inteligente rechazaba, lo consideraba la única manera conducente a disponer favorablemente a los griegos para con los mahometanos renacidos en el divino bautismo. Con este fin, a primeros de mayo propuso al gobierno que prescribiera a los sacerdotes y obispos, por medio del Ministerio de Asuntos Religiosos, bautizar a los voluntarios, previa catequesis consentida. El entonces titular de Asuntos Religiosos, el arzobispo de Andrusa Iosif, filantrópico como ningún otro, admitía las razones por las que se hacía la propuesta, pero no creía que sirviera para nada un bautismo en tales condiciones, por lo que sugirió que fueran bautizados sólo los varones menores de doce años, y con el consentimiento de los padres; y también las mujeres jóvenes que lo prefiriesen. Pero el ejecutivo, al que se le comunicó la opinión del ministro, propuso que la iglesia de Cristo admitiese a todos los hombres y mujeres de cualquier edad voluntarios y con fe una vez catequizados, como si la fe estuviera en el filo de los labios. Está comprobado que los mahometanos pedían el bautismo para evitar las represalias y no por convicción y, así, no se les debía admitir al azar por razones políticas ya que, siendo subrepticios enemigos mortales de la fe y de la libertad de los griegos, podían resultar peligrosos si entraban al servicio político o militar del Estado por medio de un cristianismo fingido; un ejemplo reciente lo tenían los griegos en lo ocurrido hacía poco en Lebadea, donde fueron bautizados muchos 178


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prisioneros que, cuando irrumpieron contra la ciudad los de Mehmet Pasha y Vryonis, ignoraron el bautismo y se enfurecieron aún más contra los cristianos por haber sido forzados a apostatar debido a las presiones.
Tras larga controversia con el ejecutivo, se impusieron las restricciones del legislativo, inteligentes tanto por cristianas como por políticas, y se aprobó y legisló que se convirtiera por medio de las aguas bautismales sólo a los varones menores de 12 años que se presentaran y a las mujeres de cualquier edad, pero a nadie sin el consentimiento de sus padres.
Los turcos sitiados en Nauplion, en situación extrema por la falta de alimento, decidieron rendirse; contribuyó a ello el sargento otomano Iusuf, que cayó en manos de los griegos cuando iba a Constantinopla de parte de los sitiados y les escribió una carta por instigación de los griegos pero que supuestamente decía la verdad, en la cual los desengañaba de toda ayuda exterior y los instaba a llegar a un acuerdo. Otra vez entraron los sitiados en negociaciones con los sitiadores y Petrobey, que bajó a la Argólide por aquellos días, en oposición al gobierno y confiado en su influencia, envió a los sitiados un prisionero, el cadí de la provincia de Hagios Petros, para tratar con él o a través de él, pero la tentativa se frustró al ser capturado el cadí; con todo, las conversaciones llegaron a buen fin y el 18 de junio se firmó un acuerdo que decía que los turcos entregarían los fortines, las armas de todo tipo del Estado y privadas y los dos tercios de sus bienes muebles tras minucioso inventario, y los griegos trasladarían a los turcos al litoral de Asia Menor y, tras la firma del acuerdo, les proporcionarían regularmente la manutención diaria hasta arribar a dicha costa. En cumplimiento de las cláusulas, el mismo día entraron en Nauplion los plenipotenciarios griegos en compañía de 100 hombres y con la bandera desplegada. Para su seguridad, los turcos entregaron al gobierno griego como rehenes a miembros de las familias más destacadas; entregaron también la torre marítima, en la que penetraron 50 griegos de los 100 mencionados, mientras los demás quedaron en Nauplion como escolta de los plenipotenciarios llegados con ellos. La noticia sobre la inminente caída de Nauplion, donde se creía que había tesoros acumulados, se difundió por las provincias del Peloponeso y creó por desgracia graves obstáculos a la proyectada expedición contra el enemigo fuera del Peloponeso, porque arrastró hasta la Argólide a masas de hombres armados procedentes de todas partes. La concurrencia de éstos provocó disturbios, matanzas de los turcos que salían acogiéndose al acuerdo y agresiones y ofensas contra el propio 179


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gobierno; éste, temiendo con razón que fueran maltratados o arrebatados los rehenes que se le habían dado, los embarcó en un navío griego que permanecía frente a los Molinos. Cuanto más acuciante era para los griegos la entrega del castillo por la inminencia de la incursión enemiga, tanto más les convenía a los turcos aplazarla. El hambre les había forzado a llegar a un acuerdo, pero ahora que recibían según sus términos la manutención diaria, no tenían necesidad de acelerar su rendición, sin saber qué sería de ellos en el porvenir. Los griegos, dejándose llevar por la irreflexión y la falta de miras, imponían como límite el detallado inventario de los bienes muebles de los sitiados y su posterior reparto; la mala fe de los turcos, que escondían sus más preciados objetos, prolongaba la conclusión de esta tarea. Los griegos que habían entrado a recibir la fortaleza vieron al poco cuán difícil era el cumplimiento de dicha condición y, con la aquiescencia de los turcos, solicitaron y obtuvieron permiso para modificar la cláusula: pagarían una cantidad fijada y lo harían en especie por estimación, en caso de no ser posible en efectivo; pero, superada esta dificultad, ni aun entonces se colmaba el objetivo principal, pues se necesitaba dinero contante y sonante, para poner en movimiento los barcos a causa del transporte de los sitiados, y el gobierno ni tenía ni encontraba, e intentaba movilizar los barcos con la parte que esperaba le correspondiera de los bienes de Nauplion. Por estos motivos se alargaba la tan urgente entrega del castillo.
A finales de mayo, la gerusía peloponesia reveló que algunos, ignorando lo que se estableció en el congreso de Epidauro, estaban actuando para poner el Peloponeso bajo el protectorado de Inglaterra y negociándolo con las autoridades de las Islas Jónicas. Se había detectado como intermediarios de esta negociación a los dos hermanos Zarifópulos de Andritsena77, uno de los cuales fue encontrado en Tripolitsá y capturado y encarcelado por la gerusía, que también descubrió documentos que demostraban las acciones emprendidas con vistas al protectorado de Inglaterra. Al saberlo, el legislativo condenó duramente la negociación, pero a los notables del Peloponeso no les desagradó en general, sobre todo a algunos de los que se encontraban entonces en Argos: deseando sondear la intención del gobierno inglés, enviaron a Zacinto por otro motivo al obispo de Réondas y Prastós, Dionysios, quien a través del arzobispo de dicha isla, Garzonis, que había entrado en conversaciones con el gobernador sobre el tema, se informó de 77
Localidad de Élide, cercana a Olimpia.
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que el gobierno inglés daría una respuesta si la propuesta de protectorado era enviada por escrito a Londres por los notables del Peloponeso. La negociación fue interrumpida.
La hostilidad que imperaba entre los políticos y los militares del Peloponeso llegó a su apogeo con el despliegue de los notables por las provincias para reclutar y hacer la expedición. Kolokotronis sostenía bien el sitio de Patras, pero los notables de Kalávryta, de Karýtena y de otros lugares le escamoteaban del campamento gentes de su zona para la expedición, también quizá con la intención de debilitar al poderoso rival; éste, al ver la sustracción y abandonado con unos pocos, levantó el asedio lleno de ira y subió a Tripolitsá, proclamando por donde pasaba la impunidad con que habían saqueado su ejército y dispuesto a bajar desde allí a la Argólide para ser juzgado, según decía, junto con sus rivales, pero pensando realmente subvertir el orden establecido e imponer una dictadura militar. Así fue como el pomposo reclutamiento quedó sin realizar y la tan cacareada batida de los notables por las provincias para la salvación de la patria en peligro produjo más mal que bien, pues dio al traste con el asedio de Patras sin movilizar fuerzas ni para Grecia Continental ni para reforzar el Istmo. Y esto sucedía en un momento en que el enemigo estaba presto a cruzar con gran despliegue el Esperqueo y ningún contingente había al lado de acá del río para hacerle frente, debido a los desmanes de Odiseo.
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1822 CAPÍTULO XXXV EXPEDICIÓN DE ALBANESES CONTRA SULI.- SU CAÍDA Y BLOQUEO DE KIAFA.-CAMPAÑADEMAVROKORDATOSHASTAMÁSALLÁDEMAKRYNOROS.DESTRUCCIÓN DE LA PEQUEÑA FUERZA NAVAL AL MANDO DE PASSANO EN EL GOLFO DE AMBRACIA.- BATALLAS DE KOMBOTI, PLAKA Y FANARI Y MUERTE DE KYRIAKULIS MAVROMICHALIS.- BATALLA DE PETAS.-
Tras la caída de Alí, todo el Epiro se postró ante Hurshid como se ha dicho, pero los de Suli no inclinaron la cabeza. Esta gente, que había luchado hasta entonces por Alí, decidió por unanimidad luchar en adelante por su nación; con objeto de hacerlo bien y crear obstáculos a la ya dispuesta expedición albanesa contra la separatista Grecia, propuso al gobierno griego que enviara barcos a aquella zona, unos para transportar a sus mujeres e hijos al Peloponeso y los otros para atemorizar al enemigo y elevar la moral de los cristianos de la vecindad; y también que les enviara víveres y pertrechos de guerra y les diera licencia para ponerse de acuerdo con los cristianos o, incluso, los mahometanos de Albania; el gobierno concedió de inmediato el permiso solicitado y procuró satisfacer cuanto antes el resto de las peticiones; en tanto los albaneses, principalmente los tsámides, que eran vecinos de los suliotas, no juzgaban prudente marchar contra la insurgente Grecia y alejarse de sus hogares antes de pacificar Suli, pues de otra manera peligraban sus familias, por lo cual exhortaron a Hurshid a pensarlo. Éste, por esa razón y porque no quería dejar atrás un foco de rebeldía que podía extenderse, escribió a los suliotas que quizás tenían razón en otro tiempo para tomar las armas porque su antecesor, contraviniendo el firmán del sultán, no sólo no les había devuelto su patria y sus posesiones, sino que además había conspirado contra ellos; que la Puerta no les guardaba rencor; al contrario, los perdonaba y les devolvía su territorio, sus fundos y sus antiguas prerrogativas y que él mismo estaba dispuesto a darles cualquier otra cosa razonable que pidieran; les exhortaba 183


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a enviarle negociadores cuanto antes, porque le urgía una expedición. Los suliotas agradecieron sus buenas intenciones para con ellos y respondieron que, ya que la secesión griega se había originado en las intrigas de Alí, parecía justo que, caído aquél, Hurshid no marchara contra ellos, sino que les concediera una amnistía y, si la aceptaban, la aceptarían también ellos; si no, preferían morir a ser tachados de traidores, al separarse de sus aliados y hermanos de religión. El desprecio a su imposición y el tono de la respuesta provocaron la ira del arrogante Hurshid quien, listo para mandar sus fuerzas a Acarnania, decidió dirigirlas por entero previamente a la aniquilación de los suliotas. La noticia se propagó y los suliotas, que estaban decididos a resistir, ordenaron a los cristianos que habitaban los pueblos más distantes que, por seguridad, se trasladaran con sus reses al interior del distrito de Suli; pero antes que el enemigo se movilizase contra aquellas zonas, los notables albaneses, que habían recibido las órdenes de Hurshid sobre la campaña y veían que se inauguraba una espiral bélica peligrosa e inútil por causa de estos rapaces combatientes, entraron en negociaciones con ellos en Derviziani, una aldea a cuatro horas de distancia de Suli. Las razones de los albaneses tendían a separar a Suli del resto de Grecia, pero ellos se mantuvieron firmes en los términos que habían comunicado a Hurshid y, así, albaneses y suliotas se despidieron el primer día sin llegar a nada; hubo un largo debate sobre la inevitable ruina de Suli y el sometimiento a esclavitud de las mujeres e hijos de los suliotas si no llegaban a un acuerdo, a lo que Danglís respondió que “nunca serían hechos esclavos porque, si el país caía en poder del enemigo, los mismos suliotas les darían muerte”.
Después de esta entrevista, los albaneses desistieron de todo acuerdo y Hurshid, para allanar el obstáculo que se interponía en su expedición a Etolia-Acarnania, concentró contra Suli todas sus tropas, unos catorce mil. Los suliotas, que eran muy exiguos en número, sólo podían ocupar escasas posiciones y emplazar en ellas a pocos combatientes. En realidad a los catorce mil sólo opusieron mil, de los cuales trescientos ocuparon la posición de Hagios Nikólaos al mando de Notis Bótsaris, cuatrocientos la de Zavruchon al de, entre otros, Diamandís Zervas, y trescientos la de Momakos al de Drakos, Danglís y Gusis. El enemigo se dividió en tres columnas al llegar a Variades; la primera, de tres mil hombres y al mando de los dos silihtares78, el de Hurshid y el de Alí, ocupó el 15 de mayo el 78
Título turco que designa un jefe auxiliar de caballería.
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enclave de Popovo, a tres horas al norte de Suli; otro, de cinco mil hombres al mando de Vryonis y Agos Muchurdaris, atravesó el siguiente día el monte al pie del cual estaba Suli, Vutsi; el tercero, al mando de Kaser Ahmed Pasha, marchó contra el oeste de Suli, por los Molinos. Las tres nutridas columnas cayeron el mismo día sobre los tres exiguos destacamentos de suliotas; el de Hagios Nikólaos, no pudiendo resistir desde su posición, retrocedió y se situó en Stréthiza, también llamada Strúmbulos, sobre Kiafa; los de Zavruchon y Momakos defendieron con fortuna en un principio sus posiciones, pero al final las abandonaron. Los enemigos entraron en Suli, se apoderaron de ella y subieron a la peña situada encima, Kungui. En este emplazamiento hay un templo fortificado bajo la advocación de San Donato. Drakos, que había cambiado el puesto de Momakos por Kungui y vio al enemigo subir, se hizo fuerte dentro de los muros del templo con 52 combatientes que, aun siendo pocos, lucharon con éxito durante todo el día y la primera guardia de noche. A eso de medianoche los turcos, al reinar un profundo silencio dentro del recinto, se lanzaron al asalto suponiendo que habían escapado subrepticiamente. Los de dentro se mantuvieron callados y no les dispararon hasta que estuvieron cerca y entonces, abriendo fuego todos a una, mataron e hirieron a muchos y rechazaron a los demás. La misma noche, el secretario de Agos Muchurdaris comunicó en secreto a los defensores del recinto que los turcos no pensaban volver a atacarlos, sino lanzarse sobre Kiafa. Kiafa era el último refugio de los suliotas.
Allí estaban sus mujeres, sus hijos y sus bienes muebles; allí residía la autoridad del lugar; allí se hacinaban las familias cristianas huidas de las aldeas lejanas con sus ganados; así que, perdida Kiafa, se perdía todo; por ello, ante la información del secretario, que no creyeron engañosa, abandonaron la posición de San Donato. Después de la caída de Suli, los demás abandonaron también las posiciones de que eran dueños hasta entonces, de manera que quedaban en total tres, las más necesarias: Kiafa, Navarikon, que distaba tres cuartos de hora de Kiafa, y Chonia, de donde tomaban el agua los de Kiafa; la mayoría de los combatientes estaba siempre alrededor de Kiafa.
Los turcos marcharon de verdad contra Kiafa como había dicho el secretario, emplazaron morteros y cañones en un terreno que la dominaba y se pusieron a disparar contra el fortín y las familias campesinas que estaban fuera, causando graves daños. Entre tanto, llegó al campamento Hurshid al enterarse de la caída de Suli y, habido un consejo, se decidió que 185


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marcharían al mismo tiempo sobre Navarikon, Chonia y Kiafa; partieron al amanecer del 17 de Junio: Vryonis y Agos Muchurdaris con seis mil contra Navarikon; Ismail Pronios, Tahir Tsapari y Balios Chusas con cuatro mil contra Chonia y el silihtar Botas, con dos mil, contra Kiafa. En Navarikon había trescientos suliotas antes de la operación enemiga; en presencia de tan gran cantidad, sólo quedaron 37 al mando de Drakos, pero incluso siendo tan pocos resistieron con éxito hasta que llegó de Kiafa un refuerzo suficiente y, entonces, obligaron al enemigo a retirarse por la noche sin conseguir nada.
Cuando se hizo de día, unos mil quinientos que se habían quedado dentro de algunos fortines, sin tener conocimiento de la retirada de sus compañeros, pidieron permiso para irse sin sufrir daños. Los suliotas, temiendo que los que se habían batido en retirada volvieran al rescate de los que se habían quedado, atendieron su petición. Igualmente fracasaron las operaciones albanesas contra Kiafa, donde hasta las mujeres los combatieron lanzando piedras. Las emprendidas contra Chonia tuvieron éxito al principio y los enemigos forzaron a los suliotas que había allí, que eran casi cien, a retirarse a las alturas; pero entre tanto aparecieron inesperadamente, bajando desde lo alto de las montañas, quinientos cristianos lanzando gritos de guerra y disparando; entre ellos había también mujeres, unas con armas y otras esgrimiendo palos. Al verlos venir a lo lejos, los turcos se marcharon sin conseguir su objetivo y volvieron a sus posiciones anteriores.
Si el notable valor de los suliotas no fuera ya conocido en todas partes, bastarían las hazañas referidas para probarlo.
Entre tanto, los enemigos que esperaban en Préveza y Arta pasaron la frontera de Acarnania, siendo tiroteados y regresando a sus bases. En una de las incursiones de primavera recuperaron los fortines de Teké y Playá.
Hurshid, totalmente exasperado por el fracaso de su campaña para tomar Kiafa, nombró a Vryonis comandante del asedio y de todas las fuerzas otomanas en el Epiro y se fue a Larisa a poner en movimiento otro numeroso ejército, ya dispuesto para invadir Grecia Oriental y el Peloponeso.
Ya que tantos ejércitos preparados para caer sobre Etolia-Acarnania no habrían tardado tanto de no ser por la resistencia de Kiafa, Grecia tenía gran interés en que se conservara dicha posición, que resultaba ser el bastión de Grecia Occidental; gran interés tenía también en trasladar el teatro de operaciones más allá de la frontera, es decir, al Epiro; por ello, al llegar Mavrokordatos a Mesolongui, se decidió enviar todos los efectivos a salvar a Kiafa en peligro y colocar un campamento al otro lado de Makrynoros.
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Una vez que, gracias a la solícita contribución de todas las instituciones y de todos los poderes, Mavrokordatos dejó organizada Grecia Occidental como la situación lo requería y emprendió todas las tareas necesarias para la provisión de víveres, se envió a Kyriakulis Mavromichalis con quinientos hombres de Mani y Karýtena, en cuatro naves de las fondeadas por aquel tiempo en Mesolongui, a Fanari, un puerto a 5 horas de Kiafa. Mavrokordatos partió el 1 de junio con los regulares, los filohelenos, los heptanesios y algunos etoloacarnanios hasta Laspi, más allá del valle del Aqueloo y debajo de la aldea de Machalás, donde se había pensado concentrar las tropas procedentes de todas partes; tardó tres días en avanzar hasta Karvasarás, en la orilla sur del golfo de Ambracia, y encontrando allí dos pequeñas naves con cañones al mando del italiano Passano, que había estado antes al servicio de Alí, envió en ellas a Kóprena, en la orilla norte del golfo, dos manejables cañones y algunos otros avíos de guerra para trasladarlos a Komboti, una aldea en un elevado emplazamiento a dos horas de distancia de Arta; también envió las tropas al mismo lugar, a través de Valtos y Makrynoros, y él llegó el día 9. Pero todas las tropas reunidas allí, regulares o no, apenas llegaban a los tres mil hombres, mientras los enemigos en Arta, Ioánina y Préveza eran el triple. Al día siguiente, al salir Normann con algunos acompañantes a vigilar las posiciones de alrededor de la aldea, encontró de repente a quinientos de caballería que, al mando de Ismail Pliasa, iban con la misma misión desde Arta a Komboti; volvió a la aldea e informó de la llegada del enemigo y, al instante, se lanzaron contra ellos los griegos y filohelenos que había y los pusieron en fuga; los filohelenos continuaron persiguiéndoles en compañía de los griegos casi hasta Arta, matando a bastantes jinetes y quitándoles los caballos, entre los cuales había algunos con bocados de plata que eran de oficiales y del kiaya. Murieron algunos regulares griegos.
Al siguiente día, cuando los de Komboti deliberaban, llegaron a ellos unos enviados de los suliotas anunciándoles su apurada situación y pidiendo una rápida ayuda; añadieron que, como eran más combatientes de los que se necesitaban para guardar las posiciones que ocupaban, algunos estaban dispuestos a salir para apoyar las operaciones externas cuando las tropas se aproximaran. Ante estas noticias, se decidió que una parte de las tropas que había en Komboti se acercase cuanto pudiera a Kiafa y que los demás se trasladaran a la aldea de Petas, por ser un puesto más fuerte, con el único objeto de obstaculizar a los turcos de Arta la salida contra los que iban en auxilio de Kiafa.
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Como jefe militar del distrito de Arta, al que pertenecía el municipio de Petas, estaba Gogos, cuyas brillantes proezas en aquel lugar y en Makrynoros al principio de la guerra hemos relatado79. Por aquellos días acampaba tal hombre en la aldea mencionada. Aunque al principio de la insurrección combatió abiertamente a los turcos matando a muchos y frustrando sus planes contra Etolia-Acarnania, los turcos, al considerarlo poderoso y con bien ganada reputación, lo dejaron en paz como jefe guerrero de su distrito y presunto amigo a partir de entonces, pero no se fiaban de él ni él de ellos, por lo cual no se veían en persona y sólo se comunicaban por correo las negociaciones del momento. Este guerrillero, aun conservando abiertas relaciones con los turcos, las mantenía igualmente con los griegos y decía a los unos que el interés nacional exigía tratar políticamente con los turcos y a los otros que la prudencia aconsejaba relacionarse con los griegos.
Una vez que los griegos plantaron su campamento en Komboti, los turcos, analizando su pasada conducta, desconfiaron de él más que nunca y le escribieron que era llegado el momento de ponerse de acuerdo para atacar a los kleptes; él les respondió que estaba dispuesto, pero veía bien que no le apremiasen; les pedía víveres y pertrechos de guerra para sus soldados.
Los turcos atendieron su opinión sobre el aplazamiento y le enviaron todo lo que pedía; él regaló una parte a sus hermanos en la fe y les vendió el resto para pagar a sus soldados, sin ocultarles ni lo que le acababan de escribir los turcos ni lo que él había respondido. Así era Gogos.
Para concluir el plan de la campaña griega en defensa de Kiafa, la tarde del 21 se pusieron en movimiento hacia ésta Varnakiotis, Iskos, Markos Bótsaris, Vlachópulos, Karatasos y Gatsos con mil doscientos hombres; los regulares, filohelenos y heptanesios partieron al día siguiente con Grivas, Yenneos y Yatrakos hacia Petas, donde se encontraron con Gogos y otros jefes guerrilleros; en Komboti quedaban algunos de Mesolongui, Anatolikó y Zygio al mando de Panayotis Dovas, Spyros Petaludis y Konstandinos Golfinos. Mavrokordatos, escoltado por algunos peloponesios y griegos del continente, se trasladó al otro día a Langadia para aprovisionar de lo necesario al ejército. El mismo día tuvo lugar el completo desastre de la expedición, prólogo de calamidades aún mayores.
Con Passano al frente de las dos pequeñas cañoneras, los griegos habían alcanzado ya el Golfo de Ambracia. Los turcos, queriendo reconquistarlo, 79
Tomo I, págs. 218-219 (cap. XVII).
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aprestaron en Préveza y llevaron al golfo tres cañoneras grandes. La lucha era desigual y Passano intentó arrojar a tierra sus cañoneras, que se habían encontrado sin sospecharlo con que el enemigo había botado las suyas, pero el novilunio imperante frustró sus tentativas. Desesperando de salvarlas, subió a su bote y pugnó por llegar sano y salvo a golpe de remo a la orilla norte del golfo, pero un certero cañonazo hundió el bote y así los enemigos, después de capturar las cañoneras con sus tripulaciones, lo apresaron también a él, que se debatía entre las olas, lo llevaron cargado de cadenas a Arta y lo encarcelaronañ; a los pobres marineros los empalaron en Préveza.
De esta manera los turcos se hicieron dueños de todo el golfo de Ambracia y cortaron la conexión por mar entre el campamento griego y Acarnania.
Los de Varnakiotis y demás jefes abandonaron Komboti y encontraron grandes obstáculos en su marcha a Kiafa, deambulando de acá para allá, persiguiendo y perseguidos, hasta que en la mañana del 29 innumerables turcos los atacaron en Plaka, aldea en una elevada montaña a 10 horas de Kiafa y 4 de Komboti. La batalla se mantuvo igualada hasta el mediodía, en que, al llegarle al enemigo un nuevo auxilio de tropas de refresco, los griegos, sin dormir desde el alba a causa de la batalla, huyeron y, perseguidos, se refugiaron en la cumbre. Los enemigos se apoderaron de su posición, tomaron todo el material de guerra y los escasos víveres y mataron e hirieron a más de 100. Los suliotas, como habían prometido, enviaron unos 500 en su auxilio pero, al toparse con muchas dificultades por el camino, no llegaron hasta cerca de Plaka más que al día siguiente de la batalla y, al enterarse de la huida de los griegos la víspera, volvieron a sus bases; los griegos que se habían refugiado en la cima, perdida la esperanza de ser útiles para el objetivo de la expedición, bajaron de noche por el otro lado de la montaña y llegaron maltrechos a Petas el 1 de julio; así se frustró el plan para socorrer a Kiafa por aquella zona.
Los filohelenos que había en Petas, principalmente su comandante Dania, al oir a su llegada que 800 de los albaneses de Arta habían salido hacia las aldeas cercanas, decidieron atacarles. Tan indomable era la audacia de Dania y tan vehemente su deseo de distinguirse, que desoyó incluso al propio jefe de los oficiales de estado mayor, Normann, a cuyo mando estaban los regulares y los filohelenos y que no aprobaba tan peligrosa aventura. Como los filohelenos no conocían ni el lugar ni la lengua, tomaron como guías a algunos hombres de la banda de Gogos. El día en que partieron (25 de junio), salieron con ellos los heptanesios con 189


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Panás al frente y bajaron todos en primer lugar a la orilla del río de Arta hasta que, marchando por la ribera, subieron de noche hasta Plaka, donde no encontraron ni un alma, pues los albaneses fueron tan crueles al pasar por allí la víspera, que todos los habitantes huyeron hacia los montes y los bosques; sin embargo, vieron sobre algunas colinas al otro lado del río muchas hogueras y, deduciendo por ellas que allí estaba el enemigo, marcharon hacia aquella parte al amanecer del día siguiente, cruzaron el río a mediodía y llegaron por la tarde a una aldea de montaña, Vrontsa, que era donde se veían las hogueras de la noche anterior; pero no hallaron más que a una solitaria mujer y supieron que los albaneses se acababan de ir de allí a toda prisa. La precipitada huida parece que obedeció a algunos tiros que hicieron los guías cedidos por Gogos mientras se acercaban a Vrontsa, ya sea por la costumbre dominante entre los combatientes griegos, que disparan irreflexivamente y sin objeto, ya sea como algunos filohelenos creyeron, para poner sobre aviso y alertar al enemigo. Como la aldea aquella se cierne sobre el camino entre Arta y Ioánnina, que cruza una garganta, Dania decidió que los suyos se apostaran allí en emboscada, ya que los turcos ni se imaginaban que hubiera enemigos y, después de dar cuenta de sus escasos víveres, avisaron a Gogos que les enviara más, como había prometido; mientras, capturaron a algunos turcos que pasaban.
Tenían tan poco miedo, que 40 de ellos abandonaron el cuartel por la noche y se fueron a mucha distancia, a Pende-Pigadia80, porque de allí venía un sordo y profundo eco de fusilería; pero como al avanzar la noche cesó el ruido, que era lo único que los guiaba, dieron marcha atrás hacia Vrontsa; a su regreso cayeron de improviso sobre un puesto avanzado enemigo a una hora de distancia de Pigadia, matando a unos y poniendo en fuga a otros.
Dania tenía intención de quedarse allí unos días con su pequeño ejército, pero la carencia de alimentos y el no envío de otros por parte de Gogos, sumado a la apremiante orden de volver de Normann, que sabía que los turcos de Arta pensaban salir en expedición dentro de poco, forzaron la vuelta de estos aventureros a Petas, a donde llegaron el 1 de julio.
Y además de por otros datos quizá, pero con seguridad por el acontecimiento que siguió, los turcos de Arta descubrieron por aquellos días la impotencia de la campaña griega, que al principio habían temido al suponerla muy importante.
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‘Cinco Fuentes’.
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Mientras el ejército griego permanecía en Komboti los turcos, acechando de noche cerca de dicho lugar, capturaron a finales de junio al italiano Monaldi, del escuadrón de los filohelenos, y lo llevaron a Arta. Éste, bien tratado y reconfortado por los pashás que estaban allí, Ismail Pliasa y Mehmet Reshid o Kütahi, les reveló tanto las fuerzas en acción como las operaciones proyectadas y las esperanzas de los griegos, pero el pobre no pudo escapar por medio de sus confesiones al peligro que se cernía sobre él. Los infames pashás, una vez en posesión de las informaciones que deseaban, lo decapitaron y expusieron su cabeza en medio de la plaza de Arta. Los turcos cobraron grandes ánimos al oír lo que desconocían y lo comunicaron a su comandante general, Vryonis, quien, después de la marcha de Hurshid tras disponer convenientemente el asedio de Kiafa, ocupó Variades, localidad en el centro del triángulo Ioánina-Arta-Suli.
Aunque la posesión de Komboti era de lo más necesario, ya que dicho lugar queda en medio de la carretera que une Petas con Langada, a través de la cual los de Petas recibían los víveres y los avíos de guerra, sólo eran 150 los que quedaban allí. Los de Arta –unos mil– irrumpieron de improviso el día 3, incendiaron las afueras de la población y subieron hacia la iglesia de la Anunciación, situada en la parte alta, donde se habían metido los escasos griegos, que la defendieron con éxito durante dos horas hasta que, al oírse la fusilería, llegaron a tiempo auxilios de Petas al mando de Grivas y Yenneos y de Langada al mando de Rangos; así los turcos, bajo el fuego de los que venían de fuera y temiendo que les atacaran los otros, se retiraron con algunas bajas; fueron heridos 7 griegos. Después de esta batalla, Yenneos fue reclamado en el Peloponeso por su padre.
Por las mismas fechas, los turcos se pusieron en marcha contra los de Kyriakulis, acampado junto al puerto de Fanari. El objetivo del desembarco allí de los griegos era, con la colaboración de los suliotas, abrir la ruta hacia Kiafa para llevarles víveres. Los suliotas se apresuraron a mandar refuerzos cuando supieron el desembarco, pero los turcos –unos tres mil– irrumpieron la mañana del 4 de julio. Los griegos resistieron heroicamente, matando a gran cantidad de los sucesivos atacantes. Los turcos, habiendo sufrido muchos daños por ir al descubierto, comenzaron a ceder terreno.
Kyriakulis, vencedor en Valtetsi, se distinguió también en esta ocasión por su habitual sangre fría pero, cuando corría de un bastión a otro para animar a sus soldados, una bala le alcanzó en el corazón y lo dejó muerto.
El soldado que le acompañaba, temiendo que la noticia de la muerte del 191


