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DIONÍSIOS SURMELÍS
Crónica de Atenas durante la guerra de liberación Introducción, traducción y notas de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada


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5 ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821
DIONÍSIOS SURMELÍS
Crónica de Atenas durante la guerra de liberación Desde la insurrección hasta la restauración nacional


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ΜΕΜΟRIAS DE LOS PROTAGONISTAS DEL 1821
DIONÍSIOS SURMELÍS
Crónica de Atenas durante la guerra de liberación Desde la insurrección hasta la restauración nacional Introducción, traducción y notas de Manuel Acosta Esteban
Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas Granada 2021
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Memorias de los protagonistas del 1821 Directora de Serie Panagiota Papadopoulou Comité Científico Georges Contogeorgis, Dimitrios Drosos, Ioannis K. Hassiotis, Evanthis Hatzivassiliou, Christina Koulouri, Moschos Morfakidis Filactós, Encarnación Motos Guirao, Despoina Papadimitriou
DATOS DE PUBLICACIÓN Dionysios Surmelís: Crónica de Atenas durante la Guerra de Liberación.
Desde la Insurrección hasta la Restauración Nacional.
Introducción, traducción y notas de Manuel Acosta Esteban No de la serie: 5 pp.: 284 1. Historia de Grecia moderna. 2. Fuentes de la historia de Grecia moderna.
© Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas © Grupo de Investigación “Estudios de la Civilización Griega Medieval y Moderna” HUM728 © Manuel Acosta Esteban Maquetación: Jorge Lemus Pérez Ilustración de la portada: La batalla de Atenas, Christian Johann Georg Perlberg (1806-1884) Contraportada: Detalle extraido de Grecia en las ruinas de Mesolongui de Eugène Delacroix Granada 2021 ISBN: 978-84-18948-01-5
Χορηγοί έκδοσης / Edición patrocinada por: Βουλή των Ελλήνων / Parlamento de Grecia Επιτροπή Ελλάδα 2021 / Comité Grecia 2021
Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra sin la preceptiva autorización.


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Para mis hijos Héctor y Delia, que me han hecho abuelo por partida quíntuple.


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ÍNDICE INTRODUCCIÓN .............................................................................................. 13
El autor ................................................................................................. 13 La obra .................................................................................................. 15 La crónica de Atenas ............................................................................ 17 Lengua y estilo ..................................................................................... 23 Breve idea sobre el curso de la guerra ............................................... 26 Nuestra traducción .............................................................................. 35 Bibliografía ........................................................................................... 37
Traducción
Prólogo a la 1ª edición ......................................................................... 43 Prólogo a la 2ª edición ......................................................................... 45 Libro primero ....................................................................................... 49
Capítulo I ................................................................................... 49 Capítulo II ................................................................................. 61 Capítulo III ................................................................................ 65 Capítulo IV ................................................................................ 67 Capítulo V .................................................................................. 71 Capítulo VI ................................................................................ 75
Libro segundo ....................................................................................... 81 Capítulo I ................................................................................... 81 Capítulo II ................................................................................. 85 Capítulo III ................................................................................ 89
Capítulo IV .............................................................................. 101 Capítulo V ................................................................................ 109 11


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Capítulo VI .............................................................................. 117 Capítulo VII ............................................................................. 127 Capítulo VIII ............................................................................. 133
Capítulo IX ............................................................................... 147 Capítulo X ................................................................................ 155 Capítulo XI .............................................................................. 161
Libro tercero ...................................................................................... 165 Capítulo I ................................................................................. 165 Capítulo II ............................................................................... 173 Capítulo III .............................................................................. 177 Capítulo IV .............................................................................. 183 Capítulo V ................................................................................ 187 Capítulo VI .............................................................................. 191 Capítulo VII ............................................................................. 199 Capítulo VIII ............................................................................ 205 Capítulo IX .............................................................................. 215 Capítulo X ................................................................................ 229
Libro cuarto ....................................................................................... 249 Capítulo I ................................................................................ 249 Capítulo II ............................................................................... 263 Capítulo III .............................................................................. 277
A la manera de Kavafis ................................................................................... 283
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INTRODUCCIÓN
Entre las versiones que de la Epanástasis nos han dejado quienes la vivieron, historiándola en todo o en parte, brilla con luz peculiar esta Crónica de Atenas (Ἱστορία τῶν Ἀθηνῶν), pues ha gozado del privilegio de ser reeditada en nuestros días con cierta frecuencia. Ello se debe en parte al peso de la ciudad protagonista, inmenso por su pasado histórico y no pequeño dentro del hecho contemporáneo en que se encuadra el tema; y sobre todo a que su elección como capital de la nación, cuyas solemnidades se reseñan en los últimos párrafos, la ha convertido desde entonces en una megaurbe con millones de habitantes ávidos de reafirmación y autoestima y, por lo tanto, potenciales lectores de esta obra, en que se exaltan las hazañas de los héroes locales y no tan locales que lucharon por ella en la gesta nacional por excelencia; aunque suponemos que alguna influencia tendrá también el recuento de los hechos en el estilo altisonante típicamente decimonónico del autor, este genuino ateniense (no podía decir lo mismo en su tiempo, como ahora, la mitad de los griegos de Grecia) que no sólo consagró su quehacer literario a su patria entonces chica, sino que en ella desarrolló toda su actividad, centrada en tareas administrativas y didácticas.
El autor
Escaso agradecimiento mostró el terruño a la dedicación de su vástago llamado Dionysios Surmelís, a juzgar por lo poco que se sabe oficialmente de su persona; menos mal que él no tuvo reparo en consignar sus aportaciones en pro de la causa, que le valieron el título de “combatiente del 21”, si bien más que bélicas fueron oratorias y administrativas. Recurriendo, pues, a sus propios datos, para saber sobre su nacimiento y temprana juventud tenemos que ir al capítulo III del libro segundo donde, tras presentarse a la manera tucidídea o jenofontea (hablando de sí mismo en 3ª persona), inserta un discurso que “dio a conocer” (ἐκοινοποίησεν) a sus conciudadanos y mereció el elogio de Theódoros Negris, gobernador de Grecia Oriental por entonces (octubre de 1822); según especifica más adelante en nota marginal, contaba en aquel momento 24 años de edad, de lo cual deducimos que nació en 1798; en la presentación 13


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del mismo declara retóricamente que “ha vuelto a Atenas, su tierra natal, desde Constantinopla”; ya en el cuerpo del discurso dice: “…han pasado cuatro años y seis meses desde que salí de mi amada patria hasta que volví a su regazo.” En estas confesiones declara la trayectoria que solían seguir para su formación los jóvenes retoños de familias más o menos pudientes: marchaban a cursar estudios superiores a una universidad europea o a la capital del Imperio; en ésta, en efecto, había desde el tiempo de la Caída un numeroso e influyente lobby griego que constituía la clase de los llamados fanariotas y conservaba su cultura, sus tradiciones y sus instituciones educativas propias, además de ciertos privilegios; gracias a esa formación, nuestro autor ha sido designado para pronunciar la loa de su recién liberada ciudad, que transcribe a continuación y que no es nada extraño sea elogiada por otro fanariota como Negris.
Formación que le acredita para ser nombrado profesor de la escuela pública fundada según bando de 29 de febrero de 1824 (capítulo VI del libro segundo). Pero la guerra perturba y finalmente interrumpe la labor educativa del establecimiento, donde se impartían, entre otras, clases de lenguas griega e italiana.
Vuelve a automencionarse en nota al pie al capítulo I del libro tercero.
Estamos en junio de 1826 y, ante la invasión del Ática por Kütahi, los no combatientes han sido enviados a Egina y Salamina y el resto se dispone a resistir. Nuestro autor figura entonces como secretario del Consejo de Notables, que se mantuvo firme en su puesto como era de esperar, y en calidad de tal sufrió la toma de Atenas y el encierro en la Acrópolis hasta su capitulación, en la ocasión en que ésta sirvió por última vez como fortaleza, durante el asedio a que la sometió el serasquier (agosto de 1826 a mayo de 1827). No se automenciona, pero da a entender claramente que es de su autoría, ya que atribuye la redacción al secretario público, la “réplica digna del genio griego en respuesta a un enemigo” que cierra el cap. IX del libro tercero; en efecto, con un tono y unas sentencias que bien podrían haber suscrito Pelópidas o Leónidas, rechaza la propuesta de capitulación firmada presuntamente por Drakos, caído en poder del enemigo tras la decisiva derrota de Análatos.
Y, ya por última vez en su relato, teniendo en mente por supuesto el célebre discurso de Pericles en el libro II de Tucídides, hace nueva gala de sus dotes oratorias como autor del logos epitafios en honor de los caídos por Atenas durante el mencionado asedio, en el acto que se celebró en Egina el 6 de noviembre de 1827, y que transcribe a pesar de que había sido publicado independientemente (Vd. el siguiente epígrafe).
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De su vida posterior apenas se tienen datos, salvo por tres noticias relacionadas con sus aptitudes administrativas y culturales, y con su dedicación a su ciudad natal: en 1835 fue nombrado notario de Atenas (Εφημερίς της κυβερνήσεως, Αριθ. 4, εν Αθήναις, 26 Φεβρουαρίου 1835, Διορισμοί ‘Nombramientos’, pág. 40). El cargo (συμβολαιογράφος) no corresponde exactamente al existente en nuestro país. En 1857 figura como propietario de una escuela privada en Atenas, y dos años más tarde como miembro de la Asociación Arqueológica de dicha ciudad (Αιών, αρ. φύλ. 1740, σελ. 4, 18/06/1859).
La obra
Como los atidógrafos de la Antigüedad, Dionysios Surmelís consagra su producción literaria íntegramente a Atenas, y más concretamente al hecho crucial en la vida de la mayoría de sus compatriotas de la época, la lucha por la independencia. Consta de cuatro obras que, en realidad, se pueden reducir a tres:
- A los caídos por la patria en el asedio de Atenas, dentro de la ciudad y de la fortaleza, en el año de 1826. Se trata del logos epitafios al que nos hemos referido en el epígrafe anterior, pronunciado en la ceremonia del 6 de noviembre de 1827 en Egina, donde se hallaba refugiado el grueso de la población de Atenas; fue editado en dicha isla en 1828, pero sólo se conserva porque el autor, con criterio acertado, tuvo el impudor de insertarlo en la Crónica que estamos estudiando (libro cuarto, cap. I), al igual que hizo con su otro panegírico, el que nos descubría aspectos de su juventud (este no consta que fuera editado independientemente). Ambas piezas epidícticas son las únicas del género oratorio que incorpora en su obra histórica, y su objetivo no es, como en Tucídides, la exposición del punto de vista de las fuerzas en conflicto, sino la del suyo propio. En ese sentido son importantes, porque explicitan sin tapujos dicha postura.
- Crónica de Atenas durante la Guerra de Liberación. Desde la Insurrección hasta la Restauración Nacional. La situamos aquí por el orden cronológico, ya que su primera edición es de 1834, pero la estudiaremos con el detalle que reclama nuestra traducción, en un apartado exclusivo. Por ahora, sólo apuntar que es el núcleo esencial de la producción del autor, que incluye la anterior y del cual parten o en torno al cual giran las otras dos obras.
- Visión sinóptica de la ciudad de Atenas desde su caída en poder de Roma hasta el fin de la Turcocracia. Editorial de A. Anguelidos. Atenas, 1842. Se reeditó en 1846. Hay edición moderna: Καραβίας Δίων, 2002. El punto de vista 15


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de Surmelís sobre el alcance de la contienda, desarrollado en los discursos de su autoría que hemos comentado, era que la gesta de la Insurrección es más meritoria que las hazañas de los gloriosos antepasados porque éstos eran libres, luchaban en defensa de sus libertades y sabían hacerlo, pues habían sido educados para ello; en cambio, los griegos de la Edad Contemporánea nacieron esclavos y habían crecido como tales durante generaciones, por lo cual tuvieron que aprender a ser libres y luchar por ello. Así, después de la 1ª edición de la obra que nos ocupa, consideró necesario remontarse en la historia de su protagonista hasta el momento en que perdió la libertad, que sitúa en la ocupación de Sila. Divide el devenir de la ciudad en tres capítulos: Antigüedad (esplendor), Edad Media (decadencia) y Edad Moderna (caída y regeneración). En la reedición añade un apéndice o capítulo IV para refutar las teorías no continuistas de Pouqueville, que afirmaba que la población griega originaria había sido sustituida por el componente albanés, y sobre todo de Falmerayer (“Ni una gota de sangre helénica corre por las venas de los griegos de hoy”), para el cual era predominantemente de raza eslava.
- El Ática o Sobre los demos del Ática y, entre ellos, algunas partes de la ciudad. Editorial de Aléxandros Garpolás. Atenas, 1854. Otro de los empeños de Surmelís tiene que ver con el prurito nacionalista de purgar toda impureza heredada del largo dominio extranjero, e incorporar las grandezas pasadas.
Así, se rehízo gran parte del léxico con términos castizos y se abandonaron hábitos importados. A uno de ellos se refiere Surmelís al final de su introducción a la 2ª edición de nuestra Crónica: el de hacer preceder el turquismo Chatzí (abreviado en Ch.) al nombre o apellido de quien había visitado los Santos Lugares, como se les anteponía a los musulmanes que habían cumplido el precepto de peregrinar a La Meca; y es precisamente después de declarar que “ha abandonado esa y otras costumbres bárbaras”, cuando anuncia que ahora agrega “notas descriptivas de la comarca e informes sobre determinadas aldeas y pueblos del Ática, cuyas revelaciones son muy bienvenidas por los estudiosos de estas cosas”. Finalmente decidió consignar el resultado de sus investigaciones en esta flamante obra independiente, que vio la luz un año después que la 2ª edición de la Crónica y que intentaba regenerar el nomenclátor regional, del mismo modo que a muchas ciudades se les despojó del nombre que habían adquirido durante la infausta decadencia y volvió a llamárseles como en la Antigüedad; en el Ática –la región de Atenas, territorio de la polis desde los inicios y, por lo tanto, objeto también del interés de nuestro erudito local– la tarea estaba inconclusa: faltaban por localizar 16


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en el mapa, e identificar con los parajes y núcleos de población de ahora, muchas de las unidades administrativas mínimas de los tiempos de Solón y Pisístrato, y de la reforma de Clístenes: los llamados demos. Eran además históricamente relevantes, entre otras cosas porque no pocos nos han llegado asociados a personajes ilustres, ya que formaban parte del “apellido” de los atenienses. La localización de estos demos en el territorio de la región actual y su identificación correcta, para cambiarles el nombre adquirido por el antiguo, tenía pues su importancia. Por desgracia, y ello hay que achacarlo no sólo a él sino también al estado de los conocimientos decimonónicos, no siempre acierta el investigador; aunque su labor ha hecho que ciertos lugares actuales se adornen con nombres que ni histórica ni etimológicamente tienen que ver con la nueva denominación.
La Crónica de Atenas La Ἱστορία τῶν Ἀθηνῶν κατὰ τὸν ὑπὲρ ἐλευθερίας αγῶνα, que llamaremos Crónica en vez de Historia por su alcance puramente local, fue editada en 1834 en Egina, en las prensas de Andreas Koromilás, el mayor de los siete hijos del personaje cuyo suplicio a manos del turco se describe en el capítulo II del libro tercero (pág. 173; personaje, por cierto, con el que se incumple la norma de apearle el Chatzí). El mismo Surmelís lo comunica en nota al pie en el capítulo correspondiente en la primera edición, observación que suprime en la reedición de 1853 en Atenas, quizá porque ésta se debe a otras prensas, las de A. Anguelidos. Esta segunda edición, muy corregida y bastante aumentada, es la última en vida del autor, por lo que se supone la versión definitiva y, por tanto, la que seguimos en nuestra traducción. Las correcciones afectan a pequeños detalles como el que acabamos de comentar: ciertas supresiones, y también incorporaciones al texto principal de lo que eran notas marginales en la primera. En cuanto a los añadidos, aparte de pequeñas adiciones de personajes o hechos concretos, los más extensos se concentran en tres secciones: 1ª El capítulo VIII del libro segundo presenta en corto espacio todo un compendio de las variadas modificaciones a la 1ª edición. En primer lugar, incorpora al texto las primeras cartas cruzadas entre el jefe de guerrillas Odiseo Andritzos y los notables de Atenas, las cuales iban en una nota al pie en la anterior redacción; a continuación, en una muestra de su interés ya señalado por identificar los lugares de la Antigüedad, pero también para glorificar a los 17


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Kunduriotis, vuelve a incorporar al texto una extensa digresión sobre la localidad de Kúndura y la familia mencionada, lo que igualmente era una nota en la primitiva edición; resumiéndolo en pocas palabras, elimina un bando de Guras de fecha 18 de marzo de 1825 dirigido a la población de Beocia y Eubea en su recién adquirida calidad de capitán general de la región, bando en el que justificaba su actuación en la zona y advertía de las maquinaciones del mencionado Odiseo (se señala en la nota correspondiente); suprime igualmente una carta de Guras al hermano de éste para atraerlo a su facción, y no la resume ni menciona en absoluto; y al final del capítulo, incorpora al texto lo que era una extensa nota sobre la ejecución del bandolero, disfrazada de intento de fuga fallido, y remata con un retrato post mortem (al modo clásico de Tucídides o Jenofonte) del taimado hoplarchigós y sus fechorías, con especial atención a los asesinatos de Nutzos y Balaskas, enviados por el ejecutivo a detenerle –caso muy sonado en la época–, y añadiendo la que define en el prólogo como “la más impía de sus maldades, omitida voluntariamente” en la 1ª edición: el suplicio infligido a Ilías Paspalis. Como se ve, gran parte de estos añadidos tiene por protagonista a Andritzos, y como objeto desmentir la opinión favorable al mismo del “trabajo” de Karpos Papadópulos mencionado en dicho prólogo, en defensa del que fuera su jefe.
2º La novedad más llamativa es una descomunal nota al margen entre el tercero y cuarto libros, que en la anterior edición formaban uno solo (libro en el sentido antiguo, de la extensión de un rollo de papiro). Se trata de una prolija refutación del trabajo del filólogo Heinrich Nicolaus Ulrichs (18071843): Topografía de los puertos de Atenas, muy en su línea de investigación sobre los antiguos lugares del Ática. Hemos desistido de incluirla en virtud de su desmedida extensión y su nula relación con el contenido esencial de la obra, sustituyéndola por una nota al pie en que se explicita.
3º En el nuevo libro cuarto hay otras adiciones que resumimos con brevedad: en el capítulo II, una refutación a los pasajes referidos al Ática en el tomo I de la por entonces recién editada obra de I. R. Rangavís titulada Lo griego (Τὰ Ἑλληνικά); más adelante, en el mismo capítulo, introduce a manera de retrato post obitum los, a su juicio, tres grandes errores de Kapodistrias como gobernador del nuevo Estado, sin dejar de reconocer las decisivas contribuciones de su gestión (pero sin citarlas). Es una de las escasas salidas del estrecho ámbito de Atenas, una incursión en la política general. Y cierra la obra con el último añadido, una suerte de pieza oratoria, un aleccionamiento 18


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dirigido A los descendientes de los griegos de hoy, en el que exhorta a la posteridad helénica a no olvidar en el futuro la penosa obtención de la libertad, y a perpetuar la memoria de quienes más colaboraron en ella, no necesariamente en el campo de batalla, según el caso; dentro del espíritu de depuración que lo anima –participando en una corriente general de su época– y coincidiendo en parte con los iconoclastas líderes de la Revolución Francesa, aboga por una estrafalaria “deslatinización” del calendario, sustituyendo los nombres de los meses por otros más helénicos; y pone el broche de oro con una especie de declaración política a favor de los valores fundamentales del joven Estado: libertad, religión y monarquía.
En cuanto al tema, la Crónica es una glorificación de la intervención de Atenas en el conflicto, como demuestran los apéndices al final (no incluidos en la traducción): una relación de las familias atenienses que se adhirieron a la rebelión (entre las que figura la suya, como es natural), otra de los atenienses caídos por la patria antes del asedio de Kütahi, otra de caídos durante el mismo (dividida en tres grupos: atenienses, no atenienses y filohelenos), e incluso una última de clérigos que también colaboraron en la gesta.
Editada en un tiempo récord desde la terminación de la contienda, sólo superada en este aspecto por la History of the Greek Revolution (1832) de Thomas Gordon –al cual Surmelís no se refiere como a historiador y sí como a combatiente filoheleno, y cuya lengua es posible que no conociera–, la Crónica de Atenas es prácticamente la primera de las obras de entidad sobre la Epanástasis. Es más, en el prólogo a esa editio princeps añade como en apunte apresurado que acaba de leer la obra de Enián sobre Karaiskakis “mucho después de dejar yo en la imprenta el manuscrito”. Con esto queremos decir que es prácticamente la primera, la que establece el modelo, y no está influida por ninguna otra de las que posteriormente se redactaron en griego. En este aspecto, la segunda edición no añade nada que se deba a otros, salvo las refutaciones ya comentadas a Karpos Papadópulos, acerca de la calaña de Odiseo Andritzos. No obstante, el estilo de nuestro profesor está influido por los tratados eruditos de su época y participa de rasgos comunes con otros escritos sobre el mismo tema, como veremos a continuación. Podemos clasificar los rasgos que definen a esta monografía de la siguiente forma: 1. Limitación desde el punto de vista de Atenas. Él mismo lo declara en el único párrafo donde habla de su método histórico: “…no he querido salirme de los límites del Ática y de los hechos ocurridos en Atenas, salvo en aquellos 19


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casos que ligan el Ática con las generalidades de la Insurrección.” (Prólogo a la 2ª edición). Es curioso que atribuya esta limitación a su metodología de investigación y no a un deliberado propósito dictado por su origen e inclinaciones. No obstante, se delata a sí mismo en otros pasajes, como el ya comentado sobre la vuelta “a su amada tierra natal”, o en cierto orgullo claramente detectable. El hecho de ceñirse a un lugar más o menos extenso lo asemeja a algunos de sus colegas, especialmente los que escribieron historias locales o regionales, como Perevós (Ἱστορία τῆς Πάργας, Ἱστορία τοῦ Σουλλίου) y no tan locales, como los escritores del Peloponeso, entre ellos el Protosýnguelos Frantzís con su Epítome, que se refiere sólo a dicha península. Pero también se puede decir que tiene algo de memorias, y en eso se asemeja a Kolokotronis, Makrygiannis y otra vez Perevós, que las titulan así (Ἀπομνημονεύματα) o Kasomulis (Ἐνθυμήματα). No faltan los secretarios de personajes destacados en la lid, como Dimitrios Enián y Ioannis Filimon, que estuvieron al servicio de Dimitrios Hypsilandis y de Karaiskakis, respectivamente; quizá podríamos encuadrar a Surmelís en este grupo, ya que desempeñó el cargo oficialmente para el Consejo de Notables de Atenas durante casi toda la guerra; tienen en común entre sí estos secretarios una sólida educación –a nuestro autor se la reconoce en sus Memorias Makrygiannis, que por otro lado le reprocha connivencias con los notables–, ya que se exigía facilidad de expresión para redactar los documentos; y también que adoptan un punto de vista necesariamente limitado, ya que han vivido los hechos desde su propio prisma. Es el caso asimismo de (Poly)Karpos Papadópulos, que no fue secretario, pero sí estuvo como militar a las órdenes de Odiseo Andritzos y del coronel Fabvier, en defensa de los cuales polemiza con Surmelís. Por último, tiene muchas coincidencias, tanto en estilo como en puntos de vista, con Spyridon Trikupis, orador y hombre culto como él, aunque político y diplomático a un nivel muy superior, cuya monumental obra Historia de la Insurrección Griega se editó por primera vez entre 1853 y 1857, y suele tomar a nuestro autor como fuente cuando se centra en Atenas.
2. Método historiográfico. En el pasaje citado sobre su método de investigación Surmelís no menciona a Tucídides, pero se ve claro que coincide con sus planteamientos. Como el historiador ateniense de la Antigüedad, relata en su mayor parte hechos que presenció como αὐτοπτής, ‘testigo presencial’ (por eso restringe su escenario a Atenas), y para confirmar su primera impresión, pregunta a testigos presenciales como él, pero aquí tropieza con un escollo insalvable: la parcialidad e inclinaciones hacen que no digan lo 20


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mismo de los mismos hechos. Así, pues, prefiere prescindir de esa fuente de información, y recurrir en su lugar a un examen minucioso de sus datos. Lo mismo hizo Tucídides con los documentos, pero en nuestra época contemporánea son más numerosos y fiables; así pues, aporta no sólo copia literal de acuerdos y capitulaciones, sino también artículos periodísticos y (aquí se delata el secretario y notario que fue) documentos oficiales, informes (destacan por su amplitud y extensión los de Guras al gobierno), actas, reglamentos (cf. los de la escuela alelodidáctica), y también cartas o misivas de los protagonistas, donde por mor de la literalidad conserva el estilo inculto, o el desaliñado del extranjero que no domina bien la lengua. Incluso nos muestra todo el proceso de dimes y diretes y de regateos que sufrieron las negociaciones sobre la capitulación de la Acrópolis, notándose que él fue uno de los responsables de las distintas redacciones que iba adoptando el texto y, con bastante seguridad, el autor del resultado final.
3. Preocupación arqueológica: Ya hemos dicho que esta afición a localizar los parajes de la Antigüedad e identificarlos con los lugares de ahora cristalizó en su obra sobre los demos, publicada un año después de la 2ª edición de la que nos ocupa. Lo cual no obsta para que en esta última, como curiosidad pero con el orgullo de un ateniense de pro y también con la presunción del descubrimiento de un tesoro, cuando nombra un paraje o localidad explica su pasado y cómo ha llegado hasta aquí en nota liminar, alguna vez de tamaño desmedido; en especial la que hemos comentado sobre los puertos de Atenas, insertada en la 2ª edición entre el libro segundo y el tercero, en respuesta a las conclusiones de Ulrichs. También hemos dicho que muchas de sus especulaciones en este terreno están muy lejos de dar en el blanco. Dentro de este apartado habría que incluir su pasión hacia lo que en la actualidad se entiende específicamente como arqueología, o sea, el descubrimiento y restauración de los vestigios de la Antigüedad, lo que le hizo figurar como miembro de la Asociación Arqueológica de su ciudad. Dentro de la obra, esta inclinación se manifiesta en su preocupación por la suerte que puede correr el conjunto monumental de la Acrópolis; por eso no escatima elogios al ingeniero de minas Konstas Chormovitis que, además de otras muchas meritorias acciones en el terreno de la ingeniería militar, salvó al recinto de su destrucción contraponiendo un sistema de galerías que descargaron hacia el exterior la gigantesca explosión del enemigo (vd. capítulo VI del libro tercero); y reconoce a Fabvier el mérito de haber salvado a su vez la Acrópolis con su insistencia en capitular, en vez de destruirla antes de que cayera en 21


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manos del bárbaro (también lo alabaron las mujeres por salvar las vidas de los sitiados).
4. Adscripción política: nuestro autor es amante del orden y de la disciplina, y por lo tanto se aferra al gobierno legalmente constituido, dominado por los armadores de las islas navieras; por eso su figura señera es Guras, al que dicho legislativo llamó en su ayuda para reprimir la rebelión de los militares, lo que se conoce con el nombre, un poco desorbitado, de 2ª guerra civil; después siguió colaborando y otro de sus servicios, además de imponer entre los levantiscos guerrilleros de Grecia Oriental una difícil disciplina, fue acabar con la amenaza de Odiseo Andritzos, que solo se representa a sí mismo, pero era muy capaz de pasarse al enemigo común para mantener su supremacía.
De ahí que a Surmelís lo critiquen algunos como Makrygiannis, que en sus Ἀπομνημονεύματα lo sitúa con razón en la facción de Kolettis, o como Karpos Papadópulos, que sirvió a las órdenes del propio Odiseo y en los regulares de Fabvier; en cuanto a este filoheleno galo, es una figura con muchas contradicciones: lo considera un militar capaz de los mayores éxitos debido a su audacia y temeridad, pero también de los mayores fracasos debido a su carácter irreflexivo (cf. la entrada en la Acrópolis con su batallón cargado de pólvora y su fracaso en la campaña de Eubea, respectivamente); y por otra parte, le atribuye el mérito enorme que hemos expuesto en el punto anterior.
5. Preocupación por los temas de la educación y la enseñanza: Como buen profesor y estudioso, nuestro hombre cree firmemente en las virtudes de la formación y la enseñanza, de las cuales por cierto no hay que excluir al sexo femenino; por lo tanto, no tiene reparo en tratarlas como objeto de la Historia y en dedicar páginas y páginas al funcionamiento de las escuelas que se inauguraron en Atenas en el interregno de paz entre la segunda y tercera poliorquía, así como de la ayuda americana para la apertura de nuevas instituciones una vez acabada la contienda. Una sólida formación es lo único capaz de elevar al individuo desde la depravación más abyecta hasta la más completa humanidad, y lo ejemplariza en personajes como Mavrovuniotis, cuya trayectoria nos expone en extensa nota en el capítulo VIII del libro tercero; y sobre todo Ioannis Guras, el auténtico protagonista de nuestra Historia, que de perverso lugarteniente del malhadado Odiseo se convirtió, no sin recaídas, en un ciudadano digno y responsable. Como él mismo, Guras se hizo partidario de una monarquía autoritaria que impusiera un poco de orden en el anárquico país, y de un ejército regular que terminara con las bandas de 22


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guerrilleros enfrentadas entre sí, y cuyos componentes sólo obedecían a su cabecilla. Lástima que muriera tan pronto, en una acción digna del final de la novela Sin novedad en el frente.
Lengua y estilo
En el siglo XIX había dos tendencias principales en el uso de la lengua griega con fines literarios. Mientras que los σοφώτατοι (intelectuales o eruditos, diríamos hoy) eran extremadamente puristas, empleando la llamada katharévusa, un griego que no difería ni lo más mínimo de la antigua κοινή, el pueblo se expresaba en la modalidad dimotikí, es decir, un idioma evolucionado morfosintácticamente y plagado de barbarismos (principalmente eslavismos, turquismos e italianismos), incrustados durante las épocas medieval y moderna. Frente a estas dos tendencias se va imponiendo para los escritos científicos y humanísticos, por influencia del ilustrado educador Adamandios Korais (1748-1833), lo que define como lengua intermedia, es decir, una jerga culta próxima a la katharévusa pero flexibilizando las flexiones (valga la redundancia) y la sintaxis, de modo que se acerque más a la modalidad hablada por el pueblo. Este estilo intermedio es el que emplea nuestro autor.
Se trata en esencia de una katharévusa que sólo hace la concesión de sustituir el infinitivo por el giro moderno de νά + subjuntivo, y el futuro sintético por la perífrasis θέλω νά, y no fundida en el invariable θά (que sí aparece raras veces, en documentos transcritos literalmente); este es un rasgo verdaderamente intermedio, que en Surmelís parece que va fluctuando: encontramos los dos elementos conjugados en la persona del sujeto (raras veces: ej., θέλεις βεβαιωθῆς –¿Indica solecismo? Está en una de las cartas de Odiseo Andritzos–), pero también el auxiliar invariable en 3ª persona del singular (θέλει –o ἤθελε para el potencial–) y el principal en la persona del sujeto (ej., ἤθελε δυνηθῶσι, θέλει ευφραίνεσθε, θέλει είμεσθα, etc.), pero también θέλω conjugado y el principal invariable en la forma fosilizada del perdido infinitivo (lo más frecuente, cf. θέλομεν ζήσῃ, θέλετε κατοικήσῃ, θέλουν μένῃ, etc.). Del sistema verbal han desaparecido el infinitivo y el optativo, pero no el participio, que se emplea profusamente en todas sus funciones clásicas: apositiva, objetiva, sustantivada y en el genitivo absoluto; el actual gerundio invariable es objeto de un soberano menosprecio.
Por lo demás, coincide con la lengua griega actual en la pérdida del dativo, que sólo se conserva en expresiones semifosilizadas, especialmente con el complemento de lugar en donde, como por ejemplo ἐν Κορίνθῳ, ἐν Αθήναις, 23


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ἐν Ἐλευσῖνι, etc. Por lo general, “en” se expresa en ac. regido por εἰς, sin evolucionar a la forma moderna de crasis con el artículo (στόν, στήν, etc.).
En cuanto al vocabulario, nuestro autor es extremadamente purista: evita concienzudamente los términos extranjeros y, cuando los usa por necesidad o porque figuran en la fuente que está manejando, los traduce a continuación entre paréntesis. Siguiendo las normas de la historiografía bizantina, salvo en los inevitables términos que la evolución técnica ha hecho aparecer, como τουφέκι ‘fusil’ o κανόνι ‘cañón’, se maneja rematadamente bien con el arsenal de vocablos antiguos, que se adaptan de maravilla a las realidades contemporáneas.
En el terreno de la fonética prefiere la combinación τζ en lugar de τσ e introduce geminaciones expresivas sobre todo en los nombres propios, como Λέκκας, Τρίκκαλα, Κρικκούκης, etc. En los onomásticos emplea versiones poco comunes, que hemos respetado al transcribirlas: Μακρογιάννης (pero tb. la canónica Μακρυγιάννης), Μεμούρης por Μαμούρης, Γάντζος por Γάτσος (con una ni epentética, lo mismo que en el hipocorístico Konstas), Κουτζουμάδι por Κουτσομάδι, Balaskas por Palaskas… Es curioso que el apellido del célebre Odiseo sea para él Andritzos en vez de Andrutsos. En cuanto a Kriziotis, se lleva la palma, pues aparece de tres formas distintas: además de la dicha, Kreziotis y –la más frecuente y más difícil de pronunciar– Krieziotis.
Y eso nos lleva al espinoso tema de la transcripción de topónimos y onomásticos griegos, objeto de enconadas polémicas. Siguiendo el procedimiento vigente, que expuso el Dr. Bádenas en el artículo ya clásico que figura en la bibliografía, “toda la toponimia y onomástica que sigue siendo común se transcribe según las normas para el tratamiento del griego antiguo”, es decir, las establecidas por el Dr. Fernández Galiano en La transcripción castellana de los nombres propios griegos, hoy comúnmente aceptadas. De ahí que se mantengan los topónimos con larga tradición en nuestra lengua, como por ejemplo Atenas, el Pireo, Egina, Ítaca etc., en vez de Athina, Pireás, Éyina, Ithaki… (difícilmente reconocibles con esa grafía actual). A este apartado pertenecerían en la onomástica los raros aunque destacados casos de personajes a los que, por un prurito de patriotismo, se les impuso en la pila bautismal el nombre de un personaje de la Antigüedad, como un tal Temístocles Zógrafos, que transcrito a la moderna sería Themistoklís; lo mismo ocurrió con el mencionado bandido Andritzos, llamado Odiseo por la circunstancia de haber nacido en Ítaca, pero aquí lo que sustenta decisivamente mi empeño en llamarlo así y no Odyseas es que el autor lo flexiona según los temas 24


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de la 3ª en –ευ-; otros cambiaron su apellido por el gentilicio de su ciudad o isla natal, o por el de los reales o supuestos habitantes antiguos (Vd. infra nota 1); no merecería la pena citarlos si no fuera porque así lo hizo un personaje destacado, discípulo y continuador de Rigas, luego activo luchador en la guerra y posteriormente escritor de la misma, que se puso como apellido el nombre de una antigua tribu de su región, Pieria; pero en su caso hemos preferido la forma consagrada, Perevós, pues si lo transcribimos a la antigua daría el aberrante Perrebo.
En cuanto a los topónimos y onomásticos contemporáneos, es obligado que nos atengamos en general a las normas de transcripción propuestas por el Centro de Estudios Bizantinos y Neogriegos que edita esta obra; si bien, puestos de acuerdo con su director, D. Moschos Morfakidis, por razones de estética o por aproximación al aspecto que presentan las palabras en las lenguas de nuestro entorno para facilitar así su búsqueda cuando se precise información, junto con las que añadimos para cada elección, las infringimos en los siguientes casos: - Transcribimos el espíritu áspero –que no suena por la psilosis y ha terminado por ser desterrado de la escritura en la última reforma ortográfica– por h, que tampoco suena en español, pero es obligatoria en la ortografía como fósil de un proceso evolutivo. Así respetamos de paso el esfuerzo de Surmelís por conservarlo.
- Transcribimos la ýpsilon como y, porque es un grafema muy griego como su propio nombre indica –a pesar de las normas de la R.A.E. lo seguimos llamando como antes–, y porque así corregimos un poco el gorjeante iotacismo de una trascripción con escaso respeto por la etimología.
- Transcribimos las antiguas aspiradas, salvo la fi que transcribimos por f, como las transcribió el latín y las siguen transcribiendo el francés y el inglés: th y ch. Aun con el inconveniente de representar dos grafemas simples en la lengua de partida por dos dobles grafías en la de llegada, y a pesar de que deben ser leídas como z y j respectivamente, nos parece aberrante teniendo en cuenta su origen representar ambos signos gráficos como suenan, y más aún si se recurre a los dobletes z/c (ante e, i) y j/g (ante e, i), como propugnan ciertos sistemas muy ajustados a nuestra peculiar ortografía.
En cuanto al estilo, nuestro autor adolece de un tono declamatorio típico de su condición de orador, si bien es tendencia general decimonónica y, en especial, de la época de exaltación nacionalista que le tocó vivir en su país. Un 25


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rasgo muy propio es el constante empleo del presente histórico, cuya función suele ser actualizar el pasado, pero también dar un toque épico y solemne.
Ni que decir tiene que lo hemos respetado siempre que en nuestra lengua no rompa la continuidad de la línea narrativa.
Breve idea sobre el curso de la guerra Dado que nuestro historiador sólo se refiere a Atenas, dando por sabidos hechos del conflicto en el que se enmarca pero no tan conocidos para nosotros como para su público, conviene dar una información a grandes rasgos.
Situación política de los Balcanes al comienzo del conflicto.- Tras el avance incontenible de los turcos a lo largo de la Edad Moderna, a principios del siglo XIX el Imperio Otomano, también llamado la (Sublime) Puerta –metonimia que designa al gobierno del imperio otomano; la Puerta en cuestión es la que daba acceso a las dependencias de dicho gobierno, en Constantinopla– empezaba a ser “el enfermo de Europa” en beneficio de Austria y Rusia, pero aún dominaba gran parte del Sudoeste del continente, incluyendo Grecia, Creta y las islas del Egeo tras dura pugna con Venecia, mientras que las islas del mar Jónico (el Heptaneso), disputadas durante la expansión napoleónica, pasaron a ser un protectorado británico. Como su propio nombre indica, el Heptaneso es un archipiélago de siete islas, las más importantes de las cuales son Corfú (pero el autor siempre se refiere a ella por su nombre antiguo, Corcira), Cefalenia, Léucade, Ítaca y Zacinto o Zante. Como es lógico dada su condición política, los heptanesios no se involucraron oficialmente en el conflicto, pero sí intervinieron enviando voluntarios. Tenían una formación canónica, de ahí que se empeñaran en el orden regular. En ocasiones pecan de bisoñez. Desde su plataforma, los heptanesios observaban los acontecimientos y animaban a sus compatriotas, sobre todo con encendidos versos por parte de la escuela local de poesía, muy influida por Italia pero que empezaba a utilizar una depurada lengua griega como vehículo literario; entre sus componentes destacan Kalvos y el poeta nacional por excelencia, Dionysios Solomós, autor del Himno a la Libertad, cuyas dos primeras estrofas fueron tomadas como letra del himno nacional.
Los griegos bajo la Turcocracia.- Fuera de esa zona, todas las tierras habitadas por griegos se encontraban bajo dominio turco, con la consiguiente reducción de sus primitivos pobladores y su descendencia a la condición propia de los no mahometanos en un estado musulmán, la de ragiades (sg. ragiás), ‘siervos’, 26


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sin derechos ciudadanos y víctimas de un trato vejatorio, salvo las escasas excepciones (por ejemplo, hemos hablado de los fanariotas constantinopolitanos). El descontento generalizado de la gente cristiana oprimida, que se manifiesta en la existencia de las bandas armadas de kleptes o guerrilleros, a las que fingían combatir los armatolí contratados por la autoridad imperial; el auge del comercio griego durante el período napoleónico, del que se beneficiaron especialmente las islas navieras, así llamadas porque disponían de considerables flotas –Hydra, Spetses y Psará–; y finalmente el espíritu levantisco que impregnaba la política del siglo a partir de la Revolución Francesa, fueron los responsables de un sentimiento de independencia y libertad que prosperó sobre todo en la influyente clase burguesa emigrada a diversas ciudades en Europa. Se reconoce como principal inductora de la sublevación a la Filikí Hetería, sociedad secreta fundada en 1814 por Nikólaos Skufás en Odesa, puerto que por aquel entonces pertenecía a Rusia; dicho club pretendía poner en práctica las ideas de los teóricos de la liberación, sobre todo del mártir Rigas Velestinlís1; sus objetivos eran no la independencia sino, más bien, la refundación del medieval Imperio Bizantino, con hegemonía griega, sobre el solar del Imperio Otomano (a pesar de tanta revolución, la época era de imperios).
La invasión de los principados.- Para conseguir sus fines, la Filikí confiaba en el apoyo de Rusia, supuestamente interesada en dicha entidad política por afinidad religiosa y para perjudicar a su mortal enemigo turco. No contaban con la incomprensión del zar Alejandro I, ferviente legitimista escarmentado por la invasión napoleónica de su país, por lo cual apoyaba las tesis predominantes en el Congreso de Viena; tenía entre sus ministros más influyentes a Ioannis Kapodistrias, un heptanesio de Corfú que se había distinguido como gobernador en el breve período de independencia de su país natal (18011809) y que, ministro ahora del zar, rechazó la presidencia de la Sociedad, ofrecida para obtener el apoyo ruso. Entonces se le ofreció a otro griego al servicio del soberano, su edecán Aléxandros Hypsilandis, que ni corto ni perezoso se puso al frente de un puñado de voluntarios griegos e invadió los principados danubianos el 22 de febrero de 1821 entrando por Moldavia –a ello se refiere en el principio nuestro historiador, libro primero cap. I– para empezar desde allí la conquista.
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De Velestino, ciudad de Tesalia. El sufijo turco –lis indica la procedencia. En la época purista se sustituyó tal apellido por el de Fereos, o sea, de Feras, nombre antiguo de dicha población.
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Los “principados” de Moldavia y Valaquia eran dos territorios fronterizos disputados entre Rusia y el Imperio Otomano; anexionados por éste, al comienzo fueron administrados por príncipes de la nobleza local, pero a inicios del XVIII la Puerta, debido al expansionismo de Austria y Rusia, quiso tenerlos más sujetos, por lo que recurrió a los fanariotas para que no se pudiera decir que los gobernadores eran turcos. Además los tratados entre Turquía y Rusia, después de varias guerras en que la última pretendía aparecer como protectora de las nacionalidades eslavas, prohibían toda invasión de los principados por tropas turcas sin previo consentimiento por parte de su rival.
Aunque el desenlace de esta aventura no influyó en el curso de la guerra en suelo griego más que en el sentido de que al principio constituía una esperanza, ya que se suponía el apoyo de “una gran potencia”, conviene adelantar que fracasó debido a la indecisión y las demoras de Hypsilandis, al desentendimiento de Rusia y a la consiguiente deserción de los aliados en la zona. En la batalla de Dragatsani (junio de 1821) los turcos, tras obtener el permiso del zar para penetrar militarmente en el territorio, acabaron con toda esperanza. En el intervalo llegó a Grecia el hermano del general, Dimitrios (se recoge en el capítulo I del libro primero), que pretendió instaurar un gobierno unificado de los rebeldes en nombre de la Filikí Hetería, pero terminó dejado al margen por el fracaso de la intentona danubiana.
La Insurrección.- Paralelamente, en el Peloponeso estalla la revuelta el 25 de marzo de 1821, aprovechando que el gobernador turco, Hurchid Pachá, había tenido que distraer tropas de la provincia para sofocar la rebelión de Alí Pachá Tepelenlís, el cual había establecido en el Epiro una especie de reino semiindependiente con capital en Ioánnina. La península del Peloponeso se convirtió en el foco de la Insurrección, pues era la región más favorecida para el éxito de la empresa independentista, ya que se hallaba protegida de los ejércitos invasores por el mar –dominado por las flotas de las llamadas islas navieras y otras, reconvertidas en marinas de guerra–, por el estrecho istmo de Corinto y por un abrupto relieve con dificultosos desfiladeros. La primera fase de la guerra se caracterizó por el intento de expugnación de las fortalezas que desde la época del dominio veneciano mantenían el poder sobre el territorio. En ellas se refugió la población turca, siendo asediada por los guerrilleros y acudiendo hordas de inexpertos voluntarios ávidos de botín.
Coincidiendo con esta fase tiene lugar el primer asedio de la Acrópolis –todavía se usaba como fortaleza– por parte de los atenienses cristianos, según se relata en el capítulo I del libro primero, asedio levantado por Vrionis en 28


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julio; este había sido mandado por Hurchid para pacificar la parte oriental de Rumelia, donde se incluye el Ática. En su recorrido, derrotó a las bandas de kleptes acaudilladas por Diakos, considerado por Surmelís uno de los líderes carismáticos de la Insurrección, que fue ejecutado por los turcos tras resistir heroicamente en el puente de Alamana, cerca del lugar en que mucho antes habían sucumbido los trescientos espartanos de Leónidas (abril del 21). Por contra, en las batallas de la posada de Graviá, librada el 8 de mayo al pie del Parnaso por el polémico Odiseo Andritzos y su entonces lugarteniente Guras, se obstaculizó el avance de las tropas turcas hacia el Peloponeso; otro potente ejército enemigo fue detenido en la batalla de Vasiliká (agosto del 21), el mérito casi exclusivo de cuyo éxito atribuye nuestro autor a Guras.
Así pues, Vrionis consiguió dominar la parte oriental de Rumelia y levantar el asedio de la Acrópolis, pero se retiró hacia la parte occidental dejando una pequeña guarnición que no tardó en desertar (capítulo II), y entonces tiene lugar el segundo asedio de la Acrópolis, el cual sí que concluyó con la capitulación de esta en junio de 1822 (resto del libro primero).
A partir de entonces Atenas en sí vive un período de tranquilidad, sin olvidar el sobresalto que produjo la aproximación de otro ejército turco que avanzaba desde el norte, el de Drámalis; la infausta reacción de los atenienses fue masacrar a los turcos que se habían rendido y sido recluidos en un edifico oficial, contraviniendo los acuerdos de la capitulación. Pero Drámalis pasó de largo (libro segundo, capítulo I), pues su objetivo era el Peloponeso, donde fue completamente derrotado y su ejército hecho añicos. En el aspecto político, comienza la pugna entre Odiseo y Guras por hacerse con el dominio de la Acrópolis, saldada a favor del último (capítulo IV); Omer de Caristo, el pachá que hipotéticamente gobierna la Rumelia Oriental pero sólo retiene bajo su mando la isla de Eubea, invade el Ática y Beocia, siendo rechazado en la gloriosa llanura de Maratón y a las puertas de la ciudad (verano de 1824, capítulo V); Atenas se mantiene un tanto al margen y comienza una tarea de reconstrucción con apertura de centros judiciales, educativos y periodísticos (Vd. capítulos VI-VII). Para esta última actividad fue decisiva la contribución de la Asociación Helénica de Londres por medio de su enviado, el coronel Stanhope; lo cual nos da pie para hablar del importante movimiento de los filohelenos.
Los filohelenos.- La Insurrección no se había producido en el mejor momento, ni tenía visos de prosperar. El fracaso de Hypsilandis en los principados danubianos había dejado a Grecia sola ante el gigante turco y sin la ayuda rusa, que tanto se esperaba como maná caído del cielo. Las potencias europeas,
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escaldadas por los envites de la revolución napoleónica, se empecinaban en una política legitimista impuesta por el canciller austríaco Metternich en el Congreso de Viena, y organizaban otros para resolver los conflictos que surgían (Europa de los congresos). Austria era la más interesada en sofocar las reivindicaciones de las naciones eslavas, cuyo dominio compartía con el Imperio Otomano y cuyas aspiraciones solían ser alentadas por Rusia, otro imperio en expansión. Esta se mantenía quieta por el momento, ya que el zar reinante no tenía ansias expansionistas, escarmentado como estaba por la invasión napoleónica. Francia había quedado arrinconada al igual que Prusia, y el recién proclamado Reino Unido de la Gran Bretaña, aunque todo el mundo seguía conociéndolo por Inglaterra, procuraba como siempre un equilibrio continental en beneficio propio. Así que, oficialmente, Grecia estaba aislada.
Pero una cosa era la política oficial de los Estados y otra las simpatías de sus ciudadanos, que iban dirigidas hacia los rebeldes por afinidad religiosa y por solidaridad hacia los descendientes de nuestros antepasados culturales. De ahí el movimiento de los filohelenos, que por propia iniciativa ayudaban a los griegos, bien como voluntarios militares, bien con donaciones, bien fundando sociedades y clubs en todo el mundo en beneficio de la causa, contribuyendo con ello no sólo a la guerra, sino a la financiación de entidades culturales y educativas, como las escuelas alelodidácticas cuyos reglamentos nos trascribe Surmelís en el capítulo X del libro segundo. Entre los numerosos filohelenos es obligado citar en primer término al más famoso de todos, el poeta y aventurero inglés Lord Byron, cuya temprana muerte en Misolongui forma parte del aura romántica que envuelve al personaje (no murió en combate, sino de un enfriamiento contraído en uno de sus habituales paseos a caballo, lo cual no obsta para que estuviera desempeñando una labor de ayuda, tanto monetaria como de apaciguamiento entre las quisquillosas facciones); el coronel Stanhope que, colaborador del Lord en un primer momento dentro del seno de la Asociación Filohelénica de Londres, se distanció de él y recaló en Atenas, donde fundó un diario para seguir divulgando sus ideas (vd. capítulo VI del libro segundo; de los filohelenos, y concretamente de estos dos, da una escueta ilustración Trikupis en el capítulo XLVII – tomo 3– de su Historia de la Insurrección Griega).
Otros destacados filohelenos citados por Surmelís son: en el terreno militar, el controvertido coronel francés Fabvier, puesto al frente del flamante ejército regular; el escocés Thomas Gordon, autor de una madrugadora His30


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tory of the Greek Revolution (1832, vd. Bibliografía), el coronel bávaro Karl Heideck; el inglés Hastings, impulsor de la construcción y luego capitán del Kartería, primer barco de guerra griego movido a vapor; sin olvidar a los infaustos Church y Cochrane, cuyas inapropiadas tácticas causaron el desastre de Análatos, que dejó sin esperanza de rescate a los sitiados en la Acrópolis.
Citemos por último al estadounidense (el filohelenismo se extendió por todo el mundo) Samuel Gridley Howe que, después de participar como cirujano y combatiente, regresó a América y desde allí dirigió envíos de ropa y alimentos y financió la reconstrucción del muelle de Egina, que dio empleo a los refugiados atenienses; también escribió una obra sobre la Insurrección (vd.
Bibliografía). En el terreno educativo, los americanos King, Hill y Robertson, fundadores de escuelas en Atenas después de la guerra.
La guerra civil.- En el Peloponeso la situación parecía consolidada, pero entonces se recrudecen las diferencias entre los distintos sectores representados en el gobierno provisional de turno, enfrentando a los armadores de las islas navieras, a los que apoyaba Inglaterra, encabezados por Kunduriotis y Kolettis, contra los terratenientes y militares, cuya figura estelar era el mítico Kolokotronis. Así es como los primeros, que en teoría eran el gobierno legítimamente constituido, llaman en su auxilio a los rumeliotas (griegos continentales). Como Guras se ha ganado la preeminencia entre los cabecillas del lugar por estar al frente de la guarnición de la Acrópolis, los reúne y marcha a la península con un contingente que en poco tiempo derrota a los levantiscos. Guras se convierte así en el brazo armado del gobierno supuestamente legítimo (libro segundo, cap. VII).
En calidad de tal, marcha contra el emblemático guerrillero Odiseo, su jefe de antaño, que campaba a sus anchas por Grecia Oriental y que, por temor a quedar aislado, maquina pasarse al enemigo. Pero es abandonado por los suyos y capturado por Guras, que lo encerró en una mazmorra de la Acrópolis y lo ejecutó disfrazando el acto de intento de fuga (capítulo VIII).
La guerra en el mar.- Toca ahora ahondar un poco sobre la guerra en el mar, cuya importancia ha quedado clara al haber sido aludida varias veces. Hemos dicho que era de vital necesidad para el éxito de la Revolución en el Peloponeso impedir el desembarco de tropas enemigas, haciéndoles recorrer el complicado camino por tierra a través de la apenas pacificada Rumelia hasta el Istmo, fácilmente defendible en teoría (recuérdense las guerras médicas).
Frente a las imponentes “fortalezas flotantes” turcas, las islas navieras sólo podían oponer una flota comercial reconvertida, que había adquirido cierta 31


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competencia bélica para defenderse de la piratería que todavía infestaba los mares; ahora se especializaron en la técnica de los brulotes, es decir, aprovechar los barcos en peor estado para cargarlos de material inflamable y, tripulados por varios marinos avezados, lanzarlos intrépidamente contra los enormes buques enemigos (todavía los barcos eran de madera), encender la mecha en el momento oportuno y huir en botes o lanzarse por la borda, esperando que prendieran las llamas e incendiaran el barco elegido como blanco. Estas arriesgadas operaciones mantenían en jaque a la armada enemiga, pero provocaban las represalias contra las islas más indefensas y cercanas al litoral de Asia Menor, y contra las poblaciones griegas asentadas en el mismo.
Tal fue el destino de Kydonies en 1821, el de Quíos en 1822 (recuérdese el óleo propagandístico Las matanzas de Quíos de Delacroix) e incluso de una de las tres navieras, Psará, la más cercana a Asia Menor, en 1824 (véase capítulo VII del libro segundo sobre el frustrado establecimiento de los psarianos supervivientes en el Pireo).
La intervención egipcia.- En 1824, la situación había llegado a un impasse.
El turco había conseguido someter la parte norte de Grecia (Calcídica, Tesalia, Macedonia, Epiro), pero la central aún resistía, con Mesolongui y Atenas como principales plazas fuertes, y el Peloponeso era la base principal de los rebeldes, apoyado por las islas cercanas, sobre todo Hydra y Spetses, después de la caída de Psará. Así que el sultán decidió pedir ayuda al poderoso valí (gobernador) de Egipto, Mehmet Alí, que contaba con un aguerrido ejército regular y una considerable flota, para acceder por fin al Peloponeso y someterlo. El déspota envió a su hijo, Ibrahim, que partió por mar de Alejandría y arribó a Creta, no sin antes arrasar la cercana Casos; la gran isla quedó sometida en teoría, aunque siguió habiendo focos de resistencia, y el egipcio consiguió desembarcar en la bahía de Pilos, mientras la flota griega estaba ocupada en detener a la turca en la fachada opuesta, el Egeo.
Tras la recuperación de Tripolitsá, la ciudad en el centro del Peloponeso que fue la capital en época turca, la guerra se enquistó alrededor de la que era ahora capital griega, Nauplio. La parte sudoriental o Lacedemonia, llamada en la época y hasta ahora Mani, permanecía bajo el dominio del patriarca Petros Mavromichalis (considerado por Surmelís como uno de los que más hicieron por la causa), que usaba de la fuerza o de la diplomacia para mantenerse independiente y contraatacar en el momento oportuno.
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El asedio de la Acrópolis.- Con la caída de Mesolongui (abril de 1826), en la Grecia continental sólo queda como reducto cristiano el Ática, y allí se concentra la guerra, lo cual está perfectamente explicado en el libro tercero, por lo que a él remitimos.
Cambio de perspectiva.- Caída Atenas e invadido el Peloponeso, cuando peor estaba la situación para los griegos, de repente cambia el panorama. Al morir Alejandro a fines de 1825, le sucedió en el trono de Rusia Nicolás I, no sin dificultades. Superadas estas, el nuevo emperador hizo gala de una política mucho más agresiva contra el Imperio Otomano, exigiendo entre otras cosas el cumplimiento de los acuerdos suscritos entre ambos a fines del XVIII; por ejemplo, la retirada definitiva de las tropas turcas de los principados danubianos, ya que había desaparecido el motivo por el que Rusia había permitido su entrada. Inglaterra, cuyos intereses económicos empezaban a verse perjudicados por la duración de la contienda y el resurgimiento de la piratería en el Egeo, además de ver con malos ojos un engrandecimiento de Rusia a costa del Imperio Otomano, firmó con aquella el Protocolo de San Petersburgo, por el cual se reconocía el derecho de los griegos a la independencia y se proponía un Estado tributario del sultán cuyas fronteras serían delimitadas más adelante.
Por otra parte, también en Francia había una fuerte corriente de opinión a favor de los rebeldes, que obligó al gobierno a colaborar con Rusia e Inglaterra para buscar una salida pacífica al conflicto.
Batalla de Navarino.- En vista de que la Sublime Puerta, envalentonada con la caída de la Acrópolis, no daba su brazo a torcer concediendo a Grecia una semiautonomía mediante el pago de un tributo, las tres potencias implicadas enviaron sus escuadras a bloquear a la turcoegipcia, anclada en la bahía de Pilos para llevar suministros y refuerzos a las tropas que arrasaban el Peloponeso y ocupaban el resto de Grecia. Un pequeño incidente hizo saltar la chispa y así se libró la batalla llamada por los occidentales de Navarino y por los griegos de Neókastro (20-10-1827), la última de la Historia entre dos flotas con barcos de madera, que supuso la total destrucción de la fuerza marítima tanto egipcia como turca.
Fin de la guerra.- Las consecuencias no se hicieron esperar. El sultán rechazó las condiciones previstas para Grecia en el Protocolo de Londres y expulsó a los embajadores de las tres potencias. Los griegos, como creían posible que la futura negociación se hiciera sobre la base de que cada uno conservara lo que 33


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Introducción
tuviera, trataron de llevar la guerra a Grecia Oriental y Occidental y Creta, dejando aisladas en el Peloponeso a las fuerzas enemigas en el litoral entre Patras y el golfo de Mesenia.
Al fin llegó la ayuda rusa con la declaración unilateral de guerra de ésta a la Puerta, si bien no podía llevarla a cabo en el Mediterráneo, para no contravenir los términos de la alianza. Esta estuvo a punto de romperse cuando Francia decidió enviar tropas para expugnar definitivamente las fortalezas que, retirados los egipcios, ocupaban los turcos en el Peloponeso y Grecia Occidental, las cuales fueron entregadas prácticamente sin resistencia. Finalmente, como en la guerra que mantenían más al Norte los rusos habían llegado prácticamente a las puertas de Constantinopla, el sultán llamó en su auxilio a las tropas que quedaban en suelo griego, que fueron interceptadas y derrotadas en la batalla de Petra, en Beocia. Quedaban pequeñas guarniciones en sitios estratégicos, que fueron siendo entregadas según las conversaciones que se iniciaron tras aceptar la Puerta todas las condiciones y, con respecto a Grecia, no ya la autonomía sujeta a vasallaje, sino la plena independencia.
Gobierno de Kapodistrias.- Como las rencillas entre las distintas facciones griegas no paraban, estas decidieron de común acuerdo nombrar gobernador por un período de siete años a Kapodistrias, que se hizo cargo en enero de 1828. El experimentado político emprendió de forma bastante absolutista una tarea de modernización del Estado que logró éxitos en ciertos campos.
Sin embargo, su labor no satisfizo a todos; Surmelís le atribuye tres fallos principales (libro cuarto, capítulo II); la realidad es que sus reformas centralizadoras chocaron con el exceso de individualismo de todos los estamentos de la sociedad nacional; pero en último término fue la exclusión de los katzimbasides o terratenientes la que le costó la vida en el atentado urdido por el poderoso clan de los Mavromichalis (septiembre de 1831).
Reinado de Otón I.- Finalmente las tres potencias protectoras se pusieron de acuerdo en Londres para declarar a Grecia reino independiente, con un territorio integrado por el Peloponeso, la mayoría de las islas del Egeo y la parte de la Grecia Continental llamada entonces Rumelia, estableciéndose la frontera por el Norte en la denominada línea Arta-Volos. Como reino protegido, las potencias protectoras buscaron un monarca para el nuevo Estado. Fue designado Leopoldo de Sajonia-Coburgo, que renunció para ocupar el trono de la Bélgica creada como consecuencia de las revoluciones de 1830. Se de34


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Introducción
signó entonces al segundo hijo de Luis I de Baviera, que reinó con el nombre de Otón I. El último acontecimiento al que se refiere Surmelís (en nota al margen) es el golpe constitucionalista de septiembre de 1843.
Nuestra traducción No se muestra esta obra excesivamente ardua para quien está acostumbrado a vérselas con textos griegos clásicos. El texto traducido corresponde a la 2ª edición corregida y aumentada, que vio la luz en Atenas en 1843 y fue la última en vida del autor. Los añadidos (y las supresiones) a la 1ª edición han sido consignados en esta Introducción, para que el lector se haga una idea de lo que el autor consideraba con la importancia necesaria para modificarlo.
El texto presenta dos tipos de notas al pie: las del autor, introducidas por su número de orden en la obra, y las del traductor, separadas de aquéllas por una raya e introducidas por asterisco(s).
También hay que tener en cuenta que, como el Oriente de Europa aún se regía en la época por el calendario juliano, hay que añadir doce días a la fecha que el autor da para cualquier suceso.
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BIBLIOGRAFÍA Ediciones
Ἱστορία τῶν Ἀθηνῶν κατὰ τὸν ὑπὲρ ἐλευθερίας ἀγῶνα. Andreas Koromilás.
Egina, 1834.
Ἱστορία τῶν Ἀθηνῶν κατὰ τὸν ὑπὲρ ἐλευθερίας ἀγῶνα. N. Anguelidos. Atenas, 1853. Ιστορία των Αθηνών. Νίκας. Atenas,1990.
Ιστορία των Αθηνών. Πελεκάνος. Atenas, 2011.
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(1950) 333.
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CRÓNICA DE ATENAS DURANTE LA GUERRA DE LIBERACIÓN DESDE LA INSURRECCIÓN HASTA LA RESTAURACIÓN NACIONAL
El Autor DEDICA RESPETUOSAMENTE LA CRÓNICA DE ATENAS A OTÓN, REY DE GRECIA.


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PRÓLOGO A LA 1ª EDICIÓN
Quienquiera que haya emprendido la tarea de escribir historia en conciencia, sabe realmente cuán difícil es la búsqueda de la verdad.
A pesar de que estuve presente y fui testigo visual de la mayoría de los hechos que abarca esta crónica, encontré bastantes dificultades en algunos de ellos. Con todo, la rigurosa investigación distinguió la verdad con preferencia a lo más creíble, pues nunca dejé sin indagar hasta el más mínimo detalle.
Últimamente he leído la biografía de Karaiskakis escrita por el Sr. G. Enián con el nombre de su hermano Dimitrios*, mucho después de dejar yo en la imprenta el manuscrito de mi Crónica. En ella he hallado muchas verdades, y visto que concuerda conmigo en todo lo que respecta a la campaña del general en el Ática. No obstante, el historiador debía haberse ocupado en verificar algunos datos, dichos al margen de la verdad y que aparecen en su obra.
En tanto, aseguro al lector de la presente crónica que no he dicho nada más que la verdad, de forma que mi deseo es que cualquier otro historiador se acerque a ella tanto como yo. No niego haber omitido algo de lo que debía haber dicho por desconocimiento o fallo de la memoria, pero eso es un error humano.
El autor
* Surmelís tiene dudas más o menos justificadas sobre la redacción de la obra porque Giorgos, doce años mayor que su hermano Dimitrios y muy activo en política desde el primer momento de la Insurrección (cf. pág. 69), ya por entonces era reconocido autor de muchos escritos, publicados en la prensa de la época; también pronunció el discurso fúnebre en las exequias de Karaiskakis –nuestro autor se lo atribuye a Trikupis–. Dimitrios, sin embargo, era por entonces escritor novel, pero fue secretario personal de Karaiskakis, y tiempo después figura como autor de obras de muy diversa índole (históricas, gramaticales e incluso de agronomía).
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PRÓLOGO A LA 2ª EDICIÓN
Quienquiera que haya emprendido la tarea de escribir historia en conciencia, sabe realmente que la búsqueda de la verdad es tan difícil como que la mayoría coincida sobre uno y el mismo tema, y ello a causa de la variedad de las inclinaciones ideológicas de cada cual.
Para no incurrir en tales fallos, no he querido salirme de los límites del Ática y de los hechos ocurridos en Atenas, salvo en aquellos casos que ligan el Ática con las generalidades de la Insurrección. Con todo y con eso, aunque fui testigo presencial de la mayoría de los hechos que abarca la presente Historia, encontré muchas dificultades parciales, pero la investigación rigurosa ha deslindado la verdad dando preferencia a lo más fidedigno, ya que en ningún momento he dejado sin examinar ni el más pequeño detalle.
Desde que publiqué por primera vez la presente crónica hasta hoy, han aparecido no pocos tratados históricos sobre lo ocurrido durante la Insurrección, entre ellos el trabajo de Karpos Papadópulos, diseñado por él pero redactado correctamente por otra persona*, con el título Refutación de las referencias de la Crónica de Atenas a Odiseo Andritzos, al ejército regular griego y al coronel Fabvier.
Así reza el título del trabajo, pero en realidad se trata de una ratificación de lo dicho por mí ya que, en vez de una refutación, en este trabajo se aprecia cómo en todo momento Karpos confirma todo lo que yo refiero, salvo en su tono jocoso, creyendo que las burlas bastan para la refutación. En lo tocante a las tropas regulares de Grecia y al oficial Fabvier no hay ningún desacuerdo, salvo detalles insignificantes.
En cuanto a Odiseo, en vez de lavar la suciedad incrementa el deshonor y la infamia del personaje, puesto que confirma sus maldades y las colorea sometiéndolas a otro punto de vista, transfiriendo la culpabilidad a las víctimas. Así, en disculpa de su amado Odiseo, refiere (pág. 6): * (Poly)Karpos Papadópulos sirvió a las órdenes de los dos personajes que la obra defiende, por lo cual es la persona apropiada para firmarla; pero el ilustrado Surmelís no lo juzga capaz de redactarla (Nota del traductor).
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Dionysios Surmelís
¿Acaso no se encontraron en la misma penosa necesidad tanto Th. Kolokotronis en el Peloponeso y otros muchos cabecillas en diferentes momentos y lugares, así como el general D. Hypsilandis en 1829?
¡¡¡Injuria deleznable!!! ¿Kolokotronis e Hypsilandis malvados asesinos, traidores a la patria y en connivencia con los turcos? ¿Cuándo? ¿Qué pruebas puede aportar Karpos o algún otro de los que se hallaron en la Lucha? Es verdad que muchos de los jefes de bandas armadas incurrieron por las circunstancias de la guerra en errores reprochables, pero no tan sanguinarios ni causantes de ruina a la causa de la patria como los de Odiseo. Ningún otro de los cabecillas levantó las armas contra la patria como Odiseo, ni llevó a cabo tantos crímenes contra los patriotas como Odiseo. Y eso no puede negarlo ni el propio Karpos.
Parece como si nuestro amigo Karpos quisiera jugar con su fantasía y, no pudiendo ponerse de acuerdo consigo mismo, da patadas a la refutación y añade a los delitos de Odiseo lo que yo omití voluntariamente como la más impía de sus maldades. Llevando al extremo esta práctica de no darle un carácter odioso, así se expresa Karpos (pág. 39): Dice el Sr. Surmelís que Odiseo mató a griegos injustamente. Diré yo un acto suyo que él conoce, pero quién sabe cómo ha querido modificarlo… Saltó (Odiseo) al cuello de uno de los notables (de Lebadea), Ilías Paspalis, lo tuvo así por espacio de dos horas y lo asesinó.
Cuando el lector encuentre en dicha obra el auténtico relato de este acto entre los de Odiseo, quedará horrorizado ante la maldad de este sujeto, de forma que con razón dijo uno al leer a Karpos: “¡Cuánto más nos beneficia el enemigo imbécil con sus absurdos y contradicciones que lo que puede hacerlo el buen amigo con sus alabanzas!” Ya que me he propuesto escribir la verdad, saliendo a la caza de la misma para suplir las carencias antes de emprender esta segunda edición, reuní a muchos otros testigos de los hechos para que me iluminaran si me desvié en algo, o dijeran qué no se atenía a la verdad. Algunos me fueron de utilidad, de otros sólo escuché quejas; cada uno de ellos hablaba de sí mismo y callaba lo de los demás, y a veces criticaba lo de los demás y destacaba lo suyo.
Por ello, fiado en mi conciencia y en la autenticidad de los hechos, sin preocuparme de la malicia de algunos, corrigiendo y perfeccionando con añadidos dignos de mención la presente obra, la lanzo mejorada a pasar de nuevo 46


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Crónica de Atenas
por las prensas de la imprenta y a reaparecer ante quienes deseen conocer la historia de la renacida Grecia y, en especial, la de Atenas. Mi esfuerzo va en honor de los que lucharon por la patria y sus descendientes, para su inmortal memoria.
Para no editar una relación de sucedidos falsos, el historiador debe estar por encima de las pasiones y ser imparcial y amante de la verdad en la medida de lo posible, con el brillo de la verdad en todo. Afortunados los lectores de tal tipo de estudio histórico, afortunados los pueblos que han gozado de tal heraldo de la verdad para la imagen de sus hazañas. Difícil es alcanzar el éxito en este campo, ya sea por la inconsciencia de unos, ya por la tendenciosidad de otros, por la ligereza de otros y por la envidia de algunos; y no menos por la inclinación personal de ciertos aduladores, que desfiguran los hechos vergonzosamente y alteran el verdadero carácter de lo ocurrido; sobre todo si se trata de versificadores que, falseando descaradamente por licencia poética, moldean acciones heroicas o confunden las ajenas con las propias. El lector sensato y desapasionado puede juzgar y estimar lo historiado; también puede discernir el carácter del escritor con la guía del juicio. Los que leen con predisposición se asemejan a esos niños pequeños con quienes juegan los padres arrojándoles delante monedas de oro, de plata y de cobre: los niños, como bebés, se llenan las manos y toman las monedas sin distinguir el valor de cada una.
Me considero satisfecho de haber vivido para editar por segunda vez esta presente obra histórica, corregida y aumentada, y aseguro a los lectores que no encontrarán falsedades ni infidelidades, ni tampoco deformaciones. No favorezco a familiares y amigos, ni desfavorezco a los enemigos. La simpatía y la antipatía son partes de la naturaleza humana, pero por otro lado la conciencia es como una diosa que castiga a los injustos. Hago votos para que todo historiador se aproxime a la verdad tanto como yo.
Hay que señalar que en la primera edición, siguiendo el uso de los cristianos que han peregrinado a los Santos Lugares de llamarse en turco Chatzides, respeté la abreviatura Ch. para indicar dicha condición*; pero ya he abandonado esa y otras costumbres bárbaras. Y en la primera omití prestar atención a ciertas notas descriptivas de la comarca e informar sobre deter* Durante la Turcocracia los cristianos que habían peregrinado a los Santos Lugares imitaban a los mahometanos que habían hecho lo mismo a La Meca anteponiendo a su nombre o apellido la palabra de origen turco Chatzí (pl. Chatzides) ‘peregrino’.
(Nota del traductor).
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Dionysios Surmelís
minadas aldeas y pueblos del Ática, cuyas revelaciones son muy bienvenidas por los estudiosos de estas cosas, así que reparo la carencia en esta segunda edición.
Y como en la primera edición dediqué el libro a S. M. el rey de Grecia, he creído justo incluir dicha dedicatoria en la presente, pues es la primera, según creo, de las que en Grecia S. M. se congratuló de recibir.
Majestad: El Gran Creador del universo, para que sus creaciones no estuvieran en la oscuridad más profunda y quedaran todas muertas, colocó en medio del firmamento el gran astro de la luz; y he aquí que el Todo fue iluminado.
Y finalmente, cuando el Creador ordenó al Hombre: “Creced y multiplicaos”, desde entonces el género humano se multiplicó; pero para que no se instaurase el derecho del más salvaje con menoscabo de la razón, dijo Dios: “Hágase una ciudad para iluminar a la mente humana.” Y nació Atenas, y he aquí que iluminó a toda la Tierra.
Pero por designio del Creador, un cuerpo opaco iba a interponerse ante el foco de luz, como la luna ante el sol, y a provocar durante mucho tiempo la oscuridad en la tierra, dotada antes de luz.
Finalmente declinó el cuerpo opaco, se disolvió la tiniebla, apareció la Aurora de rosados dedos y he aquí que los griegos gozan ya de la presencia del muy deseado astro que va a iluminar y hacer resplandecer el horizonte, sentado en luciente trono en la elegida ciudad de Atenas1.
Cuyas cuitas en la lucha por la liberación verás, Señor, en este libro que el que suscribe tiene el atrevimiento de ofrecer respetuosamente a VUESTRA MAJESTAD.
Vuestro más humilde súbdito,
Dionysios Surmelís
1
(Nota del autor) Este deseo se cumplió con el traslado del trono desde Nauplio a Atenas; la ciudad de Atenas debe una estatua al rey Luis, padre de Otón, pues por elección e instigación suyas se convirtió en la capital del reino, y así se devolvió a esta ciudad lo que le pertenecía legítimamente; el limpio interés de Luis por la gloria de Grecia no sólo se concretó en esto, sino influyó no menos vivazmente en las decisiones de las grandes potencias sobre el establecimiento de Grecia como reino independiente.
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LIBRO PRIMERO CAPÍTULO Ι
Finalmente, cuando Aléxandros Hypsilandis entró en Moldavia portando el símbolo de la insurrección griega contra la tiranía otomana, el Peloponeso, el mar Egeo y el resto de Grecia, aleccionados por los apóstoles de la Filikí Hetería, empuñan las armas y se rebelan contra los dominadores en cada ciudad y provincia.
Atenas, alzada al son del clarín revolucionario, concurre unánimemente a este certamen único e inaudito por la libertad, desplegando el signo de la cruz frente a la opresora media luna.
Los turcos que dominaban Atenas, sorprendidos por la conflictiva situación general y aterrados por la imprevista circunstancia, se debatían en la incertidumbre y buscaban los medios conducentes a su salvación; para prevenir las consecuencias de la rebelión y asegurarse contra posibles represalias, juzgan necesario asesinar, de entre los cristianos habitantes de la ciudad, a la población joven masculina, cuando los cristianos aún no estaban levantados en armas. Celebradas reuniones, se mantienen firmes unánimemente en la mortífera decisión; el muftí (procurador) declara justa y legal la masacre, pero el cadí (juez) Chatzí Halil, llamado Efendi, hombre virtuoso y sensato, no esperando quizá que la situación fuera a resultar en la destrucción de los de su raza, les prohíbe enérgicamente tan cruel e inhumana medida y, recurriendo esforzadamente a la razón, les hizo desistir de su idea y opinión en el mismo momento álgido de su ira. A este hombre le debemos una estatua porque, si no hubiera impedido con sus esfuerzos la mala voluntad de los enemigos en armas, la ciudad de Atenas no se habría salvado y quedado libre para facilitar, como facilitó, un refugio a los habitantes de toda Grecia Oriental; y por consiguiente, no se habrían podido realizar en el Ática, como se realizaron, tan grandes y gloriosas hazañas que también contribuyeron a la magna empresa de la liberación de la patria, de la nación entera. Este benefactor nuestro nació y se crió en Bizancio bajo la religión de Mahoma, como el resto de los turcos.
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Dionysios Surmelís
Descontentos los turcos de Atenas con el fracaso de su mortífero plan, llenos de desagradables sospechas y viendo que la situación empeoraba, después de arduas discusiones juzgaron esencial y sumamente necesario encarcelar, antes que desaparecieran, a los dirigentes cristianos y a los notables que encontraran, ya que algunos de ellos se habían apresurado a acogerse a consulados europeos. Los prenden el diez de abril del año de gracia de 1821, vigésimo primer día de Pascua, los suben a la ciudadela* y, arrojándolos a una oscura y estrecha mazmorra, los hicieron objeto de su rabia. Los prisioneros eran los siguientes: Prokopios Venizelos, Ánguelos Gérondas, Paleologos Venizelos (dirigentes de la ciudad aquel año), Filáretos Triandafylis (religioso), Ánthimos Hagiotafitis (religioso), Anguelakis Venizelos, Georgios Bárbanos, Ioannis Pandazís, Fílippos Gunarakis, Spyridon F. Gunarakis, Dimitrios Karoris y Vasilios Sarandis.
Esta medida de los turcos hizo que los atenienses tomaran a su vez muy serias medidas en prevención de las malas intenciones de los enemigos. El mismo día del prendimiento de los doce, muchas personas distinguidas se acogieron a los consulados europeos, donde estaban ya los refugiados antes que ellos, pues por toda Turquía éstos eran asilos para todo el que se acogiera1. En ellos, meditando sobre lo que se imponía hacer, se comunican por escrito con los habitantes de las aldeas y aceleran la entrada de éstos en la ciudad para que despierten una guerra general de todos los pobladores del Ática contra los despóticos enemigos. Los lugareños habían sido aleccionados por Dimitrios Zógrafos –hermano de Nikólaos Zógrafos y padre de Temístocles Zógrafos, actual archicanciller real– que, con su capacidad y dotes naturales, mucho contribuyó de palabra y obra en aquella circunstancia –respiraba un ardiente celo por la libertad y restauración de la patria–. Habiendo combatido y colaborado hasta la toma de la fortaleza, murió de enfermedad en los primeros días de enero de 1823.
1
(Nota del autor) Tenemos una gran deuda de gratitud con un filoheleno y fervoroso partidario de nuestra libertad, el doctor italiano Cesare Vitali, cónsul de Nápoles, que vivió aquí muchos años ejerciendo la profesión de médico y, casado con una ateniense, combatió al lado de los atenienses y participó en todos los horrores de la Insurrección.
Él surtió de pólvora a los concentrados en Acarnas –que no podían rebelarse sin este medio pirotécnico– introduciéndola en cantimploras (tzitzas) a causa de la requisa de los turcos; severamente prohibido su traslado, la envió a Acarnas por intermedio de su cuñado Bartholomeos Mertrud. Este buen filoheleno murió el dos (14) de diciembre del año 1827, víctima de la enfermedad de hidropesía; dejó dos hijas, de las cuales una casó con el Dr. Alexios Palis y la otra, con el senador Yorgos Psylas.
* La Acrópolis (Nota del traductor).
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Crónica de Atenas
Los atenienses de la capital y los de los pueblos, concentrados en número de unos mil doscientos en Menidi2 (Acarnas), entran en la ciudad el veinticinco de abril de 1821 al mando de Meletios Vasilíu Chastieas*. Como medida de precaución, los turcos se recluyeron en la ciudadela con sus mujeres e hijos, disponiendo pequeñas guarniciones en las puertas de la muralla en torno a la ciudad. La entrada de los atenienses tuvo lugar por la puerta llamada Vomvonistra3, siendo el primero que saltó al interior y abrió la puerta Dimitrios Sarkudinos, en tanto que Yorgos Kurtesis fue el primero en lanzarse contra un otomano de Tesalónica, al que arrebató de las manos la espada, que era muy valiosa, y lo entregó a la muerte. Habiendo quedado dueños de la ciudad, entonaron un himno de gloria al Señor. Seguidamente entraron en las casas de los turcos y se llevaron todo lo que vieron, excediéndose en la venganza algunos maleducados con las cosas sin vida con la excusa de que eran turcas, igualándose en eso con los turcos, que hacían lo mismo contra los cristianos en respuesta.
Los turcos, no pudiendo salir de la fortaleza, eran estrechamente asediados. Las familias otomanas eran en total trescientas cincuenta y una, desprovistas de víveres y municiones y carentes de todo; en consecuencia, no podían resistir a un asedio prolongado. No obstante, no aguantaron el bloqueo más que tres meses.
Los atenienses emprendieron el asedio con aplicación y entusiasmo, aportando cada cual lo suyo a las necesidades comunes de aquella gran empresa.
Era un espectáculo ver a los ciudadanos de todas las edades, e incluso a las mujeres, ocupados afanosamente en tareas de guerra, principal objeto de su actividad: unos fabricando bayonetas, otros pólvora, otros licuando el plomo 2
Es extraña la denominación de Menidi(on) que ha terminado por imponerse.
Acharna (Ἀχάρνα) o Acharni (Ἀχάρνι) es una especie de pez, el llamado lobo de mar, y Menidion, diminutivo de Meni (Μαίνη) o menís (μαινίς, ‘sardina’), designa un pececillo pequeño. El demo de Acarna (o Acarnas) era el mayor de los demos del Ática. Al parecer Aristófanes u otro de los autores de la Comedia Nueva, en broma o en serio, dijo sobre este demo: “Ya no existe Acarna, sino Menidio”, o lo que es lo mismo: “Ahora ya no hay lobos de mar, sino sardinas”; y desde entonces se impuso este nombre de Menidi(o). En cuanto a por qué este demo había recibido el nombre de Acarna, es oscuro.
3 La ciudad, circunvalada por un pequeño muro, tenía siete puertas, de las cuales ésta se encontraba donde hoy el Palacio Real. Se llamaba Vomvonistra por el borboteo que hacía el agua al caer en el depósito destinado al efecto, desde el cual se distribuía a los acueductos de la ciudad.
* Más detalles en Trikupis, tomo I, págs. 151-152.
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Dionysios Surmelís
para los proyectiles, otros ocupándose de los calzados, otros de cascos para la cabeza, otros en fin trabajando en la fabricación de espadas y balas. Incluso algunos iban armados con palos. En una palabra, no había otro objetivo que la guerra, y todo estaba en movimiento. El patriotismo, el entusiasmo, la emulación resonaban por todas partes en la consigna común, “Vida libre o muerte gloriosa.” A tal grado de exaltación habían llegado los griegos por esa época, que no podemos asemejar el sentimiento más que con un furor enfermizo de muerte por la libertad extendido por toda Grecia, porque se veía a todos, grandes y pequeños, enloquecidos con la idea de morir por la patria.
Así que, para continuar más regularmente sus trabajos, proveer con más facilidad a las necesidades y, sobre todo, mantener el orden en los asuntos públicos, en cuanto configuraron una institución política para organizar el interior y ponerse de acuerdo con los griegos del exterior sobre lo que convenía hacer, confirmaron inmediatamente en su escalafón los nombramientos de oficiales de tropas irregulares: cabos, sargentos, centuriones*, etcétera. Y habiendo prestado el juramento de obediencia, los chasiotas4 se ponen a las órdenes de sus convecinos Meletios Vasilíu y Dimitrios Skevás, los menidiatas a las de Anagnostis Kiurkatiotis, los mesogitas5 a las de Ioannis Dávaris, notable de la aldea de Liópesi o de los Equélidas6 y los de la capital a las de 4
Desde su primer asentamiento, la aldea de Chasiá fue llamada “Chastiá” por su posición hundida. Esto es indudable. Existe el verbo χαστάω, derivado de χάω (‘abrir la boca’), del cual procede χαστός, ή, όν, lo que nosotros decimos χωστός (‘hundido’). Es curioso que Hesiquio, al hablar del demo de Chasiá, no aclara a qué polis o provincia pertenece, por lo cual los geógrafos prefirieron no incluirlo entre los demos del Ática; aunque las villas del Ática y las ahora llamadas aldeas sólo excepcionalmente eran denominadas demos; si el emplazamiento de dicha villa no fuera realmente una oquedad, no habríamos relacionado el nombre de Chastiá ni el de chastienses con el de chasiotas, y es porque sabemos que otros demos fueron nombrados por su emplazamiento, como Kili, Hyva, Dirades, etc., de los cuales hablaremos en el lugar correspondiente. (Error etimológico del autor: el término Χασιά se explica por evolución del antiguo nombre, Χαστιεῖς, con reducción del grupo –στ– y cambio de número gramatical, y no tiene nada que ver con χωστός, que se relaciona con χώνω y con χῶμα, ατος. N. del T.).
5 Maravilla cómo se ha conservado hasta hoy el antiquísimo nombre Mesogía, (‘Tierra Media’) una de las cuatro tribus del Ática en tiempos del rey Cránao, llamadas Cranaide, Attis, Mesogea y Diácride.
6 Hay un antiguo demo llamado “Equélidas”, del héroe Équelo; actualmente es un lugar deshabitado, a unos veinte minutos de la aldea de Liópesi y llamado Chelidú, que * La jerarquía militar se traduce por aproximación. En realidad, el texto griego habla de icosipentarcos (que están al mando de 25), pentecontarcos (de 50) y hectocontarcos (“centuriones” es otra aproximación).
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Io. Vlachos, Nikólaos Sarís, Symeón Zacharitzas, Nerutzos Venizelos, Lukás Nikas, Sotirios Vuzikis7, Dimitrios Xanthis, Spyridon Kyriakós, Ioan. Karoris, Apóstolos Korthinós, Nikólaos Kordas y Andonios Pulos8. El comandante entre ellos era Dimos Andoníu, de Lebadea. Como edecán general fue nombrado Nikólaos Kolovós. Tras estos sucesos, despojando al hombre antiguo del traje de la esclavitud, vistieron al nuevo griego y, cambiados de aspecto con el atuendo helénico delante de los enemigos, representaron un fenómeno nuevo y terrible para éstos; ante lo cual los turcos, desde las almenas de la ciudadela, riendo sardónicamente, dicen a los griegos: “¿Qué os ha pasado, eh? ¿Os habéis vuelto locos? Vuestro Dios os ha quitado el cerebro para vuestra perdición.” Para sostener con más fuerza el sitio, los atenienses aceptan favorablemente refuerzos de voluntarios de algunas islas próximas, como Hydra, Egina, Salamina y Kea*. Por aquel tiempo vino también el cefalenio Gerásimos Fokás, al mando de unos sesenta heptanesios. A todos y cada uno se les asignó una posición en los alrededores de la fortaleza, suministrándoseles regularmente la comida diaria y las municiones.
Puesto que aparte del mando local no había uno superior bajo cuya autoridad mantener el orden y la obediencia de los combatientes, los ciudadanos puestos al frente juzgaron conveniente obtener de Dimitrios Hypsilandis el nombramiento de un comandante de la fuerza militar de la zona. Recién llegado a Grecia, había sido aceptado como la Autoridad Superior de los griegos porque, al concluir con éxito su viaje, se autoproclamó representante con plenos poderes del Procurador General de la Nación Griega, que, según su proclama, iba a llegar a Grecia con un muy numeroso ejército. Así, el comandante en jefe de Grecia y plenipotenciario del gran Procurador envía hacia Atenas a Livarios Livarópulos**, con el consiguiente pliego o decreto. El tal Livarópulos gobernó con energía y celo hasta el establecimiento del Areópapresenta trazas de haber tenido población. Los habitantes de este lugar se trasladaron a la ahora aldea de Liópesi, considerándola una posición más conveniente; por ello, es justo designarlos con el antiguo nombre de “Equélidas”. La palabra liope significa ‘rebaño’en albanés.
7 Herido en la cara desde la fortaleza, murió gloriosamente el 30 de mayo, a la edad de 25 años, significándose como un joven valiente; era hermano de Michaíl Vuzykis.
8 Murió de peste en 1824, significándose como un valiente ciudadano, a la edad de 30 años; era hermano de Panag. y Stavros Pulos.
* Antigua Ceos.
** Sic. Su nombre real es Liverios Liverópulos, como se le llama más adelante.
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go y la Gerusía del Peloponeso, tiempo en el que se reconoció que el gobierno sin mando de Hypsilandis no era nada y más bien parecía un juego de niños.
En tanto, no obstante, fue de utilidad aquella buena persona de Dim. Hypsilandis, tanto por el significado de su nombre como por su conducta militar y su mucho fervor en pro de la libertad de la nación griega. Si hubiera tenido tanta inteligencia como ánimo, y si hubiera tenido tanto espíritu como fervor, habría llevado a cabo las mayores hazañas. He aquí el decreto o pliego: “En virtud de los plenos poderes que me han sido otorgados para el generalato de Grecia por el comandante en jefe Aléxandros Hypsilandis, mi respetable hermano, nombro y envío como general plenipotenciario de los ejércitos del Ática hasta la expugnación o rendición del Castillo al Sr. Liverios, hombre patriota, inteligente y culto. Por lo cual, todos los compatriotas combatientes en el Ática deben reconocerlo como su comandante y, después de la expugnación o rendición del Castillo, aceptar la organización y el ordenamiento político que disponga, hasta nueva orden.
Dimitrios Hypsilandis.
Plenipotenciario del Intendente General.”
Mientras tanto los sitiados, llenos de temor ante la inesperada contingencia y sin poder recibir información sobre el alcance de esta tentativa de sus vasallos los cristianos, se consumían y lamentaban pensando en los males que iban a padecer si permanecían bloqueados y a merced de unos hombres impíos y esclavos –para decirlo con sus mismas calificaciones y estimaciones sobre nosotros–. Por ello, para informarse sobre cómo iban las cosas en Turquía y ante todo para pedir ayuda, mandan como correo hacia los otomanos de Eubea a un miserable lugareño cristiano que estaba con ellos en la fortaleza; y para que regresara con un escrito de aquéllos, le prometieron muchas cosas. Él, capturado en su salida, no quiso mostrar la carta, pero los nuestros lo registraron concienzudamente y la encontraron dentro del forro de sus zapatos.
El contenido de la carta era que, contra toda expectativa, los infieles habitantes de la ciudad y los ragiades (vasallos) cristianos de las aldeas del Ática se habían levantado en armas contra ellos y los habían acosado hasta encerrarlos en la fortaleza desabastecidos por completo, debido a lo inesperado del suceso; por lo tanto, corrían el peligro de ser totalmente aniquilados, caso de no llegarles refuerzos cuanto antes; así que los conminaban, en nombre del gran Profeta, a no permitir que unos hermanos compatriotas y correligio54


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narios suyos, con sus mujeres e hijos, fueran víctimas de los infieles y miserables ragiades, para eterno oprobio de la nación otomana etc., etc.
A los pocos días, vuelven a enviar a otro igual –en suerte, no en condición–, que pone la carta en manos de los nuestros.
En conclusión, después de muchas cavilaciones, los encerrados prueban lo siguiente: mandan como negociador hacia los nuestros a uno de los doce (ya se ha hablado de ellos), el sacerdote Fílippos Gunarakis, ofreciendo a través de él la amnistía y el perdón del punible crimen a cambio de levantar el cerco y mantenerse tranquilos; los atenienses se rieron de ellos y apretaron más fuerte, a pesar de que se condolieron con el pobre Gunarakis por su hijo Spyridon, que estaba dentro del recinto asediado y al que los enemigos iban a dar muerte por el fracaso del padre en su misión.
Finalmente los turcos, apretados por la falta de provisiones y dando muestras en tanto de su valor, se dedicaron a salir de vez en cuando de la ciudadela para robar en los sembrados de las proximidades; en una ocasión a comienzos de junio, para intentarlo más en serio y sacar provecho de su plan, juzgan momento oportuno para su salida el mediodía, pensando que entonces los centinelas estarían durmiendo; y así, llevando además algunos trabajadores a la fuerza, salen armados unos ciento cincuenta y, llegados a las eras de delante de la puerta Sur de la muralla de la ciudad, donde está ahora el Hospital Militar, atacan donde montaban guardia los eginetas y toman su estandarte; después se encuentran con la guardia de los de Hydra, donde, trabado combate al que acudieron también unos atenienses, se dan a la fuga y se refugian en el Castillo. Con toda esa operación, pudieron llevarse algo de trigo; de ellos fueron muertos cuarenta almas, de las cuales veintisiete eran de madre árabe, de los supradichos que llevaban consigo; de los nuestros murieron dos, otros dos fueron hechos prisioneros y fueron heridos tres, entre los cuales se contaba el jefe Dimos Andoniadis, que fue trasladado para su curación a Egina pero, desasistido de médico, se le gangrenó la herida y murió a la edad de treinta y cinco años. Era un gran defensor de la libertad y un valioso cabecilla, llorado por todos.
El mismo día, habiendo acorralado los turcos a cinco de los nuestros en el templo al pie de la fortaleza, llamado de San Jorge Alejandrino, e intentando capturarlos vivos, no consiguieron el éxito porque, resueltos a morir, resistieron al fuego de los enemigos luchando heroicamente hasta la última gota de su sangre, y estas muertes tan decisivas aterraron a los turcos.
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Después de esto los turcos, observando que la posición del Museo*, que estaba en poder de los griegos, era favorable e indispensable para ellos, deciden ocuparla mediante una salida y, al intentarlo, se encuentran inmediatamente con el fuego griego y, sin poder avanzar, son heridos algunos de ellos y retroceden a sus posiciones; pero el más osado de ellos, en cuyo valor fiaban mucho los turcos, cae muerto por el destacamento de los nuestros, que le cortaron la cabeza y la pusieron en alto para mofa y escarnio de los enemigos. Los bárbaros, irritados por ello y compungidos por el fracaso de lo proyectado y por su derrota, decapitan a ocho de los otros once que, como se ha dicho, estaban en el encierro, perdonando la vida sólo a los principales –Prokopios Venizelos, Ángelos Gérondas y Paleologos Venizelos– para que rindieran cuentas en su momento como representantes y responsables de la comunidad cristiana del Ática9.
Aparte de estos asesinatos, sin excluir a los demás mártires de la patria y la fe, el reverendo Filáretos Triandafylis fue en verdad un hombre muy virtuoso y que dio enorme prestigio al clericato. Su edad ascendía a unos cincuenta años y era de estatura elevada y rubios cabellos, más magro que grueso y tenía expresión severa, barbilla más bien pequeña y ojos verdiazulados no muy grandes; el color de su piel era trigueño. Era también amigo de las musas, amante de la libertad y, en su calidad de sacerdote, pensaba en la gloria de una religión en libertad.
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Después de la entrada en Atenas de Omer Pachá Vrionis, concluido el asedio, los turcos los bajaron a la ciudad, encarcelándolos en una torre de las afueras. La noche del dos de agosto, mientras dormían los guardianes, se fugaron por medio de cuerdas a través de los ventanucos y llegaron a Salamina, después de sufrir mucho en la sombría mazmorra de la ciudadela, como en un suplicio del infierno. Después de esto, Prok. Venizelos enfermó de hemiplejía y, luego de vivir quince años completos en postración, murió tras una dolorosa semivida; era hijo del sabio I. Venizelos y suegro del director del Instituto Gennadio. Áng. Gérondas se dedicó con honor a la política y, tras revelarse como un beneficioso ciudadano en el período del levantamiento, permanece sin recompensa hasta el día de hoy. En cuanto a Pal. Venizelos, si bien pertenece igualmente al número de los olvidados, sin embargo goza de una auténtica felicidad, siendo padre de seis notables hijos, entre ellos los médicos Alejandro y Milcíades Venizelos; a él es aplicable la bendición del dicho “Feliz quien tuvo éxito en sus hijos”.
* Museo (Μουσαῖος) fue un poeta arcaico ateniense que vivió y murió aquí, por lo que dio su nombre a la colina, según Pausanias; aunque, por confusión, también se llama colina de las Musas; no obstante, su nombre más frecuente en la actualidad es colina de Filopap(p)o(s), por los restos del monumento funerario de época romana que se alzan en su cima.
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La muerte de estos ciudadanos causó dolor a los atenienses y un soplo de venganza devoró sus entrañas; así, el asedio del fuerte se endureció con gran insistencia, sin omitir ninguno de los posibles medios necesarios para estrechar el cerco de los encerrados. Pero su destino quiso arrebatarlos a tiempo de manos de los griegos, para prolongar la lucha y establecer un escenario más amplio para la guerra. De este modo, las circunstancias hicieron fracasar las hazañas de los griegos y que los turcos se salvaran de los peligros del asedio.
Hemos dicho que los turcos se habían atrincherado en la ciudadela desprovistos de víveres y sin esperanzas de hallar los medios de abastecimiento de comida debido al estrecho bloqueo; por otra parte, eran conscientes de su incapacidad para romper el cerco; el día en que divisaron por el catalejo un esquife varado en Falero, aguardan a que fuera noche cerrada y envían a cinco de los familiares con un mensaje para Omer, gobernador entonces de Caristo, explicando en qué terrible situación se encontraban y pidiendo con vehemencia ayuda efectiva y suficiente para romper el cerco.
Los enviados, atravesando con mucho cuidado las guardias de los sitiadores, llegaron sanos y salvos a Falero, entraron en la embarcación, secuestraron a dos tripulantes que estaban durmiendo y los obligaron a remar en dirección a Caristo.
En tanto Omer Pachá Vrionis, que estaba recorriendo Beocia, observaba los movimientos de los rebeldes del Peloponeso y Grecia Continental; pero al recibir de Omer de Caristo una misiva acuciante en pro de los turcos sitiados en Atenas y escuchar las súplicas acompañadas de lágrimas de los enviados desde la fortaleza, cede a la compasión y marcha contra Atenas.
En el mes de mayo los atenienses, antes que Vrionis entrara en el Ática, mandan un refuerzo militar a Beocia, hacia los destacamentos griegos locales al mando de Lukás Nikas. Seguidamente, al enterarse de que el enemigo ya estaba en Atenas, se desmoralizaron, porque se veían rodeados por una pavorosa operación envolvente; pero, reaccionando en la medida de la naturaleza humana, se dividen en dos cuerpos: unos mantienen el bloqueo de la ciudadela y otros van a enfrentarse a los invasores en la aldea de Liátani, en Tanagra, a nueve horas de Atenas por el norte. Ellos eran en número de setecientos, el enemigo tenía un ejército completo de tres mil. Allí, pues, se entabla batalla de varias horas de duración entre dos fuerzas desiguales en cantidad y calidad. El enemigo, que era superior, consigue pasar con bastantes pérdidas y entra en la ciudad el veinte de julio.
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Los sitiadores del fuerte, no pudiendo combatir contra dos fuerzas –los sitiados y los atacantes– se retiran unos a Salamina y otros a Egina, dejando casi todos sus bienes muebles en los sótanos de las casas, ya que la mayoría tenía uno así bajo tierra.
El enemigo, al aproximarse a los arrabales de la ciudad, despliega las alas del ejército por el camino del Pireo y captura a cierto número de mujeres y niños que no pueden darse a la fuga y a Nikólaos Markopuliotis, padre de Konstandinos Markopuliotis, al que los turcos de Atenas, movidos por el furor de la venganza, dieron la crudelísima muerte del empalamiento. Si el enemigo no hubiera marchado con lentitud, habría apresado a muchos hombres y muchas mujeres y niños, porque su evacuación coincidió con la hora en que el polvo que levantaba el enemigo se hizo visible frente a la ciudad. De no poca ayuda para los nuestros fueron dos barcos griegos anclados en el Pireo, alquilados para ello desde el comienzo del asedio por el gobierno local, con el fin de que se utilizaran no sólo para guardar bienes muebles valiosos, sino también para salvar a los que huían de las incursiones enemigas.
Los bloqueados en la ciudadela, aunque veían desde lo alto a los suyos venir en su ayuda y rescate, desconfiaban sin embargo de que los que avanzaban fueran turcos y, creyendo una estratagema la huida de los nuestros, no se atrevían a bajar hasta que los recién llegados turcos les hablaran desde abajo y les confirmaran que realmente eran compatriotas. La tristeza se transformó en alegría y los hombres abrieron las puertas y bajaron a la ciudad.
Los enemigos, dueños de la ciudad y sabedores de que los atenienses tenían escondidas bajo tierra sus posesiones muebles, fueron capaces de descubrir todos los sótanos. Así, los atenienses sufrieron un castigo importante.
Fue culpable de tal pena la mala gestión de los asuntos, porque los militares al mando prohibieron la salida de los enseres valiosos; de otra forma, podían haber sido trasladados fácilmente a Salamina. Pero la pluralidad de mando en la época de la Insurrección no justifica las omisiones en la seguridad del patrimonio.
Creo digno de reseñar lo que sigue: cuando uno de los turcos bloqueados desertó de su puesto para escapar al peligro del asedio deslizándose de noche desde las almenas con la ayuda de cuerdas, una vez a salvo en la ciudad los nuestros lo refugiaron para salvarle la vida en el Consulado de Austria, donde estaban también otros turcos a causa del sedicente asilo diplomático.
Éste, permaneciendo allí hasta la entrada de Vrionis en la ciudad, quiso bajar del piso de arriba de la casa y, mientras descendía las escaleras, al verlo los 58


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turcos de Atenas, que habían salido ya del Castillo, al punto lo matan, mientras le dicen con ira: “No mereces vivir, infiel y traidor a la fe ortodoxa (la musulmana)”. Dejaron su cadáver insepulto, proclamándolo indigno de la causa otomana y de la compasión humana. ¡Opinión digna de elogio, sin duda! ¡A cuántos traidores como él perdonaron los políticos griegos! ¡Y cuántos de ellos viven hoy día a costa de la empobrecida hacienda pública, beneficiarios de una recompensa indigna y absurda!
Los turcos de Atenas, muy contentos por su rescate, votaron la muerte de los rebeldes y la expropiación de sus bienes como indemnización por los daños sufridos hasta entonces; hacían contra nosotros lo mismo que nosotros contra ellos; pero las desagradables noticias sobre la mala marcha de la causa turca, sucediéndose día tras día, bajaban su moral y disminuían su determinación. Mientras tanto, se ocuparon de proveerse de víveres, municiones y demás cosas necesarias para un eventual bloqueo.
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CAPÍTULO ΙΙ
Los atenienses, aunque huyeron a las islas a la llegada de Vrionis, no pudieron estar quietos allí ni un mes; con ansias de desquite e inflamados de patriotismo, partieron en número de ochocientos a la Megáride, uniéndose a los jefes que vigilaban el estrecho, Kyriakulis Mavromichalis y Nikitas Stamatópulos. Después, distribuidos según su cuerpo de ejército, provocaban daños al enemigo por todas partes, aquí espiando, allá pirateando, obstaculizando en los montes y colinas tanto como en los caminos; a consecuencia de ello, sucedió lo que sigue: En el mes de septiembre del mismo año 1821, sesenta albaneses de Vrionis salieron de la ciudad a caballo camino de la aldea de Dragomán10, que dista de la ciudad una hora y media, para saquear trigo escondido allí, según sus informes; pero setenta de los nuestros, al mando de los jefes guerrilleros Anastasios Lekkas y Dimitrios Skevás Chastieas, se enfrentan a ellos y los baten, de modo que se ven obligados a retroceder, muriendo seis de ellos y cayendo también dos caballos.
Al anunciar éstos lo sucedido a Vrionis Pachá, lo excitan a la revancha.
Irritado por esto, Vrionis toma consigo la caballería y unos quinientos soldados de infantería y carga con determinación contra los nuestros. Éstos, impertérritos ante la fuerza superior del enemigo, se mantienen firmes en su posición y entablan combate durante bastante tiempo, sin ceder lo más mínimo. El enemigo, enojado por la oposición, pero también por el desprecio de sólo setenta hombres y no bien armados, cae sobre ellos con la caballería, 10
Dragomán es una palabra turca que significa ‘intérprete’. Fue un intérprete de la Sublime Puerta que se instaló en Atenas a fines del siglo XVII y compró esta aldea quien le dio el nombre; limita al sur con la aldea de Flega y al oeste con la casa de campo de la reina Amalia. Antiguamente estaba allí el demo de Flía, cuyo nombre evolucionó a Flega; la parte que adquirió el dragomán recibió este nombre, al igual que lo que pertenece ahora a la reina fue llamado Mesogita, por el mesogita que adquirió la aldea. La porción restante se llama hasta hoy Flega. Se confirma que este lugar es Flía por dos datos: 1º que el lugar fluye, es decir, mana agua hacia muchas zonas, por lo cual fue llamado demo de Flía; y 2º que de Flía se formó Flega, emparentada con φλέω, de donde φλέγω y φλύω; por lo que se confirma tanto por el nombre como por la realidad la existencia allí de dicho demo.
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pero ellos contraatacan a pie contra los jinetes, pocos contra muchos, hasta el punto de que poco faltó para que muriera el propio comandante Omer cuando un ateniense, Dimos Rumbesis, reconoció al pachá en su caballo y se lanzó enloquecido contra él, a pie como estaba, blandiendo su pistola (su única arma); y si uno de sus guardias de corps no se hubiera adelantado interponiendo su cuerpo y muriendo en lugar de su señor, con seguridad habría muerto entonces el pachá. A pesar de eso, el griego no cede, no se acobarda, sino al contrario; como no disponía de otra arma, se lanza contra el caballo y agarra la brida; y Vrionis, tembloroso, tira su espada, que era muy valiosa, y de este modo se salva a uña de caballo, mientras Rumbesis es víctima de su heroísmo rodeado por los guardias de Vrionis, como un nuevo Cinegiro*, el de Maratón. La espada11 se convirtió en botín de otro de los héroes combatientes, Ánguelos Énguelis, y fue un símbolo del triunfo de los griegos. Los bárbaros, pensando que se enfrentan a una fuerza de superhombres, corren a la ciudad para salvarse. En este combate cayeron bastantes enemigos, y muchos fueron heridos. De los nuestros murió uno y fueron capturados tres, al perderse en la masa de los enemigos. Uno de los prisioneros fue Nikólaos Sandorineos, padre de Ioannis Sandorineos, cuya cabeza llevaron los bárbaros a la ciudad para escarmiento, según ellos, de la rebeldía.
Esta victoria de los atenienses no fue tan importante por la cantidad de los enemigos muertos como porque avergonzó muchísimo al pachá, hasta el punto de que no soportó por más tiempo quedarse en Atenas. Los habitantes turcos de Atenas, al saber la decisión del pachá, van a rogarle con sentidas lágrimas que no los deje solos a discreción de los infieles griegos, pero él, inconmovible en su postura, les dice: “Si setenta hombres me vencieron e hicieron peligrar mi vida, ¿qué habría pasado si se hubiesen agrupado por miles?” Y se va a finales de octubre de ese año, dejando no obstante en la ciudad un comandante con trescientos hombres para proteger a los habitantes turcos. Pero éste, al enterarse de que los atenienses se están concentrando en las aldeas del Ática con el objetivo de encerrarlos de nuevo en la ciudadela, huye también de allí a todo correr, tras esperar sólo diez días después de la partida de su superior; no obstante, de su contingente se quedaron sesenta mercenarios albaneses.
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Después esta espada fue ofrecida como regalo a Odiseo, y éste la regaló a Kolokotronis.
* Hermano del autor trágico Esquilo y héroe de la batalla de Maratón (490 aC.) contra los persas, en la 1ª guerra médica. Cf. Hdt. VI 114.
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Los turcos de Atenas, entristecidos por esta circunstancia, aun provistos de lo necesario como dijimos, ven que los han dejado indefensos y privados de la protección de su Estado y contemplan para sí mismos la situación más horrible; pese a todo, deciden luchar solos frente a cualquier eventualidad, considerando peor abandonar su tierra, sus hogares y sus bienes, y vagar por ahí apátridas y sin recursos. Entre dos males, prefirieron el más honroso, teniendo siempre puestas las esperanzas en su Dios, ya que los otomanos son más dados a la esperanza que los de las demás naciones.
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CAPÍTULO III
Finalmente los atenienses, después de la huida de Vrionis, salen todos de las islas hacia el Ática el uno de noviembre de ese primer año. No arriesgándose a marchar por lo pronto a la ciudad, entraron el mismo día en las aldeas a la espera de encuadrarse con los demás habitantes de la región, a los cuales Gavriíl Anastasíu estaba instruyendo apresuradamente para la guerra. Llegados más de doscientos a los poblados de Amarysio12 y Chalandrio13 –distantes de la capital el uno dos horas, el otro una y media– dieron pie a los turcos de la ciudad para atreverse a la intentona que sigue, el mismo día de la aparición de los nuestros: enterados de que los rebeldes habían llegado allí sin preparar y desorganizados, piensan que es buena ocasión para atacarlos aprovechando sus carencias, y así provocar miedo a los restantes; pero en el camino hacia dichos lugares, o disminuyó su confianza o prefirieron probar aquello que se dice del enemigo: que en vez de luchar emplea el tiempo en tiroteos, rehuyendo el cuerpo a cuerpo; así que volvieron ese mismo día a la ciudad. En esta operación murieron uno y fueron heridos dos por cada lado14.
Los turcos, habiendo experimentado la fuerza de los atenienses mencionados supra, juzgan necesario atacarlos con tanta violencia como rapidez, antes que se les unan más. Por ello al día siguiente, dos de noviembre, saliendo temprano de la ciudad más de ciento cincuenta, chocan con los ate12
Esta aldea se llama comúnmente Marusio, corregido en Amarisio por Pausanias, que dice: “Los de Atmonia adoran a Ártemis Amarisia” (I 31.5); en consecuencia, los atmoneos fueron llamados amarisios. Pero yo encuentro un obstáculo en cierto modo insalvable: en la periferia de Amarysion se sitúa el antiguo demo de Peleces (Πήληκες), llamado hasta hoy Pélikas (Πέληκας) por el paso dialectal de eta a épsilon.
¿Cuál de los dos demos debemos preferir, Atmonia o Pélikas? ¿El primero? Pero el segundo conserva el nombre ¿El segundo? Pero el primero conserva la advocación de la diosa. He aquí la solución: Amarysion se divide en de Arriba y de Abajo, y en el de Arriba está Peleces y en el de Abajo Atmonia, en lo que ahora se llama “aldea del Auditor”. Y la tierra de esta aldea es muy indicada para el cultivo de la vid, por lo que los de Atmonia eran famosos por sus viñedos, según Aristófanes (Paz,190 y 919, N. del T.); y el vino de este lugar es excelente.
13 Antiguamente se llamaba Colargo; de este demo era el gran Pericles.
14 El mismo día, Symeón Zacharitzas, de guardia en la carretera desde el Pireo hasta la ciudad, captura dos caballos de carga, poniendo en fuga a los carreteros.
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nienses en Chalandrion, donde unos doscientos cincuenta incorporados a filas meditaban la forma de llegar a la ciudad, mientras esperaban a otros conciudadanos. Al ver que los enemigos se acercaban a la aldea frente a ellos y se alejaban mucho de la ciudad y la fortaleza, los consideraron un regalo de la fortuna y, llenos de espíritu de revancha y de buenas esperanzas, los reciben a hierro y fuego. Allí, pues, se entabla una enconada batalla por las dos partes, habida cuenta por ambas de que aquel día decidiría su suerte, porque luchaban los unos por su vida y los otros por su libertad. La batalla dura bastante tiempo, pero finalmente los turcos, a pesar de su valor en la lucha, se dan a la fuga más vergonzosa, tirando muchos sus armas y capas, para entretener a sus perseguidores con el pillaje; sin embargo, fueron perseguidos hasta las mismas puertas de la ciudad. Acción realmente extraña porque, aunque los atenienses los superaban en número, la mayoría iba sin armas y era profana en la guerra; y más extraña aún porque consiguieron poner en tal clase de fuga a unos hombres armados y entrenados para la guerra desde la cuna. En la batalla cayó un número de treinta y dos turcos, sin contar a los heridos; en uno que fue capturado vivo se vengaron los parientes del fallecido oficial Lekkas, arrojándolo a la pira ensartado en un espetón. De los nuestros murieron sólo dos, de los cuales uno era el jefe ateniense Anastasios Lekkas, hermano de Dimitrios Lekkas y padre del teniente de policía Christos Lekkas.
Era de talante heroico, alma noble, cuerpo proporcionado y carácter afable, de cabellos rubios y rostro agraciado; tenía treinta y dos años de edad, el número de turcos matados en esta batalla.
Los turcos, muy doloridos por la derrota y sintiéndose impotentes para salir más de la ciudad e incluso para conservarla, se refugian en la fortaleza con sus mujeres e hijos, convencidos de que volverían a ser bloqueados. Día a día crecía entre ellos el temor a un futuro nefasto, debido a la total interrupción de comunicaciones con sus compatriotas turcos. Reunidos para deliberar en común y decidir las medidas a adoptar, no contemplaban otro medio de salvación más que la firmeza y resistencia.
Los atenienses, animados por la victoria y superando ya el millar, entran sin obstáculo en la ciudad y el tres de noviembre del mismo año bloquean de nuevo a los enemigos en la ciudadela; a partir de esa fecha comienza el segundo asedio.
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CAPÍTULO IV
Hemos dicho precedentemente que los turcos se habían procurado víveres y demás vituallas, con vistas a poder resistir un prolongado asedio si se veían en la obligación.
Los atenienses, al reparar en las previsiones de los encerrados y conscientes de que la toma era difícil, sabiendo que cualquier demora y lentitud podía conllevar resultados nefastos y consecuencias desastrosas, no quisieron aguardar a la entrega de la ciudadela sólo mediante un estrecho cerco y planearon apoderarse de la Acrópolis con ingenios de guerra, y al asalto si fuera posible.
Así pues, para facilitar sus intentonas, actuar ordenadamente y sin riesgos y tener a mano lo necesario, en primer lugar se pusieron a las órdenes de los mismos cabecillas que en el primer asedio, los que hemos mencionado en el capítulo primero; de entre ellos, detentaban el mando supremo Dimitrios Lekkas, Nikólaos Argyris y Alypios Kalogerás, y por encima de ellos fue nombrado Panagiotis Ktenás. Después establecen un mando civil local, compuesto de cinco hombres, cada uno al frente del servicio atribuido; se nombró administrador de recursos a Gavriíl Anastasíu, para los asuntos políticos a Spyridon Patusas y Prokopios Venizelos, intendente de armamento a Georgios Skuzés y a Spyridon Guikakis para alimentación; al mismo tiempo, se nombran doce consejeros.
Dijimos que los atenienses sufrieron un importante castigo con la entrada de Vrionis. Y a pesar de estar excluidos de toda ayuda exterior, a pesar de malgastar en la alimentación y las necesidades de sus familias, desplazadas a las islas, no por eso disminuyó su ánimo, ni su generosidad para sacrificar sus escasos recursos en aras del éxito de la sagrada y gran empresa. Los ricos y acomodados daban sus bienes al común, los pobres aportaban lo que podían y todos en general, en la medida de sus posibilidades, entregaban cuerpos y almas para la liberación de la patria. Nada de lo que se diga en alabanza de los atenienses de este período sobrepasaría los límites de lo merecido.
Los gastos del primero y segundo asedio ascienden a un millón de dracmas, y sólo lo proveniente de donaciones personales.
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Dionysios Surmelís
Los de la ciudadela, en vela día y noche, no omitían ningún medio por el que pudieran perjudicar a los nuestros. Además de usar cañones y bombas, acechaban todo el día desde las almenas y bastiones de la Acrópolis a los que transitaban por la ciudad y les disparaban en cuanto aparecían, matando casi cada día a uno o dos, pese a todas las precauciones adoptadas.
Finalmente, con las miras puestas en la toma de la fortaleza, los atenienses deliberan cómo podrán conseguir lo proyectado y reconocen todos que nada podía serles de más utilidad para el objetivo que la expugnación del Serpentzés*, que es la parte sur de la fortificación, la que circunda el antiguo odeón, porque desde allí se podía progresar más fácilmente en la toma de lo restante. Acordado esto por unanimidad, aunque era una intentona arriesgada, deciden una incursión contra el Serpentzés, cuya muralla era guardada por los turcoalbaneses y estaba protegida también desde los bastiones de la Acrópolis y otras posiciones de la ciudadela. Los turcos no le dedicaban escasa atención, ya que las fuentes del Serpentzés los abastecían de agua potable; sin embargo, no esperaban que los atenienses se atrevieran a atacar esta inaccesible posición; pero el ánimo domeña las dificultades. Los atenienses, firmes en su decisión, haciendo caso omiso de las contrariedades y el temor, ponen el pie en la muralla, matan a los defensores y provocan el pánico entre los encerrados en la Acrópolis. La gesta tuvo lugar el trece de noviembre de 1821. En el asalto cayeron muchos atenienses, cuyos nombres recordaremos en su lugar, entre los cuales destacó Georgios Glystis de Salamina, unánimemente elogiado por su mucho ardor y patriotismo; mientras moría por las heridas recibidas en el asalto, inquirió a los que le rodeaban: “¿Hemos entrado?” –o sea, “¿hemos expugnado el Serpentzés?”– y, al oír la deseada respuesta “hemos entrado”, al punto expiró de alegría.
No queremos tampoco dejar de reseñar la arenga del comandante Ktenás a sus conmilitones cuando estaban a punto de iniciar el ataque, después de entonar el salmo en la ceremonia de la santificación según el rito cristiano: “¡Perros sarnosos!” –les dice el citado comandante– “¿saldremos adelante con la cabeza alta?”; Y, al responderles ellos: “Saldremos, comandante”, al punto da la señal de ataque. Los llamó perros sarnosos para recordarles la insolencia de los turcos, que llamaban así a los cristianos, e insuflar así en ellos el odio contra los enemigos y el ardor en defensa de la fe.
* El Serpentzés era un bastión anexo a los Propileos, que englobaba el odeón de Herodes Ático y con una torre en la punta S.E. de la Acrópolis; defendía precisamente los citados manantiales. Fue demolido en 1877.
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Crónica de Atenas
Cuando finalmente se han apoderado del Serpentzés, irrefrenables, se lanzan sin demora a dominar la Acrópolis. Así, en la primera acometida, quedan dueños de la primera puerta, y después de ésta asaltan la segunda; se adueñan de ésta también, luchando contra la valerosa oposición de los ocupantes.
Tras esto, el entusiasmo se desborda y los lleva a la apropiación de la tercera, proeza imposible y singular, debido a su poderosa y elevada posición; por lo cual, fracasaron, muriendo unos veinticinco el cinco de diciembre, aparte de cuantos murieron en la toma de la primera y segunda puertas, entre ellos el noble y valiente Panagís S. Argyris y el excelente Ánguelos Énguelis.
La acometida contra la tercera puerta se produjo por la causa siguiente: Ilías Mavromichalis, hijo de Petros Mavromichalis, después de llegar a Atenas camino de Caristo con un nutrido contingente, pernoctó varios días y los atenienses, aspirando a hacer algo noble y heroico en presencia de tan buen ciudadano, acometieron dicho ataque; era lógico que fracasaran, pero mostraron que no habría dudas sobre la toma definitiva de la ciudadela, con tales almas en liza.
Los turcos, después de perder el Serpentzés y las dos puertas de la Acrópolis, quedaron aún más apretados y su sufrimiento aumentaba a causa de lo estrecho de la Acrópolis; comienza a ser más fuerte el llanto y lamento de las mujeres y niños; piensan en la suerte que les espera si caen en manos de enemigos y aún más, de esclavos, según su mentalidad, y no tienen consuelo.
Las mujeres y jóvenes, no habituadas a los fatigosos trabajos serviles, se consumían sin cesar dando vueltas a las muelas y, mientras hacen girar dichos aparatos, cantan con pena en el alma la siguiente canción, un poema de su invención:
15 16
Las pobres atenienses, que tan bien vivieron antes, trabajan en la muela y lloran, las cuitadas.
Han perdido las fuentes, los árboles con naranjas Y entraron al castillo y comen hasta las piedras.
Ojalá viva para ver las verdes bariyaquias15 venir aquí para luchar, para traer remedio.
Esperemos, Vre Inch’ Alá16 que vengan los pachás y con la espada en ristre hieran a los ragiades.
Banderas. En ellas, los turcos consideran el color verde como sagrado.
Está en manos de Dios.
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Dionysios Surmelís
Los sitiadores seguían afanosamente con el asedio, removiendo constantemente los obstáculos para la conclusión del asunto. Dejo al margen las conversaciones habidas entre las dos partes contendientes y las mantenidas por ambas entre insultos e insolencias, que terminaban casi siempre en risas y sarcasmos, pero con mucho sufrimiento. Omito los argumentos que manejaron los atenienses para persuadir a los turcos de que se entregasen en condiciones ventajosas. Pero éstos resistían denodadamente y no se entregaron nunca, de manera que su valor es acreedor de toda alabanza. Es verdad, y no podemos negarlo, que tanto los atacantes como los defensores eran atenienses y no se diferenciaban en valor, sino en la religión y los usos de cada uno. Por lo cual, tenían razón los turcos al quejarse ante sus conciudadanos cristianos, que les decían: “Nosotros somos griegos y luchamos para liberar a nuestra patria.” Ellos respondían: “¿Y qué somos nosotros? ¿No somos griegos? ¿No hemos nacido en este lugar? ¿No nos hemos criado y crecido con vosotros en esta tierra de la que ahora vosotros os apropiáis?” Y otras razones parecidas. “Pero sois turcos, sois mahometanos” –dice uno de los nuestros–. “¿Y por qué –responden– no os hacéis vosotros también para que seamos todos libres?” Pero antes de dar fin a mi presente exposición, debo narrar algunos sucesos intermedios, dignos de mención e inseparables de la explicación de esta empresa.
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CAPÍTULO V
A finales de enero de 1822 llega a Atenas el Areópago, compuesto por los siguientes miembros: Neófytos Metaxás, ex-obispo de Talandi; Ánthimos Gazís, Konstandinos Sakelionas, Drosos Mansolas, Georgios Enián, Konstandinos Tasikas y el secretario Adam Dukas. Este Areópago fue la segunda institución griega en rango después de aquel llamado Gobierno Central, y lo formaron a finales del primer año de la insurrección las provincias de Grecia Oriental por iniciativa de Theódoros Negris, presidente de la asamblea de representantes de Grecia Oriental excepto Atenas y Tebas –que no se habían sumado– con sede en Sálona*, pero fue reconocido posteriormente por el Consejo Nacional Supremo, y también por aquéllas.
Esta institución, antes de marcharse de Atenas, da a los ciudadanos atenienses una nueva organización de cargos políticos y militares, según el siguiente tenor: DISPOSICIÓN DEL AREÓPAGO SOBRE LOS EFORADOS Por decisión del Areópago ratificada por el Consejo Nacional Supremo, se crea el cargo de los éforos según el siguiente procedimiento: 1. Se elegirá por votación a diez hombres de entre los ciudadanos más distinguidos para la administración de cada provincia.
2. Se dividirán en dos secciones, política y judicial. La sección política entenderá en la administración de los asuntos de la provincia, la judicial incoará los procesos.
3. La sección política constará de ocho miembros, a saber: 1) éforo de Política. 2) éforo de Economía. 3) éforo del Tesoro. 4) de Policía. 5) de Religión.
6) de la Guerra. 7) de Justicia. 8) Habrá también un Secretario.
Derechos y deberes de los éforos en ejercicio.
1) 2)
Cumplir y hacer cumplir los decretos del Areópago.
Deliberar todos en común cada día sobre todos los asuntos.
* Ha recuperado su antiguo nombre, Anfisa.
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Dionysios Surmelís
Las resoluciones irán firmadas por el éforo al que concierna el asunto, selladas con el sello de la provincia y con la firma del secretario al final.
3)
4) Los siete elegidos, salvo el secretario, se distribuirán las secciones del sello por sorteo.
5) Si no hay acuerdo, las decisiones serán adoptadas por mayoría de los siete.
6)
El eforado tendrá una duración de un año.
Juramento de los éforos.
En nombre del Todopoderoso y verdadero Dios los abajo firmantes, elegidos éforos, prometemos ante nuestros conciudadanos servir a la patria en la forma que se nos ha encomendado, con celo y patriotismo, y rendir cuentas tres veces al año. Si alguno de nosotros no lo cumpliere, tenga a Dios en su contra y a la patria de enemiga.
Los atenienses, noveleros por naturaleza y amantes de lo bueno en la misma medida, acogieron con alegría esta nueva institución y, convocada una asamblea simultáneamente, ponen en práctica las disposiciones del Areópago.
Elección de los éforos por el pueblo según las disposiciones del Areópago En buena hora.
Por común decisión de la ciudad de Atenas y las poblaciones adyacentes, han sido elegidos para los cargos políticos y judiciales los doce ciudadanos siguientes: éforo de Religión, Sr. Dionysios, ob. de Atenas; éforo de Economía, Sr. Gavriíl (Anastasíu), abad de Vraná*; de Asuntos Políticos, Sp. Patusas; del Tesoro, Sp. Guikakis; de la Guerra, Io. Vlachos; de Policía, Dionysios Petrakis; de Justicia, Panagís Zacharitzas; y Secretario Público, Ioannis Skuzés. Éforos Judiciales, los Sres. Thomás Log. Chomatianós, Neófytos Pendelis (abad), Yorgandás Skuzés y Ánguelos Gérondas; los cuales, en virtud de la presente certificación firmada, han de desempeñar la función correspondiente a su departamento, como exige la disposición legal, por espacio de doce meses.
Por lo cual se da a conocer la presente por nosotros los representantes, firmada y sellada con el sello de la Comunidad.
En Atenas, a 27 de enero de 1822.
* Un monasterio de Maratón.
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Crónica de Atenas
A señalar como curiosidad que era imposible encontrar las personas adecuadamente expertas en el desempeño de su dignidad y capaces de su cumplimiento en observación de estos objetivos sin precedentes, ya que faltaba tanto la teoría como la práctica desde un principio y por parte de los mismos miembros del Areópago.
Desde el primer momento en que esta institución organizó la política y la justicia, no descuidó disponer también el ejército, nombrando los oficiales de forma parecida.
¡Cuánto elevó la moral de los atenienses esta novedosa institución! Por primera vez oyen, ven, reciben una organización, una disposición, un cargo.
Son las primicias de la libertad. ¡Cuánto aumentó eso el ánimo, ensanchó el alma y limpió su entendimiento! No se reconocen entre sí los cristianos de Atenas, ¿son estos los que hasta ayer se postraban ante el bárbaro? Nace entre ellos el espíritu de emulación y honran al que supera al otro en amor a la patria. Si no fuera ateniense, elogiaría al máximo la disciplina, la obediencia, la sumisión de mis conciudadanos a las disposiciones legales, a sus dirigentes, a la voz de la patria. Entre ellos reinaban las máximas concordia y solidaridad. ¡Ojalá hubiera persistido después de la toma de la ciudadela!
El Areópago se quedó en Atenas algunos días, en los que trató de persuadir a los de la fortaleza para que se rindieran, garantizándoles sus vidas y haciendas; y, tomando como colaborador por parte de la provincia de Atenas a Io. Tatlíkaras, que había cambiado su nombre por el de Irineo17, partió para disponer los asuntos del resto de Grecia Oriental.
Este órgano de gobierno se llamó impropiamente Areópago*, pero ojalá perdure por siglos la huella de su advenimiento y de Grecia apareciendo ante el mundo como un niño recién nacido; en la medida de lo posible, fue de gran utilidad mientras duró, y tuvo unos objetivos muy nobles.
Por esta época se envía al Consejo, como Consejero representante de la provincia de Atenas, al Dr. Anárgyros Petrakis.
17
Era de Redestós, en Tracia, asentado en Atenas desde joven, hombre sabio y de gran virtud, por lo que fue muy querido y estimado. Murió en 1835, a la edad de 76 años.
* Ya que el Areópago de la antigua Atenas quedó reducido a tribunal para delitos de sangre (pero sólo a partir de la reforma de Efialtes).
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CAPÍTULO VI
Como en esta época llegaron aquí algunos refuerzos para los atenienses, unos a comienzos del cerco de los enemigos, otros a la mitad y otros después, creo adecuado ya reseñar estos contingentes y seguir después con el resto de lo proyectado.
30 eginetas al mando de Georgios Tzelepís, un hombre que respiraba patriotismo.
40 de Salamina, al mando de Georgios Glystis; al morir éste en el asalto al Serpentzés, como se ha dicho, quedan al mando Anagnostis Birbilis y Ioannis Vienas, que permanecieron durante todo el asedio. A señalar que al principio se reunieron unos doscientos.
60 del Heptaneso, en su mayoría de Cefalenia, al mando de Gerásimos Th.
Fokás, un fervoroso amante de la libertad y excelente persona.
Una fuerza mixta de 50, procedentes de Cefalenia y Zacinto, y algunos de Naxos, al mando de Christódulos Raptópulos, hombre que respiraba un gran entusiasmo. Fueron enviados por el gobierno central el mes de marzo de 1822.
30 alemanes al mando del francés Voutier*; llegaron el mismo mes y eran todos filohelenos al máximo.
A principios de ese marzo llegó también Konstas Lagumtzís, de Argyrokastro, excelente ingeniero de minas y decisivo para acelerar la toma de la ciudadela.
Los atenienses, muy contentos con la presencia de estos dos hombres, el artillero Voutier y el minador Konstas, aceptaban como eficaz todo lo que su capacidad les ofrecía. Voutier proveyó de bombas y otros proyectiles y colaboró entusiásticamente, y el minador dirigió a los sitiadores en una obra de zapa bajo la tercera puerta de la Acrópolis y el baluarte anexo. Los zapadores la emprendieron con el máximo de celo y optimismo y la terminaron en treinta y tres días; empezaba desde la primera puerta.
* Se le atribuye el descubrimiento de la Venus de Milo (Melos), en 1820.
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En tanto el Areópago, por medio epistolar, exhorta a los atenienses a que envíen a Stylida, en la Ftiótide, un destacamento contra el contingente enemigo de la zona, al igual que habían hecho otros cuerpos de ejército griegos.
Los atenienses, animosos aunque apretados por la necesidad de mantener el asedio, mandan por el mes de marzo ciento diez hombres de guerra al mando de Nikólaos Argyris; y el mes de mayo del mismo año envían otro contingente de ciento setenta hombres al mando de Nerutzos Venizelos y Andonios Pulos, donde, habida batalla, destacó el portaestandarte Io. Kanaris.
Terminada la galería como dijimos, los sitiadores avisan a los sitiados, conminándoles a rendirse antes que se desplome la puerta por efecto de la zapa, para evitar la matanza. Estos no obstante, aunque no podían ni neutralizar la zapa ni repeler a los atacantes, no dan su brazo a torcer, decididos a resistir hasta el último aliento; los atenienses, aun lamentando el derribo de los baluartes, que iban a serles útiles cuando cayeran en sus manos como lo habían sido a los turcos, viendo necesario el resultado de la mina, prenden fuego a la madera; cae el muro de la puerta y la otra torre con ella, pero para tomar la posición que contiene los baluartes, desde la que luchan los enemigos, se dan cuenta de que es necesario el asalto. Impacientes y para no perder tiempo, con total desprecio de su vida, rivalizan entre sí por ser el primero en subir a la alta y empinada posición18; los enemigos, viéndose en el postrer trance, manejan el fuego y el arma blanca con todas sus fuerzas. Se levanta un gran forcejeo por ambos lados; avanzan los unos, repelen los otros y, cuando caen los que están en primera fila, los que les siguen ocupan sus puestos.
Los atenienses, menospreciando por completo a la muerte, conquistan esta fuerte posición el 18 de abril de 1822, en una acción realmente grandiosa y heroica, pero ¿qué no consiguen el empeño y el fervor? Tales gestas son en verdad raras y superan a cualquier otra hazaña guerrillera. Cayeron muertos diecisiete atenienses, entre ellos Lukás Nikas que, mortalmente herido, expiró a los seis días tras llevar a cabo proezas de auténtico heroísmo, con veintiséis años de edad; y también Dimitrios Skevás, el chastiense con corazón de león. Alemanes cayeron seis, de un total de diez que participaron en el ataque; hubo una suma de una treintena de heridos. Debemos alabar aquí el inmarcesible valor de los alemanes, quienes a esta decisión de los atenienses 18
Como la autoridad competente ha hecho derruir ya el conjunto de los baluartes, las torres y todo lo demás –por ser inútil y no proceder de la Antigüedad–, viendo sólo las posiciones tal como se encuentran hoy no se puede elogiar y admirar dignamente el heroísmo de los que lucharon.
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Crónica de Atenas
dijeron las siguientes notables palabras: “No podemos encontrar un lugar más sagrado ni una época más adecuada para ofrecer nuestras vidas en sacrificio por la amada Grecia, sobre todo teniendo a nuestro lado a nuestros queridos amigos, los valerosos atenienses”.
Inutilizada la tercera puerta y los baluartes de alrededor los sitiados, reducidos a la fortaleza de arriba, quedaron sumidos en una estrechez y malestar máximos, por culpa de las cuales acabaron enfermos, y las mujeres y niños en una situación miserable; día tras día, el agua de las cisternas disminuía y escaseaba; para desgracia de aquellos desdichados, imperaba la sequía; las fuentes de las que bebían les faltaban desde mucho antes, desde que perdieron el Serpentzés. A pesar de todo, resisten a todos los rigores hasta la última gota de agua. Muchos mueren, muchos otros desfallecen; no ven ninguna ayuda exterior por parte de sus congéneres, ni pueden enterarse de cómo marchan los asuntos de Turquía. Agobio por doquier ¿Entregarse?
No se deciden; lloran, claman, se lamentan hombres, mujeres y niños. Oran a cada momento, invocando a las fuerzas de arriba para que manden lluvia; pero el mal sino de los desgraciados dispersa las nubes y día y noche reina el buen tiempo, y el cielo parece de bronce.
Finalmente, una vez que han llegado al máximo de debilidad, y no les queda ninguna esperanza de que llueva ni tampoco una gota de agua, deciden rendirse por medio de un acuerdo, pues han pasado tres días enteros sin probar gota; y así, el 10 de junio de 1822, se entrega la Acrópolis a los atenienses con la capitulación que acompaña; no obstante, antes de exponer los artículos del acuerdo, debo decir que la administración griega, avisada por los atenienses cuando se aproximaba la rendición de los encerrados, se ocupó de enviar una comisión compuesta por Andreas Kalamogdartis y Aléxandros Axiotis, para inventariar los diversos objetos que había en la ciudadela.
Pacto escrito por los sitiados
Por el presente acuerdo escrito, resulta probado que, puesto que los griegos habitantes de la provincia de Atenas se alzaron en armas contra nosotros y visto que nos recluyeron en la Fortaleza, después de obstinada persistencia de ambas partes y tras la cual hemos soportado duras privaciones, nos quitaron lo necesario para vivir, y conforme a la cláusula primera exigen nuestra raï (rendición) a ellos y que les entreguemos la Fortaleza; y todos nosotros, grandes y chicos, lo hemos aceptado y por ello, tras dialogar con los plenipotenciarios absolutos enviados por la Administración de la Nación Griega 77


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(llamada Glorioso Gobierno), de la cual son súbditos los citados griegos de Atenas y los honorables señores Andreas Kalamogdartis y Aléxandros Axiotis, con los doce Éforos de Atenas y con los restantes jefes militares, hemos tomado los siguientes acuerdos diferenciados en artículos: 1º Entregarles en mano las armas que se encuentran en la fortaleza19: cañones, morteros y todas las armas que se hallen en poder de los otomanos, sin oponer resistencia alguna.
2º Después de la entrega de éstas y hasta que se provean de otras, los griegos respetarán el honor y la vida de los otomanos, sin causarles el más mínimo daño o castigo.
3º De los muebles y enseres hallados en poder de los otomanos, cada familia otomana llevará consigo una manta acolchada, una sábana, una almohada, un colchón y vestidos confeccionados dispuestos en un fardo, así como un par de cacerolas con sus tapaderas y dos platos metálicos.
4º De los objetos de diamante, oro y plata hallados en poder de los otomanos, así como de cuantas riquezas contables sean propiedad privada, nos llevaremos la mitad y les entregaremos la otra mitad; las que se demostrare que son propiedad de los griegos, se las entregaremos libremente sin tomar parte.
5º Una vez salgamos de la Fortaleza, los otomanos que deseen residir en la ciudad tendrán permiso de residencia sin restricción y no serán molestados por parte de nadie; cuantos deseen pasar a Asia, serán embarcados en naves bajo pabellón inglés, francés o austríaco, y trasladados en seguridad; el flete que se deba por dichos barcos y la galleta y el queso necesarios y suficientes para la manutención en el transcurso del viaje lo entregarán los griegos en manos de los capitanes de los barcos.
Una vez trasladados de esta manera y aceptados por ambas partes estos acuerdos, se nos ha dado un salvoconducto redactado en griego, sellado con el sello de la provincia y firmado con las firmas de los ordenantes. Por lo cual, se les entrega sellado por nuestra parte el presente escrito oficial.
3 de Siagal de 1227 (año turco).
(Siguen 30 firmas de los notables, con sus rúbricas).
19
Lo encontrado dentro de la ciudadela fue lo siguiente: ocho cañones grandes y pequeños de bronce, 19 de hierro; los demás, inservibles. 72 okades de pólvora y 8000 kilá de trigo y cebada*.
* Una oká (pl. okades) equivale a 1,282 Kgs.; el kiló (pl. kilá) es una medida de capacidad que tiene unos 11 litros.
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Cuando a las ocho a.m. se ha intercambiado el presente acuerdo ratificado por ambas partes, los atenienses entran en la Acrópolis con júbilo exaltado, con el obispo metropolita Dionysios en cabeza acompañado del clero, seguidos de los políticos y militares en ejercicio y de los representantes del gobierno. Celebrada una acción de gracias al Altísimo, el comandante de guarnición turco entrega en un disco de plata las llaves de la ciudadela al metropolita y éste al éforo de la guerra, Io. Vlachos. Los turcos, después de beber agua, bajan a la ciudad, medio muertos en su mayoría por las penalidades y la sed; eran en total 1160 almas; antes de encerrarse, su número ascendía a unas 2500. Es curioso, o más bien un misterio, que los turcos recibieron la Acrópolis de los cristianos el mismo mes (junio de 1456) que la devolvieron, habiéndola tenido 366 años. Si tuviéramos conocimiento histórico del día del mes en que se entregó a los turcos la ciudadela, sabríamos la fecha exacta, y sería prodigioso que fuera el 10 de junio.
El comandante Panagís Ktenás, rebosante de alegría por el venturoso suceso, corre hacia las baterías a disparar él solo las salvas de victoria; pero llevado por la imprevisión, cuando carga por tercera vez, antes de apartarse el cañón que está al rojo vivo y a consecuencia de esto produce por sí mismo fuego en su interior, abrasa al intrépido joven* y lo empuja peña abajo. La alegría de los atenienses se mezcló con tristeza y fue llorado por todos por sus merecimientos y su ferviente celo; tenía 28 años, estatura mediana y ojos negros. Su muerte producía efectos no deseados: el desacuerdo entre los atenienses sobre quién tomaría el mando de la guarnición y a continuación Odiseo, Guras, etc. Sus conciudadanos le rindieron las debidas honras fúnebres y lo sepultaron en el templo de los Santos Anárgiros**, cubriéndolo con una losa20 en que grabaron la siguiente inscripción: 20

“Nuncio de la victoria de los griegos, cuya muerte fue extraña cual la de Eucles***, el que luchó en Maratón.
Los enemigos la destrozaron cuando ocuparon la ciudad en 1827, y después los hermanos Ktenás que sobrevivieron volvieron a juntar los fragmentos y colocaron la losa sobre el sepulcro en 1832.
* Se conserva el anacoluto del original.
** Cosme y Damián, que en tiempos de Diocleciano ejercían la medicina entre los pobres gratuitamente; por eso eran ἀνάργυροι, ‘sin dinero’.
*** Según la leyenda (cf. Plutarco, Moralia II 347c), fue quien recorrió la distancia entre Maratón y Atenas para anunciar la victoria, muriendo por el esfuerzo (aunque modernamente se atribuye la hazaña a Filípides, que en realidad fue el que corrió hasta Esparta para pedir ayuda antes de la batalla, cf. Hdt. VI 105).
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Pero fuiste arrojado a las llamas cual otro Fénix y de nuevo renacerás a una vida inmortal.”
Posteriormente, movidos por el reconocimiento, nombran comandante de la guarnición a su hermano Spyros Ktenás, un joven bisoño y sin experiencia. No obstante, lo mantuvieron poco tiempo, mientras actuó según el consejo de los más sensatos.
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LIBRO SEGUNDO CAPÍTULO I
Los atenienses, liberados ya, gozaban las mieles de la libertad dentro de lo que la ocasión les permitía; mas cuando la guerra no fue sólo contra los turcos de Atenas con el resultado de que después de ella reinara la paz, sino era una conflagración general contra el gran tirano que, para aplastar la insurrección del Peloponeso, movilizaba contra él un ejército muy numeroso al mando del general Drámalis, los atenienses temían que el enemigo en su recorrido invadiera también el Ática, por lo que es lógico que se inquietaran.
Entretanto, al llegar la noticia sobre la aproximación de Drámalis*, la masa que había afluido a la ciudad de Atenas desde diversas partes para intervenir en su liberación, apoyándose en dicha información y excitando los ánimos de algunos de los combatientes atenienses, dan muerte a los turcos que se habían entregado merced a la capitulación antes expuesta. Los muy incivilizados, llevados por su inhumanidad, manchan sus manos en sangre inocente. Los desventurados turcos habitaban casi todos en el establecimiento público, que era el edificio donde tuvo su sede la administración del poder turco, y no podían escapar a sus matadores, desarmados y recluidos como estaban en sus habitaciones. Mientras matan a los hombres y a muchos de los niños, se reparten las mujeres tomando cada uno la que le gustaba. Los notables y los más sensatos ciudadanos de Atenas, horrorizados ante la injusta e inhumana fechoría, corrían intentado salvar a cuantos pudieran; a duras penas son salvados unos sesenta hombres, unos 150 de entre los niños varones y en torno a 500 mujeres. Los hombres, con algunas mujeres y muchos de los niños, son enviados a Esmirna a través del cónsul austríaco Georg Gropius y con permiso de la autoridad local; éste, movido por la filantropía y no por el interés como dicen algunos, acogió después en su oficina a las aproximadamente 200 mujeres que soltaron los griegos y las alimentó a sus expensas con la esperanza de ser indemnizado más adelante, hasta que aprovechó una * Trikupis, capítulo XXXVI.
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Dionysios Surmelís
ocasión para enviarlas también a Esmirna. La tragedia ocurrió el veintiocho del citado mes de junio. Ciertos fanáticos fundamentalistas, justificando la inicua matanza, aplicaban a esta circunstancia el párrafo 6-7 del capítulo 18 del Apocalipsis de San Juan, que dice: “Dadle a ella (a Turquía) como ella os ha dado, y pagadle doble según sus obras; en el cáliz en que ella preparó bebida, preparadle a ella el doble; cuanto ella se ha glorificado y ha vivido en deleite, tanto dadle de tormento y llanto.” Después de esto los atenienses, mientras se aproximaba la incursión de Drámalis, trasladan sus familias a Salamina y Egina, quedándose la ciudad casi vacía; la fortaleza está impotente y sin defender, por la falta de lo indispensable.
Sin embargo, antes de que el enemigo traspase las Termópilas, el Areópago dispone que salgan en expedición quinientos atenienses, que se unen a los demás griegos para obstaculizar el paso del enemigo. La ciudad envía inmediatamente dicho contingente al mando de los jefes bandoleros Nikólaos Sarís, Symeón Zacharitzas y N. Argyris.
Spyros Ktenás, el comandante de la guarnición, no pudiendo defender la ciudadela si el enemigo llega a Atenas, dice a los ciudadanos que tomen medidas sobre esto, que lo pide él; pero ellos, sumidos en la impotencia, no saben qué hacer. Cuando llamaron para que subiera a la fortaleza como ayudante del jefe de la guarnición a Stathis Katzikogiannis, que estaba ya en Atenas con treinta de sus hombres, a él no le gustó; Ioannis Vlachos y Nikólaos Zacharitzas, dos jóvenes vástagos de las familias más pudientes, al ver que los atenienses están a punto de perder lo que han ganado con tanta lucha, tantos gastos y tanta sangre, se compromenten a permanecer en la fortaleza e, izando banderas en medio del ágora, convocan a cuantos patriotas deseen morir junto a ellos para conservar su ya liberada tierra.
El ejemplo anima a trescientos setenta jóvenes a persistir en la decisión de salvar la ciudadela o morir en el intento. Dicho y hecho: se afanan en el abastecimiento, lo culminan con éxito y fortifican la ciudadela según sus posibilidades, trabajando día y noche y llevando a hombros para transportarlas allí cuál agua, cuál madera, cuál piedras; son realmente dignos de elogio estos distinguidos jóvenes por su amor a la patria y su osado intento, y digo osado porque los habían dejado abandonados; sólo podemos decir que impulsaba sus almas un soplo de patriotismo.
Entretanto, dirigen a sus padres y familiares y a todos sus conciudadanos un escrito en el que explican sus sensaciones. El contenido más aproximado al sentido del texto es como sigue: 82


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Crónica de Atenas
“Amados padres, amigos, parientes y demás conciudadanos: nuestra patria, como veis, está en un grave peligro; nosotros, no pudiendo actuar de otro modo, hemos decidido permanecer aquí para defenderla todos juntos, con la resolución de verter hasta la última gota de nuestra sangre. No os pedimos más que vuestra bendición, vuestro cariño y vuestro saludo, y que oréis a Dios por la salvación de la patria; el fundamento de la patria es la doctrina de Cristo, y por eso confiamos en el auxilio divino para que no nos perdamos injustamente ni nosotros ni la patria. Ojalá gocemos pronto de nuestra mutua compañía.” 1 de julio de 1822.
Pero mientras tanto entran en la ciudad otros fervientes entusiastas: el abad de Vranás Gavriíl Anastasíu y algunos a su mando: N. Sarís, N. Zacharitzas y Lambros Iliakópulos con los suyos, hasta llegar entre todos a los quinientos.
Los atenienses que estaban en Salamina, propietarios en su mayoría, movidos por el reconocimiento y a instancias del Areópago, acuerdan lo siguiente: “Por la dignidad que se me otorga Dionisio21 de Atenas confirma.
Todos los griegos de Atenas que con fervientes celo y patriotismo juraron por Dios y por la patria y decidieron afrontar los peligros junto a los tres éforos sres. Gavriíl, Ioannis Vlachos y N. Zacharitzas, el secretario Ioannis 21
Fórmula habitual de encabezamiento de los arzobispos, sobre todo cuando se precisaba la ratificación. Este arzobispo era sobrino del venerable patriarca Gregorio de Dimitsana en Arcadia, un hombre venerable y virtuoso; murió el 14 de mayo de 1823, más o menos. Por aquellas fechas sucedió que su hermana iba con toda su familia desde Tenos a Atenas; estando infectado el barco que los llevaba por la enfermedad de la peste sin que la mujer lo supiera, al segundo día de travesía muere uno de los viajeros a causa de dicha enfermedad, con lo cual se descubre el asunto y se pone el barco en cuarentena sin que ella hubiera entrado en contacto con nadie de los nuestros; no obstante, cuando Su Eminencia fue a visitarla antes de que se produjera la muerte, comunicó sus sospechas a la administración local, no fuera que se hubiese contagiado de los que iban con su hermana, y así fue como lo recluyeron en su casa estrechamente vigilado, siendo afectado por una honda pena debido a la forma del confinamiento, inapropiada a su dignidad de arzobispo, según creía, y cayendo en una debilidad que le provocó la muerte en pocos días; tenía unos 40 años, era de estatura alta, con una barba negra proporcional al tamaño del cuerpo; era de rostro sereno y aspecto agradable. Mucho se le debe a este hombre, pues dio la venia a sus obispos, Neófytos de Talandi e Isaías de Sálona, y además animó a los notables de las provincias que levantaron en armas al pueblo, muy reconfortado por las oraciones de los arzobispos, y más todavía cuando tenían entre sus filas a obispos, e incluso como general al diácono Athánasios Dorieas, llamado Diakos.
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Dionysios Surmelís
Skuzés y los jefes Spyros Ktenás, Lambros Iliakópulos, Symeón Zacharitzas y Nikólaos Sarís, y derramar su sangre hasta la última gota luchando por poseer y conservar la Acrópolis, encerrados y combatiendo a los enemigos turcos que avancen contra ella: esos tales, dados a conocer por su nombre por los denominados éforos, serán admirados22 por la nación y coronados23 con el agradecimiento de sus conciudadanos atenienses como liberadores de la patria y genuinos atenienses. La administración del Areópago y los patriotas de Atenas les hacen donación por su mérito de diez mil olivos pertenecientes al Estado; y para que conste, la presente ha sido sancionada por el Areópago y los atenienses que residen en Salamina, y rubricada con el sello de la comunidad de Atenas.
Apéndice. Si el Gobierno Central no accede a lo expuesto, los atenienses nos comprometemos a ponerlos de nuestras posesiones24, de acuerdo con lo que suscribimos.
En Salamina, a 6 de julio de 1822 (Sello) (Siguen 63 firmas) (Sello) Sancionada por el Areópago de acuerdo con la oferta de los firmantes.
NEÓFYTOS, OBISPO DE TALANDI Presidente K. TASIKAS PANUSIS TREPSIADIS DIMITRIOS STAMATOGIANNIS Por la Secretaría DIMITRIOS NIKOLAÍDIS El escrito fue enviado a la ciudad, alegrando a los que había en ella por el reconocimiento de sus conciudadanos ¿Sería recompensado uno solo de estos hombres después de la restauración? ¡Ni uno! Ni de los que viven ni de los hijos de los muertos.
Drámalis, al saber que la ciudadela está fortificada y los atenienses han decidido defenderla hasta la última gota de sangre, juzgó inútil mandar parte de su fuerza contra Atenas, por lo cual atraviesa el Istmo al frente de su ejército y entra en el Peloponeso, escapando así el Ática del peligro por el momento.
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Ni aunque se les preguntara de qué pelo se agarra el gorro, según el dicho.
Ni con la corona de espinas.
Aún se esperan, y se esperarán por los siglos de los siglos.
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CAPÍTULO II
Una vez que Atenas se encontraba ya fuera de peligro, comienza la discordia entre los ciudadanos. El jefe de la guarnición, Ktenás, que era estrecho de mente, hace insensateces y su insensatez provoca la muerte de Georgios Skuzés, que estaba al frente de las finanzas, llevada a cabo por unos facinerosos hombres suyos, y encarcela a otros cinco de los propietarios después de traerlos desde Salamina, con el fin de sacarles dinero para pago de las soldadas o matarlos en caso de que no lo aporten.
El magnánimo N. Sarís, horrorizado por las dementes y dañinas acciones de Ktenás, idea un plan para expulsarlo de la ciudadela: afectando amistad, consigue entrar con sólo quince hombres y, con la fuerza de esa pequeña columna, es capaz de apoderarse de la ciudadela después de echar de todas las posiciones a los guardianes, que los superaban en un número de setenta; siembra el miedo entre los de Ktenás, que se precipitan desde la fortaleza hasta llegar a salvo a la ciudad; con todo, se puso cuidado en no matar a ninguno, disparando sus fusiles y pistolas al aire sólo para amedrentar, pues se procuraba ahorrar la sangre de los conciudadanos.
Inmediatamente pone en libertad a los encarcelados y anuncia la paz y la armonía dentro de la ciudad; agrega como ayudante en la guarnición a Dimitrios Lekkas e intenta parecer honorable a sus conciudadanos. Los rivales, entre los cuales estaban Io. Vlachos y N. Zacharitzas, se retiraron por la noche temiendo represalias. Tales son los resultados de la discordia.
Después de esto, unos 500 del círculo de Io. Vlachos, N. Zacharitzas y Symeón Zacharitzas se dirigen a Dervenochoria de Megáride para estorbar la salida de los enemigos por el Istmo, uniéndose a los de D. Hypsilandis y Nikitas, que montaban guardia allí desde que Drámalis fue confinado en Corinto. Pero su objetivo principal era hacer algo contra Sarís. Los de éste enviaron también a Megáride cien hombres, al mando del jefe Spyridon Kyriakós.
Habiendo pasado unos días estos contingentes hasta que Drámalis no estuvo en condiciones de salir de Corinto, los rivales de Sarís convencen a Hypsilandis y Nikitas de que vayan a Atenas para obligar a Sarís a entregarles 85