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jefe alterase a sus compañeros, lo cubrió con su capote y ocultó su muerte todo lo que duró la batalla. Murió también el general del ejército enemigo, que según la opinión de algunos, era el kiaya bey que había mandado en Valtetsi. Los griegos conservaron todo el día sus posiciones, pero a la noche decidieron retirarse a causa del desánimo y el desorden provocados en el campamento por la muerte de su bravo comandante; los suliotas regresaron a sus bases y el resto embarcó en las naves que había en el puerto; zarparon al día siguiente y arribaron a Mesolongui con el cadáver de Kyriakulis, al que la ciudad tributó brillantes honras fúnebres. Una vez fracasadas las dos expediciones de Fanari y de Plaka y zarpados los cuatro barcos griegos, los suliotas desecharon toda esperanza de ayuda externa.
La aldea de Petas se encuentra en un enclave accidentado y difícilmente expugnable en medio de dos escarpados montes, uno delante al oeste y otro detrás. El día en que acamparon los griegos en este lugar, los regulares, filohelenos y heptanesios ocuparon la línea de delante, la más peligrosa; la misma tomaron al volver de su incursión; el resto se emplazó en la parte de atrás de la villa, la más alargada; los efectivos en Petas eran en total más de dos mil. Como los regulares y los filohelenos despreciaban las defensas con baluartes, habituales en Grecia en tiempo de guerra, los cabecillas de tropas no regulares trataron de convencerles para que los erigieran, pero ellos respondieron: “Nosotros tenemos nuestros pechos por baluarte” –Dania a Gogos– y “Nosotros también sabemos hacer guerras” –Tarella a Vlachópulos–; así que, apoyándose sólo en su valor, no quisieron escuchar los consejos de los entendidos en tales batallas. Las dos formaciones griegas se posicionaron en el centro, con dos cañones y diez artilleros al mando del suizo Brandel; el batallón filoheleno a la izquierda, o sea, la posición más peligrosa de todas; el cuerpo de los heptanesios a la derecha y, todos, cerca unos de otros. Detrás del pueblo se apostaron los no regulares: unos en el centro al mando de Varnakiotis, otros a la izquierda al de Bótsaris y otros a la derecha al de Gogos y Vlachópulos; de reserva estaban Andreas Iskos y Gatsos. Gogos se encargó además de guardar Metepión y la loma cercana y confió la vigilancia de esta a los aldeanos de Petas.
El 4 de julio, cinco horas antes del mediodía, salió de Arta el ejército turco; marchaba delante la caballería, seguida por la infantería; en total, siete u ocho millares. Se dividió en dos y la mayoría atacó frontalmente la aldea por el sitio de los filohelenos, regulares y heptanesios; del resto, 192


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dos mil marcharon hacia el ala derecha de los no regulares para ganar la espalda de los griegos, atravesando Metepión y apoderándose de la loma, y un número algo menor hacia el ala izquierda, por Stavrós. En los primeros compases se abrió un denso fuego frontal, siendo rechazados los turcos y cayendo muchos de ellos en la primera y segunda acometida. Los filohelenos se mostraron a la altura de su fama de guerreros; los regulares y heptanesios, dignos imitadores suyos. Gogos dejó a la vanguardia enemiga atravesar Metepión sin hostigarla; ésta se componía de 80, entre los cuales iban, según la costumbre de los no regulares, todos los portaestandartes, que eran además los más valientes del ejército. Cuando los que venían detrás se pusieron a tiro, entonces atacaron de repente los de Gogos y los pusieron en fuga; su hijo y Dimos Tselios, sus lugartenientes, los persiguieron con saña; así que la victoria de los griegos parecía asegurada por doquier, pero un azar circunstancial dio al traste con todo: los 80 turcos de vanguardia, al verse aislados sin poder ya unirse a los perseguidos y sin saber qué hacer para salvarse, plegaron las banderas y, por pura necesidad, prosiguieron hacia arriba como desesperados, a ver si por allí daban con alguna salida.
Al llegar a la loma contigua a Metepión, se sorprendieron al no encontrar más que un caballo, el de Gogos, y sólo 8 soldados guardándolo y, cobrando ánimos, desplegaron las banderas. Entonces algunos regulares, al ver de repente banderas turcas encima de ellos y suponiendo que Gogos había sido vencido o los había traicionado, se dispersaron en un abrir y cerrar de ojos y, al poco, todos los demás. Los turcos que peleaban abajo, reanimados a la vista de las banderas y concluyendo por ello que sus compañeros habían vencido y ocupaban las alturas, se lanzaron con renovado vigor contra los que hasta entonces luchaban exitosamente bajo la enseña griega; éstos, al ver lo ocurrido, se metieron desesperadamente por entre los enemigos dando y recibiendo mandobles. La mayoría de los filohelenos y algunos regulares llegaron a Stavrós y no pudieron proseguir, ya que fueron rodeados por enjambres enemigos y se vieron obligados a rendirse o morir. Prefirieron lo más glorioso y, apretados en formación cerrada (en bataillon carré), murieron todos matando heroicamente. Los demás filohelenos se retiraron por otro camino y, siendo perseguidos, a punto estuvieron de ser aniquilados todos ellos pero, cuando se vieron en una abrupta posición en Stavrós, en aquel momento se encontraba por encima de ella Gogos con algunos de su banda, que abrieron fuego cerrado sobre los perseguidores y salvaron a los perseguidos. Horribles fueron las pérdidas entre los luchadores por la 193


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libertad en aquel aciago día: murieron Tarella, Dania y casi un tercio de los regulares, la mitad de los jonios y dos tercios de los filohelenos, entre ellos los diez artilleros y el alférez; los enfermos de la aldea fueron degollados y heridos Normann, Panás y, entre los no regulares, Dimos Tselios. Los pocos prisioneros fueron decapitados en Arta, salvo un filoheleno prusiano, por sus conocimientos de cirugía. Los turcos se hicieron dueños de la población y se llevaron todos los suministros de guerra, todos los víveres, dos cañones y la bandera de los filohelenos. Tal fue la dispersión y tal el errabundeo de los que sobrevivieron, que muchos de los no muertos ni aparecieron ni se tuvo noticias de ellos en muchos días; incluso hubo algunos, como Vlachópulos, Gubernati y otros, que, llorados como caídos en el campo de batalla, reaparecieron contra toda esperanza, como resucitados de entre los muertos. En una palabra, la desgracia de Petas fue más una catástrofe que una derrota.
Los turcos dejaron una guarnición en la villa y volvieron a Arta, donde celebraron brillantemente la victoria; los dispersos jefes y combatientes griegos y filohelenos fueron llegando de aquí y de allá a Langada, donde esperaba Mavrokordatos.
Después de la batalla de Petas ocurrió entre los griegos lo que suele suceder tras las derrotas: quejarse y echarse la culpa entre sí; pero el clamor general recayó en Gogos, que se comprometió a guardar la loma y no lo hizo, y de ello procedió la decisión de la batalla; por lo cual, los filohelenos lo llamaban traidor en su cara, pero ni Mavrokordatos ni los jefes no regulares estaban de acuerdo, atribuyendo justamente la no defensa de la loma a la habitual indisciplina de los no regulares. Gogos, confiado en su inocencia, llegó también a Langada pero, al ver de cerca la triste situación de la causa griega, volvió a sus lares, se reconcilió con los turcos y siguió siendo turco desde entonces hasta el fin de su vida.
Los sucesivos éxitos de los enemigos les abrieron los pasos de Etolia y Acarnania, de donde otras veces habían sido expulsados y derrotados de mala manera.
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1822 CAPÍTULO XXXVII EXPEDICIÓN DE MAHMUD PASHA DRÁMALIS A GRECIA ORIENTAL Y EL PELOPONESO Y SU FRACASO.- LAS OPERACIONES EN EUBEA Y CRETA.-
Mientras toda Grecia Oriental estaba desprotegida y revuelta por el conflicto entre el Areópago y Odiseo, por los asesinatos de Nutsos y Palaskas y por la cólera del gobierno contra el criminal, Hurshid, que había pasado de Epiro a Tesalia, movilizó las numerosas tropas allí conducidas y se estableció en Larisa en procura de víveres y refuerzo de la expedición mediante el envío de tropas de refresco, mientras a la vez observaba las operaciones proyectadas por Vryonis en Grecia Occidental; conducía la expedición como general por orden de la Puerta Mahmud, pashá de Drama (Macedonia), alias Drámalis, curtido desde mucho antes en luchas contra los griegos y conocido por su ilustre ascendencia y sus inmensas riquezas.
A su mando iban el ex-gran visir Topal Ali Pasha, el ex-ministro del Interior Erip Ahmet Pasha, Hasan Pasha Kasabashi, Çarkaçi Ali Pasha, Ali Pasha de Argos –nombrado después jefe de la guarnición de Nauplion–, otros dos pashás poco conocidos y muchos derem beys de Macedonia y Tracia, de los cuales los más notables eran Emin Agá Küprulü, Mehmet Bey de Kastoria, Emin Bey de Xandi, Yusuf Bey de Nevrókopos y Yakub Pasha Kara-Osmanoglu de Magnesia. El 29 de julio, el general pasó el Esperqueo. Los expedicionarios eran más de 30.000, pero sólo 24.000 combatientesao, tres cuartos de los cuales eran de caballería y la mayoría de infantes, albaneses. La expedición tenía a su disposición 30.000 mulos y 500 camellos. El ejército, provisto también de seis cañones ligeros y los artilleros correspondientes, irrumpió en Tebas sin oposición el mes de julio, incendió la ciudad y extendió gran terror a su paso. Beocia y Megáride quedaron deshabitadas, refugiándose sus habitantes en el monte o en Salamina, a donde huyeron también los areopagitas; éstos no obstante, por temor a Odiseo, que los perseguía hasta la muerte en la propia isla, se 195


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fueron de allí y, pasando de barco en barco y de lugar en lugar, acabaron en Xirochori (Eubea), tratando de mantener una sombra de orden en tan duras circunstancias. Antes de llegar el ejército enemigo al Istmo, pasaron a Eubea 1200 hombres al mando de Çarkaçi Ali Pasha y entraron en Calcis.
Al enterarse el gobierno de la expedición enemiga, que ni creía tan importante ni esperaba tan veloz, se dio prisa en guardar los pasos al otro lado del Istmo. Muchos fueron los llamados, pero pocos los dispuestos a guardarlos; el más dispuesto de todos resultó ser Tsalafatinos, que atravesó el Istmo con tropas para ocupar Kandili, pero fueron muy pocos los expedicionarios que le siguieron; sin saber qué hacer debido a lo exiguo de su séquito y enterado de que 600 de Tripolitsá al mando de Sékeris, Rigas Palamidis y otros, 80 argivos al mando de Nezos y otros tantos corintios habían subido ya a Megala Dervenia, retrocedió hacia ellos; ocuparon todos diversas posiciones para obstaculizar el avance del enemigo y se mostraron dispuestos a hacerle frente pero, al ver tan gran ejército aproximarse, se acobardaron y se dieron a la fuga sin combatir, abandonando hasta sus equipajes; sólo quedaron los pocos de Tsalafatinos y, al ver como los demas compañeros huían en contra de lo que esperaban, se vieron abocados a retirarse ellos también. Los fugitivos, propalando en su defensa de dónde venían y asegurando incluso los jefes que la mayoría de los suyos había perdido la vida en la batalla –una batalla que no había tenido lugar–, cuadruplicando el número de enemigos y exagerando el peligro, infundieron en todo el mundo el desaliento, sobre todo en los de la Argólide, que abandonaron ciudad, pueblos y todas sus pertenencias difíciles de transportar y corrieron al monte o a la orilla del mar, siendo desvalijados en su mayoría, ora por los maniatas que habían acudido a la Argólide para participar en el saqueo de Nauplion cuando cayera, ora por los marineros a cuyos esquifes se habían acogido. Todo era confusión, desorden, división y desolación al máximo. El gobierno, en vez de infundir ánimos a la gente, se acobardó también; habiéndose quedado sin guardia y no sintiéndose seguro en tierra firme, embarcó el día 6, excepto algunos de sus miembros, en dos goletas de Hydra y Spetses ancladas frente a los Molinos. Se vio reducido a tal estado de impotencia, que ni siquiera pudo conservar el dinero aportado por las iglesias y monasterios y depositado en un barco, del cual fue robado por unos marineros que lo abordaron con el pretexto de cobrar unos pagos que se les debían. Sólo un maniata llamado Thanasis Karíyannis, que se encontraba en Argos en aquellos días 196


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de desbandada, saqueos, opresión y espanto y encontró a diez iguales a él, subió por propio impulso y sin miedo al castillo de Argos e izó la bandera.
Una vez que quedó completamente abierto por la retirada de su guarnición aquel estrecho acceso superior del Istmo, que podían defender fácilmente unos pocos, el avance enemigo resultó del todo imparable.
Ahora bien, sabiendo cuán peligroso era el paso, éste se acercó con muchas precauciones, ya que veía ondear sobre las elevaciones del terreno algunas banderas griegas que, debido a la prisa y el temor, dejaron en su huida los que habían abandonado el puesto. De esta forma el ejército enemigo penetró sin ningún obstáculo por aquella inabordable zona y se desplegó por el llano, en pos de los abandonistas y matando a unos pocos. Al producirse la entrada, a pesar de que el Acrocorinto era una posición muy fuerte que estaba bien abastecida, su comandante Aquiles Theodoridisap se dio a la fuga con toda la guarnición. También fueron asesinados los cautivos turcos, entre ellos el rico hacendado Kiamil Bey.
Con tan halagüeñas perspectivas, Drámalis cruzó el día 5 la impracticable Dervenia y se apoderó del inexpugnable Acrocorinto, tan vergonzosamente abandonado. Al mismo tiempo, Yusuf arribó desde Patras al Istmo y, celebrada al día siguiente una conferencia de guerra acerca de las operaciones posteriores, la mayoría de los que conocían el lugar, entre ellos el propio Yusuf y Alí de Argos, opinaron que se debía instalar una guarnición en el Acrocorinto y dividir el ejército en tres para enviar una parte a la Argólide, otra a la provincia de Kalávryta y otra a Patras y la Élide, justificándolo en que, dividido de tal forma, disgregaría toda la concentración militar de los griegos, encontraría los víveres necesarios y vencería cada vez que luchara. Pero el general no suscribió esa opinión y, poniendo en el Acrocorinto una guarnición de trescientos hombres al mando de Hasan Pasha, se casó con la viuda de Kiamil Bey y emprendió apresuradamente con todos los efectivos el camino de Argos, dejando en el Istmo cinco de los seis cañones, bajo la custodia de unos pocos hombresaq.
Mandó también en descubierta a 50 jinetes que, sin encontrar ninguna oposición, entraron en la misma Nauplion el día 6 y anunciaron la llegada del ejército, para animar a los sitiados e invalidar la capitulación.
En el momento en que el enemigo se dirigía a Argos, los griegos quemaron todos los productos agrícolas que había en la ciudad y en los pueblos de la Argólide. Panos Kolokotronis, Kumustiotis y los Mavromichalis, a saber Yorgakis, Ioannis, Katsakos y Voidís, tomaron doscientos hombres 197


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y fueron a Kutsopodi81 a incendiar los cereales aún no recolectados pero, cuando lo estaban haciendo, la vanguardia enemiga rodeó la aldea y se arrojó contra ellos, que resistieron valientemente; mató a bastantes, aunque los más importantes salieron todos indemnes al ir al caballo. Éste fue el primer enfrentamiento entre griegos y turcos en esta invasión.
En tanto el enemigo, con la moral muy alta al no encontrar resistencia, progresaba hacia Argos como para una fiesta. Tan confiados iban, que los 50 jinetes separados, los que llevaban las buenas noticias a Nauplion, entraron solos en Argos antes de que llegara el ejército y, siendo tan pocos, permanecieron sin temor en aquella ciudad enemiga como si fuera suya.
Al verlo desde lo alto de la acrópolis Karíyannis, lleno de audacia y fervor, salió hecho un basilisco y, encontrándose con unos argivos, les echó en cara que hubieran dejado su tierra natal a discreción de un enemigo tan exiguo. Los reprendidos se engallaron y atacaron al enemigo en compañía de los de Karíyannis, matando a unos y haciendo huir a los otros. Hecho esto, el bravo Karíyannis volvió a subir a la acrópolis al pie de su bandera.
Kolokotronisar se enteró de la incursión de Drámalis a la Argólide y la huida por mar del gobierno cuando estaba aún en Tripolitsá y, al ver a la patria en peligro, se entregó por entero a su defensa, encontrando un decidido colaborador en la gerusíaas, que a partir de entonces dedicó toda su atención al mantenimiento del Estado; escribió a todas partes, intimidó, actuó, mostró audacia extrema en medio del pánico general imperante, ordenó a Plaputas ir con 500 hombres a las cercanías de Argos y posicionarse en Schinochoriat y a Andonis Kolokotronis trasladarse a Hagios Yoryos con otros 400, y él mismo salió de Tripolitsá hacia los Molinos.
Hypsilandis, que estaba en Argos cuando la invasión de Drámalis, tachó de cobarde al gobierno por huir en los barcos y, presto a correr en defensa de la patria en peligro, subió a Tripolitsá al encuentro de los miembros de la gerusía que no habían abandonado sus puestos y de Kolokotronis, para deliberar con ellos acerca de las decisiones a tomar; simultáneamente y con el mismo fin subieron desde los Molinos Petrobey y Krevvatás, notable de Mistrás, encontrando todos a Kolokotronis en Tavuli, donde discutieron y juzgaron ante todo necesario ocupar la vacía e indefensa acrópolis de Argos, para mantener ocupado al enemigo unos días dentro de la Argólide y ganar tiempo para reunir soldados que se le enfrentaran, ya que raras veces 81
Comarca al N.O. de Argos.
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los turcos dejan tras de sí cuerpos de ejército enemigos. Para su ocupación se mandó a Barbitsiotis, Katsakos, Kumustiotis y Zacharópulos con 200 hombres. Éstos, al llegar cerca de la acrópolis, se maravillaron y alegraron de ver ondear la bandera griega en lo alto; entraron muy contentos, fueron saludados cordialmente por Karíyannis y ocuparon el monasterio de la Kekrymmeni debajo de ella. Detrás de los mandos citados subieron a la acrópolis Hypsilandis, Panos Kolokotronis y los Mavromichalis Yorgakis y Ioannis, por lo que la guarnición se componía de 700 hombres selectos.
El día 10 se extendió por la Argólide todo el ejército enemigo y acampó en ella; el 12 llegó el general a la ciudad de Argos y el argivo Alí tomó algunos jinetes y entró en Nauplion al fragor de los cañones; Drámalis puso estrecho cerco y combatió a la acrópolis de Argos y el monasterio.
Una vez se separaron los reunidos en Tavuli, Kolokotronis partió por Turniki hacia Hagios Yoryos, queriendo observar de cerca los movimientos del enemigo; por el camino tropezó en la población de Malandrini con unos turcosau de los de Drámalis, que habían salido para saquear, y los quemó con la casa donde se habían encerrado, por no acceder a rendirse.
Posicionó en Dervenakia a Andonis Kolokotronis y otros jefes, con 500 hombres en total, y a Yoryis Alonistiotis y los suyos en Hagios Yoryos, donde se quedó él por el momento.
Petrobey volvió a los Molinos, donde antes de la invasión de Drámalis había concentradas bastantes tropas que esperaban la caída de Nauplion para saquearla y se incrementaban cada día. Estos contingentes ocupaban la posición de los Molinos y la de Kefalari, al pie del Caon82, donde emergen las aguas del Erásinos, que nace en la laguna Estinfalia y corre bajo tierra hasta ese punto. El plan de los jefes griegos era cerrar las salidas al enemigo y hacerlo morir de hambre dentro de la Argólide al no encontrar víveres, por haberlos quemado previamente los griegos. En tanto, los de la acrópolis de Argos y los del monasterio de la Kekrymmeni desafiaban a los enemigos a la lucha disparándoles desde arriba. Los turcos, toda vez que sus invitaciones a la rendición no fueron atendidas, bombardeaban la Kekrymmeni desde el Foroneo83 y disparaban día y noche contra la acrópolis; aunque no causaban ningún daño, seguían luchando porque creían que los argivos y otros habían depositado en la acrópolis sus 82 83
Ὄρος Χάον, ‘el Monte que abre la boca’. Se llama así por la gruta que hay en la ladera.
Una loma situada enfrente.
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valiosas pertenencias. Los sitiados no sufrían por falta de alimento, pues los habían introducido previamente desde la ciudad, pero sí de agua. Esto lo sabían los de los Molinos y Kefalari; persuadidos de que los sitiados no podían resistir mucho y viendo a su alrededor muchas tropas, decidieron dirigirse contra los sitiadores y avisaron a Plaputas, que había cambiado su posición en Schinochori por otra en Ácova, más cerca de Argos, para que atacara al mismo tiempo que ellos. Así el 15 de julio, cuando desde todas partes atacaban a los sitiadores, abrieron la acrópolis; pero como su posesión era aún muy necesaria por las razones que hemos dicho, de común acuerdo sólo salieron Hypsilandis, Yorgakis Mavromichalis, Panos Kolokotronis y la mayor parte de los soldados, quedándose los demás jefes y 250 combatientes que, al reducirse tanto el número, podían permanecer unos días más con la comida y bebida que tenían; quedaron en que los de fuera volverían dentro de poco en su auxilio. Así, gracias al compromiso y el valor de los griegos que se quedaron en la acrópolis, el enemigo se entretuvo en el asedio y no intentó progresar hacia el interior del Peloponeso. Con tales argucias se afanaban los griegos en detener el avance del formidable ejército, cuando de repente se supo que una nutrida flota otomana navegaba a la altura de Hydra con el objetivo, según parecía, de penetrar en el Golfo Argólico. Fácil es figurarse el lógico terror de los griegos en aquel peligroso momento y, especialmente, el estupor del gobierno, que ni se veía a salvo en tierra ni podía seguir permaneciendo a bordo de los barcos donde se había refugiado. Afortunadamente la escuadra, como si no se preocupara de los intereses del imperio o como si le fuera ajena la lucha en la Argólide, en vez de entrar y acabar de una vez por todas en combinación con el ejército, siguió plácidamente la ruta hacia Patras para recoger allí a Mehmet Pasha, el sucesor del capitán pashá muerto en Quíos.84 Resuelta la tremenda amenaza, los griegos acampados en Molinos y Kefalari, pensando que la salida de los que permanecían en la acrópolis no admitía más demora, procedieron a liberarlos el día 19 al mando de Andonis Mavromichalis, llamando en su ayuda a Plaputas, como la vez anterior. Pero éste no fue informado a tiempo, de manera que toda la masa de enemigos cayó sobre los que venían de Molinos y Kefalari.
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Capítulo XXX, final.
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Los turcos que sitiaban y combatían la acrópolis añadieron a los ya erigidos bajo ella un bastión que hostigaba mucho a los sitiados. Éstos, disparando desde arriba, obligaron a sus ocupantes a abandonarlo y posicionaron en él a Voidís Mavromichalis. Este arrojado varón salió espada en ristre con 40 seguidores durante la batalla y cayó sobre los escasos enemigos que había cerca. Pero los demás griegos, sin saber que el bastión había sido ocupado por sus compatriotas, tomaron a los de dentro por enemigos; y al verlos dispersar a los que estaban cerca, además de a un soldado con barba –o un pope, según otros– que sostenía la bandera al huir, se dieron todos a la fuga. Entonces los enemigos, al ver huir a los griegos, se lanzaron contra ellos a pie y a caballo y los persiguieron mientras trataban de salvarse alcanzando las faldas del Caon, matando a 153 e hiriendo a 64. Tras esta inesperada huida y matanza de griegos, los turcos volvieron a la ciudad de Argos y los peloponesios, al ver tan gran número de hermanos muertos y heridos, volvieron aterrados a Kefalari.
En tanto, los de la acrópolis parecían no tener ya esperanzas de salvación.
Al enterarse en Hagios Yoryos del revés, Kolokotronis marchó el día siguiente (20 de julio) a los Molinos, donde afortunadamente, aparte de los contingentes derrotados, encontró a 1300 arkadios llegados después de la batalla; queriendo infundir ánimos a los que flaqueaban, subió a una elevación e inflamó los pechos de los que le oyeron con sus duras reprimendas, sus exhortaciones patrióticas y las buenas esperanzas que dio; y, como entonces lo principal era liberar a tiempo a los de la acrópolis, esa misma tarde salieron las tropas al mando de Kolokotronis y, las dos primeras noches, hubo escaramuzas infructuosas. A la tercera, durante las acostumbradas refriegas, los sitiados aprovecharon la ocasión y salieron casi todos sanos y salvos. Parece que los turcos los dejaron, ya que tenían por principal objetivo el saqueo. Karíyannis, el primero que izó la bandera en la acrópolis, estaba durmiendo a la hora de la fuga. Al despertar y verse inesperadamente en medio de los enemigos dedicados al pillaje de todo lo que encontraban –porque era cierto que algunos ciudadanos de Argos habían depositado en la acrópolis sus enseres para mayor seguridad durante la desbandada–, agarró un caldero que había por allí, metió en él la cabeza de manera que no se le viera la cara y, con las manos cargadas de cacharros sin valor, salió de la acrópolis en pleno día, cantando y contoneándose por entre los enemigos, que lo tomaron por uno de los turcos que habían entrado para llevarse su botín a la parte baja de la ciudad de Argos.
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Entretanto, a propuesta del mando militar del Peloponeso, se envió de nuevo una embajada a Zacinto solicitando por escrito la protección de Inglaterra, pero no se admitió el escrito tal como estaba redactado y el enviado, Ponirópulos, volvió al Peloponeso para una redacción alternativa.
Tras la irrupción del ejército otomano en la Argólide y la instalación de Alí en Nauplion como jefe de la guarnición, se dieron por nulas las negociaciones sobre la capitulación y los acompañantes de la comisión que habían entrado en Nauplion para catalogar los bienes, armados hasta entonces, fueron desarmados. Pero los miembros de la comisión que se hallaban dentro del fuerte no fueron maltratados ni entregados a Drámalis cuando éste los reclamó, pues los turcos de Nauplion temían dar a los griegos un motivo justificado para que tomaran represalias contra los familiares que guardaban como rehenes; el enclave marítimo con la torre también estaba en manos de los griegos. Drámalis trató en primer lugar de destruir su guarnición y, al fracasar, ordenó a los de Nauplion bombardearla mandándoles artilleros y, así, el 21 de julio comenzó un durísimo bombardeo; también tomó la población de Aria, contigua a la muralla. La guarnición del fortín bombardeado se componía entonces de algunos naturales de Kranidi, pero entraron, de refuerzo y para un uso más provechoso de los cañones, los filohelenos Hastings, Hane, Anematt y Jervis, al mando de Jourdain, al que el gobierno ordenó incendiar la ciudad de Nauplion utilizando sus conocimientos pirotécnicos, pero él desapareció al llegar la noticia de que había llegado la escuadra enemiga; sin embargo, los demás griegos y filohelenos se quedaron, dando y recibiendo andanadas.
Estos enfrentamientos, continua y violentamente renovados desde aquel día, no cesaron hasta el 25 por mayoritaria petición de los nauplitas, que al ver sus viviendas destruidas, se justificaron ante los griegos diciendo que habían comenzado las hostilidades por orden de Drámalis y no por voluntad propia. En el intervalo sufrieron las murallas de la torre en el mar y quedaron inservibles algunos de sus cañones sin que muriera ninguno de sus defensores, siendo heridos solamente dos kranidiotas.
Hemos visto cuán rápido era el avance del ejército enemigo. En el transcurso de dos semanas pasó el Esperqueo y llegó a la Argólide, pero luego permaneció otras dos semanas inactivo. No encontró víveres en absolutoav y la gran cantidad de ellos que llevaba fue consumida en pocos días por la masa, aunque a su agotamiento también contribuyó el abuso. En los primeros días de la invasión, la carne se vendía en Argos a 30 parades 202