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Dionysios Surmelís
la ciudadela. Lo único que impulsaba a estos atenienses era la envidia, y la envidia no sabe nunca valorar lo conveniente.
Llegados estos mandos con los adversarios de Sarís, lo invitan a que comparezca ante ellos tratando de persuadirle para que ceda la ciudadela, pero él no hizo ningún caso. Viendo que apartan de él a los ciudadanos y los rivales intentan que se quede solo, se encontró en una difícil situación y, para no entregar la fortaleza a los que le perjudicaban más de lo que él podía a ellos, prefiere llamar quieras o no a Odiseo por medio de una carta prometiendo entregarle a él la fortaleza, considerándolo preferible a Hypsilandis. Lo puso en ejecución por medio de Lekkas y Meletios Vasilíu, quienes van ante Odiseo y le comunican la situación y las facciones en liza. Resulta que, pocos días antes, los notables atenienses que estaban en Egina habían llamado a Odiseo para el mismo tema. Mientras, Sarís se daba cuenta de la gravedad de la circunstancia y se resistía a entregar la ciudadela, pidiendo la colaboración de sus conciudadanos para no poner la posesión de la plaza en manos ajenas; pero los adversarios eran muchos, y pocos los que apostaban por él.
Odiseo no dejó escapar ocasión tan propicia, alegrándose muchísimo y congratulándose por haberse convertido ya en el dueño de la ciudadela de Atenas y, por ende, de un territorio muy amplio. Tomando consigo a Ioannis Guras, llega a Atenas con 150 hombres el 21 de agosto de 1822 y los de la guarnición lo reciben con salvas de cañón, entregándole las llaves del fortín.
Este facineroso e intrigante por naturaleza se vistió con la piel de zorro, celebrando muchas reuniones con Hypsilandis y Nikitas, cediéndoles la ciudadela sólo de palabra y, aprovechándose de la simpleza de ambos, da con la ocasión de engatusarlos. “Debemos ligarnos estrechamente –dice– y, para guardarnos mutua fidelidad, juramentarnos para formar una sociedad secreta.” En conclusión, propuso que D. Hypsilandis fuera general supremo de Grecia, Kolokotronis general en jefe del Peloponeso, Markos Vótsaris de Grecia Occidental y él mismo general en jefe de Grecia Oriental. Hypsilandis accedió, pero reservó su generalato para su hermano Aléxandros. Así jugaba Odiseo para consolidar su futuro.
Una vez que los atenienses reconocieron a Odiseo como jefe de la guarnición, éste rehúsa falsamente el cargo, nombra a Ioannis Guras en su lugar, fortifica todas las posiciones y reductos del recinto y excluye de la guarnición a todos los naturales de Atenas. Convertido en dueño de la fortaleza y de la ciudad, lo dispone todo a su antojo, surtiendo a la ciudadela de víveres y municiones. Y como la comunidad o el tesoro público no tenían fondos, le dona a 86


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Crónica de Atenas
sus expensas trece mil grosia* turcos (el real de a ocho** vale ocho grosia). Al mismo tiempo pidió y obtuvo del mando local ser nombrado administrador de la fortaleza para gastos e ingresos. Después presiona a través de los notables de Lebadea que viven ya allí y es elegido comandante general de Grecia Oriental, tras un congreso de atenienses, tebanos y lebaditas; el metropolita de Atenas le ciñe la espada y hace votos por él; esta espada era la de Omer Vrionis, de la cual se ha hablado precedentemente.
Mientras tanto, para resultar temible a los atenienses según los métodos de Alí Pachá y para mostrarles qué clase de persona era, prende una noche a dos recién llegados que eran parientes entre sí, y los cuelga en la horca. Empareda vivo a un sacerdote hasta que el desgraciado expiró, para que dé gracias a su Dios por el martirio; y es que era un enemigo sin cuartel de los eclesiásticos, y celebraba el asesinato de estos como un buen augurio; y eso lo sabían todos los griegos ¡Vaya una mentalidad extraña! ¡Vaya un sacrilegio judío!
A continuación, toma consigo a dos o tres lugartenientes suyos que están en la guarnición de la Acrópolis y recorre las almenas de la fortaleza, señalándoles desde lo alto los campos y olivares de Atenas y diciéndoles: “Mirad las riquezas de estos extranjis. Todo eso es nuestro; ya no nos falta más que arrancar las espinas, que son los notables de Atenas.” Los lugartenientes responden: “Ordena lo que quieras, excelencia, nosotros no sabemos más que cumplir tus órdenes. Nos tienes a tu disposición para todo”. Está científicamente demostrado que el inferior gusta de asimilarse a los hábitos del jefe.
Después ordenó instituir un senado por libre elección de los ciudadanos y los senadores elegidos fueron, con el nombre de éforos, Thomás A. Chomatianós, Panagís Zacharitzas, Ioannis Vlachos, Panagís Skuzés y Ioannis Palis (1 de septiembre de 1822). Luego pidió quinientos atenienses para que le acompañaran en una expedición.
La comunidad de Atenas, quieras o no, paga las soldadas de los quinientos y él, tomando consigo trescientos cincuenta atenienses sin remunerar al mando de los jefes N. Sarís y N. Argyris, Meletios Vasilíu, Dimitrios Lekkas y Io. Dávaris, recorre Beocia después de mediados de octubre. Aquí es ade-
* Derivado del alemán Groschen, el kuruç (en griego grosi, pl. grosia) es, junto con el
tálero, la moneda habitualmente usada en los territorios del Imperio Otomano.
** Moneda de origen español que circulaba mucho como divisa. Se llamó también dólar español, siendo el origen del dólar americano. Su nombre griego, dístilon (pl.
dístila), que es el que usaremos a partir de ahora, alude a las dos columnas de Hércules, que figuraban en el envés.
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cuado que apliquemos a los atenienses el proverbio del de Damalá*: “No lo queríais molido, pedíais los granos; tomad ahora el molinillo”.
El flamante comandante en jefe, al encontrarse con el enemigo entre Velitzas y Dadí, aldeas de Beocia, donde no tuvo más remedio que entablar batalla, se da a la fuga corriendo en cabeza a toda velocidad gracias a su rapidez en la carrera (pues era el más veloz de los griegos y superaba corriendo al mejor caballo); el ejército sigue tras sus pasos y a duras penas pudo alcanzarlo el día siguiente al de la batalla, en el seguro refugio de los bosques.
El noble patriota Sarís, considerando vergonzosa la huida, permanece solo en la posición disparando a los atacantes en la medida de sus posibilidades y es capturado vivo inmóvil en su puesto, por fallo de las compactas balas enemigas. Es llevado preso a Larisa ante Hurchid Pachá. Este griego tenía un carácter noble, valiente y afable. Antes de la Insurrección había dado muestras de este natural al poder turco, al que abochornó muchas veces evadiéndose de manos de sus captores o de la cárcel, y de en medio de mucha gente. Pero también tuvo de joven costumbres licenciosas; este es el resultado cuando se educa mal a una gran personalidad. Llevado a Larisa, se le arroja encadenado a una prisión en el centro de la residencia de Hurchid Pachá. Planeando la fuga en su celda, a los nueve días desata las cadenas y sale en plena noche saltando de muro en muro hasta llegar con el día a un pastor valaco, al cual convence para intercambiar sus mantos; vestido de pastor y hablando por el camino con acento pastoril, consiguió burlar a los enemigos que encontraba y llegar a Talandonisi con los nuestros, trochando montes durante ocho días enteros y alimentándose de yerba. El 24 de diciembre llega a Atenas a eso de la primera guardia de la noche y al día siguiente, Navidad, aparece en la ciudad como un resucitado de entre los muertos, pues se le creía perdido para siempre.
Odiseo, aun vencido, logra una paz con el enemigo engañándolo y engatusándolo con otra añagaza suya: redacta una carta de los albaneses que participaban en la guerra, como si hubiera sido enviada por ellos, aludiendo a una disensión contra los turcos y una traición a Turquía, y hace que los turcos la intercepten; el pachá, creyendo auténtico el contenido, se vio obligado a llegar a un acuerdo y retirarse, de forma que ese año Grecia Oriental quedó indemne de las incursiones enemigas.
* Ha recuperado su antiguo nombre de Trezén. “El (obispo) de Damalá” es protagonista de ciertos relatos tradicionales para ilustración de algunos refranes.
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CAPÍTULO III
Desde que Guras asumió el mando de la guarnición, se afanó por fortificar, asegurar y abastecer la ciudadela siguiendo las órdenes y directrices de su jefe Odiseo; y por encargo de éste, con la supervisión del jefe de guarnición y la inversión, el trabajo y el ánimo de los atenienses, surge de bajo tierra el baluarte de la fuente, que fue afortunadamente descubierta por otra obra después de la toma de la fortaleza y estaba enterrada desde hacía siglos. A esta fuente la llamó erróneamente de la Clepsidra un sabio de entonces, pues no sabía que la clepsidra de los antiguos no estaba aquí debajo de la Acrópolis, sino fuera de la ciudad, hacia el S.O., y sus aguas emergían de nuevo en Falero, según lo que se dice sobre ella. Esta fuente está hoy desaparecida, completamente tapada. En la limpieza de la fuente actual, la del baluarte nuevo, trabajó el entusiasta encargado de aguas de la ciudad, Lambros Georgandás, con Konstandinos Krokidás; el segundo murió sepultado por el desplome de un túmulo de gran tamaño. En esta construcción se invirtió muchísimo dinero, pero el vanidoso Odiseo puso en el baluarte la siguiente inscripción: “Este baluarte del manatial Lo elevó de sus cimientos Odiseo Andritsu, General de los griegos.”
Fuera de lugar y de razón es esta inscripción, porque ni hizo nada ni tampoco aportó de sus recursos; lo único que hizo fue apresurar su construcción.
La placa con la inscripción fue ya arrancada.
Por la misma época (octubre de 1822) procedente de Constantinopla llegó a Atenas, su tierra natal, el autor de la presente obra que, movido por los sentimientos que albergaba, dio a conocer a sus conciudadanos el siguiente discurso, de acuerdo con las ideas y facultades que tenía entonces; conservando aún el recuerdo del elogio que le hizo el difunto Theódoros Negris, se animó a incluirlo aquí.
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Dionysios Surmelís
Discurso de Dionysios Surmelís Queridos compatriotas: Sorprendente y extraño, después de su más que singular sueño tan prolongado, les pareció a los siete jóvenes* que estuvieron durmiendo trescientos setenta y dos años en la gruta de Éfeso el cambio en la iconografía, en los edificios y en las calles de la ciudad; pero en el transcurso de tantos años no es raro que la ciudad se hubiera transformado y los hombres hubieran alterado su pensamiento y creencias, sus modos y costumbres; no es extraño que no hubiera ya perseguidores de los cristianos ni idolatría, ni que se hubiera asentado en todos los puntos de la ciudad la venerable cruz del Salvador. Sorprendente y maravilloso en demasía era para los siete jóvenes lo que habían dormido, pero en absoluto el cambio del mundo, a causa del largo tiempo transcurrido.
En cambio a mí, queridos compatriotas, me sucede lo contrario. Sólo han pasado cuatro años y seis meses desde que salí de mi amada tierra hasta que volví a su regazo; el intervalo es corto, pero el cambio es enorme. Todo me parece, con razón, extrañísimo. “¡Este cambio procede de la diestra del Altísimo!”** No veo a infieles enemigos de nuestra fe: ¡los despóticos adeptos de Mahoma han desaparecido por completo! ¡Se ve el signo de la santa cruz en lo alto por toda la ciudad y en todos los templos del Señor! ¡La gente, de esclavos y prisioneros, se han convertido en libres y se revisten de armas! ¡Todos han transformado sus almas y su pensamiento y casi sus manos, pies y cuerpos! Todos claman a una sola voz y a un solo aliento y con inmenso entusiasmo: “Es mucho mejor morir por la libertad que vivir como esclavos.” ¿No es verdad que todo esto es maravilloso, amados conciudadanos? ¿Qué mentalidad, qué hombre de nuestra nacionalidad o de las otras no está perplejo admirando la rauda e inesperada transformación de Grecia? “¡Este cambio procede de la diestra del Altísimo! Venid a ver las obras de Dios, y cuán temible es Él en sus resoluciones sobre los hijos de los hombres.”*** Todo el Peloponeso, el Ática, Beocia, Fócide, Lócride, Etolia, Acarnania y Creta, con el resto del mar Egeo, se saludan ya entre sí en libertad.
Bienaventuradas y dignas de alabanza son las naciones que, siendo libres, derraman su sangre con las armas en la mano, pero mucho más bienaventu* Para resaltar el cambio producido desde el estallido de la Insurrección, el autor evoca la leyenda cristiana de los siete durmientes de Éfeso, que se durmieron escondidos en una gruta durante la persecución de Decio (emperador de Roma de 249 a 251) y despertaron en la época de Teodosio II (408-450).
** Salmos, 77, 10.
*** Salmos, 66, 5.
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rada y digna de alabanza es nuestra nación griega, pues aun estando atados de pies y manos como esclavos bajo el ominoso yugo de los bárbaros infieles, hemos podido romper las ligaduras enemigas y sacudirnos su yugo, y he aquí que estamos en libertad, bailando sencillamente la danza pírrica*, “respirando valor y dispuestos a ayudarnos mutuamente”**.
¿Qué nación, sabios, cayó en una esclavitud igual que la nuestra y pudo después recuperar su libertad? Los hebreos fueron esclavos en Egipto y al final se liberaron, pero ¿cómo? ¿Acaso luchando con las armas en la mano y venciendo a la potencia de los faraones? De todos es conocido cómo salieron los hebreos fuera de Egipto. Después fueron de nuevo esclavizados por Nabucodonosor, rey de Babilonia, y otra vez liberados, pero ¿cómo? Ciro, rey de Persia, sometió Babilonia y les regaló la libertad. Finalmente cayeron bajo el yugo de los romanos, y siguen siendo hasta hoy vasallos de potencias ajenas.
Los asirios fueron poderosos y temibles en los tiempos antiguos, hasta que perdieron por completo su libertad y, con ella, desapareció incluso su nombre. Los babilonios, que fueron también poderosos y célebres, una vez que fueron dominados por los persas y a continuación por muchos dinastas, sufrieron desde entonces cosas peores que los asirios. Egipto, Cartago y otros muchos y diferentes Estados, una vez muertos y enterrados, no lograron resucitar, temiendo una segunda muerte.
Pero nosotros los griegos, si caímos bajo el pesado yugo de los crueles tiranos adoradores de Mahoma por causas que no es el momento referir ahora, mantuvimos no obstante la religión, la lengua, las costumbres y la identidad griega de nuestros antepasados por la que nos distinguimos de las demás naciones, junto con aquella grandeza heroica por la cual asumimos gloriosamente la condición libre, y en adelante viviremos, espero, glorificados por todos y no menos preciados que nuestros antecesores. Rememoremos las gestas, victorias y trofeos que ellos consiguieron contra los bárbaros y por los cuales legaron a la humanidad fama imperecedera e inmortal renombre y, comparándonos con ellos e investigando con juicio ecuánime e imparcial, conoceremos si en efecto “nos gloriamos de ser más valientes que nuestros padres.”*** Que el amante se obceca ante lo amado, a no ser que alguien que lo sepa esté habituado a honrar y perseguir lo bello antes que lo familiar y propio.
* Danza guerrera de la Antigüedad.
** Fórmula homérica.
*** Ilíada 4, 405.
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Las amazonas eran unas mujeres de los tiempos antiguos con una hombría –según se dice– antinatural que, luego de someter a otras muchas naciones, hicieron una expedición contra el Ática para triunfar aquí como en otros lugares, pero nuestros antepasados les salieron al encuentro fuera de la ciudad y, luchando con espíritu varonil, enseñaron a las andróginas mujeres lo que eran por naturaleza, mujeres. Esto redundó en gloria y renombre de nuestros antepasados y en nuestro orgullo de descendientes; pero ellos lucharon por su libertad siendo libres, y estando entrenados para la guerra.
Después Darío, rey de Persia, no contento con ser únicamente señor de Asia, deseó dominar también Europa; llega en definitiva a Maratón y pide a los atenienses el agua y la tierra, símbolo de sumisión; nuestros antepasados, considerando que era preferible una muerte gloriosa a una vida esclavizada, no temieron al enemigo y, alineados allí en Maratón uno junto al otro, segaron el ejército de los bárbaros y obtuvieron una resonante victoria; también esto redundó en gloria y renombre de nuestros antepasados y en nuestro orgullo de descendientes; pero ellos lucharon por su libertad siendo libres y estando entrenados para la guerra. Vino después su hijo Jerjes, emperador como él de los persas, ultrajado por la derrota de su padre y lamentando la desgracia de Persia, a luchar contra los griegos –y en especial contra Atenas– en el paroxismo de su ira, trayendo consigo hombres a granel y selectos guerreros; otra vez nuestros antepasados mostraron su gran temple poniendo el fundamento de la libertad –como dice Píndaro*– en el Artemision, en Salamina, Mícala y Platea, apoyando como sobre el diamante la libertad de Grecia. También esto es timbre de gloria e inmortal memoria para nuestros antepasados, orgullo de nosotros sus descendientes y ejemplo de valor, pero ellos lucharon por su libertad siendo libres, y estando entrenados para la guerra. ¡Que nosotros, que no éramos libres y sí prisioneros de guerra, que no estábamos armados y sí desarmados, desnudos, pobres y establecidos en Grecia como habitantes forasteros, que nosotros podamos sin idea de entrenamiento militar, que podamos digo, guerrear no contra asiáticos, sino contra hombres bárbaros pero nacidos y criados desde generaciones en Grecia, y vencer al monstruo que aplastó a todos los reinos de Asia y asentó su trono sobre Europa sometiendo también a muchas naciones de ella, y expulsar del solar europeo de Grecia, de nuestras posesiones, de nuestras casas no a un pueblo extraño, no a un ejército extranjero, sino a ciudadanos residentes, ri* Frg. 77 Teubner.
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cos, libres, dirigentes, jefes y dominadores, esto es lo sorprendente, esto lo prodigioso! Y esto es lo glorioso, esto lo digno de alabanza.
Y por eso no es mentira que “nos gloriemos de ser más valientes que nuestros padres.” Por lo tanto, que nuestros padres canten el “fuimos entonces jóvenes valientes”, que nosotros entonaremos el “seremos mucho más vigorosos.”* Por lo cual es justo que nos tengamos por una nación gloriosa, ilustre, valiente y cualificada. Que los europeos se alegren y se vanaglorien de no haber caído en la esclavitud en que caímos nosotros; que bendigan la suerte de no haber tenido por vecino al turco, ya que si hubieran sido esclavizados por éste, no habrían podido recuperar la libertad ni conservar religión, lengua y modo de vida siendo tiranizados, torturados, atormentados, afligidos durante unos cuatrocientos años, sufriendo y siendo víctimas de tiranuelos bárbaros de religión distinta, viviendo en medio de una horrible superstición. Napoleón hizo la guerra al resto de naciones de Europa, pero no era un bárbaro, no era un déspota turco. Alejandro, emperador de Rusia, llegó triunfante hasta París, pero era un monarca cristiano y bondadoso y, admirador de la nobleza y sabiduría de los franceses, tuvo a gala hacerlos libres, de acuerdo con las demás potencias aliadas.
¡Oh patria, así los que en ti habitan te amaran tanto como yo! Sería muy fácil habitarte, y mal no sufrirías**.
Queridos conciudadanos, perdonadme mi osadía, pero así es como os veo y os acepto. Mi voz ha sonado así porque me ha llegado el rumor de que ciertos congéneres nuestros traicionan a Grecia ante el enemigo. Es una desgracia que en verdad se descubra a alguno de tal ralea, es triste que un congénere cometa tal sacrilegio, ¡oh humana impotencia, oh engendro de la naturaleza!
¿Quién podía esperar que de entre los cuarenta mártires, que tenían todos la misma determinación para la corona del martirio… quién iba a esperar que uno de ellos desertaría del grupo, no soportando por amor a Cristo el gélido frío de la laguna y prefiriendo el exiguo calor del baño antes que el reino celestial***? Doce eran los discípulos de Cristo, que lo abandonaron todo en * Plut., Licurgo 21. Son cantos tradicionales que los coros de espartanos viejos y jóvenes, respectivamente, entonaban en las fiestas ciudadanas.
** Licurgo, Contra Leócrates, 100. (Atribuyéndolo a Eurípides).
*** Los cuarenta mártires de Sebastea, según nos transmite San Basilio, eran cuarenta
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respuesta al primer llamamiento de Jesús nuestro Señor; eran los únicos que se alimentaban cada día con la enseñanza celestial de su dulcísimo y mansísimo maestro, y veían con sus propios ojos el divino poder y los prodigiosos milagros de Jesús, pero uno de ellos –el más fiel según parecía, por eso se encargaba del cofre con el dinero– traicionó de muerte a su benefactor, maestro y Dios. Así que, para desgracia del género humano, nunca falta este tipo de personas en el mundo.
A ese, oh padre Zeus que resplandeciente dominas el poder del refulgente relámpago, hazlo perecer con la fuerza de tu rayo*. Me es odioso hasta en las puertas del Orco quien piensa una cosa y manifiesta otra**.
Pero omito hablar de eso, persuadido de que la justicia divina los borrará pronto de la faz de la tierra, pues quienes veneran a los demonios tendrán la muerte que les corresponde.
Hasta aquí mi discurso parece más laudatorio que exhortatorio; pero como el enemigo todavía anida en Grecia y no dejará de perjudicarnos ni desistirá de sus maléficos planes, os exhorto a poner vuestra atención en lo que sigue.
No mires lo joven que soy25, sino si digo palabras de hombre sensato***.
Queridos conciudadanos y demás hermanos griegos: finalmente no cabe la menor duda de que esta época es aquel tiempo, anunciado desde el principio de los siglos por el Espíritu Santo, en que la benéfica providencia divina se ha compadecido de nosotros, los caídos bajo la esclavitud de los bárbaros contrarios a Cristo, y ha tenido a bien en su indecible bondad despertarnos y elevarnos al nivel más alto de la gloria. Que es el mismo Dios Todopoderoso quien nos ha enviado su luz desde lo alto y lanzado a esta guerra gloriosa y justa, lo confirman los hechos; que en verdad es la voluntad de Dios que perezcan los enemigos de la Fe, nos lo asegura el santo evangelista en su Apocalipsis, donde dice que Jesucristo combate junto a nosotros indefinidamente a la bestia (llama bestia al turco), y que cuantos junto a Cristo combaten a la bestia son los llamados y elegidos fieles soldados de Jesús. Dice: “Pelearán (los infieles) contra el cordero 25
Tenía 24 años de edad.
legionarios romanos convertidos al cristianismo que fueron condenados durante la persecución de Licinio a pasar la noche sumergidos en una laguna de agua helada.
Uno de ellos ocupó la bañera de agua templada preparada al efecto para los que se arrepintieran. La tradición es muy conocida y venerada entre los cristianos ortodoxos.
* Sof., Edipo rey, 200-202.
** Il., 9, 312-313.
*** Sentencia de Menandro.
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Crónica de Atenas
(llama cordero a Cristo) y el cordero los vencerá, porque él es señor de señores y rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles*” Y puesto que somos nosotros los llamados y elegidos y fieles guerreros de Cristo, por lo cual él nos ayuda combatiendo al enemigo junto a nosotros, ¿qué cristiano auténtico soporta ahora no tomar las armas para lanzarse contra el infiel y enemigo de nuestro Señor? No os digo ya que revolváis en vuestra mente de qué antepasados descendéis, sino de qué Dios sois llamados y escogidos soldados y devotos. No os digo ya que miréis la tierra que habitáis y sintáis el aire que respiráis, sino que recordéis el cielo al que iréis después de esta vida y el paraíso de que gozaréis.
Así que no desfallezcáis porque estemos desasistidos de auxilio humano.
No os atemoricen las numerosas tropas del enemigo. Sabed que quien vence es la valentía con inteligencia, no la masa con desorden; traed a vuestra memoria a un Milcíades, un Temístocles, un Cimón, un Leónidas, que vencieron con un ejército poco numeroso, pero valiente, y al final redujeron a la nada las nutridas e incontables fuerzas enemigas. Pero ¿qué necesidad tengo de aportaros ejemplos antiguos? ¿No ha batido Guras en Vasiliká a diez mil turcos con sólo setecientos? ¿No ha forzado Nikitas con cuatrocientos a Drámalis a recluirse en Corinto con un ejército de 35.000? ¿No han luchado en Dragumán setenta atenienses contra Omer Pachá Vrionis haciéndole huir de Atenas?
Así que si perseveramos como es debido en nuestra prístina decisión, adoptada cuando tomamos las armas por primera vez, “vida en libertad o muerte gloriosa”, seremos siempre libres, tanto nosotros como nuestros descendientes.
Si el hombre quiere, Dios quiere, decía un sabio cristiano; si queremos nuestra libertad, también la quiere Dios, y la quiere más que nosotros ¡Ojalá que la queramos con más ganas aún de lo que la quisimos desde el principio!” Andando el tiempo, Guras26 llega a gobernador o, para decirlo más ade26
Ya que esta Historia va a hablar mucho de Guras, creo necesario desvelar los comienzos de este personaje para caracterizarlo perfectamente desde el principio.
Guras nació en 1791 en Guritza, pequeña aldea de Kytinia de Parnáside, de padres humildes. Su etapa infantil es irrelevante; fue pastor de ovejas para un turco. Llegado a la edad de 17 años, acompaña a su pariente Panurgiás, que entonces se dedicaba al bandidaje, viviendo con él hasta la Insurrección. Con todo, tres años antes de ésta se convirtió en servidor de Odiseo, con la tarea de llevar consigo su perro (Sansón), el de su patrón Odiseo, que trabajaba para el famoso Alí Pachá. Este tirano, queriendo dar muerte a un turco enemigo suyo que vivía en Atenas, ordena su asesinato a su esbirro Odiseo, que estaba en Lebadea. Odiseo envía hacia Atenas a Guras, al que elige como capaz de semejante delito. Llega éste allí, entra en la guardia del gobernador de la * 17, 14.
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cuadamente, déspota de la provincia, ejerciendo su potestad sobre toda ella.
ciudad y, después de pasar unos días esperando la oportunidad, da muerte al turco una noche, a pesar de lo cual no toma la precaución de marcharse o esconderse; la autoridad abre una investigación sobre el crimen y tras rigurosa comprobación es detenido Guras, al que se lleva encadenado ante el pachá de Eubea, ya que Atenas estaba bajo su jurisdicción. Cuando Odiseo estuvo en Lebadea, se enteró de lo sucedido y acto seguido apresa a unos hombres del pachá, anunciándole que, de no soltar a Guras, matará a sus hombres inmediatamente. El pachá no tiene más remedio que poner en libertad a Guras, que escapa así del peligro. Finalmente, durante la rebelión de Alí Pachá contra el sultán, se une a los harmatolí (así llamados) del Epiro (Grecia Continental) hasta que estalla la insurrección de los griegos. A las órdenes de Panurgiás, lucha primero contra los otomanos en Sálona; recorre la Fócide contra los enemigos llevando a cabo acciones valerosas. Al saber que Ibrahim Pachá viene desde Zituni (Lamia) hasta las zonas bajas, toma a 700 hombres y ocupa Vasiliká; el enemigo quiere pasar por allí y entabla combate con los griegos. Con sus setecientos, Guras la emprende contra los ocho mil turcos y los vence completamente; pone en fuga al enemigo y se apodera de todo su campamento. Los griegos hacen un riquísimo botín.
Al ser informado de la victoria, el Gobierno central lo premia a través del Areópago con el nombramiento de quiliarca y, al mismo tiempo, le ordena arrestar o dar muerte a Odiseo, al que el Areópago había declarado enemigo público y la Administración condenado en rebeldía porque no quería reconocerla; Guras, no queriendo mostrarse ingrato con su ex-patrón, se une a él en vez de marchar contra él, haciendo caso omiso de la orden del Legislativo y poniéndose a su disposición. Seguidamente, encerrados en el hostal de Graviá con 80 hombres y dos panaderos, uno de los cuales murió en la contienda que mantuvieron con los enemigos durante todo un día, escapan de noche sanos y salvos por entre medio de los efectivos enemigos, que eran cinco mil, llegando después a Atenas. Ahí es cuando empieza a aparecer Guras ante el mundo como un glorioso general griego.
Obsérvese que Odiseo libra a Guras del poder del pachá de Eubea, Guras salva a Odiseo de la cólera de la Administración, Sarís lleva a ambos a Atenas y ambos matan a Sarís. Odiseo es el responsable de la ascensión de Guras y Guras es el causante de la caída de Odiseo. La ciudadela se cobra la sangre de los tres, pero todo esto tiene su origen en la maligna alma de Odiseo. Como he hecho mención del nombramiento de quiliarca, lo adjunto aquí a modo de curiosidad, para que se conozca la forma de conducirse la Administración en aquella época.
En buena hora Siguiendo las disposiciones emanadas del Consejo Nacional Supremo, el Areópago ha acordado lo siguiente: A. Por los brillantes servicios que ha prestado el Sr. I. Guras a la nación luchando en la sagrada guerra de liberación y combatiendo por la Fe y por la Patria, lo honra con la brillante dignidad de quiliarca.
B. El Areópago pagará al antedicho el sueldo fijado por el Consejo Nacional Supremo.
C. El Areópago retribuirá al antedicho sustanciosas remuneraciones de acuerdo con sus servicios después del restablecimiento del Estado.
En Lithada, a 9 de mayo de 1822.
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Para mantener fuerte su poder, estaba de acuerdo con las fechorías y canalladas de sus hombres, a los que llamaba compañeros (camaradas, se diría según Homero)*. Y en verdad no había entre él y sus hombres más que una camaradería de bandoleros que tenían las mismas miras. Nombra jefe de la ciudad a Makrogiannis, igualmente siguiendo el uso turco, y jefe de policía (derven agá)** a su primo Mamuris. Como los habitantes de la aldea de Chastiá se oponían a los despóticos deseos de Guras y no querían ser esclavos suyos una vez que se habían sacudido el yugo del sultán, el dictador Guras envía al citado Mamuris y a Stathis Katzikogiannis con una columna de bastantes hombres armados, que caen sobre el poblado y saquean al completo las casas, despojando a hombres y mujeres de cualquier edad.
Con todo, los políticos atenienses con los cuales administraba la provincia, aunque cedían al final por necesidad, contribuían muchísimo a humanizar y educar a Guras, porque resultó ser de un natural orgulloso y émulo de lo bueno y, debido a ello, Guras mejoraba de día en día, transformándose en otro hombre.
Odiseo, viendo que Guras se engrandece y se forma con los atenienses, comienza a tener sospechas y celos de él; medita por qué medio hacerlo odioso a los atenienses sin que se sepa que es él quien tiende la celada, y el medio se presenta por sí mismo: como los hombres de Guras cometían muchos abusos e injusticias contra los atenienses, el patriota Sarís se les oponía continuamente, de forma que todos los de la ciudadela se temían lo peor. Guras va a quejarse de Sarís ante Odiseo, poniéndole ante los ojos las intrigas y las trabas a la consolidación de su cargo. Odiseo, conociendo el carácter inquieto de este ateniense y aprovechando la oportunidad para sus fines, calumnia a Guras ante Sarís, dándole su palabra de honor de que, mientras viva Odiseo, Los Areopagitas I. IRINEOS NEÓFYTOS OB. DE TALANDI K. IOANNU ÁNTHIMOS GAZIS El Secretario, K. SAKELIONOS ADAM LUKAS.
Chr. Perevós, conservando la animadversión contra Guras incluso después de la muerte de éste, intenta minimizar su figura hasta el punto de atreverse a quitarle el mérito de la gloriosa batalla de Vasiliká, cuando todos los griegos de consuno lo atribuyen a Guras.
* Distinción intraducible. Los términos empleados son respectivamente συντρόφους y ἑταίρους.
** El cargo, instituido por el poder turco, tenía por misión la vigilancia de los desfiladeros (accesos habituales a las zonas). Pero evolucionado y aplicado a las tropas griegas, viene a ser el capitán de la policía o de la guardia.
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Sarís no sufrirá mal alguno; en cambio, a Guras le expresa su opinión o, por mejor decir, lo instiga a asesinar a Sarís en pro de la futura seguridad de ambos; por lo cual Guras comunica la decisión concebida entre él y Odiseo a sus fieles oficiales, para que hallen la ocasión de prender a Sarís. Finalmente, el 23 de junio de 1823, promovido en el ágora un disturbio en medio del cual me encontré yo por casualidad, cuando Sarís se interpuso para hacer cesar la reyerta, setenta hombres de Guras detienen a Sarís; éste, reducido totalmente por ellos, reacciona y les da un fuerte empujón, huyendo a la Diputación para salvarse (era entonces gobernador provincial Drosos Mansolas); los setenta lo siguen, lo sacan de allí sin respetar la Diputación y lo llevan con más precaución a la ciudadela, donde lo matan despiadadamente por orden del jefe de la guarnición, que en aquel momento estaba reunido con los notables y el gobernador provincial en el Teseion, a donde corren dos hombres a llevar a Guras la noticia del prendimiento de Sarís, hablándole en secreto.
El gobernador provincial Mansolas, al saber el hecho de la detención, pide a Guras garantía de la vida para Sarís, sin saber lo que se había decidido.
Tal fin tuvo Sarís, otra víctima de la maldad de Odiseo; tenía este patriota y generoso joven veintinueve años de edad; era de estatura muy superior a la normal, pero varonil y armoniosa como pocas veces se digna mostrar la naturaleza; lucía un cabello rubio y un bigote muy grande; la muerte de este buen ciudadano llenó de dolor a los atenienses.
Guras, habiéndose equivocado por una parte en la muerte de Sarís e incurrido por otra en el recelo de Odiseo, cree necesario vincularse con otros cabecillas para tener más poder, por lo cual pone en ejecución emparentar con el jefe Stathis Katzikogiannis casando con su cuñada, y hacerse cuñado de Anastasios A. Lidorikis, que tiene mucha fuerza en Atenas por influencia de sus parientes políticos y no cesa de esparcir disimuladamente palabras desfavorables contra Odiseo. Éste no ve con buenos ojos el enlace de Guras. No obstante, astuto por naturaleza pero también cobarde, esconde sus sentimientos y hace como que le han complacido y alegrado las nuevas alianzas y el flamante matrimonio de Guras; pero la buena fortuna de Atenas y Grecia quiso lo siguiente: Guras instala a su mujer en la ciudadela (el mes de febrero de 1823) y se le tributan todos los honores que le corresponden como cónyuge del comandante de la guarnición y jefe de Atenas. A fines del mismo año, Odiseo hace lo mismo con su mujer y su madre, y las instala en la fortaleza; con esto se origina una rivalidad entre las mujeres, pretendiendo cada capitana la primacía.
La madre de Odiseo menosprecia a la Guras diciendo: “No puedo tener por 98


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igual a la mujer de un servidor”; la otra, acostumbrada a ser tratada antes como Señora, no aguanta el desprecio, y la malquerencia entre las mujeres hace nacer la enemistad entre los hombres.
Para estar más protegido, Guras hace subir a la ciudadela con toda su familia a su cuñado Katzikogiannis. Odiseo se preocupa y, no pudiendo desplazar a Guras directamente, levanta a los atenienses contra los amigos y parientes para que la caída de éstos provoque la caída de aquél; pero no puede lograr sus fines porque la facción de los amigos de Guras, pensando con sensatez, considera providenciales las desavenencias entre los dos y prefiere a Guras antes que a Odiseo. Sin embargo, hasta entonces Guras guardaba respeto, obediencia y confianza a Odiseo y no quería parecer desagradecido; sólo que se precavía de la doblez de aquél, habiendo calado ya el alma del personaje. Por el contrario Odiseo, que no conocía la lealtad, no confiaba ya en él; por lo que, para no hallar obstáculos en la realización de sus planes, escribe a su familia para que se marche de Atenas y venga con él a Beocia. Los políticos atenienses se disgustan al enterarse, porque el resentimiento entre las mujeres no había encendido aún del todo la enemistad entre los hombres. Así pues, para no extinguirla con la separación de las mujeres antes de que llegue a su paroxismo, planean hacer que no se vaya de allí esta familia, para lo cual escriben a Odiseo lo siguiente: “Esperamos que no le pase desapercibida la gran alegría que experimentó esta ciudad cuando tuvo el honor de acoger a la distinguida familia de Vd.; a la inversa, una gran pena ha embargado nuestros corazones al oír que le ha mandado marcharse de aquí. Por ello hemos juzgado deber nuestro escribirle de parte de toda nuestra tierra, para solicitar de su generosidad este favor: que no nos prive de su ilustre familia, a la cual el pueblo de Atenas tiene por blasón y consuelo en las circunstancias presentes; no queremos seguir importunándole con nuestras peticiones; tenemos la esperanza de que la generosidad de Vd., conociendo la sinceridad de nuestra demanda, accederá a conceder esta gracia a nuestra patria chica, que tan agradecida le está por tantas otras. 7 de diciembre de 1823.” A pesar de su astucia Odiseo, seducido por esto, cambió de opinión y aplazó el asunto, como aclararemos más adelante. Para escarmiento de Odiseo, su demonio tenía que traerlo a Atenas, donde encontró su tumba.
Pero antes de poner colofón a los resultados de esta enemistad entre ambos, debo relatar lo acaecido en el verano del año 1823 y, a continuación, la batalla de Maratón, que entabló Omer Pachá de Eubea frente a los atenienses.
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CAPÍTULO IV
En la estación del verano del año de gracia de 1823, las tropas turcas en Eubea irrumpieron en el Ática para saquear las aldeas y llevarse cereales; las mujeres, los niños y los impedidos atenienses se trasladaron a Salamina y Egina.
Para cortar al enemigo el despliegue por las aldeas y, a ser posible, obligarle a salir del Ática, todos los atenienses en armas deciden tomar la posición de Kolopíthesa27. Una vez que la ocuparon y supieron por experiencia 27
Hubo en la Antigüedad un demo del Ática llamado Pitos (Πίθος, N. del T.). En albanés, pith o pithe significa ‘culo’. Los albaneses que huyeron aquí y habitaron las aldeas del Ática en el siglo XV, al oír el nombre de esta aldea, Pithos, sentían vergüenza de pronunciar este nombre en albanés, debido a lo malsonante de la palabra, y preferían la griega por ser extranjera, Kolos. Pero los nativos atenienses se reían del malentendido entre Kolos y Pithos, así que los albaneses no tuvieron más remedio que unir las dos palabras en una, “Kolopíthesa”, moderando de esa forma la malsonancia (según ellos).
El demo de Pitos sufrió por la incultura y las barbaridades lo mismo que el de Decelia (Δεκέλεια) a manos de los cruzados francos, sicilianos, franceses e italianos, que arrasaron el Ática desde 1205 hasta 1456. Los naturales, con la degeneración de la lengua, pronunciaban Dekela en vez de Dekelia; los mencionados francos no podían entender sino De cella, que significa ‘caja, depósito’, lo que entre nosotros κελλάρι. De cella es sinónimo de De casa. De es una partícula o artículo que lleva en sí el significado de honor y prerrogativa: por aquellos tiempos el enclave de Decelia estaba desierto y abandonado, como hasta hora. Los francos, al pasar por Decelia viniendo de Calcis camino de Atenas (porque simultáneamente ocupaban Eubea) y no encontrar ningún alojamiento ni comida en la, según ellos, De cella o De casa, la llamaron con razón Malacella y Malacassa y desde entonces hasta hoy se llama Μαλακάσσα. Admitimos que la actual Malakassa es la antigua Decelia porque está cerca de la antigua carretera que iba desde Oropo a Atenas, y esta posición es más defendible que las otras de aquella zona. Que Decelia estaba junto a la ruta de Oropo lo confirma Tucídides cuando dice: “El transporte de los víveres desde Eubea, que antes se efectuaba más de prisa por tierra desde Oropo pasando por Decelia, resultaba muy caro al ser por mar, dando la vuelta a Sunio”. (Hist., VIII, 28).
Por lo tanto, yerran quienes creen que Decelia es la aldea de “Tattoi” porque, según los geógrafos, Decelia está en la parte más oriental del Ática, mientras que Tattoi se sitúa al norte de la región de Mesogea. Según Esteban de Bizancio, había en la Antigüedad un demo ático llamado Oe (Ὂη) u Oa. Ὂη significa ‘corderito’ y ‘pelliza’.
Esta piel la usaban los antiguos, y también los modernos, como vestido de invierno.
No hay duda de que en una comedia un friolero que llevaba la pelliza exclamaba: “Τάττ’ ὄη”, que significa ‘mi querida pelliza’; o que se calificaba a Oe con el antiguo
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que no podían impedir desde allí los movimientos del enemigo –ya que el Ática no tiene desfiladeros– y una vez que intentaron asegurar las aldeas, deciden regresar a la ciudad para guardar ésta y la fortaleza y, así, llegan al siguiente acuerdo bajo juramento: “Los atenienses abajo firmantes, movidos por encendido celo patriótico, hemos decidido en el nombre de Dios y de la patria salir en expedición a los accesos con nuestro ilustre general y jefe de guarnición, Sr. Io. Guras, para asegurar y proteger nuestra región de la destructiva cólera del enemigo; llegados a Kolopíthesa y pensando en común que es tarea imposible resistir al enemigo en dicha posición, a fin de evitar dispendios inútiles los patriotas aquí presentes hemos decidido en el día de hoy, de común acuerdo con nuestro general, regresar cuanto antes a la ciudad, dejando aquí cien hombres de vigilancia (centinelas), después de prestar juramento ante Dios y los hombres de verter toda nuestra sangre en defensa de Dios y la patria. Nuestro general y comandante de guarnición Guras nos promete en conciencia y bajo juramento que, de no poder mantener la ciudad luchando contra el enemigo hasta el último momento posible, nos acogerá como hermano en Cristo dentro de la fortaleza28 para, unidos todos en cuerpo y alma, combatir juntos al enemigo. Además, manifestamos que, si alguno de los abajo firmantes desertara y traicionara a su patria y hermanos, el que así haga será considerado como peor enemigo de la patria que el turco, y condenado a exilio perpetuo y a la privación de su casa y demás posesiones.
Dado en Kalopíthesa a 6 de julio de 1823.
(Siguen las firmas.) Hecho esto, vuelven a la ciudad para efectuar los preparativos necesarios.
τάττα, como los jóvenes a los viejos, o los niños a sus padres, ya que τάττα es una interjección de estima, de cariño, de adulación, y terminó imponiéndose Τάττ’ ὄη, como Menidi en vez de Acarnas.
No hay que extrañarse de los cambios en estos topónimos, toda vez que el monte Himeto, en esos mismos tiempos de la Francocracia, se convirtió en Trelós (‘Loco’).
Véase la explicación: los antiguos pobladores de Italia, la llamada Magna Grecia, hablaban predominantemente en dórico, y así al Himeto lo llamaban Himato. Con el cataclismo de los bárbaros, Himato sufrió una amputación perdiendo la primera sílaba, quedando en Mato. Los dominadores francos de Atenas interpretaron Himeto como Loco, ya que la palabra matto significa loco en italiano; y esa es la causa por la que los atenienses no puristas llaman Trelós al Himeto. (Otra etimología errónea. La explicación más convincente parece ser que procede de “Très long”, denominación que le dieron los francos, N. del T.).
28 Como si fuéramos mercenarios a sueldo, y él el propietario de la ciudadela.
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El gobierno central, que estaba en Salamina, dispuso un cuerpo militar de quinientos hombres, que llegaron al mando de Io. P. Mavromichalis y Stavros Grivas.
El 27 de agosto se acerca a las murallas de la ciudad la caballería del enemigo, compuesta de quinientos jinetes; los atenienses, que no tenían más de diez de a caballo, salen al encuentro del enemigo y entablan batalla a pie contra los que iban montados; los ponen en fuga dos y tres veces, así que se animan y los persiguen hasta una distancia de una hora, volviendo luego sanos y salvos; el número de los atenienses que salieron no sobrepasaba al de los jinetes enemigos. En esta batalla cayeron 36 enemigos; de los nuestros murió el llamado Dimitrios Avguerinós, al alejarse de sus compañeros, y fue capturado el joven Ioannis Sandorineos, al cual llevaron cautivo a Filopópolis*; nueve años después logró liberarse y llegar a Atenas.
Los enemigos, avergonzados por esto y no pudiendo perjudicar más tiempo a los atenienses, se retiran sin conseguir nada. Y así pasó este verano, sin ninguna otra incursión enemiga.
En tanto, se incrementan las relaciones de Guras con los atenienses; mejora como persona y, día a día, se transforma para bien; va perdiendo el carácter salvaje, y gusta de asimilarse a la gente educada y bondadosa; y ahí es donde le aprieta más el recelo de Odiseo. No obstante, como su fuerza se apoyaba en sus hombres, no podía impedir los abusos de éstos, pero tampoco volvió a confiar en el pueblo de Atenas, pues estaba indispuesto contra él a causa de los desórdenes de su guarnición.
Odiseo, para hacer ver que está movilizado y que lucha en defensa de la patria en su calidad de general en jefe de Grecia Oriental, reúne un ejército de tres mil griegos y lo conduce a Eubea a finales del año 1823; para formarlo, impone una contribución a las provincias bajo su jurisdicción; de los atenienses recibe los salarios de los soldados. Toda Grecia esperaba que consiguiese algo con la fuerza de tal ejército provisto de lo necesario, víveres y pertrechos de guerra. Los turcos, sobrecogidos por el renombre de Odiseo y viendo la fuerte composición del ejército, fueron dominados por el pánico y pensaron que su futuro era pavoroso. Y sin embargo el fantástico general Odiseo, en medio de lo que esperan una y otra para bien o para mal, deja boquiabiertas a ambas naciones en guerra disolviendo el ejército y llega a Atenas a principios de 1824.
* Más conocida como Plovdiv, en Bulgaria.
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Al ver que la ciudadela ya no está en poder de sus parientes y fieles, y considerándose a sí mismo discutido y en precario, se inquieta (como era previsible) y maquina estratagemas. No soporta ver a Guras poderoso en Atenas, pero no se atreve a mostrárselo a las claras y trata de quitarle el poder disimuladamente, fingiendo al mismo tiempo cordial amistad fraterna.
Los atenienses, divididos en dos bandos (los que estaban con Guras y los que odiaban a los amigos de Guras), se inclinaban hacia Odiseo aun sabiendo que era más dañino que Guras. Odiseo, sabiendo que los notables ejercen influencia en el lugar y viéndolos más próximos a Guras, planea disolver los medios de comunicación entre Guras y ellos. Para lo cual se vuelve demócrata y, por ende, seguidor del bien común, envolviéndose en la piel de zorro, e instiga al pueblo contra los notables utilizando la fuerza de su facción. El pueblo se reúne y cesa a los notables, eligiendo a otros. Los elegidos eran Michaíl Tyrvanitis29, Anárgyros Patrakis, Io. Palis30 y dos de las aldeas, pues estas tenían sus representantes. Al mismo tiempo establecen un juzgado compuesto de dos miembros, con capacidad para todo tipo de juicios; para tener fuerza, los miembros del juzgado pidieron a Odiseo les concediera como colaborador a uno de sus allegados. Después de estas intervenciones, Odiseo se marcha de Atenas, sin querer permanecer más tiempo debido a otros objetivos que tenía.
En las asambleas y elecciones celebradas en Atenas el 21 y el 23 de febrero estuvo presente el coronel inglés Stanhope, que visitaba la ciudad por entonces. El embaucador Odiseo lo llevaba consigo, afectando respeto y cariño para mostrarle sus acciones democráticas. El buen filoheleno convivió algún tiempo con él, como el simplón cangrejo con la mentirosa serpiente, y escribió totalmente engañado sobre Odiseo, pues como invitado y amigo del elogiado no podía saber por otro la verdad en el momento en que Odiseo tenía más poder y nadie se atrevía a aclarar los puntos flacos del sujeto. En fin, ¡qué cuidadosos han de ser quienes emprenden la tarea de escribir en tierra ajena los actos y vidas de extranjeros!
Guras, contrario y opuesto a los notables recién elegidos, los obligó a disolverse, a lo que contribuyeron no poco los enemigos de éstos. Sin embargo, si estos notables tenían mucha experiencia en los asuntos y poca práctica en las circunstancias, no era difícil que se comunicaran con él, como sus prede29
Murió en 1836 a la edad de 86 años ejerciendo de hombre de mundo, pues tenía capacidad e inteligencia política.
30 Murió en 1827, después de mostrarse en vida como un ciudadano bueno y virtuoso.
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cesores, quienes reconocieron que la posición de Guras era fuerte y las circunstancias le favorecían, y que Odiseo no osaba ni podía perjudicarle. Con todo, no puedo callar que estos notables destituidos eran amantes de la patria y entusiastas de la libertad. Fue disuelto a la vez el juzgado, y sus miembros trasladados a otros servicios; eran P. Zacharitzas y Georgios Psylas; el primero fue enviado como representante de la provincia al órgano ejecutivo, en armonía con la constitución; el segundo fue nombrado consejero de dicho diputado, a pesar de que la ley no contemplaba esta figura.
¿Qué maquina el astuto Odiseo cuando se va del Ática camino de Kálamos31, villa del Ática? Pergeña una carta de dieciocho ciudadanos distingui31
Este demo se llamaba en la Antigüedad Psafís y se administraba desde Oropo; significa paja. Del término ψαφίς derivan ψαφαρόν, ψαθαρόν, ψαδαρόν y ψαθυρόν.
Es sinónimo de ῥιπή o ῥίψ, que significa tanto la paja como la caña. Ψαφαρόν o ψαθαρόν designa lo que es fácil de doblar, lo débil y no firme, como lo son la paja y la caña; así pues, Psafís y Kálamos son sinónimos. No está claro cuándo comenzó a corregirse Psafís por Kálamos, pero sería por la baja Edad Media. La villa de Psafís estaba próxima al mar, a un cuarto de hora de la costa, donde hay ahora dos iglesias, y el lugar se llama Panagía; la actual Kálamos dista casi media hora. La mayoría de los habitantes de los demos áticos cambió de emplazamiento por las circunstancias de cada momento, sobre todo los de las ciudades o villas costeras. Poseemos tradiciones procedentes de nuestros antepasados según las cuales, en los tiempos en que los árabes hacían la guerra al reino de Constantinopla, cuando sitiaban Calcis por mar sus barcos penetraron en el golfo de Eubea y saquearon e hicieron esclavos en las poblaciones costeras del Ática: Mirrinunte, Probalinto, Ramnunte, Psafís, etc. Los habitantes de Mirrinunte que se salvaron fueron al interior de la región, donde está hoy Markópulo, a una hora de Mirrinunte. El lugar donde se encuentran las ruinas de la villa se llama en la actualidad Mirnunta. Probalinto cambió su nombre por el de Válanthos y ha terminado llamándose Velanidiá, ya desierto y deshabitado al igual que Ramnunte, hoy denominado Omvriókastro. También los de Psafís se fueron a donde hoy está la villa de Kálamos, distante veinte minutos del oráculo de Anfiarao, lo que ahora se llama Mavrodílesi.
Se equivoca en cuanto al nombre el distinguido arqueólogo que llamó Pirea (Πειραία) a las zonas alrededor de Kálamos y Oropo según la nueva conformación actual de los demos áticos, porque no hay ningún antiguo demo ni aldea del Ática que lleve el nombre de Pirea. Véase de dónde tomó el arqueólogo y moldeador de los demos este nuevo demo: Tucídides, libro II cap. 23, dice que “los peloponesios, al llegar a Oropo, arrasaron la comarca llamada Piraica (Πειραïκή), que los atenienses habían cedido para administrarla a los de Oropo, que eran tributarios suyos”. De ahí supuso el arqueólogo que la palabra Piraica deriva de Pirea, llamándose así el lugar; error humano. El término Piraica es de doble naturaleza; la raíz de una es el Pireo, la de la otra es πεῖραρ, que significa el término, el final de una cosa o un lugar. Como Oropo (Ὠρωπός) está en el golfo de Eubea en los confines del Ática y Beocia, los atenienses llamaron comarca Piraica, como si dijeran comarca final, a la zona junto a la frontera, que son también los límites de la provincia. Así que hay que llamarlo demo de Piraica,
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dos, con sus firmas falsificadas, y se la envía a sí mismo; se dirige a Guras comunicándole el contenido de la carta, que reza: “Al muy noble general Odiseo, padre y benefactor nuestro: después de en Dios, no tenemos más esperanza que en la generosidad de usted. Desde que se fue Vd. de aquí, Guras ha reincidido en su conducta inicial: persigue a nuestros notables, gobierna dictatorialmente a los ciudadanos, hace lo que quiere y no escucha a nadie; nosotros no podemos soportarlo más. Muchos bienes nos has hecho hasta ahora. Le rogamos afectuosamente que nos hagas éste ahora: que remuevas a Guras de la ciudadela y vengas tú mismo a asentarte aquí, para que tengamos paz y se arregle la situación; le pedimos en el nombre de Dios y de la patria que no nos deje huérfanos y afligidos. Con toda nuestra consideración.” Pero antes de dar lectura a la carta, habla con Guras así: “Guras, hijo mío, nuestros enemigos han intentado dividirnos muchas veces, y nunca lo han conseguido; por esta carta te enterarás de las malas intenciones de los atenienses; ya te he dicho muchas veces que tengas cuidado y no te fíes de ellos, que son unos embusteros y unos canallas, y nos quieren echar de aquí a los dos; pero la gente lista no le ríen las gracias: “La liebre se comió la mata, y eso fue su perdición.” En fin, léete bien la carta de tus amigos y toma las medidas para comportarte con ellos como se merecen; mi consejo es que los quites a todos de en medio, si quieres que nos quedemos tranquilos de esos mentirosos; como no lo hagas, te arrepentirás, porque puede que luego te maten; no tengo nada más que decirte y, si tienes cabeza, pórtate como un hombre.” El presente consejo se parece al de la carta del mismo Odiseo a Th. Kolokotronis: “Hermano gitano: Alí Pachá hacía pariente suyo a quien quería asesinar; toma tú también medidas con los verdaderos turcos de la patria, porque si no, la destrozarán, y no esperes a que te lo haga ver a hachazos.” (Vd. Frantzís, Hist., tomo II, pág. 86). Vean los que se atreven a justificar y defender a Odiseo; quería convertir a Kolokotronis en un asesino y un carnicero ¿De quiénes? De los prohombres del Peloponeso ¡Qué diferencia entre Kolokotronis y Odiseo! El uno sanguinario y depravado, el otro limpio de sangre y auténtico patriota.
no de Pirea o de Perea, como hizo otro erudito quitándole la iota, pues creía que la primera sílaba es errónea, y en consecuencia se escribe “Perea” (Περέα), o hay que preferir demo de Oropo por su antigüedad y por su posición junto a las otras zonas de Piraica; precisamente Pausanias llama a este sector Oropia. (Pero una corrección textual ha establecido que Tucídides la llamó Graika, en vez de Piraica. N. del T.).
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Cuando Guras leyó la carta se quedó atónito, no pudiendo darle crédito ni desconfiar; de vuelta a la ciudad, preocupado, desvela el asunto a algunos de sus consejeros íntimos más allegados; éstos, más conocedores de la doblez y las maquinaciones de Odiseo, lo inclinan a creer que se trata de una falsificación, una acción con fines aviesos para provocar la caída de Guras. Por lo cual éste, para volver las asechanzas contra el mismo que se las ha dirigido, revela este secreto a algunos amigos, pero muy poco a poco, y otra invención de su alma retorcida, como se dirá en la parte dedicada a Guras.
Con todo, antes de que Guras reconociera las intrigas del malvado, sufrieron horripilantes torturas injustamente ocho jóvenes atenienses, entre los cuales estaban Lambros Koromilás, Ioannis Kanaris, Sarandis Vananas y A.
Rutos, sospechosos de pertenecer a la facción que conspiraba contra él.
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CAPÍTULO V
En el verano del año 1824, Omer Pachá de Eubea irrumpe en el Ática con un selecto ejército de seis mil efectivos: cuatro mil jenízaros de Constantinopla y dos mil habitantes de Eubea; la finalidad del enemigo era pillar y expoliar las aldeas y, si era posible, asediar la ciudad.
Los habitantes de Atenas adoptan con el jefe de la guarnición las medidas posibles y urgentes: trasladan las mujeres, niños y hombres impedidos a Salamina. Los capaces de llevar armas se quedan para defender la patria. Antes de que ataque el enemigo, escriben al Gobierno Central sobre la situación del momento, proponiendo y solicitando ciertas cosas. Para informar a la posteridad sobre la situación de Grecia entonces, creo conveniente incluir aquí el informe de los atenienses, cuyo contenido se atiene a la verdad.
“Respetable Gobierno: Este es el cuarto año desde que el enemigo movilizó sus fuerzas contra la nación griega, y vemos que la mayor parte de ésta permanece al margen de los movimientos del enemigo, y las convulsiones y calamidades de la guerra se reducen de nuevo a pocas provincias, que ocupan el primer puesto en las correrías enemigas y tienen la completa impotencia en que las ha colocado el mismo enemigo combatiéndolas durante tres años consecutivos y haciendo expediciones contra ellas; tales son las provincias de Grecia Continental Oriental y, de este modo, es evidente que hasta ahora han luchado solas y sin ayuda, y se han opuesto generosamente contra el sultán, sufriendo un extremo castigo. Esta guerra de toda la nación ha recaído en ellas particularmente, y más en particular en cada una de ellas, pues en lugar de poseer Grecia un solo cuerpo militar nacional adecuado para formar contra el enemigo en la parte del Estado en que esté abierto el campo de batalla, en lugar de eso cada provincia aisladamente, aun habiendo sido antes incendiada, despojada de su población y destruida, estaba no obstante obligada a resistir sola contra todas las fuerzas del imperio del Sultán. Por ello, estas provincias son las que más se han quedado sin ningún recurso económico, y también sin hombres armados, puesto que unos han muerto y otros se han repartido como apátridas por diversas partes de Grecia, y ahora ni una provincia en particular ni todas unidas están en situación de formar 109


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un cuerpo militar suficiente para defenderse contra el enemigo. ¿Es así como la nación las dejará abandonadas un año más a su suerte? ¡No por Dios, respetable Gobierno! Ahora todos los griegos claman una nación, claman una administración nacional. El Gobierno ha adquirido una fuerza suficiente en todo el Estado y comienza a mostrar un liderazgo paternal y activo sobre su gente. ¿Pueden, pues, soportar sus hijos legítimos de Grecia Oriental que el enemigo los destroce solos y sin refuerzos, y que arrase estas bellas provincias de su Estado? ¿No despertará por fin el Peloponeso del letargo de su indiferencia ante la aniquilación de las demás regiones de Grecia? ¿No tendrá nunca cargo de conciencia por la sangre inocente de cristianos que se vierte, ni porque la situación de Grecia retroceda como consecuencia de su desidia e inmovilidad? Tenemos puestas nuestras esperanzas y confianza en la previsión del respetable Gobierno, en que organizará un cuerpo militar de la nación, y lo pondrá en acción a tiempo contra el enemigo donde lo reclame la necesidad; los atenienses se han reunido espontáneamente y han jurado, cuantos son capaces de blandir las armas, guardar las murallas de su ciudad y la fortaleza al mando del noble general Guras en caso de que el enemigo progrese hacia aquí; no obstante, son pocos para vigilar la extendida muralla y, lo peor, muchos de ellos sin armas. Nuestra tierra natal somete a la mirada del respetable Gobierno esta necesidad suya y le reclama a través de nosotros le sean enviados quinientos fusiles para que los manejen los bien dispuestos soldados de la patria que no poseen armas, para defensa de este bastión de Grecia. Dichos fusiles quedarán siempre públicamente bajo el control y la potestad del Gobierno. Esperando esta parcial ayuda para nuestra tierra al igual que la más general para toda Grecia Oriental, firmamos con todo el respeto a 27 de abril de 1824.
Los notables.
Señalemos que el Gobierno se preocupó de enviarnos los fusiles y algunas provisiones, y que no podía hacer nada más.
Mientras el enemigo recorría el Ática Guras, para no dejarle coger confianza, toma trescientos hombres y parte hacia Maratón.
El enemigo, al oír que Guras está allí, marcha contra él con la convicción de que lo hará prisionero o lo cazará después de destruir la pequeña columna.
Guras, al ver el movimiento del enemigo, juzga bueno contenerlo y combatirlo en un amurallamiento; sin embargo, su decisión era lograr la gloria en aquel prestigioso lugar de Maratón o morir y ser enterrado en él, pues 110


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en aquel momento recordó a Milcíades y su orgullo lo impulsó a imitarle.
Así pues, hace primero su testamento (se encontró después de su muerte y le aportó estimación) y, habiendo elegido la posición, se fortifica y espera al enemigo.
Omer Pachá se aproxima e intenta en primer lugar derribar la fortificación a cañonazos; después de hacer fuego 44 veces, los orgullosos jenízaros cargan contra la defensa lanzando alaridos, pero los disparos griegos les alcanzan y los abaten por tierra; aumenta la rabia y por segunda vez se precipitan con más fuerza contra el muro. Los griegos se inflaman de coraje y los rechazan de nuevo con fuego incesante. El pachá, para no quedar avergonzado, anima a su ejército recordando a los jenízaros las gestas paternas, ensalzándolos y prometiendo grandes riquezas como premio por la victoria.
Guras, rememorando a los griegos la gloriosa victoria de sus antepasados en Maratón, les hacía sentir que son aquellos mismos de la Antigüedad los que están luchando; y he aquí que los enemigos, con la resolución definitiva de no retroceder ninguno antes de apoderarse del reducto, se arrojan en masa vociferando el “Alá, Alá”, los muy bárbaros; el valiente Guras, después de inflamar los corazones de los suyos con la llama del honor, es el primero en saltar32 fuera de la protección, y con él el resto de los trescientos, volviéndose las tornas: los enemigos dan la espalda y habrías visto algo incomprensible, los trescientos poniendo en fuga a seis millares de hombres escogidos, de forma que se dispersaron, perseguidos aquí y allá; lo que causó la huida e hizo cundir el terror de los turcos fue la aparición del general Dionysios Evmorfópulos, que llegó oportunamente al caer la tarde en auxilio de los nuestros. La batalla duró desde la mañana temprano hasta el crepúsculo. Quedaron 260 turcos en el campo de batalla, entre ellos el comandante de los jenízaros, Ibrahim Pachá; el sobrino de Omer Pachá, Atmin Bey, y otros oficiales; alrededor de 610 salvaron sus vidas, heridos o medio muertos. Los griegos se hicieron con un cuantioso botín; de ellos fueron heridos tres y muerto uno.
La batalla tuvo lugar el seis de julio de 1824.
Omer Pachá, después de reunir a sus dispersos jenízaros, acampa en la aldea ática de Kapadriti33. Guras comunica el triunfo a la ciudad y, después, al 32
Ocurrió esto cuando vio la aparición de los auxilios, que aterró a los rivales y animó a los nuestros.
33 El nombre Kapadrition es de la época de degeneración de la lengua; se llamó así por corrupción, ya que se ubicaba bajo Dírades, pues existía el demo de Dírades (Δειράδες), por el cual el torrente se llama ahora Fasideri. En la Antigüedad, Kapadriti se llamaba Hiba por su posición, pues aplícase ὕβα a la tierra de forma encajonada,
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Gobierno Central, que en respuesta al informe le envía lo siguiente:
GOBIERNO PROVISIONAL DE GRECIA EL ÓRGANO EJECUTIVO Al Ilustrísimo Ioannis Guras.
El Gobierno ha leído con satisfacción tu informe del 7 de los presentes y ha visto con alegría la brillante victoria que has obtenido junto a los demás Jefes en la llanura de Maratón; tus acciones siempre han estado de acuerdo con los intereses de la nación; y el Gobierno, una vez que supo que el enemigo se había aproximado y estaba a punto de poner sitio a Atenas, con razón tenía depositadas grandes esperanzas en tu prudencia y valor, y estimaba justo esperar de tu parte y para el futuro todo tipo de patriotismo, celo y dedicación. Y al tiempo que te aconseja y demanda que permanezcas siempre despierto y atento a las operaciones enemigas para guardar bien las posiciones necesarias, te desea perpetuos y brillantes triunfos sobre el enemigo.
Recuerda, general, que la Historia aún conserva bajo tierra desde hace siglos la memoria de nuestros antepasados que destacaron en Maratón. Sepas en fin que esta Historia imparcial no pasará en silencio tu notable victoria en la misma llanura. Los buenos y nobles patriotas34 que contribuyeron a dar gloria a la patria en el mismo ilustre estadio*, ya que el Gobierno cree fundado que se les honre, serán promovidos en análogo grado, por lo que se adjuntan sus diplomas. Ojalá que circunstancias parecidas den ocasión al Gobierno de honrar a los buenos patriotas, a los cuales a su vez la patria incluye en el catálogo de sus benefactores.
Nauplio, 12 de julio de 1824.
(Siguen las firmas).
Ahora bien, antes de esta victoria el gobierno le había enviado el título de Jefe de la Guarnición con fecha de 24 de junio, pues hasta entonces sólo era reconocido como tal por los atenienses. Para que la posteridad tenga una lo que actualmente llamamos Guva, conservando el arcaísmo a través de la digamma: Hiba>Huva>Guva. Los demos del Ática tomaron el nombre por su posición unos, como Dirades, Hiba, Cele, Cropía, etc., otros por sus materiales, como Mirrinunte, Ramnunte, Maratón, etc., otros por las circunstancias, por los héroes, los dioses, y animales o peces.
34 Entre los que destacaron está también Io. Rukis.
* Metáfora: se compara el campo de batalla de Maratón con un recinto deportivo, y a los vencedores con campeones en la carrera.
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idea y conocimiento de la situación y de cómo funcionaba entonces la gestión de los asuntos en Grecia, inserto aquí dos cartas de los atenienses, que nombran por un lado jefe de la guarnición a Guras y, por otro, comunican el nombramiento al Administrador y a la vez piden la confirmación.
Título.
Los habitantes de la ciudad de Atenas, reunidos en el día de hoy para deliberar sobre la seguridad de la provincia y el mantenimiento del orden y la paz dentro de ella, hemos acordado y decidido: 1º Nombrar por segunda vez al General Sr. Guras, reconocido como digno de nuestra consideración, jefe de la guarnición de Atenas y de todo el Ática durante el presente año.
2º El mencionado general y jefe de la guarnición está obligado a velar por el orden, la seguridad y la paz en la provincia.
3º La comunidad está obligada a procurar la percepción de las rentas nacionales, aportando los necesarios víveres y sueldos a la guarnición.
4º La comunidad se compromete a poner en conocimiento del Gobierno Central la decisión de los atenienses sobre la jefatura de la guarnición al general Guras, y a solicitar la confirmación del Gobierno.
17 de mayo de 1824.
(Siguen las firmas).
Muy curiosa la presente carta, por su manera de explicar que nombraron a Guras como jefe de la guarnición por obligación.
“AL GOBIERNO CENTRAL “Siendo éste el cuarto año en que el Ática está expuesta al empuje del enemigo, y obligados por ello los habitantes a hacer frente a la incursión enemiga y guardar la paz y seguridad internas, han nombrado jefe de la guarnición para el corriente año al gen. Io. Guras. Al comunicarlo al Aug. Gobierno rogamos su consentimiento y ratificación a dicho nombramiento. A 18 de mayo de 1824.” Después de esto Guras, al saber que el enemigo había acampado en Kapadriti, expone a los atenienses su opinión de que conviene bloquearlo allí.
Los atenienses, al oír este parecer, se reúnen espontáneamente más de dos mil con ánimo y determinación y ocupan Katzimidi, una posición adecuada 113


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enfrente del campamento, donde capturaron veinte camellos y otras bestias del enemigo.
Al verse bloqueados, los turcos fueron dominados por un intenso miedo y, cuando a la noche siguiente iban los nuestros a caer sobre ellos, quiso la mala suerte que a cuarta hora de la noche recibiera el general Guras una carta procedente de Mégara, diciendo que habían bajado desde Lamia otros ocho mil turcos, con dirección a Atenas. De no haber dado tan fácil crédito a la carta, Guras habría conseguido allí otra victoria, más gloriosa que la de Maratón. Pero confió en ella, así que esa misma noche dejó el puesto vacío y regresó a la ciudad.
Los enemigos, considerando sorprendente la retirada, no se la podían creer hasta que se cercioraron.
Guras fue engañado y se enojó mucho por ello. Los enemigos, aprovechando la oportunidad, ocupan algunas posiciones fuertes y la caballería, que sumaba unos 600 jinetes, llega hasta las murallas de la ciudad. Saltan los atenienses desde ellas y desafían a la caballería; comienza la batalla a mediodía y dura hasta el crepúsculo. Los atenienses luchan todos a pie y los turcos, a caballo, siendo batidos al principio al pie del Anquesmo* y las colinas de alrededor, y luego en el Liceo y el monasterio de los Arcángeles**, donde los enemigos hicieron muchas cargas contra los nuestros, sin poder ponerlos en fuga. Al tiempo, la fortaleza disparaba sus cañones hasta donde llegaba; y así, al atardecer se retira la caballería sin obtener ningún resultado.
Después de tres días seguidos experimentando la misma suerte, reconociendo que no podía aprovechar su acción, el destacamento de caballería no estimó oportuno volver a aproximarse a la muralla.
En estas refriegas destacaron los hermanos Lekkas –Dimitrios y Georgakis–, Nerutzos Venizelos y otros, sobre todo Ioannis Nikolau, de Eleusis, que pasó él solo a caballo tres veces por medio de la nutrida caballería, matando a tres de ellos y resultando inopinadamente ileso frente a las balas enemigas.
También el general Guras dio no pocas muestras de valor. Cayeron 60 enemigos y uno nuestro. Aquel día fue muerto Theodosios Leludas, capturado en los molinos adonde había sido enviado a por la harina para el pueblo.
* El autor resucita el nombre que esta colina recibió en la Antigüedad para no darle el que tenía en su época y aún conserva: Turkovunia (‘Monte del Turco’). Actualmente ha sido absorbida por la extensión de la ciudad hacia el norte.
** Actualmente se encuentra en el barrio ateniense de Kolonaki.
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A continuación, los atenienses deliberan con Guras sobre lo que deben hacer, constatando la mentira de la misiva de Mégara, y deciden atacar al enemigo en Kapadriti. Omer Pachá, informado del designio de los nuestros por un campesino apresado en las aldeas, traslada el campamento a Kálamos, una aldea ática, y desde allí traslada a Eubea a todos los enfermos y heridos, junto con lo más superfluo.
Los griegos, al saber que el enemigo ha pasado a Kálamos, lo alcanzan allí sin pérdida de tiempo y se precipitan inmediatamente contra él a hierro y fuego, poniendo en fuga y matando a los de infantería; pero he aquí que llega la caballería enemiga y siembra el desorden entre los nuestros. Aquí peligra Guras, porque se queda solo, solo y a caballo en medio de la caballería. Sus guardias de corps, que pertenecían siempre a la guarnición de la Acrópolis, lo abandonan sumándose al desbarajuste; pero afortunadamente, dieciocho atenienses al mando de S. Zacharitzas, al ver en peligro a Guras, disparan contra los enemigos en posición de rodilla en tierra. Guras se encorajina y la caballería lo deja escapar, alterada por el fuego y atemorizada por la cantidad de enemigos; pone en fuga a los dieciocho, pero se encuentra con veinticinco cretenses enviados por el gobierno, al mando de Charmulis. Los cretenses demuestran su arrojo y hacen que la caballería emprenda la carrera.
Tal fin tuvo esta pelea; con todo, si el general hubiera adoptado medidas previas, les habría infligido una severa derrota debido al miedo que tenían.
Murieron doce de los nuestros y fueron expoliados veintitrés cadáveres enemigos. Los turcos cruzan a Eubea y los griegos vuelven a su base a mediados de agosto. La acampada del enemigo duró cuarenta días; perdieron 1200 hombres en la guerra y por enfermedad, según los rigurosos datos que hemos recibido; los griegos prisioneros y muertos fueron treinta en total.
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CAPÍTULO VI
Ya antes de que el enemigo invadiera el Ática en el año 1824 y después de su retirada, la gente refinada de Atenas se dedicaba al estudio y la literatura.
Se reorganiza la benemérita Filómusos Hetería35, se fundan escuelas que imparten la nueva pedagogía alelodidáctica*, y griego y lenguas extranjeras; y el Partenón, donde las jóvenes aprendían dicha metodología y los rudimentos de la lengua. Guras es designado miembro de la Filómusos Hetería y frecuenta cada día las escuelas con los otros miembros. Ya no es el de antes; como hemos dicho, gradualmente se iba operando en él un cambio para mejor.
Por las mismas fechas se inicia el Diario de Atenas, con Giorgos Psylas como director. La máquina tipográfica fue una donación del coronel inglés Stanhope en nombre de la Asociación Helénica de Londres, acompañada de la siguiente misiva:
“Atenas, 20 de abril de 1824.
Atenienses: Os llamo atenienses porque sois los dignos descendientes de aquel pueblo antiguo, sabio, valiente y célebre, y porque habéis reconquistado con valor y conservado con prudencia la Libertad. He sido enviado a vosotros como representante de la Asociación Helénica de Londres. No quiero importunaros con una prolija explicación sobre las bondades que proporciona el libre ejercicio del pensamiento a las acciones de los gobernantes de una nación.
Sabiendo esto, vuestros amigos de Inglaterra han enviado a Grecia varias impresoras, de las que remito una a los atenienses en nombre de la Asociación, para que la usen en beneficio del pueblo y la conserven como sagrado depósito del cariño británico hacia los griegos. Atenienses, la justa causa de vuestra nación ha tocado las fibras del corazón de Inglaterra; ellos han contemplado y observado con admiración las hazañas de los griegos por tierra y por 35
Esta fundación vio la luz después del año 12 del presente siglo. Vd. sobre ella el Catálogo general de la ciudad de Atenas, cap. III, pág. 82, 3ª ed.
* Método de enseñanza que consistía en implicar a los alumnos más aventajados como ayudantes del profesor para la educación de todos.
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mar. Con gran ansiedad han visto a una nación genuinamente antigua, con las mayores adversidades de fortuna, soltarse audazmente de sus grilletes y, finalmente, impertérrita ante su aniquilación, triunfar por encima de un reino que tantos años ha sido capaz de defenderse contra las más fuertes potencias hegemónicas de Europa. Y lo no menos admirable es que una nación tanto tiempo oprimida por monarcas romanos y turcos y en medio del ruido de las armas, las guerras, las facciones, y cercada por una gran masa de turcos, haya elaborado una constitución política tan libertaria. Con todo, para mantenerla y hacerla aún más perfecta de lo que la hicisteis en su origen, tenéis que afrontar muchas dificultades. Atenienses, sabéis bien que la finalidad del gobierno debe ser la felicidad del común, es decir, que los mayores bienes han de ser compartidos por la mayoría; pero esto no ocurre donde el hombre no está seguro de su vida, de su propiedad y de su honor ¿Y cuál es la causa de que esta armonía no exista aún completamente en Grecia, ahí donde el pueblo es reconocido como el mejor? Que una minoría que ha usurpado el poder de manos de la administración persigue su particular interés, en vez de los intereses del común; me refiero a los minoritarios poderosos de cada facción. De manera que, para enmendar la presente ordenación política, el pueblo debe acogerse a su fuerza natural o usar la inteligencia y la verdad contra el mal por medio de la libertad de prensa. Dice un gran hombre que, si se le concediera un lugar respetado e intocable en el extenso reino de Anatolia para dar seguridad a los que quieran observar y dar a conocer desde allí el comportamiento y el talante de los cadíes, pachás y visires, dice y promete que en brevísimo tiempo haría caer desde sus cimientos el tiránico trono de los sultanes.” Los atenienses, al recibir esta carta y verla llena de benévola disposición y escrita por una excelente persona, le responden lo siguiente: Estimado Stanhope: “Tus luminosos y nobles sentimientos eran conocidos por toda la extensión de Grecia. Atenas, que ya disfrutó en particular de su respetable persona, se hace eco de los elogios y alabanzas del Sr. Stanhope; ha reconocido efectivamente tus méritos, se ha beneficiado de tus doctas enseñanzas y exhortaciones sobre el bien y, finalmente, ha recibido de tus manos la importante donación de la imprenta, que es seguro contribuirá en gran medida a la ilustración y libertad del pueblo ¡Tales son para los griegos todos esos grandes hombres que han fundado la Asociación Helénica de Londres, y tales 118


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amigos y cooperadores de su libertad tiene Grecia la suerte de poseer! Este pensamiento, señor, reaviva cada corazón griego, multiplica la confianza en nuestra causa contra el enemigo de la humanidad; y la triste mirada de Grecia no se vuelve sino a la todopoderosa mano del Altísimo y a los sensibles corazones del filantrópico pueblo británico y los pueblos cristianos que son como él; grandes y abundantes son hasta ahora las muestras de la buena disposición de los británicos hacia los griegos; y una de ellas es esta imprenta que tú, querido Stanhope, nos has donado en nombre de la venerable Asociación Helénica. Señor, el pueblo de Atenas la recibe con gran alegría y lleno de agradecimiento y profundo respeto, te da las gracias debidas, querido amigo, y a través de ti a todo el grupo de tus compañeros filohelenos de Londres, esperando con impaciencia el venturoso día en que, según su inveterada costumbre, pueda elevar estatuas a sus benefactores y ceñirlos con las debidas coronas. Por lo pronto ya tenéis, generosos amigos, la solícita intención de los atenienses de grabar con caracteres indelebles en sus corazones vuestros ilustres nombres y transmitirlos a la bendición de sus descendientes, para inmortal memoria.” Atenas, a 10 de mayo de 1824.
La estancia de este hombre sensible en Atenas fue realmente útil, y agradecido el recibimiento de los atenienses, por lo que antes del intercambio epistolar recién reseñado, el municipio de Atenas, de acuerdo con el mando local, envió la siguiente carta a la Asociación Helénica de Londres: “De cuantos extranjeros dentro de sus fronteras antes y después de la Insurrección ha visto Grecia examinar las seculares llagas de su opresión, lamentarse de sus calamidades y aconsejar sincera y humanitariamente la rebelión, se lleva la palma vuestro compatriota el coronel Sr. Stanhope; ha sido principalmente su actitud lo que ha confirmado a los griegos que los fines de la Asociación Helénica de Londres son realmente sinceros y están movidos por la filantropía, sin motivaciones políticas o diplomáticas; por ello, para que progresen vuestros elogiables objetivos, rogamos que no se nos prive de este buen consejero y que fije su residencia en las provincias de Grecia Continental entre Atenas y las Termópilas, y más teniendo en cuenta los terribles trances con que los peligros exteriores e interiores amenazan a los griegos, que tanta necesidad tienen de la presencia de tales personalidades. Señores, como defensores de los derechos humanos, como ilustrados conocedores de la situación política de los pueblos que se están librando de la opresión 119


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y la ignorancia, no debéis negaros a nuestra proposición, que obedece a la sensación de lo que es bueno para nosotros y al dictado apremiante de las circunstancias En Atenas a16 de marzo de 1824.”
Como en aquel año era gobernador provincial de Atenas Michaíl Sutsos de Bizancio, persona interesada por los problemas de la educación, coadyuvó dentro de sus funciones a la fundación de las escuelas. Expuso por escrito a la Administración el deseo de los abades de Pandeli*, Petrakis**, Vranás*** y Kesarianí**** de aportar contribuciones extraordinarias de cinco mil grosia al año para la fundación de escuelas, con la condición de quedar exentos de otras donaciones extraordinarias. Esto quedó aceptado y confirmado por la Administración, con lo que el gobernador provincial no tardó en ponerlo en ejecución. Los nombres de los abades son Neófytos Téngleris, Dionysios Petrakis36. Gavriíl Anastasíu y Iosif Tamvakópulos; estos abades, además, sirvieron a la lucha por la libertad con hechos, palabras y dinero.
Y antes de que se hiciera esto, la alcaldía, al encontrar propicio el amor la patria de los educadores, trabajaba desde hacía seis meses en establecer una escuela pública, como se evidencia por el siguiente bando: “Los atenienses, incluso en las terribles circunstancias de la guerra, fueron los primeros en desear a las musas en su tierra y la ilustración de la juventud; por lo que, por decisión común, se instaura una escuela pública en la que se enseñarán por ahora las lenguas griega e italiana. Han sido seleccionados los instruidos maestros Sres.
Io. Irineos y Dionysios Surmelís, que comenzarán las clases el próximo lunes en la escuela del siempre recordado Dekas. Por lo demás, se recuerda a los padres amantes del saber el sagrado deber que tienen de dar a sus hijos una buena educación y llevarlos a dicha escuela, para que adquieran las luminarias del saber, que harán de ellos hombres de bien y ciudadanos libres y felices de Grecia; en conclusión, es la mejor herencia que les dejarán sus progenitores; los maestros admiten a cualquier joven griego que desee recibir educación.
29 de febrero de 1824.”
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Murió el 29 de abril de 1840 a la edad de 56 años, completando una vida de honrado ciudadano.
* O Pendeli, al N.E. de Atenas y en la falda del Pentélico, de donde toma su nombre.
** Ha sido ubicado antes en nota ** de pág. 112 como Monasterio de los Arcángeles.
*** En la llanura de Maratón.
**** Sobre el Himeto, en el llano en la mitad de su fachada oeste.
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Seis meses después se añadió a los dos designados Georgios Gennadios, filólogo y entendido en la lengua griega.
No está de más que consigne la carta del gobierno al gobernador provincial de Atenas en la que manifiesta su agrado por estas iniciativas.
GOBIERNO PROVISIONAL DE GRECIA.
EL ÓRGANO EJECUTIVO.
Al Gobernador provincial de Atenas.
“Los sacros monasterios atenienses de Pendeli, Petrakis, Kesarianí y Vrenás han sido designados por el Gobierno para donar cada año, aparte de los derechos reconocidos, cinco mil grosia a razón de 2000 los dos primeros y 500 los dos últimos para invertirlos en los dos nuevos establecimientos escolares de formación de la juventud. Es claro que, para que los citados monasterios puedan aportar tal montante de grosia, deben quedar al margen de otras demandas irregulares y de desórdenes militares, de forma que el Gobierno, en su deber de evitar semejantes daños a los monasterios para que puedan cumplir el fin de que se trata, manda la disposición aquí contenida al general Guras y ordena en especial a tu Dignidad que pongas suma atención en reprimir a los incontrolados con los medios convenientes y, en consecuencia, no sufran la menor molestia los monasterios, para que se obtenga así la aportación necesaria para el funcionamiento de las escuelas, gracias a las cuales la patria espera algún día su siglo de oro.
En Nauplio, a 5 de septiembre de 1824.” La Filómusos Hetería se encargó de poner en funcionamiento la Escuela de Alelodidáctica, que comenzó sus clases a fines de abril del mismo año.
Sirva como muestra de exquisitez la respuesta de la comunidad a ciertas demandas de la Filómusos: “Acusamos recibo de vuestra carta de 16 de los corrientes y elogiamos vuestra dedicación a la cultura; vuestras peticiones nos parecen justas y en bien de la patria, por lo que se ha decidido de común acuerdo ceder a la F. Hetería la Mezquita de la Columna para ser utilizada como biblioteca pública; la mezquita de Rodakion para escuela de ciencias, con su jardín para jardín botánico; y el lugar de la Acrópolis junto al templo de Atenea Políade para museo de antigüedades. En conclusión, señores, hagan libre uso de estos lugares para sus fines de utilidad pública, prestos a emprender cualquier otro 121


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Dionysios Surmelís
beneficio de los que imparte su bendita institución; y téngannos siempre por colaboradores en la parte que nos corresponde.
18 de abril de 1824.
Los notables.” Esta decisión de la alcaldía la sancionó el gobierno mediante la siguiente disposición: “Dado que la ciudad de Atenas fue una vez sede de las ciencias y la filosofía, y dado que el gobierno pretende a su vez introducir la ilustración en Grecia y desea en especial que dicha ciudad alcance su antigua gloria y esplendor, viendo el afán y la disposición de sus habitantes para ello y de acuerdo con el órgano ejecutivo Dispone 1º La mezquita de Staropazaros* se destina a Escuela de Método Alelodidáctico.
2º La mezquita de la Columna**, a Biblioteca Pública 3º La Mezquita de Rodaki***, a Escuela de Ciencias.
4º El terreno en torno, a jardín botánico.
5º La presente disposición será llevada a efecto por los Ministerios de Interior y de Economía.
(Las firmas.)
En Nauplio, a 18 de noviembre de 1824.
Además los atenienses, orgullosos de tener colaboradores y cooperadores de la cultura, piden insistentemente al Gobierno la revocación de su patriótico conciudadano Neófytos Metaxás –después obispo del Ática y actualmente metropolita de Atenas y presidente de la Conferencia Episcopal– de su cargo de obispo de Talandi para que presida aquí la Iglesia de Cristo, al carecer la catedral de pastor evangélico por la muerte de Dionysios, como se ha dicho precedentemente.
* O “del mercado de trigo”, en la antigua ágora romana.
** Τζαμὶ τῆς Κολώνας, en el barrio de Plaka. El nombre se debe a una columna de mármol de época romana que existía en las proximidades; actualmente está en el sótano del colegio.
*** En el Pireo.
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Para que quede manifiesta la inclinación de los atenienses a la cultura, no he querido omitir las siguientes muestras de las virtudes de los ciudadanos en cuestión:
COMISIÓN EN ATENAS DE LA SOCIEDAD FILANTRÓPICA “Hermanos de Atenas: Se ha fundado en Nauplio la Sociedad Filantrópica, cuyas actividades se hacen públicas por medio de nuestra revista. Se os informará del interés de nuestros fines y de los medios con que cuenta para el logro de los mismos.
Todo contribuye a darnos fundadas esperanzas de que ha de ser útil a la humanidad que sufre, y el patronazgo especial que recibe ante todo del Presidente del Gobierno, el refinado Kunduriotis, apoya nuestras pretensiones.
Los abajo firmantes, designados por la Sociedad Filantrópica para elegir aquí una filial, hacemos un llamamiento a los filántropos de Atenas para que sean miembros de nuestra Sociedad. No dudamos, hermanos de Atenas, que estaréis dispuestos a esta obra de utilidad pública de la cual la Patria ha de salir con seguridad especialmente beneficiada, pues ¿qué otra ciudad de Grecia sino Atenas ha de preferir la Sociedad para fundar su segundo hospital? ¿Y dónde si no ahí se hallan tantas viudas y huérfanos de caídos luchando por la patria, cuya asistencia considera la Sociedad como su principal tarea? Cuando se funde, recapacitad cuánta ayuda puede ofrecer a la desolada población de la muy maltratada Ática. Así pues, colaboremos como auténticos atenienses, amantes de lo bello y filántropos”.
5 de octubre de 1824.
G. PSYLAS.
D. K. VITALIS.
A. PETRAKIS.
La Sociedad hizo los progresos esperados gracias a la contribución de muchos ciudadanos. Y para verificar mis palabras, adjunto un pasaje de la carta enviada por un griego, persona importante y bien considerada, que conoció durante su estancia aquí prácticamente a todos a quienes hace referencia (Vd. Diario de Atenas, Nº 16, 25 de octubre de 1824).
A LA FILIAL EN ATENAS DE LA SOCIEDAD FILANTRÓPICA.
“He leído su llamamiento en el número 11 de este diario y, tras alabar el celo con que asumen Vds. la carga de la filial, como miembro de la misma 123


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Sociedad me apresuro a agradecérselo. La comisión que dirige la Sociedad acertó realmente con la elección de sus colaboradores, al igual que espero de la bondad de los atenienses que tengan Vds. éxito en el objetivo de su colecta.
Dispuestos los atenienses a invertir mucho por la nación, ¿cómo no van a aportar un poco para ayudar a una Sociedad cuyos fines son de tanta utilidad pública? En cuanto a sus esperanzas de que la Sociedad instale allí su segundo hospital, las encuentro bien fundadas; la Sociedad acude de preferencia a donde más la necesita la nación. Ninguna provincia de Grecia ha tomado sola una ciudadela con sucesivos asaltos mortíferos salvo Atenas que, emulando en esto a la Atenas de antaño, da a la nación motivo de orgullo para con su Atenas de hoy. La Sociedad, pues, sigue asistiendo de preferencia a las viudas y huérfanos de los virtuosos patriotas tan gloriosamente caídos en nuestra guerra por la independencia; y yo prometo seguir animándola, si es que le hacen falta ánimos. . . . . . . Quedo especialmente reconocido a Vds. Atenas, 8 de octubre de 1824. Th. Negris”.
Quede dicho esto como resumen sobre la sensibilidad de los atenienses; pero la Historia nos conduce a la reseña de los hechos de guerra. No obstante, antes de comenzar adjunto aquí como reanudación de los acontecimientos lo siguiente: El Gobierno del Estado, abrumado por las continuas demandas de los ciudadanos sobre causas judiciales, decidió constituir juzgados provisionales y, emitiendo una circular a los gobernadores provinciales, invita a cada uno a enviar al ministerio de justicia una relación de los ciudadanos de la provincia más apreciados y capaces, para que la administración elija a quiénes nombrar jueces. Así pues, el gobernador de Atenas convoca a los ciudadanos más escogidos para comunicarles la disposición y, habida reunión, eligen a seis cuyos nombres se mandan al citado ministerio, para que emita el nombramiento formal. Mientras tiene lugar el nombramiento del ministerio, el gobernador forma una comisión jurídica con cuatro de los elegidos por el pueblo e informa a éste mediante el siguiente bando: “Atenienses: dado que, debido a las muchas causas judiciales acumuladas, la mayoría de las cuales ha permanecido sin ver desde el comienzo de la Insurrección hasta hoy, Atenas tiene necesidad de constituir un juzgado formalizado; aunque por disposición del Ministerio de Justicia fue enviado ayer al Gobierno Central una relación de personalidades que se ha tenido a bien que figuren, previa votación libre en reunión de los notables del lugar, para elegir de entre ellos a los jueces que designe el Gobierno Central; mas para que no 124


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afecte al pueblo en dicho intervalo de tiempo, pues no tiene donde resolver las diferencias antiguas y las que van surgiendo cada día; por todo esto, se ha nombrado provisionalmente una comisión de cuatro miembros con los Sres. An. Petrakis, M. Tyrnavitis, St. Serafim y Io. Pandazís, para que juzgue y decida sobre las diferentes causas judiciales abiertas, hasta la constitución del juzgado”.
La comisión comenzó inmediatamente sus trabajos, pero lo único que hacía era tejer telas de araña en las que sólo se enredaban los débiles*. Cuando todo era imperio de las armas y dominio del más fuerte, ¿cómo podía haber juzgados?
----------------------A comienzos de abril del año en curso se declaró una epidemia de peste en algunas aldeas del Ática y también en la capital, tomándose las medidas necesarias para la extinción del mal. Guras, cuando a su vuelta pasa por aquéllas desde el Congreso de Grecia Continental en Sálona (se hizo para resolver intereses comunes, pero no llegó a nada), actúa con toda rigidez para frenar la epidemia; y exasperado por un canalla contra Anagnostis Andreu, vecino de Keratía37, cree la calumnia y ordena a Memuris que le dé un castigo acorde con su deslealtad.
El 28 del mismo mes fue elegido P. Zacharitzas delegado (repesentante) de la provincia en el Órgano Ejecutivo.
37
El nombre es moderno, como el de Komi. Los habitantes de los demos de Firne y Anfítropa fueron lo que poblaron dicha Komi. El diseñador de los nuevos demos del Ática ha mostrado su ignorancia llamando demo al monte Laurio, cuando tenía a la vista el demo de Sunio y, sobre todo, cuando el territorio del Ática incluía muchos demos de renombre en la ladera de éste. Hay que saber que Firne se llamó Prini durante la decadencia y la palabra en albanés significa algarrobo (κερατέα en gr.). Así que es una traducción del albanés, como Kolopíthesa.
* Sentencia atribuida a Anacarsis por Plutarco en Solón, 5.
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CAPÍTULO VII
A comienzos del invierno del mismo año se reunieron en Atenas diversas columnas militares, cuyos jefes eran Guras, Karatassos, Kriezotis, Katzikogiannis, Lekkas, Gantzos, Rukis Dikeos, Christos Poriotis y Vergos, que esperaban la orden del Gobierno para marchar en expedición a donde hiciera falta.
Como el III Gobierno Griego38 era sacudido por la rebelión surgida contra él en el Peloponeso, llama a estos contingentes para que pasen a Corinto y nombra jefe de ellos a Guras. Éste, incitado por muchos amigos39, acepta la jefatura de la campaña y, tras nombrar jefe de guarnición suplente a su primo Ioannis Memuris, toma consigo a trescientos atenienses y marcha a Corinto el 20 de noviembre de 1824. A partir de ahí comienza la guerra civil. Llegado a Corinto, envía a las autoridades de Atenas la siguiente misiva: “Noble gobernador provincial, patriotas notables y valiente Sr. Memuris, saludos cordiales. Ayer por la tarde llegó la expedición de Atenas a Kalamaki.
Los muy nobles Sres. Londos y Notarás enviaron por dos veces la misma noche mensajeros con el fin de convencerme de viva voz, y también por escrito, de que el Gobierno es ilegítimo, y que no me dirigiera a Corinto. La respuesta fue que, según la orden del Gobierno, era deber del contingente entrar allí. Y a mitad de la misma noche se retiraron sus nobles personas a Vasiliká, y nosotros hemos llegado allí hoy por la mañana sin ser perturbados. Hoy sobre las ocho se ha enviado a 800 de los nuestros a tomar el paso de Hagionori*, para que quede libre la comunicación entre nuestro campamento y el Gobierno. La prensa de Atenas no puede dar más informaciones al mundo de parte mía, salvo que me sonrojo donde estoy y permanezco cuando pienso y considero la insensatez y el daño de los griegos de hoy. Por lo que rezo por la paz y la procuro, pues es lo único que puede traer la independencia y la salvación al país.” 38
Compuesto por Georgios Kunduriotis, P. Bótasis, An. Spiliotakis, Ioannis Kolettis, Panusos Notarás y después Konstant. Mavromichalis.
39 Enviados por el Gobierno vinieron de refuerzo Makrogiannis y Adam Dukas, que obtuvieron el asentimiento de Guras, en cooperación con otros.
* Entre Corinto y Argos.
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Entretanto, Guras intenta contener el conflicto político de forma pacífica.
Para ello, escribe al general Nikitas, que era del partido antigubernamental y estaba en Agiori*, exhortándole a cooperar en el arreglo de la situación y a propiciar la paz, pues la guerra civil traería lamentables consecuencias; es bueno y conveniente –decía– que desechemos el argumento de que estamos obligados a actuar a hierro y fuego. Pero Nikitas, que no quería ceder ante los del Gobierno, no escucha con agrado los consejos de Guras y, así, tiene lugar la batalla. El perjuicio fue para ambos, ya que en una guerra como aquella el partido vencedor se considera vencido, pues luchan griegos contra griegos.
Guras carga contra los rebeldes y los bate en Kutzumadi, dando muerte a unos y apresando a otros, que envía al gobierno. Después asedia Agiori, cuyos defensores se retiran por la noche; de allí traslada el campamento a Tríkkala de Corintia, donde estaba Notarás, y entra sin lucha en esta villa; captura a Io. Notarás y lo envía al Gobierno. He aquí de qué manera se dirigió a los cabecillas rebeldes capturados: Nobilísimo General Señor Ioannis Notarás: El Ilustrísimo Señor Ioannis Kolettis, Delegado del Órgano Ejecutivo, me encarga por orden escrita del 8 de los corrientes desde Hagios Georgios le conduzca al Excmo. Gobierno. Por lo tanto, ahí se personan el general Evmorfópulos y el Sr. N. Kriezotis para anunciarle dicha decisión, y designo al Teniente General Sr. Io. Rukis para que le acompañe hasta allí.
10 de diciembre de 1824, Tríkala, 6 horas de la mañana.
Io. Guras.
Nobilísimo Teniente General Sr. Io. Rukis: Al recibo de ésta, tomarás contigo al Gral. Sr. Io. Notarás y le escoltarás hasta Nauplio honorablemente, hasta entregarlo al Excmo. Órgano Ejecutivo.
A 10 de diciembre de 1824, 6 horas de la mañana.
Io. Guras.
Al contingente militar de Notarás le dirige lo que sigue:
“Oficiales y soldados que estáis bajo la dirección del General Io. Notarás: según las instrucciones del Gobierno, el General Io. Notarás es enviado a * Forma popular de Hagios Georgios (‘San Jorge’), localidad situada al O. de Argos.
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Nauplio. Los que lo deseéis, venid a inscribiros con los oficiales y el ejército del Excmo. Gobierno. Los que no lo deseéis, tenéis permiso para ir a donde os plazca”.
Io. Guras.
Desde Tríkkala se traslada a Lýkura, y de allí a otra parte; los contrarios, al no poder oponerse al embate del bravo ejército, se rinden y se disuelven por doquier, buscando unos el perdón y huyendo otros del Peloponeso. Kolokotronis se echa a los pies del Gobierno, implorando clemencia.
El general Guras, tras limpiar de rebeldes las provincias de Corinto y Acaya se dirige a Élide, madriguera de una fuerte facción antigubernamental que fue disuelta también de manera enérgica, pues no pudo contrarrestar a los atacantes. Y así, en el transcurso de cuarenta días adquiere la situación el cariz deseable. Se consolidan las leyes, el Gobierno es reconocido en todo el Peloponeso. Véase cómo condujo también a Chrýsanthos Sisinis ante el Gobierno: Nobilísimo Gen. Sr. Chrýsanthos Sisinis: Eres vástago de las familias que han jurado derrocar al Gobierno Griego, por lo que es obligatorio que vayas a Nauplio para rendir cuentas de tus actos frente a las leyes, y pruebes tu inocencia o seas castigado si eres declarado culpable, para bien de Grecia y la humanidad. Te escoltará hasta allí el Teniente General Sr. Makrogiannis.
Gastuni, a 23 de diciembre de 1824.
El Gen. Io. Guras.
Nobilísimo Teniente General Sr. Makrogiannis: al recibo de la presente, sírvase escoltar en seguridad y respetuosamente al bravo Gen. Sr. Chrýsanthos Sisinis hasta el Órgano Ejecutivo en Nauplio; y envíame acuse de recibo de dicho Órgano E. cuando cumplas la orden.
Gastuni, 28 de diciembre de 1824.
El Gen. Io. Guras.
La nación debe mucho al siempre recordado Guras por el cese de esta guerra civil porque, si no hubiera pasado al Peloponeso, el mal habría llegado a su cénit, y estaba en juego la existencia de Grecia. Yo no alabo a una parte ni condeno a la otra, porque las dos tienen culpa; pero sí elogio a Guras porque escogió uno de los bandos e hizo cesar al otro; de otra forma, Grecia estaba 129


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en juego. Los llamados antigubernamentales no eran en verdad antipatriotas; lo que pasa es que la facción triunfadora es tenida siempre por la buena, así son las cosas del mundo.
Puesto que he llegado hasta aquí desarrollando las acciones de Guras, creo mi deber señalar también el empeño que simultáneamente mantenía por los demás asuntos. En medio de esta campaña se preocupaba de atraer miembros a la Filómusos Hetería y de velar por las escuelas y la ilustración de los jóvenes. La siguiente carta, enviada desde Pyrgos en Élide, manifiesta su amor por la cultura: “Patriotas Éforos de la F. Hetería de Atenas: envíenme por correo treinta diplomas firmados y sellados, diez de ellos de la clase de los Benefactores y los otros veinte de la clase de los Sinégoros40, firmados como dijeron desde la Eforía, y sellados con el sello de la Sociedad. Se relacionan aquí los nombres de los que espero asociar. Además, solicito a la Sociedad F. me indique proveer a la Escuela si tiene carencia de fondos, para que no haya impedimento por este motivo.
Pyrgos, 16 de enero de 1825.
Socio Io. Guras.
Y dígase también en honor a la verdad que en esta expedición acompañaba a Guras como consejero y Secretario de la Correspondencia Panagiotis Sofianópulos*, ocupando el lugar de Méntor**.
-----------------------------------------------------------Ya que en aquel momento llegaron a Atenas los más notables de Psará a hablar con la Comunidad sobre la instalación de los psarianos en el Pireo, no encuentro mejor ocasión que la presente para intercalar las intervenciones sobre el asunto.
Cuando los psarianos perdieron su tierra, se pusieron a buscar un lugar adecuado y perfecto para habitar permanentemente. Después de muchas y serias reflexiones, hallan que el Pireo puede ser el objetivo buscado, por lo que hacen un informe al Gobierno y obtienen el consentimiento de éste, que dispone y manda a los atenienses que se pongan de acuerdo con los apátridas psarianos para que habiten en el Pireo.
40
Vd. Συνοπτ. Κατάστ. τῆς Πόλ. Ἀθηνῶν, pág. 82, III edición.
* Médico, miembro de la Filikí Hetería, publicista y polemista (1786-1856).
** Personaje mitológico encargado por Odiseo de la educación de Telémaco y, por ello, epónimo del término mentor como preceptor o pedagogo.
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Se reúnen los atenienses para tratar el tema, leen la orden, conversan con los enviados de Psará y, tras escuchar sus palabras, debaten entre sí sobre el asunto, pues es importante. Finalmente deciden que los psarianos vivirán en la parcela pública del Pireo y los ciudadanos tomarán para su uso particular la propiedad del Monasterio de San Espiridón, sito allí. Al día siguiente, cinco o seis notables de Atenas y los delegados de los psarianos se presentan en el Pireo; lo examinan, miden su istmo y, observando y comparando las posiciones, encuentran más a propósito y más apta para edificar una ciudad la del monasterio, despreciando completamente la del Estado.
Los atenienses, que no están conformes con cederles el terreno del monasterio pero tampoco desean defraudarlos, nombran una comisión de ciudadanos para comunicarles lo siguiente: “Hermanos de Psará: Los atenienses os transmiten de nuevo a través de nosotros el placer que tienen de recibiros como habitantes en su tierra según la orden del Gobierno.
No obstante, dado que dicha orden no precisa ni la forma de vuestro establecimiento en el Pireo ni el sector en el que vais a fundar la ciudad; dado que el territorio del Pireo no es público todo él, sino que también hay propiedades particulares y del monasterio de San Espiridón, por ello, de común acuerdo los atenienses han decidido enviar dos delegados al Gobierno, donde se encontrarán con vuestros representantes para decidir allí todos los puntos sobre el tema, para sempiterna paz y fraternal amor entre nosotros. Salud.” 11 de enero de 1825.
La comisión del pueblo de Atenas.
Al Gobierno le comunican lo siguiente: “Gobierno Central Días atrás se han presentado aquí enviados de los de Psará a traernos la orden del Gobierno C. por la cual se decide que los psarianos construyan una ciudad en el Pireo para vivir en ella. El asunto nos ha alegrado a todos, en la medida en que supone un beneficio para la nación como principio de una renovada gloria y esplendor de la patria, y hemos acogido obedientemente la orden. El pueblo de Atenas eligió una comisión que expresó tales sentimientos a los enviados de Psará y los acompañó a examinar el Pireo y a elegir la zona de tierras pertenecientes al Estado, la más adecuada para su objeto. Sin embargo estos hermanos, en vez de elegir el lugar donde se encontraba la antigua población del Pireo u otro cualquiera, pidieron insistentemente y si-
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guen pidiendo edificar su nueva ciudad en el sector que consta de propiedad privada y tierra del monasterio de San Espiridón, proponiendo que por lo que respecta a la propiedad privada, el Gobierno dé a cambio otra a los dueños de ella y la del monasterio sea adjudicada a ellos por el Gobierno; propuesta que pareció al pueblo ilegal e inadmisible, ya que una parte de los atenienses proyecta desde hace años mudarse al Pireo, por lo cual ha comprado muchas tierras en él deseando aprovechar las ventajas del comercio viviendo en ese puerto, ejemplo que pensaban seguir otros muchos atenienses. Es por ello que el pueblo de Atenas, tras convocar asamblea pública, se dirige al Gobierno para demandarle que, como madre* común, provea a conveniencia de sus nobles hijos psarianos y atenienses, sin faltar al bien con unos ni ser injusta con los otros; y que designe una parte de las tierras del Estado para que se construya la ciudad de los psarianos, pero quede para los atenienses la del monasterio, ya que tienen más derecho a ella por ser un exvoto de sus padres, y comparten el deseo de habitar en el puerto. Sobre la propiedad no hay cuestión ninguna, pues es de todos conocido que las leyes garantizan el derecho de propiedad de los ciudadanos y no lo quitan nunca. No dudamos que el Gobierno C. respetará los derechos de los atenienses, asistiendo y estableciendo al mismo tiempo a los psarianos en la tierra estatal del Pireo, lo cual también es deseo nuestro y de utilidad para la nación.
Se envían por parte de la ciudad al Reverendísimo Symeón41, abad de San Espiridón, y al señor Anguelakis Kangueleris42 para que defiendan de viva voz ante el Gobierno C. los derechos de los atenienses.
21 de enero de 1825.
Los patriotas de Atenas.
(Siguen las firmas).
El Gobierno no hizo otra cosa que lo que pedía la carta de los atenienses; los de Psará abandonaron su proyecto**.
41
Murió en 1847 a la edad de 80 años. Era un hombre de mundo, es decir, ilustrado y con conocimientos de política y otras ciencias de la vida, inteligente y muy completo.
42 Era de las casas más principales de Atenas y en aquel momento desempeñaba el cargo de notable de la ciudad.
* La palabra griega que se emplea para designar al Gobierno (Διοίκησις) pertenece al género femenino.
** Terminaron estableciéndose en Egina.
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CAPÍTULO VIII
Ahora nos toca hablar de otro peligro no inferior al del Peloponeso, con la diferencia de que éste ocurrió por reivindicaciones ciudadanas y de las provincias y aquél se suscitó por malevolencia contra los atenienses, pero para perjudicar al conjunto del Estado griego.
El redomado traidor Odiseo, como no pudo arrebatarle la guarnición a Guras ni con todas las tretas que maquinó y se declaró la enemistad entre ambos, llamó de nuevo a su familia y fue apartado de los asuntos del Ática, por lo que acechaba el momento para vengarse de los atenienses y del propio Guras.
Finalmente, como no sacó ningún provecho de la guerra civil del Peloponeso, de la cual esperaba mucho, viendo por el contrario al objeto de su odio –Guras– elevado y con mucha fuerza y a sí mismo odiado por el Gobierno y abandonado por las tropas griegas, echando espumarajos de rabia contra sus enemigos trama el perjuicio de los atenienses y la nación. Para lograr sus nocivos propósitos no es capaz de hallar otro medio que unirse al turco, el enemigo de Grecia, y así se cartea con Omer Pachá de Eubea, pidiéndole alianza para someter Atenas al sultán y, a continuación, el resto de Grecia. Lleno de gozo, Omer Pachá le hace muchas promesas y lo comunica inmediatamente a la Puerta. El sultán, muy contento, lo nombra mediante decreto gobernador de Grecia Oriental. Omer le da 300 turcos a su mando, los que había pedido, que se añaden a los más de 500 que ya tenía. Para mostrar que emprende una guerra justificable contra Atenas y agarrarse a un motivo, escribe a los atenienses las cartas que van a continuación, según la correspondencia que mantenían. Pero para mayor claridad de los hechos expongo aquí el comienzo de tal correspondencia. Primeramente, Odiseo dice a los atenienses que le envíen sus grosia (Vd. libro segundo, cap. II), que le hacen falta para otras necesidades urgentes; ellos le responden que sobre esto se han dirigido al Gobierno, pues concierne a la nación y no a Atenas, y que cuando reciban la respuesta le responderán sobre los grosia. Así contesta Odiseo: “Queridos hermanos, mucho me asombra una carta que me habéis enviado con mi secretario Andonios, donde me escribís que esperáis respuesta del Gobierno y 133


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de inmediato me aclaráis sobre el tema de los grosia; ha pasado un montón de tiempo y no he recibido ninguna respuesta vuestra, y no sé el motivo. Hermanos, yo esos grosia no es por alatzakia (contribución) mía que los pido, los di para comprar material y con vuestras propias manos lo habéis metido en el castillo como provisiones para usarlo contra el enemigo, y para eso fue usado; así que haceos la cuenta de que habéis dado un temesuki (escrito) diciendo que son míos, y devolvedme los grosia o dadme el material que hay en el castillo para que lo venda y recupere mis grosia, que me hacen falta. Igual que sirvieron en la fortaleza de vuestra provincia, pueden servir lo mismo en otra parte. Espero una respuesta sobre esto. Muy inhumano es que uno quiera hacer el bien y en vez de maná le den hiel*. Salud.
Hosios Lukas, 2 de diciembre de 1824.
Odiseo Andritzos.
Respuesta Nobilísimo General, recibimos tu carta y vemos que nos hablas del trigo del castillo; Nobilísimo, sabes muy bien que ese trigo se almacenó en el castillo, y el castillo es del Gobierno y de toda la nación; por lo tanto, para esas cuentas la justicia demanda que se hable con el Gobierno Central; tu nobleza sabe que de ese castillo nada han recibido los atenienses salvo tormento y preocupaciones. Y ningún día dejamos de hacer muchos gastos para prestar la debida obediencia tanto al Gobierno como a las leyes. Rogamos que nos escribas a menudo alegrándonos sobre tu buen estado de salud, y nosotros no faltaremos a nuestros deberes de amistad. Firmamos con todo el amor fraterno.
Odiseo a los notables de Atenas Señores notables de Atenas, un fraternal abrazo. Os he enviado muchas cartas para que me enviéis mis grosia y en respuesta me remitís al Gobierno; yo no le he dado al Gobierno dinero de vuestra parte, según el acuerdo con vosotros que tengo en mis manos, como están en las vuestras mis grosia para aprovisionar el castillo; por lo tanto, mirad que os escribo otra vez más para que me enviéis mis grosia y mi médico43, que me lo habéis quitado, o que 43
Se refiere al hábil cirujano Hasán de Talandi, un turco hecho prisionero o, por decirlo más correctamente, el único turco de Atalandi que se salvó; y fue gracias a su técnica, después de ver degollar a su mujer y sus hijos. Curó, y diré más, salvó a * Cf. Antífona XII del Jueves Santo.
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sepáis que mandaré quemaros los olivos y las semillas. Y no le echéis cuenta al Gobierno, que yo por encima de mi justicia no temo ni a Dios44. Y además sabed esto también, que no os quedaréis con mis grosia y con mi médico, que estoy dispuesto a perder lo que he “arramblado” (ganado) hasta ahora; no os doy la mano y en cinco días espero la respuesta de si me lo mandáis o no. Y si os he tomado algo de la nación, o tzemeredes (multas) o cosas de vuestro castillo, haced las cuentas y traedlas. Sólo esto os digo, no queráis que paguen los justos de la provincia por dos o tres pecadores. Salud.
Steveniko, 13 de febrero de 1825.
Odiseo Andritzos.” Respuesta General Odiseo: Hemos recibido tu carta de 13 de febrero en la que pides a esta ciudad tus perras (grosia), con las que se compró trigo para aprovisionamiento de la fortaleza, y a tu médico, si no te damos los cuales nos amenazas con quemar nuestros olivares y semillas; a lo cual te contestamos antes y te decimos ahora que la fortaleza pertenece a nuestro Gobierno Central, y el médico está en la fortaleza como médico de la guarnición y, consiguientemente, al servicio del Gobierno; por lo que te rogábamos y te rogamos te dirijas al Gobierno y éste, como madre justa y amantísima, no tendrá a bien hacerte mal. Le escribiremos también nosotros sobre tu demanda, y estamos seguros de que seremos atendidos y de que en 20 días tendrás lo que te corresponde. No esperamos ver nuestros olivares y semillas quemados y destruidos por el general Odiseo, pues no les pasó esto a manos del turco tantas veces invasor de nuestra tierra, al cual combatiste45 para salvaguardarlos junto con todas las propiedades de los griegos. 17 de febrero de 1825.” Al mismo tiempo comunican lo que pasa al Gobierno y a Guras, y que Atenas solicita la presencia de éste.
Guras ve el peligro que corrían Atenas y Grecia por culpa del perverso Odiseo y, cuando esperaba en Pyrgos de Élide la orden del Gobierno para, de acuerdo con su petición, marchar a Patras y asediar a los turcos hasta que se rindiera esta fortaleza, de mala gana solicita al gobierno que le conceda partir del Peloponeso a Grecia Continental. El Gobierno, para responder a muchos griegos mortalmente heridos.
44 ¿Y cuándo temiste a Dios o creíste en Él?
45 Educada cortesía para ganar tiempo ante el malvado enemigo.
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las hostilidades de este mal enemigo de Grecia, le ordena salir con todo el cuerpo expedicionario a su mando y dar caza a Odiseo.
Nada más recibir la orden, Guras escribe a los atenienses que ha ordenado a las tropas marchar hasta el Golfo de Corinto y cruzar desde allí hasta Lebadea; él por su parte llega a Atenas en pocos días, diciendo que espera con la ayuda de Dios mandar a Odiseo al redil de las leyes. Dicho y hecho.
Odiseo se prepara para la guerra y, para que no le abandonen los griegos de su entorno al estallar una guerra contra la Patria, los engaña tergiversando las palabras: que no lucha contra la nación ni contra la provincia de Atenas, sino contra dos o tres personas, y que simulando ser enemigo arreglará muchas cosas en beneficio de sí mismo y los suyos. Sin embargo, sus palabras no se correspondían con sus actos.
Finalmente, viendo que le espera un castigo tremendo, reflexiona medidas de seguridad e inmediatamente piensa en los kunduriotas. Había en el Ática en tiempos recientes una aldea llamada Kúndura, de Kondúrea, es decir, κοντὰ οὔρεα, ‘cerca de las montañas’, por la situación en que está la aldea, pues los montes de alrededor y aquél en cuya ladera se ubica están cerca, según el significado antiguo y moderno del término, o sea, no en la cima. Este paraje está repleto de pinos y de algunos olivos; es productor de resina. Como el comercio de este material se hacía en Eleusis por mar, los habitantes de Eléuteras o Petrogeraki se fueron a vivir a Kondúrea para estar más cerca de Eleusis, por el comercio de resina y aceite de oliva. Antes de la Insurrección, la gente de aquí eran guardianes de los pasos de la Megáride por disposición del poder turco y, durante la Insurrección, siguieron a su aire y no se sumaron a los demás habitantes del Ática. Realizaron acciones heroicas en la lucha por la libertad, y combatieron tanto al enemigo que figurarán por siempre en la categoría de los valientes. Una vez que bajaron de Kondúrea, habitaron unos en Mandra*, así llamada por su posición en medio de montañas, en una hondonada, y otros en Magula, que es la antigua Akerna. Se denomina Kerna, Akerna en ático, a las crestas de las rocas, y Magula está situada bajo una formación así. Otros se fueron a Eleusis, para explotar las riquezas del mar. Con el tiempo, esta gente perderá el nombre de kunduriotes, como antes perdió el de “eleutereis”. Realmente esta gente tenía un nombre muy apropiado a su historia. Durante el resurgir destacaron muchos guerreros, como Ioan. Kondulis, Papachristos Krikkukis, Dimitrios Krikukis, * ‘Aprisco’ o ‘majada’.
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Crónica de Atenas
Anastasios Murikis, Panagiotis Chatzí Meletis, Laski, Christos Liulis, Rutumis, Dervas, Kolimadis (que murió luchando en Creta después de causar graves daños contra los enemigos) Verutis, los hermanos Nikolas y Anagnostis Nika, Rokas, Papathanasios y otros. De ellos, el que tenía más influencia entre su gente fue el llamado Chatzí Meletis, buen ciudadano y hombre rico*.
La providencia del Altísimo hizo que en las laderas de Eléuteras, en tierra ática, naciera la ilustre hermandad de los históricos Kunduriotis –Lázaros y Georgios–, pues el abuelo de éstos llegó desde Kúndura a Hydra y depositó en buena tierra la buena semilla que dio el fruto de la gloria**.
En fin, para no tener como enemigos a los de Kúndura, Odiseo les escribe que su guerra es sólo contra los atenienses y que estén tranquilos sin temer ningún mal por su parte y, el dos de marzo, envía trescientos de los suyos mezclados con turcos, que saquean las aldeas situadas en los confines orientales del Ática y Beocia, llevándose todas las reses que pudieron y algunos hombres.
El tres de marzo llega Guras a Atenas y, tras deliberar acerca de la guerra, se siente inevitablemente obligado a combatir a Odiseo; y así, marcha hacia Lebadea el once del mismo mes; al llegar allí, desbarata los planes de Odiseo; los habitantes de Beocia estallan de júbilo con la presencia de Guras y desean lo peor al malvado Odiseo; todos los que por necesidad estaban en armas a sus órdenes se pasan a Guras y se disponen a acabar con aquella plaga.
Odiseo se ve abandonado por los que creía suyos; ve los contingentes griegos unidos contra él; ve sus objetivos sin cumplir; la presencia de Guras le atemoriza; susceptible y desconfiado por naturaleza, recorre los montes y aldeas con sus viejos hombres y los 300 turcos, manteniéndose lejos de Guras, planeando engañarlo y combatirlo con doblez; pero era cobarde y, con una desconfianza congénita, no podía hacer nada.
* En esta zona fronteriza del Ática existía en efecto la aldea de Kúndura, fundada en tiempos modernos sobre el asentamiento de la antigua Eléuteras, término idéntico al que significa ‘libres’ en griego. Como dice el autor, fue abandonada inmediatamente después de la guerra. En cuanto a las explicaciones etimológicas, son disparatadas, como en otras ocasiones.
** Eran armadores y las circunstancias les obligaron, como a los demás de las islas navieras (Hydra, Spetses y Psará) a reconvertir sus flotas mercantes en guerreras.
Ejercieron gran influencia durante la Insurrección, sobre todo Georgios, que llegó a ser presidente del Ejecutivo de enero de 1824 a abril de 1826. El origen del apellido familiar no es como lo explica Surmelís; la familia procedía de Kranidi, en el Peloponeso, y el abuelo Chatzí Georgios cambió el suyo de Zervas después de ir a Kúndura y volver vestido a la manera típica de allí.
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Guras, como general del Gobierno, para dejar claro que la guerra contra Odiseo está promovida por la nación, y para quitar de las almas de los habitantes de Beocia y de Eubea toda sospecha de arbitrariedad y, al mismo tiempo, encorajinarlos contra el enemigo público de Grecia, edita y les envía una carta impresa* con la cual hizo un gran perjuicio a Odiseo, pues muchos de los de éste se unieron a las tropas gubernamentales.
Por las siguientes cartas del general queda claro el celo y la firmeza de las tropas gubernamentales y, a la vez, la victoria contra el enemigo; he preferido transcribir las cartas mismas, que son idénticas a mi interpretación de los hechos y explican minuciosamente lo ocurrido; así el lector agradecerá más la exactitud de la exposición:
“Augusto Gobierno: A comienzos de los corrientes llegué a Mégara desde Nauplio, con el deseo de pasar inmediatamente a la provincia de Tebas, donde el traidor Odiseo Andritzos trataba con los turcos la esclavización de Grecia, acampado en Tespias (Dumbrena). Hubo dos impedimentos para cumplir mi objetivo: el primero, que la mayor parte de las fuerzas bajo mi dirección estaban aún en el Peloponeso; segundo, que la ciudadela de Atenas debía ser abastecida antes de salir. Llegué a Atenas y, visto que no se me había adelantado ningún intendente ni ninguna remesa del Aug. Gobierno, hice un cálculo provisional de víveres para la Acrópolis y para la presente expedición.
El doce del mismo mes partí de Atenas y llegué a Platea (Kokla), a tres horas de Paliopanagiá, donde se encontraba acampado Odiseo después de dejar Tespias; mas yo, informado de su retirada hacia Petra, tomé el camino de Lebadea, donde llegué el dieciséis. Odiseo, con 400 jinetes turcos llegados desde Euripo** que se le unieron en Petra, pasó por Lebadea antes de llegar yo y acampó cerca de Queronea; cuando los griegos a mi mando esperaban entablar combate el diecisiete por la fe y el renacer de Grecia frente al filoturco Odiseo en el mismo lugar donde Filipo de Macedonia acabó con la libertad de nuestros antepasados, huyeron de noche los oponentes sin ser perseguidos por nadie y llegaron el mismo día a la costa de la provincia de Lócride.
El 19, los griegos a mi mando, irritados contra los tiranizadores, corrieron * El autor reproduce la carta, bastante extensa, en la primera edición, pero la suprime en esta.
** A Eubea se la denomina indistintamente con su propio nombre y con el del estrecho que la separa del continente.
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animosamente en pos hasta las ruinas de la ciudad de Talandi, a dos horas del enemigo.
En el día de hoy procedo a emplazar las fuerzas a mis órdenes para cercar al enemigo junto al mar. Esperan refuerzos de Zituni y Euripo; no he tenido tiempo de hacer antes este detallado y completo informe al Aug. Gobierno porque, en el transcurso de siete días, las provincias más extensas y afortunadas en el territorio peninsular y más necesarias para la extensión de la felicidad en Grecia, que estaban bajo el dominio inmediato de los turcos y del turco Odiseo, han quedado libres y en posesión del Gobierno Griego. Sin embargo, no puedo dejar de decir al Aug. Gobierno, con pena y aflicción de mi alma, que este dominio será provisional por un solo motivo, la total falta de pan en estas regiones.
Si estas palabras no conmueven a los miembros del Ejecutivo y del Legislativo y a los padres de la nación, Grecia no renacerá y exhalará su último aliento.
Sabed, augustos y eficaces gobernantes del país, que desde hace ocho días los que están a mi cargo viven a base de repollo; si se encuentra a una persona en estos lugares, se parece más a los muertos del Hades que a los vivos; repollo sin aliñar es el único y mísero alimento de estos míseros despojos humanos.
Hermanos: o llega a tiempo el pan a Sálona y Dístomo para seis meses como mínimo, o los soldados me obligarán a retroceder inmediatamente. Mi deber para con la patria me ha forzado a escribir más de lo debido y pido perdón si os enoja mi relato. El Augusto Gobierno, encontrándome yo en Nauplio, me prometió víveres y provisiones pero hasta ahora, esperando ver llegar al más justo de los griegos con el dinero para la compra del alimento, lo que veo es una total dejadez. Sé quién es el promotor de estas calamidades y lo denunciaré en la prensa dentro de poco, para dar ocasión a que me exhiban ante el mundo entero sembrando cizaña, causando disturbios, creando facciones y persiguiendo a los hombres verdaderamente útiles para la patria. Augustos rectores de los griegos, Grecia Oriental se liberará si hay provisión de lo necesario.
20 de marzo de 1825.” “Augusto Gobierno.
El 27 de marzo ordené al gen. Kriziotis que se acercara a una peña a media hora del campamento enemigo, y que levantara allí fortificaciones. La posición se llama Profeta Elías. Yo llegué allí la tarde del 28; el 30 se ordenó al teniente general Rukis hacerse fuerte con unos ochocientos hombres en la loma que hay encima del monasterio de Vilivós, que estaba en manos del enemigo y a una distancia de hora y media de su campamento. Ese mismo 139


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día pidió Odiseo tener una entrevista conmigo; le respondí que no me está permitido celebrar en privado conversaciones secretas, a no ser en presencia de los jefes a mi mando; y así, llegó la misma tarde a dicho monasterio y se encerró en él con 100 hombres, siendo asediado el 31 del mismo mes.
La batalla dio comienzo en el monasterio muy de mañana. Los enemigos en Livanates46 se dividieron en dos, pues en dos sectores estábamos situados nosotros; el primer cuerpo de ellos, de infantería y caballería, se lanzó hacia el monasterio contra los sitiadores que, no pudiendo resistir, se retiraron sin sufrir daños. Unidos a Odiseo, se decidió atacar a Rukis y, efectuado el ataque, fueron rechazados con arrojo por los nuestros, a lo que siguió la contienda por ambas partes con valor; los de Krieziotis, viniendo en ayuda de los nuestros, antes de llegar quisieron probar una osada acción contra la caballería en campo abierto; tal intento me hizo temblar al principio, pero finalmente veo al enemigo darse a la fuga, con el triunfo de los griegos; dirigiéndose este jefe hacia Rukis y, unido a él, avanza contra el enemigo y provoca una mortandad general de jinetes e infantes, que se dispersaron por todas partes bajando montañas, peñas y barrancos y siendo muertos por los griegos; si no los hubiera escondido un bosque denso y frondoso, no se habría salvado ninguno. Los que escaparon a la daga de los griegos, se refugiaron en su campamento general. La batalla duró seis horas. Al anochecer de aquel día dispuse de nuevo el bloqueo del mismo monasterio, dentro del cual había quedado con 70 hombres el hermano de Odiseo, Giannakis. Por la noche, los enemigos trataron de introducir viandas para los encerrados, pero los griegos quedaron en posesión de ellas con la huida de los enemigos. El siguiente 1 de abril, cuando los oponentes intentaron de nuevo liberar a los bloqueados y se retiraron desanimados sin conseguir nada, los sitiados, en gran apuro, se entregaron en manos de los leales al Augusto Gobierno. Y ya que el rendido Giannakis me ha prometido colaborar en la rendición de su hermano Odiseo y quedar a mis órdenes, ruego al Aug. Gobierno lo reconozca con un título como el que tienen los jefes que comando. En tanto, suplico al Augusto Gobierno provea cuanto antes las necesidades de pan, fusiles y pieles; y que no falten las raciones si quiere ver más favorable el final de las operaciones.
En Atalandi*, a 4 de abril de 1825.
El general Io. Guras.” 46
Localidad natal de Odiseo, situada a orillas del Euripo, 68 Kms. al N. de Talandi.
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Después de la batalla referida, los enemigos fueron estrechamente cercados en Livanates sin poder ni siquiera retirarse, porque incluso por el lado del mar estaban tan fuertemente bloqueados que no tenían provisiones ni para tres días. El indigno Odiseo, viéndose en peligro, se entrega al general Guras el siete de abril de 1825. Para mostrar lo acaecido mientras tanto, se expone la carta de Guras al Gobierno:
Augusto Gobierno: Con mis informes del 31 de marzo y 4 del corriente refería al Augusto Gobierno dos victorias de los griegos frente al enemigo. Por el presente comunico la del 7 de los corrientes, que es la rendición de Odiseo con otros 800 a su mando al Comandante de las tropas del Gobierno. Mientras, me informan de que una potente sección turca baja desde Zituni**, así que al punto designo a Rukis con 500 hombres para que ocupe previamente los desfiladeros de Vasiliká; pero los enemigos tomaron los accesos con media hora de adelanto, por lo que me vi obligado a enfrentarme a ellos personalmente antes de que llegaran al llano de Lebadea, dejando a Kriezotis y Katzikogiannis en el asedio de los turcos en Livanates. Me enfrento a los turcos en Turkochori (Leuctra) y ellos se encaminan hacia Davlia, a donde había enviado en previsión a los jefes Geor. Diovuniotis, Nakos Panuriás, Kombotaditis, Prevas y Kondosópulos, quienes tras entablar combate vencen a los enemigos; pero al final, los turcos acamparon cerca de Davlia y los griegos se situaron en Jerusalén***, a donde fui yo también. Los comandantes47 del ejército enemigo son 47
Los llamó Odiseo cuando fue cercado en Livanates para que fuesen allí a toda prisa, escribiéndoles mentiras para no atemorizarlos; antes de movilizarse, cada uno le respondió del siguiente modo: “Mi muy querido capitán Odiseo: un saludo, y con él una aclaración. Hemos recibido tu carta una hora antes de salir; nosotros hicimos hazirlik (preparativos) para salir, y hoy ha llegado Yanuz Agá Moraitis y me da haberia (informaciones) diferentes, que ayer tuvisteis una fusilada con los enemigos, y tú no me envías ninguna línea para que sepamos la verdad, para ir en tu imdat (auxilio). Ahora escríbeme inmediatamente si hay ihtiyaç (necesidad) de ir enseguida contigo, que nosotros estamos hazir (listos) en una hora; envíanos el haber con el * La ciudad, fundada en tiempos bizantinos, se llamó Ἀταλάντη (transcrito Atalandi) en honor de la heroína corredora. Después desapareció la vocal inicial aislada y átona, y la palabra cambió su declinación, escribiéndose Ταλάντι (transcr. Talandi). En español, por tanto, la diferencia entre el nombre durante la Turcocracia y el antiguo recobrado está únicamente en la ausencia o presencia de la a- inicial (no así en el griego escrito, que distingue al final de la palabra entre iota y eta).
** Ha recuperado su antiguo nombre de Lamia.
*** Un monasterio a los pies del Parnaso.
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Abas Pachá y el albanés Mustafá Bey. Se dice que han dado promesa jurada al Rumeli Valesi* de apoderarse de Sálona, y por eso se dispusieron a marchar hacia aquí; el día 11, cuando intentaron con diversas operaciones entrar en Sálona, con gran sonrojo y también castigo retroceden hacia Turkochori, perdiendo muchos hombres y equipamiento. Si los griegos no sufrieran por carencia de alimentos, habrían interceptado su carrera totalmente; éste es nuestro mayor enemigo en la presente campaña, hasta el punto de que, debilitados por el hambre, nos quedamos por la tarde en Davlia. Esta mañana, antes de salir el sol, se ha entablado batalla contra pronóstico en Queronea, por lo que me vi forzado a acudir en auxilio de los nuestros, rodeados por la caballería enemiga y luchando a pie contra jinetes. Reanimados los nuestros y acobardados los enemigos con mi aparición, se da a la fuga la caballería y con encarnizada lucha ganan los griegos la victoria. Han caído siete de los nuestros y sido heridos ocho. . . . . . . . . . . . . .
7 de abril de 1825.
El general Io. Guras.
Tal fin tuvo la guerra contra Odiseo. Éste, capturado en el lugar de donde había salido (pues Livanates era su tierra natal), es enviado a la fortaleza de Atenas, donde se le encarcela en la gran torre de la Acrópolis, y él no cesaba de emplear todos los medios para evadirse; pero el cinco de junio de 1825, su vida tuvo un final digno de las fechorías que llevó a cabo: por orden del Gobierno a instancias de Guras, se le da muerte asfixiándolo a media noche y se le arroja al suelo desde la torre. El ejecutor de la sentencia fue un sacerdote militar, que se vengaba así del odio que profesaba a los religiosos y de la persecución y maldades por él perpetradas. La muerte se maquilló debido a las circunstancias del momento; se dijo que Odiseo pretendió escapar de la caique y salimos otra vez cuando tengamos haber de ti, pero escríbenos mañana inmediatamente sobre la fusilada de ayer.
1 de abril de 1825. Zituni.” Abas Pachá.
“Mi muy querido hermano capitán Odiseo, te saludo respetuosamente y te beso los ojos, y te respondo fraternalmente: recibí tu carta y veo que me dices que en cuanto pueda… (lo demás es como lo anterior).
1 de abril de 1825. Zituni.” Tu hermano Mustafá Bey Misirlis * Gobernador de Rumelia, como se llamaba en la época a Grecia Continental o Sterea Hélade.
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torre y le cortaron la cuerda por la que se descolgaba, muriendo en la caída (Vd. Diario de Atenas, nº 68, 9 de junio) y siendo enterrado al pie de la ladera norte de la Acrópolis, de donde su mujer se llevó los restos en 1833. Desde el comienzo de la Insurrección, este hombre proseguía con sus malandanzas, llegando a convertirse en una traba constante para los progresos de la causa griega y aplicándose mientras a asesinar a muchas personas, la mayoría de las cuales podía haber sido muy útil para la patria; omitiendo al resto, mencionaré a los dos buenos ciudadanos Nutsos y Balaskas. El primero era un natural de Ioánnina que tenía más poder que ningún otro junto a Alí Pachá; después de la caída de este tirano se dirigió al Gobierno Griego, prometiendo hacer grandes cosas en provecho de Grecia gracias a la influencia que tenía entre los habitantes del Epiro y, provisto de cartas oficiales del Gobierno, marchó a cumplir su objetivo teniendo por acompañante a Balaskas. Debo antes contar el gran favor que hizo el primero al criminal Odiseo: este facineroso, condenado dos veces a muerte por su señor Alí Pachá en pago a sus maldades, fue salvado en ambas ocasiones por el propio Nutsos, que lo arrancó de manos del verdugo, sin tener en cuenta para nada la orden del tirano (de lo cual no hay que asombrarse, ya que tal era la consideración en que lo tenía el sátrapa). Balaskas, que acompañaba a los turcos durante el asedio de Alí Pachá, los siguió hasta que descendieron a Beocia el primer año de la Insurrección. Cuando éstos cercaron a Odiseo en la posada de Graviá, al día siguiente iban a emplazar cañones con los cuales derribarían las paredes del hostal y, sin duda alguna, lo capturarían a él y los suyos. Balaskas, al ver el peligro que corrían los sitiados, declara a Odiseo la intención de los enemigos con una frase enigmática, indescifrable para éstos pero comprensible para aquél; y así, la noche siguiente se va de la posada con los ochenta griegos, salvándose todos menos uno gracias a Balaskas; y otra vez, cuando los enemigos estaban entrando en Lebadea, donde habrían esclavizado a casi todos los habitantes, Balaskas informa previamente a los notables y a Odiseo, que era jefe de los combatientes en esta provincia; después, engañando a los enemigos, hizo que se salvaran todas las mujeres y niños y muchos hombres desarmados. Fue allí donde abandonó al enemigo y se unió a los nuestros. Pues a estos dos salvadores y benefactores les dio muerte el 27 de mayo de 1822 el desalmado Odiseo, con engaño y traición al juramento que les hizo por su fe.
Con ellos dos iba el lebadita Io. Lapas, al que quiso también asesinar; pero lo salvaron los soldados, que procedían de Lebadea en su mayor parte.
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Al mencionar Lebadea, me vienen a la memoria las muertes de otros dos buenos patriotas: Dimitrios Begiazis, un notable de la ciudad, y el archimandrita Pappás Anastasios de Kakosi (Tespias) de Beocia. Estos dos, apresados en Lebadea cuando entró Omer Vrionis, fueron liberados por la intercesión de Balaskas, que engañó al pachá; pero Odiseo, en vez de congratularse con su salvación, dio muerte a ambos –a Pappás Anastasios golpeándole la cabeza y fusilando a Begiazis– diciendo que no serían tan buenos cuando escaparon a la daga turca. Aquí debo insertar, por el motivo que me ha dado Karpos*, la muerte del pobre Ilías Paspalis. Este infortunado era por aquel año notable de Lebadea con otros conciudadanos suyos. Odiseo, que vivía a imitación de los pachás, era pederasta desde que se casó y llevaba consigo en sus correrías a jovencitos depravados, pero también era un mujeriego. Como la mujer del mencionado Paspalis era joven y hermosa, pone acechanzas a su honestidad; mas no pudiendo satisfacer su deseo debido a la virtud de ella, este pérfido trama en venganza lo siguiente: detiene al infeliz marido de la comedida mujer y, montado sobre sus hombros como sobre una bestia de carga, le ordena caminar tras encargar a los suyos que, cual acemileros, le propinen palos por detrás cada vez que se pare el desdichado. Al final, después que haber andado el pobre Paspalis dos horas enteras con el peso del Demonio por lugares empinados y boscosos, el inhumano Odiseo ata una cuerda a las vergüenzas del desventurado y lo cuelga boca abajo de un árbol muy alto, para vengarse contra él del fracaso de su reprobable pasión. Tan horroroso fin tuvo Ilías Paspalis. Para no ahondar más en el grado de crueldad de este hombre, añadiré sólo otro caso: apresó a dos inocentes griegos cristianos, los desolló y los asó al fuego como filetes, retrasando su muerte para prolongar el tormento. Y paso por alto la muerte de Aléxandros Michaíl Talandinós, a quien rompió las piernas y los brazos y después, arrastrándolo por las rocas, le provocó una muerte lamentable, a pesar de que era notable y uno de los principales luchadores de Atalandi.
Véase qué clase de monstruo se han atrevido a ensalzar algunos. Es verdad que la naturaleza lo dotó con aventajadas cualidades, pero ¿de qué sirvió, si las utilizaba para el mal? Habría sido el general más digno, inteligente y glorioso de Grecia si le hubiera faltado el afán de mando y de poder. Entonces el filólogo Korais podía decir con razón: “Lágrimas de dolor han anegado mis ojos porque ningún hijo de Grecia se parece a Odiseo” (vd. Diario de Atenas, * Vd. Proemio a la 2ª edición.
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nº 15, 22 de octubre de 1822). También yo describo su vida con dolor de mi alma y deploro que Odiseo no se pareciera a los nobles hijos de Grecia, para que no hubiera que reprochar nada a ésta por los siglos de los siglos.
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CAPÍTULO IX
Después de la referida pugna, se designa a Guras para combatir a los turcos que se han apoderado de Sálona. Habida batalla en la aldea de Pendori, cae por la libertad el valiente Ioannis Papá Nikolau de Eleusis. A continuación son sitiados los enemigos en la ciudad de Anfisa*, donde tienen lugar continuas escaramuzas, batallas y victorias de los nuestros. Guras deja a otro en su lugar en el campamento de Sálona y llega a Atenas en el mes de agosto.
Disgustado por la indisciplina de la soldadesca y la desobediencia de los jefes bajo su mando –principalmente de los suliotas**, que no aceptaban como jefe a Guras–, iracundo por todo eso, no quiso seguir siendo el comandante del campamento; y como consecuencia, fue el primer jefe de guerrilleros que anheló un rey. Yo mismo le oí decir con sus propias palabras: “Ahora sé realmente, hermanos, que Grecia no puede existir sin un rey. Ojalá lo vea yo en Grecia antes de morir. Es insoportable la indisciplina de la soldadesca y la multiplicidad de mandos”. Informado de que en Nauplio iba en aumento un ejército regular al mando del coronel Fabvier, envía al Gobierno la siguiente carta: Aug. Órgano Ejecutivo: “Desde dos años acá deseaba poner en práctica mi inclinación hacia el ejército regular, pero las circunstancias de entonces no concordaban conmigo. Las funestas peripecias de la nación aplazaron mi intención hasta ahora, en que mi campaña de este año la ha aumentado en tal grado que ha desbordado su cauce. Por ello, de acuerdo con el general Sr. Makrigiannis (que la expondrá de viva voz), quedamos de acuerdo en este proyecto de utilidad pública. Por lo cual, ruego a ese Aug. Organismo que con tal fin disponga fundar en esta ciudad una escuela con todo lo necesario, para que * El autor utiliza indistintamente el nombre medieval que mantuvo durante la Turcocracia, Sálona, y el antiguo, Anfisa, que recuperó en 1833.
** Naturales de Suli, región montañosa del Epiro, de donde fueron expulsados al comienzo de la guerra. Belicosos pero indisciplinados, constituían una fuerza armada formidable al mismo tiempo que un problema para los jefes.
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podamos entrenarnos el próximo invierno y resultar tal vez más útiles para la sagrada libertad e independencia de nuestra cuitada nación, cuyas adversas circunstancias anteriores corroen la sangre. Augusto Cuerpo Ejecutivo: Espero de la suprema Providencia que todos los sensibles y buenos patriotas que reconozcan la utilidad de esta empresa para el bien común en todos los sentidos, correrán a abrazarla; y seguro que entonces esa nación reclamada por la propia naturaleza humana habrá conquistado la auténtica y sagrada Libertad. Ruego no obstante disponga que se salden todas mis cuentas para hacer yo lo mismo con los hombres a mi mando y quede libre, con cuantos deseen seguirme, para ejercitarnos en esta actividad de utilidad pública. Augusto órgano Ejecutivo, ojalá pongáis esto en práctica cuanto antes, para que lo culminemos la próxima primavera.
Con el debido respeto.
Atenas, 2 de agosto de 1825.
El más humilde patriota, IOANNIS GURAS ¡Lo que era Guras dos o tres años antes, y lo que es ahora! Un buen natural madura rápido. Después de pasar unos días aquí, marcha para Sálona.
El Gobierno, tras recibir la carta de Guras, decidió enviar a Atenas al coronel Fabvier con el cuerpo de regulares, compuesto de setecientos hombres, para que se organizara y aumentara aquí. Así que los atenienses lo acogen con los brazos abiertos el 5 de octubre de 1825. A su llegada a la ciudad, salió al encuentro de los regulares griegos toda la gente: mujeres, niños y hombres. Las colinas y pequeñas elevaciones de la tierra, cubiertas por la multitud de espectadores, presentaban un espectáculo digno de verse. La carretera que traía al contingente era el camino sagrado de Eleusis. Los niños, los alumnos de la escuela alelodidáctica –lo que aumentaba la atención de los mayores– precedían marcando el paso la marcha del batallón regular, cantando al tiempo la marcha militar48 del recordado Vótsaris. Al acercarse 48
Es la que sigue, y que los alumnos ensayaron para la ocasión: “Griegos, lloremos al hombre noble, a Markos Vótsaris, el nuevo héroe, a él, que gloriosamente murió.
A este patriota lo imitaremos, si Libertad es que queremos, y al enemigo derrotaremos.
Hombres, tenemos la fiel Concordia y nos promete Dios la victoria,
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los regulares al muro de la ciudad, la guarnición los honró con las correspondientes salvas; toda la ciudad se llenó de alegría y entusiasmo.
Al día siguiente, el coronel Fabvier publica el siguiente bando para los atenienses:
“Conciudadanos: Bien sabéis cuál es la intención del Gobierno al enviar aquí una sección del ejército regular, cuya dirección me ha sido encomendada. Avisada por la experiencia, toda la gente sensata de Grecia ha reconocido que esta formación, que admite a personas de todas las nacionalidades cristianas, era la única que podía acabar con la desgracia de tantos años y traer la independencia y la paz interior ¡Conciudadanos! Alcanzaremos este doble objetivo si corréis a engrosar nuestras filas; entonces este cuerpo, lejos de ser una carga para el lugar, será el bastión gracias al cual podréis reconquistar vuestras casas y gozar en paz en el seno de vuestras familias los dulces frutos de vuestros trabajos y vuestras propiedades. Cuando recibí la honrosa supervisión que me fue encomendada para organizar el ejército regular de Grecia, no quise a cambio ninguna retribución; sólo deseo, cuando tenga hijos capaces de dirigir por sí solos los escuadrones regulares, volver a mi hogar llevando conmigo, como único pago, el cariño de los griegos libres y felices”.
6 de octubre de 1825.
El Director del Batallón Regular, Coronel FABVIER.
Simultáneamente edita la presente información para los convocados a formar en los regulares. Es curioso para el lector saber qué obligaciones se confiaban al soldado griego. A pesar de toda la frugalidad, corrían animosos a servir a la patria o, por mejor decir, a morir por la nación.
victoria firme y asegurada.
Turcos crueles, aunque murió el bravo Vótsaris, no se cortó la saña griega contra vosotros.
¡Heroico Vótsaris, pasmo de Epiro!
Todos los griegos sienten tu ausencia.
Se perdió el cuerpo, mas no el valor.
Inmortal alma, con himnos sacros sube a los cielos, el escenario de la Creación.
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Información.
“El gobierno, desde el mismo momento en que, según el deseo común de la nación, estableció un cuerpo de tropas regulares, adoptó cuantas medidas son necesarias para quitar de en medio todas las dificultades y dilaciones con respecto a las cosas que son precisas para un soldado regular, y son las siguientes: Al entrar en el Cuerpo, cada soldado de infantería recibe un uniforme: una camisa de paño blanco con cinta azul, un chaleco igualmente de paño, dos pantalones de tela blanca para el verano, un fez rojo, un cinturón azul, un par de zapatos y, para renovar cuantas veces se hagan viejas, otro par de calzas, un capote y una correa para llevarlo colgado del hombro. Armas: un fusil con bayoneta; 15 céntimos de ración pagada cada día para que compre carne, vino, etc. Soldada de 16 gr. mensuales, a pagar cada diez días proporcionalmente. Los cabos, suboficiales y oficiales tendrán una paga según su rango. El capitán percibirá dos panes, dos raciones y 150 grosia al mes.
La caballería y la artillería percibirán un sueldo mayor, pues su cometido es más fatigoso. Los jinetes percibirán 25 grosia al mes, los artilleros 20 grosia. Son aparte el lavado, el aceite y la leña, que se pagan por la propia institución. El primer y principal deber del soldado es la obediencia a sus superiores; ésta les proporcionará la protección y el cariño de dichos superiores; y no tienen licencia para pegar o insultar a nadie. El castigo asignado a los soldados es hacer guardias o el apartamiento del cuerpo, en caso de conducta indecorosa; la recompensa para aquellos que se comporten bien es la estima de los jefes y los ascensos. Cada soldado puede llegar por sus méritos a cabo, suboficial u oficial, sin depender esto del gusto del uno o del otro, y también disfruta de gran libertad cuando cumple con su deber, y no ha de preocuparse de nada salvo de sí mismo. El Gobierno, pensando en los servicios de aquellos jefes que han luchado por la patria, me otorga plenos poderes para anunciarles que quien ingrese en los regulares con 3040 hombres a su cargo sea nombrado inmediatamente teniente segundo; quien lo haga con más de 50, sea teniente primero; y quien traiga a 100, sea capitán. Estos entrarán en la disciplina del Cuerpo cuando aprendan a cumplir sus obligaciones; para facilitarles la tarea, tendrán sus instructores exclusivos. Los futuros oficiales (por elección) reciben: el teniente segundo y primero, medio pan y media ración al día; el capitán, dos. Reciben de sueldo mensual los primeros 50 gros., los segundos 55 y los últimos, 60. Los ascensos serán más accesibles a los primeros en inscribirse, puesto que de 150