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la oká85 y, quince días después, casi no se encontraba carne. También se dieron bastantes víveres para uso de los de Nauplion y el ejército empezó a pasar hambre y a no encontrar en la llanura argólica más alimento que racimos de uvas verdes, causantes de fiebres cuando no de mortandad, pues los griegos se emboscaban dentro de los viñedos y mataban diariamente a muchos. Tampoco tenían agua en abundancia, pues no llovió nada aquel verano y se secaron casi todos los pozos de Argos. Por todo ello, Drámalis pensó seriamente marchar a otra provincia y consideró más ventajosa y útil la vuelta a Corinto. Además, había en el campamento una oposición fomentada sordamente por Hurshid, que envidiaba el generalato otorgado directamente por la Puerta y el honor y la gloria por la exitosa expedición.
Esta oposición, como suele suceder en la adversidad, llegó a su cénit cuando la campaña dejó de salir bien y levantó un gran clamor contra el general.
Sus adversarios lo culpaban de los males que padecía el ejército, por no haber querido aceptar la opinión de los que propusieron en Corinto que no emprendiera todo él la misma ruta; muchos a su mando desobedecían a las claras sus órdenes y algunos se enfrentaban entre sí abiertamente, de manera que Argos se convirtió en escenario de horribles disturbios diarios.
Tal era por aquellas fechas la situación del campamento enemigo.
Kolokotronis, no pudiendo causar daño al enemigo combatiéndolo, se las ingenió para atemorizarlo; observó que habían perdido confianza y sospechaba su retirada; como quería disuadirlos de avanzar hasta Tripolitsá, la noche del 23 desplegó a muchos soldados por los montes junto a la ciudad y les ordenó que cada uno encendiera tres fuegos grandes y los mantuviera toda la noche. Se hizo lo ordenado y se volvió a hacer la noche siguiente, con lo que los turcos creyeron que se habían reunido en aquella zona multitudes de griegos, se aterraron y no salieron de Argos como solían: Kolokotronis, siempre despierto y atento, se reforzó más en su conclusión de que pensaban irse en seguida y dijo a sus camaradas que veía necesario que la mayoría mantuviera las posiciones de Kefalari y los Molinos, para que sirvieran de obstáculo al enemigo si probaba a ascender desde allí a Tripolitsá, y que bastaban unos pocos para cerrar los desfiladeros entre Argos y Corinto e interrumpir su vuelta a Corinto; por aquellas fechas había en la Argólide unos ocho mil combatientes griegos. Siguiendo esta apreciación, la mayoría se quedó donde estaba, al mando de Petrobey, Yatrakos y Krevvatás, 85
1’282 Kgs. La parás (pl. parades) es una moneda fraccionaria que vale 1/40 de grosi.
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mientras Kolokotronis volvió a Hagios Yoryos con unos pocos. Mientras, bajó a los Molinos el secretario de Drámalis con la propuesta a los de allí de perdonarles sus faltas si se sometían. Rechazada la premisa, les dijo, en confianza y como cristiano, que reforzaran aquellas posiciones, porque los pashás tenían la decisión, en caso de rechazo de la propuesta, de atacar con todas sus fuerzas y desbloquear la vía de Tripolitsá. La confidencia del secretario cristiano, al que los griegos apresaron para que no descubriera al enemigo lo que había visto, era una treta, como se demostró luego; tenía como objetivo que los griegos considerasen necesario trasladar las tropas desde la carretera de Corinto hasta los Molinos y, así, la dejaran abierta para que el enemigo transitara por ella.
La realidad fue que, el 26 de julio, todo el ejército enemigo tomó el camino de Dervenakia. Esta vía tiene dos carriles; uno va por el fondo del valle junto al lecho de un torrente, el otro serpentea por la falda derecha del monte conocido como Hai-Sostis por el nombre de la iglesia allí emplazada, San Salvador.
Como los griegos dominaban la posición del fondo del desfiladero y estaban bien parapetados, los turcos se desviaron hacia la derecha, queriendo tomar una altura que dominaba el otro sendero y atravesar por el Hai-Sostis, pero Andonis Kolokotronis se les adelantó. Ahí comenzó la batalla. Kolokotronis guardaba la posición de Hagios Yoryos, a la izquierda de Dervenakia y a cuatro horas de distancia, creyendo que los turcos cruzarían por aquella parte al ser un terreno más llano. Al ver la ruta que llevaban, envió un refuerzo de 800 soldados; como al irse éstos la posición que ocupaba se convirtió en vulnerable, izó en la cima del monte muchas banderas que se veían desde lejos y colocó en un lugar visible cuantas vestimentas y capotes tenían los soldados, para que los enemigos creyeran desde abajo que había muchos griegos en aquella débil posición y no trataran de pasar por allí. Entre tanto el enemigo, hostigado por detrás y por los flancos y sufriendo bajas, avanzaba hacia Hai-Sostis, donde no había ninguna guarnición griega.
Dio la coincidencia de que el mismo día Hypsilandis, Nikitas y Dikeos iban con 500 soldados a Corinto por Hainori, que está a dos horas de Dervenakia por la derecha, para apostarse en Megala Dervenia, frente a otra presunta invasión enemiga. Al oír un intenso tiroteo encima de la posición donde estaba Kolokotronis, se desviaron hacia allá creyendo que había choques armados; pero no siguieron adelante porque dieron con un pastor que les dijo que habían llegado unos pocos turcos a Dervenakia y habían vuelto a Argos tras una escaramuza con los griegos que guardaban aquella 204


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posición. No obstante, como no cesaba el ruido de fusilería, se volvieron hacia aquella zona y tomaron las espaldas del enemigo. Habían cruzado ya seis mil turcos en un deplorable estado y caído sobre Kurtesa, pero los que iban detrás encontraron la salida tomada por los tres bravos jefes griegos mencionados. Los turcos, hostigados por delante, por detrás, por la derecha y por la izquierda, apiñados y pugnando por pasar hasta Kurtesa como los de delante, se amontonaron al borde de un precipicio que se abría a los pies de la iglesia de Hai-Sostis y desaparecieron por él, despeñándose en masa por el abismo, muchos de ellos muertos, o intentaban subir a los riscos montados a caballo; otros llevaban del ronzal caballos y camellos con su carga, pero los caballos y camellos resbalaban y caían y, así, animales, hombres, cargas y piedras caían sobre animales, hombres, cargas y piedras.
Sin embargo, el escaso número de los griegos de enfrente no era bastante a impedir del todo el paso de tantos enemigos, por lo cual muchos de ellos escaparon en dirección a Kurtesa, como los de la vanguardia. Se estima en más de tres mil los enemigos muertos; ese día cayó en manos de los griegos un gran número de bestias y un inmenso botín de gran valor. Al día siguiente, los que escaparon hacia Kurtesa en la primera y segunda tandas volvieron a la boca del acceso en auxilio de los compatriotas que habían quedado atrás, pero al ver a los griegos dispuestos a enfrentárseles, no prosiguieron. Al mismo tiempo, el comandante de la guarnición de Corinto envió a la zona tres cañones ligeros, pero tampoco sirvieron para nada.
Los turcos que venían detrás, entre ellos la mayor parte de los pashás y el propio Drámalis, al ver lo que les había pasado a los que les precedieron, no entraron en el fatídico camino de Dervenakia, permaneciendo en la parte llana anterior y enviando a algunos de los suyos hacia los griegos que tenían más cerca, para saber quién era el jefe. Al enterarse por Dimitris Chrysovitsiotis, el pope que montaba guardia allí, de que era Kolokotronis, le propusieron dejar el paso expedito a cambio de dinero; pero mientras tanto, al ver que venían hacia aquel punto los ayudantes de campo de Kolokotronis, Spiliotópulos y Fotakos, acompañados de unos jinetes, y suponiendo que venían en descubierta, como no querían pernoctar en la llanura, regresaron a Glykiá, cerca de Nauplion; de forma que el enemigo se dividió involuntariamente teniendo en medio la aciaga Dervenakia: unos fueron a Kurtesa y otros a Glykiá, donde esa misma noche les ocurrió otra desgracia que fue interpretada como un funesto augurio: de súbito, prendió la fiebre y los inflamó.
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Como no cabía ya duda alguna de que los turcos no tenían más remedio que intentar pasar a Corinto, era obligatorio para los griegos apoderararse previamente de los accesos.
Al día siguiente de la batalla, el 27, llegaron al escenario del desastre Plaputas, Dimitris Diliyannis, Yatrakos, Tsokris y otros jefes, para un exacto conocimiento de los hechos de la víspera. Abierta una deliberación sobre lo que había de hacerse, se decidió, a propuesta de Kolokotronis y sin saber cuál de las vías hacia Corinto pensaba tomar el enemigo, que Yatrakos y Tsokris tomaran inmediatamente Micenas con sus tropas de Argos; que Hypsilandis, Dikeos y Nikitas, que gracias a sus hazañas del día 26 recibió el sobrenombre de Turcófago, permanecieran en Berpati y Hainori, a donde se habían trasladado después de la batalla; que Plaputas, Diliyannis y Andonis Kolokotronis vigilasen Dervenakia; y que todos corriesen a donde apareciera el enemigo. Al siguiente día, el ejército turco marchó al completo hacia el camino de Hainori y, al llegar a Berpati, fue atacado por los griegos apostados allí. Kolokotronis, creyendo que los de Yatrakos y Tsokris habían ocupado Micenas y caerían sobre el enmigo por detrás como se había proyectado, ordenó sin dilación a los de Plaputas dejar la posición de Dervenakia y correr delante de él a Klenia, un pueblo de la provincia de Corinto. Pero ni los de Plaputas llegaron a tiempo a donde se les había ordenado, ni Yatrakos y Tsokris habían tomado la posición de Micenas por una razón: que sus soldados no habían obedecido; así que el plan salió mal y el enemigo, después de sufrir mucho –aunque poco en comparación con lo sufrido por sus compatriotas el día 26–, cruzó los desfiladeros y se puso a salvo en Corinto, adonde al poco se enviaron desde Patras cinco barcos con vituallas para uso de ellos y de los del Acrocorinto; les echó el ojo M. Tombazis, que hacía algunos días había surcado el Golfo Sarónico y desembarcado en Céncreas86 a sus tripulaciones, y robó todas las vituallas descargadas, dejando a la desprevenida guarnición poco menos que hambrienta.
Así acabó la expedición a la Argólide de este copiosísimo ejército enemigo, que sufrió lo indecible en el regreso a Corinto porque su general, engreído por su fuerza, no se preocupó en su marcha hacia Argos de guardar los pasos entre las dos ciudades. Tan grande fue el pavor que dominó a Drámalis, que abandonó en las afueras de Nauplion, durante la retirada hacia Glykiá, el único cañón que llevaba consigo en la invasión de la Argólide.
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Antiguo puerto de Corinto, en la parte del golfo Sarónico.
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Puesto que los turcos se habían concentrado todos en Corinto, Kolokotronis, con buen criterio, proyectó bloquearlos por tierra dentro de aquella provincia (porque el mar del golfo de Corinto estaba abierto debido a la carencia de barcos griegos), al igual que los había bloqueado hacía poco dentro de la Argólide; y ya que después de las batallas referidas Hypsilandis, Nikitas y Dikeos se trasladaron al Istmo con gente de Dervenia para cerrar aquellos pasos, Kolokotronis dejó una guarnición suficiente en los desfiladeros entre Corinto y Argos, para que los turcos no restablecieran la comunicación entre dichas provincias; él, con Yatrakos, Plaputas, Dimitris Diliyannis, Andonis Kolokotronis, Christópulos, Yenneos y tres mil hombres, se apostó en Soli, una aldea a cinco horas de distancia de Corinto en la vía de Acaya por la que los turcos, como realmente hicieron, pensaban pasar. Ese mismo día llegaron los Petmezás con 500 hombres a Valtses, aldea a una hora de Soli. Al día siguiente, Kolokotronis ordenó a Yenneos y a Yannakis Kolokotronis que, en calidad de vanguardia, ocuparan Vasiliká, a una hora y tres cuartos del resto del campamento. Circunstancialmente, ese mismo día pasaba por Vasiliká Gatsos, procedente de Grecia Occidental, y se quedó también, de manera que la vanguardia ascendió a 1300. La siguiente noche, Kolokotronis dio la orden de encender muchas hogueras en las cumbres de las montañas, para dar una falsa impresión del número de efectivos.
Tres mil turcos de caballería e infantería volvieron el 4 de agosto a Klenia, donde había alimentos almacenados, según supieron. Ocupaban la posición 400 griegos al mando, entre otros, de Yorgakis Mavromichalis, Katsakos y Tsalafatinos. Los enemigos pusieron en fuga en un momento a los griegos, los persiguieron, se apoderaron de la aldea y por poco capturan a Mavromichalis, pero los aproximadamente 600 tripolitanos que guardaban la cercana posición de Hagios Vasilios, mandados por los jefes Athanasópulos, Levidiotis, Dariotis y Riziotis, bajaron a la carrera, tomaron el templo situado a las afueras de la aldea y la loma sobre la cima en que estaba situada, insuflaron en los que huían el ánimo que ellos mostraban, los devolvieron al lugar de la batalla y, por medio de este expediente, arrojaron de la aldea a los enemigos, que vinieron a ella para no obtener nada El 7 de agosto los turcos, queriendo desbloquear la vía que lleva a Patras, marcharon hacia la parte de Kiato y Vasiliká y entablaron combate con los griegos cerca de los viñedos, pero regresaron a Corinto sin conseguir su 207


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objetivo. El día 12 volvieron a salir con todos los efectivos hacia Vasiliká, donde permanecía continuamente la vanguardia, que resistió valerosamente, aun siendo escasa; después de comenzada la lucha llegaron los demás contingentes griegos y, también aquel día, parecía segura la derrota de los enemigos, pero algunos del batallón de Anagnostis Petmezás, que luchaba con éxito, al ver dentro de un viñedo un caballo que habían dejado los turcos como cebo, corrieron a cogerlo y, de repente, se levantaron 60 turcos que estaban emboscados y pusieron en fuga a los incautos griegos, matando a uno de ellos. La huida de estos pocos griegos provocó el pánico y una desbandada general. Los únicos que no abandonaron las filas fueron el jefe del batallón y su hijo, que exhortaban a los demás a imitarles, pero no lo consiguieron y murieron luchando. Los turcos, animados por el terror que se había adueñado de este batallón, cayeron en masa sobre los demás, pusieron en fuga a los de Yatrakos y Plaputas y mataron a dos valientes lugartenientes, Yannetás Mistriotis e Ikónomos Papá-Kalomiris, y a bastantes soldados. Solo conservó la posición la vanguardia al mando de Gatsos, Yenneos y Yannakis Kolokotronis, impidiendo el avance del enemigo. El elogiable ejemplo de la vanguardia devolvió en poco tiempo al campo de batalla a los de Yatrakos y Plaputas, que atendieron los gritos patrióticos de los jefes; así los turcos, al ver a los griegos volviendo al campo de batalla, se retiraron con más bajas de las 53 que causaron. De vuelta a Corinto, encontraron en el camino a los de Andonis Kolokotronis y Alonistiotis pero no les hostigaron, a pesar de que el lugar era llano. Tras las dos intentonas fracasadas, desistieron de romper el bloqueo militar de los griegos a Acaya. Teniendo abierto el mar y recibiendo vituallas por él sin impedimento, juzgaron bien esperar tranquilamente un tiempo las fuerzas exteriores según las promesas de Hurshid, que estaba en Larisa, y la llegada al Golfo Argólico de la escuadra que estaba en Patras, pero eran perturbados sin pausa por los griegos, que les arrebataban los animales día tras día.
Después de estos hechos, la gerusía del Peloponeso, a petición de las tropas de la región de Corinto, nombró a Kolokotronis general por sus brillantes y exitosas hazañas. El nuevo general, tras dejar guarniciones en las posiciones más elevadas y reforzar las de los desfiladeros entre Corinto y Argos, subió a Tripolitsá, donde lo recibieron la gerusía y el pueblo con reconocimiento y alegría.
El fracaso de esta gran expedición enemiga dio justa gloria a los peloponesios.
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Çarkaçi Ali Pasha, el que se separó del ejército de Drámalis antes de su paso al Peloponeso y entró en Calcis, recogió a las tropas y a los que permanecían en aquella plaza y marchó contra Vrysakia, donde acampaba el ejército griego. Este campamento no tenía un jefe digno después de la muerte de Anguelís, por lo que se disgregó apenas vio al enemigo acercarse, tomando los turcos aquella posición.
Unos días antes estaba en Xirochori Theóklitos Farmakidis quien, tras dirigirse a Lithada y proveerse de cartas del Areópago, llegó el 30 de junio a Skíathos para convencer y trasladar a Eubea a los combatientes de la zona del Olimpo, que se habían dirigido allí al mando de diversos jefes y bajo la jefatura general de Diamandís tras el desastre de la causa en Casandra, Nausa y el Olimpo. Los hombres accedieron a navegar en número de 600 hasta cerca de Vrysakia, ocupada por los turcos; bajaron a tierra firme y, apoyados por el duro bombardeo del barco de Visvizis, que zarpó de Lithada fletado por el Areópago, echaron a los turcos de la posición y se estacionaron ellos. Severamente castigados, los turcos huyeron hacia la fortaleza y al día siguiente se incorporaron muchos a la incursión, pero fueron nuevamente derrotados y volvieron por la tarde al castillo. Lo mismo hicieron al día siguiente y con el mismo resultado, confinándose a partir de entonces en el fuerte. Los cristianos del lugar, animados gracias a los olimpios, acudieron de nuevo a Vrysakia, donde también se trasladaron los notables de la parte norte de Eubea; pero, por desgracia, el ejército reconstituido con tan favorables augurios se disolvió al poco tiempo, porque los olimpios pedían mucho y los nativos poco tenían para darles. Los 600 se retiraron a Oreó y permanecieron allí deliberando sobre lo que se había de hacer; también llegó su comandante general, Diamandís, que no había zarpado con ellos; antes de que se fueran, llegaron a tiempo unos enviados del Areópago; así mismo, vinieron los notables del lugar y, llegados a un acuerdo, los olimpios volvieron a Vrysakia con un sueldo mensual fijado y levantaron de nuevo el campamento a las órdenes de Diamandís.
Esto, por lo que se refiere a la parte oriental de Eubea. Veamos ahora la parte occidental.
Tras la derrota de los griegos en la zona de Caristo y la retirada de los combatientes venidos allí de fuera, permaneció el guerrillero local, Kriezotis, recorriendo los montes de Eretria y Kumi, como queda dicho. La fama de valiente de este hombre llevó en poco tiempo a muchos paisanos bajo su bandera. Çarkaçi Ali Pasha, después de su éxito contra el campamento de 209


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Vrysakia, envió otro ejército contra los acampados al mando de Kriezotis en Metochi, lugar limítrofe con Kumi. Entre tanto, llegaron en ayuda de a Kriezotis soldados forasteros, al mando de Anagnostis de Salamina.
Tres días se estuvieron tiroteando griegos y turcos. Éstos fracasaron en su objetivo y volvieron perseguidos a Calcis.
Tal era la situación de Eubea por aquellas fechas. La de Creta era como sigue: Después del Congreso de Epidauro el gobierno, en un momento en que procuraba la ordenación general del Estado, envió a Creta como administrador a Petros Skylitsis Homiridis. Éste, al llegar a finales de abril a Armeni, pueblo del distrito de Apokóronas, donde residía entonces el gobierno provisional de Creta, llamó a Afendulis, que estaba recorriendo la isla, para darle a conocer las disposiciones del gobierno. Afendulis, que contemplaba Creta como un reino independiente del resto de Grecia y se investía de toda la autoridad sobre la isla en nombre de Hypsilandis, llamándose “General en jefe y gobernador de toda Creta”, se indignó con el envío y puso el grito en el cielo contra el gobierno pero, al no ser escuchado, se vio obligado a obedecer y refrendar el 21 de mayo el nuevo ordenamiento, que suscribieron el mismo día de buena gana todos los notables y jefes de partidas de la isla. Renunciando al título militar de general, asumió en adelante el civil de gobernador provincial de Creta, según el nuevo ordenamiento. Pero mientras deliberaban sobre su aplicación, apareció contra todo pronóstico en el puerto de Suda la flota egipcia, compuesta de 106 navíos de guerra y de transporte, con cinco mil hombres al mando de Hasan Pasha, entre ellos dos mil albaneses curtidos en otras guerras, ochocientos jinetes y bastantes cañones y pertrechos militares. La insólita visión de la escuadra atemorizó en extremo a los cretenses; el miedo aumentó con el simultáneo rumor de que Afendulis, que residía entonces en la aldea de Macheri, disgustado por el nuevo orden de cosas y desmoralizado a causa del nuevo peligro y de las querellas locales, pensaba evadirse. Este plan de evasión no era falso, pero se previno o, mejor dicho, se difirió.
El día en que arribó la escuadra se encontraban en el promontorio de Chaniá, Melecha, unas trescientas almas recolectando, que a punto estuvieron de ser bloqueadas y morir; pero, gracias a Sífakas y Vasilis Chalis, que corrieron ese día a rescatarlas, volvieron indemnes a sus casas. Llenos de ardor y ánimo, estos dos valerosos jefes, tomando consigo a Mandás, 210


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atacaron por varias partes con unos quinientos hombres el campamento enemigo en Halykés al amanecer del 1 de junio, pero fueron derrotados y perseguidos hasta las estribaciones de Malaxa, donde encontraron a otros que acudían en su auxilio; contraatacaron y rechazaron al enemigo hacia sus tiendas.
Al segundo día de su llegada, Hasan Pasha expulsó a los cristianos acantonados en Tsukalariá y en Neókoro y se apoderó de todas las zonas llanas vecinas, marchando el día 11 a ocupar Malaxa. Setecientos cristianos estaban concentrados entonces en las estribaciones y se enfrentaron a cuatro mil, pero después de sufrir mucho subieron de noche al pueblo y al poco tiempo lo abandonaron sin luchar y se retiraron hacia Rizes, a la aldea de Kambos87. Al día siguiente Hasan Pasha tomó Malaxa, dejó una guardia al mando de su sobrino Mustafa Bey y continuó la expedición, pero los cristianos regresaron el 20 de julio y cercaron la aldea. Los de Mustafa Bey en un principio se espantaron y precipitaron la huida pero, al estar rodeados, tuvieron que volver hacia atrás a la carrera, lucharon como desesperados y vencieron, haciendo huir a los enemigos y matando a 40, entre ellos a Protopapadakis, el más experimentado de los jefes de Creta; ahora bien, a los diez días dejaron el disputado lugar y lo ocuparon de nuevo los cristianos.
Después de lo de Malaxa, que había causado un gran temor general, Hasan Pasha quiso llevar a los cristianos a la sumisión, ya que de las armas no podían esperar nada más, y a través del obispo de Cidonia88, al que liberó de la cárcel en que lo había encontrado, prometió a los secesionistas, si se sometían, devolverles sus bienes y familiares capturados, permitir la reparación de las iglesias y proveer todas las ayudas para el restablecimiento de los perjudicados. Los cristianos no tuvieron más remedio que negociar con él; expusieron los males que habían soportado, dijeron que ya era imposible la convivencia entre turcos y cristianos como al principio, propusieron un cese de hostilidades y otras condiciones inadmisibles y pidieron tiempo para consultar con el gobierno del Peloponeso. Hasan Pasha repitió lo mismo que al principio y, con la intención de provocar su desaliento, les dijo que todo el Peloponeso se había sometido con la incursión de Drámalis pero, convencido de que los cristianos lo engañaban 87 88
Al O., al fondo de la bahía de Kísamos.
Es decir, de Chaniá, denominada con su nombre antiguo (vd. tomo I Cap XII).
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para ganar tiempo, decidió marchar contra Lefká Ori y, tomando a los pashás de Chaniá y Rethymni, el 4 de agosto entró sin lucha y quemó Thérison y Lakki; al saber que de todos lados se estaba reuniendo gente de Sfakiá, Rizes y otros lugares para hacerle frente, acosado constantemente por guerrillas y temiendo que a los suyos les ocurriera de improviso lo que el año anterior a sus compatriotas, levantó el campamento sin haber conseguido nada digno de mención con esta gran campaña; después de tomar sin lucha y arrasar Apokóronas y de dar un descanso de unos días a los suyos, marchó a Megalo Kastro, a donde llegó el día 31 hostigando y siendo hostigado por el camino, y acampó en las afueras de la ciudad.
Desde hacía algunos meses, habían salido en expedición varios jefes rebeldes hacia Myrámbelos y Lesidi, para levantar y animar a las provincias orientales que aún estaban en calma, empresa en la que tuvieron éxito; ni el desembarco de los egipcios pudo desmoralizar a los cristianos que trabajaban por el rearme de aquellas zonas, de forma que sólo la provincia de Sitía se mantenía pacífica, constituyendo la excepción. Hubo constantes enfrentamientos en muchas partes de aquella región entre cristianos y turcos y, por lo general, vencía la mejor causa. Tanto enloquecieron los turcos de Rethymni al saber lo que pasaba, que los más osados y vengativos, contra la voluntad del pashá, sacaron de la prisión en que estaba recluido y sometido a privaciones al obispo de la provincia y lo ahorcaron, matando ese mismo día a otros cristianos.
Pero la llegada de Hasan Pasha a Megalo Kastro, donde estaban ya los muy numerosos turcos de la guarnición, empeoró las cosas y se hizo notar en las mismas almas de algunos cristianos de aquella zona. El general, nada más llegar, envió a muchos sitios destacamentos para exterminar y hacer prisioneros; él mismo salió en expedición con todos los efectivos por la provincia, Pediada, y se adueñó de ella sin derramamiento de sangre; pero, al intentar tomar la posición inaccesible, Siti, la Malaxa de aquella región, fue rechazado y volvió atrás por Viannon, en la provincia de Arkadía, donde se quedó todo un mes antes de volver a Pediada. La provincia, Lasithi, debido a su posición montañosa y accidentada, es la Sfakiá de la parte oriental de la isla y hacia sus habitantes miraban los sufrientes vecinos, pero ellos, espantados, pidieron compasión contra todo pronóstico al enemigo a finales de octubre; las demás poblaciones, sin embargo, aunque más débiles, no imitaron su ejemplo, prefiriendo la lucha a la sumisión, y a veces se echaban al monte; se arrepintieron los de Lasithi 212


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y tomaron de nuevo las armas. Sólo unos pocos, por obligación fingieron prosternarse; eran los vecinos a la fortaleza.
Los cristianos, sin poder medirse cuerpo a cuerpo contra sus numerosos y bien entrenados enemigos, se esforzaban por causarles daños esporádicos.
Omitiendo muchas correrías de este tipo en gracia a la brevedad, damos a conocer la siguiente: Hasan Pasha envió por mar trescientos albaneses selectos a Krusonas, en la provincia de Malevyzi89, como vanguardia del ejército, pero los cristianos, cayendo de noche sobre ellos desde el exterior y allanando las casas con la colaboración de los vecinos supuestamente sumisos, los hicieron ir de casa en casa prendiéndoles fuego y los obligaron a recluirse en la iglesia abovedada del lugar, cuya bóveda quitaron y, arrojando material inflamable, los incineraron a todos.
Por aquellas fechas le llegó a Hasan Pasha desde Alejandría un nuevo refuerzo de mil hombres y le fueron remitidos víveres y suministros de guerra en abundancia.
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En realidad, son dos nucleos de población al O. de Megalo Kastro.
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1822 CAPÍTULO XXXVII GRECIA OCCIDENTAL DESDE LA BATALLA DE PETAS HASTA EL SITIO DE MESOLONGUI.- CAPITULACIÓN DE KIAFA.-
Después de los tristes sucesos de Petas, estaba claro que los turcos progresarían hacia Etolia-Acarnania, cayendo unos sobre Xirómero por Vonitsa, ya que eran dueños del Golfo de Ambracia; otros, sobre Valtos por Makrynoros.
Mavrokordatos, tras quedarse en Langada hasta que se reunieron allí las tropas dispersas de la batalla de Petas para reforzar aquella posición, aunque ya no era tan necesaria como antes tras apoderarse los turcos del Golfo de Ambracia, se retiró y, trasladándose de pueblo en pueblo y de monte en monte, intentaba dar ánimos y convencer a la atemorizada gente para que corrieran a ocupar las posiciones de Lutraki y Karvasarás, donde el enemigo podía desembarcar fácilmente sus ejércitos. Pero cuando se afanaba trabajosamente en esto, surgió una nueva amenaza para volcar los planes. La flota unida de Constantinopla, Egipto y Argelia, que se había dejado ver a la altura de Hydra durante la invasión de Drámalis, compuesta de 84 buques de guerra, entre ellos 7 bergantines y 15 fragatas, recaló el 20 de julio en las cercanías de Mesolongui; se les agregaron los del Golfo de Corinto y llegaron en total a los 90. Al aparecer esta flota, se marcharon los 8 barcos griegos y la gente, temerosa por los recientes sucesos en tierra y viendo que, según expresión propia, el mar de Mesolongui hervía con la aparición de tantas montañas móviles, creyó llegada la última hora de la libertad de la patria y también de sus vidas.
Esta escuadra enemiga intentó la toma de Vasiladi90 y probó a desembarcar marineros y soldados protegidos por un intenso bombardeo, pero el arrojo de los defensores locales se mostró tal, que bastaron 50 marineros de Mesolongui para desbaratar felizmente los continuos asaltos del enemigo. Después de dos días de inútil forcejeo, se dirigió a Mavri 90
Un minúsculo islote frente a la laguna de Mesolongui.
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Halikí91, entre el Eveno y Mesolongui, con el objetivo de apoderarse de aquella posición y levantar un campamento, pero halló en la orilla a 800 etolios dispuestos a defenderla. Su jefe, Makrís –el único quizá de entre los jefes de guerrillas en Grecia Occidental contemporáneos suyos que no besó nunca un faldón turco92, porque vivió ininterrumpidamente como un bandolero hasta la Insurrección, vagando por montes y yermos–, queriendo dar la impresión de que era un ejército más numeroso y temible, al anochecer desperdigó a sus soldados por la costa y les ordenó disparar durante toda la noche, al tiempo que encendían muchas hogueras; tocaban también instrumentos musicales y los soldados se divertían con bailes, cantos y gritos. Llegado el día, a la hora en que los turcos oraban y uno de ellos declaraba a grandes voces, según su ritual, la unidad de Dios y la divina misión del profeta, algunos soldados treparon a los árboles, orando y declamando como los turcos y escarneciendo al profeta. Otros reunieron cerdos y los hacían gruñir en el momento de la oración de los turcos, apretándoles el cuello. Los turcos, al oír de un extremo a otro del ejército griego tan sacrílegas palabras y el penetrante gruñido de animales tan execrables para ellos y al ver además tal falta de miedo, se fueron de allí al día siguiente sin conseguir nada y atracaron en Patras. Los griegos, a los que por su natural vivacidad y ardiente imaginación cualquier cosa basta para animarlos o desanimarlos, al ver el doble fracaso del enemigo en las costas de Etolia, empezaron a olvidar sus padecimientos.
Luego de las sucesivas derrotas de los griegos más allá de Makrynoros y su consiguiente exclusión por la fuerza de los límites de Xirómero y Valtos, no había ninguna esperanza de levantar el asedio de Kiafa; los sitiados empezaron a pasar hambre; el hacinamiento de tantos campesinos dentro de tan estrecho lugar no tardó en provocar una epidemia; los albaneses intentaban separar de los suliotas a sus aldeanos por medio de promesas, los aldeanos prestaban oídos a causa del hambre, la epidemia y la desesperación. Cada día había una negociación entre sitiadores y sitiados para un acuerdo total o parcial, hasta que se llegó a uno definitivo.
Los suliotas aceptaron entregar Kiafa, pero no quisieron cohabitar en un lugar turco y solicitaron ser llevados al Heptaneso bajo pabellón jónico.
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‘Salina Negra’. El autor describe Mesolongui y sus proximidades en el capítulo XL.
Es decir, no hizo nunca el gesto de obediencia que hacían los harmatolí = bandoleros al servicio de los turcos.
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Los turcos no se opusieron, pero se necesitaba el consentimiento del alto comisionado de las Islas Jónicas, y hacia él enviaron embajadores los unos y los otros. En tanto, como el acuerdo iba progresando, los aldeanos volvieron a sus lugares con la aquiescencia de los suliotas y se entregaron a los agás vecinos. La embajada al alto comisionado fue atendida y se suscribió un acuerdo el 28 de julio en Préveza, con la garantía del cónsul de Inglaterra, Mayer, en cuya casa se firmó: los turcos comprarían cuantos artículos sobrantes quisieran dejar los suliotas en el fuerte, les darían bestias de carga para transportar a los impedidos y los enseres al puerto, pagarían los fletes, les entregarían rehenes para su seguridad desde la salida hasta el embarque en las naves y alejarían las tropas estacionadas junto al puerto.
Los turcos, decididos a librarse cuanto antes de tan temibles enemigos y dirigir su atención a Etolia-Acarnania, no sólo aceptaron lo anterior, sino además les dieron 150.000 grosia en concepto de salarios debidos a ellos por Alí, pues sin ellos no querían soltar a Hasan Pasha, que les había sido entregado por su abuelo Alí en prenda de la alianza. Bajo estas condiciones, los suliotas enviaron en primer lugar a sus familias y sus enseres, bajaron ellos armados el 2 de septiembre y, con una escolta de buques de guerra ingleses, zarparon con sus mujeres e hijos rumbo a Cefalenia, donde se sometieron a una prolongada cuarentena por la epidemia imperante entre ellos y la viruela declarada dentro del hospital.
Rendida Kiafa, Etolia-Acarnania perdió su baluarte.
Servía a las órdenes de Vryonis Mehmet Reshid Pasha, conocido también como Kütahi, jefe de la guarnición de Arta, que había destacado en la batalla de Petas. Hombre agudo y temerario, criticaba a su jefe por inactivo e incapaz y, aspirando a mostrarse más eficaz y a ser ensalzado en vez de él, enroló por dos meses a tres mil albaneses, tomó consigo a Ismail Pliasa, rival de Vryonis, y lleno de esperanzas de someter Etolia-Acarnania con estos pequeños contingentes a causa de las terribles circunstancias, atravesó el golfo de Ambracia y llegó a Lutraki a comienzos de agosto, con la aquiescencia forzada del general Vryonis, que temía las demandas contra él que el osado Kütahi dirigía a la Puerta y a Hurshid.
Mavrokordatos, encargado de asegurar la punta del Golfo de Ambracia, había llegado a Machalás con los restos del ejército regular pocos días antes de que Kütahi arribara a Lutraki; los dejó allí para levantar un campamento, fue a Mesolongui y Anatolikón a reclutar y subió luego a Vrachori, ya que era el punto más equidistante, para supervisar los asuntos 217