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este modo se completará el cuerpo militar regular que ha de liberar al resto de Grecia.
Atenas, 19 de octubre de 1825.
El Director de las Tropas Regulares.
Coronel FABVIER.
Los jóvenes de Atenas, enardecidos por el entusiasmo hacia este Cuerpo y sobre todo para contrarrestar la arrogancia y la violencia de las tropas irregulares, que estaban constantemente promoviendo disturbios, corrieron a alistarse como voluntarios en un número de quinientos e hicieron sorprendentes progresos.
Los irregulares de la guarnición y la gente armada que estaba de paso en la ciudad no veían con buenos ojos el ejército regular y, a consecuencia de ello, comenzaron las disensiones y los disturbios. El general Guras, enterado en Sálona de la situación, envía la siguiente misiva: “Bravísimos jefes que os encontráis dentro y fuera de la ciudadela de Atenas: me he enterado con extremo pesar de las riñas y enfrentamientos que han tenido lugar entre regulares e irregulares; aunque no me encontraba allí presente para descubrir a los culpables, no obstante lo he atribuido a los irregulares por la misma significación del nombre. Y más me he apesadumbrado al oír la severísima pena impuesta a éstos. Hermanos, la nación no soporta ni un día más nuestra indisciplina militar. Por tanto, condescended a fijaros en el tan deseable y salvador orden regular, a menospreciar y apartar del irregular a todo soldado, oficial u otro ciudadano de cualquier edad y condición, sin que os rechinen los dientes por excluirlo, aunque sea hermano vuestro, y de entregarlo al justo castigo de las leyes. Hermanos, la más mínima molestia a los regulares por parte de los irregulares se considera ya necesariamente una acusación imperdonable. Por lo cual yo también, por la presente, vengo a preveniros de que en adelante todo soldado, oficial o cualquier otro ciudadano, de la edad o rango que sea, que importune, insulte o golpee a un regular, no sólo será dejado de toda protección o defensa por parte de las autoridades, sino entregado al instante al más severo castigo de los tribunales e incurrirá, como un impío, en el eterno rechazo y odio de los jefes y de todo el mundo.
En Chrysó de Fócide, a 8 de Noviembre de 1825.
Vuestro patriota y hermano IO. GURAS.
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El 25 de octubre (1825) huyen por la noche los recluidos en la ciudad de Sálona, perseguidos de inmediato por los griegos. Así, levantado el asedio, vuelven muchos a Atenas, entre ellos el comandante de la guarnición que, sin dejar de cumplir sus obligaciones militares, ingresa inmediatamente como alumno en la escuela de regulares, abierta en su residencia, teniendo como compañeros a otros muchos de la guarnición. Por la misma época entra en el cuerpo el general Makrygiannis, que compite con él en aprovechamiento.
Además, Guras comunica a los atenienses lo siguiente: “Queridos compatriotas: el primer año de nuestra sagrada lucha nos levantamos contra nuestros tiranos tal y como nos encontrábamos: sin armas, sin mandos y huérfanos de conocimientos políticos y militares. No obstante, Dios bendijo nuestras acciones y en poco espacio de tiempo batimos al enemigo por tierra y por mar.
Los pueblos ilustrados de Europa y cuantos son afines a ellos elogiaron y admiraron los logros de los griegos, pero nos aconsejaban a menudo que dejáramos el desgobierno, fundando una administración semejante a las de las naciones monárquicas de Europa, y enderezáramos nuestra milicia tomando de los irregulares y de los regulares; hemos establecido leyes y una administración provisional de acuerdo con las circunstancias, pero no bastan para todo lo que es en verdad necesario para consolidarlas.
Si nuestra clase militar no hubiera permanecido hasta ahora como la del primer día –quiero decir irregular, desentrenada, sin normas y moviéndose como le da la gana a cada bendito cabecilla–, Grecia estaría en una situación diferente.
En suma, la falta de un ejército regular en Grecia ha causado muchos males e impedido el progreso y la independencia del país. Todos hemos visto la ley de la Administración sobre reclutamiento, pero ¿de qué sirve si no la abrazamos quienes animosamente y con firme determinación corremos juntos a cumplirla? Prelados y pastores del pueblo, sacerdotes y ministros del Altísimo, funcionarios al servicio de la Administración, generales y jefes de Grecia, griegos compatriotas de todo género y condición, filohelenos de otros países que estáis en Grecia, una voz celestial nos convoca hoy a todos a acudir con nuestra contribución y nuestro ejemplo para que salga adelante el ejército regular. Cada cual debe emplear cuantos medios y recursos tenga para animar a los griegos a recorrer este nuevo camino y forma de guerrear, que es el más leve de cuantos males amenazan a la Patria. Los sacrosantos restos de los caídos por la Libertad claman venganza contra el déspota de 152


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Egipto*, que con unos escasos cuerpos regulares ha vencido a otros griegos irregulares más numerosos y potentes. Patriarcas, arzobispos y sacerdotes que han sido presa de la rabia del tirano nos exhortan desde sus tumbas a constituir el ejército regular. Los mandos y simples hermanos nuestros que han sido mártires de la Fe a lo largo de estos cinco años, también ellos gritan desde sus tumbas. Estos lugares, donde unos pocos de nuestros antepasados en perfecta formación batieron a millares de bárbaros, nos piden sin voz la fundación del ejército regular. Y por último las mujeres, las jóvenes y los indefensos niños de Grecia consideran el progreso del ejército regular como un refugio suyo en lo sucesivo.
La necesidad de disponer también de tropas irregulares la veo yo igual que otros, entre varias razones por la posición de Grecia y por las características del enemigo. A pesar de ello me entreno con los regulares, a las órdenes de la Muy Honrada Administración. Exhorto a los jefes y hombres de armas y a cualquier otro ciudadano a seguir en esta sagrada empresa; a los jefes, a que se muestren capaces de conducir a los soldados en caso de necesidad, para que no abandonen; a los soldados para que rehúyan las dificultades y carencias que hasta ahora han venido acompañando a los irregulares por muchos motivos; y a los ciudadanos en condición militar, que confíen en la seguridad de la Patria.
Atenas fue desde antiguo la escuela de las artes y las ciencias, y esta cualidad despierta en la mente de todo griego sentimientos de libertad y amor por la milicia regular. Si es deseo de la Patria que hoy salgan de Atenas cuerpos de ejército regular griego que destrocen a los egipcios, ¡qué gloria para Grecia, y qué vergüenza para los enemigos de la Fe cristiana!
10 de diciembre de 1825.
El conciudadano Io. Guras.”
* La intervención del gobernador de Egipto, Mehmet Alí, que envió a su hijo Ibrahim con tropas, dio un giro decisivo a la guerra.
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CAPÍTULO X
Mientras tanto, los atenienses cultivaban con no menor celo las Musas y la educación. La juventud progresaba en conocimientos y cada día aumentaba el número de estudiantes. El año de 1825 transcurrió felizmente con grandes progresos. 1826 los habría producido más afortunados y grandiosos de no haber sucedido la caída de Mesolongui y, consiguientemente, el asedio de Atenas. Para que la posteridad tenga conocimiento sobre la situación del momento de las escuelas en Atenas, expongo las actas de los maestros de las Escuelas Alelodidácticas y la carta de los inspectores de la F. Hetería a la Administración, de la cual resulta evidente el cultivo de las Musas.
Al muy Honrado Cuerpo Ejecutivo.
“Muchas muestras ha dado hasta ahora la Muy Honrada Administración de cuán favorable y bien dispuesta está para con la exacta conservación de los antiguos restos de las bellas artes que todavía exornan y engalanan el suelo griego. El cuidado y mantenimiento de estos dentro de lo posible es uno de los sagrados deberes de la Sociedad. Por lo cual, informados de que a consecuencia de la ley sobre expropiación van a ser vendidos bienes inmuebles del Estado a la ciudad de Atenas, y sabedores de cuánto pueden contribuir las circunstancias a que obtengan para siempre cierta protección y una posición conveniente muchos edificios antiguos retocados de la mala manera que les dieron la barbarie y la ignorancia durante siglos en esta ciudad y que corren el peligro de una completa aniquilación, sobre todo en estos tiempos de guerra, nos contemplamos en la obligación de recordar el tema a la Muy Honrada Administración, invitándola en nombre de aquella antigua gloria de Grecia a hacer en tiempo y forma lo debido para solucionar este problema tocante al bien común. Una comisión compuesta por autoridades locales, por el tan amante de la cultura coronel Fabvier y por nosotros nos atrevemos a decir, si lo aprueba la Muy Honrada Administración, que puesta de acuerdo con la comisión local sobre expropiaciones, puede y sabe valorar en cuanto atañe al resultado correcto de la operación; con la facultad, por supuesto, de acordar la expropiación de parte de los 155


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terrenos estatales cuando contribuya al objetivo; y también de derribar, si es necesario, la edificación más moderna en estado de ruina que resulte estar muy próxima a un monumento antiguo y corra el peligro de ser pasto de un incendio accidental.
De esa forma, la tal comisión puede obtener licencia de la Administración para el arreglo de calles y lo que sea posible en las actuales circunstancias para mirar por el buen ordenamiento de la Ciudad. No se trata con esto de ningún desembolso para el Tesoro Público sino de un pequeño sacrificio, que será poca cosa en pro de la seguridad de esos inestimables tesoros de Grecia y de la perfecta configuración de la Ciudad.
Esperamos que la presente merezca la debida atención de la M. H. Administración y seamos pronto agraciados con análogas muestras para con los sentimientos de nuestra Sociedad con respecto al bien de Grecia.
Con el debido respeto 18 de enero de 1826.
Junta Directiva de la Filómusos Hetería TALANTÍU, NEÓFITOS IO. GURAS GROPIOS M. TYRNAVITIS Secr. N. KARORIS”.
ACTA SOBRE EDUCACIÓN Estimados directivos de la Filómusos Hetería: Una vez cumplido el primer año desde que se me confió esta Escuela Alelodidáctica del Partenón, en cumplimiento de mi deber inexcusable paso a referir lo ejecutado por mí.
En un principio se decidió que cursaran estudios sólo las niñas, y también párvulos varones hasta completar el aforo de la Escuela. Los demás, pequeños y mayores, lo harían en la otra Escuela Alel. Masculina.
Las jóvenes que cursan estudios son 52, y otros tantos varoncitos.
Por la mañana practican caligrafía y, a continuación, lectura; todas las enseñanzas se imparten en lengua conversacional.
La lectura es en tres niveles; el nivel 1 trata la segunda parte de la Gramática: las declinaciones y conjugaciones. El nivel 2, la primera parte. El 3, las sílabas y las palabras. En los recreos leen también en grupo la Sagrada Escritura. Después del almuerzo, los más atrasados dibujan en sus pizarras 156


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las figuras geométricas elementales, y los más aventajados un esquema de los mapas geográficos y estudian Aritmética.
Estimados directivos, habéis visto que una Escuela tal representa en capas a todo el país, por lo que debe estar organizada según el sistema político de una nación, donde el alumno se habitúe desde pequeño a dirigir y ser dirigido conforme a las leyes. Desde el principio he sentado como base para la comunidad educativa que cada nación tiene sus leyes y que los hombres marchan como dice la ley; por ello, también nosotros y nuestra Escuela debemos escribir unas leyes y conducirnos como marca la ley. A continuación propuse y fueron elegidos por votación de entre el alumnado de la Escuela nueve ponentes y yo el décimo, según se publica dentro de la Escuela por un anuncio, y de tal manera hemos establecido las leyes de esta Escuela. Y una vez leídas libremente a la Escuela y aprobadas por todos, las firmaron los mencionados ponentes como se hizo público en el ámbito de la Escuela; después nombré por elección del alumnado a los cargos que forman la Dirección de la Escuela y firman conjuntamente conmigo, como veis en mis informes.
Jefe de Estudios, Evfrosyni Anastasíu Lidoriki49; portavoz general, Ekaterina Th. L. Chomatianú50; celadoras generales, Margarita K. Vitali51 y Sofía Geor. Skuzé52; inspectores generales, Sofía N. Log. Chomatianú y Venetzana Lambru Naku; supervisoras generales, María Fílonos53 y Elisávet Lambru Hiliakópulu54.
De entre los alumnos se eligió también a dos para las mismas funciones.
Son deberes del Profesor, en tanto que representa en cierta manera al Deliberativo, consultar a los educandos, componer y delimitar todos los aprendizajes y cuanto atañe a la organización de la Escuela.
Son deberes del Jefe de Estudios, en tanto que representa en cierta manera al ejecutivo, poner en ejecución cuanto sea dispuesto por el Profesor, con respecto a las demás funciones y estas con respecto a los alumnos; tocar la campanilla para que los alumnos guarden silencio, rezar la oración, anunciar el cambio o el final de las clases o recreos, y hacer cumplir sus deberes a los demás. En ausencia de un cargo superior, se designa al ayudante para que cumpla los deberes de aquél. El tal título de Jefe de Estudios pertenece al 49
Murió soltera.
Actualmente casada con Stamatios Zacharitzas.
51 Actualmente casada con G. Psylas.
52 Actualmente casada con Anast. Vlachos.
53 Casada con L. Nakos.
54 Actual viuda de G. Ktenás.
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Profesor, puesto que es él quien cumple las obligaciones del Profesor. Por lo cual, se le otorgó a él.
Son deberes del Portavoz Gen., en la medida en que representa en cierta manera al Ministerio del Interior, nombrar diariamente todos los Intérpretes de Escritura, lectura y aritmética, tocar la campanilla cuando entren los alumnos en la Escuela, cuando salen al recreo o cuando corrijan; los portavoces hacen también los fragmentos para que borren sus tablillas.
Son deberes del Celador general, en tanto representa en cierta forma a la Policía y tiene a su mando al inspector general y al supervisor general, nombrar cada día dos o tres niños disciplinados para que mantengan el orden en la Escuela; éstos tendrán sólo licencia para colgar la señal al cuello de los que cometan una falta, siempre con el conocimiento de los condiscípulos del incumplidor; pasar lista a los niños; nombrar a otro para que confirme cuáles niños faltan y rendir cuenta diaria al celador general y al supervisor si cumplen o no con su deber.
Son deberes del intendente general, tanto por la mañana como a la tarde cuando entren los alumnos, hacerlos formar en el patio de la Escuela; nombrar alumnos para que hagan un resumen de cuantas enseñanzas se imparten. Designará a dos o tres niños para que traigan agua y limpien la escuela y el patio. Nombrará cada día un portero al cual encarga seriamente no dejar entrar a nadie en la escuela sin el permiso del Director. Antes de la entrada de los alumnos, el Inspector General entrará a examinar la Escuela, a ver si todo está en su lugar y si hay tizas y borradores suficientes; después proveerá de material a los alumnos pequeños y les suministrará el lápiz para escribir.
Cuando llegue la hora de entrada de los alumnos en la escuela, permanecerá en la puerta y vigilará junto con el portero si los alumnos están bien arreglados y según prescribe la norma, y si tienen cuanto necesitan para el estudio; si encuentra algún infractor de la ley, lo llevarán ante el celador general para que sea reprendido y citado a capítulo. Cuando los alumnos entren en la Escuela, no tendrán permiso para salir a su antojo salvo una o dos veces por la mañana, al igual que después del almuerzo, mostrando al portero una ficha en señal de su buen comportamiento; si el alumno es hallado fuera sin ella, será corregido (castigado). Al terminar, cerrará la puerta y dará la llave al Director o al Jefe de Estudios.
Son deberes del Supervisor General: a) preguntar cada día a los designados inspectores de barrio si los alumnos se comportaron bien en la calle cuando terminaron y b) si vinieron todos los alumnos y cuántos faltaron; al 158


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reincorporarse, si traen justificación de sus progenitores, y si no la traen los llevará a que sean apuntados para ir al correcional.
Cada uno de estos cargos nombrados ha recibido un distintivo de la Sociedad y un certificado de mi parte de acuerdo con su tarea.
Siguen las lecciones al mismo tiempo que los demás alumnos.
Está entre sus obligaciones venir un cuarto de hora antes de la fijada para los alumnos.
Una vez que los nombrados para legisladores han regulado las normas y han sido elegidos los cargos de la Escuela, se ha elegido por votación, de los niveles 1, 2 y 3, a unos Jueces en número de diez, que son Drakula Niandu55, Pigí P. Skuzé56, Sevastianí Sp. Venardu57, María Sp. Paleologu, Sofía M. Tyrnavitu58, Evfrosyni Armasi, María Misaralioti59, Despiní Leoni60, Ekaterina M.
Theodosíu, y yo.
La llamada a juicio se da en la Escuela en cuatro partes. He inscrito las cuatro virtudes cardinales –Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza– de manera que la Justicia se escribió a la cabeza de las leyes. El juicio se da dos veces al día, cuando los alumnos han terminado. El capítulo busca más el consejo y la justicia que el castigo; los Cargos y los Jueces cambian cada mes o cada año.
Estimados Inspectores, ruego que juzguéis con benevolencia mis medidas y les otorguéis vuestro voto. Son infantiles, pero tienden a formar buenos ciudadanos.
Con el debido respeto, 3 de enero de 1826. Escuela del Partenón.
El Profesor, N. Nikitópulos.61 Las actas del Profesor de los varones he juzgado superfluo incluirlas aquí, pues su método es casi idéntico al resto de los alelodidácticos. El alumnado masculino superaba los 300. El profesor se llamaba Synesios de Esmirna. Era aplicado y trabajador y los jóvenes aprovecharon con él.
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Esta inteligente joven murió a consecuencia de su quinto parto, siendo esposa de Nikólaos Bonis.
56 Casada actualmente con Galos Poméretos.
57 Casada con Sty. Tzíngris 58 Actual viuda de G. Kalkos.
59 Murió después de casada.
60 Actualmente casada con V. Maniatópulos.
61 Gozó del aprecio general de los atenienses por su sabia conducta.
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Así pues, por lo anterior puede cada cual imaginarse los principios de la Educación griega y la situación de la juventud, tal cual era realmente en aquella época de guerra, persecución enemiga y falta de medios y de lo elemental.
El asunto parece insignificante si se mide por su tamaño, pero en aquellos días era importante al máximo, y la disposición y ganas de los atenienses por la educación era muy grande, pues no veías una escuela en ninguna otra ciudad de la Grecia libre que pudiera tenerlas.
Las Escuelas de Enseñanza Superior avanzaban de manera análoga. Había tres profesores de lengua griega y filología, uno de matemáticas y otro de francés e inglés.
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CAPÍTULO XI
En vista de que el Cuerpo de Regulares se reforzaba de día en día e iba en aumento y al mismo tiempo perfeccionaba sus ejercicios, se animó su jefe y proyectó una primera prueba de intentona militar; no debemos emprender la narración de ésta, pues excede los límites de una crónica de Atenas, pero no puedo evitar una pequeña introducción obligatoria.
Cuando este Cuerpo de ejército llegó a Atenas, su número era de 700 efectivos. En cuatro meses superó los tres mil, un sexto de los cuales lo integraban atenienses. El 3 de febrero de 1826 fue el día en que el coronel y jefe del Batallón hizo formar y desfilar a la 3ª compañía en el antiguo hipódromo.
Todos los efectivos, con la caballería y artillería, formaban un gran cuadrilátero. Acudieron los hombres y mujeres habitantes de la ciudad, ofreciendo un espectáculo digno de recordar. En medio de ellos estaba el Arzobispo, con sus ropas talares y acompañado del clero; elevado el sacro signo de la Cruz vivificadora, una vez que el Coronel nombró al nuevo capitán, Sp. Sonieros de Corcira, imparte el Arzobispo el oficio sacro correspondiente, glorifica al Altísimo y suplica que desciendan la bendición y la gracia divina sobre los cuerpos de ejército griegos al tiempo que, con las consiguientes preces, entrega al nuevo Capitán la insignia de la Tercera Compañía, que portaban las jóvenes de la Escuela Alelodidáctica. Esta jornada fue contada entre los días luminosos; la gente, con lágrimas de alegría, estaba llena de esperanzas.
Luego de completar la Tercera Compañía, el coronel Fabvier decide salir en expedición hacia Caristo, con la esperanza de adueñarse al asalto de la fortaleza. Esta intentona era realmente audaz y mal planeada, pues él era imprevisor de toda necesidad: no tenía munición ni provisiones, y faltaban los medios para facilitarlas. A pesar de ello solicita insistentemente el permiso de la Administración; pero cuando Fabvier le comunicó su idea, el general Guras, más experimentado en la realidad de Grecia, le puso ante los ojos todas las dificultades, y que la empresa no resultaría bien por falta de lo imprescindible; sin embargo él no le hizo caso, sospechando que el consejo de Guras obedecía a la envidia. Entonces Guras, convencido del fracaso de Fabvier, nombra a Ioannis Memuris, uno de los suyos, jefe de 500 irregulares 161


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a las órdenes del coronel, que necesitaba también un cuerpo de irregulares (y eso que tenía otros 500 cruzados al mando del guerrillero Stéfanos Vúlgaris), pidiendo para él todo medio de seguridad*.
Finalmente, cuando el ejército partió hacia Maratón, el general publicó lo siguiente:
“A los Sres. Cónsules de la Potencias neutrales.
Tengo el honor de notificarles que, habiendo sido designado por la Administración Griega para conducir la guerra en estas zonas de Grecia Oriental, declaro en estado de bloqueo el litoral de la Isla de Eubea y el Golfo de Volos.
Diez buques de guerra destinados en estas costas serán suficientes para impedir la circulación.
Por lo cual ruego avisen al comercio de sus Naciones, a fin de que no sufra ningún perjuicio.
Me siento honrado de expresarles mi más sincera consideración.
En Maratón, a10 de febrero de 1826.
Su más humilde servidor, Director de las Fuerzas Regulares Griegas.
Coronel Barón al mando de la Honorable Compañía.” Finalmente se traslada a Caristo y pone cerco a los turcos, una vez que ocupó la posición de las casas cristianas. Los turcos se encerraron en la fortaleza. Instaló un cañón pequeño que tenía sólo trece balas y cada día disparaba una, para irrisión de los enemigos. Al saberlo, Omer Pachá de Eubea parte con su ejército y llega al cabo de ocho días, obligando a Fabvier a dar la batalla. Los cruzados y demás irregulares, avezados a tal clase de combates, fueron muy útiles a los regulares, que por primera vez tomaban conciencia de su propia valía. Para no extenderme demasiado, Fabvier se convirtió de sitiador en sitiado y en tan gran peligro que, si no hubiera habido previsión externa, todo el Batallón habría perecido.
Cuando el 11 de marzo llegó a Atenas la triste noticia, al punto las autoridades informaron a los psarianos refugiados en Egina de la situación de los regulares y les instaron a marchar a Caristo con los barcos, para expulsar a los enemigos que mantenían el cerco. Los valientes psarianos mostraron gran disposición y botaron tres de sus mejores barcos. A su vez los de Hydra, * Cf. Trikupis, cap. LIX.
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una vez informados, enviaron otros dos. La llegada de estos barcos levantó el bloqueo marítimo*; por casualidad habían desembarcado inesperadamente en Caristo los jefes Krieziotis y Vassos, que contribuyeron muchísimo a la salvación de los regulares, pues formados junto a ellos, pusieron al punto en fuga a los enemigos. “Huyamos”, dijo Omer nada más ver por el catalejo al capitán Krieziotis, pues se había visto vencido muchas veces por él. Y así fue como se levantó el cerco por ambas partes; escapó de Caristo Fabvier con su batallón después de enterrar allí a unos 300 griegos, entre los cuales estaba el noble Christos Sarís, hermano de Nikólaos Sarís. Este joven era de caballería y destacaba notablemente, ofreciendo grandes esperanzas; pero su prematura muerte lo estropeó todo. Tenía una edad de 21 años y era de elevada estatura; poseía un alma generosa e intrépida y era en todo digno hermano del difunto Nikólaos Sarís.
Dígase que esta ocasión fue la primera en que los griegos sufrieron un castigo importante en vidas en el transcurso de una batalla, y fue también la primera victoria de los turcos contra nosotros; me refiero tanto en Grecia Continental como en el Peloponeso.
Tan deplorable fin tuvo la expedición del coronel Fabvier. A partir de ahí, el batallón se dispersó por las islas y por Atenas hasta que se reunió de nuevo aquí, pero no como antes: ni con el mismo entusiasmo ni con la misma fuerza; de modo que poco a poco hubo una continua deserción, pues faltaban los medios, la carne y el pan, y los atenienses que tenían dinero no lo daban bastante; el Viernes Santo, los regulares incurrieron en una enorme indisciplina, a saber, saquearon el mercado. Pero sobre los regulares se hablará en otros pasajes.
El gobierno publicó una circular convocando un tercer Congreso Nacional. Los habitantes de la Provincia se reúnen y eligen electores de los representantes con plenos poderes, y éstos a su vez, en reunión del 17 de enero de 1826, eligen diputados a Ioan. Vlachos y G. Psylas; a cuenta del segundo hubo fuerte controversia, porque no tenía bienes y era pobre, etc., pero se impuso la mayoría.
* Impuesto por los turcos para aislar a las tropas de Fabvier, Vd. Trikupis cap. LIX.
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LIBRO TERCERO CAPÍTULO I
La triste y horrible noticia de la caída de Mesolongui perturbó anímicamente a Atenas. La desilusión atenazó a los atenienses, que veían cercano el asedio enemigo. Ya no había esperanzas de salvarse sin daños hasta el final.
Ven a la nación impotente, a Grecia en miserable estado, al enemigo fuerte. A pesar de todo, deciden resistir y luchar hasta el último aliento.
Tras la toma de Mesolongui, Kütahi marcha hacia el Ática, pero antes de pisar su suelo procuró hacer volver a la sumisión a los habitantes de Grecia Oriental por medios pacíficos; a las poblaciones del Ática les mandó mensajeros a través de Omer Pachá de Eubea. Las promesas y dolosas formas del enemigo engañaron a los incultos y serviles espíritus de muchos aldeanos, que acataron la sumisión y recibieron al enemigo a ocultas de los habitantes de la ciudad. Para reafirmarse aún más en sus intenciones, los chastiotas mienten al jefe de guerrillas del lugar, Meletis Vasilíu62, máximo paladín y defensor de la Libertad; pero en honor a la verdad, aseguro al lector que las causas que motivaron el sometimiento de los aldeanos fueron la continua prepotencia de Guras contra ellos en tantas y tantas exacciones y tropelías; desde el día en que fue nombrado jefe del castillo no cesó la tributación, llevada con tal abuso de poder que los turcos, al entrar en los pueblos, encontraron a dos personas atadas por esta razón y las liberaron, y ellas acabaron agradeciendo a los turcos su liberación.
Guras, señor de la ciudadela ateniense y gobernador del Ática, no adoptó medidas serias para la inminente tremenda situación y no por maldad, sino por inexperiencia; creyó que la irrupción enemiga en Atenas iba a ser accidental, confiando en que el invierno disolvería el asedio. Pero por el contrario, el enemigo vino enteramente aprovisionado y decidido a conquistar Atenas, y a no retirarse ni en invierno ni en verano antes de la toma del fortín.
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Era de moral simple y alma sin maldad; servía a la patria con sinceridad y odiaba cordialmente a los turcos, siendo un cristiano puro; tenía 50 años de edad.
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Al final todos los atenienses en armas deciden quedarse dentro de la ciudad, trasladando a mujeres, niños e impedidos a Salamina y a Egina. El alcaide Guras cree más conveniente permanecer con los demás dentro de la ciudad, para que no haya en su ausencia ninguna intriga o traición que dé al traste con los asuntos. Su juicio era correcto, pero porque su guarnición era de forasteros y no de naturales de Atenas; encontró en ellos total deslealtad, insubordinación e ingratitud, de forma que antes de recluirse empezaron a enredar la situación y a planear el abandono del fortín; y todo porque eran forasteros y no luchaban por Atenas. Guras reconoció en efecto su error y vio el peligro en que incurría; por lo cual, para arreglar la situación, incorporó los atenienses a su guarnición y, así, los sitiados se convirtieron en un solo cuerpo.
Desde el día en que fue nombrado alcaide, Guras se preocupó del abastecimiento de la fortaleza y fue aumentando los víveres año tras año. No obstante debemos reconocer que a pesar de sus virtudes tenía el vicio de la codicia, afección casi general entre los jefecillos griegos; afección que le hizo incurrir en muchas faltas. En el transcurso de cuatro años se ocupó de acumular víveres y municiones para el fuerte, unos procedentes de la comunidad de Atenas, otros del Gobierno de Grecia; sin embargo, en el momento del asedio se hallaron pocos; principalmente faltaba papel para cartuchos, salvo una cantidad de 200 dracmas; y a no ser porque se trasladó a la Acrópolis la biblioteca de las escuelas para suplirlo, no sé cómo se habría resuelto el asunto sin cartuchos; de manera que la elogiada y venerable Biblioteca de Atenas sirvió para la elaboración de cartuchos, y Guras culpaba de las carencias al contable de la fortaleza, Christos Tufektzís, alejado durante el asedio; Tufektzís respondía cargando las carencias a cuenta del alcaide.
He aquí las municiones según el inventario del contable: Trigo, 11.611 okades. Pan tostado, 17.484’5 okades. Cebada, 667 kilá*. Harina, 5.275 okades. Legumbres, 3.807 okades. Aceitunas, 5.300 okades. Aceite, 5.300 okades.
Vinagre, 1220 okades. Ron, 380 okades. Aguardiente, 358 okades. Queso, 6.669 okades (pero fue requisado entero). Tabaco, 802 okades. Cuero, 320 okades. Jabón, 239’5 okades. Pólvora, 9.389 okades. Patatas, 1.710 okades.
Plomo, 9.292 okades. Cartuchos, 5.474. Piedras de fusil, 18.600, pero se encontraron menos. Resmas de papel, 54’5, pero no se encontró ni la mitad.
Cañones de bronce 5, de hierro 14, inservibles 7. Balas de cañón, 4.230. Bombas, 850. Morteros, tres. Alquitrán, 755 okades.
* Una oká (pl. okades) equivale a 1,282 Kgs.; el kiló (pl. kilá) es una medida de capacidad que tiene unos 11 litros.
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Cuando este administrador se marchó de la ciudadela antes del asedio, durante éste se nombró tesorero y proveedor a Gavriíl Anastasíu.
Como el asedio aconteció en verano, los atenienses no tuvieron tiempo de recoger la fruta ni los cereales, pero trasladaron a la fortaleza provisiones diversas y otros muchos productos útiles para los recluidos; si hubiesen faltado, habría caído el reducto mucho antes. Señalemos de paso que los atenienses, en los cuatro años desde el día en que llegó Guras, estuvieron alimentando con sus propios recursos a diferentes cuerpos de ejército que se presentaban de tiempo en tiempo. Nunca recibirá Atenas una compensación digna de sus sacrificios.
Para que calcule el lector cómo y cuánto se defraudó en las provisiones del fortín, señalaré únicamente lo del queso. El alcaide había anotado en las cuentas facilitadas por él al Gobierno 6.669 okades de queso, y el gobierno lo dio por bueno. ¿Y cuánto queso se encontró en el almacén del fuerte? Ni una oká, salvo 40 kandaria* propiedad del difunto Spyros Venardos, de cuya casa lo requisó prepotentemente el buen alcaide .
No está de más que relate otra acción suya, resultado de su codicia: pocos días antes de la llegada del enemigo, prescribió a ciertos ciudadanos pudientes63 una contribución de 50.000 grosia, calculando en diez grosia el valor de un dístilon. Estos ciudadanos habían huido a Salamina, pues no estaban en condiciones de quedarse en el encierro. En conclusión, para recaudar este dinero envía a Mándalos, un salvaje soldado suyo conocido por su maldad que, escoltado por otros diez, desplegó toda su crueldad a base de golpes, vejaciones y oprobios. Después de fracturarle la cabeza a Fylaktós Demertzís, que en ese mismo tiempo tenía dos hijos en armas defendiendo la ciudad, dio muerte a una mujer llamada Ekaterina, que era hija de Spyros Trikalianós y esposa de Nikólaos Kordas, una joven de 25 años bellísima e inteligente. Además se llevó maniatado a Io. Ktenás, un provecto anciano de 85 años, que había dejado a tres hijos en la defensa armada de la Ciudad y sacrificado a otros dos por la libertad; lo soltó después de quitarle 100 dístila. Guras fue arrastrado a este impuesto a instancias del Subprefecto de Atenas y de un prohombre ateniense muy culto, y se conservan las cartas de ambos. Vaya por delante que este prohombre estaba desprovisto de cualquier posesión mueble o inmueble. No se le censura tanto por la imposición del tributo cuanto porque 63
Entre ellos se incluyó como ciudadano de Atenas al combatiente Stergos Postolakas, que ya había pagado bastante.
* Un kandari (pl. kandaria) tiene 44 okades (unos 57 Kgs.).
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lo cobró con el pretexto de repartirlo entre los soldados atenienses para que lo ahorrasen, y en vez de eso dispuso de él para su propia guarnición en concepto de soldada.
En este intervalo llega a Atenas desde el Pireo el padre de los griegos y alma del entonces gobierno griego, llamado así comúnmente y por tal tenido por sus obras, el destacado filoheleno Hamilton, que subió a la ciudadela para encontrarse con el alcaide y los notables, impartió confianza por todos los medios y animó a todos, apuntalando con coraje inimitable las buenas esperanzas de los griegos sobre el futuro. En tales circunstancias de temor e incertidumbre, ¡cuánto contribuyen a levantar la moral los consuelos de hombres tan distinguidos! Sólo los que las sufren, por encima de cualesquiera otros, perciben la grandeza de dicho comportamiento.
Finalmente, el mes de junio de 1826 llega el enemigo al Ática y lo reciben las aldeas de Chasiá y Menidi, que se prosternan ante él; con todo, los más prudentes y destacados de ambas se habían unido a los amantes de la libertad. El tres de julio siguiente acampó a las afueras de la ciudad, y desde ese día dio comienzo el cerco. A la noche llegó de Salamina N. Zacharitzas con 150 atenienses, cuya presencia fue de gran utilidad. Los efectivos del ejército enemigo llegaban a los 3.000. Los nuestros eran: 300 forasteros de la guarnición y unos 100 de los demás jefes guerrilleros, a saber Stathis Katzikogiannis, D. Evmorfópulos y Gerásimos Fokás; 1000 atenienses, entre los cuales figuraban los notables de Atenas64 con el Secretario General y los presidentes de las Rentas; había también mujeres y niños en un número de mil. Eran caudillos de los atenienses, o por mejor decir encargados, Makrygiannis, el ingeniero de minas Kostas, Symeón Zacharitzas, Nerutzos Venizelos, Nikólaos Danilis, N. Venizelos, Mitros Kapsorachis y Anagnostis Io. Lávaris; a la cabeza de estos estaban los Notables.
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Eran miembros de los Notables N. Zacharitzas, N. Karoris, Stavros Vlachópulos y St. Serafim (éste último salió del reducto a finales de agosto, enviado por el alcaide).
Era Secretario D. Surmelís, y Presidentes Stavros Patusas y Andreas Xanthis; entre los demás estaban Gavriil Anastastasíu, Vasilios Venizelos, Sp. Dianostafidas, Io.
Kalifurnás, Theof. Vlachos, Kon. Vryzakis, Athan. Surpis (médico del fortín), Pan.
Pulos, Dimitrios Kalifronás, Dim. Misaraliotis (los tres últimos salieron no mucho después y sirvieron fuera), Pausanias Zografos, Dim. Saínis, Dim. Litzas, los hermanos Zacharías –Ioan. y Konstandinos– y el tío de éstos, Lambros Hiliakópulos, con su hijo el sacerdote Stamatios Argyrós, Vasilios Teagenis, Panag. Kalevrás, D. Marusis, Athanasios Vasilíu, Nikólaos Vazis, los hermanos Ktenás –Efthymios, Dionysios y Georgios, de los cuales el primero murió a consecuencia de sus heridas–, Nikólaos Kyrtis y Io. Kanaris.
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El acuerdo entre los atenienses y los de Fokás y Evmorfópulos hizo que la indisciplinada guarnición de Guras se corrigiera, y que no hubiera violentos altercados por una y otra parte. Entretanto, se publicó para los de fuera el siguiente bando: “Puesto que nos hallamos sobre la cruz y la espada para salvar a la sacrosanta Atenas o ser enterrados en la tierra más deseada, creemos nuestra sagrada obligación primero invocar la ayuda divina para nuestros fines e intenciones y, en segundo lugar, proclamar a todos nuestros iguales y al resto del mundo qué esperanzas y cuáles sentimientos deben tener para con nosotros y para con Atenas. Para los griegos, Mesolongui ha sido ejemplo tanto del valor como de la desesperanza; por lo cual nosotros, teniendo por auxilio el poder de Dios y el mutuo amor fraternal, provistos de lo necesario para la vida y para la guerra65, combatiremos al enemigo hasta el último aliento, teniendo como ejemplo a los héroes de Mesolongui y su entusiasmo, fruto de la religión y el patriotismo. Si por el contrario Dios nos desampara por nuestros pecados, nuestros hermanos de la misma sangre nos dejan desprotegidos y los cristianos permanecen como espectadores ociosos, entonces y sólo entonces cubrirán nuestros cuerpos los templos del Partenón, de Posidón y de Erecteo y los restos de los Propileos, que serán incendiados una vez más por el fuego de los bárbaros y caerán con nosotros, víctimas de la negra muerte que saldrá de sus entrañas para cumplir el destino.
A 28 de junio de 1826.” El día que siguió al que el enemigo acampó circundando la ciudad, los atenienses saltan fuera de los muros y, a pie, entablan escaramuzas contra los de a caballo, al mismo tiempo que disparan desde la ciudadela. El número de caídos enemigos llegó a los quince, de los nuestros murieron dos.
Del cinco al doce del mes hubo pequeños forcejeos y bombardeos. La noche siguiente (la del 12) los enemigos hicieron un gran ruido, con alaridos y disparos. Salieron los nuestros y los persiguieron, golpeando con el fuego y el hierro hasta más allá de una milla y volviendo ilesos.
Será curioso reproducir aquí el cruce de mensajes (que ocurrió ese día) entre el alcaide y un oficial albanés de Kütahi que le aconsejaba entregar la ciudadela y ponerse al servicio del serasquier* con la promesa de un buen 65
En esto nos engañábamos, pues esperábamos encontrar en la ciudadela todo lo que figuraba en el inventario del contable.
* General en el ejército turco.
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final. Así escribe el albanés en nuestra lengua: “Querido cap. Guras, te saludo y te hago saber que con impri (orden) de nuestro efendi el kiaya bey hemos venido aquí; y el objeto de nuestros señores es no movernos de aquí si no termina la suposición de Atenas; por eso te aconsejo como amigo que no seas causa de que tan temible memleketi (provincia) sea tomada y perdida por la fuerza; yo soy kefilis (garante) de tu vida que no sufra nada, ni un pelo tuyo, sólo que hagas rai (sumisión) a nuestro visir efendi; pero si quieres huir y tienes miedo, te prometo indicarte el camino y te libraré sin que sufras nada malo. Así debes salir y dar un rehén para que esté pacífico el faquir Fukarás (la clase humilde) y esté tranquilo el memleketi. Y tú mismo serás capitán y lo pasarás bien, y estarás en el nazari (benevolencia) de nuestro visir efendi.
Es jatjumayí firmán (decreto supremo) de nuestro rey que cuanto ha pasado entre nosotros con los ragiades (súbditos) hasta ahora sea olvidado y que haya paz en el mundo. Verás, si no lo haces así, nuestro efendi el visir Rumeli Valesi* vendrá aquí con cañones y bombas y no levantará el campo sin el castillo. No tengo más que decirte, y si eres prudente, puedes conseguir tu selameti (salvación) y no llevar al cuello el castigo del Fakir Fukarás.
En Atenas, a 12 de Julio de 1826.”
Guras responde: “Esta guarnición no lucha sola, lucha toda la nación griega desde hace seis años. Todos los reyes justos, jueces del mundo, han reconocido nuestros derechos y los han ratificado, y los pondrán en ejecución deseguida, y el Sultán no los negará. Ya sabemos vuestra mala leche (condición), así que arreglad primero lo vuestro y aconsejad luego a los demás. Entretanto te digo que, si el lobo temiera a la lluvia, se pondría piel de cordero.” Con este refrán aludía al ofrecimiento del albanés de “si quieres huir y tienes miedo, te prometo indicarte el camino”.
Ese mismo día por la noche llegó desde Salamina con otros setenta atenienses el minador Konstas Chormovitis.
El 15 de julio apareció el primer cañón del enemigo, y seguidamente aumentó el número; las balas eran de 5 a 18 okades. A la vez colocaron morteros para bombas; en consecuencia, el fuego aumentaba de día en día. La muralla inferior era batida sin interrupción, y los nuestros no descansaban reparando y resistiendo.
* El lugarteniente de Rumelia (nombre dado por los turcos a Grecia Continental).
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Durante todo el mes de julio no hubo nada más, salvo escaramuzas, tiroteos y algunas salidas de los encerrados, con más daño para los enemigos.
Kütahi, una vez supo el mando en plaza de Karaiskakis y la llegada de los contingentes griegos a Salamina y Eleusis, se apresura a tomar la ciudad antes de que se unan en las afueras de Atenas y puedan hacerle daño y ponerle obstáculos. Así pues, practica con más fuerza y cantidad el cañoneo contra las vurtziá*, día y noche ininterrumpidamente los días 1, 2, y 3 de agosto, de forma que los nuestros, sin tiempo para reparar los omnipresentes desplomes de la muralla**, no podían ni rechazar las cargas del enemigo.
Así pues, al alba del 3 de agosto, después de dar de beber ron y aguardiente a los que iban a realizarlo, dio el plan del asalto. Ya ven la extensión de la muralla, sabiendo que el número de los defensores no pasaba de 800 (porque el resto guardaba la ciudadela); les asegura que es imposible que rechacen a cinco mil asaltantes conjuntados contra dos o tres vurtsiá que no tienen más de 100 defensores. Pese a lo cual, fueron derrotados por el valor de los nuestros y en el primer embate, que fue en la Puerta de la Santísima Trinidad66, no pudieron entrar; pero volvieron atrás y penetraron por otros accesos menos fuertes, en las proximidades de la Puerta de Acarnas***. Murieron muchos enemigos, de los nuestros fueron heridos 30 y hubo doce pérdidas. El mismo día, el valiente Dimitrios N. Kazantzís, aun herido, capturó a un gigantesco turco y lo subió hasta la fortaleza, muriendo en plena juventud a los treinta días, a consecuencia de su herida.
Una vez que los enemigos entraron en la ciudad, los nuestros no dejaban de bajar desde la ciudadela para quemar a unos dentro de las casas, asesinar a otros o tomar prisioneros a otros.
He de referir aquí la muerte del valeroso Mitros Sarkudinos. El cuatro del mismo mes, baja en compañía de otros hasta unas casas en el sector Este, entra intrépidamente, hiere, mata… y mientras con el fuego en la mano intenta incendiar una casa en la que había turcos que no querían entregarse (la de Stavros Patusas), es herido de gravedad; no obstante se levantó y prendió el fuego, con lo que fueron apresados seis de ellos, entre los cuales estaba un 66
Aquí destacó Dimitrios Prevezanós, que dio muestras de gran valor.
* Palabra turca (burç) con morfema neutro pl.: torres de fortaleza.
** Levantada por el vaivoda Chatzí Alí Chasekis en 1778, partía de la Acrópolis y tenía siete puertas.
*** O de los Santos Arcángeles o Puerta de Menidi, por donde se salía hacia el lugar que ha recuperado su antiguo nombre de Acarnas.
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artillero de nombre Mehmed, que gracias a su fingimiento convenció a los ingenuos y tomó a su cargo un cañón en la Acrópolis para manejarlo, pero nunca hirió a un turco ni cambió su nacionalidad ni deseó el bien de los griegos. A la captura de estos contribuyeron también los gritos de ánimo de N.
Zacharitzas y Ner. Venizelos. El herido Sarkudinos murió a los cuatro días.
Es el que mencionamos en el capítulo 1 del libro I. Tenía 30 años y era de hábitos muy sencillos y conducta humilde. Por el contrario, eran distintivos de su grandeza de ánimo su amor a la libertad y su odio contra los turcos. Ese mismo día murió también a consecuencia de sus heridas el valiente oficial de la guarnición Dimitrios Prevezanos.
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CAPÍTULO II
Los de Karaiskakis, queriendo ocupar en el Pireo una posición adecuada para apostarse antes de que los turcos dominen la ciudad, envían a siete de ellos al Pireo para observar dónde podían disponer de agua y seguridad las tropas griegas cuando desembarquen. Por desgracia son hechos prisioneros por los enemigos que hacían guardia allí, muriendo uno de ellos al defenderse con las armas. Llevados ante Kütahi, Ferat Devan Efendi ruega a éste sean entregados a cambio de su hermano Yusuf, que está recluido en la fortaleza; así que con el visto bueno de Kütahi, Ferat junto con el albanés Panusis Sérvanis escribe al alcaide diciendo que han cogido a seis hombres del general Vassos, que los tienen vivos y le pide que libere a su hermano Yusuf, y a cambio le entregará a los seis. Guras respondió así: “Yusuf Efendi no está prisionero; está vivo y libre y disfruta de toda la atención y el debido respeto. Sin embargo, las circunstancias no aconsejan que se marche. Cuando las cosas se enderecen, irá a donde le apetezca sin ningún impedimento; y si Ferat Efendi desea verlo y hablar con su hermano Yusuf Efendi, tiene permiso para venir a donde le plazca, incluso a la misma ciudadela. En cuanto a los seis hombres, espero que sean tratados como exige el honor y la hombría.” Pero el salvaje Kütahi los mató a todos.
Después que los nuestros fracasaron en lo de desembarcar en el Pireo, el 6 de agosto por la noche ocupan Chaidari67, una aldea de Atenas cercana al campamento enemigo que dista de la ciudad poco menos de una hora. Una vez tomadas posiciones, en medio de la noche comunican su llegada a los de la ciudadela por medio de disparos de fusil. El enemigo, que no esperaba que los nuestros se acercaran tanto a su campamento y ve de pronto una fuerza griega tan grande, se acobardó no poco. Dicho contingente se componía de más de 5.000, y eran regulares e irregulares unidos. Era la primera vez que se veía en terreno llano un campamento griego de tales características; tenía en el ala derecha al general Karaiskakis, a la izquierda a Nikólaos Krieziotis y en el centro a Christóforos Perevós.
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En un manuscrito muy antiguo he visto esta aldea llamada Acherdari. ¿Qué otra cosa es, pues, sino el demo Aquerdus de los antiguos?
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A Kütahi le parece acertado marchar contra los nuestros casi la misma noche en que llegaron, para batirlos antes que se hagan fuertes en el lugar.
Conduce sus fuerzas de infantería y caballería y va al encuentro llevando también dos cañones que, una vez emplazados, dispara contra los nuestros. Tras un potente cañoneo, al salir el sol los enemigos cargan dando alaridos y con la táctica acostumbrada. Luego que los nuestros los dejaron llegar más cerca, comenzó primero el tiroteo del batallón regular por ambos lados y, después, los armados irregulares, disparando sin cesar ocultos unos en un arroyo y en el llano otros, entablaron una importante pelea. Duró ésta bastante tiempo con resistencia de ambas partes hasta que los enemigos, fuertemente batidos, se dieron a la fuga salvándose en el olivar. Un gran miedo se apoderó de los turcos que estaban en la ciudad, de manera que muchos salieron de ella, no fueran a quedar encerrados. Las pérdidas del enemigo fueron considerables; de los nuestros murieron tres y fueron heridos 19. Los filohelenos franceses a las órdenes de Fabvier dieron muestras de un valor imbatible. Los nombres de los muertos en la batalla los mencionaremos en el catálogo general de los caídos por la patria durante el asedio de Atenas; de entre los oficiales griegos destacaron Stéfanos Vúlgaris y Prokopios Katzandonis, y tuvo un gran papel en esta batalla la muchachada del jefe guerrillero Kriezotis.
Kütahi, no soportando ver al enemigo al lado atemorizándolo, manda venir cuanto antes a Omer Pachá de Eubea, el cual llega al campamento el día siguiente y, habida una conferencia de guerra, deciden lanzarse contra los enemigos con una fuerza mayor. Para una fortificación más firme del campamento, Karaiskakis da órdenes sobre las construcciones de refuerzo al jefe Dim. Lekkas, con 120 atenienses a su mando; así, la obra se concluyó en el transcurso de la noche, y con Lekkas entraron en ella Perevós y Stéfanos Vúlgaris.
El ocho de agosto, forman contra los nuestros con 5.000 de infantería y 2.000 de caballería. Iba al mando de la infantería Kütahi, de la caballería Omer; el primero mandaba el ala derecha, y el segundo la izquierda. Al mostrarse el día, comienza la artillería enemiga con cañones y granadas. Empieza la batalla68 y dura casi toda la jornada, con mucha resistencia por ambas 68
Dicen que Fabvier no mantuvo la formación o, para decirlo de una vez, no quiso obedecer al general en esta batalla, por lo cual cedió al empuje de la caballería y, si los irregulares no hubieran entablado combate, nuestros regulares habrían sufrido un gran castigo. Esta circunstancia la explica detalladamente Perevós en su Historia (Vd. Tomo II cap. VII).
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partes. Los enemigos, a pesar de ser incomparablemente más numerosos y con mucha caballería y muchos y buenos cañones, no pudieron desplazar a los nuestros de sus posiciones después de múltiples ataques. Los griegos, sin caballería y sin suficiente artillería (salvo cuatro pequeños cañones de llanura cuyas cureñas se averiaron en el intervalo), se aventuraron a salir de sus posiciones y luchar a pie contra los jinetes en medio del llano. Una batalla tal, es verdad, no había tenido lugar aún desde el comienzo de la sagrada lucha, no tanto porque era desigual en cantidad y calidad de tropas y en todos los aspectos, –ya que esto ocurría en todas las batallas que los griegos libraron contra los turcos–, sino porque combatieron en el llano durante todo el día con tremenda fortaleza de espíritu, dañando no poco al enemigo69. El número de turcos muertos en el enfrentamiento de la jornada anterior y en el de ésta, si damos crédito a las palabras de un albanés que juraba por el alma de su hijo caído en el combate, asciende a los 1500. De los nuestros murieron unos 70; entre ellos figura el intachable joven ateniense Theófilos Filippidis Gunarakis, suboficial del Batallón Regular cuya muerte fue muy llorada; tenía 20 años. Chatsí-Lambros Koromilás fue cogido vivo y llevado a la ciudad, donde en medio del ágora fue crucificado en pie por las manos y las orejas, debido al furor de los turcos contra él por haberles hecho mal y ofendido en el honor. Al tercer día de su captura, un albanés amigo suyo le disparó con su pistola para evitarle el horrible tormento y así acabó, a la edad de 45 años; dejó viuda y siete hijos varones. Su memoria es imperecedera.
El campamento griego constaba del contingente del general Karaiskakis, N. Krieziotis, Vassos Mavrovuniotis y del batallón regular del coronel Fabvier. Los primeros que ocuparon Eleusis y la aprovecharon fueron Krieziotis y Vassos, a los cuales el enemigo trató por todos los medios de apartar del servicio a la nación, igual que había engatusado a otros muchos guerrilleros.
Como la aldea de Acherdari, donde acampaban los nuestros, se asienta en un llano y tal posición no es apropiada para un ejército que carece por completo de caballería, mientras que distaba mucho de los almacenes, que estaban en Salamina, y había que transportar los víveres y municiones a gran distancia a través de Eleusis, y además de eso en ese entorno hay escasez de agua, tan necesaria a un campamento y más en el mes de agosto… Por todo eso decidieron de común acuerdo trasladar el campamento a otro lugar más conveniente; y así marcharon a Eleusis, para abastecerse en el futuro.
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Este día destacó no poco Chr. Perevós, por su inteligencia y valor.
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Y como el contralmirante de Rigny (francés) había fondeado en el Pireo, Kütahi fue a la fragata a visitarle, en compañía de Omer Pachá. Coincidió que el mismo día (9 de agosto) fue también Karaiskakis, desconocedor de que iba a encontrarse con Kütahi, y allí mantuvieron una entrevista los generales de ambos ejércitos contendientes. Trató Kütahi de atraerse a su bando a Karaiskakis, pero éste respondió condignamente de su valía y su honor, así que el enemigo tomó medidas diferentes para el futuro.
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CAPÍTULO III
Cuando los nuestros se retiraron de Chaidari, los de la ciudadela se apenaron al ver sus esperanzas defraudadas. Los forasteros, disgustados por el asedio y no queriendo aguantar privaciones, pues no tenían a Atenas por su tierra natal (ya que pensaban poco en el futuro), esparcieron entre los demás la deserción, desleales e ingratos contra el alcaide que de cuatro años a esta parte les había ayudado y enriquecido; maquinaban contra él y decidieron por tanto salir por la noche. Para impedir su escapada, Guras gritó desde lo alto a los turcos que la siguiente noche iban a marcharse de la fortaleza unos hombres con dinero y con armas de gran valor, “así que vigilad para cogerlos”. Los turcos no hicieron caso creyendo que se trataba de una broma, pero los hombres fueron chasqueados esa noche, aunque de tarde en tarde había quienes aprovechaban la noche para huir.
A tanta angustia y necesidad llevaron sus buenos hombres al alcaide que, quieras o no, se vio obligado a escribir a algunos de los del exterior para que activaran el envío de naves al puerto de Tres Torres (Koliás), a fin de trasladar a los recluidos si la necesidad lo requería. El objetivo era salvar a su familia, que contaba con muchos miembros.
La Junta de Notables envió un escrito al general Karaiskakis en el cual manifestaba la situación de la ciudadela y le exhortaba a mandar cuanto antes a uno de los mejores caudillos, con suficientes tropas como para ser útiles en lugar de los desertores. Conservamos en respuesta la siguiente carta: “Hermanos, quedamos informados de la necesidad que tenéis de ayuda.
Así pues, escribimos hoy a nuestro común hermano el jefe Guras la manera en que puede llegaros un auxilio; colaborad de acuerdo con él y vuestra nobleza, cuanto podáis, facilitará la manera, y nosotros rápidamente haremos que os llegue ayuda.
A 26 de agosto de 1826.
Vuestros hermanos KARAISKAKIS NIK. KRIEZIOTIS.
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Cuando nos concentramos todos dentro del recinto después de la toma de la ciudad, se acordó enviar fuera el mayor número de mujeres y niños, para que no se agotaran en vano los víveres y el agua. Por lo cual, el 12 de agosto salieron por la noche 300 mujeres y niños, y con ellos muchos hombres; de manera que hasta finales de agosto quedaban en el fuerte 800 atenienses, 250 del alcaide y más de 80 de los otros jefes, y 500 entre mujeres y niños.
La partida de atenienses tuvo lugar con el consentimiento del alcaide y los demás caudillos, en la idea de que era inútil que se encerraran tantos, ya que en principio eran mil.
Para estrechar más el cerco, el enemigo comenzó a aproximarse al fuerte, fortificando las posiciones. El ingeniero Konstas, previendo que intentarían ocupar el templo de San Jorge Alejandrino, acomete dentro un túnel y lo termina con esmero para el día en que los enemigos se precipitan a tomarlo. Por lo cual el 15 de agosto, tras un potente fuego contra los recluidos, se reúnen por la tarde los destinados para el ataque y se precipitan contra él a grandes gritos; nosotros, prevenidos y prontos en nuestros puestos, acechamos a la presa; finalmente, cuando los enemigos se acercan al templo, los nuestros en su interior fingen cobardía y huyen. Una vez dentro del templo los enemigos y otros muchos en la parte de fuera, prendemos fuego a la galería, que estaba recién acabada, y con ella se derrumba el templo enterrando a todos los que había en él; al mismo tiempo comienza el fuego desde la ciudadela contra el enemigo, de manera que el número de los muertos superó los 300, entre ellos muchos oficiales. De los nuestros fueron heridos 15 y murió uno herido en la cabeza, Apostolis Kovelanos, excelente ciudadano que, al expirar, exclamó: “Ah, hijos míos.” Esta voz resuena patriótica y entrañable dentro de mí hasta hoy.
El sitiador, oyendo que había bastantes víveres en el fuerte y, por lo tanto, pasaría mucho tiempo para que los sitiados lo abandonaran, temiendo que debido a su tardanza la situación se volviera nefasta, decide intentar túneles con vistas a perjudicar a los enclaustrados, para ver si con eso rinden el reducto; mas ellos respondían a toda mina enemiga y desbarataban sus trabajos. Kütahi lo atribuía a la impericia de sus zapadores, según se desprende de la siguiente carta, enviada el 28 de agosto a Constantinopla a un ministro de la Puerta, junto con la siguiente del mismo al gran visir, fechada el mismo día: 178


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“Alí Agá: La rendición de la fortaleza de Atenas no depende de otra cosa que de los zapadores. El ejército ha llegado hasta la raíz70 del confín de la ciudadela y aguantado allí; los cañones no son de utilidad. Todo el éxito está en encontrar zapadores y, como el lugar es rocoso, hay que excavar la piedra hasta ocho o diez codos, y entonces se producirá la rendición. Los zapadores que me has enviado desde la Ciudad no han visto un túnel en toda su vida.
Acabo de mandar un correo para traer de Skopie excavadores buenos.” Al visir del Sello
La ciudadela de Atenas, como os es sabido, está construida desde la Antigüedad en una roca elevada e inaccesible, y no admite túneles ni toma al asalto. Dista seis horas de Dervenochoria del Peloponeso y está cerca de las Islas; se encuentra en el extremo de las demás provincias. Y ante todo esta ciudadela, puesto que es el lugar más antiguo y antiguamente salieron de este lugar muchos filósofos famosos, y las obras artísticas que posee de la Antigüedad provocan la admiración de toda la Europa culta, por eso toda Europa y el resto de naciones infieles ven esta ciudadela como su propia casa. Y como tanto los europeos como las restantes naciones de los infieles –los llamados cristianos– la consideran un lugar de peregrinación, luchan por ella y tratan de que no se les vaya de las manos a los infieles rebeldes. Y se han puesto de acuerdo y todos han prometido su ayuda por tierra y por mar; por lo pronto su ejército se ha reunido en dos cuerpos en las dos partes de Dervenia. Los buques de Hydra no cesan de rondar por aquí, en número de veinte o treinta a la vez y, como es posible que estén planeando un desembarco repentino en algunos lugares para castigar a nuestros genuflexos vasallos, nuestro ejército se halla en continua vigilancia de los puntos costeros, no sea que haya algún desembarco. Como dichos apóstatas son innumerables, este esclavo vuestro ha perdido el sueño y la calma, dedicado a domeñarlos. Además, los infieles romís se han puesto de acuerdo para auxiliar a Atenas y nos van a atacar; esperamos en Dios ponerlos en fuga y desbaratar sus malditos ataques con la omnipotente ayuda divina y con las milagrosas preces del heredero de la superficie de la tierra y rey nuestro. En las actuales circunstancias es del todo necesario que esté siempre presente en el sitio de Atenas un visir valiente y experimentado en cuyas manos se entregue el gobierno de los asuntos bélicos sobre el asedio, pues si la ciudadela está un solo día sin la presencia 70
Miente; estaba muy alejado de los confines de la ciudadela.
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del visir, inmediatamente peligrará la situación de las posiciones en torno.
Y como este esclavo vuestro no tiene descanso a causa de sus muchas preocupaciones, es de todo punto imprescindible que se nombre cuanto antes para dicho puesto al pachá de Euripo, Omer Pachá. En mi rendida fe, desde el momento en que llegué a Atenas, consagrado día y noche sin interrupción con toda mi alma a liberar con mil dificultades de sus manos tanto los monasterios como las casas que tenían en su poder los infieles romís, a duras penas por la fuerza he limpiado el interior de la ciudad de la suciedad y el hedor de la existencia de los infieles. Y en cuanto a lo que he trabajado para hacer un túnel, por una parte los zapadores enviados por la Ciudad no han sido útiles en absoluto. Unos entendidos me han asegurado que, si tuviera aquí a los mineros que están en Skopie, habríamos perforado con una galería más y más allá (del todo) la ciudadela de Atenas. Por ello he enviado al punto un correo para traer a diez de ellos, pero se supone que no llegarán a Atenas hasta dentro de dieciocho días, Dios mediante, y en cuanto lleguen y si son realmente eficaces, según me los han definido, y se consigue el túnel (como esperamos), de esta manera tendrá fin el sometimiento de la fortaleza, puesto que dentro tiene guerreros. Las dificultades que experimento a causa de los víveres necesarios en el campamento son indescriptibles. A pesar de ello, hasta el día de hoy he podido con gran dificultad abaratar la empresa, comprando a precio reducido los víveres que mi propio ejército ha requisado en diversas incursiones. Además he reparado hasta diez71 molinos, sitos en los alrededores de Atenas, que muelen diariamente sobre cinco mil okades de harina, la cual he ordenado entregar únicamente a las tropas designadas para vigilar Atenas; se necesitan más alimentos, pero ¿qué ganamos con tenerlos? Para vigilar contra el enemigo los molinos que hemos puesto en pie, nos vemos forzados a colocar en cada uno una guardia de ochenta a cien hombres. Con todo, dispuse un escogido contingente de unos seis o siete mil efectivos para enviarlo a Dervenia del Peloponeso, pero no he podido proveerle de alimento para tres a cinco días, por ello no se envió. Todas mis expectativas estaban en los víveres que esperábamos de Larisa. De mucho tiempo acá, todo el ejército se está muriendo de hambre; los alimentos tardan desde ahí un mes y apenas bastan para cinco días en el campamento. Ya no nos queda aquí ni un grano de trigo, de manera que estamos reducidos a una completa impotencia ¿De qué me ocupo, del abastecimiento o de las conquistas de guerra? Para 71
Miente y prevarica, pues reparó solo cinco.
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liberarme de esta carga de las provisiones, dad las órdenes pertinentes para que me lleguen a tiempo los víveres necesarios. Y la comida que se envíe es de todo punto necesario que sea en harina y no en trigo, pues los molinos de Atenas, como hemos dicho, no pueden moler más que cinco mil okades al día. Si tuviéramos aquí todos los molinos que necesitamos, en Euripo hay trigo y podíamos abastecernos; y, ya que es imprescindible que se me envíe harina desde Larisa a pesar de lo que he dicho, ruego al mismo tiempo sean dadas a los de allí severas instrucciones sobre esto. Dios haga que os aflijáis por la situación de los fieles y os preocupéis de enviar mucha harina al campamento a toda celeridad. He pedido una y dos veces que se nombre a un visir capaz para el asedio de Atenas; la ciudadela ateniense no es igual que las demás. Según mi humilde súplica, sería bueno que venga el pachá que os he señalado más arriba y asuma lo relativo al asedio; si no sitúo yo mismo las tropas suficientes alrededor de la ciudadela, no debo alejarme ni un paso de Atenas; porque si me alejo, lo más seguro es que tanto la vanguardia como la retaguardia queden en mala posición. Cuando llegue y le entregue el mando a dicho visir nombrado para el asedio, entonces me trasladaré a donde se me ha ordenado; es decir, mi intención no es ni demorarme ni no marchar a Dervenia del Peloponeso, de acuerdo con la orden que he recibido. Sabe Dios que, en el servicio que se me ha encomendado bajo la sombra del sultán, nunca flaquearé ni me abstendré de mi obligación, sino que me mostraré solícito con sacrificio de mi propia vida. Sin embargo, las circunstancias demandan que se envíe cuanto antes al mencionado pachá para el asedio de Atenas; y después de colocarlo con mis propias manos, me trasladaré al mismo lugar al que se me manda; y si se produce a continuación algún disturbio en Eubea o algún ataque de los infieles, enviaremos allí también las tropas necesarias.” La misiva anterior, redactada en lengua turca, fue enviada a Constantinopla e interceptada por los nuestros, que la remitieron a la ciudadela, y la tradujo nuestro compañero de confinamiento Dimitrios Lambikis.
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CAPÍTULO IV
Los encerrados, viendo que el sitiador seguía cavando fosas por medio de las cuales avanzar hasta la construcción de túneles, no juzgaron bueno dejarle progresar. Así pues, la noche del 26 de agosto irrumpen en las fosas y matan a los que había en ellas. Después, tras quemar toda la madera que constituía el apuntalamiento de las fosas, regresan a sus lares con botín, monos y diversas herramientas.
No obstante, el enemigo continúa con empeño las obras para construir túneles, perforando desde entonces con más despliegue de seguridad. Los recluidos ven las obras, imaginan su objetivo y quieren malograrlas de nuevo. Así el 13 de septiembre, despreciando sus potentes defensas, salen por la noche del fuerte y saltan dentro del foso enemigo, que empezaba al pie del Areópago y se aproximaba a la muralla Sur del Serpentzés, foso desde el que el enemigo estaba abriendo tres galerías que iban derechas al propio Serpentzés. Una vez que los sorprendieron, matan a muchos y capturan a ocho con vida, cortando la cabeza a dos albaneses que se negaban a entregar las armas; entre los muertos estaba el jefe turco de los obreros y de las fortificaciones. Después de apoderarse de todo lo que tenían allí de utilidad –víveres, herramientas, monos, armas–, rellenar la fosa y desbaratar las galerías, vuelven a sus lares con ricos despojos.
Esta acción fue de no poco provecho, primero porque frustró unas obras en que el enemigo había empleado muchas jornadas y, segundo, que conocimos sus planes y objetivos y supimos en cuántas y cuáles partes se construían minas. En esta incursión murió Stamos Theodorís, un joven digno de mención y buen ciudadano; era alférez del general Makrygiannis y tenía 35 años; fue herido otro combatiente, que murió a los tres días.
Pero el sitiador, obstinado en sus miras, ordena a sus zapadores que prosigan las obras con más denuedo; ya se ocupará él de protegerlos, de forma que no les hagan daño los sitiados; tenía esperanzas de lograrlo esta vez, pues pensó engañarnos de la siguiente manera: como habíamos destruido sus primeras obras y frustrado dos y hasta tres veces sus intenciones, no esperaríamos que las emprendiera otra vez, y menos el mismo día y en el 183


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mismo punto; y así los enemigos avanzan en su perforación pero nuestro ingeniero, insomne en su trabajo, oyó el ruido de la excavación enemiga y decidió contrarrestar las minas del enemigo con la suya propia. Cuando la nuestra, pues, estuvo terminada en la línea por la que progresaban las enemigas y los enemigos se aproximaron, prendemos fuego a la mina dos horas después de la medianoche del 19 de septiembre, con el resultado de que todos los trabajadores y los guardianes de la fosa o quedaron enterrados o se dieron a la fuga. Tras la explosión de la galería, los griegos caen sobre ellos y matan a unos, hieren a otros y apresan vivos a otros, rapiñando fusiles, espadas, pistolas, monos y otras cosas y retirándose con pena, pues confiaban en adueñarse también de los cañones enemigos; y ciertamente habrían avanzado más allá de no ser porque unos hombres del alcaide, arrastrando consigo a cuatro atenienses, desertaron en el mismo momento de la victoria y cruzaron a Salamina; así que el abandono de estos traidores fue lo que más nos perjudicó. De los nuestros murió el joven Néstor Kopidis, de herida mortal; tenía 26 años de edad.
El caudillo Guras, al reconocer efectivamente la deslealtad de su guarnición, procuró precaver las nefastas consecuencias enviando fuera a finales de agosto a su primo Memuris, provisto de una carta suya y de los notables para que pusiera en ejecución traer al fuerte otro cuerpo militar, ya fuera el de los heptanesios o el coronel Fabvier con los regulares; y después de la entrada de estos ya castigaría a los hombres desleales.
Así pues el destacamento de los heptanesios, aspirando a realizar brillantes hazañas en el solar de Atenas, decidió partir hacia la Acrópolis. Y cuando el 13 de septiembre, en el que tuvo lugar la salida de los asediados contra las defensas enemigas, llegaron al Himeto y escucharon el fragor de los cañones y las bombas y observaron con el día las fortificaciones y zanjas del enemigo alrededor de la ciudadela, no se atrevieron a dirigirse a la Acrópolis.
Unos días después, el 27 del mismo mes, suben de noche ahora hasta Koliás, desde donde partieron hacia nosotros. Cuando estaban a una milla de la fortaleza, los que marchaban en cabeza del batallón ven a la caballería enemiga venir por el mismo camino (solían salir de noche los jinetes en labor de vigilancia). El batallón, temiendo haber sido traicionado, retrocede desordenadamente; los turcos, al oír el inopinado ruido de la huida, lo ignoraron y no los siguieron; pero cuando informaron a otras guardias sobre el asunto, corrieron hacia ellos, que tomaron posiciones en Koliás o se metieron en las estribaciones del Himeto junto a la mar. Los jinetes turcos se lanzan en per184


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secución de éstos, tratando de impedirles la subida al barco en el que habían venido. Habida batalla de casi dos horas de duración, los enemigos se retiran con gran quebranto.
Seis de ellos, encerrados en una pequeña iglesia cerca del antedicho puerto, no pudieron subir al barco con los demás y se quedaron allí, esperando una ocasión; pero los enemigos los descubrieron y fueron contra ellos emplazando dos cañones con los cuales demolían la pequeña iglesia; una vez que derribaron los muros, se lanzaron a prender a los acorralados, pero éstos resisten y, con el fuego en las manos, repelen dos veces a los jinetes; se lanzan por tercera vez e irrumpen dentro, y los griegos mueren sin someterse, luchando hasta el último aliento. Contra toda esperanza se salvó uno, tirándose al mar y alcanzando ileso el barco a nado.
Mientras tenía lugar el combate en Koliás, los del Himeto bajaron hasta la orilla del mar y, al ver allí un pequeño islote poco alejado de tierra firme, pensaron trasladarse a él, considerándolo más seguro que donde estaban.
Los enemigos, en torno a los tres mil entre infantería y caballería, marcharon contra ellos, que eran veintidós y, al mando de Dimitrios Leludis de Ítaca, intentan fortificarse todo lo posible; pero como no estaban preparados para resistir, cuando el enemigo se cernía sobre ellos, Leludis recurre a una feliz argucia: como los fanfarrones turcos les invitaban a someterse y rendirse, Leludis asiente, pero solicita albaneses para dar y tomar los juramentos; engañados los bárbaros, mientras traen a los albaneses (pues no encontraban), dieron tiempo a los griegos para levantar defensas. Cuando los albaneses les hablaron, Leludis les dice lo contrario: “Somos griegos, somos heptanesios, y salimos de nuestra tierra no para ser esclavos de los turcos, sino para matarlos; y si no lo creéis, haced la prueba”. Al punto los furiosos bárbaros abren fuego de cañón contra los nuestros; tres veces se lanza la caballería contra el islote y tres veces es rechazada por los que en él están. No cesó el fuego en todo el día, y la noche acabó con la batalla, así que durante ella el general Krieziotis acudió en ayuda de ellos con dos botes y los embarcó, y así llegaron a Salamina.
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CAPÍTULO V
El sitiador continúa con ahínco las obras contra los sitiados y éstos a su vez no se cansan de contraatacar y desbaratarlas; por ambos lados el fuego es incesante y casi mutuo el castigo, cuando la noche del uno de octubre nos causó la muerte del caudillo y alcaide Guras, de perenne recuerdo; para impedir la huida de los desertores pernoctaba fuera del Serpentzés, atento a los movimientos tanto nuestros como del enemigo; tenía también por hábito disparar por la noche contra las trincheras enemigas más próximas; cuando en lo más profundo de la madrugada metió dentro de la trinchera la boca del fusil y disparó desde fuera, pero sin propagar la llama hacia dentro, y mientras estaba quieto en esa postura para volver a apretar el gatillo, desde las defensas de enfrente dispara otro apuntando al blanco de la chispa encendida y, por desgracia, la bala atraviesa la sien de Guras sin darle tiempo ni a respirar. La muerte de este hombre nos afligió a todos y produjo en muchos de nosotros el temor de que lo siguiente sería una deserción general de sus hombres. Sin embargo sucedió lo contrario, como se dirá más abajo.
Los hombres retiran el cadáver de Guras y lo llevan al Serpentzés con mucha calma, guardando en secreto la muerte a su mujer hasta la venida del día, para que no se produzca rumor de llantos por la noche y lo oigan los turcos.
Al alba llevamos el cadáver a la Acrópolis y lo depositamos delante del Partenón, donde le rendimos las consabidas honras fúnebres y lo enterramos en paz delante del templo. Pero antes de darle sepultura, se entera de la muerte su mujer y prorrumpe en desgarradores lamentos; con todo, la moderación la condujo en ese instante a mostrarse noble y, dirigiéndose a sus hombres, les dice: “Aunque hayáis perdido a vuestro jefe, no me perderéis a mí. Si sois leales a mi difunto esposo, me lo mostraréis, y yo os lo mostraré a vosotros ocupando su puesto.” Es verdad que sus hombres se afligieron de corazón y juraron guardarle lealtad y luchar por ella hasta la muerte; varios de nosotros aprovechamos la ocasión del abatimiento de los hombres y las muestras de confianza para congregar a los más destacados de ellos y de los caudillos y jurar todos sobre los Santos Evangelios y la imagen de Jesús que defenderíamos la ciudadela 187


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hasta el último aliento, sin ceder en absoluto ante las contrariedades que nos ocurrieran. Así fue como juramos, y el juramento se cumplió. Luego comunicamos a los de fuera y al gobierno la muerte del alcaide.
Este glorioso general griego rindió los mayores servicios a la Patria. Comparado con los demás generales de la Insurrección, los supera en beneficios porque tuvo más éxito en sus acciones. La victoria griega en Vasiliká es una acción de Guras. La victoria ateniense en Maratón es obra de Guras. El cese de la guerra entre los sublevados es un triunfo de Guras. La captura del traidor Odiseo es gloria de Guras. La salida de los turcos de la ciudad de Sálona en 1825 y a continuación de toda Grecia Oriental ocurrió bajo el mandato de Guras. Además, la hazaña de los ochenta en la posada de Graviá tuvo como colaboradora la valentía de Guras. Y para decir lo más importante, el gobierno griego no era honrado por los demás poderosos de Grecia tanto como lo fue por Guras. Una sola vez desobedeció circunstancialmente sus órdenes: cuando le ordenó prender o dar muerte a Odiseo el segundo año de la Insurrección, cuando Odiseo fue declarado traidor. como se ha dicho en el capítulo III del libro II. El puesto en que se hallaba lo hacía muy poderoso, de forma que un enjambre de aduladores lo elevaba hasta el cielo. Con todo, siempre mostró prudencia y moderación; escuchaba mucho, hablaba poco; muchos lo instaban a muchas cosas, pero él no hacía nada que identificara como malo.
Nunca se vanaglorió de sus proezas, más bien se burlaba de los fanfarrones.
Es verdad que incurrió en algunas malas acciones; pero, si hubiera habido otro en su lugar en aquella época de anarquía, habría cometido muchas más.
Referiré un ejemplo de su prudencia y buena condición, por el cual el lector juzgará cómo era este hombre en los demás aspectos: antes de enemistarse con él, el sanguinario Odiseo proyectaba dar muerte por un motivo sin fundamento a tres o cuatro notables de Atenas, a quienes consideraba capaces de enfrentarse a sus criminales propósitos; y para conseguirlo, he aquí lo que planea: propone a Io. Vlachos que le dé un convite e invita a sus amigos para que lo pasen muy bien. Vlachos, ignorante de las maquinaciones del malvado, le promete con alegría celebrar el banquete. Odiseo encarga a Guras que vaya con Memuris, que estaba a sus órdenes, a matar a Lambros Nakos, gobernador provincial de Atenas por aquel entonces, en cuanto salga de casa de Vlachos después de acabada la fiesta, para hallar la ocasión de acusar de la muerte de Nakos a los del círculo de Vlachos. Guras accede a cumplir la orden, pero advierte vivamente a Memuris que, en cuanto vea a Lambros Nakos salir de la casa, le escolte hacia donde vive y vuelva a sus ocu188


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paciones. Así pues prosigue el convite, al que asisten los de la guarnición y los notables de Atenas, con todo lujo de bebidas a instancias de Odiseo, para que se embriaguen los comensales; él trasegó muy poco, para tener la cabeza en buen estado mientras esperaba el éxito de su plan. En conclusión: por la tarde, cuando ya estaban todos bebidos, el malvado invita al mencionado Nakos a marcharse a su casa a descansar, porque no puede aguantar más de tanto vino; al salir, Nakos es rápidamente acompañado hasta su casa por Memuris y los suyos, y así escapó a la asechanza. El perverso Odiseo aguarda la noticia del asesinato, dispuesto a vengar a su amigo Nakos; pero después de mucho rato se entera de que ha sido engañado y burlado por Guras, y así finaliza la comida tranquilamente.
Es curioso que la forma que adoptó su muerte, tal como la hemos relatado, fue la que él había deseado desde tiempo atrás, ya que dijo en una reunión de amigos a la que yo por cierto asistí: “No tengo miedo a la muerte, pero sí al suplicio. Desearía que la muerte me llegara aquí (señalando la sien), para no enterarme.” Y así fue como murió.
Era el difunto Guras de complexión fuerte, estatura tirando a alta, bien parecido y de pelo rubio; lucía un mostacho no muy grande, piel sonrosada, frente despejada, rostro agradable, barbilla un poco alargada; las cejas guardaban parecido con el bigote, los ojos y la nariz eran proporcionados a la cara, que tenía el encanto del término medio; murió a la edad de 35 años.
La correspondencia de este hombre, o para decirlo con más propiedad, las cartas que en diversos momentos de su mando en plaza y caudillaje le enviaron muchas personas destacadas de Grecia, de las cuales se desprenden claramente los espíritus y caracteres de los que las escribieron… tales cartas van a ser editadas en la prensa por su heredero, pero sin las respuestas del propio Guras, pues no se han encontrado entre sus escritos. Deducimos que han sido sustraídas por algún malvado envidioso de las cualidades de Guras, pues el fallecido guardaba copia de todas sus respuestas, y también de sus cartas. Quien más lo maltrató fue su suegro, el kotsabasi* Anagnostis Lidorikiotis (estaba dentro de la ciudadela; en cambio su primo y heredero de los bienes y del nombre, Ioannis Memuris, no estuvo entonces en el sitio, pues había sido enviado al exterior para traer refuerzos, como dijimos en el capítulo anterior), robando y rasgando el testamento escrito el 17 de septiembre de 1826 y mostrando en vez de éste el anterior, de 4 de mayo de 1824, * Palabra turca que designa al Notable.
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cuando iba al encuentro de Omer Pachá de Eubea en Maratón. Y había una gran diferencia entre el primero y el segundo; Guras era uno en 1824 y otro en 1826. Sobre todo, su situación económica había mejorado mucho en esos tres años. Pero como el primero era a beneficio principal de su mujer, el codicioso kotzabasi prefirió borrar la cantidad que su yerno le había atribuido en el segundo testamento, pues dejó mucho dinero a la Filómusos Hetería y a las Escuelas de Atenas y favoreció a lo grande a otros muchos establecimientos benéficos; en cambio, en el primero no había agraciado a la filantrópica compañía más que con 1.000 grosia.
A Guras no hay que verlo como una persona siempre idéntica; ni él se conocía a sí mismo, ni cómo iba a ser a un año vista. Desde el día en que se inició la Insurrección, pasó por muchos cambios y variaciones, las más para mejor. Hombre al principio de bastísima incultura, fue siervo, después bandolero, después delincuente; pero en la Insurrección, estuvo en principio en la banda de Panurgiás, luego fue jefe guerrillero, después comandante de la guarnición de Atenas y ejecutor de las órdenes de Odiseo; a continuación se regenera, entra en la directiva de la Filómusos Hetería y de las Escuelas, es supervisor de las mejoras a la infancia… nombrado general de los ejércitos griegos, solicita del Gobierno la venida a Atenas del cuerpo militar regular, colabora en su auge… en una palabra: quien, conociendo a Guras antes de la guerra, lo hubiera visto en el último año de su vida, se habría quedado pasmado ¡He aquí lo que es el hombre, y cuánto contribuyen las buenas relaciones y las buenas compañías al progreso de la humanidad!
El difunto fue además afortunado en la elección de su heredero, Io. Memuris, que era muy parecido a él; como él, era y se mostró valiente, bueno, sensato, parco en palabras, fiel al gobierno de turno y guardián de las órdenes y disposiciones del testador. Los dos a una sentenciaban que “has de estar siempre al lado del gobierno, y nunca sufrirás mal alguno.” Tales preceptos y consejos no los da más que el hombre prudente y previsor.
Todo lo que he escrito sobre Guras es fruto de la imparcialidad: igual he expuesto sus virtudes que sus defectos; desearía tener motivos para escribir cosas buenas también sobre Odiseo, pero la cantidad de sus canalladas ha suspendido mi deseo, porque sus hechos no permanecían en secreto y nadie los niega, ni siquiera Karpos, que fue su lugarteniente; con la única diferencia de que éste ha atribuido la culpa a las víctimas, y con ello ha distorsionado toda la verdad.
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CAPÍTULO VI
El sitiador, al ver que sus obras de zapa eran frustradas una por una, la tomó con los zapadores, injuriándolos seriamente. Por ello, como habían probado y fracasado en muchas posiciones, acceden a que se tome la de Leondari, diciendo que desde allí pueden construir túneles con seguridad. Ordena Kütahi que tomen dicha posición al asalto pero nosotros, previéndolo, nos anticipamos trazando una galería por debajo, para prenderle fuego cuando lleguen los enemigos. El 3 de octubre, cerca del amanecer, un tal Muhurta Bey, un albanés nombrado alcaide de Atenas antes de la toma, asume dirigir el asalto, ya que le concierne más al ser el alcaide; y así, seguido por muchos, marcha a caballo por la cuesta de Leondari. Al ver aproximarse al enemigo, la guardia se retira para prender la pólvora de la mina pero, como el explosivo se había mojado por el tiempo transcurrido y por ello la mina resultó inservible, el enemigo conquista la posición; sin embargo desde lo alto de la fortaleza nosotros, lanzando bombas de mano hacia Leondari, forzamos a los captores a huir con muchas bajas, ya que las bombas explotaban a los pies de los enemigos matando a muchos de ellos, incluyendo al jactancioso alcaide.
Cayeron cuarenta, sin contar a los que escaparon con heridas. También fue capturado vivo uno que murió a los tres días.
Al ver este nuevo fracaso, el enemigo lo llevó muy a mal y temía que sus esperanzas fueran en vano, mientras contemplaba como jefe de los contingentes griegos en Grecia Continental al bravo Karaiskakis, de cuya capacidad tenía mucho resquemor. Por lo cual, para no prolongar el asedio, lo cual podía acarrearle indeseables consecuencias, convoca a un consejo a sus jefes y oficiales y les comunica que habrá una salida favorable al problema cuando se apoderen del Serpentzés, puesto que no les quedaba ya esperanza en las minas para abatir la ciudadela; así que es imprescindible conquistar el Serpentzés, de modo que prometió las más espléndidas recompensas a quienes ejecutaran el asalto. Había con él muchas etnias bárbaras: albaneses, bosnios, guegues*, asiáticos, etc. Por fin se comprometen bravuconamente los * Hay dos grupos étnicos en Albania: los toscos, al S., y los guegues, al N. y en Kosovo.
Al hablar de albaneses, el autor suele referirse a los primeros.
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guegues, que se burlan de los albaneses por haberse mostrado cobardes en la toma de Leondari (pues eran albaneses estos asaltantes); así, se reúnen alrededor de tres mil en el Museo y Santa Marina*, aparte del gran contingente llevado a la ciudad para prestar ayuda en el momento en el que entren los guegues; dada la contraseña a las cuatro y media de la tarde del siete de octubre, se lanzan los guegues de repente y, al primer impulso, se adueñan de uno de nuestros baluartes por fuera del Serpentzés, desde el cual habíamos construido la galería contra el enemigo; aconteció que en ese momento se encontraba dentro el minador Konstas, supervisando la estructura. Makrygiannis, viendo el peligro que corría y animado por Anast. Tzítzifos, que había cerrado la portezuela del Serpentzés cuando la embestida del enemigo, sale fuera acompañado por unos pocos, ataca a los que lo rodeaban y, temerariamente, salva al buen ingeniero. La pelea dura sin tregua dos horas seguidas, desde la tarde hasta la noche, con un tiroteo ininterrumpido por ambas partes. Hasta entonces no se había dado una pugna semejante entre sitiadores y sitiados.
Los enemigos, no pudiendo conseguir la toma del Serpentzés, retrocedieron o huyeron en todas direcciones: los de avanzadilla se metieron en los pórticos de la muralla del Serpenzés para escapar al fuego, pero allí sufrieron lo peor pues los nuestros, descolgando sobre los soportales bombas con las mechas encendidas, los quemaban al producirse la explosión, y además les echaban materias inflamables para hacerles daño. Con todo, se salvaron y salieron ilesos muchos de ellos, que escaparon a la carrera protegidos por los refuerzos, aunque cayendo cuatro en la huida; la noche hizo cesar el fuego por ambas partes en lucha. Fue curioso que, cuando los guegues estaban en las arquerías sufriendo quemaduras, desde el Museo los albaneses se mofaban de ellos gritándoles “¡Guja, guja!” y otras burlas parecidas, para irritarlos por el agravio que les habían inferido los guegues por el fracaso en Leondari.
En esta batalla cayeron muchísimos enemigos, y durante todo el día estuvieron llevándoselos sus allegados hacia sus posiciones. De los nuestros murieron diez, entre ellos el agraciado Nerutzos Venizelos, hijo del Angelakis Venizelos degollado por los turcos, un joven valiente y sensato; era íntimo amigo del siempre recordado N. Sarís. Durante la edad infantil tuvieron uno y el mismo comportamiento y en la Epanástasis cambiaron de vida y costumbres, aunque conservaron intacta su amistad; eran ambos valientes por igual, igual de patriotas; sin embargo, Venizelos parecía ser y era más prudente, * En la colina llamada actualmente Theseion, donde se encuentra el Observatorio Nacional y la iglesia de nueva construcción.
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mientras Sarís era de sangre caliente y por ello más colérico, a pesar de lo cual estaba dotado de un gran ardor, que le habían insuflado los asuntos de la Patria. También destacó y murió el noble Konstandís Talamangas, un joven de glorioso recuerdo por su valor y patriotismo. Entre los heridos se contó al general Makrygiannis, cuya aportación fue inmensa en esta jornada; recibió una herida en la cabeza, cuya cicatriz conserva hasta hoy.
Al día siguiente, terminada la galería en que se encontraba por casualidad el ingeniero –como hemos dicho antes–, la cual estaba cerca de las fortificaciones enemigas debajo de la posición donde los enemigos eran más numerosos, los nuestros prenden el fuego durante la primera guardia nocturna y vemos con alegría a enemigos volando en cierto modo por los aires, y al mismo tiempo sepultados por sus propias fosas. Después de la explosión, los griegos se lanzan contra las otras barricadas y los enemigos, aturdidos por el temblor de tierra a causa de la mina, se dan a la fuga abandonando incluso su armamento. Fueron muertos muchos, y heridos más aún. Los nuestros, tras pillar tranquilamente los baluartes, vuelven con un rico botín y cabezas enemigas, quién con una, quién con dos. He de decir que, en cualquier salida de los sitiados, el que más osado se mostró y traía siempre una cabeza enemiga fue un joven de 20 años de Kydonies*, llamado Christós.
Cuando se conoció fuera la muerte de Guras y se leyó la carta de los de dentro, que pedían se les enviaran refuerzos y un jefe capaz que impusiera disciplina y obediencia a los irregulares, el general en jefe Karaiskakis convocó a los caudillos bajo su mando y les trasladó que era totalmente necesario que uno de ellos se introdujera con trescientos griegos en la ciudadela, pues ésta se encontraba huérfana sin ningún alcaide. Todos los jefes miraban a Krieziotis, empezando por Karaiskakis, y verdaderamente no podrían encontrar otro más valiente. Así que este altanero tomó consigo a otros cabecillas escogidos para luchar con él dentro de la ciudadela, entre ellos a Mitros Lekkas, Io. Memuris de la partida de Guras, Triandáfylos Tzurás y una parte de los heptanesios, y zarpó de Salamina por la noche en dirección a las Tres Torres (Koliás). El general Karaiskakis, para avisar a los de dentro de la llegada de la tropa de socorro, envía unos tres mil efectivos a disparar enfrente de la fortaleza. Llegaron estos a la altura de Menidi, abrieron fuego dos veces sobre las cinco de la tarde y se retiraron sin ser vistos. El enemigo, sorprendido por la aparición de los nuestros por allí, volvió la atención a aquella zona.
* Ciudad griega frente a Lesbos (en la actualidad Ayvalik), destruida por los turcos como represalia por la Insurrección (Trikupis, capítulo XV).
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Desembarcó Krieziotis, formó a los suyos y dos horas después de la incursión en Menidi se encamina a la fortaleza; cuando llegaron debajo del Museo, los enemigos sintieron su presencia. La pregunta de la guardia –¡Quién va!–, dos y hasta tres veces repetida, tuvo por respuesta efectiva la marcha de éstos hacia la ciudadela. Los enemigos, al confirmar que los aparecidos entran en la ciudadela, disparan en todas direcciones; los griegos cruzan el foso que cortaba la entrada a la ciudadela y, poniendo en fuga a los de guardia, suben sanos y salvos hasta la Acrópolis a las cuatro horas después de medianoche.
Al día siguiente, conversando sobre los hechos ocurridos entre nosotros y los sitiadores y hablándose de las minas, al oír los presentes que hay preparado otro subterráneo contra las fortificaciones enemigas, los recién llegados pidieron fuego para la siguiente noche, deseando salir contra el enemigo; así, en la primera guardia nocturna, recibido el fuego y expulsados los enemigos, se lanzan los nuestros en plena oscuridad y toman las posiciones; pero los de Krieziotis, novatos en las cosas del asedio y sin conocer los enclaves, disparan contra los que atacan junto a ellos –pues no los conocen–, matando a tres e hiriendo a ocho.
Tras la entrada de Krieziotis, el sitiador intentó hacer más profunda la zanja que partía de las estribaciones del Museo y corría a lo largo de la muralla del Serpentzés, resultando así un foso profundo y con un terraplén muy alto a cada lado y con troncos de árbol, de forma que era imposible la salida o la entrada de los griegos; al mismo tiempo, se afanaba en construir túneles contra el Serpentzés. Pero tampoco estaban ociosos los sitiados: en cuanto el minador se da cuenta de las obras subterráneas del enemigo, opone contra él una potente mina para inutilizarlas y, finalizada, hacia la medianoche del 24 de octubre los jefes, instruidos para la misión, y los combatientes, aleccionados para no hacer algo parecido a lo del día anterior, aplicado el fuego una y dos veces a la mecha sin que se encendiera, los griegos*, sin el auxilio de la mina en la incursión y despreciando esta ayuda, caen sobre los baluartes y los fosos donde se iniciaban las obras enemigas, apresan a los obreros en número de dieciséis, expulsan a sangre y fuego a los enemigos de las defensas de alrededor y, destrozando todo lo que había en el recinto, se dan la vuelta con el botín: herramientas, armas y capotes. La mortandad de enemigos fue aquel día más elevada que ningún otro; lo malo fue que también de los nuestros murieron más que nunca.
* El anacoluto es del original,
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El contrariado enemigo, al ver que día tras día se malograban sus obras y por el contrario las de sus adversarios prosperaban de éxito en éxito, desesperando de adueñarse del Serpentzés vuelve de nuevo su atención al bastión del agua, en la convicción de que, si lo destruye, los encerrados llegarán al máximo de estrechez por falta del líquido elemento.
Así pues, vuelve a excavar la tierra empezando desde el templo de la Presentación* y en dirección al bastión, pero no mucho después se encuentra otra vez en la misma impotencia y vaciedad, porque a mitad de las obras se queda frío al topar bajo tierra con nuestra respuesta. Finalmente, desengañado de llegar bajo el bastión, es informado de que desde más lejos, no a más de diez brazas, puede conseguir lo mismo si pone gran cantidad de pólvora, y decide hacerlo así. Pero nuestro previsor minero se anticipa ordenando cavar abundantes y hondos agujeros alrededor del túnel enemigo, diez en total y con una profundidad de nueve brazas; una vez hechos estos y más aún, avanzamos hacia la estructura del túnel. El enemigo colocó por fin en el túnel, a una distancia de diez brazas del bastión, 2.800 okades de pólvora y empleó más días en el amarre que en la excavación. Cuando el 10 de noviembre, al rayar el alba, disparó dos veces y encendió un fanal en Santa Marina y el Museo para informar a los suyos, que a esta señal se alejaron tanto del Areópago como de la Presentación, donde estaba la mecha, congregándose preferentemente en el Museo para contemplar desde arriba lo que iba a pasar y lanzarse desde allí a conquistar la ciudadela una vez derruido el bastión… Estaban tan seguros del éxito de su mina que todos compartían la misma opinión, que media ciudadela volaría por los aires al explotar la mina, por lo cual salieron muchos de la ciudad, no fueran a ser sepultados por los cascotes; pero fue el parto de los montes. Prendieron el fuego, la pólvora ardió entera y las llamas, distribuyéndose hacia afuera por las doce galerías, encendieron el horizonte. Los salvajes enemigos, diseminados bajo aquella luminosidad y sin comprender el resultado, esperaron mucho tiempo para ver el derrumbe de la ciudadela. Es de notar que la explosión de la mina hizo temblar toda la Acrópolis. Muestra palpable de la barbarie de aquéllos fue que estuvieron pregonándolo desde dos y tres días antes, comunicando lo que debían guardar en secreto; especialmente lo comentaban los albaneses diciendo que, si resultaba fallida, se marcharían. Este fracaso provocó extrema ansiedad en Kütahi.
* Las ruinas de la iglesia y el entorno al que daba nombre fueron derruidos a principios del siglo XX para dejar al descubierto el ágora antigua.
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Aun así el enemigo, como seguía viendo las tropas griegas en Grecia Continental y de nuevo levantados en armas a los habitantes de ésta, informado de que los confinados tenían víveres y agua en cantidad suficiente, no juzgó bueno un cerco prolongado. Así pues retorna a los primeros objetivos, a pesar de haberse equivocado tantas veces, y emprende nuevas galerías desde la misma zona de la Presentación; y con ánimo inquebrantable prosigue las obras. Pero el incansable y atento zapador de la ciudadela le responde con otra y, mientras el enemigo amenazaba la nuestra con el objeto de quemarnos y persistir en su propósito (teníamos la lección bien aprendida), nuestro compatriota se le adelanta y quema a los bárbaros el 24 de noviembre por la tarde. La sacudida se propagó en derredor, tanto que tembló ligeramente la Acrópolis. Cayeron los muros de las casas cercanas a la Presentación, los guardianes de por allí se marearon y corrieron como beodos. Se extendió ampliamente el humo con la ceniza, muchos cascotes de gran tamaño fueron arrancados de cuajo y cayeron sobre los enemigos. Simultáneamente se iniciaron los tiros desde la fortaleza, y caían muertos muchos enemigos que se dejaban ver por aquí o por allí. El suceso fue totalmente inesperado para los turcos; estos creyeron que la pólvora de nuestro túnel superaba las 2.000 okades; pero la verdad es que la pericia del ingeniero en su oficio conseguía los mejores resultados, tanto que el mismo Kütahi dijo a los suyos: “Si yo tuviera aquí al minero de la ciudadela, lo recompensaría con su peso en oro.” Ved cómo la valía de este hombre, unida a la buena disposición de los laboriosos atenienses, salvó la fortaleza hasta aquí.
Mientras tanto, sepa el lector que, aparte de lo relatado, el intercambio de disparos por ambas partes no cesaba ningún día, y la mortandad afectó a las dos. Murieron muchos turcos, y muchos eran oficiales; también cayeron algunos zapadores. Y de los nuestros murieron no pocos en el transcurso de los meses de agosto, septiembre, octubre y noviembre.
No omitiré aquí dos actos salvajes de cada una de las partes en conflicto.
El 19 de noviembre por la mañana temprano Kütahi, bien para poner a prueba bien para atemorizar a los encerrados, empala a dos griegos y los coloca en el Areópago enfrente de la ciudadela. Al verlos los en ella, se irritaron por esta muerte tan cruel y enloquecieron contra el culpable; como por aquellos días se sospechaba de la lealtad del artillero turco que fue capturado el 4 de agosto tal como dijimos en el capítulo I del libro III, se le encarcela en la gran torre donde, interrogado, inventa insidias contra los demás turcos con196


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finados, acusando a Yusuf Devenis de Kónitza* de mantener correspondencia con los sitiadores. ¡Poco tardó en inflamar la ira de ciertos iletrados! El ingenuo Krietziotis da crédito a la calumnia del taimado turco. El degeneradísimo Pappás Synesios, conocido por todos por su abyección, aprovecha la ocasión para vengarse del inocente Yusuf Devenis, molesto como estaba por la probidad de este hombre. Así pues, cuando obtuvo el permiso de Krieziotis, que ignoraba la causa que movía al malvado, se lleva a Yusuf para interrogarle. Al punto lo tortura y atormenta para que confiese falsamente que intercambiaba correspondencia con los turcos. Pero él soportó el suplicio con entereza y con un temple realmente filosófico, sin proferir ni una queja en medio de tanto martirio. El cruel Synesios se regocijaba con sus actos de maldad, y torturó al inocente cuanto quiso. Luego son detenidos los demás turcos, en número de diecisiete, y son condenados a muerte por los cabecillas irregulares más poderosos, que confiaron más en el depravado individuo que en los sensatos y respetables que conocían la inocencia del buen Yusuf y de los demás acusados. Y así, en la primera guardia de la noche del 28 de noviembre ahorcan a los pobres turcos en el perímetro de la ciudadela. Pero antes de dar muerte a Devenis, el sádico Synesios se recrea en otra fechoría: lleva al condenado al molino, lo unce por la barba, le da de latigazos profiriendo las interjecciones que se usan con las reses y los mulos y lo fuerza a dar vueltas para moler tanta harina como baste para saciar su infecto vientre. Hecho esto, lo lleva al lugar del suplicio, le pone con sus propias manos la soga al cuello y, tras asfixiarlo, lo cuelga de la ciudadela encima de la ciudad.
Este virtuoso turco era de estirpe albanesa; se educó en Constantinopla y adquirió muy buenos hábitos; comprendía y hablaba varios idiomas: turco, persa, árabe, nuestro griego y el suyo materno. Era de pensamientos libres y de gran inteligencia. Hemos oído hablar de la muerte del filósofo, y en este hombre la vimos de verdad. Tenía unos 35 años. Fue hecho prisionero en Lidoriki** al principio del Alzamiento, siendo gobernador de este lugar, y estaba bajo la custodia de Anastasis Lidorikis, que lo empleaba para sus fines y, cuando se fue de Atenas antes del cerco, lo confió en custodia a Guras.
* Ciudad del Epiro en el distrito de Ioánnina, cerca de la frontera con Albania.
** Localidad de la Fócide.
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CAPÍTULO VII
El alcaide de Atenas no esperaba que el sitio se prolongase tanto, ni pensó jamás que se gastaría tanta pólvora en minas, pues en los asuntos de la guerra era tan novato como el resto de los griegos; de manera que este preciadísimo elemento estaba a punto de agotarse, ininterrumpido como era el fuego de día y de noche. Así que, temiendo que el asedio se alargase y la carencia de este material los llevara a un destino inexorable, los asediados escriben al Gobierno sobre el tema, para que provean a la fortaleza de pólvora en la medida de lo posible; envían con el mensaje a Makrygiannis, para que insista de viva voz en la necesidad. Le acompañaron otros ocho a caballo. Era el diecisiete de noviembre.
En conclusión, el gobierno llama al coronel Fabvier y le encarga introducir la pólvora en la fortaleza de la manera que pueda. Fabvier, obediente a las órdenes del gobierno y dispuesto a servir a Grecia, y más dispuesto aún a contribuir a la salvación de la Acrópolis, acepta la misión a pesar de su extrema peligrosidad. Comunica la temeraria operación a sus oficiales y soldados del ejército regular y ellos se ofrecen con suma alegría a lo que su jefe decida, considerando tal hazaña un timbre de gloria. Los comandantes eran Robert, Abbot, Pisa (filohelenos), Efstratios Pisas y Nikólaos Skarvelis (griegos).
Finalmente, cuando estuvieron confeccionados tantos sacos como soldados iban a participar en la acción y fueron llenados de pólvora y hechos todos los preparativos, zarpan de Méthena* y desembarcan en Tres Torres; su número era de unos cuatrocientos ochenta. Carga sobre sus hombros cada uno un saco y emprenden la marcha hacia la fortaleza, en formación y bajo una luna esplendorosa. Al llegar al foso del que se habló anteriormente y ver su profundidad y la leña alrededor a manera de obstáculo, no por eso se amilanaron, a pesar de que los enemigos los percibieron y atacaron con fuego de artillería y fusilería. Ellos, impertérritos ante el fuego y la muerte, saltan al foso, eliminan a los guardianes –y eso que estaban más fortificados * Pequeña península peloponesia cercana a Nauplio, en la que Fabvier había instalado el cuartel general de los regulares (Cf. Trikupis capít. LXIII –tomo IV, pág. 53).
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que otras veces– y, abriéndose paso, entran en la ciudadela con los sacos enteros e intactos el 1 de diciembre después de medianoche*. Los de dentro, cuando vieron esta fuerza aproximándose repentina e inesperadamente al Serpentzés, no se habrían creído que era el batallón de regulares si no les hubieran puesto en antecedentes de la operación los que iban al frente como guías, Ioan. Turkodimos y Ioan. Makrís; y así el general Krieziotis, nada más enterarse, corre fuera del Serpentzés blandiendo el sable desenvainado y, alentando a los suyos, acude al rescate del valeroso comandante filoheleno francés Robert, que había caído sin darse cuenta en manos de diez enemigos dentro de la zanja, y recibido 24 heridas de arma blanca y balas de cañón; cargó con él sobre sus hombros el valiente Ioannis Kunduriotis y lo transportó a la Acrópolis, donde murió el 6 del mismo mes, llorado por todos sus soldados y la entera guarnición**. Murieron en total cuatro de los regulares y dos del general Krieziotis, siendo heridos 12 regulares y dos de Krieziotis.
Los encerrados, al ser informados de las hazañas de los nuestros en Grecia Continental, en especial la gloriosa victoria de Ráchova***, se concentraron en el fuerte disparando tres veces con la artillería ligera y pesada. El enemigo, entristecido y mohíno, escuchaba el ruido y se consideraba herido; los albaneses, al notar nuestra alegría, disparaban por su cuenta, fingiendo animosidad. Kütahi, que estaba descansando en Patisia****, tomó la operación por un ataque de los nuestros contra las trincheras suyas y se dedicó a asegurarlas.
Fabvier tenía la intención de, una vez entregada la pólvora en el fuerte, volver la siguiente noche. Cuando nos comunicó dicha intención, se aprobó por parte de todos que hubiera antes una salida contra el enemigo para que una vez más hicieran prodigios de valor los regulares unidos a los irregulares, y fueran aquéllos ayudados por la experiencia de los confinados en las incursiones contra los sitiadores. Así dispuestos y preparados, el general D.
Evmorfópulos ocupa la parte sudeste de las estribaciones de la Roca, y el general Krieziotis la parte que da a Hagia Paraskeví y alrededores; una parte de los regulares tenía la misión de vigilar las posiciones de los irregulares que iban a salir y la otra, la de abalanzarse sobre el foso que habían atravesado cuando entraron. Pappakonstas Tzamalas se deslizó hasta la batería empla* Cf. Trikupis, tomo IV, pág. 66ss.
** En su memoria se eleva en el Odeón de Herodes Ático un monumento en forma de estela, que comparte con Fabvier.
*** Vd. Capítulo LXIV (tomo IV) de Trikupis. Actualmente se conoce el lugar por su nombre no evolucionado, Aráchova.
**** Actualmente un barrio del N. de Atenas.
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zada en un lado del Museo. Acompañaban a estos cabecillas otros oficiales intrépidos, como Triandáfylos Tzurás y Tolias Nikolau. La hora de la incursión era casi al alba del día seis de diciembre. El ataque comenzó con furia; caen los griegos sobre los enemigos de enfrente, retumban los disparos por ambas partes, se entabla la lucha con ardor guerrero. Los de Krieziotis y Evmorfópulos se adueñan de las posiciones enemigas, saltan hasta las viviendas y matan a unos, ahuyentan a otros, apresan a otros… después avanzan hacia la ciudad saltando de casa en casa a sangre y fuego. El enemigo desfallece y parece falto de municiones. Al declararse el día y hacerse más luminoso, aumenta la mortandad de enemigos, pues caían muertos al ser tiroteados sin cesar desde las almenas de la Acrópolis. Tres horas duró la refriega. Los griegos regresaron con el botín a cuestas después de saquear las viviendas y las posiciones abandonadas. Algunos de las bandas de Evmorfópulos y Tzurás se alejaron hacia la ciudad y no llegaron a tiempo de entrar en la Roca; se arrastraron hacia la gruta que hay debajo de la Acrópolis en la parte Este y se vieron forzados a mantener pelea durante mucho tiempo, porque los enemigos, al verlos en la gruta, se agruparon en el templo de Zeus Olímpico y apostaron un cañón; allí estaba el propio Kütahi. Desde allí, pues, baten contra los nuestros, pero los de la Acrópolis emplazan otro cañón, disparan y hacen huir a la multitud, dispersándolos por aquí y por allá. Tras romper las ruedas del cañón enemigo, obligaron a Kütahi a retirarse abochornado cuando vio por sus propios ojos la muerte de muchos de los suyos. Al llegar la noche, los de la gruta entran en la ciudadela. Ese día cayeron por parte del enemigo muchos más que otras veces, entre ellos el pachá de los bosnios, que suplicaba ser hecho prisionero; pero en la excitación del ardor bélico griego no se le escuchó, pues ocurrió al comienzo del ataque; de los nuestros murieron diez y fueron heridos quince, aunque de poca consideración.
No estará de más que señalemos otra muestra de confianza de los albaneses para con el sultán al que servían. El gobierno, enterado de que en pocos días llegaría a Grecia Lord Cochrane, al que se esperaba como agua de mayo, para animar a los encerrados y alegrarlos con esta noticia les envía dos correos a pie; uno de los dos iba delante para cuidar de no toparse con enemigos. Durante la marcha, el de delante es atrapado por unos albaneses y el otro volvió atrás; una vez que le interrogaron y supieron por él la venida de Cochrane, van con alegría a comunicárnoslo, añadiendo que ya ha llegado y, para confirmarlo, deja hablar al correo y éste, por imposición de los albaneses, nos dice que está en Egina, contrariando la verdad. Luego lo llevaron 201


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ante Kütahi, aportando también el mensaje, y para enterarse del contenido acudieron más de 300. Pero Kütahi dio muerte al correo, un cefalenio llamado Panagís Zosimu; estaba dentro de la Roca y fue enviado con un mensaje, siendo capturado a la vuelta; esto sucedió el ocho de diciembre. El mismo día, yo y los dos Nikólaos, Zacharitzas y Karoris, estuvimos a punto de ser alcanzados por una bala de cañón y una bomba; la bala pasó una brizna por encima de mi cabeza, la bomba explotó delante de nosotros, que nos salvamos tirándonos al suelo. Por tales peligros pasamos, y por muchos más.
Kütahi, informado por los mensajes sobre Cochrane y sobre las urgencias de los nuestros para el levantamiento del cerco, ordenó al punto reforzar las posiciones que rodeaban la Roca y equipar los vurtzia de la ciudad, etc.
El coronel Fabvier aplaza su salida algunos días, entreteniéndose en perforar dos o tres tambores de las columnas caídas del Partenón, las cuales llenó de pólvora y, encendiéndolas, hizo rodar desde la Acrópolis una tras otra en diferentes días hacia las casas de abajo, donde montaban guardia los turcos; al estallar derribaron unas casas en ruinas, pero el daño no compensó el trabajo empleado en la elaboración de esta ocurrencia. Finalmente se decide a partir, pero por dos veces surgen obstáculos que se lo impiden. Y es que si no hubiera concebido la sospecha de que se traicionaba su salida, le habría sido más fácil. Ocurrió esto el 19 y el 23 de diciembre.
El 25 del mismo mes, el enemigo trae maniatado ante nosotros a Athanasios Papas Emmanuil, capturado en Talandonisi unos días antes, al cual había encargado que nos preguntase en qué situación estábamos y al mismo tiempo nos animara a entregar la ciudadela a Kütahi, que estaba dispuesto a aceptar los acuerdos que le propusiéramos tocantes a nuestra seguridad, además de prometer un pago en dinero. Nosotros, tras condolernos con nuestro maniatado hermano griego, nos reímos de la estupidez del remitente; suponiéndonos tontos, demostraba carecer de agudeza, pues había que comprender que esas maneras eran infantiles.
El expugnador, inamovible en sus objetivos, incansable en el obrar, forzado a apresurar la toma de la ciudadela, por una parte piensa adueñarse del Serpentzés y por la otra prueba de nuevo con las minas para derruir el baluarte del agua, aplicándose con esmero a conseguir el éxito en estos dos objetivos. Para alcanzar el Serpentzés, decide que debe ocupar previamente la gruta de Baco (Chrysospileótisa) pues le será más fácil desde allí tomar el baluarte. Guardaba este lugar de Baco el valiente D. Evmorfópulos, con diez hombres obedientes y entusiastas.
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Emplazó pues dos cañones en Hagia Paraskeví y se puso a bombardear la gruta, creyendo que los defensores se aturdirían por el denso y dañino cañoneo y no podrían resistir el asalto enemigo. Kütahi subió al Museo con los que iban a atacar y observó lo que pasaba, esperando el momento para dar la señal de asalto; pero en el ínterin ve con sus propios ojos cómo con sólo dos cañones de la Acrópolis son destrozadas sus baterías, muertos sus artilleros y dispersados los guardianes de las piezas. También ve a los asediados firmes en sus puestos, y las andanadas que él dispara incapaces de causar daño a pesar de su cantidad y densidad, por lo que se amilanan los bárbaros y dejan la misión sin terminar, bajando avergonzados del Museo junto con Kütahi. A su vez los de la Roca, al verlos bajando por aquí y por allí, les lanzan palabras de escarnio y se ríen de este drama; fue el 6 de enero de 1827.
La noche del mismo día en que se terminó el túnel que desbarató los del enemigo que tenían como fin derribar el bastión –según dijimos–, se decide que después de la explosión de la mina los nuestros ocupen la Presentación, a pesar de sus fuertes defensas. Era realmente una intentona muy arriesgada, pero la decisión venció cualquier dificultad; así que a eso de la medianoche se prende fuego a la mina. La explosión resultó aterradora, y volaron por el aire muchos cascotes; el temblor de tierra fue igualmente fuerte, tanto es así que se sintió en la Acrópolis; estaba a 18 brazas del bastión. Los enemigos se alteraron como es lógico y, de los que estaban haciendo las galerías, unos escaparon a la muerte y otros quedaron enterrados por la avalancha. Los griegos designados para la toma de la Presentación, en número de cuarenta, saltan adentro y matan, ponen en fuga o hacen prisioneros a los guardianes y vuelven a sus posiciones después de arramblar con todo lo que encuentran.
El objetivo de esta misión no era entrar y luego salir sino ganar la posición, y que el enemigo no la poseyera para fastidiarnos con incesantes obras de minería. Cuando se les echó en cara esto, respondieron: “Si el enemigo prueba otra mina, estamos dispuestos a hacer lo mismo por segunda vez; y sin la ayuda de un túnel.” En tanto, el tiroteo continúa por ambas partes sin parar ni un día. El enemigo, informado de que en el templo de Erecteo (esa bella y singular reliquia inmortal de la Antigüedad) vive la familia de Guras con sus parientes, vuelve los cañones contra él con el objeto de causar daño y, por desgracia, se quiebra una columna y el capitel de otra; como había mucho peso encima (ya que Guras, para que la techumbre del edificio quedara indemne frente a las bombas que caían, había acumulado encima mucha tierra, lo cual funcionó contra las 203


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bombas), al faltar el soporte de esas dos columnas, la pesadísima cubierta no pudo quedar inmóvil encima del vacío que se produjo y se vino abajo, aplastando a once personas: la viuda de Guras, la hermana de ésta –Kármena– con sus cuatro hijas, una prima de Guras, una sirvienta y tres niños, de los cuales el que respondía al nombre de Leónardos, hijo de una ateniense y con 14 años, era un joven bueno y valiente, en el que había muchas esperanzas depositadas. Sobrevivieron otras cuatro personas que estaban dentro durmiendo. Ocurrió esto a las ocho de la noche que dio paso al 13 de enero.
En el momento del desescombro, la mujer de Guras estaba aún caliente, pues no expiró inmediatamente debido a que el edredón le suministró aire.
No creo superfluo señalar el deseo del difunto Guras respecto a su pareja pocos días antes de la reclusión: hablando sobre la inminente situación y los siguientes sucesos, le dijo: “Hermana, si guardas el honor de tu marido después de muerto, que Dios te conserve sana y, de todo corazón, te pido que disfrutes con la mayor tranquilidad de todo lo que te dejo en mi testamento; pero si eres infiel y me olvidas, ojalá te envíe Dios detrás de mí.” Este deseo tuvo tal cumplimiento: el hermano de ella, Anastasios Lidorikis, nada más enterarse de la muerte de Guras va a ver a N. Krieziotis y se la ofrece como esposa; con la llegada de Krieziotis a la Roca, le comunica a ella por carta el acuerdo, aconsejándola y exhortándola que consienta la relación, pues en Krieziotis hallará otro Guras; y así fue como la fiel mujer se entendió enseguida con Krieziotis, sin guardar el luto al menos hasta salir de la Roca.
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CAPÍTULO VIII
El gobierno griego, compuesto por Andreas Zaímis72 como presidente y Petros Mavromichalis73, Anagnostis Deligianis, Spyridon Trikupis, Ioannis Vlachos74, Tzamadós, Chatzí Anárgyros, Dimitrakópulos, Anagnostis Monarchidis y Konstandinos Zotos, luchó con todas sus fuerzas por la salvación de Atenas, especialmente Vlachos, que desde su puesto no se permitió ninguna oportunidad para desentenderse y no hacer nada por su querida tierra natal.
Dicho gobierno, sabedor de las carencias y necesidades de los asediados y teniendo a la vista la fuerza del sitiador, la cual no podía agotarse por muchas que fueran las reacciones de los encerrados, removió piedra por piedra para establecer otro campamento en el Ática, aparte del que estaba al mando del general Karaiskakis. Este ejército estaba integrado por los cabecillas Vassos Mavrovuniotis, Io. Notarás, Panagiotis Notarás, Makrygiannis, Prokopios 72
Este ilustre varón, uno de los protagonistas y campeones de la libertad, murió en Atenas el cuatro de mayo de 1840, y sus exequias se celebraron solemnemente. Tenía unos cincuenta años de edad.
73 Sobre este hombre vuelvo a decir lo que dije en otra ocasión, con motivo de su fallecimiento: que la divina Providencia, en su designio, lo había hecho objeto de su elección para ser la primera piedra sobre la que se construyó la liberación de la Patria.
Cuando Jesús dijo a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia”, no dio a entender que encargaba exclusivamente a Pedro toda la obra de construcción –pues tenía otros apóstoles igual de entregados y fieles–, sino que quiso enseñar a los discípulos que para toda obra grata a Dios, para toda empresa querida por Él, para todo sistema filantrópico por el bien común, la divina Providencia elige el centro desde el cual van a movilizarse los instrumentos de la hazaña. La divina Providencia decidió liberar a la nación griega, pero tuvo que elegir a la persona sobre la que se concentraran los demás elegidos para la gran empresa. Y he aquí que al hombre de su elección le había reservado el nombre de Pedro, para decirle a él lo que le había dicho a San Pedro Apóstol: “Tú eres Pedro, y sobre esa piedra edificaré la libertad de mi pueblo”. El hombre fuerte de Mani, Petros Mavromichalis, fue el primero que izó la enseña de la cruz en defensa de la Fe y de la Patria. Murió el 17 de enero de 1848, a la edad de setenta y seis años.
74 Este renombrado ateniense murió el 28 de diciembre de 1842 a la edad de 45 años, dejando viuda y ocho hijos, seis varones y dos hembras, de los cuales el mayor es Aléxandros Vlachos, joven de buenos hábitos y noble conducta.
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Kantzandonis y Dimitrios Búrbachis75. A estos se unió el batallón de regulares al mando del cefalenio Charálambos Inglesis.
Al llegar estas unidades a Salamina con un monto total de unos seis mil, se divide en dos; la primera, al mando de Vassos, Búrbachis, P. Notarás y Prokopios Katzandonis, parte de Eleusis por tierra y se posiciona en Kamateró76, mientras la otra, bajo Io. Notarás, Makrygiannis e Inglesis, desembarca en Falero sincronizadamente con los de Kamateró, la noche anterior al 25 de enero. Participaron en esta expedición importantes filohelenos que concurrían ardorosamente a pelear junto a los griegos, y sobre todo en la lucha por Atenas. Entre estos filohelenos estaba el coronel Gordon*, que asumió a sus expensas la costosa travesía por mar del ejército, y el coronel Karl Heideck con otros oficiales bávaros**. Auxiliaban a este ejército tres buques: el Kartería, propulsado a vapor y mandado por el intrépido Hastings, y dos bricks de Psará, uno de Gianitzis y el otro de Dimitrios P. Nikolís.
Nada más desembarcar los griegos en Muniquia y verlos el cuerpo de guardia turco sobre la colina llamada Kastela, disparan contra la vanguardia; pero éstos, alzando a una sola voz el grito de guerra, aterrorizan a los enemigos, que huyen a refugiarse en el monasterio de San Espiridón y la torre de Teloni; los nuestros se afanaron al instante en los baluartes y fortificaciones sobre Kastela y alrededor de Kastela y, tras emplazar nueve cañones en la loma, la transformaron en fortín. Componían este contingente quinientos regulares con veinte filohelenos, otros quinientos atenienses y casi mil con I. Notarás.
Los de la ciudadela, al ver antorchas (luces) en Kamateró y antorchas en Muniquia y el Pireo, nos llenamos de alegría, pues habíamos sido informados de antemano; pero no nos hicimos ilusiones.
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Puesto que este hombre aparece casi por primera vez en los hechos de Grecia y se marchó de inmediato, es necesario que aclaremos tanto su celo como su disposición en defensa de la Patria: sirvió mucho tiempo a Francia, en cuyos ejércitos luchó 23 años, y por su capacidad y valor guerrero fue ascendido al grado de coronel; movido por su ardor patriótico, decidió batirse por su tierra natal; al venir a Grecia, comunica su intención al gobierno y le pide permiso para enrolar a sus expensas a cuantos pueda además de alimentarlos, e ir a donde se le ordene. El gobierno aceptó su solicitud con alegría y así, tras enrolar a unos 800, se unió a los mencionados caudillos.
76 Esta pequeña aldea fue fundada a mediados del siglo XVIII. Su primer habitante era de Chastiá y se llamaba Kamaterós, y de él recibió el nombre. Cercano por el norte está el antiguo demo de Fréarros, llamado hoy Zofréarri, despoblado desde hace muchos años.
* Thomas Gordon, autor de History of the Greek Revolution (1832), Vd bibliografía.
** Cf. Trikupis IV, pág. 41 s.
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Al insinuarse el día entra el vapor en el puerto del Pireo y comienza a cañonear el monasterio y la torre de Teloni, donde había enemigos encerrados. El fuego duró todo el día. El enemigo es dominado por una extrema impotencia y perturbación; quiere salvar a los del monasterio y la torre, pero no puede. Envía unos 100 jinetes en su auxilio, pero vuelven heridos y sin conseguir nada. Después manda a varios hacia Keratópyrgos para conservar dicha posición; emplaza un cañón en Livadi para acertar desde allí al vapor, pero no le hizo ningún daño. El vapor prosigue el fuego, derriba los muros del monasterio, destroza la torre.
El enemigo medita sobre estos dos batallones griegos en Kamateró y en el Pireo y, viendo más débil al de Kamateró, decide combatir primero a éste; si lo destruye, atemorizará al otro y así no le será difícil derrotarlo también.
Así pues, se pone en marcha con dos mil efectivos de caballería e infantería y además dos cañones, y forma frente a los de Kamateró el 27 del mismo mes a la salida del sol. Los nuestros estaban dentro de dos trincheras, pero no fortificadas. El enemigo, después de cañonear un rato contra las defensas, se lanza hacia ellas y pone en fuga a los nuestros a hierro y fuego. Muere Prokopios Katzandonis luchando heroicamente en su puesto junto con otros sesenta atenienses, los más ardientes en el amor a la madre patria. Este joven era valiente, honorable y patriota; realizó acciones elogiables y útiles desde el principio de la sagrada lucha; era sobrino de Georgios, Anastasios y Mitros Lekkas, y tenía 28 años; la muerte de este excelente joven entristeció a muchos, pues era muy querido. La ciudad perdió a un buen ciudadano, y con él murió también el noble Anagnostis Kiurkatiotis de Menidi, hombre de avanzada edad pero joven de espíritu, que fue desde siempre jefe de las guerrillas de la villa de Menidi y se mostró como un buen ciudadano. De los griegos murieron en total en torno a 200, entre ellos el buen patriota Búrbachis*.
La causa de la derrota fue que Vassos77, acostumbrado desde hacía cinco 77
La Epanástasis elevó a muchos humildes y los hizo grandes: entre otros muchos, convirtió a Vassos Mavrovuniotis de modesto y vil en ilustre general griego. Este hombre apareció por primera vez en Atenas a temprana edad en 1820, cuando fue encarcelado por la autoridad local por la denuncia de un otomano de Esmirna mudado aquí, que lo acusaba de robo en la ciudad minorasiática, pues era ladrón.
Fue liberado al poco tiempo e incluido como soldado en el cuerpo expedicionario contra el rebelde Alí Pachá de Ioánnina. La causa de su incorporación a filas fue la siguiente: por parte de la autoridad se exigió a la comunidad cristiana de Atenas enviar 120 soldados contra el mencionado rebelde, y la comunidad reclutó como uno * Cf. Trikupis IV, pág. 78.
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años a las batallas irregulares, reconoció que no estaban bien fortificados en la posición donde se habían emplazado y, así, propuso la retirada antes que el enemigo formara enfrente (aunque habría que haberse ocupado de reforzar las zanjas); y Búrbachis, no acostumbrado a las guerras de guerrillas y desconocedor tanto de los griegos como de los turcos, a los que despreciaba por ser guerrilleros siendo él el único regular, consideró la posición defendible y se quedó, diciendo que el enemigo no podría dispersarlos siendo él el jefe. Y Vassos y los suyos, para no enfriar su ardor guerrero y no pasar por cobardes por la retirada, ceden su opinión y aguardan al enemigo.
Después de la victoria, Kütahi vuelve a Patisia y a la noche envía a los sitiados la presente carta por medio de un lugareño capturado en la batalla: 27 de enero de 1827, Campamento de Atenas.
A los Jefes N. Krieziotis, Stathis Katzikogiannis y demás notables asediados en la ciudadela de Atenas: ya habéis visto con vuestros propios ojos lo que he hecho hoy antes del almuerzo contra vuestros compatriotas que ve-
de ellos a Vassos para sacarlo de la cárcel, pues según la ley turca los delincuentes se ganan el perdón haciéndose soldados. El comandante Lukas Protomástoris lo nombró portaestandarte por su estatura, ya que era alto y se le distinguía muy bien. A continuación, terminada la guerra contra Alí Pachá, marchó de incógnito a Constantinopla y cuando la Epanástasis volvió a Atenas, y de aquí a Eubea, donde llegó a comandante. Llevando una vida disoluta y violenta, irrumpe en una boda en la aldea de Krieziá, rapta a la novia y la viola. Enterado de esto el bandolero del lugar, N.
Krieziotis, prende a Vassos y, después de propinarle una paliza de las de su estilo, lo envió maniatado al alcaide de Atenas, Guras, en la primavera de 1823. Guras lo tuvo encerrado una semana en el calabozo de la ciudadela y lo soltó a instancias de ciertos oficiales de su guarnición pero, al soltarlo, le dijo: “Ten cuidado de no cometer por segunda vez tan vergonzoso delito, porque si te mandan otra vez a mis manos por lo mismo, te corto la cabeza”.
Vassos se marchó de allí y volvió a Eubea donde, echándose a los pies de Krieziotis, pidió perdón y se puso a su disposición. Krieziotis, sensible por naturaleza a las súplicas de sus enemigos, lo perdonó; a partir de entonces, Vassos se pegó a Krieziotis y formó un nuevo cuerpo de soldados, siendo los dos inseparables la mayor parte del tiempo, hasta el final de la Epanástasis.
Vassos era más intuitivo que Krieziotis, pues era más malhechor. Pero con el paso del tiempo se volvió sensato y decente y fue cada vez a más, llegando a ser edecán del rey. En cierta ocasión, dijo en una reunión de amigos: “En mi vida he encontrado a nadie más asombroso que yo mismo en lo que se refiere a cambiar.” Y añadió: “Siempre que pienso en mi vida antes de la Epanástasis y después en la posición y el estado en que me encuentro ahora, me quedo tan pasmado que dudo si soy el mismo que antes de la Epanástasis.” Murió de enfermedad el diez de junio de 1847, a la edad de cincuenta y dos años.
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nían en vuestro auxilio y acamparon en Kamateró, vuestra única esperanza de salvación; quizás hayáis revuelto en vuestras mentes por qué tardé tanto en destrozarlos, pero no había otro motivo que el de que estuve ocupado en disponer las tropas destinadas contra vuestros compatriotas en Drako (el Pireo); pero en cuanto me libré de esa tarea, llegó el célebre día que no os puedo describir, si os digo la verdad, a menos que os informéis por las palabras del portador. Ved por tanto que no tenéis ninguna esperanza de salvación, y os digo que todas estas victorias con que me obsequia Dios provienen de mi humanitario propósito: sólo deseo la paz para la comunidad y lo conveniente para cada cual ¿Por qué os lo digo? Si también vosotros deseáis vuestro propio bien, decidíos a salir de ahí; el que lo desee puede volver a nuestro servicio; el que no, tiene licencia para irse a donde quiera. No os digo más que, si queréis, elegid lo que os sea de más provecho. Espero vuestra respuesta mañana. Salud.
Leída la carta, aunque tristes por la derrota de los nuestros, nos alegramos por dos motivos: primero, porque aprovechamos la ocasión para tener entretenido al enemigo dos días o tres mientras se fortificaban bien los que estaban en Muniquia, para no sufrir la misma suerte que en Kamateró; y segundo, porque dedujimos que el enemigo se encontraba en una situación complicada y, no pudiendo expugnarnos, nos mete prisa tratando de engañarnos con su victoria, pues nos cree atemorizados. Llegado el día, pide la respuesta. “Mañana responderemos”, le decimos, y él asiente. Al día siguiente vuelve a pedir la respuesta; nosotros le volvemos a decir que espere hasta mañana, pues tenemos que pensar sobre tan gran e importante asunto; hace caso el enemigo, pensando quizá que conseguirá sus propósitos. Al tercer día, cuando esperaba tener por escrito la respuesta, oye de nuevo: “Mañana”. Entonces supo que estaba siendo objeto de burla y engaño y, reuniendo al punto sus fuerzas, marcha bien pertrechado a combatir a los del Pireo y, sobre todo, Kastela. Y, tomando posiciones en la llanura de Livadi y el monasterio, emplazó cuatro cañones y, con la caballería rodeándole, dio comienzo a la batalla después de salir el sol el 30 de enero. Los nuestros, bien fortificados y formados como es debido, responden con tremendo fuego; desde el puerto, el Kartería de Hastings fulminaba al enemigo y los dos barcos de Psará lo acompañaban desde el otro lado; los de Kastela cañoneaban a través de diez bocas, y desde las trincheras se disparaban los fusiles en cuanto el enemigo se ponía a tiro. El fuego duró mucho rato por ambas partes. El 209


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enemigo, golpeado por un fuego de los griegos tan intenso como nunca había experimentado, no sólo no osaba un asalto según su costumbre, sino que no pudo ni mantener sus posiciones pues los nuestros, teniendo a la vista la gran mortandad de enemigos, se lanzaron contra ellos y en el primer embate los desalojaron; queriendo el enemigo recuperar las posiciones, son rechazados de nuevo con grandes pérdidas y no se aventuran ya a volver, dispersándose en todas direcciones, unos hacia Patisia, otros a la ciudad y otros a donde sea. Al atardecer se llevan los muertos y heridos a la ciudad o a Patisia.
Casi todos nuestros jefes de guerrillas destacaron en esta batalla. El general Makrygiannis, que ocupó un destacado lugar, hizo un brillante elogio de los atenienses a su mando. Eran lugartenientes en su grupo Dim. Al. Venizelos78 y Sp. Dondás, que aportaron mucho gracias a su arrojo; ambos dos fueron luchadores valerosos desde el principio al fin de la contienda. Los de la ciudadela, al ver con sus propios ojos la espléndida victoria de los nuestros, se llenaron de alegría, persuadidos de que el enemigo no podría en adelante desalojar a los nuestros del Pireo.
El enemigo ve a los griegos fortificados en Muniquia y el Pireo, a los suyos acorralados en el monasterio; ve que ahora tendrá que combatir dos ciudadelas, la Acrópolis y Kastela, y piensa que, aunque tome la Acrópolis, no podrá expulsar a los que ocupan el Pireo, apoyados por mar como están; por lo tanto, antes que lleguen a unirse otras fuerzas, lo cual iba a ocurrir con aquellos que huyeron de Kamateró, decide probar fortuna una vez más contra los del Pireo. Así que el uno de febrero marcha contra los nuestros con un despliegue superior, pero no osa aproximarse; ve a los suyos asustados y cobardes por la derrota del día anterior, pero a pesar de ello intenta darles ánimos; les recuerda anteriores victorias y así los arroja al combate, que resulta encarnizado y dura casi cuatro horas; al ver que caen muertos sin poder hacer daño a los nuestros ni liberar a los del monasterio, se dan de nuevo a la fuga. Cobran aún más confianza los del Pireo, y conciben las mayores ilusiones. Al ver la derrota enemiga, los de la fortaleza brincan alegres y se disponen a caer sobre las trincheras que rodean la Roca, pero un imprevisto aplaza la decisión. Murieron alrededor de ochocientos enemigos en las dos batallas del Pireo, si hay que creer a los buenos albaneses que no cesaban de comunicarnos lo que les hacíamos; de los nuestros no murieron más de diez.
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Este era hermano de Paleólogos y Spyridon Venizelos.
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A pesar de ello el enemigo no descansa, no duerme, sólo atiende a una cosa y permanece fijo, esperando siempre conseguir sus fines; instala cañones en el Pireo, abre fosos, monta guardias delante de los nuestros; contra los encerrados prosigue con las familiares andanadas y reparando las fortificaciones, que los de la ciudadela no cesaban de golpear y echar abajo. Está convencido de que en tanto los nuestros conserven el Pireo en su poder no podrá adueñarse de la ciudadela, pues no confiaba en el éxito de los túneles; igualmente estaba informado de que no íbamos a padecer falta de provisiones; después de un tiempo considerable, decide un tercer choque en el Pireo.
Era una decisión sensata y un juicio correcto, pues decía a los de su círculo: “¿De qué nos sirve domeñar la Acrópolis mientras los griegos posean el Pireo y puedan resistir allí en seguridad, habiendo establecido otra fortaleza en Kastela y teniendo el mar en su poder? El Pireo será para nosotros peor que Mesolongui, ya que tienen cerca Salamina y Egina, y además Hydra y Spetzes (Trikárino); por lo cual nuestra escuadra nunca podrá entrar en el Pireo mientras naveguen alrededor tantas embarcaciones griegas. Por eso, es necesario de toda necesidad que probemos fortuna otra vez contra los infieles, y confío en el auxilio divino impetrado por nuestro gran rey para destrozar al enemigo y obligarlo a huir hacia el mar y que busque en él la salvación. Dios Todopoderoso no ha humillado hasta ahora nuestros ímpetus guerreros, y espero que ahora no nos deje avergonzados; seguro que los infieles han comenzado a desertar del Pireo y a desobedecer a sus jefes, como han hecho muchas otras veces.” Estas y otras razones parecidas esgrimió Kütahi, y los de su alrededor elogiaron su discurso al unísono, mostrándose de acuerdo con su decisión.
El 20 de febrero fue el día de la batalla, fecha que el enemigo consideraba idónea por tal causa: los nuestros quisieron desplegarse por toda la zona de Falero, para ocupar más posiciones; así que el ateniense Sp. Dondás, Georgios Skurtaniotis y Ch. Nikas con Bekiaris tomó cada uno una de las tres torres sitas en el lugar llamado Vostania. Cuando estuvieron dentro de las torres todos los que se necesitaban, el resto tomó posiciones en los surcos, o más bien pequeños fosos de Vostania, diseñados años antes para desaguar en el mar, pues este lugar es muy inundable.
El enemigo, al ver a los nuestros allí posicionados, creyó fácil aplastarlos y a continuación, una vez que tuviera aterrorizados a los de Kastela, apoderarse del Pireo mediante la masacre de los ocupantes; ante todo tenía buenas perspectivas, porque el fuego del vapor no llegaba hasta allí, ni podían 211


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dañarle los cañones de Kastela. Recorría la costa un brick de Psará, pero no era capaz de causarle gran estrago.
Así que antes de salir el sol ataca el enemigo con gran despliegue de infantería, caballería y artillería, y emplaza cañones de gran tamaño ante las torres.
Comienza la batalla con todo ardor por ambas partes. El enemigo decía: “Hoy es un día crucial para mi suerte y mi gloria.” Y los nuestros: “Si vencemos hoy, hemos salvado a Atenas; si no, estamos perdidos sin remisión”. El enemigo se entusiasma y con gritos de guerra se lanza contra los nuestros para reducirlos dentro de los desagües, pero ve ante sus ojos una pila de cadáveres y no puede proseguir. Continúa incesante el fuego; vuelve a animar a los suyos con palabras de coraje, insiste en el asalto y se encuentra con lo mismo de antes; retrocede muy molesto y dice: “No me iré de aquí sin desplazar a los infieles de sus posiciones; mi gloria se esfuma, peligra mi vida.” Firme en su resolución y con ánimo valiente, aumenta el fuego de artillería para extenuar a los nuestros y, finalmente, se lanza con ímpetu contra ellos por tercera vez; siente realmente que el valor griego le supera; nunca lo había experimentado, como él mismo ha de confesar. A pesar de todo y tras tantos ensayos, no se descorazona; permanece luchando todo el día y, de hora en hora, intenta la destrucción de los nuestros; es elogiable la persistencia de ambas partes, pero no son comparables el valor y la entereza: el enemigo tenía más de 1.000 jinetes, los nuestros ni un caballo; el enemigo tenía por encima de los tres mil de a pie, los nuestros no llegaban a quinientos; el enemigo tenía un nutrido fuego de artillería, los nuestros únicamente fusiles y pistolas. Ese día acudió en auxilio el batallón regular a las órdenes de Ch. Inglesis, tomando posición delante de las trincheras y frente a la caballería, para interrumpir como fuera sus embestidas. Ese día cayeron unos 850 enemigos si creemos a nuestros amigos los albaneses, y fueron grave o levemente heridos 1.200; de los nuestros murieron 10 y fueron heridos veinte, la mayoría de levedad, y tomaron cinco banderas enemigas.
El clamor de esta brillante victoria causó gran alegría cuando se difundió entre los griegos. Tanto que Th. Farmakidis, redactor jefe del Diario General de la Hélade, hombre fidedigno y veraz, informado de que dicho triunfo se debía en gran parte a los de Atenas que ocupaban la posición de Vostania, publicó lo que sigue que copio literalmente, para no decirlo con mis propias palabras y parecer presumido por elogiar a mis paisanos (Vd. Diario Gen.
nº 31, 23 de febrero de 1827): “Pero habiendo hablado muchas veces sobre Atenas y lo acontecido en ella, consideramos justo decir también unas pocas 212


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palabras sobre los atenienses, pues lucharon y luchan sin descanso y se sacrifican por la salvación de toda la patria, y ahora por la suya chica, la cuna de Pericles. Sabido es que ninguna fortaleza griega tomada al enemigo ha sido sitiada desde el principio tan estrechamente como la Acrópolis de Atenas, tomada a los turcos. Y en ninguna otra fortaleza se osó un asalto como el que osaron los atenienses contra la Acrópolis, y esto ya en el primer año de la guerra, cuando los griegos estaban aún dominados en su espíritu por el miedo a los tiranos y desprovistos de armas; pero dejando para otra ocasión las anteriores hazañas de los atenienses, pasemos a sus hechos más recientes. Cuando Kütahi llegó al Ática, ellos no dejaron de guerrear, defendiendo heroicamente la ciudad de Atenas durante unos dos meses con la ayuda de otros pocos griegos, y se recluyeron ochocientos en la Acrópolis y decidieron salvar de las manos enemigas aquellos venerables muros o ser enterrados bajo ellos. No esperando un asedio tan largo, se encerraron tal como estaban y se encontraron durante el cerco expuestos a muchísimas privaciones y a las crudezas del invierno, que sólo el noble sentimiento del fervoroso amor a la patria puede hacer soportables; muchos han sido muertos o heridos, porque se lanzaron más al peligro ya que luchaban en defensa de su propio suelo; pero cuantos atenienses se hallaron estando fuera de la Acrópolis, no por eso dejaron de preocuparse y batallar por Atenas; en los choques de Chaidari hubo muchos atenienses, y bastantes tuvieron la desgracia de ser muertos o heridos, y algunos de caer prisioneros en manos del enemigo. . . . . . . . . . . . Finalmente, cuando se decidió la campaña para levantar el sitio de la Acrópolis, los atenienses acudieron animosamente; unos por tierra, muriendo bastantes en Kamateró, entre ellos el honorable y valiente Prokopios, sobrino de los hermanos Lekkas, y Chatsí Anagnostis Kiurtakiotis, provecto en edad pero joven de espíritu; y otros por mar al Pireo, a las órdenes del excelente general Makrygiannis, y en este campamento mientras ellos desembarcaron los primeros, también trabajaron con gran denuedo en la fortificación. . . . . . . . . . . . .” Estas palabras no son encomiásticas, son un relato verdadero, que adolece más bien de omisiones, y no de exageración.
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CAPÍTULO IX
La exposición sobre los héroes del Pireo y Keratini79 me obliga a dejar por un momento a los de la Acrópolis, porque la llegada allí del general Karaiskakis hizo que ocurrieran en el Ática grandes e importantes acontecimientos.
Los de la Roca, como veían lentitud y dificultad en levantar el asedio, como veían que los víveres menguaban y faltaban los demás artículos de primera necesidad, que los desestabilizadores proponían la fuga etc., escriben repetidamente a los de fuera y a los políticos para que actúen, y que Karaiskakis en persona venga con el ejército al Pireo donde, unidas las fuerzas griegas, puede batir al enemigo y levantar el cerco.
Así pues el general en jefe, tras recibir diversas cartas sobre este tema, una vez que dispuso y organizó los asuntos de Grecia Continental y había expulsado a los turcos de todas partes, vino a Eleusis donde, tras meditar sobre la situación, ocupa Keratini la noche del tres de marzo y se dedica con fruición a fortificarse, adelantándose a la diligencia y actividad del enemigo.
Kütahi, al ver destruidas sus fuerzas en Grecia Continental, alzados todos los pobladores, cortada la comunicación con Zituni (Lamia) y con los demás lugares y al valeroso y digno Karaiskakis en el Ática frente a él, se apoderó de él un gran pavor*; teniendo pues todas sus fuerzas concentradas en Atenas, cuando vio Keratini tomada por otro contingente griego, se amargó sobremanera; sin embargo no pierde la confianza y se apresta a atacar allí, antes que el enemigo se haga fuerte; rápido como es en sus empresas, marcha la mañana del mismo día en que apareció la fuerza griega en Keratini, no 79
Se encuentra al norte del Pireo, donde el antiguo puerto de Forá. Fue llamada Keratini por la abundancia de algarrobos (κερατιές) que había en esta tierra, conservados hasta la Insurrección, y que durante ésta fueron talados por las tropas o por los leñadores y luego han comenzado a rebrotar.
En cambio, la aldea de Keratea del Ática fue llamada así por traducción del albanés, pues el demo de Firne de los antiguos cambió durante la decadencia a Fryni, y luego a Pryni, de modo que los albaneses que se establecieron en este lugar lo rebautizaron Keratea, pues pryn en albanés significa “cuerno”; no querían oír en su lengua esa palabrota, cuerno.
* Mantenemos el anacoluto del original.
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para entablar batalla formal, sino para examinar las posiciones tomadas, las fortificaciones y el número de combatientes, y para comprobar por medio de escaramuzas el arrojo de la fuerza recién llegada. A pesar de ello, a eso del mediodía la refriega se convirtió en batalla, porque los griegos estaban dispuestos y prontos a emprenderla; llegó la caballería enemiga, y mucha infantería desde Patisia, de modo que Kütahi aceptó el desafío de los nuestros, pues se posicionó en las lomas y eminencias del terreno y corría con la caballería a donde se le antojaba; los griegos estaban en el llano. Viendo el enemigo que no puede hacerles daño por no estar preparado de la forma requerida, cuando vio a los suyos darse a la fuga y ser diezmados, suspende el combate y vuelve al atardecer a Patisia, donde estuvo toda la noche preparando lo referente a la batalla del día siguiente.
Así que el cuatro de marzo, al salir el sol, marcha hacia Keratini con todo el ejército, llevando unos seis mil efectivos de infantería y por encima de 800 jinetes; nuestra caballería, al mando del capitán Chatzí Michalis, se componía de 64 caballos y el mismo número de infantes. Esta caballería griega, escoltada por unos pocos de infantería, se colocó frente a la enemiga y ambas se estuvieron mirando inmóviles bastante rato. Era un disparate que los sesenta jinetes entrasen en trifulca con los 800. El enemigo intenta primero golpear la trinchera de enfrente, que circundaba una alquería ocupada por los oficiales más notables del general en jefe, que son: Alexios Grivas de Gardiki, Athanasios Tusas, Georgios Vaias, Ioannis Rukis, Io. Farmakis de Kravvara, Petros Farmakis y Andonios Vútiros. El enemigo instala bastantes cañones y golpea sin cesar dicho caserón, abate las paredes y ensordece a los ocupantes; pero éstos, impertérritos e indómitos ante el tremendo fuego que les llegaba cargado de pesado hierro y granadas incendiarias, no abandonan su puesto. El enemigo derriba el accesorio hasta los cimientos, con lo que los deja sin protección. No obstante, cavan un agujero y se resguardan en él. El enemigo, pertinaz ante tanta firmeza y fuerza de voluntad, después de arrojarles trescientas balas de cañón (fueron recontadas) y otras tantas granadas, lanza ahora las tropas al asalto dentro del foso. Gritan los turcos con frenesí y atacan con empuje; pero los nuestros, imbatibles, toman los fusiles y, cuando están cerca los enemigos, tumban a 200. Los que vienen detrás, al ver a los de delante muertos a sus pies, no pueden proseguir ni levantar los cadáveres. Los nuestros se encorajinan, saltan fuera del foso, caen sobre los enemigos y mueren matando, hasta que los vivos vuelven a sus parapetos. La hazaña es realmente asombrosa, y sin igual el valor de los del accesorio. Esta 216


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acción se considera sin disputa digna de galardón. Pero al mismo tiempo el enemigo luchaba contra las demás trincheras con su fuerza dividida en tres para atender a sus propias tareas, por lo cual no tenían tiempo de acudir en auxilio de los del caserón. Mientras tanto, el enfrentamiento entre las dos desiguales caballerías atraía la curiosidad de los que contemplaban la lucha desde lejos; y al final –¡extraño y admirable de ver!– la poco numerosa de los griegos poniendo en fuga al enorme tropel de jinetes, que huyen como perseguidos por leones; y también vieras allí la huida en masa del enemigo desde todas sus posiciones, y el ser perseguido buscando refugio en Patisia y en la ciudad. Los de la fortaleza ven una incesante sucesión de muertos y heridos como nunca habían visto otra igual; el número de enemigos matados ascendió a 400 y el de heridos a 600, según el recuento de los albaneses que solían comunicarnos tales datos. Este acontecimiento afligió a Kütahi porque se veía en peligro no sólo por parte de los griegos, sino también por la del sultán, que tomaría por un engaño sus palabras en el informe que le decía que toda Grecia Continental estaba en su poder y que dentro de poco conseguiría el sometimiento de Atenas con la toma de la ciudadela, y otras cosas así; de modo que día y noche estaba en gran inquietud y desánimo, y casi desesperó de la sumisión de Atenas. A pesar de todo, permanecía firme en la decisión de expugnarla o perderse aquí, pues no tenía otro sitio donde esconderse o ganarse la vida.
Por lo tanto, después de asegurar las fortificaciones en torno a la Roca con la tropa suficiente para contener a los encerrados en ella, tomó el resto del ejército y se situó alrededor del Pireo y Keratini en distintos cercados, y casi diariamente había escaramuzas y frecuentes peleas, en todas las cuales ganaban los griegos, ya que las columnas militares griegas habían sido traídas de todos lados y sumaban más de diez mil, una vez que el general Karaiskakis escribió a todos los cabecillas del Peloponeso convocándoles a venir cuanto antes al campamento del Ática. Nunca jamás se había congregado un ejército griego tan numeroso; aquí estaban todos los jefes más valiosos de Grecia y la guarnición de Mesolongui.
Importantes correctivos recibió el enemigo el 13 de marzo y el 9, 13 y 16 de abril. El almirante Miaúlis, presente a bordo de la fragata Hélade, relata los hechos de la batalla del 13 de abril en una carta suya escrita el 14 del mismo mes (véase Diario gen. de Grecia nº 42, 23 de abril de 1827); pero yo he verificado este hecho del 13 de abril recurriendo a personas de solvencia que se hallaron en la batalla y lo expongo tal como transcurrió. El almirante en jefe 217