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internos y proveer de lo necesario al campamento de Machalás, a cuyo aumento de efectivos se aplicaban notables y jefes de guerrillas.
Kütahi, tras desembarcar en Lutraki y encontrar el lugar desguarnecido, progresó hacia el interior, incendió por el camino Katuna y, al llegar a Papadates, aldea a una hora de distancia de Machalás, topó en el monasterio del profeta Elías con 60 griegos que iban de camino al recién alzado campamento de Machalás. Éstos, al hallarse inopinadamente en medio del enemigo y no poder huir, ocuparon la fuerte posición adyacente del pequeño pueblo de Aetós y resistieron tan bravamente que los de Kütahi, temiendo que cayeran sobre ellos los de Machalás, volvieron a Lutraki para acampar, con el objeto de no seguir la expedición hasta la invasión del gran contingente de Vryonis. Destacaron en la batalla de Aetós, que tuvo lugar el 10 de Agosto, Theodorakis Grivas, Yannis Tsaúsis, Stathis Katsarós y Dimitris Palioyannis.
Durante el tiempo en que Kütahi estaba inactivo en Lutraki, los griegos que iban acudiendo desde todas partes a Machalás llegaron a ser tres mil y salieron con el fin de arrojarse de repente por la noche contra el desprevenido enemigo pero, al aproximarse y encontrarlos bien fortificados y dispuestos a la lucha en contra de lo esperado, no los atacaron y volvieron a Machalás sin hacer nada. Esta imprevista preparación del enemigo dio pie a muchos griegos para sospechar que entre ellos había espías que le revelaban sus planes. Se detectó a algunos chismosos que esparcían el miedo con intenciones malévolas. Estas claras palabras en detrimento del pueblo y las sospechas de un complot secreto provocaron entre los jefes de guerrillas que integraban el campamento de Machalás acaloradas discusiones y produjeron en poco tiempo la desintegración de todo el campamento, al llegar la información contrastada de que Vryonis, trasladado a Arta, estaba listo para irrumpir al frente de numerosos albaneses.
La noticia de la inminente invasión y la disgregación del campamento desalentaron a los infelices habitantes de aquellas regiones que, sin sentirse protegidos ni querer doblegarse, corrieron en masa hacia el litoral de Acarnania para refugiarse en Kálamos, pequeña isla desierta hasta antes de la Insurrección, llevándose cuanto podían de sus pertenencias.
Colmaban este desencanto las diferencias mutuas entre algunos jefes de Grecia Occidental y entre éstos y algunos de los notables, que amenazaban por aquellas fechas con degenerar en guerra civil, por una parte en la región de Ágrafa entre Karaiskakis y Rangos, por otra en Vlochós entre 218


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Staikos y Vlachópulos y, por otra, en Krávara, entre Pilalas y Kanavós.
Dicha guerra civil, dondequiera que estallara, era de temer que alterase las demás provincias y, entonces, toda Grecia Occidental correría el peligro de perderse lamentablemente por sus propias culpas.
Vryonis no era cruel e inflexible como Hurshid, ni irreflexivo e impetuoso como Drámalis. Estuvo entre los cortesanos de Alí, conocía a los notables y jefes guerrilleros de Grecia Occidental y gozaba de su estimación. A menudo se inclinaba a admirar la valentía de los guerreros de aquella zona y no se jactaba de sus éxitos finales contra ellos, por lo que intentó, antes de la caída de Kiafa, atraerlos por medio del diálogo mejor que someterlos por las armas; estaba en buenos términos de amistad con algunos poderosos de aquellas provincias y especialmente con Varnakiotis, el único general93 de Etolia-Acarnania. Los políticos y el mismo Mavrokordatos sabían de esta relación; y aunque tenían ante los ojos la reciente deserción de Gogos y las maquinaciones para la disolución del campamento de Machalás, todos confiaban en que los griegos occidentales que guardaban las formas con los turcos eran fieles a la causa y que actuaban por el bien de la patria en peligro mientras acechaban el momento oportuno.
Una vez que se disgregó el ejército de Machalás y los desesperados pobladores abandonaron sus hogares, Mavrokordatos, al ver el claro peligro, se trasladó a Konopina, donde reunió un consejo al que acudieron Varnakiotis y diversos notables. Se trató sobre lo que había que hacer y todos los reunidos estuvieron de acuerdo en que, en aquellas difíciles circunstancias, la prudencia aconsejaba negociar con Vryonis, pero con el único objeto de ganar tiempo hasta que se reconciliaran los jefes enfrentados, se reanimara la aterrorizada gente de Etolia-Acarnania y llegasen los refuerzos del Peloponeso, esperados día tras día. Se juzgó conveniente para este fin que Varnakiotis no interrumpiese la aparente amistad con Vryonis. Varnakiotis se opuso en un principio con el argumento de que, mientras la mantenía por el bien de la patria, algunos lo acusaban falsamente de maquinar la traición; pero al final dio muestras de obediencia, después de pedir y obtener de los reunidos, en refutación de las injustas sospechas contra él –según decía–, un escrito por el cual se le permitía no dejar de negociar de la manera que mejor considerase, pero sólo acechando el momento oportunoaw. Habiendo obtenido el escrito 93
Había servido a las órdenes de Ali Pasha.
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requerido, tomó consigo a Yannakis Rangos y partió para Arta a mediados de septiembre, sin informar previamente a los notables firmantes y sin obtener ni solicitar el permiso de Mavrokordatos, que era la Autoridad local y uno de los firmantes. Al poco le siguió Andreas Iskos.
Vryonis recibió a Varnakiotis con benevolencia y honores, tanto por su personalidad como por su significación, y tanto le sedujo con sus promesas, que le hizo olvidar por completo el objetivo de su misión. De vuelta poco después a su casa, Varnakiotis convocó inmediatamente ante sí a los notables de las provincias para conferenciar e informó sobre ello a Mavrokordatos, pero sin reconocer que se había sometido.
Mavrokordatos y muchos notables se encontraban por Kato Yefyria el día en que llegó la carta de Varnakiotis; inquietos por lo que habían oído, declinaron cortésmente su llamada, temerosos de ser prendidos y entregados a Vryonis; lo convocaron ellos a él a un encuentro con el objeto de descubrir la verdad, pensando que, si era culpable, haría caso omiso y, si era inocente, atendería la invitación. Pero el mismo día, 23 de septiembre, se desveló toda la verdad, ya que les enviaron por otro conducto algunas de las medidas de amnistía adoptadas por Vryonis para con diversos jefes de las provincias de Grecia Occidental y ciertas cartas de Varnakiotis a ellos criticando la guerra de independencia, como promovida en beneficio propio por extranjeros y oportunistas, y aconsejándoles que se adelantasen a la inevitable catástrofe de la zona y aseguraran sus intereses por medio de su leal y sincera sumisión a la Sublime Puerta.
Tal comportamiento y tales instigaciones en tales momentos, provenientes de tal sujeto, que arrastraba consigo al jefe de Valtos, Andreas Iskos, y a sus compañeros Yannakis Rangos y Yorgakis Valtinós, tuvieron desastrosas consecuencias en Grecia Occidental, pues sus dos provincias más belicosas, Xirómero y Valtos, las barreras frente a Makrynoros y el Golfo de Ambracia respectivamente, se consideraban desde entonces como sometidas; y existía el gran temor de que otras provincias siguieran su ejemplo.
Pero cuanto mayores se mostraron las dificultades que envolvían la causa nacional, tanto más aumentó el empeño por su honor y salvación por parte de Mavrokordatos y los demás, que siguieron fieles a la patria.
De aquí para allá iban estos patriotas animando al pueblo, estableciendo nuevos campamentos y ocupando distintas posiciones alternativamente, aunque la amenaza que penetraba hasta el corazón de Etolia-Acarnania 220


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disolvía los campamentos y paralizaba las demás luchas en pro de la patriaax.
En tanto, según se había advertido, Vryonis atravesó sin impedimento los pasos de Makrynoros al frente de siete u ocho mil albaneses y acampó al lado de Lepenú; allí fue a su encuentro Kütahi, siendo el primero en cruzar el río con los suyos. Los cristianos que se habían quedado en los pueblos por donde pasaba el enemigo, no pudiendo guardarlos de la invasión, los incendiaban y huían; también quemaron Vrachori el alba del mismo día en que entró en él Kütahi al atardecer. Así, los turcos penetraban en Etolia sin ser para nada hostigados, pero en ningún sitio encontraban bicho viviente y a su alrededor no veían sino humo, fuego y total soledad.
Kütahi permaneció unos días en Vrachori, hasta que llegó Vryonis con el resto del ejército, y entonces marcharon todos juntos a las partes bajas de EtoliaAcarnania, tras dejar en Vrachori una guarnición suficiente. Mavrokordatos, Bótsaris Tsongas, Vlachópulos, Makrís y otros jefes leales ocuparon diversas posiciones con la esperanza de resistir pero, no pudiendo hacerlo frente a tan enormes contingentes, tuvieron que retirarse ante la aproximación del enemigo. La última posición ocupada fue Kefalóvryson, a dos horas y media de Mesolongui, donde se quedaron cuatro días; pero también abandonaron ésta y se separaron al irrumpir los enemigos el 21 de octubre; los caudillos locales se echaron al monte y Kitsos y Bótsaris, que no tenían mandatos provinciales, perseguidos por el enemigo y en mal estado, entraron en Mesolongui, a donde había huido Mavrokordatos cuatro días antes.
Después de cruzar sin problemas Kefalóvryso, el enemigo se precipitó el mismo día sobre el llano a las afueras de Mesolongui, a la altura de las iglesias de San Demetrio y San Atanasio, sin ninguna oposición, y progresó ese día hasta Bochori y Galatás y las aldeas al este de la ciudad, saqueando la comida que tenían allí los griegos y esclavizando a algunas mujeres y niños; al día siguiente regresó frente a Mesolongui y acampó, Kütahi por San Atanasio y Vryonis por San Demetrio; montaron por la noche las baterías sobre las ruinas de la iglesia de San Jorge, a tiro de pistola de la muralla, y emplazaron cañones y morteros. Acompañaban a las tropas enemigas Gogos, Varnakiotis, Iskos, Yannakis Rangos y Yorgakis Valtinós.
Pocos días antes, habían arribado al puerto de Mesolongui tres buques de guerra procedentes de Patras al mando de Yusuf, de modo que el día 25 la ciudad de Mesolongui quedó cercada por tierra y mar.
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1822 CAPÍTULO XXXVIII ENFRENTAMIENTOSPORTIERRAENLASAFUERASDENAUPLION.-BATALLA NAVALENELGOLFOARGÓLICOYRETIRADADELAFLOTATURCA.-INCENDIO DE UNA FRAGATA TURCA EN TÉNEDOS.- CAPITULACIÓN DE NAUPLION.-
Ni el sitio por tierra de Nauplion, levantado a la llegada de Drámalis, fue retomado después de su salida de la Argólide, ni los desfiladeros entre Corinto y Argos fueron vigilados tras la llegada de Kolokotronis a Tripolitsá. Muchísimos griegos a los que se había asignado vigilar los pasos y mantener el asedio se distribuyeron por las provincias del Peloponeso, unos para guardar y otros para vender los ricos botines, de forma que los turcos de Nauplion, teniendo por protectores a los de caballería llegados con Alí, salían sin temor y sin ser molestados a los alrededores del castillo para apacentar a los caballos y trincar lo que podían. Al verlo Petrobey, que estaba en los Molinos, dispuso a quinientos maniatas, que tomaron la posición costera de Kioski; tenían dos cañoneras para su defensa; pero el 8 de agosto salieron de Nauplion 50 a caballo y 500 de a pie y vapulearon a los 500, matando a algunos de ellos, arrojando a muchos al mar y haciendo 14 prisioneros, entre ellos los jefes Ravulias Kavvalarakis y Theodorís Kumondakos. Después de este revés los griegos, al ver a los turcos ir de acá para allá sin miedo, pensaron tenderles una emboscada. El día 14 salieron muchos turcos, llegando para recoger frutas hasta Kutsi, donde estaban apostados algunos griegos que se mantuvieron quietos, queriendo que el enemigo se alejara más; pero uno de ellos, cegado por el brillo de las armas de plata de un turco que había trepado a una higuera, le lanzó un tiro y lo hizo caer muerto. A causa del incidente, salieron los griegos de los diversos escondites, rodearon a los enemigos y los pusieron en fuga, matando a 26 y cogiendo vivos a 18, que intercambiaron por los 14 de Mani capturados anteriormente; cogieron también caballos, mulos y camellos, pero fueron muertos 2 griegos y heridos 5. Ese mismo día el hermano de Nikitas, 223


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Nikolós Stamatelópulos, jefe de los griegos a las afueras de Nauplion, cuando perseguía a un turco montado en un caballo con arneses de plata, fue muerto por él en el momento de empuñar las bridas del caballo; el fallecido se distinguía por su valor y sentido de la disciplina.
La escuadra turca, después de quedarse inútilmente en Patras más de un mes, un tiempo en que su presencia era tan necesaria en la Argólide para cubrir al ejército de Drámalis y levantar el sitio de Nauplion, zarpó el día 27 al mando del nuevo capitán pashá, arribando el 7 de septiembre a la vista de Hydra y Spetses.
Al llegar la noticia de que navegaba rumbo a Nauplion, sus defensores abandonaron la torre marítima y quedaron guardándola durante 48 horas sólo dos ancianos –uno de Hydra y otro de Spetses– y el filoheleno Hane; después entraron 20 heptanesios al mando de Sembrikós y otros tantos chimariotas94 al mando de Gramzis y así se aseguró aquella diminuta fortaleza.
Los griegos suponían que la escuadra tenía la misión no sólo de abastecer a Nauplion, sino también de desembarcar tropas en Spetses; por ello, los de Spetses mandaron en prevención a Hydra a sus mujeres e hijos y se trajeron de fuera soldados para defender el lugar; 60 buques de guerra y 10 brulotes al mando de Miaúlis circulaban para frustrar el citado doble objetivo. Como la fuerza náutica de los griegos era insuficiente, Miaúlis planeó oponerla toda unida y ordenó que navegara toda junta entre la costa del Peloponeso y las islas de Hydra y Spetses; pero, en contra de lo que se esperaba, la flota enemiga maniobró tan diestramente que el día 8 franqueó el estrecho entre Hydra y Spetses y dividió a los barcos griegos, que quedaron unos al este y otros al oeste, entre ellos la nave almirante. Miaúlis, tan listo como valiente, permaneciendo fiel a su primera intención, viró de a bordo y navegó pegado a Cheli, sobre el litoral del Peloponeso, para acometer a la escuadra enemiga por si intentaba navegar hacia Nauplion, y ordenó a todas las naves que le siguieran. Pero los capitanes Andonis G. Kriezís, Anárgyros Lembesis y Leonardos Theodorís, cuyos barcos se encontraban al este, suponiendo que el almirante se alejaba con intención de desviarse de la batalla, desobedecieron y enfilaron hacia el centro de la flota enemiga. De estos tres buques, el de Leonardos era un brulote y los de Lembesis y Kriezís, que eran de guerra, abrieron fuego de cañón para 94
De Chimara, otra región del Epiro afectada por las deportaciones.
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asombro de amigos y enemigos. El almirante, al ver que inesperadamente se había venido abajo su plan, volvió atrás y ordenó a los demás barcos que le flanquearan. Mientras, la porción del oeste era perseguida y, en peligro de pasarlo mal, se arrimó al islote de Dokós, a donde los grandes navíos del enemigo no podían aproximarse; sin embargo, otras más pequeñas sí se acercaron protegidas por las mayores, hasta que Pipinos enganchó una argelina a su brulote, pero 50 valerosos argelinos saltaron y la desengancharon; no obstante, o bien murieron abrasados cuando el barco se inflamó o bien cayeron al mar y se ahogaron; las demás naves de la armada enemiga se atemorizaron con este hecho y se distanciaron. Así se libró aquella sección griega pero, no pudiendo ir a unirse con el almirante debido a su posición, ancló intacta junto al litoral peloponesio frente a Hydra. En muy mala situación se encontraron igualmente las naves de la sección occidental, de forma que pocas llegaron hasta donde luchaban las de Kriezís y Lembesis, entre ellas la almirante; las que se unieron a ella fueron las de Sachturis, Chatsí-Anárgyros, Panayotas, Dimitris Miaúlis, Tsupis, Raftis y Lachanás. Esta pequeña fuerza luchó hasta el anochecer y no dejó navegar a la escuadra enemiga hasta el Golfo Argólico, como pretendía. Al caer la noche, la escuadra turca fue hacia alta mar, la griega permaneció dentro del estrecho. Al día siguiente las dos flotas abrieron fuego desde lejos durante mucho rato, mientras se prolongaba una extrema calma chicha. Por la noche, al igual que la siguiente, todos los montes cercanos del Peloponeso estaban perlados de fogatas y, todo el día y toda la noche, se reunían los habitantes de las islas de Hydra y Spetses, así como los de los pueblos vecinos de Kranidi y Hermíone; también se congregaron en la playa muchos hombres armados procedentes de otros lugares. Al día siguiente las dos flotas permanecieron inactivas, aunque la enemiga se aproximó a Spetses; se acercó también el día 11, pero ni siquiera entonces abrió fuego. El día 12 avanzó entera hacia Nauplion; la griega iba a la zaga, al objeto de llevarla hasta el fondo del golfo, donde se emboscaban algunos brulotes. Pero el enemigo avanzó hasta que estuvo a 10 millas de Nauplion y de pronto pidió tregua y envió a la ciudad un barco con víveres bajo bandera austríaca. Este barco fue capturado por los dos brulotes de Hydra pertenecientes a Tseremés y Theodorís, que aparecieron de repente frente a él; encontráronse en él cartas remitidas por el capitán pashá a los mandos de Nauplion y diciendo que todo iba muy bien, que había caído Suli y todos los infieles de allí habían sido eliminados; que el ejército de S. M. había 225


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regresado a Corinto sin daños y volvía a marchar contra Argos; que con él iban tropas de refresco al mando de Hurshid; que la invicta armada había hundido 6 barcos griegos e incendiado 2 y que el capitán pashá no juzgó acertado entrar en el puerto porque eran aguas con escollos y porque se le aseguró que había 6 brulotes de los infieles vigilando cerca del reducto y 10 en el puerto de Spetses y, por eso, mandaba el barco con víveres que se ha mencionado, y que pensaba enviar más. Este era en resumen el contenido de los mensajesay. La flota enemiga no se movió contra los que delante de ella capturaron el barco austríaco en cuestión, ni trató de enviar más víveres; antes bien, viró de a bordo y se fue con tanta prisa, que quemó un barco de dos mástiles por su lentitud, después de quitarle su armamento frente al litoral de Laconia; como hacía poco viento, no salió entera del golfo hasta el día siguiente, disparando desde lejos sobre la griega, que la seguía y respondía a sus cañonazos. El mismo día, un bergantín encalló en la parte sur de Hydra pero, trasladados sus cañones a otra embarcación, lo incendiaron antes de que llegaran los brulotes mandados contra él. El día 15, con viento de Levante, la escuadra enemiga ganó mar abierto y llegó a Suda; entonces la griega regresó a sus puertos.
Vamos ahora a relatar la inesperada partida de la flota enemiga.
A comienzos de agosto, el entonces comandante de la flotilla francesa en el Egeo, Viella, llegó de noche al puerto de Nauplion a bordo de la fragata Fleur de Lis. Al día siguiente, llegó al mismo puerto el jefe de la inglesa, Hamilton, a bordo de la Cambria. El gobierno, entonces en los Molinos, envió un saludo a ambos rogándoles no entraran en contaco con los de Nauplion. Hamilton acogió favorablemente la petición, pero su colega Viella la rechazó con brusquedad y mandó un oficial al gobierno griego exigiendo 35.000 grosia, 30.000 para pagar la carga del barco bajo pabellón francés Listock, incautada por el jefe de la guarnición de Monemvasía, Yannis Mavromichalis, y descargada a la fuerza el anterior abril, y los restantes 5.000 en concepto de indemnización. El Gobierno asumió el pago de una y otra cantidad de allí a dos meses y Viella aceptó; pero el día 31, antes de que expirase el plazo, por las fechas en que se esperaba a la flota turca, el comandante volvió al puerto de Nauplion a bordo de su fragata y flanqueado por otra nave menor y una goleta.
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Miaúlis, que participaba en el cerco, envió a Sachinis a saludarlo y le rogó no entrara en contacto con los de la ciudad asediada, pero él no sólo hizo caso omiso de la petición sino que exigió el pago inmediato, bajo amenaza de uso de la fuerza. En vano reclamó el gobierno el cumplimiento del límite fijado para la retribución; cediendo a la imposición, consintió en pagar de allí a seis días. El plazo concluía el 8 de septiembre, en que, al no ser entregado el dinero, se presentó el francés con su flotilla frente a Hydra en el momento en que combatían las escuadras y, sin tener en cuenta la crítica situación de aquel día, llamó a Nengas95 y, alegando que la deuda no había sido satisfecha según la última promesa del gobierno, reclamó los turcos que iban a bordo de su goleta, los cuales habían entregado como rehenes los turcos de Nauplion al gobierno griego a la firma del acuerdo sobre la capitulación de la fortaleza. Nengas rechazó la petición y Viella envió hombres para llevárselos, sin reparar en que con ellos arrebataba la única garantía para asegurar la vida de los rehenes griegos en Nauplion.
Ahora bien, los marineros de la goleta los desembarcaron antes de que les abordaran los franceses. Entonces, la fragata abrió fuego sobre la goleta de Hydra desobediente, que estaba al alcance de sus cañones, le abrió una vía de agua e hirió a dos marineros y a una mujer embarazada que había en la playa. La tarde del mismo día, los barcos franceses anclaron sobre la punta oeste de la isla de Spetses. El 12, el almirante envió al capitán pashá uno de sus oficiales para visitarlo y acordar el reglamentario saludo recíproco con salvas, y le devolvió con tan feliz motivo un árabe que había estado prisionero en Hydra y, aprovechando que se le dejaba ir a donde quisiera por allí, huyó a la fragata francesa cuando ésta se encontraba frente a dicha isla. Al poco rato de haber llegado los dichos a la nave almirante otomana, contra todo pronóstico la escuadra pidió tregua, abandonó a su suerte la embarcación austríaca capturada y viró de a bordo. Por esta circunstancia y por el estudio de las cartas interceptadas, algunos atribuyen el repentino viraje de la escuadra a los informes que el capitán pashá recibió de Viella, que estaba en buenos términos con los turcos y en malos con los griegos y sabía por las entrevistas que tuvo con éstos que en el fondo del puerto había brulotes emboscados aguardando la ocasión de incendiar la escuadra cuando entrara; otros, sólo a las revelaciones del árabe. De esta manera, el cobarde de Mehmet escapó a la amenaza que se cernía sobre su flota 95
Yoryis Nengas. Ha sido mencionado en el capítulo XII como capitán de un barco de Hydra.
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dentro del golfo Argólico y quizá incluso a su aniquilamiento. El almirante francés cobró a los pocos días todo el dinero que pedía y se marchó, pero su lamentable conducta fue desaprobada por la humanitaria y filohelena Francia y provocó su destitución.
Tras pasar unos días en el puerto de Suda para descanso de los marineros, la escuadra otomana zarpó el 8 de octubre, bordeó algunas islas del Egeo y echó el ancla frente a Syra y Miconos. Los filoturcos de Syra se apresuraron a trasladar su profunda reverencia al capitán pashá, enviando sus notables a la nave almiranteaz. En cambio los de Miconos, en vez del agua y la tierra, les dieron pólvora y balas y, todos armados, pusieron en fuga a 100 argelinos desembarcados en una playa para robar cabras, matando a algunos de ellos. La escuadra no juzgó oportuno castigar a la insolente isla ni echar el ancla en aguas de ninguna otra después que, al bordear Tenosba, vio gran cantidad de hombres en armas dispuestos a hacerles frente; así que enfiló directamente a Ténedos. Mientras esperaba allí las órdenes del sultán, se desató una fuerte tempestad y muchos barcos fueron dispersados y dañados algunos. Después de este suceso, salieron de Psará dos brulotes, uno al mando de Kanaris y otro al de Bratsanos, acompañados por dos bricks, el uno al mando de Kalafatis y el otro al de Saríanis; sin que las naves de vanguardia se enteraran, los brulotes irrumpieron por el medio de la escuadra al amanecer del día 27 y se arrojaron contra dos bergantines, el de Bratsanos sobre la almirante y el de Kanaris sobre la vicealmirante. La almirante se salvó cortando las anclas, pero la vicealmirante fue incendiada. Había en ella mil seiscientos hombres, entre marineros y soldados, de los cuales sólo se salvaron 15.
Después de este éxito, los marineros de los dos brulotes griegos navegaron en sus botes hasta Limnos96 y, al no encontrar allí los bricks, arribaron a Esciros, donde sí los encontraron, volviendo todos sanos y salvos a Psará; la escuadra enemiga, totalmente atemorizada, largó velas y se dirigió al Helesponto, humillada delante de las naves mercantes de Grecia y dejando a los osados marineros de ésta como dueños del mar. Después de estos hechos, el terror y el miedo dominaron las ciudades costeras del imperio habitadas por turcos. En Esmirna, en Quíos, en Mitilene, en todas partes pugnaban los turcos por los medios a su alcance no ya por rechazar a sus enemigos, sino por asegurarse frente a la caza de los marinos de Grecia, 96
Con iota, en vez de con eta.
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especialmente sus vecinos los de Psarább, que recorrían como dueños del mar todas las costas destruyendo, saqueando y atemorizando a sus enemigos costeros. A tal grado de osadía llegaron los ribereños griegos por aquella época y tanto despreciaron a sus enemigos, que 4 buques de Casos tomaron 13 barcos portadores de víveres para uso de la armada turca en el puerto de Damieta, ciudad cercana a las bocas del Nilo y enfrente del Delta, saquearon bastantes cosas que había en ellos y, después de trasvasar todos los víveres a tres de los barcos capturados, los condujeron a su tierra, pero sin tocar lo que en ellos se encontró de propiedad europea. Unos días después, 2 barcos de Psará aprehendieron 4 pequeños del enemigo con ricos cargamentos junto al litoral de Siria. En una palabra, tras la afrentosa retirada al Helesponto de la gran armada, a la que el inepto capitán pashá, después de su bochornoso fracaso, tenía la desvergüenza de llamar Invicta en las cartas a los turcos cercados en Nauplion, no se vio más acá del Helesponto enseña turca alguna, a no ser en el fondo de algunos puertos y en el golfo de Corinto hasta Mesolongui, pero aquí mientras no apareciera un barco griego.
La retirada de la escuadra otomana del Egeo luego de la vuelta a Corinto de los de Drámalis devolvió a los de Nauplion a su dura situación anterior. Las vituallas que introdujeron durante la invasión de Drámalis se consumieron después de pasar tanto tiempo; su emplazamiento era el peor para llevar a los de Nauplion los refuerzos que esperaban; el campamento bajo su mando no sufría escasez de víveres, pues el golfo estaba abierto, pero fue asolado por una grave enfermedad debida al clima de Corinto y al confinamiento; por ello Drámalis, no pudiendo abrir la ruta a Patras, envió por mar el 26 de septiembre a Perachora más de dos mil soldados, los cuales desembarcaron allí al objeto de apoderarse de la Megáride para más desahogo del ejército, pero fracasaron al ser batidos por Nikitas, que fue a su encuentro con 800 hombres, y se vieron obligados a volver a Corinto.
En dicha confrontación cayeron 40 turcos y 12 griegos.
Mientras tales eran los padecimientos de este ejército y de los sitiados en Nauplion, en Patras Yusuf, en vez de preocuparse por aliviarles, si no por librarlos de las calamidades, no paraba de traficar con las ruinas del reino y las duras circunstancias de sus sufrientes compatriotas.
Hacía mucho que se había establecido en Zacinto una compañía de especuladores, en su mayoría extranjeros, que aprovisionaba Patras y las plazas meridionales del Peloponeso contando con la complaciente 229