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Cochrane entró de mañana en el puerto con los buques y disparó andanadas contra el enemigo fortificado en el Pireo; algunos griegos de las fortificaciones próximas, al ver al enemigo aterrorizado por la arribada de las naves griegas y el bombardeo de éstas contra las defensas enemigas, y al advertir que estaba a punto de abandonar sus posiciones con un pequeño ataque, acechaban tensamente el momento de caer sobre ellos, como el cazador sobre la presa; y he aquí que algunos hydrenses bajan de los barcos a tierra firme con las armas en la mano y prestos al ataque; al ver los antedichos la ocasión propicia y dada una voz de ánimo, se lanzan junto con los hydrenses80 contra el bastión enemigo más próximo, y los turcos que hay en él huyen aterrorizados; les siguen otros griegos del grupo de Makrygiannis, que en un abrir y cerrar de ojos expulsan al enemigo de nueve reductos adueñándose de todo el Pireo, con la consecuencia de que fue interrumpida por completo la comunicación con los acorralados en el monasterio.
No nos es conocido el número de enemigos fallecidos; de los nuestros murieron diez en total. Y si nuestra caballería hubiera llegado un poco antes, la mortandad de los turcos habría sido mayor. Sólo comparecieron tres jinetes, de los cuales dos cayeron muertos y el tercero, Konst. Palaskas, herido en ambos brazos y matado su caballo, se salvó por poco.
Hemos dicho anteriormente que en el monasterio de San Espiridón había encerrados bastantes turcos que resistían con valor, aunque les cayeron encima los muros de las casas alcanzadas por los cañonazos del navío Hélade, que arrojó contra ellos más de 2.000 balas. Finalmente, sin provisiones ni esperanzas de auxilios que pudieran rescatarles y en vista de que se les propuso que salieran con acuerdos honorables y con las armas en su poder, se entregaron el 16 de abril, pero sucedió algo que convirtió el pacto en catástrofe. Relato lo sucedido tal como lo expuso el general en jefe Church al Consejo de Regencia de Grecia (vd. Diario Gen. de Grecia nº 41, 19 de abril): “… Cuando tuvo 80
Hay que reconocer que los de Hydra nunca han dejado de acudir en socorro de Atenas cuando la ocasión lo requería. Ante todo debemos gratitud a Konstandinos Methenitis que, en la campaña de Vrionis, tras entrar en el puerto con su barco, trabó batalla contra el enemigo y, luchando con coraje insuperable, estuvo en un peligro extremo al que escapó de milagro por un fallo de los bárbaros; desde entonces padeció de por vida una afección visual debida al denso humo de los cañonazos. Igualmente, Savvas Georgíu Trypu luchó por Atenas durante todo el período del encierro de los turcos en la fortaleza en el primer y segundo años de la Insurrección; así mismo, en el presente asedio dio muestras de valor a las órdenes del general Karaiskakis, por lo que se hizo acreedor de general reconocimiento por ese y otros sacrificios en favor de la Libertad.
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lugar el acuerdo con los turcos para que salieran del monasterio y después de tomar sus banderas, el general Karaiskakis los puso en formación delante de los muros del monasterio en la parte que da a tierra y, para seguridad de los mismos, colocó una línea de jinetes entre ellos y las tropas que ocupaban las posiciones cercanas al monasterio; puso además caballeros e infantes alrededor de la fila turca, y en el centro de la formación se situó el general Tzavelas con otros oficiales de los más conspicuos, como rehenes. También estaban presentes los jefes irregulares y de la caballería regular para proteger a los turcos, y en verdad se adoptaron todas las medidas para la seguridad de los prisioneros por parte del general Karaiskakis; él mismo se hallaba presente, y en medio de los turcos. De esa manera comenzó a moverse la columna turca desde el monasterio y a avanzar en formación; pero por desgracia, como en el campamento era creencia general que en el monasterio estaban el propio serasquier y otros de los más prominentes oficiales con diversas riquezas, un montón de combatientes entraron* en el monasterio desde una posición cercana con la esperanza de botín y, como no lo consiguieron, se pusieron a seguir a la columna turca; uno de ellos alargó la mano hacia el sable de un turco y le pidió que se lo diera; infortunadamente, el turco le disparó con su pistola, él le respondió con el fusil y así, en un momento, empezó el fuego de los revoltosos contra los turcos y de éstos contra los griegos. Los jefes y oficiales que custodiaban a los turcos también recibían tiros de los enloquecidos soldados y se salvaron con extrema dificultad, mientras diversos soldados morían.
Conforme estos soldados avanzaban, otros soldados se sumaban al cortejo desde distintas partes, hasta que llegaron al pie de una colina ocupada por los turcos, desde la cual las baterías de éstos abrieron fuego sobre la aglomeración, matando por desgracia a muchos de sus infortunados compatriotas, así como a muchos griegos. La confusión y el tumulto eran indescriptibles.
En ese instante ocurrió algo que causa gran honor al ejército griego: las dos primeras vanguardias del campamento, compuestas de suliotas al mando del general Vótsaris y del batallón del general Nikitas, sin pararse a pensar que se acercaban mucho al enemigo que les estaba disparando, corrieron a proteger el retroceso de los turcos, obligados a ello por el cañoneo, y les abrieron felizmente un camino de huida; y de esta manera se salvaron muchos. Por lo que dijo un oficial turco custodiado por el oficial de la caballería griega, parece que murieron hasta 130 turcos, y se salvaron otros tantos.” * Mantenemos la concordancia ad sensum del original.
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La culpa de este suceso fue sin duda del turco que disparó contra el griego; si el griego quería el sable del turco y este no quería perderlo, debía haber acudido inmediatamente al general Karaiskakis, y el griego no habría osado quitárselo a la fuerza; y si hubiera sucedido esto, el turco no habría perdido su sable, el general se lo habría devuelto.
Pero al final, a los griegos iba a sobrevenirles una terrible y enorme desgracia. El III Congreso de los griegos en Trezén nombró general en jefe de toda Grecia Continental al inglés Church, filoheleno, pero que se dejaba ver entonces en Grecia por primera vez; ni él conocía a los griegos en el carácter, ni en el espíritu, ni en la guerra –excepto a unos suliotas que conoció en Corcira–, ni los griegos lo conocían a él. El inglés tiene unas costumbres, el griego otras; una cosa es la guerra regular en Europa, y otra la de guerrillas entre griegos y turcos. El general griego Karaiskakis se indignaba en su orgullo y se entristecía en el corazón al ver la ingratitud de sus propios compatriotas griegos después de los brillantes éxitos que obtuvo. Dejando a un lado las hazañas anteriores a su generalato, en un breve período de tiempo liberó Grecia Continental de los turcos, consiguió aquella memorable victoria en Ráchova y redujo todas las fuerzas de Kütahi sólo a Atenas, lo cual habría tenido como consecuencia una completa victoria, el levantamiento del asedio y limpiar de enemigos a Grecia. Es verdad que Kütahi temía menos a la Nación entera que a la capacidad de Karaiskakis, según él mismo declaró a los suyos, tal como nos decían los propios albaneses hablando de él: “El sultán tiene un Rechid Pachá (es el verdadero nombre de Kütahi), los griegos un Karaiskakis.
Son dos leones que luchan entre sí. Alvanitiá* no teme a ningún otro capitán romano (griego) más que a Karaiskakis.” Y mucho más. El ejército griego, todos los oficiales y jefes no temían, no veneraban ni a la Nación ni al gobierno, sólo ante Karaiskakis sentían miedo y pavor, pero a la vez lo reverenciaban y amaban. Grecia no conoció otro caudillo81 más capaz y prudente que éste, 81
Solo el famoso Diákonos Athanasios de Dóride puede parangonarse a este gran hombre en nobleza, valor y capacidad; fue el primero de entre los cabecillas griegos que se levantó en armas en Grecia Continental contra los opresores y les infligió una gran matanza en pocos días. Reafirmó la tradición de los tiempos heroicos en Lamia, donde fue abandonado con seis hombres por engaño de ciertos cabecillas y se enfrentó en batalla a tres mil turcos de infantería y caballería; después de tumbar con el fuego y el sable en las manos a setenta enemigos y cinco caballos y de agotar todas las energías de su cuerpo, arrojó la espada al suelo ante los enemigos, cayó exhausto y
* La nación de los arvanitas, grupo étnico extendido por la zona procedente al parecer de Albania.
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tanto en la guerra como en el dirigir los ejércitos griegos de la Insurrección.
Era perspicaz, emprendedor y activo, valiente y temerario, y por eso murió.
He aquí cómo ocurrió su muerte: Pero debemos decir antes el sentimiento que tal vez lo llevó a morir: he dicho que su orgullo fue herido por el archigeneralato de Church, lo que le produjo un hondo rencor. En efecto, dijo a un amigo suyo: “Para conservar la gloria que he ganado hasta ahora me es necesario morir, porque mi orgullo no me permite soportar con indiferencia la ingratitud y el desprecio del Congreso de Trezén.” A pesar de ello, la entrega y la disposición crecieron en su ánimo y nunca habría dejado de hacer todo lo posible para salvar a Atenas, como él mismo proclamó a los que se hallaron presentes en el momento de su muerte según se dirá a continuación. Así fue el hecho: Unos cretenses de los nuestros apostados en Muniquia dispararon con sus fusiles de largo alcance desde la trinchera hacia un parapeto enemigo e hirieron a un turco que estaba fuera; salieron los de dentro para llevárselo y los nuestros, viendo que salían muchos, aumentaron el fuego, con lo que una insignificancia se transformó en algo importante. Corre la caballería enemiga en defensa de los suyos en peligro, acude igualmente Nikitas en auxilio de los nuestros, y la pelea se vuelve encarnizada. En Keratini, el valeroso Karaiskakis oye el tiroteo y cabalga hacia el lugar para, según se dice, poner fin a la batalla, presuntamente iniciada por orden suya. Siguen al general otros oficiales y se traban en combate con la caballería e infantería enemigas; allí fue herido mortalmente en la ingle el recordado Karaiskakis; también fue herido de gravedad por una bala de cañón el inglés Whitcomb, y Nikitas en la mandíbula, y algunos más de los oficiales. Nada más recibir la mortífera herida, es llevado a un buque (el del almirante Cochrane) para recibir la atención médica posible. Pero él, avezado desde su edad infantil en espadas y fusiles, experto en la condición de las heridas, supo por sí mismo desde que vio la suya que nada iban a poder los recursos médicos, y que se aproximaba el término de su vida. Después de hacer testamento con espíritu impasible, expresión serena y voz conmovedora, en presencia del almirante, el general en jefe y muchos caudillos, pronunció estas palabras finales: “Pesado fardo me cargó la Patria hace ya diez meses, cumplí con mi deber con muchos sacrificios; no me quefue apresado y sometido al bárbaro suplicio del empalamiento. De perenne recuerdo, es muy elogiado por su amor a la Fe y la Libertad.
(El personaje –con el nombre de Thanasis Diakos– y sus andanzas en Trikupis, tomo I, capítulos XII págs. 148-150 y XIV págs. 185-188. Nota del traductor).
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daba más que la vida: pues ahora se la entrego también. Mis camaradas (o sea, sus compañeros de armas) acaben lo que yo no he podido acabar junto a ellos. Que liberen Atenas.” Dicho esto, entregó su alma en las manos de Dios la noche del 23 de abril, el mismo día en que se celebra a su homónimo, el santo mártir San Jorge.
La muerte de este hombre entregó la Acrópolis en manos del enemigo, porque el campamento quedó huérfano, sin un guía capaz; había otros muchos jefes, muchos valientes, muchos aguerridos, pero no había otro Karaiskakis. Él fue el primer y último general de las fuerzas griegas. Aparte de las demás cualidades, tenía pasión por la libertad, por la grandilocuencia y por la persuasión, aun siendo ignorante e iletrado. Su madre era de Skolikariá, una aldea de los confines del reino, en Grecia Occidental, pero nació ilegítimo en Mavromati, una aldea de Ágrafa*; hasta la edad viril creció en la partida del famoso bandolero Katzandonis, que le enseñó los rudimentos de la bravura.
Después entró al servicio del célebre Alí Pachá de Ioánnina, que le destapó su carácter guerrero y generoso. Era de estatura media, tenía el rostro bronceado, los ojos grandes, la nariz pequeña y el bigote, largo. Su cuerpo era delgado y ágil; tenía una edad de 52 años. Fue llorado por todos como ningún otro, y fue el único que tuvo la fortuna de no dejar a su muerte a ningún griego como enemigo, ni entre los políticos ni entre los militares, mientras que antes de su generalato tenía muchos de ambos lados; y es que antes de él tenía otra ética y otra manera de conducirse, no digna de elogio. Su cadáver fue enterrado en Salamina con todas las honras correspondientes y con la concurrencia de todos sus allegados, consternados por la desgracia. El gobierno, al saber en Poros (Calauria)** de su muerte, le lloró en la forma acostumbrada. Cuando se divulgó el suceso en el congreso nacional de Trezén, que se celebraba aún, dispuso todo lo necesario para las honras fúnebres. Allí fueron el presidente del congreso con muchos representantes, y el general de los ejércitos del Peloponeso con muchos oficiales para asistir al acto y llorar juntos la muerte del gran hombre griego. A las nueve de la mañana da comienzo la ceremonia enfrente de Poros, en el territorio peloponesio. El féretro vacío, con tapa negra y coronado de laurel, a hombros de oficiales y escoltado por prela* Región montañosa al N. de la anterior, en la parte sudoccidental de la cordillera del Pindo.
** El gobierno se había instalado en esta isla del golfo Sarónico, llamada en la Antigüedad como pone el autor entre paréntesis y famosa por ser el lugar donde murió Demóstenes.
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dos, religiosos, militares y mucha gente del pueblo, fue llevado en formación hasta la hora fijada. Después del salmo que entonó el cortejo fúnebre, Spyr.
Trikupis pronunció un discurso digno del finado, cuyo contenido es una exposición veraz de los acontecimientos y hechos del homenajeado.
Para que se conozca mejor quién era Karaiskakis entre los griegos, expongo el presente bando del Congreso Nacional de Trezén: Al excelentísimo Sr. Contralmirante, al Excmo. General en Jefe y los muy nobles jefes y soldados que integran el campamento del Ática.
Nuestra Patria llora inconsolable la pérdida del más noble de sus hijos, llora y se lamenta, privada del firme adalid de sus sagrados derechos; llora al que rompió las nuevas cadenas de Grecia Continental, al famoso vencedor de Ráchova, el destructor de los tiranos; llora al marcial comandante en jefe Karaiskakis, que cayó gloriosamente luchando por la ilustre Atenas y, al expirar, no deseó otra cosa que la salvación de Atenas. ¡Grecia: llora a tu preciadísimo hijo! ¡Griegas: llevad luto por el defensor de vuestra honra! ¡Filohelenos, soldados griegos: verted ríos de llanto por vuestro valiente compañero, y regad el sacro suelo de la ilustre Atenas con vuestras lágrimas desprendidas del corazón! ¡Vengad la sangre derramada, castigad a sus impíos asesinos y salvad Atenas! ¡Bienaventurado Karaiskakis, que juraste vivir o morir libre y guardaste el juramento como buen patriota, como fiel cristiano y como hombre honrado: Como a un mártir de la inestimable libertad, como a un atleta excelso coronado con el laurel de la gloria y la inmortalidad te han recibido en los campos Elisios los bienaventurados héroes que murieron por los derechos de la patria y de la humanidad! Pero tu radiante sombra no olvidará a Atenas mientras vuela entre éstos, y ya levita sobre los consejos de guerra del contralmirante, del comandante en jefe, de los caudillos y de los soldados del campamento del Ática, contempla sus empresas guerreras y salvadoras e impetra desde lo alto la protección del rey supremo para que acuda a salvar Atenas y Grecia, para gloria de la Fe y de la Patria.
El Presidente, GEORGIOS SISINIS.
El Secretario, N. Spiliadis.
Nada más ser informado de la muerte de Karaiskakis, Kütahi escribió exultante a la Puerta para anunciarle el fin del tremendo enemigo de Turquía.
Los albaneses fueron los primeros en comunicarla a los de la ciudadela y lo hicieron con tono dolorido, pues no deseaban la muerte de tan gran hombre.
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La desgraciada muerte del siempre añorado Karaiskakis conllevó otros desastres enormes y luctuosos; los primeros privaron de golpe a Grecia de muchos jóvenes y valientes cabecillas, de valerosos guerreros y apasionados luchadores por la libertad, mientras que los segundos frustraron las esperanzas de salvación para Atenas, que nunca estuvieron tan cerca de consolidarse como en el momento de echarse a perder; y todos fueron consecuencia de la muerte del capaz Karaiskakis, por lo cual daremos una detallada narración de los hechos.
Dos días antes de su deceso el comandante en jefe, al ver que los ejércitos griegos habían avanzado hacia la llanura junto al olivar, donde se habían hecho fuertes por medio de trincheras, dispuso el siguiente plan de acción: una parte de las tropas, con más de 3.000 efectivos, serían embarcados por la noche en Muniquia y desembarcados más allá de Koliás, junto a la pequeña iglesia de San Jorge, para proseguir desde allí por detrás del Museo hasta la ciudadela y establecer comunicación con ésta y, en consecuencia, levantar el asedio; o sólo abrir un camino para las mujeres, los niños, los enfermos y heridos, cambiar parte de la guarnición e introducir cuantos víveres pudieran y otros productos necesarios; y mientras se hacía esto, los destacamentos del Pireo se trasladarían por el olivar y, avanzando junto a la ciudad, atraerían la atención del enemigo y dividirían su fuerza, con lo que no podría caer entera sobre los otros destacamentos. Se había completado la provisión de lo necesario, y el cumplimiento del plan iba a ser el día en que ocurrió la muerte del ejecutor.
A pesar de que las tropas habían sentido profundamente la muerte del general, no quisieron mostrar desánimo. Nombran provisionalmente general a Kitzos Tzavelas y, predispuestos como estaban, intentan poner en ejecución lo dicho. Pero debemos confesar la verdad: había muchos con el valor y el amor a la patria de Karaiskais, pero no con su inteligencia, su capacidad y su ascendiente. En conclusión, los nuestros desembarcan en el punto antedicho la noche del 24 de abril, teniendo como capitanes los atenienses a Makrygiannis y Symeón Zacharitzas (éste se había evadido del fuerte unos días antes), los cretenses a Dimitrios Kalierguis, los suliotas a Konstandinos Vótzaris, G. Drakos, Lambros Veikos y G. Tzavelas. Iba con ellos Io. Notarás con su cuerpo de ejército, y Ch. Inglesis con su pequeña hueste de 180 regulares. El primer fallo de estos indisciplinados cabecillas fue que pusieron pie a tierra de amanecida, sin tiempo para fortificarse ante la embestida del enemigo, que tuvo lugar con el día.
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Finalmente se movilizaron los destacamentos y llegaron con el día frente a la fortaleza, en la ladera del Museo y cerca de la fuente Calírroe, situándose en la llanura llamada Análatos y distribuidos en pequeños e improvisados cráteres cercanos entre sí en número de dieciocho, cuando deberían haber sido cinco o seis para resultar fuertes. Los de la ciudadela, al ver de repente a los nuestros tan cerca, brincaron de alegría y admiraron su valor, creyendo que aquel día era el del término del asedio y el fin de sus calamidades; pero unos pocos, que se dieron cuenta de la mala posición de los nuestros, dijeron: “Dios nos ayude, porque los nuestros están en peligro.” El primero que se dio cuenta y lo dijo fue Memuris.
Los destacamentos del Pireo y Falero, en lugar de progresar por el olivar según lo acordado, permanecieron quietos contemplando a los demás.
El enemigo quizás no esperaba ver este temerario movimiento de los griegos. Al observarlos extendidos en la llanura y sin defensas, juntó las fuerzas de caballería, infantería y artillería y formó sobre una loma cercana y las elevaciones de alrededor frente al foso delantero de los nuestros, en el cual se acurrucaban no más de doscientos, mientras la caballería enemiga se componía de dos mil. Después de mucho cañonear la posición, lanza contra ella a los de a pie para hacer caer en la trampa a los nuestros quienes, tras vaciar sus fusiles con el asalto, no tuvieron tiempo de volver a cargarlos para el ataque de la caballería, la cual corrió derecha hacia ellos luego de la retirada de los infantes. Y así los jinetes saltaron dentro del hoyo y se enzarzaron con los nuestros a hierro y fuego. Los nuestros, escasos en número y sin poder ni huir, murieron todos con la espada en la mano; algunos prendieron fuego a la pólvora y la arrojaron contra el montón de enemigos, quemándose con ellos en una muerte gloriosa. En este primer bastión estaba como jefe Symeón Zacharitzas, que murió por su adorada patria82. Al ver los nuestros desde las demás líneas de defensa el estrago de la de delante, se dan a la fuga sin esperar el asalto enemigo. Galopa detrás la caballería, y aprovecha la ocasión para emprender una matanza general de los que huyen; cayeron en este llano más de 800 griegos, entre ellos los comandantes Lambros Veikos, Athanasios Tusas, Georgios Tzavelas, Fotos Fotomaras y Io. Notarás83, y también 82
Murió a la edad de 40 años; luchó como soldado por la patria durante todo el conflicto, con grado de quiliarca. Era de estatura algo elevada y tenía el cabello negro.
83 Este fue muy célebre, llamado por excelencia Archondópulos (‘Hijo del señor’, nota del traductor), ya que pertenecía a una familia ilustre y rica; fue caudillo de Corintia desde el primer año de la Insurrección, unigénito de 19 años cuando se inició en las armas; su muerte dejó gran dolor y pena a sus padres.
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Charálambos Inglesis84 con muchos85 regulares, de los que sólo se salvaron veinticuatro. Murieron también ocho filohelenos, de un total de doce. Hubo algunos prisioneros, entre ellos los comandantes G. Drakos de Suli, conocido por su gran valor; D. Kalerguis, el famoso septembrista*, que era caudillo de los cretenses; Georgios Tselepís, un egineta de buena familia; y el ahora teniente de policía Athanasios Lekkas, sobrino de los nobles hermanos Lekkas, el cual fue liberado después de sufrir mucho durante un cautiverio de cinco años. Esta desgracia de los griegos fue la primera, la única y la última desde que empezó la guerra en el Ática. Entre los finados se cuentan unos 120 atenienses. De los enemigos cayeron no pocos, sobre todo en el enfrentamiento del primer foso. Claro que el éxito tapó el castigo, por grande que fuera.
El día después de su resonante victoria, el enemigo envía hacia la gran zanja que iba desde el Museo hasta la puerta de Albania a Georgios Tselepís y a G. Drakos y nos emplaza para que entablemos negociaciones. Establecida una tregua y seguidamente un diálogo, los turcos nos proponen que rindamos la fortaleza, ya que no nos quedaba esperanza de rescate; y para influirnos más aún, escriben una carta ordenando a Drakos que firme, como si fuera de parte de él, la cual nos fue entregada con exigencia de respuesta.
La carta dice así: “Os revelo los muertos y prisioneros: ha muerto Karaiskakis, ha muerto Archondópulo (Ioannis Notarás), Kostas Vótsaris, Lambros Veikos, ha muerto también Vassos y han muerto otros muchos capitanes; han sido hechos prisioneros los capitanes D. Kalerguis y Georgios Drakos. Por vuestro bien os aconsejo que entreguéis el castro al visir, si apreciáis vuestro salameti (salvación).” Cuando leímos el contenido, no creímos que hubieran muerto todos los que enumeraba, pero no tuvimos dudas sobre la muerte de Karaiskakis, basándonos en la catástrofe acontecida. A pesar de ello, los cabecillas de la guarnición propusieron que se diera una réplica digna del 84
Lo había dejado Fabvier como lugarteniente suyo en Méthena, y llegó al Pireo con un pequeño destacamento regular y el grado de teniente. Tras permanecer luchando desde el comienzo de la guerra por la libertad, bien como irregular o bien como regular según la necesidad, estuvo en los asedios de Trípolis y Nauplio, en los que destacó convirtiéndose en ejemplo de buen e ilustre ciudadano. Lo colocamos entre los primeros. Murió a los 29 años, era natural de Cefalenia.
85 Entre estos cayó gloriosamente el griego Zinon Isavridis, buen patriota y entusiasta al máximo, a la edad de 30 años; era hermano de Anastasios Karámichos, conocido por su obra de apostolado en la catequesis a los compañeros de la Filikí y también por luchas en favor de la patria durante los diez años de la Insurrecciòn.
* Participante en el golpe de Estado del 3 de septiembre de 1843, que abolió el absolutismo y dio al reino de Grecia su primera constitución.
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genio griego en respuesta a un enemigo y, para ello, llamaron al Secretario público para que la redactara según su criterio. Terminada la respuesta y firmada por los caudillos y los notables de la Acrópolis, se envió a Drakos86 pero la recibieron los turcos y la entregaron a Kütahi. Dice así: “Capitán Drakos: hemos recibido una cartita tuya, escrita por otro pero firmada por ti. Vemos que nos indicas los capitanes muertos; no sabemos por qué nos los habéis relacionado por sus nombres, cuando no os hemos pedido que nos informéis; y si han muerto, eso no nos descorazona; sabemos bien y vemos claramente que, aunque hayamos perdido a varios, la nación tiene muchos y enviará cien por cada uno; en Grecia no faltan los jóvenes valientes; cuando empuñamos las armas por nuestra liberación, teníamos ante los ojos todas las contrariedades, y no vamos a llorar por haber perdido a algunos de nosotros ahora que tenemos la firme decisión de morir todos por la libertad; sepa todo el mundo que, cuantos más griegos son muertos, tanto más se animan los vivos a luchar para vengar la sangre de sus hermanos. La guerra tiene pérdidas y tiene triunfos, y si ayer murieron los nuestros, tenemos la esperanza de que mañana sus hermanos correrán a derramar el doble de sangre. Tú, como todos, sabes nuestro juramento: Vida libre o muerte gloriosa.” Hasta aquí los sucesos del Pireo y lo hechos del generalato y la muerte del llorado Karaiskais, y ahora vuelvo a la ciudadela para referir los acontecimientos que siguieron, empezando en el punto en que dejé la narración.
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Murió cuando era llevado a Calcis por la carretera de Aniforiti, víctima de un exagerado desánimo por la desgracia y el infortunio de los griegos.
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CAPÍTULO X
Llegó diciembre, y con él la falta de alimentos, excepto trigo y cebada. Sobreviene una epidemia, y todos caen postrados. La enfermedad dura cuatro meses completos; hubo muchos muertos, y muy pocos de los contagiados se curaron, pues a la plaga sucedió la enfermedad; en el intervalo enferman Fabvier, Krieziotis, Memuris, los miembros del consejo de notables, Ger.
Fokás, D. Evmorfópulos, muchos oficiales y el médico de la guarnición. Hubo una carencia general de lo necesario; el enfermo se recuperaba, y no tenía qué comer. Estábamos abrumados por el sufrimiento, la miseria y el dolor, consecuencias de un asedio tan prolongado. Sólo nos quedaba el ánimo.
Finalmente, Fabvier recobra la salud en marzo y pide se le conceda la fuga, con la promesa87 de que dentro de diez días hará levantar el asedio o vendrá en auxilio para que salgan los acantonados o abandonen la ciudadela; que, si pasan diez días y no ocurre nada, dejen de creer en el rescate; y así, decide salir el 31 de marzo. A medianoche, cuando salió del Serpentzés y los filohelenos avanzaban hasta los baluartes enemigos que iban a atravesar, he aquí que los paran dos mensajeros enviados por el general Karaiskakis y les dan una información para Fabvier, el cual retrocede para saber qué le comunican desde fuera; y así, aplazó su salida.
El 10 de abril hay una reunión de los cabecillas a la que asiste también Fabvier y en la que hace otra propuesta sobre su salida, prometiendo otra vez hacer levantar el asedio dentro de cinco días; si no, vendrá de noche con su columna para facilitar la fuga a los confinados, ya que están padeciendo en el encierro para nada. Todos aprobaron que se fuera para que no estuviese todo el rato molestando con la cuestión de la salida, y envían con él a cuatro hombres para que insistieran de viva voz en la situación del fuerte; sale por el Serpentzés a eso de las seis de la madrugada; los enemigos sienten el movimiento y disparan desde sus posiciones y por error, dice, del guía del primer pelotón, vuelve de nuevo atrás. Los cuatro antedichos salieron la noche siguiente y llegaron sanos y salvos al campamento 87
En realidad sus promesas eran ridículas e infantiles ¿Cómo iba a realizar una hazaña grandiosa y difícil con su escaso ejército regular, o sea, con cuatrocientos hombres?
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griego; eran Symeón Zacharitzas, N. Karoris, Georgios Hydreos y el regular Io. Karatzás.
A partir de entonces Fabvier no veía posible la fuga ni deseaba estar en la fortaleza, intentando por todos los medios que los demás aprobaran la salida por medio de un acuerdo; pero como no lo secundaba nadie, guardaba silencio.
Había un joven tracio seguidor de Fabvier que iba de uno en otro enseñando el acuerdo y tratando de persuadirlos; después de intentar llevar a su bando a los notables de Atenas, que lo rechazaron de mala manera, se volvió hacia los soldados irregulares, más predispuestos a convencer a los demás; yendo de uno a otro por la noche de manga en manga (comiendo y bebiendo, o charlando), ponía a prueba las almas de los combatientes, y a muchos los convertía. Pese a lo cual, los soldados no se decidían aún a negociar, pues desconfiaban bastante del enemigo; esto pasaba cuando aún vivía el general Karaiskakis y vencían los nuestros en el Pireo y Keratini.
Entretanto Nikólaos Zacharitzas, Stavros Vlachópulos y Dionysios Surmelís, que eran entre sí vecinos y afines, teniendo ante los ojos las intenciones de Fabvier y temiéndose que los combatientes forasteros mostráranse desleales en caso de necesidad, deciden y juzgan conveniente que se excaven túneles bajo el recinto de la fortaleza, para salir al mismo tiempo que su destrucción si hemos de huir a la desesperada; y así, llaman al ingeniero Konstas y le hacen partícipe de su opinión; se muestra de acuerdo y lo aprueban Krieziotis, Evmorfópulos y Memuris en el momento mismo en que se les comunica la idea. Al convertirse estos en partidarios del plan y apoyarlo, se informa al punto a todos los confinados que, si no se levanta el asedio, no habrá salida a no ser con el derribo de la ciudadela y con las armas en la mano.
Lo aceptan los combatientes y al punto los atenienses emprenden las obras.
Al ver esta atrevida iniciativa Fabvier no tuvo nada que decir, pues no podía parecer más cobarde que los griegos cuando realmente había mostrado valor en muchas circunstancias.
El veintinueve de abril un francés, acompañado por el secretario de Kütahi y unos lanceros, grita al pie de la muralla que quiere hablar con el coronel Fabvier. Informado éste, envía uno a preguntarle de dónde es y qué desea; responde él por escrito más o menos: “El comandante en jefe Church ha pedido al capitán de la fragata francesa Hera, Sr. Leblanc, que interceda ante el serasquier Rechid Pachá por la salida de los infelices confinados en la ciudadela, entabladas negociaciones por ambas partes. Y así, el Sr. Leblanc 230


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me ha enviado ante Su Excelencia para transmitirle la propuesta.” Cuando Fabvier leyó la carta, se ofendió porque el francés llamara comandante en jefe a Church y saltó despectivamente contra él: “¡Mirad vuestro comandante en jefe, el servicio que hace a vuestra nación! ¡Ved los fundamentos de su lucha, entregar la fortaleza al enemigo!” Pero lo que más le indignó fue que el francés le dirigiera a él el escrito sobre la capitulación, cuando el mando de la guarnición no le pertenecía; además, sospechó que Church le había encargado al francés que lo mencionara con toda la intención, y ya va a responderle con rencor, cuando se adelantan los caudillos y los combatientes y gritan: “¡No queremos negociaciones, ni nos creemos que al franco* lo haya enviado Church! ¡Seguro que Kütahi intenta engañarnos!” Por su parte, Fabvier respondió: “Señor, no sé qué te ha movido a dirigirme la carta sobre acuerdos, cuando yo no estoy acostumbrado a hacer acuerdos, y además estoy aquí en el fuerte provisionalmente; la guarnición está en manos de otros, a los cuales puedes escribir sobre el tema. Me temo que no tengo el honor de conoceros; pese a eso, no creo que sea él quien me escriba, sino tú; ni que el general Church haya invitado al Sr. Leblanc, capitán de la fragata que dices, a mediar con el pachá sobre la salida de los confinados.” Al recibir esta respuesta, el oficial francés remitió a Fabvier la auténtica carta de Leblanc, cuyo contenido era éste: “Campamento de Su Excelencia el serasquier.
11 de mayo (st. n.) de 1827.
Señor Coronel: He sido encargado por el general Church de mediar cerca de Su Excelencia el serasquier Rechid Pachá para obtener de él vuestra salida de la fortaleza donde estáis, una vez que he movido a Su Excelencia en favor vuestro y de la guarnición que está a vuestras órdenes. Su Excelencia ha tenido a bien hacerme conocer su voluntad y la única condición con la cual puede autorizar el desalojo de la Acrópolis. Cumplo aquí el propósito de Su Excelencia y añado el certificado por el cual tenéis la autorización del general Church para hacer lo que entendáis en la presente circunstancia. Pienso, Sr. Coronel, que no podéis tomar otra decisión más provechosa. Espero vuestra respuesta a Su
* Con el sustantivo Φράγκια y el gentilicio Φράγκοι (Francia y francos, respectivamente) se designaba en la lengua popular a Europa Occidental y sus nativos (desde las cruzadas). En realidad, los nombres para la moderna nación y sus ciudadanos son en griego los antiguos de Galia y galos.
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Exc. para llevar a término o rechazar toda negociación con vosotros. He aquí las condiciones que impone Su Excelencia: 1ª El coronel Fabvier conservará sus armas y podrá marcharse libremente, llevando consigo sus pertenencias.
2ª Los soldados de la guarnición entregarán sus armas y a continuación podrán marchar libremente a donde quieran. Aquéllos de los soldados súbditos del Sultán que deseen permanecer al servicio de Su Sublimidad se dirigirán al campamento de Su Excelencia el serasquier, siendo pagados e incluidos como soldados del cuerpo en el que sean encuadrados. 3ª Los caballos y cualquier otro medio necesario para el transporte de los enfermos y heridos serán suministrados por Su Excelencia. 4ª La guarnición será conducida a la costa, donde tendrá fin el descenso de los griegos; éste seguirá la ruta que está alejada de las posiciones que dominan las tropas turcas. 5ª Se designará una escolta de caballería militar de Su Excelencia para que acompañe a la guarnición hasta el lugar del embarque en los buques, para su seguridad. Su Excelencia se compromete por su honor al exacto cumplimiento de los puntos del presente acuerdo.
Punto adicional Su Excelencia accede a entregar rehenes que respondan del fiel cumplimiento de los puntos de dicho acuerdo; estos rehenes serán recibidos a bordo de la fragata real Hera y confiados a su capitán, y devueltos por los buenos oficios de éste al campamento de Su Excelencia cuando los acuerdos hayan obtenido su perfecto cumplimiento.
En presencia de Su Excelencia y el capitán.” Al oír el punto 2, los combatientes griegos se llenaron de ira e injuriaron a todo el mundo. Luego, al oír el punto 5, rieron diciendo: “¡Buena escolta nos va a dar Kütahi, para degollarnos! No sabe aún el bárbaro que los griegos no son tontos ni cobardes.” Fabvier, como ya había respondido al oficial francés, no juzgó pertinente otra respuesta.
Al día siguiente después de mediodía, se nos llama para recibir un correo y he aquí que se nos entrega una orden del comandante general Church, por la cual nos mandaba que entregáramos la fortaleza con las condiciones incluidas, que eran las antedichas. La orden es la siguiente: “Al alcaide y demás caudillos de la guarnición.
Campamento de Falero (Muniquia), a 30 de abril de 1827.
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Por intercesión del capitán de la fragata Hera de su Cristianísima Majestad, Su Exc. el serasquier ofrece el acuerdo que se incluye, garantizado por el antedicho capitán francés. Puesto que en la Acrópolis hay confinadas muchas personas enfermas, y puesto que están en ella los restos de la antigua Grecia más queridos en el mundo civilizado, a los cuales deseo salvar de los estragos de la guerra, os ordeno que os dejéis escoltar según el antedicho acuerdo, en la seguridad de que el capitán de la mencionada fragata ha adoptado todas las medidas necesarias para vuestra protección.”
Cuando vimos la presente orden, todos nos asombramos y nadie se convencía ni creía que fuese del propio comandante en jefe. Fabvier, por el contrario, sí lo creía y trataba de persuadirnos, y cada parte tenía sus razones para creer o para desconfiar. Fabvier decía: “Hombres de Dios, conociendo a Leblanc no practican tales disparates, ni pueden mentir88 ni engañar a un pueblo que lucha por sus derechos contra un déspota y tirano; al menos para que esta guerra no acabe en perjuicio de los reyes de Europa.” Nosotros teníamos las razones siguientes: primero, que el comandante en jefe no nos había escrito nunca, ni nosotros a él; nosotros, por estar encerrados, no sabíamos con certeza su generalato, ni el gobierno nos había escrito oficialmente sobre el cargo de Church; segundo, observábamos una contradicción entre la carta de Leblanc y la orden del general: el Sr. Leblanc dice en su carta (vd. § 2): “tenéis la autorización del general Church para hacer lo que entendáis en la presente circunstancia”, y Church: “Os ordeno que os dejéis escoltar según el antedicho acuerdo”, sin referirse nunca a autorización ni nada parecido; tercero, sobre el abandono de la fortaleza y sobre nuestra salida no nos había escrito el gobierno griego ni ninguna autoridad, ya fuera política o militar, y ni siquiera el campamento del Pireo, con el que intercambiábamos abundante correspondencia.
Así pues, debido a dichas razones no prestamos atención a lo ordenado; antes bien, decididos a morir por la patria, respondimos así a Leblanc: “Sr.
Blanc, le agradecemos el trabajo que se ha tomado por nosotros. Aquí no hay súbditos del sultán, como nos llaman los pactos de Kütahi propuestos por 88
A pesar de ello recurrieron a un considerable engaño, pues no revelaron la auténtica carta de Church a Fabvier, cuando debían haberla entregado en mano; en esta carta Church decía que Fabvier actuara de acuerdo con la circunstancia, y diese la orden cuando el destino de la fortaleza fuera inevitable. Lo escribimos tal como lo hemos oído decir dándolo por seguro. Igual lo dice Church.
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vuestra excelencia. Somos griegos, y estamos decididos a morir o vivir libres.
Si Kütahi quiere nuestras armas, que venga a tomarlas con su ejército si es capaz. Nos sentimos honrados de saludarle.
30 de abril de 1827.” Esta misiva no la firmó Fabvier que, viendo la unanimidad entre todos los cabecillas y la soldadesca, calló y esperó mejor oportunidad.
Kütahi se enfadó muchísimo al leer nuestra respuesta, y la remite tal cual a Leblanc, acompañándola con una carta suya, que reproduzco aquí como curiosidad:
Excelentísimo Sr.: 12 de mayo (st. n.) de 1827, Atenas.
Gracias a la amistad que tienen entre sí las dos Potencias, ha sido atendido el ruego de Vd. Esta raza ni conoce la humanidad ni mantiene sus deberes.
Por capricho de dos o tres que son quienes tienen fuerza, están en peligro de morir junto con el resto otras personas inocentes. Vea de qué orgullosa manera responden. Por lo que a mí respecta, puedo decir que he servido a Vd. según me lo ha pedido, y deseo verle de nuevo. Tengo el honor de ser suyo affmo.
Visir Mehmed Rechid Pachá.
Comandante en Jefe Plenipotenciario etc. etc.
La orgullosa manera de la que habla es porque lo llamamos Kütahi, ya que le pusimos ese nombre desde el principio porque procede de Kütahya*. Tiene razón en quejarse por esto, pero no en jactarse de su humanidad, pues de eso no nos ha dado señales este hombre.
Al día siguiente, habida una asamblea, se decide enviar afuera a Triandáfylos Tzurás para que insista de viva voz sobre el tema de la guarnición y para que pregunte si es verdad la actuación del capitán Leblanc y dentro de tres días nos informe por un correo de todo lo que pasaba; y así, a la noche siguiente cruzó sin percance por en medio de los enemigos.
Como pasaron los tres días y no apareció ningún correo, comenzaron de nuevo los cuchicheos y el buen tracio mencionado antes se encargaba de conseguir el objetivo esparciendo palabras gélidas y desalentadoras, y así * Ciudad en el N.O. de Asia Menor de la que había sido gobernador.
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otra vez la facción de los amantes de la vida enfrentaba a los soldados contra los cabecillas. Con todo, hemos de confesar que entre los caudillos griegos el agitador era Stathis Katzikogiannis, el cual enturbiaba las cosas desde el inicio del asedio refiriéndose continuamente a la salida. De acuerdo con él estaban unos soldados del primer batallón. En esta circunstancia se conoció sinceramente a los verdaderos amantes de la patria. El bueno de Krieziotis se ponía fuera de sí en cuanto oía hablar de la entrega de la ciudadela, y hasta lo vimos llorar de rabia. Así se mostraban también los oficiales D. Evmorfópulos de Ítaca y Gerásimos Fokás de Cefalenia; no tengo palabras suficientes para elogiar al batallón heptanesio, que respiraba de consuno ardiente celo e insuperable patriotismo; en él figuraban los destacadísimos Stelios Synodinós, Io. D. Fokás, Andreas Paýsis, Spyr. Avvezelos y Konstandís Makrís, de Cefalenia; Dimitrios Leludas, de Ítaca, Io. Vufandes de Corcira; y entre los demás, son de elogiar Papakonstas Tzamalas, Nikólaos Kanusis, Vasilios Theagenis, Pan. Kalevrás, Theocharis Bafas, Grigorios –el hijo de Krieziotis– y Pan.
S. Inglesis. También se mostraron nobles y valientes Deligeorgis de Hydra, Kyriakos Sokos y Athanasios Smyrlís de Esmirna, Panagiotis Mavros, Markos Sklavunos, Giovos Sklavunos, Dimitrios Kriekukis, Dimitrios Hagiopetritis, Papa Georgios Skiadás y muchos más. Y nunca se puede dejar de mencionar entre los distinguidos al excelente ingeniero de minas Konstas de Argyrokastro. Sobre los atenienses no digo nada para no ser tenido por casero. Alineo entre los atenienses a Ioannis Memuris, el primo de Guras, porque tenía aquí sus intereses y se naturalizó ciudadano al casar con una ateniense, hermana de Ioannis y Stavros Vlachos. Era lógico que los atenienses llorasen, pues se veían privados de su tierra y posesiones, y perdían los arduos esfuerzos de siete años.
Para prevenir, pues, lo nefasto, conociendo además que en su interior Fabvier deseaba salir, se reunieron los caudillos y los notables del recinto a deliberar sobre la salvación, y deciden así: que se vaya el coronel Fabvier con su columna, llevando consigo cuantas mujeres y niños pueda. En cuanto a los combatientes que no deseen irse con el batallón regular, que se queden en la ciudadela; después de muchas dificultades, terminaron tranquilizándolos con una gratificación y con promesas de doblarles la soldada mensual.
Kriziotis y Memuris dieron ejemplo poniendo ese dinero junto con algunos atenienses, entre ellos Stavros Vlachos.
También se elige una comisión de cuatro miembros para que salga junto con Fabvier y explique de viva voz al gobierno la situación de la ciudadela; 235


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y para que se sepa la idea y la intención de los ciudadanos de que se trata, adjunto la carta de éstos al gobierno.
“Honorable gobierno: Desde el inicio del asedio de esta ciudadela se ha probado con claridad que un mal de ojo de un malvado diablo se posa sobre nuestra situación, pero a su vez nos asiste la pródiga mirada de Dios Todopoderoso. Hasta ahora os han sido dadas a conocer las circunstancias pasadas, ahora nuestro discurso versará sobre el presente. Honorable gobierno, pese a que hace muchos meses que somos presa de una total falta de alimentos y de medicamentos para los enfermos y heridos, y soportamos todo tipo de miseria y sufrimiento; pese a que durante mucho tiempo hemos mostrado hechos sorprendentes y un patriotismo insuperable; y pese a que ya sólo nos nutrimos de cebada y poquísima agua, que escasea de día en día; pese a todo eso, para respirar el auténtico e indisimulado fervor por nuestra amadísima y dulcísima patria, decididos a morir no ya de palabra, sino también de hecho, hemos desobedecido la orden del comandante en jefe por no ser acorde el contenido con nuestro temple y, convirtiendo a la fuerza lo imposible en posible, hemos persuadido a los sufridos soldados para que permanezcan con nosotros a cambio de una gratificación y con la promesa de bienes mayores; tal vez haya un rayo de esperanza para esta preciadísima ciudadela. Honorable gobierno, esta última decisión nuestra ha sido para salvar, si es posible, los restos aquí conservados de las admiradas antigüedades, obras de nuestros siempre recordados ancestros; además, descorazonamos al enemigo y lo obligamos a no dejarse llevar por fines irracionales; también demostramos al mundo que los griegos no guerrean según la ley de los bandidos. Por lo cual, quede convencido el Aug. Gobierno de que, gracias a las anheladas y preciadas reliquias de la antigüedad y gracias a la gloria y el honor de Grecia, resistiremos hasta el límite de nuestras fuerzas frente a cualquier calamidad que nos afecte. Si a pesar de todo llega un momento en que no hay esperanza de salvación y la nación no puede ofrecernos auxilio, entonces se prenderá fuego al recinto y perecerán con nosotros estas preciadas obras de la antigüedad, ya que no soportan más el ser despreciadas y escupidas por salvajes fauces. ¡No y no! Aun inanimadas, cobrarán voz y nos maldecirán si las abandonamos de nuevo al arbitrio de los enemigos bárbaros.” 236


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Mientras se hacían los preparativos para que se fueran la columna regular y la comisión, un soldado de la guarnición roba unos objetos de plata y huye hacia el enemigo la tarde del mismo día, lo que hizo fracasar la salida, pues éste la habría delatado.
Finalmente, el 16 de mayo tiene lugar el desalojo del Pireo por los nuestros, lo cual nos produjo un gran dolor, pues desesperamos de cualquier rescate; sobre todo porque teníamos la intención de hablar con ellos para que nos auxiliaran en nuestra fuga si ésta se realizaba alguna vez, y de refugiarnos allí. Entonces Fabvier salta contra nosotros, gritando con los de su compañía que nosotros teníamos la culpa de la perdición de los encerrados y enumerando a ciertos de nosotros, porque no quisimos someternos a las órdenes del comandante en jefe. Ved, dice, estamos perdidos, pues el enemigo no acepta concedernos más tratos; y así levanta a los combatientes rasos contra los cabecillas y los notables de Atenas, diciendo que para arreglar el asunto es preciso que mueran cinco o seis de los culpables; y proclama abiertamente que enviemos un escrito de súplica al enemigo para obtener nuestra salida.
Fue en esta circunstancia cuando de verdad pasamos las penas más amargas y las peores aflicciones; los buenos ciudadanos no podían hacer otra cosa que aplacar a los combatientes con dinero y con promesas de grandes esperanzas, moviendo cada piedra para el apaciguamiento general.
Mientras ocurría esto dentro de la fortaleza, fuera el enemigo presionaba más aún para que llegase a término el sometimiento de la misma gracias a acuerdos, y no ocurriera la demolición de la misma por medio de minas, según nuestra decisión. Así que llama al capitán de un brick austríaco fondeado en Keratini y lo persuade para que contacte con nosotros de esta manera: el 18 de mayo nos envía este capitán a uno de los suyos, al que ha encargado que diga así: “Como habéis izado bandera blanca sobre el Partenón, el capitán del brick de S. M. el emperador ha supuesto que es una llamada de atención por parte de los recluidos en la ciudadela, por lo que ha ido a pedir licencia al serasquier Rechid Pachá para preguntar si tenéis necesidad de algo; y está dispuesto a prestaros ayuda.” Pero nosotros no habíamos puesto ninguna bandera en el templo ni hubo ninguna otra señal.
Fabvier halló en la presente circunstancia la ocasión para conseguir su objetivo. Va hacia D. Evmorfópulos y le dice: “Eh, ¿qué hacemos ahora?” “Usted sabrá –le contesta Evmorfópulos– Nosotros somos unos malvados que hemos traicionado a los soldados y no podemos hacer nada, por sospechosos.
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Su Nobleza puede acabar este asunto, ya que lo ha dispuesto así.” Indignado por la respuesta, Fabvier dice: “Yo lo hice, pues yo lo haré.” En asamblea de los cabecillas con asistencia de muchos combatientes, dice Fabvier: “No nos quedaba ninguna expectativa, y toda esperanza de rescate es vana; no perdamos la oportunidad, invitemos a este a intervenir ante el pachá sobre nuestra salida; cesen ya los traidores (llamaba traidores a los antifacciosos), pues por culpa de ellos se perderá toda la guarnición.
Yo respondo ante la Nación por la capitulación de la fortaleza.” Krieziotis, al ver a los combatientes descontentos y no convencidos de la intercesión del austríaco, dice: “¿Esto es lo que esperábamos escuchar de ti, un filoheleno que debías impedirnos acción tan malvada y deshonrosa si es que alguna vez hubiéramos querido decidir algo así?” “Estás loco –le responde Fabvier– y no sabes cómo va el mundo.” Dice después a los soldados: “No temáis por la mediación del austríaco, yo haré que entren en ella los franceses e ingleses, que también andan por aquí.” Y señalaba los barcos.
Una vez que tuvo a los soldados de su parte y, atemorizando a sus opositores –a uno con matarlo, a otro con meterlo en prisión, al otro con ponerlo en manos del enemigo–, los volvió incapaces de escuchar a los soldados ni de atreverse a nada e intentó entablar por su cuenta las negociaciones de la siguiente manera: esté seguro el lector de que las respuestas que daba la guarnición eran redactadas por Fabvier como a él le parecía, según queda claro por sus galicismos, y firmaban a la fuerza los cabecillas.
Antes de exponer el cruce de cartas en las que se negoció la salida, debo decir claramente en qué situación de miseria estaban los confinados, para que por ella juzgue el lector si Fabvier ha de ser acusado o elogiado, si tenemos que agradecerle nuestra salvación o reprocharle que no nos dejó morir ni destruir el recinto; escribo los hechos tal como sucedieron, y no puedo ni añadir ni quitar nada. Yo entonces, dentro de la ciudadela, era de la opinión contraria a la de Fabvier y quería que saliéramos por la fuerza de las armas y sin condiciones derruyendo el recinto, para no ser menos que los de Mesolongui. Pero después cambié de opinión y estoy agradecido a Fabvier, porque he visto y comprobado que “en igual consideración está el valiente que el cobarde”* o, por mejor decir, los zánganos viven bien y las abejas están muertas de hambre.
* Ilíada IX 319.
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En conclusión, los confinados estaban en una total carencia de lo necesario: no tenían ropas, la mayoría ni siquiera para cubrir sus partes; los heridos no tenían ni la medicina más mínima; los enfermos, igual; nuestra alimentación era sólo de cebada desde principios de mayo; el agua se daba a cada uno medida a razón de una oká para 24 horas, y con ella tenía que beber y amasar la harina; ya que para las heridas lo más útil era un huevo mezclado con otros artículos, había quienes criaban gallinas con este fin, de manera que el precio de una de estas aves llegó a 35 dístila, y el de un huevo, a dos; no había leña, llenábamos los hornos con cebada. Tampoco había municiones, salvo 120 okades de pólvora. Los enfermos, al no tener otro reconstituyente para su debilidad, consumieron carne de caballo, de asno, de mulo… hubo ciertos filohelenos franceses que comieron gatos, perros y ratas. Algunos de los encerrados en Mesolongui estaban también en la ciudadela, y decían que Mesolongui sólo padeció el encierro 30 días, desde que Ibrahim cortó el acceso a las embarcaciones griegas; el sufrimiento duró sólo seis días hasta que salieron, cuando ya no tenían nada más; por contra, aquí la falta se produjo a los cuatro meses para unos bienes, a los cinco para otros, para los demás a los seis, siete u ocho; además, la artillería enemiga causaba mucho daño, pues las balas de cañón y las bombas arrojadas contra la roca, por ser pétrea la ciudadela, levantaban otras tantas esquirlas que caían con violencia sobre las personas y mataban a gran cantidad de ellas.
Tal era la situación de los enclaustrados, y por eso Fabvier intentó el acuerdo. Escribe, pues, al capitán austríaco del susodicho buque:
“Sr. Capitán: La guarnición de la Acrópolis de Atenas le agradece su iniciativa. Recibida de parte del comandante en jefe la orden de entregar la ciudadela, decidimos aceptar la mediación que se nos propone. La guarnición, convencida de que ha cumplido con su deber, considera que no aceptará más que un acuerdo honorable; si no es así, seguirá la defensa cuanto las circunstancias se lo permitan. Sepa que el Sr. Leblanc, capitán del navío de S. C. M., había ofrecido su mediación. Por lo cual, estimamos conveniente rogarle tenga la bondad de compartirla con él y, lo que sería más útil aún, que colaboren en ella los capitanes de las tres potencias neutrales –Francia, Inglaterra y Austria–, ya que se encuentran aquí cerca. Por lo cual le rogamos tenga la bondad de comunicárnoslo. Nos sentimos honrados de saludarle.
Acrópolis, a 18 de mayo de 1827.” 239


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Aquí Fabvier se apoya en la orden del comandante en jefe porque no quería mencionar que la guarnición había rechazado la de Leblanc en respuesta a su cortés misiva.
El capitán austríaco responde: “El asunto se retrasa hasta que sean convocadas las otras potencias, pero tampoco lo acepta el pachá; sin embargo, Su Excelencia se compromete a aceptar cualquier otra cosa que pidáis. Y yo os juro y os doy mi palabra de honor de que tendréis total seguridad en vuestra salida; yo mismo iré como rehén en compañía vuestra hasta que embarquéis en las naves.” La carta en cuestión, escrita en italiano, no nos la dio a leer; la he escrito tal como la escuché de labios del secretario de Fabvier.
Respuesta de Fabvier: “Los ánimos de los griegos aquí presentes están divididos y desconfiados, de donde es necesario que comparezcan las otras dos potencias, o al menos una de las dos; de otro modo la guarnición no acepta capitular.” Finalmente, obligado el austríaco –o mejor dicho, Kütahi–, enseña la primera misiva de la guarnición al Sr. de Rigny, que acepta con placer el ofrecimiento y escribe lo siguiente:
“A los jefes militares de la Acrópolis.
Señores: Se me ha hecho partícipe de un escrito de los jefes de la Acrópolis por el cual solicitáis la intercesión del capitán francés. Hallándome aquí circunstancialmente, me veré obligado a llevar una autorización cerca de Su Excelencia el serasquier que será útil para ambas partes. Me sientro honrado de saludarles Postdata: Aquí no hay ningún buque de guerra inglés.
20 de mayo de 1827.
El capitán DE RIGNY.
Respuesta “Sr. capitán: La guarnición de la Acrópolis está sumamente agradecida, Sr. capitán, por el esfuerzo que haces en su beneficio. No teniendo tiempo para responder hoy con todo detalle, lo hará mañana. En fin, la guarnición se toma la licencia de pedir al señor capitán que, si fuera posible, avise sobre esto a algún capitán 240


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inglés89. Muy honrada de presentarle sus respetos, y de rogar al señor capitán que envíe mañana a alguien para que le transmita nuestras proposiciones.
Sr. Almirante: Por orden de nuestro comandante en jefe Church y enteramente confiados en la mediación y garantía que nos brinda, tenemos el honor de comunicarle que estamos listos para salir de esta Acrópolis con toda su guarnición, con las siguientes condiciones: 1ª La guarnición saldrá con todo honor y con sus armas y pertenencias, para ser embarcada en la orilla del mar. 2ª Las tropas turcas serán retiradas de sus posiciones en Menidi, y dejará doscientos de artillería. 3ª Con el fin de que la guarnición esté más segura en su salida, se nos darán los rehenes que deseemos. 4ª Se nos entregarán 60 animales de carga para trasladar a los enfermos y heridos. 5ª Cuantas provisiones90 tenemos, tendrá la bondad de quedárselas según el acuerdo que tomemos o, en caso contrario, nos dará para su transporte los animales necesarios.
6ª El señor almirante de Rigny tomará todas las medidas oportunas, pues toda la guarnición confía en él para esta misión; y porque sabe que la nación francesa, a la cual representa, no puede soportar que el pacto sufra la más mínima infracción. Por los anteriores puntos otorgamos a su excelencia plenos poderes para hacer como crea mejor. Tenemos el honor, Sr. Almirante, de rogarle nos haga sabedores de las medidas que toméis antes de su puesta en práctica. No sentimos muy honrados de estarle muy agradecidos.
21 de mayo de 1827.” Fabvier no quería incluir el punto 5º de este acuerdo, pero lo redacta obligado por los soldados, aunque envía en secreto a uno de los suyos hacia los correos que estaban en el Areópago, a decir que su destacamento no tiene cebada y que no está de acuerdo con ese punto.
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Obligado por los soldados, Fabvier solicita también un capitán inglés.
Era sólo cebada, podrida por la suciedad de los que se tendían en ella y que, al entrar los enemigos y echarles mano para su uso, despedía tan mal olor que huían de allí tapándose la nariz.
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Respuesta Señores: Su excelencia Rechid Pachá, habiendo recibido la relación de las condiciones que me expusieron los jefes de la Acrópolis para la entrega de la fortaleza de Atenas y honrando mi mediación y la del Sr. Corner, capitán del brick de S.M.
el emperador, acepta el acuerdo que figura en los siguientes puntos, los cuales concertó conmigo, y yo los incluyo aquí para su confirmación. Hice lo que de mí dependía para conseguir que la guarnición salga con las armas, pero el pachá no quiere acceder a ello en absoluto, a menos que los atenienses no entren en el convenio para salir y quedar libres; lo que sí he podido obtener es dejar a vuestra elección lo expresado en el punto 3º. Creo que he obtenido todo lo que buenamente podía esperar, ya que la situación ha cambiado después de la evacuación de Falero; y no puedo hacer otra cosa salvo pedir a los caudillos que observen que los tratos que hemos anudado ahora son mejores que los primeros. Me apenaría mucho que no os agrade el acuerdo, pues al mismo tiempo tenéis la mayor seguridad de la que podéis disfrutar. En cuanto los caudillos firmen en la copia incluida que aceptan el acuerdo, el serasquier la enviará al sultán firmada y tamponada (sellada) con su sello; y yo estaré presente hasta su perfecto cumplimiento, para asegurarme de él en lo que pueda.
21 de mayo de 1827, campamento del serasquier.
El almirante DE RIGNY.
Siguen los puntos del acuerdo.
Art. 1º Los capitanes y soldados de la guarnición que no sean atenienses saldrán con sus armas y pertenencias. 2º Los atenienses y las familias atenienses saldrán sin armas, pero con sus pertenencias, e irán a sus casas y a sus aldeas, donde el pachá promete darles sus fincas y garantizarles sus vidas y haciendas. 3º Si los jefes de la Acrópolis no están de acuerdo en aceptar los dos primeros puntos, el pachá accede a poner en su lugar lo siguiente: la guarnición elegirá lo que desee. 3º (bis) Los jefes que suscribieron la carta nº 9, saldrán con sus armas y propiedades, y cada uno llevará 15 hombres igualmente armados. Los demás soldados saldrán sin armas, y todas las personas de cualquier edad y condición, atenienses o no, se irán libremente y embarcarán con todas sus pertenencias. 4º Todos los otomanos de cualquier edad o condición que se encuentren en la ciudadela serán enviados al pachá.
5º El lugar que delimita la fortaleza desde la punta de Koliás quedará vacío de tropas turcas, excepto la colina de Filopapo, donde sí habrá. 6º Acompañarán 242


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a la colona (columna) hasta el lugar de embarque tres oficiales franceses, tres austríacos y tres del pachá, a saber: el capitán agá, el tzahandar agá y el voivoda Selim Bey. 7º El pachá dará sesenta caballos para el traslado de los enfermos y heridos. 8º La ciudadela será entregada en el estado en que se encuentra, con la artillería, municiones y víveres que alberga en su interior.
9º El pachá, sabiendo que puede haber minas en activo, enviará tres súbditos de su confianza que serán recibidos inmediatamente después de aceptar el tratado. 10º Estos tres súbditos, que los griegos pueden tomar en prenda, serán correspondidos por otros tres, que se devolverán al quedar vacía la ciudadela. 11º Si los súbditos de confianza del pachá que entren en la fortaleza observan algunos desperfectos en las fuentes o en la torre por efecto de las minas después del acuerdo, entonces el acuerdo será anulado. 11º Una vez aceptado el acuerdo, se decidirá la hora en que comenzará la operación.
El almirante DE RIGNY.”
Que cada cual se forme su juicio sobre la carta de de Rigny; que vea la forma en que se emplea para obligar a los confinados a dar por bueno el acuerdo, sea cual sea. También Kütahi quiso sembrar la discordia entre los atenienses y los demás; pero si esto no lo hubiera respondido él mismo, habría resultado contrario a sus intereses, y se habría frustrado la mediación de de Rigny.
Respuesta de la guarnición.
“Señor Almirante: La guarnición de la Acrópolis de Atenas reconoce, como Vd. dice, que las cláusulas que se explicitan para el acuerdo son más provechosas que las que explicitó el Sr. Leblanc, pese a que nuestras circunstancias son las mismas.
Esta guarnición sabe cuánto empeño pone en favor nuestro, y le expresa toda su gratitud por ello. Una sola cláusula nos plantea, Sr. almirante, un obstáculo insalvable: no podemos separar nuestra suerte de la de los atenienses; con eso haríamos caso omiso de las obligaciones para con la humanidad y el honor. Si después de su liberación91 los atenienses desean regresar para disfrutar las gracias que les ofrece, son muy dueños, y la cuestión terminará mejor así; pero abandonarlos nosotros sin su consentimiento, es algo imposible. En cuanto a las armas que pretende quitarnos, nosotros, Sr. almirante, no podemos deponerlas. Capitanes y soldados, guarnición y atenienses que91
Fabvier escribe “liberación” en vez de “salida”.
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remos experimentar el mismo destino; y para evitar quizá cualquier suceso que pueda dañar sin querer el honor del serasquier, es más decoroso que la guarnición salga armada. Vd. sabe, Sr. Almirante, que lo único que nos mueve a entregar la fortaleza es la orden del comandante en jefe Church; aún así, si solicitan de nosotros una capitulación deshonrosa, tenemos medios para prolongar nuestra defensa por un período más dilatado que el que el serasquier quizás imagine.
Desearíamos que con los tres oficiales otomanos que nos señala estén también Velikogiatzas, Liuli Agá Tzaparis y el guegue Mustafá Agá Sungarinis. Le rogamos, como le dijimos ayer, que las posiciones estén vacías.
23 de mayo de 1827.”
Respuesta Después de vuestra carta de ayer y las expresiones de confianza que me dirigís al final, he manejado todas mis habilidades para conseguiros los acuerdos más favorables. He obtenido sucesivamente del pachá las armas para todos los caudillos, después cinco, diez y quince hombres armados por cada jefe. Al recibir vuestra carta esta mañana, conseguí nuevas posibilidades. El pachá concede las garantías que solicitáis, pero está decidido a no dejar llevar armas a toda la guarnición; no lo desea ni tampoco puede hacerlo, y esperará la contrapartida. Yo dejo el campamento sin esperanza de verle cambiar su criterio; y con el dolor de no haber podido seros útil en una negociación que puede ser relativamente muy tierna (delicada) para mí. Tened cuidado (y debo terminar con esto) de que vuestro excesivo amor propio no os lleve quizá a la circunstancia de que no podáis aprovechar ningún otro acuerdo92. Me honro en saludaros.
El contralmirante DE RIGNY.” Por medio del hombre que traía esta carta nos transmite que lo fuerzan a retirarse, porque tiene a bordo de la fragata al hermano del embajador de Francia junto a la Puerta, y a partir de entonces no lo encontraremos.
También en su carta nos atemorizaba no poco. Por la tarde viene en persona a la Acrópolis, acompañado por Emmanuil, el secretario de Kütahi…….. y 92
Este último período recuerda de algún modo al de la orden del Sultán Murat a los de Ioánnina sobre la entrega de su fortaleza en 1431. Reza así: “Precaved no vayáis a tener otra ocasión de arrepentiros si rehazáis ahora mi petición.” (Vd. Historia de Epiro Pouqueville tom. 5º ed. 1ª).
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confirman de viva voz el último convenio, pues el Sr. Fabvier aprobaba dejar varias familias a discreción del enemigo, con el objeto de que se oyera que los ciudadanos habitantes de Atenas se habían prosternado. El enemigo se conformaba con cinco o seis familias, pero Fabvier porfiaba en darle más, y con estricta vigilancia cuidaba de que ninguna mujer viuda o niño huérfano escapase a la terrible vista del enemigo. Pese a esto, gracias a la ceguera de los turcos, en la salida se escabulleron entre el gentío algunas de las personas abandonadas. El bueno de Fabvier decía antes: “Hay que llegar a un acuerdo para salvar a los miembros indefensos: las mujeres y los niños.” Y ahora dice: “Hay que dejar algunas personas para salvar la ciudadela.” Ríos de lágrimas eran vertidos por las pobres mujeres y los niños, que lloraban su esclavitud y su vida entre los turcos.
Al final se retira de Rigny, después de ratificar gracias a su presencia el texto que traía. Al día siguiente, el coronel Fabvier redacta las cláusulas del acuerdo y las envía de su puño y letra al negociador, de Rigny. En la carta dice: “Estamos listos para salir hoy a las 5 o a las siete.” He aquí las cláusulas de la capitulación, ratificadas y firmadas por Kütahi: Art. I. Todas las tropas de la guarnición saldrán con sus armas y pertenencias. II. Todas las familias atenienses93 saldrán sin armas, pero con sus pertenencias, e irán a sus casas y lugares, donde me comprometo a darles sus propiedades, junto con la seguridad de sus vidas, sus honores y sus bienes.
Y puesto que en estas familias hay viudas y niños menores huérfanos de padre, prometo que se les atenderá y se les dará por parte nuestra lo necesario para vivir. III. Todos los musulmanes de cualquier edad y condición que se encuentren en la Acrópolis nos serán entregados. IV. Todo el espacio hasta la playa de las Tres Torres, salvo el Havalé, estará libre de nuestras tropas. V.
Tres de nuestros oficiales, los llamados Gentiklides, de los cuales son Kaftán Agá, Tzohantar Agá y Selim Bey, junto con otros tres capitanes albaneses, dados como garantía en sus manos, acompañarán sus tropas hasta el punto de embarque, donde esperarán hasta que el embarque se complete. VI.
Para el transporte de los enfermos y heridos serán dados sesenta caballos por nuestra parte. VII. La Acrópolis nos será entregada en la forma y en el estado en que se encuentra, es decir, con las municiones, balas y víveres que puedan encontrarse en ella. VIII. Serán enviados a la Acrópolis tres hombres 93
Todos salieron con las armas excepto 25 personas no beligerantes: mujeres, niños y dos o tres ancianos, que se quedaron en la ciudad y fueron muy útiles. Esta cláusula figuraba como muestra de la petulancia turca.
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de nuestra confianza para comprobar si hay minas, como hemos oído, y esto se hará cuando se firmen los acuerdos por su parte. IX. Estos tres hombres, después que sean tomados como garantía en sus manos, serán entregados por su parte a cambio de tres súbditos, los cuales serán devueltos cuando la Acrópolis sea evacuada. X. Si los tres hombres enviados a la Acrópolis vieran algún daño sucedido después de la firma de los pactos, ya sea en las fuentes, ya en la Torre, ya en otras partes de la Acrópolis, los pactos serán invalidados.
XI. Finalmente, se fijará una hora para el comienzo de la operación.
Prometo bajo juramento inquebrantable cumplir estas once cláusulas, sin diferencia con lo acordado.
24 de mayo de 1827 Visir Mehmed Rechid Pachá, Gen. plenipotenciario etc.
Así salimos de la ciudadela, siguiendo la ruta hasta el promontorio de Koliás, desde donde zarpamos en buques de nuestros mediadores y arribamos a Salamina, donde Fabvier fue recibido con bendiciones por las mujeres cuyos maridos e hijos estaban en la fortaleza. Del mismo modo, los atenienses en Egina proclamaban a Fabvier salvador de los asediados, pero incluso los disconformes con el acuerdo estaban agradecidos al coronel filoheleno Fabvier, uno de los cuales el que esto escribe. Agradezcan a este hombre todos los que viajan a Atenas para obtener placer y satisfacción al contemplar las antigüedades de la Acrópolis. Las hermosas reliquias habrían sido definitivamente destruidas por las minas dispuestas al efecto si Fabvier no hubiera actuado e impulsado el acuerdo. Y aparte de eso, la mayoría de los confinados habrían muerto en la huida, porque los griegos no habrían llegado nunca a un acuerdo, ni tampoco era posible prosperase, teniendo en cuenta que hasta el último día, cuando se efectuó nuestra salida, hubo quienes desde las almenas proferían sarcasmos e injurias contra Kütahi, Mahoma y el sultán; así que, con sonrisa sardónica, evoqué en mi espíritu las maldiciones de los atenienses contra Sila en el asedio de aquella época.
Que los recluidos en la Acrópolis de Atenas cumplieron con su deber con patriotismo ejemplar, aparte de los hechos relatados hasta aquí que así lo confirman, no menos lo reconocieron como verdad tanto el gobierno griego de entonces como la nación entera por medio del III Congreso Nacional de Trezén. Esta fue la proclama del gobierno: 246


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“Al Honorable Congreso Nacional: Puesto que con la triste desgracia de los nuestros acontecida ante la Acrópolis se ha propagado por doquier el desencanto, el Primer Almirante de la Escuadra creyó necesario dirigirse al Gobernador de la Flotilla Francesa, exhortándole a intentar una entrevista con Kütahi sobre los confinados en la Acrópolis, a lo que Kütahi propuso unos acuerdos que son lo que figuran adjuntos en la copia de la traducción. Pero los valerosos defensores de la Acrópolis, rechazando tan viles condiciones, respondieron al mediador francés con una carta, digna en verdad de hombres libres, cuya copia se incluye aquí.
Una vez que el enemigo constató la heroica firmeza de los nuestros, comenzó a disparar bombas contra la Acrópolis ininterrumpidamente, y esto ha seguido durante todo el intervalo de la noche del sábado al domingo.
En Poros, a 2 de mayo de 1827.
El Comité de Gobierno.” Leída esta información del gobierno en la 37ª sesión del Congreso Nacional y, a continuación, las informaciones de los representantes Anastasios Lidorikis y Spyridon Skufos sobre la guarnición de la Acrópolis, fueron aprobadas por unanimidad. El Congreso promulgó su XI decreto, a saber: “Considerando que la nación griega debe reconocimiento a la guarnición de la Acrópolis de Atenas, digna de gloria inmortal, por su resistencia patriótica y los sentimientos que ha demostrado en su defensa de dicha Acrópolis, dignos de la nación, Considerando que debe en justicia asistir a las viudas y huérfanos de los caídos gloriosamente durante el asedio, DECIDE I. Fijar una gratificación de tierra y olivos del olivar que circunda Atenas para todos los sitiados que resisitieron hasta el fin en la Acrópolis de Atenas, a las familias de los que murieron por ella y a los correos que expusieron su vida transmitiendo informaciones.
II. La gratificación será de igual valor para todos; la medición de la tierra y la cantidad de olivos serán decididas por el Órgano Deliberativo.
III. El presente decreto será registrado en el Boletín Oficial.
Emitido el 8 de abril de 1827.” 247


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Eran miembros de este Congreso por parte del Ática Io. Vlachos y Stamos Serafimis. El envío del último desde la Acrópolis, como se ha dicho en los párrafos anteriores, fue de no poca ayuda junto al gobierno y junto al congreso nacional. Pese a lo cual él, siendo combatiente y con los derechos otorgados, languidece suplantado, bajo el peso de una familia muy numerosa.*
* El autor introduce aquí la extensísima nota sobre las investigaciones en refutación al estudio Topographie der Häfen von Athen de Heinrich Ulrichs, que eludimos en razón de su prolijidad y nula relación con el tema principal (Vd. Introducción -pág. 16-).
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LIBRO CUARTO CAPÍTULO I
Los atenienses privados de su patria chica se instalaron en Egina, Salamina, Poros. Otros mudaron a Siros, Tenos, Hydra o donde encontraron un medio de vida. Ya que los dos tercios de los atenienses fueron a Egina y allí estaban también sus notables, en asamblea habida en dicha isla se decidió que celebráramos las honras debidas según el rito cristiano a los caídos por la patria dentro de la ciudad y la fortaleza durante el asedio. Y para que la ceremonia fuera oficial, fueron invitados a asistir al sepelio los miembros del gobierno, los del Parlamento y los notables itinerantes de Grecia. Ofició la ceremonia el obispo de Atenas Neófytos Metaxás; Io. Vlachos corrió con los gastos necesarios para el funeral, y pronunció el discurso fúnebre Dionysios Surmelís. Y así se cumplió decorosamente el 6 de noviembre de 1827. Al final del libro figura la relación* de los homenajeados, su epitafio es el que se incluye a continuación.
DISCURSO FÚNEBRE A LOS CAÍDOS EN EL ASEDIO DE ATENAS.
PRONUNCIADO EL 6 DE NOVIEMBRE DE 1827 Veía el cielo, honrados ciudadanos, veía el cielo la triste y lamentable postración servil de tantos siglos de los griegos; veía esa espesa y duradera tiniebla que cubría los ojos de nuestro corazón; pero al fin, con la brillante luz del horizonte griego inyectó en nosotros aquel rocío que limpia, vivifica y hace renacer en las almas de los hombres el espíritu de la libertad y el sentimiento de la conducta humana feliz. Entonces el corazón y la cabeza se iluminan y el hombre griego no soporta más las pesadas cadenas de la esclavitud, rompe las ataduras, sacude el yugo y lucha con sus escasas fuerzas infantiles contra la más temible potencia, para volver a ser libre.
* Lógicamente no se incluye en esta traducción.
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Así, cuando esta nación caída, cuando nosotros los griegos volvimos a tomar las armas para recuperar nuestra libertad perdida y defender nuestros derechos, el despótico enemigo, el rabioso enemigo de la humanidad, enfurecido y frenético, se revuelve e intenta imponernos de nuevo un tiránico yugo, más duro y pesado aún. Pero los griegos, que han preferido desde el fondo de su alma una muerte gloriosa antes que una vida servil y sin honor, reaccionan y combaten al enemigo, y esta lucha dura ya siete años; una lucha que ha causado gran admiración a todas las naciones de la Tierra: el cordero se enfrenta a la fiera y la fiera admite la derrota.
Al final, una vez que fue vergonzosamente vencido tanto por tierra como por mar y practicó las más horribles represalias y matanzas y apenas quedó dueño del territorio de Mesolongui con honor no obstante para Grecia, ensoberbecido con la conquista de piedras y túmulos, reanuda con intensidad el asedio de Atenas suponiendo que, de ganar esta ciudad, pondrá fin a sus fatigas y volverá a ser el amo de Grecia, igual que antes. “Pero la mala decisión es malísima para el que la decidió.”* El heroísmo de Mesolongui, el heroísmo de la Acrópolis de Atenas, el valor del resto de los griegos libres causan su perdición y ponen los cimientos de la libertad, pues ¿qué puede pasar sino que esto mueva a las grandes potencias de Europa a decidir el destino de Grecia?
Y ya que hoy, siguiendo la norma cristiana y el deber humano y especialmente nuestro deber de sobrevivientes, conmemoramos a los muertos por la patria en el asedio de Atenas ofreciéndoles las debidas honras, contribuyo con este fraternal discurso a honrarlos y elogiarlos. Sé que es un intento osado y superior a mi capacidad, porque lo ofrecido debía ser igual y conforme a la dignidad de aquellos a quienes se ofrece. Pero aporto lo que tengo al elogio común de estos hombres de eterno recuerdo. Ojalá sus benditas almas me respondan benévolas, atendiendo a mi buena disposición y no a mis débiles palabras.
Para que se cumplieran las escrituras y sucediera todo lo que profetizó el Espíritu Santo hasta que llegue lo que afecta a los griegos, el enemigo, aunque no pudo someter a la obediencia a una parte de Grecia Oriental en diferentes campañas e incursiones a lo largo de seis años de guerra, pues era continuamente aniquilado y fracasaba siempre, sabiendo que todo era en vano mientras Atenas fuera libre, intentó el asedio de esta ciudad con toda la * Cita hesiódica.
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fuerza de que disponía; y así abrió otra escuela de hombría y virtud griegas, en la cual han participado y competido gloriosamente cuantos no estuvieron incluidos en la de Mesolongui.
¿Qué fue de los que lucharon en esta lid y murieron con gloria protegiendo y defendiendo a la Fe y a la Patria, los auténticos y nobles hijos de aquellos antepasados nuestros? Como si oyeran salir una voz de las sagradas tumbas diciéndoles así: “Hijos nuestros muy amados y queridos, a quienes el mundo ha reconocido como ilustres descendientes nuestros: mirad como el bárbaro enemigo, furioso de rabia despótica, pisotea los túmulos de nuestro santo suelo, que apenas respiró un aire puro, y va de nuevo a contaminar nuestras tumbas, a manchar nuestros sacros templos, a profanar los altares de Dios, a ultrajar vuestra irreprochable fe y a avergonzarnos a nosotros vuestros padres, sin tener en cuenta para nada el valor de los griegos. Recordad, hijos nuestros, que esta tierra es la que engendró a los valerosos héroes, la madre de los Milcíades, Temístocles, Arístides, Pericles, Alcibíades y demás grandes hombres; esta es la tierra que llegó a la cima de la gloria y propagó las luces a toda la tierra, reformando las costumbres de las naciones bárbaras. Hijos nuestros, si nos amáis, si nos reconocéis como vuestros padres y en vuestras venas hierve sangre griega, vengaos de la bárbara insolencia que dura tanto tiempo y vengad la sangre de vuestros hermanos que ha sido derramada en los seis años de esta guerra ¡No sufráis nunca que unos pies bárbaros pisoteen los huesos de vuestros padres, despreciando lo que es de vuestra propiedad, ni que el luminoso asiento de Grecia, soportando la barbarie, yazca informe y oscuro en completa vaciedad de lo suyo! Para guardar nuestro honor y mostrar agradecimiento a nosotros y amor a vuestros hermanos caídos en ésta, haced gala de acciones tan valerosas para este peligro actual como dignas de la nobleza de vuestros antepasados, pues si hay algo cobarde o indigno, lo consideraremos una ofensa y una deshonra para nosotros. Si os mostráis formidables y ardientes amantes de la libertad y no traicionáis la mentalidad de los padres, eso os producirá la mayor e inexpresable alegría.
Basta únicamente con que hayáis luchado con valentía y no os hayáis rendido por completo al enemigo. Y aunque ahora domine todo el territorio, vuestra entereza inflamará contra él todos los espíritus capaces de derrotarle y liberar a esta tierra ¡Sí, hijos nuestros, no desfallezcáis en esta lucha que se os presenta en Atenas, y a la que os llama el bárbaro enemigo! ¡Tened confianza, atacad, golpead al bárbaro malquisto a Dios, enemigo de la Patria y enemigo de la Fe de Dios!” 251


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Esta voz celestial, instalada en las almas de esos hombres gloriosos, les insuflaba un fervor inmenso haciendo férrea su decisión y lanzando su espíritu hacia los sublimes espacios inmortales. Y cuando oyeron que el enemigo se movilizaba hacia Atenas, no se atemorizaron por su fuerza, no se amilanaron por sus jactanciosas amenazas ni se dejaron atraer por sus tentadoras promesas; antes bien, confiando en sus fuerzas corporales y persuadidos de la ayuda del Altísimo, con un solo pensamiento y un solo espíritu, por un lado los vecinos de Atenas, después de trasladar a Salamina sus seres queridos –mujeres, hijos, padres y todos los impedidos– y por otro lado los refuerzos que llegaron de fuera, dejando ellos también su familia y propiedades, lo aguardan con noble y ferviente espíritu, decididos a morir por la salvación de esta ciudad y de toda Grecia en general ¡Almas nobles en verdad ante las que toda alabanza se queda corta, pues preferisteis dejar huérfanos y en profunda tristeza a vuestras mujeres, vuestros hijos, vuestros padres, hermanos y amigos y aceptasteis animosamente y con alegría la muerte por la salvación de la Patria!
¡Qué digo la muerte! Eso es poco y lo último, pero ¿qué calamidad no probaron antes de morir, qué miseria y malestar no soportaron? ¿Qué penas y dolores constantes no sufrieron? ¿Qué trabajos y sudores interminables no emplearon en este asedio tan horrible, ya que el hostil sitiador, empeñado en la toma con éxito de la fortaleza, qué no ideó, qué no inventó y qué no hizo para estrecharnos? ¿Mencionaré las bombas y cañonazos de día y de noche, y los frecuentes y paralelos túneles, terraplenes y fosas con que respondieron a los del enemigo haciéndole fracasar, pero con un esfuerzo tremendo? ¿Qué emprendía el enemigo contra nosotros que no estuvieran ellos prestos a neutralizar? ¿Cuántas veces no saltaron más allá de la muralla, llevando el hierro y el fuego al enemigo? ¿Cuántas veces no asaltaron sus galerías, bastiones y trincheras sorprendiéndoles, matándolos y tomándolos prisioneros? En una palabra, ¿dónde había peligro para la ciudadela adonde ellos no corrieran decididos? ¿Dónde se les necesitaba que ellos no acudieran? ¿Dónde el enemigo aparecía más potente que ellos no aguantaran firme? ¿Y quién en estas circunstancias no veía en ellos un rostro radiante y risueño, quién no veía un alma alegre y feliz? Verdaderamente veías pintado el más sublime amor a la patria en sus rostros entusiastas, de tal forma que los propios enemigos temblaban y morían de miedo cada vez que experimentaban el valor de ellos. No es fácil para mí enumerar ni decir con detalle todas las peleas e incursiones que llevaron a cabo contra el 252


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enemigo durante el sitio: eran en general acciones esforzadas y trabajosas, heroicidades preclaras y dignas de recuerdo, un valor raro e insuperable.
Pero ¡ay!, gran error por mi parte es glosar el valor y la virtud de estos exponiendo únicamente lo relativo al asedio de Atenas. Disminuyo su gloria, minimizo su elogio, soy injusto con los hombres, ultrajo sus almas sublimes.
Han pasado ya seis años desde que se abrió el estadio para nuestro sagrado certamen, y siempre han estado en los primeros puestos estos héroes; azuzados por el deseo natural de vivir en libertad, avergonzados de llevar el estigma del esclavo, se desnudaron en la pista para competir, luchar, saltar, correr y golpear al enemigo por doquier, combatiendo valerosamente por el galardón y la libertad de la patria*. Ved, pues, cómo lo demuestran ampliamente los hechos y las gestas de su exclusiva autoría: La Acrópolis de Atenas, que estaba en poder de los enemigos bárbaros, fue sitiada por los ciudadanos, sus auténticos propietarios; finalmente, tras un accidentado asedio, es conquistada por nosotros al asalto y arrebatada al poder bárbaro. Aquí se vio en verdad la valentía y fortaleza griegas, aquí se demostró cuánto puede el patriotismo y cuánta fuerza tiene el amor a la libertad. En conclusión, en esta famosa y aplaudida liza lucharon unidos muchos de los anteriormente elogiados, actuando según lo que se esperaba de ellos y sufriendo y soportando incontables horrores.
Otra batalla importante y famosa se libró en Vasiliká (un lugar de la Ftiótide); habiendo irrumpido el enemigo con un ejército de unos diez mil hombres y oponiéndosele unos setecientos griegos al mando del siempre añorado Guras, quedó muy dañada toda la fuerza de los bárbaros, mientras los griegos obtuvieron una gloriosa y rara victoria, vertiendo ríos de sangre enemiga y saciándose de pingüe botín. Esta es la hazaña y proeza más destacada de nuestros héroes.
Otra batalla a su vez fue la de Lala, en el Peloponeso: Los habitantes bárbaros de ese lugar pretendían defender esa tierra como propiedad suya y se enfrentaron noblemente a los nuestros; mas los griegos, escasos en número pero mostrando almas griegas, indignados por el injusto robo de los bárbaros, cobraron una célebre victoria destruyendo totalmente al enemigo; allí también junto a los vencedores lucharon algunos de nuestros hombres.
* Como en otras ocasiones –pero aquí transforma la metáfora en alegoría– el autororador compara la guerra con los agones deportivos de la Antigüedad.
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Y también en Graviá, en Jerusalén*, en Amblianí, en Hagios Lukas, incluso en Sálona lucharon y consiguieron importantes victorias sobre el enemigo.
Estas victorias desmoralizaron al enemigo y lo dejaron incapacitado para someter a los griegos, súbditos suyos en otro tiempo; mantuvieron libre a Grecia hasta hoy, la volvieron a establecer como Nación y la llevaron a mejorar, de forma que nos dieron fundadas esperanzas en nuestra libertad.
Y de nuevo, cuando Omer Pachá de Eubea acampó hace tres años en Kapadriti del Ática con un escogido ejército de seis mil hombres para caer sobre Atenas, mientras saqueaba las aldeas del Ática tuvo lugar la batalla en Maratón, donde el siempre recordado Guras, al mando de trescientos griegos, obtuvo el galardón de una gran victoria, estando estos también entre los combatientes.
¿En qué otros lugares no combatieron al enemigo? ¿Qué montes, qué sierras, qué forestas no recorrieron? ¿Dónde aparecía el enemigo que no lo persiguieran ellos? ¿Quiénes de ellos no estuvieron en todas las batallas que se dieron en Caristo y en toda la isla de Eubea? ¿Fue poca la fuerza enemiga allí destrozada y destruida tantas veces? ¿Cuántas veces los bárbaros de Caristo no llegaron a la máxima estrechez, de forma que poco faltó para que entregasen la fortaleza, si no hubieran venido en su auxilio ciertas irregularidades del momento? En definitiva, en todas partes de Grecia se enfrentaron al enemigo, luchando y poniéndolo todo por debajo de la libertad.
Finalmente, cuando las tropas regulares e irregulares griegas acamparon en Chaidari de Atenas y, después de aquella gran batalla, ganaron la victoria con gran perjuicio del enemigo, muchos de ellos, tras pelear allí, vinieron en auxilio de la ciudadela en peligro, donde fueron inmolados en el altar de la libertad.
Estas y otras gestas persuadieron a Europa a cambiar de opinión sobre la cuestión griega, a reconocernos a nosotros los griegos como una nación capaz de gobernarse autónoma e independiente, y a ratificar nuestros derechos con la neutralidad. Y en conclusión nos contempló libres, aceptando nuestro régimen y rubricando nuestra independencia. Estas y otras gestas difunden por toda Europa la alegría entre los filohelenos y excitan el pundonor de éstos, hasta el punto de venir en auxilio de los griegos, bien con dinero bien con sus personas. Vuela desde Grecia la fama canora y recorre Europa de un extremo a otro. Llama a las puertas de la Alta Alemania con la * Nombre de un monasterio a los pies del Parnaso.
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buena nueva sobre el tema de Grecia y, al tiempo que enciende la llama en el corazón de los alemanes, se animan a contribuir los primeros a la libertad de Grecia*. Recorre Suiza, lo que significa el renacer griego, al hacer de común conocimiento la lucha que ha emprendido Grecia para reconquistar su libertad. Aquí se levanta un gran viento filohelénico que empuja a los suizos y deposita en Grecia gran cantidad de ellos mismos y de recursos. Llega a Inglaterra y anuncia a su pueblo amante de la libertad las victorias militares de los griegos; promueve el pundonor, aguza el sentimiento libertario, funda sociedades filohelénicas y se movilizan muy grandes y buenos recursos en favor de la libertad de los griegos. Después cruza a Francia, comunica la cuestión griega y pone de manifiesto la buena acogida de ingleses y suizos, con lo cual enciende allí la rivalidad; y no hay nada que enorgullezca más que emular a ambos pueblos en una confrontación digna de elogio. Resonó incluso en los mismos antípodas de la Tierra, donde América escucha con pasmo la resurrección de los muertos y, emocionada, contribuye con alegría a esta reanimación y revivificación. Por último Holanda, a imitación de estos pueblos amantes de Grecia y de la libertad, tiene a gala figurar en el coro de los que socorren a Grecia, para compartir con las demás la gloria celestial y perenne que disfrutarán estos benefactores. Y he aquí que un circuito de incesantes donaciones parte del eje filohelénico de Europa y responde oportunamente a nuestras necesidades. Todo esto y mucho más es lo que por fin redescubre y promueve el filohelenismo –oculto por las circunstancias y finalidades políticas– de la gran potencia rusa que, canalizando el torrente de sus favores, unido a los de Francia y Gran Bretaña, viene en auxilio de la Grecia víctima de una pertinaz sequía.
En conclusión: a estos hombres en cuyas almas existía tanto amor a la patria, tan encendido fervor, tanto heroísmo, tan generosos y nobles sentimientos, cualidades que despertaron y llenaron de gloria a la patria, movieron a admiración y a tal competencia de honor los espíritus de las naciones, y por otra parte avergonzaron, deshonraron y mostraron la indignidad y vacuidad de la prepotente gran Turquía, a estos hombres ¿qué voz les puede rendir los elogios que merecen? Yo no me siento capaz y, al no serlo, guardo silencio, y que venga otro nuncio que con heráldico clarín cante el patriotismo, las proezas y el valor de estos heroicísimos hombres.
* Se respeta el anacoluto del original.
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Honorables compatriotas, poca cosa es para dichos hombres esta honra terrenal, en comparación con aquella celestial que ganaron entre los santos; poca cosa son las ofrendas humanas frente a aquellas con que los agració la divina Majestad, esas que prometió nuestro Señor Jesucristo con su amabilísima y dulcísima voz: “Bien, siervo bueno y fiel*, soldado selecto y noble, emulador de las gestas de tus antepasados, campeón de la libertad, luchador por la fe en mí; sacudiste el yugo, rompiste las ligaduras, libraste un hermoso combate y has conservado la fe y completado la carrera, consiguiendo la última victoria y manteniendo hasta el fin el impertérrito e inconmovible juramento por la Patria y la Fe ¡Oh siervo bueno y fiel soldado, seguidor del rey celestial, entra en la alegría del Señor, en la comunión de los inmortales!
Canta en los coros celestiales y ciñe la corona de la gloria junto a los ángeles, disfruta sin freno de la eterna bienaventuranza, siendo partícipe del Reino de los Cielos. ¡Oh felicidad, oh bienaventuranza, oh gloria eterna, oh vida celestial e imperecedera, oh cielo, qué almas recibiste en tu seno! ¡Oh santos y ángeles del cielo, qué vecinos y acompañantes habéis acogido en vuestra compañía!
Puesto que he asumido el discurso en su honor, aun incapaz como he dicho de imponer en sus brillantes sienes la radiante corona de los encomios, con todo creo que no debo pasar por alto una cualidad sobresaliente propia de ellos: quiero comparar a estos héroes hodiernos con aquellos de la Antigüedad cuya gloria llegó hasta el cielo. Que los de hoy resulten más dignos de alabanza quizá se considere una exageración, pero no es difícil que cada cual aplique su propio criterio.
Aquéllos no sólo nacieron libres sino también de padres libres, se criaron en libertad en una polis libre, crecieron y fueron educados junto a otros muchachos libres en escuelas libres, convivieron y participaron en la comunidad política de una Ciudad ilustrada, guerrera y amante de la libertad; vieron gimnasios en los cuales se ejercitaba el espíritu de competitividad, y la mente ilustrada buscaba siempre la libertad; vieron la ciencia militar, por la que eran instruidos en la adquisición y manejo de las armas, al tiempo que aprendían a menospreciar y no temer al enemigo invasor, acostumbrados a mandar y no ser mandados, a hacer esclavos y ser servidos por ellos, y no a ser esclavizados y servir a otros. En una palabra, la grandeza de ánimo los elevaba y les hacía no aceptar nunca ser gobernados por extraños, por no * Cita evangélica: Mat. 25, 21.
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mencionar lo más grave, la esclavizadora tiranía. Por el contrario, estos de hoy nacieron esclavos y de padres esclavos, se criaron servilmente y fueron educados más servilmente aún bajo el yugo, enseñados desde niños a servir a tiranos, a servir a señores; convivieron con bárbaros en profunda incultura, imbuidos de los prejuicios y la superstición que engendra la ignorancia, sin escuelas libres y privados de las luces y todos esos medios que alumbran en las almas humanas el fervor por la libertad y reinan en una nación siempre libre. Aquéllos en fin morían por conservar su libertad, por vengar a la gloriosa patria cuando era ultrajada y por no ser prisioneros de los bárbaros ni, siendo nobles y de naturaleza divina, figurar en la procesión triunfal de unos malnacidos cualesquiera; en verdad, esto no es admirable ni extraño.
Pero que estos miserables y despreciados, sólo con la voz de los muertos que los proclama descendientes de ellos y es por eso por lo que no deben ser esclavizados, que estos mueran por la libertad de la patria, estimando más la muerte que la vida y entrando en batalla con la salvaje fiera… ¡eso sí que es asombroso y extraño! ¡Eso conmueve a cualquier auditorio, y arrastra a toda alma sensible a la admiración por estos hombres!
Es verdad, y yo no puedo contradecirlo, que “todo hombre, aunque sea esclavo, anhela ver la luz”. Sí, lo anhela y lo celebra, pero ruega que ésto le sea dado por la suerte. Muchas otras naciones que una vez disfrutaron de su libertad desean ver esta luz, pero ninguna ha preferido, ninguna ha decidido una muerte gloriosa en vez una vida de esclavitud y servidumbre; antes bien, cayeron una vez y se quedan inmóviles, permanecen muertas, esperando la resurrección general de los muertos. Sin embargo el griego, si bien cayó bajo la esclavitud de los turcos junto con las demás naciones cristianas de Asia y muchas de las de Europa, no perdió su natural carácter, no perdió el sentimiento de la libertad, y he aquí que no soporta la esclavitud, no soporta la vida sin honor; prefiere una muerte gloriosa y dice: “Es mejor un buen morir que una vida vergonzosa; si no consigo vivir mi libertad, sí gano una muerte excelsa; no quiero vivir esclavo y sometido, como este y el otro; quiero una de dos: vida libre o muerte gloriosa”. Esta es la expresión, ¡ay!, del orgullo de nuestros hombres; y así lo hicieron, tal como lo pensaban.
Al comienzo del discurso, honorables ciudadanos, mi alma se dirigía a un coro de mujeres viudas, hijos huérfanos y padres solos y sin hijos; estas son las ilustres familias de nuestros héroes, los muertos por la salvación de la patria. A vosotros, oh sacro coro, si al presente no os tengo a todos aquí, a vosotros que regáis la tierra con vuestras lágrimas llorando vuestra viudez, 257


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vuestra orfandad y vuestra soledad, a vosotros me dirijo para deciros: la patria, hermanos, que no podía salvarse más que con la sangre de vuestros seres queridos, está salvada, salvada gracias a los caídos de entre los vuestros.
“Para salvar –dijeron con toda el alma– para salvar a la patria, perdámosla nosotros. Para no perder lo nuestro, para que lo más querido no se convierta en botín del enemigo, muramos por ello, y descubriremos que nuestra muerte será vida para ellos y al contrario, nuestra vida será su muerte.” A ellos, hermanos, la patria los pone entre sus salvadores, los reconoce como sus benefactores, los acoge como a hijos predilectos a los que debe su felicidad actual ¡Consolaos, hermanos, consolaos! He aquí que llega la hora de disfrutar el beneficio social pero también personal de la patria, cuando esta tierra bien cultivada por manos griegas, saludando su florecimiento, les dé las gracias a ellos y a vosotros os traiga consuelo y alegría. Las aves del cielo cantarán con trinos agradecidos, gozando ellas también del límpido horizonte, libre del humo de las hogueras enemigas. Mujeres, aunque habéis quedado viudas de los cuerpos de vuestros maridos, no habéis perdido sus almas; a cada paso que deis y vayáis a donde vayáis, estarán a vuestro lado y os acompañarán a todas partes las almas de vuestros hombres; su mente y su espíritu os saludarán, y veréis risueño el semblante de la tierra, y a las personas disfrutar de los bienes y favores de vuestros hombres. Hijos, vuestra orfandad os ha dado el derecho a sentiros ufanos y orgullosos del valor y pundonor paternos. Sois felices y admirados, porque debemos a vuestros padres nuestra salvación.
Tendréis –no lo dudéis, llega la hora– tendréis el aprecio y el amor más íntimos y justos, y el primer grado de nobleza, pues tenéis como abolengo el heroísmo de vuestros padres. De vosotros la patria, que de noble y respetada cayó en la ignominia y la deshonra, de vosotros vuelve a recibir el título de prócer. Padres, la muerte de vuestros hijos os ha hecho realmente felices y bienaventurados en vuestra paternidad. Ella os tributa como posesión inalienable la estima y la veneración de toda la humanidad, y la patria os agradece vuestra ofrenda de lo más preciado. Alegraos, buenos padres, pues ocuparéis un luminoso puesto en aquella bienaventuranza celeste, gozando con vuestros santos hijos en compañía de los ángeles y del mismísimo Dios, y su memoria será eterna por los siglos de los siglos.
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Los refugiados atenienses, sin trabajo alguno, pasaban hambre en Egina.
A pesar de eso, la Divina Providencia no los dejó tirados del todo: unas manos benefactoras y piadosas llegaron desde América para dar un consuelo a los afligidos y necesitados: viudas, huérfanos y ancianos. No menos contribuyó la presencia allí del gobernador de Grecia*.
Cuando éste emprendió la construcción del orfanato de Egina, encontraron un módico recurso para su sustento. En esta obra trabajaron alrededor de 800 atenienses entre hombres, mujeres, niños y jovencitas, en su mayoría transportando piedras y arena. Los bondadosos capataces no dejaron a las mujeres de los caídos por la patria trabajar en la limpieza de las inmundicias en las calles y travesías de la ciudad; se opusieron ciertas personas de buena familia, que no soportaban ver a sus conciudadanas en trabajos sucios y arreglaron el asunto por otras vías.
Una vez concluido este gran edificio del orfanato, se acabó el empleo en él; pero el americano Howe**, supervisor de las donaciones de sus compatriotas filohelenas para las viudas y los huérfanos de Grecia, para aliviar sus necesidades reparó un muelle de Egina y los refugiados atenienses volvieron a trabajar en él, transportando piedras y todo lo necesario para la obra. No es misión mía hablar sobre los abusos de este hombre en la gestión de las donaciones. Mucho se dice, y quizá algunos escribirán sobre el tema.
En tanto, aclaremos que más de 300 atenienses hacían el servicio militar en el cuartel del general Hypsilandis, parte de los cuales estaban en la guerra de Tebas a las órdenes de Mitros Kapsocharis; otros participaron en el asedio y rendición de Naupacto y en la liberación de Mesolongui al mando de Spyros Dondas, y los demás a las órdenes de Makrygiannis, nombrado entonces comandante en jefe de la policía del Peloponeso por el Gobernador. Cuando se creó el ejército nacional, todos ellos solicitaron al general que se formara una compañía ateniense de quinientos miembros, y éste dirigió la solicitud al gobierno, que no lo estimó oportuno, pues la intención del gobernador era acabar con el ejército irregular, no establecerlo.
Hemos dicho precedentemente que los habitantes de las dos aldeas de Chasiá y Menidi se sometieron al turco cuando invadió Atenas. Con la intención de levantarlos contra el enemigo, el general envía para efectuar * Kapodistrias, primer mandatario de Grecia, nombrado por la Asamblea Nacional.
** Samuel Gridley Howe (1801-1876). Después de participar como cirujano y combatiente, regresó a América y desde allí canalizó las ayudas que se citan en el texto. También escribió una obra sobre la Insurrección (Vd. Bibliografía).
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la defección a los dos jefes atenienses, Dimitrios Lekkas y Nikólaos Danilis, pero aquella gente reñida con la libertad los traicionó en favor de los turcos, acorralándolos en un habitáculo y, cuando se entregaron con la promesa de dejarlos partir, en vez de eso fueron llevados a Eubea a manos de Omer Pachá, que los sometió a la más cruel y despiadada de las muertes. Lekkas fue colgado de ganchos de hierro y desollado vivo, mientras que Danilis sufrió una horrible muerte por empalamiento. Ocurrió esto a finales de abril de 1829.
Ambos fueron jefes de guerrilla y adalides de la libertad, desde el comienzo de la sacra guerra hasta el fin de sus vidas; además, Lekkas perdió en combate a tres hermanos y muchos parientes, todos ellos hombres honrados. Por su parte Danilis había enviado previamente a la inmortalidad a su padre y a su hermano, que murieron por la patria. Su único hijo, Alcibíades Danilis, no ha recibido por su orfandad ninguna ayuda ni asistencia y sufre la injusticia de no ser tenido en cuenta, como si no tuviera derechos.
El comportamiento de los atenienses en Egina fue ejemplar: no se aprovecharon de su prestigio, no se amilanaron y no cayeron en excentricidades. Dijo una vez un ilustre ateniense de la Antigüedad en una circunstancia quizá parecida con sus conciudadanos, y dijo verdad: “Aunque hemos dejado en casa las riquezas, nos queda la nobleza y buena cuna.”* Lo mismo puedo decir, y no miento, adaptándolo al extrañamiento de los atenienses: fundaron allí un consejo de notables que proseguía sus sesiones ordenadamente y dieron un senador, Io. Vlachos, al Senado Nacional. Por otra parte, el obispo de Atenas extendía sus oficios a los ciudadanos del lugar. Una de las grandes virtudes de los atenienses fue no ceder a los ruegos y deseos de muchos petulantes para naturalizarse atenienses; y mientras otros muchos pueblos se volvían locos por ser los primeros en aprovechar la oportunidad de naturalizar a éste o a aquél, sólo los atenienses no condescendían a humillarse. Decían: “Sin un efectivo y explícito beneficio en proporción a la ciudad, no puede uno convertirse en ciudadano de Atenas.” Y esto a imitación de los antiguos, que no hacían ciudadanos más que a los grandes benefactores de su polis.
El gobernador de Grecia, una vez que disolvió el Senado Nacional, nombró a Io. Vlachos miembro del Panhelenio** y a G. Psylas procurador extraordinario de Laconia. En el IV Congreso Nacional reunido en Argos, los atenienses eligieron delegados a G. Psylas y N. Karoris.
* Fragmento de Eurípides.
** Órgano político de 27 miembros creado por Kapodistrias a su medida.
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Como coincidió que G. Psylas era uno de los representantes del Ática enviados al primer congreso o consejo nacional en Piada* y estaba en el último congreso nacional de Argos, me he acordado de insertar aquí lo que en la 1ª edición omití por falta del documento oficial adjunto. Los atenienses, acomodándose a los dictados de la nación, enviaron a participantes de la provincia mediante el escrito a continuación; y como esto es antiguo y, por ello, digno de nota, lo publicamos para conservarlo y que lo conozcan los lectores.
“Dionysios de Atenas confirma: El Ática, deseando también el gobierno común de toda la nación, elige y envía a Piada como asistentes a la Asamblea Nacional a Spyridon Patusas, Dionysios Petrakis y Georgios Psylas, personas virtuosas y sensatas, y los provee de plenos poderes en todo lo que entiendan y decidan como conveniente para ella en compañía del resto del Consejo Nacional, dándoles como distintivo la presente, sellada y firmada por los ciudadanos notables de la misma.
En Atenas, a 1 de enero de 1822.” Cuando se produjo el cese de hostilidades entre Turquía y Grecia, los habitantes del Ática fueron volviendo a sus hogares poco a poco.
* El primer congreso nacional se celebró en este pueblecito costero del Peloponeso, pero es más conocido por el nombre de Congreso de Epidauro, por estar cerca del que fue santuario de Asclepio en la Antigüedad.
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CAPÍTULO II
Finalmente, el protocolo de Londres de 3 de febrero de 1830 hizo que retornasen muchos y, por consiguiente, hasta finales de este año se reunieron casi todos en Atenas, donde encontraron la ciudad completamente en ruinas, el olivar quemado en su mayor parte y totalmente perdidos los huertos, viñedos y campos de cultivo. Las preciosas Patisia94 y Sypolia95 estaban arrasadas, yertas y en un estado lamentable. La pérdida de olivos en el Ática durante el transcurso de la guerra asciende a unos ciento cincuenta mil árboles.
Como las disposiciones del mencionado protocolo permitían a cuantos habitantes turcos de Atenas quisieran vender sus posesiones del Ática, acudió mucha gente de diversas ciudades para comprarlas, de manera que muchos de ellos se convirtieron en propietarios y vecinos de Atenas. Al partir, los turcos de Atenas derramaron lágrimas amargas, privados de la tierra que los vio nacer y los crió. Uno de ellos se postró en tierra en el Pireo y la besó tres veces diciendo: “Queridísima patria, te perdí y no te volveré a ver.” Y ya que ha surgido la cuestión sobre la venta de las propiedades otomanas del Ática y de la marcha de los naturales turcos de Atenas: resulta que, la semana en que iba a imprimirse la hoja tipográfica nº 18 de la presente Historia, cayó en mis manos el tomo I de la recién editada obra de I. R. Rangavís titulada Lo griego y leí únicamente lo referente al Ática, que es lo que me interesa. Por ahora no puedo evaluar la valía de ese libro, pero doy fe de que es digno de mucha consideración por el acopio de material arqueológico, muy necesario para la juventud de hoy. El escrito sería perfecto si no contu94
Patisia en la Antigüedad se llamaba el Jardín (Κῆποι) por excelencia, y fue donde Epicuro enseñó su filosofía. Luego, en la decadencia, fue llamada Paradisia. Desde la llegada en 1459 del sultán expugnador de Atenas, que se estableció en estos Jardines, fue llamada Patisia, que viene de la palabra Patisiaj (gran señor).
95 La actual Sypolia, principalmente la superior, proviene del demo de Sipalesos. Este demo se encontraba donde ahora la aldea de Levís. Como el terreno de éste limita con la Academia y los jardines de los dos se tocan, la periferia de ambos fue llamada por ignorancia Sypolia, y luego Sepolia; la Academia se llamó Kademia hasta la Epanástasis. El supradicho Levís era el propietario de la aldea, y vivió a principios del siglo XVIII. Sería de desear que las aldeas no se llamaran por el nombre de los dueños, pues así se conservarían los antiguos nombres de los demos.
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Dionysios Surmelís
viera los errores y desafortunados juicios de los arqueólogos más recientes.
Quedé asombrado de cómo este buen hombre, Rangavís, intercala entre los estudios serios unos infundios sobre Atenas en lo referente a la Insurrección.
Le agradecemos que sus ensoñaciones no sean prolijas, y por lo tanto no tengamos mucho que soportar. Dejando a un lado otras divagaciones suyas, anotemos sólo de entre las más esenciales (Vd. págs. 198-202) que trescientos diez griegos de Kúndura y Vilia robaron tres mil reses de los otomanos al alcance de los cañones de la Acrópolis; lo cierto es que ni vinieron, ni dichos griegos se llevaron res alguna; sigue diciendo que, al día siguiente del robo del ganado, salieron en persecución de los cuatreros doscientos otomanos a caballo, cuando no es menos cierto que entre los turcos de Atenas no había ni diez jinetes, cuanto más doscientos. Dice que en la Acrópolis se encontraron, en el momento en que se entregaron los turcos, ricos vestidos y una gran cantidad de latón, diez mil kilá de trigo, treinta mil okades de algodón, treinta mil de cáñamo, cuarenta kandaria (centenarios) de plata, cantidad de perlas y piedras preciosas, cien mil grosia en efectivo y grandes cantidades de mantequilla, queso, miel, etc. etc. Que venga y vea estas enormes cantidades quien desee la verdad, porque los turcos de Atenas eran pobres y sólo dos de ellos eran vistos como ricos, y los bienes de estos consistían en posesiones inmuebles. Las adquisiciones de los otomanos no eran de gran valor, como corresponde al Ática. Sus mantos eran baratos y de poco aprecio, así que no vale la pena mencionarlos. El latón encontrado en la Acrópolis era de los atenienses cristianos, tomado de los escondites cuando el levantamiento del primer asedio, cuando Omer Vrionis entró en Atenas; igualmente, el algodón y el cáñamo eran de los mismos cristianos, pero una cantidad insignificante: apenas trescientas okades, y no sesenta mil. De trigo no se encontraron ni diez kilá, de 10.000 nada. La plata de diversas joyas turcas engastadas en latón no llegaba a un centenario, ni mucho menos a cuarenta. Dinero contante, ni la diezmilésima parte del efectivo de Rangavís, porque la poca cantidad de que disponían algunos la habían escondido. Y las piedras preciosas presuntamente de mucho valor eran escasas y baratas, mezcladas con vidrio por la impericia e ignorancia de los bárbaros que las poseían. Mantequilla y miel había tanta, que apenas daba para preparar un galvás otomano con el que saciar a dos arqueólogos de Atenas. No menos se parecen las mantequillas y mieles de la Acrópolis a las municiones procedentes de Hydra. Lamentamos tener que afligir al venerable anciano Rangavís por los errores antedichos, pero ¿qué culpa tenemos? ¿Quizá deberíamos habernos callado cuando se 264


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publican tan burdas mentiras que tienen por objeto el asunto que tratamos?
Los que escriben historia deben ser no sólo imparciales, sino también cuidadosos con el acopio de material; y poseer buen criterio para no mezclar espinas con rosas ni unir diamantes con cuentas de vidrio, o lo que es lo mismo: lo verdadero con lo falso.
A comienzos de enero de 1831 se reunieron en el Pireo los representantes de las potencias aliadas, y con ellos estaba el gobernador de Grecia, Kapodistrias. El 12 del mismo mes, subieron a la ciudad para negociar con el plenipotenciario de la Puerta la evacuación de la ciudadela. Después de tres conversaciones, los representantes no pudieron persuadir al plenipotenciario turco de que entregara las fortalezas de Atenas y Eubea si no ponían al mismo tiempo en manos turcas la de Vónitza*. Como no se juzgó sensato entregar Vónitza al poder turco antes que prosiguieran en Londres las conversaciones de los representantes de las tres potencias aliadas, se aplazó el asunto hasta nueva orden. El gobernador Kapodistrias subió a la Acrópolis acompañado por dos de los suyos y, al bajar a la ciudad, conversó con el plenipotenciario de la Puerta sobre las escrituras de las ventas, mientras el turco le habló sobre la validación de las mismas por parte del plenipotenciario del gobierno griego; y después de una visita a Patisia, volvió al Pireo y subió al barco de donde se había apeado. No quería que se supiera de su presencia, para no ser recibido oficialmente.
Los vecinos de la ciudad comenzaron a construir sus residencias, a abrir tiendas y talleres, a trabajar la tierra, a cultivar huertos, viñas, olivares y todo tipo de árboles frutales.
Ese mismo año tres americanos –King, Hill y Robertson–, supervisores de los donativos a Grecia de dos compañías americanas, levantaron escuelas masculinas de alelodidáctica y una escuela pedagógica femenina. Además, fundaron una imprenta de lo más surtido, en la que editaron diversos libros cristianos, traducidos en su mayor parte del inglés, para uso de los estudiantes.
Los atenienses se reunieron el trece de mayo de 1831 para elegir un consejo de notables provisional hasta la restauración regional del Ática, siendo los elegidos Anárgyros Petrakis, Nikólaos Zacharitzas, Ánguelos Gérondas y Michaíl Vuzikis. El gobernador Kapodistrias se negó a reconocer esta institución como dependiente de su gobierno, cuando los atenienses reunidos en asamblea eran libres en virtud del mencionado Protocolo, independien* Localidad de Ambracia, al N. de la línea Arta-Volos, es decir, fuera del territorio que le correspondería a la nueva nación griega.
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temente de que la roca de la Acrópolis permaneciera en manos de los turcos; pero el consejo administró los asuntos de su incumbencia como si estuviera en un Estado libre, desestimando al inefectivo poder turco.
Kapodistrias jugó un papel político inadecuado en esta circunstancia, hasta el punto de que los atenienses concibieron sospechas contra él. Al verlos en tal disposición, se comportaba mal con ellos, y a causa de tal conducta se atrajo de alguna manera a su parcela a la autoridad turca; recurriendo a ésta raptó a Dimitrios Zinos, el actual jefe de la gendarmería, y lo llevaron prisionero a Nauplio. Los atenienses, con la enemistad por un lado del gobernador y por otro de la autoridad turca, y con su hostil disposición por los sucesos de la Epanástasis, no se acobardaron ni humillaron y, en sintonía con los demás pueblos de Grecia, enviaron al gobernador la siguiente misiva:
“Distinguido gobernador: Cuando la nación, oprimida por los estragos de la esclavitud, asumió la gran tarea de su levantamiento, se hizo el sagrado juramento de recuperar sus derechos y contarse entre las naciones libres de su misma religión. El sacrificio de nuestros hijos, hermanos, parientes y vecinos, la demolición de nuestras ciudades, la pérdida de nuestros bienes y de toda nuestra hacienda dan amplia fe de nuestra firme decisión. Sin quejarnos hemos soportado todo esto y las emigraciones consecuentes, con las cargas del vagar de un lugar a otro, para alcanzar la meta prefijada: nuestra libertad política, que la nación deseaba fundamentar en los cimientos de un prudente régimen constitucional. En medio de las más horribles circunstancias, tres congresos nacionales redactaron y consagraron la constitución política de Grecia. En virtud de uno de los decretos del último congreso fue Vd. proclamado distinguido presidente para desarrollar y ampliar esta constitución. La nación le recibió con el corazón abierto, y fió a su previsión y experiencia todas las esperanzas depositadas en nuestros inestimables sacrificios. Pero en contra de nuestras esperanzas y deseos, la constitución que garantizaba la confianza ente gobernantes y gobernados se ha mostrado como un obstáculo. La Bulé nacional fue abolida, con lo cual se pisoteó el régimen. La prensa fue amordazada: se invalidó la ley sobre libertad de expresión, se violentó la libre expresión de los representantes. La justicia se ha instituido de manera incompatible con un país libre. Una plétora de comisarios regulares e irregulares (así llamados) y de otros servidores del poder, designados para acallar la voz del pueblo, se alimentan copiosamente mientras los hijos de los caídos 266


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por la patria pasan hambre y necesidad. De aquí el descontento, los disturbios, las protestas, las persecuciones y después los destierros de honrados ciudadanos, la paralización del comercio, la impotencia general y el lamento.
En tal situación, Excelencia, no viendo en otra parte el remedio a todos los males de la nación, que debe justificar las grandes donaciones de las máximas potencias rigiéndose como un país libre y gobernándose según la ilustrada época en curso, hemos de convocar un congreso nacional y una constitución, en la cual los griegos hallarán garantía de seguridad para sus personas y posesiones, dejada hoy al arbitrio del último empleado del gobierno. Así mismo esperamos en el congreso nacional la solución del enigma que todavía nos deja a merced de un poder extranjero, después de tantos y tantos sacrificios.
Le rogamos, Excelencia, que acoja benévolamente esta nuestra común petición nacional y restañe las heridas de los griegos, que reclaman un congreso nacional y una constitución.
En las ruinas de Atenas, a 8 de julio de 1831. Etc.” Esta carta molestó mucho a Kapodistrias, que aguardaba el momento propicio para vengarse de los inductores; pero unas manos de hombres intrépidos quitaron la vida al desdichado gobernador el mismo día en que navegaba hacia el Pireo el vicealmirante ruso Rikord para detener por medio de engaños a algunos de los notables antigubernamentales, según confesión posterior del administrador turco.
Los turcos se temieron lo peor tras la muerte de Kapodistrias: que los atenienses se levantaran en armas contra ellos; cosa que no tenían por qué recelar, ya que su permanencia era provisional, y la fuerza de ellos era mínima. Por lo cual los ciudadanos vivieron tranquilos y sin miedo, esperando el resultado de la decisión de las tres grandes potencias.
Sobre la figura de Io. Kapodistrias como gobernador de Grecia se han dicho y escrito muchas cosas, tanto por sus partidarios como por sus detractores, pero nosotros somos moderados y nos abstenemos de tomar partido por ninguno de los dos bandos. Elogiamos sus demás virtudes y sólo reprochamos del hombre los tres hechos siguientes, conocidos en toda la nación y en todo el mundo, los cuales no pueden ocultar bajo ningún pretexto ni sus más acérrimos defensores: 1º Toda vez que, haciendo bien, nombró por elección propia a Dim. Hypsilandis comandante en jefe de Grecia Oriental y a Richard Church general de la Occidental, y la opinión pública estuvo de acuerdo con esta acertada 267


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elección y, en consecuencia, los asuntos iban bien en ambas partes, de pronto tiene una extraña ocurrencia y nombra delegado plenipotenciario para lo civil y lo militar de toda Grecia Continental ¿a quién? ¿A qué brillante militar o político? ¡¡¡A su hermano Avgustinos!!! ¿Quién era este Avgustinos Kapodistrias? ¿Qué grado de mentecatez e incapacidad se le atribuye? Dos de entre sus muchas idioteces bastan para definirlo por entero. La primera, cuando desembarcó este plenipotenciario absoluto en Aspra Spitia, que en la Antigüedad fueron los astilleros de los ambroses (Dístomo) en el Golfo de Corinto, donde se reunieron cumpliendo órdenes los generales de los cuerpos militares y los administradores de ambas secciones de Grecia Oriental; después de los acostumbrados discursos, en una entrevista, entre las medidas militares proyectadas contra el enemigo, el plenipotenciario general y general en jefe propone –yo me encontraba allí entonces– dirigiéndose a los caudillos: “Es de toda necesidad dar la orden de que el vapor Kartería entre en el golfo de Beocia y dispare sus cañones sobre la fortaleza de Pudunitza”, retenida entonces por el enemigo. Tras un profundo estupor de los oyentes, le responde riendo el general Christódulos Ch. Petru: “Excelencia, eso es imposible, porque la fortaleza está a muchas millas del mar, y en medio hay montañas.” Da lo mismo, como el homérico “montes sombríos y mar sonora”. La segunda es que tras la muerte de su hermano el gobernador, cuando fue proclamado gobernador de Grecia por el partido de Napas, puesto en pie entre los vivas y los aplausos, gritaba “¡Viva!” dando saltos, olvidando que era él el objeto de los vítores, de manera que movió a risa a todos los asistentes96.
2º Cuando el general Hypsilandis iba a caer sobre Eubea y el Ática para adueñarse de estas provincias en 1829 –año en que los turcos eran totalmente impotentes por la guerra que les hacía Rusia, y la ocasión era más que propicia porque, según los informes y conocimientos que tenemos sobre la situación turca en Eubea y el Ática, los turcos de Atenas no podían resistir ni una semana si eran sitiados por falta de víveres y los de Calcis podían aguantar dos meses como máximo– el buen gobernador, disgustado con esto, licencia el campamento de Hypsilandis por medio de su hermano el plenipotenciario absoluto, provocando en el ejército griego la división y la discordia, pues las tropas al mando del comandante general tenían suficientes provisiones y el 96
Desde entonces fue llamado Avgustinos Napas, porque se parecía a un compatriota suyo así llamado que vivía entonces en Grecia el cual, por un céntimo, danzaba, brincaba y apuntaba a los agujeros y, corriendo, ponía el índice encima; y por eso que hacía, gritaba: “¡Viva el palikari Napas!”.
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pago de las soldadas en una fecha fija, mientras que las del general estaban descuidadas por el gobierno y carecían de todo. Todo esto era superconocido y no admite ya refutación, de modo que contra los deseos del general y de la nación, esas dos provincias se dejaron para ser incluidas en las partes cedidas gratuitamente. La carta del general al gobernador con fecha de catorce de agosto de 1829, escrita por el secretario del generalato, Filimon*, explica con muy detalladas exactitud y claridad las consecuencias de la medida sobre la jefatura y delegación absoluta de Avgustinos Kapodistrias. Algunos napenses, queriendo justificar esta actitud del gobernador de dejar Eubea y el Ática bajo el poder de Turquía, aducen la nota diplomática que le dirigió el cónsul inglés Donkey cuando ésta no podía tener ningún peso, pues no estaban de acuerdo las otras dos potencias, Francia y Rusia. Después, habría que ver la dignidad del gran político en tales circunstancias, porque ¿qué enojosos resultados habría conllevado la toma de la ciudadela ateniense en un momento en que toda la provincia estaba liberada? ¿Ni la de Calcis, cuando los habitantes de la isla se habían rebelado? ¿No reparó en verdad aquel diplomático cuánta diferencia hay entre pedir lo que no se tiene y retener lo que ya se posee, cuán difícilmente se concede a uno lo que otro tiene en sus manos y qué fácilmente te quitan lo que no obra en tu poder? Si nosotros hubiésemos poseído el Ática, Eubea y Ftiótide, las potencias aliadas habrían tenido a bien regalarnos de verdad lo que no teníamos, lo que no nos adelantamos en acaparar, para hacer ver que efectivamente nos beneficiaban.
3º Cuando las tres grandes potencias nombraron rey a Leopoldo el gobernador, en vez de animar y atraer al nuevo rey para que apresurase su venida, lo atemorizó y desilusionó por medio de sus conocidas cartas intrigantes, pintando con los colores más negros y antiestéticos al pueblo griego y el estado de la nación: y, para concluir, ofreciéndole el bautismo por medio de su servil Gerusía, lo hizo renunciar a la corona. De aquí la rebelión de los griegos contra él que trajo como consecuencia su muerte, pues los poderosos Mavromichalis pusieron en ejecución el asesinato desencantados por el rechazo a la monarquía ¿Quién duda que, estando vivo el gobernador, Grecia habría permanecido sin rey con la excusa del bautizo? Porque ningún hijo de rey habría querido cambiar su religión por el trono de un país apenas organizado y un pueblo difamado por su gobernador, como se muestra clarísimamente en sus cartas a Leopoldo. Grecia habría perdido el hoy y al buen Otón como * Ioannis Filimon, secretario de D. Hypsilandis y autor de sendos “ensayos históricos” sobre la Filikí Hetería y la insurrección griega (Vd. bibliografía).
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perdió a Leopoldo, porque Otón no se habría mostrado menos orgulloso y escrupuloso que Leopoldo ni habría aceptado la condición del bautismo; ni él, ni su padre el rey. Y además, Otón sacrificaría los derechos que tenía de su padre sobre el trono de Grecia, pues sólo su padre fue nombrado entre todos los reyes Primer Protector y Benefactor de Grecia. La carta de cinco de mayo de 1827 a S. M.97 del congreso nacional de Trezén es testigo notable de sus derechos adquiridos. Luego, mientras por una parte proponía a los mandatarios el bautizo como un espantajo y sabía bien la irrealidad de la condición por el firme propósito de dichos mandatarios de conservar la religión paterna, por otra parte proponía la ampliación de fronteras del reino al mismo tiempo que dejaba el Ática y Eubea en poder de los turcos, cuando podía anexionar gloriosamente estas provincias por las armas, y además la Ftiótide. Los ingenuos napenses son los únicos que no pueden entender el espíritu de Kapodistrias, que sabía enredar las cosas en las mismas cortes de las potencias. Estas son las tres grandes equivocaciones del gran hombre, y no admiten enmienda por mucho que se quieran tergiversar.
A pesar de estar aún bajo dominio turco, Atenas fue de las que más contribuyó a la guerra de los constitucionalistas contra los de Kapodistrias, pues la institución constitucionalista de Mégara defendía sus propuestas a través de nuestra ciudad, y a través de ella se transferían a Mégara representantes de las provincias, dinero, municiones, imprenta y todo lo que fuera necesario; se encargó de esto y lo llevó a cabo N. Zacharitzas con unos amigos suyos, que fueron calificados por los amigos y seguidores del partido de Kapodistrias como conspiradores contra la autoridad del pachá de Eubea. Mas ellos prosiguieron impertérritos y fieles activistas de las tesis constitucionales hasta el final, esto es, hasta la huida de Avgustinos*.
Con todo, para perjudicar a los atenienses, la autoridad sucesora de Io.
Kapodistrias envió dos buques al Pireo que fueran obstáculo a los que zarpaban, para dañar el comercio en provecho del poder turco. El administrador y los ciudadanos que se dedicaban al comercio piden a los notables que se informe sobre esto a los cónsules de las tres potencias, y ellos les mandaron el siguiente escrito: 97
Vd. Colección de Mamukas “El renacimiento de Grecia Tomo VIII pág. 65 1ª edición.
* A la muerte de Kapodistrias, le sustituyó en el poder su hermano, el criticado en párrafos anteriores.
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“Respetados cónsules: En las actuales circunstancias y en la situación en la que se encuentra nuestra ciudad, no se puede sino observar la neutralidad en el conflicto de Grecia hoy y tratar, en la medida de lo posible, de caminar en armonía con la autoridad local hasta la instalación del nuevo orden. Pero se han enviado desde Nauplio unos buques de guerra que bloquean el Pireo desde hace ya ocho días, iniciativa que perturba y obstaculiza a los que zarpan; de modo que la autoridad lamenta la privación de sus ganancias por mar, y los ciudadanos que practican el pequeño comercio del Pireo se quejan del perjuicio.
En tierra firme, los soldados apostados en Eleusis cometen fechorías y desvalijan a los viandantes griegos y de otras nacionalidades.
Por lo cual, a petición de la autoridad local y de los ciudadanos, los abajo firmantes reclaman con respecto a estos hechos y ruegan encarecidamente a los Sres. Cónsules que tomen medidas para el restablecimiento de la paz en la zona, de modo que los ciudadanos liberados de toda influencia de un poder exterior se dediquen a los trabajos y al comercio.
Mientras tanto, nos tomamos el honor de ser llamados affmos. de Sus Excelencias.
En Atenas, a 3 de febrero de 1833.
Sus humildes servidores, Los notables de Atenas.
N. ZACHARITZAS - ANÁRGYROS PETRAKIS - ÁNGUELOS GÉRONDAS MICHAIL VUZIKIS.
Los cónsules tomaron nota y suspendieron el bloqueo.
Los atenienses, exhaustas sus posibilidades económicas y totalmente indigentes para levantar sus casas y cultivar sus campos, decidieron pedir un préstamo a los ciudadanos ricos de América, mediante los pastores americanos allí presentes, Hill y Robertson, expresando su petición a través del siguiente escrito:
A los Sres. Filohelenos de los Estados Unidos de América.
Señores: Su interés por el bien de Grecia, acciones filantrópicas y grandes actos benéficos que han prodigado hasta el día de hoy con la sufriente pero amada Grecia, especialmente los medios aportados a nuestra tierra natal Atenas para la ilustración y educación de nuestros hijos (por los cuales estaremos 271


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en perpetua deuda con Vds. y eternamente agradecidos), todo ello ha promovido entre nosotros fundadas esperanzas tendentes a la reconstrucción y conservación de nuestros agostados bienes. Señores filohelenos, ahora que la guerra que emprendimos por nuestra libertad ha derruido nuestras casas, talleres y tiendas, devastado nuestras huertas y viñas, incendiado nuestros olivares y otros tantos árboles frutales, golpeado nuestras heredades y, en fin, despojado de todas las posesiones y bienes muebles y dejádonos pobres y lamentándonos cuando vemos tan triste caos por toda la extensión de nuestras posesiones, de manera que para levantar lo que está derribado, dar forma a lo caótico y cultivar lo devastado, tenemos necesidad de un empréstito; y como hasta la fecha no ha aparecido ningún banquero en Grecia que nos preste a interés legal, no nos queda ya otra opción más firme que la de recurrir a esa América tan lejana, pero que nos aprecia, y rogar allí a los filohelenos de los Estados Unidos que nos agracien con dicho préstamo, para seguridad del cual se les informa por un escrito oficial privado que describe las condiciones del préstamo y que hemos entregado a los reverendísimos Sres. J. Hill y J. Robertson, rogándoles tengan a bien dirigirlo a Vds. con seguridad.
Sres. filohelenos, si hallamos gracia ante Vds. sobre lo que solicitamos (si es que se nos permiten dudas al respecto, en vista de las abundantes ayudas recibidas de Vds.), grabaremos la misma en la serie de las demás buenas acciones, como signo de perenne reconocimiento. Con el debido amor y reconocimiento.
Mayo de 1832.
Las condiciones a que se refiere la carta son una especie de normas para el acuerdo sobre el préstamo, libradas a elección de los prestamistas. Sólo que nuestra petición resutó baldía, a pesar de que el intermediario nos respondió desde América que el dinero había sido enviado a Atenas.
Y como la Historia sigue su curso, no podemos silenciar la relación de Atenas con ese otro país, sobre todo en materia de ayuda y beneficencia. De una manera especial entre los griegos, nosotros tenemos una deuda de eterna gratitud a los filohelenos de América por su empeño y orgullo en la ilustración e instrucción de nuestra juventud. Antes de hablar sobre las escuelas, expongo la carta de los alumnos del liceo que lleva el nombre de Washington a los jóvenes de Grecia, la cual se dirige especialmente a Atenas (preceden los antecedentes de la carta): En una asamblea de los alumnos de dicha institución el viernes 30 de enero de 1832, el Sr. J. K. Richmond, recién llegado de Grecia, habló sobre la 272


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fundación de una escuela en Atenas, después de una breve pero notable exposición de los hábitos pedagógicos en este lugar y de una emotiva descripción de la catástrofe que impera en la ilustre Atenas. Dio fin a la conferencia con un desarrollo de los muchos beneficios permanentes que con justa razón se esperan de la instauración de dicho establecimiento, por lo que cuando se celebró la reunión ordinaria, se decidió lo siguiente: “Ya que nosotros mismos sentimos profundamente los bienes de la educación, muy en especial deseamos participar en los esfuerzos para la fundación de una escuela en Atenas. Es por eso que hemos decidido constituir una comisión compuesta por ocho miembros que prepare un escrito a los jóvenes de Grecia que sea expresión de nuestros sentimientos de solidaridad y amor, y de nuestros mejores votos por el éxito de su noble empresa.» La comisión cumplió su tarea y redactó el siguiente escrito:
“Jóvenes de Grecia: los esfuerzos de nuestros filantrópicos compatriotas por establecer en Atenas una institución para vuestro pronto uso, han despertado en nosotros la simpatía y el cariño que siempre hemos sentido por vuestro desgraciado país. El feliz término de vuestras recientes acciones bélicas os ha puesto en el disfrute de la libertad, y el asunto en cuya resolución estamos trabajando es la culminación de este disfrute a través de los beneficios de la educación.
Sois un pueblo con el que nuestras deudas son muchas y variadas, porque de vosotros han tomado nuestros hombres cultos sus conocimientos, nuestros poetas su inspiración y nuestros patriotas, sus más preclaros ejemplos; de vosotros en verdad manó la luz hacia el mundo civilizado. Ahí florecían las artes y las letras cuando este país era desconocido y bárbaro, por lo cual sentimos una noble satisfacción por coadyuvar al glorioso resurgimiento de la entonces afamada sede del aprendizaje y el saber. Y este pensamiento de levantar una escuela en Atenas despierta en nosotros muy placenteras reflexiones. Perteneciendo a una institución filológica clásica, sentimos la alegría de ver reanudada la relación que cortó durante muchos años la cruel tiranía, y mantenida de nuevo en mutuo provecho. Viviendo a la sombra de un gobierno que debe su gloria –los beneficios de la ilustración– y su bienestar político a la formación de sus instituciones libres, os solicitamos con entusiasmo la pronta divulgación de los propios bienes. Y os lo solicitamos en especial, porque del sagrado territorio de la patria va a ser extirpada la incultura turca, y va a reaparecer el cristianismo en su natural belleza y sencillez.
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Jóvenes de Grecia, no podemos exponeros cuántos bienes resultarán de la escuela en Atenas. A través de esta institución os animamos a avanzar en la culminación de la obra que tan felizmente habéis comenzado. Vuestros antepasados eran un pueblo singular, noble y valiente. Al sacudir el yugo del poder turco, habéis demostrado que el preclaro espíritu de aquéllos no se enfrió del todo en los pechos de sus sufridores descendientes. El recuerdo de que vuestra patria ocupaba el puesto más elevado cuando todas las demás naciones estaban sumidas en la esclavitud gracias a instituciones tan libres como las que empiezan ya a promover la admiración de todo el mundo… este recuerdo os ha inspirado con no menos valor a reconquistar y defender vuestros naturales derechos inalienables, pero vuestros antepasados eran también sabios, además de valientes. Este recuerdo es capaz de conduciros a acometer sus mismas empresas mediante la recuperación de vuestras antiguas artes y letras. Alguien dirá que habéis luchado por la liberación de vuestra tierra, pero no hacéis todo lo que podéir para volver a invocar las luces y a enderezar la gloria de vuestros días felices. ¡No, alumnos griegos!
Nosotros esperamos mucho más de vosotros. Sabemos de vuestro natural inquieto, heroico patriotismo y sed insaciable de ciencia y conocimientos; sabemos que no desaprovecharéis vuestras peculiares dotes y os extenuaréis por poner los cimientos de la futura grandeza moral de vuestra patria, que os esforzaréis por hacer de Atenas por segunda vez el ojo de Grecia, la ciudad del mundo. La influencia del lugar, el clima y la tierra os conceden hoy los mismos dones de antaño. A menudo los lugares se convierten en botín de los conquistadores, sus instituciones son cambiadas o destruidas y caen el arte, la gloria, la libertad; pero la naturaleza permanece siempre hermosa. El mismo sol radiante que brillaba sobre Sócrates y Platón, sobre los héroes de Salamina y sobre los oradores de la democracia ateniense, brilla hoy sobre vosotros con la misma luz. En definitiva, debéis esforzaros cuanto más podáis por el resurgimiento de vuestro antiguo esplendor. Jóvenes de Grecia: un ancho océano nos separa, pero nosotros somos amigos vuestros, hermanos vuestros. Os saludamos como a una generación libre, valerosa y noble.
Os amamos y respetamos por la parte que os corresponde en el haber de la humanidad. Os amamos por la memoria de vuestros antepasados, y nos sois queridos porque os habéis unido a nosotros y a cualquier proyecto ético y racional. No somos los únicos en dirigiros este escrito con sentimientos de solidaridad. En cualquier lugar al que hayan llegado los tesoros filológicos de vuestros clásicos y la historia de vuestros recientes combates, allí hay un 274


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profundo deseo de ayudaros. Os rogamos por tanto que nos creáis sinceros en nuestras promesas, teniendo siempre en mente que vuestros amigos en América siguen pendientes del éxito y la fama de vuestras instituciones de alcance mundial con fraternal solicitud e impaciencia.
Los firmantes.” Al leer esta halagadora misiva, los artistas y estudiosos de Atenas quedaron impregnados de cálidos sentimientos. Y nosotros, lanzados a la expresión de estos sentimientos nuestros, respondimos así por medio de los periódicos, igual que leímos en la prensa la misiva de ellos.
Respuesta de los atenienses.
“Jóvenes de la ilustre América: con indescriptible contento hemos leído en los diarios la misiva de los alumnos de la escuela “Washington” a los jóvenes de Grecia.
Jóvenes filohelenos de América: este escrito, que no omite un exceso de sentimientos nobles y modos liberales, ha inflamado nuestras almas con el exaltado fuego del amor, por el recuerdo de las virtudes ancestrales, el elogio de nuestras luchas por la libertad y la exhortación de los buenos estudiosos a reconquistar aquella antigua fama nuestra.
Jóvenes de nuestra querida América: dado que dicha carta se refiere en general a todos los griegos, mas no obstante apunta a Atenas y la radiante fortuna de nuestro entorno, no podemos, sin asociar al resto de la juventud de Grecia, no podemos acaparar la aspiración a corresponder con nuestra gratitud y a mostrar nuestros sentimientos. Cierto es que nosotros los atenienses (permítasenos esta pequeña jactancia, aunque verdadera), en medio de los muchos y grandes estragos de la Insurrección, en medio de los terribles días de Ares no hemos descuidado la educación de la juventud, y hemos cuidado las Musas en la medida de lo posible; hemos abierto escuelas alelodidácticas y también de filología helénica, junto a las cuales había también profesores de francés, italiano e inglés. Al mismo tiempo hemos recuperado la Filómusos Hetería, conocida en toda Europa, removiendo cualquier obstáculo para la educación de nuestra juventud, en tanto nos lo permitían las circunstancias del momento. Sobre esto se ha dicho lo suficiente en la prensa nacional, y otros han hablado sobre ello en diferentes diarios. Al regresar el año anterior a la que nos engendró, encontramos que el altruismo de los filohelenos americanos acoge con los brazos abiertos a nuestra desgraciada 275


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y sufridora juventud de ambos sexos en instituciones de enseñanza que cultivan la mente y el cuerpo.
Y en tanto, los consiguientes y denodados empeños de vuestros filántrópicos compatriotas en fundar otros flamantes establecimientos para utilidad nuestra nos han hecho llorar de alegría, y también nos han movido a elevar cordiales gracias al Altísimo, unidas a devotas plegarias por nuestros benefactores, que lo son de Grecia entera. Siendo así, jóvenes filohelenos de América, que nuestra gratitud es infinita por los infinitos beneficios que tan a tiempo nos aportó vuestra patria, y será inmortal e indeleble por todos los siglos.
En el convencimiento de que siempre tendréis a los atenienses agradecidos y dispuestos a cumplir vuestras disposiciones, tened a bien grabar en vuestros corazones nuestro profundo reconocimiento, como testimonio del amor que os profesamos.
En Atenas, a 20 de febrero de 1832.”
Las dos asociaciones filohelénicas de los Estados Unidos de América, sin relaciones entre sí pero con el mismo objetivo –la enseñanza de los Santos Evangelios y la ilustración de la juventud griega– aportan pingües medios a los administradores que, bien surtidos, trabajan con celo para ser útiles y transmitir las luces de la religión y la educación a jóvenes atenienses de ambos sexos, sin chocar en absoluto con los dogmas particulares de la iglesia oriental. Como gerentes fueron enviados los reverendos John Hill –con su virtuosa mujer–, Robertson y Jonas King.
Así pues, hemos de proclamar ante el mundo que los atenienses debemos dar mil gracias a los filohelenos americanos por la fundación en Atenas de sus centros educativos, en una época en que faltaban los medios en el lugar.
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CAPÍTULO III
El consejo de notables mencionado en el capítulo precedente cesa en sus funciones a finales de mayo de 1832 y, habida en la asamblea una desagradable trifulca, se nombran electores de los miembros del futuro consejo. El 2 de junio se nombró uno trimembre por seis meses pero, al dimitir al mes uno de los componentes, se nombró a otros dos y se convirtió en cuatrimembre, si bien dimitieron todos sobre el 23 de septiembre por las injurias recibidas por parte de ciertos ciudadanos.
Las apremiantes necesidades del municipio obligan a los ciudadanos a nombrar el 9 de octubre una comisión de doce miembros, para que actúe con el gobernador de la ciudad en las tareas comunes hasta el 1 del siguiente mes de enero. Uno de los agraciados propuso a un décimotercero que pareció aceptable a los doce, con lo cual se constituyó la comisión con trece en vez de doce. Reunidos los miembros, se subdividen en cuatro secciones, de tres las tres primeras y de cuatro la última, para que gobierne por turno una semana cada una; la que gobernaba en su semana se llamaba Sección Presidencial de la Comisión, cuando debería haberse llamado Sección en funciones del comité.
No obstante, para asuntos más importantes y que requerían debates más ponderados se reunían todos los miembros, y todos firmaban si se publicaba un escrito. Pero –el parto de los montes– los poderosos junto al poder turco, miembros o no del consejo, fueron de utilidad en la circunstancia.
El año 1832 transcurrió tranquilo y en paz entre los ciudadanos y la autoridad turca. La falta de poder efectivo de una parte y la de mando de la otra las ponían de acuerdo y las mantenían en buena armonía, pero el 20 de noviembre resultó horrible. El entonces delegado del gobernador de Eubea era dado a las bebidas espirituosas, y todas las noches cogía una borrachera; sufría también de rapacidad, porque se le acababa el chollo, y abrumaba sobremanera a los habitantes con la incautación de bienes, so pretexto de la vieja costumbre del privilegio turco.
Por lo cual, en la madrugada del 20 de dicho mes, pasó de achispado a ebrio e hizo venir al asistente del gremio (oficio) de tenderos, Anagnostis 277


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Schinás, y le dice: “¿Por qué no das mi grano a los tenderos?” “No lo quieren –responde– porque pides un precio muy caro.” “Tú tienes la culpa.” Añade, y agarra enloquecido el valtán (hacha) y le propina dieciocho hachazos, a consecuencia de los cuales el pobre Schinás quedó moribundo. Después lo mete en la cárcel, donde lo recogen sus familiares y lo llevan a su casa, muriendo al atardecer. Los atenienses, mayores y pequeños, se levantan contra el autor del asesinato y, dirigiéndose a los entonces cónsules de Rusia y Francia, lo presionan para que se marche de Atenas, lo cual ocurrió, pues no pudo permanecer más por los desprecios e insultos de la gente contra él. El cadáver fue enterrado con toda la solemnidad posible, como pocas veces se hace. El mismo día estalló la revuelta.
El asesino, al recuperar la sobriedad y darse cuenta de su horrible acto, se arrepintió amargamente y se asustó mucho; para escapar a la justicia, ofreció a la viuda y huérfanos de la víctima 1250 kilá de cebada, pero no por propia decisión, sino obligado.
Ese mismo año tuvieron lugar numerosas exacciones en las aldeas del Ática por parte de la soldadesca griega, hasta el punto de que el gobernador turco, con el permiso del consistorio de la ciudad y del general Vassos Mavrovuniotis, decapitó a dos y apresó a cuatro en la aldea de Marusi. No pocas cometieron también los subordinados del gobernador, a causa de la ausencia de gobierno griego.
Anótese que el tal Vassos mudó su residencia a Menidi después de la persecución a los partidarios de Kapodistrias, y sus soldados no dejaron de perturbar a los atenienses practicando el bandidaje. Algunos llegaron a matar a un aldeano totalmente inocente, un vecino de la aldea de Kuvarás98 llamado Kostas Papás. Gracias a la divina providencia, el Ática no padeció los males que sufrió el resto de Grecia a manos de irregulares en los días de la poliarquía, o como se quiera llamar a este período.
Finalmente llegó la noticia del desembarco en Nauplio del rey de Grecia.
El 25 de enero de 1833 se reúne el pueblo, cuyo número sobrepasaba los 500, en la iglesia de San Jorge Karikis99; después del discurso de varias per98
Aquí estaba en la Antigüedad el demo de Cirtiadas, según confirma una feliz excavación realizada en el año 1809, que encontró un fragmento de piedra con la inscripción Κ υ ρ τ ι.
99 Esta iglesia fue erigida por Alexis Comneno I. Su constructor se llamaba Karykis, era uno de los más renombrados de Constantinopla y de hecho no era de los favoritos del emperador, según se desprende de la Alexíada de Ana Comnena. La familia de este Karykis se conserva hasta hoy en Karýtena, en el Peloponeso. Los horrendos
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Crónica de Atenas
sonalidades, se acordó tras la jura nombrar primero el consejo de notables provisional y después elegir un cortejo que iba a presentar los respetos del pueblo a S. M. el rey. Pero entre los candidatos surgió la discordia, a consecuencia de la cual se marchó la mayor parte de ellos; los que se quedaron, en número de 153, eligen por votación a tres selectos ciudadanos como notables: M. Turnavitis, S. Patusas y Stavros Vlachos. Seguidamente se nombró un Consejo de siete miembros, que partió hacia Nauplio y cumplió su misión.
El dos de febrero se improvisó en el templo de Teseo un Tedeum por la venida del rey y se dio a conocer públicamente el decreto real de 25 de enero.
Ofició, según su costumbre, el obispo del Ática.
El uno de marzo llega a Atenas el representante de la casa real, Iácovos Rizos, nombrado para recepcionar las fortalezas bajo autoridad turca. Al día siguiente, un cuerpo militar de unos 100 turcos se retira a Eubea, junto al Pachá Omer.
Simultáneamente llegaron, enviados por la casa real, un arquitecto y un topógrafo para observar la posición de la ciudad del Pireo y hacer los diseños y mediciones pertinentes para ponerlos a la vista del rey, con el fin de que decida el asentamiento del palacio real.
Como la ciudad había quedado completamente en ruinas a consecuencia de la guerra, era de todo punto necesario diseñar de la nada un nuevo proyecto con los estilos correspondientes a cada sector; para ello, los arquitectos Skiauver y Kleanthis fueron los primeros en emprender la obra del nuevo plan. Seguidamente el arquitecto real de Baviera, Kleins, modificó los planos y al final la ciudad fue reconstruida con un urbanismo malforme y sin gracia.
El veinte de marzo fue de suma alegría, por la llegada de la guardia real de Atenas. Salieron al encuentro casi todos los ciudadanos, el clero y los alumnos de las escuelas. Las colinas y elevaciones estaban llenas de gente que gritaba: “¡Viva el rey de Grecia!”, la guardia entró por la vía sagrada de Eleusis y fue conducida hasta el templo de Teseo, donde el clero transmitió las felicitaciones por parte del pueblo, los realistas exclamaron: “¡Viva Grecia! ¡Viva el rey!” y a continuación, al disolverse la multitud, se condujo a cada cual a su domicilio.
Ese mismo día el consejo de regencia nombró gobernador provisional del Ática a Konstandinos Manos, consejero de sanidad a Ánguelos Gérondas – que desempeñaba además las tareas de jefe del puerto–, comisario general nombradores de las calles de nuestra ciudad pusieron en la de la iglesia “Karytzti”, a pesar de presumir de anticuarios y tener el título de profesores.
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Dionysios Surmelís
a Vasilios de Hydra. Después de unos días en ésta marcha a Eubea donde, habida una conferencia de los representantes de las potencias aliadas con el enviado del sultán, toma el control de la fortaleza; simultáneamente se envían desde allí cartas a los de aquí para la entrega de la Acrópolis. El 31 de marzo, Viernes Santo, sale de la Acrópolis la guarnición turca, tras lo cual el pueblo y la guardia real entran con la bandera de Grecia, que portaban militares atenienses y era precedida por todo el clero, el cual elevó al Altísimo la preceptiva eucaristía. Una vez disuelta la multitud, los alcaides de la fortaleza, la administración local, los notables de Atenas, el obispo y los cónsules allí presentes de las potencias europeas asistieron a un banquete para gloria de Dios y alegría de la patria; a la cual guarde libre y victoriosa la divina providencia por los siglos de los siglos.
A los descendientes de los griegos de hoy, salud.
Los antiguos griegos, que eran libres y tenían una patria libre, decían: “Nada es más grato que la tierra patria”. Los posteriores, esclavos en una patria esclavizada, dijeron de corazón: “Nada es más grato que la Libertad”.
Con estos dos sublimes sentimientos los griegos de la Insurrección, por la pérdida de la patria y de la libertad, se arrojaron al combate para romper las ataduras de la esclavitud y restablecer la libertad de la patria. Y he aquí que os dieron la Libertad, al precio de doce años de incesante sufrimiento y de muy amargos sinsabores, peleando con todos los elementos en contra, desnudos, con hambre, sed, aflicciones, trabajos, sudores mortíferos, desastres y evacuaciones, prisiones, derramamientos de sangre, engrosando montones de cadáveres caídos en la contienda.
Los que os habéis encontrado con el hallazgo de la Libertad sois felices y afortunados. Saludad y agradeced a vuestros padres la herencia de un bien tan inestimable. Terminad vosotros lo que vuestros padres dejaron a medio hacer por sus desfallescientes fuerzas y por la carencia de medios. Ante todo, levantad estatuas en agradecimiento a: 1º los tres grandes mandatarios benefactores. 2º el rey Luis de Baviera, el primer ministro de Inglaterra Canning y el almirante Hamilton, por su incansable celo y sus grandes esfuerzos en pro del renacimiento de los griegos. 3º las estatuas del líder de Mani Petros Mavromichalis, del armador Lázaros Kunduriotis y del general Athanasios Diakos, porque el Peloponeso tiene el derecho de colocar a Petros Mavromichalis en el centro de la primera línea de sus guerreros y decir sobre él lo que dijo Jesús a Simón Pedro colocándolo en el centro de sus apóstoles: 280


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Crónica de Atenas
“Sobre esta Piedra he edificado la Libertad”. En cuanto a las islas navieras, pueden decir legítimamente sobre Kunduriotis que ni el cuerpo subsiste sin el alma, ni sin Kunduriotis podrían existir las fuerzas náuticas de Grecia. Así mismo Grecia Continental tiene derecho a jactarse de que si Diakos, jefe de quinientos selectos palikaris, no hubiera izado el primero la bandera de la Epanástasis en Grecia Continental, no habríamos tenido los grandes generales de Grecia surgidos a continuación, los que combatieron a las innumerables tropas del enemigo.
Mientras, acordaos de apartar de vuestros rostros el ancestral estigma de la esclavitud que la antigua Roma imprimió en todas las naciones de Europa, cuya cicatriz, cuya marca llevan hasta hoy todas esas naciones, ya sean grandes o pequeñas, libres o esclavas, pobres o ricas, según la idea del divino Apocalipsis (cap. XIII, 12). Me refiero a los doce meses del año ¿Hasta cuándo dominarán a los maniatados griegos los romanos Junio, Julio, Agosto? Nombrad en griego a los doce meses, pero no a la antigua, porque cada uno de los meses antiguos fue denominado a partir de su propia circunstancia y su propio impulso, que no existen ya entre nosotros. Llamadlos por las estaciones del año. Por ejemplo, a Marzo Primaveral por la primavera, a Septiembre Trigeo por la siega, a Octubre Demetrio por la semilla de los frutos de Deméter, etc.
Y ante todo, estableced el 25 de marzo como el día más luminoso, celebrando una festividad de tres jornadas al menos, fiesta de fiestas y celebración de celebraciones, porque ese día es más sublime que las Panateneas, las Eleusinias y las Dionisias; ese día supera también a los agones olímpicos, los ístmicos y todas las solemnidades de los antepasados. Así pues, otorgad a ese día la grandeza que merece e inscribid en él el título: LIBERTAD, RELIGIÓN, MONARQUÍA.
En tanto, os encarecemos que os mostréis dignos del gran regalo de la Libertad y la conservéis por los siglos de los siglos, teniendo siempre en mente la temible amenaza de este vaticinio insoslayable: “Ese será el fin de la Libertad, cuando el Cielo maldiga a los griegos y pidan la República”.
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A LA MANERA DE KAVAFIS
Cuando pises la Acrópolis, quizá evoques a Fidias, Ictino y Calícrates, o a Pericles, su reconstructor, las mujeres en huelga de sexo en torno a Lisístrata, o a Platón meditando y forjando sus mitos… Recrearás las lecciones de Historia del arte sublime: justo aquí se elevaba la estatua de Atenea Prómacos, un coloso de bronce de más de once metros; y allí está el Partenón, el hogar de la diosa materna protectora del asty, que se desparrama a sus pies.
Pero no pensarás en la vez que el recinto por postrera ocasión ejerció de castillo asediado por tropas hostiles; este año veintiuno del siglo XXI hace dos centenares de años que estalló la Epanástasis, el agón de los griegos por la libertad; y en el sexto, Poliorcetes ad portas, Kütahi Pashá, tras tomar Misolongui, a expugnar la ciudad, la que fuera de los muros largos, llegó.
Como en tiempos antiguos, Atenas envía a los no combatientes a las islas del golfo Sarónico: Egina, Salamina, Hydra, Poros… y un puñado de hombres resistió el duro asedio once meses, con el kleptis Juan Guras al frente de la guarnición.
Cuando admires el Erecteión, ten en cuenta que su techo cayó por efecto del peso que pusieron encima para protegerlo del fuego enemigo, sepultando a la viuda de Guras y a sus familiares.
Cuando mires la Acrópolis, piensa que Kostas, minero, la salvó del desastre con diez galerías subterráneas, esparciendo la onda expansiva de la horrenda explosión que ingeniara el pashá.
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Cuando accedas al templo, recuerda a Fabvier, comandante de los regulares, comandando a los cuales el cerco rompió, y llevó mil okades de pólvora y no pudo salir. Propugnando la entrega, evitó que los propios sitiados el recinto volaran, cual héroes matando al morir, una réplica digna del genio de Grecia, según nuestro autor (tercer libro, capítulo nueve).
A ellos dos les debemos seguir contemplando la Acrópolis, visitar el sagrado lugar, santuario de nuestra cultura.
Lo contó un ateniense que estuvo presente, Dionysios Surmelís, secretario de los katsimbásides, en su Historia de Atenas en lucha por la libertad...
Manuel Acosta Esteban.
VII – I – MMXXI.
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Memorias de los protagonistas del 1821