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disposición para con los turcos del gobierno y con la ira y las maldiciones del pueblo. Yusuf, que dominaba el acceso al golfo de Corinto, no permitía la entrada de provisiones al interior sin cobrar una tasa; compraba gran cantidad a un precio muy moderado y las revendía a sus compatriotas de Corinto a cuanto quería. Este pashá encontró otro recurso: en vez de dañar mortalmente a sus enemigos de dentro del golfo no permitiendo la exportación de sus productos, se complacía en autorizar a cambio de un elevado gravamen la salida de la uva, del aceite y de cualquier otra mercancía, convirtiéndose en partícipe del beneficio.
El pobre Drámalis, que velaba siempre por los intereses de su nación, no reparaba en esfuerzos, peligros ni dinero. A pesar de que él y los suyos estaban en una miserable situación, se preocupó por la peligrosa suerte de Nauplion y a comienzos de octubre envió hacia allá unas exiguas provisiones al mando de su deli bashi97, Ahmet, con sólo 80 jinetes, para proteger dicho envío por el camino. El deli bashi salió con bien del lance, tanto en su trayecto nocturno a Nauplion por Dervenakia como en el retorno la noche siguiente desde allí a Corinto, porque encontró los pasos de la carretera sin ninguna vigilancia. Drámalis se animó con este éxito y mandó más alimentos a finales de mes; como Dervenakia no estaba ya sin vigilar como antes, agregó a la misión dos destacamentos de infantería, uno para trasportar con seguridad los víveres a Nauplion al mando de su deli bashi, el otro sólo para custodia de su transporte por los pasos; ordenó que este destacamento volviera después a Kortesa98 y esperara allí para defender otra vez el regreso de los que habían llevado las vituallas. Al entrar los dos destacamentos en Dervenakia y mientras marchaban el uno por el camino de siempre y por Hai-Sostis el otro, el que conducía los alimentos, ahuyentaron a los pocos griegos de guardia y volvieron a Corinto sanos y salvos después de cumplir su objetivo; por el éxito en las dos misiones, el deli bashi fue obsequiado con dos colas de caballo.
Kolokotronis, que tanto durante el primer aprovisionamiento como durante el segundo estaba en Tripolitsá, al enterarse de la excursión de los turcos y temiendo que, en vista del éxito, intentasen una nueva invasión de la Argólide y tomasen y dominasen los pasos para una comunicación libre entre Corinto y Nauplion, frustrando así todas las esperanzas concebidas 97 98
Comandante de la caballería.
En el capítulo XXXVI se la llama Kurtesa.
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sobre la caída de dicha plaza fuerte, bajó a fortificar todas las posiciones necesarias entre Corinto y Argos, colocando tropas suficientes y aguerridas y quedándose él mismo. Pero poco faltó para que todas sus previsiones y las de los demás resultaran vanas, a causa de la siguiente contingencia: El 5 de noviembre, a eso del amanecer, los guardianes del baluarte marino a las órdenes de Sembrikós vieron un barco entrando en el puerto, le dispararon y mataron al timonel. El fragor de los cañones puso en movimiento los barcos griegos junto a los Molinos; al verlos el comandante de la desconocida embarcación navegar hacia la torre y creyendo, según los falsos informes de que disponía, que la fortaleza estaba en poder de los turcos y que los cañonazos se produjeron por equivocación, arrimó el barco al fortín, izó la bandera y gritó que era un barco amigo que llevaba víveres a los sitiados. Los de Sembrikós volvieron a dispararle y perforaron el casco; entonces, los de Nauplion repararon en el error de los del barco y abrieron fuego para animarlos y guiarlos, mientras muchas otomanas, de pie en las almenas que daban al mar, tendían los brazos exhortando con sus gritos a los aterrados marineros del barco a entrar sin miedo en el puerto que desconocían y señalándoles que la parte trasera de la Acronauplia era un fondeadero seguro, pero los barcos griegos lo interceptaron y apresaron.
El barco era inglés y traía víveres de Esmirnabc.
Después de tal despojo de alimentos a las bocas hambrientas, los nauplienses se vieron reducidos a comer no sólo animales impuros, sino incluso las mismas carnes de los hombres muertos, y a cocer la piel de los animales para sorber el jugo. A causa de su terrible situación, una noche salieron a escondidas de Nauplion 150 seleccionados de entre los del lugar, que conocían con exactitud las posiciones y los senderos y hablaban griego a la perfección; atravesaron las líneas enemigas antes de amanecer haciéndose pasar por griegos, llegaron a Corinto y anunciaron que Nauplion capitularía sin remedio de allí a pocos días si no era provista de alimentos a tiempo. Ante esta noticia, el ejército enemigo salió el día 28 en expedición de aprovisionamiento, haciendo noche en Kortesa. De madrugada, entraron delante por los pasos de Hai-Sostis los 150 nauplienses que pasaban por griegos y, tras llegar a donde estaba la vanguardia de los de Nikitas al mando de Zacharías Hagiopetritis, saludaron en griego y fueron acogidos.
Preguntados de dónde venían, respondieron que habían ido a robar ganado y que no lo habían conseguido. De este modo engañaron a los griegos y subieron, al amparo de la oscuridad reinante y sin que éstos lo supieran, a la 231


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elevación más alta, detrás de la posición de los de Nikitas, y permanecieron apaciblemente. En éstas, la vanguardia griega vio venir al ejército enemigo por los desfiladeros y dio la alarma. Los ocupaban 1500 griegos al mando de Nikitas, Tsokris, Dariotis, Levidiotis y el pope Arsenios, de Kranidi. A la voz de alarma, los griegos ocuparon los contrafuertes e intercambiaron disparos y, desde que se inició el tiroteo, se encontraron inopinadamente entre dos fuegos, porque los 150 enemigos que se hacían pasar por griegos, en posesión de la loma situada encima, les fusilaban por detrás; al poco vieron caer muerto entre los abatidos por el fuego de estos enemigos al pope Arsenios, el mismo que hizo prodigios de valor en la batalla contra el kiaya bey al pie de la muralla de Argos y cruzó indemne espada en ristre el numeroso ejército de enemigos desde el monasterio de la Kekrymmeni hasta los Molinos99. Este noble servidor de la fe y de la patria, cuando estaba comiendo y bebiendo la tarde del día antes de la batalla que se trata, dijo de buen humor ante muchos “que la cabeza de Arsenios caerá, pero el pan no llegará a Nafpli”. Mientras tanto los griegos, desconcertados por su posición en medio de los enemigos y al ver caer a Arsenios, se dieron a la fuga; huyó también Nikitas y, encerrado con unos pocos en una torre construida hacía poco junto a aquella posición, combatía a los enemigos, que disparaban a la torre con los cañones. En tanto, llegó al campo de batalla el grueso de los griegos que ocupaban las demás angosturas, se abalanzó también por detrás Chatsí-Christos y así los turcos se desalentaron y volvieron sin conseguir nada a Corinto, perseguidos por los griegos hasta que llegaron a la llanura. En el transcurso de esta lucha fueron muertos y heridos 50 turcos y 9 griegos.
En Nauplion dominaba desde hacía algún tiempo la división entre los que querían y los que no querían rendirse. Los míseros sitiados, aparte de por el hambre, eran agobiados por una epidemia; cuanto más crecían sus males, tanto más predominaba la facción inclinada a la entrega. Desde hacía algunos días eran molestados también por las tropas griegas que cercaban Nauplion, cuyo mando había recibido Staikos Staikópulos a la muerte de Nikolós Stamatelópulos. Estas tropas, con la ayuda de los restos del ejército regular, que rodando de un lugar a otro después de la batalla de Petas habían venido a parar en octubre ante las puertas de Nauplion, agredían con frecuencia a los nauplienses que salían, impidiéndoles 99
Vd. tomo I, pág. 178 (cap. XIII).
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avanzar más allá del terraplén. Estas razones obligaron a los turcos, antes incluso del completo fracaso de la expedición en su auxilio desde Corinto, a entrar rápidamente en tratos con Staikos y a una nueva negociación con Kolokotronis, a través de él. Kolokotronis contestó que se les hacía merced de la vida y se les darían barcos para el traslado de todos al litoral de Asia; si no les parecía bien, la espada griega daría buena cuenta de ellos dentro de poco. Staikos tomó el escrito y lo remitió a la fortaleza el día 29. Los turcos, queriendo tener todos conocimiento de esto y decidir en común, concurrieron a una asamblea general; bajaron a la ciudad también los del Palamidi, dejando unos pocos de guardia, ya que no esperaban ningún incidente. Pero en el intermedio, dos albaneses de la guardia allí apostada –la cual se dispersó despreocupadamente de acá para allá–, agobiados por los rigores del sitio y esperando quizá una cuantiosa recompensa, descendieron desde la muralla por medio de una cuerda, fueron a Aria, donde estaba Staikos, y le dijeron que la guarnición del Palamidi había bajado a la ciudad y que, si iba rápidamente, se apoderaría del castillo sin derramamiento de sangre. El noble Staikos, sin sospechar engaño, tomó 200 compañeros, 60 kranidiotas y un escuadrón de regulares y llegó al pie de las murallas de madrugada; la noche era lluviosa y sin luna; en principio subieron unos pocos a la muralla, abrieron un portón e introdujeron por él a los demás. Algunos de los guardias quisieron oponerse, pero no tardaron en tirar las armas y, así, los griegos se adueñaron sin luchar del castillo, a las claras del día en que la Iglesia festeja la memoria del apóstol Andrés.
Una vez en posesión del mismo, dispararon todos al unísono, mirando a la ciudad y gritando: “Os hemos pillado, agás”. Los infelices agás, sin saber de qué manera habían tomado los griegos la fortaleza y viéndose a sí mismos y a sus mujeres e hijos bajo el fuego enemigo, corrieron por las calles de la ciudad como locos. Llegado el día, los nuevos dueños del Palamidi izaron la bandera de la cruz y abrieron fuego de artillería al grito de “¡Feliz día de San Andrés, agás!”. Entretanto Kolokotronis, al oír los cañonazos desde Dervenakia, galopó hacia Nauplion; halló por el camino a un soldado de infantería que traía la noticia, entró en la fortaleza al fragor de los cañones, dio órdenes inmediatamente y muchos cañones se volvieron hacia la ciudad y la Acronauplia; envió a los turcos de la ciudad una orden conminándoles a entregar la ciudad y la Acronauplia dentro de tres horas y, al no obtener respuesta en dicho plazo, comenzó a bombardear; no obstante, a propuesta de los turcos y por mediación de los 233


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miembros de la comisión griega que quedaban en Nauplion100, se avino a una negociación; y así, detenido el bombardeo, subieron los beyes del lugar y el jefe de los albaneses en Nauplion a dialogar. “Os hacemos gracia de la vida –les dijo Kolokotronis– y os permitimos llevaros dos trajes; también os facilitamos barcos griegos para vuestro viaje y os damos de comer hasta que lleguéis a donde queráis.” “Nosotros –respondió el mando albanés– no entregamos las armas; pelearemos mientras nos quede vida, quemaremos el lugar y no dejaremos piedra sobre piedra.” “Quemadlo, pero que sepáis que os quemaréis con él”, contestó secamente Kolokotronis. En cambio los beyes cortaron la naciente discusión, accedieron a las condiciones de Kolokotronis en consideración –según dijeron– a las mujeres y los niños, bajaron a la ciudad y firmaron todos el acuerdo; en cuanto fue ratificado por los griegos, los turcos les enviaron las llaves de la ciudad. Los griegos tomaron las fortalezas de abajo y asignaron a algunos la misión de acumular y depositar en dos mezquitas las pertenencias de los turcos, para ser catalogadas. Imperaba un gran temor de que a los nauplienses les pasara lo mismo que a sus congéneres de Neókastro, Corinto y Atenas. Kolokotronis, decidido a que no sucediera algo así y a que no se robaran los bienes, cerró la puerta de la fortaleza a los soldados que acudían al saqueo, pero estos amenazaron con entrar por la fuerza, ejecutar a los turcos y arrebatarles sus riquezas; por lo cual, cualquier aplazamiento de la salida implicaba un gran peligro. Por fortuna, el 12 de diciembre arribó Hamilton al puerto de Nauplion a bordo del Cambria y, con la aquiescencia de los griegos, se hizo cargo de 400; al resto lo acogieron los barcos griegos bajo la dirección de Miaúlis, mediante el pago de ciento diez mil grosia procedentes del botín; así, Hamilton llevó a los cautivos a Esmirna y Miaúlis a Kushadasi, pero todos en tan mal estado por el hambre pasada durante el asedio, la epidemia y las estrecheces, que solo en el Cambria murieron 67 durante la travesía, la cual se prolongó a causa de la llegada de una tempestad; algunos de ellos murieron comiendo hasta el hartazgo; la tripulación de la fragata también resultó contaminada; sólo fueron retenidos en Nauplion como prisioneros el ex-jefe de la guarnición, Selim Pasha, y su sucesor Alí, por negarse a suscribir el acuerdo; pero no sólo no fueron molestados ni ellos ni los suyos, sino exquisitamente tratados y generosamente provistos, viviendo a cuerpo de rey hasta que fueron puestos en libertad. Los griegos 100
Vd. págs. 177 y 200.
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se repartieron entre sí las pertenencias sustraídas a los turcos sin ninguna ganancia para el fisco; las de más valor de entre ellas fueron acaparadas por los jefes bandoleros.
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1822 CAPÍTULO XXXIX SITUACIÓNDEODISEO.-ASAMBLEACONSTITUYENTEDEGRECIAORIENTAL TRASELPASODEDRÁMALIS.-ELAREÓPAGO.-ACUSACIÓNCONTRAIOANNIS LOGOTHETIS, MIEMBRO DEL LEGISLATIVO, POR UN DELITO POLÍTICO.NUEVA INVASIÓN DE GRECIA ORIENTAL AL MANDO DE KÖSE-MEHMET PASHA Y RETIRADA.-
Ni la abominable conducta de Odiseo contra Nutsos y Palaskas ni la indignación y persecución del gobierno contra él fueron capaces de mermar la reputación de que gozaba. El Areópago lo denunció por traidor e instigador de la incursión enemiga, pero la gente de Grecia Oriental desaprobaba lo que se decía contra él, no por considerarlo inocente, sino porque lo veía como el más capaz de enderezar por las armas a la patria humillada, por lo cual lo confortaba con su cariño y apoyo. Los hombres de ley son más poderosos que los hombres de armas en tiempos de paz, pero en tiempo de insurrecciones y guerras se honra a la espada por encima de la ley y se la ve como un escudo contra fechorías e injusticias, como un asilo contra las agresiones del enemigo y como un feliz instrumento con fines utilitarios y ambiciosos. Por este único motivo era estimado por el pueblo Odiseo, mientras era odiado por el gobierno. Debido a la lamentable situación de los asuntos, este sentimiento de la gente se impuso también en el ejecutivo, que propuso el 24 de junio la absolución de los delitos de Odiseo; el legislativo, cediendo a la misma necesidad, dio orden al Areópago de no llevar a cabo lo que se había dispuesto contra él. Pero fuera cual fuese la obligada actitud de la autoridad, Odiseo confiaba en su influencia y en su espada y despreciaba al gobierno, que se había refugiado en un barco para su seguridad, y a la autoridad central, impotente en las provincias de su jurisdicción, que huía ante él, cambiaba de sede y acabó acogiéndose a un rincón abandonado de una isla cualquiera. El gobierno hacía públicos contra él demoledores escritos de exclusión, mientras él convivía seguro con los mandos de tropas 237


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irregulares del gobierno en Grecia Oriental y colaboraba con ellos libremente en actividades para su derrocamiento y el del Areópago. Tanto lo apreciaban los mandos, que Guras, a pesar de su escasa importancia entonces, rehusó la jefatura militar de Lebadea que se le concedió tras la degradación de Odiseo, prefiriendo la amistad del degradado a la generosidad de la más alta autoridad de la nación.
Tras el paso de Drámalis, Grecia Oriental temía una nueva invasión. El único lugar más o menos seguro por aquellas regiones era Atenas después de la conquista de la acrópolis, debido a su posición apartada. Pero tampoco esta ciudad se veía libre de desórdenes internos, pues los atenienses, que antes de la toma de la acrópolis actuaban para uno y el mismo objetivo, se dividieron después de la toma y se acosaron entre sí. Como se ha dicho, el Ática no tenía un jefe bandolero antes de la insurrección. Después de la insurrección, surgieron varios desempeñando la jefatura, pero no se impuso ninguno. Muerto Panayís Chtenás, fue nombrado jefe de la guarnición de la acrópolis su hermano Spyros, pero éste ni respetaba a la autoridad política local ni se llevaba bien con sus conciudadanos, encarcelando y castigando a unos a su antojo e imponiendo tasas a otros para pagar el sueldo y la manutención de la guarnición; unos soldados suyos asesinaron a Chatsí-Yorgandás Skuzés, uno de los éforos de Atenas, que había vuelto desde Salamina. Tal comportamiento despertó extrema indignación y, un día en que Chtenás no estaba en la fortificación, Sarís, otro jefezuelo ateniense, subió con algunos secuaces a la acrópolis, se autoproclamó jefe de la guarnición, tomó en su apoyo como colega a otro guerrillero ateniense, Dimitris Lekkas, disolvió la guarnición anterior y se comportó civilizadamente; pero a causa de la rivalidad de muchos convecinos, poco disfrutaron de este mando.
Desde algo antes, Hypsilandis acampaba en Yeranía de Megáride; a instancias de los atenienses que no querían de jefes de la guarnición a Sarís y Lekkas, tomando consigo a Nikitas, que compartía el mismo destino militar, marchó a Atenas el 21 de agosto para disponer de otra forma el tema de la guarnición, pero los jefes de ésta ni atendieron sus amistosas llamadas, ni cedieron a sus graves intimidaciones ni consintieron en recibirle dentro de la acrópolis, por más que deseara visitarla; pero como temieran sufrir a manos de sus propios soldados, porque el irritado Hypsilandis amenazó con incendiar las casas en pago a su desobediencia y con encarcelar a sus familiares, llamaron a Odiseo para ofrecerle el mando de la acrópolis.
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Odiseo consideró un acierto este ofrecimiento y corrió raudo hacia Atenas el día 27. Puesto que él, Hypsilandis y Nikitas eran de la misma opinión, no discutieron sobre la ocupación del enclave; antes bien, estaban tan de acuerdo, que supervisaron los tres las elecciones locales atenienses que se celebraron por aquellos días. Hypsilandis y Nikitas volvieron poco después al campamentobd, mientras Odiseo se quedaba en Atenas y nombraba jefe de la guarnición a su seguidor Guras. De esta manera los atenienses, por sus desacuerdos mutuos, se vieron privados por su propia voluntad de su fuerza local y la pusieron, o mejor dicho se pusieron a sí mismos en manos de Odiseo, un personaje cuya conducta anterior y presente posición no eran merecedoras de tanta confianza.
El imprevisto aumento por esta circunstancia de la fuerza de Odiseo inflamó más aún su ambición y llevó a su cénit la estimación del pueblo hacia él y, unos por adulación, otros por miedo y otros por imposición de las circunstancias, querían extender este poder suyo por toda Grecia Oriental.
Muchos notables de ésta hacía tiempo que reaccionaban contra el Areópago. Después de lo habido entre él y Odiseo, se animaron aún más y concibieron la idea de abolirlo o reemplazar a algunos de sus miembros, apoyados por su temible rival. La verdadera causa de la oposición de dichos notables era la rivalidad con los areopagitas y la reivindicación de sus prerrogativas, aunque éstas no eran muy envidiables; pero las miras particulares y las pasiones humanas se disfrazan siempre bajo la máscara de la razón justa y el interés general para engañar al pueblo, cuya colaboración u opinión reclama; por ello, estos hombres sostenían para justificar su griterío que la mayor parte de los areopagitas no habían sido elegidos legalmente por las provincias liberadas, o habían sido enviados por provincias aún bajo el yugo turco; el hogar de la reacción era Atenas y los protagonistas –amparados siempre por la influencia y el poder de Odiseo– los notables de Atenas, Lebadea y Tebas, que a comienzos de septiembre convocaron por medio de circulares a los notables de las demás provincias de Grecia Oriental a una conferencia general sobre el tema.
Después de los sucesos de Drakospiliá y la invasión de Drámalis, los miembros del Areópago dispersos y perseguidos por Odiseo, que perpetraba su captura por tierra y mar, se reunieron a mediados de septiembre en Xirochori (Eubea), pero tampoco allí tenían fuerza ni seguridad. Las provincias que hemos referido se rebelaron y movilizaron contra él y la misma isla de Eubea, en la que se refugió, no solo no le obedeció, sino 239


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hasta tomó las armas en su contra; se habría disuelto de fijo de no ser por el apoyo del jefe guerrillero de la isla, Diamandís, que lo defendió con las armas en la mano frente a los eubeos que venían en armas contra él y no hizo caso ni a las constantes proposiciones de Odiseo ni a las instigaciones privadas de Hypsilandis, que le envió para este asunto a su antiguo campeón en el Olimpo y siempre fiel seguidor Salas.
Tal estado de cosas les venía muy bien a los turcos de Calcis, que sin ninguna oposición iban a la parte del continente que está enfrente, robaban lo que podían y volvían a la fortaleza sin ser hostigados, con la única precaución de no alejarse; ahora bien, por mucho que robaban de la vecindad, no bastaba ni para su nutrición ni para satisfacer su avidez.
Dentro de la plaza fuerte había albaneses en un estado tal de indisciplina y desvergüenza que, tras arrebatar más que cobrar al pashá sus sueldos atrasados, desembarcaron en número de 500 en la costa opuesta el día 25, fueron bombardeados como enemigos por los turcos de Kara-baba y llegaron a territorio turco atravesando Lebadea y Zituni. Al día siguiente, 200 turcos salieron de Calcis y penetraron hasta Platea para saquear, pero fueron batidos y se dieron la vuelta sin obtener casi nada.
Los convocados en contra del Areópago se reunieron en Atenas y lo abolieron el día 18, transfiriendo sus funciones a los representantes y éforos de las provincias libres hasta la convocatoria del Congreso Nacional; queriendo honrar al poderoso de turno, Odiseo, lo nombraron por unanimidad capitán general de la Región Militar de Grecia Oriental y, el día 24, en una ceremonia con la presencia de los participantes en esta asamblea y la masa del pueblo, se le leyó pomposamente el título, lo vitorearon los arzobispos de Atenas y Tebas, que eran a la vez miembros de la asamblea, le entregaron la espada de general y lo aclamaron todos los asistentes.
Esta asamblea, local y autoconstituyente, se disolvió después de firmar los dos decretos, el de la abolición del Areópago y el del nombramiento de Odiseo, cuando no tenía capacidad para firmar ninguno de los dos; pero lo más extraño y censurable, que muestra por sí solo el deplorable estado del gobierno de entonces, es que un miembro del legislativo, Ioannis Logothetis, se halló presente y colaboró libremente con los opuestos al gobierno y suscribió tanto la abolición del Areópago como el generalato de Odiseo; y fue firmante también del comunicado al gobierno sobre estos asuntos.Por esta actitud, el legislativo se vio obligado a acusarlo ante el ejecutivo como reo de un delito político.
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Después que Drámalis inició la campaña, Hurshid se quedó en Larisa, además de por otras razones, para el envío de nuevas tropas; al comenzar agosto, despachó tres mil hombres al mando del suboficial del visir KöseMehmet, el que había irrumpido el año anterior en Grecia Oriental, con el título de comandante de estas nuevas tropas. Estos tres mil fueron por Fondana a Lebadea, no para pasar siendo tan pocos, sino a ocupar la posición para que otro ejército que venía detrás al mando del propio Mehmet entrara sin peligro por aquella zona. Ocupaban la posición de Fondana Dyovuniotis y Guras. Los turcos intentaron avanzar, pero fueron rechazados y retrocedieron con algunas bajas hasta Nevrópolis, donde instalaron el campamento. Los citados jefes y algunos más, entre ellos Odiseo, les atacaron con la intención de hacerlos huir, pero los que huyeron fueron ellos; una segunda intentona de dispersarlos trajo un segundo fracaso y, a continuación, se disolvieron las tropas y los tres mil turcos no sufrieron ataques a partir de entonces. Poco después vinieron más a reforzar el pequeño campamento enemigo y, entonces, los enemigos atemorizaron en vez de ser atemorizados y perjudicaron en vez de ser perjudicados: mientras la infantería se quedaba en Nevrópolis como al principio, la caballería se aposentó en Dadí; se desperdigaba en grupos por aquí y por allá sin que nadie les hiciera frente, saqueando por las aldeas de alrededor y recolectando los frutos tardíos; en este intervalo incendiaron Talandi. Finalmente, llegó Mehmet; se decía que los invasores ascendían en total a doce mil.
Con el deseo de avanzar, el pashá dividió en dos su ejército; él, con la mayor parte, pasó a Sálona por Graviá el 17 de octubre, mientras Çeleledin Bey, gobernador de Ocrida101, al mando del resto, intentó pasar por Zemenón, pero fue rechazado por los de Aráchova, que habían ocupado la posición al mando de Laios, lugarteniente de Odiseo, y por los de Lepeniotis, otro lugarteniente de Odiseo, apostados en el recinto del monasterio de Jerusalén. Desengañado de atravesar esta vía, retrocedió y pasó también a Sálona por Graviá.
En medio de la impotencia sobrevenida a causa de esta invasión enemiga, los griegos orientales volvían la vista al flamante capitán general para que los salvara y le escribían desde todos los rincones para que saliera en expedición. Odiseo se temía que Mehmet, si no le hacía frente nadie, 101
Actualmente pertenece a la República de Macedonia.
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llegara hasta la misma Atenas; así pues, se puso con diligencia a fortificar y avituallar la acrópolis; como aún estaban intactos los bienes de los turcos que se habían rendido –pues los que los retenían no se habían puesto de acuerdo sobre su reparto– Odiseo, con la aquiescencia de los éforos, los convirtió en metálico y lo invirtió, añadiendo de su propio capital, en la compra de víveres y otras necesidades para la seguridad de la acrópolis.
Hemos visto que la caída de ésta la provocó la falta de agua y no la de comida. Por suerte, este peligro pasó inesperadamente, pues unos obreros cavando descubrieron por casualidad bajo el antro de Pan una rica fuente de agua pura que no distaba mucho de la muralla y que Odiseo cercó con un muro auxiliar. Tras asegurar la acrópolis dando el mando a Guras, salió en expedición el día 23be. No tenía aquel día más que 300 y apenas llegaron a 1200 todos los que se pusieron bajo su dirección al unírsele por el camino otros guerrilleros, pero la fama ampliaba tanto sus fuerzas que Mehmet, que sabía que los de Lepeniotis se habían trasladado desde las posiciones junto a Zemenón hasta Kastrí para recluir al enemigo en aquellos parajes, incendió Sálona por temor a ser encerrado dentro, incendió también la adyacente aldea de Topolia, salió con todo el ejército y acampó a tiempo por Graviá. Al llegar Odiseo a Davlia en su marcha hacia Sálona y enterarse, se volvió y llegó a Dadí el 1 de noviembre; mientras unos se quedaron dentro de la aldea al ser un día lluvioso, otros, con él al frente, subieron al monasterio de la Virgen, a media hora de camino, donde encontraron a los que por orden suya habían ido allí hacía poco desde Kastrí. Antes de colocarse, apareció de repente el ejército turco marchando por el llano de Dadí camino de Turkochori; el corneta de Odiseo tocó el clarín para dar la noticia a los griegos. Los turcos ignoraban que aquellas posiciones estaban ocupadas por griegos y habían avanzado ya pero, al oír el sonido de la trompeta, retrocedieron y ocuparon las cabañas de Dadí. Odiseo ordenó inmediatamente a los suyos que se fortificaran y mandó a los de la aldea, que estaban al mando de Gatsos y Sarís, que subieran al monasterio. Pero el enemigo no les dio la oportunidad ni de reunirse ni de fortificarse, cayendo al unísono los de infantería sobre los del monasterio y los de caballería sobre los de la aldea; hicieron huir a todos, se llevaron los bagajes, mataron a unos 20, entre ellos a Minios Katsikoyannis, cogieron vivo a Sarísbf, hirieron a Gatsos y Odiseo escapó de milagro a sus garras, cruzando con pie ligero por entre ellos como si fuera un albanés. En el monasterio de la Virgen había algunas familias; los hombres fueron degollados, las mujeres 242


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y los niños sometidos a esclavitud. Los turcos cambiaron su plan después de esta huida de los griegos y se trasladaron a Velitsa.
Luego de los sucesos reseñados, nada parecía capaz de evitar el progreso enemigo hacia el Istmo o hacia Atenas, ni de librar de la muerte o la esclavitud a muchos pobladores de aquellas zonas que, debido al mal tiempo imperante, no podían refugiarse a sí mismos y a sus bestias en las montañas; pero el astuto Odiseo, vencido por la fuerza del enemigo, venció a través de su habilidad innata.
Habiéndose propuesto ganar tiempo y organizar una nueva expedición, maquinó una negociación con los turcos y escribió a su conocido Çeleledin Bey una humilde carta en que suplicaba al pashá que liberase a los griegos apresados en la última batalla, prometiendo por su parte dejar libres a algunos cautivos turcos. Çeleledin Bey respondió afablemente y le propuso enviar un hombre de su confianza para negociar acerca de la liberación recíproca de los prisioneros y sobre otros temas importantes. Con este agradable antecedente, mandó Odiseo a su secretario, Andonis Yorgandás, y Çeleledin Bey envió a Musta Bey para seguridad de Yorgandás. Los turcos recibieron muy bien al enviado y, en nombre de la Puerta, ofrecieron de buena gana al que lo enviaba el mando militar general sobre toda Grecia Oriental y la retirada del ejército turco, con la condición de que se sometiera él y, por instigación suya, se sometieran los demás guerrilleros y notables de la región. Yorgandás mintió diciendo que ése era también el deseo de Odiseo y volvió al día siguiente, portador de las propuestas mencionadas.
Odiseo, habiendo logrado lo que pretendía, volvió a enviar el día siguiente al hábil Yorgandás, liberó a la mayoría de los presos que tenía y propuso un alto el fuego y una entrevista para zanjar el acuerdo en cuestión. Los turcos aceptaron con gusto la propuesta, soltaron a los prisioneros y el 5 de noviembre Odiseo, en compañía de unos pocos guardaespaldas, fue a Hagía Marina, un lugar cercano al campamento enemigo, donde encontró al kiaya bey y a Çeleledin Bey esperándole; tan diestramente interpretó ante ellos el papel del fiel rayás, que evitó plausiblemente y sin levantar sospechas firmar el escrito de sumisión ya preparado, con la excusa de que no sólo no era útil, sino más bien perjudicial para la finalidad compartida que sólo firmase él a espaldas de los demás guerrilleros y notables de la región; y les aseguró que, tras la vuelta del ejército a Zituni según la propuesta, enviaría allí a los notables de la provincia a prestar el acatamiento. Los beyes elogiaron su celo y prudencia, le prometieron sustanciosas recompensas 243


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por su inquebrantable adhesión a la Sublime Puerta y, tras dar seguridades sobre su pronta vuelta a Zituni, se separaron; y mientras los turcos se retiraron de verdad a Zitunibg, Odiseo, queriendo aparentar que cumplía lo prometido, envió tras ellos para que se arrodillasen ante el pashá a cuatro ancianos insignificantes pero muy elegantementre vestidos, como si fueran los representantes provinciales de aquella región.
Odiseo vio la ocasión propicia para, tras la máscara de su falsa sumisión, adueñarse por medio del engaño de Kara-baba y, cuando estuvo listo, liberó y envió hacia los de la fortaleza algunos cautivos turcos, a los que acompañó con el objetivo de lanzarse de improviso sobre aquélla; pero los turcos descubrieron el engaño y frustraron su plan.
Gracias a esta estratagema, Odiseo liberó la Grecia Oriental en peligro y los notables y jefes guerrilleros de ella que no le eran adictos elogiaron al libertador. De todas formas, es asombroso cómo Mehmet se dejó engañar tan fácilmente; parece que para su vuelta atrás se aliaron otros motivos, que son los que siguen: al proclamarse que la región se había sometido, los albaneses que iban en su ejército, desechando toda expectativa de saquear y hacer prisioneros, se retiraron antes que los demás y el ejército se redujo.
También se supo que algunos cuerpos de ejército griegos habían cortado la comunicación de Velitsa, donde acampaba el enemigo, con Zituni, de donde les llegaban los víveres, e interceptado algún convoy por aquellas fechas. Igualmente, perturbó no poco a Mehmet la noticia de que su superior Hurshid, por el cual había sido nombrado príncipe del Peloponeso, caído en desgracia y condenado a muerte, se había anticipado envenenándose, pues así le premiaba el sultán los brillantes serviciós prestadosbh; también se enteró de los infortunios de Drámalis y, además, se echaba encima un invierno crudo y lluvioso. Todo esto contribuyó, parece, a la retirada de Mehmet en medio de su victorioso avance, inexplicable si sólo se considera la mendaz actuación de Odiseo.
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1822 CAPÍTULO XL MESOLONGUI: DESCRIPCIÓN Y ASEDIO.- FRACASO DE LA EXPEDICIÓN DE VRYONIS A GRECIA OCCIDENTAL.-
La ciudad de Mesolongui está entre dos ríos, el Eveno (Fídaris) y el Aqueloo (Aspro); dista del primero 6 millas, del segundo 12 y 4 de la falda sur del Aracinto (Zygós); se extiende sobre una pequeña península al final de una llanura que empieza en dicha falda y termina en el mar. A hora y media de Mesolongui por el norte se encuentran las ruinas de Nueva Pleurón, vulgarmente llamadas castillo de Doña Irene. No está claro quién fuera esta Dª Irene. Al pie del Zygós, en una loma, se conservan restos de la muralla de la antigua Pleurón, vulgarmente llamados Gyftókastro.
Según Estrabón, los pobladores de ésta se instalaron en Nueva Pleurón al asolar la región Demetrio, llamado el Etólico102. Se desconocen los orígenes de la ciudad de Mesolongui. El judío Benjamín de Tudela, que viajó por Grecia en 1153, menciona Anatolikón –en su tiempo Natolikón–, pero no Mesolongui. El historiador veneciano Pietro Garzoni, al narrar las guerras que en su tiempo entablaron entre sí Venecia y Turquía, dice que tras una batalla cerca de Mesolongui en el año 1684 en la que fueron muertos no pocos turcos, entre ellos su general Sefer Aga, Anatolikón –en su época Natolikón– y Mesolongui fueron arrebatadas a los turcos y anexionadas por Venecia. Nuestro Ioannis Stannos tampoco habla de Mesolongui en parte alguna de su Crónica histórica103. En ninguno de los mapas anteriores a la obra de Garzoni se incluye esta ciudad, ni tampoco se hace mención de ella en la descripción de la famosa batalla de
102
Demetrio II de Macedonia (278-229 a.C.).
Byzantis, un compendio de textos históricos bizantinos traducidos al griego demótico (siglo XVIII).
103
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Naupacto104, en el año 1571, ni en la de ningún enfrentamiento por aquella zona. En la ciudad no se distingue ningún resto antiguo, ni bizantino ni veneciano; su fundación es enteramente turca: sólo se ven las ruinas de los edificios arrasados en la guerra ruso-turca en tiempos de Catalina, en que la ciudad sí tomó las armas contra los turcos. Al N.E. de Mesolongui y a una hora de distancia, en la llanura, se conservan las ruinas de una miserable villa, llamadas Chilia Spitia105, y se dice que, después de la catástrofe de aquella villa a principios del siglo XVII, la mayoria de sus habitantes huyó en busca de seguridad a las zonas pantanosas donde está hoy en día la ciudad de Mesolongui. Ya el mismo nombre de la ciudad demuestra que no es antigua y explica su emplazamiento, bien en medio (Meso-) de fosas (-lakkoi) a causa de la laguna, bien en medio de un bosque (-longo), porque al comenzar la insurrección se conservaban en las afueras y llegaban prácticamente hasta los límites unos olivares que, según la tradición predominante, eran silvestres y frondosos en otros tiempos, pero habían sido ya adaptados y sometidos a explotación. Muchos años antes de la guerra, la ciudad era por supuesto más importante que Anatolikón y por ello, aunque en la Turcocracia la provincia constituida por ellas dos y Neochori se llamaba Mukatás de Anatolikón, el gobernador residía en Mesolongui; se llamaba así indudablemente porque, en el momento de su constitución, la capital fue Anatolikón. La ciudad de Mesolongui tenía antes de la guerra 5500 almas, de las que sólo 40 o 50 profesaban la fe coránica. Gran parte de los habitantes eran pescadores, pero había una proporción destacada de marinos que practicaban el cabotaje o navegaban en barcos de otra nacionalidad, ya que sus astilleros habían cerrado después del ascenso de la flota de Galaxidi, sostenida por los ricos comerciantes de Patras. Estas dos clases sociales, los pescadores y los marinos, vivían por lo general en la zona marítima de la ciudad; en cambio los agricultores, vulgarmente llamados cabañeros porque habitaban en cabañas, ocupaban la parte que da a tierra firme; y los demás ciudadanos, el centro. Como la fachada marítima es la más suave y sana, los más acomodados vallaron con estacas y zarzas entrelazadas una parte del mar poco profundo y lo terraplenaron trayendo de los islotes más cercanos de la laguna un arbusto resistente a la constante humedad y las frecuentes embestidas del mar; 104 105
Lepanto.
‘Mil Casas’.
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sobre esta plataforma artificial y no consolidada extendían rejillas de cuatro-cinco pies de ancho hechas con una madera que no se pudre, sino que se endurece al sumergirse, y sobre ellas cimentaban las casas.
El suelo de la ciudad está casi al mismo nivel del mar, por lo que en caso de temporal, al batir en tierra las olas levantadas por los vientos marinos, las casas litorales quedan como islas en el mar y sus propietarios se comunican entre sí por medio de canoas. Pero a veces sucede lo contrario, que el mar se retira de ante la ciudad, como en la bajamar oceánica, al soplo fuerte y constante del Bóreas invernal. Antes de la insurrección había en la ciudad cinco iglesias y una mezquita y estaba en su esplendor una escuela que difundía el conocimiento del griego, dirigida por Panayotis Palamás; éste había aprendido en Hagion Oros con Evyenios y Neóphytos y, tras adquirir gran reputación de gramático y atraer un nutrido grupo de oyentes de diferentes partes de Grecia, envió por todas partes a reconocidos profesores de griego, en cuya labor fue seguido por sus hijos Grigorios y Ioannis hasta que se declaró la guerra; por eso el conocimiento de la lengua griega era corriente entre las clases superiores106.
La laguna litoral delante de Mesolongui tiene un perímetro de 65 millas; es rica en peces y consta de dos lagunas de agua salada; la Blanca (Aspri) por el lado de Anatolikón, la Negra (Mavri) por el de Bochori; las aguas de la parte del mar son tan poco profundas y su fondo tan fangoso, que no resulta navegable por ningún tipo de esquifes con quilla, sólo por canoas ligeras; la hiende un estrecho pasadizo que empieza en la ciudad y termina donde el agua es profunda. Por ello, sólo entran y salen embarcaciones pequeñas; las de tamaño normal atracan a seis millas de la ciudad. En muchos puntos de la laguna emergen islotes, que los pescadores utilizan para pasar el día en tiempo de pesca, dentro de las cabañas con techo de hierba y hechas con cañas, vulgo peladesbi, que se alzan sobre vigas clavadas en el fondo blando y fangoso del mar y que sobresalen uno o dos codos, de modo que parecen colgadas sobre las olas.
En las noches sin luna, el lago suele deparar un precioso espectáculo.
Numerosas canoas con un largo candelabro de hierro portador de antorchas en lo alto de la proa, que proyecta la luz y es comúnmente llamada pryá, pasean por la superficie mientras pescan. Desde lejos, el 106
Como se dice en la Introducción el autor, natural de Mesolongui y Palamás por parte de madre, estudió en dicha escuela.
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rico resplandor siempre en movimiento de las pryás parece tener vida propia, debido a la invisibilidad de las canoas en la oscuridad.
En la punta del borde oriental del pasadizo está Vasiladi, un islote con 150 pasos de perímetro y casi al nivel del mar, pero muy importante por su posición a la entrada de la infondeable laguna, y que dista media hora de la ciudad. En 1806, durante la guerra ruso-turca, Ali Pasha amuralló el lado que mira al mar y, en la insurrección, los griegos emplazaron tres cañones con ayuda de los cuales frustraron, como dijimos, los planes de la gran armada turca.
La posición de la ciudad, tanto por la parte que mira al mar como por la que da a tierra firme, es fuerte por naturaleza, ya que el terreno que la separa de las estribaciones del Zygós es, como se ha dicho, todo llano, nada apropiado para acometidas bélicas, bajo el fuego de la ciudad por todas partes; separaba a ésta de tierra firme un foso dejado por terminar en ambos lados, con tres pies de hondo, siete de ancho y una milla de largo; encima de la vertiente que daba a la ciudad se erguía un muro sin torres y sin acabado, asentado en cimientos frágiles, con cuatro pies de altura y dos de anchura, en parte de piedra y en parte de ladrillo, sobre el cual había catorce viejos cañones de hierro.
Tal que así era la ciudad donde se refugiaron Mavrokordatos, Markos y Kitsos perseguidos por el enemigo.
Sin esperar nada bueno ni grato después de los recientes sucesos de Etolia-Acarnania, los de Mavrokordatos le aconsejaron en su primera conferencia en Mesolongui que no se arriesgara inútilmente y abandonase aquella zona. “Si la abandonamos nosotros –contestó Mavrokordatos– el enemigo pasará sin impedimento, conquistará el ya castigado Peloponeso y todo estará perdido; yo moriré aquí.” “Y yo”, exclamó Markos. Estas palabras sirvieron como primera piedra de la tenacidad de Mesolongui.
Pero por más firme que fuera la decisión de Mavrokordatos y Markos, era imposible hacer nada exitoso sin la sincera y ardiente colaboración de los nativos, pues a Mavrokordatos lo acompañaban sólo 25 guardias de corps al mando de Katsarós y, a Kitsos, 35 combatientes; por ello, Mavrokordatos y los citados cabecillas convocaron a un consejo al arzobispo Porfyrios, que estaba en la ciudad, y a los notables de ella Ioannis Trikupis107, Anastasios Palamás, Panos Papalukás y Athanasis Razokótsikas, y los 107
Padre del autor de esta obra.
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encontraron unánimes en su parecer; preguntado el pueblo, aclamó la decisión sin fisuras, dispuesto a resistir hasta el fin. Una vez que se evacuó al Heptaneso en travesías clandestinas a la mayoría de los ancianos, las mujeres, los niños y los enfermos, se contó de entre los que se habían quedado a los capaces de manejar armas y resultaron en total 360, entre ellos los guardias y combatientes enumerados antes; se hallaron también víveres y suministros de guerra para un mes.
Los sitiadores comenzaron sin demora a bombardear la ciudad con once cañones y cuatro morteros pero, pasados dos días con sus noches de lucha inútil e incesante, los pashás debatieron en un conciliábulo. Kütahi y Yusuf, que llevaba el sitio por mar, eran partidarios de arremeter a una contra el muro semiderruido y apoderarse de la ciudad al asalto; pero Vryonis se opuso diciendo que la intentona era arriesgada y que, en aquel desierto en que se había convertido Etolia-Acarnania, se hacía obligatorio conservar la ciudad para las necesidades del ejército en caso de mal tiempo; objetó además que él podía atraerse a los de la ciudad, puesto que no alimentaban ninguna esperanza de salvación y tenían el ejemplo de las zonas de EtoliaAcarnania que se habían sometido y no habían sufrido nada –o eso creía él–, y de los cabecillas que se habían prosternado y vivían con seguridad y dignidad. Siguiendo este parecer, Vryonis trató de poner en práctica inmediatamente su mimado plan de negociación y ordenó a Varnakiotis, que le acompañaba, escribir sobre la sumisión a los notables de Mesolongui que conocía. Varnakiotis escribió, pero no tuvo respuesta. En tanto, seguía la guerra. Los defensores de las murallas de Mesolongui ensayaban metódicamente diversas estratagemas para equivocar al enemigo sobre sus escasos efectivos y unas veces disparaban sus fusiles y pistolas todos a una, otras veces se mostraban sobre una parte de la muralla y corrían para hacerse ver sobre otra parte calando bayonetas afanosamentebj, para que los que las viesen desde fuera creyesen que en la ciudad había soldados de infantería occidentales; con la misma finalidad, hacían sonar tambores europeos. Vryonis, al ver que su negociación con los notables a través de Varnakiotis no había dado resultado, ordenó a Agos Vasiaris que entrara en tratos con Markos, ya que era conocido suyo. Markos obtuvo el permiso y salió a un tiro de pistola para una entrevista.
Agos le dio consejos de amigo, exhortando a través de él a los notables a no afrontar riesgos inútiles y someterse; en nombre de los pashás, garantizaba no sólo una amnistía general y completa, sino también un 249


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salvoconducto para que se marcharan sin molestias el presidente, Markos y todos cuantos temieran la ira de los pashás. Al oír esto los sitiados y calculando que cualquier dilación les beneficiaba, ya que estaban esperando ayuda exterior por tierra y por mar, y como veían que el enemigo perdía un tiempo clave para la acción en palabrería inútil, juzgaron acertado no rechazar abruptamente toda propuesta de acuerdo, sino poner sobre la mesa otras menos asequibles. Mientras continuaba esta negociación amistosa, Yusuf informó al pueblo de Mesolongui que, si no quería que la ciudad fuera reducida a cenizas y se convirtiera en tumba de todos los inocentes que había dentro, entregara al presidente, los mandos, los cabecillas y dos cristianos por cada turco hecho prisionero y ejecutado del barco turco que cayó en la desembocadura del Fídarisbk; reclamaba al pueblo una multa por lo robado en el barco y una satisfacción de todo lo que se debía a la Puerta desde el principio de la guerra. A petición de los mesolonguitas Yusuf, confiado en la inevitable caída de Mesolongui e irreflexivo en todo lo que emprendía, les dio por escrito sus condiciones y demandas. Markos se apresuró a darlas a conocer a Vryonis en nombre de los mesolonguitas, a los que presentaba como perplejos y dubitativos sobre la sinceridad de sus proposiciones de paz, ya que éstas eran contradictorias con las exigencias de Yusuf. Vryonis, fuera de sí por este comunicado, respondió que no se le diera crédito y que siguieran con plena confianza las negociaciones entre Agos y Markos. Después de algunos días de diálogo, se acordó de palabra que saldrían sin ser molestados para el Peloponeso el presidente y los suyos, Markos, Kitsos, los notables y las trescientas familias más acomodadas, lo cual era mucho más de lo que la ciudad contenía entonces: eso demuestra que los turcos desconocían su debilidad intrínseca; se acordó también una tregua de ocho días para traer los barcos para el transporte. En tanto, el plazo que proponía la tregua era útil para el reforzamiento del recinto, con el conocimiento y el permiso de Vryonis, que confiaba en los que le decían desde dentro que era necesario tranquilizar al gentío, el cual no debía saber lo que habían acordado mientras no llegase la hora. El tercer día de tregua (8 de noviembre) fue un día de gozo, pues se vio desde la ciudad a siete embarcaciones de Hydra que pusieron en fuga sólo con su aparición a las turcas de Yusuf, una de las cuales, incapaz de llegar a Patras por el viento en contra que reinaba, arribó muy sofocada a Ítaca. La venida de los barcos levantó el asedio por mar, pero no aseguró a los sitiados contra el asalto por tierra de los muy numerosos enemigos; por ello Vryonis, fiado en su 250


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fuerza superior, aconsejó a los asediados que, siguiendo el acuerdo, se fueran al Peloponeso a bordo de las naves griegas recién llegadas; pero, en vez de irse al Peloponeso los que había en Mesolongui, el día 11 llegaron desde el Peloponeso a Mesolongui a bordo de las susodichas naves 700 peloponesios al mando de Petrobey, Zaímis y Kanelos Diliyannis; venía con ellos Grivas, enviado previamente por Mavrokordatos con esta misión.
Agos, intranquilo por cuanto veía y oía, discutió hoscamente con Markos; éste, temiendo que le pasara algo como culpable de haber engañado a los turcos, respondió que los sitiados estaban dispuestos a enviar suplicantes a prosternarse ante los pashás. Los pashás se alegraron mucho de esta gozosa noticia e hicieron todos los preparativos para recibir a los suplicantes. El suave y condescendiente Vryonis, deseando honrar al salvaje Kütahi, fue a su tienda y, jactándose de que había salido bien su plan sobre negociación que él había despreciado, ordenó que condujesen allí a los que venían a prosternarse. Para ello se dispusieron todas las ceremonias acostumbradas de agasajo a los visitantes: los heraldos fueron a golpe de clarín anunciando la rendición de la ciudad, los intendentes dispusieron los alojamientos, los palafreneros enjaezaron las monturas de los pashás para el desfile de su entrada triunfal en la ciudad caída y Varnakiotis fue encargado de salir a recibir a los que vendrían. Entre tanto, pasaba el tiempo y no venía nadie.
Impacientespor tanta tardanza, los pashás vieron a un hombre venir desde la ciudad, el cual les dio un papel que decía: “Si queréis nuestra ciudad, venid a por ella.” Tal fin tuvo la fingida negociación, reemprendiéndose la guerra con más crudeza tras el descubrimiento del engaño y el escarnio.
Por aquellas fechas murió en Mesolongui Normann, amado y respetado por todos por su buen corazón y sus cualidades guerreras, siendo enterrado junto a Kyriakulis.
Apenas se levantó el sitio por mar, los patriotas de Zacinto y Cefalenia no tardaron en enviar comida y pertrechos de guerra a la ciudad, a pesar de que su gobierno interpuso toda clase de obstáculos; al poco tiempo, ancló ante Mesolongui un barco con suministros guerreros procedente de Livorno y también llegaron cuatro barcos de guerra de Spetses; por vía marítima entraron en la ciudad griegos occidentales de diversas partes, entre ellos los caudillos Makrís y Tsongas, así como mil peloponesios de Gastuni y Pirgos, y Londos con su gentebl. Este vuelco de la situación trajo a su vez un cambio en los ánimos de los pobladores de Etolia-Acarnania que se habían 251


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quedado: habiéndose sometido hacía poco por culpa del colaboracionismo de sus jefes de guerrillas, eran oprimidos y desvalijados por los albaneses, tan descaradamente desmandados que despojaban incluso a los turcos de Vrachori, a los que Varnakiotis guardaba en Dragamestos después de la toma de aquella ciudad108.
Como se ha dicho109, durante la invasión enemiga desde Makrynoros muchos habitantes de Etolia-Acarnania huyeron a Kálamos para evitar la muerte, el despojo y la esclavitud, pues no podían oponer resistencia, aunque tampoco querían someterse. Mas el alto comisionado se mostró tan insensible, que envió soldados y los desalojó. Los desgraciados pidieron cobijo al menos para sus mujeres e hijos menores de edad, pero tampoco en esto fueron atendidos. Esta inhumana acción buscaba indudablemente obligar a los expulsados a someterse, pero produjo el resultado contrario, porque los armó por necesidad en defensa de mujeres e hijos y en perjuicio del enemigo; con estos desalojados y con otros griegos venidos de otros lugares se formaron por aquellos días dos cuerpos de ejército, uno en Xirómeron al mando de los hermanos Chasapeos y otro en Valtos al de Malesadas; yendo de aquí para allá, incordiaban constantemente al enemigo, llegando a cortar las comunicaciones entre Arta y Préveza; a su vez, todo el campamento enemigo se enteró del fracaso de la expedición de Drámalis, de lo acontecido a la armada en el golfo Argólico, del incendio del bergantín en Ténedos y de la caída de Nauplion; el invierno avanzaba y apretaba al enemigo, los víveres escaseaban en el campamento, las lluvias eran constantes y violentas, surgían fiebres malignas, no se pagaban los sueldos y había constantes salidas de los sitiados contra los sitiadores. Por todo ello se despertó en todo el ejército turco una protesta general contra los pashás y se rumoreaba el licenciamiento. Los pashás, esperando más mal que bien de cualquier aplazamiento para más tarde, decidieron un asalto, pero el entusiasmo del ejército se había agotado. Sólo podía reavivarlo el dinero, que quizá para otros tuviera menos valor que para los albaneses. Por ello, los pashás ofrecieron mil grosia a cada voluntario para asaltar los muros. Se presentaron ochocientos, entre ellos todos los portaestandartes, y se fijó para el asalto el día de Navidad al despuntar el alba, con la esperanza de que los griegos, desconocedores del plan, 108 109
Final del capítulo XXXVII.
Final del capítulo XXXVII (antes que lo de la nota anterior).
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irían ese día a las iglesias y dejarían desguarnecida la fortificación. Y mientras los turcos lo planeaban en secreto, los cristianos lo descubrieron del siguiente modo: La víspera de Navidad, bordeaba la Salina Blanca una lancha que llevaba desde Anatolikón a Mesolongui al secretario de Makrís. Éste, al ver en tierra firme a un hombre agitando un pañuelo, se acercó. “Yo –dijo el hombre– soy cristiano y estoy dispuesto a padecer por amor a mi Señor; no te extrañes ni descreas de lo que voy a decirte, aunque me veas del lado de los enemigos de mi Señor; mi mujer y mis hijos están en su poder y eso basta para justificarme ante ti. El Dios de los cristianos ha querido que yo sepa todo lo que el enemigo maquina contra su pueblo, y llevo todo el día de caza para la salvación de mis hermanos en la fe; ve a la ciudad y di que el enemigo tiene la intención de asaltar mañana la muralla por el lado Este del recinto.” Esto dijo el desconocido, alzó sus manos al cielo, lloró y desaparecióbm.
El secretario llegó a la ciudad sobre la una de la madrugada y anunció cuanto había visto y oído. La mañana de aquel día Mavromichalis, Tsongas y Grivas habían subido a los barcos con 500 soldados para ser llevados al litoral de Acarnania y hostigar desde allí al enemigo; tenían previsto zarpar por la noche pero el presidente, al saber lo dicho arriba, les dijo que salieran y salieron unos 100 al mando de Grivas, Tsalafatinos y Kumundurakis; al mismo tiempo, ordenó por medio del arzobispo que las iglesias no abrieran por la mañana y que todos los hombres se encontraran en la fortificación dispuestos a la lucha. Hecho esto, los defensores se desplegaron como sigue: Markos y Londos, con los 400 a su mando, ocuparon el centro, o sea, la zona ante las dos iglesias de la Virgen María y San Nicolás, por donde estaba la puerta de la muralla; otros 600 –la mayoría, de Kalávryta; el resto, de Mesolongui y Anatolikón, al mando de Zaímis y otros– se posicionaron en el costado oriental del recinto; se distribuyeron 1200 de Karýtena, Gastuni, Pirgos, Mesolongui y Zygós en el lado Este al mando de Diliyannis, Makrís, Yannakis Razokótsikas, Grivas y algunos más; en la batería estaban siempre marineros de Mesolongui, tiradores más expertos que los demás. Había entonces dentro de Mesolongui 2250 combatientes, en una línea que empezaba en un extremo del foso y terminaba en la otra.
Siempre había dos cañones guardando los dos extremos del foso.
Los turcos también se dividieron y desplegaron a todo lo largo de la fortificación: los 800 escaladores voluntarios se acercaron por la noche al costado Este, donde la muralla era más débil, y se emboscaron entre 253


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los juncos que por allí crecían; eran todos ágiles, empuñaban cuchillos y esperaban ocultos y en silencio la hora fijada, sin que los defensores de la plaza sospecharan ni por un momento que los enemigos estaban pasando la noche a la intemperie. Una hora antes del alba, comenzó un violento tiroteo de punta a punta del recinto por la parte de fuera; simultáneamente, la caballería se puso en movimiento a derecha e izquierda; se oían por todos lados gritos y maldiciones y, al poco, se materializaron de repente los 800 escondidos y muchos de ellos subieron a la muralla, con ayuda de las escaleras que traían, e izaron dos o tres banderas; dos de los tres portaestandartes fueron lanzados hacia el interior y tres fueron capturados después de matar a dos. El asalto de los 800 era valeroso y hábil, pero inútil y mortífero. Los que iban subiendo a la muralla eran sucesivamente arrojados al foso. Estuvieron luchando tres horas y se retiraron sin conseguir nada; cuando salieron, los griegos encontraron al pie de la muralla 12 banderas y despojaron a los muertos. En el asalto fueron muertos o heridos 500 enemigos y sólo fueron muertos 4 griegos –2 de Mesolongui y 2 de Gastuni– y heridos 2.
La derrota suele convertir a los amigos en enemigos, igual que la victoria crea el efecto contrario. Los caudillos de Valtos –Rangos, Iskos y Valtinós– que habían seguido a los turcos los abandonaron después de los sucesos del 25 de diciembre. Los enemigos sufrieron otro revés: los cuerpos al mando de Mavromichalis y Tsongas cayeron sobre el enemigo en Katochí y lo liquidaron; los barcos en que iban capturaron un carguero de Préveza con víveres para el enemigo y se difundió en el campamento turco la noticia de que los de Valtos, ganados por la rebelión para la causa nacional, habían cerrado Makrynoros y que Odiseo venía desde Grecia Oriental a Mesolongui con muchas tropas, una vez que se habían retirado de allí los turcos al mando de Mehmet. Por todo ello, el 31 de diciembre por la noche los turcos se fueron de delante de Mesolongui con tanta prisa y tanto desorden y miedo, que al día siguiente los de la ciudad encontraron donde habían estado acampados 10 cañones y 4 morteros, con su equipamiento bélico, y hasta los mismos muebles de los pashás. Prendieron a algunos turcos enfermos, por los cuales supìeron que los pashás se encaminaban a Vrachori, Vryonis por Klisura y Kütahi por Kerásovo, para cruzar el río110 cuanto antes y refugiarse en Préveza. Entonces los griegos que había 110
El Aqueloo.
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en Mesolongui se dividieron, persiguiendo una parte al enemigo hasta Kerásovo y otra hasta Klisura; otros marcharon contra Bochori y Galatás, donde estaban los hospitales y almacenes del enemigo. Markos propuso bloquear a los enemigos dentro de Vrachori; allí, privados de alimentos y sin otros suministros de guerra que los que componían su armamento personal, perecerían o se rendirían. Se aprobó la propuesta, pero no fue llevada a la práctica por las divisiones y rivalidades aún imperantes entre algunos de los jefes. Los maltrechos turcos se congregaron en Vrachori, abandonando su último cañón por el camino debido a la prisa, y avanzaron sin pausa hasta el río, pero lo hallaron invadeable por efecto de las lluvias torrenciales y del deshielo provocado por los reinantes vientos del sur, volviendo en masa a Vrachori, donde se quedaron bastantes días sin tiendas y a la intemperie en medio de escombros, comiéndose los caballos.
En vista de que la indefensión se prolongaba, se separaron tres mil y, bajo la dirección de Ismail Pliasa, Ismail Chatsí-Bendo y Agos, trataron de atravesar Ágrafa el 15 de enero, pero Karaiskakis había tomado previamente el paso por Hagios Vlasis y los hizo volver a Vrachori matando a más de 200, entre los que se encontraba Chatsí-Bendo. En esta acción murieron 20 griegos, entre ellos Vakoyannis. En medio de tantas calamidades y tanta indefensión, el día 28 los turcos se vieron forzados a retirarse todos de Vrachori y se lanzaron al río a la altura de Lepenú, pero su lecho era tan fangoso y su corriente tan impetuosa, que resultó imposible vadearlo.
Entonces los jinetes más dispuestos y atrevidos colocaron inmóviles sus caballos en tres filas dentro del río frente a la corriente, cortando un poco su ímpetu, y así los soldados, con el armamento colgado al cuello y agarrando los fusiles con los brazos extendidos a lo alto, se tiraban al río para cruzarlo al amparo de las tres filas inmóviles; pero el impulso del río rompió la alineación de los caballos y la corriente arrastró en sus remolinos a los jinetes que permitían el paso y a sus animales. Sucedió que por la orilla del río iban caminando unos pocos griegos que, con sus disparos lejanos, asustaron aún más a los vadeantes, pues creyeron que venían muchas tropas. En realidad se habían enviado efectivos para ocupar la orilla contraria pero, debido al desacuerdo entre los jefes, se apostaron por el Machalás y dejaron el cruce expedito; no cabe ninguna duda de que, de haberse ocupado la ribera en aquella circunstancia, habría sido inevitable la destrucción total del enemigo; pues, aun sin ser hostigados por los griegos, se ahogaron por encima de quinientos. Los que llegaron 255


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a tierra firme, donde pasaron la noche medio asfixiados, extenuados y sin comer, tenían tanto miedo y desespero que, al oír por la noche el susurro de los árboles a causa del viento que sopló de repente, creyeron que les atacaba el enemigo y muchos de ellos, tirados boca arriba y con las manos extendidas suplicantes, clamaban: Amán, amán. Al día siguiente bajaron hasta Karvasarás, donde encontraron barcos listos para zarpar y cruzaron a Préveza el 8 de febrero. Por aquellas fechas eran tan grandes el desacuerdo y la indisciplina de los griegos, que algunos de estos enemigos medio muertos cobraron valor y se quedaron, haciéndose fuertes en Karvasarás.
Después de estos hechos, Varnakiotis se refugió en Kálamos.
Tal fin tuvo la expedición a Grecia Occidental, en la cual los albaneses más renombrados se llenaron de oprobio. Los invasores eran once mil; muchos se dejaron sus extremidades en ella y la mayoría se salvó, pero en un estado lamentable y debiéndole la vida únicamente a la discordia entre los griegos.
Pero si sólo el desacuerdo entre los griegos salvó del total exterminio al enemigo, fue la estupidez de éste lo único que salvó a Mesolongui. Cuantos había al mando de Vryonis ante dicha ciudad, otros tantos, si no más, eran los que había en Sálona al mando de Mehmet, pero en vez de hacer algo de común acuerdo y con energía, actuaron como si no tuvieran el mismo propósito y como si no sirvieran a uno y el mismo Estado. Así Mehmet, mientras era sitiada Mesolongui, se fue vencido con todo su ejército al otro lado del Eta, a pesar de ser el vencedor; y Vryonis perdió la ocasión de tomar la ciudad por su deseo de dominarla mediante una negociación, cuando en su mano estaba apoderarse de ella desde un primer momento por la fuerza.
Grecia, gozosa por la catástrofe de esta campaña enemiga, celebró por mucho tiempo la victoria con epinicios y cantando la canción de Mesolongui, composición anónima de un autor iletrado: he aquí sus primeros versos: Quisiera ser un pájaro para volar al cielo Y ver a Grecia desde allí, la pobre Misolongui Luchar contra Turquía, contra cuatro pashás.
Las bombas como lluvia, las balas como granizo Y los disparos de fusil como granos de arena.
Lloran madres a sus hijos, la mujer al marido Llora la tierra cárdena, que perdió su semilla…….
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Notas al final NOTAS AL CAPÍTULO XX a
Después de la toma de Lebadea, Köse-Mehmet Pasha remitió un informe a la Puerta en el que, con grandilocuencia asiática, cifraba en tres mil los griegos muertos, unos a hierro y otros a fuego.
b
Este cónsul fue justamente amado y estimado por los griegos, ya que se mostró favorable a su causa de principio a fin.
NOTAS AL CAPÍTULO XXII c
Artículo VII del tratado de Küçük Kainardja: “La Sublime Puerta se compromete a proteger en todo su ámbito la religión cristiana y sus iglesias.” En el artículo XVII, en el que hay una referencia a la devolución de todas las islas del Egeo, de las que se había apoderado Rusia en la guerra, la Puerta se compromete además a que no sufran daño en el futuro ni la religión cristiana ni sus iglesias, y a no impedir ni la reconstrucción ni la reparación de iglesias, y a no perseguir ni escarnecer al clero bajo ninguna forma. Hammer ve en el tratado de Küçük Kainardja el principio de la descomposición del imperio otomano, al menos en Europa.
d
“La Puerta –dice el párrafo X del artículo I del tratado– acepta que los embajadores de la corte imperial de Rusia traten con ella en nombre de los dos protectorados según las circunstancias de aquellas zonas, y se compromete a oírlos con la benevolencia debida a las honorables Potencias amigas”.
e
He leído las reclamaciones de multitud de campesinos de Valaquia al cónsul de Rusia en la zona, exponiendo las exacciones y reclamando la ayuda del emperador Alejandro como defensor de los principados.
f
Danezis fue encarcelado en un principio, desterrado después a Magnesia y finalmente exonerado por intercesión del patriarca y el embajador de Inglaterra.
g
Artículo XXXII: “La Sublime Puerta se compromete a no reclamar y a no 257


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Spyridon Trikupis autorizar a otro que reclame tasa alguna por las cargas de los barcos comerciales rusos, ya sea los que van desde puertos rusos al mar Blanco (Egeo), ya desde el mar Blanco (Egeo) al mar Negro, y a no obligar a dichos barcos durante su travesía a transportar la carga a Constantinopla o a cualquier otra parte.
La Sublime Puerta se compromete a que las embarcaciones bajo pabellón ruso procedentes del mar Negro que atraviesen por Constantinopla, una vez efectuada la declaración de su cargamento y confirmada por el embajador de Rusia, reciban inmediatamente la orden del sultán y naveguen sin impedimento desde el momento en que lo muestren al zarpar. Igualmente se compromete a no obstaculizarlas cuando al volver del mar Blanco a los puertos rusos del mar Negro muestren al arribar a puerto la orden del sultán emitida a la muestra del cargamento confirmada por el embajador de Rusia” Artículo XXXIII: “Todos los barcos bajo pabellón ruso que crucen de tal modo el estrecho de Constantinopla y hasta más allá, se avituallarán durante el paso mediante orden del sultán, según lo dicho en el artículo XXXII, en correspondencia a la mostración de la carga y con la confirmación del embajador de Rusia. Si la Puerta duda o sospecha que se encuentran vasallos suyos entre la tripulación, entonces la corte imperial rusa autorizará una inspección, que se efectuará con la máxima discreción, que no afectará, como se ha dicho antes, a las mercancías que van en la embarcación, ni molestará al capitán ni impedirá con más registros el transporte, según lo legislado en el tratado de paz.” h
La prueba de que, mediante este procedimiento, la Puerta intentaba impedir el transporte de provisiones a la sublevada Grecia se encuentra en el comunicado que dirigió en agosto a la embajada francesa en Constantinopla, en el que dice entre otras cosas lo siguiente: “La Sublime Puerta solicita amistosamente que los citados comerciantes no vendan sus géneros a los piratas que navegan por el Egeo. Y el embajador permanente hará bien en indicar a los transportistas que proceden del mar Negro y disponen del permiso para transportar su mercancía al mar Blanco que no la vendan a los citados, en gracia a la firme amistad entre la Sublime Puerta y la corte real de Francia.” i
El escrito ocupa diecisiete páginas en octava en la traducción francesa, que ha sido la utilizada por mí.
j
Véase lo que dice sobre esto el artículo II del tratado:
“Si después de la firma del tratado y del intercambio de ratificaciones algunos súbditos de las dos Potencias, tras haber cometido algún delito grave o sido acusados de deslealtad o traición, huyen a buscar asilo al territorio de una de las dos Potencias, que no sean acogidos bajo ningún pretexto y sean entregados inmediatamente o, al menos, expulsados de todas las partes del Estado, para 258


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Historia de la insurrección griega que no surjan de ello malentendidos o disputas inútiles entre los dos imperios.
Únicamente se exceptuarán cuantos en Rusia profesen la religión cristiana y en Turquía la mahometana. En caso de que reos convictos, ya sean súbditos de una u otra, cristianos o turcos, se trasladen de un Estado al otro, sean entregados cuando se les busque”.
k
El patriarca Gregorio no nació en Kalávryta, sino en Dimitsana.
Según lo que llevo escrito, es sabido que el derramamiento de sangre de musulmanes inocentes y las profanaciones de mezquitas comenzaron en Grecia después de las injustas matanzas y la efusión de la sangre más sagrada de los griegos, es decir, eran las consecuencias y no las causas de la muerte del patriarca y los demás.
l
Ninguna prueba ni indicio se ha mostrado acerca de la culpabilidad del patriarca, ni de los obispos ni de tantas otras víctimas.
m
Si la Puerta tenía tales escritos, ¿por qué no los dio a conocer para justificarse?
n
Esta es la demostración de todo lo que he dicho al exponer los sucesos de Moldavia y Valaquia, a saber, que Rusia ofreció una fuerza militar contra el movimiento insurreccional de Aléxandros Hypsilandis, y que la susceptible y altiva Puerta no la aceptó.
ñ Cuanto dice el embajador como testimonio de que no había por fortuna ningún ejemplo de patriarca de la iglesia oriental que sufriera tal muerte, hay que entenderlo, según añade él mismo, en lo que atañe al lugar y al día del ahorcamiento de Gregorio, porque la Historia nos dice que antes de Gregorio fueron ejecutados muchos patriarcas ecuménicos, unos en la horca, otros de otra forma.
NOTAS AL CAPÍTULO XXIII o
He aquí la capitulación: “Los abajo firmantes y rubricantes, agás y pueblo de Monemvasía, notificamos por este escrito que, habiendo sido combatidos por el muy ilustre general y príncipe Aléxandros Kandakuzinós y no pudiendo resistir más sus operaciones, por nuestra gran necesidad nos rendimos y entregamos el castillo real a Su Excelencia según los pactos, negociaciones y resoluciones de su autoridad. Las resoluciones de su autoridad según nuestras demandas son: se nos enviará en barcos bien a Cerigo (Citera) bien a Anatolia, proporcionándonos las provisiones, y nos llevarán, Dios mediante, sin pago de flete. También entregamos nuestras armas sin los adornos de plata. Así vinculamos los acuerdos y pactos y así nos rendimos a Su Excelencia, entregándole las llaves de nuestro castillo de Monemvasía.
En Monemvasiá, a 20 de julio de 1821.
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Spyridon Trikupis Firmamos y rubricamos los agás de Monemvasía en su totalidad: MEHMET AGA, comandante de jenízaros.
IBRAHIM AGA, Tsitar Aga del castillo superior.
MUSTAFA AGA, Tsitar Aga del castillo inferior.
MEHMET AGA, Azepi Abeli.
MEHMET AGA, Tsepetsi Abeli.
HUSEIN AGA, Tsepetsi Ani.
IBRAHIM AGA, Topitsi Abeli.
MUSTAFA BEY, Hasan Bey Zade.” p
Pierakos se había señalado en otra acción bélica: cayó en una emboscada y fue cercado durante un día con algunos soldados en la casa de Leonis, en las afueras.
Bombardeado y cañoneado por los turcos, conservó la posición un día y una noche y escapó ileso.
q
He aquí el acuerdo: “Los oficiales abajo firmantes, capitanes de los ejércitos de tierra y mar, manifestamos que desde el 25 de marzo del presente año, por órdenes superiores, llegamos con nuestras tropas de tierra, así como por mar con nuestras naves, a sitiar el castillo llamado Neókastro, y desde entonces hemos mantenido combates repetidas veces con fuego de artillería y fusilería contra los turcos allí sitiados, a los que hemos mantenido estrechamente cercados y bloqueados por tierra y mar hasta el día de hoy, 5 de agosto, sin que pudiesen entrar ni salir. De esta manera los hemos llevado a tal situación, que se comieron los caballos y cualquier otra clase de animal que se encontrara dentro, y de esta manera nos han informado no sólo los turcos que salen cada día del castillo y se rinden por el hambre casi cayendo en nuestras manos, sino también por los nuestros que se encuentran en el interior de todo esto hemos sido informados. Así que por esta necesidad y por deber de humanidad hemos llegado a un acuerdo hoy con escritos por ambas partes y nos han entregado el castillo; y nosotros por la otra parte humanitariamente les hemos acordado derecho de paso por tierra y por mar con todas sus pertenencias, menos las armas, y llevarlos donde cada uno quiera. Por lo cual para general conocimiento firmamos el presente en Neókastro, a 7 de agosto de 1821.
Grigorios, obispo de Metona.
Papatsoris el mayor.
Anastasios Katsarós, Athanasios Grigoriadis, Nikólaos Ponirópulos, Yannakis Milios, A.R.J.G.A.R.K.
Capitán, Nikolas Bótasi, 260


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Historia de la insurrección griega Anastasis Andrutsu, Athanasulis, Galanis Panayotis, G. Ikonomópulos, Konstandinos Diamandís, Tsannes. Anastasis Perotís.
Yorgakis Panayótaros.” “En el día de hoy comparecemos los tres capitanes abajo firmantes, llamados capitán Nikolas Bótasis y capitán Anastasis Kolandrutsos, de Petses, y capitán Yoryos Dendrolívanos, de Zacinto, con bandera griega, en cuyos tres veleros embarcan los turcos de Neókastro en virtud del segundo punto que firman las dos partes, capitanes y turcos, hombres y mujeres mayores y menores de edad en número de setecientos treinta y cuatro (734). Estas personas embarcan en las antedichas naves con todo el equipaje que lleven encima del segundo punto, y contraemos la obligación de llevarlos a Arabia, Túnez, al puerto de Akalbendi, con su honor y sus vidas y sin flete; y para su comida, estamos en el deber de mantenerlos con una oká de bizcocho a cada alma, carne, aceite y todo lo que necesiten, hasta que los desembarquemos en la tierra dicha, y la presente se hace para seguridad y es firmada por los capitanes en Neókastro el 7 de agosto de 1821.
Grigorios, obispo de Metona.
Papatsoris el mayor.
Anastasios Katsarós, Athanasios Grigoriadis, Nikólaos Ponirópulos, Yannakis Milios, A.R.J.G.A.R.K.
Capitán, Nikolas Bótasi, Anastasis Andrutsu, Athanasulis, Galanis Panayotis, G. Ikonomópulos, Konstandinos Diamandís, Tsannes. Anastasis Perotís.
Yorgakis Panayótaros.” r
La escuadra que navegaba rumbo al golfo de Corinto, al mando de Dimitris Miaúlis y Nikolós Bótasis, dejó a su paso dos barcos para el bloqueo de Neókastro y Koroni, el de A. Kolandrutsos y el A. Kolatsis, como se ha dicho, pero a su vuelta Bótasis sustituyó a Kolatsis.
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Spyridon Trikupis NOTAS AL CAPÍTULO XXIV s
Pocos días antes, Yannis, hijo de Theódoros Kolokotronis, con apenas dieciséis años, bajó hasta muy cerca de Tripolitsá con tres o cuatro hombres y capturó a un árabe con sus armas; por esta hazaña, se le rebautizó como Yenneos (Valiente) y lleva desde entonces tal nombre.
t
Vd. el discurso inaugural del gobernador de 5 de marzo de 1822 ante el cuerpo judicial.
u
Este hombre, muerto de miedo por los males que se cernían sobre los cristianos, se convirtió al Islam y combatió como neófito a sus antiguos compañeros de fe.
v
El notable de Tripolitsá Sotiris Kuyas no fue encarcelado ni tampoco tenido por conjurado contra el Estado turco; fue acusado de traición a la Filikí Hetería y, a la caída de Tripolitsá, sufrió lo indecible a manos de Dagrés, muriendo a consecuencia de ello.
w
Mustafa Bey y el defterdar fueron asesinados de improviso en una noche por orden del alcalde, Panos Kolokotronis.
x
Firmaba “Michaíl Komninós Afendúliev” (Μιχαὴλ Κομνηνὸς Ἀφεντούλιεφ).
NOTAS AL CAPÍTULO XXV
y
El acompañante de Vryonis, Omer Bey de Caristo, se había retirado en agosto de Atenas a Eubea.
z
Qué privilegios gozaban las islas del Egeo en general se infiere de la siguiente Carta, inédita, que se conserva traducida al griego en los archivos de Naxos. La edito sin alterar, según la copia que se me ha facilitado y manteniendo las incorrecciones.
“Traducción del Aktinamé que el emperador y rey Sultán-Ibrahim da a las islas.
De las islas de Naxia, Andros, Milos, Paros, Santorini y Sifnos y las restantes, los hombres Chrusakis Summaripas, Kanalas, Kais, Mikelis, Damianós y Christódulos Mechelis Perchís y los demás vinieron a mi invencible Puerta estando en el poder mi padre de gloriosa memoria, el Sultán Suleimán –Dios lo premie con el paraíso–, en cuyo tiempo era capitán-pashá Heret Bey, que cruzó hacia las tales islas y sus habitantes no levantaron la cabeza y se prosternaron ante su invencible majestad; y en cuya época nombraron bey a un griego de entre los suyos; no obstante, pasado un tiempo fue enviado un bey judío, llamado Iosif, que gobernó las islas cierto tiempo según las disposiciones y reglas, y hasta el día de hoy todas esas islas han vivido 262


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Historia de la insurrección griega sin ninguna ofensa a la sombra de mi reinado. A la muerte de Iosif, fue nombrado bey y juez Flamburiaris, para con tal dignidad juzgar en dichas islas imparcialmente los casos según la norma y las leyes que fueron dadas a Quíos. Las leyes y normas de Quíos que les di fue que paguen como pagaban desde el principio sus diezmos, corveas, gabelas y alcabalas y nada más, y que el que no esté sometido a impuestos no pague ninguna tasa de las que tiene establecidas mi reinado; y que la ley consienta que vayan a la iglesia y………….entierren los muertos en las iglesias y, cuando quieran abrir las tumbas, que no lo impida el cadí ni el bey; acerca de los muertos, que ni los pidan ni se los lleven, pues eso no está en la ley de Dios ni en mi normativa. Por imputaciones no procedentes de un juicio los cadíes no podrán detener, ni importunar a nadie sin ningún juicio; y las iglesias, cuando las estropeen, las restauren como estaban antes, y que no sean molestados. De sus campos y viñas tómense los diezmos como se tomaban antes, y no se tome nada más de sus propiedades, y que no se les quite por la fuerza ni se les prive de ello; en las disposiciones que deseen tomar o dejar según sus derechos, que las autoridades turcas no se entrometan, y el juicio que celebren entre ellos según sus leyes y tengan la sentencia, que no se pueda interferir el juicio. Los cadíes no apliquen por decreto más que la normativa y, para los asuntos, pongan los cadíes a un hombre de su condición de su asamblea para negociar con ellos lo que legislen y acuerden, y es deseable que los cadíes no intervengan en sus acuerdos. Es posible encarcelarlos por falso testimonio, con una fianza de quinientas monedas o más, y que los cadíes no los escuchen cuando den tales testimonios. Por las provisiones de sus casas y por el vino y otras bebidas no paguen el impuesto. Si uno de los isleños muere yendo a otros lugares por sus asuntos, sus parientes pueden amortajarlo enteramente, pero no sus allegados que no tengan permiso para levantar el cadáver. De los dichos isleños, el que desee voluntariamente ir a juicio, decidiendo entrar en la fe de Dios, que entre sin impedimento, pero que nadie los haga musulmanes a la fuerza. De las mujeres, la que se case con un turco, que vaya sola al juicio de Dios a dar su acuerdo, y que no se le conceda sin este requisito. Si alguno de ellos cae en falta, que sólo él sea castigado en persona, y ningún otro por su culpa. De noche que lleven consigo fanales o luz, sin que nadie se lo impida; a sus lugares que no vaya ningún turco, a no ser que tenga un juicio y una causa para ir libremente al juicio, sin que nadie se lo impida. Aquellos que perciben los tributos e impuestos, que pasen sólo por los sitios acostumbrados y no más allá; no se les dé dinero turco por su caballo ni por sus bebidas, sino que se compren con su moneda. El alcaide no encadenará a los reos ni los encerrará en la mazmorra sin el conocimiento de los ancianos y notables del lugar, y para cualquier petición o asunto de ellos el cadí o el bey los nombrará para que examinen si está conforme al juicio, y los propios isleños nombrarán intérprete a quien deseen; la vigilancia que ponen, que las vuelvan a poner a quienes quieran, como en un principio. Que a estas islas no entren ni jenízaros ni soldados. Si el cadí o el bey o algún otro ofende a uno de estos isleños o le quiere hacer ofensa, y él quiere acudir a mi reino para aclarar sus puntos de vista, que venga en cualquier embarcación que encuentre, y no se lo impida ni el pashá, ni el bey ni el cadí. En sus campos que 263


00264

Spyridon Trikupis dan entre ellos con retranqueo, según tiene por costumbre, que nadie les obstaculice, y que los tengan como propiedad suya, según su propia costumbre. Todo lo que he escrito en este decreto tenga su lugar, que todo se cumpla, y quien no obedezca y cumpla esta norma mía, sea dado a conocer por ellos a mi realeza para ser castigado.
aa
La institución del Areópago fue firmada el 15 de noviembre, pero la asamblea estuvo trabajando hasta el 20, según sus actas conservadas. Vd. El renacimiento de Grecia, de Mámukas.
ab
El reglamento prescribe doce miembros, pero sin incluir los dos presidentes.
Esto se deduce del parágrafo 1 del capítulo 2 del reglamento y de las actas de la sesión del 17 de noviembre. Vd. El renacimiento de Grecia, de Mámukas.
ac
La posteridad no se explicará tal vez cómo llegaron los albaneses a tal grado de ingenuidad, cuando se publicaban proclamas y había tan claros indicios de la lucha nacional de los griegos. Pero los albaneses no saben leer, ni mantienen relaciones con los demás, ni se preocupan de enterarse de lo que pasa en otros lugares; si oyeron algo de esto, lo consideraron falso o un medio para engañar a la mayoría. La Historia dice que los espartanos dudaban de la construcción de los muros largos en Atenas por Temístocles hasta que lo supieron del propio Temístocles cuando estuvieron terminados. Con tales ejemplos, ¿por qué se va a extrañar la posteridad de la simpleza de los albaneses?
NOTAS AL CAPÍTULO XXVI ad
Levantado el asedio del Acrocorinto al pasar el kiaya bey, se reanudó bajo la dirección de Anagnostis Petmezás, que también era el jefe antes. Le sucedió en octubre Nikolós Soliotis, en cuya jefatura se ocupó la posición de que se trata.
NOTAS AL CAPÍTULO XXVII ae
Manifiesto de la Asamblea Nacional:
“Descendientes del sabio y humanitario pueblo griego, contemporáneos de los ahora ilustrados y bien gobernados pueblos de Europa, que contempláis los bienes que éstos reciben bajo la irrompible égida de las leyes: era imposible seguir soportando impasible y estólidamente el cruel azote del poder otomano, que ha pisoteado durante cuatro siglos nuestros cuellos y, reconociendo como ley el capricho en vez de la razón, gobernaba y disponía todo despótica y arbitrariamente.
Tras larga esclavitud, finalmente nos hemos visto obligados a empuñar las armas y vengar a nuestra patria y a nosotros mismos de tan horrible y desde siempre injusta 264


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Historia de la insurrección griega tiranía, no igualada por ninguna, ni capaz de ser comparada con ningún otro régimen.
Nuestra guerra contra los turcos, lejos de apoyarse en principios demagógicos y fines sectarios o que privilegien a una parte del conjunto de Grecia como nación, es una guerra nacional, una guerra sagrada, cuyo único motivo es la adquisición de nuestros derechos de libertad individual, de propiedad y de honor, los mismos que, cuando hoy los gozan todos los pueblos vecinos que están bien gobernados en Europa, trata de arrebatarnos por la fuerza la tiranía de los otomanos, de una crueldad sin parangón, y ahogarlos dentro de nuestro pecho ¿Teníamos nosotros quizá menos razón que las demás naciones para ser privados de tales derechos, o éramos inferiores y de naturaleza vil, como para ser considerados indignos de ellos y condenados para siempre a la esclavitud, a arrastrarnos como bestias sin voluntad bajo el capricho de un implacable tirano que vino de lejos a subyugarnos como con patente de corso y sin ningún tratado? Derechos que la naturaleza inseminó profundamente en el alma humana y que consagraron las leyes, en sintonía con la naturaleza, no puede borrarlos una tiranía no ya de tres o cuatro siglos, sino tampoco de miles ni de decenas de miles de siglos, y si la violencia o la fuerza los aplastan momentáneamente, su vigor tiene la virtud de restaurarlos imbatibles e indelebles por sí mismos y mostrarlos tal cual eran antes desde centurias; derechos, en fin, por los cuales no hemos dejado de luchar en Grecia con las armas en la mano siempre que el momento y la ocasión lo permitían.
Partiendo de tales principios de derecho natural y queriendo igualarnos a nuestros restantes hermanos cristianos de Europa, emprendimos la guerra contra los turcos, o mejor, marchamos al unísono unificando las guerras parciales, decididos a alcanzar nuestro objetivo y gobernarnos mediante justas leyes o a sucumbir totalmente juzgando indigno, nosotros los descendientes de aquel glorioso pueblo griego, vivir más tiempo sometidos a tal tiranía, más propia de bestias sin razón que de seres racionales. Han pasado ya diez meses desde que comenzamos a correr la carrera de la guerra nacional. Dios Todopoderoso ha acudido en nuestra ayuda, a pesar de que no estábamos suficientemente preparados para una prueba tan enorme, verdaderamente; nuestras armas se han mostrado victoriosas por doquier, salvo donde por doquier encontraron y aún encuentran oposición no pequeña; circunstancias adversas nos han salido al paso y nos esforzamos en abatirlas. Por ello, no debe parecer extraño que hayamos aplazado hasta ahora el ordenamiento político de nuestra patria, que no hayamos proclamado nuestra independencia ni hayamos aparecido como nación ante todos los pueblos bien gobernados y el mundo entero. Antes de reafirmar como fuera nuestra existencia física, era imposible pensar en la política. Sirva, pues, a los demás lo dicho de justificación plausible para nuestra tardanza, y a nosotros de consuelo en el desorden imperante.
Ahora que las circunstancias adversas han empezado a ser superadas, hemos decidido, o más bien nos hemos visto obligados a elaborar una constitución política para Grecia: primero por partes, una para Grecia Continental Oriental, otra 265


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Spyridon Trikupis para Grecia Continental Occidental, otra para el Peloponeso, otra para las Islas, etc. Pero ya que éstas atendían más a las relaciones parciales por las que debía regirse y administrarse cada una de estas regiones y el archipiélago, era por lo mismo de toda necesidad, consecuentemente, que viera la luz otro ordenamiento general provisional aplicable a todos los asuntos y todas las relaciones internas y externas de Grecia. Para su elaboración y constitución, las distintas provincias e islas han enviado sus representantes plenipotenciarios y éstos, tras deliberar en asamblea nacional y debatir cumplidamente sobre los temas comunes, han instrumentalizado una ordenación provisional, por la cual toda Grecia se regirá en adelante. Es la que deben reconocer todos los pueblos asentados en Grecia, proporcionalmente representados, como único ordenamiento legal de la nación, tanto por estar apoyada en la base del derecho y las justas leyes como porque ha sido instituida con el asentimiento común de los griegos.
Los poderes que componen la administración son dos: el ejecutivo y el deliberativo, los cuales nombran al judicial, totalmente independiente no obstante de ellos.
Esto manifiesta el congreso nacional a todos los griegos, añadiendo sólo que ha culminado su tarea y se disuelve en el día de hoy; es deber y obligación del pueblo griego mostrarse adicto y obediente a las leyes y a los ministros ejecutores de las leyes ¡Griegos! Dijimos hace poco que no queremos la esclavitud, y el tirano se aleja cada día de entre nosotros, pero sólo la concordia entre nosotros y la escrupulosa sujeción a las instituciones puede consolidar nuestra independencia.
Ojalá el fuerte brazo del Todopoderoso eleve a gobernantes y gobernados, a Grecia entera, hasta el solio de Su sabiduría, para que conozcamos nuestros verdaderos intereses respectivos, y que aquéllos con su previsión y el pueblo con su obediencia pongamos los cimientos de la deseada prosperidad de nuestra patria común ¡Así sea! ¡Así sea!” NOTAS AL CAPÍTULO XXVIII af
Según otros, este pashá se llamaba Hasani.
NOTAS AL CAPÍTULO XXX
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Se discute todavía en Grecia si Licurgo emprendió la expedición a Quíos por orden de o en contra de las órdenes de Hypsilandis. Licurgo no dejó de mantener hasta el fin de su vida que tenía tales órdenes. He aquí la verdad: Ioannis Lavrentíu Ralis de Quíos, iniciado de la Sociedad, vivía en Odesa cuando estalló la insurrección. Anhelando la liberación de su patria, marchó en mayo de 1821 a 266


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Historia de la insurrección griega Tríkorfa, donde pidió y recibió de Hypsilandis los plenos poderes, partió en expedición a Samos y, por orden de Hypsilandis, tomó como colaborador a Licurgo, que entonces tenía el poder en su tierra. Convencido poco después de que el intento era inoportuno, escribió a Hypsilandis que veía necesario el aplazamiento para circunstancias más favorables, pidió su revocación de Samos como oficial y mandatario suyo y lo exhortó a disuadir a Licurgo del plan por el momento. Hypsilandis dio por buenas sus propuestas y Licurgo se prestó a obedecer, según consta fehacientemente en las dos cartas que se transcriben a continuación, que se conservan en el domicilio en Syra de Ioannis Lavrentíu Ralis, por las cuales se demuestra que Licurgo hizo la campaña en contra de lo dispuesto y acordado: “Señor I. L. Ralis, patriota ejemplar: Recibí tu carta de 28 de noviembre de manos de tu sobrino el Sr. Stéfanos Galatis y del Sr. Avyerinós. Alabo tu determinación y firmeza para la libertad de tu tierra pero, puesto que las presentes circunstancias no permiten la empresa, hicisteis bien en aplazarla para el momento oportuno, que será sin duda el de la declaración de guerra por Rusia o el del progreso de los alzamientos nacionales, lo que espero con la constitución del Ejecutivo nacional, que ha comenzado ya sus sesiones.
Descansa, pues, en alguna isla hasta que llegue la deseada hora y entonces pongas en práctica tu anhelo patriótico, me escribas según las circunstancias y te envíe las cartas pertinentes; ojalá para entonces haya conseguido yo también circunstancias más favorables para ayudar eficazmente a tu tierra. Lamento que hasta ahora la discordia, la ambición y la incultura de la gente de Grecia hayan impedido los brillantes progresos que habríamos realizado si no existieran dichas lacras, sobre todo la discordia; Samos y Creta, si sé distinguir lo bueno, constituyen los más claros ejemplos de qué pueden hacer los griegos cuando se ponen de acuerdo.
Escríbeme con las novedades que sepas sobre el estado de la nación.
Haciendo votos por tu salud y deseando que tus deseos llegen a buen término, se despide el patriota Dimitrios Hypsilandis.
En Corinto, a 21 de diciembre de 1821.”
“A Su Alteza el Príncipe de Grecia Occidental y todo el mar Egeo por la gracia de Dios, Sr. Dimitrios Hypsilandis, rendidamente.
Altísimo Señor: Conforme a las respetadas órdenes de vuestra misiva, recientemente recibida, he aplazado la expedición a Quíos para un momento más favorable, aunque algunos 267


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Spyridon Trikupis patriotas que se encuentran desde tiempo ha en la isla no han dejado de exhortarme a dicha empresa. Rezo sin embargo para que las circunstancias del momento me conduzcan cuanto antes a emprender con la ayuda de Dios este irrenunciable deber, según los deseos de mi alma. El Sr. Ralis, siguiendo también vuestras órdenes sobre la expedición, ha desistido por el momento de sus preparativos para la misma, hasta que el tiempo nos muestre lo que hay que hacer, y se dirige ahí a rendiros pleitesía.
Su estancia aquí nos fue grata y honrosa; todas sus preocupaciones cotidianas tendían únicamente al sagrado y noble fin de que su amadísima tierra se sacuda el yugo. Por lo cual, alabé su celo. Esto es todo, respetuosamente, y quedo humilde esclavo de Su Alteza por la gracia de Dios El Capitán General de Samos, Licurgo Logothetis.
Samos, 10-1-1822.”
ah
El gobierno envió diez artilleros, cinco cañones pesados y algunos filohelenos para su puesta en funcionamiento, pero la ayuda llegó a Psará cuando Quíos ya había sido abatida.
ai
Si el talante de un hombre se conoce por cómo se expresa, que el lector eche una ojeada a la siguiente misiva de Burniás a los éforos y conocerá por ella al individuo.
“He oído que algunos de los grandes y ricos de aquí o planean o se deciden a huir con sus familias. A qué causa atribuir esta acción, no se me ocurre. Pero os prevengo que evitéis cuanto antes no ya que huyan, sino que ni sueñen en marcharse; y que tengan la boca cerrada, porque mi paciencia llega hasta un límite y puede que me pase si me enfado y haga algo de más. En resumen, pensad lo que os digo; impedid tales intentonas para que las cosas no se pongan feas. Salud.
Andonis Chatsís, general en jefe de Quíos.
9 de marzo por la tarde.” aj
La caída de Quíos conllevó también la de Licurgo; apenas volvió éste a sus lares, los del partido rival lo cercaron dentro de su casa en Karlovasiá (Samos), pero no pudieron capturarlo. Escapó de sus manos y fue a Argos, sede entonces del gobierno; allí fue encarcelado por instigación de las víctimas de Quíos, como culpable de la catástrofe de su tierra; se evadió cuando la incursión de Drámalis, volvió a Samos y reclutó un ejército contra el subprefecto Moralís pero, habida batalla en la villa de Plátanos, fue vencido y huyó a Salamina, donde se le apresó por orden de la comunidad de Hydra para que devolviera trescientos mil grosiá, que se le acusaba 268


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Historia de la insurrección griega de haberse llevado de las arcas de Samos en su huida; al no encontrar ni un óbolo en su casa, sus captores de Hydra lo llevaron a su isla y lo entregaron a los entonces harmostas para que lo investigaran. Los harmostas no hallaron cierta la acusación: teniendo como misión principal cobrar a los samios la cuota proporcional para uso de la escuadra y desesperando de recaudarla a través del subprefecto y de las autoridades por él instituidas, liberaron a Licurgo de su confinamiento en la nave y, gracias a su activa colaboración, reunieron la cuota en tres días; lo nombraron gobernador de Samos a instancias de su entonces triunfante partido y en pago a su servicio en la percepción del dinero.
ak
Por aquellos días, al pasar la goleta de Tombazis por el litoral de Tracia, vio embarcaciones enemigas fondeadas en un cabo y las atacó, pero los marineros de las mismas subieron a lo alto del promontorio y abrieron un fuego tan denso sobre los que estaban en el puente de la goleta, que los forzaron a retirarse sin conseguir nada.
NOTAS AL CAPÍTULO XXXII al
Sobre esta gruta, consultar capítulo LV.
NOTAS AL CAPÍTULO XXXIII
am
El día sorprendió a dos griegos delante de la puerta de que hablamos, ocupados en derribarla; uno de ellos se llamaba Nikolís y había servido antes como soldado en el ejército francés. Como el riesgo era grande a causa de la luz del día, se escondieron los dos en un agujero abierto contra la puerta, con la esperanza de huir al amparo de la noche; pero durante toda ella el exterior de la acrópolis estuvo iluminado por los turcos, que temían un nuevo asalto, y por ello los dos griegos no se atrevieron a huir de noche. Al día siguiente Nikolís salió corriendo de repente bajo el fuego de los enemigos y escapó ileso, mientras el otro fue herido en la cabeza. Algunos días después dos griegos de los de dentro de la acrópolis, deseando escapar, se descolgaron por una cuerda al amanecer; los turcos los vieron y les dispararon, salvándose uno y muriendo el otro; después, huyeron siete otomanos, tres hombres y cuatro mujeres.
an
He aquí el pacto escrito por los sitiados y aceptado por los sitiadores:
“Por el presente acuerdo escrito, resulta probado que, puesto que los griegos habitantes de la provincia de Atenas se alzaron en armas contra nosotros y visto que nos recluyeron en la Fortaleza, después de obstinada persistencia de ambas partes y tras la cual hemos soportado duras privaciones, nos quitaron lo necesario para vivir, y conforme a la cláusula primera exigen nuestra raï (rendición) a ellos y que les entreguemos la Fortaleza; y todos nosotros, grandes y chicos, lo hemos 269


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Spyridon Trikupis aceptado y por ello, tras dialogar con los plenipotenciarios absolutos enviados por la Administración de la Nación Griega (llamada Glorioso Gobierno), de la cual son súbditos los citados griegos de Atenas y los honorables señores Andreas Kalamogdartis y Aléxandros Axiotis, con los doce Éforos de Atenas y con los restantes jefes militares, hemos tomado los siguientes acuerdos diferenciados en artículos: 1º Entregarles en mano las armas que se encuentran en la fortaleza: cañones, morteros y todas las armas que se hallen en poder de los otomanos, sin oponer resistencia alguna.
2º Después de la entrega de éstas y hasta que se provean de otras, los griegos respetarán el honor y la vida de los otomanos, sin causarles el más mínimo daño o castigo.
3º De los muebles y enseres hallados en poder de los otomanos, cada familia otomana llevará consigo una manta acolchada, una sábana, una almohada, un colchón y vestidos confeccionados dispuestos en un fardo, así como un par de cacerolas con sus tapaderas y dos platos metálicos.
4º De los objetos de diamante, oro y plata hallados en poder de los otomanos, así como de cuantas riquezas contables sean propiedad privada, nos llevaremos la mitad y les entregaremos la otra mitad; las que se demostrare que son propiedad de los griegos, se las entregaremos libremente sin tomar parte.
5º Una vez salgamos de la Fortaleza, los otomanos que deseen residir en la ciudad tendrán permiso de residencia sin restricción y no serán molestados por parte de nadie; cuantos deseen pasar a Asia, serán embarcados en naves bajo pabellón inglés, francés o austríaco, y trasladados en seguridad; el flete que se deba por dichos barcos y la galleta y el queso necesarios y suficientes para la manutención en el transcurso del viaje lo entregarán los griegos en manos de los capitanesde los barcos.
Una vez trasladados de esta manera y aceptados por ambas partes estos acuerdos, se nos ha dado un salvoconducto redactado en griego, sellado con el sello de la provincia y firmado con las firmas de los ordenantes. Por lo cual, se les entrega sellado por nuestra parte el presente escrito oficial.
3 de Siagal de 1227 (año turco).”
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Historia de la insurrección griega NOTAS AL CAPÍTULO XXXV añ
Passano fue puesto en libertad después, rescatado por su mujer.
NOTAS AL CAPÍTULO XXXVI
ao
He tomado estos datos de Ali Pasha, que participó en la expedición y fue hecho prisionero a la caída de Nauplion. Es imposible conocer exactamente el número de los componentes de un ejército tan desordenado, a causa de la falta total de catálogos de alistamiento. Ni siquiera la cantidad de raciones distribuidas contribuye al esclarecimiento de la verdad, debido a las muchas malversaciones.
ap
Aquiles Theodoridis tenía el grado de comandante (ταξίαρχος) y fue nombrado jefe de la guarnición del Acrocorinto el 19 de Mayo; se arrepintió de su deserción y se suicidó poco después.
aq
Los paisanos de Dervenia, que aguardaban la ocasión, les arrebataron estos cañones.
ar
A los pocos días de retirarse Kolokotronis de Patras, Yusuf Pasha navegó tranquilamente hacia el Golfo de Corinto, desembarcó en Vostitsa y demolió la batería allí emplazada.
as
Algunos gérontes opuestos a Kolokotronis se fueron de Tripolitsá a su llegada, sustituyéndoles otros adictos a él.
at
Plaputas y su acompañante en el viaje, Búkoras, iban a caballo por delante de los demás camino de Schinochori cuando se encontraron a la altura de Psichti con dos turcos a caballo y llegaron a las manos. En el duelo, uno de los turcos rompió el sable de Plaputas, pero tan consumado esgrimista fue muerto, así como su compañero.
Plaputas envió su sable a la gerusía, que le escribió: “Recibimos tu sable partido en dos. Sabemos también que has recibido una herida superficial en el rostro. Cicatrices así añaden esplendor al halo de tu gloria.” Después, los de Plaputas se encontraron con 60 enemigos que venían de Corinto y, cayendo sobre ellos de improviso, masacraron a la mayoría.
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También se encontró en aquel suceso Dikeos, que acompañaba a Kolokotronis.
av
Como la senda a Epidauro estaba desguarnecida, los enemigos marcharon sin peligro hacia aquella zona para recolectar; avanzaron hasta Ligurión y lo incendiaron; incendiaron también algunos monasterios, pero en parte alguna hallaron víveres, de manera que perjudicaban sin obtener beneficio.
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Spyridon Trikupis NOTAS AL CAPÍTULO XXXVII aw
He aquí el escrito en cuestión:
“Grecia Occidental ha llegado a tal extremo, que sólo la contribución y disposición generales de sus habitantes para empuñar las armas puede librarla de las garras enemigas. Pero ya que esta disposición (sin la cual nada noble se logra) falta actualmente por ciertas causas externas, no queda más remedio que emplear un ardid útil para aplazar el presente ataque del enemigo hasta que haya forma de reunir a los dispersos griegos. Tal estratagema no es otra que una presunta negociación de sometimiento la cual, prolongándose en el tiempo, dará ocasión a que los asuntos se administren a conveniencia. Así pues, por común acuerdo de todos nosotros los aquí reunidos, se designa al Muy Noble General Yoryos Nikolú (Varnakiotis), cuyo irreprochable carácter amante de la libertad atrae la confianza de todos hacia su persona, para poner en práctica la citada argucia, empleando todo lo que su inteligencia quiera sugerirle para alcanzar su objetivo, objetivo aprobado y deseado en común por todos, de ganar tiempo mientras se aprestan los medios de salvación posterior.
A. Mavrokordatos, Konst. Karapanu, Ioannis Trikupis, Spyr. Kurkumelis, Athanasios Razís, Efthymios Vasilakis, N. Karpunis, Dim. Platykas, Panos Rangos, Yoryos Valtinós, Nikolakis Lilu.” ax
Por aquellas fechas, los de Mesolongui y los de Makrís capturaron un barco turco que encalló en los bajíos cercanos a la desembocadura del Eveno y transportaba desde Patras turcos, botín y dinero; lo que había en el barco fue saqueado y los pasajeros turcos murieron a punta de cuchillo.
NOTAS AL CAPÍTULO XXXVIII ay
He aquí las tres cartas interceptadas según fueron traducidas entonces, por las cuales el lector observará los embustes del remitente:
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Historia de la insurrección griega “Aparte de que la invencible armada no puede acceder al pie del fuerte de Nauplion por los bajos fondos, se nos ha confirmado que en el castillo de Nauplion hay escondidos seis barcos incendiarios de los infieles, así como diez más en Spetses, los cuales están muy preparados según nuestros contrastados informes.
Desde que la invicta armada se dio a la vela desde Patras y surcamos por estas zonas, sesenta barcos de los infieles corren siempre detrás de nuestra flota y en este momento recomienza la batalla naval, y en tales circunstancias reconoceréis muy bien que entrar en sitios estrechos es en extremo arriesgado. Por lo cual, Alteza, al igual que desde siempre te mostraste valiente y leal, deberás ahora ser fiel a tu acostumbrado valor y lealtad. Sobre vituallas y otras cosas necesarias para los de ahí, nos las ingeniaremos para vuestra tranquilidad.
Escrita la presente el 5 de Muharemi de 1238 (12 de septiembre de 1822).”
“En otro mensaje os escribía que se os enviaban otros dos barcos con víveres de distinto género; a pesar de ello, éstos han encontrado viento en contra por el camino y se han dirigido a Suda; pero no dejaremos de enviaros.”
“Gloria al Supremo Dios; desde hace un mes, las fuerzas de Rumelia avanzan incontenibles. Habiendo entrado en la fortaleza llamada Suli, su Alteza Omer Pasha, valí de Ioánnina, se ha apoderado de ella y eliminado a los infieles que había, ejecutando a unos y dispersando a otros pocos. Frente a Patras, diversos visires llegados a Mesolongui han tomado posesión de dichas regiones. La noticia nos llegó hace doce días. Sabed además que su Alteza Hurshid Pasha marcha por ellas hacia Morea con inmensa cantidad de soldados. Nuestro invicto ejército en Corinto no ha sido hostigado lo más mínimo, y por ellas marcha hacia la zona de Nauplion. Informados de esto, os hacemos ciertos sabedores a vosotros. A fin de introducir víveres en la fortaleza de Nauplion hemos zarpado de Patras con la invicta armada el día viernes trece del pasado mes de Zilhizé y, debido a vientos contrarios, acabamos de llegar a la altura de Hydra y Spetses el cinco del corriente mes de Muharemi, día viernes. No obstante, al aparecer hasta ochenta embarcaciones de los infieles de Hydra y Spetses frente a la invicta flota, las cuales mostraban intención de lanzarse contra nosotros, entablamos batalla que duró casi seis horas y en la cual, con la gracia del Altísimo y con la ayuda de nuestro sacrosanto rey, hundimos con nuestros cañones seis de ellas y otras dos, la una de tres mástiles y la otra de dos, han sido incendiadas por el nutrido fuego de nuestras armas. A Dios gracias, de todos los frentes tenemos buenas nuevas, que transmitimos, como también os es conocida esta dura guerra de la invicta flota contra los infieles; aprovechamos una tregua para enviaros el presente barco con los víveres, y nuestra potente escuadra volverá a navegar contra el enemigo, 273


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Spyridon Trikupis al que espero que venceremos y aniquilaremos con la ayuda del Altísimo. Quedo sumamente obligado a vuestra Alteza en nombre nuestro y de la invicta escuadra.
9 de Muharemi de 1238 (12 de septiembre de 1822).” az
Poco faltó para que Syra se perdiera meses después con motivo de su fanatismo y turcofilia de entonces. Un heptanesio llamado Fasiolis concibió el proyecto de saquearla; reuniendo a muchos griegos de todas las procedencias con la máscara del celo religioso, los llevó a Syra en dos barcos pero, en vista de que los habitantes de una y otra confesión estaban en el mismo peligro, les hicieron frente de mutuo acuerdo, los combatieron y los echaron, con la colaboración de un barco de guerra austríaco que se encontraba en el puerto. En esta refriega de que se habla murieron algunos, pero los de Fasiolis, persistiendo en su intento, al encontrar a otros dispuestos al saqueo y llegados a un número de dos mil, volvieron a Syra el 10 de febrero con muchos esquifes, quemando y saqueando algunos almacenes que había en la playa.
Afortundamente, en el momento en que iban a caer sobre el mismo núcleo urbano para saquearlo, atracó el barco de guerra francés Estafette y salvó a la ciudad en peligro, forzando a huir a los dos mil piratas a bordo de sus esquifes. El incansable malhechor Fasiolis volvió por tercera vez a Syra el 4 de julio, a bordo de un brick de 12 cañones y en compañía de otros iguales a él, y propagó que había sido enviado por el gobierno como jefe de policía, pero de Rigny, que vigilaba sus movimientos, llegó a Syra al día siguiente a bordo del Medea, capturó el brick, detuvo a Fasiolis, que se había escondido dentro de un barco jonio, y lo envió cargado de cadenas a las Islas Jónicas.
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Al cabo de pocos días surgió la peste en Tenos y se declaró en otros lugares, pero no duró.
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El Sr. N. Kotziás dice en un folleto que no rindo el debido elogio a Psará, pero mi obra demuestra lo contrario; dice más cosas, pero ni he replicado ni replicaré; otros lo han hecho, vd. las réplicas publicadas en 1857, la Refutación de Tsamadós; Telégrafo de las Cíclades 25 de mayo, Atenea 30 de junio, 3 y 7 de julio, 16 de agosto y 11 de septiembre; Esperanza 22 de noviembre y Helena 18 de mayo de 1858. Para ilustrar convenientemente al lector sobre las críticas que recibe esta obra, me basta exponer a su mirada el artículo de Atenea de 3 de julio de 1857: “El Sr. Kotsiás ha publicado estos días una crítica de la Historia de la Insurrección de Grecia en la que reprocha a su autor, el Sr. Trikupis, el no elogiar a la gente de Psará por sus hazañas en la guerra, tratar al almirante de Hydra como almirante general de las fuerzas marítimas, atribuir a un capitán inglés la primera idea sobre el uso de los brulotes, contener ciertos errores en la narración de las batallas navales, plagiar pasajes de la Historia de Gordon y no citar las fuentes de donde extrajo el material.
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Historia de la insurrección griega Leímos en su momento y, tras la publicación de la crítica en cuestión, hemos repasado con más atención la Historia del Sr. Trikupis y no sólo no hemos encontrado en parte alguna nada que justifique las palabras del crítico en lo referente a la minimización de las hazañas de los psarianos; más bien al contrario, constatamos que en muchas partes de la Historia hace mención de ellas con multitud de elogios; para confirmación de lo dicho transcribimos los dos pasajes que siguen.
Refiere el historiador en el capítulo XXXVIII el incendio en Ténedos de la nave vicealmirante turca por obra del glorioso Kanaris, y dice: “la escuadra enemiga, totalmente atemorizada, largó velas y se dirigió al Helesponto, humillada delante de las naves mercantes de Grecia y dejando a los osados marineros de ésta como dueños del mar. Después de estos hechos, el terror y el miedo dominaron las ciudades costeras del imperio habitadas por turcos. En Esmirna, en Quíos, en Mitilene, en todas partes pugnaban los turcos con todos los medios a su alcance no sólo por expulsar a sus enemigos, sino por asegurarse frente a la caza de los marinos de Grecia, especialmente sus vecinos los de Psará, que recorrían como dueños del mar todas las costas destruyendo, saqueando y atemorizando a sus enemigos costeros.” Y en el capítulo XLIV, al exponer el desembarco de los de Psará en las playas de Jonia frente a Samos, dice: “Tanto era el miedo que sembraban en todo aquel litoral, que los cónsules en Esmirna les rogaban abstenerse de exacciones en el golfo en consideración a ellos, al comercio y a los habitantes cristianos. “Dejamos tranquilo el lugar, pero sometido a tributo”, respondieron arrogantemente los psarianos.” ¿Quién al leer estos pasajes puede decir que la historia del Sr. Trikupis no confiere la debida alabanza a los de Psará y no los eleva, como si dijéramos, por encima de los demás gloriosos compañeros suyos que lucharon en el mar?
Según el Sr. Kotsiás, es falso que el almirante Tombazis haya referido en una reunión que tuvo lugar en su nave que un capitán inglés que conoció en el Cafereo le aconsejó el uso de los brulotes, según dice el Sr. Trikupis; añade el Sr. Kotsiás que el capitán Nikódimos, hablando con el Sr. Trikupis sobre este y otros temas, procuró sin éxito apartarle de esta ficción, pues el Sr. Trikupis arguyó que personas dignas de confianza le habían asegurado que fue así.
Si los que asisten a los hechos son más de fiar que los que no, tiene razón el historiador en preferir al testimonio del ausente el de los testigos presenciales y de los que les oyeron, y esto es lo que son los ilustres marinos combatientes A.
Kriezís y G. Sachinis, que se hallaron en la reunión y todavía en la actualidad refieren la anécdota; además, el Sr. Trikupis declara al referirla que “al oír las palabras de Tombazis, el capitán de Psará que se hallaba presente en la reunión 275


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Spyridon Trikupis dijo que también en su isla se debatía sobre los brulotes”; así pues, el Sr. Trikupis confirma que la idea ya existía en la isla de Psará antes de la noticia del inglés; y en el capítulo 13 atribuye sólo a los de Psará la adaptación del primero y su primer empleo. Además, los brulotes no aparecieron por primera vez en esta guerra, como dice el Sr. Kotsiás, ni en la batalla naval de Çesme entre rusos y turcos; como requerían aquellos tiempos, se empleaban en el siglo V a.C según el testimonio de Tucídides, si no antes.
Diversos errores, según el Sr. Kotsiás, contiene la obra del Sr. Trikupis en las descripciones de batallas navales. No nos inquietan tales palabras, porque los mismos testigos presenciales de los hechos exponen estos de forma diferente en la mayoría de los casos. “Los presentes en los hechos –dice Tucídides– no decían lo mismo sobre las mismas cosas, sino según las inclinaciones o los recuerdos de cada cual”; y las inclinaciones del Sr. Kotsiás están muy claras. Es probable que se hayan deslizado algunos errores en la obra del Sr. Trikupis, como en cualquier otro tratado histórico, pero aun concediendo que en verdad sean equivocaciones todo lo que refiere el Sr. Kotsiás, afortunadamente son de nula importancia: personales más que reales, para nada afectan a la esencia y el carácter de los hechos como tales, y fortalecen más que debilitan su crédito en la obra. Pero el crítico, aunque se centra en los temas marinos, ni siquiera parece conocer todos los diarios existentes, y eso que no son muchos. Seguro que no ha leído el (todavía) manuscrito del almirante Sachturis, es que no tiene ni noción de su existencia, según se desprende de su fascículo; tampoco ha hojeado el del almirante Sachinis, y eso que está depositado en la biblioteca pública. Con una preparación tan deficiente, se quita la ropa para pelear contra un historiador que ha consultado dichos diarios, según resulta de la confrontación, y que dispone de los informes unilaterales en que se apoya el Sr. Kotsiás, como reconoce el propio crítico, que no sabe, en su simpleza, cómo pudo el historiador, disponiendo de ellos, exponer algunos sucesos de otra manera.
El Sr. Trikupis parafrasea la obra de Gordon, según el Sr. Kotsiás.
La Historia no es ficción, es exposición de hechos, y es deber del historiador estudiar todos los escritos anteriores sobre el tema y asumir lo que estime correcto y omitir lo que sea error, completarlo y corregirlo; es lo que ha hecho exactamente el Sr. Trikupis. El crítico, para demostrar que el Sr. Trikupis ha traducido mucho a Gordon, aporta ejemplos de textos paralelos; pero aporta los del inglés en su lengua originaria, de manera que quien no sabe inglés no puede inferir ningún juicio; nosotros hemos traducido el primer ejemplo y lo ofrecemos a continuación, diciendo que aunque hubiese traducido el pasaje palabra por palabra, no se habría equivocado el Sr. Trikupis, si encontraba exacta la exposición. He aquí el texto de Gordon: “El capitán turco se murió de miedo (deprived by fear of all presence of mind) y echó el ancla en la bahía de Erisós, donde recibió tropas”. Y he aquí 276


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Historia de la insurrección griega el del Sr. Trikupis: “La tarde del mismo día, el bergantín navegó hacia el puerto de Erisós, acompañado por las embarcaciones griegas. El capitán del bergantín, temiendo un ataque nocturno contra su barco, tomó esa misma tarde de tierra firme bastantes soldados turcos para defenderlo.” ¿Quería el Sr. Kotsiás que el Sr.
Trikupis hubiese omitido el hecho porque un historiador anterior lo refirió, o era necesario alterarlo para ser tenido por todos como el primero?
Acusa el crítico al Sr. Trikupis de no mencionar a los que han escrito sobre la Insurrección, de dónde extrajo el material y, comparando su forma de escribir con la de Tucídides en la recogida de material, dice que este gran historiador confiesa sus fuentes. Nosotros también hemos leído a Tucídides y en ninguna parte hemos visto que haga una relación de los historiadores a los que consultó. Sólo dice: “En cuanto a los hechos que tuvieron lugar durante la guerra, estimé que no debía escribir sobre ellos informándome por cualquiera, ni según a mí me parecía, sino que he relatado hechos en los que yo mismo estuve presente o sobre los que me informé de otras personas con el mayor rigor posible sobre cada uno de ellos”.
Si el crítico considera buenas estas fuentes, esas son las que tiene el Sr. Trikupis: “estas palabras del historiador –dice– tenía yo como perpetuo guía de mi obra.” Está bien que el que escribe historia antigua cite a los historiadores a los que consulta, pero el que la escribe contemporánea y recopila el material en su mayor parte de boca de millares de testigos presenciales, ¿cómo puede observar esta regla?
Al proponerse el Sr. Kotsiás enmendar fallos ajenos, él mismo incurre en errores garrafales. El Sr. Trikupis, dice, vino a Grecia en 1824; pero muchos de los que estuvieron en Atenas lo vieron en Makrynoros, donde compartieron la comida con él en la campaña del Sr. Mavrokordatos, en 1822. En la página 57 dice que, mientras Sachturis cuenta 40 barcos de carga del enemigo, Trikupis los transforma en 60 diciendo que “eran 40, entre ellos 20 sacolevas;” ¡De modo que, según el Sr.
Kotsiás, la preposición entre significa aquí con!
Obviando otras muchas cosas en aras de la brevedad, digamos, para clasificar a la crítica, que es necesaria e instructiva toda crítica histórica hecha sin apasionamiento y según un método científico, con espíritu honesto amante de la verdad y la buena fe; pero, desgraciadamente, ésta carece de todas esas cualidades; reprochable como tal, resulta aún más reprobable porque, a través de las citas de la obra que calla o falsea, se propone agitar y levantar injusta y absurdamente contra el historiador a la sociedad entera porque, como el mismo Sr. Kotsiás reconoce en la página 75, no ha mencionado en su obra a algunos de sus familiares ni ha elogiado hasta el exceso a ciertos amigos suyos, sin reparar en que la Historia no es ni un catálogo de nombres ni un discurso laudatorio..
La obra del Sr. Trikupis ha sido y es unánimemente alabada por los sabios de Inglaterra, Francia, Alemania y América por su imparcialidad, su concisión 277


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Spyridon Trikupis histórica y su valor literario. En el momento de escribir esto, tenemos a la vista dos trabajos muy elogiosos sobre esta obra, publicados hace pocas semanas, uno en el Diario de los Sabios (Journal des Savants) y otro en el de Debates (des débats).
Una obra tan elogiada por tantos expertos minimiza con seguridad los ataques de una persona que se encuentra predispuesta contra el autor porque éste ignora a sus parientes, que tiene un conocimiento imperfecto de los hechos debido a su parcialidad, que envidia la gloria de los grandes luchadores de Hydra y que no conoce ni el significado normal de las preposiciones.” bc
El barco (the Flora of London) fue enviado a Kastrí, sede del gobierno. A los pocos días fue apresada en aguas de Spetses otra embarcación inglesa procedente también de Esmirna (Malvina). Los dos buques fueron expropiados y descargados para uso de los griegos pero, a petición del comandante inglés, Hamilton, el cual alegó que no se reconocía el bloqueo, fueron devueltos los buques, pagada su carga y satisfechas las multas.
NOTAS AL CAPÍTULO XXXIX bd
Por aquellas fechas arribaron al Pireo dos barcos de guerra franceses para recoger a unos turcos que habían huido a los consulados y al gobernador de Atenas, pero la gente se opuso a la liberación de algunos de ellos. Los franceses se vieron obligados a desembarcar soldados y cañones para protegerlos y, así, los retenidos fueron soltados por la noche con la cooperación de Odiseo y los éforos.
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En Petra fueron aprehendidos y enviados a Odiseo, cuando aún estaba en Atenas, tres portadores de una misiva de los turcos de Calcis a los de Zituni. De ellos, uno era mahometano y los otros dos griegos; de éstos uno era sacerdote. Odiseo condenó a muerte sumarísimamente y sin juicio a los tres, los dos primeros en la horca, el pope enterrado hasta el cuello.
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Sarís fue conducido a Larisa y encarcelado allí, pero a la muerte de Hurshid hubo una revuelta en aquella ciudad y se abrieron las cárceles; huyó, aunque cargado de cadenas, y el 20 de diciembre apareció entre los atenienses.
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He aquí lo que escribía Odiseo a Dyovuniotis y Diamandís sobre la retirada de los enemigos el 22 de noviembre: “Sabed que yo a los turcos con el fusil, y más con las mentiras y con la fuerza de Dios los he largado a Zituni con todos los diablos.”……………………………….
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Tras ello, el cadáver de Hurshid fue enterrado, y su cabeza cortada y enviada al sultán en una urna de plata.
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Historia de la insurrección griega NOTAS AL CAPÍTULO XL bi
Cabañas trenzadas llama Teócrito a las de los pescadores (Vd. su idilio Los pescadores), describiéndolas así: “Dos ancianos pescadores estaban tendidos uno al lado del otro tras hacerse un lecho seco en una cabaña trenzada inclinados en el muro de hojas……………” bj
Estas bayonetas eran las de los fusiles que trajo Mavrokordatos a Mesolongui en su llegada desde el extranjero; estaban sin utilizar, ya que los no regulares despreciaban el uso normal que los regulares hacían de ellas; en la misma ocasión llegaron a Mesolongui los tambores europeos de que se hace mención.
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De este barco nos ocupamos en la nota 57.
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Londos, con el fin de batir desde el exterior a los sitiadores de Mesolongui, había traído bastantes fuerzas desde Vostitsa a Trizonia y avanzó hasta Gavalú pero, debido a las rencillas y rivalidades entonces imperantes entre los jefes guerrilleros de aquella zona, volvió sin hacer nada al Peloponeso y entró en Mesolongui desde allí.
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El desconocido de entonces fue conocido después: era un vecino de Ioánnina llamado Yannis Gúnaris, que iba con Vryonis como cazador y solía cazarle aves marítimas en los límites de la laguna sin levantar sospechas. Vryonis supo que había sido él quien desveló el secreto, pero no pudo prenderlo porque, después del fiasco de los turcos, se quedó en Mesolongui aterrorizado; a su vuelta a Arta, el pashá degolló a su mujer y a sus hijos, por la obstinada exigencia de los que le habían seguido en la expedición y habían sufrido las consecuencias. El hombre en cuestión, tras la muerte de sus seres queridos, se hizo monje y con las limosnas de los cristianos restauró la iglesia de Madre de Dios Misericordiosa en Klisura, localidad entre Mesolongui y Vrachori, y allí acabó sus días dando agua a los viandantes y procurándose lo imprescindible para vivir con las pequeñas dádivas de aquellos.
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Memorias de los protagonistas del 1821